Funke, Cornelia - Mundo de Tinta 1 - Corazón de tinta...

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Mundo de Tinta 1 CORAZÓN DE TINTA Cornelia Funke Ilustraciones de la autora Traducción de Rosa Pilar Blanco
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Funke, Cornelia - Mundo de Tinta 1 - Corazn de tinta [R2]

Mundo de Tinta 1

Corazn de tinta

Cornelia Funke

Ilustraciones de la autora

Traduccin de

Rosa Pilar Blanco

1 edicin: septiembre de 2004

2 edicin: septiembre de 2004

Premio nacional a la mejor

labor editorial cultural 2003

Ttulo original: Tinterherz

Coleccin dirigida por Michi Strausfeld

Diseo grfico: Gloria Gauger

Cecilie Dressler Verlag, Hamburg, 2003

De la traduccin, Rosa Pilar Blanco

Ediciones Siruela, S. A., 2004

Plaza de Manuel Becerra, 15. El Pabelln

28028 Madrid. Tels.: 91 355 57 20 / 91 355 22 02

Fax: 91 355 22 01

[email protected]

Printed and made in Spain

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RECOMENDACIN

Si te ha gustado esta lectura, recuerda que un libro es siempre el mejor de los regalos. Recomindalo para su compra y recurdalo cuando tengas que adquirir un obsequio.

y la siguiente

PETICIN

Libros digitales a precios razonables.

NDICE

Un extrao en la noche11

Secretos19

Al sur25

Una casa atiborrada de libros31

Una simple estampa41

Fuego y estrellas51

Lo que esconde la noche60

Solo62

Un mal cambio66

La cueva del len74

Cobarde78

Y ms hacia el sur81

El pueblo de Capricornio86

Misin cumplida96

Felicidad y desdicha101

Por aquel entonces105

El traidor traicionado116

Lengua de brujo130

Sombras perspectivas140

Serpientes y espinas152

Basta159

A salvo168

Una noche rebosante de palabras173

Fenoglio182

Un falso final190

Un estremecimiento y un presentimiento194

Una simple idea200

En casa203

Un buen lugar antiguo y adecuado para quedarse206

Pippo, el parlanchn210

En las alfombradas colinas223

De nuevo all229

La criada de Capricornio234

Secretos240

Distintas metas247

En casa de Capricornio252

Imprudencia254

Palabras quedas258

Un castigo para los traidores265

El caballo negro de la noche271

Farid275

Piel sobre el alfizar279

Un sitio oscuro287

El informe de Farid292

Unas cuantas mentiras para Basta297

Despiertos en plena noche300

Sola305

La urraca311

El orgullo de Basta y la astucia de Dedo Polvoriento319

Mala suerte para Elinor328

Por los pelos334

Un ser tan frgil336

Las frases correctas340

Fuego346

Traidores, indiscretos y estpidos353

La sombra358

Un pueblo abandonado365

Nostalgia371

A casa376

Nota bibliogrfica381

CORAZN DE TINTA

Para Anna,

Que abandon El Seor de los Anillos

Para leer este libro.

(Qu ms se puede pedir a una hija?)

Y para Elinor,

Que me prest su nombre, a pesar de que

no lo necesitaba, para una reina elfa.

Vino, vino.

vino una palabra, vino,

a travs de la noche vino,

deseando brillar.

Ceniza.

Ceniza, ceniza.

Noche.

Paul Celan, Stretto

UN EXTRAO EN LA NOCHE

La luna brillaba en el ojo del caballo balancn y en el ojo del ratn cuando Tolly lo sac de debajo de la almohada para contemplarlo. El reloj haca tictac, y en medio del silencio l crey or unos piececitos descalzos corriendo por el suelo, luego risas contenidas y cuchicheos y un sonido como si estuvieran pasando las pginas de un libro grande.

Lucy M. Boston, Los nios de Green Knowe

Aquella noche llova. Era una lluvia fina, murmuradora. Incluso aos y aos despus, a Meggie le bastaba cerrar los ojos para or sus dedos diminutos tamborileando contra el cristal. En algn lugar de la oscuridad ladraba un perro y Meggie no poda conciliar el sueo, por ms vueltas que diera en la cama.

Guardaba debajo de la almohada el libro que haba estado leyendo. La tapa presionaba su oreja, como si quisiera volver a atraparla entre las pginas impresas.

Vaya, seguro que es comodsimo tener una cosa tan angulosa y dura debajo de la cabeza le dijo su padre la primera vez que descubri un libro debajo de su almohada. Admtelo, por las noches te susurra su historia al odo.

A veces contest Meggie. Pero slo funciona con los nios pequeos. Como premio Mo le pellizc la nariz.

Mo. Meggie siempre haba llamado as a su padre.

Aquella noche en la que tantas cosas comenzaron y cambiaron para siempre Meggie guardaba debajo de la almohada uno de sus libros predilectos, y cuando la lluvia le impidi dormir, se incorpor, se despabil frotndose los ojos y sac el libro de debajo de la almohada. Cuando lo abri, las pginas susurraron prometedoras. Meggie opinaba que ese primer susurro sonaba distinto en cada libro, dependiendo de si saba lo que le iba a relatar o no. Sin embargo, ahora lo fundamental era disponer de luz. En el cajn de su mesilla de noche esconda una caja de cerillas. Su padre le haba prohibido encender velas por la noche. El fuego no le gustaba.

El fuego devora los libros deca siempre, pero al fin y al cabo ella tena doce aos y era capaz de controlar un par de velas.

A Meggie le gustaba leer a la luz de las velas. En el antepecho de la ventana tena tres fanales y tres candeleros. Cuando estaba aplicando la cerilla ardiendo a una de las mechas negras, oy pasos en el exterior. Asustada, apag la cerilla de un soplido con qu precisin lo recordaba todava muchos aos despus!, se arrodill ante la ventana mojada por la lluvia y mir hacia fuera. Entonces lo vio.

La oscuridad palideca a causa de la lluvia y el extrao era apenas una sombra. Slo su rostro brillaba hacia Meggie desde el exterior. El pelo se adhera a su frente mojada. La lluvia chorreaba sobre l, pero no le prestaba atencin. Permaneca inmvil, los brazos cruzados contra el pecho, como si de ese modo pretendiera entrar en calor. El desconocido no apartaba la vista de su casa desde el otro lado.

Tengo que despertar a Mo, pens Meggie. Pero se qued sentada, con el corazn palpitante, los ojos clavados en la noche, como si el extrao le hubiera contagiado su inmovilidad. De pronto, el desconocido gir la cabeza y a Meggie le dio la impresin de que la miraba de hito en hito. Se desliz fuera de la cama con tal celeridad que el libro abierto cay al suelo. Ech a correr descalza y sali al oscuro pasillo. En la vieja casa haca fresco, a pesar de que estaba finalizando el mes de mayo.

En la habitacin de su padre an haba luz. l sola permanecer despierto hasta bien entrada la noche, leyendo. Meggie haba heredado de l la pasin por los libros. Cuando despus de una pesadilla buscaba refugio a su lado, nada le haca conciliar el sueo mejor que la tranquila respiracin de su padre junto a ella y el ruido que produca al pasar las pginas. Nada ahuyentaba ms deprisa los malos sueos que el crujido del papel impreso.

Pero la figura que estaba ante la casa no era un sueo, era real.

El libro que Mo lea aquella noche tena las tapas de tela azul plido. Meggie tambin se acordara de eso ms adelante. Qu cosas tan triviales se quedan adheridas a la memoria!

Mo, hay alguien en el patio!

Su padre levant la cabeza y la mir con aire ausente, como siempre que interrumpa su lectura. Sola costarle unos momentos encontrar el camino desde el otro mundo, desde el laberinto de las letras.

Que hay alguien? Ests segura?

S. Est mirando fijamente nuestra casa.

Su padre apart el libro.

Qu has estado leyendo antes de dormirte? El Dr. Jekyll y Mr. Hyde?

Meggie frunci el ceo.

Por favor, Mo! Ven conmigo.

No la crea, pero la sigui. Meggie tiraba de l con tanta impaciencia que en el pasillo se golpe los dedos de los pies con un montn de libros. Con qu si no? Los libros se amontonaban por toda la casa. No slo estaban en las estanteras como en otras casas, no, en la suya se apilaban debajo de las mesas, sobre las sillas, en los rincones de las habitaciones. Haba libros en la cocina, en el lavabo, encima del televisor, en el ropero, en montoncitos, en grandes montones, gordos, delgados, viejos, nuevos... Los libros reciban a Meggie con las pginas abiertas sobre la mesa del desayuno en un gesto imitador, ahuyentaban el aburrimiento en los das grises... y a veces tropezaba con ellos.

Est ah quieto, sin ms! susurr Meggie mientras arrastraba a su padre hasta su habitacin.

Tiene la cara peluda? En ese caso podra ser un hombre lobo.

Calla de una vez! Meggie lo mir con severidad, a pesar de que las bromas de su padre disipaban su miedo. Ella misma crea ya que aquella figura en medio de la lluvia era obra de su imaginacin... hasta que volvi a arrodillarse delante de su ventana. Ah! Lo ves? musit.

Su padre mir hacia el exterior, a travs de las gotas de lluvia que caan, pero no dijo nada.

No juraste que jams vendra un ladrn a nuestra casa porque no hay nada que robar? susurr Meggie.

se no es un ladrn respondi su padre, pero su rostro estaba tan serio cuando se apart de la ventana que el corazn de Meggie lati ms deprisa. Vete a la cama, Meggie le aconsej. Esa visita es para m.

Y antes de que Meggie pudiera preguntarle qu demonios de visita era aquella que se presentaba en mitad de la noche, abandon la habitacin. La nia lo sigui, inquieta. Desde el pasillo oy cmo soltaba la cadena de la puerta de entrada, y al llegar al vestbulo vio a su padre plantado en el umbral.

La noche irrumpi, oscura y hmeda, y el fragor de la lluvia tron amenazador.

Dedo Polvoriento! grit Mo en direccin a la oscuridad. Eres t?

Dedo Polvoriento? Qu nombre era se? Meggie no recordaba haberlo odo jams, y sin embargo le resultaba familiar, como un recuerdo lejano que no acabase de tomar forma.

Al principio en el exterior persista el silencio. Slo se oa el rumor, los cuchicheos y susurros de la lluvia, como si la noche hubiera adquirido voz de repente. Pero luego unos pasos se aproximaron a la casa, y el hombre que permaneca en el patio surgi de la oscuridad. Su largo abrigo se le pegaba a las piernas, empapado por la lluvia, y cuando el desconocido irrumpi en la luz que se escapaba de la casa, durante una fraccin de segundo Meggie crey ver sobre su hombro una cabecita peluda que se asomaba para fisgonear fuera de su mochila y volva a desaparecer en el acto en su interior.

Dedo Polvoriento se pas la manga por la cara mojada y tendi la mano a Mo.

Qu tal te va, Lengua de Brujo? pregunt. Hace ya mucho tiempo.

Mo, vacilante, estrech la mano que le tenda.

S, mucho respondi mientras acechaba ms all del visitante, como si estuviese esperando que otra figura surgiese de la noche.

Entra, que vas a pillar una pulmona. Meggie dice que llevas un buen rato ah fuera.

Meggie? Ah, s, claro.

Dedo Polvoriento sigui a Mo al interior de la casa. Examin a Meggie con tanto detenimiento que, de pura timidez, la nia no saba dnde fijar la vista. Al final se limit a clavar sus ojos en el desconocido.

Ha crecido.

Te acuerdas de ella?

Por supuesto.

Meggie observ que su padre cerraba dando dos vueltas a la llave.

Qu edad tiene ahora? inquiri sonriendo Dedo Polvoriento.

Era una sonrisa extraa. Meggie no acert a decidir si era sardnica, condescendiente o simplemente tmida. Ella no se la devolvi.

Doce contest Mo.

Doce? Cielo santo!

Dedo Polvoriento se apart de la frente el pelo empapado. Le llegaba casi hasta los hombros. Meggie se pregunt de qu color sera cuando estuviese seco. Alrededor de la boca, de labios finos, los caones de la barba eran rojizos como la piel del gato callejero al que Meggie dejaba a veces una tacita de leche delante de la puerta. Tambin brotaban en sus mejillas, ralos como la barba incipiente de un joven. No lograban ocultar las cicatrices, tres largas cicatrices plidas que suscitaban la impresin de que en algn momento haban roto y recompuesto la cara de Dedo Polvoriento.

Doce aos repiti. Claro. Por entonces contaba... tres, no es cierto?

Mo asinti.

Ven, te dar algo que ponerte. Arrastr a su visitante consigo, lleno de impaciencia, como si de repente tuviera prisa por ocultarlo a los ojos de Meggie. Y t... dijo lanzando a su hija una mirada por encima del hombro, t vete a dormir, Meggie.

Acto seguido, sin ms palabras, cerr tras de s la puerta del taller.

Meggie se qued all, frotndose los pies fros uno contra otro. Vete a dormir. A veces, cuando se haba hecho demasiado tarde, su padre la tiraba en la cama como si fuera un saco de patatas. Otras, despus de cenar, la persegua por toda la casa hasta que ella, sin aliento por la risa, se pona a salvo en su habitacin. Y algunas se senta tan cansado, que se tenda en el sof y su hija le preparaba un caf antes de acostarse. Pero nunca, nunca la haba mandado a la cama como haca un momento.

Un presentimiento, pegajoso por el miedo, se instal en su corazn: con ese desconocido cuyo nombre sonaba tan extrao y sin embargo tan familiar, haba irrumpido en su vida algo amenazador. Y dese con tal vehemencia que ella misma se asust no haber ido a buscar a Mo y que Dedo Polvoriento se hubiera quedado fuera hasta que se lo hubiese llevado la lluvia.

Cuando la puerta del taller se abri de nuevo, la nia se estremeci, sobresaltada.

Pero an sigues aqu? pregunt su padre. Vete a la cama, Meggie, enseguida.

Su padre mostraba esa arruguita encima de la nariz que slo apareca cuando algo le preocupaba de verdad, y la mir con aire ausente, como si sus pensamientos vagaran muy lejos de all. Un presentimiento creci en el corazn de Meggie y despleg sus alas negras.

Dile que se vaya, Mo! exclam mientras l la conduca hacia su habitacin. Por favor, dile que se vaya! Me resulta insoportable.

Su padre se apoy en la puerta abierta.

Maana, cuando te levantes, se habr ido. Palabra de honor.

Palabra de honor? Sin cruzar los dedos? Meggie lo mir fijamente a los ojos. Ella siempre se daba cuenta de cuando su padre le menta, por mucho que l se esforzara en disimularlo.

Sin cruzar los dedos respondi l levantando ambas manos como prueba.

A continuacin sali y cerr la puerta, a pesar de saber que a ella no le gustaba. Meggie peg la oreja a la puerta y aguz el odo. Oy el tintineo de la vajilla. Vaya, a Barba de Zorro le estaban dando un t para que entrase en calor. Espero que coja una pulmona, pens Meggie. Aunque no tena por qu morirse de ella, como la madre de su profesora de ingls. Meggie oy silbar la tetera en la cocina y a Mo regresando al taller con una bandeja repleta de vajilla tintineante.

Despus de haberse cerrado la puerta, la nia aguard unos segundos por precaucin, aunque le cost lo suyo. Luego volvi a deslizarse sigilosamente hasta el pasillo.

En la puerta del taller de Mo colgaba un letrero, una delgada placa de hojalata. Meggie se saba de memoria las palabras que figuraban en l. A los cinco aos se haba ejercitado en la lectura con aquellas letras puntiagudas pasadas de moda:

Algunos libros han de ser paladeados,

otros se engullen,

y slo unos pocos se mastican

y se digieren por completo.

Por entonces, cuando an tena que encaramarse a un cajn para descifrar el letrero, haba credo que lo de masticar se deca en sentido literal, y se haba preguntado, horrorizada, por qu precisamente Mo haba colgado en su puerta las palabras de un profanador de libros.

Ahora, con el paso del tiempo, saba lo que quera decir, pero esa noche las palabras escritas no le interesaban. Quera entender las palabras habladas, susurradas, pronunciadas en voz baja, casi inaudibles, que los dos hombres cruzaban detrs de la puerta.

No lo subestimes! oy decir a Dedo Polvoriento.

Qu distinta sonaba su voz a la de Mo. Ninguna voz sonaba como la de su padre. Con ella Mo era capaz de pintar cuadros en el aire.

l hara cualquier cosa por conseguirlo! se era de nuevo Dedo Polvoriento. Y cualquier cosa, creme, significa cualquier cosa.

Jams se lo dar sa era la voz de su padre.

Pero l lo conseguir de un modo u otro! Te lo repito: te siguen la pista.

No sera la primera vez. Hasta ahora siempre he conseguido quitrmelos de encima.

Ah, s? Y cunto tiempo crees que podrs todava? Qu ser de tu hija? O acaso pretendes convencerme de que le gusta trasladarse continuamente de la ceca a la meca? Creme, s de lo que estoy hablando.

Detrs de la puerta se hizo tal silencio que Meggie casi no se atreva a respirar por miedo a que ambos hombres la oyeran.

Su padre comenz a hablar de nuevo, aunque con cierta vacilacin, como si le costase articular las palabras.

Y qu... qu debo hacer en tu opinin?

Acompaarme. Yo te llevar con ellos! Una taza tintine. Una cucharilla golpe contra la porcelana. Cmo se engrandecen los sonidos en medio del silencio. Ya sabes que Capricornio tiene en alta estima tu talento. Seguro que se alegrar si se lo ofreces t mismo! El nuevo que ha entrado a sustituirte es un chapucero terrible.

Capricornio. Otro de esos nombres extraos. Dedo Polvoriento lo haba soltado como si el sonido fuese capaz de partirle la lengua a mordiscos. Meggie movi los helados dedos de sus pies. El fro le llegaba ya a la nariz y no entenda mucho de lo que hablaban los dos hombres, pero intentaba grabar en su memoria cada palabra.

En el taller reinaba de nuevo el silencio.

No s... dijo su padre al fin. Su voz sonaba tan cansada que a Meggie se le encogi el corazn. Necesito reflexionar. Cundo estimas que llegarn aqu sus hombres?

Pronto!

La palabra cay en el silencio como una piedra.

Pronto repiti Mo. Bien. Siendo as me decidir de aqu a maana. Tienes un lugar donde dormir?

Oh, eso siempre se encuentra respondi Dedo Polvoriento. Con el paso del tiempo he aprendido a aparmelas muy bien, a pesar de que todava me resulta todo demasiado vertiginoso su risa no son alegre. No obstante, me gustara conocer tu decisin. Te parece bien que vuelva maana? A eso del medioda?

De acuerdo. Recojo a Meggie a la una y media en el colegio. Ven despus.

Meggie oy cmo corran una silla. Regres a su cuarto a toda prisa. Cuando se abri la puerta del taller, estaba cerrando la suya tras de s. Acostada y con la manta estirada hasta la barbilla, aguz los odos para or a su padre despidindose de Dedo Polvoriento.

Bueno, gracias de nuevo por la advertencia le oy decir.

Despus, los pasos de Dedo Polvoriento se alejaron, lentos, vacilantes, como si le costara marcharse, como si an no hubiese dicho todo lo que deseaba decir.

Pero al final se march. La lluvia segua tamborileando con sus dedos mojados contra la ventana de Meggie.

Cuando Mo abri la puerta de su habitacin, cerr rpidamente los ojos e intent respirar despacio, como si estuviese sumida en el ms profundo e inocente sueo.

Pero su padre no era tonto. A veces, desde luego, era francamente listo.

Meggie, saca un pie fuera de la cama le dijo.

De mala gana asom por debajo de la manta los dedos de un pie, todava fros, y los puso en la mano caliente de Mo.

Lo saba dijo l. Has estado espiando. Es que no puedes obedecerme ni siquiera una sola vez?

Con un suspiro volvi a deslizar el pie bajo la manta, deliciosamente clida. Acto seguido Mo se sent en la cama a su lado, se pas las manos por el rostro fatigado y mir por la ventana. Su pelo era oscuro como piel de topo. El cabello de Meggie era rubio como el de su madre, a la que slo conoca por unas cuantas fotos descoloridas.

Algrate de parecerte a ella ms que a m deca siempre su padre. Mi cabeza no quedara nada bien sobre un cuello de nia.

A Meggie, sin embargo, le habra gustado asemejarse ms a l. No haba ninguna cara en el mundo que ella amase ms.

De todas formas no he entendido nada de lo que habis hablado murmur.

Bien.

Mo no apartaba la vista de la ventana, como si Dedo Polvoriento continuara en el patio. Despus se levant y se aproxim a la puerta.

Intenta dormir un poco le aconsej.

Pero a Meggie no le apeteca dormir.

Dedo Polvoriento! Pero qu nombre es se? inquiri. Y por qu te llama Lengua de Brujo?

Mo no respondi.

Y luego est ese que te anda buscando... lo escuch cuando lo dijo Dedo Polvoriento... Capricornio. Quin es?

Nadie que debas conocer repuso su padre sin volverse. Crea que no habas entendido ni una palabra. Hasta maana, Meggie.

Esta vez dej la puerta abierta. La luz del pasillo caa sobre su cama, mezclndose con la negrura de la noche que se filtraba por la ventana, y Meggie se qued all tumbada, esperando a que la oscuridad desapareciera de una vez y se llevase consigo la sensacin de alguna desgracia inminente.

Slo mucho ms adelante comprendi que la desgracia no haba nacido aquella noche. Tan slo haba regresado a hurtadillas.

Cornelia FunkeCorazn de tinta

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SECRETOS

Qu hacen esos nios sin libros de cuentos? pregunt Neftal.

Y Reb Zebulun replic:

Tienen que apaarse. Los cuentos no son como el pan. Se puede vivir sin ellos.

Yo no podra vivir sin ellos dijo Neftal.

Isaac B. Singer, Neftal, el narrador, y su caballo Sus

Al amanecer, Meggie se despert sobresaltada. La noche palideca sobre los campos, como si la lluvia hubiera desteido el borde de su vestido. En el despertador faltaba poco para las cinco, y Meggie se dispona a darse media vuelta y seguir durmiendo, cuando de repente sinti que haba alguien en la habitacin. Se incorpor asustada y vio a Mo parado ante su armario ropero abierto.

Buenos das salud mientras depositaba en una maleta su jersey preferido. Lo siento, ya s que es muy temprano, pero hemos de salir de viaje. Te apetece un cacao para desayunar?

Meggie asinti, borracha de sueo. En el exterior, los pjaros trinaban con bro, como si llevasen horas despiertos.

Mo guard dos de sus pantalones en la maleta, la cerr y la transport hasta la puerta.

Ponte algo abrigado le advirti. Fuera hace fro.

Adnde vamos? pregunt Meggie, pero l ya haba desaparecido.

Aturdida, ech una mirada hacia el exterior. Casi esperaba ver all a Dedo Polvoriento, pero en el patio slo brincaba un mirlo sobre las piedras hmedas por la lluvia. Meggie se puso unos pantalones y se encamin a la cocina andando a trompicones. En el pasillo haba dos maletas, una bolsa de viaje y la caja con las herramientas de Mo.

Su padre estaba sentado a la mesa de la cocina preparando bocadillos. Provisiones para el viaje. Cuando ella entr, alz la vista unos instantes y le dedic una sonrisa, pero Meggie percibi su preocupacin.

No podemos irnos de viaje, Mo! le dijo. Las vacaciones no empiezan hasta dentro de una semana!

Y qu? Al fin y al cabo no es la primera vez que tengo que marcharme por un encargo sin que haya acabado el colegio.

En eso tena razn. Suceda incluso con frecuencia: cada vez que algn librero de libros antiguos, un biblifilo o una biblioteca necesitaba un encuadernador, Mo reciba el encargo de liberar de moho y polvo a un par de valiosos libros antiguos o cortarles un traje nuevo. A Meggie le pareca que el calificativo de encuadernador no le haca justicia al trabajo que realizaba su padre, por eso haca unos aos le haba confeccionado un rtulo para su taller en el que se lea: Mortimer Folchart, mdico de libros. Y ese mdico de libros jams acuda a visitar a sus pacientes sin su hija. As haba sido siempre en el pasado y as seguira siendo en el futuro, dijeran lo que dijesen al respecto los profesores de Meggie.

Qu hay de la varicela? He utilizado esa justificacin alguna vez?

La ltima. Cuando tuvimos que ir a casa de ese tipo horrible de las Biblias. Meggie escrut el rostro de su progenitor. Mo, tenemos que irnos por... por lo de anoche?

Durante un instante pens que l iba a contarle todo lo necesario. Pero su padre neg con la cabeza.

Qu disparate, no! repuso metiendo en una bolsa de plstico los bocadillos que acababa de preparar. Tu madre tena una ta. La ta Elinor. Estuvimos una vez en su casa, siendo t muy pequea. Ella desea desde hace tiempo que arregle sus libros. Vive junto a uno de los lagos de Lombarda, siempre olvido su nombre, pero es un sitio precioso, y dista a lo sumo seis o siete horas de viaje de aqu no la mir mientras hablaba.

Por qu tiene que ocurrir precisamente ahora?, deseaba preguntar Meggie. Pero se call. Tampoco pregunt si haba olvidado su cita de la tarde. Le atemorizaban demasiado las respuestas... y que su padre volviera a mentirle.

Es igual de rara que los dems? se limit a preguntar.

Mo ya la haba llevado a visitar a algunos parientes. Su familia y la de la madre de Meggie eran muy nutridas y estaban dispersas por media Europa, al menos as le pareca a Meggie.

Mo sonri.

Un poquito rara s que es, pero te entenders con ella. Posee libros que son una maravilla.

Cunto tiempo estaremos fuera?

Puede que bastante.

Meggie dio un sorbo al cacao. Estaba tan caliente que se quem los labios. Presion con presteza un cuchillo fro contra su boca.

Su padre apart la silla.

An tengo que empaquetar un par de cosas en el taller le inform. Pero no tardar mucho. Seguro que ests muerta de sueo, pero ya dormirs luego, en el autobs.

Meggie se limit a asentir con una inclinacin de cabeza y atisbo por la ventana de la cocina. Era una maana gris. La niebla estaba suspendida sobre los campos que se extendan hasta las colinas cercanas, y a Meggie le pareci que las sombras de la noche se haban escondido entre los rboles.

Guarda las provisiones y llvate lectura en abundancia! le grit Mo desde el pasillo.

Como si ella no lo hiciera siempre. Aos atrs l le haba construido una caja para guardar sus libros favoritos durante todos sus viajes, cortos y largos, lejanos y cercanos.

Es agradable disponer de tus libros en lugares extraos acostumbraba a decir su padre. l mismo se llevaba siempre media docena como mnimo.

Mo haba lacado la caja en color rojo amapola, la flor preferida de Meggie, cuyos ptalos se secaban de maravilla entre las pginas de un libro y cuyo pistilo estampaba el dibujo de una estrella en la piel. En la tapa, Mo haba escrito con unas esplndidas letras entrelazadas Caja del tesoro de Meggie y la haba forrado por dentro con un brillante tafetn negro. Sin embargo, casi no se vea porque los libros favoritos de Meggie eran muchos. Y siempre se aada alguno ms, durante un nuevo viaje, en cualquier otro lugar.

Si te llevas un libro a un viaje le haba dicho Mo cuando introdujo el primero en la caja sucede algo muy extrao: el libro empezar a atesorar tus recuerdos. Ms tarde, te bastar con abrirlo para trasladarte al lugar donde lo leste por vez primera. Y con las primeras palabras recordars todo: las imgenes, los olores, el helado que te comiste mientras leas... Creme, los libros son como esas tiras de papel matamoscas. A nada se pegan tan bien los recuerdos como a las pginas impresas.

Seguramente tena razn. Pero Meggie se llevaba en cada viaje sus libros tambin por otro motivo. Eran su hogar cuando estaba fuera de casa: voces familiares, amigos que nunca se peleaban con ella, amigos inteligentes, poderosos, audaces, experimentados, grandes viajeros curtidos en mil aventuras. Sus libros la alegraban cuando estaba triste y disipaban su aburrimiento mientras su padre cortaba el cuero y las telas y encuadernaba de nuevo viejas pginas que se haban tornado quebradizas por los incontables aos y dedos que haban pasado sus hojas.

Algunos libros la acompaaban siempre; otros se quedaban en casa porque no se adecuaban a la finalidad del viaje o porque tenan que dejar sitio para una nueva historia an desconocida.

Meggie acarici los lomos abombados. Qu relatos deba llevarse esta vez? Qu historias eran un buen remedio contra el miedo que la noche anterior se haba infiltrado dentro de casa? Qu tal una historia de mentiras?, pens Meggie. Mo le menta, a pesar de saber que ella se lo notaba siempre en la nariz. Pinocho, pens Meggie. No. Demasiado inquietante. Y demasiado triste. Tendra que llevarse algo emocionante, algo que ahuyentase todos los pensamientos de su mente, incluso los ms sombros. Las brujas, claro. Se llevara algo sobre las brujas calvas que convertan a los nios en ratones... y Ulises con el cclope y la maga que converta a los guerreros en cerdos. Ms peligroso que ese viaje no poda resultar el suyo, o s?

A la izquierda del todo haba dos libros ilustrados con los que Meggie haba aprendido a leer contaba cinco aos por entonces, la huella de su diminuto y ambulante dedo ndice an se perciba en las pginas y en el fondo, ocultos debajo de todos los dems, estaban los libros que haba hecho la propia Meggie. Se haba pasado das enteros recortando y pegando, pintando imgenes siempre nuevas bajo las que Mo tena que escribir lo que vea en ellas: Un ngel con cara feliz, de Meggie para Mo. Su nombre lo haba escrito de su puo y letra, por entonces siempre se coma la e final. Meggie contempl las letras desmaadas y volvi a depositar el librito en la caja. Como es lgico, su padre la haba ayudado a encuadernarlo y haba provisto a todos los libros hechos por ella de tapas de papel con dibujos de colores, y para los dems le haba regalado un sello que estampaba su nombre y la cabeza de un unicornio en la primera pgina, a veces con tinta negra, otras roja, segn le apeteciera a Meggie. Mo, sin embargo, jams le haba ledo sus libros en voz alta. Ni una sola vez.

Su padre la haba lanzado al aire, muy alto, la haba llevado a hombros por toda la casa o le haba enseado cmo confeccionar un marca pginas con plumas de mirlo. Pero nunca le haba ledo en voz alta. Ni una sola vez, ni una sola palabra, por mucho que ella le pusiera los libros en el regazo. As que Meggie haba tenido que aprender sola a descifrar los negros signos, a abrir la caja del tesoro...

Se incorpor.

En la caja an quedaba algo de sitio. A lo mejor su padre le ofreca algn libro nuevo que ella pudiera llevarse, uno muy gordo y maravilloso...

La puerta de su taller estaba cerrada.

Mo?

Meggie presion el picaporte. La larga mesa de trabajo estaba limpia y reluciente, sin un solo sello, sin una cuchilla. Mo realmente lo haba empaquetado todo. As pues, le haba mentido?

Meggie entr en el taller y acech a su alrededor. La puerta de la cmara del oro estaba abierta. En realidad era un simple trastero, pero Meggie haba bautizado as ese cuartito porque su padre guardaba all sus materiales ms valiosos: la piel ms fina, las telas ms bellas, papeles jaspeados, sellos con los que estampaba dibujos dorados sobre el cuero... Meggie asom la cabeza por la puerta abierta... y divis a Mo envolviendo en papel un libro. No era muy grande, ni tampoco demasiado grueso. La encuadernacin de tela verde plido pareca gastada por el uso, pero Meggie no acert a ver nada ms, pues su padre, apenas repar en su presencia, ocult apresuradamente el libro a su espalda.

Qu haces aqu? le pregunt con tono spero.

Yo... durante unos instantes Meggie se qued sin habla del susto, tan sombro era su rostro yo slo quera preguntarte si tenas un libro para m... los de mi cuarto ya me los he ledo todos y...

Mo se pas la mano por la cara.

Claro. Seguro que encontrar algo respondi, pero sus ojos seguan diciendo: Vete. Vete, Meggie. Y a su espalda cruja el papel de embalar. Ir a verte enseguida le asegur. Slo me queda empaquetar un par de cosas, vale?

Al poco rato le llev tres libros. Pero el que haba envuelto en papel de embalar no figuraba entre ellos.

Una hora ms tarde lo sacaron todo al patio. Al salir, Meggie se estremeci. Era una maana fra como la lluvia de la noche pasada, y el sol colgaba plido del cielo como una moneda que alguien hubiera perdido all arriba.

Haca apenas un ao que vivan en la vieja granja. A Meggie le gustaba la panormica de las colinas circundantes, los nidos de golondrina debajo del alero, el pozo seco que te bostezaba negrura en la cara como si bajase derecho hasta el corazn de la Tierra. La casa le haba parecido siempre demasiado grande, con demasiadas corrientes y habitaciones vacas en las que moraban araas gordas, pero el alquiler era ventajoso y Mo dispona de espacio suficiente para sus libros y el taller. Adems, al lado de la casa haba un gallinero, y el granero, en el que ahora estaba aparcado su viejo autobs, era ptimo para albergar unas vacas o un caballo.

A las vacas hay que ordearlas, Meggie le dijo su padre un da que Meggie le propuso probar al menos con dos o tres ejemplares. Muy temprano, al despuntar la maana. Y todos los das.

Y un caballo? inquiri la nia. Hasta Pippi Calzaslargas tiene uno, y ella ni siquiera dispone de establo.

Tambin se habra dado por satisfecha con unas cuantas gallinas o con una cabra, pero a estos animales tambin haba que darles de comer a diario, y ellos salan de viaje con excesiva frecuencia. As que a Meggie slo le quedaba el gato de color naranja que acuda furtivamente a veces, cuando se haba cansado de pelearse con los perros en la granja de al lado. El viejo campesino grun que viva all era su nico vecino. En ocasiones, sus perros soltaban unos aullidos tan lastimeros que Meggie se tapaba los odos. El pueblo ms prximo, a cuyo colegio ella acuda y en el que vivan dos de sus amigas, distaba veinte minutos en bici, pero su padre sola llevarla en coche, porque era un camino solitario y la estrecha carretera serpenteaba a lo largo de los campos entre rboles de denso follaje.

Cielos, qu has metido aqu dentro? Ladrillos? pregunt Mo mientras sacaba de casa la caja de libros de su hija.

T siempre dices lo mismo: los libros tienen que pesar porque el mundo entero est encerrado en ellos respondi Meggie... hacindole rer por primera vez aquella maana.

El autobs, que estaba aparcado en el destartalado granero como un animal moteado de colores, le resultaba ms familiar a Meggie que todas las casas en las que haba residido con su padre. En ninguna parte dorma a pierna suelta como en la cama que l le haba construido en el autobs. Como es natural, tambin dispona de una mesa, un rincn para cocinar y un banco, bajo cuyo asiento, al levantarlo, aparecan guas de viaje, mapas de carreteras y libros de bolsillo gastados de tanto leerlos.

S. Meggie amaba el autobs, pero aquella maana titube antes de subir. Cuando su padre volvi a retroceder hasta la casa para cerrar la puerta, le embarg la sbita sensacin de que nunca regresaran, de que ese viaje sera distinto a todos los dems, de que continuaran viajando sin cesar para huir de algo sin nombre. Al menos Mo no se lo haba revelado.

Bueno, al sur! se limit a decir cuando se acomod detrs del volante. Y se pusieron en camino... sin despedirse de nadie, a una hora demasiado temprana en una maana que ola a lluvia.

Dedo Polvoriento los esperaba junto al portn.

AL SUR

Ms all del Bosque empieza el Ancho Mundo dijo la Rata. Y eso es algo que no importa, ni a ti ni a m. Yo nunca he estado all, y jams voy a ir, ni t tampoco, si tienes una pizca de juicio.

Kenneth Grahame, El viento en los sauces

Dedo Polvoriento deba de haber estado aguardando en la carretera, detrs del muro. Meggie haba hecho equilibrio sobre l cien veces o ms, recorrindolo hasta los goznes oxidados del portn para luego volver atrs con los ojos firmemente cerrados y ver con ms claridad el tigre de ojos amarillos como el mbar que acechaba al pie del muro, entre el bamb, o los rpidos que espumeaban a su izquierda y a su derecha.

Ahora el nico que estaba all era Dedo Polvoriento. Pero ninguna otra visin habra hecho latir ms deprisa el corazn de Meggie. Apareci tan bruscamente, vestido con un jersey, los brazos ateridos ciendo el torso, que Mo estuvo a punto de atropellado. Su abrigo deba de estar todava hmedo de la lluvia, aunque el pelo se le haba secado. Rubio rojizo, se erizaba sobre el rostro marcado por las cicatrices.

Mo profiri una maldicin ahogada, apag el motor y se ape del autobs. Dedo Polvoriento esboz su extraa sonrisa y se apoy en el muro.

Adnde te proponas ir, Lengua de Brujo? pregunt. No tenamos una cita? Ya me diste plantn una vez de este modo, lo recuerdas?

Sabes de sobra que tengo prisa contest Mo. La razn es la misma de entonces.

Segua de pie junto a la puerta abierta del vehculo, esperando impaciente a que Dedo Polvoriento se apartase al fin de su camino.

Pero ste simulaba no apercibirse de la impaciencia de Mo.

Puedo saber adnde te diriges ahora? pregunt. La ltima vez me pas cuatro aos buscndote, y con un poco de mala suerte los hombres de Capricornio te habran encontrado antes que yo.

Mir a Meggie y la nia le devolvi la mirada con expresin hostil.

Mo call un instante antes de contestar.

Capricornio est en el norte dijo por fin. As que nos dirigimos hacia el sur. O es que mientras tanto ha plantado sus tiendas en otro lugar?

Dedo Polvoriento contempl la carretera. La lluvia cada la noche anterior brillaba en los baches.

No, no repuso. Contina en el norte. Esto es lo que se oye, y ya que evidentemente has decidido no darle lo que busca, lo mejor ser que yo tambin me encamine sin demora hacia el sur. Sabe Dios que no me gustara ser el que d la mala noticia a las huestes de Capricornio. As que si quisierais llevarme un trecho con vosotros... Estoy listo para partir!

Sac a rastras de detrs del muro dos bolsas que parecan haber dado la vuelta al mundo una docena de veces. Aparte de ellas, Dedo Polvoriento slo llevaba consigo una mochila.

Meggie apret los labios.

No, Mo! pens. Que no venga con nosotros! Pero le bast mirar a su padre para saber que respondera lo contrario.

Vamos, hombre! exclam Dedo Polvoriento. Qu les voy a contar a los hombres de Capricornio si llego a caer en sus manos?

Plantado all, pareca tan perdido como un perro abandonado. Y por ms que Meggie se esforzaba por descubrir algo sospechoso en l, nada pudo encontrar a la plida luz de la maana. A pesar de todo, no deseaba que los acompaase. As lo deca claramente la expresin de su rostro, pero ninguno de los dos hombres le prestaba atencin.

Creme, no podra ocultarles mucho tiempo que te he visto prosigui Dedo Polvoriento. Y adems... vacil antes de terminar la frase adems... todava ests en deuda conmigo, no?

Mo agach la cabeza. Meggie vio cmo su mano se cerraba agarrando con fuerza la puerta abierta del coche.

Si quieres considerarlo as dijo. De acuerdo, lo admito, estoy en deuda contigo.

En el rostro de Dedo Polvoriento, surcado por las cicatrices, se dibuj una expresin de alivio. Rpidamente se ech la mochila al hombro y se dirigi con sus bolsas hacia el autobs.

Esperad! grit Meggie cuando Mo sala a su encuentro para echarle una mano con las bolsas. Si va a venir con nosotros, quiero saber primero por qu huimos. Quin es ese tal Capricornio?

Mo se volvi hacia su hija.

Meggie... empez a decir en un tono que conoca ms que de sobra: Meggie, no seas tonta. Venga, Meggie...

La nia abri la puerta del autobs y salt fuera.

Meggie, maldita sea! Vuelve a subir. Tenemos que irnos!

Subir cuando me lo hayas contado.

Mo se dirigi hacia ella, pero Meggie se le escap de entre las manos, cruz el portn y sali corriendo a la carretera.

Por qu no me lo dices? grit.

La carretera estaba tan solitaria como si fueran los nicos habitantes del mundo. Se haba levantado un viento suave que acarici el rostro de Meggie e hizo susurrar las hojas del tilo que se ergua junto a la carretera. El cielo continuaba lvido y gris, sencillamente se negaba a aclararse.

Quiero saber qu ocurre! grit Meggie. Quiero saber por qu hemos tenido que levantarnos a las cinco de la maana y por qu no tengo que ir al colegio. Quiero saber si volveremos y quin es ese tal Capricornio!

Al pronunciar ese nombre, Mo mir a su alrededor como si ese desconocido al que tanto teman ambos hombres estuviera a punto de salir del granero vaco, tan de improviso como haba surgido Dedo Polvoriento desde detrs del muro. Pero el patio estaba vaco y Meggie se senta demasiado furiosa como para temer a alguien de quien slo conoca el nombre.

T siempre me lo has contado todo! le grit a su padre. Siempre.

Pero Mo callaba.

Todo el mundo guarda un par de secretos, Meggie dijo al fin. Y ahora, sube de una vez. Tenemos que irnos.

Dedo Polvoriento le escudri primero a l y luego a la nia con expresin incrdula.

Que no le has contado nada? le oy preguntar Meggie en voz baja.

Mo neg con la cabeza.

Pero algo tienes que decirle! Es peligroso que no sepa nada. Al fin y al cabo ya no es una nia.

Tambin es peligroso que lo sepa replic Mo. Y no cambiara nada.

Meggie segua en la carretera.

He escuchado todas vuestras palabras! grit. Qu es peligroso? No subir hasta enterarme.

Mo continuaba en silencio.

Dedo Polvoriento lo mir indeciso durante un momento, despus volvi a depositar sus bolsas.

De acuerdo dijo. Entonces ser yo quien le hable de Capricornio.

Se acerc despacio a Meggie. La nia, sin querer, retrocedi un paso.

T ya te has encontrado con l le refiri Dedo Polvoriento. Hace mucho tiempo, no lo recordars, an eras muy pequea precis colocando la mano a la altura de su rodilla. Cmo voy a explicarte cmo es? Si te obligasen a ver cmo un gato se zampa a un pajarillo, seguro que lloraras, no es verdad? O intentaras ayudarlo. Capricornio dara el pjaro como comida al gato con la nica finalidad de contemplar cmo lo destroza con sus garras, y los chillidos y pataleos del pequeo animal le sabran ms dulces que la miel.

Meggie retrocedi otro paso, pero Dedo Polvoriento no continu acercndose a ella.

No creo que te divierta aterrorizar a las personas hasta que les tiemblan tanto las rodillas que son casi incapaces de mantenerse en pie, verdad? inquiri. A Capricornio no le complace otra cosa. Y probablemente tampoco creers que puedes coger sin ms todo lo que se te antoje, sin importar el cmo, ni el dnde. Capricornio s lo cree. Y tu padre, por desgracia, posee algo que l desea arrebatarle a toda costa.

Meggie dirigi una mirada a Mo, pero l se limitaba a permanecer inmvil, mirndola.

Capricornio no sabe encuadernar libros como tu padre prosigui Dedo Polvoriento. No es experto en nada, excepto en una sola cosa: infundir miedo. En eso es un maestro. Vive de ello. A pesar de todo creo que ni l mismo sabe qu se siente cuando el miedo te paraliza los msculos y te humilla. Sin embargo, conoce a la perfeccin el modo de provocarlo y difundirlo, en las casas y en las camas, en los corazones y en las mentes. Sus hombres reparten el miedo como una misiva negra, lo deslizan por debajo de la puerta y en los buzones, lo pintan con pincel en los muros y en las puertas de los establos, hasta que se propaga de manera completamente espontnea, silencioso y hediondo como la peste. Dedo Polvoriento se encontraba ahora muy cerca de Meggie. Capricornio tiene muchos secuaces musit. La mayora le siguen desde que eran nios, y si Capricornio ordenase a uno de ellos que te cortase una oreja o la nariz, obedecera sin pestaear. Les gusta vestirse de negro como los grajos, su jefe es el nico que lleva una camisa blanca debajo de la chaqueta negra como el holln, y si alguna vez te tropiezas con uno de ellos, hazte pequea, muy pequea para que quiz no se fijen en ti. Entendido?

Meggie asinti. Su corazn lata con tanta fuerza que casi le impeda respirar.

Comprendo que tu padre no te haya hablado nunca de Capricornio prosigui Dedo Polvoriento volvindose a mirar a Mo. Yo tambin preferira hablarles a mis hijos de gente amable.

Yo s que no hay slo gente amable! Meggie no pudo evitar que su voz temblase de rabia.

A lo mejor tambin lata en ella una pizca de temor.

Ah, s? Y cmo? De nuevo afloraba su sonrisa enigmtica, triste y arrogante al mismo tiempo. Acaso has tenido que vrtelas alguna vez con un verdadero malvado?

He ledo sobre ellos.

Dedo Polvoriento solt una carcajada.

Caramba, es cierto, es casi lo mismo reconoci. Su sarcasmo escoca como el veneno de las ortigas. Se inclin hacia Meggie y la mir a los ojos. A pesar de todo, te deseo que eso quede reducido a la lectura dijo en voz baja.

Mo coloc las bolsas de Dedo Polvoriento en la parte trasera del autobs.

Confo en que no lleves dentro nada que pueda volar alrededor de nuestras orejas dijo mientras Dedo Polvoriento se sentaba detrs del asiento de Meggie. Con tu oficio, no me extraara.

Antes de que Meggie pudiese preguntar de qu oficio se trataba, Dedo Polvoriento abri su mochila y sac con cuidado un animal que parpadeaba, medio dormido.

Como es evidente que nos espera un largo viaje juntos le dijo a Mo, me gustara presentar alguien a tu hija.

El animal era casi del tamao de un conejo, pero mucho ms esbelto, con un rabo tupido como una estola de piel que presionaba contra el pecho de Dedo Polvoriento. Mientras observaba a Meggie con ojos brillantes como botones negros, clav las finas garras en su manga y, al bostezar, descubri unos dientes aguzados como alfileres.

sta es Gwin explic Dedo Polvoriento. Si quieres, puedes rascarle las orejas. Ahora est amodorrada, as que no te morder.

Muerde? pregunt Meggie.

Por supuesto contest Mo mientras se acomodaba detrs del volante. Si yo fuera t, alejara los dedos de esa bestezuela.

Meggie, sin embargo, no poda mantener los dedos lejos de ningn animal, aunque tuviese unos dientes tan afilados.

Es una marta o algo parecido, verdad? pregunt mientras acariciaba, cautelosa, una de las orejas redondas con las puntas de los dedos.

Algo por el estilo.

Dedo Polvoriento hundi la mano en el bolsillo del pantaln e introdujo un trozo de pan seco entre los dientes de Gwin. Meggie rasc la cabecita de la marta mientras masticaba... y las puntas de sus dedos se toparon con algo duro bajo la piel sedosa: unos cuernos diminutos, justo al lado de las orejas. Retir la mano, asombrada.

Tienen cuernos las martas?

Dedo Polvoriento le gui el ojo y dej que Gwin trepara de regreso a la mochila.

sta s contest.

Meggie observ desconcertada cmo ataba las correas. An crea sentir bajo sus dedos los cuernecitos del animal.

Mo, sabas que las martas tienen cuernos? pregunt.

Qu va, sos se los peg Dedo Polvoriento a ese diablillo mordedor. Para sus representaciones.

Qu representaciones?

Meggie mir inquisitiva primero a Mo y despus a Dedo Polvoriento, pero su padre se limit a poner en marcha el motor y Dedo Polvoriento se despoj de las botas, que parecan haber aguantado un viaje tan largo como sus bolsas, y, con un profundo suspiro, se estir en la cama de Mo.

Ni una palabra, Lengua de Brujo advirti antes de cerrar los ojos. Yo no revelar ninguno de tus secretos, pero a cambio t tampoco chismorrears los mos. Adems, para eso es preciso que haya oscurecido.

Meggie se pas una hora entera devanndose los sesos para intentar averiguar el significado de esa respuesta. Sin embargo, haba otra cuestin que le preocupaba ms.

Mo, qu quiere de ti ese... Capricornio? pregunt cuando Dedo Polvoriento comenz a roncar detrs de ellos. Al pronunciar el nombre baj la voz, como si de esa forma pudiera arrebatarle algo de su carcter ominoso.

Un libro respondi Mo sin apartar la vista de la carretera.

Un libro? Y por qu no se lo das?

Imposible. Te lo explicar pronto, pero no ahora. De acuerdo?

Meggie mir por la ventanilla del autobs. El mundo que desfilaba ante sus ojos le pareca extrao... Casas extraas, calles extraas, campos extraos, hasta los rboles y el cielo le parecan extraos, pero Meggie estaba acostumbrada. Todava no se haba sentido nunca realmente en casa en ningn sitio. Su hogar era Mo, Mo y sus libros y quiz tambin ese autobs que los trasladaba de un lugar a otro, a cada cual ms extrao.

Esa ta a cuya casa nos dirigimos, tiene nios? pregunt mientras atravesaban un tnel interminable.

No contest su padre. Y me temo que tampoco le gustan demasiado. Mas, como ya he dicho, hars buenas migas con ella.

Meggie suspir. Recordaba a algunas tas, y con ninguna se haba entendido demasiado bien.

Las colinas se haban convertido en montaas, las pendientes a ambos lados de la carretera se tornaban cada vez ms escarpadas, y en cierto momento las casas no slo le parecieron extraas, sino distintas. Meggie intent distraerse contando los tneles, pero cuando se los trag el noveno y la oscuridad pareca no tener fin, se durmi. So con martas, con chaquetas negras y con un libro envuelto en papel de embalar marrn.

UNA CASA ATIBORRADA DE LIBROS

Mi jardn es mi jardn dijo el gigante. Ya es hora de que lo entendis, y no voy a permitir que nadie ms que yo juegue en l.

scar Wilde, El gigante egosta

El silencio despert a Meggie.

El zumbido regular del motor, que la haba arrullado hasta dormirla, haba enmudecido, y el asiento del conductor estaba vaco. Meggie necesit cierto tiempo para recordar por qu no estaba en su cama. En el parabrisas aparecan pegadas diminutas moscas muertas, y el autobs se haba detenido ante una puerta de hierro. Su aspecto inspiraba temor con todas aquellas puntas de brillo mate, una puerta de lanzas que slo esperaba a que alguien intentase saltarla y se quedase colgando de ella agitndose. Su visin le record uno de sus cuentos favoritos, el del gigante egosta que no quera tener nios en su jardn. Justo as se haba imaginado siempre su puerta.

Mo estaba en la carretera acompaado por Dedo Polvoriento. Meggie baj y corri hacia ellos. La carretera lindaba a la derecha con una ladera densamente arbolada que caa, empinada, hasta la orilla de un enorme lago. Al otro lado, las colinas surgan del agua como montaas que se hubieran ahogado. El agua era casi negra. La noche ya se extenda por el cielo y se reflejaba, oscura, en las olas. En las casas emplazadas junto a la orilla se encendan ya las primeras luces, como lucirnagas o estrellas cadas.

Es bonito, verdad? Mo pas el brazo por los hombros de su hija. A ti te gustan las historias de bandidos. Ves las ruinas de ese castillo? En l mor un da una cuadrilla de ladrones tristemente clebre. Tengo que preguntarle a Elinor. Ella lo sabe todo sobre ese lago.

Meggie se limit a asentir y apoy la cabeza en el hombro de su padre. Se senta muerta de cansancio, pero el semblante de Mo, por primera vez desde su partida, ya no estaba ensombrecido por la preocupacin.

Bueno, pero dnde vive? pregunt la nia reprimiendo un bostezo. No ser detrs de esa puerta de pinchos, eh?

Pues s. sa es la entrada de su finca. No resulta muy acogedora, verdad? Mo se ri y cruz la carretera con su hija. Elinor se siente muy orgullosa de esa puerta. La mand construir expresamente de acuerdo con la ilustracin de un libro.

La ilustracin del jardn del gigante egosta? murmur Meggie mientras atisbaba por entre los barrotes de hierro artsticamente entrelazados.

El gigante egosta? Mo solt la risa. No, creo que era otro cuento. A pesar de que le pegara mucho a Elinor.

La puerta limitaba a ambos lados con altos setos cuyas ramas espinosas impedan atisbar lo que haba tras ellos. Pero tampoco por entre los barrotes de hierro pudo descubrir Meggie nada prometedor, salvo amplios macizos de rododendros y un ancho sendero de gravilla que desapareca enseguida entre ellos.

Esto tiene pinta de parentela acaudalada, no? susurr Dedo Polvoriento al odo de Meggie.

S, Elinor es muy rica asinti Mo apartando a su hija de la puerta. Pero lo ms probable es que tarde o temprano acabe empobrecida como un ratn de iglesia, porque gasta todo su dinero en libros. Me temo que vendera su alma al diablo sin vacilar si ste le ofreciera a cambio el libro adecuado abri la pesada puerta de un empujn.

Qu haces? pregunt Meggie alarmada. No podemos entrar ah por las buenas.

El letrero situado junto a la puerta an se lea con claridad, aunque algunas letras desaparecan tras las ramas del seto. PROPIEDAD PRIVADA. PROHIBIDO EL PASO A TODA PERSONA AJENA. Aquello, la verdad, no le sonaba a Meggie muy acogedor.

Pero su padre se limit a rer.

No os preocupis dijo mientras empujaba la puerta un poco ms. En casa de Elinor, lo nico protegido con una alarma es su biblioteca. A ella le da igual quin cruce su puerta para darse un paseo. No es lo que se dice una mujer medrosa. De todos modos, tampoco recibe muchas visitas.

Y qu hay de los perros? Dedo Polvoriento ech una ojeada al jardn desconocido con expresin preocupada. Esta puerta tiene pinta de albergar como mnimo tres perros feroces del tamao de terneros.

Mo, sin embargo, neg con la cabeza.

Elinor detesta los perros contest mientras regresaba al autobs. Y ahora, subid.

La finca de la ta de Meggie tena ms aspecto de bosque que de jardn. Poco despus de la puerta, el camino describa una curva, como si quisiera coger impulso antes de seguir subiendo por la cuesta. Despus se perda entre los oscuros abetos y castaos que lo bordeaban tan tupidos que sus ramas formaban un tnel. Meggie crea que nunca terminara cuando, de improviso, los rboles quedaron atrs y el camino desemboc en una plaza cubierta de gravilla, rodeada de rosaledas cuidadas con esmero.

Una furgoneta gris estaba aparcada sobre la gravilla, delante de una casa que era ms grande que la escuela a la que haba asistido Meggie el curso anterior. Intent contar las ventanas, pero desisti enseguida. Era un edificio precioso, pero, al igual que la puerta de hierro de la carretera, resultaba poco acogedor. A lo mejor el revoque amarillo ocre slo pareca tan sucio durante el crepsculo. Y quiz las contraventanas verdes estaban cerradas porque la noche se acercaba ya por detrs de las montaas circundantes. Meggie, sin embargo, habra apostado a que incluso durante el da se abriran en contadas ocasiones. La puerta de entrada, de madera oscura, pareca tan ominosa como una boca apretada, y Meggie, sin querer, cogi la mano de su padre cuando se encaminaron hacia ella.

Dedo Polvoriento los segua con cierta indecisin, al hombro la mochila cerrada donde Gwin a buen seguro segua durmiendo. Cuando Mo y Meggie llegaron a la puerta, l se detuvo unos metros detrs de ellos y observ con desazn los postigos cerrados, como si sospechara que la seora de la casa los espiaba desde alguna de las ventanas.

Al lado de la puerta de entrada se vea una ventanita enrejada, la nica que careca de contraventanas verdes. Debajo colgaba otro cartel.

SI PRETENDE HACERME

PERDER EL TIEMPO

CON FRUSLERAS, LO MEJOR

SER QUE SE MARCHE

INMEDIATAMENTE

Meggie mir con preocupacin a su padre, pero ste se limit a hacerle una mueca de nimo y llam al timbre.

Meggie oy su repiqueteo dentro de la enorme casa. Luego, durante unos momentos, nada sucedi. Una urraca sali aleteando furiosa de uno de los rododendros que crecan alrededor del edificio, y unos gorriones gordos picoteaban bulliciosamente en la gravilla buscando insectos invisibles. Meggie les estaba arrojando unas migas de pan que an conservaba en el bolsillo de la chaqueta del picnic al que asisti un da ya olvidado, cuando la puerta se abri con brusquedad.

La mujer que apareci era mayor que Mo, bastante mayor... a pesar de que, en lo tocante a la edad de los adultos, Meggie nunca estaba muy segura. Su cara le record la de un bulldog, pero quizs eso se debiera ms a la expresin que al rostro en s. Llevaba un jersey de color gris ratn y una falda cenicienta, un collar de perlas ceido alrededor del cuello y zapatillas de fieltro en los pies, como las que tuvo que ponerse Meggie un da en un palacio que visit en compaa de su padre. Elinor llevaba recogido el pelo que ya encaneca, pero por todas partes le salan mechones, como si se hubiera peinado deprisa, consumida por la impaciencia. Elinor no tena pinta de pasar mucho tiempo delante del espejo.

Cielo santo, Mortimer! Caramba, menuda sorpresa! exclam sin perder el tiempo en saludos. Pero de dnde vienes? su voz sonaba spera, pero su expresin no poda ocultar del todo su alegra al ver a Mo.

Hola, Elinor contest Mo, colocando su mano sobre el hombro de su hija. Te acuerdas de Meggie? Ha crecido mucho, como puedes comprobar.

Elinor dirigi a Meggie una fugaz mirada de irritacin.

S, ya veo respondi. Pero al fin y al cabo, es propio de los nios crecer, verdad? Si no recuerdo mal, en los ltimos aos no os he visto ni a tu hija ni a ti. Qu me depara precisamente hoy el inesperado honor de tu visita? Vas a apiadarte por fin de mis pobres libros?

T lo has dicho. Mo asinti. Uno de mis encargos se ha aplazado, el de una biblioteca. Ya sabes, las bibliotecas siempre andan escasas de dinero.

Meggie lo observaba inquieta. Ignoraba que fuera capaz de mentir con tanta conviccin.

Debido a las prisas prosigui Mo, no he conseguido alojar a Meggie en ninguna otra parte, por eso la he trado conmigo. Ya s que no te gustan los nios, pero Meggie no embadurna los libros con mermelada, ni arranca sus pginas para envolver ranas muertas con ellas.

Elinor solt un gruido de desaprobacin y examin a Meggie como si la creyera capaz de cualquier infamia, a despecho de lo que dijera su padre.

La ltima vez que la trajiste, por lo menos podamos encerrarla en un andador afirm con voz glida. Ahora, creo que eso ya no es posible volvi a observar a Meggie de la cabeza a los pies, como si fuese un animal peligroso que tuviera que soltar en su casa.

Meggie sufri un ataque de ira y not que su cara se enrojeca. Deseaba regresar a casa o al autobs, adonde fuera, excepto permanecer en casa de esa mujer abominable que la miraba de hito en hito con sus fros ojos de pedernal.

Los ojos de Elinor se apartaron de ella y fueron a posarse en Dedo Polvoriento, que permaneca con timidez en segundo plano.

Y se? mir a Mo inquisitiva. Lo conozco?

Es Dedo Polvoriento, un... amigo mo. Quiz slo Meggie repar en la vacilacin de Mo. Se dirige ms al sur. No podras alojarlo esta noche en una de tus innumerables habitaciones?

Elinor se cruz de brazos.

Slo a condicin de que su nombre no guarde relacin alguna con su modo de tratar los libros repuso ella. De todos modos tendr que darse por satisfecho con un alojamiento muy precario en la buhardilla, pues en los ltimos aos mi biblioteca ha crecido mucho y ha devorado casi todas mis habitaciones para huspedes.

Pero cuntos libros tiene usted? pregunt Meggie.

La nia se haba criado entre pilas de libros, pero ni con su mejor voluntad lograba imaginar que todas las ventanas de aquella casona tan enorme ocultasen libros.

Elinor volvi a observarla, ahora con franco desprecio.

Cuntos? repiti. Crees acaso que los cuento como si fueran botones o guisantes? Muchos, muchsimos. Acaso en cada habitacin de esta casa haya ms libros de los que leers en toda tu vida... y algunos son tan valiosos que te pegara un tiro sin vacilar si te atrevieses a tocarlos. Pero dado que, como asegura tu padre, eres una chica lista, doy por sentado que no lo hars, eh?

Meggie no contest. En lugar de eso se imagin que se pona de puntillas y le escupa tres veces en la cara a esa vieja bruja.

Su padre, sin embargo, se ech a rer.

No has cambiado, Elinor constat. Sigues teniendo una lengua tan afilada como una navaja barbera. Pero te prevengo: como se te ocurra pegarle un tiro a Meggie, har lo mismo con tus libros predilectos.

Elinor frunci los labios y esboz una sonrisita.

Buena respuesta replic mientras se apartaba. Veo que t tampoco has cambiado. Pasad. Te ensear los libros que precisan tu ayuda. Y algunos ms.

Meggie siempre haba credo que Mo posea muchos libros. Tras conocer la casa de Elinor, desterr de su mente para siempre esa idea.

No haba pilas de libros por todas partes, como en casa de Meggie. Era obvio que cada libro ocupaba su lugar. Elinor haba colocado estanteras donde otras personas tienen papel pintado, cuadros o sencillamente un trozo de pared vaca. En la sala de entrada por la que los condujo en primer lugar, las estanteras blancas se extendan hasta el techo; en el cuarto que cruzaron despus eran negras como los baldosines del suelo, igual que en el pasillo que segua a continuacin.

Esos de ah proclam Elinor con ademn despectivo mientras pasaba junto a los lomos densamente apretados de los libros se han acumulado con el correr de los aos. No son muy valiosos, la mayora de calidad menor, nada extraordinario. Si ciertos dedos pierden el control y en cierto momento sacan uno de ellos dirigi a Meggie una breve ojeada no acarrearn graves consecuencias. Siempre que esos dedos, despus de haber saciado su curiosidad, vuelvan a colocar cada libro en su lugar y no dejen en su interior algunos de esos antiestticos marcapginas. Y tras estas palabras, Elinor se volvi hacia Mo. Puedes creerlo o no! exclam. En uno de los ltimos libros que he comprado, una primera edicin esplndida del siglo XIX, encontr de hecho una loncha reseca de salami para sealar las pginas.

A Meggie se le escap una risita, lo que le acarre ipso facto otra mirada poco amistosa.

No es cosa de risa, jovencita le advirti Elinor. Algunos de los libros ms maravillosos que se han impreso jams se perdieron porque algn pescadero cabeza hueca los deshoj para envolver pescados apestosos con sus pginas. En la Edad Media se destruyeron miles de libros para recortar suelas de zapato de sus tapas o calentar baos de vapor con su papel. El recuerdo de vilezas tan increbles, aunque acaecidas haca ya muchos siglos, hizo resoplar a Elinor. Bien, dejemos eso farfull. Si no, me altero demasiado, y de por s ya tengo la tensin demasiado alta.

Se haba detenido delante de una puerta. Sobre la madera blanca se vea un ancla pintada, alrededor de la cual saltaba un delfn.

sta es la divisa de un famoso impresor explic Elinor mientras acariciaba con el dedo el afilado hocico del delfn. Es lo ms adecuado para la entrada de una biblioteca, no os parece?

Lo s medi Meggie. Aldus Manutius. Vivi en Venecia. Imprimi libros con el tamao justo para meterlos sin dificultad en las alforjas de sus clientes.

Ah, s? Elinor frunci el ceo irritada. Eso no lo saba. En cualquier caso, soy la feliz propietaria de un libro impreso por su propia mano. Concretamente en el ao 1503.

Querr decir que est hecho en su taller corrigi Meggie.

Pues claro.

Elinor carraspe y dirigi a Mo una mirada cargada de reproches, como si l y slo l tuviera la culpa de que su hija conociera detalles tan extravagantes. Despus puso su mano sobre el picaporte.

Por esta puerta no ha pasado todava ningn nio explic mientras apretaba el picaporte con uncin casi religiosa, pero ya que tu padre seguramente te ha inculcado cierto respeto a los libros, har una excepcin. Pero con una condicin: que te mantengas de las estanteras a una distancia mnima de tres pasos. Aceptas esta condicin?

Por un instante, Meggie estuvo tentada de rechazarla. Le habra encantado dejar boquiabierta a Elinor castigando a sus valiosos libros con el desprecio. Pero no fue capaz. Su curiosidad era demasiado poderosa. Casi le pareca escuchar los cuchicheos de los libros por la puerta entreabierta. Le prometan mil historias desconocidas, mil puertas hacia miles de mundos inditos. La tentacin fue mayor que el orgullo de Meggie.

Acepto murmur cruzando las manos a la espalda. Tres pasos senta un hormigueo en sus dedos de pura avidez.

Una nia lista repuso Elinor con un tono tan despectivo que Meggie estuvo en un tris de cambiar de opinin.

Acto seguido penetraron en el sanctasanctrum de Elinor.

La has reformado! oy decir Meggie a su padre.

l aadi algo ms, pero ya no lo escuchaba. Se limitaba a contemplar los libros, embelesada. Las estanteras donde reposaban olan a madera recin cortada. Llegaban hasta arriba, hasta el techo de color azul celeste del que pendan lmparas diminutas como estrellas encadenadas. Ante las estanteras se vean estrechas escaleras de madera provistas de ruedas, dispuestas para llevar a cualquier lector ansioso hasta los estantes ms altos. Haba atriles sobre los que descansaban libros abiertos, atados con cadenas de latn dorado. Haba vitrinas de cristal en las que libros con pginas manchadas por el tiempo mostraban a todo aquel que se acercase las estampas ms maravillosas. Meggie no pudo evitarlo. Un paso, una mirada apresurada a Elinor, que por suerte le daba la espalda, y se encontr delante de la vitrina. Se inclin tanto sobre el cristal que lo golpe con la nariz.

Unas hojas puntiagudas se enroscaban alrededor de letras marrn plido. Una diminuta cabeza roja de dragn escupa flores sobre el papel manchado. Caballeros sobre caballos blancos miraban a Meggie como si apenas hubiera transcurrido un da desde que alguien los haba pintado con minsculos pinceles de pelo de marta. Junto a ellos haba una pareja, de novios quizs. Un hombre con un sombrero rojo como el fuego observaba a ambos con hostilidad.

Eso son tres pasos?

Meggie se volvi asustada, pero Elinor no pareca muy enfadada.

S, el arte de decorar libros! dijo. Antes slo los ricos saban leer. Por eso a los pobres les ofrecan imgenes que acompaaban a las letras para que pudieran entender las narraciones. Como es natural, no se pensaba en proporcionarles placer, los pobres estaban en el mundo para trabajar, no para ser felices o contemplar bellas ilustraciones. Eso estaba reservado a los ricos. No, qu va. Se pretenda instruirlos. Casi siempre con historias bblicas bien conocidas por todo el mundo. Los libros se exponan en las iglesias, y cada da se pasaba una pgina para ensear una nueva estampa.

Y este libro? quiso saber Meggie.

Oh, yo creo que nunca estuvo en la iglesia respondi Elinor. Debi de servir ms bien para complacer a un hombre muy rico, pues tiene casi seiscientos aos. Era imposible pasar por alto el orgullo que dejaba traslucir su voz. Un libro como ste ha provocado crmenes y asesinatos. Por fortuna yo slo he tenido que comprarlo.

Al pronunciar la ltima frase se gir de repente y mir a Dedo Polvoriento, que los haba seguido, sigiloso como un gato que sale de caza. Por un momento, Meggie pens que Elinor iba a mandarlo otra vez al pasillo, pero Dedo Polvoriento permaneca ante las estanteras con una expresin tan respetuosa, las manos cruzadas a la espalda, que no le dio ningn motivo, as que se limit a lanzarle una postrera mirada de desaprobacin y se gir de nuevo hacia Mo.

ste se encontraba ante uno de los atriles, con un libro entre las manos cuyo lomo penda de unos cuantos hilos. Lo sostena con sumo cuidado, igual que a un pjaro que se hubiera partido un ala.

Y bien? pregunt Elinor preocupada. Puedes salvarlo? S que est en un estado lamentable, y los otros me temo que tampoco estn mucho mejor, pero...

Todo tiene remedio. Mo dej el libro a un lado y examin otro. Pero creo que necesitar como mnimo dos semanas. Siempre que no tenga que encargar materiales adicionales. Eso podra alargar el plazo algo ms. Soportars tanto tiempo nuestra presencia?

Por supuesto Elinor asinti, pero Meggie repar en la ojeada que lanz a Dedo Polvoriento.

ste segua an ante las estanteras emplazadas justo al lado de la puerta y pareca enfrascado en la contemplacin de los libros; a Meggie, sin embargo, le dio la impresin de que no se le escapaba nada de cuanto se hablaba a sus espaldas.

En la cocina de Elinor no haba libros, ni uno solo, pero all tomaron una cena excelente, sentados a una mesa de madera que, segn asegur Elinor, proceda del escriptorio de un monasterio italiano. Meggie lo dudaba. Por lo que saba, los monjes trabajaban en los escriptorios de los monasterios en mesas con superficies inclinadas, pero decidi que era mejor reservarse ese conocimiento. En lugar de eso cogi otro trozo de pan y se estaba preguntando si estara rico el queso depositado sobre la presunta mesa de escriptorio, cuando observ que Mo cuchicheaba algo a Elinor. Los ojos de sta se abrieron codiciosos, y Meggie dedujo que slo poda tratarse de un libro, lo cual trajo en el acto a su memoria el papel de embalar, unas tapas verde plido y la voz enfurecida de su padre.

A su lado, Dedo Polvoriento hizo desaparecer un trozo de jamn en su mochila sin que lo vieran: la cena de Gwin. Meggie percibi un hocico redondo que asomaba por la mochila olfateando, con la esperanza de lograr otras exquisiteces. Dedo Polvoriento sonri a Meggie al reparar en su mirada y le dio un poco de tocino a Gwin. El cuchicheo de Mo y Elinor no pareca extraarle, pero Meggie estaba segura de que los dos estaban planeando algn negocio secreto.

Unos instantes despus, Mo se levant y sali. Meggie pregunt a Elinor dnde estaba el lavabo... y le sigui.

Se senta rara espiando a su padre. No recordaba haberlo hecho jams... excepto la noche de la llegada de Dedo Polvoriento. Y cuando intent averiguar si Mo era Pap Noel. Se avergonzaba de seguir sus huellas. Pero la culpa era suya. Por qu le ocultaba ese libro? Y ahora a lo mejor pretenda entregrselo a la tal Elinor... un libro que le impeda ver! Desde que Mo lo haba escondido apresuradamente detrs de la espalda, a Meggie ya no se le haba ido de la cabeza. La nia haba llegado incluso a buscarlo en la bolsa que contena las pertenencias de su padre, antes de meterla en el autobs, pero no haba conseguido hallarlo.

Necesitaba verlo antes de que quiz desapareciera en alguna de las innumerables vitrinas de Elinor! Tena que saber por qu era tan valioso para su padre como para haberla arrastrado hasta all por su causa...

En el vestbulo, Mo volvi a acechar en torno suyo antes de salir de la casa, pero Meggie se agach a tiempo detrs de un arcn que ola a bolas de alcanfor y a lavanda. Decidi permanecer en su escondite hasta el regreso de su padre. Fuera, en el patio, seguro que la habra descubierto. El tiempo transcurri con desesperante lentitud, como suele suceder siempre que se espera algo con el corazn palpitante. En las estanteras blancas los libros parecan observar a Meggie, pero callaban, como si percibieran que en ese momento la nia slo poda pensar en un nico libro.

Su padre regres al fin con un paquetito envuelto en papel marrn en la mano. A lo mejor slo desea esconderlo aqu!, pens Meggie. Dnde se poda ocultar mejor un libro que entre miles y miles ms? Claro. Mo lo dejara all y ellos regresaran a casa. Pero me gustara verlo una vez pens Meggie, solamente una vez antes de que est en un estante al que slo puedo acercarme a tres pasos de distancia.

Mo pas tan cerca de ella que Meggie habra podido rozarle, pero l no la vio. No me mires as, Meggie! deca a veces su padre. Vuelves a adivinarme el pensamiento. Ahora pareca preocupado, como si no estuviera seguro de que lo que se propona fuese correcto. Meggie cont despacio hasta tres antes de seguirlo, pero Mo se detuvo tan bruscamente en un par de ocasiones, que estuvo a punto de chocar con l. Su padre no regres a la cocina, sino que se dirigi directamente a la biblioteca. Sin volverse a mirar, abri la puerta que ostentaba la divisa del impresor veneciano y la cerr con absoluto sigilo tras l.

All estaba ahora Meggie, entre todos aquellos libros silenciosos, preguntndose si deba seguirle... si deba pedirle que le ensease el libro. Se enfadara mucho? Justo cuando se dispona a hacer acopio de todo su valor para seguirlo, oy pasos... unos pasos presurosos, decididos, precipitados, impacientes. Slo poda ser Elinor. Qu poda hacer?

Meggie abri la puerta siguiente y se desliz dentro. Una cama con dosel, un armario, fotos con marco de plata, una pila de libros sobre la mesilla de noche, un catlogo abierto sobre la alfombra, las pginas cubiertas con reproducciones de libros antiguos. Haba ido a parar a la alcoba de Elinor. Con el corazn palpitante aguz los odos, oy los pasos enrgicos de Elinor y a continuacin la puerta de la biblioteca se cerr por segunda vez. Meggie sali con cautela y sigilo al pasillo. Mientras permaneca, indecisa, ante la biblioteca, una mano se apoy de pronto en su hombro por detrs. Una segunda ahog su grito de susto.

Soy yo! le susurr al odo Dedo Polvoriento. Calma, mucha calma o nos llevaremos los dos un disgusto, comprendes?

Meggie asinti con la cabeza y Dedo Polvoriento apart despacio la mano de su boca.

Tu padre pretende entregar el libro a esa bruja, verdad? musit. Fue a buscarlo al autobs? Dmelo. Lo llevaba consigo, verdad?

Meggie lo apart de un empujn.

No lo s! farfull enfurecida. Adems... a usted qu le importa?

Que qu me importa? Dedo Polvoriento solt una risita ahogada. Bueno, quiz te cuente algn da lo que me importa. Pero ahora slo quiero saber si t lo has visto.

Meggie neg con la cabeza. Ignoraba por qu menta a Dedo Polvoriento. Quiz porque su mano haba presionado su boca con demasiada fuerza.

Meggie, escchame! Dedo Polvoriento la mir con insistencia cara a cara.

Sus cicatrices parecan rayas plidas que alguien hubiera dibujado en sus mejillas, dos rayas en la izquierda, ligeramente arqueadas, una tercera en la derecha, an ms larga, desde la oreja hasta la aleta de la nariz.

Capricornio matar a tu padre si no consigue el libro! le inform en voz baja Dedo Polvoriento. Lo matar, comprendes? No te he explicado cmo es? Quiere el libro, y l siempre consigue todo lo que se propone. Es ridculo creer que aqu estar a salvo de l.

Mo no piensa eso!

Dedo Polvoriento se incorpor y clav sus ojos en la puerta de la biblioteca.

S, lo s musit. Ese es el problema. Y por eso mismo... puso ambas manos sobre los hombros de Meggie y la empuj hacia la puerta cerrada ...por eso mismo t entrars ah dentro hacindote la inocente y averiguars lo que pretenden hacer esos dos con el libro. De acuerdo?

Meggie intent protestar. Pero en un abrir y cerrar de ojos Dedo Polvoriento abri la puerta y empuj a la nia hacia el interior de la biblioteca.

UNA SIMPLE ESTAMPA

Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueo no lo devuelve, que se le mude en sierpe en la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entraas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y cuando, finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre.

Inscripcin en la biblioteca del monasterio de San Pedro

en Barcelona, citada por Alberto Manguel

Haban desempaquetado el libro, porque Meggie vio el papel de embalar tirado en una silla. Ninguno de los dos se dio cuenta de su entrada. Elinor se inclinaba sobre uno de los atriles, con Mo a su lado. Ambos daban la espalda a la puerta.

Inconcebible. Pensaba que ya no exista ni un solo ejemplar deca Elinor. Corren historias muy peculiares sobre este libro. Un librero de viejo al que suelo comprar a menudo me cont que hace aos le robaron tres ejemplares justo el mismo da. He escuchado de labios de dos libreros una historia muy parecida.

De veras? Es realmente extrao! exclam su padre, pero Meggie conoca lo suficiente su voz para darse cuenta de que su asombro era fingido. Bueno, de todas maneras aunque no sea un libro raro, para m es muy valioso y me agradara saber que est a buen recaudo durante cierto tiempo, hasta que vuelva a recogerlo.

En mi casa cualquier libro est a buen recaudo respondi Elinor con tono de reproche. Lo sabes de sobra. Son mis hijos, mis hijos negros de tinta, y yo los cuido con cario. Mantengo la luz del sol lejos de sus pginas, les limpio el polvo y los protejo de la voraz carcoma de los libros y de los mugrientos dedos humanos. Este de aqu merecer un lugar de honor y nadie lo ver hasta que t me pidas que te lo devuelva. De todos modos, en mi biblioteca los visitantes no son bien recibidos, pues dejan en mis pobres libros huellas de dedos y cortezas de queso. Adems, como ya sabes, dispongo de una instalacin de alarma carsima.

S, eso resulta muy tranquilizador la voz de Mo son aliviada. Te lo agradezco, Elinor. Te lo agradezco mucho, de veras. Y si en los prximos tiempos alguien llama a tu puerta y te pregunta por el libro, por favor, comprtate como si nunca hubieras odo hablar de l, de acuerdo?

Por supuesto. Qu no hara yo por un buen encuadernador? Adems, eres el marido de mi sobrina. Sabes que a veces la echo de menos? Bueno, creo que a ti te sucede lo mismo. Tu hija parece aparselas muy bien sin ella, no?

Apenas la recuerda musit Mo.

Bueno, eso es una bendicin, no te parece? A veces resulta muy prctico que nuestra memoria no sea ni la mitad de buena que la de los libros. Sin ellos seguramente ya no sabramos nada. Todo se habra olvidado: la guerra de Troya, Coln, Marco Polo, Shakespeare, toda esa ristra infinita de reyes y dioses... Elinor se volvi... y se qued petrificada. Acaso no te he odo llamar a la puerta? pregunt dirigiendo a Meggie una mirada tan hostil que la nia tuvo que hacer acopio de todo su valor para no dar media vuelta y retornar al pasillo a toda prisa.

Cunto tiempo llevas ah, Meggie? le pregunt su padre.

Meggie adelant el mentn.

Ella puede verlo, pero a m me lo ocultas! repuso la nia. La mejor defensa segua siendo un buen ataque. T jams me has ocultado un libro! Qu tiene ste de especial? Me quedar ciega si lo leo? Me arrancar los dedos de un mordisco? Qu atroces misterios encierra que yo no puedo conocer?

Tengo mis razones para no ensertelo contest su padre.

Haba palidecido. Sin ms palabras se acerc a su hija e intent arrastrarla hacia la puerta, pero Meggie se solt.

Oh, qu testaruda es! constat Elinor. Eso casi la hace simptica. Recuerdo que antes su madre era igual. Ven aqu. Se apart a un lado y le hizo a Meggie una sea para que se aproximara. Comprobars que no hay nada especialmente emocionante en ese libro, al menos para tus ojos. Pero convncete t misma. Uno siempre cree ms lo que ve con sus propios ojos. O tu padre tiene algo que oponer? inquiri lanzando a Mo una mirada inquisitiva.

Mo vacil... y, resignndose al destino, neg con un movimiento de cabeza.

El libro estaba abierto sobre el atril. No pareca muy antiguo. Meggie conoca el aspecto de los libros realmente antiguos. En el taller de Mo haba visto algunos cuyas pginas estaban manchadas como la piel de un leopardo y casi igual de amarillentas. Recordaba uno cuyas tapas haban sido atacadas por la carcoma. Las huellas de su voracidad le parecieron minsculos orificios de bala, y Mo haba desprendido el cuerpo del libro y haba vuelto a encuadernar las pginas con esmero, dotndolas de un nuevo traje, como l sola decir. Un traje que poda ser de cuero o de tela, sin adornos o provisto de un estampado que Mo confeccionaba con sellos diminutos, a veces incluso de oro.

Ese libro tena pastas de tela de un tono verde plateado, semejante a las hojas de un sauce. Los cantos estaban ligeramente gastados y las pginas eran tan claras que las letras destacaban, ntidas y negras, en el papel. Sobre las pginas abiertas haba una fina cintita de lectura roja. En el lado derecho se vea un dibujo. Mostraba a mujeres suntuosamente ataviadas, un escupefuego, acrbatas y un hombre que pareca un rey. Meggie continu pasando las pginas. No contena muchas ilustraciones, pero la letra inicial de cada captulo era en s misma un cuadro en miniatura. Sobre algunas letras se vean animales; alrededor de otras trepaban plantas; una B arda por los cuatro costados. Las llamas parecan tan autnticas que Meggie pas un dedo por encima para asegurarse de que no quemaban. El captulo siguiente comenzaba por una N. Se esparrancaba como un guerrero, en su brazo estirado se sentaba un animal de rabo peludo. Nadie lo vio salir a hurtadillas de la ciudad, ley Meggie, pero Elinor cerr el libro delante de sus narices antes de conseguir ensamblar otras palabras.

Creo que con eso es suficiente dijo metindoselo debajo del brazo. Tu padre me ha pedido que le guarde este libro en un lugar seguro, y es lo que voy a hacer a continuacin.

Mo volvi a coger de la mano a su hija. Esta vez la nia le sigui.

Por favor, Meggie, olvida ese libro! le dijo en susurros. Trae desgracia. Te conseguir centenares.

Meggie se limit a asentir. Antes de que Mo cerrase la puerta tras ellos, consigui echar una ltima ojeada a Elinor, que, erguida e inmvil, contemplaba el libro con tanta ternura como cuando Mo la miraba a veces a ella por la noche y remeta la manta por debajo de su barbilla.

Acto seguido, la puerta se cerr.

Dnde lo va a guardar? pregunt Meggie mientras segua a su padre por el pasillo.

Oh, ella tiene un par de escondites maravillosos para estas ocasiones respondi evasivo. Pero, como es natural, son secretos. Qu te parece si ahora te enseo tu habitacin? Intentaba que su voz sonara despreocupada, pero no le sala muy bien. Parece una habitacin cara de hotel. Qu digo, mucho mejor.

Suena bien murmur Meggie y mir a su alrededor pero no se vea ni rastro de Dedo Polvoriento.

Dnde se haba metido? Tena que preguntarle algo sin tardanza. No poda pensar en otra cosa mientras su padre le enseaba la habitacin y le contaba que ahora todo estaba arreglado, que se limitara a concluir su trabajo y a continuacin regresaran a casa. Meggie asenta y finga escucharle, pero en realidad la pregunta que deseaba plantear a Dedo Polvoriento no se le iba de la mente. Le quemaba tanto en los labios que se asombraba de que Mo no la viera all aposentada. En medio de su boca.

Cuando la dej sola para ir a recoger el equipaje del autobs, Meggie corri a la cocina, pero tampoco encontr all a Dedo Polvoriento. Mir hasta en el dormitorio de Elinor, pero por ms puertas que abra en la enorme mansin, Dedo Polvoriento continuaba desaparecido. Al final se sinti demasiado cansada para seguir buscando. Su padre se haba acostado haca rato y tambin Elinor se haba retirado a su habitacin. As que Meggie se fue a su cuarto y se tumb en la enorme cama. Se senta completamente perdida en ella, casi enana, como si hubiera encogido. Igual que Alicia en el Pas de las Maravillas, pens acariciando la ropa de cama con estampado de flores. Por lo dems, el cuarto le gustaba. Estaba atestado de libros y de cuadros. Contaba incluso con una chimenea, aunque pareca que nadie la haba utilizado desde haca ms de cien aos. Meggie se levant y se acerc a la ventana. Fuera ya haba oscurecido y cuando empuj las contraventanas, abrindolas, un viento fresco acarici su rostro. Lo nico que poda distinguir en la oscuridad era la plaza cubierta de gravilla situada delante del edificio. Un farol arrojaba su luz mortecina sobre las piedras de un blanco grisceo. El autobs a rayas de Mo permaneca aparcado junto a la furgoneta gris de Elinor como una cebra que se hubiera extraviado yendo a parar a unas caballerizas. Su padre pint las rayas sobre la laca blanca despus de regalar a su hija El libro de la selva. Meggie record la casa que haban abandonado tan precipitadamente, su habitacin y el colegio en el que ese da su asiento habra quedado vaco. No estaba segura de sentir nostalgia.

Al acostarse, dej los postigos abiertos. Mo haba colocado su caja de libros junto a la cama. Cansada, sac uno e intent construirse un nido con las palabras familiares, pero no lo lograba. El recuerdo del otro libro difuminaba una y otra vez las palabras; Meggie vea las letras iniciales ante sus ojos, grandes y policromas, rodeadas de figuras cuya historia desconoca porque el libro no haba tenido tiempo de contrsela.

He de encontrar a Dedo Polvoriento pens somnolienta. Tiene que estar aqu! Pero luego el libro se le escurri de entre los dedos y se durmi.

A la maana siguiente la despert el sol. El aire an evocaba el frescor nocturno, pero el cielo estaba despejado y cuando Meggie se asom a la ventana divis a lo lejos, entre las ramas de los rboles, el brillo del lago. La habitacin que le haba asignado Elinor estaba ubicada en el primer piso. Mo dorma tan slo dos puertas ms all, pero Dedo Polvoriento haba tenido que conformarse con un cuarto en la buhardilla. Meggie lo haba visto el da anterior cuando estaba buscndole. Slo contaba con una cama estrecha, rodeada de cajas de libros que se apilaban hasta el entramado del tejado.

Cuando Meggie entr en la cocina para desayunar, su padre ya estaba sentado a la mesa con Elinor, pero de Dedo Polvoriento no se vea ni rastro.

Oh, l ya ha desayunado coment Elinor, mordaz, cuando Meggie pregunt por l, concretamente en compaa de un animal de dientes afilados que estaba sentado encima de la mesa y me ha bufado cuando he entrado en la cocina sin sospechar nada. Le he aclarado a vuestro extrao amigo que las moscas son los nicos animales que tolero encima de la mesa de mi cocina, y a continuacin ha salido fuera con el peludo animal.

Qu quieres de l? pregunt su padre.

Oh, nada en especial, yo... slo deseaba preguntarle algo contest Meggie. Y tras engullir a toda prisa media rebanada de pan, y beber unos sorbos del cacao preparado por Elinor, de un amargor repugnante, corri hacia el exterior.

Encontr a Dedo Polvoriento detrs de la casa, en una pradera en la que, junto a un ngel de escayola, haba una solitaria tumbona. De Gwin no haba ni rastro. Unos pjaros discutan en el rododendro de flores rojas, y Dedo Polvoriento, con expresin ensimismada, practicaba juegos malabares. Meggie intent contar las pelotas de colores: cuatro, seis, ocho, eran ocho. l las recoga con tanta rapidez en el aire que la nia se mare slo con verlo. Las atrapaba mantenindose sobre una pierna, indiferente, como si ni siquiera necesitase mirar. Al descubrir a Meggie, se le escap de las manos una pelota que rod hasta los pies de la nia.

Meggie la recogi y se la devolvi a Dedo Polvoriento.

Cmo es que sabe hacer eso? pregunt. Era... maravilloso.

Dedo Polvoriento hizo una reverencia burlona. Ah estaba de nuevo su enigmtica sonrisa.

Me gano la vida con eso explic. Con eso y con un par de cosas ms.

Cmo se puede ganar dinero as?

En los mercados. En las fiestas. En los cumpleaos. Has estado alguna vez en uno de esos mercados donde parece que la gente todava vive en la Edad Media?

Meggie asinti. Un da visit uno en compaa de su padre. Haba cosas preciosas, extraas, como si hubieran surgido no de otra poca, sino de otro mundo. Mo le compr una caja adornada con piedras de colores y con un pequeo pez de metal de brillos verdes y dorados, la boca muy abierta y una bolita en la barriga hueca que, al sacudir la caja, sonaba como una campanita. El aire ola a pan recin horneado, a humo y ropa hmeda, y Meggie haba contemplado la forja de una espada y se haba escondido de una bruja disfrazada tras la espalda de su padre.

Dedo Polvoriento recogi sus pelotas y las devolvi a su bolsa. Estaba abierta tras l, sobre la hierba. Meggie camin despacio hacia ella y atisbo en su interior. Vio botellas, algodn en rama y un paquete de leche, pero antes de que pudiera descubrir nada ms, Dedo Polvoriento la cerr.

Lo siento se disculp. Secreto profesional. Tu padre entreg el libro a la tal Elinor, verdad?

Meggie se encogi de hombros.

Puedes contrmelo con toda tranquilidad. Ya lo s. Estuve escuchando. l est loco por dejarlo aqu, qu le vamos a hacer.

Dedo Polvoriento se sent en la tumbona. Al lado, sobre la hierba, yaca su mochila. Un rabo espeso asom.

He visto a Gwin dijo Meggie.

Ah, s? Dedo Polvoriento se reclin y cerr los ojos. A la luz del sol su pelo pareca ms claro. Yo tambin. Est en la mochila. Es su hora de dormir.

La he visto en el libro.

Meggie no apartaba la vista del rostro de Dedo Polvoriento mientras hablaba, pero nada dej traslucir. Dedo Polvoriento no llevaba sus pensamientos escritos en la frente como Mo. El rostro de Dedo Polvoriento era un libro cerrado, y Meggie tena la impresin de que le dara un papirotazo en los dedos a cualquiera que intentase leerlo.

Estaba encima de una letra prosigui la nia. En una N. Vi los cuernos.

De veras? Dedo Polvoriento ni siquiera abri los ojos. Sabes en cul de sus mil estantes lo coloc esa chalada por los libros?

Meggie hizo caso omiso a la pregunta.

Por qu se parece Gwin al animal del libro? pregunt ella. Le ha pegado usted los cuernos?

Dedo Polvoriento abri los ojos y parpade.

Vaya, lo hice? pregunt mirando al cielo.

Unas nubes cruzaron por encima de la casa