Historias del Sillon de Rivadavia

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Historias del Sillón de Rivadavia Por Darío Silva D’Andrea © 2015 Darío Silva D’Andrea Twitter: @DariusBaires E-mail: [email protected] Web: www.elpost.com.ar

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Anecdotas de los presidentes argentinos.

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Historias del Sillón de Rivadavia

Por Darío Silva D’Andrea

© 2015 Darío Silva D’Andrea

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Prólogo

“Feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento”;

Montesquieu (1689-1755)

¿Cómo hizo el primer presidente de los argentinos para conquistar el corazón de su esposa? ¿Sabías que un solo granadero hizo frente a todo el ejército argentino para defender al presidente Illia? ¿Sabés dónde están sepultados los ex presidentes de la Nación? ¿Y qué primera dama quiso ser poetiza y terminó siendo muy infeliz? ¿Por qué se le decía “El peludo” a Yrigoyen?

¿Qué gustos literarios tuvieron los mandatarios argentinos? ¿Qué presidentes vivieron como reyes en La Rosada? Lejos de la rigurosidad de los libros de historia, estrictamente encuadrados en el marco político, los Presidentes y Primeras Damas argentinas no son, ni de lejos, aquellos personajes opacos y politizados que podemos llegar a conocer.

Historias curiosas, emotivas, románticas, trágicas y hasta cómicas colorean las vidas de estos individuos que pasan por la historia argentina sin dejar mayores huellas que su labor política, pero que, en el fondo, componen familias argentinas con las mismas vivencias que cualquiera. Pero con un común denominador que las separa del resto: habitaron la Casa Rosada. Con sus luces y sombras.

Este recuento de anécdotas históricas permite descubrir los gestos, palabras y acontecimientos de la desconocida humanidad de hombres (y sus mujeres) que se sentaron en el “Sillón de Rivadavia”.

Así, leyendo la letra pequeña de la Historia grande, podemos conocer los dramas pasionales más resonantes del siglo XIX, en la persona de Sarmiento; a la mujer que verdaderamente enamoró a Perón; o leer el dramático S.O.S. emitido por un presidente con un mensaje dentro de una botella lanzada al río. Estos y otros curiosos descubrimientos históricos, revelados...

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La ajetreada historia de la Casa Rosada

Una ajetreada y muchas veces curiosa historia rodea a la construcción y evolución de la Casa Rosada, la sede presidencial argentina. El solar en el que se encuentra el edificio es tan antiguo como la Primera Fundación de Buenos Aires, en el siglo XVI. Don Juan de Garay lo llamó Castillo de San Miguel y en 1595, sólo era una construcción con un foso y puente levadizo. Sus ocupantes de todas las épocas han contribuido a deteriorarla, empezando con la demolición, en 1853, de la Real Fortaleza de Don Juan Baltazar de Austria, el fuerte con el cual Buenos Aires alguna vez se defendió de furtivos corsarios y que se emplazaba en este preciso solar.

El nuevo edificio, ahí mismo, nació como Casa del Correo. Luego, Sarmiento pidió levantar, al sudoeste de la actual Casa Rosada, una construcción idéntica. Poco y nada quedaba del viejo Fuerte de Buenos Aires cuando el presidente Bartolomé Mitre decidió instalar allí, en 1862, la sede gubernamental. La edificación estaba lucía verdaderamente su peor cara. La puerta principal tenía agujeros de tales dimensiones que permitían el acceso de vendedores ambulantes. Por el medio pasaba una calle, que daba a la vieja aduana pero el Presidente Julio Roca pidió al arquitecto Francisco Tamburini que uniera ambas edificaciones con un arco central.

El mismo Roca fue el primer presidente en trabajar allí, durante su segundo mandato. El presidente Agustín P. Justo hizo desaparecer -en 1938- 17 metros del lado sur del palacio, y le hizo así perder la simetría. En 1955 sufrió roturas increíbles tras el bombardeo que sirvió de colofón a la caída del presidente Perón. Los militares de la última dictadura (1976-1983) hicieron indiscriminadamente agujeros en las puertas de madera o vidrios para colocar aparatos de aire acondicionado. Uno de sus sucesores, Jorge Videla mandó a colocar hormigón en las claraboyas por temor a un ataque aéreo de la guerrilla. Como resultante dejó los espacios a oscuras y le agregó un peso injustificado a la estructura de la vieja casona y más tarde, el general Agustín Lanusse mandó a sellar la ventana del despacho que da sobre la Avenida Rivadavia con un sistema antimisiles e hizo pintar la pared resultante de dorado.

El mito del color rosado

Según la tradición, el color de la Casa Rosada se debe al deseo de Sarmiento de representar simbólicamente la fusión de los partidos que protagonizaron las cruentas guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX, con la mezcla del color blanco representativo de los unitarios y el rojo de los federales. La leyenda, sin embargo, parece improbable: los unitarios se identificaban generalmente con el color celeste. Por otra parte el color rosa era muy utilizado durante el siglo XIX. Surge de la combinación de pintura a la cal con sangre bovina, empleándose esta última por sus propiedades hidrófugas y fijadoras.

A pesar de que no deja de insistirse que fue el presidente Sarmiento quien dio el color rosado a la residencia presidencial argentina, mezclando el rojo y el blanco, para simbolizar la unión de todos los sectores políticos, lo cierto es que, mucho tiempo antes, Prilidiano Pueyrredón, destacado pintor y arquitecto, había pintado de ese color los muros del antiguo Fuerte de Buenos Aires, para evitar que el polvo que volaba ensuciara las fachadas. El color surgió de la combinación de pintura a la cal con sangre bovina, empleándose esta última por sus propiedades hidrófugas y fijadoras. Cuando derrumbaron el Fuerte, el edificio sobre las actuales calles

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Balcarce y Rivadavia, que ocupó el presidente Sarmiento, siguió del color rosa que ya tenía.

La hija del virrey

La esposa de Bernardino Rivadavia, doña Juana del Pino y Vera, fue la primera dama argentina ya que su marido es considerado simbólicamente el primer presidente del país, aunque de hecho sólo gobernó Buenos Aires. Juana era la hija del virrey español Joaquín del Pino y su matrimonio le dio cierto prestigio político a Rivadavia. Niña bien educada y aficionada a la lectura, las crónicas dicen que se comportaba como una verdadera princesa en el Fuerte, sede del gobierno y residencia oficial del virrey hasta su muerte, en 1804. La misa, punto de reunión para los jóvenes de la alta sociedad, fue lo que unió a Bernardino y la hija del Virrey. Se dice que Rivadavia le enviaba mensajes de amor que hacía memorizar a su esclavo negro y que, de hecho, fue aquel fiel sirviente quien le llevó a Juana el mensaje de petición de matrimonio. Quedó encandilada por el romanticismo de Bernardino.

La increíble descendencia de Urquiza

Si bien existen versiones que dicen que tuvo más de 105 hijos en toda su vida, el presidente argentino Justó José de Urquiza reconoció legalmente a 25 hijos. Gracias a la Ley Federal Nº 41, se otorgó igualdad de condiciones a los 11 hijos legítimos con los extramatrimoniales nacidos (de cuatro mujeres distintas) en su época de soltero, y a todos puso a vivir en el espléndido Palacio de San José. Fue padre por primera vez en 1820, a la edad de 19 años. Su amante Encarnación Díaz dio a luz ese año en Concepción del Uruguay a una niña bautizada Concepción. Los siguiente hijos fueron Pedro Teófilo, José Diógenes, Waldino y José (hijos de Segunda Caliendo); Ana (hija de Cruz López); Justo y María Juana (hijos de Juana Sambrana y Ferreira); Cándida y Clodomira (hijas de Tránsito Mercado).

En 1846 fue padre en tres oportunidades: de la mencionada Clodomira, de Medarda (hija de Cándida Cardozo y Pérez) y de Aurelia Norberta (hija de María Romero). Como las cifras lo comprueban, la vida amorosa de este primer presidente constitucional argentino fue intensa, pero la única mujer con la que contrajo matrimonio fue Dolores, nacida en 1830, hija de don Cayetano Costa y doña Micaela Brizuela. Urquiza tenía 50 años cuando conoció a Dolores en una fiesta en Gualeguaychú (provincia de Entre Ríos) en la que el invitado de honor era Domingo F. Sarmiento. Tras su boda, tuvieron 12 hijos, la primera de las cuales fue Dolores, nacida el 30 de abril de 1853, horas antes de la sanción de la primera Constitución Nacional argentina. Luego vendrían Justa, Justo José, José Cayetano, Flora del Carmen, Juan José, Micaela, Teresa, Cipriano, José del Monte Carmelo y Cándida Amelia. La última niña nació tres meses antes de que a Urquiza lo asesinaran.

Las deudas de la “segunda dama”

Tras la muerte de su marido Salvador María del Carril -primer vicepresidente de Argentina- su viuda doña Tiburcia Domínguez, encargó un magnífico mausoleo en el Cementerio de Recoleta (Buenos Aires) a Camilo Pomairone, a quien le dio expresas órdenes de que su estatua debía mirar hacia el lado contrario al de su marido, para perpetuar de esa forma las diferencias conyugales que caracterizaron

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a esta pareja. Del Carril, hombre de gran fortuna, desconoció públicamente toda deuda que su esposa pudiese contraer a través de un anuncio en los periódicos de la época, y ella nunca más le habló. Cuando a doña Tiburcia le fue comunicada la muerte de su marido, solamente se limitó a preguntar: “¿Cuánta plata dejó?”.

Las penurias de la familia Derqui

Tras abandonar la presidencia de Argentina, en 1862, Santiago Derqui partió al exilio y debió afrontar una crítica situación económica, y su situación llegó a oídos del presidente Mitre por medio de su Ministro de Relaciones Exteriores, Rufino de Elizalde: “Derqui está viviendo en una fonda, de limosna.... Esto no puede ser, no es decoroso... la miseria en que vive prueba que si fue desordenado no hubo fraude en su administración de que aprovecharse. Me parece que Ud. debiera dejarlo ir a Corrientes, y aun mandarle algo. Sería un acto de generosidad, y entonces yo iría a verlo, pues él no sale de su cuarto, y no lo he visto”.[1]

Se ignora si Mitre atendió el consejo que se le daba, pero el hecho concreto es que a fines de aquel mismo año el doctor Derqui regresó al país y se radicó en Corrientes, tierra natal de su abnegada esposa, doña Modesta Cossio y Lagraña. Desde entonces las versiones serían muy distintas y todas con pocos fundamentos. Hay quienes dicen que el ex presidente murió en la pobreza, pero, aunque es cierto que murió sin fortuna, no lo hizo en la angustiosa pobreza que había conocido en Montevideo.

De ello dejó constancia por sus propias palabras, dirigidas a su hijo en una carta en 1864: “Yo estoy bastante ocupado porque tengo varios asuntos de importancia en mi calidad de abogado...”. Constantemente, hacía mención al trabajo que le ocupaba sus días y que le permitía incluso hacer regalos a sus amigos y hasta adelantar dinero a algunos necesitados. Pese a que apenas había cumplido 58 años de edad, y parecía tener mucho más de vida por delante, falleció el 5 de septiembre de 1867 en Corrientes. Según apuntó Adolfo Saldías en su obra Historia de la Confederación Argentina, Derqui murió “encerrado en silencio soberbio, pobre como había bajado del poder, sobrellevando dignamente el olvido y la miseria (...)”.

La existencia de Josefa (1852-1936), hija mayor de Derqui, fue también muy penosa, y su historia quedó retratada en un libro titulado La patética vida de Josefa Derqui, hija del presidente argentino, en el cual su autor relata sus penurias económicas. Por una enfermedad crónica, los médicos le aconsejaron que viviera en el campo, por lo que “doña pepita” alquiló una vivienda muy precaria, distante 7 cuadras de la estación del ferrocarril. Sus ahogos económicos comenzaron con su temprana viudez, a los veinticuatro años. Empobrecida y triste, durante años los únicos ingresos que tuvo provenían de la ayuda de la Lotería Nacional, la que le otorgaba gratuitamente unas decenas de billetes de lotería para que las vendiera..

¡Mitre, cumpla con su deber!

Aun siendo presidente argentino, Bartolomé Mitre mantuvo la costumbre de caminar desde la Casa de Gobierno hasta su vivienda particular. Saludaba a los vecinos y llegaba a la puerta de su casa fumando tranquilamente sus habanos favoritos. Sus costumbres tan simples lo llevaban a ir personalmente a comprar postres a la cercana pastelería “La Marina”. Su esposa, doña Delfina de Vedia, también era de hábitos sencillos. A primera hora del día limpiaba ella misma la

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casa y solía coser la ropa de su familia. Además, le sobraba tiempo para escribir poemas, cuidar de sus hijos e interesarse en la vida política del país.

Cuando los encargados de la seguridad oficial advertían a Mitre que no caminara solo por la calle, su esposa se les oponía con energía, y un personaje del entorno presidencial contó que, en cierta ocasión, “la mujer de Mitre, enterada de los rumores de un posible atentado contra el presidente, enfrentó la situación con gran valentía, y parada frente a la gran chimenea de la casona, alcanzándole el sombrero a su marido, resolvió con firmeza la cuestión”: “Mitre, cumpla con su deber”, le dijo, y lo despidió con un beso. [2]

A pesar de su abnegación, Delfina logró convertirse en la malquerida de la historia argentina. “Me falta todo lo que a ti te sobra”. El reproche, que podría ser el estribillo de un tango, se lo dijo Delfina Vedia a su marido, Bartolomé Mitre. Quería ser poeta, pero sucumbió los encantos de aquel Capitán de artillería que sería Presidente. Separada física y emocionalmente de su marido, Delfina debió sufrir en soledad el suicidio de Jorge, su hijo predilecto, a los 18 años.

“Nadie ve mis lágrimas, nadie oye mis gemidos. Hoy más que nunca estoy sola para sufrir. El silencio y la soledad reinan a mi alrededor”, escribió en su diario íntimo. [3] Para entonces, matrimonio no compartía la habitación y cuando el presidente estaba de viaje, ella debía pedirle permiso, vía carta, para limpiar su cuarto.

Obituario demoledor

Al enterarse de la muerte del ex presidente Carlos Pellegrini, el 18 de julio de 1906, el socialista Juan B. Justo se apresuró a publicar en el diario La Vanguardia el siguiente y demoledor epitafio: “Si tuvo talento, nunca lo aplicó en beneficio del país. En la vida no tuvo más norma que la ambición y, ante el exagerado concepto de la individualidad, desaparecía para él todo interés colectivo. Tenía el alma de un cartaginés y, más que un caudillo, fue un comerciante”. [4]

De la noble pobreza al poder

Quien fuera presidente de los argentinos entre 1868 y 1874, Domingo F. Sarmiento -gran escritor, gobernador, legislador, ministro y presidente-, se crió en lo que él mismo llamaba “la noble virtud de la pobreza”. Hijo de doña Paula Albarracín, “mujer industriosa” que se dedicaba a tejer a la sombra de un árbol, y de un militar y trabajador del campo, se convirtió en un niño prodigio. A los cinco años ya leía de corrido en voz alta, y sus padres lo llevaban de casa en casa, mostrando orgullosos las dotes de su niño. Él mismo lo advirtió en su gran obra «Recuerdos de provincia»: “No supe nunca hacer bailar un trompo, rebotar la pelota, encumbrar una cometa, ni uno solo de los juegos infantiles a que no tomé afición en mi niñez”.

Esa vergonzosa populachería

Sarmiento tuvo que llegar a los codazos y empujones a su asunción presidencial, en la Casa de Gobierno construida sobre el Fuerte de Buenos Aires, en 1868. Mil personas habían logrado ingresar en el salón de la ceremonia, subidos a los sillones, mesas y chimeneas. “En ese lugar de moderado tamaño, en el que no caben más de cien personas, se ha metido un millar”, cuenta Manuel Galvez en Vida de Sarmiento; “Las hay de todas las clases sociales: desde los diplomáticos y los grandes señores

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amigos de Mitre hasta sujetos de las orillas”. Hablaban, gritaban, y se reían y aplaudían cada vez que alguien rompía algún vidrio o mueble de la Casa. “¡Cállense!”, gritó en medio del discurso. “¡Qué populachería vergonzosa!”. Luego escribiría amargado: “Jamás se ha presenciado espectáculo más innoble y vergonzoso… En país alguno el decoro del gobierno ha sido más ajado que en aquel acto solemne…”. [5] Cuando su antecesor, Mitre, se retiró, las multitudes lo acompañaron, dejando a Sarmiento en una soledad casi absoluta y con el Fuerte muy desordenado.

Los líos de faldas

Uno de los romances más conocidos del siglo XIX en la Argentina fue el del presidente Sarmiento -hombre casado- y la hermosa Aurelia (1836-1924), hija del jurista Dalmacio Vélez Sársfield, autor del Código Civil argentino, código que establecía la infidelidad como un delito. Ella fue una verdadera primera dama en secreto, y la encargada de gerenciar la campaña presidencial. La desunión de Sarmiento y su esposa, doña Benita Martínez Pastoriza, se hizo más latente cuando la dama encontró la fogosa correspondencia que su marido mantenía con Aurelia: “… Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme y pertenecerme a despecho de todo… te envío mil besos y te prometo eterna constancia”. [6]

“No tengo que arrepentirme de ningún acto, pues nadie hubiese sido más moderada con ofensas tan atroces como las que él me ha hecho y me hace”, confesó la despechada Benita, la primera en presentar una demanda contra un marido presidente. Cuando descubrió el romance de Sarmiento con Aurelia, Benita contrató un abogado para iniciar una demanda judicial, la cual ganó. La Justicia determinó que Sarmiento debía proveer alimentos a ella y a su hijo. La última batalla se desató cuando Benita leyó el testamento de Sarmiento, que la desheredaba con el argumento de que habían vivido separados “por mutuo consentimiento desde el año ‘60”. Volvió al tribunal para exigir la mitad de los bienes. El dinero no le interesaba tanto como su reivindicación, pero consiguió que la mitad de los bienes fueran suyos y que se la llamara “la viuda del causante”.

Los cardenales de Sarmiento

El presidente Sarmiento se consagró también como un verdadero coleccionista y ornitólogo, que no conocía límites a la hora de admirar a las aves, y durante su paso por la Casa Rosada (de 1868 a 1874) se deleitaba observando las aves que naturalmente anidaban en los balcones del palacio. Sin embargo, en una ocasión, al limpiar su estudio, los ordenanzas arrasaron con un nido de cardenales que estaba en uno de los balcones, sin tener en cuenta que había sido el mismísimo Sarmiento quien había fabricado ese refugio para sus queridos huéspedes alados. Los indignados gritos del presidente no tardaron en escucharse desde la cercana Plaza de Mayo.

La edad de “el Zorro”

Las dudas sobre la verdadera edad de Julio Roca, presidente de Argentina, alimentaron muchas fantasías y apuestas. Al asumir su segundo mandato, pocos de su más cercano entorno sabían su edad, y los demás no se animaban a preguntar.

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Su obsesión por ocultar la verdad siguió cuando, al comenzar su tercer mandato, unos dieciocho años después, afirmaba tener todavía 50 años.

El salvavidas

En el libro Historias insólitas de la historia argentina se cuenta que el caluroso verano de 1884, el entonces presidente Roca fue de visita a la hacienda de Federico Leloir, y junto con varios visitantes se dispusieron a nadar en el entonces cristalino río Reconquista. De pronto, uno de ellos, el médico Antonio Crespo, pidió auxilio. Gregorio Torres se arrojó al agua para salvarlo, pero Crespo lo abrazó, los arrastró la corriente y los dos estuvieron a punto de perecer. Roca, fuerte y atlético, tenía entonces 40 años de edad y nadó con destreza, arrastrando a Crespo y a su amigo Goyo Torres hacia la costa. Desde entonces “el Zorro” se consagró como el primer presidente salvavidas.

Cuestión de nombres

Muchos presidentes argentinos no se llamaron como la historia nos lo cuenta. El primero de ellos, conocido como Bernardino Rivadavia, se llamaba en realidad Bernardino de la Trinidad González de Ribadavia y Rivadavia, hijo de don Benito De González Ribadavia (abogado de la Real Audiencia) y de una mulata llamada María Josefa Rivadavia, ambas veces con “v” corta. Huérfano de madre a muy temprana edad, al llegar a la adultez Bernardino suprimió sus dos apellidos paternos y pasó a la historia sólo con el materno, sin dar explicación alguna. El presidente Domingo Faustino Sarmiento jamás se llamó Domingo, sino Faustino Valentín; Domingo fue un apelativo familiar que le puso su madre, fiel devota de santo Domingo.

Tampoco Juan Domingo Perón nació como tal: en su acta de nacimiento, firmada en 1893, figura como Juan Domingo Sosa, pero dos años más tarde fue vuelto a inscribir como Juan Domingo Perón. No fue por error sino por necesidad: los prejuicios de la época y el fuerte elitismo existente en las filas castrenses, impedían que un hijo natural cursara la carrera militar. Igualmente sus esposas pasaron a la posteridad con nombres “falsos”. La segunda de ellas, y la más popular, “Evita”, fue Eva María Ibarguren, antes de casarse con Perón, debido a que su padre murió en un accidente antes de que alcanzara a reconocerla. La tercera esposa de Perón, que llegó a la presidencia tras enviudar, no se llamó Isabel: nació como María Estela Martínez. Pero era bailarina, y escogió “Isabelita” como seudónimo artístico, en honor a su madrina de bautismo.

El gringo y la gringa

El presidente Carlos Pellegrini y su esposa Carolina Lagos (apodados “el Gringo” y “la Gringa”) mantuvieron al principio una relación muy apasionada, y un reflejo de este romance es una carta de Carlos, escrita en 1871 a su hermana Juana: “Yo ya no soy yo, porque me he visto de la mañana a la noche cambiado en dos. Durante mi sueño, algún ángel bueno me sacó una costilla y con ella formó una nueva Eva. Al despertar la vi a mi lado y la tierra me parece un Edén. Estoy gozando de él sin temor y sin zozobra, porque siento y comprendo que si la primera Eva fue la perdición de Adán, la nueva será la salvación de tu hermano. Si antes hubiera adivinado todo el mundo de delicias que hay en la vida que hoy llevo, hubiera deseado nacer casado”. [7]

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La pareja no tuvo hijos, y pasada la etapa de pasión las relaciones se tornaron respetuosas y cariñosas. Incorregible mujeriego, Pellegrini comenzó a mostrarse celoso por la cautivante belleza de Carolina, pero pronto retomó su añorada “vida de soltero”. Ella, mientras tanto, fiel la exigencias de la época, y muy enamorada, lo esperaba despierta hasta altas horas de la noche. No le hacía falta reprocharle nada. Sólo una mirada bastaba. Y si Pellegrini, fastidiado de ese control conyugal, a la noche siguiente volvía a sus andadas, sabía que la esposa silenciosa y sufriente lo esperaría firme hasta la madrugada.

Una Primera Dama en tranvía

Cuando a los 69 años el doctor Manuel Quintana llegó a la presidencia de Argentina (en 1904) su esposa Susana Rodríguez quedó convertida en Primera Dama pero no quiso cambiar su estilo de vida sencillo y austero. Su modestia era tal que, con excepción de las ceremonias oficiales, jamás utilizaba el automóvil oficial, sino que prefería, como hasta entonces había sido su costumbre, seguir trasladándose en tranvía por las calles de Buenos Aires. Un día, el jefe de protocolo de la Presidencia se quejó: “La mujer del Presidente de la República no puede ser vista en un medio de transporte tan proletario”. [8]

El ‘jettatore’

Por alguna causa que nadie puede confirmar, Figueroa Alcorta (1906-1910) tuvo fama de “pájaro de mal agüero”: sus opositores lo bautizaron “el jettatore”, y hasta sus más íntimos amigos portaban amuletos para ahuyentar el infortunio cuando se encontraban en su compañía. Según El libro de los presidentes argentinos del siglo XX, “a su presencia se atribuían las lluvias persistentes y las tormentas en zonas anegadas o las prolongadas sequías en regiones secas. Sus colaboradores evitaban viajar con él en el mismo tren, temiendo su descarrilamiento, y sus visitas no eran bienvenidas, porque se consideraba que luego sobrevendría alguna desgracia”. Esta mala fama, sin embargo, no le impidió alcanzar los más altos puestos políticos de su provincia y de la Nación. Fue el único ciudadano argentino que ocupó, sucesivamente, la máxima jefatura de los tres poderes nacionales: el Legislativo (vicepresidente de la República y presidente del Senado), el Ejecutivo (como sucesor del presidente Quintana), y el Judicial (presidente de la Corte Suprema).

Su Majestad, Roque I

Hasta la llegada, en 1914, de Roque Sáenz Peña, en la Casa de Gobierno las alimañas, roedores e insectos vivían en igualdad de condiciones con los funcionarios. Pero la rutina se alteró el día en que el presidente y su familia quisieron dejar su palacete en la avenida Santa Fe para ocupar, entre martillazos y escombros, la Rosada, a la que llamaron “La Mansión”. Impregnado de la atmósfera monárquica española, por sus días de embajador en Madrid, el presidente que instauró el voto universal (para hombres) intentó imprimir un aire majestuoso a la Casa de Gobierno, con algunos “lujos reales”, habituales en sus gustos por la decoración, lo que le valió el apodo de “su majestad Roque I”.

A pesar de su espíritu democrático y republicano, el mandatario gustó siempre del boato real. Una fotografía de la primera dama, Rosa González de Sáenz Peña, es

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contundente: se la ve cómodamente sentada entre muebles de mimbre, plantas tropicales, estatuas y porcelanas en una de las galerías con vitral del primer piso de la residencia. Se construyeron tres nuevos y suntuosos salones, uno Renacentista, otro Luis XV y un tercero, Luis XVI. Un gran comedor estilo francés, una biblioteca, un dormitorio para el Presidente y otro para Doña Rosa. “¡Ya tiene una familia la Rosada!”, se alegraron los diarios porteños, ignorando que en su interior todo estaba revuelto y lleno de polvo. Mientras su salud no le jugó malas pasadas, el padre del sufragio secreto y obligatorio corrió del dormitorio al despacho presidencial sin problemas.

La revista Plus Ultra rememoraba en 1916 aquella situación: “En 1910 (...) instaló sus habitaciones particulares en la Casa Rosada, habilitando a tal efecto todo el ángulo del edificio que hace esquina a Rivadavia y Paseo de Julio. Con tal objeto se alhajaron ricamente nuevos salones, el gran comedor, el escritorio privado del presidente, tres elegantes salitas de recibo y el jardín de invierno, sin contar el dormitorio y las dependencias privadas. “La sociedad porteña recordará siempre el magnífico golpe de vista que ofrecían el comedor y el invernáculo de la Casa Rosada la noche del gran baile de gala dado por el doctor Sáenz Peña al iniciar su gobierno, verdadera fiesta de corte a la que asistió todo lo más selecto de nuestro mundo social e intelectual”.

En el salón comedor de Sáenz Peña (que se usa hoy como despacho presidencial) se daban banquetes en los que se servían hasta doce platos distintos, con menú en francés y vajilla, platería y cristalería francesa e inglesa. El Salón Blanco, presidido por el emblemático “Busto de la República” servía como salón de baile, al estilo de las cortes europeas. Con los años, mucha de esa suntuosidad se perdió, aunque aún hay espacios de pomposa belleza, como las escaleras Francia e Italia. Cuenta la leyenda que Perón y su ministro Domingo Mercante corrían carreras, deslizándose por sus barandales.

Los recuerdos de Josefa

“He sido una esposa intensamente feliz. Podrá haber esposas tan felices como lo he sido yo, pero ninguna más dichosa”, dijo en 1934 doña Josefa Bouquet Roldán, ya viuda del presidente José Figueroa Alcorta, en un reportaje de la revista Para Ti. Su esposo llegó a la presidencia en 1906, tiempo difíciles, tras la muerte de Manuel Quintana. “Fuimos muy felices pero en esos cuatro años, tan fecundos en inquietudes populares, viví toda una vida de sobresaltos, de intranquilidad constante. Nunca sabía, al despedirlo, si era la última vez que lo hacía...”

La sencillez de “El Peludo”

Nunca presidente argentino alguno había sido recibido con tanto entusiasmo como lo fue, en 1916, Hipólito Yrigoyen, hombre huraño y desconfiado. Él, sin embargo, estaba ocupado pensando en otra cosa. [9] “¿Qué tal? ¿Está emocionado, presidente?” le preguntó el entonces diputado Marcelo T. de Alvear a Yrigoyen, que aquel 12 de octubre acababa de prestar juramento como presidente. Absorto, el flamante presidente le contestó sorprendido: “¿Yo? ¡No!... Estoy pensando a quién le entregué mi galera y mi sobretodo”.

Yrigoyen -apodado “el Peludo”, por su espíritu ermitaño- fue el primer presidente en llegar al poder con un amplio apoyo popular, y su gestión (1916-22 y 1928-30)

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retrató esta realidad. En las secretarías y subsecretarías abundaban los jóvenes, muchos de ellos hijos de inmigrantes italianos o españoles.

La austeridad y el modo de vida sencillo, que para sus adversarios eran una pose demagógica, constituían la mejor prueba de su honestidad. Tras asumir la presidencia, siguió viviendo en su modesta casa de la calle Brasil, en el popular barrio de Constitución, alejado del lujo que había rodeado a todos los presidentes desde Avellaneda. Puntualmente donaba su sueldo y, no concurría a la inauguración de las sesiones del Congreso, limitándose a enviar el escrito de un informe anual. Para la oposición era una falta de respeto.

El 16 de septiembre de 1930 fue derrocado por una revolución militar. Los revolucionarios entraron en su casa, la cual desbarataron, y arrojaron sus ropas y pertenencias a la calle. Afiebrado, pasó tres días detenido en el antiguo cuartel del Regimiento 7, a cuyo jefe dijo: “¿Puedo internarme en el hospital que tienen aquí? Estoy enfermo, ocuparon mi casa y no tengo dónde ir. Yo no quiero ninguna comodidad. Lo único que deseo es una cama para reposar mi cuerpo y no caerme”. [10]

¿Traidor yo?

Alvear sólo perdió su distinción aristocrática minutos después de entregar el poder a su sucesor. La multitud reunida alrededor de la Casa Rosada no era favorable y cuando salía oyó un grito que le dolió: “¡Traidor!” “¿Traidor yo?”, exclamó, y sin pensarlo dos veces decidió enfrentar los insultos con trompadas. La policía tuvo que intervenir para separar a los manifestantes y al ex presidente. [11] La palabra “traidor” volvió a tronar en 1981, cuando el general Galtieri visitó al presidente Roberto Viola, que estaba muy enfermo, a pedirle la renuncia. “Usted es un traidor”, le dijo el enfermo. El presidente estaba internado y su salud no era nada buena, por lo que los militares estaban ansiosos de un cambio de mando. “Y usted es un inútil”, le respondió Galtieri. Y parece que lo convenció.

“Mi Marcelo”

Regina Pacini, tal vez la primera esposa de un presidente que alcanzó relevancia social en Argentina, fue una exitosa cantante de ópera. Hija de un barítono portugués y de una andaluza, se casó en 1911 con Marcelo, joven, acaudalado, abogado y político que once años más tarde llegaría a la presidencia argentina. Amiga de la familia real de Portugal, había tenido el buen tino de rechazar el pedido de matrimonio de un miembro de la familia del Zar de Rusia. Alvear necesitó varios años de insistente cortejo para conquistarla y casarse con ella. La sociedad porteña la despreció, como lo corroboran los 500 telegramas que amigos y correligionarios le enviaron a Alvear para decirle que no era la indicada.

En esa época, el ingreso de una cantante lírica a la alta sociedad no estaba bien visto, pero finalmente la boda, aunque ignorada por buena parte de la “gente bien” de Buenos Aires, tuvo un efecto sensacional entre la población. Al final, la señora de Alvear, que se convirtió en Primera Dama, ignoró el desprecio y se sobrepuso al escándalo. Pero ni el paso de los años ni su altísima posición consiguieron aquietar a don Marcelo, “el dandy”. Felix Luna en su libro «Alvear» consigna: “poco después de asumir el poder había alquilado junto con uno de sus ministros -antiguo compañero de correrías trasnochadas- cierto petit hotel en la calle Rodríguez Peña

10 

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que administraba una célebre cortesana, propietaria de uno de los más lujosos cabarets de Buenos Aires. Allí solían reunirse Alvear y algunos íntimos para celebrar juergas más o menos discretas. Ocasionalmente invitaba a Justo (Agustín P., ministro de Guerra) y solían hacerlo víctima de bromazos...”. Ya anciana, su esposa, doña Regina Pacini, comentaba a un familiar: “Mi Marcelo siempre andaba detrás de las polleras. Pero yo estaba primero”.

El adiós a Alvear

La muerte de Marcelo T. de Alvear, en 1933, fue una de las primeras muestras e la extraña obsesión argentina por los muertos célebres. El primer problema que surgió después de su muerte fue protocolar: dónde sería velado. Se barajaron mil opiniones, pero finalmente prevaleció el criterio de su esposa, Regina: la Casa Rosada. Como suele suceder, el día del velorio Marcelo de Alvear parecía no haber tenido un solo enemigo en su vida: ahí estaban los conservadores, los que lo habían atacado, los que habían instaurado el fraude electoral en el país, privándolo de ser nuevamente presidente. Se deshacían en alabanzas, en panegíricos, en loas a ese gran espíritu democrático, a ese patriota excepcional.

Hasta el ex presidente Agustín P. Justo, que lo había encarcelado, que le había hecho conocer la sordidez de Martín García, que lo había hecho deportar, se presentó en la Casa Rosada a manifestar sus condolencias. Francisco Carca vallo, hijo de un gran amigo de Alvear- recuerda haber asistido al velorio: “Reconocí a Justo, vestido con saco negro, chaleco blanco, pantalón de fantasía, polainas y zapatos negros, y su presencia me pareció francamente ofensiva. Me acerqué y le dije de muy mal modo: ‘¡Cómo se atreve a estar aquí! ¡Váyase antes que lo eche!’. Justo no tuvo otra alternativa que abandonar la casa de gobierno”. [12]

El traslado de Alvear al Cementerio de la Recoleta reveló hasta qué punto el pueblo había sentido esa muerte. El ataúd fue sacado de la cureña y, sostenido por manos anónimas, desfiló por las calles de Buenos Aires, acompañado por consignas, por cantos, por gritos en contra del gobierno. Era el pueblo mismo el que lo acompañaba en su último viaje, a pesar de haber acusado a Marcelo de estar lejos de sus necesidades.

La eterna enamorada

Doña Regina murió en una ciudad bautizada “Don Torcuato”, en honor a su marido, a los 94 años de edad, luego de pasar los últimos años de su vida con una modesta pensión nacional. Nada le quedaba de su fortuna, repartida en obras de beneficencia. Regina, durante aquellos años, desarrolló una pasión por la jardinería. Las rosas rojas y las blancas -las flores preferidas de Marcelo- le demandaban gran parte de la mañana. Esas rosas, pulcramente cuidadas, las llevaba Regina todos los días 23 del mes a la Recoleta, un rito que cumplió durante treinta años y que sólo interrumpió en los últimos años de su vida, cuando su mala salud se lo impidió. Se sentaba en una pequeña silla blanca (que aún permanece), depositaba las rosas en la tumba de su Marcelo, y pasaba largo rato allí en soledad, meditando. A veces, solía invitar a alguno de los cuidadores de la bóveda a un restaurante en la calle Guido, cercano al cementerio. La arterioesclerosis y un espasmo cerebral la desconectaron del mundo y de su propia memoria, y le hacían creer que su Marcelo estaba de viaje...

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“La presidencia nos matará a los dos”

Su gordura fue la principal causa de la renuncia de Roberto Marcelino Ortiz a la presidencia, en 1942. El obeso mandatario, amante del buen vivir en exceso, no se perdía fiestas ni banquetes por nada del mundo. En su despacho, escondía bombones y caramelos, pero nadie se animaba a ponerle límites. La primera dama, María Luisa Iribarne, cuidaba con esmero la dieta de su esposo, a quien llamaba cariñosamente “el gordo”, pero no podía controlar lo que comía en la Rosada.

Cuando en 1937 su esposo renunció al ministerio de Hacienda para aceptar la candidatura presidencial, inició una campaña muy agitada en la cual, en cierta oportunidad -no soportando el cansancio y por su diabetes- se desmayó en público. La sombra del episodio le quitó sonrisas a María Luisa, a quien alguien le escuchó reprocharle a Ortiz: “Has hecho mal, Roberto, en aceptar esto… la presidencia nos matará a los dos”. [13] Fallecida María Luisa inesperadamente, en 1940, el mandatario quedó atrapado por una depresión que lo llevó a comer desesperadamente. Casi ciego por culpa de la diabetes, trató de luchar, pero no pudo. Le ganaron su gordura y su tristeza.

Familias presidenciales

Las familias de los presidentes argentinos nunca gozaron de la notoriedad e importancia pública que tienen, por ejemplo, los familiares de un presidente norteamericano. El presidente Justo tenía varios hijos, pero muchos argentinos se enteraron de esto cuando uno de ellos fue detenido en el Congreso por gritar “¡Muera el imperialismo!” en el momento en que Franklin D. Roosevelt daba un discurso. O, cuando casi al finalizar el mandato de Justo, otro de sus hijos murió en un accidente de aviación.

Un hijo del presidente Ramón Castillo tuvo también su “minuto de gloria” al protagonizar un accidente en el que falleció un humilde lustrabotas. Las primeras damas tampoco solían alcanzar trascendencia en la vida nacional. Los presidentes Roca y Juárez Celman estuvieron casados con dos hermanas de la familia Funes, de la buena sociedad cordobesa, por lo que doña Eloisa Díaz de Funes -madre de las dos chicas- fue la única dama que pudo jactarse de ser suegra de dos presidentes. En este aspecto se diferenciaron siempre los presidentes constitucionales de aquellos que lo fueron de facto: el general José Félix Uriburu llenó de Uriburus la administración pública, mientras que Roberto Ortíz designó secretario privado a su yerno.

Presidentes y vices, como perros y gatos

Casi todos los presidentes tuvieron problemas y enfrentamiento con sus “suplentes”en la historia argentina. Se supone que el binomio presidencial debe fraguarse en una íntima solidaridad entre los dos y lo contrario sería crear una fuente de peligrosos conflictos, como ocurrió entre el presidente Ortiz y su vicepresidente Castillo, en los años 40. Ortiz no ocultaba en público las diferencias que lo enfrentaban a su segundo en la Casa Rosada: “Ramoncito es como las mulas catamarqueñas”, decía Ortíz. “Es terco”. Mucho tiempo antes, Sarmiento había

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expresado su desprecio por su vicepresidente, Adolfo Alsina, cuando adelantó que su única función en el gobierno sería “manejar la campanita del Senado”.

Recuerdos de una pasión

En 1938, Perón viajó en misión oficial a Europa para informarse sobre el gobierno de Benito Mussolini y para tomar contacto con oficiales de alto rango del Tercer Reich. Allí se enamoró de la hermosa Giuliana Del Fiori. Los biógrafos del caudillo admiten que esta mujer puede haber sido la que más amó Perón en su vida, y hasta se cree que existe hijo que ambos pudieron haber gestado durante su breve pero fogoso romance a comienzo de los años ’40, antes de volver a la Argentina.

Según el periodista Andrés Bufali, en Secretos presidenciales, las pocas personas que frecuentaron íntimamente a Perón coincidían en que el caudillo hablaba muchas veces, muy nostálgicamente, de aquella despedida en España. En 1970, ya anciano, Perón pidió a su gran amigo Jorge Antonio que removiera cielo y tierra en Europa con el fin de hallar a Giuliana Del Fiori. Jorge Antonio volvió con las manos vacías y a Perón sólo le quedó el recuerdo.

La primera señora de Perón

Completamente desconocida por el público es la historia del presidente Perón y su primera esposa, Aurelia Tizón, una maestra de escuela primaria que, según el general, fue “su noble amor por tantos años”. Parece que la relación fue muy sincera y muy apasionada, solamente signada por la ausencia de hijos y una enfermedad que llevó a Aurelia a la muerte a los 32 años. Una carta de “Potota”, como era apodada, a su esposo demuestra la relación existente:

“Querido Juan: yo sé que las maniobras forman parte de tu oficio y entonces tienen que parecerme bien y debo estar contenta porque vos están contento… Pero no puedo evitar decirte cuánto te extraño. Llega la hora en que vos llamás o en la que solías venir… y la casa se llena de un silencio extraño, frío, que me da miedo. A propósito: sólo cuando estoy con vos no tengo miedo a nada. Vos me lo sacás. Te extraño, así que volvé pronto. Potota”. [14] Cuando Aurelia falleció, en brazos de Perón, el futuro presidente se lamentó diciendo: “Este es el primer disgusto que me dio en su vida”.

¿A qué se dedicaron antes?

Desde nacimiento hasta la actualidad, la Argentina tuvo, incluido el actual Gobierno, 54 presidentes con una curiosa coincidencia en cuanto a las profesiones: hay un casi empate entre militares y abogados. Incluido Perón -aunque fue elegido en forma democrática- hubo 17 hombres que fueron militares y 20 abogados al frente del Poder Ejecutivo. La lista la completan un comerciante (Rivadavia), un educador (Sarmiento) y un odontólogo (Cámpora). Hubo además dos médicos: Luis Sáenz Peña (que también era abogado, y fue el único con dos títulos universitarios) y Arturo Illia. Hubo una actriz: María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”. El empresario Mauricio Macri será el tercer presidente ingeniero, luego del general Agustín Pedro Justo (1932-1938) y el presidente interino Ramón Puerta (2001).

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Los gafes de la Abanderada

Frontal, exigente, impulsiva y fresca, Eva Duarte de Perón fue una de las primeras mujeres de presidentes en representar al país en el extranjero. Por eso fue tan sonado el viaje que hizo por España, en 1947, viaje del cual quedan recuerdos en los informes que un funcionario español hizo para el dictador Francisco Franco, y en el que destacan la falta de etiqueta de la primera dama: “Evita bajó a la fiesta en El Pardo con un vestido azul espectacular, pero se olvidó de ponerse la Cruz de Isabel la Católica. El generalísimo se lo hizo notar. Ella dijo: ‘Ay, me olvidé de ponérmela. No importa, tiene arreglo’. Chasqueó los dedos y una ayudante corrió a buscarle la Cruz.

“De Madrid fuimos a Sevilla. Visitas a una iglesia y después a la Catedral (…). Cuando en la misa pasaron la bolsa de la limosna, ella dijo en voz alta: ‘¡Uy, me quedé sin un centavo! Yo creí que la otra iglesia era la Catedral y dejé todo lo que tenía en la cartera. A ver, ¡vayan rápido al Pardo a buscar más plata!’ Y eso hicieron… Regreso de Sevilla a Madrid y visita al Escorial (…). Cuando le preguntaron qué le parecía el palacio, dijo: ‘¡Cuántas habitaciones! ¡Qué hogar para huérfanos haría yo aquí!’ Muchos se horrorizaron”. [15]

Muy cuidadoso del protocolo, a Juan Domingo Perón le molestaban las críticas que recibía su esposa, Evita, poco dada a las formalidades. Para eso, contrató al refinado conde de Chikoff, experto en protocolo y buenas costumbres: “Quiero que le enseñes a Eva, porque toma la sopa cantada”, le dijo. Luego de meses de arduo trabajo, el noble pidió audiencia con el presidente. Tenía una queja: “Las malas palabras… Cuando su mujer se enoja es incontrolable. Me doy por vencido”. [16]

¿Quién es el príncipe Bernardo?

En 1951, el príncipe Bernardo, esposo de la reina Juliana de Holanda, hizo una visita de intereses comerciales a la Argentina y fue recibido por Perón, quien lo consideró “un verdadero amigo”. Muy agasajado por el líder justicialista y Evita, Bernardo de Holanda visitó la Fundación Eva Perón, en La Plata y tuvo la amabilidad de asistir a la primera lectura del libro La razón de mi vida. Otra de las misiones de Bernardo fue ayudar a la pareja presidencial en varias negociaciones cuyo contenido no fue nunca completamente aclarado, pero hay pistas. Norberto Galasso escribe: “El 29 de septiembre (de 1951) esa mujer (Eva) ya prisionera del cáncer, convoca a la residencia a tres dirigentes gremiales de su confianza -José Espejo, Isaías Santín y Florencio Soto- y al comandante en jefe del Ejército -general Humberto Sosa Molina- para comunicarles que a través de la Fundación Eva Perón, y por intermedio del príncipe, ha decidido la compra de 5.000 pistolas automáticas y 1.500 ametralladoras, que serán entregadas a los obreros en caso de que se repita un alzamiento militar...”.

Adorado por Perón y Eva, a partir de ese momento, el príncipe consorte holandés, se convirtió, a los ojos de la opinión pública, en el mejor amigo de Argentina, pero el “romance” terminó pronto. “Unos años más tarde y ya en el exilio” -escribe Alfonso Crespo en su libro Eva Perón, viva o muerta-, “Perón tendría ocasión de conocer mejor a Bernardo. Cuenta que en una escala en las Guayanas holandesas envió un mensaje urgente al príncipe, que se hallaba en Curazao. «Ni siquiera me contestó. Este hombre tenía obligaciones conmigo. Cuando fue a la Argentina, representando los intereses de la Philips, yo le traté con todos los honores. Esperaba que fuese un caballero por su condición de alemán, pero vi que ni siquiera merecía ser alemán. ¿Quién es el príncipe Bernardo? ¡Una mierda, como decimos nosotros!»”.

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La caída de “la tiranía”

Durante las primeras semanas de octubre de 1955, tras el derrocamiento del presidente argentino Juan Perón, su lujosa residencia del barrio de Recoleta y su búnker subterráneo (en la avenida Leandro N. Alem) permanecieron abiertos al público por orden del nuevo régimen militar, dispuesto a demostrar al pueblo los “lujos” y “excesos” que el matrimonio Perón había disfrutado. En el Palacio Unzué (donde hoy se alza la Biblioteca Nacional) se exhibió una considerable colección de vestidos de gala, joyas y todos los objetos de valor, “robados por el tirano y su banda”: los 27 automóviles de lujo que fueron propiedad de Perón, televisores y motocicletas, y objetos de arte. Miles de ciudadanos recorrieron -“con desconcierto e indignación”, según los diarios- el interior del refugio secreto, ubicado en las entrañas del Edificio ATLAS, sobre Alem. El refugio había sido construido bajo las más estrictas normas de seguridad antinuclear y revestido de grandes lujos, del expresidentes al que, como decían los medios de la época, ya era “el culpable de lo todos los males de la nación”. [17]

Un desesperado S.O.S. en una botella

A las 7 de la mañana del 29 de marzo de 1962, el presidente Arturo Frondizi, en presencia de su esposa Elena, dos hermanos y gran parte del gabinete, se rindió ante los cuatro emisarios de las Fuerzas Armadas que durante toda la noche lo habían estado hostigando para conseguir su renuncia. De allí fue llevado al aeropuerto y puesto en un avión que lo llevaría a la isla Martín García, en el río de la Plata. Llevaba en su equipaje gran cantidad de libros: “Voy a estudiar”, aseguró serenamente.

En la isla, la lectura y las caminatas que los militares le permitieron hacer por el parque lo ayudaron a pasar el tiempo de prisión. Hasta lavaba él mismo su propia ropa. Casi un año más tarde, durante una calurosa mañana de febrero de 1963, paseando por las costas de Río Grande do Sul (Brasil) un ciudadano brasileño de origen italiano, llamado Bruno Piatelli Bini, encontró una botella que era empujada por el agua. En su interior, poseía una hoja de papel enrollada con un texto manuscrito firmado por Frondizi y fechado el 30 de octubre de 1962, que decía:

“Reclamo la inmediata intervención de la ONU y de la OEA contra los militares que me han remplazado como presidente de la Argentina, para que, tras ocupar el territorio de mi país, se retorne a la normalidad institucional y se transfiera el mandato a los ciudadanos. Un grupo de militares de mentalidad ‘gorila’ y apetitos dictatoriales se sublevó contra mi condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas. Al resistirme a entregar el poder, fui enviado a la prisión de la isla Martín García a punta de pistola, perpetrándose un enorme crimen de alta traición. Deseo que se ponga fin al caos internacional en que se encuentra la Argentina con mi prisión y el cierre del Congreso. Desde ya, bajo mi condición de presidente de la Nación, autorizo la ocupación del territorio hasta que el país vuelva a la normalidad institucional. Arturo Frondizi”. [18]

El descubridor de la botella aseguró haber guardado ese mensaje -que dentro de la botella Frondizi habría arrojado a aguas del Río de la Plata- durante más de veinticinco años, por temor a que los gobiernos militares argentino y brasileño tomaran represalias contra él y su familia: “No dije nada antes porque tenía miedo...

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Ellos podían atentar contra mí o contra mi familia. Esa carta apareció en la misma playa donde yo ví cadáveres sin cabeza. Cadáveres de víctimas, según decían, de la dictadura argentina... Tuve miedo, mucho miedo. No me da vergüenza confesarlo”.

De vuelta a casa, en taxi

Con todo el ejército marchando hacia la Casa Rosada, en las últimas horas del gobierno de Illia, un joven teniente de granaderos, de 24 años, ordenó cerrar las puertas y colocó a los apenas 30 granaderos (armados con sables, fusiles y dos ametralladoras) en posición de defensa, una misión casi suicida. ¡Treinta hombres contra todo el Ejército! Por supuesto, fue en vano, pero contaba la intención. En su despacho, rodeado de jóvenes radicales, Illia se resistía. “¡Como Alem, se va a pegar un tiro!”, exclamaban. Illia le pidió su arma al edecán militar, pero éste se la negó y le dijo: “Señor, mi primer deber es interponerme entre el presidente de la Nación y la muerte”. [19] Consumado el golpe, Illia despreció el coche presidencial, y su última orden en la Casa Rosada fue pedir un taxi. Tanto su conductor como todos los que miraban la escena se quedaron estupefactos. El presidente constitucional recién derrocado subió al taxi y desapareció entre las sombras de esa triste madrugada.

“¿Viva el Rey?”

Con el presidente argentino Juan Carlos Onganía, la pompa principesca europea volvió a los salones y las costumbres de la Casa Rosada, inaugurando un pomposo episodio repleto de recepciones oficiales, galas teatrales y desfiles militares. El general se rodeó de una corte de empleados numerosa, a la que regía con riguroso protocolo. Incluso el director de ceremonial del palacio de Gobierno dictó nuevas normas precisas sobre los atuendos de los civiles que debían ingresar: “A partir de la fecha, ningún civil puede entrar sin saco y corbata”. El dictador recibía, según la importancia y la cantidad de sus interlocutores, en distintos salones y despachos del palacio presidencial, y en 1968 sorprendió a la opinión pública al llegar al acto inaugural de la Exposición Rural en el viejo carruaje que en 1910 había trasladado a la infanta Isabel de España durante las celebraciones por el Centenario. “¿Habrá que gritar viva el presidente o viva el rey?”, se preguntaban en el público.

La maldición

Tras el golpe de Estado de 1976, la esposa del general Jorge Rafael Videla, presidente de facto tras el derrocamiento de Isabel Perón, se negó a instalarse en la Quinta de Olivos porque sus sótanos albergaban un recuerdo aterrador: una capilla ardiente que velaba permanentemente el cadáver Evita, instalado allí por decisión del viejo Perón e Isabel: “De ninguna manera me pienso mudar hasta que no saquen el cadáver de ésa”, dijo Alicia Hartridge de Videla. Al dictador no le quedó otro remedio que enviar el féretro de la ex primera dama al panteón de la familia Duarte enel Cementerio de Recoleta.

Era octubre de 1976 y el traslado no fue fácil. Una ambulancia del Hospital Militar trasladó a la líder peronista fallecida hacía ya 24 años fuertemente escoltada por vehículos con militares uniformados y armados. El sargento que manejaba sufrió un infarto cuando llegaron a la Avenida del Libertador al 1800 y el suboficial que lo acompañaba, desesperado, agarró el freno de mano y la ambulancia se detuvo

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bruscamente. Los dos soldados que iban atrás, sorprendidos, se cayeron y se ensartaron las bayonetas en sus cuellos, muriendo pocos minutos después.

De espías y discursos

Una serie de ruiditos extraños en la Rosada hizo saltar las alarmas durante la gestión del radical Raúl Alfonsín, que asumió en 1983. Una profunda limpieza hecha por técnicos alemanes detectó viejos micrófonos escondidos por los rincones más impensables. Al poco tiempo, los ruidos extraños volvieron a resonar y Alfonsín se cuidaba de no hablar temas importantes cerca de macetas o floreros hasta que un empleado de la Casa ofreció la solución: “Les puede leer uno de sus discursos y dejar dormidos a los espías”. [20]

La casa no estaba en orden

Luego de negociar con los militares rebeldes en Campo de Mayo, en la Pascua de 1985, el presidente Raúl Alfonsín aterrizó con el helicóptero en la azotea de la Casa Rosada. Por el peso y el impacto de la nave, en el primer piso del edificio comenzaron a caer pedazos de mampostería. En ese mismo instante, iluso, mientras la Casa de gobierno se caía por pedacitos, Alfonsín manifestaba enérgico ante una incontable multitud en la Plaza de Mayo: “¡La casa está en orden!”

Expulsados por Decreto

El 28 de mayo de 1990, antes de salir de viaje, el presidente Menem firmó el decreto 1026 por el cual expulsaba a su mujer, Zulema Yoma, y a sus hijos de la quinta de Olivos. “Cuando vuelva quiero que todo esto esté solucionado. Esta casa es mía”, dijo a sus hombres. El hijo del presidente, Carlitos, había visto movimientos raros y le advirtió a su madre: “Vieja, andate rápido que hay una ambulancia estacionada. Me parece que te quieren meter en un loquero”.

Las imágenes difundidas por la TV fueron patéticas: la Primera Dama, de jogging azul y en zapatillas, abrazada a su hija Zulemita, tratando de comunicarse con su hijo a través de la mirilla de la quinta, adonde les impidieron la entrada. “¡Me lo tienen secuestrado a mi Carlitos! ¡El hijo del presidente ha sido secuestrado en plena democracia!”, gritaba Zulema. “Nos echó el Presidente por decreto. Nos dejó a mí y mis hijos con la ropa que tenemos puesta, y ni siquiera podemos entrar a buscar nuestras cosas”. Fue un escándalo. [21]

Los presidentes y la literatura

La lista de presidentes de Argentina comprende muy pocos hombres realmente cultos o apasionados por los libros. Se sabe, por ejemplo, que Bernardino Rivadavia tradujo a Alexis de Tocqueville (La democracia en América), y Mitre, al Dante (La divina comedia) y a Virgilio (La Eneida), además de ser -sobre todo en el campo de la historia- uno de los autores más prolíficos de la serie. Julio Roca fue un gran lector, al igual que Juan D. Perón, que leía mucho, abastecido por las bibliotecas de los institutos militares.

Varios presidentes argentinos fueron prominentes escritores. Bartolomé Mitre, fundador del diario La Nación, dejó una profusa producción bibliográfica donde se

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pueden encontrar pasajes de su paso por el poder. Sarmiento también escribió varios libros, en uno de los cuales recrea pasajes de su adolescencia, su carrera política y militar, sus destierros, sus exilios voluntarios y su vida literaria. Carlos Menem escribió un libro titulado Universos de mi tiempo, mientras que su antecesor, Raúl Alfonsín, escribió Memoria política en 2004.

El presidente Alejandro Lanusse escribió Mi testimonio y Confesiones de un general, donde revisa hechos que lo tuvieron como protagonista. El presidente de facto Reynaldo Bignone, que gobernó el país durante la desastroza guerra contra Gran Bretaña por las Islas Malvinas, escribió El último de facto, en cuyas páginas hay revelaciones sobre los celos y envidias en las Fuerzas Armadas. Su libro de cabecera era Los cinco minutos de Dios: tenía que leer un pensamiento por día y después se lo repetía al primero que se le cruzara en el camino.

Apodos presidenciales

La mayoría de los personajes políticos de la historia argentina cuenta con su correspondiente apodo. Se trata de una larga tradición que abarca desde el último virrey español, don Baltasar Hidalgo de Cisneros (“El sordo”) hasta la actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner (“CFK”), pasando por los presidentes Rivadavia (“El sapo del diluvio”), Sarmiento (“El loco”), Nicolás Avellaneda (“Chingolo”), Julio Roca (“El zorro”), Miguel Juárez Celman (“El burrito cordobés”), Carlos Pellegrini (“El gringo”), Luis Sáenz Peña (“El pavo”), José Evaristo Uriburu (“Lechuza”), Manuel Quintana (“El maniquí”), José Figueroa Alcorta (“Jettatore”), Roque Sáenz Peña (“Protocolo”), Victorino de la Plaza (“El chino”), Hipólito Yrigoyen (“El peludo”), Marcelo T. de Alvear (“El pelado”), José Félix Uriburu (“Von Pepe”), Pedro Aramburu (“El vasco”), Arturo Frondizi (“El flaco”), José María Guido (“Barón de Río Negro”), Arturo Illia (“La tortuga”), Juan Carlos Onganía (“La morsa”), Alejandro Lanusse (“Cano”), Héctor Cámpora (“El tío”), Carlos Menem (“El turco”), Fernando De la Rúa (“Chupete”), Eduardo Duhalde (“El cabezón”) y Néstor Kirchner (“El pingüino”). ¿Con qué apodo recordará la historia a Cristina Fernández?

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Referencias bibliográficas [1] Ruiz Moreno, Isidro. Los últimos años del presidente olvidado, publicado en Todo es historia, Año II, nº 13, Mayo de 1968, pp. 62-70. [2] Galasso, Cristina. Las anécdotas de la Casa Rosada. Planeta, 1999. P.23. [3] Ottaviano, Cynthia. Secretos de alcobas presidenciales, de Delfina Mitre a Cristina Kirchner, 2004. [4] Balmaceda, Daniel. Historias insólitas de la historia argentina. Ed. Norma, 2007. P. 186. [5] Castello, Antonio E. «Dios y la Patria me lo demanden», publicado en Todo es historia, Año XIII, nº 166, Marzo de 1981, pp. 57-58. [6] Wiñaski, Miguel. Textos de ayer para la Argentina de mañana. Cartas, anécdotas y testimonios, publicado en revista Viva, 16 de mayo de 2002. [7] Quesada, María Sáenz. «Pellegrini, el hombre del progreso», publicado en Todo es historia, Año XXXIX, nº 467, Junio de 2006. [8] Chirico, Gabriel. «De Quintana a Castillo. Las primeras damas», publicado en Todo es historia, Año XXXVIII, nº 452, Marzo de 2005. [9] Castello, Antonio E. Op. Cit. [10] Bufali, Andrés. Secretos presidenciales, Buenos Aires, Editorial SudExtremo, 2005, p. 57. [11] Galasso, Cristina. Op. Cit. p.56. [12] Lagos, Ovidio. La pasión de un aristócrata, Buenos Aires, EMECÉ, 1994. [13] Chirico, Gabriel. Op. Cit. [14] Del Pino, Diego. «Aurelia Tizón de Perón, mi maestra», publicado en Todo es Historia, Año XXXII, Diciembre de 1998. Pp. 78-91. [15] Bufali, Andrés. Op. Cit. pp. 89-90. [16] Galasso, Cristina. Op. Cit. pp.87-88. [17] Silva D’Andrea, Darío. «El búnker antinuclear de Perón», http://especiales.perfil.com/bunker_peron. Editorial Perfil, 2011. [18] Bufali, Andrés. Op. Cit. pp. 145-150. [19] Bufali, Andrés. El granadero que defendió a Illia, publicado en La Nación el 28 de junio de 2006. [20] Galasso, Cristina. Op. Cit. p.199. [21] Sierra, Julio. Primeras Damas argentinas. Mujeres en la cima del poder. El Ateneo, Buenos Aires, 2002, p. 244.

Otras obras consultadas

GALASSO, Norberto. Perón: Formación, ascenso y caída (1893-1955), p.581. Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2005.

PIGNA, Felipe. Los mitos de la historia argentina 4, Buenos Aires, Editorial Planeta, 2008.

SIERRA, Julio. Primeras damas argentinas. Mujeres en la cima del poder, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 2002.

LAGOS, Ovidio. La pasión de un aristócrata, Buenos Aires, EMECÉ, 1994.

LUNA, Félix. Alvear. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1988.

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LUNA, Félix. Fracturas y continuidades de la historia argentina, Buenos Aires, Stockcero, 2002.

LUNA, Félix; DELEIS, Mónica; TITTO, Ricardo; ARGUINDEGUY, Diego. El libro de los presidentes argentinos del siglo XX. La historia de los que dirigieron el país, Buenos Aires, Ediciones Aguilar, 2000.

Revista Todo es Historia

Roque Sáenz Peña: el constructor del parlamento moderno; Hipólito Yrigoyen: el luchador incansable; Colección Biografías Bicentenario, coordinada por Alejandro Ulloa, Buenos Aires, Planeta, 2009.        

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