Todo el profundo atractivo de las grandes regiones ... Todo el profundo atractivo de las grandes...

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  • Todo el profundo atractivo de las grandes regiones selváticas — soledad, riesgo, aventura— emana de esta extraordinaria narración. El drama humano se destaca sobre un fondo de árboles, de enigmáticas sombras de belleza agreste y primitiva.

    Como en las mejores novelas de Zane Grey, en este libro no sólo son protagonistas los personajes; lo es también el maravilloso escenario donde pugnan las pasiones del hombre. Frente a un mundo hostil, cuya conquista cuesta sangre, los héroes de Zane Grey, leales, generosos, veraces, rinden culto a la justicia.

  • Zane Grey

    El hombre del bosque ePub r1.0

    Big Bang 21.01.15

    PlanetaLibro.net

    http://planetalibro.net/

  • Título original: The Man Of The Forest Zane Grey, 1920 Traducción: José Fernández Retoque de cubierta: pepotem2

    Editor digital: Big Bang Primer editor: pepotem2(r1.0) ePub base r1.2

  • I

    Al ponerse el sol la selva estaba solitaria. El mayor silencio reinaba en ella. Dulce perfume de abeto y flores campestres saturaba el aire. Todo era áureo, colorado o verde. El único hombre que avanzaba entre los copudos árboles confundíase con ellos en medio de un derroche fantástico de colores.

    Los últimos rayos del sol poniente teñían de arrebol la cima de Old Baldy, la más alta de todas las Montañas Blancas. A los pies de esta montaña, de unos tres mil metros de altura, se extendía, rodeada y aislada por desiertos de Arizona, una inmensa región de tupidos bosques y agrestes y frondosos montes, mansión de alces y ciervos, osos y pumas, lobos y zorras, domicilio y refugio de los apaches.

    En aquellas altitudes la brisa fría que comenzaba a soplar en septiembre después de ponerse el sol, refrescaba súbitamente el ambiente, trayendo en volandas el crepúsculo y los sonidos lejanos, imperceptibles pocos minutos antes.

    Milt Dale, el hombre del bosque, se detuvo en lo alto de un frondoso collado para escuchar y otear. Tenía a sus pies un estrecho y ubérrimo valle desde el cual se elevaba un débil murmullo de agua corriente acompañado de la música menos grata de los aullidos de los coyotes. Desde las altas copas de los abetos partían las vocecillas de los pájaros, que se disputaban buscando en la enramada cómodo y seguro lugar donde pasar la noche.

    En todos estos sonidos no advertía Dale nada que no fuera normal. Oíalos con placer porque no percibía entre ellos ninguna patada de caballo herrado, cosa que le desagradaba por indicar la presencia del hombre blanco. Mucho más amaba a los indios que a los hombres de su propia raza. Los indios, por

  • su parte, no sentían enemistad alguna contra el cazador solitario, pero la espesura del bosque servía también de refugio y escondrijo a una partida de facinerosos con quienes Dale no deseaba topar.

    Cuando Milt Dale continuo su marcha por el declive, las últimas luces del radiante cielo reflejábanse en el suelo formando bellos claroscuros de amarillo y azul. Las superficies pulidas de los remansos a orillas del arroyo brillaban como espejos. Dale recorrió con su mirada el valle procurando penetrar las espesas sombras que envolvían el arroyo, tras el cual las piceas[1], con sus hojas lanceoladas, que destacaban su perfil sobre el fulgor del cielo, formaban un negro muro impenetrable a la vista humana. El viento empezó a gemir entre los árboles y mil señales de lluvia se dejaron sentir en el ambiente.

    Con la noche encima y el aguacero inminente, Dale dirigió sus pasos a una vieja choza de troncos, en vez de ir a dormir a su campamento, a varias millas de distancia. Cuando llego a la choza la oscuridad era poco menos que absoluta. Se acerco con precaución, porque en aquella choza podían haber ido a buscar refugio tal vez unos indios, tal vez algún oso o algún jaguar. Por fortuna, nadie se le había anticipado todavía, y Dale tomó posesión del albergue y se puso a estudiar los síntomas del cielo. Una llovizna menuda y fina le humedeció la cara, y el hombre del bosque comprendió que llovería toda la noche abundantemente.

    Al poco rato oyó el trotar de varios caballos, y en seguida atisbo algunas sombras que se movían en la proximidad. No había podido oír a los intrusos hasta tenerlos materialmente encima porque el viento se llevaba los sonidos en dirección contraria. A la proximidad a que estaban, Dale pudo comprobar que los jinetes eran cinco. Pronto oyó sus voces broncas y ásperas. Retrocedió rápidamente, tanteando con cautela para dar con una escalera que en otras ocasiones había visto abandonada por allí. La encontró y subió con su ayuda al sobradillo de la choza, quedando allí agazapado, sin moverse y sin soltar el fusil. Apenas se había acomodado lo mejor que pudo cuando oyó los pasos y las espuelas de los hombres que entraban en la cabaña.

    —¡Hola, Beasley! ¿Está usted aquí? —exclamó una voz. No hubo respuesta. El que había hecho la pregunta dio un gruñido y las

    espuelas volvieron a sonar.

  • —Amigos, Beasley no ha llegado todavía —dijo la misma voz después del gruñido—; atad los caballos y esperemos.

    —¡Esperar! —rezongo uno—. ¡Quizá toda la noche y sin nada que llevar al estomago!

    —¡Cierra el pico, Moze! No sirves más que para comer. A cuidar de los caballos y a traer alguna leña, eso es lo que os digo.

    Siguieron a esta orden algunos rezongos, algunos pasos y el sonido sordo de las pisadas de los caballos en la tierra húmeda. Al poco rato, un hombre volvió a entrar en la choza.

    —¿Para qué nos has traído aquí, Snake? —murmuró—. ¡Ya me figuraba yo lo que sucede!

    —Paciencia, Jim; Beasley no puede tardar —fue la contestación desabrida e imperiosa.

    Dale sintió acelerársele la sangre en las venas. Un escalofrío recorrió su cuerpo. El hombre que capitaneaba la pandilla era Snake Anson, el bandido más feroz, más temible y peligroso de toda la comarca. Los demás serían otros monstruos como él. Y el Beasley que acababan de nombrar era uno de los hacendados más ricos y respetados de Montañas Blancas. ¿Qué podía significar aquel contubernio convenido entre el rico ganadero y el bandido? Claramente tuvo que comprender Milt Dale que no podía significar nada bueno. ¡Cuántas misteriosas desapariciones de ovejas, pobreza y desesperación del pequeño pueblo de Pine, se explicaban ya fácilmente! También se explicaba la exagerada, la incomprensible prosperidad de Beasley.

    Otros hombres más entraron en la choza. —¡Vaya aguacero! —exclamó uno, y en seguida se oyó el ruido sordo de

    unos leños arrojados al suelo. —Jim, aquí traigo un haz de leña seca como la yesca —dijo otro. Varios golpes y chasquidos dieron a Milt Dale la seguridad de que los de

    abajo se esforzaban en arrancar de los leños unas cuantas astillas con que encender el fuego.

    —Déjame tu pipa, Snake, y ahora mismo tendremos fuego. —Quiero mi tabaco para mí y no me interesa el fuego —contestó Snake. Sonaron los golpes repetidos del acero contra el pedernal, prueba

  • palmaria de los esfuerzos de Jim por hacer brotar la llama. De repente hízose un poco de luz en la estancia, y el siseo del fuego prendiendo en la leña se dejó oír claramente en la habitación.

    Dale estaba tendido boca abajo y los chisporroteos le enviaban chispas cerca de los ojos. Cuando la llama era bastante viva, podía distinguir perfectamente a los hombres que tenía debajo. Jim Wilson era el único a quien conocía de todos ellos. Wilson, mucho más antiguo en aquellos contornos que Snake Anson, no era tan malo como los hombres con quienes solía juntarse. Corrían rumores de ciertas desavenencias entre él y Snake.

    —El calorcito del fuego se agradece —dijo Moze, un hombre ancho de hombros y muy moreno—; se nota la proximidad del otoño. ¡Si no tuviéramos tanta hambre!

    —En el maletín de mi caballo hay una buena tajada de carne de ciervo, Moze, y te daré la mitad si vas a buscármela —dijo otro.

    Moze salió inmediatamente, lleno de alegría. A la luz de la llama el rostro de Snake aparecía enjuto y alargado como el

    de un ofidio. Sus ojos brillaban con siniestro fulgor y su cuello larguirucho y su cuerpo desmadejado contribuían a darle marcada semejanza con un repugnante reptil.

    —Snake, ¿qué tenemos que tratar aquí con Beasley?, —quiso saber Jim. —Ya lo sabrás cuando yo mismo lo sepa —contestó el capitán de la

    banda con aire caviloso. —¿No hemos despojado ya a bastantes gringos sin ganar nada? —

    preguntó el más joven de la pandilla, un muchachote ovos labios pálidos y ojos hambrientos le distinguían de sus camaradas.

    —Tienes razón, Burt, y yo pienso lo mismo que tú —declaró el que había enviado a Moze a buscar su carne.

    —Snake, estos montes no tardarán en estar cubiertos de nieve —dijo Wilson—. ¿Vamos a invernar en la cuenca del Tonto, o a orillas del Gila?

    —Calculo que tendremos que galopar bastante todavía antes de que podamos dirigirnos hacia el Sur —respondió Snake no de muy buen talante.

    En aquel momento volvió Moze. —Capitán, acabo de oír un caballo por el sendero anunció. Snake se levantó y se detuvo en la puerta, escuchando. Fuera, el viento

  • soplaba con fuerza arrojando sobre las paredes de la cabaña la abundante lluvia.

    Hubo un momento de silencio y Dale no tardó en oír los cascos de la cabalgadura golpeando el suelo rocoso. Los hombres de Snake Anson rezongaban entre dientes, pero ninguno de ellos se atrevió a hablar. El fuego crepitaba alegremente. Snake Anson regresó de la puerta con movimiento