Alfred y Agatha

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literatura infantil

Transcript of Alfred y Agatha

  • Ana Campoy, 2011 Ed. Castellana: edeb, 2011Paseo de San Juan Bosco, 6208017 Barcelonawww.edebe.com

    Directora de la coleccin: Reina DuarteDiseo de las cubiertas e ilustraciones: lex Alonso

    Primera edicin, octubre 2011

    ISBN 978-84-683-0301-7Depsito Legal: B. Impreso en EspaaPrinted in Spain

    Cualquier forma de reproduccin, distribucin, comunicacin pblica o transformacin de esta obra slo puede ser realizada con la autorizacin de sus titulares, salvo excepcin prevista por la Ley. Dirjase a CEDRO (Centro Espaol de Derechos Reprogrficos - www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algn fragmento de esta obra.

  • Para Jos Luis y Matilde, mis padres.

  • ndice

    1. El Barrio Este .......................................72. En busca de Agatha ............................... 253. Un caso muy extrao ............................. 374. Informacin de primera mano ................ 575. Una merienda inesperada ...................... 776. Los pjaros de la seora Elster ............ 1057. Intrusin nocturna .............................. 1258. Demasiados secretos ........................... 149 9. La pajarera .......................................... 16910. Con las manos en la masa ................. 179Eplogo .................................................... 195

    SABAS QUE? .................................... 208

  • 7Captulo 1

    El Barrio Este

    La hlice del avin giraba y giraba de forma que era casi imposible verla. A pesar de poseer unas aspas bastante minsculas y de ser un modelo de fabricacin tosca y algo desproporcionada, el juguete surcaba fugaz el encapotado cielo de la calle. Su vue-lo era altivo. Era como si ni el viento ni las hojas que viajaban revoltosas de un muro a otro de la ciudad fueran capaces de parar la increble velocidad que las alas del avin haban alcanzado.

    High Road no era ms que la avenida principal del humilde pero no menos pintoresco Barrio Este. Las callejuelas y los comercios proliferaban entre los tejados irregulares que coronaban el barrio. Y entre ellos sus gentes, dedicadas por completo al trabajo y a sus vidas ajetreadas, caminaban apresuradamente de aqu para all hasta que la noche cubra el hori-zonte de la incipiente ciudad de Londres.

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    La mayora de los peatones que transitaban por la acera de High Road jams miraban hacia arriba. Sus cabezas estaban acostumbradas a seguir siem-pre al frente, dedicando total atencin a sus tareas sin que ningn estmulo intil pudiera distraerlos.

    Alfred pensaba que eso no era algo de lo que alguien debiera estar orgulloso. Desde la ventana de su habitacin, perciba cosas como sa y pensaba en lo aburrida que deba de ser la vida de alguien que se pierde todo lo que hay desde el horizonte hacia arriba. Y aquella ocasin no era diferente al resto. Haba po-dido comprobarlo haca un momento, cuando encara-mado a su ventana del primer piso, lanz el avin ha-cia la calle. ste comenz a planear sobre las cabezas de la gente y ni uno slo de aquellos seres que abarro-taban la avenida se dio cuenta del revoloteo del intru-so. Del mismo modo, tampoco nadie adverta jams la constante presencia de Alfred a travs del cristal de su ventana. Normalmente los otros nios decidan em-plear su tiempo libre jugando al baln o liando alguna que otra travesura, pero l prefera dedicar las tardes a estar en casa y desarrollar sus dibujos e inventos, como la rplica del planeador Coanda-1910 que en esos momentos sobrevolaba los tejados de la calle.

  • 1. El Barrio Este

    El avin continuaba su valeroso trayecto sor-teando los toldos y los cables elctricos, ajeno por completo a los pensamientos de su joven creador. De repente, el juguete comenz a perder altura y un gol-pe de viento lo oblig a girar a la izquierda. Alfred contuvo la respiracin y cuando se percat de que su avin haba ido a parar bajo una de las lonas del empedrado, apret sus prpados con fuerza.

    De pronto, un alarido encabrit al caballo de una de las carretas que atravesaban la calle. Era el seor Fisher, que acababa de salir de su pescadera mientras intentaba zafarse del Coanda descontrola-do. Sacuda sus rechonchos brazos con torpeza, como si el juguete se tratara de un molesto enjambre de abejas. Aterrorizado, ech a correr calle abajo, pero apenas hubo recorrido unos cuantos metros, no tuvo ms remedio que tirarse al suelo. El avin volaba ya a una altura de apenas tres palmos, y a pesar de la sor-prendente astucia del pescadero, ste no pudo evitar que el juguete se llevara consigo su magnfico postizo

    de cabello natural, el cual haba sido la comidilla del barrio durante varios meses.

    Para desgracia de Alfred, el aparato pag su osada estrellndose contra el cristal del escaparate

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    del seor Fisher, que, enrabietado y fuera de s, com-prendi al instante quin deba de ser el culpable de aquella fechora.

    Alfred!!!

    * * *

    Pero cmo puede estar tan seguro de que esto es cosa de mi hijo? pregunt indignada la ma-dre de Alfred.

    El pescadero herva de rabia. Su pecho se agi-taba con violencia y las gotas de sudor le resbalaban por la cara, hinchada en sangre. No era la primera vez que el seor Fisher llegaba protestando a la tien-da de comestibles de los padres de Alfred. Lo haca si consideraba que las cajas de verduras apiladas en la calle tapaban el paso hacia su pescadera; si pensaba que la carreta de los pedidos se paraba demasiado tiempo frente a la entrada de su negocio; o si crea que el padre de Alfred consenta demasiado a su hijo, como pareca ser el caso. Era un hombre demasiado quisquilloso.

    Siempre es culpa suya! rugi mostrando sus amarillos dientes de ave carroera. No hay per-

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    sona en todo el Barrio Este que est a salvo de sus fechoras. Pasa todo el da maquinando trastadas y diabluras con esos cacharros del demonio

    Alfred intent abrir la boca para protestar, pero slo consigui llenarla de aire. Sus inventos no eran ni mucho menos nada relacionado con el Dia-blo. Slo eran proyectos interesantes que podran ser muy tiles para la humanidad y que sin duda haran que la vida resultara mucho ms cmoda. Tampoco tena la intencin de molestar al seor Fisher ni a na-die con ellos, pero estaba claro que en esa discusin l llevaba todas las de perder.

    Estoy harto de su hijo. Cuando no me roba las cajas del pescado para hacer alguna de sus locu-ras, espanta a la clientela con sus trucos raros. Hace tres semanas le pill hurgando en el cajn de los cu-chillos. Ayer me desapareci el saco de lona donde guardo los ganchos del pescado... Y hoy esto!

    Pero, tras la ltima travesura, Alfred nos prometi que no volvera a las andadas. Ese avin puede haberlo fabricado cualquiera! argument la seora Hitchcock.

    Ah, s? espet el pescadero con su voz in-quisidora. Y qu me dice de esto?

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    El hombre sac del bolsillo un trozo de madera verde y lo empu con furia mostrndolo a los seo-res Hitchcock. Abri la mano y Alfred pudo distinguir el ala de su Coanda-1910, ya inservible. Ms o menos en el centro del trozo de madera y escritas con un dudoso buen pulso, podan leerse las letras A. H., en color gris oscuro.

    Alfred record cunto le haba costado recrear los planos del avin y el tiempo que haba tardado en reunir todos los materiales para hacerlo volar. Se senta orgulloso de haber podido construir la rplica del Coanda, una autntica revolucin de la ciencia, con lo poco que pudo tener a su alcance. Por eso ha-ba decidido culminar su obra grabando sus iniciales en el ala derecha. Ahora aquello no iba a servir ms que para inculparle, y tanto trabajo slo iba a conse-guir meterle en ms problemas.

    El seor Hitchcock trag saliva y tom el frag-mento de madera verde entre sus manos. A medida que sus ojos escudriaban el pequeo trozo del ala, stos se volvan ms y ms temerosos tras los crista-les de sus anteojos. Finalmente, y tras un largo silen-cio, levant la mirada y volvi a posar el pedazo del avin sobre la superficie del mostrador.

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    Le aseguro que mi hijo no volver a causarle ms molestias, seor Fisher sentenci mirando al indignado pescadero. Puede usted estar seguro.

    * * *

    El padre de Alfred no pareca tan irritado cuan-do diez minutos antes se haba despedido del seor Fisher frente a la entrada de su tienda. Ahora pareca como si todo el enfado le hubiera llegado de repente y lo pagara con la solapa del uniforme del colegio de Alfred, que, medio en volandas y aterrado, se pregun-taba hacia dnde iran con tanta prisa.

    El seor Hitchcock esquivaba con paso firme

    la multitud que caminaba a lo largo de High Road. Arrastraba a su hijo tras de s, que bastante tena con ocuparse de no caer al suelo mientras se escurra entre los viandantes que su padre iba dejando atrs.

    Se acabaron tus historias! Me entiendes? gritaba el seor Hitchcock con su voz ruda y agita-da. No quiero volver a verte enfangado en tus ton-teras, ni revolviendo por la casa, ni molestando al vecindario!

    Alfred no se atreva a mediar palabra. Era como si su padre se hubiera transformado de repente en el

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    pescadero, y a juzgar por la congestin de su rostro, no estaba la cosa para estupideces.

    No entiendes que tu madre y yo trabajamos muy duro cada da como para que vengas t y lo es-tropees todo? el seor Hitchcock continuaba vocife-rando. Tienes la cabeza llena de pjaros y, si no eres capaz de comportarte como corresponde, tendr que asegurarme de que lo aprendas de una vez por todas.

    Qu significaba eso? Hacia dnde se diri-gan? Las palabras resonaban a sentencia de muerte y Alfred las sinti en el estmago como punzadas he-ladas sucedindose una tras otra. En esos momentos hubiera deseado desaparecer, no existir, haber in-ventado algn artilugio que le hiciera evaporarse de repente. Pero pareca que la tragedia se palpaba cada vez ms, a medida que avanzaban calle abajo dejando atrs el barrio, su casa y la tienda.

    El seor Hitchcock torci a la derecha y, tras un par de callecitas, de nuevo a la izquierda. Al fin, su

    destino apareci tras un carro de reparto que levant un polvo espantoso. No poda ser cierto; se encontra-ban ante la comisara de polica. El edificio de facha-da de piedra gris se levantaba imponente, mirndole de manera inquisitoria. Alfred siempre haba tenido

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    miedo a muchas cosas que para el resto del mundo podan resultar normales y cotidianas: no soportaba las alturas, odiaba los huevos, y como no poda ser de otra forma, tena un pnico atroz a los agentes de polica. Su padre lo saba muy bien, y puede que por eso se encontraran delante de esa mole repleta de se-ores con uniforme azul oscuro. Pero antes de que el nio pudiera reaccionar, el seor Hitchcock lo agarr de la oreja y ambos se introdujeron por el hueco de la puerta giratoria.

    * * *

    Las piernas de Alfred temblaban mientras es-peraba a que su padre terminara de explicarle el caso al comisario. Se encontraba al otro lado de los venta-nales que separaban el despacho del jefe del resto de la comisara. Poda apreciar los gestos deformes de su padre, los cuales le sealaban como si se tratara un delincuente que fuera necesario aniquilar. El comisa-rio Churchill escuchaba todo el asunto sentado en su silla de madera oscura. Era un hombre grueso y con cierta elegancia. Vesta un traje de lana gris a juego con sus anteojos y acariciaba las puntas de su promi-

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    nente bigote mientras atenda la charla de su padre. Tras unos minutos, el seor Hitchcock termi-

    n su sesin incriminatoria y el comisario asinti un par de veces. ste se levant, mir a travs del cristal del despacho a los ojos de Alfred y esboz una sonrisa maliciosa.

    * * *

    Cinco das?! grit Alfred tras conocer su sentencia.

    Efectivamente. Cinco das en el calabozo le harn darse cuenta de la diferencia entre libertad y libertinaje amenaz el comisario.

    Alfred se senta el ser ms insignificante de la

    faz de la tierra. Desde que entr en aquel horrible edi-ficio haba intentado por todos los medios no echarse

    a llorar, pero no poda aguantar ms y las lgrimas comenzaron a humedecerle las pupilas. Mir a su pa-dre, pero fue intil. ste le ignoraba de un modo in-flexible y l apenas poda mediar palabra.

    Entienda que soy el comisario de esta ciudad y que es mi deber aplicar la disciplina necesaria para que individuos como usted aprendan como es debido.

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    Viendo la que se avecinaba, Alfred arda en de-seos de clamar por su inocencia. El problema es que nunca se haba visto capaz de luchar contra los cas-tigos injustos.

    Pero yo no he hecho nada! Tan slo cons-tru un Coanda-1910, el avin ms impresionante de nuestro tiempo, y con tal mala pata que al volar aca-b llevndose el peluqun del seor Fisher!

    Alfred se qued un tanto sorprendido. Las pa-labras haban aflorado de sus labios sin que su cabe-za le hubiera dado permiso para hablar.

    Adems de insurrecto, es usted un mentiro-so! exclam indignado el comisario. Esos cacha-rros son construidos por cuatro locos que se hacen llamar cientficos, y pretende usted hacerme creer

    que ha conseguido imitar sus extravagantes procedi-mientos. Tranquilo, seor Hitchcock, yo me ocupa-r de que su hijo encuentre la humildad que necesi-ta dentro de los muros de esta comisara. Celador! un funcionario acudi de inmediato tras la orden del comisario. Encierre a este pillastre en la celda ms oscura de nuestro calabozo.

    Alfred se levant completamente derrotado y ech a andar delante del celador.

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    Cuando hubo salido por la puerta, el comisa-rio Churchill desarm su agria compostura con una enorme risotada.

    Y dice que ese avin se llev el peluqun de Fisher?

    As es, seor comisario. No s qu hacer con este muchacho. Tengo miedo a que cualquier da to-dos estallemos por los aires. Siempre est haciendo experimentos raros con todo lo que encuentra por el barrio. De todas formas, no estoy muy convencido de que una noche en el calabozo sea un castigo ade-cuado. A lo mejor estoy siendo demasiado duro. Ha dicho usted que en la celda ms oscura?

    Tranquilo, William, las celdas de esta comi-sara disfrutan de unas comodidades excelentes ri irnico Churchill. Estoy convencido de que una no-che de reflexin le har escarmentar.

    * * *

    Ser preso era condenadamente aburrido. Alfred pensaba que deba de llevar cien aos encerrado en su minsculo habitculo, pero cuando le pidi al celador que le dijera la hora, tan slo haban pasado diez mi-

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    nutos desde la ltima vez que se lo haba preguntado. El cuchitril en el que se encontraba no era pre-

    cisamente un lugar cmodo. No haba ni una mse-ra silla sobre la que sentarse, y la nica opcin era hacerlo en el suelo. All dentro ola fatal y haca fro. Adems, Alfred comenz a sentir un gran vaco en la boca del estmago, cuando lo ms seguro era que esa noche no hubiese cena.

    Al menos, entre los largos barrotes de hierro se poda distinguir al carcelero que vigilaba las cuatro celdas de los calabozos. Estaba sentado en una mi-nscula banqueta con cara de pocos amigos y miraba embelesado el camino de hormigas que en esos mo-mentos peregrinaba por el suelo de cemento. Seguro que el suyo no era un trabajo muy divertido.

    Tras otro par de minutos que parecan trans-currir como horas, la gran puerta de hierro que co-municaba el calabozo con la parte de arriba se abri de repente. Tras ella aparecieron dos hombres vesti-dos de negro que avanzaron por el pasillo de las maz-morras. Nada ms advertir su presencia, el carcelero se puso de pie de un salto y se person ante ellos dis-puesto a seguir sus rdenes. Deban de ser personas muy importantes.

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    Los dos hombres, que parecan tratarse de un capitn y su subordinado, le susurraron algo al odo al carcelero. Acto seguido, ste les acompa hacia la celda del fondo, la cual estaba pegada a la de Alfred.

    De repente, una voz deshilachada surgi tras los barrotes de al lado.

    Soy inocente! El nio no haba cado en la posibilidad de que

    hubiera ms presos aparte de l en aquella fra y de- sasosegante mazmorra. Cuando el carcelero le meti en su habitculo, l no haba podido apreciar nin-guna otra figura entre la ristra de barrotes vecinos.

    Tampoco haba sentido ningn tipo de presencia y ni siquiera haba escuchado alguna otra respiracin que no fuera la suya propia. Pero de pronto cay en la cuenta de que haba estado todo ese tiempo al lado de un tipo que habra llevado a cabo odiosas fechoras. Y comenz otra vez a tener miedo.

    El ruido del candado de al lado le devolvi de nuevo a la realidad. El celador empuj la puerta de ba rro tes de la celda contigua y el capitn y su acom-paante se lanzaron dentro. Alfred comenz a or los forcejeos de los recin llegados y del extrao que ha-bitaba el calabozo vecino.

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    Por mucho que te resistas sabemos que fuis-te t, as que no inventes trucos. Ahora vas a venir con nosotros y nos dirs por fin la verdad.

    El supuesto rufin pareca resistirse a salir de

    la celda, pero finalmente cedi ante la fuerza de sus

    captores. Se qued parado en medio del pasillo mien-tras que el capitn colocaba unas esposas sobre sus muecas temblorosas.

    Alfred se acerc a mirar a travs de los barro-tes. El preso era un individuo grande y vigoroso, aun-que su aspecto era el de un ser derrotado. Las faccio-nes de su tez oscura le hacan parecer mayor, pero sus grandes pupilas de color verde le delataban como un tipo amable y sin dobleces. No pareca ni mucho menos un bandido o un asesino.

    El hombre advirti de repente la presencia de Alfred y le mir con sus enormes ojos. El chico retro-cedi dos pasos, asustado. La mirada de aquel hom-bre era tan imponente que ahogaba el pequeo espa-cio que haba entre los dos.

    De pronto, aprovechando que el capitn se ha-ba alejado un momento para registrar la celda, ya vaca, el desesperado preso se lanz contra los barro-tes del cuchitril de Alfred.

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    Por favor! Aydame! Tengo que salir de aqu!

    La angustia de aquel hombre imploraba una respuesta, cualquier sonido o movimiento que le in-dicara cierta compasin, pero Alfred estaba tan asus-tado que no alcanzaba ni a pestaear. En cambio, permaneci inmvil e intrigado por aquella extraa peticin.

    Busca a Agatha Slo ella podr ayudar-me! grit el hombre con desesperacin.

    No hubo tiempo para ms. El capitn y su acompaante se lanzaron sobre l como dos perros de presa tratando de evitar que el tipo prosiguiera con el espectculo. Le agarraron de la pechera y le llevaron a rastras por el pasillo. Alfred contena la respiracin mientras oa el sonido de las suelas del extrao sobre el pavimento y record esos ojos ver-des llenos de angustia. En apenas un par de segun-dos comprendi que aquel hombre deca la verdad y que slo tendra aquella oportunidad para averiguar lo que estaba ocurriendo. Hizo acopio de fuerzas y se agarr a los barrotes de su celda. El individuo ya desapareca por la puerta de hierro de la mazmorra, aprisionado por sus captores.

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    Dnde puedo encontrar a esa Agatha?! exclam Alfred.

    El hombre gir la cabeza y volvi a resistirse, como si le fuese la vida en ello.

    Agatha! Agatha Miller! grit desde el fon-do del pasillo. En el 27 de Brown Street! Dile que es Vctor quien te enva!