La Alcazaba · PDF fileLa Alcazaba Revista La Alcazaba Revista Sociocultural Marzo 2013...

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  • Revista La Alcazaba La Alcazaba Revista Sociocultural

    Marzo 2013

    Nm.: 50

    Castillo de Vlez Mlaga

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    Revista La Alcazaba

    NOTA: Agradecemos las felicitaciones que por parte de muchos lectores nos hacen llegar, as como

    los ofrecimientos por difundir la revista LA ALCAZABA

    Sumario:

    Pg.: 3 La prosa de los poetas.

    Pg.: 6 Leopoldo Marechal.

    Pg.: 9 La emperatriz Helena y el sueo de la Navidad.

    Pg.: 12 Un boticario viajando con Fernando Rojas.

    Pg.: 15 Recordando a Edgar Allan Poe.

    Pg.: 17 Jos Emilio Pacheco y el Haiku.

    Pg.: 19 Visin de Egipto y estilo de vida.

    Pg.: 26 Exposicin Arte x Arte.

    Pg.: 28 La Academia Iberoamericana de Escritores y Periodistas (AIDEP).

    Pg.: 31 Puerto Rico, colonia estado asociado y destino turstico.

    Pg.: 37 El Santuario de la Magdalena, Novelda.

    Pg.: 40 Semblanza.

    Pg.: 43 Caada del Hoyo (Cuenca)

    Pg.: 47 Ensayo sobre la mujer manchega.

    Pg.: 41 Poesa.

    Pg.: 55 El obsceno pjaro de la noche.

    Pg.: 59 Publicidad.

    Direccin: ALFREDO PASTOR UGENA

    LUIS MANUEL MOLL JUAN

    ISSN 2173-2184 MADRID

    Depsito Legal M-4639-2007

    WEB: WWW.LAALCAZABA.ORG

    EMAIL: [email protected]

    http://laalcazaba.blogspot.commailto:[email protected]?subject=Revista
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    Revista La Alcazaba

    S e dice, al menos se dijo durante bastan-te tiempo, que los poetas no sabemos escribir la prosa, porque la expresin se

    nos desliza fcilmente la hacia lrica y, entonces, puede, pudiera, hasta surgir un hbrido literario. Es posible que tal afirmacin tuviera sus razones de ser en un tiempo pasado, muy pasado; ms o menos lejano, pero distanciado del presente. Cierto que cuando ms se hablaba as, cuando mayor referencia se haca en el abordaje de tal negatividad, los modos expresivos eran diferen-tes en una y otra parcela, y, sobre todo, muy dis-tintos los enfoques temticos. El fondo del diccionario difera en el uso del voca-blo que hoy se emplea como utilizacin comunicativa. Desde siempre y para la eternidad, mientras unas palabras son bautizadas como recin nacidas o impor-tadas; otras se hacen viejas por razn natural; desaparecen o enmudecen en la oscura capilla del olvido.

    Cuando la literatura viene del pueblo, y suele hacerlo en buena parte, su tono adquiere un sa-bor de cultivo ambiental, y lo mismo que se sabe cambiante y cambiado en sus avances sociales, lo hace igualmente en sus expresiones lingsti-cas, algo que forzosamente se transmite en el vocablo escrito y en la manera de escribir de ca-da quien.

    Tambin es verdad que eran otros los nom-bres de novelistas destacados, triunfantes en su momento, como lo eran asimismo los poetas. Y como tales, el que ms y el que menos se acoga

    a cuanto evidenciaba la sazn en su vigencia ex-presiva. Verbigracia, nombres y obras de unos y otros podramos retrotraer desde la ms clsica antigedad hasta casi nuestro tiempo. No obstante, no voy a ci-mentar mi comentario

    Cada poema es nico. En cada obra late,

    con mayor o menor grado, toda la poe-

    sa. Cada lector busca algo en el poema.

    Y no es inslito que lo encuentre: Ya lo

    llevaba dentro.

    Octavio Paz (1914-1918)

    Nicols del Hierro

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    Revista La Alcazaba

    en los clsicos latinos, ni siquiera comparar a Gngora o Lope con Cervantes, por aquella gracia que a uno no quiso darle el cielo, a pe-sar de los perfectos octoslabos que aparecen en buena parte de El Quijote, ni menos destacar el culto barroquismo del primero ni la facilidad y exuberancia del segundo. No, en este momento me quiero referir a tiempos ms cercanos, ms prximos a la actualidad.

    No es extrao que hablen, y, sobre todo, es menos extrao que se hablara y mantuviera tal afirmacin en los aos ms cercanos a Po Baroja, cuando en Lucha por la vida: La busca (1904), se pal-para el tremendo desgarro de un Madrid desentraado y de lu-chas sociales, o cuando Vicente Blasco Ibez, polticamente correcto para unos y todo lo contrario para los otros, aco-gido a la influencia francesa, aunque ligeramente aparta-do de Zola, se extendiera en un realismo que al-guien, hoy, podra consi-derarlo como en un estilo caduco y atrasado, pero cuando en su tiempo fuera considerado como el ms inter-nacional de los novelistas espao-les.

    Quiz, en posicin inversa, esta comparacin negativa ejercera con menor fuerza la prosa del egabrense Juan Valera, con su Pepita Jimnez, novela que, dentro del realismo, es largamente revestida por un tinte romntico, cercano a no pocas expresiones y temas poticos de entonces. Pero no vamos a dudar, ni menos apar-tarnos, de que esto, todo esto, son apreciaciones personales y por lo tanto con amplias parcelas donde ser rebatibles.

    Razonamientos y corrillos hubo, y los hay, para todo y por los ms; cenculos donde nunca faltan mil y una variadas apreciaciones. Y puede que hasta tuvieran, y an prevalezca su razn. Pero lo que

    tampoco deja de ser cierto es que desde el cono-cido boom de la novela americana, la expresin comunicativa y narradora, ha encontrado una metamorfosis en su lenguaje, realizando la prosa con no pocas entonaciones lricas. Los de All, (lo escribo con mayscula por conseguir una mayor localizacin en quienes escriben en caste-llano desde la otra orilla del mar), varios de ellos mientras vivan en Europa, incluso en Espaa, fueron, quiz por su origen o modulacin lin-gstica, capaces de darle un giro al vocabulario narrativo y, acercando su prosa a la expresin

    potica, consiguieron cambiar la debatida opinin de pasados siglos para el entendi-

    miento de nuestra castellana lengua.

    Bastara que hojeramos y ojeramos ttulos como La ciudad y los pe-

    rros o La casa verde, de Mario Vargas Llosa, o la ms compacta

    Cien aos de soledad, de Gabriel Garca Mrquez, y, cmo no, las ms reducidas en volumen Zona sagra-da, del mejicano Carlos Fuentes y la de no menor expresin lrica Pedro

    Pramo, del tambin me-jicano Juan Rulfo. Bastara

    que posramos nuestra aten-cin en ellas, para comprobar

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    Revista La Alcazaba

    la notable transformacin en el uso del legua-je, el acercamiento y diferenciacin de las pa-labras que entonces y ahora se utilizaban e utilizan tanto en la prosa como en el verso.

    Considero que es a partir del conocido boom sudamericano cuando, entre otros ttu-los y autores, la novelstica espaola trueca sus ropajes, se pone un vestido largo, con adornos de vocabulario casi potico; ejercicio al que se acercan no pocos poetas espaoles que, sin abandonar sus orgenes lingsticos, irrumpen en el campo de la narrativa, rompiendo un mucho con aquella malfica opinin de que los poetas no saben escribir la prosa.

    Para esta defensa podramos traer aqu de-cenas de nombres con obra vigente; escritores que, siempre en su origen de poetas, consi-guen dominar la narrativa a travs de la seleccin lingstica con que antes y despus elevaron ms o menos sus versos, sin que para nada se merme el estilo ni el tema a desarrollar en sus prosas.

    Pero acaso esta demostracin nominal y de ttulos detallados en pura seleccin personal, al ser tan numero-sa como imaginarla podemos, y saber-se en activo como poetas-escritores y escritores-poetas, la amplitud de n-mero con la ms que posible omisin de varios, podra originarnos lo inevi-table en la consideracin de cada quien, si relegado fuera. El ejemplo est ah, en las pginas de las decenas de volmenes que al abrirlas y leerlas nos mostrarn de modo fehaciente que s, que el poeta, los poetas, son capaces de escribir la prosa como cualquier narrador. Provechoso es el conocimiento de cmo no-velistas de crecido nombre comenzaron su quehacer en la publicacin de uno o varios libros de versos, antes de pasarse a la prosa. Muy diferente, sera lo contrario. Y, sobre to-do, son diferentes esos encargos editoriales con los que se fabrican los best sellers, que tanto llenan los anaqueles de ciertas libreras y ayudan al crecimiento econmico de ciertos ncleos libreros.

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    Revista La Alcazaba

    L eopoldo Marechal naci en el barrio de Almagro, Buenos Aires, en 1900 y morira en 1970. En su inicio literario

    sera apreciado por sus escritos en la revista Proa y luego como director de Martn Fierro, dos es-cenarios para la obra potica y narrativa de al-guien con perfiles trabajosos de conciliar a veces por l mismo. Antes de cumplir treinta aos, el poeta Marechal recibira en 1929 el Premio Mu-nicipal de Poesa por Odas para el hombre y la mujer, un texto muy estimado luego entre la cofrada literaria portea por su equilibrio entre clsico y novedoso. Luego en 1940 obtendra el Primer Premio Nacional de Poesa con sus obras Sonetos a Sofa y El Centauro, mencio-nes que lo distinguiran antes de emprender su obra narrativa en 1948. Cuando ya por entonces su obra potica lo haca comparable con Jorge Luis Borges y ambos seran mejor considerados aos ms tarde.

    Durante su niez todos los veranos viaja-ba a casa de sus familiares a Maip, una locali-dad a trescientos kilmetros al sur de Buenos Aires, en donde los amigos y familiares del lugar lo llamaran Buenosayres, nombre que adoptara

    en su primera obra narrativa de largo aliento, Adn Buenosayres. Novela donde se aprecian sutiles incidencias narrativas de Roberto Arlt, -que Marechal nunca desmintiera frontalmente- y se publicara en 1948 sin conseguir vender ni la mitad de su escasa primera edicin, Aunque dentro del mbito literario local recibiera elogios muy entusiastas del poeta Rafael Squirru y del an habitante de Buenos Aires, Julio Cortzar. En verdad, no pocos culparon de ese inicial fra-caso a la concepcin partidaria del autor, pero-nista de la primera hora tanto poltica como afectiva, segn acontece con ciertas adhesio