1647 - La Confesión de Fe

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    Brasil 2016

    Traduccin y Revisin Diagramacin

    Edgar A Ibarra Jr Fabio Martins

    Joel Chairez

    Filipe Luiz C. Machado

  • Sumario

    LA CONFESIN DE FE ......................................................................................................................................... 5

    CAPTULO I - DE LAS SANTAS ESCRITURAS ........................................................................................................ 7

    CAPTULO II - DE DIOS Y DE LA SANTA TRINIDAD ............................................................................................ 10

    CAPTULO III - DEL DECRETO ETERNO DE DIOS ............................................................................................... 11

    CAPTULO IV - DE LA CREACIN ...................................................................................................................... 13

    CAPTULO V - DE LA PROVIDENCIA .................................................................................................................. 14

    CAPTULO VI - DE LA CADA DEL HOMBRE, DEL PECADO Y SU CASTIGO ......................................................... 15

    CAPTULO VII - DEL PACTO DE DIOS CON EL HOMBRE ................................................................................... 16

    CAPTULO VIII - DE CRISTO EL MEDIADOR ...................................................................................................... 17

    CAPTULO IX - DEL LIBRE ALBEDRO ................................................................................................................ 19

    CAPTULO X - DEL LLAMAMIENTO EFICAZ ...................................................................................................... 20

    CAPTULO XI - DE LA JUSTIFICACIN .............................................................................................................. 21

    CAPTULO XII - DE LA ADOPCIN .................................................................................................................... 22

    CAPTULO XIII - DE LA SANTIFICACIN ........................................................................................................... 23

    CAPTULO XIV - DE LA FE SALVADORA ............................................................................................................ 24

    CAPTULO XV - DEL ARREPENTIMIENTO PARA VIDA ...................................................................................... 25

    CAPTULO XVI - DE LAS BUENAS OBRAS ......................................................................................................... 26

    CAPTULO XVII - DA PERSEVERANA DOS SANTOS ......................................................................................... 28

    CAPTULO XVIII - DE LA SEGURIDAD DE LA GRACIA Y DE LA SALVACIN ........................................................ 29

    CAPTULO XIX - DE LA LEY DE DIOS .................................................................................................................. 30

    CAPTULO XX - DE LA LIBERTAD CRISTIANA Y DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA ............................................ 32

    CAPTULO XXI - DE LA ADORACIN RELIGIOSA Y DEL DA DE REPOSO ........................................................... 33

    CAPTULO XXII - DE LOS JURAMENTOS Y DE LOS VOTOS LCITOS ................................................................... 35

    CAPTULO XXIII - DE LOS GOBERNANTES CIVILES ............................................................................................ 37

    CAPTULO XXIV - DEL MATRIMONIO Y DEL DIVORCIO .................................................................................... 38

    CAPTULO XXV - DE LA IGLESIA ........................................................................................................................ 39

    CAPTULO XXVI - DE LA COMUNIN DE LOS SANTOS ..................................................................................... 40

    CAPTULO XXVII - DE LOS SACRAMENTOS ....................................................................................................... 41

    CAPTULO XXVIII - DEL BAUTISMO................................................................................................................... 42

    CAPTULO XXIX - DE LA CENA DEL SEOR ....................................................................................................... 43

    CAPTULO XXX - DE LA DISCIPLINA ECLESISTICA ........................................................................................... 45

    CAPTULO XXXI - DE LOS SNODOS Y CONCILIOS ............................................................................................. 46

    CAPTULO XXXII - DEL ESTADO DEL HOMBRE DESPUS DE LA MUERTE Y DE LA RESURRECCIN DE LOS MUERTOS......................................................................................................................................................... 47

    CAPTULO XXXIII - DEL JUICIO FINAL ................................................................................................................ 48

  • 5

    LA CONFESIN DE FE

    Acordado por la Asamblea de Telogos en Westminster, con la asistencia de los delegados de la

    Iglesia de Escocia, como parte de la uniformidad pactada y establecida en religin entre las iglesias

    de Cristo en los reinos de Escocia, Inglaterra e Irlanda.

    Aprobado por la Asamblea General de 1647 y ratificado y establecido por actos de Parlamento

    1649 y 1690, como el pblico y jurado Confesin de la Iglesia de Escocia, con las pruebas de las

    Escrituras.

    Acto aprobando la Confesin de Fe.

    Asamblea en Edimburgo, 27 agosto 1647. Sesin 23.

    Una Confesin de Fe para las iglesias de Dios en los tres reinos, siendo la parte ms principal de

    esa uniformidad en la religin que, por el Pacto y la Liga Solemne, nosotros tenemos que empear:

    Y hay por consiguiente una Confesin de Fe de acuerdo con la Asamblea de Telogos sintindose

    en Westminster, con la ayuda de los Delegados de la Iglesia de Escocia; cul Confesin se envi de

    nuestros Delegados en Londres a los Delegados de la Iglesia en Edimburgo el mes de enero

    pasado, y han sido por esta Asamblea dos veces ledas pblicamente, examinada, y considerada:

    copias del mismo se imprimi tambin, para que sean examinada con cuidado especial de parte de

    todos los miembros de esta Asamblea, a quienes frecuente insinuacin se hizo pblicamente, para

    poner en sus dudas y objeciones, si ellos tuvieran cualquiera. Y la Confesin es, sobre el examen

    debido del mismo, encontrado por la Asamblea de ser muy agradable a la Palabra de Dios, y en

    nada al contrario de la doctrina recibida, ni contrario de la adoracin pblica, ni contrario de la

    disciplina y ni contrario del gobierno de esta Iglesia. Y, por ltimo, es tan necesario, y tanto

    deseado, que el dicho Confesin sea, con toda diligencia y expedicin posible, aprobado y

    establecido en ambos Reinos, como una parte principal de la uniformidad propuesta de la religin,

    y como un medio especial para suprimir ms efectivamente los muchos errores y herejas

    peligrosos de estos tiempos; la Asamblea General, despus de madura deliberacin, concuerda a, y

    aprueba el dicho Confesin, en cuanto a la verdad del asunto; (juzgndolo de ser muy ortodoxo, y

    fundado sobre la Palabra de Dios;) y tambin, acerca del punto de la uniformidad, acordamos por

    nuestra parte, que sea la Confesin de Fe comn para los tres reinos. La Asamblea bendice tambin

    al Seor, y reconoce agradecidamente Su gran misericordia, en que tal Confesin de Fe excelente se

    ha preparado, y ha por lo tanto sido de acuerdo sobre en ambos reinos; cual miramos como un

    gran refuerzo de la religin reformada verdadera contra los enemigos comunes del mismo. Pero,

    por temor a que nuestra intencin y el significado estn en algunos detalles entendidos por mal, es

    as expresamente declarado y provedo, que la falta de mencionar en esta Confesin los varios

    tipos de oficiales y asambleas eclesisticos, no sea prejuicio a la verdad de Cristo en estos detalles,

    para ser expresado completamente en el Directorio del Gobierno. Es adicionalmente declarado,

    que la Asamblea entiende algunas partes del segundo artculo del treinta y uno Captulo slo de

  • 6

    iglesias no establecidas, ni constituidas en el punto del gobierno: Y eso aunque, en tales iglesias, un

    snodo de Ministros, y de otras personas hbiles, puedan ser llamadas por la autoridad del

    Magistrado y nominacin, sin cualquier otra llamamiento, para consultar y aconsejar acerca de

    asuntos de la religin; y aunque, igualmente, los Ministros de Cristo, sin la delegacin de sus

    iglesias, puedan de s mismos, y en virtud de su oficina, reunirse en snodos en tales iglesias no

    constituidas, sin embargo ninguno de esto debera ser hecho en iglesias constituidas y establecidas;

    es siempre libre el Magistrado para consultar con snodos de Ministros y Ancianos Gobernantes,

    reunidos en delegacin de sus iglesias, sea comnmente, o, siendo encausados por su autoridad,

    ocasionalmente, y en pro re nata; es tambin libre reunir snodos juntos, tambin en pro re nata

    como en los tiempos ordinarios, sobre la delegacin de las iglesias, por el poder intrnsico recibido

    de Cristo, tan a menudo como sea necesario para el bien de la Iglesia as que se rene, en caso de

    que el Magistrado, en detrimento de la Iglesia, retenga o niega su consentimiento; la necesidad de

    asambleas ocasionales siendo protesta primero a l por una aplicacin humilde.

  • 7

    CAPTULO I DE LAS SANTAS ESCRITURAS

    I. Aunque la luz de la naturaleza y las obras de la creacin y la providencia manifiestan la bondad,

    la sabidura y el poder de Dios, de tal manera que deja al hombre inexcusable (Rm 2:14,15; Rm

    1:19,20; Rm 1:32; Rm 2:1; Sal 19:1-3); an no son suficientes para dar ese conocimiento de Dios y su

    voluntad, que es necesario para la salvacin (1Co 1:21; 1Co 2:13,14). Por lo tanto le complaci al

    Seor, en tiempos diversos, y en maneras diversas, de revelarse, y declarar esto su voluntad a su

    iglesia; (Hb 1:1); Y despus, para el mejor mantenimiento y propagacin de la verdad y para el

    mayor establecimiento y consuelo de la Iglesia contra la corrupcin de la carne y de la malicia de

    Satans y del mundo, le placi dejar totalmente esta revelacin por escrito (Pr 22: 19-21; Lc 1: 3,4;

    Rm 15:4; Mt 4: 4,7,10: Is 8: 19,20), cul hace la Santa Escritura de ser lo ms necessrio (2Tm 3:15;

    2Pe 1:19), esos maneras anteriores de Dios revelando su voluntad a su pueblo ahora ya han cesado

    (Hb 1:1,2).

    II. Bajo el nombre de la Santa Escritura, o la Palabra de Dios escrita, son contenidos todos los libros

    del Antiguo y Nuevo Testamento, cuales son estas:

    DEL ANTIGUO TESTAMENTO DEL NUEVO TESTAMENTO

    Gnesis (Ge) II Crnicas (2Cr) Daniel (Dn) Mateo (Mt) Efesios (Ef) Hebreos (Hb)

    xodo (Ex) Esdras (Esd) Oseas (Os) Marcos (Mc) Filipenses (Flp) Santiago (St)

    Levtico (Lv) Nehemas (Neh) Joel (Jl) Lucas (Lc) Colosenses (Col) I Pedro (1 Pe)

    Nmeros (Nm) Ester (Est) Ams (Am) Juan (Jn) I Tesalonicenses (1Ts) II Pedro (2Pe)

    Deuteronomio (Dt) Job (Job) Abdas (Abd) Hechos (Hch) II Tesalonicenses (2Ts) I Juan (1Jn)

    Josu (Jos) Salmos (Sal) Jons (Jon) Romanos (Rm) I Timoteo (1Tm) II Juan (2Jn)

    Jueces (Jue) Proverbios (Pr) Miqueas (Miq) I Corintios (1Co) II Timoteo (2Tm) III Juan (3Jn)

    Rut (Rut) Eclesiasts (Ec) Nahum (Nah) II Corintios (2Co) Tito (Tit) Judas (Jud)

    I Samuel (1Sm) Cantares (Cnt) Habacuc (Hab) Glatas (Gl) Filemn (Flm) Apocalipsis (Ap)

    II Samuel (2Sm) Isaas (Is) Sofonas (Sof)

    I Reyes (1Re) Jeremas (Jer) Ageo (Ag)

    II Reyes (1Re) Lamentaciones (Lm)

    Zacaras (Zac)

    I Crnicas (1Cr) Ezequiel (Ez) Malaquas (Ml)

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    Todos son dados por la inspiracin de Dios para ser la regla de la fe y practica (Lc 16:29,31; Ef 2:20;

    Ap 22:18,19; 2Tm 3:16).

    III. Los libros comnmente llamadas la Apcrifa, no siendo parte de la inspiracin divina, no

    tienen parte en el canon de la Escritura; y as pues no tienen autoridad en la Iglesia de Dios, ni ser

    en otra manera aprobada, o usado, excepto de la misma manera que otros libros humanos (Lc

    24:27,44; Rm. 3:2; 2Pe 1:21).

    IV. La autoridad de la Santa Escritura, por lo cul debera ser creda y obedecida, no depende

    sobre el testimonio de cualquier hombre o Iglesia; sino totalmente sobre Dios (quien es la verdad

    misma) el autor de ello: y as pues es de ser recibido porque es la Palabra de Dios (2Pe 1:19,21; 2Tm

    3:16; 1Jn 5:9, 1Tes 2:13).

    V. Podemos ser movidos e inducidos por el testimonio de la Iglesia a una estimacin alta y

    reverente de la Santa Escritura (1Tm 3:15). Y la divinidad del asunto, el eficaz de la doctrina, la

    majestad del estilo, el consentimiento de todas las partes, el designio del todo (cul es, de dar toda

    la gloria a Dios), el descubrimiento entero que hace de la nica manera de la salvacin del hombre,

    los muchos otros excelencias incomparables y la perfeccin entera de ello, son argumentos por lo

    cual muestra abundante evidencia de si mismo de ser la Palabra de Dios: an no obstante, nuestra

    persuasin completa y seguridad de la verdad infalible y la autoridad divina de ello, es de la obra

    interior del Espritu Santo dando testimonio por y con la Palabra en nuestros corazones (1Jn 2:20,27;

    Jn 16:13,14; 1Co 2:10-12; Is 59:21).

    VI. Todo el consejo de Dios concerniendo todas la cosas necesarias para su propia gloria, la

    salvacin del hombre, la fe y vida, est expresamente expuesto en la Escritura o por buena y

    necesaria consecuencia puede ser deducida de la Escritura: a cul nada en cualquier tiempo es de

    ser aadido, sea por nueva revelaciones del Espritu o por las tradiciones del hombre (2Tm 3:15-17;

    Gl 1:8,9; 2Ts 2:2). Sin embargo reconocemos la iluminacin interior del Espritu de Dios de ser

    necesario para el entendimiento salvadora de tales cosas que son reveladas en la Palabra (Jn 6:45;

    1Co 2:9-12), y que hay algunas circunstancias concerniendo la adoracin de Dios y el gobierno de la

    iglesia, comn a las acciones humanas y sociedades, cuales debera de ser ordenadas por la luz de

    la naturaleza y prudencia cristiana, en acuerdo con las reglas generales de la Palabra, cuales

    siempre deben de ser observadas (1Co 11:13,14; 1Co 14:26,40).

    VII. Todas las cosas en las Escrituras no son igual de claras en si mismo, ni igual de clara a todos

    (2Pe 3:16); an esas cosas necesarias de saber, creer y observar para la salvacin, son tan

    claramente presentados y abiertos en algn lugar de la Escritura u otra, que no tan slo los

    eruditos, sino tambin los indoctos, en un debido uso de los medios ordinarios, puede atener a un

    entendimiento suficiente de ello (Sal 119:109,130).

    VIII. El antiguo testamento en hebreo (cul fue el idioma nativo del pueblo de Dios de antes) y el

    nuevo testamento en griego (en cuanto en el tiempo de escribirlo fue l ms conocido a las

    naciones), siendo inmediatamente inspirado de Dios, y mantenidos por su cuidado singular y

  • 9

    providencia puros en todos los edades, son pues autnticos (Mt 5:18); para que, en todas las

    controversias de religin, la iglesia es de ser una apelacin final a ello (Is 8:20; Hch 15:15; Jn 5:39,46).

    Pero, como estos idiomas originales no son conocidos a todo el pueblo de Dios, quien tiene el

    derecho a y un inters en las Escrituras, y son mandados, en el temor de Dios, de leerlas y

    escudriarlas (Jn 5:39), as pues deben de ser traducidos al idioma comn de cada nacin a que

    vengan (1Co 14:6,9,11,12,24,27,28) que la Palabra de Dios morando abundantemente en todos, ellos

    puedan adorarlo en una manera aceptable (Col 3:16); y, por la paciencia y el consuelo de las

    Escrituras, puedan tener esperanza (Rm 15:4).

    IX. La regla infalible de interpretar la Escritura es la Escritura mismo: y as pues, cuando hay una

    pregunta sobre el sentido verdadero y entero de cualquier Escritura (cul no son muchos, sino uno)

    se debe de buscar y ser conocido por otros lugares que hablan ms claramente (2Pe 1:20,21; Hch

    15:15,16).

    X. El juez supremo por la cual todas las controversias de religin es de ser determinado, y todos los

    decreto de concilios, opiniones de autores antiguos, doctrinas del hombre y espritus privados, es

    de ser examinado; y en cul sentencia debemos reposar no puede ser ni otro, sino el Espritu Santo

    hablando en la Escritura (Mt 22:29,31; Ef 2:20 con Hch 28:25).

  • 10

    CAPTULO II DE DIOS Y DE LA SANTA TRINIDAD

    I. Hay sino un solo (Dt 6:4; 1Co 8:4,6) viviente y verdadero Dios (1Ts 1:9; Jr 10:10); quien es infinito

    en su ser y perfeccin (Jb 11:7-9; Jb 26:14), un espritu muy puro (Jn 4:24), invisible (1Tm 1:17), sin

    cuerpo, partes (Dt 4:15,16; Jn 4:24 con Lc 24:39) o pasiones (Hch 14:11,15), inmutable (St 1:17; Ml 3:6),

    inmenso (1Re 8:27; Jr 23:23,24), eterno (Sal 90:2; 1Tm 1:17) incomprensible (Sal 145:3), todopoderoso

    (Gn 17:1; Ap 4:8), muy sabio (Rm 16:27), muy santo (Is 6:3; Ap 4:8) , muy libre (Sal 115:3), muy

    absoluto (Ex 3:14), obrando todas las cosas en acuerdo al consejo de Su voluntad que es inmutable

    y justsimo (Ef 1:11), para Su propia gloria (Pr 16:4; Rm 11:36); muy amoroso (1Jn 4:8,16), gracioso,

    misericordioso, paciente, abundando en bondad y verdad, perdonando la iniquidad, la trasgresin

    y el pecado (Ex 34:6,7); galardonador de todos los que le buscan con diligencia (Hb 11:6); y sobre

    todo muy justo y terrible en sus juicios (Neh 9:32,33), que odia todo pecado (Sal 5:5,6) y de ninguna

    manera absolver al culpable (Nah 1:2,3; Ex 34:7).

    II. Dios tiene toda vida (Jn 5:26), gloria (Hch 7:2), bondad (Sal 119:68), bendicin (1Tm 6:15; Rm 9:5),

    en y de l mismo; y es solamente en y hacia l mismo todo suficiente, no teniendo la necesidad de

    cualquier criatura que l ha hecho (Hch 17:24;25), ni derivando gloria de ellos (Jb 22:2,3), sino

    solamente manifestando su propia gloria en, por, hacia y sobre ellos: l es el nico manantial de

    todo ser, de l, por medio de l y para l son todas las cosas (Rm 11:36); y tiene el sumo dominio

    soberana sobre ellos, para hacer por ellos, para ellos, o sobre ellos cualquier cosa que le place (Ap

    4:11; 1Tm 6:15; Dn 4:25,35). En su presencia todas las cosas son abiertas y manifiestas (Hb 4:13); Su

    conocimiento es infinito, infalible e independiente sobre la criatura (Rm 11:33,34; Sal 147:5), tal que

    nada es al l contingente o inseguro (Hch 15:18; Ez 11:5). l es muy santo en todo sus consejos, en

    todos sus obras y en todos sus mandamientos (Sal 145:17; Rm 7:12). A l es merecido de los ngeles

    y del hombre y toda criatura, cualquier adoracin, servicio u obediencia que le place de requerir de

    ellos (Ap 5:12-14).

    III. En la unidad de la Deidad hay tres personas, de una sustancia, poder y eternidad; Dios el Padre,

    Dios el Hijo y Dios el Espritu Santo (1Jn 5:7; Mt 3:16,17; Mt 28:19; 2Co 13:14). El Padre es de nadie,

    ni engendrado ni procediendo: el Hijo es eternamente engendrado del Padre (Jn 1:14,18); el

    Espritu Santo eternamente procediendo del Padre y del Hijo (Jn 15:26; Gl 4:6).

  • 11

    CAPTULO III DEL DECRETO ETERNO DE DIOS

    I. Dios desde la eternidad, por el consejo ms sabio y santo de su propia voluntad, orden libremente

    y inmutablemente toda cosa que llega de suceder (Ef 1:11; Rm 11:33; Hb 6:17; Rm 9:15,18); y sin

    embargo, de tal manera cual ni es Dios el autor del pecado (St 1:13,17; 1Jn 1:5), ni hace violencia a la

    voluntad de las criaturas, ni es la libertad o contingencia de causas secundarias quitadas, sino ms

    bien establecidas (Hch 2:23; Mt 17:12; Hch 4:27,28. Jn 19:11; Pr 16:33).

    II. Aunque Dios sabe cualquier cosa que pueda o puede llegar a cabo sobre todas las condiciones

    supuestas (Hch 15:18; 1Sm 23:11,12; Mt 11:21,23), an l no ha decretado cualquier cosa porque l lo

    previ como algo futuro o como eso que llegara a cabo sobre dichas condiciones.(Rm 9:11,13,16,18).

    III. Por el decreto de Dios, para la manifestacin de Su gloria, algunos hombres y ngeles (1Tm 5:21;

    Mt 25:41) son predestinados hacia la vida eterna y otros preordenados a la muerte eterna (Rm 9:22,23;

    Ef 1:5,6; Pr 16:4).

    IV. Estos ngeles y hombres, as predestinados y preordenados, son designados particularmente e

    inmutable y su nmero es tan seguro y definido, que no puede ser ni incrementado o diminuido (2Tm

    2:19; Jn 13:18).

    V. Estos seres humanos que son predestinados hacia la vida, Dios, antes que la fundacin del mundo

    se estableci, en acuerdo a su propsito eterno e inmutable y el consejo secreto y bien placito de su

    voluntad, ha escogido, en Cristo, hacia la gloria eterna (Ef 1:4,9,11; Rm 8:30; 2Tm 1:9; 1Ts 5:9), de su

    amor y libre gracia, sin algn previsto de fe o buenas obras, o perseverancia en cualquiera de estos, o

    cualquier otra cosa en la criatura, como condiciones o causas movindolo hacia ello (Rm 9:11,13,16; Ef

    1:4,9), y todo para la alabanza de su gracia gloriosa (Ef 1:6,12).

    VI. Como Dios ha decretado los escogidos hacia la gloria, as l ha, por su eterno y muy libre

    propsito de su voluntad, preordenado todos los medios hacia esto (1Pe 1:2; Ef 1:4,5; Ef 2:10; 2Ts 2:13).

    Por lo cual ellos quienes son elegidos, siendo cados en Adn, son redimidos por Cristo (1Ts 5:9,10; Tit

    2:14), son eficazmente llamados hacia fe en Cristo por su Espritu obrando en el tiempo designado,

    son justificados, adoptados, santificados (Rm 8:30; Ef 1:5; 2Ts 2:13) y guardados por su poder por

    medio de la fe hacia la salvacin (1Pe 1:5). Ni siquiera son otros redimidos por Cristo, eficazmente

    llamados, justificados, adoptados, santificados y salvos, sino los escogidos solamente (Jn 17:9; Rm

    8:28-39; Jn 6:64,65; Jn 10:26; Jn 8:47; 1Jn 2:19).

    VII. El resto de la humanidad Dios le placi, en acuerdo a su consejo inescrutable de su propia

    voluntad, por lo cul l extiende o detiene misericordia, como le place, para la gloria de su poder

    soberana sobre sus criaturas, de pasarlos; y de ordenarlos a deshonra e ira, por causa sus pecados,

    para la alabanza de su justicia gloriosa (Mt 11:25,26; Rm 9:17,18,21,22; 2Tm 2:19,20; Jud 4; 1Pe 2:8).

  • 12

    VIII. La doctrina de este misterio alto de la predestinacin es de ser manejado con prudencia especial

    y cuidado (Rm 9:20; Rm 11:33; Dt 29:29), que hombres atendiendo la voluntad de Dios revelado en su

    Palabra y rindiendo obediencia hacia esto, puedan, de la certidumbre de su vocacin, ser seguros de

    su eleccin eterna (2Pe 1:10). As que esta doctrina producir motivos de adoracin, reverencia y

    admiracin a Dios (Ef 1:6; Rm 11:33), y de humildad, diligencia y consolacin abundante a todos que

    sinceramente obedecen el Evangelio (Rm 11:5,6,20; 2Pe 1:10; Rm 8:33; Lc 10:20).

  • 13

    CAPTULO IV DE LA CREACIN

    I. Le placi a Dios el Padre, el Hijo y el Espritu Santo (Hb 1:2; Jn 1:2,3; Gn 1:2; Jb 26:13; Jb 33:4), para

    la manifestacin de la gloria de su poder eterno, sabidura y bondad (Rm 1:20; Jr 10:12; Sal 104:24;

    Sal 33:5,6), en el principio, de crear, o hacer de nada, el mundo y todas las cosas en ello sea visible o

    invisible, en el espacio de seis das; y todo muy bueno (Gn 1; Hb 11:3; Col 1:16; Hch 17:24).

    II. Despus que Dios haba hecho todas las otras criaturas, l creo al hombre, varn y hembra (Gn

    1:27), con almas razonables e inmortales (Gn 2:7 con Ec 12:7 y Lc 23:43 y Mt 10:28), dotados con

    conocimiento, justicia y piedad verdadera, despus de su imagen (Gn 1:26; Col 3:10; Ef 4:24).

    Teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones (Rm 2:14,15), y el poder de cumplirlo (Ec 7:29): sin

    embargo debajo la posibilidad de trasgresin, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad,

    cul era sujeto al cambio (Gn 3:6; Ec 7:29). Aparte de sta ley escrita en sus corazones, ellos

    recibieron un mandamiento, de no comer del rbol de la ciencia del bien y del mal, cul mientras

    lo guardaban, ellos estaban felices en su comunin con Dios (Gn 2:17; Gn 3:8-11,23) y tenan el

    dominio sobre las criaturas (Gn 1:26,28).

  • 14

    CAPTULO V DE LA PROVIDENCIA

    I. Dios, el gran creador de todas las cosas, sostiene (Hb 1:3), dirige, dispone y gobierna todas las

    criaturas, las acciones y las cosas (Dn 4:34,35; Sl 135:6; Hch 17:25,26,28; Job cap.38-41), desde lo ms

    grande hasta lo ms insignificante (Mt 10:29-31), por su ms sabia y santa providencia (Pr 15:3; Sal

    104;24; Sal 145:17), en acuerdo a su infalible presciencia (Hch 15:18; Sal 94:8-11) y el libre e inmutable

    consejo de su propia voluntad (Ef 1:11; Sal 33:10,11), para la alabanza de la gloria de su sabidura,

    poder, justicia, bondad y misericordia (Is 63:14; Ef 3:10; Rm 9:17: Gn 45:7; Sal 145:7).

    II. Aunque, en la relacin a la presciencia y decreto de Dios, el primer Causa, todas las cosas llegan a

    pasar inmutablemente e infaliblemente (Hch 2:23); an, por la misma providencia, l los ordena que

    sucedan, en acuerdo a la naturaleza de segunda causas, sea necesaria, libre o de contingencia (Gn 8:22;

    Jr 31:35; Ex 21:13 con Dt 19:5; 1Re 22:28,34; Is 10:6,7).

    III. Dios en su providencia ordinaria hace uso de medios (Hch 27:31,44; Is 55:10,11; Os 2:21,22), an

    est libre para obrar sin ellos (Os 1:7; Mt 4:4; Jb 34:20), sobre ellos (Rm 4:19-21) y contra ellos, segn le

    plazca (2Re 6:6; Dn 3:27).

    IV. El todopoderoso poder, la inescrutable sabidura y infinito bondad de Dios se manifiestan en su

    providencia, que se extiende hasta la primera cada y todo los otros pecados de ngeles y los hombres

    (Rm 11:32-34; 2Sm 24:1 con 1Cr 21:1; 1Re 22:22,23; 1Cr 10:4,13,14; 2Sm 16:10; Hch 2:23; Hch 4:27,28); y no

    por un simple permiso (Hch 14:16), pero tal que se ha unido con esto un muy sabio y poderosa

    atamiento (Sal 76:10; 2Re 19:28), y otramente ordenndolos y gobernndolos, en una dispensacin

    diversa, a su propia santa fin (Gn 50:20; Is 10:6,7,12); an tal, como el pecado de ello procede

    solamente de la criatura, y no de Dios, quien, siendo muy santo y justo, ni es, ni puede ser, el autor o

    aprobador del pecado (St 1:13,14,17; 1Jn 2:16; Sal 50:21).

    V. El ms sabio, justo y gracioso Dios muchas veces deja por un tiempo su propios hijos a mltiples

    tentaciones y a la corrupcin de su propios corazones, para disciplinarlos por sus pecados anteriores

    o para descubrir hacia ellos la fuerza escondida de la corrupcin y del corazn engaoso, para que

    sean humildes (2Cr 32:25,26,31; 2Sm 24:1); y para levantarlos a una dependencia ms cercana y

    constante para su apoyo hacia l mismo, y para hacerlos ms vigilantes contra todas ocasiones

    futuras de pecar y para mltiples otros justos y santos fines (2Co 12:7-9; Sal cap. 73; Sal 77:1-12; Mc

    14:66-72 con Jn 21:15-17).

    VI. Sobre esos malvados y impos hombres quienes Dios, como un justo Juez, por pecados pasados los

    siegan y los endurecen (Rm 1:24,26,28; Rm 11:7,8), de ellos l no tan solo detiene su gracia, por la cual

    pudieron ser iluminados en sus entendimientos y obrando sobre sus corazones (Dt 29:4), pero

    algunas veces tambin quita los dones que tuvieron (Mt 13:12; Mt 25:29), y los expone a tales objetos

    como su corrupcin hace ocasiones de pecar (Dt 2:30; 2Re 8:12,13); y, adems, los entregan a sus

    propios codicias, las tentaciones del mundo y al poder del diablo (Sal 81:11,12; 2Ts 2:10-12); por lo

    cual sucede que se endurecen, an debajo esos medios que Dios usa para suavizar a otros (Ex 7:3 con

    Ex 8:15,32; 2Co 2:15,16; Is 8:14; 1Pe 2:7,8; Is 6:9,10 con Hch 28:26,27).

    VII. Como la providencia de Dios en general alcanza a todas las criaturas, as en una manera muy

    especial tomo cuidado de su Iglesia y dispone todas las cosas para el bueno de ella (1Tm 4:10; Am

    9:8,9; Rm 8:28; Is 43:3-5,14).

  • 15

    CAPTULO VI DE LA CADA DEL HOMBRE, DEL PECADO Y SU CASTIGO

    I. Nuestros primeros padres, siendo seducidos por la sutilidad y la tentacin de Satans, pecaron en

    comiendo la fruta prohibida (Gn 3:13; 2Co 11:3). Esto su pecado le placi a Dios, en acuerdo a su

    consejo sabia y santa, de permitir, habiendo designado de ordenarlo hacia su propia gloria (Rm 11:32).

    II. Por ste pecado ellos cayeron de su justicia original y comunin con Dios (Gn 3:6-8; Ec 7:29; Rm

    3:23), y pues fueron muertos en pecados (Gn 2:17; Ef 2:1), y totalmente profanos en todas las

    facultades y de las partes de su alma y cuerpo (Tit 1:15; Gn 6:5; Jr 17:9; Rm 3:10-18)

    III. Ellos siendo la raz de toda la humanidad, la culpa de ste pecado fue imputado [a toda la

    humanidad] (Gn 1:27,28 e Gn 2:16,17 e Hch 17:26 con Rm 5:12,15-19 e 1Co 15:21,22,45); y la misma

    muerte en el pecado y la corrupcin de la naturaleza cedida a toda su posteridad descendiendo de

    ellos por la generacin ordinaria (Sal 51:5; Gn 5:3; Jb 14:4; Jb 15:14).

    IV. Desde esta corrupcin original, por la cual somos totalmente desinclinados, intiles y hechos

    opuestos a todo lo bueno (Rm 5:6; Rm 8:7; Rm 7:18; Col 1:21) y totalmente inclinados a toda maldad

    (Gn 6:5; Gn 8:21; Rm 3:10-12) procede todas las transgresiones actuales (St 1:14,15; Ef 2:2,3; Mt 15:19).

    V. Esta corrupcin de la naturaleza, durante esta vida, se queda en ellos que son regenerados (1Jn

    1:8,10; Rm 7:14,17,18,23; St 3:2; Pr 20:9; Ec 7:20); y aunque sean, por medio de Cristo, perdonados y

    mortificados, an ambos el ser y todas las mociones de ello son de veras y propiamente pecado (Rm

    7:5,7-8,25; Gl 5:17).

    VI. Cada pecado, ambos el original y actual, siendo una trasgresin de la justa ley de Dios y contrario

    hacia ello (1Jn 3:4), hace, en su propia naturaleza, traer culpa sobre el pecador (Rm 2:15; Rm 3:9,19) por

    lo cual l es atado hacia la ira de Dios (Ef 2:3) y la maldicin de la ley (Gl 3:10) y as puesto en sujecin

    a la muerte (Rm 6:23), con todas las miserias espirituales (Ef 4:18), temporales (Rm 8:20; Lm 3:39) y

    eternas (Mt 25:41; 2Ts 1:9).

  • 16

    CAPTULO VII DEL PACTO DE DIOS CON EL HOMBRE

    I. La distancia entre Dios y la criatura es tan vasto, aunque criaturas razonables deben obediencia

    hacia l como su Creador, an nunca pueden tener cualquier fruto de l como su bendicin y

    recompensa, sino por una condescendencia voluntaria de parte de Dios, cual le ha placido de

    expresar por medio del pacto (Is 40:13-17; Jb 9:32,33; 1Sm 2:25; Sal 113:5,6; Sal 100:2,3; Jb 22:2,3; Jb

    35:7,8; Lc 17:10; Hch 17:24,25).

    II. El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras (Gl 3:12) en cual la vida fue

    prometida a Adn y en l a su posteridad (Rm 10:5; Rm 5:12-20), sobre la condicin de una

    obediencia perfecta y personal (Gn 2:17; Gl 3:10).

    III. El hombre por su cada se hizo incapaz de la vida por ese pacto, el Seor le placi de hacer una

    segunda (Gl 3:21; Rm 8:3; Rm 3:20,21; Gn 3:15; Is 42:6), comnmente llamado el pacto de gracia; en

    la cual l libremente ofrece hacia los pecadores vida y la salvacin por medio de Jesucristo,

    requiriendo de ellos fe en l para que sean salvos (Mc 16:15,16; Jn 3:16; Rm 10:6,9; Gl 3:11), y

    prometiendo de dar a todos quienes son ordenados hacia la vida Su Espritu Santo, para hacerlos

    deseosos y capaces para creer (Ez 36:26,27; Jn 6:44,45).

    IV. Este pacto de gracia es frecuentemente llamado en las escrituras con el nombre testamento, en

    referencia a la muerte de Jesucristo el testador y a la herencia eterna, con todas las cosas

    perteneciendo a ella, en esto legado (Hb 9:15-17; Hb 7:22; Lc 22:20; 1Co 11:25).

    V. Este pacto fue administrado en manera diferente en el tiempo de la ley y en el tiempo del

    evangelio (2Co 3:6-9); debajo de la ley, fue administrado por promesas, profecas, sacrificios,

    circuncisin, el cordero pascual y otros tipos y ordenanzas dado al pueblo Judea, todo esto

    prefigurando el Cristo de venir (Hb cap.8-10; Rm 4:11; Col 2:11,12; 1Co 5:7); cuales fueron, para ese

    tiempo, suficientes y eficaces, por medio de la operacin de l Espritu, para instruir y crecer los

    escogidos en fe en el Mesas prometido (1Co 10:1-4; Hb 11:13; Jn 8:56), por medio de quien tuvieron

    remisin total de pecados y vida eterna. Este es llamado el Antiguo Testamento (Gl 3:7-9,14).

    VI. Debajo el evangelio, cuando Cristo, el sustancia (Col 2:17), fue exhibido, las ordenanzas en la

    cual este pacto es dispensado son la predicacin de la Palabra y la administracin de los

    sacramentos del bautismo y la Santa Cena (Mt 28:19,20; 1Co 11:23-25); cuales, aunque poco en

    nmero y administrado con ms simpleza y menos gloria externa; an, en ellos, es puesto por

    delante en ms llenura, evidencia y eficaz espiritual (Hb 12:22-28; Jr 31:33,34), a todas las naciones,

    ambos judos y gentiles (Mt 28:19; Ef 2:15-19). Este es llamado el Nuevo Testamento (Lc 22:20). No

    hay pues dos pactos de gracia, diferencindose en sustancia, sino uno y el mismo, debajo varias

    dispensaciones (Gl 3:14,16; Rm 3:21-23,30; Sal 32:1 con Rm 4:3,6,16,17,23,24; Hb 13:8; Hch 15:11).

  • 17

    CAPTULO VIII DE CRISTO EL MEDIADOR

    I. Le placi a Dios, en Su propsito eterno, de escoger y ordenar el Seor Jess, Su nico Hijo

    engendrado, de ser el Mediador entre Dios y el hombre (Is 42:1; 1Pe 1:19,20; Jn 3:16; 1Tm 2:5); el

    Profeta (Hch 3:22), el Sacerdote (Hb 5:5,6) y el Rey (Sal 2:6; Lc 1:33), el Cabeza y Salvador de Su

    Iglesia (Ef 5:23), el Heredero de todas las cosas (Hb 1:2) y Juez del mundo (Hch 17:31): para quem

    Ele, desde a eternidade, Lhe deu um povo para ser Sua semente (Jn 17:6; Sal 22:30; Is 53:10), e para

    ser por Ele, remido no tempo, chamado, justificado, santificado e glorificado (1Tm 2:6; Is 55:4,5; 1Co

    1:30).

    II. El Hijo de Dios, el segundo persona en la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, igual y de

    una sustancia con el Padre, tomo, cuando la llenura de tiempo haba llegado, sobre l la naturaleza

    del hombre (Jn 1:1,14; 1Jn 5:20; Flp 2:6; Gl 4:4), con todas las propiedades y debilidades comn de

    ello, an sin algn pecado (Hb 2:14,16,17; Hb 4:15): siendo concebido por el poder del Espritu

    Santo, en la vientre del virgen Mara, de la sustancia de ella (Lc 1:27;31,35; Gl 4:4). As pues que dos

    enteros, perfectos y naturalezas distintas, la divina y la humana, fueron inseparablemente juntados

    en una persona, sin conversin, composicin ni confusin (Lc 1:35; Col 2:9; Rm 9:5; 1Pe 3:18; 1Tm

    3:16). Cual persona es de veras Dios y de veras hombre, an un Cristo, el nico Mediador entre

    Dios y el hombre (Rm 1:3,4; 1Tm 2:5).

    III. El Seor Jess, en Su naturaleza humana as unido al divino, fue santificado y ungido con el

    Espritu Santo, sin medida (Sal 45:7; Jn 3:34), teniendo en l toda las riquezas de sabidura y

    conocimiento (Col 2:3); en quien le agrad al Padre que habitase toda plenitud (Col 1:19); a ese fin,

    siendo santo, inocuo, sin mancha y lleno de la gracia y de la verdad (Hb 7:26; Jn 1:14), l pueda ser

    totalmente equipado de ejecutar la oficina de mediador y fiador (Hch 10:38; Hb 12:24; Hb 7:22).

    Cual oficina l no lo tomo de si mismo, sino fue llamado hacia ello por Su Padre (Hb 5:4,5), quien

    puso todo poder y juicio en Su mano y le dio mandamiento para ejecutar lo mismo (Jn 5:22,27; Mt

    28:18; Hch 2:36).

    IV. Este oficina el Seor Jess con buena voluntad tomo (Sal 40:7,8 con Hb 10:5-10; Jn 10:18; Flp 2:8)

    y para empearlo, se sujet bajo la ley (Gl 4:4) y perfectamente lo cumpli (Mt 3:15; Mt 5:17),

    padeci los tormentos ms agraviosos inmediatamente en Su alma (Mt 26:37,38; Lc 22:44; Mt 27:46)

    y los sufrimientos ms dolorosos en Su cuerpo (Mt cap.26 e 27); fue crucificado y muri (Flp 2:8),

    fue sepultado y estuvo bajo el poder de la muerte; an no vio la corrupcin (Hch 2:23,24,27; Hch

    13:37; Rm 6:9). En el tercer da l resucito de entre los muertos (1Co 15:3,4), con el mismo cuerpo en

    la cual haba sufrido (Jn 20:25,27), con la cual tambin ascendi al cielo y all est sentado a la

    diestra de Su Padre (Mc 16:19), haciendo intercesin (Rm 8:34; Hb 9:24; Hb 7:25); y regresar para

    juzgar a los hombres y los ngeles en el fin del mundo (Rm 14:9,10; Hch 1:11; Hch 10:42; Mt 13:40-

    42; Jud 6; 2Pe 2:4).

  • 18

    V. El Seor Jess, por Su perfecta obediencia y sacrificio de Si mismo, cual l, por medio del eterno

    Espritu, por una vez se ofreci hacia Dios, ha hecho satisfaccin completo de la justicia de Su

    Padre (Rm 5:19; Hb 9:14,16; Hb 10:14; Ef 5:2: Rm 3:25,26); y compr, no tan solo la reconciliacin,

    sino tambin una inherencia eterna en el reino de los cielos, para todos aquellos quien el Padre ha

    dado hacia l (Dn 9:24,26; Col 1:19,20; Ef 1:11,14; Jn 17:2; Hb 9:12,15).

    VI. Aunque la obra de redencin no fue actualmente hecha por Cristo hasta despus de Su

    encarnacin, an la virtud, la eficaz y los beneficios de ello fueron comunicados haca los elegidos

    en todos los siglos desde el principio del mundo, en y por esas promesas, tipos y sacrificios, en las

    cuales l fue revelado y significado de ser la semilla de la mujer cual herira la cabeza del

    serpiente; y el Cordero inmolado desde el principio del mundo: siendo ayer y hoy el mismo, y para

    siempre (Gl 4:4,5; Gn 3:15; Ap 13:8; Hb 13:8).

    VII. Cristo, en la obra de la mediacin, obra segn a las dos naturalezas, cada naturaleza haciendo

    lo que es propio para si (Hb 9:14; 1Pe 3:18): an, por razn de la unidad de la persona, eso que es

    propio para una naturaleza, es a veces en la Escritura atribuido a la persona dominada por la otra

    naturaleza (Hch 20:28; Jn 3:13; 1Jn 3:16).

    VIII. A todos ellos por quien Cristo ha comprado la redencin, l por seguro y eficazmente aplica y

    comunica lo mismo (Jn 6:37;39; Jn 10:15,16), haciendo intercesin para ellos (1Jn 2:1,2; Rm 8:34), y

    revelando haca ellos, en y por la Palabra, los misterios de la salvacin (Jn 15:13,15; Ef 1:7-9; Jn

    17:6), eficazmente persuadindolos por Su Espritu para creer y obedecer, y gobernando sus

    corazones con Su Palabra y Espritu (Jn 14:26; Hb 12:2; 2Co 4:13; Rm 8:9,14; Rm 15:18,19; Jn 17:17);

    venciendo todos sus enemigos por Su todopoderoso poder y sabidura, en tal manera y medios,

    que son ms consonante a Su maravilloso y dispensacin inescrutable (Sal 110:1; 1Co 15:25,26; Ml

    4:2,3; Col 2:15).

  • 19

    CAPTULO IX DEL LIBRE ALBEDRO

    I. Dios ha dotado al albedro o la voluntad con esa libertad natural, que es ni forzada, ni por

    ninguna necesidad absoluta de la naturaleza determinada al bueno o al malo (Mt 17:12; St 1:14; Dt

    30:19).

    II. El hombre, en su estado de inocencia, tenia la libertad y el poder para determinar y hacer eso

    que es bueno y agradable a Dios (Ec 7:29; Gn 1:26), pero an mutablemente, para que pudiera

    cayera de ese estado (Gn 2:16,17; Gn 3:6).

    III. El hombre, por su cada a un estado de pecado, ha totalmente perdido toda la capacidad de la

    voluntad o el albedro de ser algn bien espiritual que acompae a la salvacin (Rm 5:6; Rm 8:7; Jn

    15:5); por tanto, un hombre natural, siendo totalmente opuesto de ese bien (Rm 3:10,12) y muerto

    en pecado (Ef 2:1,5; Col 2:13), no es capaz, por su propia fuerza, de convertirse de si mismo o de

    prepararse de ser salvo (Jn 6:44,65; Ef 2:2-5; 1Co 2:14; Tit 3:3-5).

    IV. Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada a un estado de gracia, l lo rescata de su

    esclavitud natural debajo el pecado (Col 1:13; Jn 8:34,36); y, por Su gracia solamente, lo capacita

    para querer y obrar lo que es espiritualmente bueno (Flp 2:13; Rm 6:18,22), an, por razn de su

    corrupcin que queda, l no lo hace perfectamente, ni solamente desea eso lo que es bueno, pero

    tambin desea eso lo que es maldad (Gl 5:17; Rm 7:15,18,19,21,23).

    V. El albedro o la voluntad del hombre es hecho perfectamente e inmutablemente libre para hacer

    el bueno nicamente, en el estado de gloria solamente (Ef 4:13; Hb 12:23; 1Jn 3:2; Jud 24).

  • 20

    CAPTULO X DEL LLAMAMIENTO EFICAZ

    I. Todos ellos quienes Dios ha predestinado a la vida, y a ellos solamente, le agrada en Su

    apuntado y aceptado tiempo de llamar eficazmente (Rm 8:30; Rm 11:7; Ef 1:10,11), por Su Palabra y

    el Espritu (2Ts 2:13,14; 2Co 3:3,6) fuera de ese estado de pecado y muerte, en la cual ellos estn por

    naturaleza, a la gracia y la salvacin por Jesucristo (Rm 8:2; Ef 2:1-5; 2Tm 1:9,10); iluminando de

    modo espiritual y salvador su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios (Hch

    26:18; 1Co 2:10,12; Ef 1:17,18); quitndoles su corazn de piedra y dndoles un corazn de carne (Ez

    36:26), renovando sus voluntades y por Su todopoderoso poder determinndoles a eso que es

    bueno (Ez 11:9; Flp 2:13; Dt 30:6; Ez 36:27), y eficazmente trayndolos a Jesucristo (Ef 1:19; Jn

    6:44,45): de tal manera que ellos vienen muy libremente, siendo hechos deseosos por Su gracia (Cnt

    1:4; Sal 103:3; Jn 6:37; Rm 6:16-18).

    II. Este llamamiento eficaz proviene de la libre y especial gracia de Dios solamente, por ninguna

    cosa prevista en el hombre (2Tm 1:9; Tit 3:4,5; Ef 2:4,5,8,9; Rm 9:11), quien es totalmente pasivo en

    eso, hasta que es vivificado y renovado por el Espritu Santo (1Co 2:14; Rm 8:7; Ef 2:5), l es por este

    modo capacitado de responder a este llamamiento y de recibir la gracia ofrecida y comunicada en

    ello (Jn 6:37; Ez 36:27; Jn 5:25).

    III. Los nios elegidos que mueren en la infancia son regenerados y salvados por Cristo por medio

    del Espritu (Lc 18:15,16; Hch 2:38.39; Jn 3:3,5; 1Jn 5:12; Rm 8:9 todos los textos comparados juntos)

    quien obra cundo, dnde y cmo quiere (Jn 3:8). En la misma condicin estn todas las personas

    elegidas que sean incapaces de ser llamadas externamente por el ministerio de la Palabra (1Jn 5:12;

    Hch 4:12).

    IV. Las personas no elegidas, aunque sean llamadas por el ministerio de la Palabra (Mt 22:14) y

    tengan algunas de las manifestaciones comunes del Espritu (Mt 7:22; Mt 13:20,21; Hb 6:4,5), nunca

    acuden verdaderamente a Cristo, y por lo tanto no pueden ser salvos (Jn 6:64,65; Jn 8:24); y mucho

    menos pueden ser salvos de otra manera aquellos que no profesan la religin cristiana, aun cuando

    sean diligentes en ajustar sus vidas a la luz de la naturaleza y a la ley de la religin que profesen

    (Hch 4:12; Jn 14:6; Ef 2:12; Jn 4:22; Jn 17:3); y el afirmar y sostener que lo pueden lograr as, es muy

    pernicioso y detestable (2Jn 9-11; 1Co 16:22; Gl 1:6-8).

  • 21

    CAPTULO XI DE LA JUSTIFICACIN

    I. A quienes Dios llama de una manera eficaz, tambin justifica gratuitamente (Rm 8:30; Rm 3:24),

    no infundiendo justicia en ellos, sino perdonndoles sus pecados, y contando y aceptando su

    persona como justa; no por algo obrado en ellos o hecho por ellos, sino solamente por causa de

    Cristo; no por imputarles la fe misma, ni el acto de creer, ni ninguna otra obediencia evanglica

    como justicia, sino imputndoles la obediencia y satisfaccin de Cristo (Rm 4:5-8; 2Co 5:19,21; Rm

    3:22,24,25,27,28; Tit 3:5,7; Ef 1:7; Jr 23:6; 1Co 1:30,31; Rm 5:17-19) y ellos le reciben y descansan en l

    y en su justicia, por la fe. Esta fe no la tienen de ellos mismos: es un don de Dios (Hch 10:44; Gl 2:16;

    Flp 3:9; Hch 13:38,39; Ef 2:7,8).

    II. La fe, que as recibe y descansa en Cristo y en su justicia, es el nico instrumento de justificacin

    (Jn 1:12; Rm 3:28; Rm 5:1); aunque no est sola en la persona justificada, sino que siempre va

    acompaada por todas las otras gracias salvadoras, y no es fe muerta, sino que obra por el amor (St

    2:17,22,26; Gl 5:6).

    III. Cristo, por su obediencia y muerte, sald totalmente la deuda de todos aquellos que as son

    justificados, e hizo una adecuada, real y completa satisfaccin a la justicia de su Padre, a favor de

    ellos (Rm 5:8-10,19; 1Tm 2:5,6; Hb 10:10,14; Dn 9:24,26; Is 53:4-6,10-12). Sin embargo, por cuanto

    Cristo fue dado por el Padre para los justificados (Rm 8:32), y Su obediencia y satisfaccin fueron

    aceptadas en lugar de la de ellos (2Co 5:21; Mt 3:17; Ef 5:2), y esto gratuitamente, y no por algo que

    hubiera en los justificados, su justificacin es solamente de pura gracia (Rm 3:24; Ef 1:17); a fin de

    que tanto la rigurosa justicia, como la rica gracia de Dios, puedan ser glorificadas en la justificacin

    de los pecadores (Rm 3:26; Ef 2:7).

    IV. Desde la eternidad, Dios decret justificar a todos los elegidos (Gl 3:8; 1Pe 1:2,19,20; Rm 8:30); y

    en el cumplimiento del tiempo, Cristo muri por los pecados de ellos, y resucit para su

    justificacin (Gl 4:4; 1Tm 2:6; Rm 4:25). Sin embargo, los elegidos no son justificados hasta que el

    Espritu Santo, en el momento debido, les hace realmente partcipes de Cristo (Col 1:21,22; Gl 2:16;

    Tm 3:3-7).

    V. Dios contina perdonando los pecados de aquellos que son justificados (Mt 6:12; 1Jn 1:7,9; 1 Jn

    2:1,2); y aunque ellos nunca pueden caer del estado de justificacin (Lc 22:32; Jn 10:28; Hb 10:14),

    sin embargo pueden, por sus pecados, caer en el desagrado paternal de Dios y no tener la luz de

    Su rostro restaurada sobre ellos hasta que se humillen, confiesen sus pecados, pidan perdn y

    renueven su fe y su arrepentimiento (Sal 51:7-12; Sal 32:5; Mt 26:75; 1Co 11:30,32; Lc 1:20).

    VI. La justificacin de los creyentes en el Antiguo Testamento era, en todos estos respectos, una y

    la misma que la justificacin de los creyentes en el Nuevo Testamento (Gl 3:9; 13,14; Rm 4:22-24; Hb

    13:8).

  • 22

    CAPTULO XII DE LA ADOPCIN

    I. Dios se digna conceder a todos aquellos que son justificados en y por su nico Hijo Jesucristo,

    que sean partcipes de la gracia de adopcin (Ef 1:5), por la cual son contados en el nmero de los

    hijos de Dios, y gozan de sus libertades y privilegios (Gl 4:4,5 Rm 8:17; Jn 1:12); estn marcados con

    su nombre (Jr 14:9; 2Co 6:18; Ap 3:12), reciben el Espritu de adopcin (Rm 8:15); tienen acceso

    confiadamente al trono de la gracia (Ef 3:12; Rm 5:2) estn capacitados para clamar: Abba, Padre

    (Gl 4:6); son compadecidos (Sal 103:13), protegidos (Pr 14:26), provedos (Mt 6:30,32; 1Pe 5:7), y

    corregidos por l como por un padre (Hb 12:6), pero nunca desechados (Lm 3:31), sino sellados

    para el da de la redencin (Ef 4:30), y heredan las promesas (Hb 6:12), como herederos de

    salvacin eterna (1Pe 1:3,4; Hb 1:14).

  • 23

    CAPTULO XIII DE LA SANTIFICACIN

    I. Aquellos que son llamados eficazmente y regenerados, habiendo sido creado en ellos un nuevo

    corazn y un nuevo espritu, son adems santificados de un modo real y personal, por virtud de la

    muerte y resurreccin de Cristo (1Co 6:11; Hch 20:32; Flp 3:10; Rm 6:5,6), por su Palabra y Espritu

    que mora en ellos (Jn 17:17; Ef 5:26; 2Ts 2:13). El dominio del pecado sobre el cuerpo entero es

    destruido (Rm 6:6,14), y las diversas concupiscencias del mismo son debilitadas y mortificadas ms

    y ms (Gl 5:24; Rm 8:13), y los llamados son cada vez ms fortalecidos y vivificados en todas las

    gracias salvadoras (Col 1:11; Ef 3:16-19), para la prctica de la verdadera santidad, sin la cual

    ningn hombre ver al Seor (2Co 7:1; Hb 12:14).

    II. Esta santificacin se efecta en toda la persona (1Ts 5:23) aunque es incompleta en esta vida;

    todava quedan algunos remanentes de corrupcin en todas partes (1Jn 1:10; Rm 7:18,23 Flp 3:12),

    de donde surge una continua e irreconciliable batalla: la carne lucha contra el Espritu, y el Espritu

    contra la carne (Gl 5:17; 1Pe 2:11).

    III. En dicha batalla, aunque la corrupcin que aun queda puede prevalecer mucho por algn

    tiempo (Rm 7:23), sin embargo, a travs del continuo suministro de fuerza de parte del Espritu

    Santificador de Cristo, la parte regenerada triunfa (Rm 6:14; 1Jn 5:4; Ef 4:15,16), y as crecen en

    gracia los santos (2Pe 2:18; 2Co 3:18), perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2Co 7:1).

  • 24

    CAPTULO XIV DE LA FE SALVADORA

    I. La gracia de la fe, por la cual se capacita a los elegidos para creer, para la salvacin de su alma

    (Hb 10:39), es la obra del Espritu de Cristo en el corazn de ellos (2Co 4:13; Ef 1:17-19; Ef 2:8), y

    ordinariamente se realiza por el ministerio de la Palabra (Rm 10:14,17); por la cual, y tambin por la

    administracin de los sacramentos y por la oracin, esa fe se aumenta y se fortalece (1Pe 2:2; Hch

    20:32; Rm 4:11; Lc 17:5; Rm 1:16,17).

    II. Por esta fe, el cristiano cree que es verdadero todo lo revelado en la Palabra, porque la autoridad

    de Dios mismo habla en ella (Jn 4:42; 1Ts 2:13; 1Jn 5:10; Hch 24:14); y esta fe acta de manera

    diferente sobre el contenido de cada pasaje en particular, produciendo obediencia a los

    mandamientos (Rm 16:26), temblor ante las amenazas (Is 66:2) y abrazo de las promesas de Dios

    para esta vida y para la venidera (Hb 11:13; 1Tm 4:8); pero los principales actos de la fe salvadora

    son: aceptar, recibir y descansar solo en Cristo para la justificacin, santificacin y vida eterna, por

    virtud del pacto de gracia (Jn 1:12; Hch 16:31; Gl 2:20; Hch 15:11).

    III. Esta de es diferente en grados: dbil y fuerte (Hb 5:13,14; Rm 4:19,20; Mt 6:30; Mt 8:10); puede

    ser atacada y debilitada frecuentemente y de muchas maneras, pero resulta victoriosa (Lc 22:31,32;

    Ef 6:16; 1Jn 5:4,5), y crece en muchos hasta obtener la completa seguridad a travs de Cristo (Hb

    6:11,12; Hb 10:22; Col 2:2), que es el auto y el consumador de nuestra fe (Hb 12:2).

  • 25

    CAPTULO XV DEL ARREPENTIMIENTO PARA VIDA

    I. El arrepentimiento para vida es una gracia evanglica (Zac 12:10; Hch 11:18) y la doctrina que a

    ella se refiere debe ser predicada por todo ministro del evangelio, tanto como la fe de Cristo (Lc

    24:47; Mc 1:15; Hch 20:21).

    II. Al arrepentirse, un pecador se aflige por sus pecados y los aborrece, movido no slo por su

    contemplacin y el sentimiento de peligro, sino tambin por lo inmundos y odiosos que son, como

    contrarios a la santa naturaleza y a la justa Ley de Dios. Y al comprender la misericordia de Dios

    en Cristo, para aquellos que se arrepienten, el pecador se aflige y aborrece sus pecados, de manera

    que se aparta de todos ellos y se vuelve hacia Dios (Ez 18:30,31; Ez 36:31; Is 30:22; Sal 51:4; Jr

    31:18,19; Jl 2:12,13; Am 5:15; Sal 119:128; 2Co 7:11), proponindose y esforzndose para andar con l

    en todos los caminos de sus mandamientos (Sal 119:6,59,106; Lc 1:6; 2Re 23:25).

    III. Aunque no se debe confiar en el arrepentimiento como si fuera una satisfaccin por el pecado

    o una causa de perdn del mismo (Ez 36:31,32; Ez 16:61-63), ya que el perdn es un acto de la pura

    gracia de Dios en Cristo (Os 14:2,4; Rm 3:24;Ef 1:7), no obstante, es de tanta necesidad para todos

    los pecadores que ninguno puede esperar perdn sin arrepentimiento (Lc 13:3,5; Hch 17:30,31).

    IV. As como no hay pecado tan pequeo que no merezca la condenacin (Rm 6:23; Rm 5:12; Mt

    12:36), tampoco hay pecado tan grande que pueda condenar a los que se arrepienten

    verdaderamente (Is 55:7; Rm 8:1; Is 1:16,18).

    V. Los hombres no deben quedar satisfechos con un arrepentimiento general de sus pecados, sino

    que es el deber de todo hombre procurar arrepentirse especficamente de sus pecados concretos

    (Sal 19:13; Lc 19:8; 1Tm 1:13,15).

    VI. Todo hombre est obligado a confesar privadamente sus pecados a Dios, orando por el perdn

    de los mismos (Sal 51:4,5,7,9,14; Sal 32:5,6): y as, y apartndose de ellos, hallar misericordia (Pr

    28:13; 1Jn 1:9); del mismo modo, el que escandaliza a su hermano o a la iglesia de Cristo, debe estar

    dispuesto a declarar su arrepentimiento a los ofendidos, mediante confesin pblica o privada, con

    tristeza por su pecado (St 5:16 Lc 17:3,4 Jos 7:19; Sal cap. 51); y los ofendidos debern entonces

    reconciliarse con l y recibirle con amor (2Co 2:8).

  • 26

    CAPTULO XVI DE LAS BUENAS OBRAS

    I. Buenas obras son solamente las que Dios ha ordenado en su santa Palabra (Miq 6:8; Rm 12:2; Hb

    13:21), y no las que, sin ninguna autoridad para ello, han imaginado los hombres por un fervor

    ciego o con cualquier pretexto de buena intencin (Mt 15:9; Is 29:13; 1Pe 1:18; Rm 10:2; Jn 16:2; 1Sm

    15:21-23).

    II. Estas buenas obras, hechas en obediencia a los mandamientos de Dios, son los frutos y

    evidencias de una fe viva y verdadera (St 2:18,22); y por ellas manifiestan los creyentes su gratitud

    (Sal 116:12,13; 1Pe 2:9), fortalecen su seguridad (1Jn 2:3,5; 2Pe 1:5-10), edifican a sus hermanos (2Co

    9:2; Mt 5:16), adornan la profesin del evangelio (Tit 2:5,9-12; 1Tm 6:1), tapan la boca de los

    adversarios (1Pe 2:15), y glorifican a Dios (1Pe 2:12; Flp 1:11; Jn 15:8), cuya obra son, creados en

    Cristo Jess para buenas obras (Ef 2:10), para que teniendo por fruto la santificacin, tengan como

    fin la vida eterna (Rm 6:22).

    III. La capacidad que tienen los creyentes para hacer buenas obras no es de ellos en ninguna

    manera, sino completamente del Espritu de Cristo (Jn 15:4,5; Ez 36:26,27). Y para que ellos puedan

    tener esta capacidad, adems de las gracias que han recibido, se necesita la influencia efectiva del

    mismo Espritu Santo para obrar en ellos tanto el querer como el hacer por su buena voluntad (Flp

    2:13; Flp 4:13; 2Co 3:5); sin embargo no deben degenerar en negligencias, como si no estuviesen

    obligados a obrar aparte de un impulso especial del Espritu, sino que deben ser diligentes en

    avivar la gracia de Dios que est en ellos (Flp 2:12; Hb 6:11,12; 2Pe 1:3,5,10,11. Is 64:7; 2Tm1:6; Hch

    26:6,7; Jud 20,21).

    IV. Quienes por su obediencia alcancen la mxima de perfeccin que sea posible en esta vida,

    quedan tan lejos de llegar a un grado supererogatorio, y de hacer ms de lo que Dios requiere, que

    les falta mucho de lo que por deber tienen que hacer (Lc 17:10; Neh 13:22; Job 9:2,3; Gl 5:17).

    V. Nosotros no podemos, por nuestra mejores obras, merecer el perdn del pecado o la vida eterna

    de la mano de Dios, a causa de la gran desproporcin que existe entre nuestras obras y la gloria

    que ha de venir, y por la distancia infinita que hay entre nosotros y Dios, a quien no podemos

    beneficiar por dichas obras, ni satisfacer la deuda de nuestros pecados anteriores (Rm 3:20; Rm

    4:2,4,6; Ef 2:8,9; Tit 3:5-7; Rm 8:18; Sal 16:2; Job 22:2,3; Job 35:7,8); pero cuando hemos hecho todo lo

    que podemos, no hemos hecho ms que nuestro deber, y somos siervos intiles (Lc 17:10) y

    adems nuestras obras son buenas porque proceden de su Espritu (Gl 5:22,23), y en cuanto son

    hechas por nosotros, son impuras y contaminadas con tanta debilidad e imperfeccin, que no

    pueden soportar la severidad del juicio de Dios (Is 64:6; Gl 5:17; Rm 7:15,18; Sal 143:2 Sal 130:3).

  • 27

    VI. Sin embargo, a pesar de lo anterior, siendo aceptadas las personas de los creyentes por medio

    de Cristo, sus buenas obras tambin son aceptadas en l (Ef 1:6; 1Pe 2:5; Ex 28:38; Gn 4:4 con Hb

    11:4); no como si fueran en esta vida enteramente irreprochables e irreprensibles a la vista de Dios

    (Job 9:20; Sal 143:2), sino que a l, mirndolas en su Hijo, le place aceptar y recompensar lo que es

    sincero, aun cuando est acompaado de muchas debilidades e imperfecciones (Hb 13:20,21; 2Co

    8:12; Hb 6:10; Mt 25:21,23).

    VII. Las obras hechas por hombres no regenerados, aun cuando por su esencia puedan ser cosas

    que Dios ordena, y de utilidad tanto para ellos como para otros (2Re 10:30,31; 1Re 21:27,29; Flp

    1:15,16,18), sin embargo, porque proceden de un corazn no purificado por la fe (Gn 4:5 con Hb

    11:4; Hb 11:6), no son hechas en la manera correcta de acuerdo con la Palabra (1Co 13:3; Is 1:12); ni

    para un fin correcto la gloria de Dios (Mt 6:2,5,16); son pecaminosas y no pueden agradar a Dios

    ni hacer a un hombre digno de recibir gracia de Dios (Ag 2:14; Tit 1:15; Am 5:21,22; Os 1:4; Rm 9:16;

    Tit 3:5). Y a pesar de esto, el descuido de las buenas obras por parte de los no regenerados es

    pecaminoso y desagradable a Dios (Sal 14:4; Sal 36:3; Job 21:14,15; Mt 25:41-43,45; Mt 23:23).

  • 28

    CAPTULO XVII DA PERSEVERANA DOS SANTOS

    I. Aquellos a quienes Dios ha aceptado en su Amado, han sido llamados eficazmente y santificados

    por su Espritu, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que

    ciertamente han de perseverar en l hasta el fin, y sern salvados eternamente (Flp 1:6; 2Pe 1:10; Jn

    10:28,29; 1Jn 3:9; 1Pe 1:5,9).

    II. Esta perseverancia de los santos depende, no de su propio libre albedro, sino de la

    inmutabilidad del decreto de eleccin, que fluye del amor gratuito e inmutable de Dios el Padre

    (2Tm 2:18,19; Jr 31:3), de la eficacia del mrito y de la intercesin de Jesucristo (Hb 10:10,14; Hb

    13:20,21; Hb 9:12-15; Rm 8:33-39; Jn 17:11,24; Lc 22:32; Hb 7:25) de la morada del Espritu, y de la

    simiente de Dios que est en los santos (Jn 14:16,17; 1Jn 2:27; 1Jn 3:9); y de la naturaleza del pacto

    de gracia (Jr 32:40), de todo lo cual surge tambin la certeza y la infalibilidad de la perseverancia

    (Jn 10:28; 2Ts 3:3; 1Jn 2:19).

    III. No obstante esto, es posible que los creyentes, por las tentaciones de Satans y del mundo, por

    el predominio de la corrupcin que queda en ellos, y por el descuido de los medios para su

    preservacin, caigan en pecados graves (Mt 26:70,72,74); y por algn tiempo permanezcan en ellos

    (Sal 51 [ttulo], 14); por lo cual atraern el desagrado de Dios (Is 64:5,7,9; 2Sm 11:27); contristarn a

    su Espritu Santo (Ef 4:30); se vern excluidos en alguna medida de sus gracias y consuelos (Sal

    51:8,10,12; Ap 2:4; Cnt 5:2-4,6); tendrn sus corazones endurecidos (Is 63:17; Mc 6:52; Mc 16:14); sus

    conciencias heridas (Sal 32:3,4; Sal 51:8); lastimarn y escandalizarn a otros (2Sm 12:14), y atraern

    sobre s juicios temporales (Sal 89:31,32; 1Co 11:32).

  • 29

    CAPTULO XVIII DE LA SEGURIDAD DE LA GRACIA Y DE LA SALVACIN

    I. Aunque los hipcritas y otros hombres no regenerados pueden vanamente engaarse a s

    mismos con esperanzas falsas y presunciones carnales de estar en el favor de Dios y en estado de

    salvacin (Job 8:13,14; Miq 3:11, Dt 29:19; Jn 8:41), esa esperanza perecer (Mt 7:22,23); pero los que

    creen verdaderamente en el Seor Jess y le aman con sinceridad, esforzndose por andar con toda

    buena conciencia delante de l, pueden en esta vida estar absolutamente seguros de que estn en

    el estado de gracia (1Jn 2:3; 1Jn 3:14,18,19,21,24; 1Jn 5:13), pueden regocijarse en la esperanza de la

    gloria de Dios; y tal esperanza nunca les har avergonzarse (Rm 5:2,5).

    II. Esta seguridad no es una mera persuasin presuntuosa y probable, fundada en una esperanza

    falible (Hb 6:11,19), sino que es una seguridad infalible de fe basada en la verdad divina de las

    promesas de salvacin (Hb 6:17,18), en la evidencia interna de aquellas gracias a las cuales se

    refieren las promesas (2Pe 1:4,5,10,11; 1Jn 2:3; 1Jn 3:14) y en el testimonio del Espritu de adopcin

    testificando a nuestro espritu que somos hijos de Dios (Rm 8:15,16). Este Espritu es la garanta de

    nuestra herencia y por l somos sellados hasta el da de la redencin (Ef 1:13,14; Ef 4:30; 2Co

    1:21,22).

    III. Esta seguridad infalible no corresponde completamente a la esencia de la fe, de modo que un

    verdadero creyente puede esperar mucho tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser

    participante de tal seguridad (1Jn 5:13; Is 50:10; Mc 9:24; Sal cap. 88; Sal 77:1-12); sin embargo,

    estando capacitado por el Espritu Santo para conocer las cosas que le son dadas gratuitamente por

    Dios, puede alcanzarlas sin una revelacin extraordinaria por el uso correcto de los medios

    ordinarios (1Co 2:12; 1Jn 4:13; Hb 6:11,12; Ef 3:17-19); y por eso es el deber de cada uno ser diligente

    para asegurar su llamamiento y eleccin (2Pe 1:10); para que su corazn se ensanche en la paz y en

    el gozo del Espritu Santo, en amor y gratitud a Dios, y en la fuerza y alegra de los deberes de la

    obediencia, que son los frutos propios de esta seguridad (Rm 5:1,2,5; Rm 14:17; Rm 15:13; Ef 1:3,4;

    Sal 4:6,7; Sal 119:32). Y as, esta seguridad est muy lejos de inducir a los hombres a la negligencia

    (1Jn 2:1,2; Rm 6:1,2; Tit 2:11,12,14; 2Co 7:1; Rm 8:1,12; 1Jn 3:2,3; Sal 130:4; 1Jn 1:6,7).

    IV. La seguridad de la salvacin de los verdaderos creyentes puede ser, de diversas maneras,

    zarandeada, disminuida e interrumpida, por la negligencia en conservarla, por caer en algn

    pecado concreto que hiera la conciencia y contriste el Espritu, por alguna tentacin repentina o

    muy intensa, por retirarles Dios la luz de su rostro, permitiendo, aun a los que le temen (Cnt

    5:2,3,6; Sal 51:8,12,14; Ef 4:30,31; Sal 77:1-10; Mt 26:69-72; Sal 31:22; Sal cap. 88; Is 50:10), que caminen

    en tinieblas y no tengan luz. Sin embargo, nunca quedan totalmente destituidos de aquella

    simiente de Dios, y de la vida de fe, de aquel amor de Cristo y de los hermanos, de aquella

    sinceridad de corazn y conciencia de deber. Por lo cual, mediante la operacin del Espritu, esta

    seguridad puede ser revivida en su debido tiempo (1Jn 3:9; Lc 22:32; Job 13:15; Sal 73:15; Sal 51:8,12;

    Is 50:10); y as, mientras tanto, los verdaderos creyentes son sostenidos para no caer en total

    desesperacin (Miq 7:7-9; Jr 32:40; Is 54:7-10; Sal 22:1; Sal cap. 88).

  • 30

    CAPTULO XIX DE LA LEY DE DIOS

    I. Dios dio a Adn una ley como un pacto de obras, por la cual le oblig, a l y a toda su posteridad,

    a una obediencia personal, completa, exacta y perpetua; le prometi la vida por el cumplimiento

    de esa ley, y le amenaz con la muerte si la infringa; dndole adems el poder y la capacidad para

    guardarla (Gn 1:26,27 con Gn 2:17; Rm 2:14,15; Rm 10:5; Rm 5:12,19; Gl 3:10,12; Ec 7:29; Job 28:28).

    II. Esta ley, despus de la cada de Adn, continuaba siendo una regla perfecta de rectitud; y como

    tal fue dada por Dios en el monte Sina, en diez mandamientos, y escrita en dos tablas (St 1:25; St

    2:8,10-12; Rm 13:8,9; Dt 5:32; Dt 10:4; Ex 34:1); los cuatro primeros mandamientos contienen

    nuestros deberes para con Dios, y los otros seis, nuestros deberes para con los hombres (Mt 22:37-

    40).

    III. Adems de esta ley, comnmente llamada ley moral, agrad a Dios dar al pueblo de Israel,

    como iglesia menor de edad, leyes ceremoniales que contenan varias ordenanzas tpicas; en parte

    de adoracin, prefigurando a Cristo, sus gracias, acciones, sufrimientos y beneficios (Hb cap. 9; Hb

    10:1; Gl 4:1-3; Col 2:17); y en parte expresando diversas instrucciones sobre los deberes morales

    (1Co 5:7; 2Co 6:17; Jud 23). Todas aquellas leyes ceremoniales estn abrogadas ahora bajo el Nuevo

    Testamento (Col 2:14,16,17; Dn 9:27; Ef 2:15,16).

    IV. A los Israelitas, en cuanto cuerpo poltico, tambin les dio leyes judiciales, que expiraron

    juntamente con el estado poltico de aquel pueblo, por lo que ahora no obligan a los otros pueblos

    sin en lo que la justicia general de ellas lo requiera (Ex cap. 21; Ex 22:1-29; Gn 49:10 con 1Pe 2:13,14;

    Mt 5:17 con versos 38,39; 1Co 9:8-10).

    V. La ley moral obliga por siempre a todos, tanto a los justificados, como a los que no lo estn, a

    que se la obedezca (Rm 13:8-10; Ef 6:2; 1Jn 2:3,4,7,8); y esto no slo en consideracin a la naturaleza

    de ella, sino tambin con respecto a la autoridad de Dios, el Creador, quien la dio (St 2:10,11).

    Cristo, en el evangelio, en ninguna manera abroga esta ley, sino que refuerza nuestra obligacin de

    cumplirla (Mt 5:17-19; St 2:8; Rm 3:31).

    VI. Aunque los verdaderos creyentes no estn bajo la ley en cuanto el pacto de obras para ser

    justificados o condenados (Rm 6:14; Gl 2:16; Gl 3:13; Gl 4:4,5; Hch 13:39; Rm 8:1), sin embargo, sta

    es de gran utilidad tanto para ellos como para otros, ya que como regla de vida les informa de la

    voluntad de Dios y de sus deberes, les dirige y obliga a andar en conformidad con ella (Rm

    7:12,22,25; Sal 119:4-6; 1Co 7:19; Gl 5:14,16,18-23), les descubre tambin la pecaminosa

    contaminacin de su naturaleza, corazn y vida (Rm 7:7; Rm 3:20); de tal manera, que cuando ellos

    se examinan ante ella, puedan llegar a una conviccin ms profunda de su pecado, a sentir

    humillacin por l y aborrecimiento de l (St 1:23-25; Rm 7:9,14,24); junto con una visin ms clara

    de la necesidad que tienen de Cristo, y de la perfeccin de su obediencia (Gl 3:24; Rm 7:24,25; Rm

    8:3,4). Tambin la ley moral es til para los regenerados a fin de restringir su corrupcin, puesto

    que prohbe el pecado (St 2:11; Sal 119:101,104,128), y sus amenazas sirven para mostrar lo que

    merecen an sus pecados, y las aflicciones que pueden esperar por ellos en esta vida, aun cuando

  • 31

    estn libres de la maldicin con que amenaza la ley (Esd 9:13,14; Sal 89:30-34). Sus promesas, de un

    modo semejante, manifiestan a los regenerados que Dios aprueba la obediencia, y cules son las

    bendiciones que deben esperar por el cumplimiento de la misma (Lv 26:1-14 con 2Co 6:16; Ef 6:2,3;

    Sal 37:11 con Mt 5:5; Sal 19:11); aunque no como si la ley se lo debiera, a modo de un pacto de obras

    (Gl 2:16; Lc 17:10); de manera que si alguien hace lo bueno y deja de hacer lo malo porque la ley le

    mande lo uno y le prohbe lo otro, no por ello se demuestra que est bajo la ley y no bajo la gracia

    (Rm 6:12,14; 1Pe 3:8-12 con Sal 34:12-16; Hb 12:28,29).

    VII. Los usos de la ley ya mencionados no son contrarios a la gracia del evangelio, sino que

    concuerdan armoniosamente con l (Gl 3:21); pues el Espritu de Cristo subyuga y capacita la

    voluntad del hombre para que haga alegre y voluntariamente lo que requiere la voluntad de Dios,

    revelada en la ley (Ez 36:27; Hb 8:10 con Jr 31:33).

  • 32

    CAPTULO XX DE LA LIBERTAD CRISTIANA Y DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

    I. La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes, que estn bajo la autoridad del evangelio,

    consiste en verse libres de la culpa del pecado, de la ira condenatoria de Dios, y de la maldicin de

    la ley moral (Tit 2:14; 1Ts 1:10; Gl 3:13); y en ser librados de este presente siglo malo, de la

    servidumbre de Satans y del dominio del pecado (Gl 1:4; Col 1:13; Hch 26:18; Rm 6:14); del mal de

    la aflicciones, del aguijn de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenacin eterna (Rm

    8:28; Sal 119:71; 1Co 15:54-57; Rm 8:1); e igualmente consisten en su libre acceso a Dios (Rm 5:1,2), y

    en rendirle obediencia, no por temor servil, sino con un amor filial y con una mente sometida (Rm

    8:14,15; 1Jn 4:18). Todo esto era comn tambin a los creyentes que estaban sometidos a la ley (Gl

    3:9,14), si bien, en el Nuevo Testamento la libertad de los cristianos se ensancha mucho ms

    porque estn libre del yugo de la ley ceremonial a que estaba sujeta la iglesia judaica (Gl 4:1-3, 6,7;

    Gl 5:1; Hch 15:10,11), y tienen ahora mayor confianza para acercarse al trono de la gracia (Hb

    4:14,16; Hb 10:19-22), y mayores participaciones del libre Espritu de Dios, que las que tuvieron los

    creyentes que estaban bajo la ley (Jn 7:38,39; 2Co 3:13,17,18).

    II. Slo Dios es el Seor de la conciencia (St 4:12; Rm 14:4), y la ha dejado libre de los

    mandamientos y doctrinas de hombres que sean en alguna forma contrarios a su Palabra, o estn al

    margen de ella en asuntos de fe o de adoracin (Hch 4:19; Hch 5:29; 1Co 7:23; Mt 23:8-10; 2Co 1:24;

    Mt 15:9). As que creer tales doctrinas u obedecer tales mandamientos por causa, es traicionar la

    verdadera libertad de conciencia (Col 2:20,22,23; Gl 1:10; Gl 2:4,5; Gl 5:1); y el requerir una fe

    implcita y una obediencia ciega y absoluta, es destruir la libertad de conciencia y tambin la razn

    (Rm 10:17; Rm 14:23; Is 8:20; Hch 17:11; Jn 4:22; Os 5:11; Ap 13:12,16,17; Jer 8:9).

    III. Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana practican algn pecado o abrigan alguna

    concupiscencia, destruyen por esto el propsito de la libertad cristiana, que consiste en que siendo

    librados de las manos de nuestros enemigos, podamos servir al Seor sin temor, en santidad y

    justicia delante de l, todos los das de nuestra vida (Gl 5:13; 1Pe 2:16; 2Pe 2:19; Jn 8:34; Lc 1:74,75).

    IV. Y puesto que los poderes que Dios ha ordenado y la libertad que Cristo ha comprado, no han

    sido destinados por Dios para destruirse, sino para preservarse y sostenerse mutuamente uno al

    otro, los que bajo el pretexto de la libertad cristiana quieran oponerse a cualquier poder legal, o a

    su lcito ejercicio, sea civil o eclesistico, resisten al la ordenanza de Dios (Mt 12:25; 1Pe 2:13,14,16;

    Rm 13:1-8; Hb 13:17). A quienes publican tales opiniones, o mantienen tales prcticas, que son

    contrarias a la luz de la naturaleza, o a los principios conocidos del cristianismo, ya sea que se

    refieran a la fe, a la adoracin o a la conducta, o al poder de la santidad, o a tales opiniones o

    prcticas errneas, ya sea en su propia naturaleza o en la manera en que las publican o las

    sostienen, y son destructivas para la paz eterna y el orden que Cristo ha establecido en la iglesia, se

    les puede llamar legalmente a cuentas y se les puede procesar por la disciplina de la iglesia (Rm

    1:32 con 1Co 5:1,5,11,13; 2Jn 10,11 y 2Ts 3:14 y 1Tm 6:3-5 y Tit 1:10,11,13 y Tit 3:10 con Mt 18:15-17;

    1Tm 1:19,20; Ap 2:2,14,15,20; Ap 3:9), y por el poder de los gobernantes civiles (Dt 13:6-12; Rm

    13:3,4 com 2Jn 10,11; Esd 7:23,25-28; Ap 17:12,16,17; Neh 13:15,17,21,22,25,30; 2Re 23:5,6,9,20,21; 2Cr

    34:33; 2Cr 15:12,13,16; Dn 3:29; 1Tm 2:2; Is 49:23: Zac 13:2,3).

  • 33

    CAPTULO XXI DE LA ADORACIN RELIGIOSA Y DEL DA DE REPOSO

    I. La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios que tiene seoro y soberana sobre todo; es

    bueno y hace bien a todos; y que, por tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, credo y

    servido con toda el alma, con todo el corazn y con todas las fuerzas (Rm 1:20; Hch 17:24; Sal

    119:68; Jer 10:7; Sal 31:23; Sal 18:3; Rm 10:12; Sal 62:8; Jos 24:14; Mc 12:33). Pero el modo aceptable de

    adorar al verdadero Dios es instituido por l mismo, y est tan limitado por su propia voluntad

    revelada, que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres

    o las sugerencias de Satans, bajo ninguna representacin visible o en ningn otro modo no

    prescrito en las Santas Escrituras (Dt 12:32; Mt 15:9: Hch 17:25: Mt 4:9,10; Dt 4:15-20; Ex 20:4-6; Col

    2:23).

    II. La adoracin religiosa ha de darse a Dios Padre, Hijo y Espritu Santo, y a l solamente (Mt 4:10

    con Jn 5:23 y 2Co 13:14); no a los ngeles, ni a los santos, ni a ninguna otra criatura (Col 2:18; Ap

    19:10; Rm 1:25); y desde la cada, no sin algn Mediador, y no por la mediacin de algn otro, sino

    solamente de Cristo (Jn 14:6; 1Tm 2:5; Ef 2:18; Col 3:17).

    III. Siendo la oracin, con accin de gracias, una parte especial de la adoracin religiosa (Flp 4:6),

    Dios la exige de todos los hombres (Sal 65:2); y para que pueda ser aceptada debe hacerse en el

    nombre del Hijo (Jn 14:13,14; 1Pe 2:5) con la ayuda del Espritu (Rm 8:26), conforme a su voluntad

    (1Jn 5:14), con entendimiento, reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia (Sal 47:7; Ec

    5:1,2; Hb 12:28; Gn 18:27: St 5:16; St 1:6,7; Mc 11:24; Mt 6:12,14,15; Col 4:2; Ef 6:18); y si se hace

    oralmente, en una lengua conocida (1Co 14:14).

    IV. La oracin ha de hacerse por cosas lcitas (1Jn 5:14) y a favor de toda clase de personas vivas, o

    que vivirn ms adelante (1Tm 2:1,2; Jn 17:20; 2Sm 7:29; Rt 4:12); pero no a favor de los muertos

    (2Sm 12:21-23 con Lc 16:25,26; Ap 14:13), ni de aquellos de quienes se pueda saber que hayan

    cometido el pecado de muerte (1 Jn 5:16).

    V. La lectura de las Escrituras con temor reverencial (Hch 15:21; Ap 1:3); la slida predicacin (2Tm

    4:2), y el escuchar conscientemente la Palabra, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe y

    reverencia (St 1:22; Hch 10:33; Mt 13:19; Hb 4:2; Is 66:2); el cantar salmos con gracia en el corazn

    (Col 3:16; Ef 5:19; St 5:13), y tambin la debida administracin y la recepcin digna de los

    sacramentos instituidos por Cristo, son partes de la adoracin religiosa regular a Dios (Mt 28:19;

    1Co 11:23-29; Hch 2:42); y adems, los juramentos religiosos (Dt 6:13 con Neh 10:29), los votos (Is

    19:21 con Ec 5:4,5), los ayunos solemnes (Jl 2:12; Est 4:16; Mt 9:15; 1Co 7:5); y las acciones de gracias

    en ocasiones especiales (Sal cap. 107; Est 9:22), han de usarse, en sus tiempos respectivos, de una

    manera santa y religiosa (Hb 12:28).

  • 34

    VI. Ahora, en el evangelio, ni la oracin ni ninguna otra parte de la adoracin religiosa estn

    limitadas a un lugar, ni son ms aceptables por el lugar en que se realizan, o hacia el cual se

    dirigen (Jn 4:21); sino que Dios ha de ser adorado en todas partes (Mal 1:11; 1Tm 2:8) en espritu y

    en verdad (Jn 4:23,24); tanto en lo privado en las familias (Jer 10:25; Dt 6:6,7; Job 1:5; 2Sm 6:18,20;

    1Pe 3:7; Hch 10:2) diariamente (Mt 6:11), y en secreto cada uno por s mismo (Mt 6:6; Ef 6:18); as

    como de una manera ms solemne en las reuniones pblicas, las cuales no han de descuidarse ni

    abandonarse voluntariamente o por negligencia, cuando Dios por su Palabra y providencia nos

    llama a ellas (Is 56:6,7; Hb 10:25; Pr 1:20,21,24; Pr 8:34; Hch 13:42; Lc 4:16: Hch 2:42).

    VII. As como es ley de la naturaleza que, en general, una proporcin debida de tiempo se dedique

    a la adoracin de Dios, as tambin en su Palabra, por un mandamiento positivo, moral y perpetuo

    que obliga a todos los hombres en todos los tiempos, Dios ha sealado particularmente un da de

    cada siete, para que sea guardado como un reposo santo para l (Ex 20:8,10,11; Is 56:2,4,6,7); y

    desde el principio del mundo hasta la resurreccin de Cristo, este da fue el ltimo de la semana; y

    desde la resurreccin de Cristo fue cambiado al primer da de la semana (Gn 2:2,3; 1Co 16:1,2; Hch

    20:7), que en las Escrituras recibe el nombre de da del Seor (Ap 1:10) y debe ser perpetuado hasta

    el fin del mundo como el da del reposo cristiano (Ex 20:8,10 con Mt 5:17,18).

    VIII. Este da de reposo se guarda santo para el Seor cuando los hombres, despus de la debida

    preparacin de su corazn y arreglados con anticipacin todos sus asuntos ordinarios, no

    solamente guardan un santo descanso durante todo el da, de sus propias labores, palabras y

    pensamientos, acerca de sus empleos y diversiones mundanas (Ex 20:8; Ex 16:23,25,26,29,30; Ex

    31:15-17; Is 58:13; Neh 13:15-19, 21,22), sino que tambin dedican todo el tiempo al ejercicio de la

    adoracin pblica y privada, y en los deberes de caridad y de misericordia (Is 58:13; Mt 12:1-13).

  • 35

    CAPTULO XXII DE LOS JURAMENTOS Y DE LOS VOTOS LCITOS

    I. Un juramento lcito es una parte de la adoracin religiosa (Dt 10:20) mediante el cual, una

    persona, en ocasin debida, al jurar solemnemente, pone a Dios como testigo de lo que afirma o

    promete, y se somete a que se la juzgue a la verdad o a la falsedad de lo que jura (Ex 20:7; Lv 19:12;

    2Co 1:23; 2Cr 6:22,23).

    II. Slo se debe jurar por el nombre de Dios, usndolo con santo temor y reverencia (Dt 6:13); y por

    consiguiente, el jurar de modo vano o temerario por ese nombre glorioso y terrible, o simplemente

    el jurar por cualquier otra cosa, es pecaminoso y debe aborrecerse (Ex 20:7; Jer 5:7; Mt 5:34,37; St

    5:12). Sin embargo, como en asuntos de pero y de importancia, el juramento est justificado por la

    Palabra de Dios, tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo (Hb 6:16; 2Co 1:23; Is 65:16), por

    eso, cuando una autoridad legtima exija un juramento legal para tales asuntos, este juramento

    debe hacerse (1Re 8:31; Neh 13:25; Esd 10:5).

    III. Todo aquel que hace un juramento debe considerar seriamente la gravedad de un acto tan

    solemne, y por lo tanto no afirmar sino aquello de lo cual est plenamente persuadido de que es la

    verdad (Ex 20:7; Jer 4:2). Y tampoco puede ningn hombre obligarse por un juramento a cosa

    alguna, excepto a lo que es bueno y justo, y a lo que cree que lo es, y a lo que es capaz y est

    dispuesto a cumplir (Gn 24:2,3,5,6,8,9). Sin embargo, es pecado rehusar el juramento tocante a una

    cosa que sea buena y justa, cuando sea exigido por una autoridad legtima (Nm 5:19,21; Neh 5:12;

    Ex 22:7-11).

    IV. El juramento debe hacerse en el sentido claro y comn de las palabras, sin equvocos o reservas

    mentales (Jer 4:2; Sal 24:4). Tal juramento no puede obligar a pecar; pero en todo aquello que no sea

    pecaminoso, una vez hecho, es de obligado cumplimiento, aun cuando sea en el propio dao del

    que lo hizo (1Sm 25:22,32-34, Sal 15:4). y no debe violarse porque se haya hecho a herejes o a

    incrdulos (Ez 17:16,18,19; Jos 9:18,19 con 2Sm 21:1).

    V. El voto es de naturaleza semejante a la del juramento promisorio, y debe hacerse con el mismo

    cuidado religioso y cumplirse con la misma fidelidad que ste (Is 19:21; Ec 5:4-6; Sal 61:8; Sal

    66:13,14).

    VI. El voto no debe hacerse a ninguna criatura, sino slo a Dios (Sal 76:11; Jer 44:25,26), y para que

    sea acepto ha de hacerse voluntariamente, con fe y conciencia del deber, como muestra de gratitud

    por la misericordia recibida, o bien para obtener lo que queremos; y por l nos obligamos a

    cumplir ms estrictamente nuestros deberes necesarios u otras cosas, en cuanto puedan ayudarnos

    adecuadamente al cumplimiento de las mismas (Dt 23:21-23; Sal 50:14; Gn 28:20-22; 1Sm 1:11; Sal

    66:13,14; Sal 132:2-5).

  • 36

    VII. Nadie puede hacer un voto para realizar una cosa prohibida por la Palabra de Dios, o que

    impida el cumplimiento de algn deber ordenado en ella; ni puede obligarse a lo que no est en su

    capacidad, y para cuya ejecucin no tenga ninguna promesa de ayuda de parte de Dios (Hch

    23:12,14; Mc 6:26; Nm 30:5,8,12,13). A tales respectos, los votos monsticos de los papistas de

    celibato perpetuo, de pobreza y de obediencia a las reglas eclesisticas, estn tan lejos de ser

    grados de perfeccin superior, que no son sino supersticiones y trampas pecaminosas en las que

    ningn cristiano debe enredarse (Mt 19:11,12; 1Co 7:2,9; Ef 4:28; 1Pe 4:2; 1Co 7:23).

  • 37

    CAPTULO XXIII DE LOS GOBERNANTES CIVILES

    I. Dios, el supremo Seor y Rey de todo el mundo, ha instituido gobernantes civiles que deben

    estarle sujetos, para gobernar al pueblo para la gloria de Dios y el bien pblico; y con este fin les ha

    armado con el poder de la espada, para la defensa y aliento de los buenos, y para el castigo de los

    malhechores (Rm 13:1-4; 1Pe 2:13,14).

    II. Es lcito para los cristianos aceptar y desempear el cargo de gobernante cuando sean llamados

    para ello (Pr 8:15,16; Rm 13:1,2,4); y en el desempeo de ese cargo deben mantener especialmente

    la piedad, la justicia y la paz, segn las sanas leyes de cada Estado (Sal 2:10-12; 1Tm 2:2; Sal 82:3,4;

    2Sm 23:3; 1Pe 2:13); y as, con ese propsito, en la Era del Nuevo Testamento, pueden lcitamente

    hacer la guerra en ocasiones justas y necesarias (Lc 3:14; Rm 13:4; Mt 8:,9,10: Hch 10:1,2; Ap 17:14,16).

    III. Los gobernantes civiles no pueden tomar para l la administracin de la Palabra y de los

    sacramentos, o el poder de las llaves del Reino de los Cielos (2Cr 26:18 con Mt 18:17 e Mt 16:19; 1Co

    12:28,29; Ef 4:11,12; 1Co 4:1,2; Rm 10:15; Hb 5:4), y sin embargo tienen autoridad y es su deber hacer

    lo necesario para que la paz y la unidad sean mantenidas en la iglesia, para que la verdad de Dios

    se mantenga pura y entera, para que todas las blasfemias y herejas sean suprimidas, todas las

    corrupciones y abusos en la adoracin y la disciplina sean impedidas o sean reformadas, y todas

    las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas, administradas y cumplidas (Is 49:23; Sal

    122:9; Esd 7:23,25-28; Lv 24:16; Dt 13:5,6,12; 2Re 18:4; 1Cr 13:1-9; 2Re 23:1-26; 2Cr 34:33; 2Cr 15:12,13).

    Y para el mejor cumplimiento de todo ello tienen la potestad de convocar Snodos, estar presentes

    en ellos y asegurar que cuanto en ellos se decida sea de acuerdo con la mente de Dios (2Cr 19:8-11;

    2Cr cap. 29 e 30; Mt 2:4,5).

    IV. Es deber del pueblo orar por los magistrado (1Tm 2:1,2), honrar sus personas (1Pe 2:17),

    pagarles tributos y otros derechos (Rm 13:6,7), obedecer sus mandamientos legales y estar sujetos a

    su autoridad por causa de la conciencia (Rm 13:5; Tit 3:1). La infidelidad o la diferencia de religin

    no invalida la autoridad legal y justa del magistrado, ni exime al pueblo de la debida obediencia a

    l (1Pe 2:13,14,16); de la cual las personas eclesisticas no estn exentas (Rm 13:1; 1Re 2:35; Hch 25:9-

    11; 2Pe 2:1,10,11; Jud 8-11); y mucho menos tiene el Papa algn poder o jurisdiccin sobre los

    magistrados en sus dominios, ni sobre alguno de los de su pueblo; y an menos tiene poder para

    quitarles sus propiedades o la vida, si les juzgare herejes, o por cualquier otro pretexto (2Ts 2:4; Ap

    13:15-17).

  • 38

    CAPTULO XXIV DEL MATRIMONIO Y DEL DIVORCIO

    I. El matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer; no es lcito para ningn hombre tener

    ms de una esposa, ni para ninguna mujer tener ms de un marido, al mismo tiempo (Gn 2:24; Mt

    19:5,6; Pr 2:17).

    II. El matrimonio fue instituido para la mutua ayuda de esposo y esposa (Gn 2:18); para multiplicar

    el gnero humano por generacin legtima, y la iglesia con una simiente santa (Mal 2:15), y para

    prevenir la impureza (1Cor 7:2,9).

    III. Es lcito para toda clase de personas casarse con quien sea capaz de dar su consentimiento con

    juicio (Hb 13:4; 1Tm 4:3; 1Co 7:36-38; Gn 24:57,58); sin embargo, es deber de los cristianos casarse

    solamente en el Seor (1Co 7:39). Y por lo tanto, los que profesan la verdadera religin reformada

    no deben casarse con los incrdulos, papistas u otros idlatras; ni deben, los que son piadosos,

    unirse en yugo desigual, casndose con los que notoriamente son perversos en sus vidas sostienen

    herejas detestables (Gn 34:14; Ex 34:16; Dt 7:3,4; 1Re 11:4; Neh 13:25-27; Mal 2:11,12; 2Co 6:14).

    IV. El matrimonio no debe contraerse dentro de los grados de consanguinidad o afinidad

    prohibidos en la Palabra de Dios (Lv cap. 18; 1Co 5:1; Am 2:7), ni pueden tales matrimonios

    incestuosos legalizarse por ninguna ley de hombre, ni por el consentimiento de las partes, de tal

    manera que esas personas puedan vivir juntas como marido y mujer (Mc 6:18; Lv 18:24-28). El

    hombre no puede casarse con ninguna familiar cercana en sangre de su esposa que l puede de su

    propio; ni la mujer de los familiares de su esposo cercano en sangre como de la suya (Lv 20:19-21).

    V. El adulterio o la fornicacin cometidos despus del compromiso, si son descubiertos antes del

    matrimonio, dan ocasin justa a la parte inocente para anular aquel compromiso (Mt 1:18-20). En

    caso de adulterio despus del matrimonio, es lcito para la parte inocente promover su divorcio

    (Mt 5:31,32), y despus de ste puede casarse con otra persona como si la parte ofensora hubiera

    muerto (Mt 19:9; Rm 7:2,3).

    VI. Aunque la corrupcin del hombre sea tal que la haga estudiar argumentos para separar

    indebidamente lo que Dios ha unido en matrimonio, nada excepto el adulterio o la desercin

    obstinada que no puede ser remedida ni por la iglesia ni por el magisterio civil, es causa suficiente

    para disolver los lazos del matrimonio (Mt 19:8,9; 1Co 7:15; Mt 19:6). Llegado ese caso, debe

    observarse un procedimiento pblico y ordenado, y las personas involucradas en l no deben ser

    dejadas a su propia voluntad y discrecin en ese conflicto (Dt 24:1-4).

  • 39

    CAPTULO XXV DE LA IGLESIA

    I. La iglesia catlica o universal, que es invisible, se compone del nmero completo de los elegidos

    que han sido, son o sern reunidos en uno, bajo Cristo, su cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la

    plenitud de Aquel que llena todo en todos (Ef 1:10,22,23; Ef 5:23, 27, 32; Col 1:18).

    II. La iglesia visible, que bajo el evangelio tambin es catlica o universal (no est limitada a una

    nacin como anteriormente en el tiempo de la ley), se compone de todos aquellos que en todo el

    mundo profesan la religin verdadera (1Co 1:2; 1Co 12:12,13; Sal 2:8; Ap 7:9; Rm 15:9-12),

    juntamente con sus hijos (1Co 7:14; Hch 2:39; Ez 16:20,21; Rm 11:16; Gn 3:15; Gn 17:7), y es el reino

    del Seor Jesucristo (Mt 13:47; Is 9:7), la casa y familia de Dios (Ef 2:19; Ef 3:15), fuera de la cual no

    hay posibilidad ordinaria de salvacin (Hch 2:47).

    III. A esta Igreja catlica visvel, Cristo concedeu o ministrio, orculos e ordenanas de Deus, para

    o encontro e aperfeioamento dos santos nesta vida, at o fim do mundo; e o faz por Sua prpria

    presena e Esprito, de acordo com Sua promessa de efetuar neles este fim (1Co 12:28; Ef 4:11-13;

    Mt 28:19,20; Is 59:21).

    IV. Esta iglesia catlica ha sido ms visible en unos tiempos que en otros (Rm 11:3,4; Ap 12:6, 14); y

    las iglesias especficas que son parte de ella son ms puras o menos puras, segn se ensee y

    abrace la doctrina del evangelio, se administren los sacramentos y se celebre con mayor o menor

    pureza el culto pblico en ellas (Ap cap. 2 e 3; 1Co 5:6,7).

    V. Las ms puras iglesias existentes bajo el cielo, estn expuestas tanto a la impureza como al error

    (1Co 13:12; Ap cap. 2 e 3; Mt 13:24-30, 47); y algunas han degenerado tanto que han llegado a ser, no

    iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satans (Ap 18:2; Rm 11:18-22). Sin embargo, siempre habr

    una iglesia en la tierra para adorar a Dios conforme a su voluntad (Mt 16:18; Sal 72:17; Sal 102:28;

    Mt 28:19,20).

    VI. No hay ms cabeza de la igle