Arthur c. clarke en las profundidades

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EN LAS PROFUNDIDADES Arthur C. Clarke

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  • 1. EN LAS PROFUNDIDADES Arthur C. Clarke

2. Para Mike, que me llev al mar.PRIMERA PARTE - EL APRENDIZCAPITULO IHaba un asesino suelto en la zona. La patrulla area del Pacfico Sur haba visto elgran cadver agitado por las olas, tiendo el mar de rojo. En cuestin de segundos, habacomenzado a funcionar el intrincado sistema de alarma; de San Francisco a Brisbane,haba hombres accionando indicadores y trazando seales en los mapas. Don Burley,frotndose los ojos para quitarse el sueo se inclinaba sobre el cuadro de mandos delScoutsub 5 mientras descenda a una profundidad de veinte brazas.Le alegraba que sonase la seal de alarma en su zona. Era la primera emocinautntica desde haca meses. Su pensamiento, incluso mientras observaba losinstrumentos de los que dependa su vida, se adelantaba a los acontecimientos. Quhabra pasado exactamente? El breve mensaje no daba ningn detalle; slo informaba deque acababa de ser asesinada una ballena mansa y que flotaba en la superficie a unasdiez millas detrs del grueso de la manada, que an segua alejndose en direccin nortepresa del pnico. Lo ms lgico era suponer que, de algn modo, un grupo de ballenasasesinas haba logrado atravesar las barreras que protegan los pastos. Si as era, Don ytodos los dems guardianes camaradas suyos tenan bastante trabajo.La serie de luces verdes del tablero indicador eran un brillante smbolo de seguridad.Mientras permaneciesen inalteradas, mientras ninguna de aquellas estrellas esmeralda sevolviese roja, todo ira bien para Don y su pequea nave. Aire-combustible-electricidad:ste era el triunvirato que rega su vida. Si alguno de ellos fallaba, se hundira en un atadde acero hacia el limo pelgico, como haba hecho Johnnie Tyndall dos estaciones atrs.Pero no haba razn alguna para que se produjese un fallo, y los accidentes que unoprev, se deca Don tranquilizadoramente, son los que jams suceden.Se inclin sobre el cuadro de control y habl por el micrfono. El Sub 5 estaba an lobastante cerca del buque nodriza para poder utilizar la radio, pero muy pronto tendra quepasar a la comunicacin ultrasnica. 3. Rumbo 255, velocidad 50 nudos, profundidad 20 brazas, sistema sonar encondiciones correctas. Tiempo previsto para llegar al objetivo, cuarenta minutos.Informar cada diez minutos hasta que establezca contacto. Nada ms, corto.La seal de recepcin del Rorcual apenas fue audible y Don desconect. Llegaba lahora de buscar.Redujo la intensidad de las luces de la cabina para ver mejor la pantalla deobservacin, se coloc las gafas polaroid y comenz a escudriar las profundidades. Lasdos imgenes tardaron unos segundos en fundirse en su mente; luego el desplieguetridimensional estall en vida estereoscpica.Ese era el instante en que Don se senta como un dios, capaz de controlar un sectordel Pacfico de veinte millas, y de ver con claridad hacia abajo, en las profundidadesinexploradas an en su mayor parte, hasta las dos mil brazas. El inaudible rayo snicoescrutaba en lenta rotacin aquel mundo en que flotaba l, buscando a amigos yenemigos en la eterna oscuridad donde la luz jams poda penetrar. La serie desilenciosos chillidos, demasiado agudos incluso para el odo del murcilago, que inventel sonar millones de aos antes que el hombre, penetraba en la acutica noche; losdesmayados ecos volvan en un repiqueteo, y captados y amplificados se transformabanen flotantes manchas verdeazuladas sobre la pantalla.Gracias a su mucha prctica, Don poda leer fcilmente su mensaje. A quinientos piespor debajo, fuera de los limites de su sumergido horizonte, estaba la Capa Desparramada:la sbana de vida que cubra la mitad del mundo. El sumergido prado del mar sebalanceaba atravesado por el sol, fluctuando siempre en los limites de la oscuridad.Durante la noche haba permanecido flotando casi junto a la superficie, pero la aurorahaba vuelto a empujarlo hacia las profundidades.No era ningn obstculo para su sonar. Don poda ver a travs de su tenue sustanciahasta el limo del suelo del Pacfico, sobre el que corra a la altura de una nube sobre latierra; de todos modos, las profundidades ltimas no eran asunto suyo: los rebaos que lguardaba y los enemigos que podan amenazarlos pertenecan a las capas superiores delmar.Don accion la palanca del selector de profundidad, y su rayo sonar se centr en elplano horizontal. Los reverberantes ecos del abismo se desvanecieron, y pudo ver mejorlo que haba a su alrededor, en las alturas estratosfricas del ocano. Aquella nuberesplandeciente a dos millas por delante de l era un banco de peces inslitamentegrande; se pregunt si en la Base sabran de aquello e hizo una anotacin en su cuadernode ruta. Aparecan seales mayores en los bordes exteriores del banco: los carnvoros 4. perseguan al ganado, asegurando el girar constante de la gran rueda de la vida y lamuerte. Pero aquel problema no era de la competencia de Don; l persegua caza mayor.El Sub 5 segua navegando hacia el Oeste, acerada aguja ms rpida y mortfera quecualquier otra criatura que surcase los mares. la pequea cabina, iluminada ahora slopor el parpadeo de las luces del cuadro de mandos, vibraba mientras las turbinasempujaban el agua hacia los lados. Don mir el mapa y advirti que estaba ya a mediocamino de la zona prevista. Se pregunt si debera salir a la superficie a echar una ojeadaa la ballena muerta; las heridas de sta quizs le permitiesen descubrir algo sobre susatacantes. Pero se demorara aun ms, y en un caso como aqul el tiempo era vital.El receptor de largo alcance gimi quejumbroso, y Don puls el botn de Trascripcin.Nunca haba aprendido a interpretar el cdigo de odo, como muchos otros, pero la cintade papel que surgi de la ranura le solucion el problema.PATRULLA AREA INFORMA BANCO DE BALLENAS 50-100 AVANZANDONOVENTA GRADOS REFERENCIA X186593 Y432011 STOP NADANDO A GRANVELOCIDAD TRAS CAMBIO DE RUMBO STOP NINGUNA SEAL DE ORCAS PEROQUIZS HAYA RORCUAL EN LAS PROXIMIDADES STOP.Don consider muy improbable esta ltima suposicin. Si las orcas (las temiblesballenas asesinas) hubiesen sido las responsables, sin duda las habran localizado ya, alsalir a respirar a la superficie. Adems, el avin de patrulleo no las habra asustado comopara abandonar a su vctima, y habran seguido dndose un banquete en el mismo sitiohasta quedar saciadas.Tena una cosa a su favor; el rebao asustado se diriga ahora casi en lnea recta hacial. Don comenz a trazar las coordenadas sobre el plano, pero vio enseguida que no eranecesario. En el borde extremo de su pantalla haba aparecido una flotilla de desmayadasestrellas. Alter levemente su curso, y enfil hacia el banco que se aproximaba.Una parte del mensaje era sin duda correcta: las ballenas avanzaban a una velocidadinslita. Con la rapidez con que se movan estara entre ellas en cinco minutos. Apag losmotores y percibi la fuerza de la resistencia del agua que le inmoviliz rpidamente.Don Burley, caballero en su armadura, sentado en su pequea cabina difusamenteiluminada, treinta metros por debajo de las luminosas ondas del Pacifico, preparaba susarmas para el combate que le esperaba. En aquellos momentos de ansiedad, antes deque comenzase la accin, le gustaba imaginarse as, aunque no lo hubiese admitido antenadie. Se senta tambin de la misma estirpe que todos los pastores que haban guardado 5. rebaos desde la aurora de los tiempos. No slo era Sir Lancelot, era tambin David, enlos viejos montes palestinos, vigilando que los leones de la montaa no cayesen sobre lasovejas de su padre.Sin embargo, mucho ms prximos en el tiempo, y aun ms en el espritu, estaban loshombres que haban pastoreado grandes rebaos de ganado por las llanuras americanas,apenas tres generaciones atrs. Ellos habran comprendido su trabajo, aunque losinstrumentos de que Don se vala les habran parecido, sin duda, mgicos. El sistema erael mismo; slo se haba alterado la escala de las cosas. El que los animales que Donpastoreaba pesasen un centenar de toneladas y pululasen por las sabanas interminablesdel mar no significaba ninguna diferencia bsica.El banco estaba ya a menos de dos millas (le distancia, y Don comprob el firme girarde su pantalla de observacin para concentrarse en el sector que tena frente a s. Laimagen de la pantalla se convirti en una especie de seto en forma de abanico cuando elrayo sonar comenz a parpadear de lado a lado; poda ahora contar todas las ballenas delbanco, e incluso hacer un clculo bastante exacto de su tamao. Con ojos prcticos,comenz a buscar a las rezagadas.Don jams podra explicar lo que le llev inmediatamente hacia aquellos cuatro ecosdel borde sur del banco. Es cierto que se hallaban un poco separados del resto, perohaba otros por detrs de ellos. Hay una especie de sexto sentido que un hombreadquiere cuando ha trabajado el tiempo suficiente con una pantalla de sonar; es unaespecie de intuicin que le permite extraer de las mviles manchas mucho ms de lo queracionalmente debiera. Sin pensarlo de modo consciente, Don accion los mandos e hizogirar de nuevo las turbinas.El cuerpo principal del banco de ballenas pasaba ahora ante l hacia el este. No tenamiedo a una colisin. Aquellos animales, pese a su pnico, perciban su presencia con lamisma facilidad con que poda detectarlos l, y por medios similares. Se preguntaba sidebera lanzar su seal. Los animales reconoceran aquel sonido, y esto les tranquilizara.Pero tambin podra reconocerlo el an desconocido enemigo, al que pondra sobreaviso.Los cuatro ecos que haban atrado su atencin estaban casi en el centro de lapantalla. Se aproxim para una intercepcin y se inclin sobre el marcador de sonar comointentado extraer de l por pura fuerza de voluntad toda la informacin posible. Haba dosecos grandes, un poco separados, uno de los cuales iba acompaado de un par desatlites ms pequeos. Don se pregunt si no sera ya demasiado tarde. Con los ojos desu mente poda imaginarse la lucha mortal que se desarrollaba en las aguas a menos de 6. una milla de distancia. Aquellos dos sonidos ms desmayados seran el enemigo,acosando a una ballena mientras su compaero permaneca al lado presa de un terrorimpotente, sin ms armas defensivas que sus inmensas aletas caudales.Ahora estaba ya casi lo bastante cerca para ver directamente. La cmara de televisinde la proa del Sub 5 taladraba la oscuridad, pero al principio slo se vea la niebla delplancton. Luego apareci en el centro de la pantalla una forma difusa y vasta, con otrasdos ms pequeas debajo. Don vea, con la mayor precisin, pero con un campo de luzangustiosamente limitado, lo que ya le haban dicho los instrumentos del sonar.Casi inmediatamente comprendi su increble error. Los dos satlites eran cras. Era laprimera vez que encontraba a una ballena con gemelos, aunque no eran inslitos lospartos mltiples. En circunstancias normales, el espectculo le habra fascinado, peroahora significaba que se haba equivocado en sus conclusiones y haba perdido unosminutos preciosos. Deba empezar a buscar de nuevo.Por pura rutina, enfoc la cmara hacia el cuarto sonido de la pantalla de sonar: el ecoque haba supuesto, por su tamao, otra ballena adulta. Es curioso hasta qu puntopuede afectar una idea preconcebida a la imagen que un hombre ve; pasaron segundosantes de que Don pudiese interpretar lo que tena ante sus ojos, antes de que supieseque, al final, haba ido al lugar correcto.Dios mo!, exclam suavemente. No saba que se hiciesen tan grandes!. Era untiburn, el ms grande que haba visto en su vida. An no lo vea detalladamente, peroslo poda pertenecer a un gnero. El tiburn ballena y el tiburn cesta podan alcanzarun tamao similar, pero ambos eran inofensivos herbvoros. Aquel era el rey de todos losselceos, el carcharodn: El Gran Tiburn Blanco. Don intent recordar el tamao delmayor ejemplar conocido. En 1990, ms o menos, haban capturado uno de casi veintemetros junto a las costas de Nueva Zelanda, pero aqul era por lo menos la mitad mayor.Estos pensamientos cruzaron por su mente en un instante, y en aquel mismo instantevio que el inmenso animal maniobraba ya disponindose a matar. Enfilaba hacia una delas cras, ignorando a la frentica madre. Quizs lo hiciese por cobarda o quizs porsentido comn, pero no haba modo de saberlo, y quizs tales distinciones careciesen desentido para el cerebro diminuto y totalmente ajeno del tiburn.Slo poda hacer una cosa; tal vez con ello malograse la posibilidad de una caza rpiday segura, pero era ms importante la vida del cachalote. Puls el botn de la sirena, y unchillido breve y metlico irrumpi en el agua, a su alrededor.Tiburn y ballena se sintieron aterrados por igual ante el ruido ensordecedor. El tiburngir en un viraje casi imposible, y Don estuvo a punto de salir despedido de su asiento 7. cuando el piloto automtico cambi el curso del Sub 5. Girando y maniobrando con unaagilidad similar a la de cualquier otra criatura marina de su tamao, el Sub 5 comenz aaproximarse al tiburn; su cerebro electrnico segua automticamente el eco del sonar ydejaba as a Don en libertad para concentrarse en su armamento. Necesitaba aquellalibertad; la operacin siguiente sera difcil si no poda mantener el mismo rumbo duranteal menos quince segundos. En ltimo caso quedaba la posibilidad de acudir a lospequeos torpedos; si hubiese estado solo frente a un grupo de orcas, sin duda los habrautilizado. Pero era sucio y brutal, y haba un procedimiento mas limpio. Siempre habapreferido la tcnica del estilete a la de la bomba de mano.Ahora ya estaba slo a veinte metros de distancia, y se acercaba con gran rapidez. Laoportunidad era inmejorable. Puls el botn de lanzamiento.De la parte inferior del submarino sali disparado algo que pareca una raya marina.Don haba reducido la velocidad de su nave; no tena necesidad alguna de aproximarsems. El pequeo aparato en forma de flecha poda avanzar con mucha ms rapidez quesu nave y cubrir la distancia que le separaba del tiburn en segundos. Mientras avanzabaiba desenrollando el fino cable del alambre de control, como una araa submarina quesoltase su hilo. Por aquel alambre pasaba la energa que alimentaba al aparato, y lasseales que le conducan a su objetivo. Responda de forma tan instantnea a susrdenes que Don tuvo la sensacin de estar controlando a un sensible caballo de puraraza.El tiburn vio el peligro menos de un segundo antes de que hiciese blanco. El parecidodel aparato con una raya marina le confundi, tal como haban previsto los diseadores.Antes de que el pequeo cerebro pudiese percibir que ninguna raya actuaba de aquelmodo, el proyectil le haba alcanzado. La hipodrmica de acero, impulsada por laexplosin de un cartucho, atraves la coricea piel del tiburn, y el gran pez se hundi enun frenes de terror. Don retrocedi rpidamente, pues un coletazo del pez le habrazarandeado como a un guisante en una lata, e incluso podra daar al submarino. Sumisin haba concluido, slo tena que esperar a que actuara el veneno.El asesino ejecutado intentaba arquear su cuerpo para liberarse as del dardoemponzoado. Don haba recuperado ya el proyectil, muy complacido de que estuvieseintacto. Contempl con asombro y desapasionada piedad cmo se iba hundiendo el grananimal en su parlisis.Sus estertores eran cada vez ms dbiles. Nadaba ya sin objetivo, y en una ocasinDon tuvo que desviarse rpidamente para evitar una colisin. Cuando perdi el control de 8. la flotacin, el agonizante tiburn ascendi a la superficie. Don no se molest en seguirle;poda hacerlo despus de atender asuntos ms importantes.Encontr a la vaca y a los dos terneros a menos de una milla de distancia y losinspeccion cuidadosamente. Estaban ilesos, con lo cual no haba necesidad de llamar alveterinario para que acudiese con su submarino biplaza altamente especializado con elque poda resolver cualquier crisis cetolgica, desde un dolor de estmago a una cesrea.Las ballenas estaban ya totalmente tranquilas, y una comprobacin con el sonar leindic que todo el banco haba abandonado su aterrada fuga. Se pregunt si sabran ya loque haba sucedido; se saba ya mucho sobre sus mtodos de comunicacin, pero seignoraba an mucho ms.Espero que agradezcas lo que he hecho por ti, seora ma, murmur. Luego,advirtiendo que cincuenta toneladas de amor maternal era una visin un tanto aterradora,vaci sus tanques y subi a la superficie.Todo estaba tranquilo, as que abri la portezuela y sac la cabeza. El agua quedabaslo a unos centmetros de su barbilla, y de vez en cuando una ola intentabadecididamente cubrirle. El peligro de que esto sucediese era mnimo pues tena tanajustada la portezuela que era una proteccin de gran eficacia.A unos veinte metros de distancia, rodaba sobre la superficie una gran masa gris, comoun barco volcado. Don la contempl pensativo, preguntndose cunto aire comprimidotendra que inyectar al cadver para que no se hundiese antes que llegase all uno de losencargados. En unos minutos radiara su informe, pero de momento era agradable sorberaquella brisa fresca del Pacfico, sentir el cielo abierto sobre s y ver cmo el sol iniciabasu larga ascensin hacia el medioda.Don Burley era un guerrero feliz que descansaba tras la nica batalla que el hombretendra que luchar siempre. El estaba combatiendo al espectro del hambre, con el que sehaban enfrentado todas las eras anteriores, pero que no volvera a amenazar al mundomientras las grandes explotaciones de plancton continuasen produciendo sus millones detoneladas de protenas, mientras los rebaos de ballenas obedeciesen a sus nuevosamos. El hombre haba vuelto al mar, su antigua morada, despus de eones de exilio;hasta que se helase el ocano, no volvera a haber hambre...Aun as, Don saba que sta era la ltima de sus satisfacciones. Aunque lo queestuviese haciendo no tuviese valor prctico alguno, lo habra hecho de todos modos.Ninguna otra cosa que la vida pudiese ofrecer se igualaba al placer y a la tranquilasensacin de poder que le embargaban cuando realizaba una misin como aqulla.Poder? S, esa era la palabra justa. Pero no se trataba de un poder del que pudiese 9. hacer mal uso; se senta demasiado unido a todas las criaturas que compartan los marescon l, incluso a aqullas que por deber haba de destruir.Don pareca totalmente relajado; sin embargo, si cualquiera de las luces e indicadoresque llenaban su campo de visin reclamaba su atencin, estara instantneamente alerta.Su mente haba vuelto ya al Rorcual, y le resultaba cada vez ms difcil apartar supensamiento de su retrasado desayuno. Para que el tiempo pasase ms deprisa,comenz a elaborar mentalmente su informe. Estaba seguro de que algunos sesorprenderan. Los ingenieros que mantenan las invisibles barreras snicas y elctricasque dividan el poderoso Pacfico en sectores controlables, tendran que empezar abuscar la brecha; los bilogos marinos que tan confiadamente afirmaban que los tiburonesnunca atacaban a las ballenas tendran que inventar excusas. Ambos lograran supropsito, Don estaba seguro, y entonces todo quedara de nuevo bajo control, hasta queel mar plantease la crisis siguiente.Pero la crisis hacia la que volva involuntariamente ahora Don era una crisis creada porel hombre, organizada sin ninguna malevolencia hacia l en los ms altos nivelesoficiales. Haba comenzado con una sugerencia del Departamento del Espacio,reglamentariamente presentada ante el Secretariado Mundial. Y aun haba seguido sucurso ms arriba, hasta llegar a la propia Asamblea Mundial, donde haba llegado a losaprobatorios odos de los senadores directamente interesados. Pasando as desugerencia a orden, haba descendido de nuevo a travs del Secretariado a laOrganizacin Mundial de Alimentos, y de all al Departamento Marino, y de ste a laSeccin de Ballenas. Todo este proceso se haba realizado en el perodo increblementebreve de cuatro semanas.Don, claro est, nada saba de eso. Para l, los complicados procesos de la burocraciaglobal se concretaron en el saludo que le dirigi su jefe cuando entr en el comedor delRorcual para tomar su retrasado desayuno.- De qu trabajo se trata? - pregunt Don con suspicacia. Recordaba aquelladesdichada ocasin en que hubo de actuar como gua de un subsecretario permanenteque era, al parecer, un poco idiota, y al que haba tratado como a tal. Result luego que elsubsecretario permanente (como podra haberse supuesto dado su cargo) era en realidadun tipo muy listo y saba muy bien lo que andaba haciendo Don.- A mi no me lo dijeron - dijo el jefe -. No estoy seguro tampoco de que lo sepan ellos.Da recuerdos a Queensland, y no te acerques a los casinos de la Costa del Oro.- No tengo ms remedio, con lo que gano - se burl Don -. La ltima vez que fui aSurfers Paradise, tuve suerte de poder conservar al menos la camisa 10. - Pero en tu primera visita volviste con un par de miles.- La suerte del principiante... nunca se repiti. Desde entonces siempre pierde. As quehe decidido dejarlo. Para mi se acab el juego.- Quieres apostar a que no? Te apuestas cinco billetes?- De acuerdo.- Entonces paga... has perdido al aceptar la apuesta.La cucharada de plancton condimentado se detuvo un instante en el aire mientras Donintentaba salir de aquella trampa.- A ver como me haces pagar - replic -; no tienes ningn testigo y yo no soy uncaballero.Tom deprisa el resto de su caf y luego lade la silla y se levant para irse.- Supongo que es mejor que empiece a hacer la maleta. Hasta luego, patrn... ya nosveremos.El capitn del Rorcual observ cmo su primer ayudante sala del camarote como unpequeo huracn. Durante unos instantes el rumor de los pasos de Don volvi como uneco por los pasillos del barco; luego se hizo otra vez un relativo silencio.El capitn comenz a caminar otra vez hacia el puente. Mira, Brisbane, murmurpara s. Luego comenz a accionar los indicadores y a componer mentalmente unmemorndum dirigido al Cuartel General preguntando cmo esperaban que dirigiese unbarco en el que el treinta por ciento de la tripulacin se hallaba permanentementeausente, de permiso o en misiones especiales. Cuando lleg al puente, lo nico que lehaba impedido renunciar era el hecho de que, por mucho que lo intentase, no poda darcon un trabajo mejor.CAPITULO IIAunque slo le haban hecho esperar cinco minutos, Walter Franklin paseaba ya conimpaciencia por la sala de recepcin. Rpidamente examin y menospreci las fotografasde las profundidades submarinas que colgaban de las paredes: luego se sent un instanteen el borde de la mesa, hojeando el montn de revistas, publicaciones e informes quesiempre se acumulaban en tales lugares. Las revistas populares las haba visto ya (en lasltimas semanas no haba hecho prcticamente ms que leer) y pocas de las otrasparecan interesantes. Alguien, supona, haba de tragarse todos aquellos informesvoluminosos sobre la produccin de alimentos, como parte de su trabajo; Walter se 11. pregunt cmo podran no sentirse hipnotizados ante aquellas interminables columnas deestadsticas. Neptuno, el rgano oficial de la Divisin Martima, pareca algo msprometedor, pero como desconoca a la mayora de las personas de quienes se hablabaen sus columnas, pronto le aburri. Incluso sus artculos menos especializados quedabanfuera de su alcance, pues presuponan un conocimiento de trminos tcnicos del quecareca.El recepcionista le observaba, advirtiendo sin duda su impaciencia, analizando quizsla inseguridad y el nerviosismo que haba tras ella. Con un evidente esfuerzo, Franklin seoblig a sentarse y a concentrarse en el ejemplar del da anterior del Correo de Brisbane,Haba logrado casi interesarse por un rquiem editorial sobre el cricket australiano,inspirado por los recientes resultados del campeonato, cuando la joven que guardaba laoficina del director le sonri dulcemente y dijo:- Tendra la bondad de entrar ya, seor Franklin?Haba esperado encontrar al director solo, o en todo caso acompaado de unasecretaria. El enjuto joven que se sentaba en el otro silln de visitantes le pareci fuera delugar en aquella solemne oficina, y le mir fijamente, con ms curiosidad que cordialidad.Franklin se puso tenso, saba que haban estado hablando de l y automticamente sepuso a la defensiva.El director Cary, que saba casi tanto sobre los seres humanos como l sobremamferos marinos, percibi inmediatamente la tensin e hizo cuanto pudo por disiparla.- Vaya, est usted aqu, Franklin dijo, con una cordialidad un tanto exagerada -. Esperoque haya disfrutado durante su estancia entre nosotros. Le han atendido bien?El director ahorr a Franklin el problema de responder a esta pregunta, continuando:Quiero que conozca a Don Burley. Don es el Primer Guardin del Rorcual, uno de losmejores que tenemos. Se le ha encargado que se cuide de usted. Don, le presento aWalter Franklin.Se dieron la mano protocolariamente, estudindose. Luego el rostro de Don se quebren una perezosa sonrisa. Era la sonrisa del hombre al que le han asignado una tarea queno le interesa, pero que ha decidido hacerlo lo mejor posible.- Encantado de conocerte, Franklin, Bienvenido a la Patrulla Sirena.Franklin intent rer ante aquel inspido chiste, pero, pese a sus esfuerzos, no tuvo granxito. Saba que deba mostrarse cordial, y que aquella gente haca lo posible porayudarle. Sin embargo todo esto era razonamiento, era algo que perciba su mente perono su corazn; no poda relajarse y facilitarles la tarea. El miedo a la compasin ajena y laquisquillosa sospecha de que haban estado hablando de l a sus espaldas, pese a todas 12. las seguridades que le haban dado, anularon sus deseos de ser amable.Don Burley no senta nada de esto. Slo saba que la oficina del director no era el lugaradecuado para conocer a un nuevo colega, y antes de que Franklin se diese cuenta de loque haba sucedido se hallaba fuera del edificio, abrindose paso entre los transentesque en mangas de camisa transitaban por la calle George, y entraba en un diminuto barque haba frente a la nueva oficina de correos.El ruido de la ciudad se apag, aunque, a travs del cristal oscurecido de las paredes,Franklin poda ver las formas difusas de la continua riada de peatones. La temperaturaera agradablemente fresca all dentro tras el calor trrido de las calles; los polticos localesan seguan discutiendo si deba instalarse o no aire acondicionado en todo Brisbane (y sise hacia, quin se adjudicara el correspondiente contrato de muchos millones dedlares), y mientras, los ciudadanos se asfixiaban durante el verano.Don Burley esper a que Franklin bebiera su primera cerveza y pidiese otra. Haba unmisterio en su nuevo alumno, y se propona aclararlo lo ms pronto posible. Aquello debahaberlo organizado alguna autoridad muy alta de la divisin, quizs algn capitoste delSecretariado Mundial. No se apartaba a un primer guardin de sus deberes as por lasbuenas para servir de nodriza a alguien que evidentemente era demasiado viejo paraseguir. el procedimiento normal de instruccin. A primera vista, Franklin pareca tener msde treinta y cinco aos; no haba odo que nadie de esa edad hubiese seguido aquel tipode instruccin especial.Haba algo en Franklin que se perciba inmediatamente, y que no haca ms queaumentar el misterio. Franklin era un hombre del espacio; eso se vela a un kilmetro dedistancia. Y, en principio, pareca una ventaja. Luego record lo que le haba advertido eldirector: No haga demasiadas preguntas a Franklin. Ignoro sus antecedentes, pero noshan dicho concretamente que no hablemos con l sobre ellos.Quizs eso tenga su sentido pens Don. Quizs se trate de un piloto espacial alque por un error inexcusable se haya apartado de sus tareas, un despiste como el dellegar a Venus cuando debera haber ido a Marte.- Es la primera vez - comenz Don cautamente - que vienes a Australia?No era un inicio muy afortunado, y la conversacin podra haber muerto allirremisiblemente cuando Franklin contest:- Nac aqu.Pero Don no era de los que se achican fcilmente. Se limit a rer y dijo, mediodisculpndose: 13. - A m nunca me dice nadie nada, as que normalmente tengo que insistir. Nac en elotro extremo del mundo, en Irlanda, pero desde que me han destinado a la Seccin delPacfico he adoptado, ms o menos, Australia como una segunda patria. Aunque no esque pase mucho tiempo en tierra! En este trabajo te pasas el ochenta por ciento deltiempo en el mar. Hay mucha gente a la que eso no le gusta, sabes? - A m no me importa - dijo Franklin, pero dej la observacin colgando en el aire.Burley empez a sentirse exasperado; era difcil sacarle algo a aquel tipo. La perspectivade trabajar con l durante varias semanas empez a parecerle muy poco atractiva, y sepregunt qu habra hecho para merecer tal suerte. Sin embargo, prosigui con firmeza:- El superintendente me dijo que tenias una buena formacin cientfica y de ingeniera,as que imagino que conoces la mayora de las cosas que nuestra gente aprende en elprimer ao. Te han informado sobre cuestiones administrativas?- Me transmitieron un montn de datos y cifras bajo hipnosis, as que puedo darte unaconferencia de un par de horas sobre la Divisin Martima... sobre su historia, suorganizacin y sus proyectos actuales, con especial referencia a la Seccin de Ballenas.Pero de momento eso no significa nada para mi.Bueno, parece que vamos llegando a algo, se dijo Don. Despus de todo, este tipoes capaz de hablar. Un par de cervezas ms y puede que hasta parezca humano.- Eso es lo malo de la instruccin hipntica - asinti Don -. Te bombean informacinhasta que te sale por las orejas, pero nunca ests del todo seguro de lo que sabesrealmente. Y no pueden transmitirte destreza manual ni prepararte para reaccionaradecuadamente en situaciones de emergencia. Slo hay una manera de aprender lascosas de verdad: hacerlas realmente uno.Se detuvo, momentneamente distrado por una atractiva silueta que discurra por elotro lado de la pared tras lcida. Franklin percibi la direccin de su mirada y su expresinse relaj en una leve sonrisa. Por primera vez se disip la tensin, y Don empez a creerque exista alguna esperanza de establecer contacto con aquel enigma que haba pasadoa ser responsabilidad suya.Con el ndice mojado en cerveza, Don empez a trazar mapas sobre la mesa deplstico.- Este ser el escenario - comenz. - Nuestro principal centro de instruccin paraoperaciones en aguas superficiales est aqu, en el Grupo Capricornio, a unos seiscientoskilmetros al norte de Brisbane y a unos sesenta de la costa. La barrera del Pacfico Surempieza aqu, y sigue en direccin Oeste hasta Nueva Caledonia y las islas Fiji. Cuandolas ballenas emigran hacia el norte desde las zonas polares para tener sus cras en un 14. Trpico, se las obliga a utilizar los pasos que dejamos aqu. El ms importante de estospasos, desde nuestro punto de vista, es el que hay junto a la costa de Queensland, en laentrada sur de la Gran Barrera Coralina. El arrecife proporciona una especie de canalnatural, de unos ochenta kilmetros de profundidad, que llega casi hasta el Ecuador. Unavez que metemos a las ballenas en l, las podemos controlar perfectamente. No danmucho trabajo; muchas de ellas solan utilizar este camino mucho antes de queaparecisemos en escena nosotros. Y el resto estn ya tan bien condicionadas queaunque quitsemos la barrera probablemente no alterasen su ruta migratoria.- Por cierto - interrumpi Franklin -, la barrera es slo elctrica?- Oh, no. Los campos elctricos controlan muy bien a los peces, pero no funcionansatisfactoriamente con mamferos como las ballenas. La barrera es principalmenteultrasnica: una cortina sonora producida por una cadena de generadores situados a unkilmetro por debajo de la superficie. Podemos controlar bastante bien los pasos radiandordenes especificas; se puede provocar la estampida de todo un banco de ballenas, en ladireccin que se desee, con un disco con los sonidos que produce una ballena angustiadao en, peligro. Pero pocas veces tenemos que hacer algo tan drstico como esto. Comodije, estn ya perfectamente entrenadas.- Entiendo - dijo Franklin -. En realidad me haban dicho en algn sitio que la barreraera ms bien para impedir que penetrasen otros animales que para que no saliesen lasballenas.- Eso es verdad en parte, aunque necesitamos an un cierto control para censarnuestros rebaos y para el sacrificio. Aun as, la barrera no es perfecta. Hay puntosdbiles en que se sobreponen los campos generadores, y a veces tenemos quedesconectar secciones enteras para permitir la emigracin de los peces normales.Entonces pueden colarse los tiburones realmente grandes, o las ballenas asesinas, yorganizar un desastre. Nuestro problema ms grave son las ballenas asesinas. Atacan alas otras cuando estn en el Antrtico, y muchas veces los bancos sufren prdidas dehasta un diez por ciento. No habr tranquilidad hasta que no se acabe con las asesinas.Pero nadie ha descubierto un modo econmico de hacerlo. No podemos patrullar todo elcasquete helado con submarinos, aunque cuando he visto lo que una asesina puedehacerle a una ballena normal he deseado que pudiramos.Haba verdadero sentimiento, pasin casi, en la voz de Burley, y Franklin mirsorprendido al guardin. Los balleneros (tal como inevitablemente los haba bautizado unpblico nostlgico que buscaba hroes) eran individuos a los que no se supona muyinclinados ni a la meditacin ni a las emociones. Aunque Franklin saba perfectamente 15. que los personajes sencillos y duros que recorran silenciosos las pginas de las sagassubmarinas contemporneas tenan poca relacin con la realidad, resultaba difcil escaparal tpico general. Era evidente que Don Burley tena muy poco de silencioso, pero en lamayora de los otros aspectos pareca ajustarse muy bien al modelo tradicional.Franklin se pregunt cmo le ira con su nuevo mentor, con su nuevo trabajo. An no leproduca ningn entusiasmo; slo el tiempo le dira si llegara a sentirlo realmente. Habaen l problemas y posibilidades, sin duda llenos de inters e incluso fascinantes, y siaquel trabajo ocupaba su mente y le daba campo en el que desarrollar su talento, eracuanto poda esperar. La larga pesadilla del ltimo ao haba destruido, con muchas otrascosas, su deseo de vivir, la capacidad que antes poseyera para entregarse en cuerpo yalma a un proyecto.Resultaba difcil creer que pudiese llegar a recuperar el entusiasmo que le haballevado tan lejos por caminos que jams volvera a recorrer. Cuando miraba a Don, quean segua hablando con la fluida lucidez de un hombre que conoce y ama su trabajo,Franklin senta un sbito e inquietante sentido de culpa. Era justo apartar a Burley de sutrabajo y convertirle, supiselo l o no, en una mezcla de nodriza y parvulista? Si Franklinhubiese sabido que haban cruzado ya por el pensamiento de Burley ideas muyparecidas, su simpata se habra apagado de golpe.- Es hora de que cojamos el tren para el aeropuerto - dijo Don, mirando su reloj yapurando su cerveza precipitadamente -. El vuelo de la maana sale dentro de treintaminutos. Supongo que habrn llevado ya tu equipaje all.- En el hotel me dijeron que se encargaran de ello.- Bueno, lo comprobaremos en el aeropuerto. Vamos.Media hora despus Franklin tuvo de nuevo oportunidad de relajarse. Pronto descubrique era tpico de Burley tomarse las cosas con calma hasta el ltimo momento y luegoexplotar en un torrente de actividad. Este torrente les llev del tranquilo bar a aquel avinaun ms eficazmente silenciado. Al escoger asientos, se produjo un breve incidente quehaba de desconcertar bastante a Don en las semanas siguientes.- Coge t el asiento de la ventanilla - dijo. - He hecho esta ruta docenas de veces.Tom la negativa de Franklin por normal cortesa, y empez a insistir. Hasta queFranklin no repiti varias veces su negativa, con creciente determinacin, e incluso conmuestras de enojo, no comprendi Burley que la conducta de su compaero nada tenaque ver con la cortesa comn. Pareca increble, pero Don podra haber jurado que suacompaante estaba muerto de miedo. Qu clase de hombre, se preguntabaasombrado, era aqul que se asustaba as de ocupar el asiento de la ventanilla de un 16. avin ordinario? Todas sus sombras premoniciones sobre aquel nuevo trabajo, disipadasen parte durante su conversacin anterior, le asaltaron de nuevo con renovado vigor.La ciudad y la costa abrasada por el sol quedaron abajo mientras los motores areaccin les elevaban sin esfuerzo hacia el cielo. Franklin lea el peridico con una ferozconcentracin que no enga a Burley ni por un instante. Este decidi esperar un rato yensayar otras pruebas ms adelante, durante el vuelo.Los Montes Glasshouse (aquella especie de extraos colmillos. que brotaban de laerosionada llanura) pasaron rpidamente bajo ellos. Luego aparecieron los pequeospueblos de la costa, por los que la riqueza de las inmensas tierras agrcolas del interiorhaba salido hacia el mundo antes de que la agricultura se trasladase al mar. Y luego(pareca que slo unos minutos despus del despegue) aparecieron las primeras islas dela Gran Barrera Coralfera como sombras ms profundas en las nieblas azules delhorizonte.El sol les daba casi directamente en los ojos, pero la memoria de Don poda suministrarlos detalles difuminados por el resplandor de las aguas incendiadas. Poda ver las verdesislas rodeadas de sus estrechos bordes de arena y sus barreras inmensamente mayoresde coral apenas sumergido. Las olas del Pacfico chocaban con los arrecifes coralinos decada isla, de modo que durante un millar de millas hacia el norte las nveas crestas deespuma rompan la superficie del mar.Un siglo atrs (cincuenta aos, incluso) apenas estaba habitada una docena deaquellos cientos de islas. Ahora, gracias al transporte areo universal, y a las plantaselctricas y de purificacin de agua baratas, el Estado y los ciudadanos privados habaninvadido la vieja soledad del arrecife. Unos cuantos individuos afortunados; por mediosnunca aclarados del todo, haban logrado adquirir algunas de las islas ms pequeascomo propiedad personal. La industria del turismo y de la diversin se haba hecho cargode otras, y no siempre haba mejorado la obra de la naturaleza. Pero el principalpropietario de las tierras de los arrecifes era sin duda la Organizacin Mundial deAlimentos, con su complicada estructura de pesquera, granjas marinas y departamentosde investigacin, cuya extensin total, segn se crea, no haba cerebro meramentehumano que pudiese abarcarla.- Casi hemos llegado - dijo Burley -. La isla que acabamos de pasar es Lady Musgrave.- All estn los principales generadores del extremo occidental de la barrera. Ahoravolamos sobre el Grupo Capricornio, Masterhead, One Tree, Northwest, Wilson y Heronen el medio, con todos esos edificios. La torre grande es la administracin, el acuario est 17. junto a aquel estanque... Y, mira aquellos dos submarinos en ese muelle grande que saledel borde del arrecife.Mientras hablaban Don observaba a Franklin por el rabillo del ojo. Se haba inclinadohacia la ventanilla como si siguiese los comentarios de su compaero, pero Burley podrajurar que no miraba el panorama de arrecifes e islas que se extenda debajo. Tena lacara crispada y rgida; haba en sus ojos una expresin forzada y tensa, como si seobligase a s mismo a no ver nada.Don, con una mezcla de piedad y menosprecio, comprenda los sntomas, aunque no lacausa. Franklin estaba aterrado por la altura; no tena sentido, pues, la teora de que eraun hombre del espacio. Qu era entonces? Fuese cual fuese la respuesta, no pareca enmodo alguno el tipo de persona con quien se deseara compartir el reducido espacio de unsubmarino de instruccin biplaza...Las ruedas del avin se posaron sobre el rectngulo de coral alisado que formaba laplataforma de aterrizaje de la Isla Heron. Al salir pestaeando a la luz deslumbradora delsol, Franklin pareci recuperarse de pronto. Don haba visto pasajeros mareados queexperimentaban transformaciones igualmente rpidas al regresar a tierra firme. Si Franklinno es mejor como marino que como aviador, pens, esta absurda misin no durar msde un par de das y podr volver enseguida a mi trabajo. No es que Don tuviese muchosdeseos de regresar inmediatamente; Heron era un lugar agradable en el que uno podapasarlo muy bien si saba enfocar adecuadamente la atmsfera de formalismo quepredominaba siempre en las zonas donde haba un cuartel general.Un camin ligero les llev junto con sus pertenencias por una carretera que discurrapor una avenida bordeada de rboles cuyas frondosas copas bloqueaban la luz directa delsol. La carretera tena menos de medio kilmetro de longitud, pero recorra la pequeaisla desde los muelles y las plantas de mantenimiento del oeste a los edificiosadministrativos del este. Las dos mitades de la isla estaban parcialmente aisladas entre sipor un estrecho cinturn de selva cuidadosamente preservado en su estado virginal, yque, segn recordaba Don romnticamente, estaba lleno de bellos senderos y de amenosclaros.La administracin esperaba al seor Franklin, y haba dispuesto ya todo lo necesariopara recibirle. Se le haba asignado una especie de privilegiado limbo, a un nivel pordebajo del personal permanente como Burley, pero a varios por encima de los noviciosnormales que venan a seguir el curso de instruccin. Dispona, sorprendentemente, deuna habitacin propia, algo que ni siquiera los miembros veteranos del servicio podanesperar siempre cuando visitaban la isla. Fue un gran alivio para Don, que tema que le 18. hubiesen asignado una habitacin comn con su misterioso alumno. Aparte de otrosfactores, esto habra obstaculizado notablemente ciertos planes romnticos que tena.Acompa a Franklin hasta su pequea pero atractiva habitacin de la segunda plantadel ala de instruccin, que daba a una extensin de coral que corra en direccin estehasta perderse en el horizonte. Abajo, en el patio, un grupo de aspirantes, relajndoseentre clase y clase, charlaban con un instructor, un guardin de segunda al que Donconoca de anteriores visitas pero cuyo nombre no recordaba. Era una sensacinagradable, pens divertido, volver a la escuela cuando uno sabe ya todas las lecciones.- Estars cmodo aqu - dijo a Franklin, que se ocupaba de deshacer la maleta -. Unabonita vista, verdadTales xtasis poticos no eran propios del carcter de Don, pero no poda resistir latentacin de ver cmo reaccionaba Franklin ante aquel panorama que se extenda ante l.Comprob con desilusin que la reaccin de Franklin era absolutamente convencional;quizs no le inquietase una altura de slo nueve metros. Mir por la ventana con calma,admirando evidentemente el panorama de azules y verdes que se perda en las aguasinterminables del Pacifico.Est bien, se dijo Don, no es justo burlarse del pobre diablo. Tenga lo que tenga, nodebe ser agradable aguantarlo.- Te dejo, para que te acomodes - dijo Don, dirigindose a la puerta -. La comida esdentro de media hora, en el comedor general; ese edificio por el que pasamos para veniraqu. All nos veremos,Franklin asinti con aire ausente mientras sacaba sus pertenencias y apilaba camisas yropa interior sobre la cama. Quera que le dejasen solo mientras se ajustaba a aquellanueva vida que, sin ningn entusiasmo especial, haba aceptado ya como propia.Menos de diez minutos despus de que se fuese Burley, alguien llam a la puerta, yuna voz tranquila dijo:- Se puede?- Quin es? - pregunt Franklin, que sacuda el polvo para dar un aire presentable a lahabitacin.- El doctor Myers.Aquel nombre nada significaba para Franklin, pero su expresin se quebr en unatensa sonrisa al considerar lo adecuado que era el que su primer visitante fuese unmdico. Pens que no poda haber muchas dudas respecto a la clase de mdico que era. 19. Myers, un hombre corpulento y agradablemente feo de entre cuarenta y cuarenta ycinco aos, tena una mirada desconcertantemente directa que pareca contradecir untanto su aire amistoso y afable.- Siento molestarle nada ms llegar - dijo, disculpndose. - Pero tengo que hacerloporque me voy esta tarde a Nueva Caledonia y tardar una semana en volver. El profesorStevens me pidi que viniese a verle y que le transmitiese sus saludos. Si desea algo, notiene ms que llamar a mi oficina e intentaremos satisfacerle.Franklin admir la habilidad con que Myers haba eludido todos los peligros obvios. Nodijo, aunque indudablemente era cierto, que haba discutido su caso con el profesorStevens, ni ofreci directamente ayuda; pareca dar por supuesto que Franklin no lanecesitara y que era ya plenamente capaz de desenvolverse solo.- Muy agradecido - dijo con sinceridad; pens que acabara simpatizando con aqueldoctor Myers y se prometi no enfadarse por la vigilancia a que sin duda alguna lesometeran -. Dgame, quines saben aqu de mi caso?- Nadie, nadie sabe nada, salvo que debe usted recibir la formacin necesaria parahacerse guardin lo ms rpido posible. No es la primera vez que sucede esto, sabe?...ha habido ya antes cursos de reconversin similares. Aun as, es inevitable que seproduzca mucha curiosidad respecto a usted. Ser su mayor problema.- Burley est ya muerto de curiosidad.- Le importa que le d un consejo?- Desde luego que no. Diga.- Habr de trabajar usted continuamente con Don. Lo mejor, por l y por usted mismo,sera que le pusiese en antecedentes, en cuanto se sienta en condiciones de hacerlo.Estoy seguro de que comprender perfectamente. O si prefiere, puedo explicrselo yo.Franklin neg con la cabeza, no confiando en su capacidad para expresarse. No eracuestin de lgica, pero saba que Myers tena razn. Tarde o temprano la cuestinsaldra a la luz, y quizs no hiciese ms que empeorar las cosas posponiendo loinevitable. Pero el control que tena sobre su salud y su coherencia mental era an tanprecario que no poda enfrentar la perspectiva de trabajar con hombres que conociesensu secreto, por muy comprensivos que pudiesen ser.- Muy bien, es cuestin suya, y respetar su deseo. Buena suerte... y espero que todosnuestros contactos sean puramente sociales.Mucho despus de irse Myers, Franklin se sent en el borde de la cama, mirando haciael mar, que iba a ser su nuevo dominio. Iba a necesitar la suerte que el otro le habadeseado, pero comenzaba ya a sentir un nuevo inters por la vida. No era slo que 20. hubiese gente deseosa de ayudarle; haba recibido ayuda ms que suficiente en losltimos meses. Al fin comenzaba a ver cmo poda ayudarse a s mismo, y descubrir unobjetivo a su vida.Sbitamente, sali de su ensueo y mir el reloj. Pasaban ya diez minutos de la horade la comida; aquel retraso era un mal inicio de su nueva vida. Se imagin a Don Burleyesperando impaciente en el comedor y preguntndose qu le habra sucedido.- All voy, profesor - dijo, mientras se pona la chaqueta y sala de la habitacin. Quepudiese recordar, era el primer chiste que se deca a s mismo, en mucho, mucho tiempo.CAPITULO IIICuando Franklin vio por primera vez a Indra Langenburg estaba cubierta de sangrehasta los codos y hurgaba afanosamente en las entraas de un tiburn tigre de tresmetros de longitud que acababa de destripar La inmensa bestia estaba tendida, con suplido vientre vuelto hacia el sol. sobre la arena de la playa por la que Franklin haca supaseo matutino. De su boca sala an una gruesa cadena que era la que sujetaba elanzuelo. Haba sido capturado, evidentemente, durante la noche, y luego el retroceso dela marea le haba dejado sobre la playa.Franklin se detuvo un momento a contemplar aquella inslita combinacin demuchacha atractiva y monstruo muerto, y luego dijo melanclicamente:- No es el tipo de espectculo que me gusta ver antes del desayuno, sabes. Quests haciendo exactamente?Un rostro moreno y ovalado, de ojos muy serios, se alz hacia l. El cuchillo de unostreinta centmetros de longitud, afilado como una navaja barbera, que estaba organizandoaquella carnicera, continu seccionando hbilmente vsceras y carne.- Estoy escribiendo una tesis - dijo una voz tan seria como los ojos - sobre el contenidovitamnico del hgado de tiburn. Para eso tengo que pescar muchos tiburones; es eltercero que cojo esta semana. Quieres algn diente? Tengo muchos, y soy muy bonitoscomo adorno.Se inclin sobre la cabeza del animal e insert su cuchillo entre las abiertasmandbulas, que haban sido separadas adecuadamente mediante un taco de madera.Con un rpido giro de la mueca hizo brotar un collar interminable de mortferos tringulosmarfileos, como una sierra de cinta hecha de hueso, de la boca del tiburn. 21. - No, gracias - dijo rpidamente Franklin, esperando que la muchacha no se ofendiese -No interrumpas tu trabajo por m, por favor.Calcul que apenas deba de tener veinte aos, y no le sorprenda encontrar aquellainslita muchacha en la pequea isla, porque los cientficos de la Estacin Investigadorano tenan mucho contacto con la seccin administrativa y la de instruccin.- Eres nuevo aqu, verdad? - dijo la ensangrentada biloga, arrojando una inmensamasa de hgado en un cubo con evidente satisfaccin -. No te vi en el ltimo baile delcuartel general.A Franklin le alegr mucho la pregunta. Era agradable encontraste con alguien que nosupiese nada de l, y que no hubiese estado especulando sobre las razones de supresencia all. Tuvo la sensacin de poder hablar con libertad, sin ninguna traba, porprimera vez desde su llegada a Heron.- S. He venido a hacer un curso especial de instruccin. Cunto tiempo llevas taqu?Iniciaba aquella conversacin intrascendente slo por el placer de la compaa, y ellase daba cuenta, sin duda.- Oh, hace ms o menos un mes - le contest despreocupadamente; hubo otrochapoteo viscoso en el cubo, que estaba ya casi lleno -. Estoy de permiso, vengo de laUniversidad de Miami.- Entonces eres norteamericana? - pregunt Franklin.- No - respondi solemnemente la muchacha -. Mis antepasados eran holandeses,birmanos y escoceses en proporciones iguales. Y para complicar un poco ms las cosas,nac en el Japn.Franklin se pregunt si no estara burlndose de l, pero no haba el menor signo deburla en la expresin de la muchacha. Pareca realmente agradable, pero no podaestarse all hablando con ella todo el da... Slo tena cuarenta minutos para el desayuno,y su clase de navegacin submarina de la maana empezaba a las nueve.No volvi a pensar en aquel encuentro, pues estaba conociendo constantemente carasnuevas a medida que su crculo de relaciones se ampliaba. El curso no le dejaba tiempopara mucha vida social, y en el fondo lo agradeca. Volva a tener totalmente ocupadossus pensamientos; y su mente aceptaba aquella carga con una facilidad que le sorprenday agradaba al mismo tiempo. Quizs los que le haban enviado all saban lo que hacanmejor de lo que supona l a veces.Todos los conocimientos empricos (las estadsticas, los datos concretos, lospormenores administrativos) se los haban transmitido, ms o menos dolorosamente, en 22. estado hipntico. Prolongados perodos de preguntas, que se grababan en unmagnetofn, que ms tarde daba las respuestas correctas y confirmaba luego que lainformacin haba sido asimilada realmente y no haba pasado, como suceda a veces, atravs de la mente sin dejar ninguna huella. Don Burley nada tena que ver con esteaspecto del curso de instruccin de Franklin, pero, para su desdicha, no tena posibilidadde descansar y divertirse cuando dejaba a Franklin. El instructor jefe haba aprovechadomuy complacido aquella oportunidad de disponer de Don, y haba sugerido, con tactoencantador, que cuando sus otros deberes se lo permitiesen, poda dar clases a los trescursos que seguan instruccin en la isla. Don, cogido por sorpresa, y por un superior, notuvo ms alternativa que aceptar con el mejor humor posible. Aquella misin no iba a ser,al parecer, el perodo de vacaciones que haba supuesto.Pero en otro aspecto sus ms graves temores no se materializaban. Franklin era unindividuo con el que se poda tratar, mientras no descendiese uno a cuestionespersonales. Era muy inteligente y se adverta enseguida que haba recibido una formacintcnica, en algunos sentidos muy superior a la del propio Don. Nunca necesitabaexplicarle las cosas dos veces, y mucho antes de que llegasen al estadio de ensayar conlos instructores sintticos Don pudo comprobar que su alumno posea las condicionesnecesarias para convertirse en un buen piloto. Posea habilidad manual, reaccionaba conrapidez y precisin, y tena ese algo indefinible que distingue al piloto de talla del tan slocompetente.Pero Don saba que el conocimiento y la destreza manual no eran por s solossuficientes. Se necesitaba algo ms, y no haba an modo de saber si Franklin lo posea.Mientras no viese sus reacciones en las profundidades del mar, no sabra si todo aquelesfuerzo iba a ser intil.Franklin tena tanto que aprender que pareca imposible que pudiese hacerlo en dosmeses, tal como prevea el programa. El propio Don haba seguido un curso normal deseis meses, y le irritaba un poco pensar que cualquier otro pudiese hacerlo en un tercio deese tiempo, pese a las condiciones especiales en que lo haca. Porque, slo el controlar elaspecto mecnico de la tarea (el equipo y el diseo de las diversas clases de submarinos)llevaba por lo menos dos meses, incluso con los mejores medios de instruccin. Sinembargo, tena que ensear a Franklin al mismo tiempo los principios de la navegacinsubmarina y de superficie, oceanografa bsica, sistemas de seales y de comunicacinsubmarina y una dosis sustancial de ictiologa, psicologa marina y, claro est, cetologa.Franklin no haba visto nunca una ballena, ni viva ni muerta, y este primer encuentro era 23. algo que Don deseaba presenciar. Era entonces cuando se sola saber realmente si unhombre servia para aquella tarea.Llevaban dos semanas de duro trabajo en comn cuando Don llev a Franklin porprimera vez bajo el agua. Por entonces ya haban establecido una curiosa relacin queera al mismo tiempo amistosa y remota. Aunque hablan dejado de utilizar los apellidos,Don y Walt. eran la nica prueba de intimidad que manifestaban. Burley an no sabaabsolutamente nada sobre el pasado de Franklin, aunque haba elaborado buen nmerode teoras. La que ms le agradaba era la de que su discpulo haba sido un delincuentede gran talento al que se estaba rehabilitando tras una terapia total. Se preguntaba siFranklin no seria un asesino, lo cual era un pensamiento estimulante, y tena una ciertaesperanza de que tan emocionante hiptesis fuese cierta.Franklin no mostraba ya ninguna de las evidentes peculiaridades de su primerencuentro, aunque estaba sin duda ms nervioso y tenso que un individuo normal. Dadoque suceda esto con muchos de los mejores guardianes, Don no se inquietaba. Inclusose haba aplacado un tanto su curiosidad por el pasado de Franklin; estaba demasiadoocupado para preocuparse por eso. Haba aprendido a ser paciente cuando no habaalternativa posible, y estaba seguro de que tarde o temprano descubrira toda la historia.Una o dos veces, estaba casi seguro, Franklin estuvo al borde de la confidencia, peroluego retrocedi. Don haba fingido siempre no advertir nada, y hablan reanudado su viejarelacin impersonal.Era una maana clara, y slo una pequea ondulacin recorra la superficie del marcuando se encaminaron por el estrecho muelle que salta del extremo occidental de la islahasta el borde del arrecife. Haba subido la marea, pero, aunque el liso arrecife estabatotalmente sumergido la gran llanura de coral quedaba a slo medio metro de lasuperficie, y se vean claramente todos sus detalles a travs del agua cristalina. NiFranklin ni Burley dedicaron ms de un par de miradas al acuario natural sobre el quecaminaban. Les resultaba demasiado familiar y saban que las autnticas maravillas delarrecife se encontraban en aguas ms profundas, mar adentro.A unos doscientos metros de la isla, la extensin coralina se hunda bruscamente enlas profundidades, pero el muelle continuaba apoyado sobre columnas ms altas hastaconcluir en una pequea agrupacin de cobertizos y oficinas. Se haba hecho unatentativa, audaz y bastante aceptable, de evitar el barullo y el caos que normalmenteexisten en muelles y puertos; incluso las gras haban sido diseada de modo que noofendiesen a la vista. Una de las condiciones del gobierno de Queensland para alquilar elGrupo Capricornio a la Organizacin Mundial de Alimentos haba sido la de que se 24. respetase la belleza de las islas. Esta parte del contrato se haba cumplido, en trminosgenerales, bastante bien.- He pedido dos torpedos al garaje - dijo Burley, mientras descendan por el tramo deescaleras que haba al final, del muelle. Pasaron luego por las puertas dobles de una grancmara neumtica. Franklin sinti en sus odos un desconcertante clip interno,consecuencia del aumento de presin; calcul que deban estar a unos seis metros pordebajo de la superficie. Se encontraban en una cmara brillantemente iluminada llena devariado equipo submarino, desde pulmones individuales a complicados instrumentos depropulsin. Los dos torpedos que Don haba pedido estaban en sus soportes sobre larampa de deslizamiento que conduca a las tranquilas aguas del fondo de la cmara. Losaparatos estaban pintados del amarillo brillante reservado al equipo de instruccin, y Donlos contempl con cierto disgusto.- Hace un par de aos por lo menos que no utilizo esas cosas - dijo a Franklin -.Probablemente te vaya mejor a ti con ellos que a m. Cuando me mojo, me gustadepender slo de m mismo.Se desnudaron hasta quedar slo con jersey y pantalones de bao y se ajustaron elcorreaje delequipo de respiracin. Don alz uno de los pequeos perosorprendentemente pesados cilindros de plstico y se lo entreg a Franklin.- Estos son los aparatos de alta presin de que te habl - dijo -. Tienen una presin demil atmsferas, por lo que el aire que hay en ellos es ms denso que el agua. De ah esostanques de flotacin de los lados que los compensan - El ajuste automtico es excelente;a medida que acabas el aire, el tanque va vacindose lentamente de modo que el cilindrose mantiene en una especie de equilibrio. Si no, saldras a la superficie como un corcho,quisieses o no.Comprob los indicadores de presin de los tanques y asinti complacido.- Van casi a media carga - dijo -. Eso es ms de lo que necesitamos. Se puede estarsumergido un da con uno de esos tanques lleno, y no estaremos ms de una hora.Se ajustaron las nuevas mscaras que les cubran toda la cara y que ya estabanajustadas y comprobadas. Eran un artculo tan personal como el cepillo de dientes, puesno haba dos personas que tuviesen la cara exactamente igual, y la ms leve fisura podaresultar desastrosa.Tras comprobar el suministro de aire y los equipos de radio submarinos de cortoalcance, se tendieron casi horizontales sobre los torpedos, con la cabeza tras el pequeoescudo transparente, que protega del empuje del agua, pues alcanzaran velocidades dehasta treinta nudos. Franklin encaj cmodamente los pies en los estribos, sintiendo en 25. los dedos los controles. La pequea palanca de gobierno que le permita pilotar eltorpedo como un avin quedaba justo frente a su cara, en el centro del panel deinstrumentos. Aparte de algunos interruptores, la brjula y los medidores que indicaban lavelocidad, la profundidad y el estado de las bateras, no haba ms controles.Don dio a Franklin las instrucciones finales, concluyendo con estas palabras:- Mantnte a unos seis metros de distancia, a mi derecha, de modo que pueda vertesiempre. Si algo va mal y tienes que abandonar el torpedo, acurdate, por amor de Dios,de apagar el motor. No quiero que se estrelle contra el arrecife, de acuerdo?- Si... Estoy preparado - contest Franklin por el pequeo micrfono.- Bien... Vamos all.Los torpedos se deslizaron suavemente rampa abajo, y el agua cubri sus cabezas. Noera ninguna experiencia nueva para Franklin; como la mayora de la gente, haba nadadode vez en cuando por debajo del agua y haba llegado a utilizar un pulmn para ver cmoera. No senta ms que una agradable sensacin de ansiedad cuando comenz a girarbajo l la turbina y las paredes de la cmara sumergida se abrieron lentamente.La luz se intensific a su alrededor al salir a mar abierto y apartarse de los pilares delmuelle. La visibilidad no era muy buena (nueve metros como mximo) pero mejoraracuando llegasen a aguas ms profundas. Don puso su torpedo en ngulo recto respecto ala lnea del acantilado y enfil mar adentro a una agradable velocidad de cinco nudos.- Lo ms peligroso de estos juguetes - dijo la voz de Don por el pequeo altavoz quehaba junto al odo de Franklin - es ir demasiado deprisa y tropezar con algo. Se necesitamucha experiencia para calcular la distancia bajo el agua. Entiendes lo que quiero decir?Tuvo que hacer un brusco viraje para evitar una gran masa de coral que habaaparecido de pronto ante ellos. Si la demostracin estaba prevista, pens Franklin, Don lahaba cronometrado con absoluta precisin. Tras pasar aquella montaa viva, distingui, ano ms de tres metros de distancia, una mirada de peces de brillantes colores que lemiraban fijamente, al parecer sin la menor inquietud. Supuso que deban estar ya tanacostumbrados a torpedos y submarinos que nos les sorprendan lo ms mnimo. Y comoadems toda aquella zona estaba estrictamente protegida, no tenan razn alguna paratemer al hombreTras unos minutos a velocidad de crucero salieron a las aguas abiertas del canal, entrela isla y los arrecifes adyacentes. Tenan espacio para maniobrar ahora, y Franklin siguia su mentor en una serie de crculos y rizos y grandes subidas en zigzag que pronto lehicieron sentirse desesperadamente perdido. A veces se hundan en picado hasta el lechodel mar, a unos treinta metros de profundidad, y luego salan a la superficie como peces 26. voladores para comprobar su posicin. Don mantena constantemente una conversacinintercalada de preguntas destinadas a comprobar las reacciones de Franklin.Fue una de las experiencias ms emocionantes de su vida. El agua era mucho msclara all en el canal, y haba una visibilidad de casi treinta metros. En una ocasinirrumpieron en un gran banco de bonitos, que formaron luego una inquisitiva escolta hastaque Don aument la velocidad dejndolos atrs. Franklin no vea ningn tiburn, comohaba medio esperado, y coment a Don sobre su ausencia.- No vers muchos yendo en un torpedo - le contest -. El ruido del motor les asusta. Siquieres conocer a los tiburones locales, tendrs que ir nadando a la vieja usanza... oapagar el motor y esperar a que vengan a verte...Una masa oscura se perfilaba confusamente en el fondo del mar, y redujeron velocidadal aproximarse a una pequea cordillera de colinas coralferas de unos seis a nuevemetros de altura.- Por aqu vive un viejo amigo mo - dijo Don -. Puede que est en casa. Hace cuatroaos que no le veo, pero para l eso no es mucho tiempo; llevar por aqu un par desiglos.Bordeaban ahora un inmenso hongo de coral tapizado de verde, y Franklin atisbabaentre las sombras que haba detrs. Distingui unas cuantas grandes masas, y un par deelegantes ngeles marinos que desaparecieron al verle. Pero no pudo ver ninguna otracosa que justificase el inters de Burley.Sinti una cierta angustia cuando una de aquellas masas comenz a moverse,afortunadamente no en su direccin. Era el pez ms grande que haba visto en su vida(casi tan grande como el torpedo, y mucho ms grueso) y le miraba con sus grandes ojossaltones. De pronto abri la boca en un bostezo amenazador, y Franklin se sinti comoJons en el momento decisivo de su carrera. Tuvo la fugaz visin de unos labiosinmensos y burbujeantes y unos dientes sorprendentemente pequeos. Luego, lasgrandes mandbulas volvieron a cerrarse y casi pudo sentir el empuje del aguadesplazada.Don pareca encantado con el encuentro, que deba traerle sin duda recuerdos de supropio periodo de instruccin all- Qu alegra, volver a ver al viejo Slobberchops! No es una hermosura? Debe pesarpor lo menos trescientos kilos. Hemos podido identificarle en fotografas tomadas haceochenta aos, y no era mucho ms pequeo. Es asombroso que escapara a los arponesde los pescadores antes de que esta zona se convirtiese en reserva. 27. - Bueno, lo lgico es pensar - dijo Franklin - que serian los pescadores quienesescapasen de l.- En realidad no es peligroso. Las escorpenas slo comen lo que pueden tragar de unavez... - esos dientecillos no valen gran cosa para morder. Y un hombre sera demasiadopara l. Tendr que esperar otro siglo para eso.Dejaron a la escorpena gigante vigilando la entrada de su cueva y continuaron por elborde del acantilado. Durante los diez minutos siguientes no vieron nada de inters salvouna gran raya tendida en el fondo. que se alej con un nervioso aleteo en cuanto seaproximaron. Desde lejos, pareca una rplica misteriosamente exacta del gran avinDelta que haba dominado los aires durante corto tiempo, sesenta o setenta aos atrs.Era extrao, pens Franklin, cmo la naturaleza se haba anticipado a tantas invencionesdel hombre... Por ejemplo, la forma del vehculo que conduca, e incluso el principio delmotor a reaccin que lo impulsaba.- Voy a dar la vuelta al arrecife - dijo Don -. Tardaremos unos cuatro minutos en llegar acasa. Te sientes bien?- Perfectamente.- Ningn problema de odos?- El odo izquierdo me molest un poco al principio, pero al parecer se haacostumbrado ya...- Bien, vamos. - Sgueme desde ms arriba y por detrs de m, para que pueda vertepor el espejo retrovisor. Cuando ibas a mi derecha tena siempre miedo a chocar contigo.En aquella nueva formacin, enfilaron hacia el este a una velocidad constante de dieznudos, siguiendo la lnea irregular del arrecife. Don estaba muy satisfecho del viaje.Franklin pareca sentirse perfectamente bien bajo el agua... aunque uno nunca podaestar del todo seguro al respecto hasta que no se plantease una emergencia. Estoformara parte de la leccin siguiente; aunque Franklin no lo saba, se haba dispuestouna emergencia.CAPITULO IVResultaba difcil diferenciar los das en la isla. El tiempo se haba estabilizado en unacalma prolongada, y el sol recorra siempre un cielo sin nubes. Pero no haba peligroalguno de monotona, pues haba mucho que hacer y que aprender. 28. Lentamente, absorbido su pensamiento por las nuevas tcnicas y conocimientos,Franklin sala de la pesadilla en que haba estado encerrado. Era, pensaba Don a veces,como un muelle sobrecargado al que de pronto se hubiese dejado libre. Mostraba, desdeluego, indicios ocasionales de nerviosismo e impaciencia en momentos en que no habacausa aparente que los justificara, y una vez o dos sufri arrebatos de clera quemotivaron breves interrupciones del programa de instruccin. Uno de ellos haba sido enparte culpa de Don, y al acordarse an se lo reprochaba a si mismo.No se encontraba demasiado lcido aquella maana, pues haba pasado gran parte dela noche con los muchachos que acababan de completar su curso y eran ya flamantesguardianes de tercera (en perodo de prueba), muy orgullosos de los plateados delfinesde sus tnicas. No poda decirse que tuviese resaca, pero su mente funcionaba con granlentitud, y la mala suerte quiso que hubiesen de abordar un sutil problema de acsticasubmarina. Incluso en mejor ocasin, Don habra pasado precipitadamente sobre el tema,diciendo, por ejemplo: Nunca he estado fuerte en matemticas, pero creo que si tienesen cuenta los grficos de temperatura y comprensin, eso es lo que sucede.Esto serva para la mayora de los alumnos, pero no funcion con Franklin, que tenauna irritante aficin a descender a detalles innecesarios. Comenz a trazar grficos y adiferenciar ecuaciones mientras Don, ansioso de ocultar su ignorancia, esperaba irritado.Pronto se hizo evidente que Franklin haba mordido ms de lo que poda masticar y apela su instructor en busca de ayuda. Don, a la vez torpe y terco aquella maana, no quisoadmitir francamente su ignorancia, con lo que dio la impresin de que se negaba acooperar. Franklin perdi enseguida el control y se fue en un arrebato de clera, dejandoa Don camino del dispensario. No le agrad gran cosa descubrir que los nuevosguardianes de tercera haban agotado la reserva de pldoras del da siguiente.Por fortuna tales incidentes eran raros, pues los dos hombres haban llegado arespetarse mutuamente y a hacer esas concesiones que son esenciales en todaasociacin. Franklin no era popular, sin embargo, entre el resto del personal ni entre losalumnos. Esto se deba en parte a que evitaba todo contacto intimo, y eso, en el pequeomundo de la isla, le creaba reputacin de orgulloso. A los reclutas les fastidiaba tambinel que tuviese privilegios especiales, y sobre todo que dispusiese de habitacin propia. Ylos instructores, aunque refunfuaban por el trabajo extra que exiga, estaban irritadossobre todo porque no podan descubrir nada acerca de l. Para su propia sorpresa, Donse vio varas veces defendiendo a Franklin contra las crticas de sus colegas. 29. - No es un mal tipo cuando llegas a conocerle - haba dicho -. Si no quiere hablar de supasado, es asunto suyo. Para m basta el hecho de que haya un montn de gente enpuestos elevados de la administracin que le respalda. Adems, cuando complete el curso, ser mejor guardin que muchos de los que hay enesta sala. Hubo risas burlonas ante esta afirmacin, y alguien pregunt: - Has probado ya algn truco con l? - No, pero lo har muy pronto. Tengo planeado uno muy divertido. Ya os contar cmose las arregla. - Apuesto cinco billetes a que se muere de miedo. - Acepto la apuesta. Ya puedes empezar a ahorrar. Franklin nada saba de sus responsabilidades financieras cuando sali con Don delgaraje en su segunda excursin en torpedo, ni tena razn alguna para sospechar lo quese haba planeado para l. Esta vez se dirigieron hacia el sur en cuanto salieron delmuelle, navegando a unos diez metros de profundidad. En unos minutos superaron elestrecho canal, que cortaba el arrecife para que pudiesen llegar pequeos barcos a laEstacin Investigadora, y cruzaron ante la cmara de observacin desde la que loscientficos podan observar a los habitantes del fondo del mar cmodamente. No habanadie observando en aquel momento al otro lado de los gruesos ventanales de vidrio;inesperadamente Franklin se sorprendi preguntndose qu estara haciendo la pequeapescadora de tiburones. - Nos dirigiremos al arrecife de Wistari - dijo Don -. Quiero que adquieras cierta prcticaen navegacin. El torpedo de Don dio un giro en direccin oeste, siguiendo un nuevo rumbo, haciaaguas ms profundas. La visibilidad no era buena (menos de diez metros) y resultabadifcil seguirle. De pronto se detuvo y empez a girar lentamente mientras dabainstrucciones a Franklin. - Quiero que mantengas un rumbo doscientos cincuenta durante un minuto, a veintenudos; y luego un rumbo cero diez durante el mismo tiempo y a la misma velocidad. Nosencontraremos all. De acuerdo? Franklin repiti las instrucciones y ambos comprobaron que tenan los relojessincronizados. Era evidente lo que haca Don; haba dado a su alumno dos lados de untringulo equiltero que haba de seguir, y l sin duda recorra lentamente el tercero parallegar al lugar de la cita. 30. Marcando cuidadosamente su rumbo, Franklin apret el pedal y sinti el chorro deenerga que hizo saltar al torpedo hacia delante en una niebla azulada. El firme choquedel agua contra sus piernas parcialmente expuestas, era casi la nica sensacin develocidad. Sin el escudo habra quedado barrido del torpedo en un instante. De vez encuando echaba una ojeada al lecho del mar (parduzco e informe all en el canal, entre losgrandes arrecifes) y en una ocasin pas ante un banco de sorprendidos pecesmurcilagos que se desviaron pausadamente para dejarle paso.Franklin comprendi de pronto por primera vez que estaba solo en el fondo del mar,totalmente rodeado por aquel elemento que iba a ser su nuevo dominio. Aquel elementole apoyaba y le protega... pero acabara con l en dos o tres minutos a lo sumo sicometa un error o si su equipo fallaba. Esta certeza no le inquiet; poco significaba frentea la creciente confianza y a la sensacin de dominio que iba adquiriendo da a da.Conoca ya, y comprenda, el desafo del mar, y era un desafi que deseaba aceptar. Conel corazn alegre comprendi que volva a tener un objetivo en la vida.Pasado el primer minuto, redujo la velocidad a cuatro nudos, haba recorrido ya untercio de milla y era hora de iniciar el recorrido del segundo lado del tringulo, paraencontrarse con Don.En cuanto empuj la pequea palanca de gobierno hacia estribor, se dio cuenta de quealgo iba mal. El torpedo comenz a cabriolar como un cerdo, totalmente fuera de control.Redujo la velocidad a cero y, eliminadas todas las fuerzas dinmicas, el vehculo empeza hundirse muy lentamente hacia el fondo.Franklin segua tendido e inmvil sobre la grupa de su recalcitrante montura, intentandoanalizar la situacin. Ms que alarmarle, le irritaba el que su ejercicio de navegacin sefrustrase. De nada servira llamar a Don, que estara fuera del alcance de su equipo deradio, que no llegaba a ms de unos doscientos metros de distancia. Qu deba hacer?Comenz enseguida a elaborar posibles planes de accin, y rechaz la mayora deellos inmediatamente. Nada poda hacer para reparar el torpedo, pues todos los controlesestaban sellados, y, adems, no tena herramientas. Dado que tanto el timn como elelevador estaban averiados, el problema era realmente fundamental, y Franklin nocomprenda como poda haberse producido una avera tan grave.Se hallaba a unos quince metros de profundidad, e iba ganando velocidad a medidaque se acercaba al fondo. Comenz a ver el lecho liso y arenoso, y por un instante hubode luchar con el impulso automtico que le mova a apretar el botn que vaciara lostanques del torpedo sacndole a la superficie. Era lo peor que poda hacer, aunque lonatural fuese buscar aire y sol cuando se produca un fallo bajo el agua. Una vez en el 31. fondo, poda tener tiempo para pensar tranquilamente sobre su situacin, mientras que sisala a la superficie, la corriente poda arrastrarle a kilmetros de distancia. No haba dudade que en la Estacin localizaran muy pronto sus llamadas por radio en cuanto estuvieseen la superficie... pero quera salir de aquel apuro sin ninguna ayuda exterior.El torpedo toc fondo, lanzando una nube de arena que pronto disip la suavecorriente. Apareci de pronto un pequeo mero, que mir al intruso con suscaractersticos ojos saltones. Franklin no tena tiempo para preocuparse de espectadores,y se baj cuidadosamente de su vehculo situndose a popa. Sin aletas, tena escasamovilidad bajo el agua, pero afortunadamente dispona de suficientes lugares dondesujetarse para moverse sin dificultad a lo largo del torpedo.Tal como haba temido Franklin (aunque no supiese an explicarlo) el timn y elelevador estaban totalmente inutilizados. No hubo la menor resistencia cuando movi laspequeas aspas con la mano, y se pregunt si no habra modo de establecer lneasexternas de control y pilotar manualmente el torpedo. Tena una cuerda de nailon, y uncuchillo, pero no vela ninguna manera prctica de sujetar la cuerda en aquellas suaves ehidrodinmicas aspas.Al parecer iba a tener que volver a casa andando. No es que resultase difcil, puespoda encender el motor a baja velocidad y dejar que el torpedo le arrastrase por el fondomientras l lo diriga por el rumbo adecuado por pura fuerza. Era trabajoso y pesado, peroposible en teora, y no se le ocurra nada mejor.Mir su reloj; slo haca un par de minutos que haba intentado iniciar el recorrido delotro lado del tringulo, por lo que no llevaba ms que un minuto de retraso. Don todavano estara inquieto, aunque no tardara mucho en empezar a buscar a su alumno perdido.Quizs lo mejor fuese quedarse all mismo hasta que apareciese Don, que apareceratarde o temprano...Fue entonces cuando cruz por la mente de Franklin una sospecha, que casiinstantneamente se convirti en firme conviccin. Record ciertos rumores que habaodo, y record tambin que la conducta de Don antes de salir haba sido... - bueno, untanto sospechosa sera el calificativo ms adecuado; como si estuviese planeando unabroma secreta.As que era eso. Un sabotaje. Quizs en aquel mismo instante Don le observaba en loslmites del radio de visibilidad, esperando a ver lo que haca y dispuesto a intervenir si seplanteaba una situacin de autntico peligro. Franklin lanz una rpida mirada a sualrededor, por ver si el otro torpedo se perfilaba en la bruma, pero no le sorprendi no verseal alguna de l. Burley era demasiado listo para dejarse coger tan fcilmente. Aquello, 32. pens Franklin, cambiaba las cosas. No slo tena que resolver por si slo aquelproblema, sino que, si poda, tena que dejar atrs a Don tambin.Volvi a la posicin de control, y encendi el motor. Una breve presin en el pedal y eltorpedo comenz a agitarse inquieto, mientras brotaba del fondo del mar un vendaval dearena producido por el motor. Un pequeo experimento le demostr que era posible ponera andar el vehculo, aunque exiga continuos ajustes de direccin para que no se lanzasehacia la superficie o se hundiese en la arena. Le llevara, pensaba Franklin, mucho tiempollegar de aquel modo a casa, pero poda hacerlo si no haba otra alternativa.No llevaba recorridos ms de una docena de pasos, seguido de una recua deasombrados peces, cuando se le ocurri otra idea. Pareca demasiado buena pararesultar, pero nada malo haba en intentarlo. Subindose al torpedo y colocndose enposicin normal, lo equilibr lo mejor que pudo, desplazando su peso hacia adelante yhacia atrs. Luego lo enfil hacia la superficie, hizo girar la hlice con las manos yencendi el motor a poca velocidad.Senta una gran presin en las muecas, y sus reacciones tenan que ser casiinstantneas, para contrarrestar los balanceos del torpedo. Pero con un pequeoexperimento descubri que poda utilizar las manos para dirigir el vehculo, aunqueresultaba tan difcil como conducir una bicicleta con los brazos cruzados. A cinco nudos,la zona de sus palmas extendidas era bastante para controlar el vehculo.Se preguntaba si alguien habra conducido alguna vez un torpedo de aquella forma, yse senta bastante orgulloso. Por experimentar, aument la velocidad a ocho nudos, perola presin que senta en las muecas y en los antebrazos era excesiva y tuvo que reducirvelocidad para no perder el control.Por experimentar, aument la velocidad a ocho nudos, pero la presin que senta enlas muecas y en los antebrazos era excesiva y tuvo que reducir velocidad para no perderel control.No haba razn alguna, se deca Franklin, para no acudir ahora a su lugar de citaoriginal, por si Don estaba esperndole all. Llegara con un retraso de unos cincominutos, pero al menos demostrara que poda cumplir su cometido pese a aquellosobstculos que no estaba seguro del todo de que fuesen obra del hombre.Don no apareca por ninguna parte, y Franklin sospech lo que haba sucedido. Suinesperada movilidad haba cogido a Burley por sorpresa, y el guardin se haba perdidoen la niebla submarina. Bien, por puro formulismo Franklin hizo una llamada por radio,pero no obtuvo respuesta alguna de su instructor. Me vuelvo a casa! grit al acuticomundo que le rodeaba. No obtuvo respuesta. Seguramente Don estara por lo menos a un 33. kilmetro de distancia, entregado a la bsqueda de su alumno perdido, cada vez msnervioso. No tena ningn sentido seguir bajo la superficie y aumentar las dificultades decontrol y navegacin. Franklin condujo su vehculo hacia la superficie y descubri queestaba a menos de un kilmetro de la Seccin de Mantenimiento del Muelle. Llevandobaja la cola del torpedo y ligeramente alzada la proa, pudo deslizarse por la superficiecomo una lancha rpida sin problema alguno, y en cinco minutos lleg al muelle. Encuanto el torpedo sali de la ducha de pintura anticorrosiva que se aplicaba siempre atodo el equipo despus de las inmersiones en agua salada, Franklin comenz a trabajaren l. Cuando sac el panel del compartimento de control descubri que se trataba de unmodelo muy especial. Sin un diagrama del circuito, resultaba imposible decirinmediatamente lo que poda hacer la unidad de rels operada por radio, pero no dudabade que tena un repertorio interesante. Poda, sin duda, apagar el motor, llenar o vaciar lostanques de flotacin, e invertir los controles del timn y del elevador. Franklin sospechabaque podan alterarse tambin, si era necesario, la brjula y el medidor de profundidad.Alguien haba trabajado sin duda de modo cuidadoso para convertir aquel torpedo en uncorcel adecuado para alumnos demasiado seguros de si...Coloc de nuevo el panel e inform de su regreso al oficial de guardia.- La visibilidad es muy escasa - dijo, ajustndose a la verdad -. Don y yo nos perdimosde vista, as que consider que era mejor regresar. Supongo que no tardar.Hubo un considerable revuelo de sorpresa en el comedor cuando apareci Franklin sinsu instructor y se sent tranquilamente en un rincn a leer una revista. Cuarenta minutosdespus un gran portazo anunci la llegada de Don. La cara del guardin era un estudiode alivio y perplejidad al ver en la sala a su discpulo perdido, que le devolvi la miradacon su expresin ms inocente y dijo:- Qu te pas?Burley se volvi a sus colegas y extendi la mano.- Pagad, muchachos - exigi.Le haba llevado mucho tiempo llegar a una conclusin, pero ahora vea claramenteque empezaba a gustarle Franklin.CAPITULO VAquellos dos hombres que se apoyaban en las barandillas que rodeaban el estanqueprincipal del acuario no parecan, pensaba Indra mientras suba hacia el laboratorio, los 34. habituales cientficos de visita. Hasta que no se acerc ms y pudo verles bien, no advirtiquines eran. El ms alto era el guardin de primera Burley, as que el otro deba seraquel clebre hombre misterioso que estaba siguiendo un curso acelerado. Haba odo sunombre pero no lo recordaba, pues no senta especial inters por las actividades de laescuela de instruccin. Como cientfica pura, tenda a menospreciar el trabajoeminentemente prctico de la Seccin de Ballenas (aunque si alguien la hubiese acusadode tal pedantera intelectualista lo habra negado indignada).Hasta que lleg casi junto a ellos no advirti que ya conoca al ms bajo. Franklin, porsu parte, la contemplaba con una expresin de embarazo y sorpresa, como si dijese:No nos hemos visto antes?- Hola - dijo ella, detenindose a su lado -. Me recuerdas? Soy la chica que coleccionatiburones.- Claro que te recuerdo - contest Franklin, con una sonrisa -. An se me revuelve elestmago a veces. Espero que encuentres muchas vitaminas.Curiosamente, la expresin de desconcierto (tpica del que se esfuerza por localizarrecuerdos confusos) an segua en su mirada. Le daba un aire como perdido e inquieto, eIndra sinti que reaccionaba con una simpata que la desconcertaba. Haba tenido queeludir ya varios enredos sentimentales en la isla, y se record con firmeza su resolucin:Nada, mientras no termine mi doctorado...- As que os conocis - dijo Don quejumbrosamente -. Podras presentarme.Don, pens Indra, era perfectamente seguro. Comenzara a cortejarla desde elprincipio, como todo guardin digno de su nombre. Esto no la inquietaba en absoluto;aunque los rubios grandes no eran precisamente su tipo, resultaba halagador percibir queresultaba interesante, y saba que no haba riesgo alguno de un enredo serio. Pero conFranklin, se senta mucho menos segura de s.Charlaron amistosamente, con un tono zumbn, mientras contemplaban las lentasevoluciones del gran pez y de las marsopas en la piscina oval. El tanque principal dellaboratorio era en realidad una laguna artificial, que llenaban y vaciaban dos veces al dalas mareas, con el auxilio de un equipo de bombas. Unas barreras de alambre la dividanen varias secciones, y a travs de ellas se contemplaban vidas especies mutuamenteincompatibles; un pequeo tiburn tigre, con la inevitable rmora pegada al costado,patrullaba alrededor de su jaula submarina, sin apartar los ojos del suculento pompanoque nadaba al otro lado. Pero en algunos sectores se haba desarrollado una camaraderasorprendente entre especies hostiles. Langostinos de brillantes colores, como grandescamarones pintados a pistola, se arrastraban a unos centmetros de las inquietas 35. mandbulas de una inmensa y horrible morena. Un banco de diminutos pececillos, comosardinas que se hubiesen escapado de la lata, pasaban ante la nariz de un mero de uncuarto de tonelada que podra habrselos tragado a todos de un slo bocado.Era un pequeo mundo pacfico, muy diferente del campo de batalla del arrecife. Perosi el equipo del laboratorio no suministrase el volumen adecuado de alimentos, aquellaarmona se desvanecera y en unas horas la poblacin del estanque iniciara uncatastrfico declinio.Don era prcticamente el nico que hablaba; pareca haberse olvidado por completo deque haba llevado all a Franklin para mostrarle pelculas sobre ballenas en la magnficabiblioteca del laboratorio. Era evidente que intentaba impresionar a Indra y que noperciba en absoluto que ella se daba perfecta cuenta de sus propsitos, Franklin, por suparte, observaba la actitud de ambos, divertido con el juego. En una ocasin, Indra cruzcon l una mirada, mientras Don se explayaba sobre las hazaas y aventuras de losguardianes, y ambos intercambiaron una sonrisa propia de dos personas que compartenel mismo divertido secreto. Y en aquel instante Indra pens que, despus de todo, quizssu doctorado no fuese lo ms importante del mundo. An segua decidida a eludircualquier enredo sentimental... pero tena que saber algo ms sobre Franklin. Cul erasu nombre? Walter. No era uno de sus favoritos, pero no estaba mal despus de todo.En la tranquila confianza de que estaba destrozando otro corazn femenino, Don noperciba en absoluto las corrientes subterrneas de emocin que corran a su alrededorsin rozarle en absoluto. Cuando advirti de pronto que se haban retrasado ya veinteminutos de la hora de su cita en la sala de proyecciones, pretendi echar la culpa aFranklin, que acept los reproches con gesto tranquilo y afable aunque un poco ausente.Durante el resto de la maana Franklin permaneci bastante alejado de sus estudios,pero Don no lo percibi en absoluto.Haban concluido prcticamente la primera parte del curso; Franklin haba aprendido yala mecnica esencial de la profesin de guardin, y ahora nicamente necesitaba esaexperiencia que slo el tiempo proporciona. Haba excedido, en casi todos los aspectos,las esperanzas de Burley, en parte por su formacin cientfica previa y en parte por suinteligencia natural. Sin embargo haba algo ms que esto. Franklin mostraba un afn yuna decisin que resultaban a veces estremecedores. Era como si triunfar en aquel cursofuese para l cuestin de vida o muerte. En realidad, haba ido muy lento al principio,pues durante los primeros das haba parecido torpe y ausente, y casi sin inters algunopor su nueva carrera. Luego haba parecido revivir, cuando el atractivo del nuevo trabajo yel reto que significaba se apoderaron de l y se vio frente a un nuevo elemento que poda 36. intentar controlar. Aunque Don no era muy dado a tales fantasas, pensaba que Franklinera como un hombre que despertase de un largo y atribulado sueo.La autntica prueba haba sido cuando se haban sumergido por primera vez con lostorpedos. Quizs Franklin no volviese a utilizar nunca un torpedo (salvo por diversin) entoda su carrera. Eran unidades slo para aguas superficiales, y para tareas de pocaenvergadura, y Franklin, como guardin, trabajarla siempre cobijado y seco tras lasparedes protectoras de un submarino. Pero a menos que un hombre se sienta tranquilo yconfiado (aunque no excesivamente) cuando se sumerge bajo el agua, no sirve para eloficio de guardin, por muy cualificado que pueda estar en otros aspectos.Franklin haba pasado tambin, con un margen de seguridad satisfactorio, las pruebasde descompresin y de narcosis de CO2 y Nitrgeno. Burley le haba llevado a la cmarade tortura de la Estacin, donde los mdicos aumentaron lentamente la presin del aire yle sometieron a una inmersin artificial. Haba reaccionado de modo perfectamentenormal hasta una profundidad de cincuenta metros. A partir de entonces sus reaccionesmentales se hicieron ms lentas y no fue capaz de realizar correctamente simples sumasque le trasmitan por el intercom. A cien metros pareca bajo los efectos de unaborrachera suave y empez a contar chistes que le hicieron llorar de risa, pero que nocausaron el menor efecto en los dems, y que dejaron muy embarazado al propio Franklincuando los oy ms tarde en la cinta. A los ciento veinte metros an pareca consciente,pero se negaba a reaccionar a la voz de Don, aun cuando ste comenz a lanzarleultrajantes insultos. A los, ciento cincuenta metros perdi totalmente el control y hubieronde volverle lentamente al estado normal.Aunque quizs no tendra nunca ocasin de utilizarlos, experiment tambin conpreparados respiratorios especiales que permitan a un hombre mantenerse consciente yactivo a profundidades mucho mayores. Cuando hiciese inmersiones profundas, nollevarla equipo de respiracin, sino que ira cmodamente sentado dentro de unsubmarino respirando aire normal y con presin normal; pero los guardianes tenan queestar al corriente de todo, y nunca se saba el equipo que se poda necesitar en unaemergencia.A Burley ya no le asustaba como antes la idea de compartir un submarino biplaza deinstruccin con Franklin. Pese a la persistente reserva del otro y al misterio que an lerodeaba, era ya camaradas y saban cmo trabajar juntos. An no se hablan hechoamigos, pero hablan llegado a un estadio que podra definirse como de respeto tolerante.En su primera salida en submarino, recorrieron las aguas superficiales situadas entre laGran Barrera Coralfera y tierra firme, mientras Franklin se familiarizaba con los controles 37. y, sobre todo, con los instrumentos de navegacin. Don le deca que si era capaz demanejar all un submarino, en aquel laberinto de arrecifes e islas, poda manejarlo encualquier parte. Salvo una embestida a sesenta nudos contra la Isla Masthead, Franklinse las arregl perfectamente. Sus dedos comenzaban a moverse sobre el complejotablero de control con una cuidadosa precisin que, segn advirti Don, pronto seconvertirla en destreza automtica. Su manejo de los diversos medidores y pantallasindicadoras pronto sera inconsciente, de forma que apenas si se dara cuenta de queestaba controlndolos... hasta que algo le llamase la atencin.Don encomendaba a Franklin tareas cada vez ms complicadas, como por ejemplotrazar rumbos improbables por pura estimacin y luego comprobar su posicin en lapantalla de sonar para ver adnde haba llegado realmente. Hasta que no estuvocompletamente seguro de que Franklin poda manejar eficazmente un submarino, nosalieron a aguas profundas, al borde de la plataforma continental.Conducir un Scout Sub era slo el principio; uno tena que aprender a ver y percibir conlos sentidos, a interpretar toda la informacin que mostraban