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Los Estudios De Cultura Politica En Espana

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  • LOS ESTUDIOS DE CULTURAPOLTICA EN ESPAA

    Mara Luz MornUniversidad Complutense

    E-mail: memoran@redestb.es

    RESUMEN

    Los estudios de cultura poltica han tenido un papel muy destacado en la investigacin socio-poltica espaola. El decenio comprendido entre mediados de los sesenta y la muerte de Francomarca la recepcin del paradigma clsico de la cultura poltica y los primeros pasos de su aplica-cin en los estudios del proceso de modernizacin, en los anlisis de la evolucin del rgimenfranquista y en los atisbos iniciales del inevitable cambio poltico. Por su parte, las interpretacio-nes ms difundidas sobre la naturaleza de la transicin poltica hicieron hincapi en la existenciade unos prerrequisitos culturales que facilitaron la democratizacin. Ello hizo posible que las li-tes llegaran a establecer un pacto bsico sobre el que se construy, en un lapso de tiempo muybreve, una democracia comparable a la de los pases de la Europa occidental. A lo largo de losaos ochenta y noventa se ha mantenido el inters por el estudio de la cultura poltica de losespaoles. Sin embargo, la rutinizacin de la vida democrtica ha dado lugar a un cierto cambiode nfasis en la agenda de los temas de investigacin.

    EL DEBATE EN TORNO AL CONCEPTO DE CULTURA POLTICA

    Quiz no sea una exageracin afirmar que la cultura poltica ocupa unlugar destacado entre el conjunto de conceptos acuados por las ciencias socia-les que, si bien nunca han llegado a satisfacer plenamente a ninguno de losautores que lo han empleado como herramienta de anlisis, han tenido la for-tuna de ser asimilados plenamente en los discursos polticos de las lites, en

    85/99 pp. 97-129

  • las jergas que transmiten los medios de comunicacin y, en suma, en nuestrosvocabularios cotidianos. En s mismo, este hecho no es negativo; bien al con-trario, podra entenderse como un signo alentador de la penetracin de nues-tras disciplinas en esferas cada vez ms amplias de la vida social, si no fueraporque la cultura poltica ha sido, desde el mismo momento en que comenz adifundirse en la reflexin social y poltica, un trmino inevitablemente inc-modo. Tanto es as que prcticamente todos aquellos que lo utilizan parecensentir una imperiosa necesidad de justificar, una y otra vez, de forma prolija, yen muchas ocasiones excesiva, las ambigedades inherentes al propio concepto,las limitaciones de su alcance y, en suma, los riesgos de seguir operando con uninstrumento de anlisis tan elstico y escurridizo que siempre parece estar apunto de escaprsenos de entre las manos. Hace ya algunos aos recurr a latragedia de Ssifo para tratar de dar cuenta de esta mezcla de tedio, cansancio yfatalidad que embarga a quien se enfrenta a la tarea de describir la situacin delos estudios de cultura poltica, acotando su campo de anlisis y estableciendosus principales logros y sus ms evidentes limitaciones.

    Sin duda, las controversias epistemolgicas y metodolgicas que ha suscita-do dicho concepto, al menos a lo largo de los ltimos cuarenta aos, tienenmucho que ver con su relevancia en el anlisis sociopoltico y con el hecho deque el propio trmino afecta de lleno a uno de los grandes interrogantes quealentaron desde sus orgenes la especulacin en torno a las bases sociales de losfenmenos polticos. La cultura poltica, bajo cualquiera de las diversas deno-minaciones que ha recibido, remite a los complejos vnculos que se tejen entrela esfera pblica, la vida poltica y los universos o representaciones que sobresta poseen los miembros de toda comunidad poltica. Tratar de aprehender elmodo en que se interrelacionan y se afectan mutuamente los valores, creencias,actitudes, lenguajes y discursos de las personas y grupos sociales en relacin alo pblico con los principales elementos constitutivos de los sistemas polticosy de la vida pblica se convierte, as, en el campo de referencia de la reflexinen torno a la cultura poltica. Establecer los puentes entre los marcos cultura-les, psicolgicos y sociales de la accin y las realidades concretas de los sistemaspolticos aparece como una exigencia de las nuevas miradas que desde las cien-cias polticas y sociales se dirigen hacia los intrincados procesos de cambio delas sociedades contemporneas. El esfuerzo est guiado por una intuicincomn: la esterilidad de construir marcos de explicacin relevantes y convin-centes de dichos procesos sin dar cuenta de esa dimensin oculta que conve-nimos en denominar cultura poltica.

    Los escollos y desacuerdos a la hora de establecer su campo semntico yla forma de operacionalizarlo en la investigacin aplicada derivan de la propiaenvergadura del proyecto y del proceso histrico de institucionalizacin de lasciencias sociales, que, a lo largo de nuestro siglo, se ha escorado siempre mshacia la fragmentacin y a la defensa de parcelas de poder acadmico o profe-sional que a la comunicacin y al trabajo en comn. Una buena parte de lasdificultades que arrastra la cultura poltica proviene, a mi juicio, de la fuerte

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  • resistencia a admitir que se trata de un concepto fronterizo, ubicado en lainterseccin de, al menos, cinco disciplinas: la sociologa, la ciencia poltica, laantropologa, la psicologa y la historia. Slo un esfuerzo comn por hacerconverger las miradas desde perspectivas distintas y por aplicar conceptos,mtodos e instrumentos de anlisis de distintos propietarios contribuir ahacernos salir de este crculo vicioso y a superar una visin restrictiva queJ. Alexander (1982) ha denominado el empleo de la cultura poltica comocategora residual.

    Durante algunas dcadas, la sociologa y la ciencia polticas, quiz atenaza-das por su propia inseguridad de jvenes disciplinas y ocupadas en estrilesdiscusiones acerca de los lmites de su competencia, dieron la espalda a unarealidad que se ha ido imponiendo cada vez con ms fuerza en los ltimostiempos. No slo son estos terrenos fronterizos los ms frtiles para el avancede nuestro conocimiento sobre las sociedades contemporneas, sino que, ade-ms, las ciencias sociales estn embarcadas en un movimiento imparable haciala eliminacin de las viejas fronteras cuya estrechez de miras se ha visto supera-da por la propia lgica de desarrollo del conocimiento social y por la naturale-za de los principales cambios sociales y polticos acaecidos en las ltimas dca-das (Wallerstein, 1995).

    Irnicamente, el objetivo de este artculo me exige volver a asumir unatarea que apunta en direccin contraria a este proceso de apertura que acabode defender. Obliga, una vez ms, a empuar los utensilios del agrimensorpara operar como si fuera posible establecer con precisin los lindes del campode estudio, establecer sus medidas y sus principales caractersticas topogrficas,sealar aquellas parcelas mejor cultivadas dando cuenta del tipo de frutos quese recolectan y, finalmente, decidir cules son los campos en los que se hacenecesaria una labor de mejora. Esforzarse por levantar mapas de terrenos quenos preciamos de conocer bien es, en todo caso, un ejercicio intelectual alta-mente recomendable. Nos empuja a reconocer, una vez ms, el territorio,observando sus principales caractersticas, sin perder de vista en momentoalguno que el objetivo final de nuestro trabajo es producir un documento quepermita orientarse a quienes no estn familiarizados con dicho espacio. Ellosupone determinar cul es la informacin ms relevante que deseamos seleccio-nar pero, tambin, representarla y narrarla de forma clara y concisa. Quiz lalabor del hacedor de mapas sea, simplemente, el esfuerzo siempre fallido porlograr una solucin tan simple, y al tiempo tan precisa, como la que se le ocu-rri a la ingeniosa Ariadna cuando le entreg a Teseo, a las puertas del laberin-to, un ovillo de lana.

    As pues, a partir de este momento proseguir como si mis instrumentosde medicin fueran rigurosos y mi territorio poseyera contornos bien dibuja-dos. Pero el lector har bien en recordar que desde los orgenes del pensamien-to social las disputas por su control han sido numerosas y sus fronteras siemprefluctuantes y, sobre todo, no deber olvidar que algunas de las contribucionesms significativas al estudio de la cultura poltica se han producido en espacios

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  • supuestamente ubicados ms all de sus lmites. Desde que ya en el siglo XVIIIautores como Montesquieu comenzaron a dar cuenta del influjo de la culturade los pueblos en su forma de organizacin poltica, bajo uno u otro nombre ycon distintas argumentaciones, la cultura poltica se convirti en un tema cl-sico en el anlisis poltico que ha estado siempre asociado a algunas de suspreocupaciones tradicionales; en concreto, es inseparable de la reflexin acercade la legitimidad de los sistemas polticos y de la larga discusin en torno alsurgimiento y a la funcin que en la modernidad cumple la opinin pblica.Slo tiempo despus, ya bien avanzado el siglo XX, la cultura poltica adquirila estrecha vinculacin con el que se convertira en el leit-motiv, por no deciren la obsesin, de algunas corrientes hegemnicas dentro del anlisis poltico:hallar los fundamentos de la estabilidad de los sistemas polticos y, ms concre-tamente, de los democrticos.

    Como ya se ha repetido en tantas ocasiones, al final de la segunda guerramundial el clima intelectual y las exigencias de la reconstruccin econmica ypoltica de una buena parte de la Europa occidental marcaron la institucionali-zacin de las modernas disciplinas de la sociologa y ciencia polticas. La exi-gencia de estudiar las democracias realmente existentes determin, junto conel desarrollo de los estudios de comportamiento poltico y los ms claramenteinstitucionales, volver a situar en primer plano la cuestin de las bases cultura-les de los sistemas polticos. En este contexto aparece la contribucin deLa cultura cvica, de G. Almond y S. Verba (1970), y es tambin este mismoclima intelectual el que contribuy a convertirla en una investigacin precur-sora, una