Ortega Y Gasset - Espana Invertebrada.pdf

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  • ESPAA INVERTEBRADA

    ORTEGA Y GASSET

    http://www.librodot.com

  • BOSQUEJO DE ALGUNOS

    PENSAMIENTOS HISTORICOS

    REVISTA DE OCCIDENTE

    EN ALIANZA EDITORIAL

    NOTA PRELIMINAR

    Los dos prlogos que a la segunda y cuarta edicin de este libro antepuso Ortega, y que

    aqu se reproducen, contienen explicaciones y precisiones suficientes para que resulte ocioso

    anteponerle ms preliminares.

    Tan slo me permito subrayar un rasgo. El tema del libro es Espaa, pero analizada en una

    amplia perspectiva histrica y valindose de principios tericos. A pesar, pues, de lo que la

    cuestin tiene de domstica y batallona, el libro no es nada fcil ni provinciano, y la validez

    de sus anlisis excede a las circunstancias concretas que, a veces, sirven de ejemplo. La

    perspectiva histrica no slo incluye nuestro propio y entero pasado sino, esencialmente, el

    proceso de la cultura europea y su grave crisis contempornea. Se trata, pues, de unas

    pginas ejemplares sobre los requisitos indispensables a la efectiva comprensin histrica de

    la trayectoria de la sociedad espaola. Adems, la segunda parte de este libro anticipa La

    rebelin de las masas, que resulta anunciado en el prlogo de 1922, y varios conceptos

    metdicos que en ese gran libro prueban su rendimiento. Por ejemplo, el de masa y el de

    minora. Si el lector se percata bien del quid pro quo delatado al comienzo del captulo

    Ejemplaridad y docilidad evitar mal entendidos harto generalizados sobre nociones que

    quiz hoy ms que nunca requieren clara comprensin.

    La influencia de estas pginas en nuestra historografia ha sido muy grande, y han

    sido el punto de partida de ulteriores y resonantes polmicas acerca del singular destino de

    la nacin espaola.

    Esta nueva edicin va revisada conforme a los originales, incluye una Conclusin

    (pg. 74 y ss.) que nunca se haba reproducido, y le agrego como Apndice la serie de

    artculos sobre El poder social, en que Ortega alude a este libro y desarrolla un tema

    planteado en el captulo primero de su segunda parte1.

    1 En la nota de la pgina 74 hago constar las fechas en que se publicaron los artculos de los que, en

    parte, procede este libro. Por cierto, las referencias bibliogrficas de la primera edicin del libro sealan unas

    veces la fecha de 1921 y otras la de 1922. Ocurre que en la cubierta figura la segunda, que es la exacta, pero la

    primera es la que aparece en la portada.

    PAULINO GARAGORRI

    PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION

    Este libro, llammosle as, que fue remitido a las libreras en mayo, necesita ahora,

    segn me dicen, nueva edicin. Si yo hubiese podido prever para l tan envidiable fortuna, ni

  • lo habra publicado, ni tal vez escrito. Porque, como en el texto reiteradamente va dicho, no

    se trata ms que de un ensayo, de un ndice sumamente concentrado y casi taquigrfico de

    pensamientos. Ahora bien, los temas a que stos aluden son de tal dimensin y gravedad, que

    no se les debe tratar ante el gran pblico sino con la plenitud de desarrollo y esmero que les

    corresponde.

    Pero al escribir estas pginas nada estaba ms lejos de mis aspiraciones que

    conquistar la atencin del gran pblico. Obras de ndole ideolgica como la presente suelen

    tener en nuestro pas un carcter confidencial. Son libros que se publican al odo de unos

    cuantos. Esta intimidad entre el autor y un breve crculo de lectores afines permite a aquel,

    sin avilantez, dar a la estampa lo que, en rigor, es slo una anotacin privada, exenta de

    cuanto constituye la imponente arquitectura de un libro. A este gnero de publicaciones

    confidenciales pertenece el presente volumen. Las ideas que transmite y que forman un

    cuerpo de doctrina se haban ido formando en m lentamente. Lleg un momento en que

    necesitaba libertarme de ellas comunicndolas, y, temeroso de no hallar holgada ocasin

    para proporcionarles el debido desarrollo, no me pareci ilcito que quedasen sucintamente

    indicadas en unos cuantos pliegos de papel.

    Al encontrarse ahora este ensayo con lectores que no estaban previstos, temo que

    padezca su contenido algunas malas interpretaciones. Pero el caso es sin remedio, ya que

    otros trabajos me impiden, hoy como ayer, construir el edificio de un libro segn el plano que

    estas pginas delinean. En tanto que llega mejor coyuntura para intentarlo, me he reducido a

    revisar la primera edicin, corrigiendo el lenguaje en algunos lugares e introduciendo

    algunas ampliaciones que aumentan el volumen en unas cuarenta pginas. Mas hay dos

    cosas sobre que quisiera desde luego prevenir la benevolencia del lector.

    Se trata en lo que sigue de definir la grave enfermedad que Espaa sufre. Dado este

    tema, era inevitable que sobre la obra pesase una desapacible atmsfera de hospital. Quiere

    esto decir que mis pensamientos sobre Espaa sean pesimistas? He odo que algunas

    personas los califican as y creen al hacerlo dirigirme una censura; pero yo no veo muy claro

    que el pesimismo sea, sin ms ni ms, censurable. Son las cosas a veces de tal condicin, que

    juzgarlas con sesgo optimista equivale a no haberse enterado de ellas. Dicho sin ambages, yo

    creo que en este caso se encuentran casi todos nuestros compatriotas. No es la menor

    desventura de Espaa la escasez de hombres dotados con talento sinptico suficiente para

    formarse una visin ntegra de la situacin nacional donde aparezcan los hechos en su

    verdadera perspectiva, puesto cada cual en el plano de importancia que les es propio. Y hasta

    tal punto es as, que no puede esperarse ninguna mejora apreciable en nuestros destinos

    mientras no se corrija previamente ese defecto ocular que impide al espaol medio la

    percepcin acertada de las realidades colectivas. Tal vez sea yo quien se encuentra

    perdurablemente en error; pero debo confesar que sufro verdaderas congojas oyendo hablar

    de Espaa a los espaoles, asistiendo a su infatigable tomar el rbano por las hojas. Apenas

    hay cosa que sea justamente valorada: se da a lo insignificante una grotesca importancia, y,

    en cambio, los hechos verdaderamente representativos y esenciales apenas son notados.

    No debiera olvidarse un momento que en la comprensin de la realidad social lo

    decisivo es la perspectiva, el valor que a cada elemento se atribuya dentro del conjunto.

    Ocurre lo mismo que en la psicologa de los caracteres individuales. Poco ms o menos, los

    mismos contenidos espirituales hay en un hombre que en otro. El repertorio de pasiones,

    deseos, afectos nos suele ser comn; pero en cada uno de nosotros las mismas cosas estn

    situadas de distinta manera. Todos somos ambiciosos, ms en tanto que la ambicin del uno

    se halla instalada en el centro y eje de su personalidad, en el otro ocupa una zona

    secundaria, cuando no perifrica. La diferencia de los caracteres, dada la homogeneidad de

    la materia humana, es ante todo una diferencia de localizacin espiritual. Por eso, el talento

  • psicolgico consiste en una fina percepcin de los lugares que dentro de cada individuo

    ocupan las pasiones; por lo tanto, en un sentido de la perspectiva.

    El sentido para lo social, lo poltico, lo histrico, es del mismo linaje. Poco ms o

    menos, lo que pasa en una nacin pasa en las dems. Cuando se subraya un hecho como

    especifico de la condicin espaola, no falta nunca algn discreto que cite otro hecho igual

    acontecido en Francia, en Inglaterra, en Alemania, sin advertir que lo que se subraya no es el

    hecho mismo, sino su peso y rango dentro de la anatoma nacional. Aun siendo, pues,

    aparentemente el mismo, su diferente colocacin en el mecanismo colectivo lo modifica por

    completo. Eadem sed aliter: las mismas cosas, slo que de otra manera; tal es el principio

    que debe regir las meditaciones sobre sociedad, poltica, historia.

    La aberracin visual que solemos padecer en las apreciaciones del presente espaol

    queda multiplicada por las errneas ideas que del pretrito tenemos. Es tan desmesurada

    nuestra evaluacin del pasado peninsular, que por fuerza ha de deformar nuestros juicios

    sobre el presente. Por una curiosa inversin de las potencias imaginativas, suele el espaol

    hacerse ilusiones sobre su pasado en vez de hacrselas sobre el porvenir, que sera ms

    fecundo. Hay quien se consuela de las derrotas que hoy nos inflingen .Los moros, recordando

    que el Cid existi, en vez de preferir almacenar en el pasado los desastres y procurar

    victorias para el presente. En nada aparece tan claro este nocivo influjo del antao como en

    la produccin intelectual. Cunto no ha estorbado y sigue estorbando para que hagamos

    ciencia y arte nuevos, por lo menos actuales, la idea de que en el pasado posemos una

    ejemplar cultura, cuyas tradiciones y matrices deben ser perpetuadas!

    Ahora bien: no es el peor pesimismo creer, como es usado, que Espaa fue un tiempo la

    raza ms perfecta, pero que luego declin en pertinaz decadencia? No equivale esto a

    pensar que nuestro pueblo tuvo ya su hora mejor y se halla en irremediable decrepitud?

    Frente a ese modo de pensar, que es el admitido, no pueden ser tachadas de pesimismo las

    pginas de este ensayo. En ellas se insina que la descomposicin del poder poltico logrado

    por Espaa en el siglo XVI no significa, rigorosamente hablando, una decadencia. El

    encumbramiento de nuestro pueblo fue ms aparente que real, y, por lo tanto, es ms que real

    aparente su descenso. Se trata de un espejismo peculiar a la historia de Espaa, espejismo

    que constituye precisamente el problema especfico propuesto a la atencin de los

    meditadores nacionales.

    La otra advertencia que quisiera hacer al lector queda ya iniciada en lo que va dicho. Al

    analizar el estado de disolucin a que ha venido la sociedad espaola, encontramos algunos

    sntomas e ingredientes que no son exclusivos de nuestro pas, sino tendencias generales hoy

    en todas las naciones europeas. Es natural que sea as. Las pocas representan un papel de

    climas morales, de atmsferas histricas a que son sometidas las naciones. Por grande que

    sea la diferencia entre las fisonomas de stas, la comunidad de poca les impone ciertos

    rasgos parecidos. Yo no he querido distraer la atencin del lector distinguiendo en cada caso

    lo que me parece fenmeno europeo de lo que juzgo genuinamente espaol. Para ello habra

    tenido que intentar toda una anatoma de la poca en que vivimos, corriendo el riesgo de

    dejar desenfocada, sobre tan largo paisaje, la silueta de nuestro problema nacional.

    Ciertamente que el tema -una anatoma de la Europa actual- es demasiado tentador para

    que un da u otro no me rinda a la voluptuosa faena de tratarlo. Habra entonces de expresar

    mi conviccin de que las grandes naciones continentales transitan ahora el momento ms

    grave de toda su historia. En modo alguno me refiero con esto a la pasada guerra y sus

    consecuencias. La crisis de la vida europea labora en tan hondas capas del alma continental,

    que no puede llegar a ellas guerra ninguna, y la ms gigantesca o frentica se limita a

    resbalar tangenteando la profunda vscera enferma. La crisis a que aludo se haba iniciado

    con anterioridad a la guerra, y no pocas cabezas claras del continente tenan ya noticia de

  • ella. La conflagracin no ha hecho ms que acelerar el crtico proceso y ponerlo de

    manifiesto ante los menos avizores.

    A estas fechas, Europa no ha comenzado an su interna restauracin. Por qu? Cmo es

    posible que los pueblos capaces de organizar tan prodigiosamente la contienda se muestren

    ahora tan incapaces para liquidarla y organizar de nuevo la paz? Nada ms natural, se dice:

    han quedado extenuados por la guerra. Pero esta idea de que las guerras extenan es un

    error que proviene de otro tan extendido como injustificado. Por una caprichosa decisin de

    las mentes, se ha dado en pensar que las guerras son un hecho anmalo en la biologa

    humana, siendo as que la historia lo presenta en todas sus pginas como cosa no menos

    normal, acaso ms normal que la paz. La guerra fatiga, pero no extena: es una funcin

    natural del organismo humano, para la cual se halla este prevenido. Los desgastes que

    ocasiona son pronto compensados mediante el poder de propia regulacin que acta en todos

    los fenmenos vitales. Cuando el esfuerzo guerrero deja extenuado a quien lo produce, hay

    motivo para sospechar de la salud de este.

    Es, en efecto, muy sospechosa la extenuacin en que ha cado Europa. Porque no se trata

    de que no logre dar cima a la organizacin que se propone. Lo curioso del caso es que no se

    la propone. No es, pues, que fracase su intento, sino que no intenta. A mi juicio, el sntoma

    ms elocuente de la hora actual es la ausencia en toda Europa de una ilusin hacia el

    maana. Si las grandes naciones no se restablecen es porque en ninguna de ellas existe el

    claro deseo de un tipo de vida mejor que sirva de pauta sugestiva a la recomposicin. Y esto,

    advirtase bien, no ha pasado nunca en Europa. Sobre las crisis ms violentas o ms tristes

    ha palpitado siempre la lumbre alentadora de una ilusin, la imagen esquemtica de una

    existencia ms deseable. Hoy en Europa no se estima el presente: instituciones, ideas,

    placeres saben a rancio. Qu es lo que, en cambio, se desea? En Europa hoy no se desea.

    No hay cosecha de apetitos. Falta por completo esa incitadora anticipacin de un porvenir

    deseable, que es un rgano esencial en la biologa humana. El deseo, secrecin exquisita de

    todo espritu sano, es lo primero que se agosta cuando la vida declina. Por eso faltan al

    anciano, y en su hueco vienen a alojarse las reminiscencias.

    Europa padece una extenuacin en su facultad de desear que no es posible atribuir a la

    guerra. Cul es su origen? Es que los principios mismos de que ha vivido el alma

    continental estn ya exhaustos, como canteras desventradas? No he de intentar responder

    ahora a esas preguntas que tanto preocupan hoy a los espritus selectos. He rozado la

    cuestin para advertir nada ms que a los males espaoles descritos por m no cabe hallar

    medicina en los grandes pueblos actuales. No sirven de modelos para una renovacin porque

    ellos mismos se sienten anticuados y sin un futuro incitante. Tal vez ha llegado la hora en que

    va a tener ms sentido la vida en los pueblos pequeos y un poco brbaros. Permtaseme que

    deje ahora inexplicada esta frase de contornos sibilinos. Antes conviene -puesto que se han

    abierto un camino inesperado hasta el gran pblico- que produzcan todo su efecto las

    pginas de este libro, llammosle as.

    Octubre 1922

    PROLOGO A LA CUARTA EDICION

    Hace varios aos se agotaron los ejemplares de esta obra, y he pensado que acaso

    conviniera su lectura a una nueva generacin de lectores. Estas pginas, en rigor, son ya

    viejas: comenzaron a publicarse en El Sol, en 1920. Datan, pues, de casi quince aos y, como

  • Tcito sugiere, quince aos son una etapa decisiva del tiempo humano : per quindecim

    annos, grande mortalis aevi spatium.

    Quince aos no es una cifra cualquiera, sino que significa la unidad efectiva que articula el

    tiempo histrico y lo constituye. Porque historia es la vida humana en cuanto que se halla

    sometida a cambios de su estructura general. Pues bien: la estructura de la vida se

    transforma siempre de quince en quince aos. Es cuestin secundaria cuntas cosas

    continen o desaparezcan en el paso de uno de esos perodos al siguiente; lo decisivo es que

    cambia la organizacin general, la arquitectura y perspectiva de la existencia. Casi fuera

    expresin estricta de la verdad decir que la palabra vida humana, referida a 1920 y a

    1934, significa cosas muy diferentes; porque, en efecto, la faena de vivir, que es siempre

    tremebunda, consiste hoy en apuros y afanes muy otros que los de hace quince aosl.

    1 Las razones de todo ello pueden verse en mi libro El mtodo de las generaciones histricas, que va aparecer

    en las publicaciones de la Ctedra Valdecilla. [Publicado con el ttulo En torno a Galileo]

    Sera, pues, lo ms natural que estas pginas resultasen hoy ilegibles, ya que no son lo

    bastante arcaicas para acogerse a los beneficios de la arqueologa. Mas tambin puede

    acaecer lo contrario: que estas pginas fuesen en 1920 extemporneas; que hubiesen

    representado entonces una anticipacin y slo en la fecha presente encontrasen su hora

    oportuna.

    Cuando menos, cabe asegurar que no pocas de las ideas insinuadas por vez primera en

    estos artculos tardaron aos en brotar fuera de Espaa y desde all refluir hacia nuestra

    Pennsula. Algunas valen hoy como la ltima palabra, a pesar de que en este volumen, tan

    viejecito y tan sin pretensiones, estaban ya inclusive con su palabra, con su bautismo

    terminolgico. Slo les faltaba algo que han recibido fuera: su falsificacin, su

    desmesuramiento y su petrificacin en tpicos.

    Debo decir que a m, de todas esas ideas, las que hoy me interesan ms son las que todava

    siguen siendo anticipaciones y an no se han cumplido ni son hechos palmarios. Por

    ejemplo: el anuncio de que cuanto hoy acontece en el planeta terminar con el fracaso de las

    masas en su pretensin de dirigir la vida europea. Es un acontecimiento que veo llegar a

    grandes zancadas. Ya a estas horas estn haciendo las masas -las masas de toda clase- la

    experiencia inmediata de su propia inanidad. La angustia, el dolor, el hambre y la sensacin

    de vital vaco las curarn de la atropellada petulancia que ha sido en estos aos su nico

    principio animador. Ms all de la petulancia descubrirn en s mismas un nuevo estado de

    espritu: la resignacin, que es en la mayor parte de los hombres la nica gleba fecunda y la

    forma ms alta de espiritualidad a que pueden llegar. Sobre ella ser posible iniciar la nueva

    construccin. Y entonces se ver, con gran sorpresa, que la exaltacin de las masas

    nacionales y de las masas obreras, llevada al paroxismo en los ltimos treinta aos, era la

    vuelta que ineludiblemente tena que tomar la realidad histrica para hacer posible el

    autntico futuro, que es, en una u otra forma, la unidad de Europa. Siempre ha acontecido lo

    mismo. Lo que va a ser la verdadera y definitiva solucin de una crisis profunda es lo que

    ms se elude ya lo que mayor resistencia se opone. Se comienza por ensayar todos los dems

    procedimientos y con predileccin los ms opuestos a aquella nica solucin. Pero el fracaso

    inevitable de stos deja exenta, luminosa y evidente la efectiva verdad, que entonces se

    impone de manera automtica, con una sencillez mgica.

    Cuando este volumen apareci, tuvo mayores consecuencias fuera que dentro de Espaa.

    Fui solicitado reiteradamente para que consintiese su publicacin en los Estados Unidos, en

    Alemania y en Francia, pero me opuse a ello de modo terminante. Entonces los grandes

    pases parecan intactos en su perfeccin, y este libro presentaba demasiado al desnudo las

    lacras del nuestro. Como puede verse en el prlogo a la segunda edicin, publicada muy

    pocos meses despus de la primera, yo saba ya que muchas de estas lacras eran

  • secretamente padecidas por aquellas naciones en apariencia tan ejemplares, pero hubiera

    sido intil intentar entonces mostrarlo. Hay gentes que sienten una repugnante y hermtica

    admiracin hacia todo lo que parece en triunfo, y un desdn bellaco hacia lo que por el

    momento toma un aire de cosa vencida. Hubiera sido vano decir a estos adoradores de todos

    los Segismundos que Inglaterra, Francia, Alemania sufriran de los mismos males que

    nosotros. Cuando hace diez aos anunci que en todas partes se pasara por situaciones

    dictatoriales, que stas eran una irremediable enfermedad de la poca y el castigo condigno

    de sus vicios, los lectores sintieron gran conmiseracin por el estado de mi caletre. Era, pues,

    preferible, si quera aclarar un poco lo que ms me importaba y me urga -los problemas de

    Espaa-, renunciar a complicarlos con los menos patentes del extranjero. Mi obra era para

    andar por casa y deba quedar como un secreto domstico. Hoy se ha visto que ciertos males

    profundos son comunes a todo el Occidente, y no me opondra ya a que estas pginas fuesen

    vertidas a otros idiomas.

    Mas, con todo esto, no debe el lector creer, que va a entrar en la lectura de un libro, lo que

    se llama, hablando en serio, un libro. Una vez y otra se hace constar en el texto la intencin

    puramente pragmtica que lo inspir. Yo necesitaba para mi vida personal orientarme sobre

    los destinos de mi nacin, a la que me senta radicalmente adscrito. Hay quien sabe vivir

    como un sonmbulo; yo no he logrado aprender este cmodo estilo de existencia. Necesito

    vivir de claridades y lo ms despierto posible. Si yo hubiese encontrado libros que me

    orientasen con suficiente agudeza sobre los secretos del camino que Espaa lleva por la

    historia, me habra ahorrado el esfuerzo de tener que construirme malamente, con

    escassimos conocimientos y materiales, a la manera de Robinson, un panorama esquemtico

    de su evolucin y de su anatoma. Yo s que un da, espero que prximo, habr verdaderos

    libros sobre historia de Espaa, compuestos por verdaderos historiadores. La generacin que

    ha seguido a la ma, dirigida por algn maestro, que pertenece a la anterior, ha hecho

    avanzar considerablemente la madurez de esa futura cosecha. Pero el hombre no puede

    esperar. La vida es todo lo contrario de las Kalendas griegas. La vida es prisa. Yo necesitaba

    sin remisin ni demora aclararme un poco el rumbo de mi pas a fin de evitar en mi conducta,

    por lo menos, las grandes estupideces. Alguien en pleno desierto se siente enfermo,

    desesperadamente enfermo. Qu har? No sabe medicina, no sabe casi nada de nada. Es

    sencillamente un pobre hombre a quien la vida se le escapa. Qu har? Escribe estas

    pginas, que ofrece ahora en cuarta edicin a todo el que tenga la inslita capacidad de

    sentirse, en plena salud, agonizante y, por lo mismo, dispuesto siempre a renacer.

    Junio 1934.

    [Advertencia]

    No creo que sea completamente intil para contribuir a la solucin de los problemas

    polticos distanciarse de ellos por algunos momentos, situndolos en una perspectiva histrica.

    En esta virtual lejana parecen los hechos esclarecerse por s mismos y adoptar

    espontneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad.

    En este ensayo de ensayo es, pues, el tema histrico y no poltico. Los juicios sobre grupos

    y tendencias de la actualidad espaola que en l van insertos no han de tomarse como

    actitudes de un combatiente. Intentan ms bien expresar mansas contemplaciones del hecho

    nacional, dirigidas por una aspiracin puramente terica y, en consecuencia, inofensiva.

    PRIMERA PARTE

  • PARTICULARISMO

    Y ACCION DIRECTA

    1 INCORPORACION Y DESINTEGRACION

    En la Historia Romana de Mommsen hay, sobre todos, un instante solemne. Es aquel en

    que, tras ciertos captulos preparatorios, toma la pluma el autor para comenzar la narracin de

    los destinos de Roma. Constituye el pueblo romano un caso nico en el conjunto de los

    conocimientos histricos: es el nico pueblo que desarrolla entero el ciclo de su vida delante

    de nuestra contemplacin. Podemos asistir a su nacimiento ya su extincin. De los dems, el

    espectculo es fragmentario: o no los hemos visto nacer, o no los hemos visto an morir.

    Roma es, pues, la nica trayectoria completa de organismo nacional que conocemos. Nuestra

    mirada puede acompaar a la ruda Roma quadrata en su expansin gloriosa por todo el

    mundo ecumnico, y luego verla contraerse en unas ruinas que no por ser ingentes dejan de

    ser mseras. Esto explica que hasta ahora slo se haya podido construir una historia en todo el

    rigor cientfico del vocablo: la de Roma. Mommsen fue el gigantesco arquitecto de tal

    edificio.

    Pues bien: hay un instante solemne en que Mommsen va a comenzar la relacin de las

    vicisitudes de este pueblo ejemplar. La pluma en el aire, frente al blanco papel, Mommsen se

    reconcentra para elegir la primera frase, el comps inicial de su herclea sinfona. En rauda

    procesin transcurre ante su mente la fila multicolor de los hechos romanos. Como en la

    agona suele la ida entera del moribundo desfilar ante su conciencia, Mommsen, que haba

    vivido mejor que ningn romano la existencia del Imperio latino, ve una vez ms desarrollarse

    vertiginosa la dramtica pelcula. Todo aquel tesoro de intuiciones da el precipitado de un

    pensamiento sinttico. La pluma suculenta desciende sobre el papel y escribe estas palabras:

    La historia de toda nacin, y sobre todo de la nacin latina, es un vasto sistema de

    incorporacin l.

    1 En la edicin alemana no se habla de incorporacin, sino de synoikismo. La idea es la misma:

    synoiquismo es literalmente convivencia, ayuntamiento de moradas. Al revisar la traduccin francesa, prefiri

    Mommsen una palabra menos tcnica.

    Esta frase expresa un principio del mismo valor para la historia que en la fsica tiene este

    otro: la realidad fsica consiste ltimamente en ecuaciones de movimiento. Calor, luz,

    resistencia, cuanto en la naturaleza no parece ser movimiento, lo es en realidad. Hemos

    entendido o explicado un fenmeno cuando hemos descubierto su expresin foronmica, su

    frmula de movimiento.

    Si el papel que hace en fsica el movimiento lo hacen en historia los procesos de

    incorporacin, todo depender de que poseamos una nocin clara de lo que es la

    incorporacin.

    Y al punto tropezamos con una propensin errnea, sumamente extendida, que lleva a

    representarse la formacin de un pueblo como el crecimiento por dilatacin de un ncleo

    inicial. Procede este error de otro ms elemental que cree hallar el origen de la sociedad

    poltica, del Estado, en una expansin de la familia. La idea de que la familia es la clula

    social y el Estado algo as como una familia que ha engordado, es una rmora para el progreso

    de la ciencia histrica, de la sociologa, de la poltica y de otras muchas cosas2.

    2 En mi estudio, an no recogido en volumen, El Estado, la juventud y el Carnaval, expongo la situacin

    actual de las investigaciones etnogrficas sobre el origen de la sociedad civil. Lejos de ser la familia germen del

    Estado, es, en varios sentidos, todo lo contrario: en primer lugar, representa una formacin posterior al Estado, y

  • en segundo lugar, tiene el carcter de una reaccin contra el Estado. [Publicado posteriormente, con el ttulo El

    origen deportivo del Estado, en el tomo VII de El Espectador, 1930.]

    No; incorporacin histrica no es dilatacin de un ncleo inicial. Recurdese a este

    propsito las etapas decisivas de la evolucin romana. Roma es primero una comuna asentada

    en el monte Palatino y las siete alturas inmediatas: es la Roma Palatina, Septimontiun, o Roma

    de la montaa. Luego, esta Roma se une con otra comuna frontera asentada sobre la colina del

    Quirinal, y desde entonces hay dos Romas: la de la montaa y la de la colina. Ya esta primera

    escena de la incorporacin romana excluye la imagen de dilatacin. La Roma total no es una

    expansin de la Roma palatina, sino la articulacin de dos colectividades distintas en una

    unidad superior.

    Esta Roma palatino-quirinal vive entre otras muchas poblaciones anlogas, de su misma

    raza latina, con las cuales no posea, sin embargo, conexin poltica alguna. La identidad de

    raza no trae consigo la incorporacin en un organismo nacional, aunque a veces favorezca y

    facilite este proceso. Roma tuvo que someter a las comunas del Lacio, sus hermanas de raza,

    por los mismos procedimientos que siglos ms tarde haba de emplear para integrar en el

    Imperio a gentes tan distintas de ella tnicamente como celtberos y galos, germanos y

    griegos, escitas y sirios. Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de

    sangre, y viceversa. La diferencia racial, lejos de excluir la incorporacin histrica, subraya lo

    que hay de especfico en la gnesis de todo gran Estado.

    Ello es que Roma obliga a sus hermanas del Lacio a constituir un cuerpo social, una

    articulacin unitaria, que fue elfoedus latinun, la federacin latina, segunda etapa de la

    progresiva incorporacin.

    El paso inmediato fue dominar a etruscos y samnitas, las dos colectividades de raza distinta

    limtrofes del territorio latino. Logrado esto, el mundo italiota es ya una unidad histricamente

    orgnica. Poco despus, en rpido, prodigioso crescendo, todos los dems pueblos conocidos,

    desde el Cucaso al Atlntico, se agregan al torso italiano, formando la estructura gigante del

    Imperio. Esta ltima etapa puede denominarse de colonizacin.

    Los estadios del proceso incorporativo forman, pues, una admirable lnea ascendente: Roma

    inicial, Roma doble, federacin latina, unidad italiota, Imperio colonial. Este esquema es

    suficiente para mostramos que la incorporacin histrica no es la dilatacin de un ncleo

    inicial, sino ms bien la organizacin de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva

    estructura. El ncleo inicial, ni se traga los pueblos que va sometiendo, ni anula el carcter de

    unidades vitales propias que antes tenan. Roma somete las Galias; esto no quiere decir que

    los galos dejen de sentirse como una entidad social distinta de Roma y que se disuelvan en

    una gigantesca masa homognea llamada Imperio romano. No; la cohesin gala perdura, pero

    queda articulada como una parte en un todo ms amplio. Roma misma, ncleo inicial de la

    incorporacin, no es sino otra parte del colosal organismo, que goza de un rango privilegiado

    por ser el agente de la totalizacin.

    Entorpece sobremanera la inteligencia de lo histrico suponer que cuando de los ncleos

    inferiores se ha formado la unidad superior nacional, dejan aqullos de existir como

    elementos activamente diferenciados. Lleva esta errnea idea a presumir, por ejemplo, que

    cuando Castilla reduce a unidad espaola a Aragn, Catalua y Vasconia, pierden estos

    pueblos su carcter de pueblos distintos entre s y del todo que forman. Nada de esto:

    sometimiento, unificacin, incorporacin, no significan muerte de los grupos como tales

    grupos; la fuerza de independencia que hay en ellos perdura, bien que sometida; esto es,

    contenido su poder centrifugo por la energa central que los obliga a vivir como partes de un

    todo y no como todos aparte. Basta con que la fuerza central, escultora de la nacin -Roma en

    el Imperio, Castilla en Espaa, la Isla de Francia en Francia-, amenge, para que se vea

    automticamente reaparecer la energa secesionista de los grupos adheridos.

  • Pero la frase de Mommsen es incompleta. La historia de una nacin no es slo la de su

    periodo formativo y ascendente: es tambin la historia de su decadencia. Y si aqulla consista

    en reconstruir las lneas de una progresiva incorporacin, sta describir el proceso inverso.

    La historia de la decadencia de una nacin es la historia de una vasta desintegracin.

    Es preciso, pues, que nos acostumbremos a entender toda unidad nacional, no como una

    coexistencia interna, sino como un sistema dinmico. Tan esencial es para su mantenimiento

    la fuerza central como la fuerza de dispersin. El peso de la techumbre gravitando sobre las

    pilastras no es menos esencial al edificio que el empuje contrario ejercido por las pilastras

    para sostener la techumbre.

    La fatiga de un rgano parece a primera vista un mal que ste sufre. Pensamos, acaso, que

    en un ideal de salud la fatiga no existira. No obstante, la fisiologa ha notado que sin un

    mnimum de fatiga el rgano se atrofia. Hace falta que su funcin sea excitada, que trabaje y

    se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el rgano reciba frecuentemente pequeas

    heridas que lo mantengan alerta. Estas pequeas heridas han sido llamadas estmulos

    funcionales; sin ellas, el organismo no funciona, no vive.

    Del mismo modo, la energa unificadora, central, de totalizacin -llmese como se quiera-,

    necesita, para no debilitarse, de la fuerza contraria, de la dispersin, del impulso centrfugo

    perviviente en los grupos. Sin este estimulante, la cohesin se atrofia, la unidad nacional se

    disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen que volver a vivir cada una como un

    todo independiente.

    2. POTENCIA DE NACIONALIZACION

    El poder creador de naciones es un quid divinum, un genio o talento tan peculiar como la

    poesa, la msica y la invencin religiosa. Pueblos sobremanera inteligentes han carecido de

    esa dote, y, en cambio, la han posedo en alto grado pueblos bastante torpes para las faenas

    cientficas o artsticas. Atenas, a pesar de su infinita perspicacia, no supo nacionalizar el

    Oriente mediterrneo; en tanto que Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron

    las dos ms amplias estructuras nacionales.

    Sera de gran inters analizar con alguna detencin los ingredientes de ese talento

    nacionalizador. En la presente coyuntura basta, sin embargo, con que notemos que es un

    talento de carcter imperativo, no un saber terico, ni una rica fantasa, ni una profunda y

    contagiosa emotividad de tipo religioso. Es un saber querer y un saber mandar.

    Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una

    exquisita mixtura de ambas cosas. La sugestin moral y la imposicin material van

    ntimamente fundidas en todo acto de imperar. Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo

    contemporneo en su antipata hacia la fuerza; sin ella no habra habido nada de lo que ms

    nos importa en el pasado, y si la excluimos del porvenir slo podremos imaginar una

    humanidad catica. Pero tambin es cierto que con slo la fuerza no se ha hecho nunca cosa

    que merezca la pena.

    Solitaria, la violencia fragua'" pseudoincorporaciones que duran breve tiempo y fenecen sin

    dejar rastro histrico apreciable. No salta a la vista la diferencia entre esos efmeros

    conglomerados de pueblos y las verdaderas, substanciales incorporaciones? Comprense los

    formidables imperios monglicos de Genghis-Khan o Timul con la Roma antigua y las

    modernas naciones de Occidente. En la jerarqua de la violencia, una fuerza como la de

    Genghis-Khan es insuperable. Qu son Alejandro, Csar o Napolen, emparejados con el

    terrible genio de Tartaria, el sobrehumano nmada, domador de medio mundo, que lleva su

    yurta cosida en la estepa desde el Extremo Oriente a los contrafuertes del Cucaso? Frente al

    Khan tremebundo, que no sabe leer ni escribir, que ignora todas las religiones y desconoce

  • todas las ideas, Alejandro, Csar, Napolen son propagandistas de la Salvation Army. Mas el

    Imperio trtaro dura cuanto la vida del herrero que lo la con el hierro de su espada; la obra

    de Csar, en cambio, dur siglos y repercuti en milenios.

    En toda autntica incorporacin, la fuerza tiene un carcter adjetivo. La potencia

    verdaderamente substancial que impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma nacional, un

    proyecto sugestivo de vida en comn. Repudiemos toda interpretacin esttica de la

    convivencia nacional y sepamos entenderla dinmicamente. No viven juntas las gentes sin

    ms ni ms y porque s; esa cohesin a priori slo existe en la familia. Los grupos que

    integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propsitos, de anhelos, de

    grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. Cuando los

    pueblos que rodean a Roma son sometidos, ms que por las legiones se sienten injertados en

    el rbol latino por una ilusin. Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital donde

    todos podan colaborar; Roma era un proyecto de organizacin universal; era una tradicin

    jurdica superior, una admirable administracin, un tesoro de ideas recibidas de Grecia que

    prestaban un brillo superior a la vida, un repertorio de nuevas fiestas y mejores placeres 1. El

    da que Roma dej de ser este proyecto de cosas por hacer maana, el Imperio se desarticul.

    1 A propsito del edicto de Caracalla de 212 d. de J.C., concediendo a los habitantes del Imperio el derecho de

    ciudadana, escribe Bloch en un libro reciente: El acto de 212 apareci a la larga en todo su verdadero alcance,

    considerado no tanto en s mismo como en la serie de hechos de que era resultado y consagracin; apareci como

    la suprema y definitiva expresin, como el coronamiento de la poltica liberal y generosa proseguida, con una

    constancia admirable, desde los primeros tiempos de la Repblica. En este sentido habl de l San Agustn, y

    con la misma intencin escriba el galo Rutlius Namatianus, en el momento en que el Imperio iba a

    derrumbarse, estos hermosos versos, los ms bellos en que se ha glorificado la misin histrica de Roma:

    f'ecisti patriam diversis gentibus unam,

    Urbem fecisti quod prius orbis erat.

    Bloch. L 'Empire romain, 215 (1922).

    No es el ayer, el pretrito, el haber tradicional, lo decisivo para que una nacin exista. Este

    error nace, como ya he indicado, de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa,

    ancestral, en el pasado, en suma, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de

    tener un programa para maana.

    En cuanto a la fuerza, no es difcil determinar su misin. Por muy profunda que sea la

    necesidad histrica de la unin entre dos pueblos, se oponen a ella intereses particulares,

    caprichos, vilezas, pasiones y, ms que todo esto, prejuicios colectivos instalados en la

    superficie del alma popular que va a aparecer como sometida. Vano fuera el intento de vencer

    tales rmoras con la persuasin que emana de los razonamientos. Contra ellas slo es eficaz el

    poder de la fuerza, la gran ciruga histrica.

    Es, pues, la misin de sta resueltamente adjetiva y secundaria, pero en modo alguno

    desdeable. Desde hace un siglo padece Europa una perniciosa propaganda en desprestigio de

    la fuerza. Sus races, hondas y sutiles, provienen de aquellas bases de la cultura moderna que

    tienen un valor ms circunstancial, limitado y digno de superacin. Ello es que se ha

    conseguido imponer a la opinin pblica europea una idea falsa sobre lo que es la fuerza de

    las armas. Se la ha presentado como cosa infrahumana y torpe residuo de la animalidad

    persistente en el hombre. Se ha hecho de la fuerza lo contrapuesto al espritu, o, cuando ms,

    una manifestacin espiritual de carcter inferior.

    El buen Heriberto Spencer, expresin tan vulgar como sincera de su nacin y de su poca,

    opuso al espritu guerrero el espritu industrial, y afirm que era ste un absoluto

    progreso en comparacin con aqul. Frmula tal halagaba sobremanera los instintos de la

    burguesa imperante, pero nosotros debiramos someterla a una severa revisin. Nada es, en

  • efecto, ms remoto de la verdad. La tica industrial, es decir, el conjunto de sentimientos,

    normas, estimaciones y principios que rigen, inspiran y nutren la actividad industrial, es moral

    y vitalmente inferior a la tica del guerrero. Gobierna a la industria el principio de la utilidad,

    en tanto que los ejrcitos nacen del entusiasmo. En la colectividad industrial se asocian los

    hombres mediante contratos, esto es, compromisos parciales, externos, mecnicos, al paso que

    en la colectividad guerrera quedan los hombres integralmente solidarizados por el honor y la

    fidelidad, dos normas sublimes. Dirige el espritu industrial un cauteloso afn de evitar el

    riesgo, mientras el guerrero brota de un genial apetito de peligro. En fin, aquello que ambos

    tienen de comn, la disciplina, ha sido primero inventado por el espritu guerrero y merced a

    su pedagoga injertado en el hombre l.

    1 Uno de los hombres ms sabios e imparciales de nuestra poca, el gran socilogo y economista Max Weber,

    escribe: La fuente originaria del concepto actual de la ley fue la disciplina militar romana y el carcter peculiar

    de su comunidad guerrera. (Wirtschaft und Gesell chaft, pg. 406; 1922.)

    Sera injusto comparar las formas presentes de la vida industrial, que en nuestra poca ha

    alcanzado su plenitud, con las organizaciones militares contemporneas, que representan una

    decadencia del espritu guerrero. Precisamente lo que hace antipticos y menos estimables a

    los ejrcitos actuales es que son manejados y organizados por el espritu industrial. En cierto

    modo, el militar es el guerrero deformado por el industrialismo.

    Medtese un poco sobre la cantidad de fervores, de altsimas virtudes, de genialidad, de

    vital energa que es preciso acumular para poner en pie un buen ejrcito. Cmo negarse a ver

    en ello una de las creaciones ms maravillosas de la espiritualidad humana? La fuerza de las

    armas no es fuerza bruta, sino fuerza espiritual. Esta es la verdad palmaria, aunque los

    intereses de uno u otro propagandista les impidan reconocerlo. La fuerza de las armas,

    ciertamente, no es fuerza de razn, pero la razn no circunscribe la espiritualidad. Ms

    profundas que sta, fluyen en el espritu otras potencias, y entre ellas las que actan en la

    blica operacin. As, el influjo de las armas, bien analizado, manifiesta, como todo lo

    espiritual, su carcter predominantemente persuasivo. En rigor, no es la violencia material con

    que un ejrcito aplasta en la batalla a su adversario lo que produce efectos histricos. Rara vez

    el pueblo vencido agota en el combate su posible resistencia. La victoria acta, ms que

    materialmente, ejemplarmente, poniendo de manifiesto la superior calidad del ejrcito

    vencedor, en la que, a su vez, aparece simbolizada, significada, la superior calidad histrica

    del pueblo que forj ese ejrcito l.

    1 No se oponga a esto la trivial objecin de que un pueblo puede ser ms inteligente, sabio, industrioso, civil,

    artista que otro, y, sin embargo, blicamente ms dbil. La calidad o rango histrico de un pueblo no se mide

    exclusivamente por aquellas dotes. El brbaro que aniquila al romano decadente era menos sabio que ste, y,

    sin embargo, no es dudosa la superior calidad histrica de aqul. De todos modos, la opinin arriba apuntada

    alude slo a la normalidad histrica que, como toda regla, tiene sus excepciones y su compleja casustica. [Vase

    el ensayo del autor, titulado La interpretacin blica de la historia, de 1925, incluido en el tomo VI de El

    Espectador, Madrid, 1927.]

    Slo quien tenga de la naturaleza humana una idea arbitraria tachar de paradoja la

    afirmacin de que las legiones romanas, y como ellas todo gran ejrcito, han impedido ms

    batallas que las que han dado. El prestigio ganado en un combate evita otros muchos, y no

    tanto por el miedo a la fsica opresin, como por el respeto a la superioridad vital del

    vencedor. El estado de perpetua guerra en que viven los pueblos salvajes se debe

    precisamente a que ninguno de ellos es capaz de formar un ejrcito y con l una respetable,

    prestigiosa organizacin nacional.

    En tal sesgo, muy distinto del que suele emplearse, debe un pueblo sentir su honor

    vinculado a su ejrcito, no por ser el instrumento con que puede castigar las ofensas que otra

  • nacin le infiera; ste es un honor externo, vano, hacia afuera. Lo importante es que el pueblo

    advierta que el grado de perfeccin de su ejrcito mide con pasmosa exactitud los quilates de

    la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se siente ante s misma deshonrada por la

    incompetencia y desmoralizacin de su organismo guerrero, es que se halla profundamente

    enferma e incapaz de agarrarse al planeta.

    Por tanto, aunque la fuerza represente slo un papel secundario y auxiliar en los grandes

    procesos de incorporacin nacional, es inseparable de ese estro divino que, como arriba he

    dicho, poseen los pueblos creadores e imperiales. El mismo genio que inventa un programa

    sugestivo de vida en comn, sabe siempre forjar una hueste ejemplar, que es de ese programa

    smbolo eficaz y sin par propaganda *.

    * [Los prrafos situados entre el espacio blanco precedente (pg. 34) y el que sigue proceden de un artculo

    del autor publicado en el El Sol el 14-11-1922 titulado Nacin y ejrcito. El artculo llevaba una entradilla en

    la que se deca: Dentro de pocos das se publicar la segunda edicin del ya famoso libro Espaa Invertebrada,

    rpidamente agotado, de D. Jos Ortega y Gasset. Al entregarlo de nuevo a las prensas, el gran pensador ha

    credo conveniente hacer importantes adiciones al texto primitivo, que completan su pensamiento. Entre estas

    adiciones, encontramos una que nos parece de la mayor actualidad en estos momentos en que la nacin

    contempla, entre atnita y apasionada, la situacin del Ejrcito.]

    Desde estos pensamientos, como desde un observatorio, miremos ahora en la lejana de una

    perspectiva casi astronmica el presente de Espaa.

    3. POR QUE HAY SEPARATISMO?

    Uno de los fenmenos ms caractersticos de la vida poltica espaola en los ltimos veinte

    aos ha sido la aparicin de regionalismos, nacionalismos, separatismos; esto es, movimientos

    de secesin tnica y territorial. Son muchos los espaoles que hayan llegado a hacerse cargo

    de cul es la verdadera realidad histrica de tales movimientos? Me temo que no.

    Para la mayor parte de la gente, el nacionalismo cataln y vasco es un movimiento

    artificioso que, extrado de la nada, sin causas ni motivos profundos, empieza de pronto unos

    cuantos aos hace. Segn esta manera de pensar, Catalua y Vasconia no eran antes de ese

    movimiento unidades sociales distintas de Castilla o Andaluca. Era Espaa una masa

    homognea, sin discontinuidades cualitativas, sin confines interiores de unas partes con otras.

    Hablar ahora de regiones, de pueblos diferentes, de Catalua, de Euzkadi, es cortar con un

    cuchillo una masa homognea y tajar cuerpos distintos en lo que era un compacto volumen.

    Unos cuantos hombres, movidos por codicias econmicas, por soberbias personales, por

    envidias ms o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de

    despedazamiento nacional, que sin ellos y su caprichosa labor no existira. Los que tienen de

    estos movimientos secesionistas pareja idea, piensan con lgica consecuencia que la nica

    manera de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulacin: persiguiendo sus ideas, sus

    organizaciones y sus hombres. La forma concreta de hacer esto es, por ejemplo, la siguiente:

    En Barcelona y Bilbao luchan nacionalistas y unitarios; pues bien: el Poder central

    deber prestar la incontrastable fuerza de que como Poder total goza, a una de las partes

    contendientes; naturalmente, la unitaria. Esto es, al menos, lo que piden los centralistas vascos

    y catalanes, y no es raro or de sus labios frases como stas: Los separatistas no deben ser

    tratados como espaoles. Todo se arreglar con que el Poder central nos enve un

    gobernador que se ponga a nuestras rdenes.

    Yo no sabra decir hasta qu extremado punto discrepan de las referidas mis opiniones

    sobre el origen, carcter, trascendencia y tratamiento de esas inquietudes secesionistas. Tengo

    la impresin de que el unitarismo que hasta ahora se ha opuesto a catalanistas y

  • bizcaitarras, es un producto de cabezas catalanas y vizcanas nativamente incapaces -hablo en

    general y respeto todas las individualidades- para comprender la historia de Espaa. Porque

    no se le d vueltas: Espaa es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando

    que, en general, slo cabezas castellanas tienen rganos adecuados para percibir el gran

    problema de la Espaa integral. Ms de una vez me he entretenido imaginando qu habra

    acontecido si, en lugar de hombres de Castilla, hubieran sido encargados, mil aos hace, los

    unitarios de ahora, catalanes y vascos, de forjar esta enorme cosa que llamamos Espaa. Yo

    sospecho que, aplicando sus mtodos y dando con sus testas en el yunque, lejos de arribar a la

    Espaa una, habran dejado la Pennsula convertida en una pululacin de mil cantones.

    Porque, como luego veremos, en el fondo, esa manera de entender los nacionalismos y ese

    sistema de dominarlos es, a su vez, separatismo y particularismo: es catalanismo y

    bizcaitarrismo, bien que de signo contrario.

    4 TANTO MONTA

    Para quien ha nacido en esta cruda altiplanicie que se despereza del Ebro al Tajo, nada hay

    tan conmovedor como reconstruir el proceso incorporativo que Castilla impone a la periferia

    peninsular. Desde un principio se advierte que Castilla sabe mandar. No hay ms que ver la

    energa con que acierta a mandarse a s misma. Ser emperador de s mismo es la primera

    condicin para imperar a los dems. Castilla se afana por superar en su propio corazn la

    tendencia al hermetismo aldeano, a la visin angosta de los intereses inmediatos que reina en

    los dems pueblos ibricos. Desde luego, se orienta su nimo hacia las grandes empresas, que

    requieren amplia colaboracin. Es la primera en iniciar largas, complicadas trayectorias de

    poltica internacional, otro sntoma de genio nacionalizador. Las grandes naciones no se han

    hecho desde dentro, sino desde fuera; slo una acertada poltica internacional, poltica de

    magnas empresas, hace posible una fecunda poltica interior, que es siempre, a la postre,

    poltica de poco calado. Slo en Aragn exista, como en Castilla, sensibilidad internacional,

    pero contrarrestada por el defecto ms opuesto a esa virtud: una feroz suspicacia rural

    aquejaba a Aragn, un irreductible apego a sus peculiaridades tnicas y tradicionales. La

    continuada lucha fronteriza que mantienen los castellanos con la Media Luna, con otra

    civilizacin, permite a stos descubrir su histrica afinidad con las dems Monarquas

    ibricas, a despecho de las diferencias sensibles: rostro, acento, humor, paisaje. La Espaa

    una nace as en la mente de Castilla, no como una intuicin de algo real -Espaa no era, en

    realidad, una-, sino como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de

    voluntades, un maana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera que

    el blanco atrae la flecha y tiende el arco. No de otra suerte, los codos en su mesa de hombre

    de negocios, inventa Cecil Rhodes la idea de la Rhodesia: un Imperio que poda ser creado en

    la entraa salvaje del Africa. Cuando la tradicional poltica de Castilla logr conquistar para

    sus fines el espritu claro, penetrante, de Fernando el Catlico, todo se hizo posible. La genial

    vulpeja aragonesa comprendi que Castilla tena razn, que era preciso domear la hosquedad

    de sus paisanos e incorporarse a una Espaa mayor. Sus pensamientos de alto vuelo slo

    podan ser ejecutados desde Castilla, porque slo en ella encontraban nativa resonancia.

    Entonces se logra la unidad espaola; mas para qu, con qu fin, bajo qu ideas ondeadas

    como banderas incitantes? Para vivir juntos, para sentarse en torno al fuego central, a la vera

    unos de otros, como viejas sibilantes en invierno? Todo lo contrario. La unin se hace para

    lanzar la energa espaola a los cuatro vientos, para inundar el planeta, para crear un Imperio

    an ms amplio. La unidad de Espaa se hace para esto y por esto. La vaga imagen de tales

    empresas es una palpitacin de horizontes que atrae, sugestiona e incita a la unin, que funde

    los temperamentos antagnicos en un bloque compacto. Para quien tiene buen odo histrico,

  • no es dudoso que la unidad espaola fue, ante todo y sobre todo, la unificacin de las dos

    grandes polticas internacionales que a la sazn haba en la pennsula: la de Castilla, hacia

    Africa y el centro de Europa; la de Aragn, hacia el Mediterrneo. El resultado fue que, por

    vez primera en la historia, se idea una Weltpolitik: la unidad espaola fue hecha para

    intentarla.

    En el captulo anterior he sostenido que la incorporacin nacional, la convivencia de

    pueblos y grupos sociales exige alguna empresa de colaboracin y un proyecto sugestivo de

    vida en comn. La historia de Espaa confirma esta opinin, que habamos formado

    contemplando la historia de Roma. Los espaoles nos juntamos hace cinco siglos para

    emprender una Weltpolitik y para ensayar otras muchas faenas de gran velamen.

    Nada de esto es construccin ma; no es orla de mandarn que yo, literato ocioso, pongo al

    cabo de quinientos aos a esperanzas y dolores de una edad remota. Entre otros mil

    testimonios, me acojo a dos excepcionales que me ofrecen insuperable garanta y se

    completan ambos. Uno es de Francesco Guicciardini, que muy joven vino de embajador

    florentino a nuestra tierra. En su Relazione di Spagna cuenta que un da interrog al rey

    Fernando: Cmo es posible que un pueblo tan belicoso como el espaol haya sido siempre

    conquistado, del todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vndalos, moros? A lo

    que el rey contest: La nacin es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte

    que slo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden. y

    esto es -aade Guicciardini- lo que, en efecto, hicieron Fernando e Isabel; merced a ello

    pudieron lanzar a Espaa a las grandes empresas militares 1.

    1. Opere inedite. vol. VI

    Aqu, sin embargo, parece que la unidad es la causa y la condicin para hacer grandes

    cosas. Quin lo duda? Pero es ms interesante y ms honda, y con verdad de ms quilates, la

    relacin inversa; la idea de grandes cosas por hacer engendra la unificacin nacional.

    Guicciardini no era muy inteligente. La mente ms clara del tiempo era Maquiavelo. Nadie

    en aquella poca pens ms sobre poltica ni conoci mejor el doctrinal ntimo de las

    cancilleras. Sobre todo, a nadie preocup tanto la obra de Fernando como al sagaz secretario

    de la Seora. Su Prncipe es, en rigor, una meditacin sobre lo que hicieron Fernando el

    Catlico y Csar Borgia. Maquiavelismo es principalmente el comentario intelectual de un

    italiano a los hechos de dos espaoles.

    Pues bien: existe una carta muy curiosa que Maquiavelo escribe a su amigo Francesco

    Vettori, otro embajador florentino, a propsito de la tregua inesperada que Fernando el

    Catlico concedi al rey de Francia en 1513. Vettori no acierta a comprender la poltica del

    astuto Re; pero Maquiavelo le da una explicacin sutilsima que result proftica. Con este

    motivo resume la tctica de Fernando de Espaa en estas palabras maravillosamente agudas:

    Si hubieseis advertido los designios y procedimientos de este catlico rey, no os

    maravillarais tanto de esta tregua. Este rey, como sabis, desde poca y dbil fortuna, ha

    llegado a esta grandeza, y ha tenido siempre que combatir con Estados nuevos y sbditos

    dudosos2, y uno de los modos como los Estados nuevos se sostienen y los nimos vacilantes

    se afirman o se mantienen suspensos e irresolutos, e dare di se grande spettazione, teniendo

    siempre a las gentes con el nimo arrebatado por la consideracin del fin que alcanzarn las

    resoluciones y las empresas. Esta necesidad ha sido conocida y bien usada por este rey: de

    aqu han nacido los asaltos de Africa, la divisin del Reino3 y todas estas variadas empresas,

    y sin atender a la finalidad de ellas, perche il fine suo non e tanto quello o questo, o quella

    vittoria, quanto e darsi reputazione ne'popoli y tenerlos suspensos con la multiplicidad de las

    hazaas. Y por esto fu sempre animoso datore di principii, fue un gran iniciador de empresas

    a las cuales da el fin que la suerte le permite y la necesidad le muestra4.

  • 2 Esto es, ensaya la unificacin en un Estado de pueblos por tradicin independientes, de hombres que no son

    sus vasallos y sbditos de antiguo.

    3 Se refiere al de Npoles.

    4 Machiavelli, Opere,. vol. VIII. Existe otro texto de esta carta con algunas variantes que subrayan ms el

    mismo pensamiento. Por ejemplo: Cosi fece il Re nelle imprese di Granata, di Africa e di Napoli; giacche il suo

    vero scopo non fu mai questa o quella vittoria.

    No puede pedirse mayor claridad y precisin en un contemporneo. El suceso posterior hizo

    patente lo que acert a descubrir el zahor de Florencia. Mientras Espaa tuvo empresas a que

    dar cima y se cerna un sentido de vida en comn sobre la convivencia peninsular, la

    incorporacin nacional fue aumentando o no sufri quebranto.

    Pero hemos quedado en que durante estos aos hay un rumor incesante de nacionalismos,

    regionalismos, separatismos... Volvamos al comienzo de este artculo5 y preguntmonos: Por

    qu?

    5 [Artculo que inclua los captulos 3.0 y 4.0 de esta primera parte. Vase mi nota de la pgina 74.]

    PARTICULARISMO

    Entre las nuevas emociones suscitadas por el cinematgrafo hay una que hubiera

    entusiasmado a Goethe. Me refiero a esas pelculas que condensan en breves momentos todo

    el proceso generativo de una planta. Entre la semilla que germina y la flor que se abre sobre el

    tallo como corona de la perfeccin vegetal, transcurre en la naturaleza demasiado tiempo. No

    vemos emanar la una de la otra: los estadios del crecimiento se nos presentan como una serie

    de formas inmviles, encerrada y cristalizada cada cual en s misma y sin hacer la menor

    referencia a la anterior ni a la subsecuente. No obstante, sospechamos que la verdadera

    realidad de la vida vegetal no es esa serie de perfiles estticos y rgidos, sino el movimiento

    latente en que van saliendo unos de otros, transformndose unos en otros. De ordinario, el

    tempo que la batuta de la naturaleza impone al crecimiento de las plantas es ms lento que el

    exigido por nuestra retina para fundir dos imgenes quietas en la unidad de un movimiento.

    En algunos casos, tan raros como favorables, el tempo de la planta y el de nuestra retina

    coinciden, y entonces el misterio de su vida se hace patente a nuestros ojos. Esto aconteci a

    Goethe cuando bajaba del Norte a Italia: sus pupilas intensas y avizoras, habituadas al ritmo

    germinal de la flora germnica, quedan sorprendidas por el allegro de la vegetacin

    meridional, y al choque de la nueva intuicin descubre la ley botnica de la metamorfosis,

    genial contribucin de un poeta a la ciencia natural.

    Para entender bien una cosa es preciso ponerse a su comps. De otra manera, la meloda de

    su existencia no logra articularse en nuestra percepcin y se desgrana en una secuencia de

    sonidos inconexos que carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa o demasiado

    despacio, las slabas no se traban en palabras ni las palabras en frases. Cmo podrn

    entenderse dos almas de tempo meldico distinto? Si queremos intimar con algo o con

    alguien, tomemos primero el pulso de su vital meloda y, segn l exija, galopemos un rato a

    su vera o pongamos al paso nuestro corazn.

    Ello es que el cinematgrafo empareja nuestra visin con el lento crecer de la planta y

    consigue que el desarrollo de sta adquiera a nuestros ojos la continuidad de un gesto.

    Entonces lo entendemos con la evidencia misma que a una persona familiar, y nos parece la

    eclosin de la flor el trmino claro de un ademn.

    Pues bien: yo imagino que el cinematgrafo pudiera aplicarse a la historia y, condensados

    en breves minutos, corriesen ante nosotros los cuatro ltimos siglos de vida espaola.

  • Apretados unos contra otros los hechos innumerables, fundidos en una curva sin poros ni

    discontinuidades, la historia de Espaa adquirira la claridad expresiva de un gesto y los

    sucesos contemporneos en que concluye el vasto ademn se explicaran por s mismos, como

    unas mejillas que la angustia contrae o una mano que desciende rendida.

    Entonces veramos que de 1580 hasta el da cuanto en Espaa acontece es decadencia y

    desintegracin. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II. El ao vigsimo de

    su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima,

    la historia de Espaa es ascendente y acumulativa; desde ella hacia nosotros, la historia de

    Espaa es decadente y dispersiva. El proceso de desintegracin avanza en rigoroso orden de la

    periferia al centro. Primero se desprenden los Pases Bajos y el Milanesado; luego, Npoles. A

    principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a fines de l, las

    colonias menores de Amrica y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo espaol ha vuelto a su

    nativa desnudez peninsular. Termina con esto la desintegracin? Ser casualidad, pero el

    desprendimiento de las ltimas posesiones ultramarinas parece ser la seal para el comienzo

    de la dispersin, intrapeninsular. En 1900 se empieza a or el rumor de regionalismos,

    nacionalismos, separatismos... Es el triste espectculo de un largusimo, multisecular otoo,

    laborado peridicamente por rfagas adversas que arrancan del invlido ramaje enjambres de

    hojas caducas.

    El proceso incorporativo consista en una faena de totalizacin: grupos sociales que eran

    todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegracin es el suceso

    inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenmeno de la vida

    histrica llamo particularismo y si alguien me pregunta cul es el carcter ms profundo y

    ms grave de la actualidad espaola, yo contestara con esa palabra.

    Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar el catalanismo y el

    bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos.

    Lejos de esto, son ambos no otra cosa que la manifestacin ms acusada del estado de

    descomposicin en que ha cado nuestro pueblo; en ellos se prolonga el gesto de dispersin

    que hace tres siglos fue iniciado. Las teoras nacionalistas, los programas polticos del

    regionalismo, las frases de sus hombres carecen de inters y son en gran parte artificios. Pero

    en estos movimientos histricos, que son mecnica de masas, lo que se dice es siempre mero

    pretexto, elaboraciones superficiales, transitorias y ficticias, que tiene slo un valor simblico

    como expresin convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables

    y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva. Todo el que en poltica y en historia

    se rija por lo que se dice, errar lamentablemente. Ni el programa del Tvoli expresa

    adecuadamente el impulso centrfugo que siente el pueblo cataln, ni la ausencia de esos

    programas secesionistas prueba que Galicia, Asturias, Aragn, Valencia no sientan

    exactamente el mismo instinto de particularismo.

    Lo que la gente piensa y dice -la opinin pblica- es siempre respetable, pero casi nunca

    expresa con rigor sus verdaderos sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su

    enfermedad. El cardaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su vscera cordial. A lo

    mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curamos es el hgado. Medicina y poltica,

    cuanto mejores son, ms se parecen al mtodo de Ollendorf.

    La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a s mismo como parte, y

    en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los dems. No le importan las

    esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizar con ellos para auxiliarlos en su afn.

    Como el vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simptica transmisin a los dems

    ncleos nacionales, queda ste abandonado a su desventura y debilidad. En cambio, es

    caracterstica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males. Enojos o

    dificultades que en tiempos de cohesin son fcilmente soportados, parecen intolerables

    cuando el alma del grupo se ha des integrado de la convivencia nacionall.

  • 1 Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como or a vascos y catalanes sostener que son ellos

    pueblos oprimidos}} por. el resto de Espaa. La situacin privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera

    vista, esa queja habr de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas,

    le importa ms notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de

    algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de sta

    como un irritante roce de cadenas. As, aquel sentimiento de opresin, injustificado en cuanto pretende reflejar

    una situacin objetiva, es sntoma verdico del estado subjetivo en que Catalua y Vasconia se hallan.

    En este esencial sentido podemos .decir que el particularismo existe hoy en toda Espaa,

    bien que modulado diversamente segn las condiciones de cada regin. En Bilbao y

    Barcelona, que se sentan como las fuerzas econmicas mayores de la Pennsula, ha tomado el

    particularismo un cariz agresivo, expreso y de amplia musculatura retrica. En Galicia, tierra

    pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza en s mismas, el particularismo

    ser reentrado, como erupcin que no puede brotar, y adoptar la fisonoma de un sordo y

    humillado resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena, en que se libra sin

    protestas el cuerpo para reservar tanto ms la ntima adhesin.

    No he comprendido nunca por qu preocupa el nacionalismo afirmativo de Catalua y

    Vasconia y, en cambio, no causa pavor el nihilismo nacional de Galicia o Sevilla. Esto indica

    que no se ha percibido an toda la profundidad del mal y que los patriotas con cabeza de

    cartn creen resuelto el formidable problema nacional si son derrotados en unas elecciones los

    seores Sota o Camb.

    El propsito de este ensayo es corregir la desviacin en la puntera del pensamiento poltico

    al uso, que busca el mal radical del catalanismo y bizcaitarrismo en Catalua y en Vizcaya,

    cuando no es all donde se encuentra. Dnde, pues?

    Para m esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume vctima del particularismo,

    puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder

    central. Y esto es lo que ha pasado en Espaa.

    Castilla ha hecho a Espaa y Castilla la ha deshecho. Ncleo inicial de la incorporacin

    ibrica, Castilla acert a superar su propio particularismo e invit a los dems pueblos

    peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida comn. Inventa Castilla

    grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas ideas jurdicas, morales, religiosas;

    dibuja un sugestivo plan de orden social; impone la norma de que todo hombre mejor debe ser

    preferido a su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil. Todas estas

    aspiraciones, normas, hbitos, ideas se mantienen durante algn tiempo vivaces. Las gentes

    alientan influidas eficazmente por ellas, creen en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos

    asomamos a la Espaa de Felipe III advertimos una terrible mudanza. A primera vista nada ha

    cambiado, pero todo se ha vuelto de cartn y suena a falso. Las palabras vivaces de antao

    siguen repitindose, pero ya no influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tomado

    tpicos. No se emprende nada nuevo, ni en lo poltico, ni en lo cientfico, ni en lo moral. Toda

    la actividad que resta se emplea precisamente en no hacer nada nuevo, en conservar el

    pasado -instituciones y dogmas-, en sofocar toda iniciacin, todo fenmeno innovador.

    Castilla se transforma en lo ms opuesto as misma: se vuelve suspicaz, angosta, srdida,

    agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas, las abandona

    a s mismas y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa.

    Si Catalua o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se imaginan ser,

    habran dado un terrible tirn de Castilla cuando sta comenz a hacerse particularista, es

    decir, a no contar debidamente con ellas. La sacudida en la periferia hubiera acaso despertado

    las antiguas virtudes del centro y no habran, por ventura, cado en la perdurable modorra de

    idiotez y egosmo que ha sido durante tres siglos nuestra historia.

  • Analcense las fuerzas diversas que actuaban en la poltica espaola durante todas esas

    centurias, y se advertir claramente su atroz particularismo. Empezando por la Monarqua y

    siguiendo por la Iglesia, ningn poder nacional ha pensado ms que en s mismo. Cundo ha

    latido el corazn, al fin y al cabo extranjero, de un monarca espaol o de la Iglesia espaola

    por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jams. Han hecho todo lo contrario:

    Monarqua e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los

    verdaderamente nacionales1; han fomentado, generacin tras generacin, una seleccin

    inversa en la raza espaola. Sera curioso y cientficamente fecundo hacer una historia de las

    preferencias manifestadas por los reyes espaoles en la eleccin de las personas. Ella

    mostrara la increble y continuada perversin de valoraciones que los ha llevado casi

    indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los

    irreprochables. Ahora bien, el error habitual, inveterado, en la eleccin de personas, la

    preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el sntoma ms evidente de que no se quiere en

    verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por s mismo. Cuando se

    tiene el corazn lleno de un alto empeo se acaba siempre por buscar los hombres ms

    capaces de ejecutarlo.

    1 El caso de Carlos III constituye a primera vista una excepcin, que a la postre vendra, como toda

    excepcin, a confirmar la regla. Pero en la estimacin que hace treinta aos sentan los progresistas espaoles

    por Carlos III, hay una mala inteligencia. Podr una parte de su poltica ser simptica desde el punto de vista de

    la cultura humana, pero el conjunto es acaso el ms particularista y antiespaol que ofrece la historia de la

    Monarqua.

    En vez de renovar peridicamente el tesoro de ideas vitales, de modos de coexistencia, de

    empresas unitivas, el Poder pblico ha ido triturando la convivencia espaola y ha usado de su

    fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados.

    Es extrao que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los espaoles, y desde luego la

    mejor, se pregunte: para qu vivimos juntos? Porque vivir es algo que se hace hacia adelante,

    es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la

    resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso deca Renan que una nacin es

    un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de los corazones se hace todos los das un fatal

    sufragio que decide si una nacin puede de verdad seguir sindolo. Qu nos invita el Poder

    pblico a hacer maana en entusiasta colaboracin? Desde hace mucho tiempo, mucho,

    siglos, pretende el poder pblico que los espaoles existamos no ms que para que l se d el

    gusto de existir. Como el pretexto es excesivamente menguado, Espaa se va deshaciendo,

    deshaciendo... Hoy ya es, ms bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran

    ruta histrica ha pasado galopando un gran pueblo...

    As, pues, yo encuentro que lo ms importante en el catalanismo y el bizcaitarrismo es

    precisamente lo que menos suele advertirse en ellos, a saber: lo que tienen de comn, por una

    parte, con el largo proceso de secular desintegracin que ha segado los dominios de Espaa;

    por otra parte, con el particularismo latente o variamente modulado que existe hoy en el resto

    del pas. Lo dems, la afirmacin de la diferencia tnica, el entusiasmo por sus idiomas, la

    crtica de la poltica central, me parece que, o no tiene importancia, o si la tiene, podra

    aprovecharse en sentido favorable.

    Pero esta interpretacin del secesionismo vasco-cataln como mero caso especfico de un

    particularismo ms general existente en toda Espaa queda mejor probada si nos fijamos en

    otro fenmeno agudsimo, caracterstico de la hora presente y que nada tiene que ver con

    provincias, regiones ni razas: el particularismo de las clases sociales.

    6. COMPARTIMIENTOS ESTANCOS

  • La incorporacin en que se crea un gran pueblo es principalmente una articulacin de

    grupos tnicos o polticos diversos; pero no es esto slo: a medida que el cuerpo nacional

    crece y se complican sus necesidades, orignase un movimiento diferenciador en las funciones

    sociales y, consecuentemente, en los rganos que las ejercen. Dentro de la sociedad unitaria

    van apareciendo e hinchindose pequeos orbes inclusos, cada cual con su peculiar atmsfera,

    con sus principios, intereses y hbitos sentimentales e ideolgicos distintos: son el mundo

    militar, el mundo poltico, el mundo industrial, el mundo cientfico y artstico, el mundo

    obrero, etc. En suma: el proceso de unificacin en que se organiza una gran sociedad lleva el

    contrapunto de un proceso diferenciador que divide aqulla en clases, grupos profesionales,

    oficios, gremios.

    Los grupos tnicos incorporados, antes de su incorporacin existan ya como todos

    independientes. Las clases y los grupos profesionales, en cambio, nacen, desde luego, como

    partes. Aqullos, mejor o peor, pueden volver a vivir solitarios y por s; pero stos, aislados y

    aparte cada uno, no podran subsistir. Hasta tal punto les es esencial ser partes y slo partes

    de una estructura que los envuelve y lleva! El industrial necesita del productor de primeras

    materias, del comprador de sus productos, del gobernante que pone un orden en el trfico, del

    militar que defiende ese orden. A su vez, el mundo militar, de los defensores -deca don

    Juan Manuel-, necesita del industrial, del agrcola, del tcnico.

    Habr, por tanto, salud nacional en la medida que cada una de estas clases y gremios tenga

    viva conciencia de que es ella meramente un trozo inseparable, un miembro del cuerpo

    pblico. Todo oficio u ocupacin continuada arrastra consigo un principio de inercia que

    induce al profesional a irse encerrando cada vez ms en el reducido horizonte de sus

    preocupaciones y hbitos gremiales. Abandonado a su propia inclinacin, el grupo acabara

    por perder toda sensibilidad para la interdependencia social, toda nocin de sus propios

    lmites y aquella disciplina que mutuamente se imponen los gremios al ejercer presin los

    unos sobre los otros y sentirse vivir juntos.

    Es preciso, pues, mantener vivaz en cada clase o profesin la conciencia de que existen en

    torno a ella otras muchas clases y profesiones, de cuya cooperacin necesitan, que son tan

    respetables como ella y tienen modos y aun manas gremiales que deben ser en parte tolerados

    o, cuando menos, conocidos.

    Cmo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad? Vuelvo una vez ms al

    tema que es leitmotiv de este ensayo: la convivencia nacional es una realidad activa y

    dinmica, no una coexistencia pasiva y esttica como el montn de piedras al borde de un

    camino. La nacionalizacin se produce en torno a fuertes empresas incitadoras que exigen de

    todos un mximum de rendimiento y, en consecuencia, de disciplina y mutuo

    aprovechamiento. La reaccin primera que en el hombre origina una coyuntura difcil o

    peligrosa es la concentracin de todo su organismo, un apretar las filas de las energas vitales,

    que quedan alerta y en pronta disponibilidad para ser lanzadas contra la hostil situacin. Algo

    semejante acontece en un pueblo cuando necesita o quiere en serio hacer algo. En tiempo de

    guerra, por ejemplo, cada ciudadano parece quebrar el recinto hermtico de sus

    preocupaciones exclusivistas, y agudizada su sensibilidad por el todo social, emplea no poco

    esfuerzo mental en pasar revista, una vez y otra, a lo que puede esperarse de las dems clases

    y profesiones. Advierte entonces con dramtica evidencia la angostura de su gremio, la

    escasez de sus posibilidades y la radical dependencia de los restantes en que, sin notarlo, se

    hallaba. Recibe ansiosamente las noticias que le llegan del estado material y moral de otros

    oficios, de los hombres que en ellos son eminentes y en cuya capacidad puede confiarse 1.

    1 Imagnese el entusiasmo con que el pueblo alemn habr visto al gremio glorioso de sus qumicos

    destacarse de la humilde oscuridad en que sola vivir y dar en proporciones geniales el patritico rendimiento

    que ha asombrado al mundo. De seguro que en tales momentos habr bendecido la nacin entera el cuidado, en

  • apariencia superfluo, que en otro tiempo puso en fomentar los estudios qumicos. En cambio, ese mismo pueblo

    ha maldecido cien veces su torpe desdn hacia la poltica interior y exterior, que le impidi preparar para el da

    de las urgencias un selecto cuerpo de diplomticos y polticos.

    Cada profesin, por decirlo as, vive en tales agudas circunstancias la vida entera de las

    dems. Nada acontece en un grupo social que no llegue a conocimiento del resto y deje en l

    su huella. La sociedad se hace ms compacta y vibra integralmente de polo a polo. A esta

    cualidad, que en los casos blicos se manifiesta superlativamente, pero que en medida

    bastante es poseda por todo pueblo saludable, llamo elasticidad social. Es en el orden

    psicolgico la misma condicin que en el fsico permite a la bola de billar transmitir, casi sin

    prdida, la accin ejercida sobre uno de sus puntos a todos los dems de su esfera. Merced a

    esta elasticidad social la vida de cada individuo queda en cierta manera multiplicada por la de

    todos los dems; ninguna energa se despilfarra; todo esfuerzo repercute en amplias ondas de

    transmisin psicolgica, y de este modo se aprovecha y acumula. Solo una nacin de esta

    suerte elstica podr en su da y en su hora ser cargada prontamente de la electricidad

    histrica que proporciona los grandes triunfos y asegura las decisivas y salvadoras reacciones.

    No es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y

    sus ideas; lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva, los de

    las otras. Cuando esto falta, pierde la clase o gremio, como ciertos enfermos de la mdula, la

    sensibilidad tctil: no siente en su periferia el contacto y la presin de las dems clases y

    gremios; llega consecuentemente a creer que slo ella existe, que ella es todo, que ella es un

    todo. Tal es el particularismo de clase, sntoma mucho ms grave de descomposicin que los

    movimientos de secesin tnica y territorial; porque, segn ya he dicho, las clases y gremios

    son partes en un sentido ms radical que los ncleos tnicos y polticos.

    Pues bien: la vida social espaola ofrece en nuestros das un extremado ejemplo de este

    atroz particularismo. Hoy es Espaa, ms bien .que una nacin, una serie de compartimientos

    estancos.

    Se dice que los polticos no se preocupan del resto del pas. Esto, que es verdad, es, sin

    embargo, injusto, porque parece atribuir exclusivamente a los polticos pareja

    despreocupacin. La verdad es que si para los polticos no existe el resto del pas, para el resto

    del pas existen mucho menos los polticos. Y qu acontece dentro de ese resto no poltico de

    la nacin? Es que el militar se preocupa del industrial, del intelectual, del agricultor, del

    obrero? y lo mismo debe decirse del aristcrata, del industrial o del obrero respecto alas

    dems clases sociales. Vive cada gremio hermticamente cerrado dentro de s mismo. No

    siente la menor curiosidad por lo que acaece en el recinto de los dems. Ruedan los unos

    sobre los otros como orbes estelares que se ignoran mutuamente. Polarizado cada cual en sus

    tpicos gremiales, no tiene ni noticia de los que rigen el alma del grupo vecino. Ideas,

    emociones, valores creados dentro de un ncleo profesional o de una clase, no trascienden lo

    ms mnimo a las restantes. El esfuerzo titnico que se ejerce en un punto del volumen social

    no es transmitido, ni obtiene repercusin unos metros ms all, y muere donde nace. Difcil

    ser imaginar una sociedad menos elstica que la nuestra; es decir, difcil ser imaginar un

    conglomerado humano que sea menos una sociedad. Podemos decir de toda Espaa lo que

    Caldern deca de Madrid en una de sus comedias:

    Est una pared aqu

    de la otra ms distante

    que Valladolid de Gante.

    7 EL CASO DEL GRUPO MILITAR

  • Para no seguir movindome entre frmulas generales y abstractas, intentar describir

    someramente un ejemplo concreto de compartimiento estanco: el que ofrece la clase

    profesional de los militares. Casi todo lo que de stos diga vale, con leves mudanzas, para los

    dems grupos y gremios.

    Despus de las guerras colonial e hispano-yanqui qued nuestro ejrcito profundamente

    deprimido, moralmente desarticulado; por decirlo as, disuelto en la gran masa nacional.

    Nadie se ocup de l ni siquiera para exigirle, en forma elevada, justiciera y competente, las

    debidas responsabilidades. Al mismo tiempo, la voluntad colectiva de Espaa, con rara e

    inconcebible unanimidad, adopt sumariamente, radicalmente, la inquebrantable resolucin

    de no volver a entrar en blicas empresas. Los militares mismos se sintieron en el fondo de su

    nima contaminados por esta decisin, y don Joaqun Costa, tomando una vez ms el rbano

    por las hojas, mand que se sellase el arca del Cid.

    He aqu un caso preciso en que resplandece la necesidad de interpretar dinmicamente la

    convivencia nacional, de comprender que slo la accin, la empresa, el proyecto de ejecutar

    un da grandes cosas son capaces de dar regulacin, estructura y cohesin al cuerpo colectivo.

    Un ejrcito no puede existir cuando se elimina de su horizonte la posibilidad de una guerra.

    La imagen, siquiera el fantasma de una contienda posible debe levantarse en los confines de la

    perspectiva y ejercer su mstica, espiritual gravitacin sobre el presente del ejrcito. La idea

    de que el til va a ser un da usado es necesaria para cuidarlo y mantenerlo a punto. Sin guerra

    posible no hay manera de moralizar un ejrcito, de sustentar en l la disciplina y tener alguna

    garanta de su eficacia.

    Comprendo las ideas de los antimilitaristas, aunque no las comparto. Enemigos de la

    guerra, piden la supresin de los ejrcitos. Tal actitud, errnea en su punto de partida, es

    lgica en sus consecuencias. Pero tener un ejrcito y no admitir la posibilidad de que acte es

    una contradiccin gravsima que, a despecho de insinceras palabras oficiales, han cometido en

    el secreto de sus corazones casi todos los espaoles desde 1900. La nica guerra que hubiera

    parecido concebible, la de independencia, era tan inverosmil, que prcticamente no influa en

    la conciencia pblica. Una vez resuelto que no habra guerras, era inevitable que las dems

    clases se desentendieran del Ejrcito, perdiendo toda sensibilidad para el mundo militar.

    Qued ste aislado, desnacionalizado, sin trabazn con el resto de la sociedad e interiormente

    disperso. La reciprocidad se haca inevitable; el grupo social que se siente desatendido

    reacciona automticamente con una secesin sentimental. En los individuos de nuestro

    Ejrcito germin una funesta suspicacia hacia polticos, intelectuales, obreros (la lista poda

    seguir y aun elevarse mucho); ferment en el grupo armado el resentimiento y la antipata

    respecto a las dems clases sociales, y su periferia gremial se fue haciendo cada vez ms

    hermtica, menos porosa al ambiente de la sociedad circundante. Entonces comienza el

    Ejrcito a vivir -en ideas, propsitos, sentimientos- del fondo de s mismo, sin recepcin ni

    canje de influencias ambientes. Se fue obliterando, cerrando sobre su propio corazn, dentro

    del cual quedaban en cultivo los grmenes particularistas1

    1 Este esquema de la trayectoria psicolgica seguida por el alma del grupo militar espaol es muy

    posiblemente un puro error. Espero, sin embargo, que se vea en ella el leal ensayo que un extrao hace de

    entender el espritu de los militares. Permtaseme recordar que en una conferencia dada en abril de 1914, varios

    meses antes de la guerra mundial, habl ya de la desnacionalizacin del Ejrcito y anticip no poco de lo que,

    por desgracia, luego ha acontecido. Vase el folleto Vieja y nueva poltica. 1914. [Incluido en el libro Escritos

    polticos. coleccin El libro de bolsillo, nmero 500, Alianza Editorial, Madrid, 1974.] El sugestivo libro no hace

    mucho publicado por el conde de Romanones -acaso el ms inteligente de nuestros polticos- confirma con

    testimonio de mayor excepcin cuanto voy diciendo.

    En 1909 una operacin colonial lleva a Marruecos parte de nuestro Ejrcito. El pueblo

    acude a las estaciones para impedir su partida, movido por la susodicha resolucin de

    pacifismo. No era lo que se llam operacin de polica empresa de tamao bastante para

  • templar el nimo de una milicia como la nuestra. Sin embargo, aquel reducido empeo bast

    para que despertase el espritu gremial de nuestro Ejrcito. Entonces volvi a formarse

    plenamente su conciencia de grupo, se concentr en s mismo, se uni consigo mismo; mas no

    por esto se reuni al resto de las clases sociales. Al contrario: la cohesin gremial se produjo

    en torno a aquellos sentimientos acerbos que antes he mentado. De todas suertes, Marruecos

    hizo del alma dispersa de nuestro Ejrcito un puo cerrado, moralmente dispuesto para el

    ataque 2.

    2 Que material y tcnicamente no estuviese ni est an dispuesto, es punto que nada tiene que ver con esta

    historia psicolgica que voy haciendo.

    Desde aquel momento viene a ser el grupo militar una escopeta cargada que no tiene blanco

    a que disparar. Desarticulado de las dems clases nacionales -como sta