Cornelia Funke - Mundo de Tinta 2 - Sangre de Tinta

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Cornelia Funke - Mundo de Tinta 2 - Sangre de Tinta

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SANGRE DE TINTA("Mundo de tinta", 2)Cornelia Funke 2005, TintenblutTraduccin: Rosa Pilar Blanco Lnea a lnea Mi propio desierto Lnea a lnea Mi paraso. Marie Luise Kaschnitz, "Un poema" _____ 1 _____ PALABRAS A LA MEDIDA Anocheca y Orfeo an no haba llegado. El corazn de Farid lati ms deprisa, como siempre que el da lo dejaba a solas con la oscuridad. Maldito Cabeza de Queso! Dnde se habra metido? En los rboles enmudecan ya los pjaros, ahogados por la noche que se avecinaba, y las cercanas montaas se tean de negro, quemadas por el sol poniente. Pronto el mundo estara tan negro como ala de cuervo, incluso la hierba bajo los pies desnudos de Farid, y los espritus susurraran de nuevo. Farid slo conoca un lugar en el que se senta seguro ante ellos: detrs y muy pegado a Dedo Polvoriento, tan pegado que senta su calor. Dedo Polvoriento no tema a la noche: es ms la amaba. --Qu, ya ests oyndolos otra vez? --pregunt a Farid cuando se le aproxim--. Cuntas ces tendr que decrtelo? En este mundo no hay espritus. Es una de las pocas ventajas que tiene. Estaba apoyado en una encina, escudriando la calle solitaria. Ms arriba un farol iluminaba el asfalto resquebrajado all donde las casas, apenas una docena y muy juntas, se acurrucaban ante las oscuras montaas como si temieran a la noche tanto como Farid. Cabeza de Queso viva en la primera casa de la calle. Detrs de una de las ventanas se vea luz. Dedo Polvoriento llevaba ms de una hora sin perderla de vista. Farid haba intentado muchas veces mantener la misma inmovilidad, pero sus miembros simplemente se negaban a permanecer tanto tiempo sin moverse. --Voy a comprobar dnde est! --No lo hars! --el rostro de Dedo Polvoriento permaneci inexpresivo como siempre, pero su voz le delat. Farid percibi la impaciencia... y la esperanza que sencillamente se negaba a morir, a pesar de la frecuencia con que haba sido frustrada--. Ests seguro de que dijo "viernes"? --S. Y hoy es viernes, no? Dedo Polvoriento se limit a asentir y se apart de la cara sus cabellos, largos hasta los hombros. Farid haba intentado dejar crecer los suyos, pero se le rizaban y encrespaban, rebeldes, y acab cortndoselos al rape con el cuchillo. --El viernes, ms abajo del pueblo, a las cuatro, sas fueron sus palabras, mientras su chucho me grua como si slo un chico moreno pudiera saciar su apetito! --el viento penetr por debajo del fino jersey de Farid, que se frot los brazos, tiritando. Un buen fuego caliente, eso es justo lo que le gustara ahora, pero con ese aire Dedo Polvoriento no le permitira encender ni una cerilla. Las cuatro... Farid alz los ojos hacia el cielo mascullando una maldicin en voz baja. No necesitaba reloj para saber que era mucho ms tarde--. Insisto, ese majadero engredo nos est haciendo esperar a propsito. La fina boca de Dedo Polvoriento esboz una sonrisa. A Farid cada da le costaba menos hacerle sonrer. A lo mejor por eso haba prometido llevrselo consigo si Cabeza de Queso lo devolva a su mundo. A un mundo creado con papel, tinta de imprenta y las palabras de un anciano. "Bah!", pens Farid. "Por qu iba a conseguir precisamente ese tal Orfeo lo que no haban logrado los dems? Muchos lo haban intentado... el Tartaja, el Mirada de Oro, el Lengua Mentirosa... Unos estafadores que les haban robado su dinero..." Detrs de la ventana de Orfeo se apag la luz y Dedo Polvoriento se enderez bruscamente. Una puerta se cerr de golpe y en la oscuridad resonaron unos pasos presurosos e irregulares. Despus a la luz de la farola solitaria apareci Orfeo, Cabeza de Queso, como lo haba bautizado en secreto Farid, debido a su piel plida y a que sudaba al sol igual que un trozo de queso. Descenda sin aliento por la empinada calle, con su perro infernal en pos de s, feo como una hiena. Cuando Dedo Polvoriento lo descubri al borde de la carretera, se detuvo y le salud con una amplia sonrisa. Farid agarr por el brazo a Dedo Polvoriento. --Fjate en su estpida sonrisa. Es ms falsa que el oropel! --le susurr--. Cmo puedes fiarte de l? --Quin dice que me fo? Qu diablos te pasa? Te noto muy inquieto. Prefieres quedarte aqu? Automviles, imgenes en movimiento, msica enlatada, luz que ahuyenta la noche --Dedo Polvoriento salt por encima del muro que le llegaba a la rodilla y que bordeaba la carretera--. A ti te gusta todo eso. Donde yo deseo ir te aburrirs. Pero qu estaba diciendo? Saba de sobra que Farid slo ansiaba una cosa: permanecer a su lado. Se dispona a contestarle enfadado, pero un chasquido duro, parecido al de unas botas pisando una rama, le oblig a volverse, sobresaltado. Tambin Dedo Polvoriento lo haba odo y, tras detenerse, escuchaba. Sin embargo, entre los rboles no se distingua nada: las ramas se movan al viento, y una mariposa nocturna, plida como un espectro, revolote ante la cara de Farid. --Perdonad! Se ha hecho algo tarde! --les grit Orfeo. Farid an no acertaba a comprender que semejante voz pudiera brotar de esa boca. Haban odo hablar de esa voz en algunos pueblos, y Dedo Polvoriento haba emprendido inmediatamente la bsqueda, pero no haban encontrado a Orfeo hasta justo una semana antes, leyendo cuentos a unos nios en una biblioteca, ninguno de los cuales repar en el enano que de improviso sali a hurtadillas por detrs de uno de los estantes abarrotados de libros, ajados por el uso. Pero Dedo Polvoriento s lo haba visto y esper. Cuando Orfeo se dispona a montar de nuevo en su coche, le ense el libro que Farid haba maldecido ms que a cualquier otro objeto. --Oh, s, lo conozco! --haba musitado Orfeo--. Y a ti... --haba aadido casi con devocin, escrutando a Dedo Polvoriento como si quisiera quitarle a fuerza de mirarlas las cicatrices de sus mejillas--, a ti tambin te conozco. T eres lo mejor de l. Dedo Polvoriento! El Bailarn del Fuego! Quin ha ledo para traerte a la ms triste de todas las historias? No digas nada! Ansias regresar, verdad? Pero no encuentras la puerta, la puerta entre las letras. No importa. Yo puedo construirte una nueva, con palabras hechas a la medida. Por un precio de amigo... si eres realmente quien yo creo. Precio de amigo! Y un cuerno. Tras haberle prometido que le entregaran casi todo su dinero, encima lo haban esperado durante horas en ese pueblo dejado de la mano de Dios, en aquella noche ventosa que ola a espritus. --Has traido a la marta? --Orfeo dirigi la linterna hacia la mochila de Dedo Polvoriento--. Ya sabes que a mi perro no le gusta. --No, ahora est buscando comida --la mirada de Dedo Polvoriento cay sobre el libro que Orfeo sujetaba debajo del brazo--. Qu? Has... terminado? --Claro --el perro infernal ense los dientes y clav sus ojos en Farid--. Al principio las palabras se resistieron. Quiz por lo nervioso que me senta. Te lo advert en nuestro primer encuentro: este libro --Orfeo acarici las tapas con los dedos--, era mi favorito cuando era nio. Lo vi por ltima vez a los once aos. Lo robaron de la msera biblioteca de donde lo tomaba prestado. Por desgracia fui demasiado cobarde para robar, pero nunca lo he olvidado. Me ense para siempre lo fcil que es huir con palabras de este mundo y los amigos que se encuentran entre sus pginas, unos amigos maravillosos! Amigos como t, escupefuego, gigantes, hadas...! Sabes cunto llor por ti al leer tu muerte? Pero vives, y todo se arreglar! Contars la historia de nuevo... --Yo? --le interrumpi Dedo Polvoriento con una sonrisa burlona--. No, creme, dejo esa tarea a otros. --S, claro, quiz! --Orfeo carraspe, como si le resultara penoso haber desvelado demasiado de sus sentimientos--. Sea como fuere, me resulta muy enojoso no poder acompaarte --inform mientras se diriga hacia el muro que bordeaba la carretera con andares extraamente torpes--. El lector ha de quedarse, sa es la regla frrea. Lo he intentado todo para deslizarme dentro de un libro, pero es de todo punto imposible --se detuvo suspirando, introdujo la mano bajo su mal sentada chaqueta y extrajo una hoja de papel--. Bueno, he aqu lo que me has encargado --comunic a Dedo Polvoriento--. Unas palabras maravillosas, slo para ti, un camino hecho de palabras que te devolver a tu mundo. Toma, lelo. Dedo Polvoriento, vacilante, cogi la hoja cubierta por letras delicadas, en posicin inclinada, entrelazadas como hilo de coser. Dedo Polvoriento recorri con el dedo las palabras, como si sus ojos tuvieran que acostumbrarse a ellas, mientras Orfeo lo observaba como un escolar a la espera de su nota. Cuando Dedo Polvoriento levant la cabeza, su voz denotaba sorpresa. --Escribes muy bien. Unas palabras maravillosas... Cabeza de Queso se puso colorado. Pareca que alguien le haba echado zumo de mora a la cara. --Me alegro de que te guste. --S, me encanta. Todo es tal como te lo describ. Slo que suena un poco mejor. Orfeo volvi a coger la hoja de la mano de Dedo Polvoriento con una sonrisa tmida. --No puedo prometerte que la hora del da sea la misma --dijo con voz tenue--. Las leyes de mi arte son difciles de dominar, pero, creme, nadie sabe ms de ellas que yo. Por ejemplo, slo habra que modificar o seguir desarrollando un libro utilizando las palabras que ya figuran en l. Con demasiadas palabras ajenas no ocurre nada o acontece algo inesperado. Quiz suceda algo diferente si t mismo eres el autor... --Por todas las hadas, llevas ms palabras dentro de ti que una biblioteca entera! --lo interrumpi Dedo Polvoriento con impaciencia--. Qu te parecera empezar ahora mismo la lectura? Orfeo enmudeci abruptamente, como si se hubiera tragado la lengua. --Seguro --dijo con tono ligeramente ofendido--. Ya vers. Con mi ayuda el libro volver a acogerte igual que a un hijo prdigo. Te absorber como el papel a la tinta. Dedo Polvoriento se limit a asentir y contempl la solitaria calle en pendiente. Farid percibi cunto ansiaba creer a Cabeza de Queso... y el pnico que senta a sufrir otra decepcin. --Y qu pasa conmigo? --Farid avanz hasta situarse a su lado--. Habr escrito tambin algo sobre m, no? Lo has comprobado? Orfeo le lanz una mirada poco amistosa. --Dios mo! --exclam con tono burln dirigindose a Dedo Polvoriento--. El chico parece en verdad muy apegado a ti! Dnde lo recogiste? En alguna cuneta? --No exactamente --repuso Dedo Polvoriento--. Lo sac de su historia el mismo hombre que tambin me hizo a m ese favor. --Ese tal... Lengua de Brujo? --Orfeo pronunci el nombre con desdn, como si no acertase a creer que alguien se lo mereciera. --Pues s. As se llama. Y t cmo lo sabes? --la sorpresa de Dedo Polvoriento era evidente. El perro infernal olfateaba los dedos desnudos de los pies de Farid... y Orfeo se encogi de hombros. --Tarde o temprano uno oye hablar de todo aquel que es capaz de insuflar vida a las letras. --Ah, s? --la voz de Dedo Polvoriento son incrdula, pero no sigui preguntando. Se limit a mirar fijamente la hoja cubierta con la delicada caligrafa de Orfeo. Pero Cabeza de Queso segua observando a Farid de hito en hito. --De qu libro procedes? --le pregunt--. Por qu te niegas a regresar a tu propia historia y prefieres la suya, donde nada se te ha perdido? --Y a ti qu te importa? --replic Farid con hostilidad. Cabeza de Queso le gustaba cada da menos. Era demasiado curioso... y demasiado astuto. Dedo Polvoriento, sin embargo, se limit a soltar una risita ahogada. --Su propia historia? No, Farid no siente ninguna nostalgia de ella. El chico cambia de historia como una serpiente de piel. Farid percibi en su voz una suerte de admiracin. --Vaya, eso hace? --Orfeo dirigi a Farid una mirada tan altanera que, de no haber estado all el perro infernal que clavaba en l sus ojos hambrientos, al chico le habra gustado soltarle una patada en sus torpes rodillas--. Bueno --dijo Orfeo sentndose en el muro--. A pesar de todo, te lo advierto! Leer para llevarte de vuelta es una minucia, pero al chico no se le ha perdido nada en esa historia. No puedo mencionar su nombre. Como has visto, tan slo se habla de un muchacho y no te garantizo que eso funcione. Y aunque as sea, seguramente solo crear confusin. A lo mejor incluso te trae desgracia! Pero de qu estaba hablando ese maldito individuo? Farid mir a Dedo Polvoriento. "Por favor!" pensaba. "Ay, por favor, no le escuches! Llvame contigo!" Dedo Polvoriento le devolvi la mirada. Y sonri. --Desgracia? --inquiri, y se le not en la voz que saba ms que nadie de la desgracia--. Bobadas. El chico me trae suerte. Adems es un escupefuego la mar de bueno. l viene conmigo. Y esto de aqu, tambin --antes de que Orfeo comprendiera a qu se refera, Dedo Polvoriento cogi el libro que Orfeo haba depositado encima del muro--. A ti ya no te hace ninguna falta, y yo dormir mucho ms tranquilo con l en mi poder. --Pero... --Orfeo le mir desilusionado--. Ya te dije que es mi libro favorito! De veras, me encantara conservarlo. --Bueno, a m tambin --respondi Dedo Polvoriento entregando el libro a Farid--. Toma, y viglalo bien. Farid, estrechndolo contra su pecho, asinti. --Gwin --dijo--. Todava tenemos que llamar a Gwin --pero cuando sac un poco de pan duro del bolsillo del pantaln y se dispuso a gritar el nombre de la marta, Dedo Polvoriento le tap la boca con la mano. --Gwin se quedar aqu! --exclam. Si le hubiera informado de que pretenda abandonar a su brazo derecho, Farid jams le habra credo--. Por qu me miras as? Al otro lado capturaremos otra marta, una que sea menos arisca. --Bueno, al menos en lo que a eso concierne eres razonable --coment Orfeo. De qu estaba hablando? Dedo Polvoriento, sin embargo, eludi la mirada inquisitiva de Farid. --Venga, empieza a leer de una vez! --espet a Orfeo con tono brusco--. O es que vamos a seguir aqu plantados cuando salga el sol? Orfeo le mir un momento como si quisiera decir algo. Pero despus carraspe. --De acuerdo --dijo--. Tienes razn. Diez aos en la historia equivocada es demasiado tiempo. Leamos. Las palabras. Las palabras llenaron la noche como el aroma de flores invisibles. Unas palabras hechas a la medida, creadas a partir del libro que Farid sostena con firmeza, ensambladas por las manos de Orfeo, plidas como la masa, hasta adquirir un nuevo sentido. Hablaban de otro mundo, de un mundo lleno de prodigios y espantos. Farid aguz los odos, olvidndose del tiempo. Ya ni siquiera confiaba en su existencia. Slo exista la voz de Orfeo, que no armonizaba en absoluto con la boca de la que brotaba. Lo haca desaparecer todo, la calle llena de baches y las casas mseras del final, la farola, el muro sobre el que se sentaba Orfeo, incluso la luna sobre los rboles negros. Y el aire desprendi de repente un olor extico y dulzn... "Puede hacerlo", pens Farid, "claro que puede", mientras la voz de Orfeo lo cegaba y ensordeca para todo lo que no estuviera compuesto de palabras. Cuando Cabeza de Queso call de repente, mir confundido en torno suyo, mareado por el sonido melodioso de las palabras. Por qu seguan ah las casas y la farola oxidada por el viento y la lluvia? Tambin estaban Orfeo y su perro infernal. Slo uno haba desaparecido. Dedo Polvoriento. Farid, sin embargo, continuaba en la misma calle solitaria. En el mundo equivocado. _____ 2 _____ OROPEL Un bicho como Joe -eso lo tenan clarsimo- tena que haber vendido su alma al diablo, y combatir contra un poder semejante podra acarrear consecuencias demasiado funestas.Mark Twain, Tom Sawyer --No! --Farid percibi el espanto en su propia voz--. No! Qu has hecho? Dnde est l Orfeo se levant con parsimonia del muro, la maldita hoja todava en la mano, y sonri. --En casa. Dnde si no? --Y yo qu? Sigue leyendo! Vamos, lee de una vez! --todo se difumin tras el velo de sus lgrimas. Se haba quedado tan solo como antes de encontrar a Dedo Polvoriento. Farid empez a temblar y no se dio cuenta de que Orfeo le arrebataba el libro de las manos. --Lo he demostrado una vez ms! --le oy murmurar Farid--. Llevo mi nombre con justicia. Soy el maestro de todas las palabras, tanto de las escritas como de las habladas. Nadie puede medirse conmigo. --El maestro? Pero de qu hablas? --Farid grit tan alto, que hasta el perro infernal se encogi--. Si tanto entiendes de tu oficio, por qu sigo aqu? Vamos, lee otra vez! Y devulveme el libro! --alarg la mano hacia l, pero Orfeo retrocedi con portentosa agilidad. --El libro? Por qu debera entregrtelo? Seguramente ni siquiera sabrs leer. Te confesar algo! Si hubiera querido que lo acompaaras, ahora estaras all, pero a ti no se te ha perdido nada en su historia, por eso simplemente he omitido las frases sobre ti. Entendido? Y ahora, lrgate antes de que te azuce al perro. Cuando era un cachorro, chicos como t le tiraron piedras y desde entonces le encanta perseguir a la gente de tu ralea. --Hijo de perra! Mentiroso! Estafador! --a Farid se le quebr la voz. Ya se lo haba advertido a Dedo Polvoriento. Ese Cabeza de Queso era ms falso que el oropel! Algo peludo, hocico redondo y diminutos cuernos entre las orejas, se introdujo entre sus piernas. La marta. "Se ha ido, Gwin", pens Farid. "Dedo Polvoriento se ha ido. Jams volveremos a verlo!" El perro infernal agach su pesada cabeza y dio un paso vacilante hacia la marta, pero Gwin le ense los dientes, afilados como agujas, y el perrazo, perplejo, apart el hocico. Su miedo infundi valor a Farid. --Vamos, entrgamelo ya! --golpe el pecho de Orfeo con su delgado puo--. El papel y el libro! O te abro en canal como a una carpa. S, eso har! --sus sollozos no imprimieron a sus frases la fuerza deseada. Orfeo dio unas palmaditas en la cabeza a su perro mientras deslizaba el libro en la pretina de su pantaln. --Oh, ahora s que nos asustamos, no es verdad, Cerbero? Gwin se apret contra las piernas de Farid. Su rabo se contraa nerviosamente de un lado a otro. Farid pens que la causa era el perro, incluso cuando la marta salt a la carretera y desapareci entre los rboles que crecan al otro lado. "Ciego y sordo", pens ms tarde una y otra vez. Ciego y sordo Farid. Orfeo, sin embargo, sonrea como alguien que sabe ms que su interlocutor. --Sabes una cosa, amiguito? --inquiri--. La verdad es que cuando Dedo Polvoriento me exigi que le devolviera el libro me llev un susto de muerte. Por suerte te lo dio a ti, pues de lo contrario no habra podido hacer nada. Ya fue bastante difcil disuadir a mis clientes de que lo matasen, pero no les qued ms remedio que prometrmelo. Con esa condicin ech el cebo para conseguir el libro, porque de eso se trata aqu, por si no te has dado cuenta. Slo se trata del libro, de nada ms. S, ellos prometieron no tocarle ni un pelo a Dedo Polvoriento, pero por desgracia nunca se habl de ti. Antes de comprender las intenciones de Cabeza de Queso, Farid not la navaja en su garganta, afilada como una caa y ms fra que la neblina entre los rboles. --Caramba, a quin tenemos aqu? --le susurr al odo una voz inolvidable--. No estabas con Lengua de Brujo la ltima vez que te vi? Por lo visto, a pesar de ello ayudaste a Dedo Polvoriento a robar el libro, verdad? Vaya, vaya, te has convertido en un lindo mozalbete --la navaja cort la piel de Farid, y un aliento mentolado acarici su rostro. Si no hubiera reconocido a Basta por la voz, lo habra hecho por su aliento. Basta siempre llevaba consigo su cuchillo y unas hojas de menta. Masticaba las hojas y escupa los restos ante los pies. Era peligroso como un perro rabioso y no demasiado listo, pero cmo haba llegado hasta all? Cmo los haba encontrado? --Bueno, qu te parece mi nuevo cuchillo? --ronrone al odo de Farid--. Me habra encantado enserselo tambin al comefuego, pero Orfeo, aqu presente, siente debilidad por l. Qu importa, ya encontrar a Dedo Polvoriento! A l, a Lengua de Brujo y a la bruja de su hija. Todos ellos pagarn... --Por qu? --balbuce Farid--. Por haberte salvado de la Sombra? Basta se limit a presionar el cuchillo con ms fuerza contra su cuello. --Salvado? Desgracia es lo que me trajeron, nicamente desgracia! --Por el amor de Dios, aparta ese cuchillo! --intervino Orfeo con voz asqueada--. No es ms que un muchacho. Deja que se vaya. Tengo el libro, tal como acordamos, as que... --Dejar que se vaya? --Basta se ech a rer, pero la risa se le ahog en la garganta. Detrs de ellos, procedente del bosque, son un bufido, y el perro infernal agach las orejas. Basta se volvi. --Qu diablos es eso? Maldito idiota! Qu es lo que has hecho salir del libro? Farid no quiso saberlo. Slo not que Basta afloj un instante la presin de su mano. Fue suficiente. Le propin tal mordisco que palade la sangre. Basta dej caer el cuchillo gimiendo. Farid lanz los codos hacia atrs con toda su fuerza, golpeando con ellos su pecho flaco... y ech a correr. Haba olvidado por completo el muro que bordeaba la carretera. Tropez con l y cay con tanta violencia sobre las rodillas que se qued sin aliento. Al incorporarse, vio en el asfalto la hoja de papel que haba transportado lejos a Dedo Polvoriento. El viento deba haberla arrastrado hasta la carretera. La recogi con suma celeridad. Por eso simplemente he omitido las frases sobre ti. Entendido?, se burl la voz de Orfeo en su cabeza. Farid apret la hoja contra su pecho y prosigui su carrera, cruzando la carretera, hacia los rboles que aguardaban, oscuros, al otro lado. A sus espaldas grua y ladraba el perro infernal, despus empez a aullar. Un nuevo bufido salvaje oblig a Farid a correr con mayor celeridad. Orfeo solt un alarido, el miedo torn su voz estridente y fea. Basta maldijo, y luego reson otro bufido salvaje, semejante al de los grandes felinos que poblaban el viejo mundo de Farid. "No mires atrs!", se dijo. "Corre, corre!", orden a sus piernas. "Deja que el felino devore al perro infernal, que se los coma a todos, a Basta y a Cabeza de Queso, pero t corre!" Las hojas muertas cadas entre los rboles estaban hmedas y amortiguaban el ruido de sus pasos, pero estaban resbaladizas y lo hicieron escurrirse por la pendiente empinada. Desesperado busc asidero en el tronco de un rbol, se apret temblando contra l y acech en la noche. Qu pasara si Basta oa sus jadeos? Un sollozo escap de su pecho y apret las manos contra su boca. El libro, Basta tena el libro! l habra debido vigilarlo... Ahora, cmo volvera a encontrar a Dedo Polvoriento? Farid acarici la hoja con las palabras de Orfeo que an presionaba contra su pecho. Estaba sucia y hmeda... pero era toda su esperanza. --Eeeeh, pequeo bastardo mordedor! --la voz de Basta rompi el silencio de la noche--. Corre cuanto quieras, ya te echar el guante, me oyes? A ti, al comefuego, a Lengua de Brujo, a su linda hija y al viejo que escribi las malditas palabras! Os matar a todos vosotros. Uno tras otro! Con la misma facilidad con que acabo de abrir en canal a la bestia que ha salido del libro. Farid apenas se atreva a respirar. "Adelante!", se dijo. "Vamos, sigue corriendo! Basta no puede verte!" Temblando, tante en busca del prximo tronco de rbol para hallar un asidero y dio las gracias al viento por agitar las hojas por encima de l ocultando con su rumor el ruido de sus pasos. Cuntas veces tendr que decrtelo? En este mundo no hay espritus. Es una de las pocas ventajas que tiene. Oy la voz de Dedo Polvoriento como si caminase en pos de l. Farid se repeta esas palabras una y otra vez, mientras las lgrimas recorran su rostro y las espinas laceraban sus pies. "No hay espritus, no hay espritus!" Una rama golpe su rostro con tal violencia que estuvo a punto de soltar un grito. Le estaran siguiendo? Nada oa, salvo el viento. Volvi a resbalar y baj la pendiente a trompicones. Las ortigas quemaban sus piernas y las bardanas se enredaban en su pelo. Un ser clido y peludo le salt encima, apretando el hocico contra su cara. --Gwin? --Farid palp la pequea cabeza. S, ah estaban los cuernos diminutos. Apret el rostro contra la mullida piel de la marta--. Basta ha vuelto, Gwin! --susurr--. Y tiene el libro! Qu pasar si Orfeo lo traslada al otro lado con la lectura? Seguro que tarde o temprano regresar, t tambin lo crees, verdad? Cmo vamos a prevenir ahora a Dedo Polvoriento? Dos veces ms top con la carretera que descenda serpenteando montaa abajo, pero Farid no se atrevi a seguirla. Prefiri continuar abrindose paso por la espinosa maleza. Comenz a jadear, pero no se detuvo. Cuando los primeros rayos del sol penetraron a tientas entre los rboles y Basta todava no haba aparecido tras l, Farid supo que haba conseguido escapar. "Y ahora, qu?", pens mientras yaca jadeante sobre la hierba seca. "Y ahora, qu?" De pronto se acord de otra voz, la voz que lo haba trado a este mundo. Lengua de Brujo. Claro. Slo l poda ayudarle ahora, l o su hija Meggie. Ahora vivan en casa de la comelibros. Farid estuvo all una vez con Dedo Polvoriento. Era un largo camino, sobre todo con los pies llenos de cortes. Pero tena que llegar antes que Basta... _____ 3 _____ DEDO POLVORIENTO REGRESA AL HOGAR "Qu es", dijo el leopardo, "lo que es tan oscursimo y sin embargo lleno de trocitos de luz?" Rudyard Kipling, "As fue como consigui el leopardo sus manchas" Durante un instante Dedo Polvoriento crey que nunca se haba alejado de all, que una pesadilla le haba dejado un sabor inspido en la lengua y una sombra en el corazn, nada ms... De repente, recuper todo: los sonidos, tan familiares y nunca olvidados, los olores, los troncos de los rboles moteados por la luz de la maana, las sombras de las hojas sobre su rostro. Algunas estaban teidas de muchos colores, igual que en el otro mundo. Tambin en ste se aproximaba el otoo, pero el aire an era templado. Ola a bayas maduras, a miles de flores marchitndose cuyo aroma embriagaba los sentidos, a flores plidas como la cera brillando a la sombra de los rboles, estrellas azules pendiendo de tallos sutiles, tan delicadas que refren el paso para no pisarlas. Encinas, pltanos, tuliperos a su alrededor... cmo se proyectaban hacia el cielo! Casi se haba olvidado del tamao que poda alcanzar un rbol, de la corpulencia y altura de su tronco, de su copa tan vasta que debajo poda cobijar a una tropa de jinetes. En el otro mundo los bosques eran jvenes. Siempre le haban dado la sensacin de ser viejo, tan viejo que los aos lo cubran como una capa de holln. Aqu volva a ser joven, apenas de la edad de las setas que crecan entre las races, y de la altura de cardos y ortigas. Pero dnde estaba el chico? Dedo Polvoriento acech en torno suyo, gritando su nombre una y otra vez. --Farid! En los ltimos meses ese nombre le resultaba casi tan familiar como el suyo. Pero nadie contest. Slo su propia voz reson entre los rboles. As que haba sucedido. El chico se haba quedado all. Qu hara ahora, tan solo? "Bueno, y qu?", pens Dedo Polvoriento mirando en vano a su alrededor por ltima vez. "Se las arreglar mucho mejor que t. El estruendo, el trajn, el gento, s, todo eso le gusta. Adems le has enseado bastante, juega con el fuego casi con la misma habilidad que t." Cierto, el chico saldra adelante. No obstante, esa alegra momentnea se marchit en el pecho de Dedo Polvoriento como una de las flores a sus pies, y la luz de la maana, que momentos antes le haba dado la bienvenida, pareca lvida y exnime. El otro mundo haba vuelto a engaarle. S, lo haba dejado libre despus de muchos aos, pero se haba quedado con lo nico por lo que en el otro lado haba sentido apego su corazn... "Bueno, y qu enseanza puedes extraer de ello?", se pregunt mientras se arrodillaba en la hierba hmeda de roco. "Es preferible que conserves tu corazn para ti mismo, Dedo Polvoriento..." Recogi una hoja que brillaba roja como el fuego en el musgo oscuro. En el otro mundo no haba hojas similares, o s? Pero qu le suceda? Volvi a incorporarse irritado. "Eh, Dedo Polvoriento! Has vuelto! Has vuelto!", se increp. "Olvida al chico. Se ha perdido, pero a cambio t has recuperado tu mundo, un mundo entero. Lo has recuperado. Crelo! Crelo de una vez!" Ojal no hubiera sido tan duro. Era mucho ms fcil creer en la desdicha que en la dicha. Tuvo que tocar cada flor, palpar cada rbol, estrujar la tierra entre sus dedos y sentir la primera picadura de mosquito en la piel para creerlo. S, haba regresado. Estaba realmente de vuelta. Por fin. De repente la felicidad se le subi a la cabeza igual que un vaso de vino fuerte, hasta el punto de que ni siquiera recordar a Farid logr enturbiarla. La pesadilla haba durado diez aos, pero haba concluido. Qu liviano se senta, tan liviano como las hojas doradas que llovan de los rboles. Feliz. "Acurdate, Dedo Polvoriento, as es la felicidad." Orfeo haba ledo hasta trasladarlo justo al lugar que l le haba descrito. All estaba la charca que centelleaba entre piedras blanco grisceas, bordeada por las adelfas en flor, y tan slo a unos pasos de la orilla se alzaba el pltano en el que anidaban los elfos de fuego. Sus nidos parecan adherirse al tronco claro ms apretados de lo que recordaba. Unos ojos no entrenados los habran tomado por nidos de abeja, pero eran ms pequeos y algo ms claros, casi tan claros como la corteza que se desprenda del alto tronco. Dedo Polvoriento volvi mirar en torno suyo y respir de nuevo el aire que haba aorado durante diez aos. Unos aromas casi olvidados se mezclaron con los que conoca del otro mundo. Los rboles que crecan al borde de la charca tambin se encontraban all, aunque eran ms pequeos y mucho ms jvenes: los eucaliptos y alisos extendan sus ramas sobre el agua como si las hojas quisieran refrescarse. Dedo Polvoriento se abri paso con cautela a travs de ellos hasta llegar a la orilla. Una tortuga se alej lentamente cuando su sombra cay sobre su caparazn. Encima de una piedra, un sapo proyecto su veloz lengua y se zamp a un elfo de fuego. Bandadas enteras sobrevolaban el agua... con un dbil zumbido que siempre trasluca irritacin. Iba siendo hora de robarles. Dedo Polvoriento se agach sobre una de las hmedas piedras. A su espalda se oy un crujido y por un instante se sorprendi buscando con la vista el pelo oscuro de Farid o la cabeza con cuernos de Gwin, pero slo era un lagarto que se deslizaba desde las hojas para tumbarse a tomar el sol otoal en una de las piedras. --Botarate! --murmur mientras se inclinaba hacia delante--. Olvdate del chico, y por lo que concierne a la marta, seguro que no la echars de menos. Adems, tenas motivos de sobra para abandonarlos. Su reflejo tembl en el agua oscura. Su rostro era el mismo de antao. Las cicatrices seguan en su sitio, por supuesto, pero al menos no haba sufrido ms daos, ni la nariz hundida, ni una pierna rgida como Cockerell, todo estaba en su sitio. Incluso conservaba la voz... Ese tal Orfeo pareca dominar realmente su oficio. Dedo Polvoriento se inclin ms sobre el agua. Dnde estaban? Le habran olvidado? Las hadas azules solan olvidar cualquier rostro al cabo de unos minutos. Cmo sera eso con ellas? Diez aos eran mucho tiempo, pero contaran ellas los aos? El agua se agit, y su reflejo se mezcl con otra cara. Unos ojos de sapo lo miraban desde un rostro casi humano, sus largos cabellos flotaban en el agua igual que la hierba, verdes y sutiles. Dedo Polvoriento sac la mano del agua fresca, y otra se alarg hacia fuera, delgada y delicada, semejante casi a la de un nio, cubierta con unas escamas tan diminutas que apenas se distinguan. Un dedo mojado, fresco como el lquido del que proceda, roz su rostro, recorriendo las cicatrices. --S, mi cara es inolvidable, verdad? --Dedo Polvoriento habl tan quedo que su voz apenas fue un susurro. A las ondinas les disgustaban las voces ruidosas--. As que recuerdas las cicatrices. Recuerdas tambin lo que siempre os peda cuando vena aqu? Los ojos de sapo, oro y negro, le miraban. Despus la ondina desapareci, se hundi, como si hubiera sido un espejismo. Momentos despus surgieron tres de ellas en el agua oscura. Bajo la superficie relucan unos hombros plidos como hojas de lirio con colas de pez y escamas de colores similares a las panzas de perca, retorcindose casi invisibles en la profundidad. Los diminutos mosquitos que bailoteaban por encima del agua acribillaron la cara y los brazos de Dedo Polvoriento, como si hubieran estado esperndolo, pero l apenas lo not. Las ondinas no haban olvidado su rostro ni lo que l necesitaba de ellas para invocar al fuego. Ellas alargaron sus manos fuera del agua. Diminutas burbujas de aire ascendieron a la superficie con su risa, muda al igual que todo en ellas. Estrecharon sus manos entre las suyas, le acariciaron los brazos, el rostro y el cuello desnudo hasta que su piel se torn tan fra como la suya, cubierta con la misma fina capa de lodo que protega sus escamas. Desaparecieron con la misma celeridad con que haban aparecido. Sus rostros se hundieron en la oscuridad del estanque, y Dedo Polvoriento habra credo como siempre que haba sido un sueo de no haber sido por el frescor de su piel, el resplandor que desprendan sus manos y brazos. --Gracias --musit, a pesar de que slo su reflejo temblaba en el agua. Luego se incorpor, deslizndose por la orilla entre las adelfas, y camin con el mayor sigilo posible hacia el rbol de fuego. Si Farid hubiera estado all, habra saltado de excitacin como un potro entre la hierba hmeda... Cuando se detuvo ante el pltano, telaraas hmedas de roco se pegaban a las ropas de Dedo Polvoriento. Los nidos inferiores colgaban tan bajos que pudo tocar cmodamente uno de los agujeros de entrada. Los primeros elfos volaron enfurecidos hacia l cuando introdujo los dedos humedecidos por las ondinas, pero l los apacigu con un suave zumbido. Si acertaba con el tono adecuado, su agitado revoloteo se converta pronto en un vuelo vacilante, su propio zumbido y regaina se tornaba somnoliento, hasta que se posaron en sus brazos, sus diminutos cuerpos calientes abrasndole la piel. Por mucho que le doliera, no poda retroceder bruscamente, ni espantarlos, tena que introducir los dedos an ms profundamente en el nido hasta que encontr lo que buscaba: su miel de fuego. Las abejas picaban y los elfos de fuego te agujereaban la piel con sus quemaduras si las ondinas no la haban rozado antes. Incluso con esa proteccin era aconsejable no ser demasiado avaricioso al robarles. Si se coga demasiado, sobrevolaban la cara y quemaban la piel y el pelo del ladrn y no lo dejaban marchar antes de que se retorciera de dolor al pie de su rbol. Dedo Polvoriento, sin embargo, jams fue tan vido como para enfurecerlos y se limit a extraer del nido un grumo diminuto, apenas mayor que la ua de su pulgar. Era todo cuanto necesitaba por el momento. Sigui zumbando en voz baja mientras envolva su pegajoso botn en una hoja. Los elfos de fuego se animaron en cuanto dej de zumbar. Lo rodearon revoloteando cada vez ms deprisa y ms rpido, mientras sus voces iban en crescendo, igual que el iracundo zumbido de los abejorros. Pero no lo atacaron. No haba que mirarlos, haba que comportarse como si no reparases en ellos, mientras te volvas sin prisa y te alejabas despacio, muy despacio. Siguieron revoloteando en torno a Dedo Polvoriento durante un buen rato, pero al final se quedaron atrs, y l sigui el arroyuelo que, tras brotar de la charca de las ondinas, se alejaba serpenteando despacio entre sauces, alisos y caaverales. Saba adonde lo conducira el arroyo: fuera del Bosque Impenetrable en el que uno nunca se encontraba con sus congneres, hacia el norte, all donde el bosque perteneca al hombre y su madera caa tan deprisa vctima de las hachas que la mayora de los rboles moran antes de que su copa hubiera podido ofrecer cobijo ni siquiera a un jinete. Siguiendo el arroyo, atravesara el valle que se ensanchaba poco a poco, cruzara colinas que ningn ser humano haba hollado jams porque all moraban gigantes, y osos, y criaturas a las que todava nadie haba dado nombre. En algn momento aparecera en las laderas la primera choza de carboneros, la primera mancha desnuda en medio del verdor, y Dedo Polvoriento no slo volvera a ver a las hadas y a las ondinas, sino ojal que tambin a algunas personas largo tiempo aoradas. Cuando divis entre dos rboles lejanos un lobo somnoliento, se agazap y esper inmvil a que su hocico gris volviera a desaparecer. S, osos y lobos... Tena que volver a aprender a aguzar los odos, a percibir su cercana antes de que lo ventearan, sin olvidar a los grandes felinos salvajes, moteados como troncos de rbol a la luz del sol, y a las serpientes, verdes como el follaje en el que tanto les complaca esconderse. Se dejaban caer desde las ramas con mayor sigilo que su mano al apartar una hoja de su hombro. Por fortuna, los gigantes solan permanecer en sus colinas, donde ni siquiera l osaba acudir. Slo en invierno bajaban algunas veces. Pero haba adems otras criaturas, seres menos apacibles que las ondinas y a los que no se poda apaciguar con un zumbido como a los elfos de fuego. Aunque solan permanecer invisibles, bien ocultos entre la madera y el verde, eran peligrosos: Hombre de Corcho, Cogeagujeros, Scubos Negros, ncubos... Algunos de ellos se aventuraban en ocasiones hasta las cabaas de los carboneros. --De manera que ten cuidado! --susurr Dedo Polvoriento--. No querrs que tu primer da en casa sea tambin el ltimo. El entusiasmo por el regreso se disip lentamente y le permiti pensar con ms claridad. Pero la dicha permaneci, blanda y clida, en su corazn como el plumn de un pjaro joven. Tras despojarse de la ropa junto a un arroyo, se lav del cuerpo el lodo de las ondinas, el holln de los elfos de fuego y la mugre del otro mundo. Despus se enfund las ropas que no se haba puesto durante diez aos. Aunque las haba cuidado con esmero, la tela negra mostraba agujeros de las polillas, y las mangas ya estaban radas cuando las desech para el otro mundo. Todo era negro y rojo, los colores de los escupefuego, igual que los funmbulos se vestan de azul cielo. Acarici la tela spera, se enfund el jubn de amplias mangas y se ech sobre los hombros el tabardo oscuro. Por suerte todava le sentaba bien. Hacerse ropa nueva costaba un ojo de la cara, aunque uno procediese como los juglares y le entregase al sastre los trajes viejos para que los arreglara. Cuando anocheci, busc con la vista un lugar seguro donde dormir. Finalmente subi a un alcornoque cado, cuyo cepelln se alzaba tan alto en el aire que era apropiado para pasar la noche. Era como un bastin de tierra, pero continuaba hundiendo sus races en el suelo, ansioso por aferrarse a la vida. La copa del rbol cado haba echado hojas nuevas a pesar de que ya no se proyectaba hacia el cielo, sino hacia la tierra. Dedo Polvoriento trep con agilidad manteniendo el equilibrio por el poderoso tronco arriba, engarfiando los dedos en la spera corteza. Cuando estuvo entre las races que se estiraban en el aire como si tambin all encontraran alimento, unas hadas que obviamente buscaban material de construccin para sus nidos levantaron el vuelo despotricando. Claro, comenzaba el otoo y ya iba siendo hora de disponer un cobijo ms resistente a la intemperie. Las hadas azules no se esforzaban demasiado en construir sus nidos de primavera, pero en cuanto aparecan las primeras hojas multicolores, se afanaban por mejorarlos y acolcharlos con pelos de animal y plumas de pjaro; entretejan hierbas y ramas adicionales en las paredes y los impermeabilizaban con musgo y saliva de hada. Dos de esos diminutos seres azules, en lugar de alejarse revoloteando al verlo, miraron con avidez sus cabellos pelirrojos, mientras la luz del crepsculo que caa entre las copas de los rboles tea sus alas de rojo. --Ah, s, claro --Dedo Polvoriento ri en voz baja--. Queris algunos de mis cabellos para vuestros nidos. Se cort un mechn con el cuchillo. Una de las hadas lo agarr con sus manitas menudas de escarabajo y se alej aleteando presurosa. La otra, tan diminuta que seguramente acababa de salir de su huevo blanco como el ncar, la sigui. Haba echado de menos a esos descarados seres azules, los haba echado mucho de menos. Bajo l, la noche irrumpa entre los rboles, aunque por encima de su cabeza el sol poniente an coloreaba las copas rojas como acederas en un prado veraniego. Las hadas pronto dormiran en sus nidos, los ratones y conejos en sus cuevas, el frescor de la noche entumecera los miembros de las lagartijas y los cazadores se prepararan, sus ojos luces amarillas en la noche negra. "Bueno, esperemos que no tengan hambre de un come-fuego", pens Dedo Polvoriento, mientras estiraba las piernas sobre el tronco cado. Clav el cuchillo a su lado en la corteza quebradiza, se arrebuj en el tabardo, que no se haba puesto durante diez aos, alrededor de los hombros y alz la vista hacia las hojas cada vez ms oscuras. Un buho se cimbre en una encina y se alej volando, apenas una sombra entre las ramas. Cuando se extingui el da, un rbol musit en sueos palabras incomprensibles para cualquier odo humano. Dedo Polvoriento cerr los ojos y escuch. Haba regresado a casa. _____ 4 _____ LA HIJA DE LENGUA DE BRUJO Acaso slo haba un mundo que soaba con otros mundos? Philip Pullman, La daga Meggie odiaba discutir con Mo. Despus todo su cuerpo temblaba y nada poda consolarla, ni los abrazos de su madre, ni el regaliz que Elinor le entregaba a escondidas tras haber escuchado sus voces en la biblioteca, ni Darius, que en tales casos crea en el efecto misterioso de la leche caliente endulzada con miel. Nada. En ese caso haba resultado especialmente malo, porque en realidad Mo haba ido a verla para despedirse. Le esperaba un nuevo encargo, unos libros enfermos, demasiado viejos y valiosos para envirselos. Antes, Meggie le habra acompaado, pero ahora haba decidido quedarse con Elinor y con su madre. Y por qu haba llegado l a su habitacin precisamente cuando volva a hojear las libretas de notas? En los ltimos tiempos haban discutido con frecuencia por culpa de esas libretas, a pesar de que su padre odiaba las discusiones tanto como ella. Luego, su padre sola desaparecer en el taller que Elinor haba mandado construir para l detrs de la casa, y Meggie lo segua cuando ya no aguantaba ms el enfado. l nunca alzaba la cabeza cuando Meggie se deslizaba por la puerta y se sentaba a su lado sin decir palabra, en la silla que siempre la esperaba, y observaba su labor, como haba hecho desde que ni siquiera saba leer. Le gustaba ver sus manos liberando a un libro de su ajado vestido, separando las pginas manchadas, cortando los hilos que sujetaban el viejo bloque del libro, o ablandando viejo papel de hilo para remendar una pgina carcomida. Mo tardaba mucho en volverse para preguntarle cualquier cosa: Le gustaba el color que haba escogido para un forro de lino? No pensaba tambin que la pasta de papel que haba preparado para el remiendo le haba salido un poco oscura? Era la forma de disculparse de su padre: No discutamos ms, Meggie, olvidemos lo que hemos dicho... Pero ese da fue imposible. Porque l, en lugar de desaparecer en su taller, se march a casa de algn coleccionista para alargar la vida de sus tesoros impresos. Esta vez no acudira a su lado con un libro como regalo de reconciliacin, descubierto en alguna librera de viejo, o un marcapginas adornado con plumas de arrendajo comn halladas en el jardn de Elinor... Por qu no habra ledo otro libro cuando su padre entr en su habitacin? --Cielos, Meggie, es que no tienes en la cabeza nada ms que esas libretas de notas! --le haba dicho, enfadado, en los ltimos meses siempre que la haba encontrado en su habitacin tumbada sobre la alfombra, sorda y ciega para todo lo que suceda a su alrededor, los ojos prendidos de las letras con las que ella haba escrito lo que le haba contado Resa... sobre lo que ella haba vivido "all", segn la amarga denominacin de Mo. All. El Mundo de Tinta haba convocado a Meggie al lugar que Mo censuraba tanto y del que su madre hablaba a veces con nostalgia... El Mundo de Tinta por el libro que hablaba de ese lugar: Corazn de Tinta. El libro haba desaparecido, pero los recuerdos de su madre eran tan vivos como si no hubiera transcurrido ni un solo da desde que estuvo en ese mundo de papel y tinta de imprenta poblado por hadas y prncipes, ondinas, elfos de fuego y rboles que crecan hasta el cielo. Meggie se haba pasado innumerables das y noches sentada junto a Resa, escribiendo lo que su madre le refera por seas. Resa haba perdido su voz en El Mundo de Tinta, y relataba aquellos aos a su hija bien con lpiz y papel o con las manos, los portentosos y espantosos aos como ella los denominaba. A veces tambin dibujaba lo que haba visto con sus ojos, aunque no pudiera describirlo con su lengua: hadas, pjaros, flores extraas, conjuradas con un par de trazos sobre el papel y sin embargo tan autnticas que Meggie casi crea haberlas percibido con sus propios ojos. Al principio Mo en persona haba encuadernado las libretas en las que Meggie consignaba los recuerdos de Resa, a cual ms bella. Pero a partir de cierto momento Meggie not su mirada de preocupacin al verla hojendolas, completamente ensimismada en los dibujos y en las palabras. Ella comprenda su malestar, por supuesto, al fin y al cabo haba perdido muchos aos a su mujer en ese mundo de letras y papel. Cmo iba a gustarle que su hija no pensase en otra cosa? S, Meggie entenda muy bien a su padre, y a pesar de todo no poda hacer lo que Mo le exiga... cerrar las libretas de notas y olvidar al menos durante una temporada ese mundo de tinta. Quiz su nostalgia no habra sido tan grande si hubieran estado all las hadas y los duendes, todas esas extraas criaturas que se haban trado desde el pueblo maldito de Capricornio. Pero ni uno siquiera viva ya en el jardn de Elinor. Los nidos vacos de las hadas seguan adheridos a los rboles y an existan las cuevas excavadas por los duendes, pero sus moradores haban desaparecido. Al principio Elinor crey que se haban escapado, que los haban robado, lo que fuera... pero un da hallaron la ceniza, fina como el polvo, que cubra la hierba del jardn, una ceniza gris, tan gris como la sombra de la que en su da haban salido los extraos invitados de Elinor. Y Meggie comprendi que nadie poda regresar de la muerte, ni siquiera las criaturas hechas de palabras. Elinor, sin embargo, se haba negado a aceptar esa idea. Testaruda y presa de la desesperacin, haba vuelto a viajar al pueblo de Capricornio. Slo hall callejas vacas y casas quemadas, pero ni un solo ser vivo. --Sabes, Elinor --le haba dicho Mo, cuando ella regres con el rostro lloroso--, me tema algo semejante. Nunca he credo de verdad que hubiera palabras capaces de resucitar a los muertos. Y adems... a fuer de sincera, ellos no encajaban en este mundo. --Yo tampoco lo har! --repuso Elinor. En las semanas siguientes, cuando Meggie se deslizaba por la noche hasta la biblioteca para coger un libro, oa sollozos procedentes del cuarto de Elinor. Desde entonces haban transcurrido muchos meses. Llevaban casi un ao viviendo todos juntos en la enorme mansin, y Meggie intua que Elinor prefera no vivir sola con sus libros. Les haba cedido las habitaciones ms bonitas. (A cambio, hubo que alojar en el desvn la coleccin de Elinor de antiguos libros escolares y las obras de un par de poetas que haban cado en desgracia para ella). Desde la ventana de Meggie se divisaban las montaas festoneadas de nieve, y desde la alcoba de sus padres se vislumbraba el lago cuyas aguas resplandecientes haban inducido con tanta frecuencia a las hadas a bajar revoloteando. Mo nunca se haba marchado por las buenas. Sin una palabra de despedida. Sin reconciliarse con ella... "Quiz debera bajar y ayudar a Darius en la biblioteca", pens Meggie, mientras se enjugaba las lgrimas de la cara. Ella nunca lloraba cuando se peleaba con su padre, los sollozos llegaban siempre despus... Y cundo l vea sus ojos enrojecidos por el llanto, se senta siempre culpable. Seguro que todos saban que se haban peleado. Seguramente Darius ya habra preparado leche con miel, y Elinor, en cuanto metiera la cabeza por la puerta de la cocina, empezara a despotricar de Mo y de los hombres en general. No, prefera quedarse en su habitacin. Ay, Mo. l le haba arrancado de las manos la libreta de notas que estaba leyendo y se la haba llevado consigo. Precisamente la libreta en la que ella haba recopilado ideas para escribir sus propias historias, comienzos que haban quedado reducidos a unas frases iniciales, tachadas, a intentos fallidos... Por qu se la quit? Ella no quera que Mo la leyera, que viera la inutilidad con que ella intentaba ensamblar las palabras que durante la lectura acudan a sus labios con tanta facilidad, tan poderosas. S, Meggie poda escribir lo que relataba su madre, llenar una pgina tras otra con las descripciones de Resa. Pero en cuanto intentaba urdir algo nuevo a partir de eso, una historia con vida propia, sencillamente no se le ocurra nada. Las palabras parecan desaparecer de su mente... como copos de nieve que apenas dejan una mancha hmeda en la piel en cuanto alargas la mano hacia ellos. Alguien llam a su puerta. --Adelante --dijo Meggie sorbiendo y buscando en los bolsillos de su pantaln uno de los pauelos pasados de moda que le haba regalado Elinor. ("Pertenecieron a mi hermana. Su nombre comenzaba por M igual que el tuyo. Est bordado abajo, en la esquina, lo ves? Pens que era mejor que los usaras t antes de que se los coman las polillas.") Su madre asom la cabeza por la puerta. Meggie intent esbozar una sonrisa, pero cosech un lamentable fracaso. --Puedo pasar? --los dedos de Resa dibujaban las palabras en el aire ms deprisa de lo que las pronunciaban los labios de Darius, y Meggie asinti. Para entonces dominaba el lenguaje de signos de su madre casi con la misma naturalidad que las letras del alfabeto, mejor que Mo y Darius, y mucho mejor que Elinor. A menudo sta, cuando los dedos de Resa hablaban con excesiva rapidez, recurra, desesperada, a Meggie. Resa cerr la puerta a su espalda y se sent a su lado en el alfizar de la ventana. Meggie siempre llamaba a su madre por su nombre, quiz porque durante diez aos no haba tenido madre, o tal vez por la misma razn incomprensible por la que su padre siempre haba sido para ella simplemente Mo. Meggie reconoci en el acto la libreta de notas que Resa deposit en su regazo. Era la misma que le haba quitado Mo. --Estaba delante de tu puerta --dijeron las manos de su madre. Meggie acarici las tapas con dibujos. As que Mo se la haba devuelto. Por qu no haba entrado? Porque segua enfadado o porque le dio pena? --l quiere que lleve las libretas al desvn. Al menos durante algn tiempo. Meggie se sinti de repente una nia pequea. Y al mismo tiempo muy vieja. --A lo mejor tendra que transformarme en un hombrecillo de cristal --me dijo l--, o teirme de azul la piel, porque mi mujer y mi hija evidentemente aoran ms a las hadas y a los hombres de cristal que a m. Resa sonri y le acarici la nariz con el ndice. --S, lo s, l, por supuesto, no lo cree. Pero se enfada tanto cada vez que me ve con las libretas de notas. Resa mir por la ventana abierta. El jardn de Elinor era tan grande que no se vea principio ni fin, slo rboles altos y macizos de rododendros, tan viejos que rodeaban la casa de Elinor como un bosque de perenne verdor. Justo debajo de la ventana de Meggie haba un trozo de csped, rodeado por un estrecho sendero de gravilla. Al borde se vea un banco. Meggie an recordaba la noche en la que se haba sentado en l para contemplar a Dedo Polvoriento escupiendo fuego. El jardinero grun de Elinor no haba limpiado de hojas secas el csped hasta esa tarde. En el centro an se perciba la zona desnuda en la que los hombres de Capricornio haban quemado los libros ms preciados de Elinor. El jardinero intentaba una y otra vez convencer a Elinor de que replantara esa zona o resembrase el csped, pero Elinor se limitaba a negar enrgicamente con la cabeza. --Desde cundo se resiembra el csped sobre una tumba? --replic, enfurecida, la ltima vez que se lo pregunt, y le orden que dejara tambin la milenrama que desde el fuego brotaba tan frondosa al borde de la negra tierra quemada, como si con sus chatas flores en captulos quisiera recordar la noche en que los hijos impresos de Elinor fueron pasto de las llamas. El sol se pona detrs de las cercanas montaas, tan rojo como si tambin l quisiera evocar el fuego extinguido tiempo atrs. El aire fresco hizo estremecer a Resa. Meggie cerr la ventana. El viento arrastr unos ptalos de rosa mustios, amarillos, plidos y transparentes, que quedaron adheridos al cristal. --Si yo no me quiero pelear con l --musit ella--, si antes nunca me peleaba con Mo, bueno, casi nunca... --Quiz tenga razn. Su madre se ech el pelo hacia atrs. Era tan largo como el de Meggie, pero ms oscuro, como si una sombra hubiera cado sobre l. Resa sola recogrselo con un prendedor. Ahora tambin Meggie acostumbraba a llevarlo, y a veces, cuando se contemplaba en el espejo de su armario, le pareca que no se vea a s misma sino a su madre en su juventud. --Un ao ms y ser ms alta que t --deca Mo cuando quera chinchar a Resa y el miope Darius confunda a Meggie con su madre. Resa desliz su ndice por el cristal, como si calcase los ptalos de rosa adheridos a l. Despus sus manos hablaron con la misma vacilacin con la que a veces lo hacen los labios: --Comprendo a tu padre, Meggie --le dijo--, a veces yo tambin creo que nosotras dos hablamos del otro mundo con excesiva frecuencia. Ni yo misma comprendo por qu insisto tanto. Te hablo continuamente de lo bello que era, en lugar de las otras cosas: mi encierro, los castigos de Mortola, el dolor en las rodillas y en las manos de tanto trabajar que me impeda dormir... En fin. De todas las crueldades que presenci all... Te he hablado de la criada que muri de miedo porque un ncubo se introdujo a hurtadillas en nuestro cuarto? --S --Meggie se le acerc mucho, pero las manos de su madre callaron. An mantenan su aspereza por haber sido tantos aos criada, primero de Mortola y luego de Capricornio--. Me lo has contado todo --agreg Meggie--, incluyendo las cosas malas, pero Mo se niega a creerlo. --Porque intuye que, a pesar de todo, nosotras slo soamos con lo maravilloso. Como si yo hubiera disfrutado de eso! --Resa mene la cabeza. Sus dedos enmudecieron un buen rato antes de seguir hablando--. Yo tena que robar el tiempo, segundos, minutos, a veces una valiosa hora, cuando podamos salir al bosque a recolectar las plantas que Mortola necesitaba para sus pcimas. --Pero tambin viviste unos aos libre en los que te disfrazabas y trabajabas de escribiente en las ferias. Disfrazada de hombre... Meggie se haba imaginado con inusitada frecuencia esa imagen: su madre, el pelo corto, con el jubn oscuro de los escribanos, los dedos manchados de tinta y la caligrafa ms hermosa que se poda encontrar en El Mundo de Tinta. As se lo haba contado Resa. As se haba ganado ella la vida, en un ambiente muy difcil para las mujeres. A Meggie le habra apetecido volver a escuchar esa historia ahora mismo, aunque tuviera un triste desenlace, porque despus haban comenzado los aos malos. Pero acaso no haban ocurrido tambin acontecimientos maravillosos, como por ejemplo la gran fiesta en el castillo del prncipe Orondo, a la que Mortola haba llevado a sus criadas, la fiesta en la que Resa haba visto al Prncipe Orondo, al Prncipe Negro y su oso y al funambulista Bailanubes? Pero Resa no haba venido para relatar todo eso y call. Cuando sus dedos volvieron a hablar, lo hicieron ms despacio de lo habitual. --Olvida El Mundo de Tinta, Meggie --dijeron--. Olvidmoslo juntas, al menos durante algn tiempo. Por tu padre... y por ti misma. Si no, en algn momento quedars cegada para la belleza que aqu te rodea --mir de nuevo hacia el exterior, a la oscuridad que se cerna--. Ya te lo he contado todo --aadieron sus manos--. Todo lo que me has preguntado. S, era cierto. Meggie le haba planteado muchas preguntas, miles y miles de preguntas: Has visto alguna vez a uno de los gigantes? Qu vestidos te ponas? Cmo era la fortaleza del bosque a la que te llev Mortola? Y ese prncipe del que hablas, el Prncipe Orondo, tena un castillo grande y esplndido como el Castillo de la Noche? Hblame de su hijo, Csimo el Guapo, y de Cabeza de Vbora y su Hueste de Hierro. Es cierto que en su castillo todo era de plata? Qu tamao tiene el oso que siempre acompaa al Prncipe Negro? Y los rboles, de veras saben hablar? Y qu pasa con la vieja a la que todos llaman Ortiga? Puede volar? Resa haba contestado a todas sus preguntas lo mejor que pudo, pero mil respuestas no bastan para recomponer diez aos, y algunas preguntas Meggie no las haba formulado jams. Por ejemplo, nunca haba preguntado por Dedo Polvoriento. A pesar de todo Resa le haba referido que en El Mundo de Tinta todos conocan su nombre, incluso muchos aos despus de su desaparicin, que lo llamaban el domador del fuego y por eso Resa lo haba reconocido en el acto cuando se lo encontr por primera vez en este mundo... Haba otra pregunta que Meggie no haca, a pesar de que le rondaba muchas veces por la mente, porque Resa no habra acertado a contestarla: Cmo estaba Fenoglio, el autor del libro cuyas pginas se haban tragado a la madre de Meggie y luego a su creador? Ya haba transcurrido ms de un ao desde que la voz de Meggie haba envuelto a Fenoglio con sus propias palabras... hasta que desapareci entre ellas, como si lo hubiesen digerido. A veces Meggie vea en sueos su rostro apergaminado, pero nunca saba si su expresin era de felicidad o de tristeza. En cualquier caso eso nunca haba sido fcil de determinar dada la cara de tortuga de Fenoglio. Una noche, cuando se despert sobresaltada de esa pesadilla y no pudo volver a conciliar el sueo, haba empezado a trasladar al papel una historia en la que Fenoglio intentaba escribir para regresar a su mundo mediante la escritura, junto a sus nietos y al pueblo en el que Meggie lo haba encontrado por primera vez. Sin embargo, no consigui pasar de las tres primeras frases, como en todas las dems historias que haba empezado. Meggie hoje la libreta que le haba quitado Mo... y la cerr. Resa le puso la mano debajo de la barbilla y la mir a los ojos. --No te enfades con l. --Nunca estoy mucho rato enfadada con l! Y lo sabe. Cunto tiempo estar ausente? --Diez das, acaso ms. Diez das! Meggie observ la estantera emplazada junto a su cama. All estaban, pulcramente alineados, los Libros Malos, como los haba bautizado en secreto, repletos de las historias de Resa, de hombres de cristal y ondinas, de elfos del fuego, de ncubos, de Mujeres Blancas y de todos los dems seres extraos descritos por su madre. --Bueno. Lo llamar. Le dir que te construya una caja para ellos a su regreso. Pero la llave la guardar yo. Resa la bes en la frente. Despus acarici con cuidado con la palma de la mano la libreta de notas que Meggie mantena en el regazo. --Hay alguien capaz de hacer encuadernaciones ms bellas que las de tu padre? --preguntaron sus dedos. Meggie, sonriendo, neg con la cabeza. --No --musit--. Nadie, ni en este mundo, ni en ningn otro. Cuando Resa baj para ayudar a Darius y Elinor a preparar la cena, Meggie se qued un rato sentada junto a la ventana, contemplando cmo el jardn de Elinor se llenaba de sombras. La ardilla que se desliz veloz por la hierba con la espesa cola estirada le record a Gwin, la marta mansa de Dedo Polvoriento. Qu extrao que para entonces comprendiera la nostalgia que haba visto tantas veces en el rostro surcado por las cicatrices de su amo. S, seguramente Mo tena razn. Pensaba mucho en el mundo de Dedo Polvoriento, demasiado. No haba ledo incluso en voz alta en varias ocasiones una de las historias de Resa, a pesar de conocer el peligro que entraaba asociar su voz a la lectura? Y siendo muy sincera, como se es en raras ocasiones, no haba albergado la secreta esperanza de que las palabras la trasladaran al otro mundo? Qu habra hecho Mo si se hubiera enterado de sus tentativas? Habra enterrado las libretas de notas en el jardn o las habra tirado al lago, como amenazaba de vez en cuando a los gatos vagabundos que se introducan a hurtadillas en su taller? "S. Las guardar bajo llave", pens Meggie mientras fuera aparecan las primeras estrellas, "en cuanto Mo me fabrique una nueva caja para ellas." La caja que Mo le haba construido para sus libros favoritos estaba para entonces llena hasta los topes. Era roja como la amapola, Mo acababa de repasar la pintura. La caja para las libretas de notas deba ser de otro color, preferiblemente verde como el Bosque Impenetrable que Resa le haba descrito tantas veces. No llevaban tambin capas verdes los guardianes del castillo de Orondo? Una polilla que revoloteaba contra la ventana record a Meggie las hadas de piel azul y la historia ms bonita que le haba relatado Resa sobre las hadas: cmo haban curado la cara de Dedo Polvoriento despus de que Basta se la hubiera rajado, en agradecimiento por haber liberado tantas veces a sus hermanas de las jaulas de alambre en las que las encerraban los buhoneros para venderlas como amuletos en las ferias. Para ello l se haba internado en lo ms profundo del Bosque Impenetrable y... Se acab! Meggie apoy la frente en el fresco cristal. Se acab. "Las llevar al estudio de Mo", se dijo, "ahora mismo. Y cuando regrese, le pedir que me encuaderne una nueva libreta, para las historias de este mundo." Ya haba comenzado algunas: sobre el jardn de Elinor y su biblioteca, sobre el castillo que haba abajo, junto al lago. En otros tiempos haba sido morada de ladrones. Elinor le haba hablado de ellos, del modo en que sola referir las historias: aderezadas con tantos detalles sangrientos que a Darius se le olvidaba clasificar los libros y el espanto agrandaba sus ojos tras los gruesos cristales de sus gafas. --Meggie, a cenar! La voz de Elinor reson por la escalera. Ms que una voz era un vozarrn ms estridente que la sirena de niebla del Titanic, sola decir Mo. Meggie se desliz del antepecho de la ventana. --Voy enseguida! --grit por el pasillo. Despus regres a su habitacin, sac las libretas de apuntes del estante, una detrs de otra, hasta que sus brazos apenas podan sostener el montn, y guardando el equilibrio las traslad al cuarto de enfrente que Mo utilizaba como estudio. Originalmente haba sido el dormitorio de Meggie; ella dorma all cuando se aloj en casa de Elinor con Mo y Dedo Polvoriento, pero desde su ventana slo se vea la explanada delantera de la casa cubierta de gravilla, con unos abetos, un corpulento castao y el combi gris de Elinor, aparcado all hiciera el tiempo que hiciese, pues Elinor opinaba que los coches que su dueo malcriaba en garajes se oxidaban ms deprisa. Pero cuando decidieron mudarse a vivir a casa de Elinor, Meggie pidi una ventana con vistas al jardn. Total, que ahora Mo trajinaba en sus papeles donde antao haba dormido Meggie, cuando todava no haba estado en el pueblo de Capricornio, cuando ni tena madre, ni casi nunca se peleaba con Mo... --Meggie, dnde te has metido? --pregunt Elinor con tono de impaciencia. En los ltimos tiempos solan dolerle los miembros, pero se negaba a visitar al mdico. ("Para qu?", se limitaba a comentar. "Acaso han inventado una pildora contra la vejez?") --Enseguida bajo --grit Meggie mientras colocaba con cuidado sus libretas de notas sobre el escritorio de su padre. Dos libretas resbalaron del montn y estuvieron a punto de volcar el jarrn con las flores de otoo que su madre haba colocado delante de la ventana. Meggie lo atrap al vuelo, antes de que el agua se derramase sobre las facturas y los recibos de gasolina. Meggie, con el jarrn en la mano y los dedos pegajosos del polen que desprenda, divis la figura entre los rboles, por donde el camino ascenda desde la carretera. Su corazn empez a latir con tanta fuerza que por poco se le escurre el jarrn de entre los dedos. Haba quedado demostrado. Mo tena razn. --Meggie, qutate esas libretas de la cabeza o muy pronto ya no podrs distinguir entre tu imaginacin y la realidad. Cuntas veces se lo haba repetido, y ahora suceda. No haba pensado momentos antes en Dedo Polvoriento? Y ahora vea a alguien plantado ah fuera, en medio de la noche, igual que entonces, cuando haba esperado delante de su casa, hiertico como esa figura del exterior... --Meggie, maldita sea! Cuntas veces ms tendr que llamarte? --Elinor jadeaba al subir los escalones--. Pero qu haces ah plantada como una seta? Es que no me has...? Demonios! Pero quin es se? --T tambin lo ves? --Meggie se sinti tan aliviada que estuvo a punto de echar los brazos al cuello de Elinor. --Pues claro. La figura se movi y recorri, presurosa, la gravilla clara. No llevaba zapatos. --Pero si es ese chico! --exclam Elinor, incrdula--. S, el que ayud al comecerillas a robarle el libro a tu padre. Bueno, ha de tener nervios templados para presentarse aqu. Parece bastante maltrecho. Se figurar que voy a permitirle entrar? Seguramente lo acompaar el comecerillas. Elinor se acerc ms a la ventana, con expresin preocupada, pero Meggie ya haba salido por la puerta, saltando escaleras abajo, y cruzaba el vestbulo a la carrera. Su madre vena por el pasillo que conduca a la cocina. --Resa! --le grit Meggie--. Farid est aqu! Ha venido Farid! _____ 5 _____ FARID Era terco como un mulo, Listo como un mono y gil como una liebre. Louis Pergaud, La guerra de los botones Resa condujo a Farid a la cocina y le cur los pies. Ofrecan un aspecto deplorable, llenos de cortes y de sangre. Mientras Resa se los limpiaba y los cubra con tiritas, Farid inici su relato, la lengua torpe por el agotamiento. Meggie se esforzaba muchsimo por no mirarle fijamente con excesiva frecuencia. Segua siendo un poco ms alto que ella, a pesar de que Meggie haba crecido mucho desde la ltima vez que se haban visto... la noche en la que l haba escapado con Dedo Polvoriento y con el libro... Ella no haba olvidado su cara ni el da en que Mo lo haba sacado leyendo de su historia. Las mil y una noches. Ella no conoca a ningn otro chico con unos ojos tan bonitos, casi como los de una chica y tan negros como su pelo, que llevaba ms corto que entonces; aparentaba ser ms mayor. Farid... Meggie not cmo su lengua paladeaba su nombre... y desvi rpidamente la vista cuando l levant la cabeza y la mir. Tambin Elinor lo contemplaba impertrrita y sin avergonzarse, con la misma hostilidad que haba observado a Dedo Polvoriento cuando ste, tras sentarse a la mesa de su cocina, haba alimentado a su marta con pan y jamn. A Farid no le haba permitido introducir en casa a la marta. --Y ay como se zampe un solo pjaro canoro de mi jardn! --haba advertido mientras la marta desapareca, rauda, cruzando la gravilla clara, y despus haba echado el cerrojo de la puerta, como si Gwin fuera capaz de abrir las puertas cerradas con la misma facilidad con la que lo haba hecho su amo. Farid jugueteaba con una caja de cerillas mientras contaba. --Pero mira eso! --coment Elinor, enfurecida, a Meggie--. Es igual que el comecerillas. No te da la impresin de que se le parece? Meggie no respondi. No deseaba perderse ni una palabra del relato de Farid. Quera orlo todo sobre el regreso de Dedo Polvoriento, sobre el otro lector y su perro infernal, sobre el ser rugiente que quiz fuera uno de los grandes felinos del Bosque Impenetrable... y sobre lo que Basta haba gritado a Farid mientras hua: Corre cuanto quieras, que ya te echar el guante, me oyes? A ti, al comefuego, a Lengua de Brujo y a su refinada hija y al viejo que escribi las malditas palabras! Os matar a todos. Uno tras otro! Mientras Farid prosegua su relato, los ojos de Resa recalaban una y otra vez en la sucia hoja de papel que ste haba depositado sobre la mesa de la cocina. La miraba, aterrorizada; como si las palabras escritas en ella pudieran transportarla al otro lado. Al Mundo de Tinta. Cuando Farid repiti los chillidos amenazadores de Basta, ella rode a Meggie con sus brazos y la estrech contra s. Darius, que haba permanecido todo el rato sentado y silencioso junto a Elinor, ocult su rostro entre las manos. Farid no perdi el tiempo en narrar cmo haba llegado hasta la casa de Elinor con sus pies desnudos y sangrantes. A las preguntas de Meggie murmur algo sobre el camin que le haba recogido. Finaliz su informe de manera abrupta, como si de pronto se le hubieran agotado las palabras, y cuando enmudeci, se hizo un tremendo silencio en la gran cocina. Farid haba trado con l a un husped invisible: el miedo. --Darius, prepara ms caf! --orden Elinor, observando con expresin sombra la mesa dispuesta para la cena a la que nadie prestaba atencin--. Este est fro como el hielo. Darius obedeci inmediatamente con la diligencia de una ardilla con gafas, mientras Elinor dedicaba a Farid una mirada tan glida como si l en persona fuera culpable de las malas noticias que haba trado. Meggie an recordaba lo intimidatoria que esa mirada le haba parecido antes. "La mujer de ojos de pedernal", haba bautizado entonces en secreto a Elinor. A veces el nombre todava se le antojaba adecuado. --Que historia tan bonita! --exclam Elinor mientras Resa acuda en ayuda de Darius. El informe de Farid lo haba puesto tan nervioso que no consegua medir la cantidad precisa de caf molido. Cuando Resa le quit con suavidad la cuchara dosificadora de la mano, acababa de comenzar por tercera vez a contar las cucharadas que verta en el filtro de la cafetera. --As que Basta ha regresado, con un cuchillo nuevecito y la boca atiborrada de hojas de menta, supongo. Maldita sea! --a Elinor le gustaba soltar maldiciones cuando se senta preocupada o furiosa--. Como si no fuera suficiente con que me despierte cada tres noches baada en sudor por haber visto su horrenda cara en sueos, y no digamos su cuchillo. Pero intentemos mantener la calma! Lo cierto es que Basta sabe dnde vivo yo, pero es evidente que slo os busca a vosotros, no a m. As que en realidad aqu deberais estar tan seguros como en el seno de Abraham. Al fin y al cabo l no puede saber que os habis mudado a vivir conmigo, verdad? --dijo con tono triunfal, como si esa afirmacin fuese el pensamiento salvador, mirando a Resa y a Meggie. Pero Meggie se encarg de que el rostro de Elinor volviera a ensombrecerse. --Farid tambin lo saba --afirm. --Cierto! --gru Elinor mientras su mirada se centraba en Farid--. T tambin lo sabas. Cmo? Su voz son tan dura que Farid, sin querer, agach la cabeza. --Nos lo cont una vieja --respondi con tono inseguro--. Regresamos al pueblo de Capricornio despus de que las hadas que Dedo Polvoriento se haba llevado consigo se hubieran convertido en polvo. El quiso comprobar si a las dems les haba sucedido lo mismo. El pueblo estaba vaco, sin un alma, ni siquiera un perro vagabundo. Slo se vea ceniza, ceniza por doquier. As que intentamos averiguar en el pueblo vecino lo sucedido y... bueno, all omos decir que una mujer gorda haba farfullado algo sobre hadas muertas y que por suerte al menos no haban fallecido las personas que ahora vivan con ella... Elinor baj la vista, compungida, y reuni con los dedos unas migas de su plato. --Maldicin! --murmur--. S. Quiz me fui de la lengua en la tienda desde la que os telefone. Estaba tan trastornada cuando llegu del pueblo desierto! Poda imaginar que esas cotillas hablasen de m al comecerillas? Y desde cundo las viejas conversan con un individuo semejante? "O con alguien como Basta", pens Meggie. Farid se limit a encogerse de hombros y empez a cojear por la cocina de Elinor con los pies cubiertos de tiritas. --De todos modos Dedo Polvoriento se figuraba que todos estabais aqu --inform--. Una vez vinimos porque l deseaba comprobar si ella estaba bien --agreg, sealando con la cabeza a Resa. Elinor solt un resoplido desdeoso. --Ah, eso quera? Muy amable por su parte! A ella nunca le haba gustado Dedo Polvoriento y el hecho de que le hubiera robado el libro a Mo antes de desaparecer no haba disminuido precisamente su aversin. Resa, sin embargo, sonri al or las palabras de Farid, aunque intent ocultarlo ante Elinor. Meggie recordaba la maana en la que Darius le haba llevado a su madre el extrao envoltorio atado con vernica cubierta de flores azules que haba encontrado delante de la puerta de casa: una vela, unos lpices y una caja de cerillas. Meggie haba sabido en el acto de quin proceda. Y Resa, tambin. --Bueno --dijo Elinor tamborileando en el plato con el mango del cuchillo--. Me alegro de veras de que el comecerillas haya vuelto al lugar al que pertenece. Cuando pienso en que estuvo merodeando durante la noche alrededor de mi casa...! La nica lstima es que no se llevara consigo a Basta. Basta. Cuando Elinor pronunci este nombre, Resa se levant bruscamente de su silla, sali corriendo al pasillo y regres con el telfono. Se lo tendi a Meggie con ademn imperioso y comenz a gesticular con la otra mano tan agitada, que incluso a Meggie le cost leer los signos que dibujaba en el aire. Pero al fin, comprendi. Tena que llamar a Mo. Le cost una eternidad descolgar el telfono. Seguramente estaba trabajando. Cuando su padre sala de viaje, siempre trabajaba hasta muy entrada la noche para regresar a casa cuando antes. --Meggie? --inquiri, asombrado. A lo mejor crea que lo llamaba por su pelea, pero a quin le interesaba ya su absurda discusin? Transcurri un buen rato hasta que logr comprender el sentido de sus palabras balbuceadas apresuradamente. --Despacio, Meggie! --repeta sin cesar--. Despacio. Pero eso, cuando uno tena el alma en vilo y Basta quiz esperaba ya a la puerta del jardn de Elinor, era muy fcil de decir. Meggie ni siquiera se atrevi a pensar en el posible desenlace. Mo, por el contrario, mantuvo una extraa tranquilidad, como si esperase que el pasado volvera a alcanzarlos de nuevo. --Las historias nunca acaban, Meggie --le haba advertido--, aunque a los libros les guste hacrnoslo creer. Las historias siempre continan, comienzan con la primera pgina, pero no terminan en la ltima. --Ha conectado la alarma Elinor? --pregunt. --S. --Ha avisado a la polica? --No. Dice que de todos modos no la creern. --A pesar de todo, debe llamarlos. Y tiene que proporcionar una descripcin de Basta. Seris capaces, no? Vaya pregunta! Meggie haba intentado olvidar el rostro de Basta, pero seguramente quedara grabado a fuego en su memoria durante el resto de sus das. --Presta atencin, Meggie --a lo mejor Mo no se senta tan tranquilo como aparentaba, porque su voz sonaba distinta a lo habitual--. Emprender el viaje de vuelta esta misma noche. Dselo a Elinor y a tu madre. Regresar maana temprano como muy tarde. Corred todos los cerrojos y cerrad bien las ventanas, entendido? Meggie asinti con una inclinacin de cabeza, olvidando que Mo no poda verla por telfono. --Meggie? --S, entendido --intent que su voz sonase serena, valerosa. Aunque no se senta as. Tena miedo, un miedo atroz. --Hasta maana, Meggie. Ella lo percibi en su voz: se pondra en marcha sin tardanza. Y de repente, al imaginarse la carretera de noche, el largo trayecto de vuelta, un nuevo y espantoso pensamiento se apoder de ella. --Y qu ser de ti? --inquiri--. Mo! Qu suceder si Basta te acecha? Pero su padre ya haba colgado. Elinor decidi alojar a Farid donde haba dormido Dedo Polvoriento: en el desvn, donde las cajas de libros se apilaban tan alto alrededor del estrecho armazn de la cama, que cualquier durmiente soara seguramente que el papel impreso lo aplastara. Meggie recibi el encargo de mostrar el camino a Farid. Cuando le dio las buenas noches, l se limit a asentir con aire ausente. Sentado en la estrecha cama, pareca perdido, casi tan perdido como el da en el que Mo lo haba transportado con la lectura hasta la iglesia de Capricornio, un chico delgado con un turbante sobre su pelo negro. Aquella noche Elinor, antes de acostarse, comprob varias veces que la alarma estaba conectada. Darius, por su parte, cogi la escopeta de perdigones con la que a veces Elinor disparaba al aire cuando sorprenda a un gato acechando debajo de alguno de los nidos de pjaro de su jardn. Ataviado con la bata demasiado grande de color naranja que Elinor le haba regalado la ltima navidad, Darius se sent en el silln de la entrada, la escopeta en el regazo, mirando fijamente la puerta de entrada con expresin decidida. Sin embargo, la segunda vez que Elinor fue a comprobar la alarma, estaba dormido como un tronco. Meggie tard un buen rato en acostarse. Mir los estantes que haban albergado sus libretas de notas, acarici los estantes vacos y finalmente se arrodill ante la caja lacada en rojo que Mo haba fabricado haca mucho tiempo para sus libros favoritos. Haca meses que no haba vuelto a abrirla. Dentro ya no caba un solo libro, y con el correr del tiempo se haba vuelto demasiado pesada para llevrsela de viaje. Por eso Elinor le haba regalado un armario para sus otros libros predilectos. Emplazado justo al lado de la cama de Meggie, dispona de puertas acristaladas y tallas que trepaban por la oscura madera recordando que un da estuvo viva. Tambin los estantes detrs del cristal estaban repletos, pues no slo Mo regalaba libros a Meggie, sino tambin Resa y Elinor. Hasta Darius le traa alguno de vez en cuando. Pero los viejos amigos, los libros que Meggie posea antes de que se mudasen a casa de Elinor, seguan viviendo en la caja, y al alzar la pesada tapa crey que llegaban a sus odos voces olvidadas, que la miraban rostros familiares. Qu ajados estaban todos de tanto leerlos... --No te parece raro el grosor de un libro cuando lo lees varias veces? --le haba preguntado Mo el ltimo cumpleaos de Meggie cuando volvieron a contemplar cada uno de sus viejos libros--. Parece que en cada ocasin se queda algo adherido entre las pginas. Sentimientos, pensamientos, sonidos, olores... Y cuando al cabo de los aos vuelves a hojear el libro, te descubres dentro a ti misma, un poco ms joven y diferente, como si el libro te hubiera conservado igual que una flor prensada, extraa y familiar al mismo tiempo. Un poco ms joven, desde luego. Meggie tom uno de los libros superiores y lo hoje. Lo haba ledo al menos una docena de veces. Ah estaba el pasaje que ms le haba gustado a los ocho aos, y a los diez lo haba subrayado con un lpiz rojo, porque le pareci maravilloso. Pas el dedo por la lnea torcida... entonces no existan Resa, ni Elinor, ni Darius, slo Mo... Tampoco aoraba a las hadas azules, ni a un rostro con cicatrices, ni a una marta con cuernos, ni a un chico que caminaba descalzo, ni a Basta y su cuchillo. Qu distinta era la Meggie que haba ledo ese libro...! Y entre sus pginas quedara ella, conservada como un recuerdo. Meggie, tras cerrar el libro con un suspiro, lo deposit nuevamente con los dems. En la habitacin de al lado oa a su madre caminar de un lado a otro. Pensara ella una y otra vez, igual que Meggie, en la amenaza que Basta haba gritado a Farid? "Tendra que ir a verla", pens Meggie. "Juntas, quiz compartamos el miedo". Los pasos de Resa, sin embargo, enmudecieron cuando Meggie se incorporaba, y en la habitacin contigua se hizo el silencio, un silencio parecido al sueo. Acaso no fuese mala idea dormir. Seguro que Mo no regresara antes por el simple hecho de que Meggie permaneciera en vela esperndolo. Ojal pudiera telefonearle, pero l siempre se olvidaba de conectar el mvil. Meggie cerr la tapa de su caja de libros con el mayor sigilo, temerosa de que cualquier ruido pudiera despertar a Resa, y apag de un soplido las velas que encenda noche tras noche, a pesar de la sempiterna prohibicin de Elinor. Justo cuando se estaba quitando la blusa, llamaron a su puerta, bajo, muy bajito. Abri creyendo que encontrara a su madre porque no poda conciliar el sueo, pero era Farid, que se puso colorado como un tomate al ver que ella slo llevaba puesta la camiseta interior. El chico balbuce una disculpa, y antes de que Meggie pudiera responder, se alej cojeando con los pies llenos de esparadrapos. Ella estuvo a punto de olvidar ponerse la blusa antes de salir tras l. --Qu pasa? --susurr, preocupada, mientras le indicaba con un gesto que regresase a su habitacin--. Has odo algo abajo? Farid neg con la cabeza. Sostena en la mano la hoja de papel, el billete de vuelta de Dedo Polvoriento, como Elinor la haba bautizado con tono mordaz. Sigui a Meggie hasta su habitacin con paso vacilante. Una vez dentro, acech a su alrededor como alguien que se siente incmodo en los espacios cerrados. Seguramente, desde que haba desaparecido sin dejar rastro con Dedo Polvoriento, habra pasado la mayora de los das y las noches al raso. --Perdona! --farfull Farid con la vista clavada en los dedos de sus pies. Dos de las tintas de Resa se estaban despegando--. Es muy tarde, pero... --por primera vez mir a Meggie a los ojos y se ruboriz--, Orfeo dice que no lo ley todo --agreg con voz insegura--. Simplemente se salt las palabras que tambin me habran llevado a m al otro lado. Lo hizo a propsito, pero tengo que prevenir a Dedo Polvoriento, y... --Y qu? --Meggie le acerc la silla situada junto a su escritorio y ella se sent en el antepecho de la ventana. Farid se acomod en la silla con la misma inseguridad con que haba entrado en su habitacin. --Tienes que leer para llevarme al otro lado, por favor! --le tendi de nuevo el papel sucio, con una expresin tan suplicante en sus ojos negros que Meggie no supo adonde mirar. Qu pestaas tan largas y espesas tena, las suyas no eran ni la mitad de bonitas!-- Por favor, seguro que t puedes hacerlo! --balbuce el chico--. Entonces... aquella noche en el pueblo de Capricornio... Me acuerdo perfectamente. Y entonces slo tenas una hoja igual que sta. El pueblo de Capricornio. A Meggie an la estremeca recordar la noche de la que hablaba Farid: la noche en que ella, leyendo, haba trado a la Sombra, aunque despus no fue capaz de permitir que matase a Capricornio... hasta que Mo lo hizo por ella. --Orfeo escribi las palabras, l mismo lo dijo! No las ley, pero estn aqu, sobre el papel. Como es lgico no aparece mi nombre, pues de lo contrario no funcionara --Farid hablaba cada vez ms deprisa--. Orfeo afirma que se es el secreto: utilizar nicamente las palabras que figuren en el libro cuya historia se quiere modificar. --Dijo eso? --Meggie se sobresalt con las palabras de Farid. Utilizar nicamente las palabras que figuren en el libro... Sera esa la razn por la que ella no haba podido sacar nada con la lectura, lo que se dice nada, de las historias de Resa, por haber utilizado palabras que no figuraban en Corazn de Tinta? O se debera a que no saba lo suficiente de escritura? --S. Orfeo est muy envanecido por su forma de leer --Farid escupi el nombre como si fuera el hueso de una ciruela--. Y sin embargo, si te interesa saberlo, no sabe leer ni la mitad de bien que t o tu padre. "Es posible", pens Meggie, "pero con su lectura ha trado de vuelta a Dedo Polvoriento. Y ha escrito l mismo las palabras precisas para ello. Ni Mo ni yo habramos sabido hacerlo." Arrebat a Farid de la mano la hoja con las lneas de Orfeo. La letra era difcil de descifrar, pero tena una caligrafa bonita, extraamente entrelazada y muy personal. --En qu lugar exacto desapareci Dedo Polvoriento? Farid se encogi de hombros. --No lo s --murmur, compungido. Claro, ella lo haba olvidado: l no saba leer. Meggie recorri con el dedo la primera frase: Dedo Polvoriento regres un da que ola a bayas y setas. Inclin la hoja, meditabunda. --Es imposible --murmur--. Ni siquiera disponemos del libro. Cmo lo conseguiremos sin l? --Tampoco Orfeo lo utiliz! Dedo Polvoriento le arrebat el libro antes de leer la nota! --Farid corri la silla hacia atrs y se situ al lado de Meggie. Su proximidad, sin saber por qu, la turb. --Eso es imposible! --musit Meggie. Pero Dedo Polvoriento se haba ido. Unas pocas frases escritas a mano le haban abierto la puerta entre las letras, que Mo haba sacudido en vano. Sin embargo, no era Fenoglio, el autor del libro, quien haba escrito las frases, sino un desconocido... Un desconocido con un extrao nombre: Orfeo. Meggie conoca mejor que la mayora de la gente lo que acechaba detrs de las palabras. Ella misma haba abierto puertas, haba trado a este mundo a seres que respiraban fuera de las pginas amarillentas por el tiempo... y haba presenciado cmo su padre, con la lectura, haba sacado de un cuento rabe al chico que ahora estaba a su lado. Pero ese tal Orfeo pareca saber ms, mucho ms que ella, ms incluso que Mo, al que Farid segua llamando Lengua de Brujo... De repente a Meggie las palabras de aquella sucia hoja de papel la aterrorizaron, y la deposit sobre su escritorio, como si quemase. --Por favor! Intntalo al menos! --la voz de Farid sonaba casi suplicante--. Qu pasar si Orfeo, leyendo, ha trasladado a Basta al otro lado? Dedo Polvoriento ha de saber que los dos estn compinchados! El cree que ahora, en su mundo, est a salvo de Basta! Meggie segua mirando fijamente las palabras de Orfeo. Resultaban hermosas, de una belleza embriagadora. Meggie sinti cmo su lengua ansiaba saborearlas. Un poco ms y habra empezado a leerlas en voz alta. Asustada, se tap la boca con la mano. Orfeo. Como es natural conoca el nombre y la historia que lo rodeaba como una corona de flores y espinas. Elinor le haba regalado el libro que mejor la relataba. A ti, oh, Orfeo, te lloraron llenos de dolor los pjaros, manadas de venados, la roca petrificada y el bosque que tantas veces sigui tu cancin. El rbol se desprende de sus hojas y, calvo, lleva luto por ti. Mir, interrogante, a Farid. --Cuntos aos tiene? --Orfeo? --Farid se encogi de hombros--. Veinte, veinticinco, qu s yo? Es difcil precisarlo. Tiene cara de nio. Qu joven. Las palabras del papel no presagiaban a un hombre joven. Eran demasiado sabias. --Por favor! --Farid segua mirndola--. Lo intentars, verdad? Meggie mir hacia el exterior. Record los nidos de hada vacos, los hombres de cristal desaparecidos y lo que le haba dicho Dedo Polvoriento haca mucho tiempo: A veces, por la maana temprano, cuando ibas a lavarte a la fuente, revoloteaban por encima del agua esas hadas diminutas, apenas mayores que vuestras liblulas y de una tonalidad azulada como las violetas. Les gustaba revolotear por el pelo, a veces hasta te escupan en la cara. No se mostraban muy amables, pero por la noche relucan como lucirnagas. --Bien --repuso Meggie como si no fuese ella la que contestase a Farid--. De acuerdo, lo intentar. Pero antes deben mejorar tus pies. No puedes ir con los pies hechos polvo al mundo del que habla mi madre. --Qu disparate, estn perfectamente! --Farid camin arriba y abajo sobre la mullida alfombra a modo de demostracin--. Por m, puedes intentarlo ahora mismo! Meggie neg con la cabeza. --No --replic, decidida--. Primero tengo que aprender a leerlo de corrido. Con esta letra no es fcil; adems algunos pasajes tienen borrones, as que seguramente lo copiar. El tal Orfeo no minti. Escribi algo sobre ti, pero no estoy segura de que sea suficiente. Adems... --aadi de pasada--, ...si lo intento, quiero acompaarte. --Qu? --Claro! Por qu no? --Meggie no logr impedir que su voz revelase lo mucho que la ofenda su mirada de espanto. Farid no contest. No comprenda que Meggie tambin quera ver todo lo que haban relatado Dedo Polvoriento y su madre, con la voz enternecida de nostalgia: las bandadas de hadas sobrevolando la hierba, los rboles tan altos que uno crea que las nubes se enredaran en sus ramas, el Bosque Impenetrable, los juglares, el castillo del Prncipe Orondo y las torres de plata del Castillo de la Noche, el mercado de Umbra, la danza del fuego, las charcas susurrantes, con rostros de ondinas mirando hacia fuera...? No, Farid no lo comprenda. Seguramente l nunca haba aorado otro mundo, ni haba sentido la nostalgia que desgarraba el corazn de Dedo Polvoriento. Farid slo ansiaba una cosa: reunirse con Dedo Polvoriento para prevenirle del cuchillo de Basta y regresar a su lado. Era su sombra. Ese era el papel que quera interpretar, sin que le importase en qu historia. --Olvdalo! No puedes acompaarme! --sin mirarla, regres cojeando hasta la silla que Meggie le haba acercado, se sent y se quit de sus dedos las tiritas que Resa haba pegado encima con tanto esfuerzo--. Nadie puede trasladarse a s mismo con la lectura de un libro. Ni siquiera Orfeo! El mismo se lo confes a Dedo Polvoriento: lo haba intentado muchas veces, pero sencillamente es imposible. --Ah, s? --Meggie intent aparentar ms seguridad de la que senta--. T mismo has reconocido que leo mejor que l. A lo mejor yo s puedo! --"aunque no escriba como l", se dijo a s misma. Farid le lanz una mirada inquieta mientras guardaba las tiritas en el bolsillo de su pantaln. --Pero all es peligroso --advirti--. Sobre todo para una ch... --se interrumpi en mitad de la palabra y empez a examinar con esfuerzo los dedos sangrantes de sus pies. Cretino. A Meggie su enfado le dej un sabor amargo en la boca. Qu se figuraba? Seguramente ella saba ms sobre el mundo al que tena que trasladarlo con la lectura que l mismo. --Ya s que es peligroso --reconoci, irritada--. Si no te acompao, no leer. Pinsalo. Y ahora djame sola. Necesito reflexionar. Farid lanz una postrera mirada a la hoja que contena las palabras de Orfeo antes de encaminarse hacia la puerta. --Cundo piensas intentarlo? --pregunt antes de salir al pasillo--. Maana? --Tal vez --se limit a contestar Meggie. Despus, cerr la puerta tras l y se qued sola con las letras de Orfeo.