Mal paga el diablo - E-ditorial · PDF filemi tía Ivonne, mi cuñada, mi suegra,...

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    Mal paga el diablo

  • Alvaro Vanegas

    Mal paga el diablo

    Bogot, abril de 2013

  • Segunda EdicinTtulo: Mal paga el diablo Alvaro Vanegas / Autor.Bogot - 2013

    E-ditorial 531 / EditorBogot D.C. - Colombia - 2013Calle 163b N 50 - 32Celular: 317 383 1173E-mail: [email protected]: www.editorial531.comISBN: 978-958-57403-1-0

    Diseo de portadaAndrs Gonzlez Alfonso Carrillo R

    Este libro fue impreso 100% en papel ecolgico.

    Todos los derechos reservados.Esta publicacin no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, ni registrada en o retransmitida por un sistema de recuperacin de informacin, en ninguna forma ni por ningn medio, sea mecnico, fotoqumico, electrnico, magntico, electrop-tico, por fotocopia, impreso, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

  • Mal paga el diablo

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    Agradecimientos

    Supongo que cualquier escritor que logra publicar su primera novela estar tan emocionado que quiere agradecerle hasta a la seora que le vendi mil de pan cuando tena 5 aos y, lo ad-mito, no soy la excepcin. As que si eres un lector desprevenido o si sencillamente no te interesan las cursileras de un escritorcillo cualquiera, entonces te recomiendo que te saltes esto y vayas di-rectamente al captulo uno. La verdad es que la historia de Laura Rincn es emocionante y, con el riesgo de pasar por arrogante, s que la vas a disfrutar. No obstante, si te quieres arriesgar a leer estos agradecimientos, te pido que no juzgues el resto del libro por estas primeras lneas llena de sensiblera barata. Por supues-to al primero (o primera?) que quiero agradecer es a Dios, no solo por haber dispuesto una musa exclusivamente para m, y que de ese modo lograra terminar la novela, sino por ser uno de los personajes de la misma. Que conste que le ped permiso y que todas las ideas que tengo sobre l han sido plantadas, creo yo, por l mismo. Aprovecho para decirle a cualquiera que se pudiera llegar a sentir ofendido con mis ideas sobre Dios, el demonio, el cielo y el infierno, que por favor arme un mierdero bien grande al respecto, todos sabemos que nada vende ms que la polmica,

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    Alvaro Vanegas

    sobre todo cuando es religiosa. Supongo que en ese orden de ideas tambin debera dar gracias al demonio, pero la verdad es que a l (o ella?) no le ped permiso, as que, mi querido lector, no le di-gamos nada, gracias. Agradezco, por supuesto, a Andrs Gonzlez y su equipo de ilustradores, estoy seguro de que su trabajo ayu-dar a que este libro sea ledo por ms personas. Ahora el turno es para mi familia. Mi mam, mi pap, mi hermosa hermanita, mi esposa, los hijos de ella (nunca hijastros, ms bien parceros), mi ta Ivonne, mi cuada, mi suegra, mis primas, mis tos y tas, etc. Son muchos como para nombrarlos a todos, pero los amo, ustedes los saben, aunque siempre es bueno decirlo, y me gusta pensar que es an mejor escribirlo. En este apartado tengo que hacer un lugar especial para mi primo Ivn Patricio, quien siem-pre me ha apoyado de todas las maneras que ha podido en esta aventura de volverme escritor y, eso s muy a su manera, ha credo en m y lo sigue haciendo. Gente como Jorge Quintero, Katerin Acosta, Andrs Muoz, Ral Harper, Alejandro Aguilar, Sergio Gamma, Juan Ramn Vera, Andrs Carvajal, Conny Camelo, Nelson Martnez, ngela Soler, Leonardo Milln, Carolina Pin-zn, Paula Andrea Vargas, Fabin Rodrguez, Juan Gabriel Gon-zlez, lex David Arias, Andrs Latorre, Freddy y Leidy Pinto, Cristian Martnez, Jenny Gonzlez, Felipe Hernndez, Marcela Penagos, Mauricio Ruiz, Edgar Nieto, Ligia Gonzlez, Andrs Gutirrez, Jhon Mario Mrquez, Hctor Mora, Diana Mahecha, Johana Bueno, Johana Franco, etc., etc., (s que alguien se me habr olvidado), merecen un reconocimiento de mi parte porque de una u otra forma, en mayor o menor medida, muchas veces sin darse cuenta, aportaron a que esta novela fuera terminada; no obstante, s que la mayora de los ac nombrados jams llegar a leer el libro, y si lo hacen irn directamente al primer captulo, pero nunca se sabe. A Nstor y Carolina, de E-ditorial 531, por creer en m y ver potencial econmico en esta novela. Ponin-

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    Mal paga el diablo

    dome un poco misterioso agradezco a NT y YL, porque con su malevolencia y bondad, respectivamente, fueron cruciales para culminar esta historia. Por ltimo, pero no menos importante, tengo que agradecer de corazn a ti, sea quien seas, que ests leyendo este libro, as te hayas saltado esta primera parte. Insul-tos, crticas constructivas o cualquier cosa que quieras decirme, tenga o no que ver con lo que escribo, lo puedes hacer a travs de Twitter en @alvarovanegas11 o en Facebook, a alvarovanegas4. Parafraseando a Stephen King, ahora yo escribo esto y, dentro de cierto tiempo t lo lees, es decir que, de alguna manera nuestras mentes se tocan, y eso, digan lo que digan, es magia.

    Alvaro Vanegas

  • Dedicado a Erica Nieto por creer que mi locura algn da ser redituable y arriesgarse conmigo. Tambin a Stephen King por todas las horas que he pasado perdido en universos creados por l y por su

    evidente influencia.

  • SEXO

    Carlos Mario Urrea esperaba no despertar. Abri los ojos sin estar muy convencido de estar vivo. Sinti como la luz del da lo obligaba a fruncir el ceo y pens, en un vago intento de irona, que si eso era el infierno, no estaba tan mal.

    Unos momentos despus, cuando estuvo seguro de no estar muerto, se levant de la cama, indagando sobre cmo sera su muerte. Despus de todo, morir mientras dorma habra sido de-masiado piadoso y, ahora que lo pensaba bien, no entenda cmo era que en algn momento haba tenido la absurda esperanza de que as fuera.

    Fue al bao con pasos an vacilantes y se mir en el espejo. Sonri. Un poco escondida, pero ah estaba su sonrisa. Por un momento quiso convencerse de que cada minuto de vida era un regalo. Pero no, Carlos Mario Urrea no era esa clase de persona. Llevaba tres aos sabiendo con precisin el da en que morira y jams, ni en esos tres aos, ni antes, haba tenido pensamientos de esa clase. Nunca se encontraba a s mismo reflexionando sobre la supuesta hermosura de esta vida o sobre los pequeos milagros que los ms optimistas vean en cada pequeo detalle sin impor-tancia prctica. No vea belleza alguna en la sonrisa de un nio y

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    Sexo

    ni qu decir en el llanto. El sol, la lluvia o cualquier cambio cli-mtico lo tenan sin cuidado. Un cachorro no lograba inspirarle un suspiro de ternura y no entenda cmo era que el mundo en-tero pareca derretirse ante la visin de cualquier animal de cuatro patas recin nacido. Intentaba encontrarle la magia a ese tipo de cosas, pero le era imposible. Varias veces, en aras de agradar a una mujer que pretenda llevar a la cama, lo haba fingido. No era buen actor, pero descubro que ese tipo de reacciones son tan naturales en los seres humanos que nadie se fijaba mucho cuan-do Carlos Mario simplemente llevaba la corriente. En cambio, cuando mostraba la apata, la fra indiferencia que le causaban los nios sonriendo, los cachorros, los osos de peluche, las flores de colores vivos, las msica, el cine la vida misma, la gente re-accionaba de inmediato, mirndolo como si de repente hubieran notado que tena lepra o que su piel era verde y tena antenitas en la cabeza. Con frecuencia se haba visto rechazado, insultado y, no pocas veces, agredido. Por esto, para evitar el innecesario gasto de energa, casi siempre optaba por mantenerse sonriente, fingiendo sensaciones que le eran ajenas. Al fin y al cabo, lo nico que quera era sexo.

    La verdad era que sin importar como actuara, Carlos Mario Urrea conseguira lo que se le diera la gana. Estaba en su con-trato. Poda ser un autntico patn con las mujeres o poda ser el hombre perfecto. Era lo de menos, Carlos Mario Urrea saba exactamente que queran escuchar, cmo deba hablar, que movi-mientos hacer, por eso, si lo decida, tarde o temprano (casi siem-pre temprano) estaran en su cama. La nica diferencia consista en que cuando Carlos Mario se comportaba de manera honesta y era un simple y llano hijo de puta, al da siguiente las mujeres se sentan confundidas, en cierta medida ultrajadas por aquel hom-bre de barriga prominente, calvicie incipiente y un magnetismo inexplicable. Cuando abran los ojos y se descubran junto a Car-

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    Alvaro Vanegas

    los Mario roncando como un cerdo, desnudas y con el temblor propio de una noche de sexo desenfrenado y varios orgasmos que parecan sucederse unos a otros de manera espontnea, no podan entender en qu coo estaban pensando cuando haban accedido a acostarse con semejante animal. Eran pocas las que detectaban que haba algo raro en ese hombre y, justo antes de caer en sus ga-rras, lograban desprenderse, aunque fuera por unos segundos de ese carisma avasallador, para negarse a acompaarlo. Esas pocas dejaban ver una evidente mueca de asco antes de despedirse. Car-los Mario era consciente de eso pero, como con todo lo dems, no le importaba.

    Ahora, mirndose al espejo con una leve sonrisa en sus la-bios, apenas si poda pensar en los cientos de mujeres (y uno que otro hombre, para qu engaarse) con los que haba tenido sexo. Su cuenta personal, que hasta el da anterior haba sido todo lo que importaba, ahora pareca lejana, como un sueo del que poco se recuerda. Todo quedaba en segundo plano cuando sabas que la muerte te estaba esperando en alguna esquina aunque no era a la muerte a lo que tema.

    Orin metiendo la barriga, como lo haca siempre. Le gus-taba observar su miembro. Pens por ensima vez que tambin debera haber pedido un cuerpo perfecto, lleno de msculos mar-cados y con la piel bronceada, tal vez unos cuantos centmetros ms para su pene de tamao promedio. Esa haba sido una estu-pidez de su parte. El velo del sueo termin de desaparecer y por fin fue del todo consciente d