UN NOVIAZGO Carmen Laforet - .UN NOVIAZGO Carmen Laforet CAPITULO I A cababan de dar las cinco...

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  • UN NOVIAZGO

    Carmen Laforet

    CAPITULO I

    A cababan de dar las cinco cuando aquella tarde repiquete el telfono interior en eldespachito de Alicia. En seguida escuch ella la voz de su jefe, el seor De Arco. Ven cuando puedas... Tienes mucho trabajo? No, nada importante. Bien, pues cuando t quieras; yo estoy aqu hace un rato...Alicia dej el auricular. Cerr la novela que estaba leyendo y la guard cuidadosamenteen un cajn de su mesa. La correspondencia que deba firmar De Arco estaba preparadaen una carpeta. La habitacin respiraba paz y orden. Apenas llegaba una algaraba depjaros desde detrs de los cristales de la ventana, en el jardn interior.Gracias a ese jardn, el depachito de Alicia tena una luz dorada, ahora que el otooenrojeca los grandes rboles. En primavera, la luz era de un verde tierno; en verano sehaca submarina, fresca; en invierno las ramas desnudas dejaban pasar toda la claridad,todos los rayos de sol.El despachito de Alicia era ntimo como una casa, con aquella ventana y la grantemperatura que haba siempre en l. No era una habitacin muy grande. Las paredesestaban recubiertas de armarios-ficheros, y aparte de eso no haba ms muebles que lamesa de trabajo y las dos mquinas de escribir que Alicia usaba: una grande, de carro,siempre fija all; otra, porttil, para llevar al despacho de De Arco, en caso de que fuesenecesario. Esta eventualidad cada vez ms rara. De Arco, en los ltimos aos, haba idoabandonando sus asuntos en manos de sus sobrinos. Su prodigiosa actividad se haba idoborrando. Tener aquella secretaria particular resultaba ya un lujo... Un lujo que De Arcose poda costear perfectamente y que pagaba mal. Por lo dems, Alicia se ocupabatambin de la biblioteca, y mantena un maravilloso orden en sus ficheros. Era unapersona inapreciable en aquella casa. Ella lo saba.Sentada an a su mesa, abri su bolso de mano y sac la polvera. El espejito redondo ledevolvi una carita ovalada de facciones correctas, fras, rodeadas por unos cabellosdiscretamente teidos de rubio. El tiempo haba comenzado en aquel rostro unaindefinible labor de destruccin, pero lo haca de una manera muy especial, fra ycorrecta como la misma Alicia. No haba all arrugas violentas, ni bolsas bajo los ojos.No lanzaba aquella cara gritos de alarma en favor de una belleza declinante. Tampoco lavida haba impreso ninguna dulzura especial, ninguna huella de risa ni de ceo. Habaquien deca que Alicia a los cincuenta aos se conservaba prodigiosamente como a losveinte. La misma Alicia as lo pensaba. Y, sin embargo, nada ms distinto, a pesar del

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  • asombroso parecido de las facciones, que esta Alicia de hoy y una fotografa de Aliciacuando muchacha. Alicia se empolvaba con cuidado y sin coquetera. Siempre se habapuesto muchos polvos, y esto formaba parte de su persona, como el peinado perfecto desus cabellos, como la limpieza impecable de sus trajes.Ni una mancha, ni una arruga... Era su lema. Y era bastante difcil lograr aquel perfectoplanchado en los trajes complicados que Alicia llevaba. Era amiga de volantes, plisadosy toda clase de adornos de los vestidos. Jams se haba decidido a trajecitos oscuros conpuos y cuellos blancos para el trabajo. Los trajes "estilo secretaria" le daban horror.Como era muy cuidadosa, y como su situacin econmica era estrechsima, no dandolugar a renovar el guardarropa ms que muy de tarde en tarde, Alicia sola parecer unfigurn de la moda ms acusada, con varios aos de retraso siempre. Su figura delgadita,rgida, acentuaba an ms esta impresin antigua y melanclica de maniqu.Cuando termin su tocado, Alicia recogi la carpeta de correspondencia para llevarla aldespacho de De Arco.Atraves con seguridad una inmensa biblioteca, donde ella, entre los millares devolmenes acumulados por la curiosidad intelectual y luego por la inercia de tresgeneraciones, resultaba una cosita muy pequea vestida de verde plido... Aos atrs,cuando Alicia atravesaba aquella habitacin, se senta invariablemente tmida y sofocadapor los latidos de su corazn, le pareca que jams acabara de llegar al otro lado, a lapuerta del despacho de De Arco. Ahora las inmensas estanteras encristaladas, lasestatuas de mrmol blanco, las mesas de roble donde nadie apoyaba nunca un libro paraleer, toda aquella fra suntuosidad de museo se haba convertido en algo habitual y pocoimpresionante.Empuj con ligereza una puerta de cuero y se encontr en el despacho.De Arco no estaba en su silln detrs de la gran mesa tallada, sino de pie junto a una delas ventanas, mirando desde otro ngulo el mismo jardn, al que daba la ventana deldespacho de Alicia. Separadas por un razonable espacio y por varios rboles y unafuente, aquellas ventanas deban quedar una frente a la otra. Alicia lo saba muy bien.De Arco era un hombre corpulento, en plena decadencia. Desde haca dos o tres aos sederrumbaba como una torre. Haba pasado de una juventud largamente sostenida a unadecrepitud fsica que causaba asombro en los que le conocan. Ahora pareca de msedad de la que tena realmente. Tena la nariz aguilea y su cabello era espeso, perocompletamente blanco. Blancas tambin las cejas, y, debajo de ellas, una ltima y vivajuventud en los ojos negros le hacan muy simptico.Estaba de pie junto a la ventana, y se apoyaba en un bastn. Acababa de pasar un terribleataque reumtico, y an se resenta. Se volvi apenas al sentir a Alicia y la llam. Deja esa tremenda carpeta sobre la mesa y ven aqu. Hay algo interesante.Su voz, como sus ojos, estaba llena de vida y de simpata. Alicia pareci no or.Pregunt desde lejos: Cmo se encuentra hoy? Rejuvenecido!De Arco sonrea, y en aquella sonrisa haba un poco de irona y mucho encanto. Bueno, acrcate. Tienes que ver cmo juegan los perros. Te voy a regalar uno de loscachorros.En el patio jugaban, en efecto, una pareja de setters y tres cras.

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  • Ya sabe usted, De Arco, que en casa no tengo sitio para perros. Bueno... Pero no te gustan? S...Alicia no saba si los perros le gustaban o no. Se haba pasado la vida diciendo queadoraba a estos animales y haba acabado por crerselo. A De Arco le gustaban mucho.Alicia se haba acercado muy circunspecta a la ventana, dejando un buen espacio entreella y el jefe. Miraba aplicada y seriamente hacia el jardn; la expresin de su caramenuda era la misma que cuando estaba ante la mesa de trabajo. De Arco la contempl. Pareces una nia, Alicia. Es curioso. Alicia enrojeci ligeramente. Soy mucho ms joven que usted.De Arco golpe impaciente con el bastn. No me refera a tu edad... Y ahora que estamos solos, como siempre, por ms seas,quisiera que me explicases cundo vas a dejar de llamarme de usted... Es bien ridculoentre nosotros.Alicia le mir. Tena los pmulos enrojecidos. No s qu pretende, De Arco. Jams he sido para usted otra cosa que una secretaria...Y que yo sepa no le he dado permiso nunca para tutearme. Vlgame Dios!... Nos conocemos hace treinta aos, me has salvado la vida en unaocasin, has velado el cadver de mi hijo. Y no puedo llamarte de t... Eres unaridicula...Los ojos de Alicia resultaban casi siempre apagados. Ahora brillaron. No soy como las dems mujeres que usted est acostumbrado a tratar, eso es todo. Enlas ocasiones a que usted se refiere me limit a cumplir mi deber. Soy su secretaria,como antes. Le trato con todo respeto y exijo respeto tambin. Bravo, seor! Ahora hay que aplaudir, no es cierto?De Arco bromeaba, mientras Alicia segua seria. l levant el bastn sealndola, sinque la secretaria perdiera su rigidez. Tonta de capirote!... Hubo un pequeo silencio. No quiere repasar su correspondencia? No, no quiero repasar mi correspondencia. Quiero charlar contigo. Vamos asentarnos, porque me duele el pie, y vas a pedir que nos sirvan la merienda all, junto ala chimenea... Cuntas veces hemos merendado juntos aqu, Alicia? Desde que usted se aburre, muchas. Treinta aos vindote... Te das cuenta de que esto resulta ya una especie dematrimonio? Nadie sabe tantas cosas de m como t... Esto es un descanso...Suspir mientras se sentaba en la butaca.Me es muy agradable verte... Creo que nos tenemos cario, no?Alicia no contest a esto. Haba llamado, y luego habl discretamente con una gruesaseora vestida de negro.Al cabo de unos minutos tenan la merienda servida junto a la chimenea. Bueno, ortiga; dime algo de ti.Frente a l, Alicia, sentada en el borde de un silln, pareca realmente una ortigadispuesta a pinchar si De Arco acercaba una mano para tocarla. A pesar suyo sonri. Sabe usted tanto de m como yo de usted, seor De Arco.Acentu mucho el "seor".

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  • Eso s que no es verdad... Nunca he tenido tus confidencias, y a veces hasta mepregunto si alguien las tuvo jams.Alicia sigui sonriendo misteriosamente; y se mir la punta del zapato. Tena unos piespequeitos, delicados, que eran su orgullo, y los llevaba muy bien calzados.Despus de una pausa, Alicia dijo algo que sorprendi a De Arco: Le han interesado a usted mis confidencias acaso alguna vez? Me interesan ahora... Es muy misterioso estar con una persona durante aos y que nonos cuente nunca nada.La ortiga se dulcific un poco. En la chimenea estaban encendidos unos leos; fuera delas ventanas, la luz haba palidecido. El reflejo de las llamas le daba a Alicia suavidad yvida. No es cierto, De Arco. Usted conoce, desde el principio al fin, toda mi vida. S, seora...; descendiente de hroes y heroica e intachable siempre..., pura como uncapullo cerrado. Todo eso lo sabemos y, qu ms? Me parece que le estoy dando pie para que se burle. Pero si no me burlo!... Muchas veces he pensado eso: que eres como un capullomisterioso... Por eso te dije antes que parecas una nia.Alicia miraba desconfiada los ojos brillantes de aquel hombrachn de cabellos blancos.Parecan burlones, la verdad; p