Historia de la estupidez humana, paul tabori

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HISTORIA DE LA ESTUPIDEZ HUMANA PAUL TABORI Ediciones elaleph.com

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INTRODUCCIÓN

Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el est a-do de estupidez, y hay individuos a quienes la est u-pidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidosno por influencia de sus antepasados o de sus co n-temporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzopersonal. Hacen el papel del tonto. En realidad, a l-gunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto.Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno seresiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia dela estupidez equivale a la bienaventuranza.

La estupidez, que reviste formas tan variadascomo el orgullo, la vanidad, la credulidad, el temor yel prejuicio, es blanco fundamental del escritor sat í-rico, como Paul Tabori nos lo recuerda, agregandoque “ha sobrevivido a millones de impactos dire c-tos, sin que éstos la hayan perjudicado en lo más

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mínimo”. Pero ha olvidado mencionar, quizás po r-que es demasiado evidente, que si la estupidez des a-pareciera, el escritor satírico carecería de tema.

Pues, como en cierta ocasión lo señaló Christ o-pher Morley, “en un mundo perfecto nadie reiría”.Es decir, no habría de que reírse, nada que fueraridículo. Pero, ¿podría calificarse de perfecto a unmundo del que la risa estuviera ausente? Quizás laestupidez es necesaria para dar no sólo empleo alautor satírico sino también entretenimiento a dosnúcleos minoritarios: 1) los que de veras son di s-cretos, y 2) los que poseen inteligencia suficientepara comprender que son estúpidos.

Y cuando empezamos a creer que una ligera d o-sis de estupidez no es cosa tan temible, Tabori nospreviene que, en el trascurso de la historia humana,la estupidez ha aparecido siempre en dosis abu n-dantes y mortales. Una ligera proporción de estup i-dez es tan improbable como un ligero embarazo.Más aún, las consecuencias de la estupidez no sóloson cómicas sino también trágicas. Son reideras,pero ahí concluye su utilidad. En realidad, sus co n-secuencias negativas a todos influyen, y no sólo aquienes la padecen. El mismo factor que antaño hadeterminado persecuciones y guerras, puede ser la

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causa de la catástrofe definitiva en el futuro.Pero encaremos el problema con optimismo.

Acabando con la raza humana, la estupidez acabaríatambién con la propia estupidez. Y ése es un resu l-tado que la sabiduría nunca supo alcanzar.

En su inquieto (y fecundo) libro, Paul Taboridescribe los aspectos divertidos y las horribles co n-secuencias de la estupidez. El lector ríe y llora (anteel espectáculo humano) y sobre todo reflexiona. Amenos, naturalmente, que el lector sea estúpido.

Pero no es probable que la persona estúpida sesienta atraída por un libro como éste. Una de lasconcomitantes de la estupidez es la pereza, y ennuestro tiempo hay cosas más fáciles que leer unlibro (especialmente un libro sin ilustraciones y queno ha sido condensado). Tampoco trae un cadáveren la cubierta, ni una joven bella y apasionada.

Sin embargo, el lector que supere esta introdu c-ción y el breve primer capítulo hallará despuésabundante derramamiento de sangre y erotismo, ytambién ingenio, rarezas, fantasmas y exotismo.Quizás no existe argumento, porque esta obra no esde ficción, pero hay algunos episodios auténticos (opor lo menos bastante probados), cualquiera de loscuales podría servir de base a un cuento... o a una

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pesadilla.Tabori muy bien podría haber llamado a su l i-

bro: La anatomía de la estupidez, pues ha encarado eltema con el mismo bagaje de erudición y de ent u-siasmo que Robert Burton aplicó en La Anatomía dela Melancolía. Aquí, lo mismo que en el tratado delsiglo XVII, hallamos una sorprendente colección deconocimientos raros, cuidadosamente organizados ybien presentados. Aparentemente, Tabori leyó todolo que existe sobre el tema, de Erasmo a Shaw y deOscar Wilde a Oscar Hammerstein.

El autor revela el tipo de curiosidad intelectualque no se atiene a las fronteras establecidas por lacátedra universitaria o por las especialidades cient í-ficas, y que es tan difícil hallar en nuestros días. Asemejanza del estudioso europeo de la generaciónanterior, o del hombre culto del Renacimiento, pasafácilmente de la historia a la literatura, y de ésta a laciencia, citando raros volúmenes de autores franc e-ses, alemanes, latinos, italianos y húngaros. Sin e m-bargo, su prosa nunca es pesada ni pedante. Enlugar de exhibir un arsenal de notas eruditas, ocultalas huellas de su trabajo, del mismo modo que elcarpintero elimina el aserrín dejado por la sierra.

Aunque Tabori dice modestamente de su libro

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que es mero “muestrario”, se trata de un muestrarioprofundamente significativo. Si, como dice el autor,ésta no es la historia completa de la estupidez, sólonos resta sentirnos impresionados (y deprimidos)ante la vastedad del tema. Sería lamentable llegar ala conclusión de que es posible escribir sobre la e s-tupidez del hombre un libro más voluminoso quesobre su sabiduría.

La fascinación que ejerce la obra de Tabori pr o-viene precisamente de la variedad de los temasabordados. Obras antiguas, medievales y modernasle han suministrado toda suerte de hechos increíblesy de leyendas creíbles sobre este “astro siniestro quedifunde la muerte en lugar de la vida”. El autor citasorprendentes ejemplos de estupidez relacionadoscon la codicia humana, el amor a los títulos y a lasceremonias, las complicaciones del burocratismo,las complicaciones no menos ridículas del aparato yde la jerga jurídica, la fe humana en los mitos y laincredulidad ante los hechos, el fanatismo religioso,sus absurdos y manías sexuales, y la tragicómicabúsqueda de la eterna juventud.

Sí, éste es el lamentable archivo de la humanaestupidez, desde los vanos ritos de Luis XIV hastala autocastración de la secta religiosa de los skoptsi;

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desde el miembro de la Academia Francesa deCiencias que obstinadamente insistió en que el i n-vento de Édison, el fonógrafo, era burdo truco deventrílocuo, a la técnica de Hermippus, que aseg u-raba la prolongación de la vida mediante la inhal a-ción del aliento de las jóvenes doncellas, desde la feen la vid que producía sólidas uvas de oro, al biblió-filo italiano que consagró veinticinco años a la cre a-ción de una biblioteca de los libros más aburridosdel mundo. ¡Cuán estúpidos somos los mortales!

En general, Paul Tabori se contenta con relatarla historia de la estupidez, acumulando ejemplos ymás ejemplos. En su condición de estudioso objet i-vo, no deduce moralejas ni extrae lecciones. Sinembargo, como hombre sensible que es, exper i-menta dolor y desaliento. “La estupidez”, nos dicecon tristeza, “es el arma más destructiva del ho m-bre, su más devastadora epidemia, su lujo más co s-toso”.

¿Sugiere Tabori una cura efectiva de la estup i-dez? ¿Anticipa el pronto fin de esta peste? Tienealgunas ideas, relacionadas con la salud de la psiquis,y alienta ciertas esperanzas. Pero conoce demasiadobien a la raza humana, de modo que no puede pr o-meter mucho. Habida cuenta de la experiencia de

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siglos, abrigar mayores esperanzas sería también darpruebas de estupidez.

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LA CIENCIA NATURAL DE LAESTUPIDEZ

Este libro trata de la estupidez, la tontería; laimbecilidad, la incapacidad, la torpeza, la vacuidad,la estrechez de miras, la fatuidad, la idiotez, la loc u-ra, el desvarío. Estudia a los estúpidos, los necios,los seres de inteligencia menguada, los de pocas l u-ces, los débiles mentales, los tontos, los bobos, lossuperficiales; los mentecatos, los novatos y los quechochean; los simples, los desequilibrados, los ch i-flados, los irresponsables, los embrutecidos. En élnos proponemos presentar una galería de payasos,simplotes, badulaques, papanatas, peleles, zotes,bodoques, pazguatos, zopencos, estólidos, majad e-ros y energúmenos de ayer y de hoy. Describirá y

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analizará hechos irracionales, insensatos, absurdos,tontos, mal concebidos, imbéciles... y por ahí ad e-lante. ¿Hay algo más característico de nuestra h u-manidad que el hecho de que el Thesaurus de Rogetconsagre seis columnas a los sinónimos, verbos,nombres y adjetivos de la “estupidez”, mientras lapalabra “sensatez” apenas ocupa una? La locura esfácil blanco, y por su misma naturaleza la estupidezse ha prestado siempre a la sátira y la crítica. Sinembargo (y también por su propia naturaleza) hasobrevivido a millones de impactos directos, sin queéstos la hayan perjudicado en lo más mínimo. S o-brevive, triunfante y gloriosa. Como dice Schiller,aun los dioses luchan en vano contra ella.

Pero podemos reunir toda clase de datos de c a-rácter semántico sobre la estupidez, y a pesar de ellohallarnos muy lejos de aclarar o definir su signific a-do. Si consultamos a los psiquiatras y a los psico a-nalistas, comprobamos que se muestran muyreticentes. En el texto psiquiátrico común hallar e-mos amplias referencias a los complejos, desequil i-brios, emociones y temores; a la histeria, lapsiconeurosis, la paranoia y la obsesión; y los desór-denes psicosomáticos, las perversiones sexuales, lostraumas y las fobias son objeto de cuidadosa ate n-

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ción. Pero la palabra “estupidez” rara vez es utiliz a-da; y aún se evitan sus sinónimos.

¿Cuál es la razón de este hecho? Quizás, que laestupidez también implica simplicidad... y bien pu e-de afirmarse que el psicoanálisis se siente desco n-certado y derrotado por lo simple, al paso queprospera en el reino de lo complejo y de lo compl i-cado.

He hallado una excepción (puede haber otras):el doctor Alexander Feldmann, uno de los máseminentes discípulos de Freud. Este autor ha co n-templado sin temor el rostro de la estupidez, au n-que no le ha consagrado mucho tiempo ni espacioen sus obras. “Contrástase siempre la estupidez”,dice, “con la sabiduría. El sabio (para usar una def i-nición simplificada) es el que conoce las causas delas cosas. El estúpido las ignora. Algunos psicólogoscreen todavía que la estupidez puede ser congénita.Este error bastante torpe proviene de confundir alinstrumento con la persona que lo utiliza. Se atrib u-ye la estupidez a defecto del cerebro; es, afírmase,cierto misterioso proceso físico que coarta la se n-satez del poseedor de ese cerebro, que le impidereconocer las causas, las conexiones lógicas queexisten detrás de los hechos y de los objetos, y entre

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ellos”.Bastará un ligero examen para comprender que

no es así. No es la boca del hombre la que come; esel hombre que come con su boca. No camina lapierna; el hombre usa la pierna para moverse. Elcerebro no piensa; se piensa con el cerebro. Si elindividuo padece una falla congénita del cerebro, siel instrumento del pensamiento es defectuoso, esnatural que el propio individuo no merezca el calif i-cativo de discreto... pero en ese caso no lo llamar e-mos estúpido. Sería mucho más exacto afirmar queestamos ante un idiota o un loco.

¿Qué es, entonces, un estúpido? “El ser hum a-no”, dice el doctor Feldmann, “a quien la naturalezaha suministrado órganos sanos, y cuyo instrumentoraciocinante carece de defectos, a pesar de lo cualno sabe usarlo correctamente. El defecto reside, porlo tanto, no en el instrumento, sino en su usuario, elser humano, el ego humano que utiliza y dirige elinstrumento.”

Supongamos que hemos perdido ambas piernas.Naturalmente, no podremos caminar; de todos m o-dos, la capacidad de caminar aún se encuentraoculta en nosotros. Del mismo modo, si un hombrenace con cierto defecto cerebral, ello no lo co n-

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vierte necesariamente en idiota; su obligada idiotezproviene de la imperfección de su mente. Esto nadatiene que ver con la estupidez; pues un hombre c u-yo cerebro sea perfecto puede, a pesar de todo, serestúpido; el discreto puede convertirse en estúpidoy el estúpido en discreto. Lo cual, naturalmente, s e-ría imposible si la estupidez obedeciera a defectosorgánicos, pues estas fallas generalmente revistencarácter permanente y no pueden ser curadas.

Desde este punto de vista, la famosa frase deOscar Wilde conserva su validez: “No hay más p e-cado que el de estupidez”. Pues la estupidez es, enconsiderable proporción, el pecado de omisión, laperezosa y a menudo voluntaria negativa a utilizar loque la Naturaleza nos ha dado, o la tendencia a ut i-lizarlo erróneamente.

Debemos subrayar, aunque parezca una per o-grullada, que conocimiento y sabiduría no son co n-ceptos idénticos, ni necesariamente coexistentes.Hay hombres estúpidos que poseen amplios con o-cimientos; el que conoce las fechas de todas las b a-tallas, o los datos estadísticos de las importaciones yde las exportaciones puede, a pesar de todo, ser unimbécil. Hay hombres discretos cuyos conocimie n-tos son muy limitados. En realidad, la extraordinaria

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abundancia de conocimientos a menudo disimula laestupidez, mientras que la sabiduría de un individuopuede ser evidente a pesar de su ignorancia... sobretodo si la posición que ocupa en la vida no nospermite exigirle conocimientos ni educación.

Lo mismo nos ocurre con los animales, los n i-ños y los pueblos primitivos. Admiramos la sagac i-dad “natural” de los animales, la vivacidad “natural”del niño o del hombre primitivo. Hablamos de la“sabiduría” de las aves migratorias, capaces de hallarun clima más cálido cuando llega el invierno; o delniño, que sabe instintivamente cuánta leche puedeabsorber su cuerpo; o del salvaje que, en su medionatural, sabe adaptarse a las exigencias de la Nat u-raleza.

“Si nuestra pierna o nuestro brazo nos ofende”exclama con elocuencia Burton en La anatomía de lamelancolía, “nos esforzamos, echando mano de todoslos recursos posibles, por corregirla; y si se trata deuna enfermedad del cuerpo, mandamos llamar a unmédico; pero no prestamos atención a las enferm e-dades del espíritu: por una parte nos acecha la luj u-ria, y por otra lo hacen la envidia, la cólera y laambición. Como otros tantos caballos desbocadosnos desgarran las pasiones, que son algunas fruto de

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nuestra disposición, y otras del hábito; y una es lamelancolía, y otra la locura; ¿y quién busca ayuda, yreconoce su propio error, o sabe que está enfermo?Como aquel estúpido individuo que apagó la velapara que las pulgas que lo torturaban no pudiesenhallarlo...”

Burton señala aquí una de las principales cara c-terísticas de la estupidez: apagar la vela- ahogar laluz- confundir la causa y el efecto. Las pulgas quenos pican prosperan en la oscuridad; pero nuestraestupidez supone que si no podemos verlas, ellastampoco nos verán... del mismo modo que el ho m-bre estúpido vive siempre en la inconciencia de supropia estupidez. El hombre realmente discreto loes sin pensar. Su mente no es la fuente de su propiasabiduría, sino más bien el recipiente y el órgano deexpresión. El ego que piensa correctamente no tieneotra tarea que la de tomar nota de los deseos insti n-tivos. A lo sumo, decide si es conveniente o no s e-guir estos impulsos en las circunstancias dadas. Esta“crítica” no constituye una cualidad independientedel ego pensante, sino desarrollo final de un proc e-so instintivo. Cuando cobra caracteres conscientes osuperconscientes, fracasa. Como previene Hazlitt:“La afectación del raciocinio ha provocado más l o-

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curas y determinado más perjuicios que ningún otrofactor”. En los niños y en los pueblos primitivos seobserva que el pensamiento está consagrado casiexclusivamente a la autoexpresión y no a la cre a-ción. Pues toda actividad creadora es siempre r e-sultado del instinto, por mucho que nos esforcemospor infundirle carácter consciente.

Existen individuos en quienes el instinto y elpensamiento están totalmente fusionados; en talcaso nos hallamos frente a un genio, un ser humanocapaz de expresar cabalmente sus cualidades hum a-nas. Pero esto es posible únicamente cuando elhombre no utiliza el pensamiento para disimular suspropios instintos, sino más bien para darles másperfecta expresión. Todos los grandes descubr i-mientos son fruto de la perfecta cooperación entreel instinto y la razón. Dice el doctor Feldmann:

“En la práctica médica a menudo observamosque los medios de expresión- el proceso de pens a-miento- parece desplazar completamente los in s-tintos, monopolizando o usurpando el lugar deéstos. El pensamiento es esencialmente una inhib i-ción, y si domina la vida espiritual del individuo,puede determinar la parálisis total de las emociones.En este caso nos hallamos ya ante una condición

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patológica, relacionada con el sentimiento de laanormalidad y de la enfermedad, capaz de provocarsufrimientos y de obligar al hombre a negar una delas más importantes manifestaciones de la vida h u-mana: sus emociones. Por lo tanto, es posible alcan-zar la sabiduría por dos caminos: absteniéndosetotalmente de pensar, y confiando exclusivamenteen los instintos, o pensando, pero sólo para expr e-sar el propio yo. En su condición de seres emoci o-nales, todos los hombres son iguales, del mismomodo que sólo existen pequeñas diferencias anat ó-micas entre todos los miembros de la raza humana.Por consiguiente, el hombre estúpido es tal porqueno quiere o no se atreve a expresar su propio yo; oporque su aparato pensante se ha paralizado, demodo que no es apto para la autoexpresión, de m o-do que el individuo no puede ver u oír las directivasimpartidas por sus propios instintos”.

Toda actividad humana es autoexpresión. Nadiepuede dar lo que no lleva en sí mismo. Cuando h a-blamos, o escribimos, o caminamos, o comemos, oamamos, estamos expresándonos. Y este yo queexpresamos no es otra cosa que la vida instintiva,con sus dos fecundas válvulas de escape: el instintode poder y el instinto sexual.

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Los animales, los niños, los hombres primitivosse esfuerzan por expresar su voluntad y sus deseossólo con el fin de satisfacer o de realizar su propiavoluntad. El obstáculo fundamental y permanenteque se opone a la realización de los deseos hum a-nos, a la expresión de la voluntad humana, es laNaturaleza misma; pero en el transcurso del tiempose ha desarrollado cierta instintiva cooperación e n-tre la Naturaleza y el hombre, de modo que al finambos factores son casi idénticos, o, por lo menos,uno de ellos se ha subordinado completamente alotro.

La vida social del hombre y la vida cultural de lahumanidad se han desarrollado de un modo extr a-ño. La expresión de la voluntad y del deseo ha tr o-pezado con dificultades cada vez mayores. De ellas,la primera y principal reviste carácter esencialmenteético. Pero expresar el deseo y la voluntad ha sidosiempre necesidad fundamental y general del ho m-bre, independientemente de las normas éticas a lasque debió someterse. Digamos de pasada que dichasnormas constituyen el fundamento de toda nuestracultura. Pero, en esencia, todas las realizacionesculturales de la humanidad son expresiones de lavoluntad humana; es decir, realizaciones de deseos

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humanos.Y ésta es la razón, afirman algunos psicólogos,

de que puedan existir seres estúpidos; es decir, deque sea posible la contradicción entre el Homo s a-piens y la estupidez. Si el esfuerzo por satisfacer lospropios deseos o por expresar la propia voluntadtropieza con resistencias excesivas, dicha resistenciacobra carácter general, e incluye al instrumento fun-damental de expresión: el pensamiento.

Quizás esto parezca demasiado retorcido ycomplejo, pero un ejemplo sencillo servirá de apl i-cación. Consideremos la estupidez aguda y temp o-raria que es fruto de la vergüenza. El sentimiento devergüenza es más intenso y más frecuente durante lapubertad. Arraiga en la sexualidad, y responde alhecho de que la madurez sexual resulta cada vezmás evidente. El ego, educado para negar u ocultaresta situación, siente que, sea cual fuere la actitudque adopte (hablar, caminar, etc.) siempre está e x-presando lo que, precisamente, se le ha enseñado aocultar. De este modo se crea una situación en vi r-tud de la cual el adolescente no puede expresarse.Es decir, el sujeto no quiere hacerlo. Hay un vi o-lento choque entre el deseo y la realización, entre lavoluntad y las fuerzas deformadoras. En la mayoría

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de los casos triunfa la represión. La derrota del d e-seo y de la voluntad aparece como expresión de“estupidez”. Las risitas de las muchachas; el pasovacilante y torpe de los adolescentes; las extrañascontradicciones de la conducta de aquellas y de é s-tos, son consecuencia de este conflicto.

Durante el desarrollo del ser humano, el con s-tante esfuerzo por obtener poder, la vergüenza su b-consciente ante su propio egocentrismo, y laestupidez aguda y temporaria que esta vergüenzaprovoca, surgen con caracteres cada vez más dest a-cados. Sea cual fuere el centro de la actividad ind i-vidual, el hombre aspira a destacarse del resto (ya setrate de jugar a los naipes o de amasar una fortuna).Al mismo tiempo, teme que su intención sea ev i-dente... o demasiado evidente. Procura ocultarla,pero le inquieta la posibilidad de que sus esfuerzospor disimularla fracasen, o de que se frustre su pr o-pia ambición. Por eso en muchos casos se abstienede actuar (estupidez pasiva) o actúa erróneamente(estupidez activa).

Si este sentimiento de vergüenza se torna crón i-co, también la estupidez se convierte en condicióncrónica. Con el tiempo, el hombre olvida que suestupidez no es más que un desarrollo secundario;

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siente como si su condición fuera la de un “estúpidonato”. A medida que la estupidez lo envuelve, y quese resigna a ella, le es cada vez más difícil adquirirconocimientos, y la ignorancia se suma a la estup i-dez, de modo que un par de anteojeras se agrega alotro.

Por consiguiente, la estupidez es esencialmentemiedo, nos dice el doctor Feldmann. Es el temor ala crítica; el temor a otras personas, o al propio yo.

Por supuesto, la estupidez tiene diferentes fo r-mas y manifestaciones. Algunas personas son est ú-pidas sólo en su círculo familiar inmediato, o conciertas relaciones, o en público. Algunos son estúp i-dos sólo cuando necesitan hablar; otros, cuando seven obligados a escribir. Todas estas “estupideceslimitadas” pueden combinarse. Ocurre a menudoque los niños se muestran brillantes e inteligentes enel hogar, pero no en la escuela; en otros casos, o b-tienen buenos resultados en la escuela pero en elhogar revelan escasa capacidad. Ciertas personasdemuestran estupidez en las relaciones con el sexoopuesto... padecen una forma de impotencia mental.Hay hombres que preparan cuidadosamente el prin-cipio de la conversación, y luego no saben qué d e-cir. Se retraen y renuncian a la tentativa, para evitar

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la derrota. El mismo fenómeno se observa en m u-chas mujeres, aunque ellas pueden refugiarse, en laconvención, todavía vigente, según la cual al ho m-bre toca llevar el peso principal de la conversación.

La estupidez y el temor, ¿son sinónimos abs o-lutos? Charles Richet, el eminente psicólogo e i n-vestigador de ciencias ocultas, encaró derechamenteel problema... ¡y luego resolvió esquivarlo! Su def i-nición es de carácter negativo: “Estúpido no es elhombre que no comprende algo, sino el que locomprende bastante bien, y sin embargo procedecomo si no entendiera.” Yo diría que esta frase i n-cluye demasiados elementos negativos. El doctor L.Loewenfeld, cuya obra Über die Dummheit (Sobre laestupidez), de casi 400 páginas, alcanzó dos edici o-nes entre 1909 y 1921, enfoca el problema de la e s-tupidez desde el punto de vista médico; pero esteautor se interesa más por la clasificación que por ladefinición.

Agrupa del siguiente modo las formas de expr e-sión a través de las cuales se manifiesta la estupidez:

“Estupidez general y parcial. La inteligencia d e-fectuosa de los hombres de talento. La percepcióninmadura. La escasa capacidad de juicio. La des a-tención, las asociaciones torpes, la mala memoria.

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La torpeza, la simplicidad. La megalomanía, la van i-dad. La temeridad, la sugestionabilidad. El egoti s-mo. La estupidez y la edad; la estupidez y el sexo; laestupidez y la raza; la estupidez y la profesión; laestupidez y el medio. La estupidez en la vida ec o-nómica y social; en el arte y la literatura; en la cie n-cia y la política.”

La famosa obra del profesor W. B. Pitkin, AShort Introduction to the History of Human Stupidity, fuepublicada en 1932, el mismo año en que publicó sulibro, aún más famoso, Life Begins at Forty!. La “bre-ve introducción” ocupa 574 páginas, lo cual d e-muestra tanto el respeto del profesor Pitkin por sutema como su propia convicción de que el asunto esprácticamente inagotable. Pero también él evitaofrecer una definición histórica o psicológica.

El propio Richet, en su breve L’homme stupide, noencara definiciones ni clasificaciones. Describe, e n-tre otras, las estupideces del alcohol, del opio y de lanicotina; la necedad de la riqueza y de la pobreza, dela esclavitud y del feudalismo. Aborda los probl e-mas de la guerra, de la moda, de la semántica y de lasuperstición; examina brevemente la crueldad hacialos animales, la destrucción bárbara de obras de a r-te, el martirio de los precursores, los sistemas de

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tarifas protectoras, la explotación miope del suelo, ymuchos otros temas. Richet no atribuyó a su librocarácter de estudio científico; se satisfizo con pr e-sentar algunos ingeniosos y variados pensamientos yejemplos. Algunos de sus capítulos poco tienen quever con la estupidez, y para establecer cierta tenuerelación entre el tema y el desarrollo se ve obligadoa ampliar desmesuradamente el sentido de la expr e-sión.

Max Kemmerich consagró toda su vida a reunirhechos extraños y desusados de la historia de lacultura y de la civilización. Sus obras, entre las quese cuentan Kultur-Kuriosa, Modern-Kultur-Kuriosa, y laextensa Aus der Geschichte der menschlichen Dummheit(primera edición, Munich, 1912), son esencialmenteapasionados ataques contra las iglesias, contra todaslas religiones establecidas y contra los dogmas rel i-giosos. Kemmerich era librepensador, pero de untipo especial, pues carecía del atributo más esencialdel librepensador: la tolerancia. La tremenda masade chismes históricos, rarezas y material iconoclastaque reunió incluyen apenas unas pocas contribuci o-nes pertinentes a la historia de la humana estupidez.

Un húngaro, el doctor István Ráth-Végh, consa-gró casi diez años a reunir materiales y a escribir sus

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tres libros sobre la estupidez humana. Los tres v o-lúmenes se denominan La historia cultural de la estupi-dez, Nuevas estupideces de la historia cultural de lahumanidad, y (título un tanto optimista) El fin de laestupidez humana. El doctor Ráth-Végh, juez retirado,que durante la mitad de su vida había observado laslocuras y los vicios humanos con ojo frío y jurídico,estaba ampliamente equipado para la tarea: era li n-güista, experto historiador y hombre de profundassimpatías liberales. Pero también tenía limitaciones,confesadas francamente por él. Puesto que escribíaen la Hungría semifascista, debía limitarse al pasadoy evitar cualquier referencia a la política. No intentóanalizar ni realizar un estudio global; su objetivo fueentretener e instruir al lector dividiendo a las locurashumanas en distintos grupos. Las 800 páginas desus tres volúmenes representan quizás la más ricafuente de materiales originales sobre la estupidezhumana.

Remontándonos en la historia, hallamos otrosexploradores de esta selva lujuriosa y prácticamenteinfinita. En 1785, Johann Christian Adelung (autorprolífico, lingüista, y bibliotecario jefe de la Bibli o-teca Real de Dresde) publicó en forma anónima suGeschichte der menschlichen Narrheit. Esta enorme obra

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estaba compuesta por siete volúmenes, pero su t í-tulo fue un error, pues poco tenía que ver con lahistoria. Era simplemente una colección de biogr a-fías: vidas de alquimistas, impostores y fanáticosreligiosos. De ellos, sólo unos pocos eran exp o-nentes o explotadores de la estupidez.

Sebastián Brant, hijo de un pobre tabernero deEstrasburgo, educado en los principios del hum a-nismo en la Universidad de Basilea, publicó en 1494su brillante Barco de los Necios. A bordo de esta nota-ble nave, dirigida a Narragonia, viajaba una cole c-ción sumamente variada de tontos, descritos en 112capítulos distintos, escritos en pareados rimados.Con el título The Shyp of Folys fue traducido porAlexander Barclay, el sacerdote y poeta escocés,aproximadamente catorce años después de la ed i-ción original, y difundió en toda Europa la fama deBrant. Digamos de pasada que Barclay agregó ba s-tante al original. Brant tenía un robusto sentido delhumor, y él mismo se puso a la cabeza de la “tropade necios”, porque poseía tantos libros inútiles que“no leía ni entendía”. En El barco de los necios el sen-tido humanista se combinaba con un espíritu rea l-mente poético y agudo, y podemos afirmar que, conligeras modificaciones de forma, la mayoría de los

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necios de Brant siguen a nuestro lado.Thomas Murner, continuador e imitador de

Brant, se educó en Estrasburgo, fue ordenado s a-cerdote a los diecinueve años, y viajó mucho; est u-dió en las universidades de París, Freiburg, Colonia,Rostock, Praga, Viena y Cracovia. Su Conspiración delos Necios y La Hermandad de los Picaros revelaron másingenio y una verba más franca y cruel que el ataquerelativamente suave que Brant llevó contra la est u-pidez. Clérigos, monjes y monjas, barones saltead o-res y ricos mercaderes, reciben todos implacablecastigo; se presiente en Murner una conciencia s o-cial muy avanzada con respecto a su tiempo (au n-que su vida personal poco armonizó con susprincipios).

En esta incompleta lista de exploradores de lahumana estupidez, he dejado para el final al másgrande de ellos. El Elogio de la locura de Erasmo deRotterdam es la más aguda sátira y el más profundoanálisis de la tontería humana. En la epístola de i n-troducción, dirigida a Tomás Moro, el autor nosexplica cómo compuso su libro, durante sus “últ i-mos viajes de Italia a Inglaterra”. Una atractiva im a-gen: el rollizo holandés, que avanzaba al trote cortode su cabalgadura, deja atrás el mediodía abundoso

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y claro, y se acerca al septentrión turbulento y hel a-do, cavilando sobre la eterna estupidez de la hum a-nidad, a la que nunca odió, y por el contrariocompadeció y comprendió perfectamente.

“Supuse que este juego de mi imaginación teagradaría más que a nadie, ya que sueles gustar m u-cho de este género de bromas, que no carecen, a mientender, de saber ni de gusto, y que en la condiciónordinaria de la vida te comportas como Demócrito(...) Pues siempre será una injusticia que, recon o-ciéndose a todas las clases de la sociedad el derechoa divertirse no se consienta ningún solaz a los quese dedican al estudio; sobre todo si la chanza de s-cansa en un fondo serio y si está manejada de talsuerte que un lector que no sea completamente r o-mo saque de ella más fruto que de las severas y ap a-ratosas lucubraciones de ciertos escritores Y porconsiguiente, si alguno se considerase ofendido, o sila conciencia le acusa o, por lo menos, teme verseretratado en ella (...) el lector avisado comprenderádesde luego que nuestro ánimo ha sido más bienagradar que morder.”

He citado extensamente a Erasmo porque enestas pocas líneas de su carta de introducción secondensa casi todo el argumento de mi propio libro.

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Si yo fuera absolutamente honesto (pero ningúnautor puede serlo) aún reconocería que en las pág i-nas del Elogio de la locura todo está dicho con másbrillo, concisión e inteligencia que lo que jamás p o-dría atreverme a esperar de mi propia prosa. Sinembargo, como la humana estupidez se reproduce yflorece adoptando formas constantemente renov a-das, considero que siempre hay lugar para una nu e-va obra que describa y explore nuestra infinitalocura.

En cierto sentido, la estupidez es como la ele c-tricidad. El más moderno diccionario técnico dicede la electricidad que es “la manifestación de unaforma de la energía atribuida a la separación o m o-vimiento de ciertas partes constituyentes de unátomo, a las que se da el nombre de electrones.”

En otras palabras, no sabemos qué es realmentela electricidad. Y aunque suprimamos la palabrasubrayada, el resto no constituye una definición. Laelectricidad es la “manifestación” de algo. De modoque, al esquivar la definición de la estupidez- pues el“tenor” de Feldmann o el enfoque negativo de R i-chet no son, en realidad, una definición-seguimos elprecedente establecido por muchos sabios.

Cuando yo era niño, tenía un tutor privado ba s-

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tante excéntrico. No creía en la eficacia de la memo-rización de versos o de fechas; y poseía audacia s u-ficiente como para atreverse a obligar a su alumno aque hiciera trabajar su propia mente, independientey a menudo dolorosamente. Uno de los ejercicios delógica que me planteó consistía en establecer la rela-ción entre el sol y una variada colección de cosas:un vestido de seda, una moneda, una pieza escult ó-rica, el diario. No era muy difícil establecer vínculosmás o menos directos entre el centro de nuestragalaxia y todo lo que existe sobre la tierra. Y, nat u-ralmente, mi tutor trataba de demostrar que todo seorigina y tiene su centro en el sol, y que nada puededesarrollarse y sobrevivir sin él.

Si no podemos definir la estupidez (o si sóloformulamos una definición parcial), por lo menospodemos tratar de relacionar con ella la mayoría delas desgracias y debilidades humanas. Pues la est u-pidez es como una luz negra, que difunde la muerteen lugar de la vida, que esteriliza en lugar de fecu n-dar, que destruye en lugar de crear. Sus expresionesforman legión, y sus síntomas son infinitos. Aquísólo podremos describir sus formas principales, yrealizaremos el examen detallado del fenómeno enel cuerpo de este libro.

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El prejuicio constituye ciertamente una de lasformas más notables de la estupidez. Ranyard West,en su Psychology and World Order, resume perfect a-mente las características del fenómeno:

“El prejuicio humano es universal. Su fund a-mento es la humana necesidad de respeto. Son m u-chos los medios por los cuales la mente humanapuede esquivar los hechos; no existen, en cambio,recursos que permitan anular el deseo individual deaprobación. Los hombres y las mujeres necesitantener elevada opinión de sí mismos. Y con el fin dealcanzar este objetivo es preciso que nos disimul e-mos de mil modos distintos la realidad de los h e-chos. Negamos, olvidamos y justificamos nuestraspropias faltas y exageramos las faltas ajenas.”

Pero esto es sólo el fundamento del prejuicio. Si,por ejemplo, creemos que todos los franceses sonlibertinos, todos los negros negados mentales, y t o-dos los judíos usureros, sólo de un modo vago eindefinido podemos atribuir estas posturas al “d e-seo de autorrespeto”. Después de todo, es posibletener elevada opinión de nosotros mismos sin r e-bajar al prójimo.

El prejuicio racial, quizás la forma más comúnde este matiz de la estupidez, es más o menos un i-

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versal. Así lo afirma G. M. Stratton en su Social Psy-chology of International Conduct (1929) y agrega que “escaracterístico de la naturaleza humana este tipo pa r-ticular de prejuicio”. Subraya, además, otros dosimportantes aspectos:

“A pesar de su universalidad, rara vez o nuncaes innato el prejuicio racial. No nace con el indiv i-duo. Los niños blancos, por ejemplo, no demue s-tran prejuicios contra los de color, o contra lasniñeras negras, hasta que los adultos se encargan deinfluirlos en ese sentido.”

(Concepto expresado con más concisión y belle-za por Oscar Hammerstein en la famosa canción deSouth Pacific: “Es necesario que te enseñen aodiar...”)

Finalmente, dice G. M. Stratton: “Este universaly adquirido prejuicio «racial», en realidad nada tienede racial. Puede observarse que no guarda relacióncon las características raciales; ni siquiera con lasdiferencias que existen entre diversos núcleos h u-manos, sino pura y exclusivamente con el sent i-miento de una amenaza colectiva... El llamadoprejuicio «racial» es en realidad una mera reacciónbiológica del grupo a una pérdida experimentada oinminente, una reacción que no es innata, sino fruto

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de la tradición, renovada por las vivencias de nu e-vos perjuicios sufridos.”

Por lo menos superficialmente esta explicaciónparece bastante razonable, y armoniza con la teoríadel doctor Feldmann, según la cual toda forma deestupidez es expresión de temor.

Pero quizás la cosa no sea tan sencilla. Pues si elprejuicio racial (expresión principal de esta formaparticular de imbecilidad) es simplemente asunto de“amenaza colectiva”, ¿cómo se explica que lo p a-dezcan personas que ni remotamente sufren laamenaza de negros, chinos o judíos? En cambio, laregla tiene gran número de excepciones allí donde laamenaza efectivamente existe... o por lo menos p a-rece existir. A pesar de las opiniones del eminenteseñor Stratton, creo que la actitud de los que alie n-tan prejuicios raciales o de cualquier otra naturaleza,presupone una condición mental a la que debemosdenominar estupidez, aunque sólo sea por falta depalabra más apropiada. No es innata- en esto p o-demos coincidir con el autor de Social Psychology ofInternational Conduct- y no es natural. Pero aunqueningún individuo se halle completamente liberadode prejuicios, el efecto de sus prejuicios sobre susactos lo convierte en estúpido reaccionario o hace

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de él un ser humano equilibrado. En otras palabras,el hombre discreto o inteligente podrá sublimar osuperar sus prejuicios; el estúpido, será inevitabl e-mente presa de ellos.

En términos generales, el prejuicio es ente pas i-vo. Quizás odiemos a todos los galeses, pero ello nosignifica que saldremos a la calle y acometeremos apuñetazos al primero de ellos que encontremos...aunque estuviéramos seguros de hacerlo con imp u-nidad. En cambio, la intolerancia es casi siempreactiva. El prejuicio es un motivo; la intolerancia esuna fuerza propulsora. No fue prejuicio lo que i m-pulsó a las diversas iglesias cristianas a exterminarsemutuamente los fieles; fue la intolerancia. Aquí,naturalmente, la historia es depositaria de anchaveta de estupidez. El hombre de prejuicios podránegarse a vivir entre irlandeses o japoneses; el int o-lerante negará que los irlandeses o los japonesestengan siquiera derecho a vivir. A menudo ambasformas de estupidez coexisten, o una de ellas d e-termina el desarrollo de la otra. El hombre de pr e-juicios quizás se rehúse a enviar sus niños a escuelasabiertas a alumnos de cualquier raza; el intolerantehará cuanto esté a su alcance para suprimirlas.

En los capítulos que siguen expondré muchís i-

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mos casos de prejuicio y de intolerancia; la ilustr a-ción histórica será harto más efectiva que cualquierteorización para demostrar la relación directa queexiste entre la estupidez y el terrible precio que lahumanidad debe pagar por sus prejuicios y sus a c-titudes de intolerancia.

La ignorancia, ¿es otra forma de la estupidez?Desde cierto punto de vista, sí... del mismo modoque la fiebre es parte de la enfermedad, sin ser laenfermedad misma. Ya hemos demostrado que elignorante no es necesariamente estúpido, ni el est ú-pido es siempre ignorante. Pero ambas condicionesno pueden ser separadas absolutamente. A igualdadde posibilidades de educación, no es difícil determ i-nar la línea que separa a la estupidez de la ignora n-cia. El niño o el adulto estúpidos aprendendificultosamente conceptos útiles, aunque aprendande corrido versos en latín o las fechas de las batallas.Por consiguiente, la estupidez alimenta y presuponela ignorancia; la condición aguda se convierte encrónica.

Estas tres formas o manifestaciones de la est u-pidez no son sino las más universales o comunes.La fatuidad o locura, la inconsecuencia y el fanati s-mo podrían ser objeto de diagnóstico y descripción

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separados, como los ingredientes tóxicos de un v e-neno complejo.

Pero existen también formas de la estupidez quepertenecen a una profesión o a una clase: la estup i-dez del cirujano (tan cabalmente descrita en Doctor’sDilemmas, de Shaw) que sólo cree en su bisturí; laestupidez del político, que supone que sus propiaspromesas incumplidas se olvidan tan fácilmentecomo los votos que depositó durante las sesionesdel Parlamento o del Congreso; la estupidez del g e-neral, que siempre está librando “la penúltima gu e-rra”. Los ejemplos son infinitos. O la estupidez declase de la nobleza francesa antes de la Revolución;la estupidez suicida de gran parte de la historia e s-pañola, incapaz de reconciliarse con la realidad ocon el paso de las épocas, la estupidez de los efendisárabes, en su cerril egoísmo y en la traición a loshumildes fellahin; la estupidez de los reaccionarios yde los anticuados, que impulsan la clandestinidaddel vicio, en lugar de intentar su cura... Sí, la lista esinterminable.

Todo esto poco importaría si el estúpido sólopudiera perjudicarse a sí mismo. Pero la estupidezes el arma humana más letal, la más devastadoraepidemia, el más costoso lujo.

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El costo de la estupidez es incalculable. Loshistoriadores hablan de cielos, de la cultura de laspirámides y de la decadencia de Occidente. Tratande ajustar a ciertas pautas los hechos amorfos, oniegan todo sentido y propósito al mundo y al d e-venir nacional. Pero no es barata simplificaciónafirmar que las diversas formas de la estupidez hancostado a la humanidad más que todas las guerras,pestes y revoluciones.

En los últimos años, los historiadores han c o-menzado a convenir en la idea de que el principiode las desgracias y de la decadencia de España debeubicarse en el período inmediato al descubrimientode América. Naturalmente, el descubrimiento no esla causa directa de esa decadencia (aunque don Sa l-vador de Madariaga ha desarrollado en ingeniosoensayo las buenas razones por las cuales EspañaNO debía haber respaldado la empresa de Colón),sino la estupidez de la codicia; es decir, la codiciadel metal áureo. El examen atento del problemademuestra que la riqueza que España extrajo de P e-rú o de Méjico costó por lo menos diez veces másen vidas, y descalabró no sólo la economía españolasino también la europea. Este sentimiento de cod i-cia es anterior a España, y no ha desaparecido en los

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tiempos modernos. Hoy día, en que la mayor partedel oro mundial está guardado en los sótanos deFort Knox, continuamos sufriendo el influjo delmetal amarillo.

¿A cuántas familias, a cuántos individuos arru i-nó la estupidez del ansia de títulos, condecoracionesy ceremonias? En Versalles, en Viena o en El Esc o-rial, ¿cuántos nobles hipotecaron sus propiedades yarruinaron el futuro de sus familias para gozar delfavor del soberano? ¿Cuánto ingenio, esfuerzo ydinero se invirtió en la tarea de alcanzar esta oaquella distinción? ¿Cuántas obras maestras qued a-ron sin escribir mientras sus posibles autores hacíanlas visitas que son requisito de la elección a la Ac a-demia Francesa? ¿Cuánto dinero fue a parar a lasarcas de los genealogistas para demostrar que tal ocual familia descendía de Hércules o del barónSmith?

Quizás la forma más costosa de estupidez es ladel papeleo. El costo es doble: la burocracia no s o-lamente absorbe parte de la fuerza útil de trabajo dela nación, sino que al mismo tiempo dificulta el tr a-bajo del sector no burocrático. Si se utilizara entextos escolares y libros de primeras letras un déc i-mo del papel que consumen los formularios, Libros

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Blancos y reglamentaciones, se acabaría para sie m-pre con el analfabetismo. Cuántas iniciativas fru s-tradas, cuántas relaciones humanas destruidas acausa de la “insolencia de los empleados”, a causadel desarrollo múltiple y parasitario del papeleo.

“La ley es el fundamento del mundo”, dice unaantigua saga. Pero también, y con mucha frecuencia,la ley ha hecho el papel del tonto. En nuestros días,un juicio consume quizás menos tiempo que en laépoca de Dickens, pero cuesta cinco veces más. Losabogados viven sobre todo gracias a la estupidez dela humanidad; pero ellos mismos impulsan el proce-so cuando ahogan en verborrea legal lo que es o b-vio, demoran lo deseable y frustran el espíritucreador.

¿Cuánto ha pagado la humanidad por la estup i-dez de la duda? Si hubiera sido posible introducirtodas las invenciones útiles e importantes sin nec e-sidad de luchar contra las argucias y la obstruccióndel escepticismo estúpido (pues también hay, nat u-ralmente, la duda sana y constructiva), habríamostenido una vacuna contra la viruela mucho antes deJenner, buques de vapor antes de Fulton y avionesdécadas antes de los hermanos Wright. A veces laestupidez de la codicia y la estupidez de la duda se

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combinan en impía alianza (como en los casos enque una gran empresa compra la patente de una i n-vención que amenaza su monopolio, y la archivadurante años, y quizás para siempre).

¿Y qué decir de la estupidez de la idolización delhéroe? Es el fundamento de todos los gobiernostotalitarios. Ninguna nación, ni siquiera los alem a-nes, experimentan amor por la tiranía y la opresión.Pero cuando la estupidez del instinto gregario i n-fecta la política, cuando la locura del masoquismonacional se generaliza, surgen los Hitler, los Muss o-lini y los Stalin. Y quien crea que esto último con s-tituye una simplificación excesiva del problema, quelea unas pocas páginas de Mein Kampf; que estudielos discursos de Mussolini o las declaraciones deStalin.

No hay una sola línea que sea aceptable para lainteligencia o el cerebro normal. La mayoría de losconceptos son tan absurda tontería, que incluso unniño de diez años podría advertir la falsa lógica y laabsoluta vaciedad.

Y sin embargo, ha sido y es el alimento diario demillones de seres humanos. Han creído, durantevariables períodos de tiempo, que los cañones sonmejores que la manteca, que cierto árido desierto

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africano podía resolver el problema de la sobrep o-blación italiana, y que es provechoso al proletariadotrabajar en beneficio de un imperialismo burocrát i-co que se oculta tras la barba de Carlos Marx.

¿Es necesario siquiera aludir al costo de esta e s-tupidez masiva? Quince millones de muertos en unasola guerra, y destrucciones que no podrán sercompensadas ni en un siglo. En toda Alemania,¿hubo alguien capaz de ponerse de pie para decirle aHitler que era simplemente un imbécil? Hubo qui e-nes lo calificaron de pillo, de loco, de soñador, (yalgunos hay que todavía lo creen un genio), pero laestupidez era lo suficientemente profunda comopara impedir que nadie hablara en voz alta. ¿Alguiense atrevió a decir a Mussolini que los italianos noestaban destinados a desempeñar el papel de nuevosromanos, y que un país podía prosperar sin neces i-dad de conquistas? Durante los últimos veinte añoshemos pagado el precio de ese silencio, y continu a-remos pagándolo durante las próximas dos gener a-ciones, y quizás durante más tiempo aún.

¿Cuál es el costo de la credulidad, de la superst i-ción, del prejuicio, de la ignorancia? Imposible p a-garlo ni con todo el oro del universo. ¿Cuántopagamos por las locuras del amor... o mejor dicho,

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por el gran número de imbecilidades que florecenalrededor del instinto amoroso? Olvídese por uninstante el aspecto moral, y piénsese en la frustr a-ción, la tortura, el poder destructivo de los amoresfracasados en el curso del tiempo. Por cada obramaestra de un amante afortunado, hubo un cent e-nar de vidas desgraciadas, un millar de amores in i-ciados promisoriamente pero interrumpidos muchoantes de su fin lógico.

Moliere y otros cien autores han zaherido almédico incapaz y estúpido, al farsante y al charlatán.Con todo el respeto que la noble profesión médicamerece, diré que estos tipos humanos siempre exi s-tieron y siempre existirán. ¡Cuántas muertes prov o-caron las “curas milagrosas”, cuántos cuerposarruinados por los “elixires”! Hoy más que nuncaflorece la fe ciega en las drogas “milagrosas” y en lasterapias mentales. La existencia de los falsos méd i-cos de la fe y de los anuncios en los diarios indios(en los que se ofrece curar, con el mismo producto,todas las enfermedades, desde los forúnculos a lalepra) demuestra que la estupidez humana no hacambiado.

Un tipo parecido de locura es el que hace laprosperidad del astrólogo y del palmista, del falso

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médium y del adivinador de la fortuna. Y cuando lasactividades de estos individuos sólo se reflejan enlas columnas de los diarios y en las ferias campes i-nas, podemos sonreír con tolerancia. Pero toda laestupidez y la superstición relacionada con la inútilbúsqueda de medios que permitan al hombre pen e-trar el misterio de su propio futuro, y vincular consus propias y minúsculas preocupaciones los mov i-mientos de las estrellas, toda esta extraña mezcla deseudo ciencia y pura charlatanería ha provocadotragedias y desastres suficientes como para llegar ala conclusión de que su costo es uno de los más ele-vados en el balance final de la estupidez humana.De esto último hay sólo un paso a la recurrentehisteria masiva sobre el fin del mundo, proclamadopara hoy o para mañana. Quizás el agricultor ya nodescuida sus campos, ni el artesano su banco detrabajo, como ocurría en siglos pasados, pero elplato volador, los ensueños alimentados por el g é-nero de la ciencia ficción, y las manías religiosas yde otro carácter promueven desastres periódicos.

Éstas son sólo unas pocas manifestaciones de laestupidez humana, pero su costo total en vidas y endinero alcanza cifras astronómicas. No pretendoinsinuar que haya muchas posibilidades de que el

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costo disminuya. Pero aunque poco nos aprovech a-rá para el futuro, deberíamos por lo menos no fo r-jarnos ilusiones con respecto a nuestro pasado y anuestro presente. Desde el principio del mundohemos pagado el precio de nuestra estupidez, ycontinuaremos haciéndolo hasta que eliminemos,mediante explosiones, toda forma de vida de la s u-perficie de la tierra...

Este libro intenta presentar por lo menos lasprincipales facetas de la estupidez a lo largo del d e-sarrollo histórico y en nuestros propios días. Noabriga la intención de deducir moralejas, y ni siqui e-ra de sugerir remedios. Si bien es cierto que en GranBretaña a veces se condena a los delincuentes h a-bituales a períodos de “educación correctiva”, a n a-die se le ha ocurrido todavía obligar a los estúpidosa someterse a un curso de sabiduría, ni ha intentadosuministrarles un mínimo de inteligencia. Gastamosmillones en la fabricación de bombas atómicas, peroen todo el mundo los maestros son los trabajadoresintelectuales peor pagados. La conclusión que detodo ello puede extraerse es tan obvia, que creemosmejor dejar que el lector llegue a ella por sí mismo.

Entre las dos guerras en Europa Central existióun insulto favorito, que adoptaba la forma de una

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pregunta. Solía preguntarse: “Dígame... ¿duele serestúpido?” Desgraciadamente, no duele. Si la est u-pidez se pareciera al dolor de muelas, ya se habríabuscado hace mucho lo solución del problema.Aunque, a decir verdad, la estupidez duele... sóloque rara vez le duele al estúpido.

Y ésta es la tragedia del mundo y el tema de estaobra.

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II

LA VORACIDAD DE MIDAS

1.

Antes de la Primera Guerra Mundial las islasPalau (anteriormente Pelew) pertenecían a Alem a-nia, que en 1899 las habla comprado a España. Lue-go, en 1918, se convirtieron en mandato japonés.Con desprecio de la obligación impuesta por la Ligade las Naciones, el Japón las convirtió en bases fo r-tificadas, que le fueron muy útiles durante la Segu n-da Guerra Mundial. Las islas Palau fueronescenarios de los más sangrientos combates libradosen el Pacífico, y la isla central, la de Yap, adquiriónotoriedad en la historia de la guerra. Actualmentetodo el grupo de islas se encuentra en manos no r-

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teamericanas.Pero mucho antes de los alemanes, los japon e-

ses o los norteamericanos, Yap era famosa porcierta particularidad: su moneda. Aunque inocentesy primitivos, los nativos de bronceada piel conocíanla institución del dinero. El único inconveniente eraque Yap carecía absolutamente de metales; y si bienhabía abundancia de conchas, frutos y dientes deanimales, los habitantes de Yap llegaron a la conclu-sión de que un sistema monetario fundado en estosobjetos tan comunes carecería de la estabilidad n e-cesaria. Era preciso hallar un material tipo que p o-seyera auténtico valor intrínseco.

En definitiva eligieron el producto de una islasituada a doscientas millas de distancia: las piedrasde una gran cantera, un material perfecto para lafabricación de ruedas de molino. La isla estaba agran distancia; extraer y dar forma a las piedras i m-plicaba considerable esfuerzo. Por consiguiente, sedijeron los habitantes de Yap, habían hallado lamoneda perfecta.

Una piedra redonda y chata de aproximad a-mente un pie de diámetro correspondía más o m e-nos a media corona o a un dólar de plata. Si se laperforaba en el centro, se podía pasar un palo por el

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agujero, y llevarla al mercado... aunque el portadorno pudiera caminar muy erecto. Cuanto más grandela piedra, mayor su valor. La enorme piedra de m o-lino de doce pies de diámetro era el equivalente deun billete de mil dólares; y el agujero practicado enel centro podía dar cabida al jefe indígena más co r-pulento.

Pero, ¿cómo se utilizaba esta moneda? ¿Era pr e-ciso trasladar estas piedras, cuyo peso era de variastoneladas, cada vez que se compraba o vendía algo?El pueblo de Yap era demasiado inteligente paraacometer tan pesada tarea. Se dejaban las piedras enel sitio original, en el jardín o en el patio del primerpropietario; adquirían la condición de propiedadinmueble, y se las transfería sencillamente a nombredel nuevo propietario. El pueblo de Yap carece delenguaje escrito, de modo que el convenio era p u-ramente verbal; pero era respetado más fielmenteque un documento de cincuenta páginas redactadopor un regimiento de abogados. En Yap había m u-chos hombres adinerados cuya “riqueza” se hallabadispersa por toda la isla. Naturalmente, tenían der e-cho a visitar su propiedad, a inspeccionarla, a se n-tarse en el agujero central y a satisfacer su orgullo depropietarios. Y en este orgullo se complacían tanto

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como el avaro que recuenta su dinero o el accionistaque corta sus cupones.

Pero la historia no acaba aquí. Yap sufre a m e-nudo tifones tropicales. Tampoco son raros los m a-remotos. A veces se descargaban con enormeviolencia, y las grandes piedras iban a parar a laslagunas. Una vez superado el difícil momento, repa-radas las chozas y enterrados los muertos, los nat i-vos se dedicaban a buscar el dinero que habíanperdido. Lo hallaban en el fondo de los lagos, cl a-ramente visible gracias a la transparencia de lasaguas.

Pero, establecida la ubicación de las piedras, anadie se le pasaba por la cabeza la idea de rescata r-las. Hubiera sido tarea muy difícil; sea como fuerejamás se realizó el intento. El dinero, la riqueza e s-taba allí; ni el prestigio familiar ni la situación ind i-vidual sufrían porque esa riqueza estuvierasumergida en una o dos brazas de agua.

Actualmente, del 75 al 80 por ciento del oromundial está en Fort Knox, Kentucky. Se han di s-puesto complicadas precauciones contra la posibil i-dad de ataque atómico. Basta mover una o dospalancas para inundar los depósitos. Pero aunque eloro está en depósitos subterráneos, y fácilmente

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podría quedar sumergido, el valor de la monedanorteamericana no se ha visto afectado en lo másmínimo.

El dólar es siempre el “todopoderoso dólar”,porque la gente sabe que el oro está allí. Y lo mismopuede decirse de todos los países que todavía seajustan al patrón oro. ¿Hay tanta diferencia entre eloro de Fort Knox y las ruedas de molino de Yap?

2.

La historia del oro es la historia de la human i-dad. Es también un importante ingrediente de lareligión, desde el becerro de oro a las estatuas dor a-das cubiertas de joyas de las madonnas y de lossantos. La Edad Media sombría y rígida personificóla idea del oro en el judío del ghetto, ser despreci a-do, a menudo maltratado y cuya condición era s e-mejante a la de un paria; un ser, en fin, excluido dela comunidad, a quien los pintores flamencos delsiglo XV reflejaron con ingenuo y venenoso odio.En aquellos siglos de tosquedad y rudeza el pueblosentía supersticioso temor del oro y de su ocultopoder; los alambiques de los alquimistas eran in s-

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trumentos de Satán. No existía auténtica compre n-sión del valor del oro; se lo condenaba a la esteril i-dad, y apenas intentaba multiplicarse y florecer, selo perseguía con el hierro y el fuego.

Las primeras transacciones bancarias revistieron,a los ojos del hombre medieval, el carácter de magiapura, y los misterios del capital provocaron en él lamisma inquietud que los fenómenos de cierta pel i-grosa alquimia. En aquella limitada edad del hierro,los judíos fueron los únicos poseedores del secretoáureo. Con la mágica llave del crédito abrieron losbazares de Oriente, y con las fórmulas de su álgebradorada descifraron los misterios de la humanidad.Entre las poderosas murallas urbanas se levantaba elghetto, sombrío, ominoso y extraño, con sus calles ypasajes estrechos y sinuosos; era como la montañamagnética de las Mil y Una Noches, que atraía haciasí a las naves. Del mismo modo, el ghetto acumul a-ba los tesoros áureos por conducto de invisiblescanales.

El orgulloso caballero golpeaba en medio de lanoche a la puerta del ghetto, tras de la cual los p a-rias del oro guardaban sus tesoros; un hombre deturbante de patriarca y oscuro caftán que le otorg a-ba apariencia sacerdotal, abría la puerta, lenta y

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cautelosamente. Era “Nataniel”, el mismo que, s e-gún aseguraban los gentiles, escupía sobre la sagradahostia y crucificaba niños en Viernes Santo. Sin em-bargo, los gentiles acudían a “Nataniel”... porquenecesitaban oro. Dentro de la casa, las sucias par e-des exteriores se convertían en desconcertante e s-pectáculo de belleza y esplendor. Ricas telas y vasosbrillantes del Asia fabulosa, incienso indio, pesadassedas... Detrás de las cortinas bordadas de extrañabelleza, pálidas mujeres de grandes y húmedos ojosnegros contemplaban al caballero que hipotecaba sutierra y su castillo por unas cuantas piezas de oro.

Los reyes hacían lo mismo: primero tomabanprestado de los judíos, luego los nombraban tesor e-ros y recaudadores de impuestos. Samuel Levi, teso-rero del rey Pedro de Castilla, fue un mago de lasfinanzas. “Un hombre amable y sereno”, dice elcronista, “a quien el Rey mandaba buscar cuandonecesitaba dinero. Graciosamente, lo llamaba DonSamuel. Y entonces se ideaba el nuevo impuesto.”En Francia, los judíos fueron precoces adeptos delnuevo arte. Después que se los expulsó, NicholasFlamel amasó una gran riqueza mediante especul a-ciones con la propiedad judía. Fue su sucesor J a-cques Coeur, en un período de dura prueba para el

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país. Organizó el comercio levantino, explotó lasminas e inventó la ciencia de la estadística; creó elsistema impositivo y aprovechó las más ricas fue n-tes financieras en beneficio de su país. Francia e x-propió la riqueza de este genio económico y lopremió desterrándolo; murió en una isla griega, p o-bre y olvidado.

Con el tiempo, el maltratado “prestamista” seconvirtió en el respetado y poderoso banquero. Losmonarcas participaron en el negocio: Luis XI enFrancia, Enrique VII en Inglaterra, Fernando V enEspaña y el emperador Carlos V en todo el mundo.Poco a poco también los gentiles conocieron lossecretos del oro. Italia dio el ejemplo; los banqueroslombardos se convirtieron en el arquetipo repr e-sentado otrora por los judíos. El comercio, la banca,la especulación todo lo que había sido condenado ydespreciado, se desarrolló con extraordinaria po m-pa. En las pequeñas repúblicas se abrieron casas decambio; a veces los hijos de los banqueros compr a-ban con su oro la mano de princesas reales. Lasbanderas comerciales compitieron con las enseñasnacionales, y desde sus lagunas Venecia se elevó alas alturas del esplendor oriental. En sus Nozze diCana, Paolo Veronese presenta a estos principescos

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mercaderes, tipos sensuales, pero sin la debilidadoriental, huéspedes de monarcas. Todos ellos (losduques de Medici, los despóticos Sforza, que pag a-ron el rescate de Francisco I, y los genoveses quefundaron Galatz, sobre el Danubio, una casa decambio en el corazón mismo del Islam) comenz a-ron con los métodos y con el oro de los judíos. Eloro produjo milagros y creó el Renacimiento; y elmetal en bruto, adquirido por los comerciantes, sepurificó en la retorta del arte para transformarse enlas obras maestras de Cellini y D'Arfé.

En esa época Italia dio vida a la deslumbranteescena de la segunda parte del Fausto de Goethe, enla que el dios de la riqueza ya no es un ser ciego ymaltrecho, como en las sátiras de Luciano y deAristófanes, sino más bien un individuo de maje s-tuosa belleza, de apariencia divina, reclinado en c a-rro triunfal, que saluda con mano esbelta cargada deanillos. Y con cada una de sus graciosas bendici o-nes, como en un cuento de hadas, llueven de loscielos gotas de diamante.

Y luego, Alemania, y el siglo de los Fugger. Lascomplejas operaciones bancarias pusieron fin a laépoca de la caballería, que había cobrado caracteresextremos. Mammón puso su planta victoriosa sobre

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el cuello de San Miguel. “En Augsburgo tengo untejedor que podría comprar fácilmente todo esto”,dijo desdeñosamente en París el emperador Carloscuando le mostraron las joyas de la corona. Si seestudian en Munich los retratos que pintó Holbeinde Antón Fugger y de su familia, pronto se adviertela presencia de una dinastía. El padre, en su ch a-queta ribeteada de piel, parece un monarca nórdico,con su cabeza orgullosa y la expresión de quien ti e-ne conciencia de su propio poder. En el otro cuadroestán arrodillados sus hijos, quienes sostienen ros a-rios en las manos; los niños, rígidos y precozmentegraves, como príncipes españoles, y las mujeres enactitud de elegante devoción, plenamente con s-cientes de que podrían levantar una iglesia para susanto patrón cuando se les antojara. La Madonnaaparece gentil y sonriente... sobre un fondo de oro.Frente a los retratos de Holbein hay dos caballerosde Durero. Han desmontado y tienen aire sombríoy contristado. Parecen mortalmente cansados yagobiados de preocupaciones, como si dijeran:“Malos son los tiempos...” En estas obras maestrashallamos expresado todo el sorprendente contrastedel siglo áureo: el ascenso del oro y la decadenciadel hierro.

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A medida que nos aproximamos a la época m o-derna, se acentúan el poder y la influencia del oro.En el siglo XVIII Inglaterra dejó de lado la armadu-ra del guerrero y vistió la chaqueta del empleado dela casa de cambio. La India, con todas sus maravillasy sus terrores, debió sufrir la conquista. Holanda seconvirtió en enorme astillero para sus mercaderes.Ambas naciones identificaron la política con el oro.El oro se convirtió en poder estatal, conquistador,soberano y civilizador... El príncipe de mercaderesque sube las escaleras de la Bolsa con un paraguasbajo el brazo, puede financiar al Gran Mogol, de s-tronar rajás y equipar ejércitos enteros. En las ofic i-nas revestidas de paneles de la Casa de la India sefusionan reinos lejanos y se trazan y borran lasfronteras de dominios fabulosos. El mercader quefuma su pipa de arcilla a la puerta de su oscura of i-cina de Ámsterdam llega a los mismos mercados; yaquí es un comerciante en pimienta, y allí un prínc i-pe... Ciertamente, estos hombres no inmovilizabansus capitales, y sea cual fuere la opinión que nosmerezcan a la luz de las modernas concepcioneseconómicas, en esta industriosa y tenaz adquisiciónde riqueza había cierta dramática grandeza que lospintores holandeses del siglo XVIII supieron expre-

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sar cabalmente en sus “cuadros de los mynheor”.En Francia el oro se convirtió relativamente ta r-

de en factor poderoso. Todo se resistía a su dom i-nio: la aristocracia, la moral, los prejuicios yespecialmente cierta repugnancia que caracterizó ala Edad Media francesa. El poder del oro se pers o-nificó en los traitants, a quienes la corona arrendabalos impuestos. En las comedias, estos vampiros eranfiguras cómicas; pero en la vida real su función ac a-rreaba resultados terriblemente trágicos. Eran ej e-cutores del fisco, y en el más cruel sentido de lapalabra. En su carácter de extorsionadores realescon patente, eran el terror de la gente a la que s a-queaban implacablemente, y a la que podían expr i-mir “hasta la última gota de sangre”. La riquezaescandalosa de estos individuos se tornó tan pr o-verbial como su extrema inmoralidad, y en ellos elpueblo odiaba a la más despreciable encarnación deloro. Mientras en Inglaterra, Holanda, Italia y Al e-mania se obligó al oro a trabajar y a producir, enFrancia permaneció estéril y aun hostil durante m u-cho tiempo. Adoptó la forma de capital y sólo creóprovocativas formas de lujo y de frivolidad.

Pero los financistas franceses eran como bec e-rros de oro a los que se engordaba para el sacrificio.

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Saint-Simon nos ofrece la horrible descripción deestos monopolistas del oro, en quienes la groseracodicia del procónsul se unía al piratesco espíritu deextorsión del sátrapa. “Le Roi veut” (El Rey lo quie-re) era la fórmula mágica de Voysin y de Desmaret.Sobre todo este último era un auténtico Ministro dela Usura; fue el mismo a quien Colbert sorprendióen delito de falsificación; después de varios años endesgracia retornó a la administración financiera ysentenció a Francia a la tortura de los “impuestosdel diezmo”. “Era oro”, dice Saint-Simon, “del quemanaba la sangre de los cuerpos torturados”.

Cuando Luis el Grande necesitaba dinero parasu Minotauro versallesco, los messieurs traitantseran los primeros hombres de Francia. Samuel Be r-nard, que se declaró en quiebra con deudas por cua-renta millones, y luego se elevó a las más altascumbres de la riqueza, se relacionó por vía matr i-monial con las antiguas familias de Molé y de Air e-poix, y cierto día la corte, petrificada, lo vio caminaral lado del Rey Sol por los senderos de los jardinesde Marly. Saint-Simon reflexiona sobre las humill a-ciones a que debían someterse aun los monarcasmás poderosos. Naturalmente, se relacionaban conel oro. Y sin embargo, entonces Francia exper i-

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mentaba aún general resentimiento con respecto alimplacable despotismo del oro; ¡no es difícil imag i-nar el efecto de la comedia de Moliére sobre lostensos y maltratados nervios de los contempor á-neos!

Al fin, la nobleza arruinada se sometió al poderdel oro. Cuando Madame de Grignan consintió enel matrimonio de su hijo con la heredera del “inte n-dente general” Saint Arman, acuñó la frase: “Detiempo en tiempo, aún la mejor tierra debe recibirabono fresco”. El conde de Evreux casó con la hijade Crozat, que le aportó una dote de dos millones, yademás veinte millones “para el futuro”; pero jamástocó ni siquiera un cabello de su esposa. Cuando seenriqueció gracias a la fantástica estafa de John Law,devolvió la dote y envió a la joven de regreso a lacasa del padre.

3.

Ni la luz deslumbrante del sol naciente, ni elbrillo enceguecedor del mediodía, ni el esplendordel atardecer, jamás podrían inspirar o inflamar laimaginación humana en la misma medida que el frío

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centelleo del oro. Es cierto que fue frecuente la ado-ración religiosa del sol, pero se trataba de un cultomerecido por esta divinidad honesta y fidedigna.Pues hasta ahora nunca ocurrió que el sol se pusierasin levantarse de nuevo. El mito de Ícaro advertía alos mortales de la conveniencia de no acercarse d e-masiado al astro, y la suerte de Faetón enseñaba queno debía jugarse con el tiempo, determinado por lamarcha del sol.

Pero piénsese en el oro, el más esquivo, el másvengativo, el más seductor de todos los dioses.Cuando no se lo busca, sus pepitas ruedan a los piesdel viajero, se acumulan en las orillas de los ríos, y elmetal revela sus ricas vetas al golpe casual de pico.Perseguido, centellea un instante, como una mujerjuguetona... y luego se oculta para siempre, sin dejarrastros. ¡Cuán a menudo un campo de oro se co n-vierte en zona estéril, desaparece el polvo de oro delos ríos, y en las anchas vetas de las minas el mineralse extingue súbitamente!

Mientras los españoles, obsesionados por la m a-nía del oro, perseguían los tesoros de los caciques,llegaron a California. Allí revisaron cada choza, cadaaldea, cada pueblo indígena... pero no hallaron oro.Sin embargo, les hubiera bastado inclinarse, pues las

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partículas de oro estaban bajo las plantas de suspies. Soñaban con el fabuloso Eldorado, y no sabíanque ya estaban en él. ¡Cómo habrá gozado el esp í-ritu del oro con la broma cruel que jugó a sus ad o-radores!

Los aventureros europeos en busca de tesorosrecorrieron durante trescientos años el suelo de C a-lifornia; pero a nadie se le ocurrió examinar lascentelleantes arenas de los arroyos, para comprobara qué obedecían los reflejos arrancados por la luzdel sol. En 1849, mientras se realizaban excavaci o-nes para echar los cimientos de un molino, algoatrajo la atención de James Wilson Marshall, el sociode John A. Sutter; y entonces comenzó la gran fi e-bre del oro. El oro había esperado tres siglos, eltiempo que la estupidez humana necesitó para verlo que estuvo siempre a la vista de todos.

El oro es un burlador, un bribón y un charlatán.Siempre logró fantástica publicidad, y lo rodearonmitos y leyendas que hallaron un público dispuestoy tontos a granel. Las antiguas crónicas abundan enrelatos sobre los sorprendentes milagros del oro; yalgunos de ellos han llegado hasta nuestros días.

Los centenares de toneladas del oro de Sal o-món, los tesoros de Midas y de Creso, las manzanas

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doradas de las Hespérides, el vellón de Jasón... heaquí un hilo brillante que recorre las páginas de losanales precristianos. La riqueza de Fenicia, decía elrumor, se fundaba en el oro recibido de Hispania.Afirmábase que las naves fenicias retornaban conanclas de oro puro de sus viajes a Occidente, pueshabían agotado las mercancías y debían canjear lasanclas de hierro por otras del precioso metal.

En el siglo I a.C. Diodorus Siculus explicó estaedad de oro española. Afirmó que los nativos nadasabían del oro y no le atribulan valor; pero que encierta ocasión había estallado en los Pirineos un p a-voroso incendio de bosques, y que las llamas habíandevastado regiones enteras, fundiendo el oro ocultoen las montañas, el cual entonces fluyó cuesta abajo,en forma de arroyos del metal, con gran desco n-cierto de los bárbaros, que lo contemplaban porprimera vez.

Pero los hombres estaban dispuestos a aceptarversiones más fantásticas aún. Muchos creían fi r-memente que los animales conocían también el v a-lor del metal más apreciado y codiciado por lahumanidad.

En su De Natura Animalium, Claudius Aelianus,el retórico romano que vivió tres o cuatrocientos

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años antes de Cristo, describió a los buitres que ani-daban entre las rocas estériles de Bactria. Con susgarras duras como el hierro, estas aves sagaces sepa-raban el oro del granito, y guardaban con celo ferozlos tesoros que reunían, por temor a la codicia delos humanos.

Plinio el Viejo se mostró escéptico con respectoa estos animales legendarios. Pero en cambio pr e-sentó en su Historia Naturalis como un “hecho cien-tífico” el caso de las hormigas recolectoras de oro:

“Son muy admiradas las antenas de hormigasindias conservadas en el Templo de Hércules, enEritrea. En la región septentrional de la India vivenhormigas del color de los gatos; su tamaño es elmismo del lobo egipcio. Extraen el oro de la tierra.Lo acumulan durante la estación de invierno; enverano se ocultan bajo tierra para huir del calor.Entonces los indios roban el oro. Pero deben actuarcon mucha rapidez, pues cuando huelen la presenciadel ser humano, las hormigas salen de sus agujeros,persiguen a los ladrones y, si los camellos de éstosno son suficientemente veloces, destrozan a los i n-trusos. Tal la velocidad y el ánimo feroz que el amoral oro despierta en estos animales.” ( Tanta pernicitasferitasque est cum amore auri. Historia Naturalis, XI,

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XXXXVI.)De acuerdo con Heródoto, algunas de estas

hormigas habían sido capturadas y se las manteníaen la corte del rey de Persia.

Estrabón agrega en su Geographia que se apelabaa un ardid especial para robar el oro de las horm i-gas: los ladrones esparcían polvo envenenado cercade las madrigueras, y mientras los codiciosos an i-males se regodeaban con el cebo, se procedía a r e-coger rápidamente el oro. Estrabón cita a otrosautores, lo cual demuestra que los escritores ant i-guos no tenían la menor duda respecto de la real i-dad de estos extraños animales.

Sabemos que los eruditos de la Edad Mediaconsideraban casi sacrílega cualquier expresión deescepticismo con respecto a los autores antiguos.Era posible comentar sus obras, desarrollarlas... p e-ro no criticarlas. ¡No es de extrañar, entonces, que lahistoria de las hormigas recolectoras de oro se co n-virtiera en parte integrante del zoológico medieval!

Brunetto Latini, preceptor de Dante, miembroprominente del partido güelfo, después de diez añosde exilio en Francia ocupó el puesto de canciller deFlorencia. Escribió una enciclopedia en prosa , LiLivres dou Trésor, en el dialecto del norte de Francia.

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Fue impreso por primera vez en italiano el año1474, y hace menos de cien años se publicó unaedición en el dialecto francés original. Latini realizóun cabal resumen de todos los tesoros del conoc i-miento medieval. Redactó una enciclopedia en granescala: empieza con la creación del mundo y reúnetodos los materiales conocidos sobre geografía,ciencias naturales, astronomía... y aún política y m o-ral.

Las famosas hormigas fueron a refugiarse en elcapítulo sobre ciencias naturales. De acuerdo conLatini, los codiciosos animales acumulaban oro noen la India, sino en una de las islas etíopes. Quien seles aproximaba perecía. Pero los astutos moros h a-bían descubierto un hábil ardid que las despistaba.Tomaban una yegua madre, le aseguraban variossacos a los costados, remaban hasta las orillas de laisla, y desembarcaban a la yegua... sin el potrillo. Enla isla, la yegua hallaba bellos prados y pastaba hastala caída del sol. Entretanto, las hormigas veían lossacos, y comprendían la utilidad de los mismos c o-mo recipientes del oro. Prontamente se ocupabanen llenarlos con el metal precioso. A la caída del sol,los ingeniosos etíopes acertaban al potrillo hasta laorilla del agua, frente a la isla. El animal relinchaba

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quejosamente, llamando a la madre; y cuando éstaoía el llamado, corría hacia el agua, con los sacosllenos de oro, y cruzaba a nado hasta la orillaopuesta. “Et s’en vient corrant et batant outre, ettout l’or qui est en coffres”.

Saltemos tres siglos. Sebastián Munster, el te ó-logo y cosmógrafo, publicó en 1544 la primera de s-cripción detallada del mundo en lengua alemana, lallamada Cosmographia Universa. Aquí la hormiga bu s-cadora de oro aparece reproducida en un hermosograbado en cobre. La reproducción, un tanto prim i-tiva, le atribuye la misma forma de la hormiga c o-mún; sólo difiere en las proporciones,considerablemente mayores.

Pero no acaba aquí la historia de este insecto delarga memoria. Christophe De Thou, presidente delParlamento de París en la época de la matanza deSan Bartolomé y uno de los jefes del partido catól i-co (su hermano redactó el borrador del Edicto deNantes), relata que en 1559 el Cha de Persia enviórico conjunto de regalos al sultán Solimán, entreellos una hormiga india del tamaño de un perro deregulares proporciones, y que era un animal salvajey montaraz. (“Inter quae erat formica indica canismediocris magnitudine, animal mordax et saevum”.)

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Posteriormente, cuando los velados ojos de laciencia comenzaron a abrirse y a ver más clarame n-te, se realizaron algunas tentativas tendientes a e x-plicar el mito de la hormiga. De acuerdo con unateoría, la leyenda aludía realmente al zorro siberiano,de costumbres parecidas a las del topo. Ahora bien,los hombres sabios llegaron a la conclusión de que,puesto que el zorro es animal astuto, si excavabaprofundas cuevas en las montañas, seguramente nolo hacía por mera diversión... sin duda buscaba eloro de las vetas subterráneas. Pero se trata de unateoría de escaso fundamento, lo mismo que la queafirma la posibilidad de que otrora hayan existidohormigas gigantes (recuérdense las mutaciones r a-diactivas de cierta película de ciencia ficción) lascuales se habrían extinguido, como ocurrió a tantosotros animales históricos.

Es posible que la leyenda de la hormiga giganteadmita una explicación más realista. Alguien habrácomparado el trabajo de los mineros que perforanlas vetas subterráneas con la actividad de las horm i-gas. La comparación era adecuada y al mismo tie m-po atractiva. Pasó de boca en boca. Y bien sabemoscuál puede ser la suerte de los hechos sometidos aese tratamiento. Se agregaron circunstancias, se

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bordaron detalles; algún aficionado a la murmur a-ción quiso provocar verdadera sensación en susoyentes; finalmente, la materia prima del rumor ll e-gó a manos “profesionales”, que le infundieronforma de estupidez duradera y casi inmortal.

4.

Hace algunos años los periódicos publicaronuna nueva teoría sobre el núcleo interior de nuestroplaneta. Un erudito profesor había descubierto queno estaba formado de níquel ni de hierro, sino... ¡deoro! Su teoría se fundaba en la deducción de que,cuando los elementos líquidos que constituían lamasa de la tierra comenzaron a solidificarse, losmetales más pesados empezaron a hundirse, mie n-tras que se elevaban en “burbujas” los componentesmás livianos. Por consiguiente, allí se encuentra t o-do el oro que el hombre pudiera desear... suponie n-do que pueda llegar al centro de la tierra.

Hoy día adoptamos una actitud un poco cínicacon respecto a estas teorías y descubrimientos. Perosi la misma teoría hubiese sido revelada en la ant i-güedad, la excitación habría sido tremenda, y miles

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de individuos hubiesen comenzado a excavar la ti e-rra, en busca de la gigantesca pepita de oro. Otrora,las leyendas de las minas de oro de Ofir- los tesorosde Eldorado- no fueron sueños afiebrados, sino tra-diciones aceptadas.

De todas las leyendas sobre el tema, la más ant i-gua y firmemente arraigada fue el misterio de Ofir.

En el capítulo noveno del Primer Libro de losReyes se lee:

“E Hiram envió con la armada a sus servidores,marineros que conocían el mar, junto con los serv i-dores de Salomón. Y llegaron a Ofir, y allí recogi e-ron oro, cuatrocientos veinte talentos, y lo llevaronal rey Salomón.”

Pocos pasajes de la Biblia provocaron tantasdiscusiones, tantos sufrimientos y derramamientode sangre como estas pocas líneas.

En el original hebreo del Antiguo Testamento lapalabra no es “talentos” sino kikkar. En su obrasobre Ofir, A. Soetbeer dice que un kikkar equivalea 42.6 kilogramos (aproximadamente 93 libras). Porlo tanto, la flota llevaba una carga de aproximad a-mente 17.892 kilogramos.

El Antiguo Testamento trae otras pocas ref e-rencias al tráfico de oro, en las que se afirma que las

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naves de Salomón y de su aliado, Hiram de Tiro,visitaban Ofir una vez cada tres años y siempre r e-tornaban completamente cargadas.

Aquí está, por lo tanto, la fuente del trono áureode Salomón, de sus quinientos escudos de oro, desus vasos y de otros muchos fabulosos tesoros, tanadmirados por la Reina de Saba después de su largoviaje a Jerusalén.

Pero, de pronto, la Biblia enmudece. Nunca másse menciona a Ofir. Las breves referencias no traenninguna indicación de la ubicación probable de lamisteriosa Ofir. Una breve nota al pie en The Bible ofToday (publicada en 1941) refleja las teorías antag ó-nicas. Dice así: “Ofir: quizás puerto del Golfo Pé r-sico. Algunos afirman que se hallaba en la costa deÁfrica; otros, en la costa de la India.”

¡Ciertamente, hay para elegir! Sin embargo, p o-cos problemas bíblicos han fascinado tanto a lahumanidad, en el trascurso de los siglos, como laubicación de las “minas del rey Salomón”.

El problema de Ofir consumió montañas de p a-pel y ríos de tinta. Y para resolver la cuestión fuerongastados buen número de kikkars en impresiones dela más diversa índole.

Al principio, todos estos esfuerzos fueron real i-

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zados en gabinetes de estudio, sobre las mesas detrabajo de exploradores puramente teóricos. Losfilólogos buscaron nombres geográficos de sonidoo escritura semejante. Cuando aparecía alguno quesatisfacía todos los requerimientos, se anunciaba eldescubrimiento de Ofir. El término árabe Dopharatrajo la atención hacia Arabia; el nombre de la tribuabhira la llevó a la costa de la India. Alguien dio conun fragmento de la Biblia en el que se aludía al “orode Parvaim” (en el Libro Segundo de las Crónicas,donde se describe el oro utilizado en la constru c-ción del templo). De modo que los eruditos llegarona la conclusión de que Ofir estaba obviamente en...¡Perú! Sin embargo, “Parvaim” quería decir “regi o-nes orientales”. La expresión aludía al “oro de lasregiones orientales”, el oro más fino que se conocía.

Quienes identificaban el nombre bíblico con elterritorio africano estaban más cerca de la solucióndel misterio. Pero todo esto no era otra cosa que elfútil pasatiempo de los teorizadores. La investig a-ción cobró caracteres más serios y prácticos cuandolos exploradores comenzaron a recorrer las regionesdesconocidas de África.

La mayor sorpresa (y el indicio más promisorio)se halló en el África Oriental Portuguesa, cerca de la

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actual Sophala. El nombre mismo resultaba inter e-sante, pues algunas traducciones de la Biblia llamanZophora a Ofir. La sensación fue mayor aún cua n-do se descubrieron antiguas minas de oro, aprox i-madamente a doscientas millas de la costa. Sobre laruta que lleva a dichas minas, cerca de la modernaZimbabwe (en Rhodesia) se hallaron las ruinas deun templo que mostraba indicios de la artesanía f e-nicia... el país del rey Hiram.

Y así fueron halladas las minas del rey Salomón.Pero, ¿se trataba realmente de ellas?

Los modernos exploradores de Ofir se mostr a-ron escépticos. Era imposible, dijeron, que los j u-díos y los fenicios (que nada sabían de minería)hubieran creado una organización capaz de producirsemejantes cantidades de oro. Tampoco era prob a-ble que hubiesen podido transportar el oro atrav e-sando doscientas millas de jungla africana, endirección a la costa. Si el oro habla sido extraído allí,sólo los nativos podían haberlo hecho.

Muy bien, replicaron los hombres que creían enla existencia de Ofir. Probablemente Salomón e H i-ram habían conseguido el oro mediante transacci o-nes comerciales.

Los escépticos menearon nuevamente la cabeza.

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Fenicia era un país consagrado al comercio. ¿Paraqué necesitaba el rey Hiram asociarse con Salomón,cuando muy bien podía encarar solo el asunto? ¡S o-bre todo si se tiene en cuenta que debía aportar elcapital más valioso, los expertos hombres de mar!

Aparentemente, la investigación del caso de Ofirhabía llegado a un punto muerto.

Aquí, Karl Nieburr, el eminente historiador,aportó una hábil interpretación. La Biblia afirmaque la flota judeofenicia llevaba no sólo oro, sinotambién animales raros. Tukkivim , dice el texto h e-breo: pavos reales, avestruces y otros semejantes.De acuerdo con Nieburr, se trata de un error delcopista. La palabra correcta no es tukkivim, sinosukivim... es decir, esclavos.

En su interesante obra Von rätselhaften Landern(Las tierras misteriosas), Richard Hennig reconstr u-ye toda la historia a partir de este error. (El libro fuepublicado en 1925 en Munich e incluye una detall a-da bibliografía de la literatura sobre el caso de Ofir).Afirma el autor que Salomón y su socio no teníanminas cerca de Sophala, ni iban allí para comerciar.Simplemente, se trataba de campañas bien organ i-zadas de piratería. El rey Hiram sabía bien lo quehacia. Su nación era un país de comerciantes y de

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marinos. Durante sus viajes descubrieron Sophala,el país del oro; pero el comercio, el intercambio demercancías, aparentemente no daba los resultadosapetecidos. El áureo tesoro de los nativos debía serobtenido por otros medios. El rey Salomón disp o-nía de un ejército bien adiestrado. Por lo tanto, S a-lomón suministró los soldados, y el rey Hiram laarmada. Unidos, ambos monarcas lograron abrir lasvetas doradas de Ofir.

La discusión sobre Ofir, que se desarrolló a lolargo de siglos, es ejemplo típico de la elaboraciónde una teoría sobre la base de hechos puramenteimaginarios; de la búsqueda de una región allí dondeno estaba. Pero la manía del oro ha creado leyendasmás fantásticas aún.

5.

Perseguía al mundo antiguo la idea de que losmetales era entes orgánicos, que crecían y se des a-rrollaban como las plantas. Durante mucho tiempocirculó, atribuido a Aristóteles, un librito tituladoRelatos milagrosos. La obra era una falsificación,pero reflejaba las creencias de la época. Uno de los

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capítulos afirma que, si se entierra un trozo de oro,empieza a desarrollarse y finalmente brota del suelo.La ciencia natural del medioevo adoptó fielmente lapauta clásica y desarrolló aún más la teoría. Aquí yallá, decíase, hay en la tierra oro en estado blando,semilíquido. A veces ciertas plantas, especialmentela vid, hunden sus raíces en este oro blando y líqu i-do, y absorben el precioso metal. De modo que eloro se eleva por las ramas, pasa a las hojas y aún alfruto.

Peter Martyr (Pietro Martire Vermigli), a quienCranmer llevó a Londres, y que posteriormente fueprofesor de teología en Oxford, declaró que en E s-paña había muchos de estos árboles “bebedores deoro”. Cuando una princesa portuguesa se compr o-metió con un duque de Saboya, el novio envió a ladama regalos valuados en 120.000 táleros imperi a-les. La corte de Lisboa estaba flaca de dinero, y re s-pondió a tanta magnanimidad con varias“curiosidades raras”. Entre ellas se incluían: 1) docenegros de los cuales uno era rubio; 2) un gato dealgalia, vivo; 3) una gran plancha de oro puro; 4) unarbolito de finísimo oro... cultivado naturalmente.

La mayoría de los autores afirman que la vid esel vegetal más aficionado a la dieta áurea. En Fra n-

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cia, una vid de oro (con brotes del mismo metal),fue hallada en los viñedos de Saint Martin la Plaint.Fue enviada al rey Enrique IV, quien sin duda sesintió muy complacido de que sus deseos se vieransatisfechos con creces por el fecundo suelo francés.Los sabios alemanes escribieron eruditas disertaci o-nes sobre los “productos áureo” de los viñedos r e-nanos. En los viñedos cultivados a lo largo delDanubio, del Main y del Neckar aparecieron ta m-bién vástagos de oro, y luego hojas, y estas hojascontinuaron desarrollándose y floreciendo.

Pero la más famosa vid áurea fue descubierta enlos viñedos húngaros... o por lo menos eso creyeronlos contemporáneos. Inició la leyenda Marzio G a-leotto, en su colección de anécdotas consagradas almonarca húngaro Matthias Corvinus. “Mencionaréun hecho fabuloso y milagroso, el cual, según seafirma, no ocurrió en ningún otro país”, escribeGaleotto. “Pues aquí el oro crece en forma de vá s-tago, semejante a un cordel; a veces adopta la formade zarcillos, que envuelven el cuerpo de la viña, g e-neralmente de dos pulgadas de longitud, como loshemos visto a menudo. Dicen que con este oro n a-tural es fácil fabricar anillos pues no es tarea co m-plicada conseguir que el oro forme un círculo

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acomodado al grosor de nuestro dedo y que con s-tituyen excelente remedio para las torceduras. Yomismo tengo un anillo hecho con este tipo de oro”.

Y así comenzó la carrera legendaria del aurumvegetabile, el “oro que crece”.

Por lo demás, es absolutamente cierto que enlos viñedos húngaros se han hallado estos zarcillosde oro en forma de alambre espiralado.

Un médico alemán, E. W. Happel, reunió lasobservaciones contemporáneas en su libro: Relatio-nes Curiosae (1683, Hamburgo). Dos de los casoshabían ocurrido en Eperjes, en el norte de Hungría,y fueron informados por el doctor M. H. Francke s-tein, en larga carta a su amigo Sachs de Lewenheim,eminente médico de Breslau.

El viñador de un noble estaba descansando de s-pués del trabajo, y de pronto advirtió un resplandoramarillo en el suelo. Lo examinó con atención y h a-lló que estaba enterrado profundamente. Con grandificultad consiguió arrancar un buen trozo. Llevóel objeto al orfebre. “Es oro puro, y del más fino”,dijo el experto. Feliz, el viñador vendió su hallazgoy regresó al lugar donde se había producido el mil a-gro. Y ciertamente, el milagro hubo de repetirse: alcabo de pocos días, en el lugar del trozo arrancado

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apareció otro. La autenticidad del caso está demo s-trada por las actas de un juicio; pues el viñadorcontinuó llevando al orfebre los trozos de oro, hastaque al fin se difundió el rumor, y tanto el propiet a-rio del viñedo como el gobierno le iniciaron juiciopor haber iniciado la explotación del oro sin la d e-bida autorización.

Otro caso: el arado de un campesino trajo a lasuperficie una raíz de oro de pocas pulgadas de lon-gitud. El hombre no advirtió el valor del objeto, y lotransformó en pieza de arreo. En cierta ocasión,había llevado cierta cantidad de madera a la ciudadde Eperjes, y se detuvo frente a la casa del orfebre;éste vio la extraña pieza, y la compró por una nada.

Todavía en el siglo XVIII muchos eruditos c a-vilaban sobre el caso del “oro vegetal” de Hungría.En el verano de 1718 la conocida revista BreslauerSammlungen le consagró un extenso artículo; en 1726(volumen XXXVI) publicó un informe de Kesmark,ciudad de Alta Hungría. De acuerdo con el mismo,los cosechadores de la propiedad de Andras Po n-gracz, un noble húngaro, hallaron una pieza de buentamaño de “oro natural” que pusieron en manos delamo, como correspondía. Se estableció el valor deloro en 68 guldens. (En aquellos tiempos un marco

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de Colonia equivalía a 72 guldens. Por consiguiente,el oro hallado era mas o menos la misma cantidadcontenida en un marco de Colonia: es decir, 233,81gramos, alrededor de 8 onzas troy.)

Pero ni esto fue suficiente para la hambrientaimaginación de los buscadores de oro. Y otro de susalimentos fueron las uvas de oro. Son relativamentefrecuentes los informes que aluden a la existencia deuvas en cuyo interior hay oro.

Matthew Held, el médico de corte de SigmundRackoczi, príncipe de Transilvania, relata que en unbanquete celebrado en Sarospatak, la antigua ciudaduniversitaria del nordeste de Hungría, se sirvieron alprincipio uvas de piel dorada.

El príncipe Carlos Batthyany, famoso caballerode su época, presentó un racimo semejante a la e m-peratriz María Teresa. El hábil orfebre preparó unacaja de oro, y en su interior había un ciervo de oroque sostenía en la boca las uvas de oro. Después dela disolución de la monarquía dual, la caja fue rec u-perada por Hungría, y conservada en el Museo N a-cional de Budapest. Está clasificada con el nombrede “Caja Tokay”. El racimo se secó y descompuso,pero bajo la piel de las uvas había auténticos granosde oro. Naturalmente, habían sido introducidos allí

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por el hábil orfebre.La noticia de la fruta milagrosa se difundió por

doquier... y llegó a la lejana Inglaterra. StephenWeszpremi, médico de la ciudad húngara de Debre-cen, describió en 1773 el remate, durante sus añosde estudiante, de los efectos de Richard Mead, elmédico de la corte.

“Un lord inglés”, escribe Weszpremi, “hombremuy rico, compró a muy elevado precio un racimode uvas secas y encogidas. Se creía que provenían deHungría y contenían gran cantidad de granos amar i-llos que brillaban como oro”.

El rico par llevó el valioso racimo al profesorMorris, para que lo examinara. Weszpremi asistió alexperimento, que resultó desalentador. El supuestooro fue consumido por el fuego. “De modo que enbreve lapso el áureo racimo húngaro del lord inglésse convirtió en cenizas, juntamente con todas laslibras y los chelines que había pagado por él”.

¿Cuál era el fundamento de todas estas doradasfantasías?

Las raíces, los brotes y los zarcillos de oro noeran sino restos de antiguas joyas, celtas o de otraprocedencia. En situaciones de peligro, sus propi e-tarios las enterraban, y cuando trataban de recup e-

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rarlas, algunas se rompían o perdían. Quizás lospropietarios habían perecido, y las joyas perman e-cían bajo tierra hasta que alguna raíz se enredaba enellas y las llevaba a la superficie. Esos hilos de oroen forma de espiral abundan en los museos de todoel mundo.

En cuanto a las pepitas de oro, resultaron ser loshuevos vacíos de una sabandija bastante común. Elanimalito salía del huevo y abandonaba la cáscaraamarillenta para diversión de los coleccionistas deriquezas.

En conjunto, la leyenda no era otra cosa que elensueño dorado concebido por la estupidez, el ju e-go afiebrado de cerebros infectados de codicia. Peroel “áureo racimo” era uno entre muchos sueños.Los sueños rayaban muy alto, se elevaban hasta loscielos. La propia Providencia, decían los soñadores,Dios y la Causa Final habían elegido al oro comointérprete de sus mensajes proféticos a la human i-dad.

En el ya mencionado ensayo de Weszpremi s o-bre el “oro vegetal” hay este pasaje: “Hasta ahoranos hemos comportado con respecto a nuestro oroque crece como lo hizo Jacob Horstius ante eldiente áureo del muchacho silesiano, cuando se

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unió a Martin Rulandus y a otros sabios menorespara proclamarlo gran milagro de la naturaleza, yescribió un libro entero sobre él.”

Jacob Horstius fue profesor y decano de la Un i-versidad de Helmstat. Su libro, al que Weszpremi serefiere, fue publicado en Leipzig, en el año 1595,bajo este complicado título: De aureo dente maxillaripueri silessii, primum, utrum eius generatio naturalis fuerit,nec ne; deinde an digna eiurs interpretatio dari quaeat. Y laobra provocó una verdadera guerra en el mundo delsaber.

El punto de partida fue el caso del niño silesianoque, créase o no, había echado una muela de oro.Una auténtica muela de oro, en el lado izquierdo dela mandíbula inferior. La posición poseía enormesignificado.

Si un hombre de ciencia de esa época hubieradicho que había visto a un niño de cuyos oídos m a-naba mercurio, o a quien le había crecido una uñade cobre, lo habrían encerrado sin más trámites.Pero como el metal aludido en la historia de Hor s-tius era el oro, se consideró con gran reverencia elcelestial milagro, y la ciencia aplicó todos sus pod e-res en un esfuerzo por resolver el enigma.

El profesor Horstius elaboró una teoría, en la

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que desplegó brillante lógica.El niño había nacido el 22 de diciembre de

1585. El sol estaba bajo el signo de Aries, en co n-junción con Saturno. Debido a las favorables condi-ciones astrológicas, las potencias que nutrieron elcuerpo del infante trabajaron con tan extraordinariocelo que produjeron oro en lugar de hueso.

Este argumento explicaba por sí solo el milagro.Pero a la influencia de las estrellas se agregaba unhecho de efectos muy conocidos por la ciencia m é-dica. Mientras la madre llevaba en su seno al niño,había visto objetos de oro, o monedas de ese metal,y luego se había tocado uno de los molares. Es biensabido que si una mujer embarazada desea ardie n-temente algo, y al mismo tiempo su mano toca supropia cara, o la nariz, o el cuello, o cualquier otraparte del cuerpo, el niño llevará la imagen del objetodeseado bajo la forma de una marca de nacimientoen el mismo sitio. [Tal la teoría contemporánea delas influencias prenatales. El doctor Joubert, un m é-dico de gran cultura, en su libro sobre las superst i-ciones médicas, publicado en 1601, aconsejaba atodas las madres no tocarse el rostro en esos casos,y llevar rápidamente la mano a cierto lugar post e-rior... en realidad, el autor define exactamente el

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sitio; pues (dice con cierta sorna) nadie verá unamarca allí.]

Segundo problema: ¿Qué significa ese molar tanextraño?

Sin duda, escribe el erudito profesor, fue envi a-do como aviso celestial. En Hungría, la brillantevictoria de Fulek, conquistada por los ejércitos cri s-tianos sobre el turco pagano, fue seguida de sa n-grientas derrotas, como castigo a nuestros pecados.Pero Dios nos había dado esperanzas... pues unmolar de oro significa la proximidad de una Edadde Oro. El Emperador de Roma se disponía a e x-pulsar al turco de Europa, y luego comenzaría unaEdad de Oro de mil años. Pero como la muela h a-bía aparecido en la mandíbula inferior y del ladoizquierdo, era conveniente no alentar excesivas e s-peranzas, pues la Edad de Oro se vería precedida deinquietudes y tribulaciones.

Todo esto parecía tan lógico y promisorio queMartin Ruland, médico de Regensburg, se apresuróa escribir otro libro, apoyando todas las afirmaci o-nes de Horstius. Por otra parte, Johann Ingolstadterse mostró escéptico y atacó a Ruland. Ruland repl i-có el ataque. Entonces entró en escena DuncanLiddel, quien adujo que Horstius no podía estar en

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lo cierto. ¿Por qué? Porque el 22 de diciembre de1585 el sol no podía haber estado bajo el signo deAries. Como los argumentos de una y de otra partese tornaban extremadamente difusos, Andreas L i-bovius, el muy respetado químico de Coburgo, losresumió y comentó en otro libro.

Finalmente, un médico de Breslau tuvo una idearazonable. “Examinemos al niño”, propuso. (Hastaese momento, a nadie se le había ocurrido nada p a-recido.) Al principio, el examen pareció favorecer alos creyentes. Un orfebre frotó el molar con ciertapiedra, y se comprobó que era auténtico oro. Peroun médico local llamado Rhumbaum descubrió unagrieta sospechosa en la parte superior de la muela.Examinó el sitio más atentamente, y resultó que lamuela se movía. La muela estaba cubierta por unadelgada capa de oro. No era una corona de oro c o-mo las que se emplean en la moderna odontología;los ingeniosos padres habían apretado un botónhueco de oro contra el molar del niño.

La bella burbuja profética reventó estrepitos a-mente. Cien años después los turcos fueron expu l-sados de Hungría (aunque no de Europa) pero aúnno se vislumbra el comienzo de la Edad de Oro. Otal vez Ovidio acertó cuando dijo que la Edad de

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Oro ya había llegado, y que el oro era nuestro amo;pues con oro se consigue a la mujer, y el oro paga elamor.

6.

La aureomicina es uno de los antibióticos r e-cientes, pero el empleo medicinal del oro (aun encantidades minúsculas) no es ciertamente un hechonuevo. A fines de la década del veinte, un balneól o-go francés daba a sus pacientes inyecciones de orodestinadas a combatir el reumatismo. Sin duda eranmuy eficaces... sobre todo desde el punto de vistadel médico.

Sin embargo, el oro fue empleado como drogade carácter medicinal ya en tiempos de Plinio. Po s-teriormente, los médicos árabes lo convirtieron enel eje de toda su farmacopea. La terapia medievalpreservaba cuidadosamente las tradiciones. Erasimple cuestión de lógica; el rey de todos los met a-les “necesariamente debía poseer mayores poderescurativos que las sustancias innobles”.

La panacea favorita, casi universal, era el aurumpotabile, el oro potable. Cuando aludían a sus efe c-

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tos, los médicos se dejaban dominar por líricostransportes. Generalmente se lo usaba como co r-dial, pero también era eficaz contra otras perturb a-ciones. Una cuenta conservada en los archivos de lacorte de Luis XI demuestra que los médicos e m-plearon oro líquido para curar la epilepsia del m o-narca; y las recetas ordenadas insumieron lacantidad de 96 monedas de oro.

El oro potable era preparado de muchos modosdistintos. En De triplici vita, de Marsilius Ficinus(publicado en 1489) aparece una receta; fue prep a-rada para el rey húngaro Matthias Corvinus:

“Todos los autores afirman que el oro es, entretodas las sustancias, la más suave y menos sujeta acorrupción. Debido a su brillo está consagrada alSol; su suavidad la subordina a Júpiter; por cons i-guiente, es capaz de moderar milagrosamente consu humedad el calor natural y de impedir la corru p-ción de los humores corporales. Es capaz de intr o-ducir el calor del sol y la tibieza de Júpiter en lasdiferentes partes del cuerpo. Con este fin es neces a-rio refinar la sustancia extremadamente dura del oroy facilitar su absorción. Es bien sabido que las p o-ciones que influyen al corazón son las más efectivas,si se consigue mantener sus virtudes. Con el fin de

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que el organismo sufra lo menos posible, han deadministrarse las más pequeñas cantidades, y con lamayor cautela. Sería más aconsejable que se prepareoro líquido libre de toda sustancia extraña. Perohasta ahora ello sólo es posible si se fragmenta elmetal o se lo bate hasta transformarlo en hojas deoro.

“Veamos cómo es posible obtener oro potable.“Tómense flores de borraja, buglosa y melisa (al

que denominamos Bálsamo común) cuando el Solestá en el signo de Leo. Hiérvanse las flores junt a-mente con azúcar blanca disuelta en agua de rosas;por cada onza del cocimiento agréguense tres hojasde oro. Ha de tomárselo con el estómago vacío, enpequeña cantidad de vino de color dorado.”

Atribuíase mayor eficacia al oro si se lo calent a-ba a fuego lento antes de agregarlo al cocimiento.Pero debía ser oro puro, no adulterado. El oro hún-garo (particularmente las monedas del rey Matías,con el cuervo de su escudo de armas) gozaba de lamás elevada reputación. Se lo utilizaba también c o-mo remedio contra la ictericia, pues los médicosconsideraban simplemente lógico que la enferm e-dad que tornaba amarillo al paciente debía ser cur a-da mediante un metal amarillo; del mismo modo

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que los puntos rojos del sarampión cedían más r á-pidamente cuando se envolvía al enfermo en sáb a-nas rojas.

Tanto en el caso del sarampión como en el de laviruela el oro desempeñaba un papel curativo. ¿Aca-so había algo mejor para impedir las feas marcasfaciales que el oro, el cual- como todo el mundosabía- era un maravilloso cosmético? Alrededor de1726 se acuñaron en Francia nuevas monedas deoro. Los especialistas en belleza aconsejaron a lasdamas frotarse los labios con esas monedas. Pues,según afirmaban, el oro atraía la sangre, y los delica-dos labios cobrarían un hermoso color sin neces i-dad de apelar al lápiz labial.

Una teoría semejante recomendaba el oro paralas mujeres bellas que habían enfermado de viruela.Una delgada hoja de oro era aplicada sobre el rostrode la paciente; el estelar efecto del oro debía impedirla maligna obra de destrucción de la viruela. Ese fueel método aplicado a la condesa Nicholas Bercsenyi,segundo jefe del príncipe Francis Rakoczi en la l u-cha de los húngaros contra los Habsburgo. Desgr a-ciadamente, el resultado no fue muy bueno.Kelemen Mikes, secretario de Rakoczi y amanuense,que escribió una larga y brillante serie de cartas de s-

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de el exilio que sufrió entre los turcos el príncipederrotado, informó el 28 de diciembre de 1718:

“Las damas de calidad reciben tratamiento di s-tinto del que se aplica a las mujeres comunes. Tanpronto como la condesa cayó enferma, se reunió unejército de médicos; y cada uno tenía su propia op i-nión sobre el modo de impedir las señales de la e n-fermedad y de preservar la belleza de la dama. Unode ellos aconsejó cubrir de oro el rostro de la e n-ferma. Aceptóse el consejo; fue cubierta con hojasde oro, convirtiéndola en una imagen viviente. De s-pués, debió permanecer recluida cierto tiempo, peroal fin fue preciso quitar el oro; pues no podía cam i-nar con el rostro dorado, y además sus mejillas rojaseran más bellas que las doradas. Se presentó ento n-ces el dilema: ¿Cómo eliminar las hojas de oro? Niaguas ni pociones daban el menor resultado; fina l-mente, fue preciso usar agujas para liberar las mej i-llas; tuvieron éxito en todo, menos en las hojas quecubrían la nariz, donde el oro se había secado de talmodo que la tarea resultó casi imposible. Al fin lolograron, pero la piel conservó un tono oscuro. R a-zón por la cual a nadie aconsejo que se deje dorar lacara.”

La terapia áurea tuvo muchas otras variantes.

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Los convalecientes masticaban delgadas hojas deoro para recuperar fuerzas. Los antiguos venecianossazonaban sus comidas con limaduras de oro. Lasverrugas de Luis XIV fueron eliminados por eldoctor Vallot con “aceite de oro”. El doctor Cab a-nés nos informa que el noble metal fue empleado aveces con fines más vulgares: como ingredientes delavativas o enemas.

Es difícil descubrir para qué servía el perfumede oro. Fue inventado por un orfebre de París ll a-mado Tritton de Nanteville. Los diarios alemanes leconsagraron cierta atención en 1766, pero negarontodo valor práctico a la invención... probablementepor envidia nacionalista.

Algunos médicos prudentes temían que el oro,tomado directamente, pudiera perjudicar al pacie n-te. De modo que inventaron un método sumamenteingenioso con el fin de aplicarlo indirectamente.Mezclaron limaduras de oro en el alimento de lasgallinas. A ésta les tocaba afrontar el riesgo, y pocoimportaba si el oro las perjudicaba; cuando llegaraese momento, la carne del animal habría absorbidola “virtud” del metal y el ave sería sacrificada. Lacarne de la gallina así alimentada era un medic a-mento tan efectivo como cualquier otro preparado a

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base de oro. Pero se prevenía al paciente que nodebía comer la molleja. No porque pudiera perjud i-carle, sino porque quizás contenía un poco de oro,utilizable nuevamente. Por la misma razón, debíamantenerse a la gallina en una jaula, no fuera que elpródigo animal malgastara el precioso metal entrelas flores del campo.

Toda la terapia áurea fue resumida en una frasepor Samuel Koleseri, que publicó en 1717, cuandomás difundida se hallaba esta manía, un libro titul a-do Auraria Romano-Dacica. Allí decía:

“¿Qué correspondencia guardan en medicina elValor y la Eficacia? Todo esto se parece a la lógicadel joven campesino cuyo padre enfermó. El ho m-bre deseaba dar al anciano algún alimento exquisito.De modo que compró un canario de hermosa voz ylo frió para su doliente padre.”

7.

La más deslumbrante y trágica personificacióndel oro fue el sueño de Eldorado.

El primer grupo de aventureros partió a su co n-quista en 1530. La última expedición tuvo lugar en

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1618. Estos hombres audaces soportaron las máshorribles privaciones, y su voluntad los llevó a real i-zar fantásticas hazañas. Sufrieron los tormentos delhambre, porque los movía un hambre devoradora...lo que los antiguos llamaron auri sacra fames.

La lengua se les adhirió al paladar; tenían la ga r-ganta más seca que las arenas del desierto; pero esoera nada comparado con la sed que sólo podía ca l-mar un mar de oro.

En sus vagabundeos se vieron acechados porinnúmeros peligros: las exhalaciones ponzoñosas delos pantanos, los mosquitos portadores de la mal a-ria, el veneno paralizante de las flechas indias. Todolo soportaron, pues en sus venas ardía el veneno deloro.

Cruzaron las junglas sin caminos, vadearon lasrápidas corrientes de ríos desconocidos, treparonmontañas cubiertas de nieve, recorrieron miles demillas. Nunca sintieron la fatiga, pues pensaban h a-llar descanso y recompensa bajo las cúpulas doradasde la ciudad de Manoa.

Estos héroes, aventureros, asesinos y s u-perhombres no sabían que estaban persiguiendouna quimera, un sueño insustancial, un tema de l e-yenda. La estupidez de estos hombres rozaba lo h e-

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roico y lo trágico; pero fue una estupidez costosa ysanguinaria.

Cuando los españoles interrumpieron la mata n-za de indios y comenzaron a hablar con ellos, seenteraron de una leyenda que les aceleró los latidosdel corazón y les hizo hervir la sangre en las venaspor el deseo y la codicia del oro.

Hay un país, dijeron los indios, cuyo rey o sumosacerdote se cubre con polvo de oro en un festivalreligioso anual. Y luego se limpia el oro en un lagosagrado. Todo esto ocurre en una legendaria ciudadllamada Manoa u Omoa, la capital de un país en elque hay cantidades fabulosas de oro y de piedraspreciosas.

Esto fue suficiente para inflamar la imaginaciónde los españoles. Bautizaron “El dorado” al míticorey sacerdote. Luego aplicaron el mismo nombre,por extensión, a la propia ciudad de Manoa; y f i-nalmente, llamaron así a todo aquel país mítico.

Los rumores de la existencia de esta región h a-bían llegado de tiempo en tiempo a oídos de losespañoles. Prescott explica en su Historia de la Con-quista del Perú cómo, en 1511, cuando Vasco Núñezde Balboa estaba pesando cierta cantidad de oro quehabía obtenido de los nativos, “un joven jefe bárba-

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ro allí presente dio un puñetazo a la balanza, yarrojando al suelo el deslumbrante metal, exclamó:«Si esto es lo que ustedes tanto aprecian, al extremode que por conseguirlo están dispuestos a aband o-nar sus lejanos hogares y a arriesgar la vida, puedoseñalarles una región donde comen y beben en vaj i-lla de oro, y donde el oro es tan barato como entreustedes el hierro»”. El mito cobró impulso, hastaque se habló de montañas de oro que se elevaban alcielo, encegueciendo al espectador cuando sobreellas se reflejaba la luz del sol.

Naturalmente, los españoles hallaron oro enMéjico y en Perú; pero no era bastante. Su codiciadel brillante metal era insaciable; y, como es natural,no eran ellos únicos en quienes alentaba ese sent i-miento.

Posteriormente apareció un español que afirmóhaber estado en Manoa, y que declaró haber sidohuésped del propio “Eldorado”. Éste, Juan Mart í-nez, era teniente de Diego de Ordaz. El propio O r-daz era uno de los oficiales de la expedición deCortés; pertenecía a la casa del gobernador V e-lásquez, gran enemigo de Cortés. El conquistadorde Méjico lo tenía por espía de sus propios actos, yen varias ocasiones procuró desembarazarse de él. A

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su vez, Ordaz disputó con Martínez, a quien acus a-ba de insubordinación. Lo sentenció a muerte, perola pena fue conmutada por otra un poco menosdrástica; Martínez fue depositado en una canoa sinremos y la embarcación lanzada a la deriva sobre lasaguas del Orinoco. Martínez, relató después quehabía sido recogido por algunos indios amigos, yllevado a Manoa, donde lo presentaron como curio-sidad al cacique reinante (pues en esos parajes jamáshabían visto a un blanco). Allí pasó siete meses m a-ravillosos. Martínez aseguró que la Ciudad del Oroera exactamente como había sido descrita en repet i-das ocasiones... o más fabulosa aún, pues en unasola calle había tres mil orfebres que trabajaban díay noche. Después de siete meses, “Eldorado” enviógraciosamente de retorno a Martínez, con adecuadaescolta y todo el oro que sus acompañantes podíantransportar. ¿Dónde estaba el oro? Desgraciad a-mente, en el trayecto una tribu de indios había at a-cado la columna, matando a la escolta yapoderándose del metal.

Todo lo cual fue materia de un informe escritopor Juan Martínez. Cuando Sir Walter Raleigh cayósobre Trinidad e incendió la capital española en ungesto un tanto inamistoso, el atemorizado gobern a-

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dor español trató de calmarlo con el informe deMartínez, probablemente porque abrigaba la esp e-ranza de que Raleigh y sus hombres se consagrarana la búsqueda de Eldorado... o, por lo menos, sealejaran bastante de Trinidad. El gobernador juróque el informe original de Martínez se hallaba en lacapital de Puerto Rico, conservado en los archivosoficiales.

Aunque parezca extraño, Sir Walter creyó en elrelato. Su expedición partió en 1595... y fracasó, lomismo que las anteriores. De acuerdo con Raleigh,"Eldorado" o Manoa era una ciudad sobre el lagoParima, en Guayana. Así lo informó a la Reina Is a-bel, y agregó a la historia del gobernador de Trin i-dad varios datos reunidos por Francisco López deGomara en su Historia general de las Indias (Medina,1553). Gomara nunca había estado en el NuevoMundo; pero, de acuerdo con Prescott, “disponía,gracias a su situación, de los mejores medios de i n-formación”. Probablemente es bastante fidedignocon respecto a la conquista de Méjico y del Perú,pero por lo que se refiere a “Eldorado”, el eruditoprofesor de retórica de Alcalá demostró tanta cr e-dulidad como sus colegas más ingenuos. He aquí sudescripción del palacio del cacique Guaynacapa:

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“Toda su vajilla, aún la que se emplea en la c o-cina, es de oro. En sus departamentos hay enormesestatuas de oro puro. Hay también reproduccionesde tamaño natural de todos los animales de su país,cuadrúpedos, aves o peces. Tiene un jardín privado,donde descansa; y allí, todos los árboles, arbustos,flores y plantas son de oro purísimo. También p o-see inmensas cantidades de oro, en forma de ling o-tes, apilados como si se tratara de simples trozos demadera”.

Más tarde, el erudito Alejandro von Humboldtrealizó un valeroso esfuerzo con el fin de desacr e-ditar la leyenda de “Eldorado” y de demostrar lainexistencia de esa región. De acuerdo con Hu m-boldt, en el territorio entre el Amazonas y el Orin o-co hay gran cantidad de una sustancia dorada,carente de todo valor, la mica. A menudo cubre lasladeras de las montañas, y los rayos del sol ponientele arrancan reflejos dorados. Los guerreros de alg u-nas tribus emplean el polvo de mica para frotarse lapiel, en lugar de aplicarse tatuajes o pintura.

Los indios odiaban a los conquistadores esp a-ñoles, y utilizaron estos hechos para desorientarlos yseducirlos. Martínez desarrolló la leyenda, e inventóla historia de su propia visita a “Eldorado” para

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aprovechar la gloria del “descubridor”, y tambiénpara hacer olvidar su pasado poco limpio. Su fam o-so informe jamás fue hallado, y el jardín dorado delcacique Guaynacapa surgió en la fértil y crédulaimaginación de Gomara.

La historia de la humanidad conoce pocos casosen que tan ridículos cuentos de hadas hayan sidoaceptados no sólo por belicosos aventureros, sinotambién por gobiernos de espíritu muy concreto, ypor fríos financistas.

Tracemos con la mayor brevedad posible el b a-lance del mítico sueño de Eldorado:

1530. Ambros Dalfinger, financiado por la ba n-ca de Welser, en Augsburgo, parte con doscientossoldados y varios centenares de esclavos. Los escl a-vos marchaban encadenados, sujetos por anchoscollares de hierro. Si alguno de ellos caía, agotado oenfermo, no se perdía tiempo en quitarle el collar nien socorrerlo; simplemente, se le cortaba la cabeza,y el látigo apuraba la marcha del resto. No hallaronel famoso Eldorado; y Dalfinger fue muerto poruna flecha india.

1536. Otro alemán, Georg Hohemut (por lomenos el nombre era de buen presagio, pues signifi-ca “elevado coraje”) partió con unos pocos centena-

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res de aventureros alemanes y españoles. La exped i-ción fue un completo fracaso. Hohemut fue muertopor un asesino español a sueldo, que lo apuñaló enel lecho.

1541. La última expedición alemana, bajo la d i-rección de Felipe von Hutten. Al regreso de la inútilbúsqueda, su jefe fue decapitado por el gobernadorde Venezuela.

1552. El primer intento serio de los españoles,dirigido por Don Pedro de Ursúa, un noble de N a-varra. Con el fin de intimidar a las tribus salvajes,invitó a los jefes a una comida, y allí los asesinó atodos. El lugarteniente de Ursúa, Pedro Ramiro, fueasesinado por dos oficiales durante una disputa. U r-súa mandó decapitar a los dos oficiales.

1560. Segunda expedición de Ursúa. Su nuevolugarteniente, Aguirre, organizó una conspiracióncontra Ursúa, y éste fue asesinado por sus propiossoldados.

1561. Bajo la dirección de Aguirre, la expediciónse convirtió en banda de delincuentes que saque a-ban y asesinaban. Sin embargo, a veces andaban tanescasos de alimentos que se veían obligados a co n-tar los granos de cereal con que se alimentaban. Pororden de Aguirre, Martín Pérez asesinó a Sancho

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Pizarro, de cuya lealtad Aguirre sospechaba. Luegovino el turno de Pérez, también asesinado. Un l u-garteniente de Aguirre, Antonio Llamosa, bebió lasangre de Pérez para demostrar su lealtad. Aguirre,que evidentemente era un maníaco sadista, hizo ej e-cutar a más de sesenta personas con los más fútilespretextos. En cinco meses de actividad saqueó cu a-tro ciudades y diezmó a sus propios españoles...entre ellos a tres sacerdotes y cinco mujeres. Lastropas enviadas para capturarlo rodearon el camp a-mento, y los hombres de Aguirre desertaron. Cua n-do comprendió que no había modo de huir mató apuñaladas a su propia hija. Fue atrapado y muerto.Su leal compañero, Llamosa, el bebedor de sangre,fue ahorcado junto con otros cómplices.

1595-1618. Varias expediciones emprendidaspor Sir Walter Raleigh. Con sus propios recursosequipó naves, y gastó más de 40.000 libras en la fútilbúsqueda. Su prisión y eventualmente su ejecuciónse debieron indirectamente a esa enloquecedorabúsqueda de Eldorado.

Ríos de sangre... y todo por un sueño que ni s i-quiera era eso.

“Eldorado” fue sólo el más notable ejemplo delas innumerables leyendas nacidas en torno del oro

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y de sus desequilibrados y absurdos perseguidores.Se buscaba oro por doquier: en las montañas, en eldesierto, en la selva... y aun bajo el mar. ¡Piénsese enel dinero y las vidas sacrificados al galeón Tobe r-mory, hundido en las proximidades de la isla deMull, que ha resistido los intentos realizados d u-rante tres siglos para recuperar el supuesto tesoro dela Armada! ¡Piénsese en las expediciones a la isla delos Cocos, en la búsqueda del tesoro de los piratas!Súmese el costo en vidas humanas y en esfuerzo-échese la cuenta en dinero, si así se lo prefiere- y elbalance será índice de la estupidez humana, siempredispuesta a ganar que la tontería merece siempre.

8.

Pero si fue difícil hallar, y más aún conservar eloro, siempre se soñó con la existencia de un atajo.Ese fue el sueño del alquimista. Y si los alquimistasno produjeron oro para quienes los patrocinaban,con cierta frecuencia lo obtuvieron para sí mismos,gracias a la inagotable veta de la estupidez humana.

Hace algunos años vino a mis manos una ant i-gua guía austríaca. Su autor fue J. B. Küchelbecher;

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y su impresionante título, Allerneueste Nachricht vomRömisch-Kayserl. Hofe, nebs einer ausführlichen Historis-chen Beschreibung der Kayserlichen Residenz-Stadt Wien(Las últimas noticias de la Corte Imperial Romana,con una detallada descripción histórica de Viena, laCiudad de Residencia Imperial). La “Corte ImperialRomana” era la corte de los Habsburgo, amos delSacro Imperio Romano. El libro, publicado en1730, incluye un capítulo consagrado al Tesoro I m-perial de Viena, y en él se enumeran casi todas laspiezas que dicho tesoro contenía. Entre ellas se h a-llaba un trozo de oro valuado en trescientos duc a-dos que cierto alquimista, J. K. Richthausen, habíaproducido a partir del plomo. Había realizado lahazaña en presencia de Su Majestad Real e Imperial,Fernando III, como lo demuestra la inscripción s o-bre la pepita más grande (Exhibitum Pragae d. 15.Jan 1658. in praesentia Sacrae Caes. Maj. FerdinandIII). Otra pieza de la misma sección era un granmedallón redondo, con los retratos en relieve decuarenta y un miembros de la casa de Habsburgo.El medallón y la cadena habían sido de plata, peroun alquimista checo, Wenzel Seyler, los había“trasmutado parcialmente” en oro.

Sabemos algo de la carrera de ambos alquimi s-

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tas. Richthausen recibió de Fernando III el título debarón. Leopoldo I ennobleció a Seyler y ordenóacuñar medallas especiales con su “oro artificial”, ysobre ellas se grabó la siguiente inscripción: AusWenzel Seylers Pulvers Macht bin ich von Zinn zuGold gemacht (Por el poder del polvo de WenzelSeyler, de plomo que era me convertí en oro).

En muchas otras colecciones había oro prod u-cido por alquimistas. Aquí, medallas envueltas enterciopelo proclamaban orgullosamente la historiade las transmutaciones mágicas, allí, una copa deoro atestiguaba que había sido nada más que hierroantes de que, el arte misterioso de los alquimistas latransformara en el precioso metal. Küchelbechervio un clavo en la colección del Gran Duque deToscana; era mitad hierro, mitad oro. Los objetosde “plata artificial” constituían hazañas más m o-destas; entre ellos se hallaban los llamados tálerosKronemann, “manufacturados” por el barón Kr o-nemann, alquimista de la corte de Cristián Ernesto,elector de Brandeburgo. El “material original” eraplomo y mercurio.

Los Habsburgo se hallaban particularmente i n-teresados en la alquimia. El emperador Rodolfo,que prefería residir en Praga y no en Viena, buscaba

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en sus ratos de ocio el Elixir de la Vida y el El e-mento Esencial. Tenía a su servicio una docena dealquimistas, y para ellos construyó una hilera de c a-sitas en el Hradsin, el castillo medieval que se elev a-ba sobre la ciudad de Praga. Eran tan pequeñas queparecían celdas o jaulas. Contábase que si un alqu i-mista incurría en el desagrado del Emperador, se loarrojaba desde las almenas sobre las afiladas rocasde la ladera... y que varios sufrieron esa ingratamuerte.

La emperatriz María Teresa era una mujer intel i-gente; emitió un decreto en virtud del cual se proh i-bía la fabricación de oro en sus dominios. Pero sussucesores no siguieron tan discreto ejemplo. Corríaya el año 1860, cuando la corte de Viena cayó en ellazo que le tendieron tres estafadores internacion a-les. Parece casi increíble, pero la verdad es que d u-rante dos años enteros estos sujetos trabajaron en laCasa de Moneda imperial, bajo la supervisión de losprofesores del Instituto Tecnológico de Viena. ¡H a-bían prometido convertir cinco millones de guldensde plata en oro por valor de ochenta millones! Laadministración de la Casa de Moneda ya había pr e-parado el presupuesto de la “fábrica de oro” pr o-yectada, cuando al fin la Corte Imperial recuperó el

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sentido. Se expulsó a los impostores, se concedió elretiro al director de la Casa de Moneda y todos losdocumentos relativos a la ridícula aventura fueronescondidos en los archivos secretos. Allí fueron h a-llados en 1919, después del derrumbe de la mona r-quía austrohúngara, y publicados para sorpresa ydiversión de la misma gente cuyos abuelos habíandebido pagar el costo de esta gigantesca locura.

Durante mil años ardió el fuego en los hornosmisteriosos de los alquimistas, durante mil años losgobernantes codiciosos persiguieron la quimera deloro artificial. Lo único que obtuvieron fueron alg u-nas curiosidades conservadas en los estantes de losmuseos. Jamás se formularon una simple y eleme n-tal pregunta: ¿por qué el poseedor de tan vital s e-creto lo ofrecía a otros, en lugar de reservarlo parasu único y exclusivo beneficio? Les hubiera bastado“fabricar” unos pocos centenares de barras paracomprarse un ducado o un pequeño principado.

¿Cuál era el secreto de los Richthausen y de losSeyler... y de otros muchos? Un ardid extremad a-mente hábil, cuyo éxito se debía exclusivamente aque se hacía víctima de él a gente que quería creer,que estaba muy dispuesta a dejarse engañar. He h a-llado el relato circunstanciado de una de estas i m-

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posturas, y por ella podremos quizás explicarnos elmecanismo de las restantes. El relato aparece en unfolleto publicado en 1649 y reimpreso en 1655, bajoel siguiente título: Usufur, ein List- und Lustiger Betrug(Usufur- un astuto y divertido engaño). Su héroefue un personaje que se presentó bajo el nombre deDaniel de Transilvania; su víctima, el Gran Duquede Toscana.

Este Daniel comenzó su carrera como charlatánen la ciudad de Padua. Ciertamente, llama la ate n-ción que un farsante pudiera instalarse a la sombrade la Universidad de Padua y reunir dos mil duc a-dos de oro en poco años. Según parece, ayudabarealmente a sus enfermos, lo cual no debe sorpre n-dernos, porque en aquellos tiempos llamar a un mé-dico equivalía a evocar la sombra del Ángel de laMuerte. Un médico experto, conocedor de su arte,empezaba por sangrar, aplicaba lavativas, ponía san-guijuelas y administraba eméticos; y una vez quehabía logrado debilitar al paciente, le hacía tragar lasmás atroces medicinas, de modo que el torturado“sujeto” perdía todo deseo de vivir. En cambio, laspíldoras de maese Daniel eran absolutamente in o-fensivas, y no perturbaban el pacífico trabajo ter a-péutico de la Naturaleza.

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Pero el charlatán de Padua alimentaba más el e-vadas ambiciones. No lo satisfacía el lento desarr o-llo de su fortuna. Preparó los detalles de su granimpostura con el cuidado que un buen general h a-bría puesto en el plan general de una gran campaña.En primer lugar, difundió la noticia de que habíadescubierto un misterioso polvo de inigualada efica-cia. Se trataba del famoso usufur . No se ocupabapersonalmente en la venta; lo suministraba a losfarmacéuticos y luego indicaba a los pacientes quelo compraran en los negocios. Las infinitesimalescantidades de usufur no podían perjudicar a los e n-fermos; por consiguiente, a menudo curaban. Lafama de la nueva droga maravillosa se difundió portoda Italia. Daniel se negó a satisfacer encargos ypedidos que no provinieran de los farmacéuticosflorentinos... y ése fue el segundo paso de su cuid a-doso plan.

El tercer paso consistió en ir a Florencia y sol i-citar audiencia al Gran Duque. Sabía que el amo deToscana era apasionado creyente en la alquimia.Daniel reveló que había hallado el secreto de la f a-bricación del oro, y lo ofreció al duque. Sólo pedía,en cambio, 20.000 ducados de oro; y ello sólo encaso de tener éxito. La oferta parecía razonable, y el

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Gran Duque la aceptó; sólo exigió que se realizaraprimero una “prueba”. Daniel se prestó gustoso.Fue llevado al laboratorio privado del duque, e i n-mediatamente comenzó la gran operación. Fundió ymezcló cobre y estaño; agregó cierto misteriosopolvo a los metales fundidos, y enfrió la mezcla ymostró a todos la amalgama: era oro. El orfebre dela corte examinó el resultado y declaró que la me z-cla de cobre y de estaño se había convertido rea l-mente en oro. Y entonces Daniel reveló el gransecreto: su panacea universal, el usufur, había logr a-do el milagro. Y podía conseguirse usufur en latienda de cualquier farmacéutico. El Gran Duqueenvió inmediatamente mensajeros a varias farm a-cias, elegidas al azar; él mismo fundió los metales yrealizó la mezcla, y todos las pruebas dieron el mi s-mo resultado: en la retorta aparecía oro.

Daniel de Transilvania se vio abrumado de h o-nores. Fue alojado en el palacio ducal, se sentó a lamesa del duque, y dos chambelanes y cuatro valetsrecibieron orden de atender a su servicio. Cuandosalía del castillo, seis guardias acompañaban el c a-rruaje... lo cual, si bien se mira, era merecido honorpara tan grande hombre. El Gran Duque se sintióincapaz de controlar su exuberante felicidad; y r e-

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solvió que en adelante él mismo se ocuparía en f a-bricar su propio oro. Tan conmovido estaba ante subuena fortuna, que depositó una calavera sobre elescritorio de su estudio, para que le recordaraconstantemente que todo ser humano es mortal,poniendo freno así a su propio exceso de confianzay de orgullo.

Daniel de Transilvania había cumplido su partedel acuerdo, y comenzó a insinuar indirectas sobrelos 20.000 ducados. Dejó entrever que debía dardote adecuada a sus hijas. También solicitó una bre-ve licencia, pues debía arreglar ciertos asuntos fam i-liares en Francia. Se le concedió la licencia y se lepagó el dinero. El Gran Duque agregó algunos pr e-ciosos dones: diamantes, un vaso de jaspe, una c a-dena de oro y rubíes. Y prometió que a su retornoDaniel sería nombrado canciller de Estado, recibiríaun palacio y se le tratarla como hermano. Y en esepapel, Daniel debía considerar como propio todo loque el Gran Duque poseía. (Excepto la Gran D u-quesa, agrega cautamente el cronista de la época.)

Una guardia de honor escoltó a Daniel hastaLeghorn, desde donde una nave debía llevarlo aMarsella. Daniel se mostró muy generoso. Distrib u-yó trescientos táleros entre los soldados, regaló una

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cadena de oro al comandante de la tropa, y le entr e-gó una carta que debía poner en manos del GranDuque. Y la misiva decía:

“¡Alteza serenísima! No podré pagaros las mú l-tiples mercedes con que me habéis abrumado comono sea mediante una franca confesión. En caso deque Vuestra Gracia se proponga continuar la fabr i-cación de oro, debo prevenirle que jamás obtendrámás oro que la cantidad contenida en el Usufur. Miintervención en el asunto se limitó a reducir un p o-co de oro puro al estado de polvo, y a venderlo encierta mezcla a los farmacéuticos. Una vez cons u-mido el polvo, Vuestra Gracia no podrá fabricarmás oro. Ruego a Vuestra Gracia que me perdone elengaño; las amabilidades que ha sabido dispensa r-me, quiera el Señor recompensárselas de un modo ode otro. Y os pido un último favor: el reconoc i-miento de que he sido moderado, y no llegué a e n-gañaros más cruelmente aún. Y antes dedespedirme, dejadme deciros que no soy transilv a-no, sino italiano; tampoco me llamo Daniel, sino deotro modo. Deseándoos la mejor salud, y recome n-dando a Vuestra Gracia a la infinita piedad de Dios,se despide Vuestro Obediente Servidor, el desc u-bridor del Usufur.”

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Una vez que pasó el primer ataque de indign a-ción, el Gran Duque tomó a broma la impostura... opor lo menos, así lo afirma el cronista de la época.Sea como fuere, no cabe duda de que Europa enterafestejó el engaño.

El caso del crédulo Gran Duque nos mueve arisa, y estamos seguros de que nada semejante p o-dría ocurrir en la época moderna. Pero el alquimistaprospera en el siglo XX con la misma frecuencia ygoza de idéntico prestigio. Por otra parte, encuentratontos y víctimas tan fácilmente como “Daniel deTransilvania” hace dos siglos. Uno de los más atr e-vidos y exitosos “fabricantes de oro” operó enAlemania poco antes del régimen de Hitler. Hei n-rich Kurschildgen era un joven de escasa educación,obrero de una fábrica de tinturas... hasta que ciertodía decidió convertirse en inventor. Equipó un p e-queño taller, al que dio el nombre de laboratorio,obtuvo dos patentes, y sobre tan frágil fundamentolevantó un sorprendente edificio de realizacionesimaginarias.

Su primera víctima fue un profesor de la Un i-versidad de Colonia; Kurschildgen explicó al eruditocaballero que había descubierto el modo de tornarradiactiva cualquier sustancia mediante ciertos rayos

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misteriosos. El profesor le creyó quizás el joven r e-velaba una frágil chispa de auténtico brillo y contr i-buyó con su “opinión experta”, la cual de ese modovino a respaldar las afirmaciones del “inventor”.Ahora, el “genio” autodidacta se convirtió en a l-quimista hecho y derecho, y desarrolló su “magníf i-ca invención”; mediante la transformación de lamateria inorgánica en sustancia radiactiva podía,según afirmaba, fisionar el átomo y por consiguientefabricar oro.

Cualquiera hubiese creído que las víctimas p o-tenciales recordarían la infinita serie de reyes, d u-ques, nobles, abades y pueblo común que en elpasado habían sido objeto de engaños. Pero es i n-dudable que Kurschildgen eligió hombres de cortamemoria o de extrema codicia. Un abogado deDusseldorf le entregó veinte mil marcos; un i m-portante hombre de negocios de Colonia aportócincuenta mil para los trabajos destinados a “pe r-feccionar” el gran invento. Muy pronto los círculospolíticos derechistas de Alemania se interesaron enel “talentoso hijo de la patria”. Si se lograba fabricaroro, Alemania podría desembarazarse de la carga delas reparaciones, reconstruir su maltrecha economíay crear un nuevo ejército.

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Kurschildgen comenzó a volar muy alto. Prim e-ro se entrevistó con Herr Perponcher, secretario delPartido Nacional Alemán, luego con el profesorHennig, otro miembro prominente de la misma o r-ganización política, y finalmente con el gran H u-genberg en persona, el millonario que controlaba unvasto imperio industrial, periodístico y cinematográ-fico. (Digamos de pasada que el oro era sólo uno delos “descubrimientos” del obrero de Hilden. “I n-ventó” una máquina que curaba el cáncer; un art e-facto que con sus “rayos” detenía cualquier motor;un método destinado a purificar el acero... en real i-dad, parecía un genio universal.) Recibió ofertas deEstados Unidos y de Gran Bretaña, y un rico ba n-quero suizo decidió pagarle un salario anual deveinticuatro mil francos y mantuvo al inventor y asu familia durante un año.

Finalmente, sobrevino el desastre, se desenma s-cararon los ardides de Kurschildgen, se demostró loinfundado de sus afirmaciones y fue condenado adiez años de prisión. Sin embargo, durante un p e-ríodo casi igual de tiempo consiguió desorientar yengañar a algunos de los mejores cerebros de Al e-mania. Y lo consiguió gracias a la estúpida codiciaque el oro despierta.

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Si la fabricación del oro, el redescubrimiento delinexistente secreto de los alquimistas, siempre hallóesperanzados favorecedores, los tesoros perdidos(nuevos o antiguos) también fueron cebo de la cr e-dulidad. Esta antigua treta ha sido practicada una yotra vez. Uno de sus más hábiles exponentes en losúltimos años fue un alemán del Báltico llamadoGerhard von Redziwski, que alegaba haber desc u-bierto en Siberia gran cantidad de oro, y que organi-zó una compañía con el fin de explotarlo. Teníatambién otro rubro comercial: persuadió a varioshombres de negocios alemanes para que financiaranuna expedición a Prusia Oriental, con el fin de r e-cuperar el oro del ejército ruso que, según se afi r-maba, había sido arrojado a uno de los lagosMasurianos en el curso de la Primera Guerra Mu n-dial. Sus víctimas estaban dispersas por todo elReich, desde Saarbrücken a Neubabelsberg, y desdeNeukoln a Grosslichterfelde; y Redziwski (que d e-sapareció a tiempo) ganó indudablemente bastanteoro, si no para sus crédulos fieles, por lo menos p a-ra sí mismo.

Una de las tentativas tragicómicas de convertirplomo en oro fue la que realizó Joseph Melville,hombre de ciencia de cierta reputación. Sus extr a-

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ños experimentos fueron conocidos del públicocuando un joven irrumpió en su laboratorio deLondres y le disparó varios tiros. Melville se arrojósobre el agresor y consiguió desarmarlo. No acudióa la policía, y todo el incidente habría permanecidosecreto si uno de los vecinos de Melville, que oyólos disparos, no hubiera armado escándalo. El asa l-tante fue arrestado; resultó ser el hijo de un ricohombre de negocios, propietario de una cadena depanaderías. Y durante el proceso salió a luz todo elasunto.

Después de muchos años de trabajo científicoserio, Melville se había dedicado a la alquimia. E s-tudió las obras de los “fabricantes de oro” medi e-vales y llegó a la conclusión de que no se habíanequivocado al usar limaduras de hierro como mat e-ria prima. Esto constituía, sin embargo, la etapa f i-nal, y debía ser alcanzada gradualmente. El primerpaso debía ser la transformación de plomo en oro.Sostuvo haber conseguido la transformación deplata en oro, pero consideraba que ese resultadocarecía de importancia, y concentró todos sus e s-fuerzo en los experimentos con plomo. En 1926pronunció una conferencia en la sociedad alquimistade Londres, y en ella exhibió un gran trozo de oro,

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explicando con cierto detalle cómo lo había fabric a-do... a partir del plomo. Entre el público se hallabael señor Glean, el rico panadero, a quien impresi o-naron mucho las afirmaciones de Melville, y quienle ofreció formar una sociedad para dedicarse a lafabricación de oro... la cual, dicho sea de pasada,debía ser más provechosa que la de pan.

El laboratorio del moderno alquimista fue in s-talado en el sótano de la panadería central, y Melv i-lle trabajó noche y día con el fin de mejorar sumétodo de “trasmutación”. Pero los trabajos ins u-mían más y más dinero. El señor Glean pagaba sinmurmurar, con la esperanza del éxito. Finalmente,se cansó de esperar y exigió que Melville produjerainmediatamente el oro prometido. El alquimistapidió una semana de gracia y durante los siete díasrestantes apenas salió del laboratorio, en el que de s-tilaba, fundía, martillaba y mezclaba su mágica p o-ción. Al cabo de una semana retiró de la retorta lamisteriosa mezcla. Pero era el mismo plomo desiempre, sin el menor rastro de oro. Después de locual, el señor Glean expulsó a Melville con todossus aparatos y exigió la devolución del dinero ad e-lantado. Melville se rehusó a pagar y desapareció.Entonces, el señor Glean (hijo) juró venganza, pr o-

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bablemente porque su propio patrimonio habíadisminuido considerablemente. Melville había in s-talado un pequeño laboratorio en el sótano de unacasa del East End, y allí continuaba sus experime n-tos. El joven Glean consiguió hallarlo. Cuandoirrumpió en el laboratorio, depositó un trozo deplomo sobre el escritorio de Melville, y le gritó:

-¡Transforme esto en oro, ahora mismo... o d e-vuelva el dinero de mi padre!

Melville pidió tiempo. El señor Glean (hijo)perdió la paciencia y le disparó un par de balas, lasque felizmente no dieron en el blanco. Después delproceso el impaciente joven fue puesto en libertadcondicional, y la familia Glean renunció para sie m-pre al sueño de transformar plomo (y las gananciasobtenidas con el pan) en oro.

9.

¿Y qué decir de los que hallaron oro, de los f a-vorecidos por la fortuna?

Hugo von Castiglione fue el amo de un enormeimperio financiero e industrial en Europa Central yOriental... hasta que se excedió en los cálculos y el

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gigantesco edificio se derrumbó, arrastrando en lacaída a millones de seres humildes. La policía co n-fiscó los papeles privados de Castiglione. Entre elloshallaron algunas anotaciones que reflejaban la fil o-sofía de este fabricante de oro a quien la fortunasonreía. Algunas frases parecen parodias de SamuelSmiles; pero se trata de conceptos que eran tom a-dos muy en serio, como lo demuestra la existenciadel propio Castiglione.

“No es ladrón el que roba, sino el que se dejasorprender.

Suerte es todo lo que me favorece. Verdaderasuerte es lo que me favorece y perjudica a otros.

Generosidad es el acto que después lament a-mos.

Hay hombres orgullosos de su pobreza. Son lospoetas. Hay mujeres orgullosas de su fealdad. Sonlas intelectuales. Huye de ambos como de la peste.

Nunca hagas mal innecesariamente. Hazlo en lamedida que te de provecho y placer.

Quien tiene menos que yo es un imbécil; quientiene más, es un ladrón.

Dicen de mí que soy ladrón, sinvergüenza y e s-tafador. No discutiré estas afirmaciones. Pero nocabe duda de que si fuera pobre y miserable, me

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considerarían un tipo agradable y simpático, buenmozo y atractivo. La gente me compadecería y medejaría morir de hambre. Evidentemente, no deseocorrer esa suerte. Poseo un corazón tierno y noquiero que el mundo sufra achaques de concienciapor mi causa. Prefiero ser yo quien sufra por elmundo. Mi corazón está mejor equipado para latarea.

Todo cuanto aún no ha sido descubierto, mepertenece.

Todo cuanto han descubierto otros, me lo roba-ron.

El otro día uno de mis rivales me elogió. Dijo:«A este hombre no es posible sacarle dinero».

Si conseguiste engañar a alguien, no te enorg u-llezcas de tu genio. Quizás fue pura suerte y no t a-lento.”

Esta es la voz de Midas. El oro ha sido su “al i-mento metálico” desde el principio de los tiempos.La estupidez lo ha cebado y continuará haciéndolomientras exista el mundo.

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III

DESPUÉS DE USTED, SEÑOR

“La ceremonia realza todas las cosas”SELDEN.

1.

Tuvo que ser (casi podríamos decir que inevit a-blemente) un historiador alemán, Johann ChristianLünig, quien consagrara casi dos décadas a la tareade reunir material para su magnum opus, a la que d e-nominó Theatrum Ceremoniale, y que publicó en Leip-zig el año 1719. Es una obra en dos volúmenes, ypesa aproximadamente veinte libras. Describe, an a-liza, explica y detalla todo el ceremonial que regía lavida de las cortes europeas imperiales, reales y d u-

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cales; es decir, que la regía con todo el vigor de uncódigo legal supremo. Además, el decidido autor(decidido a no ahorrar nada a sus lectores) describeuna serie de acontecimientos cortesanos, e incluye eldetalle exacto de la etiqueta y organización. Cons a-gra varias páginas a la llegada de cierto minúsculopríncipe alemán a un sitio, a su partida en direccióna otro lugar, a una visita ducal, o a cierta actividadreal.

El libro de Lünig fue en realidad una tremendacolección de material en bruto, sin mayor sistema nicorrelación. Otro autor, Julius Bernhard von Rohrse sintió tentado de construir sobre ese fundamentoun sistema “científico” completo. Diez años de s-pués de la aparición del libro de Lünig, publicó enBerlín su Einleitung zur Ceremonial-Wiesenschaft dergrossen Herren (Introducción a la ciencia del cerem o-nial de los Grandes Señores). Titulo bastante m o-desto; sin duda von Rohr confiaba en que elpequeño injerto que había plantado se transformaríaen robusto roble. Creía firmemente que había fu n-dado una nueva rama de la ciencia... y que su obraera una importante contribución al cuerpo del c o-nocimiento humano. Lünig compartía la opinión deSelden sobre la necesidad de la ceremonia, y la r e-

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sumía con impecable lealtad:“Dado que nuestros gobernantes personifican

en el mundo la imagen del Todopoderoso, es nec e-sario que tengan el mayor parecido posible con elSeñor. Dios es el principio del orden, el cual se m a-nifiesta en todo lo creado. Cuanto más deseen susrepresentantes mundanos parecerse a El, mayor hade ser el orden que deberá regir sus vidas y sus a c-tos. Es más probable que la chusma siga el ejemplode su gobernante, que no los mandatos de la ley. Siel pueblo observa que en la vida del amo hay unorden útil, lo seguirá; lo cual promueve la prosper i-dad y el bienestar de todo el país. Si la gente co n-templa por doquier confusión y desorden, llegará ala conclusión de que ese gobernante no es la auté n-tica imagen del original (es decir, de Dios). Desap a-rece el respeto, y esas naciones se convierten envíctimas del caos. Por eso los grandes monarcas handictado leyes que sus siervos deben obedecer y queel propio soberano acata.”

Parece un poco exagerado afirmar que todos losreyes y príncipes son “imágenes de Dios”... esp e-cialmente porque algunos de ellos vivían de un m o-do que mal podía ser considerado santo. Pero por lomenos Herr Lünig ofrece una teoría y una justific a-

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ción. Y, después de todo, buen número de emper a-dores y de reyes afirmaron que gobernaron “por laGracia de Dios”, o que contaban con alguna otraforma de aprobación directamente emanada de laDivinidad.

Que los gobernantes son los alter ego de Diosera principio fundamental del Imperio Bizantino;aunque, por supuesto, esta misma norma había sidoaceptada, en distintas formas, en países tan diversoscomo Egipto, la India y los imperios precolombinosde América del Sur, sin hablar del período final delImperio Romano, que se enorgullecía de poseerunos cuantos “dioses”, además de Claudio.

En el año 404 de nuestra era los emperadoresArcadio y Honorio consideraron necesario discipl i-nar a los funcionarios de la corte. Arcadio, españolpor nacimiento, fue el primer emperador del Imp e-rio Romano de Oriente; a la muerte de su padreTeodosio I, se dividió por vez primera el ImperioRomano. Honorio, su hermano menor, nació enConstantinopla, heredó la mitad occidental del I m-perio, y residió casi siempre en Milán y en Rávena.Ninguno de ellos fue modelo de gobernante; fueronmanejados por sus esposas, por eunucos, por pr e-fectos pretorianos y por otros favoritos. Sin emba r-

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go, ninguno de ellos dudó jamás de su propia div i-nidad. He aquí la cláusula final del edicto conjunto:“Todos aquellos que, movidos de audacia sacrílega,desafíen nuestra divinidad, serán privados de susempleos y de su propiedad”.

Destaquemos que esta orden tonante fue emit i-da no por emperadores romanos paganos, sino másbien por gobernantes cristianos. La carta escrita odictada por un emperador bizantino tenía caráctersagrado, y sus leyes eran “revelaciones celestiales”.Y para dirigirse oficialmente a tan exaltados pers o-najes era preciso usar la fórmula “Vuestra Etern i-dad”.

En su carácter de “imagen de Dios”, el emper a-dor exigía adoratio, adoración. La despiadada et i-queta de la corte obligaba no sólo a sus propiossúbditos sino también a los enviados extranjeros apostrarse en presencia del emperador. Liutprand,obispo de Cremona y autor de varias importantesobras históricas, fue embajador del rey de Italia antela corte de Bizancio. Al principio rehusó postrarseante ningún ser humano, pero al fin se vio obligadoa ceder. En el informe de su embajada describe elacto de presentación de sus credenciales.

El emperador estaba sentado en un trono de

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oro, bajo la sombra de un árbol del mismo metal.Era un árbol completo, con sus correspondientesramas y hojas de oro. Sobre las ramas había pájarosmecánicos hábilmente construidos; a ambos ladosdel trono, leones de tamaño natural, fundidos enoro puro, clavaban en el visitante sus ojos de rubí.Cuando el enviado entró en la sala, los pájaros m e-cánicos comenzaron a gorjear y los leones a rugir.Se disiparon los escrúpulos del obispo; inmediat a-mente se postró, y lo mismo hicieron sus dosacompañantes. Pero cuando levantó nuevamentelos ojos, el emperador y el trono habían desaparec i-do. Una maquinaria secreta los había elevado a con-siderable altura, y los ojos del emperador despedían“rayos divinos” que sorprendieron e intimidaron alos embajadores.

Durante el reinado de Diocleciano los títulosfueron establecidos y descritos con minucioso cu i-dado. El propio emperador era el “Amo Sacratís i-mo”. Se lo denominaba también Jovian o Dominus.Su compañero en el gobierno, Marco Aurelio Val e-rio Maximiano, recibió el sobrenombre de “Herc u-lius”, o Segundo Augusto. Los dos césares a quienesDiocleciano y Maximiano eligieron como represe n-tantes y sucesores, Cayo Valerio Galerio y Flavio

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Valerio Constancio, fueron también llamados “s a-crosantos”, y los miembros de su familia fuerontodos nobilissimi y nobilissima. Pero esto fue sólo elprincipio. Estaban los Siete Ilustres, el Chambelánprincipal, el representante de éste (que era ministrodel Interior), el canciller o Quaestor Sacri Palatii , elministro de Finanzas, y, finalmente, el comandanteen jefe de la caballería y la infantería. Todos elloseran miembros del Consistorio Sagrado. Los patr i-cios y los gobernadores principales tenían el títulode spectabili; es decir, “expectables”; los Sumos S a-cerdotes eran honorati, los senadores clarissimi, losjueces perfectissimi, los chambelanes egregii, tantosi actuaban en las chancillerías como si trabajabanen la corte. Los funcionarios civiles como inferioreseran los decurii, los recaudadores de impuestos, quesólo merecían el calificativo de respectabili.

Estos eran los títulos... pero también existían r e-glas exactas sobre el modo de dirigirse a estos di g-natarios. A algunos debía decírseles “VuestraPonderosidad”, y a otros “Vuestra Sabiduría”.Ciertos funcionarios podían sentirse ofendidos si seles decía “Vuestra Amplitud”, en lugar de “VuestraExcelsitud”. Expresiones como “Vuestra Vener a-ción” o “Vuestra Sagacidad” eran utilizados con

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minucioso cuidado, con la debida consideracióntanto a la importancia como a la jerarquía de cadafuncionario. Se necesitaba un par de años de estudioprofundos antes de conocer a fondo la baraúnda detítulos y de fórmulas.

2.

Otros gobernantes europeos no exigían el mi s-mo tributo de humildad que era obligado en la cortede Bizancio. (Aunque, como podemos verlo en Anay el rey de Siam, la postración completa subsistió enSiam y en otros países asiáticos hasta bien entradoel siglo XIX y aún durante el siglo XX). Se conte n-taban con una reverencia o genuflexión. Parece queesta forma de homenaje, elegante pero incómoda,fue desarrollada por la notoria etiqueta española. Lahallamos en Madrid y en Viena; es probable que enesta última ciudad haya sido adoptado al mismotiempo que otras tradiciones españolas de losHabsburgo. Tanto les agradaba a los emperadoresde Austria, que procuraron aumentar las oportun i-dades en que el cortesano debía caer de rodillas.Todos los peticionantes debían caer sobre ambas

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rodillas cuando entregaban sus documentos; enotras ocasiones, bastaba una sola rodilla. Cuando elemperador atravesaba la ciudad, todos debían arr o-dillarse; no se exceptuaban de ello ni siquiera losaltos dignatarios, si sus carruajes se cruzaban con eldel emperador. En ese caso, debían descender delvehículo y arrodillarse en la calle.

Bajo el reinado de María Teresa se prestó menosatención a la regla. Cuando Lessing, el gran crítico ydramaturgo, fue recibido en audiencia, este hombrede letras, poco habituado a las costumbres de loscortesanos, tropezó con sus propias piernas, pero laemperatriz lo dispensó graciosamente del ejercicio.

José II, un hombre que estaba muy avanzadocon respecto a su tiempo, y que además odiaba lasceremonias, abolió completamente la comedia. Elmismo día de su ascenso al trono emitió una pr o-clama en la que prohibía toda clase de “hazañasgimnásticas”. En eso seguía la pauta fijada por F e-derico el Grande, que el 30 de agosto de 1783 em i-tió una proclama, leída en todas las iglesias, envirtud de la cual se prohibía la genuflexión; pues esehomenaje, decía el documento, se debía sólo a Diosy no a un ser humano.

A pesar de toda la idolatría que caracterizó a la

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corte de Versalles, en esto no siguió el ejemplo e s-pañol. Por una u otra razón, se trataba de una prá c-tica reñida con la tradición francesa. En cambio, laspiernas de los cortesanos ingleses sufrían duraspruebas, impuestas por las minucias del ceremonial.En 1547, el mariscal Vieilleville fue invitado a a l-morzar con el rey Eduardo VI. En sus memoriasdescribe la escena con conmovida indignación:

“Los Caballeros de la Jarretera servían la mesa.Llevaban los platos, y cuando se acercaban a la altamesa, se arrodillaban. Recibía los platos el LordChambelán, y de rodillas los ofrecía al Rey. A losfranceses nos parece harto extraño que caballerosde las más famosas familias de Inglaterra, estadistasy generales eminentes debían arrodillarse de esemodo; cuando entre nosotros aún los pajes sólo searrodillan en la puerta, en el momento de entrar alsalón.”

Durante el reinado de Isabel las rodillas tuvieronque trabajar más aún. Paul Henzner, el viajero al e-mán, relata en su Itinerarium Gernmniae, Galliae, An-gliae, etc. (Nuremberg, 1612) cómo se tendía la mesade la reina. Cierto dignatario de la corte, a quien nopudo identificar, entró primero con un bastón, s e-guido por otro caballero que llevaba un mantel.

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Ambos hicieron tres genuflexiones frente a la mesavacía y el segundo caballero tendió el mantel; nu e-vamente tres genuflexiones, y salieron solemn e-mente. Después, entraron otros dos caballeros; unode ellos llevaba un salero, un plato y el pan; el otro,provisto también de un bastón de ceremonias, loprecedía con gran dignidad. También hicieron tresgenuflexiones antes y después de depositar los o b-jetos. Luego aparecieron dos damas, con el cubierto(hasta ese momento, no había tenedores). Como decostumbre, tres genuflexiones. Sonó una fanfarria yredoblaron los tambores; aparecieron los soldadosde la guardia real y depositaron sobre la mesa vei n-ticuatro platos de oro. La reina no había aparecidoaún, pero en cambio entró una tropa de damas decompañía. Levantaron los platos (con apropiadasreverencias) y los trasladaron a las habitaciones inte-riores... pues Isabel había decidido comer sola. El i-gió un plato o dos, y los otros volvieron a la sala debanquetes, donde fueron consumidos por las damasde compañía.

Esta costumbre se mantuvo hasta el reinado deCarlos II. El conde Filiberto de Gramont, el de lalengua viperina y mirar agudo, contempló las gen u-flexiones de los servidores la primera vez que fue

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invitado a un banquete de la corte. El conde, quehabía sido desterrado de Francia a causa de ciertoescandaloso affaire con una delas amantes de LuisXIX, fue preguntado por Carlos:

-¿Verdad que no es lo mismo en su país? ¿Sirvende este modo al rey de Francia?

El conde no pudo reprimir su ingenio malicioso.-Debo confesaros que no, majestad. Pero ta m-

bién he de reconocer mi error. Al principio creíaque estos caballeros se arrodillaban para disculparsepor el pésimo alimento que sirven a Vuestra Maje s-tad.

En la corte de Viena en 1731 todavía se comb i-naba la genuflexión y el besamanos, como lo explicaJohann B. Küchelbecher en su Allerneueste Nachrichtvom Römisch-Kayserl. Hofe (Hanover, 1730):

“El más señalado favor que el plebeyo puede re-cibir es que se le permita besar la mano de su M a-jestad Imperial. Ocurre del siguiente modo: quiensolicita este supremo favor debe presentarse prim e-ro ante el Chambelán principal y solicitar su ayuda.Si el Chambelán principal está dispuesto a conc e-derla, fija inmediatamente el día en que se otorgaráel favor real. En la fecha señalada, la persona se pre-senta en la residencia imperial y se reúne con el

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Chambelán principal. Se la coloca a poca distanciade la puerta por la cual pasa el emperador cuando sedirige a la mesa. Apenas aparece el emperador, lapersona admitida para el besamanos dobla una r o-dilla y besa las manos del emperador y de la emp e-ratriz, mientras éstos pasan; y los monarcasextienden la mano con ese fin. Ello ocurre casi di a-riamente, y especialmente los días festivos, cuandocasi todos son admitidos a la ceremonia del bes a-manos.”

Sin duda, era un señalado favor, aunque dispe n-sado democráticamente.

3.

Naturalmente, el arquetipo de toda ceremoniafue la famosa (o notoria) etiqueta española. Era tanrígida, y provocaba tantas anomalías que había desuministrar a los cronistas y a los coleccionistas deanécdotas material casi inagotable.

El mortal común no podía tocar la persona a u-gusta de la realeza española. En cierta ocasión, elcaballo de la reina española se encabritó y desmontóa su majestad; pero el pie de ésta quedó aferrado al

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estribo. Intervinieron dos oficiales y la liberaron,salvándola de una muerte segura. Pero los valerososguerreros huyeron inmediatamente como alma quelleva el diablo, saliendo del país para evitar la penamáxima en que habían incurrido por haber puestosus manos sobre el cuerpo sacrosanto de la reina.

Felipe III sufrió quemaduras mortales frente asu propia chimenea, porque los cortesanos no l o-graron hallar a tiempo al grande de España a quiencorrespondía mover el sillón del rey.

En invierno la reina de España debía estar en ellecho a las nueve de la noche. Si olvidaba la norma,y se demoraba en la mesa, sus damas de compañíase arrojaban sobre ella, la desvestían y la arrastrabana la cama.

La prometida de Felipe IV, María Ana de Au s-tria, fue recibida ceremoniosamente en cada una delas ciudades que atravesó durante el viaje a Madrid.En cierto lugar el alcalde intentó regalarle un par demedias de seda, obra maestra de la artesanía local.Sin embargo, el mayordomo apartó la caja con lasmedias y declaró solemnemente: “Ya es tiempo deque sepáis, señor alcalde, que la reina de España notiene piernas”. De acuerdo con la leyenda, la pr o-metida del rey se desmayó, horrorizada, porque cr e-

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yó que tan pronto llegara a Madrid le amputarían laspiernas para satisfacer las exigencias de la etiqueta.

La anécdota que ahora relataremos es la másconocida de todas. Tuvo cierto papel en la Revol u-ción Francesa. En el debate sobre la Constitución,un miembro de la Asamblea Nacional propuso unapetición al rey, la que debía comenzar con la frase:¡”La Nación deposita su homenaje a los pies de SuMajestad!” Pero Mirabeau echó a perder la hermosafrase: “¡El Rey no tiene pies!” rugió con su voz deleón.

Pero las anécdotas, los relatos, las leyendas tena-ces tienen alas y pies. Circulan por el mundo, y p a-san de un siglo a otro. Cuando pretendemosinvestigar su origen, nos perdemos en una marañaimpenetrable. No hay pruebas fehacientes de queestos ridículos excesos de la etiqueta española hayansido siempre reales. Lünig se muestra muy cautelosoen sus alusiones, y remite- para “mayores detalles”-a las memorias de la condesa d'Aulnoy.

Marie Catherine Jumel de Berneville, condesad'Aulnoy (u Aunoy) fue una de las primeras int e-lectuales, y escribió gran número de cuentos de h a-das y novelas, además de libros de viajes ymemorias. La mayoría de sus obras ha caído en el

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olvido, aunque L’oiseau bleu inspiró el bello Pájaroazul de Maeterlinck. En 1690 publicó sus memoriasde la corte española. Este libro se convirtió enfuente de todos los mitos, leyendas y anécdotasposteriores; aun Isaac d'Israeli lo utilizó para co m-poner su Curiosities of Literature; y graves historiad o-res le atribuyeron veracidad absoluta. Sin embargo,es muy probable que la condesa aplicara a sus m e-morias los métodos propios del cuento de hadas yque presentara como hecho real muchos chismes oanécdotas de carácter satírico.

Sin embargo, es perfectamente cierto que los r e-yes de España, intoxicados por su propio poder a b-soluto, se convirtieron en prisioneros de unaetiqueta absolutamente rígida, cuyo formalismoellos mismos desarrollaron. Se ataron de pies y m a-nos... aunque las ligaduras estuvieran entretejidascon hilos de oro. Cada hora de sus vidas estaba e s-trictamente regulada por un horario inmutable. Aunla vida amorosa del rey de España estaba regida porla etiqueta. Lünig, súbdito leal que carecía absol u-tamente del sentido del humor, describe el m o-mento de exaltación en que el rey sale con elpropósito de hacer una visita nocturna a su reina:

“Calza pantuflas, y cubre sus hombros un

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manto de seda negra. En la derecha lleva una espadadesnuda, en la izquierda una linterna. Del brazo i z-quierdo cuelga una botella, que no sirve para bebersino para otros propósitos nocturnos (... nicht zumtrincken, sondern sonst bey Nacht-Zeiten gebrauchtwird).”

Realmente, la figura de ese amante era sin dudaun espectáculo terrorífico.

4.

Los primeros reyes franceses odiaban la idea desilenciar la voz fresca y libre del ingenio gálico conla mordaza de la etiqueta y del ceremonial. Adopt a-ron las tradiciones de la corte borgoñona, pero t u-vieron buen cuidado de reservarse oportunidadesque les permitían establecer contacto directo con elmundo de los mortales comunes. Enrique IV fav o-reció el uso de un lenguaje directo y franco. Proh i-bió a sus hijos que lo llamaran “Monsieur”... queríaser sencillamente “papá”. Tampoco aceptó la est ú-pida institución de las cortes alemanas...” los niñosde azotes”. Eran hijos de nobles, compañeros dejuegos de los jóvenes príncipes de la sangre; y cua n-

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do éstos últimos se portaban mal, los “niños deazotes” recibían el castigo correspondiente. EnriqueIV dio instrucciones especiales al tutor de su hijopara que le aplicara una buena azotaina cuando elniño se portara mal. En una carta fechada el 14 denoviembre de 1607 escribe lo siguiente: “Deseo yordeno que el Delfín sea castigado siempre que semuestre obstinado o culpable de inconducta; porexperiencia personal sé que nada aprovecha tanto aun niño como una buena paliza”.

El gran cambio sobrevino bajo el reinado deLuis XIV. El monarca amaba la vida de la corte, yse complacía en el eterno movimiento y en el cale i-doscópico color de Versalles. Pero dicho mov i-miento debía ser orbital: Luis XIV era el Sol,alrededor del cual giraba todo el universo, y su pe r-sona era la única fuente de calor y de luz.

Reorganizó y desarrolló la etiqueta española deacuerdo con sus propios gustos. Conservó el cuelloajustado, pero en lugar del rígido corte español,procuró obtener un toque de belleza con encaje deChantilly. He aquí lo que dice Voltaire en su Épocade Luis XIV:

“Deseaba que la gloria que emanaba de su pr o-pia persona se reflejara en los que le rodeaban, de

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manera que todos los nobles debían ser honrados,pero ninguno poderoso, ni siquiera su hermano o elPríncipe. Con este fin falló en favor de los pares ellargo pleito que sostenían con los presidentes delparlamento. Estos últimos reclamaban el privilegiode hablar antes que los pares, y de hecho se habíanposesionado de él. Luis decidió, en el curso de unconsejo extraordinario, que en presencia del rey, ydurante las sesiones de la Alta Cámara en su cará c-ter de cuerpo judicial, los pares debían hablar antesque los presidentes, como si dicha prerrogativa seoriginara directamente en la presencia del monarca;y en el caso de las asambleas que no eran cuerposjudiciales, permitió la vigencia de la antigua costu m-bre.

“Con el fin de distinguir a los principales cort e-sanos, se idearon casacas azules, bordadas de oro yplata. Los hombres dominados por la vanidad co n-sideraban señalado favor el permiso de usar estasprendas. Eran casi tan ansiadas como el collar de laorden de San Luis. Cabe mencionar, ya que aquí setrata de pequeños detalles, que entonces se llevabanlas casacas sobre un jubón, adornado con cintas, ysobre esta casaca se ajustaba un tahalí, del que co l-gaba la espada. Alrededor del cuello se usaba ta m-

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bién una suerte de cinta de encaje, y un sombrerocon dos filas de plumas. Esta moda, que duró hasta1684, prevaleció en toda Europa, con excepción deEspaña y Portugal. Casi todos los países se enorg u-llecían de imitar a la corte de Luis XIV.

“Introdujo en su casa un sistema que todavíaperdura (Voltaire escribía en 1752), reguló las jera r-quías y funciones, y creó nuevos puestos para elservicio de su propia persona, entre ellos el de GranMaestre del Guardarropa. Restableció las mesas e s-tablecidas por Francisco I, y aumentó su número.Doce de ellas estaban reservadas para los oficialesque cenaban en la presencia del rey, y se las tendíacon el mismo cuidado y profusión que se puedeobservar en la mesa de muchos soberanos.”

“Creó nuevos puestos para el servicio de su per-sona”. La frase parece inofensiva y razonable. Peroen este caso Voltaire se expresa con excesiva mode-ración... o quizás con indispensable prudencia. (Doscapítulos de su libro debieron ser omitidos durantemucho tiempo.) Veamos un poco... ¿qué hay detrásde esta frase inocente? Asistamos al momento enque el rey despierta, y examinemos el caso desde elpunto de vista del siglo XX.

Era deber del jefe de lacayos separar las cortinas

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de la cama real, al principio de la mañana. Su MuyCristiana Majestad se dignaba abrir un ojo, y luegoel otro. Los lacayos permitían el paso a los dignat a-rios autorizados a presenciar la solemne ceremonia.Entraban los príncipes de la sangre, seguidos por elchambelán principal de la corte, el Gran Maestre delGuardarropa mencionado por Voltaire, y cuatrochambelanes comunes de la corte.

Se levanta el telón... y comienza la ceremonia deldespertar.

El rey descendía del famoso lecho colocado enel centro preciso del palacio... el foco de Versalles,del mismo modo que el sol era el centro del sistemasolar, y el Rey Sol lo era de su corte. Después debreve plegaria, el jefe de lacayos derramaba sobrelas manos reales unas pocas gotas de eau de vie per-fumada, las que representaban las abluciones. ElPrimer Chambelán ofrecía las zapatillas reales, luegoentregaba la bata real al Gran Maestre del Guard a-rropa, y ayudaba a Su Majestad a vestirla. El rey sesentaba en su sillón. El barbero de la corte quitabael gorro de dormir real y peinaba los cabellos delmonarca, mientras el primer Chambelán sostenía unespejo.

No se trata de detalles muy interesantes, pero en

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la vida de Versalles poseían enorme significado ygran importancia. Acomodar las zapatillas en el piereal o ayudar a Su Majestad a ponerse la bata repr e-sentaban señalados favores que todos los cortesanosenvidiaban amargamente.

El orden estricto que se seguía durante la cer e-monia fue establecido por el propio rey, y debía seracatado sin el más leve desvío. Hasta el día de lamuerte o enfermedad final del monarca, el primerchambelán fue siempre el encargado de acercarle laszapatillas, y el Gran Maestre del Guardarropa seocupó en pasarle la bata. Proponer un cambio delceremonial hubiera sido inconcebible y habría equ i-valido a una revolución.

Esta era la primera parte, el aspecto íntimo deldespertar. Seguía luego el segundo acto, más sole m-ne.

Los servidores apostados a la entrada de la h a-bitación abrían las amplias puertas. Entraba la corte.Duques y pares, embajadores, mariscales de Francia,ministros de la Corona, presidentes de los parl a-mentos... dignatarios de todo tipo y pelaje. Ocup a-ban los lugares cuidadosamente establecidos deantemano, del lado exterior de la barrera dorada quedividía el dormitorio en dos partes, y contemplaban

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el espectáculo con silenciosa ansiedad. Era, ciert a-mente, un espectáculo de gran gala, en el cual repre-sentaba el primer papel, como siempre, el supremodignatario y principal actor de Francia.

Escena primera: El rey se quita la bata. El GranMaestre del Guardarropa ayudaba por la derecha, eljefe de lacayos por la izquierda. Sin duda, la bata erauna prenda menos trascendente que la camisa. M u-cho más complejo era el acto en virtud del cual elrey se despojaba de la camisa de noche y se ponía lacamisa de día. Un caballero de cámara la entregabaal primer chambelán, que la pasaba al duque de O r-leáns, cuyo rango sólo era inferior al del propio rey.El rey recibía la camisa de manos del duque, se laponía sobre los hombros, y con la ayuda de doschambelanes se quitaba la camisa de noche y seacomodaba la de día.

La función de gala continuaba. Los funcionariosde la corte ayudaban a Su Majestad a completar suarreglo, a ponerse los zapatos, a asegurar las hebillasde diamantes, a colgar la espada y la cinta de la o r-den elegida por el monarca. El Gran Maestre delGuardarropa (generalmente el duque de más edad)desempeñaba un papel importantísimo. Sostenía ensus manos las ropas usadas el día anterior mientras

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el rey retiraba los pequeños objetos de uso diario ylos trasladaba a los bolsillos de la ropa que estabavistiendo; también presentaba al monarca en unabandeja de oro, tres pañuelos bordados, para que elrey eligiera uno; y entregaba a Su Majestad el so m-brero, los guantes y el bastón.

En los días nublados, si se necesitaba luz, se d a-ba también una oportunidad a algún miembro delpúblico. El chambelán principal preguntaba en vozbaja al rey quién debía sostener el candelabro. SuMajestad nombraba a este o a aquel dignatario, quecon el pecho hinchado de orgullo se encargaba desostener el candelabro de dos brazos durante eltiempo que duraba el tocado real. Obsérvese bien:candelabro de dos brazos... pues Luis había regul a-do también el empleo de velas y de candelabros enel complicado sistema de la etiqueta de la corte.Sólo el rey tenía derecho a un candelabro de dosbrazos, los demás debían contentarse con un ca n-delabro de un brazo.

Este principio fue aplicado a todos los aspectosde la vida. Luis gustaba de las chaquetas recamadasde oro... por consiguiente, hubiera sido inconcebibleque el mortal común usara nada semejante. Pero,como raro favor, permitía que ciertos individuos

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meritorios recamaran de oro sus chaquetas. Se otor-gaba un permiso escrito, firmado por Su Majestad yrefrendado por el primer ministro. Esas chaquetastenían un nombre especial: justaucorps á brevet,chaquetas certificadas”.

Cuando el espectáculo cotidiano concluía, el reyabandonaba la cámara y los cortesanos lo seguían.Pero en la cámara real se desarrollaba entonces unabreve “ceremonia secundaria”. Era preciso arreglarel lecho real. No, por cierto, apresuradamente, c o-mo suele ocurrir con la mayoría de las camas comu-nes. Este procedimiento tenía también sus reglasescritas. Un lacayo se colocaba a la cabecera de lacama, y el otro a los pies, y el tapicero de palacioarreglaba el augusto lecho. Debía hallarse presenteuno de los chambelanes, con el fin de vigilar elcumplimiento de las reglas de la operación.

La propia cama, lo mismo que los restantesmuebles o artículos de uso cotidiano, debía ser tr a-tada con el debido respeto. Quien pasaba la barreraque dividía la cámara estaba obligado a realizar unagenuflexión ante el lecho.

La costumbre del despertar fue adoptada pormuchas cortes europeas. Johann Küchelbecher de s-cribe en 1732 una ceremonia semejante en el Ho-

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fburg de Viena. La principal diferencia era aquí que elrey cumplía la ceremonia en una habitación cercanaa la cámara, a la que entraba cubierto con una bata.Allí, sus chambelanes lo vestían, lavaban y peinaban.El lever de los Habsburgo era más exclusivo que elde Versalles; no se admitía a nadie sin un examenestricto de sus antepasados y de la pureza de su san-gre.

Aún más complicado era el ceremonial de lamesa.

Cuando llegaba el momento de la comida deLuis XIV, el ujier principal golpeaba con su bastónla puerta de los Guardias Reales, y reclamaba en vozalta: “¡Caballeros, cubierto para el Rey!”

Cada uno de los oficiales de la Guardia Real r e-cogía el plato o cubierto que le había sido enc o-mendado, y la procesión se encaminaba hacia elgran salón comedor; a la cabeza marchaba el ujierprincipal, luego los oficiales, y a ambos lados losguardias. Depositaban la carga sobre la mesa de ser-vicio, y por el momento sus funciones habían co n-cluido; tender la mesa era tarea de incumbencia deotros funcionarios de la corte. Una vez que habíancumplido su misión, el chambelán de servicio co r-taba el pan e inspeccionaba la vajilla. Después de

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comprobar que todo estaba en orden, el ujier pri n-cipal rugía nuevamente: “¡Caballeros, carne para elrey!”

Los guardias se ponían en posición de firmes ycierto número de dignatarios de la corte marchabana la habitación vecina, donde examinaban atent a-mente los platos destinados a la mesa real. Elchambelán de la corte los disponía en correcto o r-den; luego tomaba dos rebanadas de pan y las e m-papaba ligeramente en la salsa o jugo de las viandas.Probaba una y ofrecía la otra al mayordomo princ i-pal. Si estos altos dignatarios consideraban que losplatos tenían buen sabor, la procesión se formabanuevamente; a la cabeza se colocaba otra vez el ujierprincipal con su bastón, detrás el chambelán de lacorte con su vara de oro, luego el chambelán con unplato, el mayordomo principal con el segundo, elinspector de la cocina real con el tercero, y detrásvarios dignatarios de diferentes categorías. Los pl a-tos eran escoltados por guardias armados de carab i-nas... ¡probablemente para evitar que alguien robaralos alimentos!

Una vez que los preciosos alimentos habían ll e-gada al comedor, se anunciaba al rey- con arreglo aformalidades estrictamente prescritas- que el a l-

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muerzo o la cena estaban servidos. El servicio de lamesa era tarea de seis nobles chambelanes. Unocortaba la carne, otro la servía, el tercero la ofrecía,y así sucesivamente. Cuando el rey deseaba beber, elcopero de la corte exclamaba: “¡Bebida para el Rey!”

Doblaba la rodilla frente a Su Majestad, se dir i-gía a la alacena y recibía del bodeguero de la corteuna bandeja con dos jarros de cristal. Uno conteníavino, el otro agua. Otra genuflexión, y entregaba labandeja al chambelán encargado del servicio; esteúltimo mezclaba un poco de vino y agua en su pr o-pio vaso, probaba el líquido, y luego devolvía labandeja al copero. Después de este procedimientosolemne y ceremonioso el rey podía beber al fin.

Con cada plato se repetía la misma ceremonia.Cuando el día tan minuciosamente regulado

acababa y el rey se retiraba, se reproducían las c e-remonias del lever, pero a la inversa, como en unfilm que la cámara pasara de adelante para atrás.Baste decir que las abluciones nocturnas eran unpoco más abundantes que las escasas gotas de eaude vie de la mañana. Se disponía una toalla sobredos bandejas de oro, y un extremo estaba húmedo,y el otro seco. El rey utilizaba la parte húmeda parafrotarse la cara y las manos, y se quitaba la humedad

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con la parte seca de la toalla. Innecesario es subrayarque la presentación de la toalla era función muyhonrosa, y estaba reservada a los príncipes de lasangre. La etiqueta de la corte distinguía los dif e-rentes aspectos de este sencillo acto con minuciosadelicadeza. Si también estaban presentes los hijos olos nietos del monarca, la toalla pasaba de manosdel chambelán principal al príncipe de más elevadajerarquía. Si alrededor del rey había otros príncipesde la sangre, entregaba la toalla uno de los lacayos.

Este mínimo detalle nos indica que el Rey Solestaba bañado en gloria, en la humilde adoración desus súbditos, y en muchas otras cosas... pero nuncaen agua.

Esta cotidiana idolatría ocupaba a un enjambrede dignatarios y funcionarios de la corte, de compl i-cados y extensos títulos. La cocina real ocupaba nomenos de noventa y seis supervisores nobles, entreellos treinta y seis mayordomos, dieciséis inspect o-res, doce chambelanes y un chambelán principal. Elpersonal de la cocina sumaba cuatrocientos cuarentay ocho individuos, sin contar los servidores emplea-dos en ella y los servidores que atendían a los serv i-dores.

Tan gigantesco incremento de las jerarquías

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cortesanas tenía cierto fundamento real. En la de s-lumbrante corte de este monarca de suprema van i-dad vivía un hombre equilibrado y comprensivo:Colbert, el ministro de finanzas. Se le ocurrió aColbert que, si era necesario que el país se vieraagobiado por los impuestos, bien podía establecerseun impuesto sobre la vanidad. Colbert vendía lostítulos y las jerarquías de la corte. El más barato erael título de maestro de cocina: costaba sólo ochomil francos. En proporción con el grado de impo r-tancia, se elevaba el costo: el mayordomo principal,por ejemplo, pagaba un millón y medio de francospor su deslumbrante puesto. Colbert confirió a estadudosa transacción cierto aire de respetabilidadprometiendo pagar un interés anual sobre el capitalque se depositaba. Sin duda, se pagaba el interés,pero los compradores sabían muy bien que jamásvolverían a ver su capital, y trataban de compensa r-se por otros medios. De acuerdo con los cálculos delos historiadores, robaron cinco veces más que elinterés de la inversión realizada.

Todo esto podría haber sido un fenómeno sinimportancia, un capítulo ridículo pero secundario dela historia de la estupidez humana. Sin embargo, sucosto fue enorme, no sólo para Francia sino para

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Europa en general. Por doquier aparecieron pequ e-ñas (y a veces no tan pequeñas) reproducciones dela corte de Versalles. Los pequeños príncipes al e-manes, así como los grandes duques y los noblesquisieron imitar al Rey Sol. Innumerables dominiosy principados se arruinaron debido al estúpido d e-seo de emular a Luis XIV. Los soldados de Hesseque fueron vendidos y terminaron sus días en tierraextranjera, las innumerables y sucias “empresas c o-merciales” de los amos continentales se originaronprincipalmente en este sentimiento de vanidad. ElRey Sol podía sentirse orgulloso; era el centro nosólo de su corte y de Francia, sino de todo el mu n-do civilizado.

5.

Cuando moría un rey de Francia, se embalsam a-ba el cadáver y se lo enterraba después de cuarentadías. Entretanto, el ataúd descansaba en un féretroricamente decorado, cubierto de brocato dorado yribeteado de armiño. Sobre el féretro se colocabauna efigie de cera del difunto, con una corona en lacabeza y un cetro en la mano.

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Se dispensaban a esta efigie de cera los mismoshonores que al propio rey en vida, cuando se l e-vantaba por la mañana, comía durante el día y seacostaba por la noche. Naturalmente, se omitían lasceremonias del lever y el coucher, pero se observabacuidadosamente toda la etiqueta de las comidas. Losoficiales de la corte traían los platos con el mismoceremonial complicado; los altos dignatarios los p a-saban y los aceptaban con idéntica solemnidad; congrave expresión mezclaban y paladeaban el vino; ycuando ofrecían las perfumadas servilletas, observa-ban celosamente los derechos de precedencia.Además de los chambelanes, estaba presente toda lacorte; todo aquel que tenla derecho a asistir a losbanquetes reales insistía en presenciar la aliment a-ción de la efigie de cera.

Y la figura de cera contemplaba silenciosamentelas entradas y salidas, y las reverencias y genuflexi o-nes. Pero su rostro pintado no sonreía.

¿Cuál fue el origen de este estúpido ceremonial?Ciertamente, tuvo cierto papel en ello la infinita

vanidad de los cortesanos. Durante cuarenta díaspodían continuar representando sus papeles, y g o-zando de sus privilegios y jerarquías. Tan pronto seasignaba cierta función a un cortesano, era impos i-

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ble detener a los demás. El segundo insistía en susderechos, y lo mismo hacía el tercero o el quincu a-gésimo. Por consiguiente, no era mala idea alime n-tar la vanidad de estos hombres permitiéndoles darde almorzar y de cenar a la efigie de cera.

Pero, ¿dónde se originó la idea misma?Para descubrirlo, es preciso remontarse a la épo-

ca de los emperadores romanos.Herodiano, el historiador griego que escribió

una historia de Roma entre los años 180 y 238 denuestra era, nos da la respuesta. Este autor explicaque después de la muerte de un emperador, se d e-positaba la imagen de cera sobre un diván de marfilcolocado en el salón del palacio. Los senadores,vestidos de luto, pasaban el día alrededor del emp e-rador de cera, cuyo rostro tenía la palidez de lamuerte. Afuera, el populacho espera y observa. Detanto en tanto los médicos examinan al invalido decera e informan con tristeza que está empeorando.Al séptimo día se anuncia oficialmente la muerte.Entonces se realiza la apotheosis, el funeral real; seenciende tremenda hoguera y se deifica al emper a-dor.

Luis XVIII fue el último monarca francés paraquien se preparó una imagen de cera. Pero se s u-

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primió la ceremonia de las comidas. Pues era fam o-so el tremendo apetito del rey ciudadano, y los m i-nistros de su sucesor temieron que la risa homéricade la multitud conmoviera las ventanas del palacio.

La realeza difunta también acarreaba problemas.John Stow nos cuenta que Enrique I, después defallecer, mató a su propio médico:

“Se había prometido gran recompensa al médicopara que abriera su cabeza [la del rey] y extrajera elcerebro, pero el hedor lo mató, y por consiguienteno pudo gozar de la recompensa prometida.”

Los ojos, el cerebro y las entrañas del rey fueronenterrados en Ruán; el resto de su cuerpo fue c u-bierto de sal y envuelto en cueros vacunos, “debidoal hedor que envenenaba a los que estaban alred e-dor”. Y todo por la locura de haberse hartado delampreas.

El entierro de Enrique VIII tampoco fue muyceremonioso. Un documento contemporáneo, co n-servado en la colección Sloane, relata que el cadáverpasó una noche entera en un convento profanadoque había servido de cárcel a Catalina Howard:

“El rey, a quien llevaban a Windsor para ser e n-terrado, estuvo toda la noche entre las derruidasmurallas de Sión; y como el ataúd de plomo sufrió

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por el movimiento del carruaje, la sangre de Enr i-que manchó el piso de la iglesia.

“Por la mañana vinieron plomeros para soldar elataúd, y entre ellos- tiemblo al escribir esto- apar e-ció súbitamente un perro, que lamió la sangre delrey...”

¡Largo camino se habla recorrido desde la efigiede cera celosamente alimentada durante cuarentadías!

6.

En 1810 la mitad occidental de Haití se convi r-tió en república. Su presidente fue el general HenriChristophe, nacido esclavo en Granada, y hábil l u-garteniente de Pierre Dominique Toussaint L'O u-verture en la revolución de 1791 contra losfranceses.

La carrera de Christophe había sido meteórica.Nacido en la esclavitud, se liberó por sus propiosesfuerzos, y luego fue cocinero de un conde francés.Posteriormente se consagró a la carrera de las a r-mas, y demostró su valor en varias guerras de m e-nor importancia, hasta que alcanzó la jerarquía de

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general.Debe decirse en su honor que permaneció fiel a

su esposa a través de todas las vicisitudes de su c a-rrera. Ella era haitiana, y también había sido cocin e-ra. Napoleón era el ideal y modelo de Christophe.El corso había comenzado desde abajo; ¿por qué nopodía emularlo?

Durante su presidencia, obtenida gracias al as e-sinato de Jean Jaeques Dessalines- el emperadorJacques I de tan particular estilo- Christophe echólos cimientos de su Propia realeza. El ceremonial yla etiqueta fueron regulados de acuerdo con el m o-delo francés. Se ha conservado un ejemplar de laGaceta Oficial haitiana, en el que se describen det a-lladamente las festividades del cumpleaños de laesposa del presidente.

El titular del amarillento diario (en francés) diceasí:

GACETA OFICIAL DEL ESTADO DE HAITÍ30 DE AGOSTO DE 1810

SÉPTIMO AÑO DE LA INDEPENDENCIA

“El 15 de agosto”, dice el editorial, “se vio s e-ñalado por un sentimiento de general regocijo. T o-

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dos se sintieron poseídos por el exaltado entusia s-mo que generalmente acompaña el cumpleaños deSu Alteza, la esposa del Presidente. Como los a u-ténticos patriotas haitianos se interesan por los másmenudos detalles relacionados con el objeto de sucariño y respeto, daremos un relato minucioso detodos los brillantes éxtasis que han hecho tan s o-berbia esta magnífica fiesta”.

Los soberbios éxtasis comenzaron la noche a n-terior, cuando varias salvas dieron la señal “para elestallido de la alegre y general intoxicación”. En lascimas de las montañas se encendieron hogueras. Seiluminó la capital. Se desplegaron estandartes y ca r-teles en los que se expresaba la lealtad y el aprecioinspirados por las cualidades de la “virtuosa co n-sorte”. A medianoche se celebró un concierto al airelibre, en el que “se cantaron varios solos y duetos enelogio del cumpleaños, con el fuego interior y elhondo poder expresivo que sólo el tributo a la vi r-tud puede inspirar. Después de la serenata el públ i-co se retiró de mala gana a dormir, para levantarse aprimera hora de la mañana, al son de pífanos ytrompetas, que señalaban la aproximación del m o-mento apasionadamente esperado y el principio dela grata pompa de las festividades”.

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Los distinguidos huéspedes se reunieron a lasseis de la mañana (hora bastante temprana, deacuerdo con las normas europeas) en el palacio,donde el Maestro de Ceremonias presentó a SuGracia y Alteza, la Consorte del Presidente. El pr i-mer ministro pronunció un discurso de salutación,que concluyó con una plegaria de agradecimiento alTodopoderoso por haber hecho al afortunado Haitíel don de Su obra maestra, Su Gracia y Alteza, laConsorte del Presidente. (Así dice la Gaceta Of i-cial.)

Aunque muy conmovida, Su Gracia replicó br e-vemente. De todos modos, aún esas pocas palabrasfueron una hazaña, pues no sabía leer ni escribir, ydebió aprender el discurso de memoria y de oídas.

“¡Caballeros!”, dijo. “Mi corazón, que apreciacabalmente vuestro homenaje, sólo desea ser cadadía más digno del respeto y del amor del pueblohaitiano”.

Debe reconocerse que fue un discurso sencillo einteligente. Sin embargo, para la Gaceta Oficial fuealgo apenas menos precioso que una oración deDemóstenes o que la sabiduría del rey Salomón.

“Ante estas palabras, inspiradas por la personif i-cación misma de la Modestia y de la Bondad, el p ú-

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blico reunido emitió un murmullo de profundoafecto. El viajero extraviado en el desierto, que alfin da con una fuente refrescante y allí sacia su sed,no puede sentir mayor placer que el que embargó elalma del pueblo haitiano cuando oyó tan noblespalabras.”

Enfermante servilismo, nauseabundas adulaci o-nes, se dirá. Algo que sólo es posible entre estospobres negros, que tratan de imitar a otros paísesmás civilizados y también más artificiosos.

Podemos reír ante el florido estilo y la infantiladulación de la Gaceta Oficial. Pero compárense losfragmentos anteriores con estas líneas:

“Fue siempre gran amigo y sabio consejero delos trabajadores intelectuales, y especialmente de losliteratos. Confirió a los escritores el orgulloso títuloy la misión: ¡ser los constructores del espíritu! Y élconcibió el lema eterno de la literatura mundial pro-gresista: ¡escribir la verdad!”

“El movimiento mundial de la paz vio en él alhombre cuyas palabras y cuya actividad científica ypolítica se orientó siempre hacia el futuro pacíficode la humanidad. Su último discurso llamó a todoslos hombres honestos a defender la paz, la libertad,la independencia nacional y los derechos humanos.

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Estas palabras constituyen los hitos deslumbrantes einmortales de los partidarios de la paz, y les indicanexactamente el camino a seguir.”

¿Hay tanta diferencia entre la Gaceta Oficialhaitiana de 1810 y la Gaceta Literaria húngara del 21de diciembre de 1954? ¿Entre la descripción de lafiesta de cumpleaños de la consorte de HenriChristophe y el articulo en que se celebró (póst u-mamente) el septuagésimo quinto cumpleaños decierto José Vissarionovich Dzhugaslivili... es decir,de José Stalin?

El presidente Christophe no lo fue por muchotiempo. El 2 de junio de 1811 “él y su esposa fueroncoronados solemnemente en Cape Francoise” (i n-forma el Annual Register):

“como rey y reina de Haití, por un arzobispotitular, después de lo cual ofreció una espléndidafiesta, en la que estuvieron presentes dos capitanesingleses y todos los marinos de las naves mercantesinglesas y norteamericanas. Su Majestad bebió a lasalud de su hermano, el Rey de Gran Bretaña, yvotó por su éxito en la lucha contra el tirano fra n-cés. Ha creado varios grados de nobleza, y ha d e-cretado la organización de una guardia real, de unaorden de caballería y de una jerarquía eclesiástica; y

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probablemente representará su papel de monarcacon tanta dignidad aparente como cualquiera de losque últimamente se han elevado a esa jerarquía enEuropa.”

¡Pero el Annual Register se quedaba corto! Elnuevo rey ansiaba realizar los mayores esfuerzos enbeneficio de la gloria y del brillo de su corte. Seguíaimitando a su modelo, Napoleón, a cuya “recientecorona” el Annual Register se refería con mal dis i-mulada sorna en la frase final del párrafo citado. ElAlmanaque de la Corte de Haití para el año 1813menciona a los miembros de la familia real y a losdignatarios de la corte. He aquí algunos párrafos:

La familia real: Su Majestad, Henri I, rey deHaití, y Su Consorte, Su Majestad Maríe Ludovique,reina de Haití. Los niños reales, a saber, el Delfín,seguido del príncipe Jacob Víctor, las princesasEmethyste y Athenais Henriette, de las cuales laprincesa Emethyste lleva el titulo de Madame Pr e-miere.

Príncipes y princesas de la sangre: El príncipeNoele, hermano de Su Majestad la Reina. MadameCelestine, esposa de aquel. El príncipe Jean, primode Su Majestad el rey. Madame Marie Augustine,viuda del finado príncipe Gonaives.

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Los pares del dominio: El príncipe Noele, cor o-nel de guardias. El príncipe Jean, gran almirante.Los mariscales del dominio. (Aquí viene la lista deduques y condes.)

Los pares de la corona: El Despensero principal,el Copero principal, el Lord Chambelán, el Maestrojefe de los establos, el Lord Maestre de la Caza, elLord Maestre de Ceremonias.

La casa real de la reina: Un Despensero princ i-pal, dos Damas de Compañía principales, doceDamas de Compañía comunes, un Chambelán prin-cipal, dos Chambelanes, cuatro Mayordomos delestablo, un secretario privado y una nube de pajes.

El Delfín tenía otra casa, y a ella estaban asign a-dos un Gran Mayordomo y dos tutores.

¿Dónde encontró Henri Christophe, ex esclavoy ex cocinero, tantos dignatarios y funcionarios?

El Almanaque de la Corte nos informa que SuMajestad estableció una nobleza hereditaria. Paraempezar creó once duques, veinte vizcondes, treintay nueve barones y once caballeros.

El Almanaque, que trae abundante información,detalla el ceremonial de la corte. Sus Majestades r e-cibían todos los jueves. El rey y la reina se sentabanen sillones; los otros lo hacían con arreglo al rango

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de cada uno, exactamente como en la corte francesaantes de la Revolución. Las princesas de la sangreocupaban sillas de respaldo alto, pero las otras d a-mas debían contentarse con taburetes... es decir,asientos de escasa altura y sin respaldo.

Se prohibía a los invitados saludarse entre sí enpresencia de Sus Majestades. También estabaprohibido dirigirse a Sus Majestades sin previo pe r-miso del Maestro de Ceremonias.

Y así por el estilo. Hasta el 8 de octubre de1820, en que estalló una revuelta militar. El reyHenri vio conmoverse y vacilar su trono, y se pegóun tiro.

La familia real negra, la corte negra, los paresnegros... todo se sumergió en el olvido, sin dejarrastros.

Sin embargo, menos de treinta años después r e-surgió en Haití la gloria de la corona. Pero esta vezno fue una simple corona real, sino imperial.

Faustin Elie Soulouque fue general y político. Ala edad de sesenta y dos años fue elegido presidente;dos años después, en 1849, se proclamó emperador,con el nombre de Faustin I. La importante cerem o-nia tuvo lugar el 26 de agosto de 1849. Como no sedisponía de una corona de oro se improvisó un a r-

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tefacto de cartón dorado, que el presidente del S e-nado depositó solemnemente sobre la cabeza delnuevo emperador. Faustin I se sintió tan profund a-mente conmovido, que eligió palabras un tanto in a-propiadas para iniciar sus funciones, pues exclamó:“¡Viva la libertad! ¡Viva la igualdad!”

Faustin I organizó su corte imperial sobre elmolde de la que había tenido Henri I. Creó pares yaltos dignatarios, fundó una orden de caballería.Entre los funcionarios de la corte había un LordGran Panadero, instituido a imitación del GrandPenatier francés. Se produjo cierta confusión, puesnadie atinaba a establecer las funciones reales deeste caballero. Desconcertado, el hombre pidió a u-diencia al Emperador, pero éste resolvió muy gr a-ciosamente el problema: “C'est quelque chose debon” (Es algo bueno).

El nombre de Lord Gran Panadero era condede la Limonada. Lo cual parece un tanto extraño.Pero había otro llamado duque de la Mermelada. Ycuando se repasan los títulos de la nueva aristocr a-cia, se descubren otros títulos sorprendentes:

Duque de las Mejillas Rojas (Duc de Dondon).Duque del Puesto Avanzado (Duc de l'Avancée).Conde del Río Torrencial (Comte d'Avalasse). Co n-

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de del Terrier Rojo (Comte du Terrier Rouge). B a-rón de la Jeringa (Baron de la Seringue). BarónAgujero Sucio (Baron de Sale-Trou). Conde Núm e-ro Dos (Comte de Numero-Deux).

Qué había detrás de toda esta imbecilidad ha i-tiana?

Cuando el emperador Faustin creaba un par,también daba al beneficiario cierta extensión de ti e-rra plantaciones más o menos extensas confiscadasa sus antiguos propietarios. Era bien sabido que lanobleza de Francia, a la que tanto se imitaba, tom a-ba su nombre de las propiedades que ocupaba, porlo cual se consideró aconsejable que la nueva aristo-cracia negra se denominara según la propiedad decada uno. Pero las plantaciones no tenían nombrestan atractivos o melodiosos como los antiguos ca s-tillos de la nobleza francesa; los viejos propietarioslas habían bautizado con los nombres de los pr o-ductos elaborados, o de acuerdo con la ubicación dela propiedad, o con cierta particular cualidad delsuelo, etc. Así, la patente de nobleza del hombreque poseía limonares era el título de conde de laLimonada; el nuevo propietario de una fábrica dejaleas se enorgullecía de que lo llamaran duque de laMermelada. Es muy posible que pocos de ellos

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comprendieran las particulares connotaciones dealgunos de los nuevos títulos.

El 18 de abril de 1852 el emperador Faustin d e-cidió coronarse, junto con su esposa, por segundavez. En esta ocasión utilizaron una auténtica coronade oro, y la ceremonia se ajustó a los lineamientosgenerales de la coronación imperial de Napoleón. Allector que desee representarse la escena, le bastarárecordar el famoso cuadro de David, pero cambia n-do la pigmentación de los personajes, de modo quetendrá ante sí pares negros, mariscales mulatos, ydamas de compañía de piel de ébano o cuarteronas.

Réstanos describir la Guardia Real. Eran los f a-voritos del emperador... y gastó una fortuna enellos. Ordenó magníficos uniformes, que fueronencargados a Marsella. La firma comercial entregómagníficos uniformes; y como adorno compl e-mentario, cada uno de ellos llevaba una pequeñaplaca de metal.

Cierto día llegó a Haití un viajero francés, yasistió a una revista de los Guardias Reales. Las e x-trañas plaquitas de metal atrajeron su atención. Seacercó a uno de los guardias y examinó atentamenteel objeto. Sobre la placa había una inscripción enletras muy pequeñas. No se trataba de un lema i m-

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perial, sino de una leyenda muy comercial y prosa i-ca. Decía: “Sardines a l’huile. Barton et Cie. L o-rient”.

¡El contratista marsellés no corría muchos rie s-gos! Sabía que ni los guardias reales ni el propioemperador habían aprendido a leer, y por lo tantoconsideró, que no era peligroso adherir a los un i-formes placas de metal recortadas de viejas latas desardinas.

Desgraciadamente, la Guardia Real no se mo s-tró digna de su magnífico uniforme. En 1859, cuan-do estalló la inevitable revolución, desertódesvergonzadamente y abandonó al emperador; demodo que Faustin I resolvió olvidarse de mermel a-das, limonadas y demás miembros de la noblezaCon toda su familia huyó a Jamaica, y allí terminósu vida, en el exilio, siguiendo así hasta el fin a sumodelo napoleónico.

Los extraños títulos, las ridículas pretensionesde los negros nos mueven a risa. Pero la raza blancano tiene derecho a sentirse muy superior. He aquíuna lista de títulos y jerarquías recogida de la prensade los Estados Unidos:

Portero ayudante en ejercicio (del Senado de losEstados Unidos).

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Presidente general de las Hijas de la RevoluciónNorteamericana.

Editor Emérito Extranjero.Gran Brujo Imperial.Gran Dragón de Florida.Caballero de la Camelia Blanca.Kleagle de California.Alguno de estos títulos, ¿es menos original que

el de duque de las Mejillas Rojas o barón de la J e-ringa? Sin duda, varios de ellos pertenecen a organ i-zaciones muy especiales, como el Ku Klux Klan,pero su existencia demuestra que aún en los dem o-cráticos Estados Unidos la gente gusta de los tít u-los... sobre todo cuando son propios.

7.

En el Imperio Bizantino se hallaban rígidamenteregulados no sólo los títulos y el ceremonial de lacorte, sino también las modas. Únicamente el empe-rador tenía derecho a usar zapatos rojos. Era uno delos signos exteriores del poder imperial, como ladiadema. Después de la caída de Constantinopla, loszapatos rojos realizaron un largo viaje en el tiempo

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y en el espacio, y finalmente aparecieron en París.La travesía fue áspera, sin duda, pues los zapatosperdieron suela y parte superior, y sólo quedó eltaco. El taco rojo- talon rouge- se convirtió en parteintegral del vestido de la corte; y distinguía al nobleagregado a la corte del resto de los mortales.

Cada corte se convirtió en un mundo cerrado;un mundo pequeño o grande, deslumbrante comoVersalles o sombrío como El Escorial. Y tambiénformaban un mundo los castillos de los príncipesalemanes, que se esforzaban con todos los recursosa su alcance por emular a sus grandes modelos. Estemundo no era esférico; se parecía a una pirámidegraduada. En el vértice se hallaba el rey o el emp e-rador; sobre las gradas, que se ensanchaban paulat i-namente, se hallaban, de pie o arrodillados, loscortesanos, cada uno en el lugar señalado, de acue r-do con las reglas minuciosamente reguladas de lajerarquía y de la precedencia.

Jerarquía, grado, posición, nivel... ¡el sueño y laambición de todo cortesano! Preceder a otro, au n-que sólo fuera en un grado, acercarse otro escalón alídolo de las alturas... aunque el trono no fuera elceremonioso sillón de oro donde se tomaban dec i-siones de Estado, sino un mueble mucho más pr o-

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saico con un agujero en el centro.A riesgo de que se nos considere un poco esc a-

tológicos, debemos consagrar cierto espacio al c e-remonial y a la mística de este artículo doméstico.Francisco I, rey de Francia, había introducido ya elcargo de portador de la silla (porte-chaise d'affaires).Los dignatarios honrados con ese título desemp e-ñaban sus funciones ataviados con uniformes esp e-cialmente diseñados, cubiertos de medallas yportando espada. Las tareas relacionadas con lachaise eran de las más codiciadas en la corte, pues silos resultados eran satisfactorios, Su Majestad di s-pensaba sus favores con generosidad. Otrora, el e s-pectáculo revestía carácter más o menos público.Sin embargo, Luis XIV, hombre de gran delicadezay tacto, decidió que acto tan íntimo no debía serejecutado ante los ojos de una multitud muy num e-rosa. Cuando usaba el poco atractivo trono, durantemedia hora, poco más o menos, sólo permitía lapresencia de los príncipes y princesas de la sangre,de Madame de Maintenon, de sus ministros, y de losprincipales dignatarios de la corte... es decir, un gr u-po de apenas cincuenta personas.

La llamada chaise percée merecía el respeto quese le tenía, pues se la construía con la pompa y el

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lujo apropiados. Catalina de Médicis tenía dos: unaforrada de terciopelo azul, y otra de terciopelo rojo.Después de la muerte de su esposo mandó construirotra silla, forrada en terciopelo negro, como expr e-sión de duelo.

Cuando Fernando IV, rey de Nápoles, iba alteatro, un destacamento especial de guardias reales,dirigido por un coronel, lo acompañaba llevando elimportante artefacto. Y cada vez que el monarcavisitaba el teatro, se repetía el interesante espect á-culo: un destacamento de guardias en uniforme degala, marchaba con antorchas del palacio al teatro, yen el medio iba el augusto trono privado. Por dondepasaba la extraña procesión, los soldados saludaban,y los oficiales se cuadraban en posición de firmes,con la espada desenvainada.

Los problemas extremadamente delicados deprecedencia y de jerarquía a menudo exigían las másminuciosas distinciones y obligaban a intervenir alos propios gobernantes. Aun el más insignificantepríncipe alemán emitía decretos oficiales destinadosa regular la precedencia en la corte. Por ejemplo,Carlos Teodoro, Elector de Pfalz, puso a todos losempleados y servidores relacionados con los est a-blos bajo las órdenes de su Lord Mayordomo del

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Establo... pero los tutores y los instructores de losnobles pajes también pertenecían a esta categoría:Praeceptores et Professores Philosophiae , dice eltexto, de modo que evidentemente el Elector no serefería a los profesores de equitación. Los gentilesfilósofos probablemente aceptaron con resignaciónque su rango en la corte fuera el mismo de los pal a-freneros y de los cocheros; después de todo, eraevidente que los caballos ducales tenían precedenciasobre los vulgares jacos. Pero habrán lamentado loreducido de sus salarios... y con toda razón. Se p a-gaba al cochero ducal trescientos guldens anuales, ydoscientos cincuenta a su ayudante. Los doce tro m-peteros de la corte también recibían doscientos ci n-cuenta guldens; pero los professores philosophiaedebían contentarse con doscientos guldens. (Sinduda se les tenía tanto respeto como a “Papá H a-ydn”, a quien el príncipe Esterhazy contrató paradirigir la orquesta ducal lo que seguramente le pe r-mitió vivir mejor; pero debió llevar librea, y su co n-trato incluía una cláusula según la cual debía estarlimpio y sobrio “durante las horas de trabajo”. Qu i-zás el grado honorario que Oxford le concedió,ayudó a disipar el amargo regusto que le habrá pr o-ducido ese tratamiento.)

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La compleja trama de la precedencia en la cortemerece estudio objetivo. El enfoque más efectivoconsiste en examinar el sistema de la corte de Ve r-salles. Estudiemos la circulación de la sangre en estecomplicado organismo, pues aquí la fiebre de jera r-comanía alcanzó su punto más alto.

En el más elevado escalón de la pirámide se h a-llaban los príncipes de la sangre, otros príncipes, ylos pares, nimbados de áurea gloria. Los pares eranlos nobles hereditarios y los magnates de Francia, ypertenecían simultáneamente al parlement y al Co n-sejo de Estado. Este grupo, el más elevado de t o-dos, detentaba los más altos privilegios y la supremajerarquía. El resto de la nobleza venía después agran distancia de aquellos.

Debemos destacar que existía considerable dif e-rencia entre Jerarquía y poder. Un hombre podía serun ministro todopoderoso, un general victorioso,un gobernador colonial, o presidente de un parl e-ment de gran autoridad; en la vida de la corte surango era muy inferior al de un joven príncipe queacababa de salir de la adolescencia. En campaña, losmariscales de Francia tenían precedencia sobre lospríncipes y los pares, pero en la vida de la corte c a-recían de rango, y sus esposas no tenían derecho al

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codiciado y envidiado tabouret.“¡El divino tabouret!” como lo llama Mlle. de

Sévigné en una de sus cartas. El taburete era unmueble sin brazos ni respaldo, más parecido a unasillita plegable que a un sillón. Sin embargo, a pesarde su insignificancia, desempeñó extraordinario p a-pel en la vida de la corte francesa.

Cuando el rey o la reina tomaban asiento en elcírculo de la corte, todos los caballeros tenían der e-cho a sentarse... no en un sillón, sino sólo en uno deesos famosos tabourets. De todos modos, las damascondenadas a mantenerse de pie podían alentarciertas esperanzas. Se les permitía compartir el pr i-vilegio del tabouret... cuando el rey y la reina no e s-taban presentes. La posibilidad de dichaeventualidad fue cuidadosamente estudiada por laetiqueta de la corte, y sus reglas se combinaron enun sistema. Se desarrolló una ley del taburete, delmismo modo que en el curso de la historia se d e-senvolvieron paulatinamente las tradiciones legales.

Seamos un poco más específicos:Los hijos de la familia real se sentaban en tabou-

rets en presencia de sus padres; en otras ocasiones,podían ocupar sillones. Los nietos reales podíansolicitar tabourets sólo cuando los hijos del rey e s-

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taban presentes; en las restantes ocasiones, tambiénellos podían acomodarse en sillones. Las princesasde la sangre debían contentarse con tabourets enpresencia de la pareja real y de los hijos de ésta; p e-ro en presencia de los nietos del rey gozaban de unprivilegio especial: un sillón sin brazos, pero quepor lo menos tenía respaldo donde apoyarse. Ta m-poco se las privaba totalmente de la gloria implícitaen el sillón... pero en presencia de damas de rangoinferior.

Estas normas no agotaban los problemas ni lasposibilidades; era preciso considerar la situación delos altos dignatarios del Estado y de la corte. Loscardenales debían estar de pie en presencia del rey;pero en compañía de la Reina y de los niños realesse les ofrecía tabourets; cuando sólo estaban pr e-sentes príncipes y princesas de la sangre, podíanreclamar sillones. Los príncipes extranjeros y losgrandes de España debían estar de pie ante la parejareal y sus hijos; frente a los nietos reales podíanocupar un tabouret; en presencia de príncipes y deprincesas de la sangre tenían derecho a sentarse ensillones. (Sin duda había considerable desplaz a-miento de muebles en la corte francesa, al compásde las idas y venidas de la familia real.)

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La ley del tabouret incluye muchos otros a s-pectos, pero no podemos ocuparnos de todos. Qu i-zás sea éste el lugar apropiado para citar el libro deMarzio Galeotto sobre la casa del rey Matthias Co r-vinus de Hungría. Beatriz, la esposa italiana del rey,introdujo una práctica particular: si ella se sentaba,lo mismo podían hacer las damas de compañía; yestaban autorizadas a hacerlo sobre cualquier tipode silla, sin necesidad de permiso especial. Un co r-tesano muy escrupuloso mencionó el hecho al reyMatthias, y criticó la falta de formalidad; sin duda,mucho mejor era dejar de pie a las damas.

-Oh, no, que se sienten- replicó Su Majestad-son tan terriblemente feas, que mucho más ofend e-rían la vista del espectador si se quedaran de pie.

La ley del tabouret es sólo una pequeña muestrade la tremenda variedad de privilegios y derechos deque gozaba la alta nobleza. Era una dieta refinada ysutil con la que se alimentaba la vanidad, y el goceera más intenso porque todo se hacía públicamente.

En las recepciones de la corte las damas de ra n-go inferior besaban el ruedo de la túnica de la reina.También las princesas y las esposas de los pares t e-nían derecho a rendir este homenaje, pero el privile-gio estaba claramente determinado: se les permitía

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besar la tela un poco por encima del ruedo.La cola de los vestidos también estaba estrict a-

mente regulada, según nos explica Saint- Simon:La reina- once anas.Hijas de la pareja real- nueve anas.Nietas de la pareja real- siete anas.Princesas de la sangre- cinco anas.Otras princesas- tres anas.Y como una ana equivale a una yarda, o poco

más, aún las simples princesas disponían de tela s u-ficiente para dar a sus vestidos una cola majestuosa.

Las damas de compañía bebían de una pequeñacopa. Privilegio de las princesas era que, además, seles diera un platito de vidrio. En cierta ocasión Mlle.de Valois, princesa de la sangre, tuvo por compañ e-ra de viaje a la duquesa de Villars, una simple pri n-cesa que no era de sangre real. En realidad, ambastenían derecho al platito de vidrio. La lucha come n-zó durante la primera comida. Mademoiselle deValois exigió que NO se ofreciera el plato a sucompañera; pues en ese caso, ¿cómo podía establ e-cer su precedencia una princesa de la sangre? A suvez, madame de Villars declaró que tenía derecho arecibir el plato, dado su rango de princesa. Esta gra-ve discusión acabó en ruptura total. Como era i m-

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posible resolver el problema, pues se carecía de tr a-dición práctica con respecto a los platos de vidrio,decidieron abstenerse de beber durante todas lascomidas que se hicieron en ese viaje, prefiriendo lastorturas de la sed antes que ceder un ápice.

En todo caso, estas damas litigiosas comíanjuntas. No era el caso de aquel conde alemán, dequien C. Meiners relata en su Geschichte des weiblichenGeschlechtes (Historia del sexo femenino, Hanover,1788) que se casó con una archiduquesa austriaca.Era un matrimonio de amor, pero el pobre conde sequejaba amargamente: “Podemos dormir en elmismo lecho, pero no se nos permite comer a lamisma mesa”.

Minima non curat praetor, afirma el proverbiolatino. “Las cosas pequeñas poco importan”. Quizásasí es, amenos que se esté infectado del virus de lavanidad. Pues en Versalles aún las cosas más fútilesposeían prodigiosa importancia.

Era privilegio de las princesas poner un toldoescarlata sobre el techo de sus carruajes. Pero loshijos y los nietos de la pareja real necesitaban distin-guirse de algún modo. Gozaban, pues, del privilegioespecial de llevar el toldo escarlata clavado al techodel carruaje. Esta situación suscitó un grave pr o-

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blema, pues el príncipe Condé (príncipe de la sa n-gre) exigió el mismo derecho para las princesas de lasangre. Pero las intrigas de la corte impidieron laaudaz innovación, de modo que el indignado Condéarrancó completamente el toldo escarlata del c a-rruaje de su esposa y (con gran consternación detodo el mundo) entró sin él al palacio real.

Entró al palacio... he aquí una observación i m-portante. Los carruajes de los nobles de rango inf e-rior al de príncipe no podían traspasar el patiointerior; una vez llegados a la porte-cochere debíandetenerse, y sus ocupantes caminaban hasta la e n-trada.

Si el rey visitaba uno de sus castillos en provi n-cias, toda la corte lo seguía. En los castillos se reser-vaba a cada uno la correspondiente habitación.Pajes de librea azul escribían con tiza sobre la puertael nombre del personaje de la corte Monsieur X oMadame Y. Pero ni siquiera esta sencilla tarea sesalvaba de la comedia de la precedencia. El absurdode la etiqueta gobernaba en los corredores de Marlyo de Fontainebleau. Las damas y los caballeros derango excepcional tenían derecho a una palabra s u-plementaria: pour, para Monsieur X o Madame Y.

Las cuatro letras de la palabra pour, trazadas con

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tiza, constituían valiosa distinción. Sólo se concedíaa los príncipes de la sangre, a los cardenales y a larealeza extranjera, de modo que esta delicada disti n-ción convertía al rey en anfitrión personal de sushuéspedes privilegiados.

Los embajadores extranjeros expresaron la másprofunda indignación ante la ausencia del pour ensus respectivas puertas. Pero todos los esfuerzosfueron en vano; Luis XIV se negó obstinadamente arectificar su decisión. El día que la princesa D'U r-sins conquistó el privilegio se produjo tremendasensación. La dama consiguió probar que eramiembro de cierta familia real extranjera... y pocodespués el paje vestido de azul aparecía frente a lapuerta de la habitación ocupada por la princesa yagregaba solemnemente las cuatro letras.

“Francia entera”, escribió feliz madame D'U r-sins a su esposo, “se apresuró a felicitarme porquehabla alcanzado este pour deseado con pasión. T o-dos me demostraron extraordinario respeto. El casoha provocado gran sensación en París”. (Henri Bro-chet: Le rang et Vétiquette sous Vancien régime, Paris,1934.)

Mayor aún fue la sensación (casi un terremoto ouna erupción volcánica) cuando los dos hijos de

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Luis XIV y de Mlle. de Montespan atravesaron lacámara del Parlement de París. Sí, la atravesaron, ypor el medio.

¿Por qué esa sensación? Debemos recordar queLuis quería más a los bastardos reales que a suspropios hijos legítimos. Los abrumó de títulos y dehonores. Uno de ellos, el duque de Maine, fue c o-ronel a la madura edad de cuatro años, y cuandocumplió los doce fue nombrado gobernador real deLanguedoc. El otro, el conde de Tolosa, tenla onceaños cuando fue nombrado gobernador... perocuando cumplió los cinco años su padre lo habíahecho Gran Almirante de Francia. Ambos realiz a-ron una magnifica carrera; pero desde el punto devista de la precedencia sus progresos no fueron muynotables. Los legítimos príncipes de la sangre teníanun rango superior. Era preciso hallar remedio alproblema. El 29 de julio de 1714 apareció un edictoreal, que reguló la función de los dos niños en elParlement de París y les concedió los mismos der e-chos que poseían los príncipes de la sangre.

Bajo el ancien régime , el Parlement de París eraen realidad la Suprema Corte de Francia. Sus mie m-bros eran los pares, los príncipes y las princesas dela sangre. Estos últimos gozaban de considerables

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privilegios. Cuando se leía la nómina, el presidenteno mencionaba los nombres de los príncipes; selimitaba a mirarlos. Cuando se dirigía a ellos, se des-cubría. Al llegar o al partir, dos porteros los escolt a-ban. Pero esto era sólo el comienzo. El verdaderoprivilegio se expresaba en el modo de ocupar susrespectivos asientos. Los pares y los simples prínc i-pes no podían cruzar el salón para llegar a sus sillas,y debían caminar a lo largo de las paredes. Sólo elpresidente y los príncipes de la sangre podían cruzarpor el centro del salón.

Saint-Simon describe detalladamente el día m e-morable en que los dos bastardos reales alcanzarontan glorioso privilegio. Fue, sin duda, una gran oc a-sión.

8.

Cuando el rey Juan Sobieski de Polonia derrotóal Gran Visir turco Kara Mustafá y levantó el sitiode Viena, se reunió en solemne encuentro con Le o-poldo, el emperador Habsburgo. El palatino o v i-rrey polaco se postró a los pies del emperador yquiso besarle las botas. Sobieski se encolerizó y lo

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obligó a incorporarse.“¡Palatin! ¡Point de bassesse!” le gritó.La palabra tiene muchos significados: bajeza,

mezquindad, vulgaridad, acto bajo o mezquino. P e-ro la mejor traducción es servilismo.

La palabra servilismo proviene del latín servus,servidor; pero en Occidente el servidor rara vez onunca ha sido abyecto esclavo. Pocos son los amosque exigieron que se les besara o lamiera las botas.En Inglaterra esa actitud fue siempre objeto de de s-precio; en los Estados Unidos decayó y murió, ah o-gada por el vigoroso aire de la democracia.

Pero el servilismo reviste muchas formas, y elservilismo del cortesano fue siempre el más estúp i-do de todos. Este servilismo se expresa del modomás notable y vigoroso en la actitud que afirma que“la sangre real no es motivo de deshonra”. Tanto elsimple burgués como el altanero par se sentíanigualmente orgullosos y felices de que sus hijas, oquizás la propia esposa, sirvieran al placer del prí n-cipe o del monarca. El adulterio fue un pasatiempoen Francia bajo Luis XII, la norma bajo Luis XIV yun deber durante la Regencia. La Chronique scandaleu-se de las cortes abunda en episodios de esta natur a-leza. Su expresión culminante fue quizás el famoso

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Pare de Cerfs de Luis XIV. Pero las galantes avent u-ras de Carlos II o las aventuras eróticas de Augustoel Fuerte fueron apenas menos generales y famosas.En Galanteries des rois de France, de Sauval; en Les favo-rites des rois de France, de Chateauneuf; en Amours etgalanteries des rois de France, de SaintEdna, o en losseis volúmenes de Jean Hervez ( La Régence galante;Les maitresses de Louis XV, etc.) el estudioso de losrecovecos de la historia hallará amplio material. LaSaxe galante, el libro del barón Pollnitz sobre la vidaamorosa de Augusto el Fuerte, alcanzó una docenade ediciones. No hay escasez de material cuando seinvestiga la estupidez del servilismo.

El cocu, el esposo cornudo, es figura bastantefamiliar. Hay muchas teorías sobre el motivo de quese atribuya al esposo engañado la posesión de cue r-nos visibles o invisibles. “Llevar cuernos”, dice elBrewer Dictionary of Phrase and Fable, “es ser maridoengañado. Es probable que esta antigua expresiónse relaciones con la caza. En la estación del apare a-miento, el ciervo elige varias hembras, que constit u-yen su harén, hasta que otro ciervo desafía susderechos. Si cae derrotado, permanecerá solo hastaque encuentre un ciervo más débil, que tendrá queabandonar su propio harén. Como los ciervos ti e-

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nen cuernos, y otros machos les arrebatan sus co m-pañeros, es evidente la aplicación a la frase en cue s-tión”.

Pues yo creo que es cualquier cosa menos “ev i-dente”; pues en el caso de los ciervos el “cornudo”es el macho fuerte, el que tiene éxito; sin embargo,hay otras teorías: Llevar cuernos: Esta expresión seorigina en la antigua práctica de adherir o injertar lasespuelas de un gallo castrado a la raíz de la crestaextirpada, donde crecían y se convertían en cuernos,a veces de varias pulgadas de longitud.

En apoyo de esta teoría se hace referencia a lapalabra alemana Hahnrei, de la que se afirma quesignifica tanto capón como cornudo. El único i n-conveniente de esta teoría reside en que capón, enalemán, no es Hahnrei, sino Kapaun o Kapphahn .De todos modos, podemos dejar el problema libr a-do a la sabiduría de los filólogos.

Hay una explicación más probable, que relaci o-na al cornudo y a sus cuernos con Andrónico I,emperador de Bizancio, que reinó durante dos añosy fue nieto de Alejo I (Comneno). Gran parte de suvida sufrió las consecuencias de su propia conducta,harto licenciosa. Pasé doce años en prisión hastaque, en un intento de recuperar el poder, fue derr i-

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bado por Isaac Angelus y asesinado por la multitudenfurecida. Elegía sus amantes entre las esposas delos dignatarios de la corte. Como forma de co m-pensación, se regalaba al esposo un extenso territ o-rio o parque de caza; y corno símbolo de su nuevapropiedad, el beneficiario podía clavar las astas deun ciervo sobre la puerta de su residencia. Y todo elque pasaba frente a una puerta así cornificada podíahacerse una idea bastante clara del grado de fidel i-dad conyugal de ese hogar.

Equivocada o cierta, por lo menos esta explic a-ción refleja la opinión y la creencia públicas.

Véanse las reacciones de Edward Hyde, LordClarendon, cuya hija Ana se convirtió en esposasecreta del duque de York, el futuro Jacobo II. Loabrumaba la idea de que la realeza “se había me z-clado con sangre común”, aunque en el caso se tr a-tara de su propia hija. Y en una reunión del Consejose expresó así:

“Prefería con mucho que su hija fuera la pro s-tituta del duque, y no la esposa; pues no estaba obli-gado a proteger a una prostituta del más grande delos príncipes; y que la indignidad que él mismo p a-decía, con placer la sometería al mejor juicio deDios.

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“Pero si hubiera razón para sospechar la exi s-tencia de otra situación, estaba dispuesto a emitir unjuicio positivo, con el cual, así lo esperaba, habríande coincidir sus señorías:

“Que el rey ordenara el inmediato envío de amujer a la Torre, donde debía ser encerrada en unamazmorra, bajo estricta guardia, para que nadie p u-diera verla; y que luego se aprobara un acta del Pa r-lamento, para que se la decapitara... a lo cual no sóloprestaría su consentimiento, pues de buena ganasería el primero en proponerlo...” (Clarendon, Life).

No es de extrañar que el conde perdiera el favorde Carlos II, ni que fuera acusado y desterrado, yacabara sus días en el exilio. Su peculiar sentido mo-ral era, hasta cierto punto, servilismo a la inversa; nohubiera tenido inconveniente en que su hija fueraconcubina del duque de York, pero la considerabaindigna de ser la esposa del duque de modo que,contra su propia voluntad, vino a ser el abuelo de lareina María y de la reina Ana.

En el hogar de una familia de clase media de laciudad de Augsburgo se conserva el recuerdo de unepisodio más inocente. Allí, bajo vidrio, está el r e-trato de cera y la golilla de encaje de Gustavo Ado l-fo, rey de Suecia. Relata la historia de estas reliquias

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una tableta de mármol adherida al vidrio:“Esta golilla fue usada por el rey de Suecia,

Gustavo Adolfo, que la regaló a mi bien amada e s-posa, Jacobina Lauber, en ocasión de la visita delmuy respetado rey a Augsburgo. Como mi bienamada esposa era la más hermosa doncella de nue s-tra ciudad, fue muy graciosamente elegida por SuMajestad como compañera de danza en el baile degala organizado por el alcalde y los regidores. Elmotivo del gracioso don fue que, cuando Su M a-jestad intentó entretenerse con la doncella arribamencionada, ella rechazó con virginal modestiaciertas familiaridades, y causó con sus dedos losagujeros que se observan en esta golilla.”

La golilla exhibe considerables deterioros, lo quedemuestra que el encuentro fue más que torment o-so. Se la ha considerado una curiosidad notable,pues en su Den kwürdigkeiten (Memorabilia, Ulm,1819) Samuel Bauer le consagra un capítulo entero.

El conde La Garde, en sus memorias sobre lavida alegre del Congreso de Viena (1815), relata laaventura de la condesa húngara Kohary. Después deuna función de gala, el numeroso público que de s-cendía la gran escalinata de la Ópera se vio obligadoa esperar que los diversos emperadores y reyes s u-

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bieran a sus respectivos carruajes. En medio de laapretada multitud alguien tuvo la malhadada idea depellizcar a la condesa en un lugar particularmentedelicado de su anatomía. La condesa era una altivabelleza magiar, y sin vacilar se volvió y aplicó alofensor dos violentas bofetadas. Y no se intimidó aldescubrir que se trataba de Lord Steward, mediohermano de Lord Castlereagh y embajador británicoen Viena.

Durante los siglos XV y XVI los zares de Rusiaelegían esposa de acuerdo con un método un pocoextraño. Organizaban en todo el país la búsqueda decandidatas y las reunían en Nidji-Novgorod, la c a-pital, donde se celebraba un gran concurso de bell e-za. Eran elegibles todas las muchachas sanas ybellas, sin que importara que fuesen ricas o pobres,nobles o plebeyas. He aquí el úkase emitido porIván el Terrible en 1546:

“En nombre de Iván Vassilievich, Gran Príncipede todas las Rusias, dado en Novgorod, nuestra c a-pital, a los príncipes y boyardos que habiten a unadistancia de cincuenta a doscientas verstas de N o-vgorod. He elegido a N....... y a N....... y les he co n-fiado la tarea de examinar a todas aquellas devuestras hijas que puedan hallarse en condiciones de

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ser nuestra prometida. Tan pronto recibáis estacarta, los que tengan hijas solteras deberán acudirinmediatamente con ellas a Novgorod Grande...Quienes oculten a sus hijas y no las presenten anuestros boyardos se atraerán grandes desgracias yterribles castigos. Circulad esta carta entre vosotros,sin que esté más de una hora en poder de cadauno.”

Una vez que los enviados del zar habían sele c-cionado a las candidatas de cada capital de provi n-cia, las más bellas eran enviadas a Moscú. El primerzar que eligió esposa en tan singulares condicionesfue Vassili Ivanovich. En Moscú se reunieron milquinientas jóvenes, cada una de ellas acompañadade su familia. Iván el Terrible eligió del mismo m o-do a su primera y bien amada esposa, AnastasiaRomanov. Su tercer matrimonio fue también resu l-tado de un concurso de belleza del que participarondos mil jóvenes, Después de cuidadosos exámenes,este numeroso grupo quedó reducido a dos docenasde muchachas, y luego a una docena, todas atent a-mente revisadas por médicos y parteras. Las docejóvenes eran igualmente sanas y fuertes, e igua l-mente bellas. Después de mucha reflexión, el zareligió a María Sobakin y (puesto que se había tom a-

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do tanto trabajo) eligió también novia para su hijoIván, una muchacha llamada Eudocia Saburov.

El príncipe A. Galitzin relata que, después deenviudar, Alexis Romanov hizo una visita al boya r-do Matveev, propietario de una bella y bien organ i-zada finca. El dueño de casa presentó ante el zar a lajoven Natalia Narichkin, huérfana de un viejo am i-go. Alexis se enamoró de ella y pocos días despuésregresó a pedirla en matrimonio. Matveev cayó derodillas y rogó al zar que no violara la costumbre; sise casaba con la joven sin el habitual concurso debelleza, tanto la joven como Matveev, que era sututor, serían asesinados por los rivales encoleriz a-dos. Alexis aceptó; sesenta jóvenes fueron enviadasal Kremlin, y se efectuó un concurso falso, en el quetodo estaba resuelto de antemano. Natalia contrajomatrimonio con Alexis y fue madre de Pedro elGrande.

9.

El servilismo, la humildad, la degradación hansobrevivido al paso de los siglos y no son fenóm e-nos raros ni sorprendentes. Los aristócratas con o-

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cían sus deberes para con la realeza. Pero es rea l-mente extraño que los ídolos vivientes pudieran s o-portar tanto incienso y adulación durante tantotiempo y en dosis tan repetidas.

Aquí, la estupidez era bifronte: se expresabatanto en el gobernante como en el súbdito. Descon-cierta comprobar que las “divinidades humanas”aceptaban sin el menor sonrojo estos desvergonz a-dos himnos de alabanza. También aquí los mejoresejemplos son los franceses; en otros países huboidéntico grado de obediencia y de humillación, perola literatura francesa ofrece la mejor documentación.

Ronsard fue celebrado por sus contemporáneoscomo príncipe de los poetas y poeta de los prínc i-pes. En este último papel concibió una oda a Enr i-que III... que, como todos sabían, era el másinmoral y el peor de todos los reyes que habíanocupado el trono de Francia. El ritmo es exquisito,y las rimas son verdaderos cantos de la lengua fra n-cesa; pero sería lamentable pérdida de tiempo i n-tentar reproducirlos en verso. Veamos latraducción, en sencilla prosa:

“Europa, Asia y África son muy pequeños parati, que serás Monarca del universo entero; El Cieloreveló la existencia de América en el centro del

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océano, para que el Gran Todo fuera dominio fra n-cés, obedeciera vuestras órdenes y, así como vuestrocetro subyugó al Polo Norte, triunfara también s o-bre el Sur. Cuando seáis Amo del Globo, cerraréispor doquier los templos de la Guerra; la paz y lavirtud florecerán en la tierra. Júpiter y Enriquecompartirán el mundo; uno, como emperador delos Cielos, y el otro como emperador de la Tierra.”

Quizás corresponda citar el texto original de lasúltimas dos líneas.

Jupiter et Henri le monde partirontL’un Empereur du Ciel, et l’autre de la Terre.Infortunadamente, este bello sueño de paz j a-

más cobró realidad.El incienso más espeso y nauseabundo fue el

que se quemó en honor de Luis XIV. El turista querecorre los salones y las cámaras de Versalles se d e-tiene, desconcertado y sorprendido, ante los br i-llantes murales de la Galerie des Glaces; en ellosLuis aparece en el papel de victorioso señor de laguerra, héroe de cien batallas, y conquistador depueblos. Las desvergonzadas falsificaciones y d e-formaciones de los serviles pintores cubrieron he c-táreas de tela, hasta que al fin el propio Luis acabópor creer que él, y no sus generales, era quien había

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ganado las batallas. Bien es cierto que nadie pintólas batallas que Luis perdió.

Le Brun, que trabajó durante dieciocho años enla decoración del palacio de Versalles, quizás se e x-cusaba íntimamente con el argumento de que loscuadros habían sido ordenados, y los temas decid i-dos de antemano, de modo que se limitaba a hacertodo lo posible con los materiales dados. Pero nadieobligó a la Academia Francesa, al grupo de los i n-mortales, a ofrecer un premio por un ensayo querespondiera a la siguiente pregunta: “¿Cuál de lasvirtudes del Rey merece el primer lugar?” Aunqueevidentemente era de gran interés público dilucidarcon claridad tan esencial problema, los académicoscambiaron de idea y el concurso fue olvidado del i-beradamente.

Durante el mismo reinado otro incidente echó aperder el historial de la Academia.

El l de octubre de 1684 murió el gran Corneille,y quedó vacante su puesto en la Academia. El d u-que de Maine, de catorce años de edad, era ya, c o-mo sabemos, gobernador de Languedoc; pero en laocasión concibió más elevadas ambiciones. Com u-nicó a Racine, director de la Academia, su deseo desuceder a Corneille. Racine convocó una reunión de

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los Inmortales, y les presentó el pedido. La ilustrereunión encargó a su director que transmitiera estehumilde mensaje: “Aunque no hubiera vacante, nohay miembro de la Academia que no esté dispuestoa morir con una sonrisa en los labios para dejar sulugar al Duque.”

Esta vez correspondió al propio Rey Sol (comoque no estaba en juego su persona) impedir la ele c-ción del bastardo real.

No es que Luis XIV fuera siempre tan escrup u-loso. En cierta ocasión se celebró en Versalles unbaile de máscaras. Uno de los cortesanos se disfrazóde abogado, con túnica y peluca. Sobre el pechollevaba una placa con cuatro versos. De acuerdocon la copla, el supuesto abogado consideraba queLuis era el más grande de todos los mortales, y poreso estaba seguro de ganar el juicio:

De tant d'Avocats que nous sommes,Je ne scaurais plaider qu avec un bon succes,Je soutiens que Louis est le plus grand des

hommes,Et je suis asseuré de gagner mon proces.El fiel cortesano presentó su poema al rey, que

tuvo la amabilidad de aceptarlo y de recompensar la“ingeniosa idea” con su real aprobación.

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La “literatura de los lacayos” floreció lujuriosadurante el reinado del Rey Sol. Con este material sepodrían llenar varios volúmenes, los que serviríancomo elemento de prueba en el proceso a la estup i-dez humana. Los impresores solían estar a la alturade los autores. Cierto Colombar publicó un ensayosobre las hazañas del rey en la caza y en el tiro.Después de esforzados e ingeniosos cálculos, llegó ala conclusión de que hasta ese preciso momento SuMajestad había derribado 104 ciervos, 27 corzos y57 liebres, además de 50 jabalíes y 4 lobos. Cálculosdetallados demostraron que el monarca había rec o-rrido exactamente 3.255 millas mientras practicabael noble deporte.

La manifestación menos ingeniosa de servilismoera la imitación: pensar como el príncipe; procedercomo él se dignaba hacerlo; o aun copiar cierto m i-núsculo detalle exterior, algún insignificante aman e-ramiento que identificara al imitador con su ídoloreal.

Cuando al fin María Antonieta quedó embar a-zada, las damas de la corte adoptaron la moda de lamaternidad con la velocidad de un incendio enmatorral reseco. Se idearon polleras forradas conalmohadillas diestramente dispuestas... y todas par e-

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cían embarazadas. Pero no era suficiente: el éxitoexigía mayor astucia y aplicación. De tiempo entiempo cambiaban la ubicación y el tamaño de lasalmohadillas, para armonizar con el bendito estadode Su Majestad. Las “polleras estacionales” dieronabundante trabajo a los modistas. Se las denomin a-ba quart de terme, demi-terme, etc. de acuerdo conla proporción de los inevitables nueve meses queellas representaban.

Cuando el pequeño delfín llegó al mundo (unmundo que sería su refugio, pero no por muchotiempo) se le convirtió inmediatamente en caballerode la Orden de San Luis, y en propietario de variosregimientos. Su primer acto público, ante los di g-natarios de la corte, fue obedecer a las exigencias dela naturaleza, gesto habitual en la mayoría de losniños de pecho. Este augusto proceso biológico fueaplaudido con delicia por los espectadores. Pocosdías después, los tejedores de París, los tintoreros ylos diseñadores estaban muy atareados produciendoel color de última moda, denominado Caca Da u-phin. Se trata de un hecho histórico y no de unainvención republicana.

En la corte de Versalles se produjo un hechomás excitante aún, de trascendentes y graves cons e-

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cuencias. En las crónicas de la corte fue el episodioconocido como la “Fístula de Luis XIV”. Es unahistoria muy larga, pero será mejor que la relatemosbrevemente, despojada de sus innumerables det a-lles.

El Rey Sol tenía una fístula, es decir, una úlceraprofunda. Se hallaba en un sitio un tanto embarazo-so. Después de muchos fútiles intentos de curarla,resolvió permitir una intervención quirúrgica. Eltrascendental acontecimiento tuvo lugar el 18 denoviembre de 1686, en presencia de Madame deMaintenon y de Louvois. La operación fue un éx i-to... tanto para el paciente como para los médicos.El primer cirujano recibió un título de nobleza ytrescientas mil libras, los tres ayudantes cuarenta,ochenta y cien mil libras, respectivamente; y loscuatro farmacéuticos doce mil libras cada uno.

Es fácil imaginar la tensión y la expectativa quese apoderaron de Versalles antes de la operación, ensu transcurso y después. Durante meses fue el únicotema de conversación. Quienes padecían la mismadolencia se consideraban muy afortunados. Los c i-rujanos practicaban en estos felices pacientes laopération du Roi, y el propio monarca recibía i n-formes sobre la evolución del enfermo. Se trataba

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de una extraordinaria distinción, que elevaba al felizmortal sobre los sombríos abismos de la envidiageneral. Naturalmente, esta situación tuvo extrañasconsecuencias. Muchos que no tenían ninguna fí s-tula acudían secretamente a los cirujanos y les ofr e-cían grandes sumas para que practicaran laoperación real. Dionis, uno de los más conocidoscirujanos de París, tuvo a su puerta por lo menos atreinta y cinco nobles, todos los cuales rogaban quese los operara... por supuesto, sin el menor motivo.El médico se negó firmemente, ante lo cual sus pre-suntos pacientes se enfurecieron y reclamaron ser“atendidos”, arguyendo que la operación podía serdañina para ellos, no para los médicos, y que por lotanto la negativa de los galenos carecía de razón.

En su juventud, Luis XIV se complacía en ap a-recer sobre el escenario, en ballets y espectacularesproducciones musicales. Naturalmente, se le pr o-clamó el más grande actor de todos los tiempos.Otro soberano, Federico Guillermo I de Prusia, f a-voreció el arte pictórico. Sus cuadros inundaron losmuseos alemanes. Era un artista por demás dilige n-te, aunque el tiempo que podía consagrar al trabajocreador era muy limitado. Pintaba todos los días, dedos a tres de la tarde. A las tres de la tarde int e-

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rrumpía la labor, ante la llegada de su ayudante decampo, que acudía en busca del santo y seña. Losproductos del pincel real eran regalados a los gen e-rales y a los ministros favoritos; sin duda ese favorles agradaba más que un ascenso o que una reco m-pensa en metálico. Su gracia real era inagotable; yaún se extendía a las damas de Berlín, a las que j o-vialmente pellizcaba en cierta parte de su anatomíacuando por la mañana las encontraba en la calle...hora en que, de acuerdo con sus ideas muy estrictas,debían hallarse ocupadas en la cocina. (Kinder, Ki r-che, Küche,- niños, iglesia, cocina- fue una trinidadinstituida por Federico Guillermo; una trinidad queha sobrevivido en la era nazi.)

Para algunos de sus ministros era cosa naturalrecibir las instrucciones reales en forma pictórica.Los abogados de Berlín habían descubierto un ardidmuy eficaz para llegar al rey. Federico Guillermotenía pasión por los hombres de elevada estatura;había reclutado personalmente a los famosos gran a-deros, todos los cuales debían tener más de seis piesde altura. Los abogados berlineses sobornaban auno u otro de los amados guardias, para que pr e-sentara peticiones al rey en el sentido deseado por elletrado, como si el guardia estuviese interesado pe r-

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sonalmente en el caso. Si el rey estaba de buen h u-mor, cualquiera de los langer Kerl (tipos altos) p o-día obtener casi todo lo que pidiese. Pero sedescubrió el ardid y Federico Guillermo se encoler i-zó, ordenó a Cocceji, su ministro de Estado, queredactara un decreto que prohibiese esas estratag e-mas y castigase al abogado que las utilizara. El m i-nistro redactó un borrador de decreto, pero debíaconsultar al monarca sobre la pena. El rey estabapintando, y de excelente humor, pero no se sentíainclinado a interrumpir el impulso creador. De m o-do que sobre el borde de la tela dibujó un patíbulo,un patíbulo del cual colgaba un abogado; y a un l a-do, como para subrayar la desgracia del hombre deleyes, se balanceaba un perro. El ministró tomó d e-bida nota de la decisión de Su Majestad, y completóel decreto: “Todos los abogados que en el futuroutilicen la intervención de los granaderos reales s e-rán colgados en compañía de un perro.” Ya estabaimpreso el decreto cuando se descubrió el exceso decelo y de servilismo del ministro. Se retiró el decr e-to, y se destruyó también el pictograma real.

Pero el rey continuó pintando, hasta que, casiparalizado por la artritis, apenas pudo sostener elpincel. Aun entonces persistió, y firmaba sus telas:

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Fridericus Wilhelmus in tormentis pinxit. Y los cua-dros que no se regalaban, eran vendidos a preciosreales... a quienes buscaban el favor real.

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IV

EL ÁRBOL GENEALÓGICO

1.

El título que los amos de Birmania exhibían o r-gullosamente era: “Rey de Reyes, a Quien todos losrestantes príncipes acatan; Regulador de las Est a-ciones; Todopoderoso Director de Mareas y T o-rrentes; Hermano Menor del Sol; Propietario de losVeinticuatro Paraguas”.

Los príncipes malayos de Sumatra se denomin a-ban:

“Amo del Universo, Cuyo Cuerpo brilla como elSol; a quien Dios ha creado tan perfecto como laLuna Llena; Cuyos Ojos brillan como la Estrella delNorte; Que, al elevarse, arroja sombra sobre todo

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Su dominio; Cuyos Pies huelen dulcemente...” etc.En cuanto al atributo mencionado en último

término, sabemos que Enrique IV de Francia erafamoso precisamente por lo contrario; quizás poreso se contentaba con que se dirigieran a él con elsimple apelativo de “Sire”.

El Cha de Persia, el Gran Turco o los mahar a-jaes de la India exigían que sus respectivos nombresfueran seguidos de una florida hilera de pomposotítulos.

La manía de los títulos fue don de Asia a Eur o-pa. Floreció con particular lujuria en las cortes delos pequeños príncipes alemanes. Aunque parezcaextraño, no era exactamente el gobernante quienpromovía esta fiebre obsesiva; en realidad, se al i-mentaba sobre todo en la vanidad de la nobleza i n-ferior y de los burgueses. Los príncipes gobernantesse contentaban con el título de Durchlaucht (AltezaSerena), aunque este título se convirtió posterio r-mente en otro más impresionante: Allerdu r-chlauchtigster (Alteza Serenísima). Los reyes exigíanque, además, se les diera el título de Gros s-machtigster (Muy Todopoderoso), sin duda un p o-co tautológico. Un Libro de Títulos ( Titularbuch)publicado durante el reinado del emperador Hab s-

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burgo Leopoldo II declaraba que el emperador deAustria tenía derecho a ser llamado Unüberwi n-dlichster (Muy Inconquistable). Su Majestad Imp e-rial se arrogó el título durante dos breves años;como falleció antes de la declaración de la guerracontra la Francia revolucionaria, no presenció laburla que de su titulo hizo el Corso.

Más o menos a mediados del siglo XV se llamóa los condes Wohlgeborner (Bien nacidos), perodebieron esperar dos siglos hasta ascender a H o-chgeborner (de alta cuna). Aunque parezca raro,cuando ambos se unían para formar Hochwohlg e-borner (de buena y elevada cuna) indicaban un ra n-go inferior... el de barón. Pero si se trataba de un“barón imperial”, el título se convertía en algo i m-presionante: Reichsfreyhochwohlgeborner (Debuena, libre, alta e imperial cuna).

La “nobleza ordinaria” también siguió la modade los gregüescos, que al principio insumían veint i-cinco anas de tela, hasta que la locura exhibicionistaaumentó la longitud a ochenta, noventa y aún cientotreinta anas.

Samuel Baur, deán de Gotinga, en su obra Histo-rische Memorabilien (Augsburgo, 1834) recogió lasmodificaciones sufridas por los títulos de nobleza

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en el trascurso de tres siglos. Es imposible traduciralguno de ellos. Podemos traducir los títulos deEhrbar, Wohledler, Hocheler, Hochedelgeborner yHochwohlgeborner, por “Honorable, Muy Noble,Muy Honorable, Muy Alto y Muy Noble, Muy Altoy Muy Honorable”... aunque no sea muy fácil pr o-nunciarlos. Pero, ¿qué decir de Ehrenvester y deGestrenger? El primero alude al que defiende supropio honor; el segundo tiene un acento profu n-damente servil, como si un siervo o súbdito se r e-gocijara en la severidad de su amo.

De acuerdo con Baur, los títulos de noblezaevolucionaron así:

1446: Ehrbarer Junker. (Honorable noble: Enrealidad, Junker significa noble joven.)

1460: Gestrenger Herr (Amo severo a pesar deque el diccionario trae el significado de “gracioso”.)

1569: Ehrenvester. (En términos generales, “deelevados principios”.)

1577: Ehrenvester und Ehrbar. (Honorable y deelevados principios.)

1590: EdIer, ehrenvester und gestrenger Junker.(Combinación de los tres títulos anteriores.)1600: Wohledler, gestrenger, grossgünstiger

Junker.

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(Muy noble, de elevados principios y muy fav o-rable.)

1624: WohledIer, gestrenger, vester und ma n-nhafter grossgünstiger Junker, mächtiger Forderer.(Muy noble, de elevados principios, firme, viril, f a-vorable, poderoso patrono.)

1676: Hochedelgeborner, WoNgeborner, ge s-trenger, vester und mannhafter, grossgünstiger Ju n-ker, mächtiger Förderer. (Más o menos lo mismoque el anterior, excepto el agregado de “elevado ynoble nacimiento” y de “bien nacido”.)

1706: Hochwohlgeborner... y todo lo demás,como en 1676. (Una ligera modificación: la comp o-sición de la palabra que significa “de elevado y n o-ble nacimiento”.)

1707: Hochwohlgeborner, gnädiger, etc. (Aquíse ha agregado “gracioso”.)

Como se ve, los mortales comunes tenían quetomar, aliento para dirigirse a los nobles. Y el usoconstante empañaba la gloria de los títulos. Delmismo modo que las buenas amas de casa se sentíanfelices de poder comprar las ropas usadas de lasdamas nobles, los burgueses se apoderaban de lostítulos desechados. El regidor urbano ingresaba enel consejo municipal con el título de Wohlgeborner

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(bien nacido), aunque fuera jorobado o rengo, i n-corporaban nuevos apéndices (propios de la casamedia) a los títulos nobiliarios en desuso y alime n-taban su propia vanidad con este plumaje de pavoreal.

El Titularbuch, publicado a fines del siglo XVIII,trae instrucciones completas sobre el modo de e n-cabezar cartas a personas de cualquier rango y fu n-ción.

Quien se dirigía al alcalde de una ciudad libre delImperio, debía comenzar así: “Al bien nacido, e s-tricto, de elevados principios, de grande y eminenteerudición, de grande y eminente sabiduría, Alcalde...

(Aquí las referencias a la erudición y a la sabid u-ría eran atributos particulares de la clase media.)

Un médico de la corte tenía también sus propiostítulos: “Al médico de alta cuna, de gran experienciay elevados principios, muy erudito N. N., famosodoctor en ciencias médicas, alto médico de la corteducal”.

La imbecilidad de esta manía de los títulos se di-fundió por toda la sociedad de clase media... hastalos mayordomos y zapateros remendones.

Quien se dirigía a un estudiante universitariodebía utilizar la siguiente fórmula: “Al noble y muy

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erudito Herr. N. N., que se aplica diligentemente ala sabiduría”. Los vendedores de libros, los fabr i-cantes de pelucas y los joyeros exigían el adjetivo de“distinguido”. Un sastre era hombre “cuidadoso yde elevados principios” (Dem Ehrenvesten undVorsichtigen Meister N. N., Schnider zu X.). Unfabricante de botas tenía idéntico derecho a ser ll a-mado “cuidadoso”, pero cierto delicado matiz lohacia “respetable” en lugar de hombre de “elevadosprincipios”. El mayordomo ducal, que no eramiembro de ninguna corporación, debía contentarsecon el titulo de “bien nombrado” (Wohlbestalltet).

Las mujeres, naturalmente, no tenían derecho atan sonoros y complicados títulos. En Alemania yen Austria se limitaban a apoderarse de un fra g-mento de las funciones, actividades o profesionesde sus esposos. Así, se convirtieron en Frau Doktor,Frau Professor, Frau General, Frau Rat (Consejero).Hasta cierto punto, esto era razonable. Pero una vezcomenzada la infección, no hubo modo de atajarla.Y así aparecieron la señora Recaudadora de I m-puestos, la señora Trompetera de la Corte, la señoraHúsar de Cámara, la señora Guardabosque Mont a-do, la señora Fabricante de botones para la Corte, laseñora Armera Ducal y así por el estilo.

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Y las damas, benditas sean, arraigaron firm e-mente en los títulos. El trascurso de los siglos nologró conmoverlas. Hacía mucho tiempo que la ma-yoría de los hombres había dejado de lado los rid í-culos títulos y condecoraciones, y ellas todavía seadherían tenazmente a los suyos. Hace veinticincoaños los diarios de Munich publicaron cierto día lassiguientes noticias fúnebres:

Frau Walburga T., 36, Steuerassistengattin (E s-posa del recaudador de impuestos delegado).

Martha M., 3, Oberwachtmeisterskind (Hija delveterano sargento de policía).

Elizabeth H., 77 , Hofrathstocheter (Hija delconsejero de la corte).

Quizás el descarrío de los europeos continent a-les suscite en nosotros una sonrisa. Pero consult e-mos el Almanach de Whitaker de hace apenas diezaños. Incluye un extenso capítulo sobre las “Fó r-mulas de encabezamiento”. Allí nos enteramos deque el título de los arzobispos es: “El Muy Rev e-rendo, Su Gracia el Lord Arzobispo de...”, y que espreciso dirigirse a ellos con la fórmula “Milord a r-zobispo” o “Vuestra Gracia”. Los arzobispos y ca r-denales de la Iglesia Católica Romana tienentambién gran variedad de títulos y de fórmulas, que

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van de “Su Eminencia el Cardenal...” o “Su Em i-nencia el cardenal arzobispo de...” a “El muy rev e-rendo arzobispo de...” Los obispos son “Virtuososreverendos...” Una baronesa es simplemente “Labaronesa”, pero al dirigirse a ella es necesario util i-zar la fórmula “Milady”. He aquí una lista parcial deotros títulos y fórmulas:

Baronets- Sir (con el nombre de pila), y por e s-crito “Sir Robert A... Bt.”

Esposas de los baronets- “Vuestra señoría” o“Lady A...” sin nombre de pila, A MENOS que setrate de la hija de un duque, de un marqués, o de unconde, en cuyo caso se dirá “Milady Mary A...” ; sise trata de la hija de un vizconde o de un barón “LaHonorable Lady A...”

Barones- “El Justo y Honorable Lord... y recib i-rá el tratamiento de “Milord...” Sin embargo, el casomerece una importante nota al pie. Los miembrosdel Consejo Privado “de acuerdo con una costu m-bre largamente establecida” también tienen derechoa ser llamados “El Justo y Honorable”; pero unpríncipe de la sangre incorporado al Consejo Priv a-do es siempre “Su Alteza Real”, un duque siguesiendo “Su Gracia”... y así sucesivamente. El títulode los pares de rango inferior al de marqués, sean o

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no consejeros privados, es el de “Justo y Honor a-ble”, sin la palabra “El”, aunque de costumbre seagrega esta última partícula.

Obispos- Título: “El Justo y Reverendo LordObispo de...” , pero la fórmula de tratamiento es“Milord”. Los obispos de la Iglesia Católica Rom a-na reciben el tratamiento siguiente: “El Justo y R e-verendo Obispo de...” Para ellos, nada de “milord”.

Rabino principal- “El muy reverendo...”Condesas- Título: “La condesa de...” pero fó r-

mula de tratamiento: “Milady”.Y así continúa la lista, que incluye, entre otros

rangos, jueces de los tribunales de condado, DameCommanders y Dames Grand Cross, duquesas, d u-ques, condes, caballeros de diversas categorías,marqueses, pares, consejeros privados, jueces mun i-cipales, duques reales, vizcondesas y vizcondes, sinolvidar a las esposas de los baronets y de los cab a-lleros. A veces las diferencias entre los distintostratamientos son un tanto engañosas, pero conbuena memoria y sangre fría se consigue sobreviviral tema.

¿Y en los democráticos Estados Unidos? Lostítulos no son muchos; de todos modos, el Informa-tion Please Almanach llena con ellos nada menos que

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cuatro páginas... desde el presidente (que es “Hono-rable”) a un capellán del ejército o de la armada (querecibe el simple tratamiento de “capellán”).

Naturalmente, los títulos y las fórmulas de tr a-tamiento son necesarios. Sólo cuando se conviertenen ídolos y en materia prima de un snobismo ins o-portable se incorporan a la historia de la estupidezhumana. Infortunadamente, ello ocurre con ba s-tante frecuencia. Mientras escribo esto, me viene ala memoria un anuncio escrito a mano, desplegadoen la vidriera de un café balcánico... un lugar muysucio y de pésima reputación. Decía así:

AQUÍ TODO EL MUNDO ES HERRDOCTOR

¡Y no cabe duda de que el propietario había d a-do en la tecla!

2.

Pocos son los hombres inmunes al orgullo máso menos inocente de su genealogía. Nos gusta h a-blar de nuestros padres y de nuestros abuelos, sinque para el caso importe si fueron santos o pecad o-res. Para los que no han conseguido distinguirse, la

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genealogía familiar es a menudo un factor vital. Yaún hay quienes como aquel horrible extrovertido,Mr. Bounderby, en Hard Times experimentan unasuerte de maligno orgullo a la inversa en el hecho devenir del arroyo, aunque sabemos que en el caso deMr. Bounderby ello era pura imaginación.

Se ha dicho de la genealogía que es la ciencia delos snobs, y ciertamente, en su nombre se han c o-metido los más extraños crímenes intelectuales (ytambién reales). Nadie negará que se trata de un t e-ma fascinante; es también muy amplio, y en relacióncon el problema de la estupidez humana sólo nec e-sitamos examinar un aspecto: el de esos antropoidesque trepan a los árboles genealógicos ajenos; es d e-cir, los “Fabricantes de antepasados nobles”. Noaludo con esto a los genealogistas serios y reput a-dos, como los eruditos editores del Debrett, de losque hay muchos, sino más bien a esas serviles cri a-turas que han utilizado sus conocimientos y su c a-pacidad literaria para elucubrar fantásticas tablasgenealógicas de príncipes y de nobles. A través de lamanipulación de enorme masa de hechos, han pr o-curado demostrar que, por ejemplo, los antepasadosde su patrocinador lucharon en Troya contra losgriegos... o fueron reyes y profetas del Antiguo

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Testamento.Hace algunos años se halló un interesante d o-

cumento en los archivos del Ministerio de Guerrade Gran Bretaña.

Contenía la genealogía de los reyes anglosajones,la que se remontaba directamente al propio Adán.Sin duda, la Biblia afirma que todos descendemosde Adán; pero pocos son los mortales comunes quepueden permitirse probarlas diversas etapas de estalínea genealógica. Para costear investigación sem e-jante, es preciso ser rico y poderoso.

Cuando se lee un documento de este tipo, seexperimenta la tentación de desecharlo como est ú-pido ejemplo del snobismo de los antiguos. Es i n-dudablemente tonto, pero sería grave error negarlesignificado. Antaño estos ficticios árboles geneal ó-gicos tenían gran importancia; en su preparación seocupaba una multitud de eruditos; los resultados dela investigación se publicaban en libros cuidados a-mente impresos, y las masas pagaban piadosos tr i-buto a la ilustre familia vinculada con el propioSalvador. Y como veremos, no se trata de una br o-ma de gusto más que dudoso.

Esta absurda exageración que no comprendía lablasfemia cometida; la vanidad que no retrocedía

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ante la figura misma de Jesús... todo ello revela cuánprofundamente inficionada de estupidez estaba elalma humana. La moderna concepción de la filos o-fía de la historia coloca a la historia de las ideas muypor encima del materialismo histórico. Sin embargo,cuando examinamos el gran número de obras co n-sagradas a la historia espiritual de la humanidad, nohallamos entre ellas una enciclopedia completa de laestupidez humana. Este libro no aspira a llenar esevacío; pero es evidente que existe necesidad de unaobra de ese tipo. Aunque tal vez jamás sea posibleescribirla, porque el tema es excesivamente vasto.

Los árboles genealógicos espurios y fantásticosrepresentan un capítulo importante de esta encicl o-pedia inédita. El documento hallado en los archivosde Londres probablemente se basa en el trabajo deStatyer, quien compiló una genealogía para JacoboI, la que también comenzaba con Adán. Prudenciode Sandoval (1550-1621), historiador español yobispo de Pamplona, había precedido a Statyer altrazar el árbol genealógico de Carlos V. Con el finde demostrar que la casa real española era más ant i-gua que cualquier otra dinastía europea, Sandovalconsagró tremendo celo e industria a la tarea, r e-montándose a lo largo de ciento veinte generaci o-

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nes, hasta llegar al Padre Adán.A principios del siglo XVII, Johannes Mess e-

nius, el poeta, dramaturgo e historiador sueco, e m-prendió una tarea semejante. Demostró que losreyes de Suecia descendían en línea directa de Adán,y en sus tablas cronológicas utilizó ampliamente lagenealogía del Antiguo Testamento.

Es preciso discernir la intención que se escondíatras de esta inmensa labor. Adán no era el antepas a-do importante; después de todo, lo era también detoda la humanidad. Pero si se remontaba la gene a-logía familiar, una vez que los exploradores habíanllegado a Abraham no era difícil DESCENDER,siguiendo los detalles incluidos en el Evangelio deSan Mateo, y establecer vínculos familiares con SanJosé. Poco importaba que la familia así glorificadafuera católica o protestante; tampoco era obstáculoel sacrilegio o la blasfemia que así se cometía.

Estos nobles y monarcas que sacrificaban elbuen gusto, bien merecida tenían la sátira de Bo i-leau, en la que expresaba su ansiedad... Pues, ¿acasono podía existir cierta solución de continuidad,oculta o inexplorada, en la línea de antepasados?Después de todo, las mujeres son criaturas frágiles,y el adulterio no era de ningún modo raro entre la

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realeza y la nobleza:“Mais qui m`assurera que en long cercle d’ansA leurs fameux époux vos Ayeules fidellesAu douceurs des galans furent toujours reb e-

lles?”La gloria de los “descendientes directos” de

Adán, el orgullo de las casas reales inglesa, españolay sueca provocaban considerable envidia... perotambién emulación. Una antigua familia de la aristo-cracia francesa, el clan de los Lévis, recogió el des a-fío. Se trataba de una familia rica, muy rica ydistinguida, que habla figurado en la historia deFrancia desde el siglo XI, y habla dado al país variosmariscales, embajadores, gobernadores y otros di g-natarios. Posteriormente se elevaron al rango ducal.Pero, no contentos con la fama y el honor que otrospodían alcanzar, contrataron a un genealogista, elcual muy pronto descubrió que la familia descendíade la tribu de Leví, de destacado papel en el Ant i-guo Testamento. El punto de partida fue el nombredel clan; y no fue difícil reunir los datos necesarios,utilizando un poco de imaginación y deformandobastante los hechos. En esos tiempos, ¿quién se h u-biera atrevido a poner en duda la verdad de esaafirmación?

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Desde ese día, la familia Lévis se mostró extr e-madamente orgullosa de su parentesco bíblico. R e-lacionadas con este orgullo excesivo circulabanmuchas anécdotas más o menos auténticas. LadySydney Morgan, en uno de sus libros de viajes porFrancia (publicado en 1818) relata la visita a uno delos de los castillos de los Lévis. En uno de los sal o-nes encontró un gran cuadro al óleo de la SagradaVirgen, sentada en su trono, y frente a ella, arrod i-llado, uno de los Lévis. Con arreglo a la antigua yrepulsiva tradición artística (cuya moderna contr a-partida son los “globos” con leyendas en las hist o-rietas cómicas), de la boca de la Virgen salía unacinta con estas palabras: Mon cousin, couvrezvous... (Primo mío, cubrios)

¡La Virgen pedía a su primo que se cubriera yque no hiciera cumplidos!

Cuando uno de los duques de Lévis subía a sucarruaje para asistir al servicio divino en Notre D a-me, decía en voz alta a su cochero: “¡Chez ma co u-sine, cocher!” (¡a lo de mi prima, cochero!)

Esta estupidez parece bien autenticada (Peignotla refiere en su Predicatoriana, Dijon, 1841, página181, nota). A principios del siglo XIX la familia L é-vis aún se aferraba a la leyenda de su antigua asce n-

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dencia hebrea. Y el ejemplo fue contagioso. Ciertadama, miembro de la antigua familia alemana de losDalberg, también encargó un cuadro, en el que unode sus antepasados aparecía arrodillado frente a laVirgen, y ésta decía: “¡Levántate, querido pariente!”

Los barones Pons eran menos ambiciosos... r e-clamaban por antepasado a Poncio Pilatos. Encierto ocasión se encontraron los jefes de las fam i-lias Lévis y Pons. El duque de Lévis se volvió conaire de reproche hacia el barón de Pons: “¡Bien, b a-rón, debéis reconocer que vuestros parientes hanmaltratado rudamente a los míos!” (Albert Cim:Nouvelles récréations littéraires, París, 1921).

Valiosa contrapartida del famoso cuadro de losLévis era el que poseía la familia francesa de losCroy, igualmente antigua. El cuadro representaba elDiluvio. Entre las olas se elevaba una mano quesostenía un rollo de pergamino, y también alcanzabaa verse la cabeza de un hombre, que apenas emergíade las aguas. Y de la boca del hombre que se ahoga-ba surgía una leyenda: “¡Salvad los documentos dela familia Croy!” (Sauvez les titres de la maison de Croy.Baur: Denkwürdigkeiten, Ulm, 1819).

Otra familia que aspiraba a vincularse con elAntiguo Testamento era el clan de los Jessé. El g e-

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nealogista familiar también fundó su trabajo en elnombre de la familia, relacionándolo con el pasajedel Evangelio según San Mateo que dice: “Obedengendró a Jesse, y Jesse al rey David”. En 1688 senombró una comisión oficial, con el fin de invest i-gar las afirmaciones de la familia Jessé. La comisiónprodujo un documento que se ha conservado. En élse examinan el escudo de la familia y buena cantidadde documentos. Las conclusiones finales afirmanque se trata de una reivindicación bien fundada yque es muy probable que exista cierta relación entrela familia Jessé y el rey David. (“... ce que contribuebeaucoup a persuader l’opinión publique que cetterace tient en quelque facon a cette grande race deJessé, la plus noble, la plus glorieuse et la plus co n-nue du monde.” El informe completo de la com i-sión fue publicado por H. Gourdon de Genouillacen Les mysteres de blason, París, 1868, página 73 y s i-guientes.)

La familia provenzal de Baux reivindicaba ant e-pasados un poco más modestos. Se trataba de unclan distinguido y poderoso; algunos de sus mie m-bros se elevaron a la jerarquía de príncipes reina n-tes. El escudo de armas era una estrella de plata encampo rojo. La estrella indicaba que la familia de s-

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cendía en línea directa de uno de los tres Reyes M a-gos, Baltasar. Los eruditos historiadores de Marsellaaceptaron gravemente la afirmación, como si setratara de un hecho probado... aunque entre elloshabía hombres tan amantes de la verdad como elconsejero estatal Antoine de Ruffi. Ruffi era ho m-bre extremadamente recto; cuando alimentaba unamínima duda sobre alguno de sus fallos en un juiciocivil, pagaba al perdedor la suma exacta que éstehabía perdido. Sin embargo, sus nobles escrúpulos ysu rígido sentido de la justicia no le impidieronaceptar que el rey Baltasar era un auténtico antep a-sado de la familia Baux.

También los Habsburgo estuvieron a punto deincurrir en pecado de genealogía. Sólo un pequeñodetalle los obligó a desistir de la ascendencia bíbl i-ca... y por consiguiente “no aria”.

El emperador Maximiliano tenía a su servicio unhistoriador, Johann Stab, o Stabius, según la latin i-zación habitual de los apellidos. Era hombre muyerudito y un poco poeta; en 1502, el Colegio dePoetas de Viena lo coronó solemnemente “HijoFavorito de las Musas”. Debía su carrera sobre todoal favor del emperador, y trató de demostrar su gr a-titud. Estableció el árbol genealógico de los Hab s-

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burgo, en el que Cam, el hijo de Noé, aparecía c o-mo antepasado de la dinastía imperial; y determinólas sucesivas generaciones con la lógica perfecta deun desequilibrado. Interesaba mucho al emperadorla antigua gloria de la familia, y por cierto no seoponía a que sus cortesanos descubrieran su pare n-tesco con diversos santos y héroes clásicos.

Pero, ¿Noé antepasado de los Habsburgo? Lacosa era un poco sospechosa.

Maximiliano consideró conveniente remitir elproblema a la facultad de teología de la Universidadde Viena.

Por supuesto, los eruditos caballeros no se si n-tieron muy cómodos en sus sítiales. Era inútil ma l-decir a Stabius, cuyo servilismo había originado elproblema... de todos modos, ya no podían esqu i-varlo. Felizmente para ellos, lograron posponer lasolución de mes en mes... hasta que, a su debidotiempo, el emperador falleció. Su sucesor no d e-mostró interés por los parentescos bíblicos, y la“obra maestra” de Stabius fue archivada discret a-mente. (La historia del caso aparece en M. Be r-mann, Alt und Neu Wien, Viena, 1880.)

La manufactura de árboles genealógicos se co n-virtió en ocupación literaria más y mas popular. Era

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un buen método de ganar dinero. No menos decincuenta y nueve autores trabajaron en la geneal o-gía de la casa de Brandeburgo. Consagraron e x-traordinaria laboriosidad al importante material,reunieron todas las fuentes imaginables, revisaronarchivos, y exploraron cementerios. El resultadofinal fue publicado con este esplendoroso título:Brandenburgischer Ceder-Hain (Bosquecillo de cedrosbrandenburgués). Un trabajo similar fue el Tro-phaeum Domus Estorás, ricamente ilustrado con gr a-bados, que establece el origen de la familia húngarade los Esterhazy en... ¡Atila, el “azote de Occide n-te”, el rey de los hunos!

3.

Es prueba significativa de la vanidad humana elhecho de que alguna gente, en su anhelo de hallarantecesores ilustres, no se oponga a que el vínculosea fruto del amor adúltero o del nacimientos debastardos. “La sangre real a nadie ensucia”, declar a-ban (lo mismo que los serviles cortesanos cuyas e s-posas eran amantes del rey). Esta particularmentalidad explica la fantástica genealogía que alg u-

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nos “leales” cortesanos presentaron a Napoleón.Los genealogistas del bonapartismo comenzaron

con la leyenda del Hombre de la Máscara de Hierro.En aquellos tiempos aún se creía que el mist e-

rioso prisionero de la Bastilla, que sólo podía apar e-cer con el rostro cubierto por una máscara dehierro, no era otro que el que había sido el hermanomellizo de Luis XIV. Afirmábase que había sidosepultado en la Bastilla porque, habiendo nacidopocos minutos antes que el Rey Sol, tenía mayoresderechos al trono. El barón Gleichen fue aún máslejos. Sostuvo que el Hombre de la Máscara de Hie-rro era el verdadero rey, y que Luis era hijo del cu l-pable amor de la reina con Mazarino. Después de lamuerte de Luis XIII, decía Gleichen, la pareja cu l-pable cambió los niños, y el hijo bastardo de Ana deAustria ascendió al trono, mientras que el auténticoDelfín se veía obligado a llevar la máscara de hierropor el resto de su vida, para que nadie pudiera versu rostro, en el que se reconocerían los rasgos pr o-pios de los Borbones.

Hoy puede afirmarse que el misterioso prision e-ro era el conde italiano Matthioli, embajador delduque de Mantua. El noble conde se había hechoculpable de espionaje, y Luis XIV se enfureció de

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tal modo que, con desprecio del derecho intern a-cional, ordenó el arresto del Matthioli; fue encarc e-lado primero en la Fortaleza de Pignerol, luego en laisla Santa Margarita y finalmente en la Bastilla (do n-de murió en 1703). La “máscara de hierro” era enrealidad de seda, y constituía una especial concesiónque se hacía al detenido; se le permitía pasear por elpatio interior de la prisión, pero sólo cuando llevabala máscara. Las delicadas complicaciones intern a-cionales justificaban esta pequeña precaución.

Los genealogistas inventaron una bella fábulapara establecer cierta relación entre Napoleón y elHombre de la Máscara de Hierro. De acuerdo conesta versión, la hija del gobernador de la Isla deSanta Margarita se apiadó del pobre prisionero; seenamoraron, y la joven concibió un hijo. Natura l-mente, era preciso sacar de la cárcel al niño,. Unapersona de confianza lo llevó a Córcega, donde ll e-gó a la edad adulta. Usaba el nombre de la madre yaquí aparecía el vínculo que era Bonpart. El restono exigió mucha imaginación. Bonpart se convirtióen Bonaparte, o en su forma italiana, Buonaparte.Los Bonaparte eran descendientes de este hijo delamor, y Napoleón era bisnieto del Hombre de laMáscara de Hierro, el cual, a su vez, era el legítimo

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heredero del trono francés. De modo que el Corsono era un simple usurpador, y por el contrario teníatodo el derecho del mundo al título y a la gloria i m-periales.

No fueron pocos los que aceptaron este fárragode tonterías. Funck Brentano publicó el texto de unmural en el que se advertía a los rebeldes de la Ve n-dée que no debían creer en los “ponzoñosos rum o-res” según los cuales Napoleón era descendiente delos Borbones y tenía derecho a gobernar a Francia.

¿Y qué opinaba el propio Napoleón?“¡Tonterías” declaró. “¡La historia de la familia

Bonaparte empezó el 18 Brumario!”Uno de los más serviles y desvergonzados fabr i-

cantes de árboles genealógicos fue Antoine du Pinet(1515-1584), traductor de Plinio y autor de muchoslibros eruditos.

Se le encomendó la tarea de establecer los ant e-cedentes de la ilustre familia Agoult. Eligió comopunto de partida la figura de un lobo que aparecíadibujado en el escudo de armas de la familia. Sobretan frágiles cimientos levantó un inexistente Imp e-rio Pomeranio, creó una legendaria princesa Vald u-gue, y un joven llamado Hugo, que también eratotalmente inventado. Un asunto amoroso, un hijo...

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y el resto es fácil de imaginar. El niño fue enviadosecretamente a casa de una niñera, pero en el bo s-que un lobo se apoderó del infante, lo llevó a sucubil, y allí lo crió, junto a sus propios cachorros.Luego, el rey fue a cazar y mató a la loba. Se desc u-brió todo, y el joven recibió la bendición paterna;hay luego un matrimonio, un tanto tardío. El m u-chacho creció, contrajo matrimonio con la hija delemperador de Bizancio; el hijo de este joven casócon una princesa de la familia real rusa... y así por elestilo, por los siglos de los siglos, hasta llegar a Di e-trich, el sajón.

La familia Agoult aceptó esta insensatez sinformular la menor objeción. En cambio, Pierre B a-yle atacó rudamente a Pinet, y lo declaró indigno deltítulo de historiador.

Pero, ¿qué habría dicho Bayle si hubiera leído elsabroso relato de Saxo Grammaticus, el historiadordel siglo XII, sobre la joven noble que, mientras sepaseaba por el bosque, fue secuestrada por un oso?El enamorado animal la llevó a su cueva y allí la t u-vo durante varios meses. Le daba alimento y bebiday... bueno, fácil es conjeturar el resto. Unos cazad o-res mataron a la bestia, y devolvieron a su hogar a lamuchacha. Pocos meses después dio a luz un niño

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perfecto... sólo que un poco más peludo que lonormal. El niño fue bautizado con el nombre deBjorn (Oso). Se convirtió en un hombre fuerte ypoderoso, y fue un jefe justo y recto. Pues cuandohalló a los cazadores, los ejecutó, diciendo: que lesdebía gratitud por haber salvado a su madre; ¡peroque el honor lo obligaba a vengar la muerte de supadre! Los descendientes de Bjorn fueron los reyesde Dinamarca.

Sin duda el relato de la muchacha que concibióun hijo después de vagabundear por el bosque esabsolutamente verídico. No es improbable que,cuando su airado padre la interrogó, haya replicadocon una sonrisita tonta: “Fue Bjorn...”

El más absurdo árbol genealógico fue indud a-blemente el que preparó Etienne de Lusignan(1537-1590). Este erudito historiador era parientelejano de la gran familia Lusignan, que había gobe r-nado a Chipre durante más de tres siglos. Su escudode armas mostraba una sirena, que sostenía un e s-pejo en la mano izquierda, mientras se peinaba loscabellos con la derecha.

Era Melusina (o Melisenda), el hada más famosade los romances franceses, la heroína de los roma n-ces escritos en el siglo XV por Jean d'Arras, y ta m-

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bién de innumerables libros y relatos. Fue una m u-chacha de áspero carácter, que encerró al padre enuna alta montaña porque trató mal a la madre deMelusina. Por este acto irrespetuoso fue condenadaa convertirse todos los sábados en serpiente de lacintura para abajo. Se enamoró de Raymond, condede Lusignan, y casó con él, pero hizo jurar a su e s-poso que jamás la visitaría en sábado, ni tratarla desaber lo que hacía ese día. Durante cierto tiempoRaymond cumplió su promesa y ambos vivieronfelices. Tuvieron varios hijos. Pero un día el condeno pudo dominar su curiosidad; se ocultó en la h a-bitación a la que Melusina solía retirarse, y fue test i-go de la transformación de su esposa. Melusina sevio obligada a abandonar a su esposo, y “a vagarpor doquier como un espectro”... aunque otras ve r-siones afirman que el conde la encerró en la ma z-morra del castillo.

Este cuento de hadas sin duda sedujo a la aristo-cracia francesa. Por lo menos cuatro casas (Lusi g-nan, Rohan, Luxemburgo y Sassenaye) incluyeron aMelusina entre sus antepasados.

En realidad, esta invención genealógica carecíade todo fundamento. Los Lusignan vivían en unantiguo castillo que, según se afirmaba, estaba e n-

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cantado por la infeliz Melusina. En Francia, un s ú-bito grito se llama aún hoy un cri de Mélusine , alu-diendo a la exclamación desesperada de Melusinacuando fue descubierta por el esposo. En Poitoutodavía se preparan tortas de jengibre, que llevanimpresas la imagen de una bella mujer, bien coiffée,con una cola de serpiente. Se hornean para la feriade Mayo, alrededor de Lusignan, y todavía recibenel nombre de Mélusines.

Afírmase que Melusina aparece cuando unmiembro de la familia Lusignan está próximo a m o-rir; y entonces vuelve alrededor del castillo, lanza n-do quejosos gritos. De acuerdo con ciertoshistoriadores, el origen de la leyenda es el nombrede Lucina, la diosa romana de las parturientas, aquien las madres, en el momento de dar a luz, ll a-maban en ayuda con sus gritos de dolor. Mater L u-cina se convirtió en Mére Lucine, y finalmente enMélusine. Sea cual fuere la verdad de esta teoría, losLusignan poseen un escudo de armas extraordin a-riamente atractivo: una bañera de plata, con duelascelestas y brillante entre ellas el cuerpo desnudo dela hermosa sirena...

No todos los escudos de armas eran tan pint o-rescos. Carlos XI de Francia dio patente de nobleza

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al esposo de su niñera. El escudo de armas elegidofue al mismo tiempo eficaz y simbólico: una vaca deplata con una corona entre los cuernos, sobre uncampo rojo.

En 1430 el rey Segismundo ennobleció a MiguelDabi, barbero de la corte. El escudo de armas fuediseñado por el propio beneficiario. Tenía tres m o-lares, mientras una mano que se elevaba sosteníaorgullosamente un cuarto.

Más sorprendente aún fue el escudo de armas deSteven Varallyay, burgués de Hust, en Alta Hungría,elevado a la nobleza en 1599. Fue recompensadopor el príncipe húngaro Andrés Bathory... y la r e-compensa quiso premiar la extraordinaria habilidadcon que maese Varallyay ejecutaba ciertas operaci o-nes destinadas a mitigar el ardor de los padrillos dela caballeriza del príncipe. En campo de azur el br a-zo derecho de un hombre levantaba un mazo demadera; debajo se veía la vívida e inequívoca repr e-sentación de la parte de la anatomía del padrillo quesufría la operación.

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4.

Las universidades alemanas de los siglos XVI yXVII produjeron bachilleres y doctores como si yase hubiera inventado la producción en serie. Se d e-sarrolló una nueva clase social: la aristocracia de lossabios. Los hombres de ciencia eran muy respetados(casi tanto como los científicos de la era atómica);los príncipes honraban a los sabios, el pueblo lestemía y admiraba. No es de extrañar, pues, que sehincharan de orgullo; ese sentimiento se desarrollócon un ritmo desconocido hasta entonces. Pero h a-bía un inconveniente: la nueva aristocracia carecíade los nombres distinguidos y sonoros, de la pátinade vejez de la aristocracia de cuna. Tuvieron queconquistar la inmortalidad con los nombres senc i-llos y aún vulgares de sus padres, y estos nombresse destacaban ingratamente a pesar de las montañasde pulida prosa latina con que pretendían cubrirlos.

Schurtzfleisch (Carne de delantal) o La m-merschwanz (Cola de cordero) no eran nombresmuy apropiados para ascender al Olimpo. Podíatemerse que las Musas arrojaran a puntapiés a s e-mejantes candidatos a la fama. Era preciso hallar elmodo de pulir, de tornar aceptables nombres tan

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toscos y vulgares.Uno de los métodos fue un tanto primitivo.

Consistió en agregar simplemente la terminaciónlatina “us” al nombre alemán. Así, Conrad SamuelSchurtzfleisehius, el erudito profesor de la Unive r-sidad de Wittenberg se vio liberado del vergonzosorecordatorio de su humilde cuna, y el “us” (como elfrancés “de” y el alemán “von”) lo convirtió en m e-ritorio miembro de la orden de los sabios.

Los autores de libros importantes usaron d u-rante siglos este “us”, y al cabo alcanzaron ciertanobleza y distinción; si alguien podía ostentar este“us”, se le consideraba hombre de profundos con o-cimientos; en cambio, los mortales comunes no t e-nían derecho a usarlo. En las portadas de los librosy en las citas era posible distinguir a un sabio graciasal aristocrático “us”, que no sólo tenía buen sonido,sino que también era práctico... porque se podíadeclinarlo. Si alguien, por ejemplo, se llamaba senc i-llamente “Bullinger”, el texto latino lo condenaba aeterna rigidez, en su condición de obstinado e infl e-xible nominativo. Pero “Bullingerus” tenía toda lagracia y la flexibilidad de una palabra latina; era p o-sible declinar todos los casos, y decir Bullingerum,Bullingeri, Bullingero. Y si varios miembros de la

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misma familia figuraban en el mundo de las letras,se los podía enumerar gracias a las formas “Bulli n-geros, Bullingerorum...” etc.

Sin embargo, aparentemente nadie comprendiócuán estúpido y bárbaro era agregar la partícula lat i-na “us” a un nombre alemán; los monstruos asíconcebidos pasaban de contrabando a los textosclásicos, y destruían la armonía de conjunto... au n-que algunas obras estuvieran escritas en latín mac a-rrónico. La cosa no tenía tan mal aspecto cuando setrataba de nombres sencillos, por ejemplo Hallerus,Gesnerus, Mollerus, Happebus, Morhoflus,Gerhardus, Forsterus; y además, centenares denombres alemanes latinizados se popularizaron a lolargo de siglos de uso; el lector los aceptaba, y olv i-daba gradualmente su grotesca incongruencia. Peronombres como Buxtorfius, Nierembergius, Raven s-pergius, Schwenckfeldius, y Pufendorfius, resultanun poco extraños, y en el caso de Schreckefuchsius,el erudito profesor de matemáticas de la Univers i-dad de Freiburg, la latinización no mejoraba muchola situación.

Los propietarios de estos nombres alemanes du-ros y guturales llegaron a la conclusión de que el“us” no los hacía melodiosos ni clásicos; de modo

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que adoptaron otro método: tradujeron sus no m-bres poco elegantes al griego y al latín, y la pilosaoruga teutónica se convirtió entonces en mariposaclásica de hermosos colores. El excelente La m-merschwanz (cola de cordero) se convirtió en Ca s-parus Arnurus, y con ese nombre comenzó aenseñar lógica y ética en la Universidad de Jena; elerudito doctor Rindfleisch (Carne de vaca) se co n-virtió en Bucretius; el pomeranio Brodkorb (C a-nasta de pan) firmó sus trabajos con el magníficonombre de Artocophinus.

He aquí una pequeña colección de estas mágicastransformaciones, con las traducciones aproximadasde los nombres alemanes:

Oecolampadius era: Hausschein (Brillo de la c a-sa).

Melanchton era: Schwarzfeld (Campo negro).Apianus era: Bienewitz (Ingenio de abeja).Copernicus era: Köppernik.Angelocrator era: Engelhart (Angel duro).Archimagrius era: Küchenmaster (Maestro de

cocina). Lycosthenes era: Wolfhart (Lobo duro).Opsopoeus era: Koch (Cocinero).Osiander era: Hosenenderle (Puntita de los

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pantalones). Pelargus era: Storch (Cigueña)Siderocratas era: Eisenmenger (Mezclador de

hierro).Avenarius era: Habermann.Camerarius era: Kammermeister (Chambelán).Parsimonius era: Karg (Escaso, parco).Pierius era: Birnfeld (Huerta de perales).Ursisalius era: Beersprung (Salto de oso).Malleolus era: Hemmerlin (Martillito).Pepericornus era: Pfefferkorn (Grano de p i-

mienta).Otras naciones adoptaron esta tonta moda. Así,

el suizo Chauvin latinizó su honesto nombre y loconvirtió en Calvinus. Y el belga Weier se convirtióen Wierus, el polaco Stojinszky en Statorius, el fran-cés Ouvrier en Operarius, y el inglés Bridgewater enAquapontanus.

Podríamos agregar miles de nombres a la lista.Ni siquiera la sangrienta sátira de la Epistolas Obscu-rorum Virorum pudo curar a los aludidos de la maníade la “clasicización”, a pesar de que las famosascartas utilizaban nombres como Mammotrectus,Buntemantellus, Pultronius, Cultrifex, Pardorma n-nus, Fornacifisis, etc. Fue obra de la suerte que el

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inventor de la imprenta, Hans Gensfleisch, nacierademasiado temprano como para aficionarse a taleslocuras. Si hubiera vivido cien años después, ahorahablaríamos de Ansericarnosus en lugar de referi r-nos a las Biblias de Gutemberg.

Debo confesar que la moderna manía de losseudónimos me parece muy íntimamente relacion a-da con esta costumbre de los siglos XVI y XVII.Puedo comprender inmediatamente por qué SamuelSpewack escribe novelas policiales bajo el nombrede “A. A. Abbot” (además, lo coloca automátic a-mente al principio de cualquier lista alfabética), opor qué Euphrasia Emeline Cox prefiere llamarseLewis Cox. Pero, ¿por qué demonios J. C. Squire seconvirtió en Solomon Eagle o Robert WilliamAlexander se disfrazó de Joan Butler? ¿Acaso Cl e-ment Dane es más eufónico que Winifred Ashton?¿O Kirk Deming es mejor que Harry Sinclair Dr a-go? Incluso prefiero Cecil William Mercer aDornford Yates, o Grace Zaring Stoile a EthelVance... pero quizás estas damas y estos caballerosaciertan cuando prefieren Peter Trent a LawrenceNelson, o Anya Seton en lugar de señora de H a-milton Chase.

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5.

La nueva aristocracia adquirió hermosos no m-bres, pero aún carecía de antecedentes y de árbolesgenealógicos. Era preciso remediar esta situación;los nuevos e impresionantes nombres necesitaban elrespaldo de una firme reivindicación del título nobi-liario. Así, comenzó a prestarse atención a las re s-pectivas historias familiares, y se procuró tomarnota de todos los Smith, Jones y Miller que habíansido famosos, sin hablar de los Schmidt, los Wolfylos Müller (Pido disculpas: se trata de los Schmidius,los Wolfius y los Müllerus). Goez, superintendentede Lubeck, escribió un libro sobre los Schmidt f a-mosos, y lo tituló De clanis Schmidiis. (Se publicaronobras semejantes en Inglaterra, en Estados Unidos,y sobre todo en Escocia.)

Los Wolf fueron inmortalizados en una tesisdoctoral que un erudito miembro del numerosoclan presentó a la Universidad de Leipzig ( De Nomi-nibus Lupinus).

En cuanto a los Müller, existió el proyecto deconsagrarles una extensa obra; desgraciadamente,sólo se dio cima a un fragmento. En su obra H o-

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monymoscopia, Johannes Mollerus, profesor deFlensburgo, prometió escribir la historia de losMüller, y aún anticipó el título: Mola Musarum Casta-lia (lo cual puede traducirse aproximadamente comoEl molino, fuente de Castalia de las Musas). ComoMüller significa molinero, el resultado es un bonitojuego de palabras. El erudito historiador danés seproponía reunir bajo este sonoro título a todos loshombres de ciencia cuyo nombre tuviera relacióncon molinos y con el oficio de molinero. Pensabaocuparse de los bien conocidos Moller, Müller, M o-litor, Molinary, Molinas, Molinnetto, Myliuses,Meulens, Mollenbeck, Mühlrad, Mühlberg, Müh l-bach, Mills, Millar, Miller, Millins, Mills, Milmores,Milnes, Milners... y aun del clan húngaro de losMolnarus. Pero, para grave y eterno detrimento dela gloria de molinos y de molineros, la gran obranunca apareció. El autor sólo dio un anticipo, bajola forma de un apéndice a su Homonymoscopia, enel que enumeró cincuenta Müller, con una detalladadescripción de la obra cumplida por cada uno. Losotros Müller sólo aparecieron en cifras estadísticas,y el breve extracto hizo agua la boca de los histori a-dores, aunque el apetito de éstos habría de perm a-necer eternamente insatisfecho.

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De todos modos, el profesor Mollerus publicóalgunas estadísticas sobre los nombres de pila delclan Müller-Miller. Había cuatro Juanes entre losMolitor, 8 entre los Myliuses, 3 entre los Molanos, 4entre los Mühlmann, y ninguno entre los Mülpfort.Por otra parte, hasta 1697 los sencillos Müller teníannada menos que 44 Juanes o Johann. En las filas delmismo clan aparecían 9 Andrés, 3 Arnoldos, 2 Ba l-tasares, 5 Bernardos, 2 Carlos, 6 Gaspares, 7 Crist i-nos, 6 Danieles, 7 Joaquines, 2 Tobías... y así por elestilo. Había también 4 Juanes Jorges y 4 JuanesJacobos, lo cual elevaba el número de Juanes a untotal general de 52.

Pero lo anterior es poco comparado con el casode los Mayer, uno de los apellidos alemanes máscomunes, mas frecuente que todos los Smith, Jonesy Robinson reunidos. El excelente doctor Paulini,uno de los más versátiles y benévolos autores delbarroco, preparó la lista de los Mayer famosos. Cl a-sificó 207 nombres, con arreglo a la actividad enque se habían destacado (derecho, medicina, teol o-gía, etc.). Incluyó todas las variaciones del apellido:Mayer, Maier, Meyer, Meier... y aun los que eranMeyer “sólo a medias”, como Strohmeyer, Stolm a-yer, Listmayer, Gastmayer, Ziegenmayer, Spitmeyer,

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Kirchmeyer, Stallmeyer, Hintermeyer, Wischmeyer,Distermeyer, Hunermeyer, Múnchmeyer, Buchm e-yer, Hundemeyer y otros muchos. El doctor Paullinireconoció que el profesor Joaquín Mayer, de Gotin-ga, lo había ayudado mucho.

Parece que esta plétora de Mayer provocó co n-siderable sensación en el mundo de la ciencia y de lagenealogía, pues el profesor Joaquín Mayer inicióinvestigaciones independientes y combinó los r e-sultados de su arduo trabajo en un librito muy int e-resante, publicado bajo el título de AntiquitatesMeierianae (Gottinga, 1700).

Hasta ese momento, los filólogos habían creídoque el apellido Mayer o Meier provenía del latínmajor, y significaba simplemente una persona decierta autoridad puesta al frente de los servidores,etc. En las propiedades rurales eran mayordomos;en las aldeas, regidores o alcaldes. Pero el profesorMayer, de Gottinga, descubrió que se trataba de unerror; los ancestrales Mayer formaban un núcleomucho más distinguido. El nombre se originaba,según este estudioso, en el céltico mar, mär, mir,que significaba “caballo” y posteriormente, por víade transferencia, “jinete”. Los antiguos germanos, lomismo que los franceses hoy, escribían ai el sonido

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ä, de modo que mär se convirtió en Mair y post e-riormente en Maier.

Una vez aclarada esta etimología, el mundo de laciencia no tuvo inconveniente en aceptar las post e-riores deducciones del profesor de Gottinga. Deacuerdo con ellas, los antepasados de los Mayereran caballeros y, como pertenecían a la aristocracia,probablemente dieron algunos príncipes a la antiguaGermania. Aun Italia los honró, como lo demuestrael caso de la familia Marius, que dio siete cónsules aRoma. Profundizando más aún el tema, el eruditoprofesor llegó al Dios de la Guerra, cuyo nombreera también de origen celta. La palabra mar signif i-caba “caballo, jinete, guerrero”. El propio Marte eraun antiguo Mayer, para mayor gloria y honor de lafamilia. (El profesor excluyó al clan Marcius, proba-blemente porque se sintió avergonzado de Coriol a-no.)

También en Francia los Mayer habían conqui s-tado una posición importante. De sus filas salieronlos Maires du Palais, los Maierus Palatinus, es decir,la más elevada dignidad palaciega. Aún hoy el LordMayor es el principal magistrado en cualquier ci u-dad. Ciertamente, los Mayer llegaron muy lejos...por lo menos en la tarea de prestar el nombre de la

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familia para la denominación de altas funciones.Desgraciadamente, después los Mayer alemanes

se empobrecieron y perdieron el lustre que les oto r-gaba tan noble origen. Pero aun en la pobreza losMayer hicieron cuanto estuvo a su alcance para a u-mentar la gloria y la fama del clan: en 1598 la esposadel campesino Hans Maier dio a luz trillizos, hechoque en sí mismo quizás no haya sido hazaña muyconsiderable; pero ese mismo año las ovejas del p o-bre Maier produjeron tres corderos cada una, y aúnsu vaca comprendió que estaba obligada a añadirtres terneros a la prosperidad general de la casa.

Pero no acaba aquí la gloria de los Mayer. Elnombre sirvió para designar naciones, ciudades yríos. La tribu de los Marcoman, hombres viriles y deinclinaciones guerreras, sin duda pertenecía al mi s-mo núcleo familiar. Entre las ciudades, Marburg,Merseburg, Wismar, y aun la holandesa Alkmaarson monumentos a la antigua y olvidada fama. Lomismo puede decirse del río Morava (de acuerdocon el viejo nombre de Marus o Mairus); y del M a-ros, que corre a través de Hungría y de Rumania.

El profesor Mayer no se detuvo en los confinesde Europa. Franqueando sucesivos escalones celtas,escitas y tártaros, siguió la pista del gran clan hasta

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el lejano Oriente. Las palabras tártaras Mirza, Murzasignificaban “jefe de jinetes”, y el término Emir, delmismo origen, indicaba una jerarquía importante,tanto entre los persas como entre los árabes. Y t o-dos eran Mayer. Finalmente, el buen profesor hizoflamear su bandera sobre el noble edificio que hablaerigido en honor de su familia. Los Mayer, afirmó,incluso habían producido un profeta en beneficiode la humanidad, pues el profeta Elijah era conoc i-do en Palestina por el nombre de Mar-Elijah.

Hoy, la fantástica filología y las conclusionespoco científicas del profesor del siglo XVIII nosmueven a risa. Pero sus investigaciones fueron co n-sideradas muy seriamente durante casi dos siglos.

La locura de la vanidad es tenaz y desafía a lapropia realidad.

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V

LA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO

1.

Dice un proverbio turco: “Si Alá te da autor i-dad, también te dará la inteligencia necesaria paraque sepas mandar”. Como muchos proverbios, éstees al mismo tiempo peligroso y falso. Por lo que serefiere a la burocracia, la adquisición de autoridadmuy frecuentemente determina la pérdida de la i n-teligencia, la atrofia de la mente y un estado crónicode estupidez.

Nadie negará que los funcionarios gubern a-mentales son seres humanos. Y no cabe duda deque la mayoría son excelentes esposos, padresafectuosos y buenos ciudadanos. Pero, sea cual fu e-

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re la edad del sujeto, o el país en que desempeñansus funciones, tan pronto se apoderan de un escr i-torio y de un mueble para archivo de papeles le ocu-rre algo misterioso y terrible. La letra reemplaza alespíritu, el precedente anula a la iniciativa, y la no r-ma se sobrepone a la piedad y a la comprensión.Hay muchas excepciones, pero cada una de ellasconstituye la confirmación de la regla. Las oficinasgubernamentales son viveros de estupidez, y d e-sempeñan el mismo papel que las aguas estancadasen el caso del mosquito anopheles. Es inevitable:aún el burócrata más inteligente sucumbe a la infe c-ción.

El papeleo oficial, símbolo de la burocracia, escasi tan antiguo como la humanidad. Los egipciostenían una burocracia muy desarrollada; el imperiode Diocleciano, que ya se agrietaba por todas partes,se sostenía precariamente en pie gracias a una admi-nistración de fantástica complicación. Esos inoce n-tes papeles han sido vestidura de tiranuelos ycadenas de la libertad y de la empresa privada.Thackeray concibió la teoría de que Hércules niñoluchó contra montañas de papeles oficiales, nocontra serpientes. Shakespeare lanzó sus dardoscontra la “insolencia del burócrata”. Los romances

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de Voltaire satirizaron al mismo tiempo a sacerdotesy a políticos, pero el gran escritor reservó sus fl e-chas más agudas para los “caballeros de la ignora n-cia, los paladines del papelerío, los campeones de laconfusión”. Es decir, la burocracia.

A Dickens corresponde el mérito de haberidentificado a la burocracia con la ineficacia y la e s-tupidez. En la inmortal figura de Bumble creó elarquetipo del burócrata torpe y miope, y desde e n-tonces el personaje ha hecho carrera. La cálida i n-dignación de Dickens despojó al burócrata de todasu vanidad y autosuficiencia, aunque no lo mató,porque en realidad es inmortal. Carlyle se mostrómás violento aún en su ataque a la burocracia, a laque odiaba tanto que a veces perdía todo sentido dela proporción (aunque también era capaz de mostrarsentido práctico). Enfurecido por las reglas y no r-mas del Museo Británico, fundó con varios amigosuna gran institución, la London Library, cuyos su s-criptores podían llevar libros a casa (privilegio quela biblioteca del Museo Británico todavía niega a suslectores).

Para mí, el perfecto burócrata estará siempre r e-presentado por el Schupo (policía) berlinés, a quienconocí poco después de llegar a la capital alemana.

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Necesitaba ir a una calle de los suburbios del oestede la ciudad, y me dirigí al policía de uniforme ve r-de. Me escuchó atentamente, y luego me suministróla información necesaria con voz seca y rápida. Lasinstrucciones eran muy complicadas, e implicabandos cambios de ómnibus, varios desvíos a la der e-cha y a la izquierda, el cruce de algunas plazas yunos cuantos detalles más. Me fatigué del asunto amitad de la explicación y decidí que, una vez en c a-mino, preguntarla nuevamente. De modo que agr a-decí cortésmente al Schupo y empecé a alejarme.Pero su mano enguantada me aferró del hombro yme obligó a dar media vuelta.

-¡No me agradezca!- ladró- ¡Repítalo!

2.

El primer síntoma de la incapacidad mental delburócrata es su lenguaje. Del mismo modo queciertos desórdenes mentales provocan tartamudeo,ecolalia y otros defectos del habla, así la burocraciacrea un lenguaje burocrático. Eric Partridge ofreceuna definición de notable moderación, pues afirmaque es el “tipo de fraseo que ha sido asociado a me-

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nudo justificadamente con las oficinas del gobie r-no”. Y cita en su brillante Usage and Abusage un bre-ve pasaje que se refiere a los pequeñoscomerciantes:

“... los siguientes artículos de esta ley se aplic a-rán solamente a los comercios, es decir a aquellosartículos de la sección seis y de la sección ocho quese refieren a la aprobación por los ocupantes de n e-gocios, de las órdenes emitidas con arreglo a lassecciones de los artículos del párrafo c) de la su b-sección 1) de la sección siete y a los artículos delpárrafo a) de la sección doce...”

Se trata de un caso relativamente benigno. Apropósito, recordamos ahora la réplica de un d e-partamento del gobierno al pedido de provisión deun libro. Se informaba al solicitante que estaba“autorizado a conseguir la obra en cuestión m e-diante compra realizada por los conductos come r-ciales normales”. En otras palabras, se le autorizabaa comprarlo en una librería.

La pasión por las palabras largas, por las frasescomplicadas, por la expresión tautológica es innataen el burócrata. En Gran Bretaña la enfermedadalcanzó tal gravedad (y provocó tan considerablepérdida de tiempo) que Sir Ernest Gowers, mie m-

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bro eminente del servicio civil, decidió escribir unlibro titulado Plain Words (Palabras francas). En élprocuró demostrar cómo se podía emplear un le n-guaje mejor y más sencillo. El libro fue aclamado... yprácticamente no tuvo la menor influencia. Un m i-nisterio ordenó veinte ejemplares, y una semanadespués produjo la siguiente obra maestra:

“El consumidor individual rara vez utiliza s i-multáneamente todas las luces y demás artefactoseléctricos. Por consiguiente, la máxima demanda enun momento dado (la “demanda máxima del co n-sumidor”) es menor que la suma total que se obte n-dría si todas las lamparillas eléctricas y todos losartefactos (la “capacidad instalada del consumidor”)funcionaran simultáneamente”.

El asunto parece muy impresionante, hasta quese elimina el exceso de palabras. Y entonces se de s-cubre el verdadero significado del párrafo: que si seencienden todas las luces de la casa y se conectantodos los artefactos eléctricos, se gastará más c o-rriente que en caso de utilizar menor número deluces y de aparatos. Pues una de las característicasmás destacadas de la estupidez burocrática es hacercomplejo lo que es simple, sinuoso lo directo, yconvertir al clisé en profunda y reveladora verdad.

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Véase, por ejemplo, esta fórmula mágica:P S M V N---- = R + B- --- + C- --- + B- --- + A- ---PO SO NO VA NA

Se trata, sin duda, del método de producción dela bomba de hidrógeno, o del elixir Supremo de laVida. En realidad, es la fórmula oficial que los e m-presarios fúnebres de Francia deben aplicar cuandocalculan el precio de los funerales en cualquier ci u-dad de más de 20.000 habitantes.

No he podido conseguir el significado de todaslas letras. Pero M sobre NO, por ejemplo, repr e-senta la variación del precio del forraje destinado alos caballos que tiran del vehículo en el que setransporta el ataúd. ¡No es de extrañar que la tasa denatalidad haya aumentado mucho en Francia, al p a-so que ha disminuido la de mortalidad! Es evidenteque la gente teme morir.

Si los empresarios fúnebres de Francia se ven endificultades, ¿qué decir de los dentistas ingleses?Pues con arreglo a las disposiciones del NationalRealth Service, deben calcular sus honorarios sobre labase de las siguientes instrucciones:

“El párrafo II del artículo 3 del reglamento r e-

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formado deberá ser sustituido por el siguiente p á-rrafo:

II. En cualquiera de los meses del mismo año laremuneración no excederá la que resulte de sumar ala remuneración de los meses anteriores del año, lacantidad que sea el producto de la suma standardmultiplicada por el número de meses del año quehaya expirado al fin del mes para el cual se está re a-lizando el cálculo, agregado a la mitad de cualquierexceso autorizado de honorarios respecto de eseproducto que, salvo los artículos de este reglamento,hubiera derecho a cobrar en dichos meses, excl u-yendo, para todos los fines de este párrafo, el mesde enero de 1949.”

Después de luchar con esta kilométrica frase, eldentista tiene todo el derecho del mundo a equiv o-carse de muela. Y todavía nadie ha aclarado por quéel pobre enero de 1949 ha sido excluido de todo elarreglo.

Se creería que en los Estados Unidos, habidacuenta del genio norteamericano para la frase d i-recta y sencilla, la permanente transformación y elenriquecimiento del idioma evita estos fangales b u-rocráticos. Pero la burocracia es la misma en todo elmundo. Un plomero de Nueva York preguntó al

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Bureau of Standards de los Estados Unidos si acon-sejaba el uso de ácido clorhídrico para la limpieza decañerías tapadas; recibió esta breve y desconcertanterespuesta:

“La eficacia del ácido clorhídrico es indiscutible,pero el residuo corrosivo es incompatible con lapermanencia del metal.”

El buen hombre necesitó un buen rato paradescubrir el significado de la frase: “¡No use ácidoclorhídrico! ¡Se comerá las cañerías!”

Y un funcionario de Washington informó a susuperior:

“El contacto verbal con el señor Blank respectode la notificación de promoción adjunta ha puestode relieve la formulación adjunta en la que se dest a-ca que prefiere declinar el nombramiento.”

Treinta y una palabras en lugar de cinco: “Blankno desea el empleo”.

En Nueva Zelandia un funcionario del gobiernoinspeccionó cierta propiedad propuesta para asientode un campo de deportes. Su informe fue perfectoejemplo de burocratismo:

“De la diferencia de elevación con respecto a laescasa profundidad de la propiedad se deduce cl a-ramente que el contorno impide toda posibilidad de

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desarrollo razonable con fines de recreación activa.”También en este caso llevó cierto tiempo desc u-

brir que el lote tenía una pendiente muy pronunci a-da.

El humor inconsciente caracteriza a la estupideztanto como el papeleo interminable. He aquí un p á-rrafo de cierta reglamentación británica:

“En la Categoría Nueces (descascaradas) (queno son maníes), la expresión Nueces se refiere adichas nueces, distintas de los maníes, las cuales, sino fuera por esta disposición de enmienda, no m e-recerían la denominación de Nueces (descascaradas)(distintas de los maníes), por tratarse de Nueces(descascaradas).”

Gracias a una dosis considerable de control demí mismo, me abstendré de formular el comentarioque este párrafo merece.

Sir Alan Herbert, novelista, político e ingeniobrillante, resumió el espíritu de la burocracia cuando“tradujo” la frase famosa de Nelson, “Inglaterraespera que cada uno cumpla con su deber”, al le n-guaje burocrático:

“Inglaterra presume que, en relación con la a c-tual situación de emergencia, el personal encararálos problemas, y realizará apropiadamente las fu n-

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ciones asignadas a los respectivos grupos ocupaci o-nales.”

Felizmente, Nelson no sucumbió a esta enfe r-medad verbal, pues de lo contrario es muy probableque Trafalgar se hubiera perdido.

3.

Las guerras modernas han diezmado a muchospaíses; pero cada una de ellas han engendrado m i-llones de burócratas. Engordan con la escasez yprosperan en los momentos de crisis. La paz jamáspuede ofrecerles tantas oportunidades de ejercer suspequeñas tiranías, de utilizar el papeleo para reg i-mentar al individuo y de amargar la vida de sus s e-mejantes. Ninguna guerra fue ganada porfuncionarios; varias estuvieron a punto de ser pe r-didas por ellos.

Uno de los más valiosos ejemplares de mi colec-ción de tonterías burocráticas data de la PrimeraGuerra Mundial, y es francés. El fonctionnaire fran-cés ha sido inmortalizado y crucificado por muchasplumas brillantes, desde Rabelais a Moliére y deBalzac a Tristan Bernard; pero ninguno de ellos i n-

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ventó tan maravilloso monumento al burocratismocomo el que me comunicó el venerable CharlesHumbert, ex senador por el departamento de Me u-se.

El asunto comenzó el 14 de noviembre de 1915,cuando el ministro de Guerra dirigió una carta alcomandante en jefe. El gobierno había ordenado laformación de un censo de todos los obreros met a-lúrgicos y afines que prestaban servicio en el ejérc i-to. Sin embargo, uno de los regimientos deinfantería territorial resistió la medida y prohibió asus hombres que inscribieran sus nombres... prob a-blemente porque el comandante de la unidad temíaperder algunos de sus hombres en beneficio de laindustria de municiones.

La carta del ministro, debidamente firmada porel subsecretario de Estado, fue recibida al día s i-guiente por la Primera Sección del Comandante enJefe en Remiremont. Fue enviada al Estado Mayorgeneral del Séptimo Ejército, en Belfort, el 17 denoviembre, y remitida al día siguiente al coma n-dante general de la Undécima División. En el tr a-yecto el documento había adquirido cinco sellos yonce firmas (todo ello, en el curso de tres días). Elgeneral pasó la carta al Deuxieme Bureau, la sección

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de inteligencia de la división. Allí descansó cuatrodías, durante los cuales, evidentemente, se reflexi o-nó profundamente sobre el candidato a chivo em i-sario. Finalmente, el 23 de noviembre, se eligió paraese papel al coronel jefe del regimiento territorial. El29 de noviembre el coronel envió una respuesta enla cual, con contenida cólera, señalaba que en suregimiento se había preparado la nómina de trabaja-dores metalúrgicos tres meses antes, y que, por con-siguiente, el ministro de Guerra no podía acusarlo aél de insubordinación.

El Deuxieme Bureau decidió realizar una nuevatentativa. Esta vez la víctima elegida fue el reg i-miento 105. El 6 de diciembre el coronel del reg i-miento 105 replicaba que había realizado el censo eldía 30 de octubre; y para mayor seguridad, repetíalas cifras. Belfort hizo otra tentativa el regimiento209 y recibió otra indignada respuesta. De modoque devolvió el documento (cubierto ahora de sellosnegros y firmas ilegibles) al Estado Mayor generaldel Séptimo Ejército. El 8 de diciembre el EstadoMayor informó respetuosamente que todos los r e-gimientos territoriales habían obedecido la ordendel Ministerio. Sin embargo, parece que el coma n-dante en jefe logró interceptar la comunicación, y

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montó en cólera. El 11 de diciembre devolvió eldocumento al comando general del grupo Belfort,con esta observación: “Ustedes no han contestadola pregunta. ¿Se prohibió o no se prohibió a los so l-dados participar en el censo general de obreros?”

Es probable que el general que comandaba elgrupo de Belfort se haya encogido de hombros, h a-ya lanzado un juramento gálico, y luego comenzaratodo de nuevo. Envió la carpeta que ahora era ba s-tante más abultada al comandante general de la 105División, y exigió “acción inmediata”. Al día s i-guiente, el general de la 105 división remitió la d o-cumentación al coronel de la brigada 209. Elcoronel no tenía a quién regalársela, y replicó que éljamás había prohibido a sus hombres nada que nofuera desertar; y ciertamente, no les había impedidoregistrarse como obreros metalúrgicos. De todosmodos, necesitaba cascos de acero; ¿podía haceralgo el general?

El Estado Mayor de la 105 división se negó aintervenir en tan frívolo asunto. Una vez recibido elinforme del coronel, envió la carpeta al general acargo de la brigada 214, quien, a su vez, lo pasó alteniente coronel al mando de la brigada territorial346. Este teniente coronel fue más lejos aún que sus

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colegas. Replicó que no había prohibido a ningunode sus soldados ni tampoco a los oficiales inscribirseen las listas de obreros metalúrgicos.

La carpeta regresó a las oficinas del general enjefe del Séptimo Ejército. El calendario señalaba yael 27 de diciembre, y el general replicó al coma n-dante en jefe que ningún regimiento territorial habíadejado de cumplir con su deber y, por favor, ¿no sepodía dar por terminado el asunto?

Dos días después, el comandante en jefe devo l-vió toda la correspondencia al subsecretario deGuerra. El 3 de enero, el documento (cubierto defirmas y sellos) llegó al punto de partida. Mejor d i-cho, debió llegar. Pero un funcionario de escasoespíritu patriótico lo robó y lo entregó al senadorHumbert. Y fue discutido en el Senado francés y enla prensa. Y quince años después, el senador me loregaló.

Entre las dos guerras mejoramos nuestras a r-mas, nuestras tácticas y, naturalmente, nuestra b u-rocracia. Pero en el curso de la Segunda GuerraMundial, el burocratismo prosperó, con más fuerzae impulso que nunca.

Nada, por pequeño o insignificante que fuera,escapó al control de la burocracia. En el período en

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que los Estados Unidos padecieron cierta escasez decarne, Wáshington pidió a Hollywood que no incl u-yera en las películas escenas de espantadas de gan a-do; probablemente por temor a que la vista de tantoganado en pie provocara una revolución de los queya habían agotado las tarjetas de racionamiento decarne.

Pero el ejemplo clásico de burocratismo entiempos de guerra fue publicado por el New Yorkeren 1944. El hecho ocurrió en Fort Monmouth, locual puede o no haber tenido cierto valor profético,en vista de las investigaciones que posteriormentehabría de realizar el senador McCarthy. Citemos elarticulo del señor White:

“Así como la yarda lineal se define mediante doshilos tendidos sobre una barra de aleación de plat i-no conservados en un depósito del gobierno, la b u-rocracia se define mediante un documento que obraen nuestro poder: el formulario de tres páginas quedebe ser llenado por el civil empleado en FortMonmouth que haya perdido un níquel en una m á-quina automática y desee el reembolso de la sumaperdida. Incluye dieciséis preguntas que deben sercontestadas bajo juramento, ante notario público:fecha, nombre, puesto y sueldo, dirección local y

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número de teléfono, dirección particular y númerode teléfono, suma perdida y tipo de máquina en laque se perdió el dinero, ubicación de la máquina,explicación detallada de la pérdida (“Adhiéranse ynumérense hojas adicionales”), nombre y direcciónde empleadores anteriores, descripción del níquel(“Fecha u otros elementos de identificación, mutil a-ciones, etc.”), nombre y dirección de cualquier test i-go de la pérdida, nombre y dirección de tresreferencias, clasificación militar, nombre del padre ynombre de soltera de la madre, declaración de ci u-dadanía del solicitante y de ambos padres, y una d e-claración, con fechas y lugares, de todas las penasjudiciales, incluidas las condenas por violaciones delas leyes de tránsito. El formulario concluye con lasiguiente frase: «POR LO TANTO, respetuos a-mente solicito el reintegro de la cantidad de... centa-vos»... Si el punto de hervor del agua puede serdenominado arbitrariamente 100º C., bien podemosllamar a la burocracia en estado de fusión 100º C. F.M. (Cuestionario de Fort Monmouth), y éste será elpunto de partida de la discusión ulterior...”

Me temo que el señor White está en un error. Ariesgo de molestar a mis lectores norteamericanos,debo señalar que los británicos superan al hombre

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que redactó el cuestionario de Fort Monmouth.Todavía existen unas cuantas cosas en las que elViejo Mundo es ligeramente superior al Nuevo, y elburocratismo es una de ellas.

Véase el caso del profesional que solicitó cup o-nes de nafta durante la última guerra para viajar e n-tre su casa y su oficina. Se rechazó la primerasolicitud, y se indicó al peticionante que podía viajaren ómnibus. El hombre escribió nuevamente, señ a-lando que el primer ómnibus partía de la zona a las9 de la mañana, y que, por consiguiente, llegaría ta r-de al trabajo. Después de considerable demora, r e-cibió un pequeño número de cupones. La cartaadjunta decía:

“Después de examinar su pedido, se le han co n-cedido X unidades que le permitirán utilizar su c o-che sólo para llegar hasta el lugar de trabajo; pues leadvertimos que deberá regresar a su residencia pormedio del transporte público.”

El profesional tragó saliva y preguntó si debíacomprar un automóvil nuevo (imposible de obtenerdurante la guerra) cinco veces por semana. Pero nohubo respuesta a su pregunta.

El uso de petróleo o de nafta estaba reglame n-tado por centenares de párrafos, cláusulas y su b-

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cláusulas. Los empresarios de pompas fúnebres deFrancia tuvieron que luchar solamente con la fó r-mula que les permitía calcular el costo de un funeral;sus colegas británicos hallaron que los carruajesdonde se transporte el ataúd estaban clasificadoscomo “vehículos comerciales”, empleaban naftaespecialmente teñida de rojo, y en cambio los veh í-culos que transportaban a deudos y amigos eran“coches de alquiler”, que usaban nafta blanca. Ysólo a último momento se evitó que éstos fueranclasificados como vehículos de placer”.

Otro caso de burocratismo absurdo fue el delhombre de Kensington, Londres, que perdió unapierna a principios de la guerra. De acuerdo con losreglamentos, tenía derecho a una ración extra dejabón, de modo que presentó la correspondientesolicitud. A su debido tiempo recibió los cuponescomplementarios... por seis meses. Cuando pasó esemedio año, solicitó más cupones. Una comunic a-ción oficial le indicó que podría obtenerlos si pr e-sentaba un certificado que atestiguara que aúncarecía de la pierna.

El burocratismo es al mismo tiempo estúpido ypomposo, y tiende a atribuir gran importancia alsecreto y a la reserva de las actuaciones. Las dos

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palabras: “secreto militar” han servido para disim u-lar multitud de pecados y de ineptitudes en todas lasguerras, de modo que hoy son ya ligeramente rid í-culas... especialmente desde que se transformaronen “secreto supremo” o en “altamente confide n-cial”.

Véase el caso de la mujer de Providencia quedurante la última guerra recibió un misterioso y e x-citante llamado telefónico... Larga distancia deseabasaber si ella aceptaba una comunicación de Miami.“No podemos decirle quién la llama”, informó laoperadora. “Es un secreto militar”. La dama no eratonta y tenía un hijo en las fuerzas armadas, de m o-do que aceptó el llamado y comprobó que su co n-jetura no andaba descaminada. Efectivamente, era elhijo que estaba en la marina. Las primeras palabrasdel muchacho fueron: “Hola, mamá, habla George.No puedo decirte dónde estoy... ¡secreto militar!”

Durante la ofensiva aérea contra Londres, losamplios refugios subterráneos del Ministerio de I n-formación (alojados en la Universidad de Londres),sirvieron de oficinas a una muchedumbre de peri o-distas, la mayoría de ellos británicos, y algunos no r-teamericanos y continentales. Había una estrictadivisión entre ambos grupos. Mientras se desarr o-

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llaban los ataques aéreos, afluía al local la inform a-ción sobre los lugares alcanzados y el grado de gr a-vedad de los daños. No era posible publicar elnombre de los lugares bombardeados, pero los di a-rios podían referirse a “una escuela en el norte deLondres”, o a “una iglesia en la City”. Se consider a-ba que esta información era altamente confidencial,y era leída a los corresponsales británicos agregadosal Ministerio en una habitación interior del refugio,donde no se admitía la presencia de corresponsalesextranjeros.

Hasta aquí, todo parece normal. Pero a veces ellugar era un poco ruidoso, y el funcionario minist e-rial debía levantar la voz para hacerse oír. No habíapuertas que separaran a las distintas habitaciones delrefugio. Y no era preciso aguzar el oído para disti n-guir las voz estentórea que rugía a pocos metros dedistancia. A veces, esta lamentable falta de form a-lismo iba más lejos aún. Por ejemplo, cuando alg u-nos de los periodistas británicos se hallaban en elbar, comiendo o charlando, la secretísima lista delos daños aparecía adherida a una vitrina de noticias,de modo que todo el mundo pudiera verla. Así, losperiodistas no británicos no sólo debían ser discr e-tamente sordos, sino también ciegos.

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Al principio de la guerra, cuando se arrojaronsobre Alemania las primeras hojas de propaganda,un colega suizo y yo acudimos a un alto funcionariodel Ministerio y le pedimos una copia del materiallanzado por los británicos. Se negó en redondo.Apelamos a una autoridad superior, y se nos rech a-zó nuevamente. Exasperados, pedimos una explic a-ción. Entonces se nos dijo solemnemente, y sin elmenor rastro de ironía: “Oh, no podemos hacer talcosa ¡Sería revelar información al enemigo!”

Después de esto, bien podemos considerar leveel caso en que el ejército norteamericano debió o r-ganizar el envío de soldados calificados a ciertoscolegios, con el fin de que siguieran cursos de ing e-niería. Dada la naturaleza de la mentalidad burocr á-tica, no debe extrañarnos que la inscripción en losdiversos institutos de enseñanza se hiciera por o r-den alfabético, con el resultado de que trescientoshombres fueron enviados a un pequeño colegio s u-reño. De los trescientos, doscientos noventa y ochose llamaban Brown, lo cual sin duda facilitó muchola tarea del personal administrativo y docente.

Todos sabemos que la guerra es un infierno. Yel burocratismo contribuye a avivar las llamas, y aahondar el dolor de las heridas.

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4.

En El Inspector General, Gogol erigió inmortalmonumento a la estupidez de los burócratas. El j o-ven y hábil aventurero que engaña a toda la ciudadtiene éxito no por la falta de honradez sino por laimbecilidad de los distintos funcionarios. Y sonfuncionarios gubernamentales precisamente porqueson estúpidos, afirma Gogol; y si en definitiva r e-sultan más lamentables que ridículos, ello se debetambién a la desusada profundidad de la estupidezque padecen.

El burocratismo es ciertamente peligroso cua n-do está aislado en los límites de una oficina del g o-bierno; lo es aún más cuando toma contacto con lavida real. Los impuestos, los derechos aduaneros, laagricultura, las reglamentaciones industriales y c o-merciales, son todas esferas que han dado materiapara innumerables bromas e infinitas dificultades ennuestras vidas agobiadas por el peso de la burocr a-cia.

Tomemos, ante todo, el caso de los impuestos.Afirmase que un impuesto popular es un ente i m-posible... tanto, por lo menos, como un recaudador

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de impuestos popular. Los recaudadores británicosse han quejado de su condición de parias sociales...Ningún club de cierta categoría los acepta comomiembros, porque se teme la posibilidad de que sedediquen al espionaje aun fuera de las horas de tr a-bajo. Lo cual, naturalmente, es injusto; pero ta m-bién, por otra parte, bastante razonable.

Tomemos un año que podemos considerarpromedio durante el cual sólo dos personas en todoel territorio de Estados Unidos se vieron empujadasal suicidio por la necesidad de llenar los formularios.Una de ellas llegó a realizar la tarea, y garabateó unanota: “Creo que estoy enloqueciendo”... y se pegóun tiro. La otra fue un hombre que mató a su esp o-sa y luego se suicidó con un rifle, dejando el fo r-mulario en blanco sobre el escritorio como últimomensaje al mundo. En su crónica sobre estos epis o-dios, el New Yorker agregó que “varias personashabían debido ser internadas en instituciones paraenfermos mentales... pero siempre es difícil establ e-cer si hubo otros factores que contribuyeron al d e-senlace”. Ese mismo año un hombre fue multadoen Londres, de acuerdo con una ley de 1745, por“arrojar dinero al recaudador de impuestos al mi s-mo tiempo que formulaba comentarios insultantes”.

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La pena parece bastante leve. Sin embargo, todoesto ha ocurrido en la etapa en que sólo se trata dellenar los formularios, sin efectuar todavía pago deninguna clase. La etapa final ha determinado aunmayores tragedias y angustias.

El recaudador de impuestos y su mentalidad bu-rocrática pueden inmovilizar y arruinar muchas i n-dustrias y negocios. Ocurrió en la región de losMidlands que uno de estos caballeros visitó una f á-brica con el fin de fijar el impuesto a las ventas delos artículos producidos en el establecimiento. Elinspector fijó la vista en un llavero de cuero dechancho. Durante más de un año se había vendidocon sólo el 33˜% de impuesto sobre la venta. Peroen esa ocasión el inspector advirtió un hecho i n-quietante y perturbador. El llavero tenía una aplic a-ción de cuero dedos pulgadas de largo. Lo cualsignificaba que debía pagar el impuesto; lo cual, a suvez, elevaba el precio de fábrica de 2 chelines 2 p e-niques a 3 chelines 8 peniques.

El inspector se marchó para reflexionar sobre elcaso, y más tarde telefoneó a la fábrica. Media pu l-gada, dijo, permitiría la venta del llavero libre deimpuestos. El director de la compañía entendió quedebía quitar media pulgada de la lengüeta de cuero.

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Pero a vuelta de correo le llegó una carta del in s-pector: “No he dicho reducir media pulgada... sino amedia pulgada”. Después de esta decisión final lafábrica interrumpió la producción de los llaveros.Pues con una lengüeta de sólo media pulgada lasllaves corrían peligro de caerse.

Hay ejemplos más notables aún de los actitudespeculiares de los inspectores británicos del impuestosobre las ventas. Una jarra de metal es objeto deadorno, y tiene un impuesto del 33˜%; si puede serutilizada para contener agua caliente, está libre deimpuestos. Una campanilla de forma normal sufre el33˜% de impuesto; si la campanilla tiene la formade una mujer vestida de crinolina, el impuesto seeleva al 100%, porque se trata “de una figura an i-mada”. No hay impuesto sobre los barómetros, p e-ro el que tenga forma de rueda de timón, conagarraderas salientes, tiene el 100% de impuesto. Unjuego de cubiertos sufre un impuesto del 66 ˜%;pero si los cubiertos están no sólo en la caja sinotambién en la tapa, se reduce el impuesto a la mitad.Una valija de cuero tiene el 100%... si cierra. En c a-so contrario, se la clasifica como bolsón para co m-pras y no tiene impuestos, aunque lleve un cierrerelámpago lateral. El impuesto sobre los cepillos y

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los peines, si no se venden en una caja, es del 33 ˜%; sobre los espejos, del 100%. Si los cepillos, elpeine y el espejo se venden en una caja, soportan unimpuesto del 100%.

En Gran Bretaña había al fin de la última guerra22.000 decretos y normas que afectaban a la activ i-dad comercial, reunidos en 28 sólidos volúmenes,cuyo precio era de 65 libras. Desde la introduccióndel impuesto sobre las ventas, se vende un prom e-dio de ocho ejemplares diarios. Y todo fabricanteque infrinja una sola cláusula se hace pasible de a c-ción legal inmediata y posiblemente de una multasustancial.

A veces el inspector de impuestos se convierteen personaje de una historia de Kafka, complet a-mente divorciada de la realidad. Cierto ciudadanonorteamericano descubrió, en el acto de llenar suplanilla de impuestos, que el año anterior había p a-gado setenta y dos dólares de más, y pidió que se leacreditaran sobre el impuesto del año en curso. P o-cas semanas después recibió un cheque de setenta ydos dólares, reembolsados por el gobierno. Ign o-rante de que la augusta Oficina de Impuestos Inte r-nos nada sabía del asunto, ingresó el cheque y gastóel dinero. El 15 de junio, con la factura de la segu n-

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da cuota del impuesto anual, recibió un aviso en elsentido de que se le habían acreditado setenta y dosdólares del pago efectuado el año anterior, deacuerdo con el pedido formulado por el propio i n-teresado. Consciente de que llevaba al gobierno s e-tenta y dos dólares de ventaja (y de queposiblemente era culpable de algo) escribió a su r e-caudador de impuestos internos, explicando detall a-damente todo el asunto. Y pocos días despuésrecibió la siguiente respuesta: “Estimado señor:Cuando se considere su declaración, su pedido deque se le acrediten setenta y dos dólares a su cuentade este año por el exceso pagado el año anteriorserá casi seguramente rechazado”.

De todos modos, el caso anterior constituye unaexperiencia agradable comparada con la que vivió laseñora Jean Stephens, de Saint John Wood, Lo n-dres. La señora Stephens era telefonista de un e x-portador del West End. Cierto día la mujer quelimpiaba su departamento le dio una idea. La mujerdijo que muchas personas de su país (Irlanda delSur) deseaban trabajar en Inglaterra. “Fundaré unaagencia de servicio doméstico”, decidió la señoraStephens. Pero como no estaba muy segura del a s-pecto financiero del problema, pidió consejo a la

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oficina impositiva local. Preguntó lo siguiente: “Siencuentro un sitio apropiado y abro el negocio,¿qué impuesto deberé pagar?” El empleado replicóque debería presentar una declaración de ingresosuna vez iniciado el negocio. Entretanto, anotó ladirección de la señora Stephens.

Seis semanas después, llegaron los primerosformularios, en los que se exigía el pago de i m-puestos sobre los ingresos del negocio. Pero la s e-ñora Stephens continuaba en su puesto detelefonista. Aún no había hallado local. Telefoneó ala oficina de impuestos y explicó la situación. Fueinútil. Seis semanas después (y desde entonces conmatemática regularidad) llegaron nuevos formul a-rios, exigiendo el pago de los correspondientes i m-puestos. Finalmente, llegó un cálculo concreto. Elnegocio, afirmábase, producía 500 libras anuales.Correspondía pagar el primer semestre de impue s-tos, es decir, 112,10 libras. Cuando la señora St e-phens protestó, señalando que era imposible gravarun negocio inexistente, se le indicó firmemente queeso estaba fuera de la cuestión; se había realizado uncálculo, y lo único que podía hacer era apelar la e s-timación practicada... y dentro de los veintiún días,pues de lo contrario se vería obligada a pagar el i m-

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puesto total.Quizás G. B. Stern estuvo en lo cierto cuando

dijo: “El recaudador del impuesto sobre la rentaposiblemente es un tiburón, aunque yo jamás lo hevisto, ni como pez ni como ser humano; pues sólome he relacionado con una colección de formulariosen sobres especiales, cuya repelente transparenciapermitía distinguir mi nombre y dirección en el e n-cabezamiento de la carta”.

Los funcionarios de la aduana, pilares de la h o-nestidad y sin duda hombres de considerable cap a-cidad intelectual en la vida privada, también sufrenla letal influencia del burocratismo. De lo contrario,¿cómo explicar el triste caso del agricultor galenseque poseía un magnífico rebaño de ganado Suffolk?Solicitó una licencia para exportar varios animales.Fue concedida, “con la condición de que se adhiri e-ran placas de bronce a los cuernos de los animales”.

Pero el ganado de Suffolk es famoso porque c a-rece de cuernos.

O el caso de aquellos inspectores de aduana y u-goslavos, que adoptaron una actitud muy suspicazante varias cajas de película virgen que una comp a-ñía alemana quiso importar para el rodaje de unfilm. Insistieron en abrir todas las cajas. La película,

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expuesta a la luz, se arruinó completamente. Perolos reglamentos habían sido cumplidos al pie de laletra.

O el caso del navegante aficionado cuyo velero(con motor fuera de borda) rompió amarras en sufondeadero de la costa oriental de Gran Bretaña.Nada supo de la nave durante dos semanas, y e n-tonces llegó una carta muy cortés, fechada en unpequeño puerto belga. La embarcación había sidohallada por un pesquero belga, y llevada a puerto.Todo estaba a salvo, incluidos los aparejos de pescay una botella de oporto. ¿Tendría el propietario labondad de retirar la embarcación?

Muy complacido, el hombre se preparó para r e-cuperar su velero. Pero la cosa no era tan sencilla.Necesitaba una licencia de importación de la Juntade Comercio antes de reintegrar la nave a puertoinglés. Y tres veces le negaron el permiso que sol i-citaba... ¡porque era necesario proteger a la industrianaviera británica!

Quizás el caso más lamentable fue el de Mr. A l-fred Foster, a quien un amigo de Helsinki, Finla n-dia, envió una bolsa de papas (159 libras, para serexactos). La Aduana afirmó: “Usted necesita unalicencia de importación”. La Junta de Comercio

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afirmó: “Usted necesita un certificado sanitario.Debemos asegurarnos de que esas papas no hancrecido en tierras infestadas y que no se ha halladomosca colorada en un radio de 31 millas del lotedonde se cultivaron las papas”. Además, el señorFoster sólo podía consumir 22 libras de papas, y laJunta de Comercio deseaba conocer el nombre ydirección de todas las personas que recibirían elresto de las papas.

El señor Foster escribió a su amigo finlandés yle pidió que no olvidara el certificado sanitario. Ypronto recibió la respuesta: “Demasiado tarde. Laspapas ya llegaron a puerto Salford. Y, de todos m o-dos, aquí en Finlandia nunca supimos que fuerapreciso certificar la salud de las papas”.

En este punto las relaciones entre el señor Fo s-ter y el gobierno británico comenzaron a complicar-se. La Junta de Comercio archivó la lista de losprobables consumidores de las papas, y entregó alseñor Foster la licencia de importación. Sin emba r-go, la Aduana retuvo las papas hasta la eventual pre-sentación del certificado sanitario. El Ministerio deAgricultura no podía suministrar el documento por-que no había intervenido en el cultivo de los tubé r-culos.

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El asunto descansó pacíficamente unas ochosemanas. Finalmente, llegó una carta: “Sin certific a-do, no hay papas. Destrúyalas o envíelas de regresoa Helsinki”. Ahora bien, Helsinki está por mar a1.200 millas de Inglaterra, y el señor Foster hubieradebido gastar más devolviéndolas que comprando lamisma cantidad en Inglaterra. De todos modos, cre-yó que era una lástima destruirlas, a pesar de que yaestaban completamente brotadas, de modo que pre-guntó a la Aduana si era posible regalarlas al capitándel carguero finlandés que las había transportado.La respuesta fue negativa. De modo que las papasfueron destruidas y el burócrata imbécil se sintiófeliz.

5.

Sería un error creer que la estupidez del bur o-cratismo se limita a los funcionarios gubername n-tales. Es enfermedad contagiosa, y puede floreceren cualquier organización que ejerza autoridad s o-bre las actividades humanas. Y se desarrolla part i-cularmente en los sindicatos.

La Unión de Plomeros de Gran Bretaña, por

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ejemplo, lucha colectivamente contra las bicicletas.Ha prohibido estrictamente a sus miembros la co n-currencia al trabajo en ese tipo de vehículo. Sir JohnW. Stephenson, secretario de la Unión de Plomeros,ha explicado la prohibición con la maravillosa lógicadel burócrata:

“Nuestra regla se remonta a los primeros tie m-pos de la bicicleta, cuando los empleadores poníancomo condición indispensable que sus asalariadosfueran al trabajo en bicicleta. El sindicato consideróinjusto que sus miembros más ancianos se vieranobligados a andar en bicicleta. Y otros plomeros nocomprendían la necesidad de gastar dinero en lacompra de una bicicleta.”

De modo que andar en bicicleta se convirtió eninfracción a las normas sindicales, punible con unamulta de 20 chelines, que se aplicaba a todo plom e-ro que utilizara ese vehículo para ir al trabajo... sinque importara si el interesado estaba o no de acue r-do. Sin embargo, los ayudantes de los plomerospueden utilizar bicicletas. Sólo les está prohibido alos oficiales plomeros... lo cual, naturalmente, esfruto de la perfecta lógica burocrática. En este se n-tido, los Estados Unidos son mucho más tolerantes.En Dakota del Norte, por ejemplo, un maquinista

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de locomotora que quería llevarse el tren a casa, alfinal de la jornada, tenía derecho a ello, siempre queconsiguiera los indispensables ayudantes. De locontrario, debía abandonar el tren y pagarse el b i-llete de regreso. Los maestros de escuela dePennsylvania podían encerar los pisos de la escuelalos sábados, para ganar un poco más de dinero...siempre que los ordenanzas regulares no aceptaranesas tareas.

Considérese, en cambio, el triste caso de la s e-ñora Muriel George, que quería ser peluquera enNorthumberland. Su esposo, el señor Ronald Geor-ge, era gerente ayudante de la sociedad cooperativalocal. La señora abrió una peluquería en un edificiorecién construido, y tuvo bastante éxito. Pero e n-tonces intervino la cooperativa y declaró: “Eso noes posible. En nuestra organización hay un depa r-tamento de peluquería; usted no puede competircon nosotros mientras su esposo trabaja en la org a-nización”.

Se desarrolló una prolongada batalla, pues losdirectores de la sociedad ofrecieron al señor Georgela alternativa de renunciar o de inducir a su esposa acerrar el negocio. El matrimonio George se negó aaceptar ninguna de las dos posibilidades. En defin i-

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tiva, se vieron obligados a abandonar su hogar y elnegocio, para mudarse a otra parte del país, dondeel señor George consiguió empleo en una cooper a-tiva que no tenía departamento de peluquería.

Quizás el lector recuerde la lucha más o menossemejante que Anton Karas, el famoso tocador decítara de El tercer hombre tuvo que librar cuando qu i-so abrir una Heuriger (posada) en el suburbio vienésde Sievering. Invirtió todos sus ahorros en la ave n-tura y solicitó una licencia. Pero tropezó con la opo-sición de la corporación de taberneros. “Si lasautoridades permiten el funcionamiento del negociode Karas”, declaró solemnemente la organizaciónde patrones, “ello equivaldría a la aplicación enAustria del principio de libre empresa”.

¡Sin duda, una perspectiva terrible! Karas fuemultado en 15 libras mientras se sustanciaba la ap e-lación contra el primer fallo, que ordenaba el cierredel negocio. La Corte declaró: “La culpabilidad delacusado resulta probada por sus anuncios en diariosy por su propia confesión de que ha servido porcio-nes de pollo frito con vino”. A pesar de esta e s-pantosa confesión, Karas apeló a la CorteConstitucional, y entretanto continuó en su des a-fiante actitud de servir pollo y vino al mismo tiempo

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que tocaba el tema de Harry Lime.Perdió la apelación. Otro tabernero del mismo

distrito decidió retirarse y por una suma sustancial levendió su licencia. Y entonces la unión de patronostaberneros pareció satisfecha... pues se había ma n-tenido el sagrado principio del monopolio de laventa de pollo frito y vino.

La estupidez burocrática se esfuerza tambiénpor interferir en el funcionamiento de la Naturaleza.En Egipto, la señora Nazla el Hakim, directora deuna escuela de El Cairo, llamó a todas las maestras yles espetó una conferencia. Después de criticar eltrabajo, la apariencia general y la moral de sus s u-bordinadas, dijo lo siguiente: “Puedo autorizarlas atener hijos sólo durante el mes de junio. De lo co n-trario, se perturba el desarrollo normal del año e s-colar”.

El amor puede reírse de muchas cosas... pero node las directoras de escuela. Y las maestras de ElCairo se vieron obligadas a vivir en constante t e-mor, no fuera que la cigüeña demostrara hacia ladirectora menos respeto que el que las propiasmaestras debían expresar.

La burocracia tampoco cree en la justicia. Hacealgunos años se incendió la casa del brigadier C. E.

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Hudson, en Chudleigh, Devon. El brigadier Hu d-son llamó a la telefonista y le pidió que enviara a losbomberos. Acudieron con mucha demora, y la casaresultó completamente destruida. ¿Qué había oc u-rrido? Como siempre, la burocracia. La telefonistasospechó que se trataba de una broma. De modoque telefoneó al sargento de la policía local. El buenhombre dormía profundamente. Al fin se levantó,se vistió, y fue en su coche hasta la casa. Cuandocomprobó que el incendio era real, telefoneó alcuerpo de bomberos.

Luego, vino el epílogo... un ejemplo perfecto delo que significa añadir el insulto a la injuria. Pues laAdministración de Correos pidió al brigadier quepagara el teléfono destruido durante el incendio dela casa. Muy irritado, el militar replicó que bien p o-dían olvidarse del reclamo, “en vista de que el in s-trumento podía haberse salvado si el serviciotelefónico hubiera funcionado más eficazmente”.Pero la Administración de Correos se mostró infl e-xible. Según parece, perder la casa no era suficiente;el infortunado brigadier tuvo que pagar el instr u-mento que, precisamente, no le había suministradola ayuda que tanto necesitaba.

En cierto sentido, las democracias occidentales

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son afortunadas, pues en ellas es posible ventilarpúblicamente las estupideces cometidas por la b u-rocracia. A veces se logra presionar a través de laopinión pública, y entonces se remedian ciertas s i-tuaciones. (Aunque a menudo son soluciones ta r-días e inadecuadas.) Pero en los países totalitarioslas víctimas no pueden acudir siguiera a ese recurso(o por lo menos su utilización está severamenterestringida). En los países comunistas la llamada“autocrítica marxista” es generalmente un arma e m-pleada contra quienes (voluntaria o involuntari a-mente) se han apartado de la línea del partido; yaunque Pravda e Izvestia publiquen una columna deabusos y de estupideces burocráticas, en general elpoderoso aparato del Estado sólo puede ser atacadopor motivos políticos nunca por razón de su inef i-ciencia. Pues la burocracia es la nueva clase gobe r-nante; el jefe partidario ha reemplazado al noble y alcapitalista. En muchos casos se ha convertido enclase hereditaria, pues los funcionarios comunistasse preocupan de conseguir excelentes sinecuras paralos miembros de su familia.

No es necesario señalar que la burocracia c o-munista es ineficaz. Los rusos siempre tuvieron lamanía de los dokumenti, y muchos planes quinqu e-

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nales se ahogaron en un mar de papeles. Nunca o l-vidaré la figura del sargento ruso, con su manchadatúnica y sus bien lustradas charreteras, que examinonuestros pasaportes en la frontera de la zona rusobritánica de Austria. Insistió en que le presentár a-mos dokumenti, hasta que al fin nos vimos oblig a-dos a entregarle cuentas de hotel, menús, y elitinerario mimeografiado de la Asociación de A u-tomovilistas. Estudió celosamente el material d u-rante más de media hora; y como sostenía algunosde los papeles al revés, no creo que haya obtenidomucha información de todo ello. Pero la consider a-ble masa de papeles seguramente lo convenció deque éramos personas que viajábamos legalmente, demodo que al fin nos dejó pasar... aunque no de muybuena gana.

Cuán estúpido puede ser el burocratismo com u-nista lo demuestra el lamentable caso de una granfábrica húngara, que debía ser completada paracierta fecha, pues sus productos estaban destinadosa alimentar otra media docena de fábricas. Se dabanfechas y más fechas, pero la fábrica no estaba lista.Se concedieron otros tres meses; sin embargo, fa l-taba mucho para completar el trabajo.

Al fin, se envió una comisión especial al lugar de

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la construcción. Volvió con informes alarmantes: aese paso, dijo, jamás se concluiría el trabajo. Tantosdepartamentos habían participado en la planific a-ción de la fábrica, era tanta la gente que procurabaesquivar responsabilidades, que en el lugar de lasobras reinaba el más completo caos. Entre otrascosas, los planes establecían la construcción de dosedificios diferentes en el mismo lote; y durante m e-ses nadie se había atrevido a señalar el error. Ungrupo de obreros estaba levantando un galpón enun extremo, y otra cuadrilla había recibido orden dederribarlo, porque se habían modificado los planes;pero el capataz de la primera cuadrilla no había r e-cibido aviso de los cambios introducidos. Se habíacomenzado la construcción de un gran edificio parala administración antes de haber excavado el lugarpara los correspondientes cimientos; se habían te n-dido rieles sobre un lote destinado a construcción...y así por el estilo, hasta que, presas de la más abs o-luta desesperación, en la imposibilidad de ponerorden en la confusión, resolvieron abandonar todoel proyecto.

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6.

El lector dirá que he presentado aquí una sele c-ción deliberadamente unilateral de casos particul a-res; que casi todos los burócratas son eficientes eirreprochables. No es mi intención afirmar que lagran mayoría de los burócratas o empleados sonestúpidos; pero sí creo que cada habitante de esteplaneta puede citar por lo menos un ejemplo deestupidez burocrática. Muchos podemos citar unaveintena o más aún. Y si se suman todos los casosaislados, resulta un total impresionante.

No es de extrañar, pues, que hayamos desarr o-llado una suerte de órgano protector contra la buro-cracia; y que en nuestros planes y cálculos dejemoscierto espacio para los extravíos y las estupidecesdel aparato burocrático.

El arquetipo clásico del humilde ciudadano quese defiende contra las fuerzas ciegas e intangibles dela burocracia es el buen soldado Schweik, el héroecómico de nuestra época. Enfrenta a la estupidezcon estupidez; pero la suya es una especie de idiotezinspirada, con la que procura asegurar su propia s u-pervivencia. Y su astucia es mucho mayor que la delos héroes de Kafka, que luchan contra fuerzas ci e-

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gas identificadas por algunos críticos con la form i-dable burocracia de los Habsburgo, y por otros conel pecado original de la humanidad. Schweik sobr e-vive y siempre sobrevivirá, pues la burocracia nopuede atrapar a un sujeto tan resbaladizo, ni envo l-ver a un individuo cuya pasividad es expresión de lamás cabal agilidad.

En nuestro mundo moderno Schweik tiene m u-chos descendientes y camaradas. Así, por ejemplo,una firma británica de fabricantes de muebles escr i-bió a uno de sus clientes: “Señor: Después que u s-ted nos envió su estimada orden por 20 sillonesmedianos de roble, la Junta de Comercio dividió laorden y aprobó la entrega de sólo diez unidades. Lerogaríamos que nos envíe otra orden por 20 sillonespara que la Junta de Comercio la reduzca a la mitady tengamos de ese modo la cantidad necesaria deunidades”. Y a una joven norteamericana que sol i-citaba un nuevo talonario de cupones de racion a-miento, para reemplazar al que había perdido, se lepidió que relatara detalladamente lo que había h e-cho para hallar el anterior. Y respondió con magn í-fica sencillez: “Miré en todas partes”. Creo que estamujer había heredado parte del espíritu inmortal deSchweik; lo mismo que el caballero norteamericano

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que introdujo mil cigarrillos en Dinamarca, a pesarde que los reglamentos sólo autorizan cincuenta porcada viajero. La noche antes de salir de NuevaYork, este ingenioso turista encendió uno por unolos cigarrillos, aspiré una pitada y los apagó. Habíahallado el punto ciego de la ley... la cual no prohibíala introducción de colillas de cigarrillos.

Simpatizo con el hombre que, cuando encuentrala pregunta “Raza” en una solicitud de visa, contestasimplemente con la palabra: “Humana”. Admiro elespíritu de una mujer norteamericana que durante laúltima guerra estuvo empleada en el Ministerio deMarina. Decidió renunciar. Cuando comunicó susintenciones, sus superiores le explicaron que elasunto no era tan sencillo. Debía explicar por e s-crito los motivos de su decisión, obtener el permisocorrespondiente y esperar que adiestraran a su r e-emplazante... y así por el estilo. La mujer regresó asu escritorio, caviló durante algunos instantes, y lue-go mecanografió brevemente una hoja de papel, queintrodujo en un sobre. En la cubierta del sobre e s-cribió: “No abrir hasta las 3.30 p.m.”, y la entregó aljefe de sección. Como buen burócrata que era, elhombre abrió el sobre a las 3.30 en punto. El me n-saje que halló adentro era seco y definitivo: “Me

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marché a casa”.Casi idéntico ingenio demostró un jefe de d e-

partamento de un gran edificio gubernamental deLondres que se vio trasladado de un día para otro,con todo su personal, a un salón excesivamente p e-queño para las necesidades del trabajo. Como la salavecina estaba vacía, solicitó se le permitiera ocupa r-la, pero el pedido fue denegado. Era preciso adoptaruna decisión rápida, de modo que consiguió unamesa y varias sillas, y puso a dos de sus empleados atrabajar en la habitación de marras. Luego pidiónuevamente, por conducto oficial, que se le perm i-tiera utilizar el sitio. Después de varias semanas deespera, se repitió la misma negativa anterior. Pas a-ron otras tantas semanas, y al fin se encontró c a-sualmente con el funcionario encargado de ladistribución de los locales; consiguió acorralarlo, yle preguntó por qué no le cedían aquel sitio (s u-puestamente) vacío. El hombre respondió que “sereservaba la habitación para darle el mejor destinoposible”. El departamento necesitó siete meses paradescubrir lo que había ocurrido... y entonces seconcedió autorización; al mismo tiempo, se aplicóuna reprimenda al jefe de departamento por “haberadoptado una actitud unilateral”. Soportó la repre n-

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sión con auténtica paciencia cristiana.

7.

El señor Philip Fothergill, presidente del PartidoLiberal británico, pronunció hace años un discursoen el que resumió la estupidez y la malignidad delburocratismo, mediante una versión moderna de laparábola del buen samaritano:

“El samaritano halló al hombre herido a la veradel camino, y telefoneó a los hospitales de Jerusalény de Jericó. Debido a cierta desgraciada desintel i-gencia entre ambas instituciones, se produjo unademora de varias horas en el envío de una ambulan-cia, y cuando el vehículo llegó al lugar la víctima yahabía muerto.

“No es posible censurar la actitud del samarit a-no que hizo tan poco. Debe recordarse que era ci u-dadano de una potencia sospechosa. Más aún, lavisa de su pasaporte probablemente estaba vencida,y si hubiera caído en manos de la policía local seg u-ramente habría sido encarcelado o deportado porlas autoridades judías, en su condición de extranjeroindeseable”...

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Sería posible escribir nuevamente cada uno delos cuentos de hadas, cada parábola, cada relato deheroísmo según se vería afectado hoy por la estup i-dez burocrática. Pero ésta no es, ciertamente, unafuerza mítica o alegórica. En sus efectos generales,es quizás la forma más peligrosa y destructiva de laestupidez.

8.

Cuando el burocratismo alcanza su forma máselevada, más peligrosa y más aristocrática recibe elnombre de protocolo diplomático, de etiqueta i n-ternacional, de procedimiento propio del servicioexterior. Sea que debamos ver en el diplomático aun hombre “pagado para mentir”, como afirmócierto francés cínico, o a un “espía glorificado y pr i-vilegiado”, como afirmó un norteamericano, estásometido a leyes y a reglamentos que en algunoscasos tienen siglos de antigüedad, y son hoy aúnmás insensatos que originalmente.

Durante una generación entera una tremendaacumulación de archivos amontonó polvo en la b i-blioteca de la corte y del Estado de Baviera, en M u-

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nich. A principios dela década de 1870, SebastiánBrunner, prelado papal e ilustre historiador, exam i-nó esta terrible montaña de papel y publicó los r e-sultados de su trabajo en dos interesantesvolúmenes (Der Humor in der Diplomatie, “El humoren la diplomacia”, Viena, 1872). Los archivos quehabía estudiado contenían los informes de los e m-bajadores imperiales de Austria en Baviera de 1750a 1790. Cómo estos informes estaban en Munich,cuando originalmente habían sido dirigidos a Viena,es un misterio que el propio Brunner no fue capazde resolver. Como lo indica el título de la obra, setrata de un trabajo humorístico; lo cual no significa,naturalmente, que Sus Excelencias desplegaran m u-cho ingenio o que en sus despachos relataran hist o-rias cómicas. Las citas que monseñor Brunnerutiliza son todas extremadamente decorosas y elestilo es un tanto pedestre; los autores jamás habráncreído posible que los lectores modernos hallarannada reidero en sus largas, solemnes y pomposasparrafadas.

Se trata de un desfile de mezquinas intrigas de lacorte; las conspiraciones y tramoyas de dignatariossin importancia, los problemas de título, de rango yde precedencia; es decir, hormigas convertidas en

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elefantes y montículos elevados a la categoría demontañas.

El 10 de abril de 1756 el embajador austríaco sequeja amargamente de que sus sirvientes- ¡vestidosde librea!- deben pagar cierto derecho de peaje sillegan a las puertas de Munich después del toque dequeda. Pregunta si los lacayos del embajador bávaroen Viena están sometidos a la misma exacción. R e-cibe una respuesta afirmativa. De modo que el e m-bajador austríaco decide amenazar con el despido acualquiera de sus servidores que se demore fuera desu residencia... cuando viste la librea que le sirve deuniforme. La discusión de este problema insumiótrece hojas de papel de oficio. Finalmente, el 30 deabril, el embajador informa el canciller austríaco,príncipe Kaunitz, que el Elector de Baviera ha r e-nunciado graciosamente al pago del peaje. “No p o-dría decir si este desenlace favorable fue resultadode mi firmeza tenaz o si el Elector deseaba demo s-trar los sentimientos personales que le inspiro o siconstituye el reconocimiento de la diferencia queexiste entre un representante imperial y el de unelectorado”.

El 6 de abril de 1770, cuatro páginas para i n-formar sobre los preparativos de la visita a Munich

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de una archiduquesa austríaca. Había obstáculoscasi insuperables. El embajador austríaco exigía quela guardia de nobles que acompañaba a la archid u-quesa pudiera cabalgar hasta el patio interior delpalacio del Elector. El Elector se negó obstinad a-mente; la visitante podría ser acompañada sol a-mente hasta las puertas del palacio. Y en estaocasión de nada sirvió la tenacidad; el gobernantebávaro no cedió.

27 de marzo de 1778: Una conferencia, presid i-da por el Elector, para decidir un candente probl e-ma: si la cinta de la Orden bávara de San Jorgedebía ser llevada sobre el hombro izquierdo o sobreel derecho. La conferencia se inclinó por este últimocriterio. El embajador se sorprendió mucho cuando,en la primera recepción de la corte después de lamencionada conferencia, el Elector llevó su propiacinta sobre el hombro izquierdo. El informe agr e-gaba una circunstancia atenuante: “Sin embargo, SuExcelencia tuvo cuidado de llevar el Vellón de Oroen un lugar muy conspicuo”.

En la masa de informes, los problemas y las di s-cusiones sobre cuestiones de precedencia ocupanun lugar prominente. Los enviados se aferraban aestos asuntos con desesperada tenacidad. No se

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avenían a ceder ni una pulgada de los privilegiosdebidos a sus respectivos amos. El principio fu n-damental era doble: obtener el homenaje debido alseñor de cada cual, e impedir que el embajador o elministro de otra corte gozara de los mismos privil e-gios.

En 1761, el conde Podstaski participó en laelección del obispo de Passau, en carácter de repr e-sentante del emperador. No se trataba de una cer e-monia eclesiástica, sino civil; el emperador, en sucondición de señor, otorgaba las propiedades epi s-copales al nuevo obispo, Clemens, príncipe real dela casa de Sajonia. Se trataba de una brillante y m e-morable ocasión.

Pero desde el principio mismo se produjo unlamentable choque entre el enviado imperial y elcapítulo de Passau. El conde señaló el caso de unaceremonia similar, realizada en 1723, y exigió quelos dos canónigos designados para recibirlo, rode a-dos por todo el séquito episcopal, lo esperaran alpie de la primera escalera, y que la misma escoltaceremonial lo acompañara mientras subía la segundaescalera, hasta el salón donde se realizaba la cer e-monia de investidura. Por su parte, el maestro deceremonias del capítulo presentó al conde un ant e-

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cedente aún más antiguo, que se remontaba a 1680;de acuerdo con este último, los dos canónigos noestaban obligados a recibir al enviado imperial al piedel primer tramo de escaleras, sino en el descansoentre el primer tramo y el segundo. Debido alapremio de tiempo, el conde se vio obligado a c e-der, pero aclaró terminantemente que se reservabasus derechos y que no consideraba la emergenciacomo precedente para el futuro.

Tuvo mucho más éxito cuando se discutió ladisposición de los asientos. Durante la elección sesentó bajo un baldaquín negro, sobre un sillón c u-bierto de paño negro. Cuando el capítulo lo llamó,su sillón se distinguía de los ocupados por los can ó-nigos gracias a un ribete dorado. Durante el ba n-quete de celebración el sillón que ocupaba estabaforrado de terciopelo rojo. Bebió a la salud del e m-perador en un vaso de cristal servido en bandeja deoro; en cambio, brindó por el capítulo y por susmiembros en un vaso común; a su vez, el nuevoobispo bebió a la salud del conde en un vaso contapa de plata.

Tampoco omite el conde la descripción de suubicación en la mesa del Consejo. Los canónigos, adextro latere, se hallaban cerca de la mesa; los que

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estaban a la izquierda retiraron sus sillas para que elenviado imperial pudiera llegar a la mesa con todadignidad y seguridad.

Al estudiar estos detalles, se advierte cuán difícilfue sin duda la vida de un diplomático. No es deextrañar, entonces, que todavía en la década de1950, el señor Marcus Cheke, vicemariscal del servi-cio diplomático de Su Majestad, tuviera que co m-poner una guía especial de las cortesías quenecesitan desplegar los jóvenes diplomáticos brit á-nicos; para lo cual creó un mítico John Bull que va aMauritania como tercer secretario del embajador deSu Majestad, Sir Henry Sello (como se ve, aquí aúnlos nombres tienen carácter burocrático). El pobre yjuvenil John Bull comete una gaffe tras otra, y se vesuperado y desbordado por el tercer secretario de laembajada de Holanda, un hombre mucho más e x-perimentado. Este último vive sus días como unperfecto diplomático:

“Almuerza con un banquero, toma cóctels enalguna de las legaciones, cena con un diputado, pasala velada en casa de una dama que es amiga intimadel Ministro de Finanzas”

Parece un programa muy divertido, aunque cabesu poner que el tercer secretario dedica muy poco

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tiempo al trabajo de la oficina. El señor Cheke dabuenos consejos sobre la conducta en las comidasoficiales, recepciones, fiestas, partidas de bridge “enla casa de un extranjero”, relaciones con la prensa, yaún funerales:

“Muchas conexiones políticas muy interesanteshan sido establecidas por el jefe de una misión e x-tranjera en el curso de un convulsivo apretón demanos mientras desfilaba el cortejo fúnebre, y sehan consolidado ofreciendo a esa relación recientetrasladarla a su casa desde el cementerio, en el cochedel embajador.”

Duda: ¿Qué ocurre si la persona que es una“conexión política muy interesante” a) está dem a-siado abrumada por el dolor para estrechar manos,convulsivamente o de cualquier otro modo, o b)tiene su propio automóvil?

Es posible que para el joven John Bull la et i-queta sea menos rígida y la precedencia menos i m-perativa; pero sus antecesores en la diplomacianecesitaban estar constantemente en guardia, puesno podían prever cuándo darían el paso en falso quepodía significar una vergonzosa caída. Por eso est a-ban siempre inquietos, siempre alertas, ocupados enlibrar eterna guerra de guerrillas sobre privilegios y

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precedencias.El conde Ottingen, enviado del emperador Le o-

poldo I, se reunió con los embajadores del Sultán enun lugar denominado Zalankemen, Hungría orie n-tal. En el acto de desmontar, ambos grupos se vig i-laban con ojos de lince, pues quien tocaba primeroel suelo debía realizar una humilde reverencia frenteal otro, todavía sentado en su montura. El condeaustríaco era viejo y corpulento, y no estaba encondiciones de desmontar de un salto. Mientrasforcejeaba por bajar del caballo, los representantesturcos permanecieron en la misma postura, con unpie en el estribo. Finalmente, el conde logró llegar alsuelo... y en el mismo instante los turcos tambiéntocaron tierra.

La planta del pie no era la única parte del cuerpoque desempeñaba un papel importante en la dipl o-macia; también era preciso vigilar otra región delcuerpo, ubicada en un lugar muy diferente. La trad i-ción afirmaba que quien se sentaba primero adquiríapreeminencia. En la conferencia de paz de Ka r-lowac, se aplicó una ingeniosa idea con el fin de s a-tisfacer los escrúpulos de precedencia de losrepresentantes austrohúngaros, turcos, polacos yvenecianos. Se construyó un salón circular, formado

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por una sola cámara, con una mesa redonda en elmedio. El pabellón de madera tenía cuatro puertas,y las tiendas de los enviados estaban frente a lascuatro entradas. A una señal convenida los embaj a-dores abandonaban simultáneamente sus respect i-vas tiendas, abrían con estricta precisión la puertaque correspondía a cada uno y se sentaban en elmismo instante en los respectivos sillones. De esemodo, ninguno reconocía preeminencia a los d e-más, y se salvaguardaba la dignidad de las cuatropotencias.

Un problema semejante inspiró la misma sol u-ción a John o’Groat o por lo menos, así lo afirma laleyenda. John o’Groat (o Jan Groot) fue de Holandaa Escocia con sus dos hermanos, durante el reinadode Jacobo IV, y se estableció sobre la costa nordestede Escocia. Con el tiempo, los o’Groat prosperaron,y su número aumentó; al cabo, se contaban ochofamilias del mismo nombre. Una vez por año sereunían en la casa construida por el fundador de lafamilia; pero llegó el momento en que se planteó elespinoso problema de la precedencia, y Johno’Groat prometió que la próxima vez que acudierantodos quedarían satisfechos. Construyó una sala deforma octogonal, con una puerta en cada uno de los

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lados, y en el centro del recinto colocó una mesatambién octogonal. Y esta construcción en las pr o-ximidades de Duncansby Head fue llamada despuésla “casa de John o’Groat”.

En cierta ocasión Federico el Grande nombróembajador en la corte de Versalles a un coronel, y elmilitar en cuestión tenía sólo una mano. La cortefrancesa quedó sumida en profunda perplejidad. Seles ocurrió que si nombraban embajador en Berlín aun hombre entero, el Rey de Prusia se reiría de losfranceses. Se discutió y examinó el problema, hastaque al fin hallaron un diplomático que sólo teníauna pierna... que debió exclusivamente a esa def i-ciencia el nombramiento de embajador en la cortede Prusia.

Quizás se trata solamente de una anécdota, o deuna invención satírica, pero la obra Some choice obser-vations of Sir John Finett, Knight and master of the ceremo-nies, etc. (1565) incluye únicamente hechosrelacionados con las curiosidades de la burocracia ydel ceremonial. Sus “observaciones selectas” fueronpublicadas sólo después de la muerte del autor;nunca pensó darlas a conocer, y escribió sus memo-rias sólo por placer personal.

Sir John se vio en graves dificultades con el

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obstinado embajador veneciano. El astuto italianohabía sido invitado a cierto festival de la corte, peroantes de comprometerse, mandó buscar al maestrode ceremonias y pidió que le repitiera, palabra porpalabra, el texto de la invitación enviada al embaj a-dor francés. Luego, insistió en que su invitaciónfuera redactada exactamente del mismo modo, sinomisión de una coma o de una mayúscula. Sir Johnaceptó y se marchó a casa, abrigando la esperanzade haber resuelto el problema. Poco después llegóotro mensajero, jadeante y excitado: el enviado v e-neciano deseaba saber si también estaría presente elrepresentante del Gran Duque. Sí, replicó Sir John.En ese caso, dijo el mensajero, rogaba al maestro deceremonias que le informara cuál de los dos (el r e-presentante del Gran Duque o el enviado de Ven e-cia) recibiría PRIMERO la invitación, porque deello dependía la asistencia del diplomático veneci a-no. ¿Qué podía hacer Sir John? Aseguró al repr e-sentante de la República que él sería el favorecido.

La maniobra diplomática más exitosa del mae s-tro de ceremonias fue su arbitraje entre los embaj a-dores español y francés, cuyas disputas eraninterminables. El problema era grave, y hubo decelebrarse una conferencia. ¿Cuál de los dos debía

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sentarse a la derecha del nuncio papal? Por desgr a-cia, el mencionado nuncio sólo tenía un lado der e-cho. Sir John se vio en un aprieto, pero al findescubrió una solución brillante. Pidió al represe n-tante papal que mandara buscar al nuncio residenteen París. Monseñor se echó a reír e hizo lo que se lepedía. Ahora era muy natural que el nuncio de Parísse sentara a la derecha del londinense. Y por suparte, los dos belicosos embajadores podían hacerlodonde mejor quisieran. El francés eligió el asientode la izquierda, porque de ese modo estaba más cer-ca del nuncio de Londres; el español votó por el dela derecha, porque así, aunque a un asiento de di s-tancia, el lugar que ocupaba era más distinguido. Yambos se sintieron satisfechos.

A veces era inútil apelar a ardides o a recursosingeniosos. Los propios embajadores resolvían elasunto apelando a la fuerza.

Así ocurrió en Londres, en septiembre de 1661.Llegó un nuevo embajador sueco, que en su propianave remontó el Támesis. Con arreglo a la etiquetade la corte, el carruaje real lo esperaba en la Torre;el enviado subía al coche y era trasladado a Wh i-tehall. Los carruajes de los restantes diplomáticosextranjeros solían unirse a la procesión. Y aquí su r-

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gió la violenta disputa: ¿Cuál de los carruajes debíaseguir inmediatamente al que ocupaba el embajadorsueco? ¿El español o el francés? El rey Carlos seencogió de hombros y declaró que los caballeros encuestión bien podían arreglárselas solos. Así lo h i-cieron, de acuerdo con sus propios métodos dipl o-máticos.

El gobierno inglés sabía que este ajuste decuentas podía degenerar en batalla campal; por con-siguiente, procuró mantener a sus propios ciudad a-nos fuera del asunto. Las tropas formaron unasólida muralla destinada a impedir el paso de loscuriosos. Los ingleses no se inquietaron mucho antela posibilidad de que hubiera cierto número de c a-bezas rotas, o de que se produjeran situaciones másgraves aún, siempre que el caso afectara solamente aextranjeros.

El embajador sueco debía llegar a las tres de latarde. El cortejo español apareció a las diez de lamañana... es decir, el carruaje y cincuenta hombresarmados. Los franceses acudieron un poco más ta r-de, y ocuparon una posición menos ventajosa. Porotra parte, reunieron para la ocasión unos cientocincuenta hombres: cien soldados a pie y cincuentajinetes.

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Apareció la nave con el embajador: el enviadosueco desembarcó y ocupó su sitio en el carruajereal. Apenas éste inició su marcha, los antagonistas,que habían estado lanzándose miradas de fuego, searrojaron al ataque. Los españoles formaron unalínea para proteger su propio carruaje, que aprov e-chando su mejor posición avanzó en pos del dipl o-mático sueco. Los franceses lanzaron una andanaday luego desenvainaron las espadas. Fue una batallaen toda regla. Los españoles lucharon con desesp e-rada furia, y no cedían una pulgada al número sup e-rior de los franceses. Hubo doce muertos y cuarentaheridos. Es decir, hubo otra víctima... un burgués deLondres cuya curiosidad resultó fatal, y que recibióun balazo en la cabeza.

Aparentemente, los franceses eran mejores tá c-ticos, pese a todo el heroísmo de sus oponentes.Habían puesto en reserva otra tropa montada, conla misión de perseguir al carruaje español, atacarlo ycortar las tiraderas del vehículo. Todo se desarrollóde acuerdo con el plan, salva que, milagrosamente,las espadas no hacían mella en las tiras de cuero.Pues los españoles fueron más astutos aún: habíanpuesto cadenas de hierro en lugar de tiraderas c o-munes, y las habían cubierto de cuero para disimular

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los eslabones de metal.Concluyó la batalla, pero la disputa continuó de-

sarrollándose con más furia que antes. Luis XIV,encolerizado, se arrancó la peluca. Envió de vueltaal embajador español, y llamó al representante fra n-cés en Madrid. Pareció que estallaba la guerra. PeroEspaña tenía conciencia de su propia debilidad, ydebió ceder. En presencia de la. corte de Versalles yde veintiséis enviados extranjeros, el marqués deFuentes, embajador de España, formuló una sole m-ne declaración, en la que España reconocía la pr e-cedencia de Francia. Para conmemorar esteacontecimiento, de tan trascendental importancia,Luis mandó acuñar una medalla. De un lado habíauna cabeza coronada de laureles, del otro estaba elrey sentado bajo el baldaquín de su trono, y ante elmonarca el embajador español, en actitud, de ev i-dente humildad, rodeado por los restantes diplom á-ticos extranjeros. La inscripción de la medalla decía:IUS PRAECEDENDI ASSERTUM,CONFITENTE HISPANORUM ORATORE. ¡Locual valía sin duda tanto como una docena de ca m-pañas victoriosas!

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VI

LA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA

1.

Antaño, el juez se ponía sus vestiduras, se aju s-taba la peluca, y abandonaba su condición de serhumano. Era una máquina que dispensaba justicia...o lo que entonces se consideraba justicia. Expulsabade su mente la frase de San Pablo: “Pues la letramata, pero el espíritu da vida.” San Lucas lo expresócon mayor claridad aún: “¡Desgraciados de vos o-tros, abogados! ¡Pues habéis perdido la llave del s a-ber!”

El juez- el juez que condena, el hombre del p á-rrafo y del precedente- no se interesaba por la pe r-sona del acusado ni por la intención que el hecho

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ocultaba, sino sólo por el hecho mismo. Las penasprescritas por la ley eran aplicadas sin piedad. Nohabía circunstancias atenuantes, ni piedad, ni co m-prensión.

Eran los jueces que aplicaban el concepto deretribución, y que han sobrevivido hasta nuestrosdías. En el otro extremo de la escala se encuentranlos jueces demasiado humanos. Parecen particula r-mente frecuentes en los Estados Unidos, donde unmagistrado de Nueva York invitó al acusado a se n-tarse con él y a tomar una taza de café; donde otro,en Greenville, Mississippi, resolvió poner a votaciónde los espectadores si cierto asesino convicto debíamorir en la silla eléctrica o ser condenado a prisiónperpetua. Finalmente se resolvió sentenciarlo a pr i-sión, por la holgada mayoría de quinientos noventavotos contra diez. O está el caso del juez de circuitode Harlan, Kentucky, que entró tambaleando al tr i-bunal, después de una francachela, y descubrió queacusadores y acusados estaban cansados de esp e-rarlo. Al día siguiente se aplicó a sí mismo unamulta de doce dólares por haber bebido en exceso,pero no se puede afirmar que esa medida logrararestaurar su deteriorada dignidad.

El juez medieval, con toda su terrible majestad,

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jamás se habría hecho culpable de semejante co n-ducta. Podía emborracharse, pero ciertamente jamásse aplicaba multas. Tampoco era raro que enviaraniños al patíbulo. En la famosa Biblioteca Széchenyide Budapest hallé una detallada descripción del pro-ceso de una niña de trece anos, Margarete Dissler,que en 1780, en pleno período del Iluminismo, fuesentenciada a morir decapitada. En el volumen c o-rrespondiente a 1681 del Sonntagischer Postilion de

Berlín (N° 30) hay un informe sobre el caso de unamuchacha de catorce años de edad, que fue so r-prendida cuando pegaba fuego a una casa. Hoy d i-ríamos que se trata de una piromaníaca, ytrataríamos de curarla mediante un cuidadoso tr a-tamiento psiquiátrico. En 1681 fue condenada amuerte, decapitada y su cuerpo quemado públic a-mente. El Vossische Zeitung trae en el número 112 de1749 la crónica del proceso a una bruja, en la regiónde Baviera. La bruja fue quemada, y se descubrióque había iniciado en sus “malignas prácticas” a unaniña de ocho años. La niña fue arrastrada al patíb u-lo, donde el verdugo le abrió las venas.

Tiempos de horror, que es mejor olvidar. E x-cepto que, en la Alemania nazi y en Rusia comuni s-ta, la edad límite para la responsabilidad penal ha

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descendido hasta el punto en que muchachos y n i-ñas adolescentes han sido enviados a prisiones,campos de concentración o, en centenares de casos,ejecutados por el hacha o por el pelotón de fusil a-miento. A medida que desaparecía el sentido de ju s-ticia de estos países, se revivían sin vacilar principiosy castigos propios del Medioevo.

Hoy, una sirvienta que cediera a la tentación yrobara unos pocos chelines sufriría una multa o s e-ría puesta en libertad condicional; hace un siglo odos era colgada.

Hoy, la infortunada madre soltera que destruye asu hijo en un acceso de terror, va a la cárcel por p o-cos meses o años; antaño, era enterrada viva, y se leclavaba una estaca en el corazón.

La justicia de épocas más primitivas no renu n-ciaba a sus rígidas exigencias de retribución aunqueel malhechor escapara. Se aplicaba la sentencia ineffigie. Si el delincuente había sido condenado amuerte, se fabricaba un muñeco de paja; el artefactoera transportado a la plaza principal de la ciudad,donde se armaba el patíbulo.

Allí, en presencia de la efigie, se leía solemn e-mente la sentencia; y luego se ordenaba al verdugoque cumpliera su deber. Sin olvidar una sola de las

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exigentes normas de su oficio, el verdugo ahorcabaal “condenado”. Únicamente omitían llamar a unmédico para que certificara la muerte.

Si la sentencia era particularmente severa y o r-denaba quemar el cuerpo, también se ejecutaba esaparte; el verdugo retiraba el cuerpo “muerto” delcriminal y colocaba el “cadáver” sobre una hoguera,para edificación y entretenimiento del público.

La letra implacable y feroz de la ley debía seraplicada rigurosamente, aunque el criminal estuvieramuerto.

El inhumano principio de la retribución (desdecierto punto de vista podría hablarse de una “retr i-bución nacionalizada”) debía obtener satisfacción.

Un buen ejemplo de lo antedicho es la exhum a-ción de Cromwell y de sus compañeros, que habíansido sepultados en la abadía de Westminster. Losregicidas debían ser castigados aún en la tumba. El30 de enero de 1661 (aniversario de la ejecución deCarlos I) los ataúdes de Cromwell y de sus dos as o-ciados fueron retirados de sus sitios y los cadáveresdescompuestos fueron llevados a Tyburn. Allí se losdejó colgados hasta el anochecer, en que fueron d e-capitados y enterrados bajo el patíbulo. Natura l-mente, este raro espectáculo atrajo considerable

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público. Las damas de la aristocracia consideraronun deber acercarse a Tyburn y recrear sus ojos en lanovedosa escena. Sin duda tenían excelentes ne r-vios. Pepys registra en su diario los acontecimientosdel día: oyó un sermón, recibió una carta de suhermano y llamó a Lady Batten... que acababa deregresar de Tyburn, con la señora Pepys. Es ev i-dente que el hecho le pareció bastante natural, puesen sus anotaciones no formula ningún comentariosobre la excursión.

Es característico del formalismo del antiguosistema judicial que los casos criminales se desarr o-llaran de acuerdo con las mismas reglas y proced i-mientos aplicados a los casos en que se juzgaba apersonas vivas. La única diferencia consistía en quese nombraba a un representante del cadáver, paraque desempeñara el papel de abogado defensor...pues desgraciadamente el cadáver no podía arg u-mentar. He aquí el procedimiento en el caso de lossuicidas, según el relato de un informe fechado en1725:

“El fiscal del Rey en Fontain-des-Nonnes iniciójuicio criminal contra Jacques de la Porte, empleadodel tribunal de Marcilly, en su carácter de defensordel cadáver de Charles Hayon. En el curso de la a u-

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diencia se estableció que el arriba mencionadoCharles Hayon, residente en Chaussée, se mató v o-luntaria y malignamente, atándose las piernas yarrojándose al arroyo, donde se ahogó. Se sentencióal cadáver a permanecer boca abajo, desnudo, sobreuna parrilla de madera, y a ser arrastrado en ese e s-tado por las calles de la comuna de Chaussée.”

Se han conservado también los documentos delproceso en que se juzgó el cadáver del asesino deEnrique III (Collection des meilleurs dissertations, etc., porC. Leber, J. B. Salgues & J. Cohen, París, 1826. Elinforme aparece en el volumen XVIII de la serie.)

Nueve testigos fueron llamados a declarar, y t o-dos declararon bajo juramento que Jacques, Cl é-ment había apuñalado al rey, y que entonces losguardias reales y los cortesanos se habían arrojadosobre el asesino, matándolo en pocos instantes. T o-dos conocían bien el episodio, pero ello poco i m-portaba. Se leyó la sentencia en nombre de EnriqueIV, sucesor del monarca asesinado, y después delpreámbulo habitual, se estableció lo siguiente:

“Su Majestad, después de oír la recomendacióndel Consejo Judicial, ordeno que el cadáver del arr i-ba mencionado Clément sea descuartizado atandocuatro caballos a los cuatro miembros, y luego

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quemado, y las cenizas arrojadas al río, para destruirtodo rastro de su recuerdo. Dado en Saint Cloud, el2 de agosto de 1589. Firmado: Enrique.”

Y más abajo se lee una anotación:“Sentencia ejecutada el mismo día”En Francia el descuartizamiento era sentencia

reservada a los regicidas. Enrique IV no sabía quetambién él caería víctima de la daga de un asesino, yque Ravaillac, su matador, sufriría vivo la mismasuerte que corrió el cadáver de Clément.

¡”Para eliminar todo rastro de su recuerdo”!¿Acaso el gobierno soviético no siguió el ejemplodel siglo XVI cuando ordenó a los suscriptores de laEnciclopedia Soviética eliminar las páginas quecontenían la biografía y la fotografía de LavrentiBeria? ¿O cuando Goebbels ordenó que Lorelei, deHeine, fuera incluido en los libros de texto alemanescon la indicación: “Autor desconocido”? El princ i-pio es el mismo, aunque las aplicaciones (o los s u-jetos sufrientes) sean distintos.

La cosa era un poco menos trágica cuando la leydescargaba sobre objetos todo su draconiano vigor.

El 8 de abril de 1498, la muchedumbre florent i-na, que se había rebelado contra Savonarola, saqueóel monasterio de San Marcos. Uno de los adeptos

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del gran reformador echó a vuelo las campanas. Aloír la señal, la gente del monasterio se reunió y r e-sistió un tiempo; al fin, la turba triunfó. El resto eshistoria bien conocida. Pero poca gente sabe que lahorrible muerte de Savonarola en la hoguera no s a-tisfizo el espíritu de venganza del partido victorioso.También la campana debía ser castigada. Ese mismoverano los prohombres de la ciudad dieron su fallo.La campana fue retirada de la torre y, arrastrada porasnos, fue paseada por toda la ciudad, mientras elverdugo la azotaba... lo mismo, precisamente, quehicieron los esbirros de Jerjes con el Helesponto.

2.

Aún más extraños que los casos relativos a c a-dáveres o a objetos inanimados fueron los juicios enque se acusaba a animales.

Mucho se ha escrito sobre estas extrañas aberra-ciones, blanco fácil de muchos humoristas. Pero laley de la Edad Media (y aún de épocas más mode r-nas) castigaba a los animales sobre la base de unsistema lógico.

Algunos de estos juicios buscaban la eliminación

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o expulsión de plagas animales. Esta categoría deprocesos caía bajo la autoridad de los tribunaleseclesiásticos... quizás porque la Biblia se ocupa detantos casos y tribulaciones semejantes.

La otra categoría era el juicio a animales que d e-linquían “individualmente”; aquí, el objetivo eracastigarlos por sus “malvadas actitudes”. Estos eranjuzgados por los tribunales civiles.

De todos los desastres naturales sufridos d u-rante la Edad Media, las plagas animales eran losmás espectaculares y más temidos. Langostas, or u-gas, escarabajos, serpientes, ranas, ratas, ratones,topos... parecía que periódicamente se rompía elequilibrio de la Naturaleza, y estas pequeñas pestesse combinaban para devastar regiones enteras. Searruinaban las cosechas, y a menudo se padecíahambre. La ciencia medieval nada podía hacer. Lagente no obtenía ayuda de los eruditos, y se volvíahacia el cielo y la religión.

Tan súbitos y despiadados ataques sólo podíanexplicarse mediante la acción de una fuerza dem o-níaca y sobrehumana. No era que las langostas d e-voraran las cosechas, ni que los ratones royeran lasraíces... el demonio o sus ayudantes se habían pos e-sionado de los dañinos animales.

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El pueblo aterrorizado esperaba que sus sace r-dotes combatieran la plaga maldiciendo o exorc i-zando al Espíritu Maligno.

Pero esta excomunión o exorcización tenía suspropias reglas, estrictamente determinadas. El fo r-malismo de la Edad Media habla arraigado en la leycanónica tan profundamente como en el derechocivil; ello es fácil de explicar, pues en ambas esferaseran casi siempre juristas legos los que deformabany retorcían, tejían y entretejían, corregían y fabric a-ban, los párrafos y las cláusulas.

Por consiguiente era preciso observar los fo r-malismos legales y las reglas del tribunal aún en elproceso de la excomunión: acusación, nombr a-miento de un defensor, proceso, discurso de la ac u-sación y discurso de la defensa, sentencia. Todo locual hoy nos parece bastante cómico; pero desde elpunto de vista de la época no era más extraño quemuchas tradiciones que han sobrevivido hastanuestros días. Aún se busca pólvora oculta en lossótanos del Parlamento británico, lo mismo que entiempos de Guy Fawkes; no hace mucho tiempo unabogado de Jersey planteó ante el Tribunal Real elantiguo derecho normando a echar mano del Cla-meur de Haro en un litigio de tierras. El alguacil sigue

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recorriendo los caminos ingleses, y todavía es pos i-ble que nos lleven a la cárcel por deudas. Y en todoslos países existen idénticas supervivencias de lasinstituciones y de los procedimientos legales ant i-guos.

La primera sentencia del tribunal eclesiástico erauna admonición (monitoire), y servía como adve r-tencia a los criminales. Si no se obtenía el resultadodeseado, seguía la excomunión o maledictio. Ni n-guna de estas dos medidas iba dirigida contra losanimales, sino contra el demonio que se había pose-sionado de ellos.

A veces los tribunales civiles ensayaban el mi s-mo procedimiento. Se trataba, en la mayoría de loscasos, de caricaturas de los juicios eclesiásticos. F.Nork, en su obra Sitten und Gebräuche der Deutschen(Stuttgart, 1849) reproduce las actas de un procesode este tipo, efectuado en la comuna de Glurns,Suiza.

“El día de Santa Ursula, Anno Domini 1519,Simon Fliss, residente de Stilfs, compareció anteWilhelín von Hasslingen, juez y alcalde de la com u-na de Glurns, y declaró en nombre del pueblo deStilfs que deseaba iniciar proceso contra los ratonesdel campo, con arreglo a lo prescripto por ley. Y

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como la ley instituye que los ratones deben ser d e-fendidos, pidió a las autoridades que nombraran adicho defensor, para que los ratones no tuvieranmotivo de queja. En respuesta al pedido, Wilhelmvon Hasslingen nombró a Hans Grienebner, res i-dente de Glurns, para dicho cargo, y lo confirmó enel mismo. Después de lo cual Simón Fliss nombróal acusador en representación de la comuna deStilfs, que fue Minig von Tartsch.”

Este importante proceso se prolongó muchotiempo, o quizás el tribunal se reunía en sesión pl e-naria sólo dos veces por año, pues la audiencia finaltuvo lugar en 1520, el miércoles siguiente al día deSan Felipe y San Jacobo.

El juez fue Conrad Spergser, capitán de merc e-narios en el ejército del Condestable. Y hubo diezjurados.

“Minig von Tartsch, en representación de todoel pueblo de la comuna de Stilfs, declaró que habíacitado ese día a Hans Grienebner, abogado defensorde las bestias irracionales conocidas por el nombrede ratones de campo, des pués de lo cual el arribamencionado Hans Grienebner compareció y se dioa conocer en su función de abogado defensor de losratones.

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“Minig Waltsch, residente de Sulden, fue llam a-do en calidad de testigo, y declaró que durante losúltimos dieciocho años acostumbraba cruzar loscampos de Stilfs, y que había visto los daños cons i-derables producidos por los ratones de campo, yque apenas habían dejado un poco de heno para usode los campesinos.

“Niklas Stocker, residente de Stilfs, atestiguóque ayudaba en el trabajo de los campos comunales,y que siempre había visto que esos animales, cuyonombre no conocía, causaban grandes daños a losagricultores, y eso era especialmente visible en ot o-ño, en la época de la segunda siega.

“Vilas von Raining reside ahora en las proximi-dades de Stilfs, pero durante diez años ha sidomiembro de la comuna. Testifica que puede apoyarla declaración de Niklas Stocker, y aun la refuerzaafirmando que muy a menudo ha visto con sus pr o-pios ojos a los mencionados ratones.

“Después de lo cual, todos los testigos confi r-maron bajo juramento sus respectivos testimonios.”

Es evidente que el tribunal se abstuvo de int e-rrogar a los campesinos de Stilfs, que eran parte i n-teresada, y que demostró su absoluta imparcialidadal elegir testigos independientes y sin prejuicios: dos

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campesinos de la vecindad y un peón.“ACUSACIÓN: Minig von Tartsch acusa a los

ratones de campo del daño que han causado y afi r-ma que si esta situación continúa y no se procede ala eliminación de los dañinos ani males, sus clientesno podrán pagar los impuestos, y se verán obligadosa irse a otro sitio.

“ALEGATO DE LA DEFENSA: Hans Gri e-nebner, en su condición de abogado de la defensa,declara en respuesta a esta acusación: Ha compre n-dido la acusa ción, pero es b ien sabido que susclientes también son útiles desde cierto punto devista (destruyen las larvas de algunos insectos) y porconsiguiente espera que el tribunal no les retirará suprotección. Sin embargo, si ése fuera el caso, ruegaa la corte que comprometa a la acusación a sum i-nistrar a los acusados al guna residencia donde pu e-dan vivir en paz - y tam bién para que, mientras semudan, los protejan de perros y de gatos -; y fina l-mente, si alguna de sus clientes estuviera embaraz a-da, que se le conceda un plazo suficiente para queden a luz y puedan llevarse sus crías.

“SENTENCIA: Después de haber escuchado ala acusación, a la defensa y a los testigos, el tribunaldecretó que las bestias dañinas conocidas bajo el

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nombre de ratones de campo serán conjuradas amarcharse de los campos y prados de la comuna deStilfs en el plazo de catorce días, y que se les proh í-be eternamente todo intento de retorno; pero que sialguno de los animales estuviera embarazado o i m-pedido de viajar debido a su extremada juventud, sele concederán otros catorce días, bajo la proteccióndel tribunal... pero los que están en condiciones deviajar, deben partir dentro de los primeros catorcedías.”

Es evidente que se observaron estrictamente lasformas legales, y que el tribunal fue tan imparcial enel fallo como en la conducción de la audiencia. Nohabía otra alter nativa que declarar culpables a losratones, pues sus acti vidades dañinas habían sidodemostradas por testigos ex cepcionales. Pero sedemostró consideración para algunos de los acus a-dos, de acuerdo con la práctica de la época, queconcedía ciertos privilegios a las mujeres embaraz a-das. Por otra parte, el tribunal rechazó firmementela sugestión de la defensa: no proveyó otro territ o-rio para el esta blecimiento de los rat ones; debíanmarcharse, adonde quisieran o pudieran hacerlo.

Ignoramos si los ratones de campo se enteraronde la sentencia.

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Los procesos individuales a animales “culp a-bles” eran muy distintos. En ellos, el juez aplicaba elantiquísimo principio del ius talionis: ojo por ojo,diente por diente. Si era posible aplicar penas in a b-sentia, o aun castigar a los cadáveres, ¿por qué no sepodía castigar a las bestias cri minales? La sombríaconcepción de la retribución y de la disuasión exigíadicho castigo: ¿Acaso la Diosa de la Justicia no teníalos ojos cubiertos por una venda? Indudable mente,no podía o no quería ver si el hacha del verdugocaía sobre un hombre o una bestia.

E. P. Evans consagró al tema todo un libro. EnThe Criminal Persecution and Capital Punishment of Ani-mals (Londres, 1906) dedica diez páginas a enumerarlos libros y estudios que se ocupan del problema; yen los últimos cincuenta años han aparecido doc e-nas de obras consagra das a la exploración de estaextraña región de la experiencia humana.

La primera sentencia de que se tiene noticia fuefallada en 1266 contra un cerdo; la última fue lacondena a muerte de una yegua, en 1692. La seriede procesos increíblemente grotescos se prolongódurante más de cuatro siglos. Se han conservadomás de noventa protocolos e informes autén ticos...Si se tiene en cuenta la tremenda devastación pr o-

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ducida por incendios, guerras, y por el descuido g e-neral de la humanidad, se trata de una cifra extrao r-dinaria. La mayoría de los casos ocurrieron enFrancia, pero también hay ejemplos en Alemania,Suiza e Italia. No hay muchos datos fidedignos s o-bre los casos británicos, pero algunas líneas de Sh a-kespeare demuestran que la ejecución judicial deanimales no era rara. En El mercader de Venecia,Graciano ataca en estos términos al despiadadoShylock:

“Tu alma feroz animaba sin duda a un lobo que,ahorcado por haberse comido a un hombre, dejóescapar de la horca su alma cruel y fue a hospedarseen tu cuerpo mientras te hallabas en las entrañas detu impía madre.”

El proceso criminal incumbía al tribunal co m-petente. El fiscal de la Corona desarrollaba la acusa-ción. A veces se suministraba defensor al acusado.Se citaba a los testigos, y en ocasiones se examinabael teatro del crimen; por supuesto, se tomaba cuid a-dosa nota de todas las actua ciones. A veces, deacuerdo con ciertas reglas de procedi miento, setorturaba al cerdo acusado, y sus chillidos de doloreran considerados confesión de la culpa. Durante elproceso el animal acusado estaba some tido a confi-

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namiento solitario, en las mismas cárceles, al cuid a-do de los mismos guardianes que los delincuenteshumanos. De acuerdo con los recibos oficiales, lasautoridades asignaban la misma suma para el ma n-tenimiento de los animales que para los hombres.Existía sólo una difi cultad. Según las reglas, debíallevarse registro de los prisioneros. ¿Qué nombreaplicar a los animales encarce lados? El espíritu b u-rocrático exigía satisfacción; de modo que los pr e-sos cuadrúpedos eran registrados bajo el nombre desu dueño; por ejemplo, el “cerdo de X. Y.”. Si d u-rante el proceso se probaba la culpabilidad del ac u-sado, el tribunal dictaba sentencia. En un casoocurrido en 1499 la sentencia fue leída al animal,con toda forma lidad, en la prisión donde transc u-rrían sus tristes y nerviosos días de arresto. Se loacusaba de asesinato, y fue debidamente ejecutado.Entre los métodos de ejecución, se consideraba a lahorca el más vergonzoso. Pero había casos todavíamás graves, en que el animal había destrozado ocorneado a su víctima con “particular crueldad”.Para castigar estos crímenes se quitaba la vida almaligno animal con los métodos más severos. En1463 dos cerdos fueron enterrados vivos; en 1386un cerdo fue llevado al sitio de la ejecución en un

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trineo de madera.El verdugo ejecutaba públicamente la sentencia

de muerte, y lo hacía con el mayor formalismo. Porlo demás, recibía sus honorarios habituales. En losarchivos de Meulan, Francia, se ha conservado unacuenta de gastos relacionada con la ejecución de uncerdo, en 1403. El importante documento dice así:

“Por alimentos para el cerdo encarcelado- 6groats de París.

“Ítem: pago al verdugo que viajó desde París pa-ra ejecutar la sentencia, por orden del Juez- 54groats de París.

“Ítem: alquiler del carro que llevó al cerdo al l u-gar de ejecución- 6 groats de París.

“Ítem: por la cuerda para atarlo y amordazarlo 2groats de París y 8 denarios.

“Ítem: por guantes- 2 denarios de París.”La cuenta de gastos demuestra que el verdugo

usó guantes... como si hubiera estado ejecutando aun criminal humano. A veces se cortaba el hocicodel cerdo, y sobre la cabeza desfigurada se colocabauna máscara de faccio nes humanas; y a veces sevestía al animal con chaqueta y briches, para que lailusión fuera mayor.

La mayoría de los acusados eran cerdos, lo que

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demuestra el fantástico descuido de los padres, quemerecían una buena azotaina, pues las víctimas erancasi siempre niños. Según parece, los toros y loscaballos se comportaban mucho mejor y más rarosaún eran los casos en que se acusaba a mulas y aasnos. En 1462 ahorcaron a un gato porque habíamuerto a un niño en la cuna.

Cuando se trataba de delitos menores, el animalacusado evitaba la sentencia de muerte. En 1395 sedictó en Cerdeña una ley sobre los asnos que se i n-troducían en prados prohibidos. La primera vez secortaba una oreja del delincuente; si la bestia semostraba obstinada y reincidía, le cortaban la otraoreja. Fue quizás el único caso de la historia delmundo en que una pena concebida con el propósitode provocar sufrimiento, adoptaba la forma de el i-minación de las orejas asnales, en sí mismas símb o-los de desgracia.

Se conocen escasos detalles sobre el proceso r u-so contra un carnero recalcitrante aficionado a atro-pellar a la gente. Sólo sabemos que la agresiva bestiafue condenada a exilio en Siberia. No han quedadotestimonios sobre el modo de ejecución de la se n-tencia, ni sobre la suerte ulte rior del carnero, co n-denado a comer el amargo pan del exilio.

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En cambio, conocemos mejor lo ocurrido al p e-rro que mordió a un regidor en cierta aldea de laBaja Austria. El dueño del perro demostró su in o-cencia y fue absuelto; pero el perro debió expiar suculpa. Fue condenado a un año y un día de cárcel.Para que el castigo fuera más severo, no debía cu m-plirse en la cárcel común, sino en una jaula colocadaen la plaza del mercado. La jaula de hierro recibía, elnombre de Narrenketterlein (La jaulita de los to n-tos); servía de picota y era utilizada para albergar adelincuentes expuestos a la burla pública.

A veces se suscitaban graves choques de autor i-dad y de competencia. En 1314 un toro atravesóenfurecido la aldea francesa de Moisy, y corneó a unhombre. El conde de Valois, cuya propiedad limit a-ba con la aldea, se enteró del caso y ordenó el“arresto” del toro, y dispuso que se le iniciara juiciocriminal. Los emisarios del conde fueron a Moisy ycomenzaron una investigación en regla. Interro-garon a varios testigos y el toro fue hallado culpablede asesinato intencional. El tribunal feudal del co n-de pronunció la sentencia y el toro fue ahorcado enel patíbulo de la aldea.

Pero en este punto el alcalde y los regidores dela aldea comprendieron que el conde de Valois no

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tenía derecho a adoptar tan grave actitud fuera de supropiedad. Se apeló la sentencia... y se pidió al pa r-lement del condado que revisara la sentencia. Elparlement se vio en un aprieto, pues los aldeanostenían razón; por otra parte, era un tan to peligrosodesafiar al poderoso conde. Finalmente, se aprobóuna resolución sensata y prudente, en virtud de lacual se decretaba que el conde no tenía derecho ainterferir en la jurisdicción de la aldea, pero que, porotra parte, el toro había merecido la horca.

Hay también pruebas de la magnanimidad y delperdón reales.

En septiembre de 1379, tres cerdos, apacent a-dos en el prado de la aldea de Jussey, atacaron alhijito del porquero y lo destrozaron. El hecho causótremenda conmoción, los cerdos huyeron asustadosy en la confusión la piara del señor feudal vecino semezcló con la piara de la aldea. Con el propósito decalmar la indignación del pueblo, el alcalde ordenóuna investigación criminal, y encerró a las dos piarasen una gran pocilga. Sin embargo, una vez tranquil i-zados los ánimos, tanto el señor feudal como losregidores de la aldea reflexionaron más serenamentesobre el problema.

El duque de Borgoña era el juez supremo de la

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región; era muy posible que no se contentara con elcastigo de los tres principales delincuentes, y queordenara la ejecución de los dos rebaños, acusadosde complicidad. En tal caso las pérdidas serían muyconsiderables, pues estaba prohi bido vender o c o-mer la carne de animales ejecutados; sus cadávereseran arrojados a los perros o enterrados al pie delpatíbulo. De modo que el alcalde de la aldea se fuederecho a ver a su señor, Felipe el Temerario, duquede Borgoña. Su intervención alcanzó el éxito esp e-rado, pues el duque perdonó graciosamente a losrestantes animales. El juez presidente del tribunalducal recibió orden de contentarse con la ejecuciónde los tres principales acusados, mientras los otros-“a pesar de hallarse presentes en el momento delhorrible asesinato”- eran puestos en liber tad, comomero acto de perdón.

No es tarea fácil descifrar el antiguo y complic a-do lenguaje jurídico de un caso de esta naturaleza;pero puede servir de ejemplo de la extraordinariaseriedad con que se encaraban estos juicios a an i-males. Aquí, el acusado fue también un cerdo- unapuerca, para ser exactos- acusa da, conjuntamentecon sus seis lechones, de haber provocado la muertede un niño de cinco años. Ocurrió en Savigny, de n-

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tro de los límites señoriales de la condesa viuda deSavigny. Citóse también al propietario de la marr a-na, en su carácter de co-acusado, pero no se le i m-puso ninguna pena. He aquí el texto del acta:

“Ante nosotros, el noble Justicia Nicolás Qu a-rroillon, se realizó una audiencia en Savigny, el 10de enero de 1457, en presencia de los testigos no m-brados y debidamente convocados.

“Martin Huguemin, letrado de Madame de S a-vigny, acusa a Jean Bailly, residente de Savigny, d enegligencia culpable, pues una puerca y seis lech o-nes, de propiedad del mencionado Bailly, y que aho-ra están bajo la custodia de Madame de Savigny, elmartes anterior a la última Navidad asesinaron v o-luntaria y maliciosamente a cierto Jean Martin, unniño de cinco años de edad. Como el letrado antesmencionado desea que el tribunal de la arriba me n-cionada Madame de Savigny haga justicia, pregu n-tamos al acusado si desea declarar en el asunto de lapuerca y de los lecho nes. Después de haber sidoprevenido una, dos y tres veces, y contestado quehasta el momento no formu laba ninguna objecióncontra la autoridad del tribunal, y que podía declararlo que quisiera sobre el caso de la culpabilidad y delcastigo de la puerca arriba mencionada: el acusado

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declaró que nada tenía que decir; después de lo cual,el letrado arriba mencionado nos pidió que sin mástrámites falláramos el caso.

Por consiguiente informamos a todos aquellos aquienes pueda interesar que hemos pronunciado lasiguiente sentencia:

“Visto que los hechos que la parte acusadoranos ha presentado están completamente probados,y con referencia a las costumbres legales y a las leyesdel ducado de Borgoña, afirmamos y declaramosque la puerca de propiedad de Jean Bailly deberá sercolgada de las dos patas traseras en el patíbulo l e-vantado sobre el territorio de la arriba mencionadaMadame de Savigny. En cuanto a los lechones de laarriba mencionada puerca, declaramos aquí queaunque se halló a dichos lechones cubiertos de sa n-gre, la culpabilidad de los mismos no está suficie n-temente probada, de modo que deberá abrirse juiciopor separado, y se los remitirá en custodia de JeanBailly, hasta la fecha del nuevo proceso, siempreque Jean Bailly deposite una garantía de cien groats,para el caso de que se falle la culpabilidad de loslechones.

“Después de pronunciado el fallo, el letradoarriba mencionado solicitó que fuera pasado por

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escrito, por lo cual yo, Huguenin de Montgachot,notario de la corte de Su Alteza el duque de Borg o-ña, he redactado este documento, el día más arribaseñalado y en presencia de los testigos nombrados.Ita est.”

Con referencia a este complejo asunto, el bravoMontgachot, notario de la corte de Su Alteza, debióredactar tres documentos más. Uno de ellos era ladeclaración de Jean Bailly, propietario de los an i-males, que declaró care cer de un solo groat paraformar la fianza requerida, y que afirmó tambiénque no estaba dispuesto a garantizar la futura co n-ducta de los lechones. El segundo protocolo se r e-fiere a la ejecución de la vieja puerca, y atestigua quese desarrolló correctamente. Más interesante aún esel tercero, que resolvió la situación de los lechones,ahora huérfanos. El segundo proceso se realizó el 2de febrero, con el mismo juez y en presencia de losmismos testigos. La sen tencia reveló considerablesabiduría. En ella se afirmaba que, como el propi e-tario de los lechones no estaba dispuesto a depositarla fianza, debía considerarse que los anima litos ha-bían sido abandonados, y eran bienes mostrencos,por lo cual correspondía entregarlos a Madame deSavigny.

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De modo que todos quedaron satisfechos. Elcampesino que criaba cerdos evitó pagar compensa-ción, la señora del feudo se apropió de los lechones,los funcionarios recibie ron sus honorarios, y losjóvenes lechones triunfaron sin detrimento de subuen nombre y honor.

3.

A veces la jurisprudencia adquiría tintes romá n-ticos. Por lo menos, ése es el único adjetivo aplic a-ble al grupo de luminarias jurídicas que surgió aprincipios del siglo XVIII, especialmente en las un i-versidades alemanas. Las ideas de estos hombresfertilizaron el árido suelo del derecho y pro-movieron el desarrollo de extrañas flores. Cuandose estudian las disertaciones, comentarios, las di s-putas y las mo nografías de la época (materi al porcierto muy abundante) el lector siente que se abrecamino en un campo de flores silvestres. Porque setrata de un terreno al mismo tiempo florido y si l-vestre, y constituye amplia prueba de que la locurahumana es simplemente inagotable.

Estos estudiosos del derecho no se ocupaban de

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las distintas instituciones jurídicas. En nuestros díastenemos obras consagradas a la herencia, al derechopenal o al canó nico. Los profesores alemanes delbarroco encaraban el asunto de manera muy disti n-ta. Elegían una persona o un objeto y lo seguían otransportaban por todo el ámbito de las instituci o-nes legales.

Así, se escribieron libros sobre la situación jur í-dica de los molineros, los panaderos, los herreros,los trompeteros... y aún de las prostitutas. Con pr o-funda gravedad discutían el derecho aplicable a losperros, a las palomas, o a las abejas. Llenaron re s-mas de papel sobre la jurisprudencia de las cartas deamor y sobre el problema legal de las bofetadas. Ytodo ello con el típico desborde verbal propio delbarroco, con formas tan abundantes como vacías,con dialéctica repetida hasta el cansancio. Un enf o-que realmente romántico del derecho.

De jure canum- tal el título que Heinrich Klüver,abogado de Wittenberg, dio en 1734 a su “disert a-ción popular” sobre la situación jurídica de los p e-rros. Y es, en realidad, un maravilloso exponente delpensamiento barroco.

El primer capítulo está consagrado a una apol o-gía de los perros, con relatos instructivos relativos a

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la lealtad y a la inteligencia de estos animales. Dosde las anécdotas dan una idea del grado de preoc u-pación de Herr Klüver por los hechos y por la ve r-dad:

“La gallina de una pobre viuda puso cierto nú-mero de huevos, pero no tuvo tiempo de emp o-llarlos, porque infortunadamente murió. La pobremujer se sentía muy inquieta, pues se ganaba la vidacriando pollos. Pero su perrito pareció comprenderel aprieto en que se hallaba la mujer, pues se acostósobre los huevos y los empolló.

“La bruja de cierta aldea preparó una comidaespecial, a base de carne de pollo, con la cual esp e-raba convertir a sus gallinas en maravillosas pon e-doras. Pero el perro le robó la comida... ¿y cuál fueel resultado? Comenzó a poner huevos, y así cont i-nuó mientras duró el efecto de la comida mágica.”

Los problemas concretos suscitados por la s i-tuación jurídica de los perros aparecen en el tercercapítulo. Nos encontramos con perros guardianes,perros de caza y perros rabiosos como personajesde diversos problemas jurídicos. Luego, aparece elhombre de la perrera. Su función no es tan simplecomo podría creerse. De acuerdo con las antiguasreglas de las corporaciones, el hombre que había

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cumplido funciones de “perrero” no podía in gresaren una corporación... porque se consideraba que suprofesión era “deshonrosa”. Ahora bien, puedeocurrir que un honesto artesano mate un perro. Elproblema legal es el siguiente: ¿habrá de considerá r-selo “perrero temporario o profesional”?

Los perros del doctor Klüver incursionabantambién en la ley de sucesión. Así, descubrimos queun perro no puede ser considerado propiedad her e-ditaria, de modo que constituye patrimonio legítimodel viudo o de la viuda. Por otra parte, él o ella ti e-nen derecho a retener el collar si éste es de cuero;pero si es de plata deberá entregarlo a los herederosdirectos.

El autor repasa y examina una serie de jugososproblemas legales; pero quizás convenga que pas e-mos a otra de sus obras maestras, la que estudia elcaso del niño nacido en una diligencia. Este impo r-tante estudio mereció los honores de varias edici o-nes sucesivas.

El título completo del meduloso trabajo es Kurt-zes bedencken über Juristische Frage: Ob eine schwangereFrau, wenn sie wahrend der Reise auf dem Wagen einesKindes genesen, für selbiges Fuhr-Lohn zu geben gehalten sey(Jena, 1709). (Breve examen del problema jurídico:

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si una mujer embarazada, que da a luz un niñomientras viaja en una diligencia, está obligada o no apagar el billete del recién nacido.)

Antes de que el niño nazca en la diligencia, elautor se pregunta si una mujer debe viajar sola. Citaal profesor Beier, de la Universidad de Jena, que sedeclaraba terminantemente contra tan impropiasandanzas, “quia suspectum reddunt pudicitiam”. Eldoctor Klüver admite también que la modestia y lavirtud de una mujer sola pueden resultar sospech o-sas. Pero descubre una impor tante circunstanciaatenuante: es muy posible, dice, que la dama se vearequerida por asuntos de gravedad, y no pueda ev i-tar el viaje. Y si alguno de sus compañeros de viajediera pruebas de extremada bajeza y le hiciera pr o-posiciones indecorosas, el buen doctor aconseja a ladama utilizar una frase que dejará aplastado al i m-portuno: “Si realmente me amáis, no tratéis de r o-barme aquello que precisamente me hace digna delamor.” Para que el efecto sea mayor, la brillante fra-se aparece citada en francés, palabra por palabra,como si el autor la hubiera leído en algún libro fran-cés de anécdotas (Si vous m'aimez, vous ne song e-rez pas a me ravir ce qui me rend aimable.)

Después de esta introducción, llegamos al

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acontecimiento que es la materia de toda la disert a-ción: la dama, que viaja sola en la diligencia, inesp e-radamente da a luz. El autor no demuestra el menorinterés por comadronas o por médicos. Sólo lepreocupa el problema legal: ¿Es nece sario pagar elbillete del niño recién nacido?

Hay dos posibilidades:1) Que la dama haya alquilado todo el vehículo...

en cuyo caso tiene derecho a llevar tantos pasajeroscomo desee, y el conductor no puede exigir pagoadicional. El niño puede ser considerado un “pas a-jero invitado”.

2) Que ella haya comprado un solo billete, encuyo caso el problema es de naturaleza totalmentedistinta. Esta posibilidad fue analizada por variosjurisconsultos, y la opinión fue que el niño no nec e-sitaba pagar billete: “quia portus est portio mulieris,vel viscerum.”

El doctor Klüver adhirió a esta opinión, aunquepor razones completamente distintas, y según par e-ce escribió su estudio con el fin de exponer sus or i-ginales y sorprendentes conclusiones en lugar de lospuntos de vista “anti cuados” de sus colegas. Sost u-vo que la afirmación según la cual el niño formabaparte del cuerpo de la madre (como cualquiera de

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los órganos internos) carecía de validez. O, mejordicho, era válida, pero sólo mientras el niño no h u-biera nacido. Tan pronto se desprendía del vientrede la madre debía ser considerado una personalidadindependiente.

¿Cuáles eran los nuevos y decisivos argumentos?a) El niño no ocupaba asiento, de modo que el

conductor no sufría ninguna pérdida. En caso deque la madre no tuviera en su regazo al recién nac i-do, no era necesario asignarle un asiento, pues ba s-taba depositarlo sobre la paja que cubría el piso dela diligencia.

b) El conductor había advertido seguramenteque la pasajera estaba embarazada, y por lo tantodebía hallarse preparado para un “aumento” delnúmero de pasajeros.

El asunto era evidente por sí mismo. ¿Perocambiaba la situación si la futura madre se mostrabaprevisora y llevaba consigo una cuna? Sí, porque lacuna ocupaba espacio en la diligencia. En tal casoera preciso pagar... no por el niño, sino por la cuna.Sin embargo, el pago no correspondía si el co n-ductor podía demostrar que el lugar ocupado por lacuna hubiera podido ser utilizado por otra persona.

Se presentaba una nueva complicación si la d a-

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ma se negaba a pagar el transporte de la cuna.¿Cuáles eran los derechos del conductor? Podía t o-mar posesión de la cuna. Pero, ¿con qué limitaci o-nes? ¿Como garantía o como propietario? Estas doscondiciones no eran idénticas, pues si sólo tenía d e-recho de retención, todo acreedor que presen taradocumentos o pagarés gozaría de precedencia cuan-do llegara el momento de saldar deudas. Después decitar innumerables autoridades, el erudito doctor seinclina por la segunda posibilidad. Y remata el casodiciendo que, si alguien duda de la validez de suafirmación, debe consultar el libro Recht der Fuhrleute(Derecho de los carreteros), del doctor Harprecht,donde hallará dilucidada el punto en el Capítulo I,sección 4, párrafo 1, página 63.

Debo confesar que pude resistir la tentación deacudir a la fuente.

Después del problema de los niños recién nac i-dos, y de las complicaciones legales provocadas porsu llegada, bien podemos volver nuestra atención alos preliminares de tan feliz acontecimiento.

Bernhard Pfretzscher, luminaria jurídica de W i-ttenberg, consagró considerables esfuerzos a estetema, y publicó una obra muy instructiva sobre lascartas de amor (De litteris amatorus, Von Liebensbrie-

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fen, Wittenberg, 1744).El estudio se divide en dos partes. Encara sep a-

radamente el amor honesto, legal y nor mal, y laspasiones culpables y criminales.

Caso primero, primera pregunta: ¿Hasta quépunto una carta de amor compromete al remitente yconfigura una promesa de matrimonio? Respuesta:si los padres del hombre aprobaron la carta, hayrazón suficiente para considerar que existe rupturade promesa matrimonial, de lo contrario la re s-puesta es negativa. Según parece, se trata de unasolución justa, aunque en la práctica, rara vez haocurrido, desde los tiempos de Papiniano, que lascartas de amor fueran escritas con la aprobación delos progenitores.

Otro problema: La carta enviada por un lunát i-co, ¿lo compromete en matrimonio? El problemano es sencillo. Si se examinan atentamente los d i-versos casos, se advierte que en varios el desordenmental fue provocado por el pro pio incidente amo-roso. A veces, la pasión es tan honda que el pobreenamorado pierde completamente la cabeza. Deacuerdo con algunos juristas, el loco por amor debeser considerado un lunático y por consiguiente suscartas no representan una obligación legal. El do c-

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tor Pfretzseher cree que los expertos en medicinadeben ser consultados con respecto a la situaciónexacta del autor de la carta.

Otra cuestión muy compleja: ¿Hasta qué puntola declaración de amor (por escrito) de un borrachocompromete la responsabilidad del sujeto? El autoropina que ello depende del grado de intoxicacióndel individuo en cuestión.

Cuando se interpretan ciertas afirmaciones untanto vagas y oscuras contenidas en las cartas deamor es preciso mostrarse extremadamente cautelo-so. Las opiniones de los juristas coinciden en quelas expresiones generales y de uso común no pu e-den ser fundamento de un proceso por ruptura depromesa matrimonial. Por ejemplo: “Eres mía.Quiero que seas mía”. En cambio, las siguientesfrases dan materia suficiente para un proceso legal:“Quiero que seas mía, y no me importa lo que digala gente”. “Eres mía, corazón, jamás te abandon a-ré...” “¡Sólo la muerte puede separarnos!”

Todo lo cual, formó sin duda un cuerpo de indi-caciones muy útiles para los aficionados a escribircartas de amor. Y muy especialmente llama la ate n-ción la última frase de la colección de ejemplos: “¡Sialguna vez me caso, tú serás la única elegida!” El

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profesor Pfretzscher, desde un punto de vista e s-trictamente jurídico, clasifica esta afirmación en lacategoría de las “promesas condicionales”. Deacuerdo con la lex permittens, un contrato adquierevalidez, cuando incluye una condición determinada,sólo si dicha condición cobra carácter real. Es decir,si el autor de la carta decide no casarse nunca, ladama en cuestión no puede obligarlo a dar ese paso.

El problema final en el campo del amor hon o-rable:

¿Qué ocurre si la destinataria no contesta? Deacuerdo con nuestro autor, ella no está obligada acontestar. Si la declaración o propuesta ha sido h e-cha en términos sufi cientemente explícitos, co m-promete al remitente, aunque la dama no repliqueuna palabra. Si hubiera alguna duda, correspondeinterrogarla bajo juramento sobre la inter pretaciónque ha dado a la carta.

El profesor Pfretzscher se ocupa muy brev e-mente del amor culpable e ilegal. Incluye sobre todocartas de amor de personas casadas, es decir, lascartas dirigidas a una tercera persona. Si la esposacometiera acto tan inadmi sible, el esposo puedeproceder de dos modos:

1) Si la esposa lo hizo por inexperiencia, y se

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trata de un error inocente, debe ser perdonada.2) Si lo hizo deliberadamente, el esposo debe

abofetearla. Dicho castigo, aplicado en el momentooportuno, puede ser extremadamente útil, puesevitará tomar después medidas mucho más graves.

¿Y si la esposa sorprendiera a su marido escr i-biendo cartas de amor a otra mujer? No puede ap e-lar a las bofetadas como método de intimidación yde aviso; debe resolver pacíficamente el asunto (?).

Después de esta opinión un tanto estrecha,nuestro erudito autor creyó sin duda que habíacreado un orden claro y preciso en la espesa marañade los problemas jurídicos planteados por las cartasde amor.

El profesor Pfretzscher señala que es muy pos i-ble enloquecer a causa del amor. Francisco Gómezde Quevedo, el autor satírico y poeta español delsiglo XVII, escribió un notable librito sobre unhospital en el que se trataba a los “lunáticos delamor”; pero se trataba simplemente de un burlónejercicio del humor fantástico de Quevedo. A suvez, en 1726, la facultad de ciencias médicas de laUniversidad de Helmstádt encaró el problema contoda seriedad y considerable aparato científico.

Creó la oportunidad de esta investigación el c a-

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so de un joven estudiante de teología, que se en a-moró de la criada de su padre. El hombre perten e-cía a la iglesia evan gélica; ella era feligresa de laiglesia reformada. Lo cual significaba que el eve n-tual matrimonio de ambos jóvenes tropezaba conserios obstáculos. Cierto día los fieles de la iglesiaevangélica recogieron varios volantes en los que seinsultaba a su religión en términos blasfemos y ob s-cenos. La investigación practicada descubrió que elautor de las hojas era el joven estudiante. Pero, ¿porqué atacaba a su propia fe? Se le citó a una reunióncon el Consejo eclesiástico, donde confesó todo.Quería excitar al clero evangélico para que criticaracon renovado vigor a la iglesia reformada; de esemodo se desarrollaría una disputa religiosa ardientey prolongada, y entonces la dama de sus sueños sedejaría convencer, cambiaría de culto y se casa ríacon él... una compleja mezcla de pasión y de teol o-gía. Las autoridades eclesiásticas sospecharon quealgo no andaba muy bien, y remitieron el joven a lafacultad de medicina de Helmstádt. La opinión delos facultativos fue la siguiente:

“Responsum Facultatis Medicae: Después decomunicarnos los documentos referentes al cand.theol. C. H., y de requerir nuestra opinión sobre si

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el candidato ya mencionado puede ser consideradopersona cuyo judicium rationis per nimiun amorempervertatur (es decir, que ha enloquecido por amorexcesivamente violento), Nosotros, el Decano, y losprofesores de la Facultad Médica de Helmstädt h e-mos estudiado cuidadosamente y examinando elcaso, y aquí resumimos nuestro punto de vista:

“De las circunstancias establecidas en los docu-mentos, se puede inferir ciertamente que existecierto desequilibrio en el cerebro del individuo encuestión, como que el amor frustratus (amor fru s-trado) puede provocar en las personas inclinadas ala melancolía una grave perturbación de las cualid a-des mentales, por lo cual no es posible considerarloresponsable de sus actos.”

Pasó el tiempo, y el amor del estudiante de te o-logía se fue debilitando a través de la acumulaciónde papeles burocráticos. La opinión de las facultadde ciencias médicas, fue enviada a la facultad de d e-recho de la Universidad de Wittenberg, la cual o r-denó un nuevo examen médico. El joven fuellamado a comparecer ante una comisión médica,que lo examinó y redactó un extenso informe. Deacuerdo con las actas, el caso tuvo un final sorpre n-dente: el joven estudiante afirmó que se sentía pe r-

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fectamente bien, y que ya no estaba enamorado dela criada de su padre.

El abuelo de todos los juristas románticos fueSamuel Stryk-Srykius, en su forma latinizada- quefue profesor en la Universidad de Halle. Fue ta m-bién decano de la Facultad de Derecho, ConsejeroPrivado, hombre de sus tancia y de autoridad. Co n-tribuyó a enriquecer la litera tura jurídica con inn u-merables estudios. Uno de sus libros más famososfue De jure spectrorum (Halle, 1700), en el que discutiólos problemas legales y las complicaciones provoc a-dos por las acechanzas de fantasmas y de espectros.

Los fantasmas originaban muchas dificultadesen los casos de arriendo de propiedades. ¿Tenía d e-recho el inquilino a dar por cancelado el contrato sien la vivienda aparecían fantasmas? Si los espectroseran “soportables”- es decir, si por ejemplo sóloproducían algunos ruidos o gritos atenuados enpartes alejadas de la construcción-, el con trato con-servaba su validez. En los casos más graves, el in-quilino podía rescindirlo. El propietario de la casaestaba obligado a aceptar la situación... salvo en elcaso de que pudiera probar que no había existidoperturbación antes de la llegada del inquilino, y quetodos los inconve nientes habían sido provocados

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por la mudanza de los nuevos ocupantes (prob a-blemente porque éstos habían concitado la enemigade algunos espectros o trasgos).

En caso de encantamiento probado, se invalid a-ba el contrato de venta. Si un yerno recibía de susuegro una casa encantada como parte de la dote desu esposa, podía devolverla y exigir que se le entr e-gara el valor en efectivo. Además, los propietariosde casas embrujadas podían solicitar que se las lib e-rara de impuestos.

Los espíritus malignos podían apoderarse nosólo de casas, sino también de seres humanos. ¿Quéocurría si el marido o la mujer caían víctimas de estasituación? Si el problema se presentaba durante elcompromiso, la otra parte podía dar por terminadoel noviazgo. Pero si ya habían contraído matrim o-nio, el marido o la mujer debían soportar la situ a-ción; semejante eventualidad no era causa dedivorcio. Por ejemplo, una mujer piadosa se vio p o-seída por un trasgo. La malignidad del duende semanifestó de varios modos. La buena mujer cayó enel descuido y en la suciedad, y todos los objetos v a-liosos de la casa desapare cieron poco a poco. Elesposo se arruinó completamente, pero no pudosepararse de ella, pues todo era resultado de la i n-

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fluencia del trasgo, y no podía culparse a la mujer.Otro problema importante era el siguiente: Si se

hallaba un tesoro, descubierto bajo la guía de losespíritus, ¿el hallazgo era propiedad del descubridoro podía ser re clamado por el Estado? Aquí corre s-pondía una actitud cautelosa, pues bien podía oc u-rrir que el espíritu guardián del tesoro no fuera eldemonio sino cierto genio bondadoso. Por otraparte, correspondía establecer cierta diferenciacuando se comprobaba la intervención de los esp í-ritus malignos. Si el espíritu se limitaba a revelar laubicación del tesoro, y el feliz beneficiario de dichoconsejo lo hallaba y retiraba mediante su propioesfuerzo, se convertía en propiedad legal de quien lohabía hallado. Pero si el espí ritu instruía al ser h u-mano en las prácticas secretas y mágicas, y de esemodo llegaba al tesoro (es decir, si el diablo sum i-nistraba los medios) el tesoro debía ser con fiscadopor el Estado.

El profesor Strykius consagró su atención aotros muchos problemas igualmente espinosos.¿Podía declararse muerto al esposo ausente cuyoespectro rondaba la casa?

No, porque esa presencia podía ser fraudulenta.En caso de asesinato, ¿era prueba suficiente que el

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espíritu ensangrentado de la víctima apareciera en ellugar del crimen? Nueva respuesta negativa, y por lamisma razón. ¿Era circunstancia atenuante que unduende hubiera persuadido al criminal para que c o-metiera el crimen? Sólo si se demostraba que dichoespíritu maligno había realizado frecuentes visitas alcriminal, amenazándolo con romperle el cuello si senegaba a obedecer sus órdenes.

Otro trabajo importante del decano Strykius fueel Tractatio juridica de alapa, una disertación sobre elproblema de las bofetadas en la cara.

El trabajo se dividía en cuatro capítulos y era unenfoque exhaustivo y cabal del asunto:

I. De alapae descriptione- definición de la bofe-tada.

II. De subjecto activo- el que abofetea.III. De subjecto passivo- el que es abofeteado.IV. De effectu alapae- consecuencias de la b o-

fetada.Insumiría mucho espacio reproducir detallad a-

mente el discurso del profesor; pero vale la penacitar y describir algunos pocos ejemplos de su br i-llante lógica. Se creería que el primer capítulo eraabsolutamente innecesario; des pués de todo, unabofetada es una bofetada. Nada de eso. Hay acopio

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de opiniones sobre el hecho de que un puntapié enla cara no es, ciertamente, una bofetada... pero ladistinción se torna más sutil cuando el que abofeteaes un hombre sin dedos. Si desde el día de la cre a-ción ello ocurrió alguna vez, poco importa... el esp í-ritu jurídico se sentía excitado ante la posibilidad delhecho. Sea como fuere, y de acuerdo con Strykius,dicha bofetada no puede ser con siderada de ningúnmodo una bofetada.

El autor revela considerable humanidad al op i-nar que el amo no tiene derecho a abofetear a sucriado. Por otra parte, en ciertos casos el maridotiene pleno derecho a descargar la mano sobre elrostro de la esposa; por ejemplo, si la sorprende conotro hombre; o (como ya hemos visto) si ella escr i-be una carta de amor a un tercero; o si sale y regresatarde en la noche. Pero si la bofetada provoca h e-morragia nasal, el hecho puede ser causa de divo r-cio.

Pero, ¿qué ocurre si la esposa abofetea al mar i-do? Hay dos posibilidades: 1) Si el marido es másfuerte, puede devolverle la bofetada. 2) Si es másdébil, y la tentativa de represalia fracasa, puede in i-ciar juicio de di vorcio contra su propia esposa. Enambos casos le queda al marido la alternativa de

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aceptar pacíficamente la bofetada, resignarse y nodecir una palabra.

El insulto verbal no debe ser vengado con unabofetada. Este principio legal es muy importante,pues en cierta ocasión se planteó el siguiente pr o-blema: ¿Si durante un baile, cierto caballero pide auna dama que le conceda el honor de una pieza, yella se rehúsa, el hombre tiene derecho a abofetea r-la? Naturalmente, carece de ese dere cho, pues ladama está perfectamente autorizada a elegir a suscompañeros de danza y, en todo caso, aunque dichorechazo constituye un insulto no puede ser vengadocon una bofetada.

En los bailes y en ocasiones similares puedensuscitarse otros incidentes. Los hombres de bajamoral son capaces de pellizcar o de tocar a las d a-mas virtuosas de un modo que nada tiene que vercon las necesidades de la danza. En tales casos elofensor debe ser abofeteado inmediata mente; pueses norma jurídica que el castigo debe ser apropiadoa la naturaleza del crimen. La ofensa inferida por lamano del varón debe ser castigada con la mano dela mujer ultrajada.

Miles de estudios de similar carácter barrococolman los estantes de las bibliotecas. Existe uno

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sobre la jurisprudencia de la virginidad, y hubo unalarga polémica para decidir si una muchacha quehabía sido violada podía llevar las flores blancas (ola corona de mirto) al acercarse al altar. Un jurista seinclinaba por la afirmativa; después de todo, las fl o-res o la corona eran símbolos de inocencia moral, yla violación sólo había tenido conse cuencias físicas,de modo que la virtud de la novia no había sufridoningún daño. Los hombres que se ajustaban a laletra de ley se indignaron mucho; poco importaba elmodo en que una muchacha había perdido su in o-cencia, lo cierto era que no podía aparecer en laiglesia con el símbolo de esa virtud. Se sugirieronalgunas fórmulas de compromiso: muy bien, que sele prohibiera llevar la corona de la inocencia; peropor lo menos debía tener derecho a exigir del novioel precio de la inocencia.

Cierto doctor Simon Christoph Ursinus produjoun estudio sobre los derechos legales y los probl e-mas de las prostitutas; probablemente sobre la basede exhaustivas investigaciones prácticas (De quaestumeretricio). ¿Cuándo es posible llamar meretrix auna mujer? Cuando vende por dinero sus favores.Pero si no acepta dinero, ¿cuántos amantes ha detener para que merezca ese nombre? La jurispr u-

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dencia no ofrecía un criterio definido; de acuerdocon cierto autor, la cifra era de cuarenta. No podíareclamarse la devolución de un regalo hecho a unameretriz; si ella concedía crédito, y se le entregabaun pagaré, el pagaré debía ser cancelado. (¡Sombrasde Judá y de Tamar!) Sino se había realizado ningúnpago, ni firmado un docu mento, y sólo existía unapromesa, ésta tenía fuerza legal.

Los expertos juristas de ojo de águila no omitíanun solo punto. ¿Podía la meretriz dejar testamento?Y en caso afirmativo, ¿se le permitía dotar a algunainstitución piadosa, o efectuar donaciones a unaorden religiosa? Sin duda el autor pensaba en Friné,de quien se afirma que ofreció financiar con sus g a-nancias la construcción de las murallas de Tebas.

Y he aquí el más extraño problema jurídico: siuna mujer de esta clase fuese dispendiosa, y gastasesin control sus ganancias, ¿se le podía nombrar uncurador legal?

La respuesta es negativa, y de ese modo el do c-tor Ursinusse evita la tarea de indicar cómo podríaactuar semejante curador.

Se consagraron extensos estudios a la jurispr u-dencia del silencio, de las narices, de los pies, de lasmanos y aún a la jurisprudencia de la mano derecha

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o de la izquierda, sin hablar de los dedos consider a-dos individualmente, etc.

¿Etcétera?Pues también tal palabra suscitó problemas de

carácter legal.Este humilde pero comprensivo término, c a-

rente de existencia autónoma, eterno complementode otros esta modesta y anónima expresión adqu i-rió, gracias al profesor Strykius, individualidad e i m-portancia propias. El patito feo se convirtió enorgulloso cisne.

Strykius le consagró un libro, al que denominóTractatio juridica de Etcetera (Disertación jurídica sobrela palabra Etcétera). Desarrollaba su historia, sunaturaleza, los usos correctos y los equivocados, losinconvenientes que podía provocar el uso erróneo,etc.

Por ejemplo, si en cierto documento legal espreciso enumerar todos los títulos de un príncipereinante, no se debe interrumpir la lista en el tercero cuarto título, para ahorrar tinta y espacio, apela n-do a la palabra “etcétera”.

La obra exhorta a los escribanos públicos a e s-quivar la palabra, porque cualquiera de las partespodría, con acopio de malas intenciones, atribuir al

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“etcétera” toda suerte de interpretaciones antojad i-zas.

También descubrimos en este libro que enaquellos tiempos se consideraba insulto extrem a-damente grave decirle a alguien: “ ¡Tú eres un etc é-tera!” Y si bien, (como ya sabemos) dicho insultono podía ser contestado con una bofetada, cabíadenunciar al ofensor, y la ley obligaba al juez a apl i-carle una sentencia muy severa. Es probable que laseveridad de la pena tuviera un doble propósito: poruna parte satisfacía el principio de retribución, y porotra desalentaba gradualmente el empleo de la pal a-bra, hasta que al fin perdió su connotación insu l-tante.

Etcétera.

4.

El período romántico de la jurisprudencia co n-cluyó hace aproximadamente ciento cincuenta años,pero la estupidez de quienes apelan a los juicios seha prolongado hasta nuestros días. Lejos de mi laidea de que los legisladores suministran intenci o-nalmente ocasiones para la manifestación de la locu-

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ra humana, y que los jueces eruditos, los abogadosbrillantes y los fiscales sagaces no son la regla antesque la excepción. Pero la complejidad de leyes ydecretos, el desarrollo excesivo y a menudo terriblede párrafos, cláusulas, subcláusulas y precedentes,codificados o sin codificar, parece haber creado unterreno extremadamente fértil y apto para el des a-rrollo de una verdadera maraña de estupidez.

Tal fue el caso en Köslin, Alemania, donde pocodespués de la Primera Guerra Mundial un abogadorealizó la hazaña casi increíble de representar aAMBAS partes en un juicio desarrollado ante dostribunales diferentes. El hombre trató de disculparseafirmando haber creído que en la segunda instanciase trataba de un caso completa mente distinto. Fueprocesado y absuelto; pero la acusación apeló, y estepeculiar jurista fue condenado a tres meses de pr i-sión. Sin embargo, se mantuvo en suspenso la se n-tencia, porque el juez del tribunal de apelacionesconsideró que la conducta del profesional obedecíaa inexperiencia.

Y este caso me recuerda el caso del estafadorque contrató los servicios de un abogado. Despuésde discutir los cargos, el abogado preguntó: “¿Ycuáles serán mis honorarios?”

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“Vea, mi amigo”, replicó el hombre con unasonrisa inocente, “es muy sencillo. Si yo recibo algo,no le daré nada. Si no me dan nada, le daré algo”.

Hace más de veinte años, un abogado norteame-ricano comenzó una labor gigantesca: agrupar todaslas leyes sancionadas por todos los gobiernos fed e-rales y estatales. Trabajó cinco años, y finalmenteobtuvo la cifra total de un millón ciento cincuenta yseis mil seiscientos cuarenta y cuatro leyes. Los e s-pecialistas en estadísticas legales han calculado quela Segunda Guerra Mundial (y antes de ella el perí o-do de la crisis) casi ha duplicado dicho número. Labatalla entre los derechos estatales y federales jamáscesó ni se interrumpió, de modo que aún hoy estánen vigor una docena de leyes diferentes sobre elproblema de la pena de muerte, el alcoholismo, ycentenares de otras cues tiones. No es de extrañar,entonces, que florezca el abogado picapleitos, que amenudo las decisiones judiciales sean letra muerta; yque los delincuentes cometan crímenes que perm a-necen impunes. No siempre, ciertamente, pero confrecuencia suficiente para demostrar la locura de lalegislación múltiple.

Tampoco es de extrañar que bastante a menudola ley y la práctica engendren absurdos. Véase, por

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ejemplo, el caso de la joven de Wáshington que c o-noció en una fiesta a un golfista profesional, y rec i-bió de él algunos buenos consejos sobre el modo demejorar su técnica.

Poco después, el hombre le envió una facturapor doscientos dólares. La joven creyó que el ho m-bre bromeaba, pero él le aseguró que era la tarifaacostumbrada, e insistió en el pago.

Asombrada, la joven consultó a un abogadoamigo, y éste afirmó que en tales circunstancias laexigencia de pago era ridícula. “Si vuelve a hablarledel asunto, envíemelo”, dijo el letrado.

Pocos días después recibió una factura de ciendólares, por el consejo legal recibido. ¡Y en definit i-va tuvo que pagar las dos cuentas!

Las leyes poseen tremenda capacidad de supe r-vivencia. A menudo se mantienen en los códigos sinser derogadas durante siglos, y un abogado hábil enbusca de un precedente o de una cláusula favorablea veces puede apoyarse en cierta práctica legal o encierta reaccionaria ley puritana que nadie recuerda nise ocupo jamás de eliminar.

Un edicto de Cromwell contra las blasfemias noha sido derogado nunca en Inglaterra. Establecía unsistema de multas, graduadas de acuerdo con el le n-

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guaje empleado y con la posición social del ofensor.Así, un expletivo prohibido costaba 30 chelines a unlord, 25 a un caballero, 10 a un esquire, 6 chelines 8peniques a un simple “caballero”, mientras que “t o-das las personas inferiores” podían expresar sussentimientos al módico precio de 3 chelines 4 pen i-ques. Sin embargo, esas penas eran sólo por los“primeros delitos”. Después de varias condenas, eldelincuente corría el riesgo de que se lo declarara“blasfemo habitual” y se lo enviara a la cárcel. T o-davía en la década de 1930 se imponían multas enciertos lugares de Inglaterra (en Windsor, por ejem-plo) a quienes juraban en público, y aún hoy es pr e-ciso cuidar el lenguaje que se usa en las IslasBritánicas.

Una ley anticuada fue culpable de que se cond e-nara a un hombre por “recibir de sí mismo con c o-nocimiento de causa bienes robados”. El Tribunalde distrito anuló la condena, pero lo cierto es quelos jueces de Darlington habían aplicado una multade cinco libras a un hombre llamado George Th o-mas Waterhouse, culpable de recibir alambre de c o-bre y objetos de bronce valuados en 4 libras, 3chelines y 6 peniques, “que habían sido robados porGeorge Thomas Waterhouse”. Lo característico del

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caso fue que, a pesar de que el señor Waterhouseestaba acusado de robar y de recibir, los jueces locondenaron solamente por este último cargo. Sinduda fue un auténtico Jekyll y Hyde... pero salióbien librado. Fue otro caso en que la ley se pasó deinteligente, y terminó derrotándose a sí misma.

Un caso igualmente esquizofrénico ocurrió enlos Estados Unidos, donde la señora Ruth E. Hi l-dreth, de El Paso, Illinois, inició juicio contra ellamisma por la suma de 20.000 dólares. Es compre n-sible que al poco tiempo anunciara en Eureka, Ill i-nois, que había arreglado el asuntoextrajudicialmente. Por supuesto, esta particularforma de locura tenía cierto método. La señora Hi l-dreth afirmaba haber sufrido varias heridas en unchoque de vehículos, cerca de Eureka, dos añosantes del juicio. Acusaba a Leroy Schneider, co n-ductor del otro coche, de responsabilidad en las l e-siones sufridas, y exigía el pago de 20.000 dólares.

Pero Schneider murió en el accidente, y la señ o-ra Hildreth pidió que se la nombrara administradorade la propiedad del difunto, porque las heridas s u-fridas creaban en ella un interés personal en la di s-posición de la propiedad en cuestión. De modo quecuando inició el juicio, descubrió que lo hacía co n-

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tra el administrador de los bienes de Schneider... esdecir, contra ella misma.

He mencionado la capacidad de resistencia delas leyes frente a los cambios y al progreso. En1947, un minero fue sentenciado a cinco días deprisión en Coventry, por no pagar su cuenta dehospital. Los magistrados se mostra ron muy consi-derados, y lo invitaron a cumplir la sentencia enWhitsuntide, con el fin de que no perdiera días detrabajo. Pero el caso demostró que en Gran Bretañatodavía es posible la cárcel por deudas. Hace más deun siglo los jueces de la Suprema Corte (con el e n-tusiasta apoyo de Carlos Dickens, que en más deuna novela describió el cuadro trágico de la Prisiónpara Deudores) reclamaron la eliminación de estasección de la ley. En 1869 el Par lamento aprobó laLey de Deudores, en la que se declaraba que “ni n-guna persona podía ser arrestada o encarcelada porfalta de pago de una suma de dinero”. Sin embargo,en 1946, 3.567 personas fueron llevadas a la cárcelpor deudas.

El problema fue creado por la estupidez de loslegisladores, que aceptaron excesivo número de e x-cepciones a la ley; pues lo que en realidad les inter e-saba era terminar con la prisión por deudas

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contraídas con acreedores privados. Pero aún hoy lagente puede ser encarcelada “por falta de pago decualquier cantidad sumariamente recu perable antelos magistrados”.

Pero el rasgo más particular es la discriminaciónentre deudas con personas de carácter privado ydeudas con el Estado. Las deudas privadas no seextinguen por el hecho de cumplir una sentencia decárcel; los impuestos impagos o la negativa a ma n-tener a personas dependientes del acusado, las quepor ese motivo se convierten en carga del Estado,pueden ser expiados mediante algunas se manas enla cárcel. Ello significa que el Estado, que de esemodo ha aumentado la deuda ofreciendo casa ycomida gratis al deudor, se declara dispuesto a pe r-donar y a olvidar.

Hace algunos años, Sir Frank Soskice, en su c a-rácter de fiscal general, presentó en la Cámara de losComunes un proyecto con el fin de eliminar las l e-yes anticuadas que han sobrevivido obstinadamente.Algunas de ellas se remontan a 1235; la más recientees de 1800. Hay algunas leyes todavía en vigor (yvarias NO incluidas en la ley) en virtud de las cualesbuen número de personas pueden ser condenadas ala picota o a la flagelación en público. Por ejemplo,

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dichas penas serían aplicables a quienes vayan alcinematógrafo en domingo, o se entretengan en“diversiones profanas”.

Hay leyes parecidas en los códigos de casi todoslos países del mundo.

Debido a la existencia de estas leyes envejecidas,a menudo la justicia embaraza sus propios mov i-mientos. No hace mucho hubo un caso que fue unaverdadera comedia. La sociedad cooperativa de Go-rebridge presentó un recla mo contra JamesTurnbull, detenido en la prisión de Saughton. Elhecho se originó en que la caja fuerte de la coop e-rativa se atascó y Turnbull- un excelente violador decajas fuertes- fue llamado para abrirla. Trabajó aplena satisfacción de todos, salvo que, en el acto deabrir la caja, robó 316 libras en efectivo y 30 librasen objetos. La sociedad inició juicio y perdió el c a-so. El juez sustituto dijo en su fallo:

“Con verdadero pesar debo rechazar por incom-petente la acción. La sociedad cooperativa Gor e-bridge parece haber sufrido una grave pérdida aconsecuencia del acto delictuoso de Turnbull, y meveo obligado anegarles ayuda por razones mer a-mente técnicas.”

“Las razones técnicas” eran muy sencillas.

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Turnbull estaba cumpliendo una sentencia, y porconsiguiente no era responsable de sus actos.

Hasta qué extremo las leyes pueden ser co m-plejas y contradictorias lo demuestran ciertos d e-cretos recientes, extraídos de los periódicosnorteamericanos:

Las palomas no deben posarse en los techos delas casas o pasearse por los jardines de los vecinos.(Decisión oficial británica.)

Los encargados de los bares no contraen re s-ponsabilidad legal cuando juzgan la edad de losenanos. (Junta californiana de compensación.)

Los cálculos renales y el oro de los dientes e x-traídos son todavía de propiedad del paciente. (Aso-ciación médica alemana.)

Cuando una manada de perros ocupa las vías delferrocarril, no es necesario tocar el silbato para cadaperro en particular. (Un tribunal de Tennesse, Est a-dos Unidos.)

La mujer no está obligada a soportar al esposoque fuma la pipa en el lecho matrimonial. (Tribunaldoméstico, Londres.)

No es delito criminal desear que alguien se caigamuerto. (Fiscal Charles Ireland, de los Estados Un i-dos.)

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Los expertos de yo-yo no pueden practicar suarte en las cercanías de las escuelas... son una tent a-ción para los niños, y los distraen. (Tribunal mun i-cipal, Estados Unidos.)

Una mujer tiene derecho a divorciarse si el e s-poso insiste en realizar todo el trabajo doméstico.(Tribunal doméstico, Londres.)

5.

Nada refleja la estupidez humana tan cabal yperfectamente como la manía de pleitear. Los ho m-bres y las mujeres que pleitean incansablemente, sinla menor esperanza de éxito, a menudo sin razonesde carácter material que lo justifiquen, años y añosabsortos en una disputa de menor cuantía, songente que a menudo está al borde de la locura. Peroen muchos casos adoptan esa actitud absurda y su i-cida por simple estupidez.

En 1890 murió en la antigua ciudad de Szeke s-fehervar un abogado húngaro llamado Juan Farkas.Adquirió fama en el papel de defensor de muchosasaltantes de caminos. Se especializó en la defensade bandidos, y amasó una for tuna considerable gra-

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cias a su concentración en esta esfera del derecho.Era soltero, pero tenía muchos parientes. Cua n-

do se leyó el testamento, se comprobó que dejabauna propiedad de tres mil acres, dinero y otras p o-sesiones a aquel de sus parientes que en el plazo dediez años fuera capaz de dar la más exacta respuestaa las siguientes preguntas:

1) ¿Qué es eterno e infinito sobre la tierra?2) ¿Por qué la gente necesita dinero?3) ¿Por qué la gente pleitea?Hasta que se obtuvieran respuestas satisfact o-

rias, debía dividirse la renta de las propiedades entredistintas instituciones caritativas.

Al cabo de una semana se presentaron alrededorde quinientos litigantes, divididos en dos gruposprincipales. Uno de ellos aceptó las condiciones, ypacientemente comenzó a formular respuestas a laspreguntas. El otro impugnó el extraño testamento ytrató de demostrar que en el momento de redactarel documento Farkas era insano.

Al cabo de diez años, los tribunales resolvieronque el testamento era válido. El número de litiga n-tes se había reducido a veintidós, pero ningún juezalcanzaba a decidir cuáles eran las respuestas máscorrectas. (Uno de ellos escribió un libro de 150

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páginas con el propósito de resolver los problemassuscitados.) El fantástico pleito duró más de ci n-cuenta años. Uno de los abogados sugirió un com-promiso. La propiedad había aumentado consider a-blemente de valor; ahora valía más de 200.000 l i-bras, y propuso dividirla en partes iguales entre losherederos. Estos rechazaron de plano. En el cursode los cincuenta años más de sesenta personas h a-bían sido sentenciadas por asalto y agresión, porredacción de libelos obscenos y por otros diversosdelitos menores, cometidos dentro y fuera del r e-cinto del tribunal, en ocasión con motivos de m u-tuos ataques de los antagonistas. El último juez queexaminó el caso suministró la respuesta correcta alas tres pregun tas. ¿Qué es eterno e infinito? Estepleito. ¿Para qué necesita dinero la gente? Para con-tinuar el pleito. ¿Por qué la gente pleitea? Porquenecesita dinero.

La tremenda inflación de 1945-46 liquidó lapropiedad Farkas, y de ese modo acabó tambiéncon la manía litigiosa de sus herederos.

En Graz, Styria, un maníaco de los pleitos iniciójuicio contra un ruiseñor... o mejor dicho contra supropietario, un sólido ciudadano llamado OscarHeinzel. Herr Heinzel tenía al ruiseñor en una jaula,

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y todas las noches sacaba la jaula a una ventanaabierta. Naturalmente, el ruiseñor cantaba... durantecasi toda la noche. Uno de los vecinos, hombre queindudablemente carecía de todo sentido poético omusical, inició juicio contra Heinzel por perturbar lapaz y provocar molestias. El caso recorrió tres tr i-bunales, hasta que al fin fue fallado en favor del ru i-señor. He aquí el resumen preparado por el eruditojuez:

“El consejo de la ciudad tenía completa autor i-dad para aplicar el párrafo 137 en relación con losintereses públicos. Si hubiera existido una molestiapública provocada por el humo, por un olor des a-gradable o por algún ruido objetable, se habría justi-ficado la prohibición. Pero en este caso el consejose excedió en sus atribuciones, pues es preciso re s-petar la libertad de los inquilinos individuales dentrode sus respectivos hogares, y en el caso en disputano pudo establecerse que existiera una perturbaciónde la paz de tal magnitud que representara una m o-lestia pública. Aquí se trata del caso de un pájaroque vive libremente en nuestro país, y que usua l-mente canta al aire libre. En tales circunstancias,mantener abierta la ventana no puede considerarseuna molestia insoportable e inadmisible. Por cons i-

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guiente, revisamos los fallos de los dos tribunalesinferiores.”

Lástima que, entretanto, hubieran transcurridosiete años, y que el ruiseñor estuviese muerto.

Un hombre inició juicio contra una compañíaferroviaria por los “sufrimientos mentales” padec i-dos después de un accidente en el que sólo habíarecibido lesiones de menor importancia. Afirmó queahora sufría de insomnio, y recibió alrededor de1.600 libras en concepto de indemni zación. Y unamujer exigió a un hospital una indemnizaciónigualmente sustancial... porque el personal no habíaimpedido su tentativa de suicidio. Se llamó a más deveinte expertos antes de rechazar la pretensión.

Uno de los pleitos más complicados se originóen un perro mestizo de cierta pequeña ciudad hú n-gara. El animal, de carácter un tanto levantisco, v a-gabundeaba por la calle, y allí mostró“amenazadoramente” los dientes a un niño. Unosde los pocos policías de la ciudad fue testigo dellamentable incidente, y cursó una citación al pr o-pietario del perro, un campesino obstinado y de c a-rácter independiente llamado Matias Fadgyas. Elseñor Fadgyas no esperó a que le llegara la citación.Enterado del asunto, presentó una queja contra el

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policía, afirmando que fre cuentaba el local de unaagencia de personal doméstico, donde se entreteníaen cortejar a algunas de las mucha chas que a eselugar acudían para contratarse como coci neras omucamas. También presentó una queja contra elpropietario de la agencia doméstica, acusándole dedirigir un lugar licencioso.

El magistrado multó a Fadgyas en la suma decinco chelines, al mismo tiempo que éste iniciabadiversos juicios:

contra el magistrado policial que lo sentenció,contra el comisionado policial, que nada hizo

para evitar dicha sentencia,contra el tribunal del condado, porque aprobó la

multa,contra un oficial de policía que se negó a cons i-

derar su queja con-tra el alguacil.Pero esto no era suficiente. Fadgyas inició otros

juicios:contra el hombre que compró el mueble, cuya

venta, fue ordenada por el tribunal, pues Fadgyas senegó a pagar,

contra el policía presente en el remate público,contra un vecino que “se rió burlonamente”,contra el abogado que lo representó (a Fadgyas)

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sin éxito.Aun esto no era más que una de las etapas del

asunto. Fadgyas prosiguió e inició litigio:contra el Colegio de Abogados, porque no ap o-

yó su queja contra el abogado del propio Fadgyas,contra el presidente y los jueces del tribunal,

porque su apelación fue rechazada,y contra varios otros magistrados, jueces, e m-

pleados y diversos funcionarios de la administraciónjudicial.

Todas estas quejas y procesos determinaron, asu vez, una cosecha de juicio por injurias y libelocontra Fadgyas. Entre los acusadores se contaban elprimer policía, el propietario de la agencia de serv i-cio doméstico, la policía, el alguacil, el vecino deFadgyas, su abogado, y numerosos jueces y emple a-dos del tribunal.

Durante tres años enteros la mitad de los casosexaminados por el tribunal del condado tuvieronpor figura principal a Fadgyas: unas veces comoparte acusadora, y otras como acusado.

En la primera audiencia de la apelación Fadgyasfue condenado a un mes de prisión. Apeló nuev a-mente, e inició juicio el fiscal de la acusación y a supropio ahogado defensor. Al primero, porque había

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empleado “términos in sultantes”; al segundo, po r-que no se había expresado con “suficiente energía”.

Y todo por un perro mestizo.Quizás en ninguna parte como en los Estados

Unidos esta manía litigiosa ha alcanzado tan inme n-sas proporciones y producido tan ricos frutos (s o-bre todo para los abogados). Cuando HarryFerguson, el inventor y multi millonario británico,inició proceso contra la compañía Ford, el caso dioocupación a setenta y dos abogados (muy felices,por cierto, de participar en el juicio). Las declara-ciones previas ocuparon 300.000 páginas de tamañooficio, escritas con letra apretada, y varios centen a-res de miles de páginas con notas, pruebas y dive r-sos documentos. En conjunto, se escribió más deun millón de páginas de docu mentación antes deque el primer abogado se pusiera de pie y se aclararala garganta. Durante las primeras cinco semanas deprocedimientos judiciales, las declaraciones test i-moniales insumieron alrededor de cinco millones depalabras, aunque sólo se había llamado a tres test i-gos. Es verdad que se trataba de un juicio que i m-plicaba el destino de varios millones de dólares. Endefinitiva, el caso fue resuelto fuera del tribunal,pero se gastó por lo menos un millón de dólares en

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honorarios de abogados y en gastos judiciales.Existe, naturalmente, la manía de los contratos,

que posee manifestaciones semánticas particulares,por ejemplo, emplear cinco palabras allí donde unasola sería suficiente... y todo lo demás que tiene sucontrapartida en el lenguaje de la burocracia. Hastaahora, ningún abogado se ha atrevido a reconocerque un contrato vale exactamente lo que la buena fede las partes contratantes; si lo hicieran, muchos deellos se verían obligados a abandonar la profesión.Recuerdo que en cierta ocasión firmé en Hollywoodun contrato que tenía siete páginas más (a un soloespacio) que el fragmento literario con el cual se re-lacionaba. Recuerdo también otro caso... en que lasnegociaciones insumieron nueve semanas y el e s-fuerzo de un equipo de abogados. Las dos presu n-tas partes del contrato estaban perfectamente deacuerdo sobre el principio que debía servir de fu n-damento a los detalles; pero cuando los abogados seapoderaron del asunto y comenzaron a masti carlo,como los perros mastican un hueso, todos caímosen la mayor de las confusiones. La discusión se to r-nó tan complicada que cada uno de los abogados sevio obligado a explicarse a sí mismo qué había qu e-rido decir... y en definitiva todo el asunto se echó a

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perder, destrozado por los golpes implacables de losexpertos en contratos.

Ciertamente, la ley, con toda su majestad, puedeser también expresión de suprema estupidez.

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VII

LA ESTUPIDEZ DE LA DUDA

1.

El 11 de marzo de 1878 la Academia francesa deCiencias se reunió para presenciar una interesantedemostración. Du Moncel, el conocido físico, debíapresentar el fonógrafo, la nueva invención de Ed i-son. La ilustre asam blea se impresionó muchocuando la pequeña y primitiva máquina comenzórepentinamente a hablar y repitió fielmente las pala-bras que Du Moncel había registrado pocos m o-mentos antes.

De pronto, Jean Bouillaud, el famoso médico,un hombre de ochenta y dos años que se había p a-sado la mayor parte de la vida tratando de identif i-

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car la relación entre ciertas funciones y determin a-das regiones del cerebro, se puso de pie, se acercó ala plataforma y aferró por el cuello al infortunadoDu Moncel.

“¡Sinvergüenza!”, rugió. “¡Cómo se atreve a i n-tentar engañarnos con esos ridículos trucos de ve n-trílocuo!”

Camilo Flammarion, que fue testigo personal delincidente, relata el caso en el primer capítulo de sulibro L’inconnu: “Y el enfurecido médico permaneciócolérico y escéptico hasta el fin de su vida.”

El 30 de septiembre, poco más de seis mesesdespués de la demostración, la Academia de Cie n-cias realizó otra reunión. El obstinado escépticosolicitó la palabra, y de claró que, después de pr o-longada y cuidadosa consideración, mantenía unpostura inicial; que el llamado fonógrafo no era otracosa que un truco de ventrílocuo. “Es absolut a-mente imposible”, dijo Bouillaud, “que el noble ó r-gano de la palabra humana pueda ser reemplazadopor el innoble e inconsciente metal”.

Poca gente habría oído hablar de Bouillaud siFlammarion no lo hubiese inmortalizado. Pero laAcademia Francesa tenía ya un miembro realmenteinmortal: Joseph Jérome Le Frangais de Lalande, el

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gran astrónomo que fue director del observatoriode París entre 1768 y 1807. Desarrolló la teoría pl a-netaria, mejoró las tablas de Halley, catalogó cercade cincuenta mil estrellas, y escribió gran número deobras sobre navegación. En 1781, Francois Bla n-chard (inventor del paracaídas) presentó su “navevoladora” dirigible. El hecho excitó la imaginacióndel público; el pueblo hablaba ya de los atrevidosaeronautas que surcaban el cielo de París. (En 1785Blanchard cruzó en globo el canal de la Mancha.)Pero Lalande se apresuró a arrojar agua fría sobretan calenturientas esperanzas. En el número del 18de mayo de 1782 del Journal de Paris escribió unartículo destinado a pinchar el globo del señorBlanchard. “Desde todo punto de vista”, escribió,“es absolutamente imposible que el hombre se eleveen el aire y flote. Para alcanzar ese objetivo se r e-querirían alas de tremendas dimensiones, y seríapreciso que se movieran a la velocidad de tres piespor segundo. Sólo a un loco se le ocurriría abrigar laesperanza de que se realizara nada semejante...”

Menos de un año más tarde, el 5 de junio de1783, los hermanos Montgolfier lanzaban su primerglobo.

Al mes siguiente, el 11 de julio de 1783, el ma r-

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qués Claude Francois Dorothée de Jouffroy d' A-bbans, el precursor europeo de la navegación devapor, realizó su primera excursión en una nave devapor por el río Saóne. Presentó la invención al g o-bierno, y éste solicitó la opinión experta de la Ac a-demia de París. He aquí la réplica: el experimentonada demostraba, y no valía la pena gastar dinero enel asunto.

Los primeros conquistadores del aire y del aguasufrieron la enemiga de los expertos científicos. P e-ro los precursores de los ferrocarriles no corrieronmejor suerte. La ciencia oficial los rechazó congesto despectivo; se afirmó que las locomotoras j a-más podrían ponerse en movimiento, que las ruedasgiraban en el mismo sitio. Perolas ruedas, dandomuestras de considerable descortesía, desmintieronla afirmación de los eruditos organismos; se movi e-ron, y su desplazamiento se tornó más y más veloz.Entonces, la ciencia comenzó a argumentar que d i-chas velocidades no eran naturales, y que provoc a-rían epidemias generales. De acuerdo con la opinióndel Real Colegio Bávaro de Medicina, la personaque viajara en tren sufriría probablemente conm o-ción cerebral, y quienes desde el costado de las víascontemplaran el paso de un tren se des mayarían a

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causa del mareo. Por consiguiente, (decían los m é-dicos) si el gobierno tenía la audacia de dedicarse atan peligroso experimento, debía erigir empalizadasa lo largo de las vías... por lo menos hasta la mismaaltura que los coches.

Flammarion y otros han puesto en la picota amuchos de estos “tontos de la duda”.

Durante siglos Europa entera ha asistido a lacaída de meteoritos. Los fragmentos se conservabanen las vitrinas de los museos, acompañados de d o-cumentos debidamente autenticados con respecto allugar y momento de la caída. Finalmente, la Acad e-mia francesa de Ciencia des pertó de su digno leta r-go, y encomendó a Lavoisier, el gran químico, lapreparación de un informe sobre los mencio nadosproyectiles. Cuando el informe fue presentado, laAcademia declaró que el asunto era increíble, y queno podía aceptarse su realidad; era imposible quedel cielo cayeran piedras. Esos “meteoritos” seg u-ramente habían sido vomitados por alguna erupciónsubterránea. Me pre gunto qué habría dicho anteeste informe la mujer de Idaho en cuya casa, a pri n-cipios de 1955, cayó un meteorito de regular tam a-ño, que atravesó el techo y golpeó con fuerza lacadera de la buena señora (le costó tres meses repo-

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nerse del accidente). Es probable que hace cientocincuenta años la Academia de Ciencias hubiera r e-comendado practicar excavaciones en el centro deIdaho en busca de un volcán subterráneo. JacquesBabinet, el físico francés, declaró que el cable su b-marino era una idea ridícula. Felipe Lebon, el qu í-mico e ingeniero que fue uno de los primeros enpreconizar el empleo del gas con fines de ilumin a-ción, debió escuchar juicios categóricos en el sent i-do de que era imposible que una lámpara sin mechase encendiera. Cuando William Harvey presentó sudescubrimiento de la circulación de la sangre, suscolegas médicos lo atacaron con tal violencia quedurante cierto tiempo perdió a la mayoría de suspacientes.

El caso de Galileo fue quizás el más famoso, ycasi concluyó trágicamente. Con sus tremendosdescubrimientos astronómicos y cosmológicos seatrevió a irritar los ner vios sensibles de la cienciaoficial contemporánea. En el siglo XVII la Sorbonainsistía aún en enseñar la astronomía aristotélica, ypedía la ayuda del Parlement contra los “innovad o-res ateos”. En 1624, los adeptos de Copérnico y deGalileo fueron desterrados de París, y se prohibió alos que permanecieron en la ciudad, bajo pena de

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muerte enseñar ideas diferentes de las que sostuvi e-ron las autoridades antiguas y aceptadas”.

En la Universidad de Bolonia, los colegas deLuigi Galvani lo coronaron con un gorro de bufón;se rieron de él y lo llamaron “el maestro de baile delas ranas”.

En 1840 la Academia Francesa decidió al finprestar cierta atención a los fenómenos conocidosentonces bajo la denominación de “magnetismoanimal” o “sonambulismo”. Hoy hablamos de hi p-nosis. Como consecuencia del análisis practicado, elaugusto cuerpo resolvió que en el futuro no perd e-ría tiempo en tales experimentos... del mismo modoque la estupidez del perpetuum mobile o el vanosueño de la cuadratura del círculo, no se trataba deun tema apto para las deliberaciones de los sabiosallí reunidos.

Recuérdese el caso de Semmelweis, el hombrecuya obra salvó la vida de millones de madres, gr a-cias al descubrimiento de la causa de la fiebre pue r-peral. Su larga y trágica lucha (que acabó en un asilode locos, con su espíritu completamente destroz a-do) ha sido descrita en muchas ocasiones.

Edward Jenner, una de las mayores glorias de lamedicina británica, el descubridor del método de

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vacunación, casi compartió la suerte de Semm e-lweis. Cuando explicó por vez primera su descubr i-miento de la vacuna, sus cole gas lo atacaron c onfuria casi inhumana. Las prensas lanzaron ensayos ypanfletos desbordantes de veneno. Cierto doctorMoseley dejó escapar una frase en vena profética:“¿Quién puede prever las consecuencias que ac a-rreará, a lo largo de años, la inyección de jugos an i-males en el organismo humano? ¿Qué pensamientosfermentarán en los espíritus contaminados de fiebreanimal? ¿Qué influencias ejercerán sobre el carácterhumano los fluidos de cuatro patas?” Otros adopta-ron también los mismos lemas baratos. El doctorRowley decoró la cubierta de su folleto con la im a-gen coloreada de un muchacho de cabeza de buey.El doctor Smyth mezcló su cólera profesional conbuena dosis de mentiras, y presentó un caso extr e-madamente trágico como argumento contra Jenner.Relató la historia de un niño que había recibido lavacuna; después, ese ser (que ya no era humano)empezó a caminar en cuatro patas, mugiendo comouna vaca y acometiendo como un toro a la gente.

Más recientemente, el profesor Ferragutti, queinventó y desarrolló el automotor movido por gasde carbón de leña, también debió soportar una fa n-

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tástica campaña de calumnias. Su invención fue degran utilidad para Italia, que carecía de pozos petr o-líferos y que sufrió particular mente las consecue n-cias de la falta de abastecimientos de nafta durantela última guerra. Ferragutti afirmaba que su co m-bustible no sólo era más barato (sólo un 5 % delcosto de la nafta) sino, además, mejor y más seguro.Naturalmente, las compañías petrolíferas y otrosintereses combatieron su invención por todos losmedios posibles. Se le acusó de falsificar las pru e-bas, y de sobornar a funcionarios y a expertos. Pasa-ron diez años antes de que se aceptara el invento; ypodemos suponer que no le habrán servido de m u-cho consuelo las palabras que le dirigió Marconi:“Debe preparase para afrontar las mayores difi-cultades. Pero si usted es un auténtico inventor, s u-perará todos los obstáculos... como lo hice yo, l u-chando contra todas las formas de la estupidez,entre las cuales la peor es la estupidez de la duda.”

En 1911 (¡diez años después de que Marconihubiera logrado enviar mensajes radiales de Co r-nwall a Terra nova!) uno de los principales físicosaustríacos escribió un extenso y burlón artículo s o-bre Nikola Tesla, el inven tor de origen croata. Valela pena citarlo, para demostrar cómo el experto a n-

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quilosado puede errar y mantener obsti nadamentesu posición aún frente a la evidencia misma:

“El señor Tesla nos promete una transform a-ción del mundo. Llámase a su invención un “ordeneléctrico mundial”. Tiene el descaro de afirmar quees capaz de construir aparatos con los que puedetransmitir el discurso, la palabra escrita o hablada acualquier distancia... de modo que si alguien dicta oescribe en cierto punto del globo, su escritura o unfacsímil mecanografiado aparecerá en la forma or i-ginal casi simultáneamente en cierto punto distante.Va aún más lejos, y afirma que es posible desarrollarun instrumento que transmitirá música por mediode ondas eléctricas. Nos sentamos cómodamente enun sillón, tomamos en la mano el pequeño aparatoreceptor, lo encendemos, ¡y oímos una ópera cant a-da a inconmensurable distancia! ¡Esto es suficientepara demostrar que este supuesto hombre de cienciaes un soñador poco práctico, y más aún, peligroso!¡Y aún se atreve a presentar su candidatura para elpremio Nóbel!”

Un típico ejemplo de lo que el New Yorker d e-nomina “la bola de cristal empañada”.

El inventor de la primera máquina productorade hielo, el doctor Juan Gorrie, un español que h a-

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bía emigrado a los Estados Unidos, murió en la m i-seria, humillado y amargado porque no pudo reunirel dinero indispensable para promover su invento, apesar de que gozó de considerable favor en Florida,donde en 1850 efectuó la primera demostraciónpública. Su suerte no fue un caso particular; por c a-da inventor de éxito ha habido mil fracasos; y, enrealidad, cada una de las invenciones conocidas p o-dría haber sido aplicada muchos años antes de lafecha en que se difundió si no hubiera sido por lalocura de la incredu lidad, por la estupidez de la du-da.

2.

Si el inventor ha debido superar graves dificu l-tades, ¿qué decir del poeta, del pintor, del músico?¿O del pensador, del reformador, del jefe religioso?La estupidez siempre ha teñido e influido el juiciode los contemporáneos. El hombre de ciencia y elpoeta: ellos han sido los únicos auténticos profetasde la humanidad, y este privilegio les ha acarreadosiempre y por doquier sufrimientos físicos y mor a-les.

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Ya hemos visto cuántos grandes inventores hansido objeto de repulsa y de burla, en lugar de recibirlos laureles que merecían. Pero con mucha frecue n-cia se los coronaba... de espinas. Muchos sabios delMedioevo fueron condenados porque no lograrondisipar las tinieblas que los rodeaban. El súbito yluminoso rayo del genio desconcertaba a los co n-temporáneos y acentuaba la ceguera que padecían.¡Era tan difícil, tan arduo seguir a los grandes esp í-ritus por el camino ascendente del saber! Resultabamucho más cómodo permanecer en la seguridad dela llanura, y acusar al heraldo del futur o de magianegra o de pactos con el diablo.

Gabriel Naudé, que fue bibliotecario, primerodel cardenal Mazarino, y posteriormente de Cristina,reina de Suecia, reunió buen número de datos, o r-ganizados cronológicamente, sobre los grandeshombres acusados de bru jería. Su libro, llamadoApologie pour les grands hommes faussement soupçonnés demagie, fue publicado en París el año 1625. La obrasuministra interesantes pruebas en el sentido de que,todavía a principios del siglo XVII, era muy neces a-rio librar batalla contra los rumores engendra dospor la estupidez. La última de las siete edicionesfrancesas del libro apareció en 1712; la traducción

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alemana tenía lectores todavía en 1787.Parece casi increíble, pero hubo cronistas que se

hicieron eco de ciertas murmuraciones, y acusaronde brujería nada menos que al Papa Silvestre II. ¡Aeste hombre que en el siglo X estaba convencido yade la redondez de la tierra, y que había diseñado unglobo en el que aparecía el circulo polar y el Trópicode Cáncer! Pero el espíritu de sus contemporáneos yla ciencia de su época no estaban en condiciones deseguir el paso de sus cálculos y descubri mientosmatemáticos. Algunos difundieron el rumor de queel gran prelado estaba tratando de evocar los esp í-ritus de Paralelogramo y de Dodecaedro... nombresmágicos y malignos que habían leído con sus pr o-pios ojos en las notas del Papa. Los cronistas poste-riores dieron realce a la fábula afirmando que SuSantidad mantenía en su corte a un dragón que di a-riamente devoraba seis mil personas.

La calumnia científica no se preocupaba de queel objeto del ataque fuera un filósofo pagano o unteólogo cristiano. Alrededor del daimon de Sócratesse desarrolló una compleja literatura. De acuerdocon la versión de Plutarco, este espíritu malignovivía encaramado sobre el hombro de Sócrates, y leanticipaba en voz baja el desenlace positivo o nega-

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tivo de todas las cosas. La ciencia medieval cavilódurante siglos sobre este antiguo rumor; era incapazde aceptar la posibilidad de que un ser humano a l-canzara la sabiduría por medios normales. Entre lospapas, León III, Benedicto IX, Juan XXII y Greg o-rio el Grande fueron víctimas de panfletos insu l-tantes. De León III se afirmaba que había obtenidoel trono papal mediante brujerías. Algunos hombresde negocios de cierta cultura se hicieron eco de lasestúpidas calumnias que pasaban de boca en boca, yde ese modo nació uno de los libros más absurdosque jamás hayan circulado entre el público crédulo.Fue el llamado Enchiridion Leonis papae serenissimo im-peratori Carolo Magno in munus pretiosum datum, nupe-rrime mendis omnibus purgatum (Roma, 1660). Algunoseditores de París consideraron propio alentar la l o-cura de la superstición, y tradujeron al fran cés estacolección de insensateces en latín. Las edicionesfrancesas datan de 1740, 1847, 1850 y 1897. Y aúnhubo una edición moderna, publicada por los he r-manos Garnier en la década de 1930. El libro co n-tenía las “encantamientos secretos y la imágenesmágicas” del Papa León III; de acuerdo con el tít u-lo, el pontífice los había enviado como don preci o-so a Carlomagno.

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Este instructivo libro nos enseña cómo prot e-gernos del mal de ojo y de otros peligrosos enca n-tamientos. En tales casos, el mejor recurso es elsiguiente:

“Aphonidas + Maltheurs + urat + puatia +condisa + fondem + ortoo + Noxio + apeis + Bur-gasis + Glay + venia serchani.”

El signo + es el signo de la cruz. Era el trucopermanente de los autores de libros “mágicos”. Deese modo, garantizaban a las personas piadosas quelos encantamientos eran ef icaces por sus propiosméritos y no por la ayuda del Maligno.

El Enchiridion también suministraba un métodoinfalible para atrapar a un ladrón:

“Escríbanse los nombres de los que residen enla casa, arrójense los trocitos de papel en un vasolleno de agua y dígase en voz baja el siguiente e n-cantamiento:

“Aragon + labilasse + parandano + Eptalicon +Lambured +, yo te mando que me digas el nombredel ladrón!

“Si el nombre del ladrón está en uno de los p a-peles, subirá a la superficie. Si suben varios de ellos,es que hay cómplices.”

No es de extrañar que el Papa León III (que,

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naturalmente, nada tenía que ver con este fárragoidiota) fuera acusado de brujería. Lo mismo le oc u-rrió a Albertus Magnus, cuya “magia” no era otracosa que el florecimiento del genio siglos antes de loque podría considerarse el momento oportuno.(Construyó un fonógrafo primitivo, y realizó exp e-rimentos con cultivos de invernadero.) En Hungría,el erudito profesor Esteban Hatvani, llamado el“Fausto magiar”, fue también acusado de prácticasmalignas. Ese fue también el caso de Roger Bacon,que concibió hace siete siglos la idea de la pólvora,la nave de vapor, el automotor, el avión, y tambiénlos sumergibles, el telescopio, los lentes de aume n-to, las enciclopedias y los rayos X. Naturalmente, sele acusó de mago y de brujo. Y lo mismo le ocurrióa Pietro de Abano, orgullo de la Universidad de P a-dua, sentenciado a la hoguera por brujería, pero quelogró, por su “astucia”, morir en prisión antes de laejecución de la sentencia.

¿Y qué decir de los poetas, los dramaturgos y losmúsicos? A los ojos de sus contemporáneos, Sh a-kespeare no fue otra cosa que un cómico de éxito.Ni sus amigos ni sus compañeros de trabajo, losmismos con quienes pasó tantas noches en el Me r-maid, comprendieron que era el más grande genio

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dramático de todos los tiempos. Recuérdese laanécdota de Ben Jonson (aunque es posible queaquí ejerciera su influjo cierto celo profesional), aquien los actores del Globo dijeron en una ocasiónque Shakespeare demostraba maravillosa fluidez;sus manuscritos no tenían tachaduras ni raspaduras;en ellos no se había eliminado una sola línea. Jo n-son gruñó: ¡Ojalá hubiera tachado un millar!

Samuel Pepys opinaba que Romeo y Julieta era lapeor de todas las obras que había visto; de La Duo-décima Noche dijo que era “tonta”. En cuanto a Elsueño de una noche de verano, afirmó que se sentiríacontento si nunca más volvía a verla, pues la creíaunas de las obras más ridículas y de menos gustoque jamás se hubieran escrito.

Con todas sus cualidades, Pepys representa en elcaso el tipo medio de aficionado al teatro; peroThomas Rhymer, el arqueólogo y crítico, que eratambién historiógrafo de la corte y dramaturgo, h a-blaba como crítico autorizado. En su Short View ofTragedy, condenó la incapacidad de Shakespeare para“preservar las unidades” en Otelo; y su crítica fueformulada en palabras muy duras.

“En el relincho de un caballo, en el gruñido deun perro hay más sentido, y yo diría que más senti-

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miento humano que en la ridícula tragedia de Sh a-kespeare. La escena de Bruto y de Casio recuerda elcaso del payaso y del luchador que en la feria seexhiben y luchan por un premio de pocos cent a-vos.”

Los críticos posteriores también se mostrarondiligentes en sus tiros contra el Cisne de Avon;creían sin duda que apuntaban a un gorrión. Nomerecen que aquí los nombremos, pero citaremospor lo menos las acusa ciones más comunes contrael mágico dramaturgo y bardo inmortal:

Es excesivamente difícil de comprender. Notiene talento trágico ni cómico. Sus tragedias son losproductos de un teatro de última categoría. Su c o-media es excesiva mente vulgar y no mueve a risa.No es original: es nada más que un copista. Nuncaha mostrado capacidad propia de invención; es uncuervo que se adorna con las plumas de otros páj a-ros más bellos. Su obra es irreal, imposible, exag e-rada, ridícula, preciosista, afectada, obscena, in-moral. Escribe para la multitud; se complace endescubrir horrores; carece de encanto o de gracia;no tiene ingenio y posee un estilo hinchado.

Entre los críticos alemanes, Johann ChristophGottsched, que en el siglo XVIII ejerció gran i n-

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fluencia sobre el estilo y el pensamiento literarios deAlemania, fue el hombre que encabezó la protestacontra Shakespeare. Su enemiga provenía princ i-palmente del hecho de que no alcanzaba a encasillary a clasificar los dramas y las come dias que dabanpor tierra con las limitaciones de la convención te a-tral. Escribía a su modo el nombre de su víctima,pues la llamaba “Schakespear”:

“El desorden y la irrealidad que se originan en elincumplimiento de las reglas es tan visible y repuls i-vo en Schakespear que hallarán placer en él sóloaquellos que nunca hayan leído una obra de calidadsuperior. Julius Caesar, juzgada por muchos como lamejor de sus obras, contiene tanta bajeza que nopuede ser leída sin repulsión. El autor acumula enella los más diversos hechos, y en el más completodesorden. Aparecen artesanos y otras gentes bajas,los bribones luchan y dicen bromas vulgares; luego,entran en escena héroes romanos, y discutan i m-portantes asuntos de Estado.”

Tanto el crítico como sus “reglas de oro” hancaído hace mucho en el olvido. Pero en aquellaépoca la forma era todo. Aun Voltaire estaba taninfluido por la idolatría francesa de la forma dram á-tica, que tejió una corona de espinas para el genio

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que habla desafiado todas las unidades aristotélicas.“¡Un bárbaro borracho!”, dijo de Shakespeare.

“¡Un payaso vulgar! Hamlet es obra tan bárbara queni siquiera el público francés o italiano menos ed u-cado podría soportarlo. Cualquier patán campesinose expresaría en términos mas selectos y elegantesque Hamlet en sus monólogos”.

Federico el Grande, que admiraba mucho aVoltaire, trató de adoptar las opiniones de su amigofrancés. En una de sus cartas se permite el siguienteexabrupto:

“Quien desee convencerse de la falta de gustoreinante en Alemania, podrá hacerlo visitando losteatros. Allí se verá la versión alemana de las dete s-tables obras de Shakespeare, y cómo los conc u-rrentes escuchan y contemplan con deli cia esasridículas payasadas que serían más apropiadas paralos salvajes del Cana dá. Formulo tan dura críticaporque se trata de graves pecados contra las reglasfundamental de la escena. Quizás corresponda pe r-donar los extraños excesos de Shakespeare, dadoque no es posible juzgar el arte primitivo con arr e-glo a las pautas propias de la ma durez. Pero ahoratenemos este Goetz von Berlichingen, miserable imit a-ción de las malas obras inglesas.

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El público aplaude y exige entusiastamente queestas absurdas vulgaridades se mantengan en el r e-pertorio. Sé que es imposible discutir acerca degustos...”

La carta del rey de Prusia (escrita en francés) fuepublicada por Rudolph K. Goldschmid en su obraDer Kluge Zeitgenosse (El contemporáneo discreto,Leipzig, 1930).

Algunos rehusaron reconocer la profética gra n-deza de Goethe. El “príncipe de los poetas” no e s-cribía para las masas. La frase de Séneca se leaplicaba perfectamente: “Nunca pretendí complacera la multitud; pues lo que yo puedo hacer, ella no loquiere; y lo que a ella le complace, no puedo hace r-lo”.

No vale la pena perder tiempo en los infantilesdenuestos de un Pustkuchen, un Glover, o unGoeze. Ludwig Börne. el escritor político y autorsatírico alemán que llevó tan amarga lucha contraHeine, desechó a Goethe con una sola frase- en lacual, por otra parte, se ocupaba en realidad de otropoeta: “Torcuato Tasso contiene todo lo que esGoethe, tanto en su grandeza como en su inferio-ridad”. Bottiger, director del museo de Dresde, de s-pués de citar unas pocas líneas de Fausto, agregó lo

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siguiente:“Si un poeta como Goethe incluye estos versos

en sus obras, no podemos sorprendernos de que losfranceses acusen a los alemanes de falta de gusto.De todos modos, no alcanzo a comprender por quéHerr Goethe eligió personajes tan pedestres comoClavigo, Egmont y Fausto para pintar ideas y actoshumanos.”

Franz von Spaun, publicista contemporáneo,también eligió al Fausto como blanco de sus ataques:

“Ni siquiera un hombre delirante, agobiado porla fiebre, farfulla tantas estupideces como el Faustode Goethe. Mis dedos se resisten a sostener la pl u-ma. Limpiar estos establos de Augias exigiría algomás que la fuerza de Hércules. No aludiré a la to r-peza de los versos; lo que he leído es para mí pru e-ba suficiente de que el autor no puede competirsiquiera con los más mediocres talentos de la viejaescuela. Quizás el Fausto tenga una meta definida,pero el buen poeta no puede limitarse a un toscodiseño; es preciso en tender el arte del dibujo y delcolor... Alguna gente produce versos que fluyen conla misma facilidad que el agua de un grifo, pero esteflujo diabético de abu rridos versos no es el rasgodistintivo de un buen poeta.”

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Y no olvidemos la nota necrológica que un an ó-nimo ensayista de Weimar escribió seis meses de s-pués de la muerte de Goethe, en la revistaSachsenfreun:

“Nuestro Goethe está olvidado; no porque elpueblo de Weimar sea insensible a las realizacionesrespetables, sino debido al propio carácter del ho m-bre. En él nada habla de humano; sólo se cuidabade sí mismo, y los grandes intereses de la human i-dad le eran ajenos... Sus obras... bueno, si, le sobr e-vivirán; es decir, perdurarán los seis u ochovolúmenes en los que una mano de capacidad críticaseparará el grano confundido entre cuarenta vol ú-menes de paja...”

Si un contemporáneo alemán sostenía tales op i-niones sobre el más excelso poeta de su propia n a-ción, ¿qué podían decir los extranjeros? De acuerdocon Coleridge, Fausto no era otra cosa que una seriede imágenes en camera obscura, una obra vulgar yde lenguaje soez. De Quincey se mostró más severoaún, pues opinó que incluso la más baja supersticiónegipcia, la embrujada Titania o el borracho Calibánno podían soñar con ídolos tan vacíos y lamentablescomo los que Goethe ofrecía a los alemanes.

Cuando alguien mencionaba a Goethe, Víctor

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Hugo montaba en cólera. “¡Monstruo! ¡Bestia! Laúnica obra que merece ser leída es Los bandidos”.Uno de sus amigos in tervenía discretamente: “¡ Losbandidos fue escrito por Schiller, no por Goethe!” Elgran francés, que no se dejaba desconcertar fáci l-mente, rugía: “ ¡Ya lo ven! ¡Goethe ni siquiera haescrito eso!”

En cuanto a Schiller, tuvo que soportar su bu e-na dosis de estupidez contemporánea. Un periódicode título impresionante, el Königliche priviligierte Berli-nische Staatsund Gelehrte Zeitung, descargó sus rayoscoléricos sobre Kabale und Liebe en su número del 21de julio de 1784:

“Otra lamentable desgracia se abate sobre nues-tra época. ¡Qué descaro escribir e imprimir sem e-jantes estupideces! Pero no queremos predicar. Queaquellos que pueden leer páginas de repulsivas r e-peticiones y de impías tiradas juzguen por sí mi s-mos. Una obra en la que un petimetre sin sesodiscute con la Provi dencia a propósito de una m u-chacha estúpida y afectada, y en la que se sucedenlas bromas vulgares y los discursos confusos y tragi-cómicos. Escribir esto equivale a pisotear el gusto yel sentido común. En esta obra el autor se ha sup e-rado a sí mismo. Podrían ha berse salvado algunas

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escenas, pero todo lo que el autor toca estalla comoburbujas al contacto de la mano.”

Cuando se publicó Katchen von Heilbronn, deKleist, el diario Morgenblatt afirmó que constituíainteresante lectura para quienes habían perdido eljuicio.

Y no es necesario retroceder mucho en el tie m-po. Max Nordau, el que fue crítico de moda, declaróque Ibsen era incapaz de seguir el desarrollo lógicode una idea, de com prender una sola premisa fu n-damental, de deducir la con clusión apropiada deuna situación dada. Eduardo Engel, el historiadorde la literatura, demostró (para su propia satisfa c-ción) que Thomas Mann no sabía escribir en al e-mán.

“La novela Buddenbrooks no es otra cosa que dosgruesos volúmenes en los que el autor describe lainútil historia de seres inútiles en una charla total-mente vacía.”

Finalmente, citemos la opinión de los círculosde alta cuna sobre los experimentos literarios. Elpríncipe Hohenlohe-Schillingfürst, canciller delReich Alemán, fue a ver Hannele, drama poético deGerhard Hauptmann. En su diario alude a la obra, yla juzga un fárrago terrible mente realista, mezcla de

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misticismo mórbidamente senti mental y de ingratoy molesto sensacionalismo.

“Después, fuimos a un restaurante para crearnosun estado de ánimo digno de un ser humano, con laayuda de caviar y de champaña.”

En la Europa anterior a 1914, el ser humanocomenzaba en la categoría de barón. La observacióndel príncipe metido a crítico nos indica que el est ó-mago humano comienza en el caviar...

3.

“Piedras y palos pueden romperme los huesos,pero los insultos no me lastiman”, cantan los niños;sin embargo, muchos genios sensibles han sufridobastante como conse cuencia de la crítica injusta eimplacable. De todos modos, a veces han sufridocosas peores.

La figura de Cyrano de Bergerac es conocidasobre todo gracias a la obra brillante de Rostand;pero poca gente sabe que fue un genio olvidado yperseguido, uno de los primeros autores del génerode la ciencia ficción, un poeta y un pensador mar a-villosamente claro. Ese olvido obedece a buenas

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razones: por lo menos doce ediciones de sus obrasfueron destruidas sistemáticamente por la misteriosahermandad que perseguía a toda la producción lite-raria “antirreligiosa y antigubernamental” en laFrancia anterior a 1789. Sus primeros libros sóloestán en algunas grandes bibliotecas, y en los últ i-mos doscientos años no hay rastro de sus obras enlos catálogos de las colecciones privadas. La pers e-cución llegó a tales extremos, que mien tras se halla-ba en su lecho de muerte alguien robó de su baúlcerrado con llave el manuscrito de su última obra,La historia de la chispa.

¿Quién recuerda hoy el nombre de Anitos, elcomerciante en cueros que acaudilló la persecucióncontra Sócrates? ¿O el de los dominicos Caccini yLorini, responsables de las torturas que soportóGalileo? Eran nulidades, y sin embargo destruyerono casi destruyeron a uno de los más brillantes esp í-ritus de la humanidad.

Dante Alighieri fue denunciado por los “N e-gros”, el partido profrancés de Florencia, por de s-falcador, extorsionador y funcionario venal queaceptaba sobornos. Fue exilado, y se le obligó aerrar de un sitio a otro: de Verona a Padua, de B o-loña a Lunigiana, de París a Milán. Y cuando en

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Florencia se decretó una amnistía general, Dante fueexcluido y murió en amargo destierro.

Casi sería posible escribir una historia de la lit e-ratura, agrupando a los autores según que hayansido encarcelados o no. Platón no sólo fue encarc e-lado por el tirano Dionisos, sino también vendidocomo esclavo en Egina, y rescatado por uno de suscolegas académicos. Aristóteles fue llevado a la pr i-sión por ateo; mil quinientos años después susobras fueron quemadas por algunos fanáticos cri s-tianos. Ovidio, el dulce cantor y maestro del amor,saboreó apenas la amargura del exilio... sin embargo,el destierro a Tomi, tan lejos de su amada Roma,fue quizás castigo peor que el encierro en una ma z-morra. Mani, el gran fundador de una nueva rel i-gión, corrió una suerte harto más dolorosa. No sólolanguideció en prisión muchos años, sino que acabódespellejado vivo. Boecio, el fundador del escolast i-cismo cristiano medieval, que fue consejero íntimode Teodorico, rey de los godos, acabó sus días enprisión. Marco Polo pasó muchos años como pr i-sionero de guerra en Génova; y allí, agobiado pormortal aburrimiento, dictó a Rusticiano su gran l i-bro de viajes. La habilidad de Maquiavelo no imp i-dió que Giulio de Medici lo arrestara, y que fuera

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torturado y desterrado.Martín Lutero fue secuestrado por los caballeros

enmascarados de Federico el Sabio, y estuvo diezmeses preso en Wartburgo. Tomás Moro perdióprimero su libertad y luego la cabeza, porque se n e-gó a reconocer la autoridad real en materia eclesiá s-tica. Benvenuto Cellini, tan grande artista comotalentoso autobiógrafo, estuvo preso en Castel A n-gelo, Roma, acusado de asesinato y de desfalco.(Probablemente era culpable de ambos delitos, porlo que no tendría derecho a figurar en esta galería depresos ilustres.) En la prisión, Miguel de Cervantesescribió su inmortal Don Quijote. Sir Walter R a-leigh pasó trece años como involuntario huésped dela Torre Blanca, escribiendo los ocho volúmenes desu historia del mundo. (Llegó sólo hasta el año 130a.C.). Fue puesto en libertad en 1616, y arrestadonuevamente dos años después. Esta vez, la sente n-cia tantas veces suspendida fue cumplida. FrancisBacon fue sentenciado por soborno y corrupción, a“detención por el tiempo que determinara la v o-luntad del rey” Ignoramos cuánto tiempo estuvodetenido Shakespeare por cazar en veda, pero s a-bemos que hubo de soportar veinticinco azotes porcierta aventura juvenil. Daniel Defoe fue puesto en

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el cepo por un folleto satírico en el que se burlabade la persecución desatada contra las creencias rel i-giosas. Villon, quizás el más notable poeta del M e-dioevo, fue sentenciado a muerte no una, sino dosveces en el curso de su breve vida.

Antes de ser exilado, Voltaire fue dos veceshuésped de la Bastilla. Uno de sus libros fue qu e-mado públicamente, todas sus obras fueron puestasen el Index, y cuando murió se le negó entierro rel i-gioso. Beaumarchais fue a parar a la cárcel porquesobornó a un juez llamado Guzmán. Durante sudetención escribió una brillante sátira sobre el si s-tema judicial de su época. Este trabajo le valió unnuevo proceso y la anulación de la sentencia. Perofue uno de los pocos afortunados.

Schiller, que sufrió bastante la malignidad de loscríticos contemporáneos, fue puesto en prisión porel duque de Württemberg, después de escribir Losbandidos. Silvio Pellico, el poeta italiano, fue víctimade la tiranía austríaca, uno de los más estúpidosdespliegues de brutalidad de todos los tiempos. Se learrestó como sospechoso de parti cipación en laconspiración de los carbonarios. Primero fue tort u-rado en las cámaras de plomo de Venecia (de lasque Casanova había logrado huir tan ingenios a-

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mente), y posteriormente en las mazmorras de SanMichele, en Murano. Su sentencia de muerte fueconmutada, gracias al perdón imperial, y debió s o-portar un largo período de pri sión en una fortaleza.Pasó diez años entre las sombrías murallas de Spie l-berg, donde escribió su famosa obra Le mie prigioni(Mis prisiones).

Béranger, el “dulce cantor de la revolución” fueencarcelado por los Borbones... primero por tresmeses, y luego por seis. También se le aplicaronfuertes multas y, como era muy pobre, debió cu m-plir una condena doble. Al fin, la Revolución deJulio lo libró de la persecución.

Alejandro Pushkin recibió primero una adve r-tencia, y luego fue castigado por sus superiores delMinisterio de Relaciones Exteriores. Cuando secomprobó que ello no daba ningún resultado, se lequitó el empleo y fue internado en Mijailovo, dondecreó Eugenio Onieguin, el gran heraldo del romant i-cismo europeo. Peor aún fue la suerte de VíctorHugo. Después del golpe de estado de 1851, N a-poleón III- a quien había apodado “Napoleón el pe-queño”- lo desterró, y se vio obligado a vivir en elexilio (en Jersey) durante casi veinte años. Heinrichvon Kleist, sin duda el más grande dramaturgo al e-

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mán, fue arrestado por las fuerzas francesas queocuparon Berlín, y pasó largos meses en una ma z-morra.

Luis Kossuth, el gran jefe revolucionario deHungría, y también uno de los principales escritorespolíticos de su época, pasó tres años en una prisiónmilitar de Buda. Pocos son los poetas y escritoreshúngaros de la primera mitad del siglo XIX que l o-graron salvarse de la cárcel, dispensada generos a-mente por la opresión de los Habsburgo.

Turguéniev fue otra víctima de la tiranía rea c-cionaria de la década de 1850. Fue encarcelado po r-que escribió un poema en recuerdo de la muerte deGógol. Dostoievsky, el otro gigante de la literaturarusa, se vio envuelto en una conspiración comuni s-ta-socialista. Fue sentenciado a la pena capital, pe r-donado a último momento, y condenado a trabajosforzados en Siberia. Estaba a punto de enloquecer,cuando un “acto de gracia” le permitió alistarse c o-mo soldado en el ejército. Maurus Jókai, el Dumasde Hungría, cumplió un mes de cárcel (de una se n-tencia que originalmente era de un año) porque p u-blicó en su diario un artí culo que provocó eldesagrado del gobierno.

Verlaine, Wilde, Baudelaire... podríamos cont i-

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nuar indefinidamente esta lista. Algunos murieronluchando por sus ideales, como Petöfi, cuyo breveperíodo de gloria fue como el resplandor de un c o-meta; otros perecieron en el patíbulo, como AndréChénier, considerado con justicia el principal mae s-tro del verso clásico francés desde Racine y Boileau.Y si abandonamos el pasado y fijamos la vista en loscasos recientes, comprobamos que apenas hay paísde Europa en el que la tiranía nazi, fascista o com u-nista (la cual es, desde cierto punto de vista, la est u-pidez total y organizada) no haya exterminadoveintenas de poetas y de escritores, que formaban lavanguardia del espíritu humano. Todas las nacioneslloran a sus mártires que han demostrado que lapluma puede ser usada como espada.

4.

Pero si la estupidez de la duda constituye unamaldición, la estupidez del crédulo constituye sucontrapartida cómica. No me refiero al “tonto” c o-mún, al hombre medio excesivamente crédulo...sino al sabio, al historiador erudito, al eminentehombre de ciencia que a veces puede ser engañado

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con más facilidad aún que la persona sin cultura queposee un poco de sentido común.

El gran Químico que mide, mezcla y organiza lamateria gris del cerebro humano, a veces se permitepequeñas bromas, reuniendo los más heterogéneoselementos y com placiéndose en sus extrañas int e-racciones.

A menudo el hombre cuyo cerebro está form a-do por elementos tan dispares adquiere gran erud i-ción, se familiariza con los más secretos senderos dela ciencia, descubre los misterios naturales más r e-cónditos; pero al mismo tiempo se muestra incapazde descubrir los más torpes trucos de estafadoresvulgares, y se somete con sorpren dente ingenuidada sus manipulaciones. A pesar de lo cual puede serigualmente un distinguido hombre de ciencia, ado r-no de academias y de sociedades eruditas, de lamisma jerarquía que sus colegas, los Tomases quecon sus dudas tan a menudo han detenido el pr o-greso de la humanidad.

Se conocen casos de académicos engañados porardides que no habrían desconcertado ni siquiera aun escolar.

Uno de ellos fue el de Michel Chasles, el famosomatemático francés, profesor de geodesia y mecán i-

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ca aplicada, profesor de geometría superior en laSorbona, miembro de la Academia de Ciencia, autorde brillantes trabajos de carácter técnico, premiadocon medalla de oro por la Royal Society, miembrohonorario de las academias de Berlín, San P e-tersburgo, Bruselas, Roma, Estocolmo, Madrid, y demedia docena de otras instituciones. Un estafadorde escasa educación lo llevó de la nariz duranteocho años enteros, de 1861 a 1869, vendiéndole porsumas considerables las cartas falsificadas de las másilustres figuras de la historia. No por cierto un parde docenas, o unos pocos. centenares o millares;durante esos ocho años el profesor Chasles adquiriónada menos que 27.344 documentos de esa clase.En el propio terreno del académico, Pascal estabarepresentado por 1.745 cartas, Newton por 622, yGalileo, por 3.000 “cartas originales”. Aunque e x-celente matemático abstracto, Chales no contaba eldinero que gastaba, en todo esto. Durante los ochoaños invirtió la suma de 140.000 francos... una fo r-tuna considerable para la época.

El nombre del estafador era Vrain-Lucas, y supotejer una red sorprendentemente espesa, con la queenvolvió al profesor. Su versión era ingeniosa yconvincente. Afirmó que el conde Bois-Jourdain,

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par de la nobleza realista de Francia, se había vistoobligado a huir del terror implantado por Robespie-rre. Embarcó para América, pero no lejos de lacosta la nave debió afrontar una terrible tormenta.El buque se hundió y el conde pereció. Pero alg u-nos pescadores que trataron de salvar a las víctimas,extrajeron del océano una caja que contenía la c o-lección de autógrafos y de manuscritos del conde...ciertamente, un material de inmenso valor. Despuésde la Revolución, los herederos reclamaron el tesoroy lo conservaron como reliquia fami liar; pero la s e-gunda generación no experimentaba los mismossentimientos de piedad familiar. Habían perdidomucho dinero, necesitaban capital, y estaban di s-puestos a vender algunas piezas. Naturalmente, laoperación debía desarrollarse en el mayor secreto...pues la familia era al mismo tiempo sensible y van i-dosa, y era preciso man tener las apariencias. Esas“pocas piezas” llegaron poco a poco a la fantásticacifra de 27.344, y Chasles continuaba arrojándosesobre cada uno de los ofrecimientos con la pasióndel coleccionista.

Las cartas estaban escritas sobre hojas en blancoarrancadas de viejos libros, en antiguos tipos de e s-critura, y el falsificador tuvo cuidado de sumergir

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cada hoja durante varios días en agua salada. De esemodo evitaba toda sospecha con respecto a sucuento del naufragio.

Es característica de la ilimitada ingenuidad delgran matemático que jamás se le ocurriera averiguarpor lo menos si el conde Bois-Jourdain había exist i-do realmente. En todo caso, ¿era cierto que habíaparecido en el mar? ¿Quiénes eran sus herederos?¿Dónde vivían? ¿Era posible tomar contacto conellos e inspeccionar toda la colección? Nunca fo r-muló estas preguntas, aunque debemos señalar queel estafador ideó una estratagema destinada a disipartodas las dudas. Vendió a Chasles algunas “cartasraras” cobró una suma considerable, y pocos díasdespués se presentó, con aire dolo rido, pidiendo ladevolución de las cartas y ofreciendo rembolsar lasuma pagada. Declaró que uno de los herederos, ungeneral realista chapado a la antigua, se había ent e-rado de la operación, casi había caído fulminado porun ataque de apoplejía (provocado por la cólera queexperimentó) y había prohibido que en el futuro serealizara cualquier operación por el estilo de la co n-certada. Además, quería recuperar la propiedad f a-miliar.

Si el gran matemático había alimentado alguna

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duda, ésta se disipó inmediatamente después de laintervención del “general”. Incluso rogó al “inte r-mediario” que tranquilizara al “viejo guerrero”; de s-pués de todo, en su con dición de antiguoacadémico, el propio Chasles podía ser un custodiofidedigno de los valiosos documentos. Vrain- Lucasafrontó la difícil misión, tranquilizó al quisquillosoveterano, y los tesoros del misterioso cofre cont i-nuaron afluyendo a las manos de monsieur Chasles.

Había ciertas pequeñas incongruencias. Las ca r-tas de Pascal y de Newton estaban escritas en fra n-cés, y la hábil falsificación de la escritura podíaengañar al lego. Pero, ¿por qué Alejandro el Grandeescribía a Aristóteles en el idioma de Voltaire? ¿Porqué Cleopatra se carteaba en francés con Julio C é-sar? Pues estas “rarezas” (y otras más preciosas aún,como veremos) aparecían por centenares en el cofremilagroso.

El impostor tejió su red con perfecta lógica, ypara todo ofreció una explicación razonable. “Esasviejas cartas”, explicó, “no son, naturalmente, losoriginales, sino traducciones realizadas en el sigloXVI. No hay duda de que entonces se tenía a manolos originales, y que las tra ducciones son auténticas.La colección original se hallaba en los archivos de la

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abadía de Tours, donde se hicieron las traducciones.Posteriormente se perdieron los originales, pero elpropio Luis XIV aceptó como auténticas las ver-siones francesas, y las incorporó a su colección deautógrafos. El monarca y madame de Pompadourcontinuaron enriqueciendo la colección, que fueparte de los tesoros reales hasta el reinado de LuisXVI. En la tormenta de la revolución, el último einfeliz Capeto entregó toda la co lección al condeBois-Jourdain, con el fin de impedir que cayera enlas despreciables manos de los jacobinos”.

La explicación tranquilizó completamente anuestro gran matemático.

Sin duda hubiera gozado discretamente de lostesoros que guardaba en el mayor secreto, si la v a-nidad no lo hubiera impulsado a publicar algunas dela piezas. No era amor propio individual, sino org u-llo nacional francés.

Con las cartas adquiridas a tan elevado costo, sedispuso a probar que las leyes de la gravedad habíansido descubiertas por el francés Pascal... y no porNewton. Esa gloria debía ser considerada méritoparticular del genio francés; era preciso que éstefuera restablecido en el puesto de honor que le c o-rrespondía en el campo de la física, y que le fuera

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arrebatado por la perfidia inglesa.El 15 de julio de 1867 la Academia de Ciencias

realizó una importante reunión. Michel Chasles pre-sentó sus pruebas: la correspondencia de Pascal conel joven Newton, junto con las notas agregadas a lascartas, en las que se formulaban claramente las leyesde la gravedad; también ofreció algunas cartas de lamadre de Newton (que en tonces era sólo un est u-diante) en las que agradecía al gran francés la bo n-dad que manifestaba para con su hijo.

El asunto cayó como una bomba. La venerableAcademia parecía un hormiguero sobre el que se hadescargado un brutal puntapié. La mayoría aplaudióa Chasles, el sagaz patriota que había reclamado p a-ra la belle France el honor usurpado por un pérfidoextranjero. Un eminente químico examinó la tintautilizada en una de las cartas, y emitió una opinióncuidadosamente ponderada, en la que afirmaba queera auténtica y que pertenecía al siglo en que s u-puestamente había sido escrita la carta. Pero algunosespíritus obstinados no se dejaron convencer. “Aquídebe haber algún error”, dijeron, “pues de acuerdocon la fecha de la primera carta, Newton era apenasun escolar de doce años ¡Y es muy improbable quePascal haya confiado su gran descubrimiento a un

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niño!”Las cartas presentaban otros pequeños errores y

anacronismos que impulsaban a dudar de su aute n-ticidad. Sir David Brewster, el físico escocés y bi ó-grafo de Newton, intervino en la disputa y declaróredondamente que toda la correspondencia era unafalsificación; de cualquier modo, todo el mundo s a-bía que Newton había comenzado a ocuparse defísica mucho después, y que en la fecha de las cartasPascal no podía haber soñado siquiera con la ley dela gravedad.

El profesor Chasles se mostró imperturbable. Alos franceses que dudaban replicó (como suele h a-cerse en casos semejantes) que eran malos patriotasy espíritus ne gativos. Contra Sir David utilizó unarsenal completo de nuevos argumentos: presentócartas de Galileo, dirigidas por el gran italiano aljoven Pascal, en las que aquel ya aludía al principiode la gravitación. Con ello procuraba demostrar quePascal trabajaba en esos problemas cuando Newtonno había nacido todavía.

En vano los escépticos arguyeron que Galileoestaba ciego en la época indicada por las fechas delas cartas: pocos días después Chasles presentabaotra carta de Galileo en el original italiano, en la que

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el viejo astrónomo informaba alegremente que sudolencia ocular estaba me jorando, y que ya podíavolver a escribir. Pero aquí los escépticos descarg a-ron un contragolpe aplastante: una de las cartas deGalileo había sido copiada textualmente de un librofrancés publicado en 1764... es decir, más de un s i-glo después. El libro llevaba el título de Histoire desPhilosophes Modernes, y su autor era Savérien. “Oh,no”, replicó el invencible matemático. “Es exact a-mente al revés. Savérien copió el pasaje de una cartade Galileo”. Y depositó sobre la mesa de la Acad e-mia una carta de Savérien dirigida a Madame dePompadour, en la que agradecía a la marquesa porla amabilidad demostrada al permitirle examinar lascartas de Pascal, Newton y Galileo que poseía en sucolección, lo cual le había ayudado mucho a co m-prender su obra sobre los filósofos modernos.

No es necesario decir que estas nuevas pruebassalieron todas del taller de falsificaciones de Vrain-Lucas.

¿Quién era este hombre de infinito ingenio?Hijo de un horticultor de provincia, nunca pasó

de la escuela elemental, pero cuando llegó a Parísconsagró todo sus ratos libres a leer en las bibliot e-cas, devorando el contenido de muchos libros y a d-

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quiriendo de ese modo una erudición confusa y sinsistema. Entró al servicio de un genealogista par i-siense, que se ocupaba en investigar antecedentesfamiliares (por lo cual cobraba elevados hono-rarios), y allí Vrain-Lucas aprendió los elementosfundamentales de la falsificación de documentos.Un encuentro accidental lo relacionó con el mat e-mático de infantil ingenuidad; comprendió las posi-bilidades que se le ofrecían, y comenzó su grandiosaobra de falsificación, cuyo éxito final nunca llegósiquiera a imaginar.

La disputa se desarrolló y floreció durante dosaños enteros. Chasles se negó a revelar cómo hablaadquirido las cartas, conservando discretamente elsecreto familiar de los Bois-Jourdain. Cuando sesintió muy apremiado, abrió sus cajones a ciertosconocidos coleccionistas de autógrafos y desplególos restantes tesoros. De ese modo esperaba probarla autenticidad del lugar de origen... y no cabe dudade que poseía ciertas piezas muy selectas.

Los coleccionistas examinaron con verdaderasorpresa los tesoros reunidos allí. Había 27 cartas deShakespeare, 28 de Plinio, 10 de Platón y otras ta n-tas de Séneca, 6 de Alejandro el Grande, 5 de Alc i-bíades, y varios cente nares de Rabelais. También

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había varios paquetes de cartas de amor de algunossiglos de antigüedad: algunas de Abe lardo a Eloísa,18 de Laura a Petrarca, y una (que segura mente erala piece de résistance) ¡de Cleopatra a Julio César! Ycuando pensaban que todo lo anterior habla agot a-do el precioso cofre, el viejo académico presentó,con sonrisa ligeramente sardónica, una carta deAtila, otra de Poncio Pilatos al emperador Tiberio;pero el documento culminante fue ¡una carta deMaría Magdalena dirigida a Lázaro...! después queeste último resucitó de entre los muertos!

He aquí el texto de esta pieza extremadamenterara:

“Mi muy amado hermano: en cuanto a Pedro,Apóstol de Nuestro Jesús, espero que pronto lo v e-remos aquí, y estoy haciendo grandes preparativospara nuestra hermana María. Siento decir que susalud está declinando, y os recomiendo que la r e-cordéis en vues tras oraciones. Estamos tan bienaquí, en tierra de los Galos, que nos proponemosno regresar a la patria durante cierto tiempo. EstosGalos, a quienes generalmente se llama bárbaros, deningún modo merecen este calificativo, y por lo quehemos visto anticipamos que desde este país la luzde la ciencia se difundirá sobre la tierra. Nos gust a-

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ría veros, y pedimos al Señor que te reciba en Sugracia.”

“Magdalena”Se necesitaba un patriota francés de tan ciego

entusiasmo como Chasles para no advertir el “c a-rácter” especial de esta falsificación. Los antepas a-dos galos, sosteniendo en alto la antorcha de laciencia, debían ser incluidos en la carta para infl a-mar el corazón del viejo matemático, de modo queno lamentara gastar su dinero en los importantesmateriales que documentaban la gloria del geniofrancés.

Pero a los ojos de los restantes patriotas, esto yaera demasiado. No pudieron soportar la historia deMaría Magdalena, y emplazaron formalmente alprofesor Chasles para que permitiera que expertoscalígrafos e historiado res examinaran la colección.Chasles rehusó. Con la astuta tenacidad del maníacodominado por una idea fija, explicó así su negativa:“Nada se obtendrá con ese examen, pues el hist o-riador no es un experto calígrafo, y el experto calí-grafo no es historiador”.

Se negó a rendirse, y continuaba dispuesto a j u-rar sin la menor vacilación la autenticidad de la másescandalosa falsificación que se haya conocido j a-

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más.El desenlace fue provocado por un accidente de

menor importancia. Vrain-Lucas cometió un delitoen perjuicio de la Biblioteca Imperial, y fue arrest a-do por la policía. Se estudiaron sus antecedentes, ysalieron a luz los complicados hilos del asunto Bois-Jourdain. La confesión del impostor quebró el o r-gullo del profesor. En la sesión de la Academia re a-lizada el 13 de septiembre de 1869 reconocióhumildemente que había sido engañado y que lagloria del descubrimiento de la gravedad pertenecíaa Newton.

Durante el proceso, Vrain-Lucas se defendiócon cínica franqueza. Afirmó no haber perjudicadoal profesor Chasles; el placer que había causado alanciano caballero con sus falsificaciones bien valía140.000 francos. También había prestado un serv i-cio a su país, atrayendo la atención del público s o-bre el glorioso pasado de Francia.

Sin embargo, la patria se mostró desagradecida.Vrain-Lucas fue condenado a dos años de prisión.

El ridículo no mató a Michel Chasles. Digirió eldolor de la desilusión, el escándalo del proceso... loúnico que no pudo digerir fue el paté que comiócon excelente apetito a la edad de ochenta y ocho

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años. Murió el 8 de diciembre de 1880, a cons e-cuencia de un error gastronómico.

Podía prepararse una antología completa con loscasos de hombres de ciencia engañados y estafados.Y a menudo ha ocurrido que la facilidad con quecaían en el lazo estaba en relación directa con laerudición y la fama que poseían.

Uno de los casos más inocentes fue la bromaque M. Bernard Le Bovier de Fontenelle, el em i-nente hombre de letras francés, hizo a sus amigos ycolegas. (De Fontenelle murió a la madura edad decien años, cuando ocupaba el cargo de secretariogeneral de la Academia Francesa.) Cierto día invitóa almorzar a sus colegas del alto cuerpo. Después dela comida salieron a pasear al jardín, y allí el anf i-trión llamó la atención de sus huéspedes sobre unextraño fenómeno. “Toquen este globo de vidrio,señores. Lo baña la luz del sol... y sin embargo estáfrío en la parte superior y caliente en la base. ¿Cuálpodrá ser la causa?” La erudita compañía arguyó yteorizó. Se expu sieron profundas y meditadas op i-niones, y todas procura ban explicar el extraño f e-nómeno. Al fin Fontenelle se fatigó de tantoejercicio mental. “Creo que puedo ofrecerles la re s-puesta exacta. Hace pocos minutos estuve en el Jar-

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dín; y entonces el globo estaba caliente arriba y fríoabajo. ¡Yo lo di vuelta y ahora está al revés!”

Sir John Hill, que vivió en el siglo XVIII, i n-ventó una broma mucho más maligna, de la quehizo víctima a la Royal Society. Durante muchosaños había tratado infruc tuosamente de ingresar.Pero el cuerpo insistía en recha zarlo, de modo quedecidió vengarse. Cierto día el secretario de la RoyalSociety recibió una notable carta. Fue leída sole m-nemente en la sesión siguiente. El remitente era unmédico rural, y en su misiva informaba que habíalogrado una curación milagrosa mediante la aplic a-ción de alquitrán. Un marinero se había roto lapierna; el médico había reunido los distintos fra g-mentos, los había empapado en alquitrán uniénd o-los fuertemente con vendas, y al cabo de pocos díaslas dos mitades de la pierna se habían unido co m-pletamente. Ahora el marinero caminaba como si ja-más hubiera sufrido el menor accidente.

En esos días se hablaba mucho de las propied a-des curativas del alquitrán; y sobre todo del uso quese le había dado para la preservación de las momiasegipcias. Los campeones de esta panacea consider a-ron muy de su agrado el informe; era una nuevaprueba de las teorías que estaban defendiendo. A l-

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gunos escépticos afirmaban que no podía tratarse deuna fractura compuesta; el médico en cuestión segu-ramente había exagerado, y quizás la cura había sidomenos rápida. Todavía estaban discutiendo, cuandoel médico escribió nuevamente: “Olvidé decirles enMi primera carta”, explicaba, “que la pierna del m a-rinero era de madera”.

Bory de Saint Vincent, el gran naturalista y ge ó-grafo francés que exploró las Cícladas, Mauricio,Morea, Reunión y Santa Elena, fue víctima de unengaño más descarado aún. Se vio envuelto en lafamosa historia de las ratas proboscídeas. Un vet e-rano zuavo llamado Brinon acudió a la casa deBory, y le ofreció especímenes vivos de una extrañaespecie zoológica, hasta entonces jamás vista. Eranratas, pero no del tipo conocido en Europa. Teníancolas muy cortas, pero por otra parte los hocicosalcanzaban una longitud de varias pulgadas, como sifueran trompas en miniatura. Son las ratas probo s-cídeas del Sáhara, dijo el ex zuavo (Rats á trompe duSahara). El naturalista com pró un macho y unahembra por trescientos francos. Al cabo de pocotiempo la pareja formó una familia... pero ningunade las ratitas tenía trompa. La investigación realizadareveló que el zuavo había sido ayudante en la mo r-

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gue, donde habría aprendido suficiente anatomía ycirugía, como para cortar las colas de las ratas ytransplantarlas a la punta de los hocicos. Y la zoolo-gía debió renunciar a una nueva especie...

En los círculos científicos alemanes, el desc u-brimiento realizado por J. B. A. Beringer, profesoruniversitario y consejero ducal de Württenberg,provocó considerable sensación. En sus exploracio-nes, el sabio dio con una antigua cantera, en la quehalló algunos fósiles interesantes- arañas, lombricesde tierra, orugas- que se hallaban preservados en lapiedra. El profesor comenzó la investi gación siste-mática de la cantera. Hubo nuevos descubrimientos.Halló serpientes, ranas, lagartos fosilizados y- ve r-dadero milagro- una araña con su tela, en el m o-mento de atrapar una mosca. La excitación seintensificó... Algunas de las piedras extraídas exh i-bían reproducciones del sol y de la luna; y el felizexplorador halló también una piedra con el dibujode un cometa. La parte más valiosa de los desc u-brimientos estaba formada por piedras con el no m-bre de Jehová en escritura hebrea. Y no se tratabade un dibujo grabado en la piedra, sino de letras enrelieve.

Se esbozaron varias teorías. Algunos afirmaron

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que todo era fruto de un lusus naturae, de un azarjuguetón de la Naturaleza, como cuando volcamosun cubo de agua, y ésta forma toda suerte de extr a-ños dibujos. Oh, sí, argüían otros, pero aunquearrojemos mil cubos de agua, jamás formaremos laimagen de una araña en el acto de atrapar una mo s-ca, o el nombre perfectamente escrito de Jehová.Era preciso hallar otra explicación. Quizás esos f ó-siles no eran fruto de un accidente, sino resultadode una actividad consciente... del anima mundi , elespíritu mundial pen sante y activo que impregnatoda la Naturaleza.

El profesor Beringer tenía una teoría diferente, yla presentó al mundo con acopio de impresionantesdetalles. En colaboración con su alumno GeorgLudwig Hüber, re sumió todo el material, ilustrá n-dolo con excelentes graba dos de cobre. El libritofue publicado en Wurzburg el año 1726; su largotítulo en latín comenzaba con las palabras Lithogra-phiae Wircenburgensis. (Hallé un ejemplar en la B i-blioteca Nacional Austríaca de Viena. Entonces eraun ensayo científico; hoy es un tesoro para biblióf i-los, conservado en muy pocas bibliotecas.)

El profesor Beringer rechazó todas las teoríasaventuradas. Un hombre de ciencia serio, dijo,

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comprendía inmediatamente que no se trataba defósiles. Las imágenes en cuestión eran obra de m a-nos humanas. Seguramente habían sido creadascuando los antiguos germanos aún vivían en lassombras del paganismo. Eran ídolos, fetiches, t ó-tem, objetos de la adoración pagana, y como talesrepresentaban un inconmensurable tesoro para losexploradores de la antigua cultura germana . Segu-ramente habían sido llevados a la cantera deWurzburgo cuando los germanos se convirtieron alcristianismo. Era evidente que los primeros obisposcristianos no podían tolerar los símbolos del cultopagano, y obedeciendo sus órdenes el pueblo se r e-unió y enterró las imágenes. Era probable que enotros sitios se hallaran piedras del mismo carácter; yhabía sido providencial buena suerte del mundo dela ciencia que por accidente hubieran aparecido enWurzburgo.

El razonamiento era simple y claro, y bastanteaceptable. El profesor replicó con idéntica sencilleza los escépticos que no veían la relación de la pal a-bra “Jehová” con el culto pagano. Sin duda habíajudíos entre la pobla ción germana; junto con losotros habían aceptado el cristianismo, y enterradosus símbolos religiosos.

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El librito llegó al rey de Sajonia. Se interesó en eldescubrimiento, y envió al profesor un mensaje enel que le pedía algunas de las piedras con el fin desometerlas a un examen más atento. En Dresde seefectuó un estudio cabal del caso, y se llegó a unaexplicación mucho más simple que la del profesorBeringer.

Con celo e industria dignos de mejor causa, a l-gunos estudiantes de Wurzburgo habían grabado ycortado las piedras. Luego, las habían enterrado enla cantera, teniendo buen cuidado de que el prof e-sor las descubriera gra dualmente. Era una estrat a-gema audaz, pero dio buen resultado. Naturalmente,los falsificadores estaban com prometidos a guardarel secreto, y fue imposible desenmascarar a quienesse reían en secreto del erudito Beringer.

Dícese que el propio Beringer compró los eje m-plares de su obra, y que los quemó secretamente; deahí que el libro sea ahora una rareza de bibliófilo.

Los casos que hemos mencionado hasta aquítienen por actores a hombres de ciencia y de letraspoco versados en las maldades del mundo. Además,no se trataba de seres inclinados a la suspicacia. P e-ro el abate francés Domenechse preparó su propiatrampa y cayó en ella.

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En la biblioteca del Arsenal de París había unmisterioso manuscrito; nadie sabía cómo había ll e-gado allí. En el catálogo figuraba con el título deLivre des Sauvages (Libro de los salvajes); conteníaextraños diseños y dibujos, y de acuerdo con la tr a-dición de la biblioteca, era obra de un piel roja no r-teamericano. Paul Lacroiz, director dela institución,llamó la atención del abate Domenech, ilustre ge ó-grafo, sobre el tesoro en cuestión. Sabía que el abatehabía viajado extensamente por América del Norte,México y otros países, y que era un experto encuestiones indígenas.

El abate empezó a estudiar el manuscrito y alcabo de algunas semanas estaba en condiciones deofrecer una interpretación.

Los diseños, dijo, no eran otra cosa que eje m-plos de la antigua escritura por signos de los indios.Poseían tremenda importancia ci entífica, puesaportaban valiosos datos sobre la antigua culturaindígena, y sobre ciertos períodos de la historia deestos pueblos. El abate confesó modestamente queno se hallaba en condiciones de descifrar algunos delos jeroglíficos, pero estaba seguro de que aludían ala migración de ciertas tribus y al misterio de susantiguas religiones. Y resultaba part icularmente sor-

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prendente que estas ilustraciones primitivas incluye-ra detalles de cierto culto fálico. El mundo parisie n-se de la ciencia recibió el descubri miento conconsiderable simpatía. Algunos sugirieron que elabate debía reclamar el Premio Volney, discernidopor la Academia, pero luego prevalecieron otroscriterios. El director de la biblioteca informó quepoco antes de los estudios del abate, un misioneronorteamericano lo había visitado y había preparadouna copia exacta del manuscrito. Existía el peligrode que alguna sociedad norteamericana o mejicanapublicara una edición facsímil, anticipándose a losfranceses. Era un problema de prestigio nacional, demodo que, por recomendación del Ministerio deBellas Artes, el gobierno resolvió publicar el estudiodel abate Domenech a expensas del Estado.

El libro fue debidamente publicado bajo el s i-guiente título: Manuscrit pictographique Américain précé-dé d’une Notice sur l’Idéographie des Peaux-Rouges parl’Abbé Em. Domenech, Membre de la Société Géographiquede Paris, etc. Ouvrage publié sous les auspices de M. le Mi-nistre d’Etat et de la Maison de l’Empereur, Paris, 1860.

De modo que Francia fue la primera en reivi n-dicar la gloria.

Pero entretanto algo anduvo muy mal.

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Cuando se distribuyeron los premios del Salónde París, el conde Walewski (hijo de Napoleón yMinistro de Estado) pronunció la acostumbradaoración oficial. El hombre se dejó llevar por la el o-cuencia. Declaró que Fran cia era maestra de todaslas naciones, que la civilización occidental debía suexistencia a la iniciativa francesa, y que llevaba elsello del espíritu y del carácter franceses.

En Alemania este panegírico fue acogido conbastante disgusto. J. Petzhold, el famoso bibliógrafode Dresde, se sintió particularmente indignado. Ycasualmente tropezó con el libro del abate Dom e-nech, y se enteró de sus afirma ciones un poco e x-travagantes. ¿Civilización francesa? Petzhold tomóla pluma y pocas semanas después publicó un f o-lleto de dieciséis páginas, con el siguiente título : DasBuch der Wilden im Lichte franzósischer Civilisation (Ellibro de los salvajes, a la luz de la civilización france-sa, Dresde, 1861).

El veneno más peligroso de los indios no podíarivalizar con la ponzoña de los comentarios del b i-bliógrafo alemán al referirse a su tema: el saberfrancés. Para abreviar, diremos que se aclaró que el“Libro de los salvajes” no era otra cosa que el cu a-derno de ejercicios de un escolar germano americ a-

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no. Era evidente que el niño vivía en alguna granjaaislada, y que había llenado las páginas con diversosdibujos para matar el aburrimiento.

La figura que sostenía un látigo no era un brujoindígena, sino el maestro con su caña. La misteriosaforma alargada no era el símbolo del rayo y del ca s-tigo divino, ¡sino simplemente una salchicha! Elhombre de seis ojos no era el sabio y bravo jefe deuna tribu, sino un monstruo nacido en la imagin a-ción infantil. Y no se trataba de tres sumos sace r-dotes con cierto objeto religioso entre los labios...¡sino de tres niños que comían pretzels! El dios delas nubes, el espíritu del fuego y otras “representa-ciones trascendentales” debían su existencia al m é-todo usual de dibujo infantil: un pequeño círculocon dos puntos representa la cabeza, un gran círculoel estómago, y dos palitos son las piernas. Encuanto al culto fálico, el abate podía hallar en Parísbuen número de esas obscenidades simplificadas: escostumbre de los vagabundos afear con ellas ciertasinstalaciones consagradas a la higiene pública.

El problema tenía otro aspecto. El geógrafofrancés no conocía el idioma alemán, ni sabía nadade la escritura gótica. Sin embargo, un hombre demediana cultura habría advertido los característicos

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trazos góticos, y cualquier alemán que visitara labiblioteca hubiera suministrado la información i n-dispensable. Para el abate, cierto grupo de ideogr a-mas representaba la idea “aguardiente”; peroevidentemente se trataba de la palabra alemana H o-nig (miel). El niño germano americano había dib u-jado una colmena y un barril de miel. Y debajo delos otros “extraños pictogramas” había docenas depalabras alemanas: will, Grund, heilig, Hass, nicht,wohl, unschuldig, schaedlich, bei Gott, etc.

Y así se derrumbó el bello castillo de naipes.Pero la opinión pública y el orgullo franceses no

sufrieron mella. El folleto de Petzhold fue traducidoal francés, el bibliógrafo alemán fue muy elogiado, yel abate Domenech se convirtió en hazmerreír g e-neral. Todo lo cual no le impidió vivir hasta la m a-dura edad de ochenta y siete años.

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VIII

MITO Y ENSUEÑO

1.

Un autor oculto tras el seudónimo de JohannesStaricius publicó en 1615 un libro con el sugestivotítulo de “El misterioso tesoro de los héroes”(Geheimnissvoller Heldenschatz). La obra se basaba enlos principios de la “ciencia mágica”. Era la épocaen que incluso los hombres de ciencia responsablessentían la seducción de esta pro funda rama del s a-ber. Los legos se sentían más atraídos aún, pues lasuperstición se disfrazaba de ciencia, y quienes laaplicaban no tenían razón para temer que se les acu-sara de brujería. “El misterioso tesoro de los h é-roes” mereció los honores de muchas ediciones; he

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extraído algunos pasajes característicos de la que sepublicó en Colonia en el año 1750.

He aquí, por ejemplo, algunos excelentes co n-sejos sobre el modo de evitar las heridas.

“Búsquese y hállese el cráneo de un ahorcado, ode uno que haya muerto en la rueda, sobre el cual yahaya brotado moho. Señálese bien el lugar y déjeseintacto el cráneo. Vuélvase al día siguiente y prepá-rese el cráneo para que sea fácil recoger el moho. Elviernes siguiente, antes de la salida del sol, acúdasenuevamente al lugar, ráspese el moho, recójaselo enun trocito de paño, y cósaselo al forro de la ch a-queta, bajo la axila izquierda. Mientras se use la cha-queta, se estará a salvo de bala, filo o estocada.”

De acuerdo con otra forma de la receta, es m e-jor tragar un poco de este moho antes de la batalla.El autor tenía un amigo, un valiente capitán, queatestiguó solemnemente el efecto de esta magia: d u-rante veinticuatro horas hacía inviolable al sujeto.

Este “moho” no era la ridícula magia de las vi e-jas gitanas, sino una verdadera panacea fundada enteorías científicas de la época que se relacionabancon el llamado moho del cráneo.

Esta particular sustancia era muy eficaz medic i-na de la antigua farmacopea. Su nombre oficial en

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latín era usnea humana. De acuerdo con la opinióncontemporánea, puesto que era producida por elcráneo humano, debía ser excelente remedio contracualquier desorden cerebral. Su estructura mohosatambién tenía el poder de detener las hemorragias...Ni siquiera era necesario aplicarlo a la herida; bast a-ba que el guerrero herido lo sostuviera en la manocerrada.

Sabemos que después de cierto tiempo apareceen el cráneo humano una sustancia más o menosmohosa. Pero, ¿por qué “El misterioso tesoro de loshéroes”, insiste en que se utilice el cráneo de unahorcado o de un decapitado? De acuerdo con lamedicina mágica, ningún otro cráneo podía servir;pues en circunstancias normales la muerte era pr e-cedida por la enfermedad, y el cuerpo de un enfe r-mo estaba manchado, de modo que era inapropiadopara suministrar la panacea. Lógicamente, sólo elhombre que había muerto en buena salud poseía lascualidades indispensables; por lo tanto, era neces a-rio conseguir cadáveres de ejecutados. El cráneohallado en el campo de batalla tam bién era apropia-do; pero no era fácil obtener ese tipo de cráneo,pues los campos de batalla no siempre se hallaban adisposición del soldado que buscaba el precioso

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moho.En mis investigaciones tropecé con un periódico

que anunciaba una ocasión única: la venta de cab e-zas humanas ofrecidas en el mercado libre. El n ú-mero 7 del Ordentliche Wöchentliche PostZeitungen, publicado en Munich en el año, 1684,trae un informe sobre la feria de Año Nuevo enLeipzig. Menciona como rasgo característico de laferia el hecho de que algunos comerciantes e m-prendedores estaban vendiendo cabezas de turcos,perfectamente envasadas en barriles. Pocas semanasantes se había librado frente a las puertas de Vienauna gran batalla entre los ejércitos turcos y los cri s-tianos, y los horribles trofeos seguramente habíansido recogidos allí. Al principio no hubo mayor d e-manda, a pesar de que las cabezas eran baratas (untálero imperial por pieza). Pero después los sold a-dos descubrieron la existencia de la original mercan-cía, y se formaron colas, y el precio se elevó a lainflacionaria cifra de ocho táleros imperiales.

El mundo animal también podía suministrar v a-liosos medios de protección. Staricius llama la ate n-ción de sus lectores sobre la gamuza. Es biensabido, escribe, que en determinadas épocas las b a-las no hieren a estos veloces animales. Ello se debe

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a que la gamuza conoce las hierbas que confiereninviolabilidad y, mientras dura la provisión, puedenpastar tranquilamente y sin el menor temor, con s-cientes de que es imposible hacerles daño. La cosaera muy sencilla, sólo se necesitaba recoger las hie r-bas en cuestión. Pero ¿dónde estaban, y cómo h a-llarlas? No podía esperarse que la gamuzasuministrara la información correspon diente. Perola Naturaleza daba la respuesta. En el estó mago dela gamuza, las hierbas mal digeridas, mezcladas conpelo del propio animal, a veces formaban residuosendurecidos, que adaptaban la forma de pelotas. Enlas viejas farmacias se conocía este producto con elnombre de piedra-gamuza. Era un pariente pobrede la piedra bezoar, extraída del estómago de losantílopes y de otros animales asiáticos de cuernos,un material que fue tema de innumerables leyendasen su condición de supuesto antí doto infalible delveneno.

Por lo tanto, el cazador sólo debía esperar hastaque, con la desaparición de las hierbas milagrosas, lagamuza fuera nuevamente vulnerable; una v ez de-rribado el animal, retiraba de su estómago la piedragamuza, y se encontraba en posesión de la virtudmágica de todas las hierbas reunidas. He aquí las

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instrucciones para el uso de la maravillosa sustancia:“Cuando la tierra esté bajo el signo de Marte,

redúzcase la piedra-gamuza a polvo, tómese unapizca de vino de malvasía, y luego comiéncese a c o-rrer, hasta que todo el cuerpo esté cubierto de s u-dor. Repítase tres veces la misma operación, y todoel cuerpo se tornará invulnerable.”

Si todo esto no servía, había otros tipos de m a-gia. En 1611, Kaspar Neithart, el verdugo de Passau(Austria) tuvo una idea brillante. Ofreció a los me r-cenarios, hombres por cierto no muy inteligentes,varios trozos de pergamino cubiertos de extrañossignos y fórmulas. Y los convenció de que, si se col-gaban los fragmentos alrededor del cuello (o, mejoraún, si los tragaban) serían inmunes al acero delenemigo.

Los signos mágicos y los encantamientos car e-cían de significado. Algunos incluían estas palabras:Arios, Beji, Glaigi, Ulpke, nalat nasaa, eri lupie- o gru-pos de letras elegidas al azar, insensatez pura. Perolas extrañas combinaciones y el misterio que sie m-pre rodeaba a un verdugo excitaban la imaginaciónde los sencillos soldados, de modo que caían en tanprimitivo ardid. Los trozos de pergamino eran p a-gados a precio de oro, y por lo menos tenían cierto

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efecto: infundían extraordinaria bravura a los sold a-dos, pues estaban seguros de que las armas enem i-gas nada podían hacerles. Y si alguno cala, no eraprobable que pudiera quejarse del fracaso del am u-leto. Si un soldado era herido, existía una sencillaexplicación: el enemigo había aplicado fórmulasmágicas más potentes aún. ¡Pero el amuleto habíademostrado su valor, pues la herida no era mortal!

Este sencillo pero astuto ardid hizo rico a Ne i-thart. Y famoso también, pues el relato del trucosobrevivió durante mucho tiempo; en él se basaronel Passauer Kunst (Arte de Passau) y muchas otrasleyendas.

Posteriormente surgió un rival, que prometió unéxito mayor aún: el llamado tálero de Mansfeld,acuñado en honor de Hoier Mansfeld por sus de s-cendientes, los condes de Mansfeld. Este antepas a-do de la distinguida familia era un hombreimportante. Nació mediante una operación cesárea;es decir, no como cualquier mortal, sino comoMacduff, conquistador de Macbeth. Fue afortunadoen la guerra, y jamás perdió una batalla. Resumió sugloria en este lema : Ich, Graf Hoier, ungebohren,Hab noch keine Schlacht verloren (Yo, el condeHoier, que no he nacido, no he perdido aún una

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sola batalla). Los táleros, acuñados durante la Gu e-rra de Treinta Años, en una cara tenían impreso ellema, y en la otra llevaban la imagen de San Jorge.Eran muy codiciados; los soldados se sentían felicesde pagar diez o doce veces el valor nominal por c a-da uno de ellos.

Los mercenarios de cierta educación exigían dela magia protectora más que los soldados analfab e-tos. Generalmente utilizaban amuletos preparadospor alquimistas y astrólogos con la ayuda de lasciencias ocultas.

Hoy es imposible interpretar los encantamientosmágicos incorporados a estos amuletos. Nadie hapodido explicar por qué incluso príncipes y gener a-les tenían tanta fe en la palabra Ananisapta. Quizásera un acróstico for mado por las letras iniciales decierto poderoso encantamiento. Tampoco ha pod i-do descifrarse el enigma de la llamada fórmula S a-tor; quizás jamás tuvo ningún signifi cado. Tambiénse empleaban cuadrados mágicos, de abajo paraarriba, de derecha a izquierda o diagonalmente erasiempre la misma: treinta y cuatro. Y si se sumabantres y cuatro el resultado era siete... cifra que, comotodos saben, es la de mayor poder mágico entre t o-das. Locuras inofensivas, como las mascotas que los

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conductores modernos suelen llevar, o las menudassupersticiones de nuestra vida cotidiana.

Pero la magia de la vida militar revestía formasmás particularmente malignas. Los alemanes la d e-nominaban Festmachen (asegurar). Quien la pract i-caba concertaba un pacto con el diablo. Laspublicaciones contemporáneas mencionan muchoscasos, y lo hacen con supersticioso temor. Un so l-dado sueco no tragó la hostia sagrada en la com u-nión, y después de retirarla disimuladamente de laboca, la utilizó como amuleto para invocar a laspotencias infernales. Parece que el encantamientono fue muy po deroso, pues cuando se descubrió elcrimen le arrancaron la lengua y lo destrozaron en larueda.

La Sociedad alemana de Medicina e HistoriaNatural publicaba un importante boletín oficial, e s-crito en latín. Su extenso título solía abreviarse, y selo conocía simple mente como Ephemerides. Estapomposa y autorizada publicación jamás dudó de laposibilidad de realizar el Fest machen mediante unpacto con el diablo. E incluso sugirió un remedioeficaz. El texto latino es un tanto desvergon zado yescatológico; aquí, me limitaré a dar una idea ge-neral. Por ejemplo, el hombre que se disponía a

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combatir contra una persona sospechosa de alianzasatánica, debía hundir la punta de su espada en elestiércol de los cerdos. En cuanto a las balas, antesde introducirlas en el mos quete, debía meterlas ensu propia boca. Bueno, no exacta mente en la boca,sino en otra abertura. Estas dos acti tudes “intimida-ban terriblemente” al diablo, luego lo enfurecían, ylo impulsaban a retirarse, dejando solo a su aliado...que entonces resultaba tan vulnerable como cua l-quier otro mortal.

Vaya lo dicho para demostrar cuál era la “actitudcientífica” en 1691.

Pero si todos estos amuletos y encantamientosde nada servían, había otros medios de asegurar lainviolabilidad frente a las armas del enemi go. Porejemplo, la armadura.

Todo cuanto escribieron los autores clásicos, fueaceptado como la suprema verdad. Creíase absol u-tamente cierto que Vulcano había forjado paraAquiles una arma dura que no sólo lo defendía delos golpes del adversario, sino que, nada más que demirarla el enemigo era presa del pánico y se retirabaapresuradamente. (Un nuevo detalle de la psicologíadel gran héroe griego. Con semejante equipo, no eratarea difícil combatir contra los troyanos.) Durante

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mucho tiempo se caviló sobre el secreto de la mar a-villosa armadura. Sólo se sabía que estaba hecha deun metal llamado Electrum; pero no tenían la m e-nor idea sobre los ingredientes de tan extraordinariasustancia. Al fin, Paracelso suministró la solución.

Todos los metales, aseguró, están sometidos a lainfluencia de determinado planeta. Por consiguie n-te, si se mezclan los metales apropiados cuando lasconstelaciones precisas ocupan el cielo, se obtendráuna nueva sustancia metálica, que poseerá las p o-tencias secretas derivadas de la estrella. Paracelsobautizó al nuevo metal con el nombre de ElectrumMagicum. Era una amalgama de oro, plata, cobre,acero, plomo, estaño y mercurio. La receta pres-cribía grandes cantidades de oro y de plata, de m o-do que no estaba al alcance de los pobres.

Pero no era cosa fácil de obtener ni siquiera parael rico. Los libros mágicos que explicaban la prep a-ración del Electrum Magicum, afirmaban que no eraposible el éxito, a menos que se aplicaran riguros a-mente ciertas reglas muy complejas.

La primera afirmaba que todo el proceso debíaser, aún en los más mínimos detalles, de caráctermarcial. El cielo, el aire, el estado de la atmósfera, eldía, la hora y el minuto, el lugar, los implementos y

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el fuego- y aún el alma, la moral y la voz del artes a-no- debían conformarse al espíritu de Marte. Laforja y el martillo, las tenazas y el fuelle también d e-bían ser manufacturados bajo las cons telacionesapropiadas; con ese fin, debía buscarse el consejo deun astrónomo reputado. Marte, la estrella del Diosde la Guerra, desempeñaba el papel fundamental entodos los detalles astrológicos.

Pero veamos un ejemplo: ¿Cómo asegurar la“marcialidad” del fuego?

Muy sencillamente. El fuego provocado por elrayo era el único que merecía el calificativo de“marcial”, pues caía del cielo con tremendo poderdestructivo, acompañado por horrísono trueno. Porlo tanto, era preciso esperar hasta que el rayo incen-diara un árbol o un trozo de madera, transportar elfuego a casa, alimentarlo cuidadosamente en algúnrecipiente, y mantenerlo hasta que llegaba el exactoperíodo astrológico que debía presidir la forja de laarmadura.

Los siete metales debían ser fundidos en sietediferentes constelaciones; ciertamente, una duraprueba de paciencia. Pero ni siquiera esto bastaba.También el propio armero, como ya hemos dicho,debía hallarse de humor “marcial”. Su trabajo debía

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elevarse sobre el tedio de las tareas cotidianas, y erapreciso que se sintiera inflamado de pasiones vig o-rosas y guerreras. Lo cual no era difícil de conseguir,si durante la ejecución del trabajo se reci taban ver-sos heroicos... y en voz tan alta como fuera posible.El ritmo vigoroso y marcial transformaría la brasade la emoción marcial en llama constante y perd u-rable.

Se recomendaba particularmente este grupo dehexámetros:

Ut luvus imbelles violentos territet agnos,Ut timidos faevos exhorret Dama Molossos,Sic haec incutiant mortalibus arma timorem.Se aseguraba éxito completo si se grababa sobre

la armadura algún símbolo o lema sugestivo; nat u-ralmente, las tiras destinadas a asegurar el cuerpodebían ser también de calidad mágica. Se prefería elcuero de lobo o de hiena. Se creía que ambos an i-males poseían carácter mar cial. Ya desde los tie m-pos de Plinio se les atribuía cualidades hipnóticas: simiraban a un hombre antes que éste a cualquiera deellos, el infeliz mortal enmudecía y quedaba paral i-zado. La piel de lobo era particularmente eficazcuando había sido cortada del lomo de un animalvivo. Aquí, el concepto fundamental era más o m e-

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nos el mismo que presidía la teoría de la usnea h u-mana. Cuando la esencia vital de un animal desap a-recía, también se disipa ban sus propiedadesmágicas; por consiguiente, era nece sario extraerlasmientras aún estaba vivo.

(Idéntica teoría se aplicó de un modo que p o-demos calificar de interesante y horrible al mismotiempo, en las recetas que, según se decía, ayudabana ganar pleitos. El abogado debía arrancar la lenguade un camaleón vivo, y colocarla bajo su propia len-gua, mientras exponía su alegato. Era seguro que, deese modo, ganaba el caso. Como todo el mundosabe, los camaleones cambian de color de acuerdocon las necesidades.)

Ahora nuestro guerrero era invulnerable, y ve s-tía la invencible armadura... Ya podía entrar en b a-talla. Pero no bastaba gozar de protección. Eranecesario destruir al enemigo.

Aquí entraban en acción las espadas mágicas.Las leyendas de la Edad Media abundan en estas

espadas milagrosas. Apenas había héroe que no p o-seyera algún arma de este tipo... irresistible e inde s-tructible. La mayoría tenía nombres especiales:Balmung, de Sigfrido; Durandal, de Rolando; Esc a-libur, del rey Arturo; Joyeuse, de Carlomagno;

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Courtin, de Ogier; Haute Clere, de Oliviero... y asípor el estilo. Y quienes se hacían eco de las leyendasno se detenían a pensar que las virtudes marciales yel coraje guerrero de los héroes perdía por lo menosel cincuenta por ciento de su valor... pues los triu n-fos eran mérito principal de sus respectivas espadas.

Con el fin de forjar una espada de esta clase erapreciso combinar ciertos elem entos más o menoshorribles.

Era indispensable que la hoja hubiera servido yapara matar a un hombre. La vaina debía forjarse conel rayo de una rueda que el verdugo hubiese usadopara romper los huesos de un condenado. Se fabr i-caba la empuñadura con el hierro de una cadenautilizada en un ahorcamiento. Debía forrarse la va i-na con tela empapada en sanguis menstruus primusvirginis... En general, y sin necesidad de que ofre z-camos mayores detalles, el lector advertirá que lareceta parecía la obra de un desequilibrado.

Podría creerse que con semejante equipo el gu e-rrero estaba en condiciones de salir a luchar brav a-mente contra el enemigo. Nada de eso... necesitabaalgo más para eli minar cualquier posibilidad de d e-saliento: el elixir del coraje. Durante la Guerra deTreinta Años, se lo conoció bajo el nombre de

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Aqua Magnanimitatis.El noble brebaje se preparaba de acuerdo con la

siguiente receta:“En mitad del verano, tómese el látigo y cast í-

guese vigorosamente un hormiguero, para que lashormigas, atemorizadas, exuden su secreción ácida yolorosa. Tómese cantidad suficiente de hormigas, ydeposíteselas en un alambique. Viértase coñacfuerte y puro sobre ellas, séllese el recipiente ypóngase al sol. Déjeselo allí durante catorce días,fíltrese y póngase en el licor obtenido media onzade canela.”

El brebaje debía beberse antes de la batalla,mezclando media cucharada en un vaso de buenvino. Inmediatamente, el soldado se sentía poseídodel más heroico coraje. No se trataba de una pasiónsalvaje y sanguinaria, sino más bien del entusiasmoque lleva a realizar trascendentes y suges tivas haza-ñas.

Se aconsejaba también mezclar la poción con elaceite extraído de la cizaña, y frotarse las manos conla mezcla también convenía aplicarla a la hoja de laespada. Así preparado, un soldado podía afrontarsin dificultad a diez o doce adversarios, pues éstossufrirían súbito desaliento. La naturaleza marcial de

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las hormigas explicaba el milagroso efecto de la p o-ción. Después de todo, es bien sabido que las ho r-migas son insectos guerreros.

Pero aquí no acababan los artificios heroicos.También el caballo de batalla debía realizar pr o-

digios de valor.Las herraduras y el freno debían forjarse con

hierro que ya hubiera servido para matar. Las herr a-duras hacían del caballo un animal valeroso, rápido,inteligente y ágil. Por otra parte, el freno convertía ala más salvaje montura en obediente criatura.

También existían métodos destinados a evitar lafatiga del caballo. Si de las riendas se colgabandientes de lobo, el caballo podía galopar durantedías enteros sin cansarse; por lo menos, así lo afi r-maba la magia del siglo XVII.

Pero no basta que el soldado fuera inviolable ysu espada invencible, ni que su alma estuviera i m-pulsada por la pasión marcial. En campaña era pr e-ciso soportar muchas tribulaciones: frío, sed,hambre.

Se conocían varios encantamientos contra elfrío. “Envuélvanse los pies en papel, pónganse e n-cima las medias, y antes de calzarlas viértase un p o-co de coñac en las botas”. En realidad, no era un

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mal consejo; tampoco lo era el que sugería que severtiera el coñac en la garganta del soldado, en lugarde hacerlo en las botas. El tercer método era un po-co más complicado:

“Tome una cazuela de estiércol de paloma, r e-dúzcalo a cenizas quemándolo, destílese la ceniza enlejía, y lávese con ella pies y manos. Si empapa lacamisa y los calzones en la misma lejía, y luego secacuidadosamente las prendas, soportará fácilmente elfrío más intenso durante catorce días.”

Contra la sed: Tome la piedra transparente, deltamaño de una arveja, que se forma en el hígado delcapón de cuatro años, deposítela bajo la lengua, yno sentirá sed.

Contra el hambre se conocía una antigua pan a-cea. Aulus Gellius relata que cuando el guerrero e s-cita no tenía alimento, se limitaba a ajustar un anchocinto alrededor de la cintura. De acuerdo con la ideade los escitas, la intensa presión reducía el espacioocupado por el estómago y los intestinos, y de esemodo no podían absorber nada; y si no podían r e-cibir alimento, no tenía objeto tratar de llenarlos. Lacosa parece verosímil. La idea contraria pareceigualmente válida, pues en épocas posteriores a m u-chos se les ha ocurrido que la mejor manera de s o-

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portar una comida muy abundante consiste en afl o-jar el cinturón.

Con lo dicho, hemos pasado revista a casi todaslas prácticas mágicas seguidas por los guerrerosprudentes.

Desgraciadamente, los encantamientos no sie m-pre daban buen resultado, pues la experiencia d e-mostró que aun el soldado más cuidadoso podíacaer herido.

Si una flecha u otra arma se rompía en la herida,debía utilizarse una fórmula mágica. Había muchasversiones, aunque la Iglesia las prohibió todas, yaque no eran otra cosa que encantamientos paganos,en los que se había re emplazado el nombre de losdioses por los de Jesús y de los santos. Un manu s-crito húngaro del siglo XVII recomienda la s i-guiente fórmula:

“Una magnífica plegaria para extraer una flecha.“Como Nicodemus, hombre piadoso y santo,

extrajo los clavos de las manos y de los pies deNuestro Señor, y ellos se deslizaron fácilmente, queesta flechase deslice fuera de tu cuerpo con la mi s-ma facilidad; que el Hombre que murió por nos o-tros en la Sagrada Cruz te ayude en este principio;repita tres veces la plegaria, y a la tercera vez tome

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la flecha con dos dedos y extráigala.”No debemos reírnos del ingenuo creyente. Si su

fe se mezclaba a veces con prácticas paganas, sumisma ingenuidad podía servirle de excusa. Pero,¿cómo disculpar la tremenda tontería de la medicinadel siglo XVII, que inventó la receta y la aplicacióndel famoso y popular ungüento bélico”?

Este sorprendente emplasto requería ingredie n-tes realmente fantásticos:

“Tome media libra de grasa de jabalí, media l i-bra de grasa de verraco, y la misma cantidad de gr a-sa de oso macho. Reúna una buena cantidad delombrices de tierra, deposítelas en una vasija, selle elrecipiente y caliente las lombrices hasta que quedenreducidas a cenizas. Tome tres medias cáscaras dehuevo llenas de estas cenizas, agregue un poco demoho de cráneo, al que se habrá dado la forma decuatro nueces, y que haya crecido sobre el cráneo deun ahorcado o de un hombre muerto en la rueda.Tome dos onzas de helio tropo y tres onzas de sá n-dalo rojo, reducidas a polvo fino; mezcle todo estocon la grasa, agregue un poco de vino, y se tendrá elnoble Unguentum Armarium, el ungüento de gu e-rra.”

Y este terrible cocimiento, ¿se aplicaba rea l-

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mente a la herida? Que el lector se tranquilice. Seaplicaba, no a la herida, sino al arma... al arma quecausaba la herida (¡siempre, claro está, que el guerre-ro hubiera logrado pre parar el emplasto!) Si no lohabía conseguido, debía con formarse con otra su s-tancia.

Era esencial determinar qué proporción del a r-ma había penetrado en el acto de herir. Precis a-mente esta porción debía ser cubierta con elungüento... y la técnica variaba según que se tratarade un arma cortante o punzante. En el primer caso,el emplasto debía ser aplicado en la direc ción gene-ral del borde cortante; de lo contrario, la herida secerraría, pero permanecería abierta por dentro. Si setrataba de un arma punzante, el ungüento se distr i-buía alrededor de la punta, y un poco hacia arriba.

La siguiente etapa del tratamiento consistía enenvolver el arma (a la que ya se había aplicado elungüento) con una tela limpia, y depositarla en unlugar moderadamente tibio y a cubierto de corrie n-tes de aire. Si el arma estaba expuesta al viento o afuertes cambios de tempera tura, la herida sufría i n-mediatamente las consecuencias. Debía cambiarsediariamente el vendaje, como si se estu viera tratan-do la herida.

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Gradualmente uno comienza a comprender larazón que era la esencia de toda esta farsa científica.El extraño, procedimiento no era otra cosa que laaplicación de la llamada “terapia por simpatía”.

De acuerdo con esta teoría, las relaciones de loshombres, los animales, las plantas, y de todos losfactores constituyentes del universo, están determ i-nadas por la simpatía o por la antipatía. La sangreque manchaba el arma tenla la misma composiciónque la sangre de la herida; es decir, existía una “rela-ción de simpatía” entre ellas. Del mismo modomisterioso que el imán atrae al hierro, la heridaatraerla el misterioso poder curativo que existía enlos ingredientes del “ungüento de guerra”. Por co n-siguiente, era suficiente que se tratara la sangre quecubría el arma... el herido sanaría aunque estuviese acuarenta millas de distancia.

Ciertamente, el fenómeno parece misterioso.Pero la opinión científica general aceptaba tota l-mente la teoría del influjo simpático; por ejemplo,en caso de enfermedad, a menudo se utilizaba unamuestra de sangre (examinada por separado) paradiagnosticar la condición del paciente. Se toma unamuestra de sangre,- decían las instruc ciones- y se ladeposita en un recipiente de vidrio, que habrá de

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sellarse. De acuerdo con las leyes de la simpatía, lasangre en el recipiente de vidrio reflejará los ca m-bios que se operan en la sangre del paciente; semantendrá límpida si el estado del enfermo mejora,pero se enturbiara si la enfermedad se agrava.

Si el arma causante de la herida no pudiera serhallada, habrá de escarbarse la herida con un trozode madera, hasta que empiece a fluir la sangre. Yluego se aplicará a ese trozo de madera el ungüentomágico.

Por su parte, el paciente debía abstenerse de t o-da actividad mientras durara el tratamiento, y lim i-tarse a mantener limpia la herida y a seguir unadieta.

Lo más interesante de todo el asunto era que ca-si todas las personas tratadas con este método sana-ban; en cambio, la mayoría de aquellos a quienes losmédicos procuraban salvar por otros medios, pe r-dían la vida.

La explicación del enigma es bastante sencilla.En lugar de desarrollar largos razonamientos

médicos, veamos una de las recetas del método t e-rapéutico conocido como Kopropharmacia:

“Si la hemorragia es muy intensa, prepárese unamezcla de incienso, sangre de dragón y áloe, agr é-

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guese un poco de estiércol seco de caballo y extié n-dase sobre la herida. Pueden obtenerse buenos r e-sultados con estiércol de cabra, reducido a polvo ymezclado con vinagre. También puede prepararseuna aplicación con estiércol de ganso mezclado convinagre fuerte.”

Para que el tratamiento fuera más efectivo, elmédico ordenaba una bebida curativa. Era precisomezclar con cerveza un poco de album graecum,destilar la mezcla y dar al herido una cucharada de lapoción todas las mañanas. Por lo menos, se tratabade una mezcla de fácil preparación, pues el albumgraecum de misterioso sonido se hallaba en todaslas casas en que había perros...

Es evidente, por lo tanto, que los pacientes tr a-tados con el “ungüento bélico” sanaban porqueningún médico manipulaba las heridas, de modoque la Naturaleza podía desarrollar el proceso cur a-tivo sin interferencia humana.

Quizás la mejor y la más universal de todas lascuras contra las heridas de bala fue inventada porFerene, un médico transilvano.

El erudito galeno fue médico de la corte deSigmundo Bathory, príncipe de Transilvania. Eramuy respetado por el príncipe, que no se separaba

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de él. En 1595, Bathory condujo a sus ejércitoscontra los turcos. El doctor Ferene tuvo que aco m-pañarlo. Era un sabio pacífico y amante de la tra n-quilidad; odiaba la idea de salir con el ejército encampaña, aunque, naturalmente, no podía expresarsus sentimientos. Después de algunas semanas devida incómoda y peligrosa, el doctor dejó entrever aalgunos cortesanos que conocía una medicina mara-villosa, capaz de salvar a un hombre de la acción decualquier arma, aunque se tratara del cañón de m a-yor calibre o del más peligroso mosquete.

A su debido tiempo, el rumor llegó a oídos delpríncipe. El doctor Ferene era hombre de extrao r-dinaria erudición, de modo que bien podía haberdescubierto algo importante. Bathory ordenó que elmédico de la corte preparara la milagrosa poción, yel doctor Ferene puso alegremente manos a la obra.Pero declaró que necesitaba regresar a Brasso, lacapital, porque allí tenía las medicinas y los ingr e-dientes indispensables.

El príncipe ordenó que una fuerte escoltaacompañara al médico durante su viaje a Brasso, yesperó el resultado. Lo recibió con sorprendenterapidez, pues el doctor Ferene se limitó a escribirleuna carta:

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“He hallado esta panacea en mi cofre de med i-cinas: a quien desee salvarse de herida de espada, deacometida de lanza y del terror de las balas de c a-ñón... déjesele vivir en paz en Brasso. Y como co n-sidero que esta es la más segura medicina, aquí mequedaré a esperar el fin de la guerra; y aconsejo a SuAlteza y a todos los que deseen escapar a los pel i-gros de la batalla que sigan mi humilde ejemplo.”

No se conoce la respuesta del príncipe.

2.

El sueño de la invulnerabilidad, las distintas r e-cetas para el equipo del héroe invencible, son cosasmodestas comparadas con otro sueño de la hum a-nidad, mucho más descabellado y más universal: elsueño de la eterna juventud, la ilusión de que es p o-sible usurpar las funciones del propio Dios creandovida.

Aquí debemos comenzar por establecer la dif e-rencia entre el “secreto” de la longevidad y el de laeterna juventud.

Entre los longevos célebres, Juan Rovin y su e s-posa ocupan un lugar distinguido. Rovin nació en

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Karansebes, Transilvania. Vivió hasta la maduraedad de 172 años, y su esposa Sara hasta los 164.De esta vida matusalénica, pasaron 147 años en felizy armonioso matrimonio. De acuerdo con las cróni-cas contemporáneas, este matrimonio modelo teníauna dieta muy sencilla: leche y tortas de maíz. “Porconsiguiente”, dice la crónica del siglo XVI, “si sedesea vivir largamente, sígase el ejemplo de estosdos seres: vivir frugal y sencillamente de pan y deleche o, si se carece de esta última, de agua”.

Por muy tentadora que pudiera parecer la ideade vivir 147 años con la misma mujer (comiendotortas de maíz y bebiendo leche) en general la h u-manidad ha preferido una vida más breve, compe n-sada por las satisfacciones halladas en la buenamesa.

Sin embargo, el secreto de una larga vida ya h a-bía sido develado por la escuela médica de Salerno:Haec tria: mens hilaries, requies, moderata diaeta(Estos tres: sere nidad mental, dieta moderada ytranquila). Y en el curso de los últimos dos milaños, la ciencia médica no ha cesado de reiterar lamisma fórmula, tanto a ricos como a pobres. R a-mazzini, rector de la Universidad de Padua, escribióespecialmente para los príncipes una guía de la salud

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(De principium valetudine tuenda, Padova, 1710). En ellaaconsejaba a todos los gobernantes no comer nibeber en exceso, abstenerse de súbitos accesos depasión, y elegir sus entretenimientos de un mododigno de su noble condi ción. Y si se desatara unaplaga, el príncipe debía aban donar la capital y dir i-girse a alguno de sus castillos.

Es fácil comprender por qué la Universidad dePadua albergó a estos campeones de la regla de oro.Pues aquí vivió y murió el más notable represe n-tante del concepto de la vida moderada, ser Ludovi-co Cornaro.

Este noble veneciano había pasado los primeroscuarenta años de su vida desafiando todos y cadauno de los principios de la escuela de Salerno. Susexcesos lo llevaron al borde de la tumba, de modoque abandonó la ancha vía de los placeres mund a-nos y resolvió seguir el recto y estrecho sendero dela moderación. Tenía ochenta y tres años cuandopublicó sus experiencias en un extenso ensayo. Tresaños después presentó otro volumen; cinco añosmás tarde, vio la luz el tercero. Pero consideró queaún había bastante material para nuevos libros. E s-peró otros siete años, y a la edad de noventa y ochopublicó su famoso y amplio estudio, Discorsi della vita

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sobria (Padova, 1558). Gozó otros seis años, de losgentiles placeres de una ancianidad serena y muriómientras dormía en su sillón, el 26 de abril de 1566,a la edad de 104 años.

El libro es un himno a la moderación, a la queCornaro llama Hija de la Razón, Madre de Virtudes,Sustancia de la Vida; enseña a los ricos a gozar s a-biamente de la abundancia; a los pobres a soportarsu suerte sin resentimiento. Purifica los sentidos,fortalece el cuerpo, ilumina la mente, robustece lamemoria, embellece el alma; afloja los lazos que nosunen a la arcilla, nos eleva por encima de nosotrosmismos... y así por el estilo.

Pero este libro conquistó fama no sólo a causade estos sentimientos, indudablemente discretos ydelicados; sobrevivió a su autor durante siglos po r-que contenía la descripción de una dieta que él s i-guió con voluntad de hierro. Hace ciento cincuentaaños era todavía uno de los temas enseñados en laUniversidad de Padua; Ramazzini escribió un exten-so ensayo sobre el asunto, y dio confe rencias sobreaspectos conexos del tema.

El secreto del modo de vida de Cornaro consi s-tía en comer y beber sólo la cantidad mínima nec e-saria para mantener el cuerpo. Construyó balanzas

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muy precisas, con las que media su ración cotidiana:doce onzas de alimento y catorce onzas de bebida.(La onza italiana era un poco mayor que la inglesa.)Con esta dieta de encarcelado vivió hasta la maduraedad de ochenta años, en que su familia comenzó apreocuparse por la posibilidad de que la excesivamoderación concluyera por perjudicarlo. Consigui e-ron persuadirlo de que era conveniente comer más.El viejo caballero se dejó convencer y aumentó endos onzas la cantidad de alimento. Pero este m o-desto incremento le echó a perder el estómago, seenfermó, y todos temieron que el acto de glotoneríaque se le había obligado a cometer causara sumuerte. Con gran dificultad curó de su enfer medad,y declaró que deseaba vivir de acuerdo con sus pr o-pias ideas, y que su familia haría mejor en mantener-se apartada del asunto.

El obstinado Matusalén continuó torturando ala hija de la razón y a la madre de virtudes, hasta queal fin consiguió aflojar los lazos que lo unían a laarcilla. Consiguió mantenerse con dos yemas dehuevo diarias. Y las consumía por partes: una en elalmuerzo, y la otra durante la cena.

Hasta aquí nos hemos ocupado de actos quefueron expresión de sabiduría... aunque a veces un

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poco exagerada. Pero el resto es parte de nuest rotema principal.

Los apóstoles de la moderación conquistaronmuy pocos discípulos. A decir verdad, la humanidadnunca se intereso por una vida muy prolongada, siello implicaba tortas de maíz y de yemas de huevo.En lugar de vivir de tan sombría y tediosa realidad,prefirió seguir la pista de un sueño deslumbrante...la ilusión de la eterna juventud.

La idea de que debía existir cierta panacea mil a-grosa (algún medio que permitiera transformar laancianidad achacosa en juventud triunfante, sin n e-cesidad de mortificación) ha inspirado a la human i-dad desde las fábulas mágicas de los mitos clásicoshasta los experimentos que el profesor Steinachrealizó con glándulas de monos.

De acuerdo con la mitología griega, el secreto dela eterna belleza de Hera consistía en sus periódicasvisitas a la Fuente de Juvencia, donde se bañaba. Latradición de siglos convirtió este cuento de hadas enrealidad aceptada por la concepción del mundo a n-tiguo, y la leyenda perduró hasta la Edad Media. Sinembargo, el poder rejuvenecedor de la fuente m i-tológica se vio más o menos refutado por la listacasi infinita que la misma mitología griega ofrecía de

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las aventuras extraconyugales de Zeus. Si tan de s-lumbrantes eran la belleza y la juventud de la diosa,por qué estos devaneos amorosos?

La mitología escandinava ubicaba la fuente mila-grosa, la Jungbrunnen en el castillo de Iduna. LucasCranach y sus compañeros de escuela pintaron d o-cenas de cuadros sobre tan sugestivo tema, de unlado, entran en la fuente ancianos decrépitos y s e-cos; del otro, salen seres jóvenes y bellos...

Las novelas románticas de caballería, los roman-ces medievales, también incluyen extensas refere n-cias a la fuente de la eterna juventud. Cuandocomenzó la exploración de nuevos y desconocidoscontinentes, la gente supuso que entre los tesorosde estas “regiones meridionales” debía contarse lafuente maravillosa. ¿Se hallaba en la India, dondeAlejandro el Grande ya la había buscado? ¿O en elpaís fabuloso del Preste Juan, al que la imaginaciónubicaba en Asia o en Abisinia? Después del desc u-brimiento de América, estas especulaciones se co n-centraron particularmente, y un conquistadorespañol equipó dos naves con el fin preciso de bu s-car la famosa fuente.

Su nombre, naturalmente, era Ponce de León, yse sabía (o se imaginaba) que Bimini era el nombre

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de la isla donde se hallaba la fuente que milagros a-mente convertía a los viejos en jóvenes. Conquist a-dores férreos y decididos a todo, probados enferoces batallas, atravesaron los océanos desconoc i-dos en dirección a la isla misteriosa. La atrevida em-presa no utilizaba como guía el compás delaciencia... sino la estúpida charla de algunos nativos.Nada tan característico del alma del conquistadorespañol, mezcla de desprecio a la muerte, de virildeterminación y de credulidad infantil, como el h e-cho de que se dejara influir por una combinación deromances caballerescos y de historias fabulosas f a-bricadas por los indios. Es muy probable que la p o-blación nativa, que odiaba a los conquis tadores,difundiera deliberadamente el cuento de la fuentemágica de Bimini con el mismo propósito que lamovió a hablar del sueño de Eldorado... para d e-sembarazarse de una vez de los invasores extranj e-ros.

Ponce de León no halló Bimini. Pero cuandonavegaba hacia el norte descubrió una hermosacosta, cubierta de flores y abundante en frutas. Porcausa de las flores que la adornaban generosamentela bautizó con el nombre de Florida. Durante ciertotiempo buscó la fuente, pero al fin se cansó del

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asunto y embarcó de regreso a la patria, mas enfe r-mo y más viejo que cuando salió.

El fracaso de la expedición a Bimini desilusionóa la vieja Europa, tan deseosa de rejuvenecimiento.Se comprendió que las fuentes de la eterna juventuderan simplemente fuentes termales, y que el influjode las leyendas las había transformado en fantást i-cos e inalcanzables sueños de rejuvenecimiento.

Pero, como es el caso con harta frecuencia, lahumanidad no pudo resignarse a la idea de perderuno de sus más queridos sueños.

No existía una Fuente de Juvencia, pero habíaseres humanos rejuvenecidos. Así lo afirmaron gr a-ves hombres de ciencia y famosos viajeros.

El caso más famoso fue el de la abadesa deMonviedro, de quien nos habla Velascus de Tare n-to. La piadosa virgen había alcanzado pacíficamentesu centésimo aniversario en el convento donde res i-día, cuando ocurrió el milagro. De pronto, tuvo unanueva dentición; largos y abundantes cabellos n e-gros reemplazaron a los escasos mechones blancos;el pergamino amarillento de su rostro se convirtióen fresca y rosada piel. La piadosa anciana se sintiópoco complacida con esta broma de la Naturaleza;la situación provocaba en ella profundo embarazo...

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sobre todo porque la noticia de su milagrosa tran s-formación atraía a grandes multitudes.

Hubo también casos similares en otras “com u-nidades cerradas”, pero de carácter completamenteopuesto al de los conventos de monjas.

Paul Lucas, el anticuario y viajero francés, fav o-rito de Luis XIV, llegó a Constantinopla durante unviaje por el Oriente. Según relata en su libro Voyagedans la Turquie (París, 1713) la esposa favorita delsultán había caído gravemente enferma. Dióse porsentado que el anticuario francés poseía conoc i-mientos médicos (después de todo, era un “sabio”)de modo que el sultán mandó buscarle, y le rogóque examinara a su esposa. El francés fue llevado alsantuario interior del harén. Cuando entró en elcuarto de enferma de la sultana, vio salir a dos he r-mosas jóvenes.

-Son las odaliscas- explicó el eunuco que loacompañaba- que el Padishá ha elegido para atendera la inválida.

El francés se sorprendió:-Si el Sultán ha elegido a algunas de sus favoritas

para esa tarea, ¿por qué prefirió precisamente a estasjóvenes e inexpertas criaturas?

El eunuco se echó a reír.

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-No son tan jóvenes- explicó-. Ambas tienenbastante más de setenta años.

Lucas se sintió intrigado. Y al fin descubrió quelas odaliscas bebían té preparado con cierta hierba, yque la bebida las mantenía jóvenes. El cautelosoviajero (que sin duda temió el asedio de las damasparisienses) agregó que la hierba sólo crecía en eljardín del Gran Serrallo, y que estaba destinada e x-clusivamente al consumo del harén.

Pero el más notable “milagro de rejuvenec i-miento” fue el, caso del hindú de 370 años. Su so r-prendente vida fue evocada por López Castanheda,el historiador de la corte portuguesa. Este hombreextraordinario alcanzó tan consi derable edad nocomo venerable anciano, sino en todo su juvenilvigor, y con abundante cabello negro; pues durantesu prolongada vida se rejuveneció por lo menoscuatro veces. Utilizó discretamente los recursos in a-gotables de su juventud: casó varias veces, se divo r-ció de sus esposas (algunas de ellas fallecieron) yvolvió a casarse. Tuvo no menos de setecientas d u-rante períodos más o menos prolongados, a lo largode su vida. Y como el autor del relato era un hist o-riador de la corte, jamás se dudó de la auten ticidadde la versión.

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El milagro del rejuvenecimiento fue observadoen el mundo animal... o por lo menos así lo crey e-ron millones de ilusos. Cuando el águila envejecía,utilizaba los rayos ardientes del sol para desembar a-zarse del plumaje gastado; luego, echaba plumasnuevas y vivía durante un siglo. Y era bien sabidoque el ciervo recuperaba su juventud de tiempo entiempo.

Por consiguiente, argüían los soñadores, el rej u-venecimiento no reconocía obstáculos biológicos; alo sumo, era preciso hallar los medios de revigorizarel cuerpo humano senil.

¿Existía esa poción mágica?La alquimia respondía a la pregunta con una

afirmación rotunda y confiada.El misterioso tinct sobre el que los eruditos a l-

quimistas cavilaron durante mil años tenía muchosnombres. A veces se lo llamaba Gran Magisterium,o Materia Prima, o Elixir de la Vida; también recibíael nombre de Piedra Filosofal.

Esta poderosa magia no sólo transformaba enoro el metal sin valor, sino que también curaba t o-das las enfer medades y prolongaba la vida. Y aúnaseguraba la eterna juventud, la inmortalidad delhombre feliz que lograra destilar el gran bálsamo de

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la vida en sus alambiques y retortas.Pero, ¿alguien había alcanzado éxito?Aquí, la elocuencia de los alquimistas se conve r-

tía en modesto murmullo.Oh, sí, replicaban, sin duda algunos han logrado

romper el sello hermético del secreto. Pero no hanquerido desafiar las leyes de Dios y el mandato de lanaturaleza; han preferido llevarse a la tumba el t e-rrible secreto.

Este argumento tiene tal poder de convicción,que apenas me atrevo a refutarlo. En todo caso, loúnico que podemos hacer es examinar la literaturade los alquimistas, para comprobar si alguien descu-brió el Elixir de la Vida y lo utilizó en su propio b e-neficio.

Por mi parte, sólo he hallado tres candidatos:Artephius, Nicolás Flanel, y el pintoresco condeSaint-Germain.

Artephius fue un conocido alquimista del sigloXII. Sus obras manuscritas seguramente fueronmuy apreciadas, pues se las conservó durante siglos,y a principios del siglo XVII fueron publicadas enlibro. Uno de sus trabajos, De vita propaganda, encarael problema de la prolongación de la vida. Con el finde destacar el valor de sus consejos, el autor señala

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modestamente en el prefacio que escribió el libro ala edad de 1025 años. Como la mayoría de las pe r-sonas saben a qué atenerse respecto de su propiaedad, no queda otro remedio que aceptar esta ven e-rable longevidad. Según Pico de la Mirándola, algu-nos hombres de saber la aceptaban. E iban máslejos aún; sostenían que el libro había sido escritopor el propio Apolonio de Tiana, el gran mago delsiglo I de nuestra era, que habría vivido hasta el s i-glo XII, con el nombre de Artephius, gra cias a lapiedra filosofal. Los sabios que intervinieron en lapolémica olvidaron sólo una posibilidad: que algúncolega mal intencionado los hubiera hecho víctimasde un engaño (empresa que no ofrecía mayores difi-cultades, por tratarse de espíritus afectados por lafiebre de la alquimia).

Nicolás Flanel vivió en el París del siglo XIV.Alrededor de su figura la tradición tejió un mantode deslumbrantes leyendas. En su juventud comprópor pocos francos un libro escrito sobre corteza deárbol, lleno de misteriosos símbolos y figuras. C o-mo era incapaz de des cifrarlos, hizo una promesa yfue en peregrinación a Santiago de Compostela. Deregreso a su hogar, conoció en el camino a un m é-dico judío, que le reveló la clave del enigma. Una

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vez en París, siguió las instrucciones del libro y c o-menzó a transformar el mercurio en oro. Fabricóoro por valor de muchos millones, y consagró esafortuna a fines de caridad. Como era verdad que unrico burgués llamado Nicolás Flanel había destinadograndes sumas a obras de beneficencia, la imagin a-ción medieval, siempre ansiosa de milagros, co n-fundió la figura del mercader con la del alquimista, ycreyó todo lo que la tradición oral difundió sobreeste último. Un creyente de celo particular menteardoroso llegó al extremo de comprar la casa deFlanel, en el número 16 de la Rue Marivaux, y lademolió completamente, en la esperanza de hallaren algún escondrijo el milagroso libro de corteza deárbol.

La literatura sobre Flanel es abundante, y alude abuen número de diferentes “secretos”, pero estosúltimos pertenecen en realidad a la historia de laalquimia propiamente dicha. Baste decir aquí que seatribuía a Flanel el descubrimiento del Elixir de laVida; que se aseguraba que no había muerto, afi r-mándose que en su ataúd se había depositado unmuñeco de madera, después de lo cual había partidocon su esposa hacia Oriente. Trescientos años des-pués la feliz pareja aún vivía, como lo informa con

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toda seriedad un viajero francés:“En Asia Menor conocí a un derviche de gran

cultura, que era adepto de las ciencias secretas. E n-tre otras cosas me dijo que el maestro en esas cie n-cias era capaz de prolongar su propia vida durantemil años. Mencioné el caso de Flanel, que había h a-llado la Piedra Filosofal, a pesar de lo cual habíamuerto, como cualquier otro ser humano. El derv i-che se echó a reír, y afirmó que todos estábamosequivocados. Flanel y la esposa seguían vivos, y losconocía bien; juntos habían pasado cierto tiempo,algunos años atrás, en la India... Me relató otros h e-chos de Flanel, pero de ellos no mencionaré losmenos verosímiles.”

El libro que contiene este extraordinario info r-me se llama Voyage dans la Grece, l’Asie Mineure, laMacédoine et l’Afrique (París, 1712), y está dedicado aLuis XIV. Su autor es el mismo Paul Lucas que r e-lató sus experiencias en el Gran Serrallo, con las“jóvenes” de setenta y dos años rejuvenecidas por lamisteriosa hierba de los jardines del harén... por locual, hemos de considerarlo, claro está, un testigodigno de la mayor confianza.

Bastará que reseñemos algunos elementos de lavida aventurera del conde Saint-Germain. Fue favo-

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rito e íntimo de Luis XIV, llevó una vida de lujo yde placer, aunque nadie sabía de dónde sacaba eldinero; exhibía magníficos diamantes de gran tam a-ño, y se afirmaba que los fabricaba personalmente;estaba iniciado en los misterios de los Rosacruces...y así por el estilo. Nadie conocía sus ante cedentesprecisos. Algunos decían que su madre era unaprincesa española; otros afirmaban que su padre eraun judío portugués. En los últimos años de su vidacirculó otra versión, de acuerdo con la cual era hijoilegítimo de Ferenc Rakoczi, príncipe húngaro y jefede la prolongada rebelión contra los Habsburgo. Afines de 1912, una entusiasta dama inglesa, Mrs.Cooper-Oakley, insistía en probar la verdad de estateoría ridícula y totalmente insostenible.

Todos estos misterios y secretos excitaron laimaginación de los contemporáneos del conde, yayudaron a desarrollar la leyenda. Se aseguraba queel conde conocía el secreto del Elixir de la Vida, yque él mismo era inmortal. Naturalmente, algunasdamas de cierta edad afir maron que sus abuelas yahabían conocido al conde, y que entonces tenía elmismo aspecto juvenil que ahora se le conocía. Elpropio conde jamás habló francamente de su i n-mortalidad, pero de tanto en tanto dejaba escapar

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una velada alusión, y de ellas podía deducirse que yahabía pasado varios siglos en este mundo. Sabíacontar anécdotas, con maravilloso arte, y era capazde presentar episodios históricos muy antiguos c o-mo si hubieran ocurrido poco tiempo antes. En t a-les ocasiones a veces cometía un error... por ciertodeliberado. Por ejemplo, relataba un caso de la vidade Enrique IV, y decía: “... y entonces el rey se vo l-vió sonriente hacia mí... es decir, se volvió hacia elduque de X.”

La sociedad aristocrática de París creía en la i n-mortalidad de Saint Germain, del mismo modo quehabía creído en la de Flanel. Si todos aceptaban larealidad del Elixir de la Vida, ¿por qué habrían dedudar de sus efectos? De modo que los rumores ylas leyendas cobraron forma y se difundieron. Lasdamas de los salones de París murmuraban que elconde había asistido al concilio de Nicea, que habíaconocido al Salvador, y que varias veces habla est a-do en los banquetes de Poncio Pilatos, en calidad deinvitado.

Algunos bromistas consideraron que, si la soci e-dad era tan estúpida, no era censurable explotar esaestupidez colectiva, de modo que un aventurero demaneras elegantes, un tal Gauve, decidió personif i-

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car al conde Saint-Germain. El falso conde dese m-peñó su papel con arte exquisito. Re lató aventurasque había vivido casi dos mil años antes; entusia s-mándose, describió el palacio de Poncio Pilatos, y ala Sagrada Familia, y su amistad con la venerableSanta Ana, a quien posteriormente pudo prestar ungran servicio, pues fue la información suministradapor el conde en el concilio de Nicea la que determ i-nó la canonización de la dama.

Cuando el auténtico conde se enteró del asunto,tan cercano al sacrilegio, se limitó a encogerse dehombros: “Si los tontos de París se complacen entales estupideces”, dijo al barón Gleichen, “que sediviertan. Mi única virtud es que parezco más jovende lo que soy realmente... y eso es todo”.

La fábula no corrió solamente en París. Cruzó elcanal de la Mancha y apareció en las columnas delLondon Chronicle. En el número del 3 de junio de1760, este res petable órgano publicó un extensoartículo sobre la llegada a Londres del conde Saint-Germain. Un pasaje de la crónica describía un e x-traño incidente relacionado con el Elixir de la Vida.Como anécdota, la historia llegó hasta el siglo XX, ytodavía aparece aquí y allá. Sin embargo, en el sigloXVIII se tomaba el asunto muy en serio, al punto, -

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de que la gran Enciclopedia Larousse lo consideróejemplo clásico de la estupidez humana, y reprodujotodo el artículo (página 70, volumen 14).

La versión ligeramente abreviada dice así:“Una duquesa de sangre real pidió al conde que

le diera unas gotas del líquido rejuvenecedor. Envista del elevado rango de la dama, no era posiblerechazar el pedido. El conde le entregó una redoma,indicándole que tomara diez gotas en cada luna ll e-na. La duquesa deseaba que su vieja doncella, Rad e-gonde, no estuviera al tanto del secreto. Le dijosimplemente que se tra taba de una medicina contrael cólico, y depositó el frasco en un cajón. Esa n o-che la duquesa fue a una fiesta, y mientras se hallabaausente, la anciana Radegonde ingirió alimentos queno convenían a su consti tución, y comenzó a pad e-cer cólicos. Agobiada por el sufrimiento, tomó laredoma y la vació de un trago. Cuando varias horasdespués llegó la duquesa, halló en su dormitorio auna niñita de ocho años... Era Radegonde.”

Esta anécdota ha aparecido- en una docena deformas diferentes- en cien distintos países. Lo cualdemuestra la tenaz capacidad de supervivencia delos sueños de la humanidad.

Cagliostro no merece por cierto ser incluido e n-

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tre los alquimistas, aunque él mismo difundió elrumor de que conocía el Elixir de la Vida. Sin e m-bargo, no fue como alquimista que adquirió sus c o-nocimientos sino en el papel de Gran Copto, jefesupremo de una absurda Logia Masónica que seguíalos ritos del “antiguo Egipto”. Esta logia, en la queconfluían toda suerte de confusos misticismos, notuvo dificultad en reclutar adeptos en el París delsiglo XVIII, donde prosperaban maravillosamenteaventureros e impostores.

Cagliostro prometía a sus adeptos un doble r e-juvenecimiento: moral y físico. El primero no atraíamucho a los parisienses... sin duda, se considerabanbastante morales, y no veían necesario exagerar lanota. Pero la reno vación del cuerpo era asunto t o-talmente distinto. Sin em bargo, el propio GranCopto no publicó los detalles del asunto. Estos ú l-timos aparecieron en un folleto anónimo que excitóla imaginación de los parisienses; por otra parte,algunos afirmaron que efectivamente había sido e s-crito por el propio Cagliostro. Su título era : Secret dela régénération, ou Perfection Physique per laquelle on peutarriver a la spiritualité de 5557 ans. He aquí la receta:

Retírese al campo en compañía de un amigo leal,y pase treinta y dos días a estricta dieta; durante este

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período purifique su sangre con suaves aplicacionesde sanguijuelas. Al trigésimo segundo día acuéstesey tome una pizca de la materia prima. (Natura l-mente, el secreto de ésta última sólo era conocidopor el Maestro.) La absorción de esta dosis estaráseguida de tres días de inconsciencia, pero no esnecesario alarmarse, y al cuarto día se tomará otrapequeña porción, la cual provocará alta fiebre, del i-rio, la caída del cabello, el aflojamiento de los die n-tes y des pellejamiento. Al trigésimo sexto día setomará la tercera dosis, que determinará un profu n-do sueño, del que el paciente no despertará hasta eltrigésimo noveno día. Durante este lapso creceránnuevamente los cabellos y saldrán los dientes, y serenovará la piel. Al trigésimo noveno día se tomarándiez gotas de la materia prima, mezcladas en vino,después de lo cual se recomienda un baño de aguatibia. Al cuadragésimo día el sujeto del proceso de s-pertará, cincuenta años más joven.

La gran ventaja de la cura consistía en que eraposible repetirla cada cincuenta años. Su mínimadesventaja era que no podía repetirse ad infinitum,porque cuando el sujeto alcanzaba la edad de 5557años perdía su eficacia.

A pesar de esta lamentable limitación, el Gran

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Copto se vio sin duda apremiado por sus adeptos,deseosos de conseguir la materia prima. Infortun a-damente, anduvo complicado en el famoso o not o-rio asunto del collar, que suministró “materiaprima” a tantos escritores (desde Dumas a Carlyle) ydebió abandonar París, Francia, su Logia egipcia y atodas las apergaminadas momias que ansiaban rej u-venecer.

Otro “milagro” de alquimista se relacionaba conel maravilloso alcaest. Van Helmont, el médico yquímico flamenco, inventor de la palabra “gas”, lecantó loas de inigualado fervor. El alcaest disolvía yfundía todas las sustancias: metal, madera, vidrio,diamante, piedras, plantas, músculos, huesos. Susefectos eran tan universales como los del calor s o-bre la nieve. Van Helmont aseguraba haber halladoel milagroso elemento, y afirmaba que había realiz a-do ya varios experimentos. Introducía carbón y ma-dera en un recipiente de vidrio, agregaba un poco dealcaest... y al cabo de tres días la madera y el carbónse hallaban reducidos a una sustancia lechosa. Alr e-dedor del tema surgió abundante literatura. Fina l-mente, Johann Kunckel, otro alquimista, quedescubrió procesos para la fabricación de vidrio a r-tificial de color y para la prepara ción de fósforo,

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hizo estallar la bella pompa de jabón. Se limitó aformular una sencilla pregunta: si el alcaest lo diso l-vía todo, ¿por qué no ejercía su acción sobre el reci-piente de vidrio en el que se lo guardaba? Despuésde lo cual, esta panacea desapareció del catálogo dela alquimia.

En la biblioteca del conde Alejandro Apponyihallé un librito que es una notable rareza. Fue publi-cado en París el año 1716, por Longu eville-Harcourt, y su título es el siguiente: Histoire des per-sonnes qui ont vécu plus d’un siecle, et de celles qui ont rajeu-ni, avec le secret du rajeunissement, tiré d’Arnauld deVilleneuve.

El autor reunió un colorido ramillete de pers o-nas que vivieron un siglo o más, y de ancianos rej u-venecidos; entre ellas hallamos a nuestros viejosconocidos, la monja de Monviedro y el hindú de370 años. Pero estas tradicionales figuras revistenmenos interés que el ensayo de Arnaldus Villanov a-nus sobre la eterna juventud.

¿Quién era Arnaldus Villanovanus? Uno de lossabios famosos del siglo XIII: médico, astrónomo yalquimista, hombre de extraordinaria erudición, mé-dico de corte de los papas Bonifacio VIII y Cl e-mente V.

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El ensayo publicado por Longueville-Harcourtno se encuentra incluido entre las obras impresas deArnaldus Villanovanus. El autor francés nos diceque fue conservado en manuscrito; el texto latinopasó a manos del abate Vallemont, que lo entregó aLongueville-Harcourt. Que la historia sea o no a u-téntica, poco importa; en sí misma, es reflejo delestado de los espíritus en el siglo XIII.

El método descrito en el documento es modelode lógica escolástica; cada paso es perfecto y raz o-nable... pero la idea fundamental es falsa. Se haconstruido una pirámide regular, pero puesta al r e-vés, y como material se ha utilizado el que sumini s-tró la medicina medieval.

La premisa básica de la teoría es bastante senc i-lla. Las plantas, los minerales y los animales conti e-nen por igual poderosos elementos curativos de lasdiferentes enfermedades. Sólo se necesita destilar laesencia de las drogas más potentes y crear una ter a-pia en el transcurso de la cual el paciente que buscarejuvenecerse absorbe la panacea universal de todaslas enfermedades en la dosis apro piada. Si el sujetoobserva cuidadosamente las reglas, el resultado finaldebe ser el rejuvenecimiento.

Ante todo, es preciso obtener un poco de az a-

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frán oriental, hojas de rosas rojas, madera de sá n-dalo, la raíz del áloe y ámbar gris. Estos materialesserán reducidos a polvo y mezclados con cera yaceite esencial. El ungüento así obtenido forma unapasta, y debe ser extendido sobre la región del cor a-zón todas las noches, antes de acostarse.

Luego, la dieta; su duración depende del temp e-ramento del paciente. La más breve es de dieciséisdías, la más prolongada de treinta. El menú es ba s-tante simple: una gallina por día, preparada en sopa.Naturalmente, no se trata de cualquier ave... sino deuna gallina alimentada durante dos meses con ciertacomida especial.

Este alimento para pollos era un tanto extraño...se componía exclusivamente de víboras (Aquí c o-rresponde recordar que durante varios siglos Eur o-pa padeció la manía de las víboras. Atribuíansemilagrosos poderes curativos, no sólo a las víboras,sino también al “bálsamo teriacal” que se obtenía deellas. Este bálsamo se vendía en pequeña tortas r e-dondas, llamadas trochisci (de ahí el nombre de tro-quista o droguista).

Naturalmente, las gallinas no estaban dispuestasa comer víboras con la misma facilidad que ingeríanlombrices de tierra. Era necesario seguir otros m é-

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todos. Primero se despellejaban las víboras, se co r-taba la cabeza y la cola, se lavaban los cuerpos envinagre, se los frotaba con sal y se los cortaba enpequeños trozos. Se colocaba en un recipiente elsabroso alimento, y se los mezclaba en partes igu a-les con romero, granos de anís y eneldo, agre gandomedia libra de semillas de alcaravea; luego, debíallenarse el recipiente con agua limpia, y se ponía t o-do al fuego. Cuando el agua se había evaporado, seagregaba una buena porción de trigo puro, y secontinuaba cocinando toda la mezcla, hasta que eltrigo hubiere absorbido las valiosas cualidades de lavíbora. El alimento estaba listo; se formaban p e-queños glóbulos, arrollados en afrecho, y se servía ala gallina.

Mientras duraba la cura el paciente debía limitar-se a comer diariamente dos platos de sopa de gallinay un poco de pan. Una vez concluido el período dedieta, el sujeto debía tomar doce baños- con el e s-tómago vacío- en agua perfumada con ciertas hie r-bas.

Es imposible negar que toda esta concepciónera lógica y razonable. No es posible alimentar alpaciente con carne de víbora; entonces, que elefecto medicinal de la víbora sea absorbido por el

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trigo, que el trigo sea comido por la gallina, y la g a-llina consumida por la persona deseosa de rejuvene-cer.

Hasta ahora, el asunto marcha perfectamente.Pero inmediatamente sigue la piece de résistance dela cura, la esencia milagrosa que libra batalla en elcuerpo bien preparado (bien preparado por la sopade gallina y el emplasto sobre el corazón) contra losprocesos tóxicos del envejecimiento, y triunfant e-mente renueva la juventud. Los médicos mediev a-les, herederos de la antigua medicina árabe y griega,alentaban innumerables supersticiones sobre elefecto de sustancias absolutamente fantásticas ycostosas. Creían en el poder curativo de las piedraspreciosas, de las perlas, del coral, de los dientes dehipopótamo, del marfil, del corazón de ciervo, etc.Villanovanus coleccionó las sustancias de más p o-deroso efecto, y concibió una receta irresistible. Norepetiré aquí las proporciones; es poco probable queninguno de mis lectores intente preparar la mixtura.

Se necesitaban los siguientes productos:

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Oro Jacintos Coral rojoRaíz de áloe Esmeraldas Limaduras de marfilMadera de sándalo Rubíes Corazón de ciervoPerlas Topacios Ámbar grisZafiros Coral blanco Moschus

Estos valiosos ingredientes debían ser reducidosa polvo, mezclados con aceite de limón y de rom e-ro, endulzados con azúcar, y del brebaje debía t o-marse media cucharada después de cada baño.

Después de breve lapso, se observarían los r e-sultados: la floreciente primavera de la juventud r e-emplazaría al gastado y seco invierno de laancianidad. El proceso debía ser repetido cada sieteaños. Quien lo siguiera concienzudamente recupera-ría su juventud una y otra vez.

El incrédulo que astutamente preguntara porqué el gran alquimista no había probado persona l-mente el milagroso elixir, y por qué no lo vemos ennuestro propio siglo como prueba maravillosa de lagrandeza de la medicina medieval, recibiría contu n-dente respuesta: Arnaldus Villanovanus ciertamentelo hubiera hecho, si se le hubiese dado la oportun i-dad. Pero, desgraciadamente, la nave en que viajabade Sicilia a Génova naufragó, y el alquimista se aho-gó en el mar.

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3.

A mediados del siglo XVIII inflamó a París unanueva perspectiva de rejuvenecimiento.

¿Por qué buscar la fuente de la eterna juventuden Bimini, cuando se hallaba aquí mismo, al alcancede nuestras manos? La sangre, el fluido vital, estabapresente por doquier; circulaba en la venas de losjóvenes. Bastaba utilizarla en beneficio de los anci a-nos... aún quedaría buena cantidad para sus propi e-tarios originales.

Robert Desgabets fue el primero que concibió laidea de la transfusión de sangre. Sólo se ocupó delaspecto teórico del problema; pero pocos años de s-pués, en 1664, Richard Lowers, el médico y fisiól o-go inglés, efectuó con éxito la operación, utilizandodos perros. La noticia alentó a Jean-Baptiste Denis,médico de la corte de Luis XIV, y el galeno propusointentar el atrevido experimento sobre la persona deseres humanos.

Se trataba de un torpe tanteo, comparado conlas maravillosas hazañas de la medicina moderna. Elobjetivo final era el rejuvenecimiento; y se creía quese lo alcanzaría extrayendo la sangre envejecida e

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introduciendo sangre joven. Las damas de París, tanreacias a envejecer, espe raron muy excitadas el r e-sultado del experimento.

Un jornalero enfermo y anémico se ofreció c o-mo conejillo de Indias; afirmó que poco le import a-ba la posibilidad de un resultado negativo. De todosmodos, no podía perder. El doctor Denis practicóprimero una transfusión con sangre de cordero;milagrosamente, el paciente cobró nuevas fuerzas.La segunda transfusión también fue un éxito, y D e-nis se disponía a organizar un hospital consagrado ala “renovación de la sangre”, cuando el tercer p a-ciente murió... probablemente porque su grupo san-guíneo era diferente. La viuda acudió a lostribunales, exigiendo indemnización, y ganó el ju i-cio. El fallo de los jueces prohibió nuevos exper i-mentos del mismo tipo y, lo mismo que en tantosotros casos, aquí acabó otra de las ilusiones de lahumanidad.

Pero los mortales, obligados a padecer el invie r-no de la ancianidad, y a cavilar sobre el recuerdo deantiguas primaveras, no podían resignarse a aceptarel curso natural de las cosas. Se volvieron hacia laBiblia, y repasaron cuidadosamente el pasaje delLibro Primero de los Reyes, en el que se relata

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cierto incidente de la vida del rey David:“Como el rey David era viejo, y entrado en días,

cubríanle de vestidos, mas no se calentaba.“Dijéronle por tanto sus siervos: Busquen a mi

señor el rey una moza virgen para que esté delantedel rey, y lo abrigue y duerma a su lado, y calentará ami señor el rey.

“Y buscaron una moza hermosa por todo el tér-mino de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita, y tr a-jéronla al rey.

“Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey,y le servía, mas el rey nunca la conoció.”

El texto bíblico nada dice del método de rejuve-necimiento; probablemente se esperaba que el viejorey se sintiera reconfortado por el espectáculo de lajuventud que de ese modo se le administraba; demodo que, gracias a una antigua superstición méd i-ca, Abisag fue utilizada también como... ¡botella deagua caliente!

Pero el inocente texto- pues él “no la conoció” -despertó considerables esperanzas en los viejos y enlos enfermos. La historia de Abisag la Sunamitacondujo a la extraña moda del sunamitismo.

Conoció su apogeo en el París del siglo XVIII,cuando la moralidad de la época y el espíritu del

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siglo se hallaban en el punto más bajo, y los caballe-ros decrépitos alentaban la esperanza de recuperarsu virilidad mediante esta cura tan peculiar.

El informe más detallado se encuentra en lasmemorias de Rétif de la Bretonne, el extrañ o perso-naje en cuyas obras- más extrañas aún- se delinea lageografía, la fisiología y la ética de las noches de Pa-rís. El nombre de la proveedora de sunamitas quedesempeñaban el papel de “botellas de agua calie n-te” era madame Janus. En su “instituto” esta mujertenía cuarenta jóvenes bien adiestradas. El precio deuna cura era dieciocho francos, la muchacha recibíaseis, y madame Janus doce. La cura completa dur a-ba veinticuatro días... mejor dicho, veinti cuatro no-ches. Tres parejas de muchachas atendían el ser-vicio, y se turnaban cada ocho días. La inteligenteempresaria cuidaba los detalles: una de las much a-chas era morena, y la otra rubia. Ni siquiera el másestricto moralista hubiera podido objetar el asunto,pues sólo se empleaban jóvenes de irreprochablereputación y perfecta inocencia. De acuerdo con laconcepción “científica” general, única mente donce-llas estaban en condiciones de suministrar la cura...de lo contrario, podía temerse que hicieran más malque bien. Para mayor seguridad, el cliente deposit a-

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ba como garantía una suma importante; si no cu m-plía las reglas, perdía el depósito.

La concepción de la sunamita descubrió otromedio de avivar el fuego de la vida y de encender lallama del entusiasmo. En resumen, la idea era util i-zar el aliento humano para restaurar el vigor y lavirilidad del ser humano.

En su libro Syntagma inscriptionum antiquarum,Tomás Reinesius, el famoso anticuario (1587-1667),describió una extraña y antigua piedra conmemor a-tiva. Fue hallada por un arqueólogo de Boloña, denombre Gommarus. La inscripción decía:

AESCULAPIO. ET. SANITATI.L. CLODIUS. HERMIPPUS.QUI. VIVIT. ANNOS. CXV. DIES. V.PUELLARUM. ANHELITU.QUOD. ETIAM. POST. MORTEM.EIUS.NON. PARUM. MIRANTUR. PHYSICI.JAM. POSTERI. SIC. VITAM. DUCITE.

es decir, se trataba de una piedra conmemorativaerigida por L. Clodius Hermippus en honor de E s-culapio y de Sa nitas. Hermippus vivió hasta la m a-

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dura edad de 115 años y 5 días, gracias al aliento delas muchachas jóvenes, y los médicos cavilaron m u-cho sobre el caso, aun después de la muerte de estepersonaje. ¿Por qué la posteridad no podía vivir delmismo modo?

Además, el método era mucho más agradableque el de Cornaro, que pasó toda su ancianidad condos yemas de huevo diarias.

Pero, ¿quién era este Hermippus? ¿Dónde vivió?¿Y cuándo? Y, sobre todo, ¿cómo aplicó la cura delaliento rejuvenecedor?

Los arqueólogos poco se preocuparon por lasolución del misterio; sólo les interesaba descifrar lainscripción.

Heinrich Cohausen, médico de Münster, dio larespuesta en su famosa obra, Hermippus redivivus, pu-blicada en numerosas ediciones y traducida a variaslenguas. (La edición original fue publicada en latín,en la ciudad de Francfort, el año 1742. La ediciónalemana popular llevaba este título: Der wieder lebendeHermippus oder Curiöse Physicalisch-Medizinische Abhan-dlung von dér seltenen Art sein Leben durch das AnhauchenJunger Mágdchen bis auf 115 Jahr verlangern aus einerRömischen Denckhmahl genommen, aber mit medizinischenGründen befestiget etc. von Joh. Heinr. Cohausen, ietzo aus

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d. Latein übersetz. Gedruckt in der alten Knaben Bu-chdruckerey, Sorau, Hebold, 1753. (Hermippus red i-vivo, o un extraño ensayo físico-médico sobre elcurioso método destinado a prolon gar la vida hastala edad de 115 años mediante el aliento de jóvenesdoncellas, tomado de un monumento romano, peroapoyado con razones médicos, etc. por JohannHeinrich Cohausen, y ahora traducido del latín.)

De acuerdo con el doctor Cohausen, el caso deHermippus era bastante verosímil. Pues la cienc ia(como el autor lo demuestra con acopio de citas)considera que el aire que los pulmones expelen estásaturado de toda suerte de emanaciones y de át o-mos absorbidos en el interior del cuerpo, y prod u-cidos por la sangre y por otros líquidos delorganismo. De acuerdo con la experiencia, el alientodel enfermo es infeccioso, porque lleva la simientede la enfermedad. Por otra parte, si esta premisa escierta, también debe serlo la contraria; el aliento deuna persona sana contiene elementos sanos, vigor i-zadores y, si dicho aliento es inhalado por otros,esos elementos ingresaran en la sangre, la refresc a-rán y acelerarán su circulación.

Todo esto era especialmente aplicable, cont i-nuaba el razonamiento, al caso de las muchachas

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jóvenes y sanas, No estaban tan alejadas del m o-mento en que nacieron; es decir, del instante en quetraen al mundo el más poderoso bálsamo vivific a-dor, que después se agota paulatinamente, a medidaque se desarrolla la vida de la mujer. No cabe dudade que el aliento y las exhalaciones de las much a-chas poseen gran cantidad de este elemento ese n-cial; y que el mismo, al entrar en el torrentesanguíneo del anciano, renueva su sangre cansada ygastada, y acelera el movimiento del pulso.

Naturalmente, el paciente debe seguir un sist e-ma de vida adecuado y aplicar una dieta higiénica,pues en sí mismo el aliento de una joven no es suf i-ciente para sostener al organismo... aunque es ve r-dad, como lo afirman ciertos escritos misteriosos,que el aire contiene elementos nutritivos. Así, Pliniorelata que en el extremo más alejado de la India v i-ven hombres que carecen de boca. No comen nibeben, y se nutren con el aire que inhalan por lanariz, con el perfume de raíces y de flores, con elaroma de las manzanas silvestres. Hermolaus Barba-rus menciona el caso de un romano que vivió delaire durante un período de cua renta años. Olimpio-doros, el gran neoplatónico griego, habla de unhombre que vivió sin comer ni beber, sustentándose

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simplemente con los elementos nutritivos del sol ydel aire. Y todos los naturalistas conocen el ejemplodel avestruz, que vive exclusivamente del aire, concuyo alimento algunos aún engordan (Cohausenolvidó citar el camaleón, el cual- de acuerdo con lacreencia de los antiguos- también vivía exclusiv a-mente de aire.)

Pero es preciso no extremar las cosas, pues losdatos de ciertos autores no son muy fidedignos.Afírmase que un hombre a punto de morir puedereaccionar si se colocan algunas gallinas bajo elcuerpo del moribundo. Cuando el peso de su cue r-po ha provocado la muerte de las gallinas, el “esp í-ritu vital” de las infortunadas aves pasa al org anis-mo enfermo y lo revive. Tampoco es muy probableque las golondrinas, cuando abandonan los paísesseptentrionales, se retiren a pasar el invierno a cie r-tas cavernas en la costa del mar, donde sobrevivensin comer ni beber hasta la llegada de la primavera.Según la misma versión, las golondrinas se manti e-nen muy juntas, y se alimentan mutuamente del“aliento vital”. Además, si fuera cierto que en Esp a-ña existen hombres conocidos bajo el nombre desalutatores, que curan curan las heridas soplandosobre ellas, dicha práctica no tendría nada que ver

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con la ciencia médica y debería considerársela magianegra.

El médico de la corte del obispo de Munster i n-cluyó en su libro otras muchas citas. Menciona alhumanista Marcilius Ficinus y al gran Bacom de Ve-rulam; y resumiendo la opinión de los sabios, llega ala conclusión de que Hermippus había alcanzadorealmente la edad de 115 años y 5 días. Sin duda,había llegado a tan madura ancianidad gracias alaliento de las jóvenes.

El doctor Cohausen también resolvió el enigmadel m’todo seguido por el viejo romano para obt e-ner durante tantas décadas la necesaria provisión deaire; después de todo, las muchachas se casan o e n-vejecen, o sufren variadas vicisitudes. La respuestaera fácil: Hermippus había sido seguramente dire c-tor de un orfanato. Para demostrar su teoría. Elmédico de Munster cita a Bacon, que en su libroSilva Silvarum publicó una observación en el sentidode que los retóricos y los sofistas consagrados a laenseñanza de la juventud, vivían todos hasta edadmadura. Gorgias, Isócrates, Pitágoras... todos cont i-nuaron enseñando hasta edad centenaria, hazañaque debieron exclusivamente a la capacidad renov a-dora del aliento juvenil.

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El libro del doctor Cohausen tuvo un éxito queno fue sólo literario. Cuando se publicó la edicióninglesa, algunos médicos londinense aplicaron a suspacientes el método de Hermippus. Por lo menosuno quiso realizar un experimento personal, y a l-quiló una habitación en un colegio de señoritas, conel fin de inhalar constantemente el aliento de lasniñas.

Pero la bella burbuja estalló al poco tiempo.El doctor Cohausen confesó que no tenía la

menor intención de aplicar el método rejuvenecedorde Hermippus. Simplemente se había burlado delmundo con su exitosa mistificación científica. Qu i-zás fastidiaban al inteligente médico las innumer a-bles supersticiones que se disfrazaban de ciencia, yeligió esta forma para ridiculizar a los pompososimpostores. Y también es posible que no lo movieraningún propósito particular, y que concibiera labroma sólo para divertirse.

Pero Bacon estaba en lo cierto cuando dijo quela juventud, la belleza, y la salud, si bien no transm i-tían el espíritu de la vida, por lo menos contenían lavida del espíritu, y por consiguiente rejuvenecíantambién al cuerpo. Naturalmente no era esta la j u-ventud que perseguían tan tenazmente quienes s o-

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ñaban con el Elixir de la Vida, pero aún sus débilesreflejos constituyen recompensa suficiente.

4.

Si el alquimista podía preparar en sus alamb i-ques y retortas una poción capaz de crear la eternajuventud- es decir, si era capaz de vencer a lamuerte- ¿por qué no habría de alcanzar el éxito en elotro extremo de la línea vital, allí donde se dibujaante nosotros el eterno interrogante del nacimiento?¿Por qué, razonaban los incorregibles soñadores, nopodíase crear vida artificialmente?

El homunculus, el ser humano creado por elhombre, comenzó con Paracelso a rondar las cuevasde los alquimistas. Hasta entonces sólo existían v a-gas concepciones. Paracelso suministró las primerasinstrucciones detalladas sobre el método a seguir.Este hombre fabuloso, en cuyo cerebro parecieraque se hubiesen combinado una docena de formasintelectuales- que fue ora médico de éxito, oracharlatán, ora brillante inventor, o confuso adeptode las ciencias ocultas- resumió en su obra De naturarerum los conocimientos de la época sobre el h o-

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munculus:“Se ha discutido mucho si la naturaleza y la

ciencia nos han dado los medios de crear un serhumano sin ayuda de mujer. En mi opinión, es e m-presa perfectamente posible y que no contradice lasleyes naturales. He aquí cómo debe procederse: c o-lóquese buena cantidad de simiente humana en unalambique. Una vez sellado éste, se lo mantendrádurante cuarenta días a una temperatura igual a latemperatura interior del caballo” (es decir, debíaenterrarse el alambique en estiércol de caballo)“hasta que empiece a fomentar, a vivir y a moverse.En ese punto ya tendrá forma humana, pero serátransparente e insustancial. Durante otras cuarentasemanas deberá ser alimentada cuidadosamente consangre humana y mantenida en el mismo lugar cál i-do, y al cabo de ese período se tendrá un niño vivoy auténtico, como el que nace de mujer, pero m u-cho más pequeño. Es lo que denominamos homun-culus. Debe ser atendido con cuidado y diligencia,hasta que crezca lo suficiente, y comience a mostrarindicios de inteligencia.”

El resto se halla envuelto en la bruma caract e-rística de Paracelso. Pero en definitiva resulta que elhomunculus debe ser considerado una criatura útil;

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pues como debe su existencia al saber científico,todo lo conoce sin necesidad de educación, está f a-miliarizado con los más recónditos secretos de laNaturaleza, y puede ayudar a sus amos en la realiz a-ción de hazañas portentosas.

El gran charlatán sin duda estaba satisfecho consu propia erudición, y no necesitaba la ayuda de e s-tos muñecos artificiales, pues los biógrafos no s e-ñalan la presencia de un homúnculo entre losmiembros de su familia. Los alquimistas que le s i-guieron tampoco aluden a la realiza ción de exper i-mentos con niños fabricados en tubos de ensayo.

Sólo conocemos un caso, en el que no uno sinodiez homunculi fueron creados en el taller del a l-quimista.

Un hombre llamado Kammerer, secretario delconde Francisco José Kueffstein (1752-1818), ofr e-ce una reseña detallada, desde 1773 en adelante, delos gastos, los in gresos, los viajes y los actos cot i-dianos de su amo (Este diario fue publicado porprimera vez en el almanaque oculista Le Sphinx, yposteriormente fue reimpreso por Jean Finot en suobra La philosophie de la longevité. Kueffstein fue unrico propietario y alto funcionario de la corte deViena). El diario relata con el mismo seco estilo

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asuntos tan diversos como el costo de las posadas ydel polvo arroz utilizado en las pelucas, o el métodode creación de los diez homúnculos.

De acuerdo con esta crónica, durante sus viajesa Italia el conde Kueffstein conoció el abate Geloni.Este se sentía tan atraído como el propio conde porlos misterios de los Rosacruces. Los dos hombres seencerraron en el taller de Geloni, y pasaron cincosemanas explorando día y noche los misterios de lavida. Tan tenaz laboriosidad se vio coronada por eléxito: cierto día las criaturas de la ciencia comenz a-ron a agitarse en los alambiques. Con sus propioojos el sorprendido secretario vio diez homúnculos:un rey, una reina, un arquitecto, un monje, un mine-ro, una monja, un serafín, un caballero, un espírituazul y otro rojo.

Cada uno de ellos se hallaba en un recipiente demedio galón, lleno de agua y cuidadosamente sell a-do. Los recipientes fueron llevado al jardín y ent e-rrados en un cantero. Por espacio de cuatrosemanas se regó el cantero con cierto misteriosococimiento, después de lo cual comenzó a ferme n-tar. Esta fermentación ejerció sin duda conside rableefecto sobre las pequeñas criaturas, pues comenz a-ron a chillar como ratones. Al vigésimo noveno día

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se desenterraron los alambiques, y fueron llevadosal taller, y des pués de unos pocos días de “tr ata-miento complementario” Kammerer pudo ver otravez a sus nuevas relaciones.

Quedó sorprendido del cambio que habían s u-frido. Habían crecido, estaban más desarrollados, yera fácil discernir las características de la vida futura.Los hombres tenían barba, y las mujeres poseíanencanto y belleza. El abate les había suministradoropas, el rey tenía corona y cetro, el caballero esp a-da y lanza, y la reina un costoso collar.

Pero a medida que crecían, aumentaban las dif i-cultades. Era necesario alimentarlos ca da tres días,de acuerdo con cierta receta secreta, y en cada oc a-sión había que sellar los recipientes, pues los caut i-vos revelaban creciente inclinación a huir. En todocaso, revelaban mal carácter; en cierta ocasión,mientras recibía su alimento, el monje mordió elpulgar del abate (¿Antagonismo profesional?).

Hasta aquí, las anotaciones de Kammerer par e-cen imitación exacta de los cuentos fantásticos deE.T.A. Hoffmann o de Edgar Allan Poe. Pero ahoraun dato real: el conde regresó a Viena y presentósus “criaturas” a la logia rosacruz local. El secretariono da detalles de la no table exhibición; sólo dice

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que uno de los espectadores fue expulsado por elconde porque se atrevió a llamar a los homúnculos“horribles escuerzos”. Además, menciona a unconde Thun que creyó todos los dichos y hechos deKueffstein, y posteriormente colaboró en los exp e-rimentos realizados por este último. Este condeThun era bien conocido entonces en Viena. Era un“médico milagroso”, y se afirmaba que curaba a suspacientes sólo con tocarlos. Su carrera concluyó enLeipzig, el año 1794, cuando se reunió en su sala deespera enorme número de pacientes, de modo quele fue imposible atenderlos a todos. Para resolver elproblema, se limitó a vendarles los ojos, y ordenó asus ayudantes que ejecutaran las maniobras hab i-tuales. Pero se descubrió el engaño, y el conde de s-pareció de la vista del público.

Pero volvamos al diario.A medida que los homunculi envejecían, se to r-

naban cada vez más rebeldes. Antes solían iluminara su amo con lecturas discretas y ofrecían muchossabios consejos. De pronto, todo cambió. El reysólo quería hablar de política; la reina sólo se intere-saba por asuntos de etiqueta; el minero se ocupabaexclusivamente de problemas del mundo subterr á-neo. Y si estaban de mal humor, molestaban al co n-

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de con declaraciones burlonas y sin fundamento. Elpobre conde estaba bastante deprimido. En ciertaocasión quiso preguntar al monje cómo podía hallarun manuscrito de Paracelso que se había extravi a-do... y ocurrió un terrible accidente. El alambique sele deslizó entre las manos, se rompió en pedazos, elmonje cayó al suelo y se hirió gravemente. En vanotrataron de salvarlo, de lograr que reaccionara; aúnlos poderes magnéticos del conde Thun fracasaron,y el pequeño monje murió. Con cartulina negra leprepararon un ataúd, lo enterraron en el jardín, y supadre adoptivo derramó amargas lágrimas.

Pero eso no fue todo. Cierto día Kammererechó una ojeada al taller, y comprobó con horrorque el rey había escapado de la prisión de vidrio, ytrataba afiebradamente de quitar el sello que cubríael recipiente de la reina. El secretario dio la voz dealarma, acudió velozmente el conde, y juntos inici a-ron la caza del enamorado homunculus, que saltabade un mueble a otro, revolviendo salvajemente losojos. Consiguieron capturarlo cuando cayó rendidode cansancio. Y aun entonces consiguió morder lanariz del amo y causarle una fea herida.

El propietario de la familia homuncúlea debiósufrir otra desilusión. No podía resignarse a la pé r-

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dida del monje. Con la ayuda de conde Thun inicióun nuevo experimento: se trataba de crear un alm i-rante. El almirante artificial fue creado con todas lasreglas del arte, pero alcanzó apenas el tamaño deuna pequeña sanguijuela, y falleció al poco tiempo.

Aquí el diario del secretario guarda silencio s o-bre el desenlace de la situación. No sabemos cómoconcluyó la cría artificial de seres humanos. Deacuerdo con el alma naque ocultista, el condeKueffstein cedió a los ruegos de su esposa, profu n-damente conmovida por el “sacrilegio”, y disolvióesta familia tan poco natural. Ignoramos cómo lohizo, y qué destino les dio.

Tampoco conocemos la respuesta a un interr o-gante de mayor importancia: Esta fantástica historia,¿tenía algún fundamento? ¿O fue pura invención delsecretario? Si se trata de esto último, ¿qué propósitolo guió? Los adeptos de Paracelso creían en la ve r-dad de todo el relato: de acuerdo con ello,Kueffstein había seguido las instrucciones del granalquimista, y de ese modo había creado los Parace l-so, homunculi. Otros, aunque fieles admiradores deconsideraban muy aventurada la teoría de los h o-múnculos. Es imposible, decían, desafiar tan a u-dazmente las leyes de la Naturaleza. Por otra parte,

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argüían, todo indica que las pequeñas criaturas noeran otra cosa que los espíritus elementales que d e-sempeñan tan importante papel en las enseñanzasde Paracelso. Son criaturas sobrenaturales perotransitorias: sujetas a las leyes de la Naturaleza, seresintermedios entre los humanos y el auténtico mu n-do de los espíritus.

Esta explicación es tan clara en su propia osc u-ridad, que nos sentimos inclinados a aceptarla; perohay un detalle que nos mueve a vacilación: la vejigade vaca con que se sellaban los recipientes. Recue r-do las antiguas ferias, en Europa Central, que solíafrecuentar cuando era niño, y Minimax, el diablilloencerrado en un tubo de vidrio... un espectáculoque siempre me atrajo pode rosamente. “¡Minimax,cumple tu deber!” ordenaba el amo, y el diablillo sehundía hasta el fondo del recipiente, otra orden, y elmuñeco subía rápidamente. En las ferias francesasse daba al juguete el nombre de diable cartésien,aunque no se sabe de cierto que el inventor hayasido Descartes. La esencia del truco consiste en c o-locar el pe queño juguete en un recipiente lleno deagua hasta el borde, equilibrándolo hasta que flote.El interior del muñeco está lleno de aire, que ha a b-sorbido a través de un agujero en el estómago. Se

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sella el recipiente con una vejiga de vaca. Si alguienpresiona la vejiga con el dedo, el agua des plazadallena el estómago de Minimax; aumenta el peso, y elmuñeco se sumerge. Cuando desaparece la presión,el aire desplaza el agua, y el obediente diablillo vue l-ve al lugar original.

Podemos suponer, naturalmente, que el condeKueffstein trajo de Italia el juguete, y con el fin demantener el secreto del asunto engañó a su propiosecretario. Pero, ¿cómo es posible que uno de losMinimax-homunculi escapara de la prisión y emp e-zara a correr entre los muebles de la habitación?

Creo que he hallado la respuesta en la trágicahistoria de los procesos por brujería. En junio de1603, el parlement de París sentenció a una mujerllamada Marguerite Bou chey a ser quemada en lahoguera. Se la acusaba de mantener en su casa undemonio familiar, una mandrágora viva, y de cu i-darla y alimentarla. Sometida a tortura, la infortun a-da mujer confesó que los cargos eran ciertos, suanterior patrón le había regalado el incubus . Era untrasgo repugnante, de pequeñas proporciones, par e-cido a un monito muy feo...

El “rey” enamorado del conde Kueffstein eraprobablemente una adquisición realizada en Italia, el

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mono amaestrado de algún saboyardo errante. Elabate Geloni instruyó al conde, no en los misteriosde las ciencias ocul tas, sino más bien en algunostrucos de magia. El desconcertado secretario hizo loque habitualmente hace la gente que difunde la nu e-va de hechos misteriosos: coloreó, agregó y exagerótodo cuanto vio, y al fin es posible que él mismocreyera haber visto un Don Juan diminuto en lugarde un monito maligno...

De todos modos, hemos logrado establecer lasiguiente premisa: de acuerdo con la enseñanza deParacelso, era posible crear seres humanos sin ayudade la mujer. Si esta teoría era correcta, cabía suponerque las mujeres también podrían engendrar niñospor vías diferentes de las que prescribe la Natural e-za.

Y la prueba cabal de lo que afirmamos es un f a-llo judicial. (Publicado en Curiosités judiciaires, de B.Waré, París, 1859, pero citado frecuentemente en laliteratura alemana del siglo XVII. Aparece, porejemplo, en Der Grosse Schauplatz, Hamburgo, 1649-1652, de G. Plí. Hars dúrffer, en Relationes Curiosae,Hamburgo, 1683-1691, de E. G. Happel, y en Me-tamorphosis telae judiciariae, Nuremberg, 1684, de M.Abele.)

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Ocurrió en la ciudad de Montpellier que un n o-ble llamado Aiguemere entró al servicio del cardenalValette, y lo acompañó a Alsacia. Después de cuatroaños de ausen cia, Aiguemere falleció. Por diversasrazones, la esposa no pudo seguirlo cuando se i n-corporó a la corte del cardenal, y permaneció en lacasa señorial, donde pasó los cuatro años en hon o-rable reclusión.

Los hermanos del noble fallecido, los señoresDe La Forge y De Bourg-Le-Mont experimentaronconsiderable sorpresa cuando, poco después de lamuerte de Aiguemere, fueron informados de que sucuñada viuda, lady Madeleine, estaba embarazada Lasorpresa se convirtió en indigna ción cuando se e n-teraron del feliz acontecimiento: la viuda había dadoa luz un niño. Poco les importaba la moral de ladyMadeleine, pero el niño fue inscripto en los regi s-tros eclesiásticos como hijo del finado señor A i-guemere, y por consiguiente como legítimoheredero de todas sus tierras y posesiones.

Esto ya era demasiado. Los dos hermanos in i-ciaron proceso, con el fin de obtener la declaraciónde ilegitimidad del niño. Poca duda cabía respectodel resultado probable. Como estaba demostradoque la viuda no había visto a su esposo durante

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cuatro años, el tribunal declaró que el di funto nopodía ser el padre, por lo que el niño fue declaradoilegitimo y excluido de la herencia.

Pero la viuda no aceptó el fallo. Apeló al parle-ment de Grenoble (en Francia los parlements erancortes de apelación). Fundó su reclamo en la s o-lemne declaración de que durante la ausencia de suesposo había llevado una vida pura y virtuosa, ni n-gún hombre había entrado jamás en sus habitaci o-nes, y por consiguiente era imposible que unextraño fuera el padre de su hijo. Lo que había oc u-rrido era fantástico pero real: la mujer afirmó que,poco antes de morir, el esposo la había visitado. Noreal y físicamente... sino durante el sueño de la d a-ma. De todos modos, este encuentro conyugal h a-bía tenido exactamente los mismos efectos que unanoche de amor en la vida real. Pronto se advirtieronlas consecuencias, y entonces ella había relatado elcaso a varios testigos. Por lo cual pedía que se esc u-chara a esos testigos y a varios expertos.

Y entonces se dio una situación que desconcertóa todos los espíritus sensibles.

El parlement de Grenoble aceptó los testigos.Las nobles damas Isabel Delberiche, Louise Na-

card, Marie de Salles y otras se presentaron a decl a-

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rar. Afirmaron, bajo juramento, que al principio desu preñez Lady Madeleine les había hablado delsueño milagroso, y que había asegurado que jamáshabía tenido relación con ningún hombre que nofuera su esposo; por lo cual el niño que esperabadebía ser fruto de este sueño extremada mente vívi-do.

Esta interesante evidencia fue completada porcuatro parteras: Mesdames Guillemette Garnier,Louise Dartault, Perrette Chauffage y Marie La i-mant. Las cuatro femmes sages atestiguaron unán i-memente que el fenómeno era muy posible, y queconocían otros casos similares.

El parlement de Grenoble era muy concienz u-do, y no se contentó con la opinión de las cuatrocomadronas. Llamó a prestar declaración a cuatromédicos prestigiosos, con el fin de escuchar opini o-nes realmente expertas. Los doctores Denis Sardine,Pierre Mearaud, Jacques Gaffié y Alienor de Bell e-vaI declararon, después de madura refle xión, que elcaso de Lady Madeleine no era inverosímil. Uno delos argumentos de más peso esgrimidos fue elejemplo de los harenes turcos, donde (de acuerdocon los expertos) ocurría a menudo que, a pesar delaislamiento en que se hallaban las odaliscas, y de

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que el amo no ejercía con frecuencia sus derechosconyugales, las mujeres pre sentaban de tanto entanto a su señor los frutos del amor. Según palabrasde Harsdórffer, la explicación médica del caso era“inapropiada para oídos virtuosos”.

Estos ponderados testimonios fueron examin a-dos cuidadosamente por el parlement de Grenoble,y se dio sentencia en favor de Lady Madeleine. Elfallo decía lo siguiente:

“En vista de las pruebas obtenidas, de las op i-niones y de los razonamientos expertos presentadospor muchos médicos, parteras y otras personas devaler residentes en Montpellier, sobre la verosimil i-tud del hecho debatido, el tribunal ordena que elniño en cuestión sea declarado hijo legítimo y her e-dero del señor de Aiguemere. Además, conjura a losseñores De La Forge y De Bourg-le-Mont, comodemandantes en primera instancia, a declarar que laarriba mencionada Madame d’Aiguemére es mujervirtuosa y res petable, formulando una atestaciónpor escrito de este hecho después que este fallo h a-ya adquirido validez. Fechado el 13 de Febrero de1637, etc.”...

Era demasiado. Los hermanos se hubieran r e-signado a que el bastardo usurpara el título y la pr o-

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piedad, pero extender un certificado moral a la c u-ñada adúltera, y convertirse en el hazmerreír deMontpellier... Era evidente que toda la ciudad part i-cipaba en una conspiración en apoyo de la viuda. Elpadre “soñado” había muerto y no podía intervenir;el padre real era seguramente un alto funcionarioque movía los hilos de la extraña comedia.

Encolerizados, los dos hermanos apelaron a lasuprema autoridad, la Sorbona de París. Aquí losconspiradores de Grenoble y de Montpellier car e-cían de influencia. La Sor bona anuló el fallo deGrenoble, y lo calificó de “erróneo en el más altogrado”; el “niño del sueño” fue declarado ilegitimoy despojado de su herencia.

¿Y qué decir de las opiniones expertas de losmédicos de Montpellier? No es posible criticarlosmuy duramente, pues en el siglo XVII, todavía secreía generalmente que el viento podía fecundar lamatriz femenina.

Como en tantos casos parecidos, el origen deesta particular teoría biológica se encuentra en laliteratura clásica. En su Georgicón (111, 271) Virgiliocanta a Céfiro, el Viento del Oeste, que es capaz dedesempeñar el papel del padrillo y de fecundar elvientre de las yeguas. Plinio explica en términos

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científicos este milagro, y lo expone con su habitualconcisión:

“Es bien sabido que en Portugal, en el distritode Lisboa y del Tagus, las yeguas escapan del Vientodel Oeste y son fertilizadas por él. Los potrillos n a-cidos de dicha unión son extremadamente veloces,pero no viven más de tres años.” (Lib. VIII, e.421/2.)

Pierre Bayle, en las notas de su ensayo Hippoma-nes, consideró que este mito merecía detallada discu-sión. Considerable número de autores latinos(Varro, Solinus, Co lumella, etc.) tomaron muy e nserio la capacidad amorosa del viento. El hecho h u-biera tenido poca importancia, pero lo cierto es queeste viento lascivo continuó soplando hasta finesdel siglo XVI. Entre los muchos representantes dela teoría, Bayle menciona a Louis Carrion, profesorde la Universidad de Lovaina, y firma creyente enlos conceptos señalados. Esta irresponsable trad i-ción fue característica del hombre de ciencia enc e-rrado en su gabinete, que pre fería creer en laautoridad de un libro antes que en los viajeros quehabían visitado Portugal y solicitado en vano veryeguas fertilizadas por el viento. Nadie las habíavisto jamás, todas las yeguas afirmaban que sus p o-

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trillos habían sido engendrados en legítimo matr i-monio.

Gradualmente se descubrió el origen de la l e-yenda. En la antigüedad, los marinos fenicios habíanexplorado la costa occidental de Iberia, regresandocon la noticia de que la suave brisa oceánica fertil i-zaba el suelo; en los ricos prados pastaban caballosveloces como el viento... como si el viento mismohubiera sido el padre de tan bellos animales. Alguienconfundió los elementos de la metáfora, los mezclócon cierta salsa científica, y los presentó al mundo.

El parlement de Grenoble no se hubiera atrev i-do a emitir su celebrado fallo si dichas leyendas nohubieran sido consideradas entonces hechos auté n-ticos. Si las yeguas portuguesas habían desafiado lasleyes de la Naturaleza, ¿por qué era imposible queuna noble dama francesa concibiera en el sueño?

Aproximadamente cien años después, a medi a-dos del siglo XVIII, la Sociedad Real de Londres seocupó de un caso semejante. No se conocen det a-lles de la discusión o de su resultados, pero elasunto fue sin duda muy jugoso, como lo demuestrala amarga sátira escrita por Sir John Hill, enemigojurado de la Academia, bajo el seudónimo de Abr a-ham Johnson. Fue un libro muy popular y aún llegó

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a la biblioteca de María Antonieta. Su título: Lucinasine concubitu.

Sir John partía de la concepción científica co n-temporánea según la cual el aire abundaba en inn u-merables animalculae, pequeñas criaturas, invisiblesal ojo desnudo.

Si entraban en el organismo femenino, cobrabanfuerza, y en condiciones favorables se transform a-ban en seres humanos. Esta era la explicación delincremento de la raza caballar portuguesa, pues elviento del oeste traía considerable cantidad de estosanimalculae. El autor, Abraham Johnson, afirmabahaber inventado un artefacto llam ado cilindrico-catoptrico-rotundo-concavo-convex. Con él habíaextraído del viento cierto número de animalculae, ylos había extendido sobre un papel, como si hubi e-ran sido huevos del gusano de seda. Bajo el micro s-copio se los veía claramente como hombres ymujeres en miniatura, pero bien desarrollados. Eninterés de la ciencia, había conti nuado el exper i-mento: obligó a su criada a tragar algu nos, mezcla-dos en alcohol... y la muchacha quedó embarazada.

La maligna sátira despojó para siempre a Céfirode su gloria de semental. Naturalmente, los franc e-ses también se ocuparon del asunto, y un año de s-

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pués apareció una “sátira de la sátira”, con este s u-gestivo título: Concubitus sine Lucina, ou plaisir sanspeine (Londres, 1752).

Uno de los aspectos más divertidos del caso fueque el gran Albrecht von Haller tomó el asunto enserio, y lo incluyó en su Bibliotihera anatomica.

El ejemplo de las yeguas portuguesas fertilizó laimaginación de los fabulistas, aunque en el caso deestos últimos la esencia del asunto no era la patern i-dad del viento, sino más bien la de la nieve. La c o-lección Cent Nouvelles Nouvelles (publicada porprimera vez en 1432) relata la historia del mercaderque regresa después de una ausencia de diez años, yencuentra en su hogar un niño más que los que d e-jó. La esposa ya ha preparado una explicación: “Juroque no he conocido a otro hombre que tú. Sin em-bargo, una mañana bajé al jardín para recoger unpoco de acedera; arranqué una hoja y la comí. Sobrela planta habla caído un poco de nieve fresca. Ap e-nas la hube tra gado sentí lo mismo que las vecesanteriores en que quedé embarazada. Es evidenteque este bello niño es nuestro hijo.” El esposo erahombre discreto y cauteloso; fingió creer la historia.Esperó unos años, hasta que el niño creció, y e n-tonces lo llevó consigo en viaje de negocios, y lo

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vendió como esclavo en África, por cien piezas deoro.

Cuando regresó, su esposa le preguntó por elhijo. “Ay, querida mía”, suspiró el mercader, “cua n-do desembarcamos en África, el calor era terrible, ynuestro muchacho, que era hijo de la nieve, come n-zó a derretirse. Y antes de que pudiéramos prestarleayuda, se disolvió ante nuestros pro pios ojos. Laanécdota sobrevivió durante siglos; y aún bajo laforma de relato jocoso demuestra que dicha pate r-nidad no era considerada imposible entonces. Po s-terionnente, Grécourt utilizó el mismo tema en supoema L`Enfant deneige. El húngaro Samuel Andrad,en otra versión trans formó la acedera en carámb a-no, como fertilizador más probable.

Uno de los más coloridos ejemplos de patern i-dad “a distancia” fue utilizado por el famoso nov e-lista magiar Maurus Jokai, en su novela Un aventureronotorio en el siglo XVII. Naturalmente, Jokai amplió ydesarrolló la historia original, condensada en pocasfrases en la fuente que el autor utilizó, la RheinnischerAntiquarius. El aventurero contrajo matrimonio conuna muchacha rica de Holanda, que persuadió a suesposo de la conveniencia de viajar a las IndiasOrientales, para adquirir fama y riqueza en los tr ó-

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picos. Al cabo de pocos años se elevó a la cate goríade alto funcionario y regresé al hogar, donde hallóun niño. La esposa ya tenía preparada una explic a-ción: cierta noche en que ansiaba hallarse junto a suesposo, se vio milagrosamente transportada a lasIndias Orientales, y retornó al hogar después debreve interludio conyugal. El esposo se comportósensatamente, y fingió creer el relato; pero pocodespués la llevó consigo en un corto viaje, y laarrojó a un lugar de arenas movedizas, donde per e-ció miserablemente.

Puede afirmarse que con esta cita en el sueño seha completado el círculo: hemos retornado al sueñode la viuda de Montpellier. El relato holandés fueincluido en el libro del erudito Martin Zeiler : Misce-llanea oder Allerley zusammen getragene politische, historis-che und andere Denckwürdige Sachen (Nuremberg,1661). Zeiler, profesor de la Universidad de Ulm,afirmó que poseía informaciones definidas sobre elcaso. Había ocurrido en Vlissingen, ape nas cuatroaños antes de la publicación de su libro; y la viudaen cuestión había sido transportada a las IndiasOrientales por los “espíritus benévolos”.

Después de lo anterior, el viaje de la señora S a-muel Guppy reviste, hasta cierto punto, carácter de

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anticlímax. Afirmóse que la buena señora había re a-lizado su excursión en 1871, y que se había visto“precipitada instantáneamente” de su hogar enHighbury a una casa en la calle Lambis Conduit, aunas tres millas de distancia, donde cayó ruidos a-mente en medio de una séance. En su libro Duendesy trasgos sobre Inglaterra., dice Harry Price: “Natural-mente, todo el asunto fue un engaño; pero este m o-derno “tránsito de Venus” (en paños menores, y deun peso de 107 libras) no fue nunca desmentidoformalmente. Y, quizás afortunadamente, la excu r-sión nocturna no tuvo otras consecuencias... es d e-cir, la familia Guppy no aumentó.

5.

La ciencia insistió en aclarar el misterioso eni g-ma de la vida humana. Por una parte, intentó crearvida por medios artificiales; por otra, con consid e-rable hybris, procuró convertir a la muerte mismaen fuente de vida.

Este proceso recibió el nombre de palingénesis.Con el fin de comprenderlo, ante todo debemos

familiarizarnos con los extraordinarios detalles del

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renacimiento del fénix.En su condición de símbolo, el fénix represe n-

taba en el mundo antiguo la inmortalidad, la etern i-dad. Los emperadores de Bizancio lo utilizaron enese carácter como elemento decorativo de sus m o-nedas y medallas. Durante siglos los gobernanteseuropeos utilizaron en sus monedas al ave inmortal,y la convirtieron en representación de los ideales depureza, perfección y virtud. En 1665, la reina Crist i-na de Suecia ordenó fundir una medalla con la im a-gen del fénix. Además, había una inscripción con lasiguiente palabra, escrita en letras griegas, y de son i-do perfectamente griego: Makellos . Desgraciada-mente la misteriosa palabra no pudo ser hallada enningún diccionario. Los filólogos cavilaron e inve s-tigaron, pero sin el menor éxito. La reina esperócierto tiempo, y al cabo, reveló muy rego cijada elmisterio: no se trataba de una palabra griega, sinoalemana. Makellos significa simplemente “inmacu-lado”.

Con respecto a la apariencia del fénix, todas lasdescripciones coinciden en que era un hermoso p á-jaro. Su forma era parecida a la del ave del paraíso,pero de proporciones considerablemente mayores...como las de un águila bien desarrollada. Tenía la

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cabeza y el cuello do rados, y el plumaje d el pechoera azul brillante; el cuerpo estaba cubierto porplumas rojas, amarillas y verdes, y la larga cola reco-rría toda la gama del anaranjado claro al púrpura.Este acuerdo universal sobre la descripción del f é-nix era tanto más notable cuanto que nadie lo habíavisto nunca con sus propios ojos. Sin duda alguienhabía imaginado, al principio de la leyenda, el a s-pecto probable del glorioso pájaro, y esta descri p-ción imaginaria había pasado de un libro a otro, máso menos como un pájaro salta de rama en rama.

El lugar donde ocurría el milagro del renac i-miento había sido siempre Egipto, en el templo deldios Sol, en Heliópolis. Cuando el pájaro sentía quehabía llegado el momento, se acercaba desde el estecon ruidoso batir de alas, amontonaba perfumadashierbas secas sobre el altar del dios Sol, y se acost a-ba en el nido así formado. Los rayos del sol, reflej a-dos por el brillante plumaje, incen diaban el nido, yel fénix se convertía en cenizas. Al día siguiente, delas cenizas emergía un gusanito, que comenzaba acrecer, y echaba plumas, pocos días después el nu e-vo pájaro aparecía completo, perfecto en todos susdetalles, echaba a volar, y comenzaba una nuevaetapa de su vida, en verdad inmortal.

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Los autores griegos y latinos estimaban que los“cielos vitales” del fénix inmortal duraban de 500 a540 años. Las 3214 fuentes egipcias eran más prec i-sas: de acuerdo con estas últimas, el fénix llegabacada seiscientos cincuenta y dos años al templo deldios Sol, para consumirse en el fuego. Afírmase quefue visto durante el reinado del faraón Se sostris, en2555 a.C., luego durante el reinado de Amós, en1904 a.C. y así sucesivamente. De acuerdo con estosdatos, los astrónomos modernos han llegado a laconclusión de que los 652 años de vida del fénix (esdecir, el llamado período del fénix), correspondíanal tiempo transcurrido entre dos pasajes de Merc u-rio por las órbitas del Sol. De modo que el fénix nohabría sido otra cosa que un símbolo astronómico,un jeroglífico que señalaba el tránsito de Mercurio.

Por lo tanto, el “gusano” fue seguramente unasimple abreviatura, que surgió del polvo de viejoslibros, y se transformó en deslumbrante pájaro en laimaginación de poetas y fabricantes de mitos. Porotra parte, hemos de reconocer que no todos loshombres cultos creían en la tradición del fénix. Hu-bo escépticos que, a pesar de que no estaban encondiciones de descubrir el origen del mito, hall a-ron argumentos de peso para oponerse a la existe n-

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cia del pájaro milagroso. Apelaban a un sencillo a r-gumento: de acuerdo con la Biblia, Noé embarcó enel Arca un macho y una hembra de cada especie;por consiguiente, los animales que sobrevivieron alDiluvio sólo pudieron reproducirse de acuerdo conlas leyes de la Naturaleza. Y esta premisa se oponíaabsolutamente a cualquier mito alusivo a un pájaroque nacía o renacía de sus propias cenizas, pasandopor un estado intermedio de gusano.

No es éste el lugar apropiado para analizar esaexplicación científica o seudocientífica. Pero quienalguna vez haya mirado desde una altura en dire c-ción a las pirámides de Egipto, y contemplado lapuesta del sol en el desierto, con sus ardientes col o-res, comprenderá fácilmente el mito del fénix. Pueseste espectáculo cotidiano es uno de los más prod i-giosos fuegos artificiales ideados por la Natura leza.Se diría que el sol poniente ha incendiado el desie r-to, y que las llamas alcanzan al cielo, tiñéndolo derojo. Es fácil advertir que la imaginación de loshombres primitivos pudo interpretar este espect á-culo celestial afirmando que el sol se quemaba en supropio fuego, para renacer al día siguiente...

Pero los hombres eruditos de siglos pasados r a-ra vez abandonaban sus gabinetes. Los viejos tomos

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encuadernados en cuero formaban impresionanteshileras, y contenían el testimonios de grandes y f a-mosos predecesores. Alguien había efectuado ladescripción del fénix; otro lo había seguido; y luegoun tercero, y al fin se contaban decenas y centenasde “testigos”. Y si veinte sabios, o cien afirmabanalgo, sin duda era verdad...

Sin embargo, el fénix también abrió paso a lateoría de la palingénesis.

Al principio, la ciencia no quiso acometer la t a-rea de obtener hombres del polvo. Cuando mucho,procuraba hacerlo con algunas flores. Nada se pie r-de en la Naturaleza, decían los soñadores de la cien-cia. Si la reina de las flores, la magnífica rosa, erareducida a polvo mediante un proceso adecuado, enlas cenizas aún se hallaban las sales propias de laflor viva. En cada grano de sal sobrevivían todos loselementos constituyentes de la planta... exactamentecomo en la semilla. Por lo tanto, las sales debían serextraídas químicamente de las cenizas, y des pués dedepositarlas en un alambique, puestas al fuego. Bajola influencia del calor, estos elementos se separabande las sales y se unían con arreglo a las “leyes de lasimpatía”. La rosa crecería ante nuestros propiosojos, echaría brotes, y finalmente aparecería en toda

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su belleza la flor completamente desarrollada. Laúnica diferencia residía en que esta flor artificial noera otra cosa que el fantasma, el espíritu abstractode la original. Y cuando se apartara del fuego elalambique, la flor recreada artificialmente co-menzaría a encogerse y desaparecería.

Esta era la teoría. Pero, ¿alguien había logradodescubrir el “proceso apropiado” para revivir u naflor muerta?

Afirmase que sí. El testigo es Sir Kenelm Digby,autor inglés, comandante naval y diplomático; hom-bre que había servido sucesivamente a Carlos I, aCromwell y a Carlos II; amigo de Descartes, y autorde gran número de libros y folletos.

Sir Kenelm no afirmó haber sido testigo presen-cial: su testimonio es de segunda mano. Cita a A n-dré Duchesne (o, según el nombre que se le daba enel mundo de la ciencia, Andreas Quercetanus) el“padre de la historia francesa”, que con sus propiosojos había visto doce botellas selladas en el taller deun alquimista polaco. Una contenía las cenizas deuna rosa, la otra las de un tulipán, y así por el estilo.El polaco colocaba las botellas sobre un fuego m o-derado, y al cabo de pocos minutos aparecían lasflores milagrosas. Cuando retiraba del fuego los r e-

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cipientes, las flores quedaban reducidas a cenizas.¿Quién era este alquimista polaco, y dónde

practicó su magia? Ni Digby ni su fuente originalaclaran estos in terrogantes. Pero todos los queposteriormente escribieron sobre la palingénesiscitan religiosamente el testimonio de los médicosfrancés e inglés, y a través de estos, los re sultadosobtenidos por el misterioso polaco. Y hay buennúmero de obras que tratan la teoría y la historia dela palingénesis: desde Curiosités de la nature (París,1753), del abate de Vallemont, a Histoire critique despratiques superstitieuses (Paris, 1702), de Pierre Lebrun;desde Aufschlüsse zur Magie (Munich, 1806), de Karlvon Eckartshausen, a L`alchimie et les alchimistes (Pa-ris, 1860), de Louis Figuier. Pocos autores se r e-montan a Quercetanus; la mayoría se consideranfelices de utilizar el trabajo de Sir Kenelm Discourssur la végétation des plantes (1661), conocido de losautores continentales por el título de la traducciónfrancesa.

Otro testigo citado con frecuencia fue Athan a-sius Kircher, el erudito jesuita romano. Afirmábaseque también él había logrado revivir una flor red u-cida a cenizas. La mostró a la reina Cristina de Su e-cia, pero una noche de invierno dejó en la ventana

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el recipiente, y una helada imprevista quebró elcristal. Digby atestigua la verdad de la historia.“Kircher me explicó el secreto del proceso”, escr i-be, “pero entonces yo me hallaba ocupado enasuntos de más peso, y no realicé personalmente elexperimento”.

Una verdadera lástima. Y lo peor es que Sir K e-nelm no se mostró tan comunicativo como apare n-temente lo fue el padre Kircher; no publicó elimportantísimo secreto: a saber, cómo recrear an i-males (animales reales, vivos y comestibles) a partirde las cenizas.

Pues Digby aseguraba que lo habla logrado. El i-gió una magnífica langosta viva y, utilizando su pro-pio método secreto, la cocinó, la hirvió, la remojó yla curó, hasta que quedó reducida a cenizas de la n-gosta, embebidas en las sales que constituían la basede su renacimiento. Continuó torturando estas ceni-zas, hasta alcanzar éxito; de las ce nizas salieron pe-queñas langostas, y crecieron, se desarro llaron yengordaron, para suministrar al fin la materia primade un plato muy sabroso.

En realidad, al reservarse el secreto, Sir Kenelmadoptó una actitud muy egoísta... ¡sobre todo si seconsidera el precio actual de la langosta! Otros d e-

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mostraron mayor espíritu de solidaridad, y ofreci e-ron al mundo el resultado de sus investigaciones.En el segundo volumen de la obra de Eckartsha u-sen hay por lo menos treinta recetas sobre el modode “recrear” plantas y animales a partir de sus re s-pectivas cenizas. Infortunadamente, nin guna deellas servirá para dar variedad al menú de la familiacomún. Los consejos incluidos en el libro se re-fieren a la recreación o renacimiento de jejenes, e s-corpiones, serpientes y lombrices de tierra. Tom e-mos un ejemplo: las lombrices de tierra son muypequeñas al principio, pero si se les suministra unaabundante dieta de tierra, se convierten en espec í-menes gigantes.

Si el lector no tiene interés por las lombrices detierra o por los escorpiones, puede intentar el s i-guiente experimento: tome un pollo joven, col ó-quelo en un alambique, redúzcalo a polvo, selleherméticamente el contenido y entiérrelo. Pocosdías después se formará un líquido viscoso, bajo lainfluencia de la fermentación. Vierta el contenido enuna cáscara de huevo vacía, cierre la abertura, depo-site el huevo bajo el cuerpo de una gallina, y éstaempollará otro pollito.

Esta absurda fata morgana de la palingénesis

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poseía efectivamente cierta base real. Las muy di s-cutidas sales se hallaban en las cenizas de la planta, ysi el recipiente pasaba repentinamente de un mediofrío a otro caliente, es muy posible que sobre el v i-drio se formaran ciertos depó sitos... como los queforma el hielo sobre el vidrio de una ventana. Elresto era fruto de una imaginación luju riosa y delrumor que cobraba mayores proporciones a medidaque pasaba de boca en boca.

El libro del abate de Vallemont trae el grabadoen cobre de un gorrión encerrado en un recipientede vidrio. Fue “creación artificial” de un químicofrancés llamado Claves; surgió del polvo, y el polvoretornaba, según que se lo mantuviera sobre el fu e-go o se lo retirara de él. La posibilidad de esta “vidafantasmal” condujo a la ciencia a ciertas conclusi o-nes definitivas. Y tan importante doctrina debe sertratada con el debido respeto; al fin y al cabo, fueaceptada por hombres serios y eruditos.

Por otra parte, es bien sabido que en los c e-menterios a menudo aparecen los espíritus de losmuertos, vagabundeando entre las tumbas. El pu e-blo supersticioso cree que dichas apariciones sonlos propios muertos; otros afirman que cierto d e-monio cobra esa forma fantasmal y desarrolla un

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juego infernal con los mortales. La palingénesis s u-ministró a la ciencia la clave del enigma. Las salescontenidas en el cuerpo humano, y liberadas por lafermentación, se elevaban a la superficie del suelo, yallí, de acuerdo con la ley de simpatía, la sombra delmuerto cristalizaba en una aparición visible. Lossupuestos fantasmas no eran otra cosa que fanta s-mas... es decir, desde el punto de vista científico,fenómenos comunes y cotidianos.

Una teoría valiosa, sin duda. Era un golpe mo r-tal asestado a la superstición. Arruinaba (o abrigabala esperanza de arruinar) el floreciente negocio delos médium y todos los que se dedicaban a evocar elespíritu de los muertos. Después de todo, y deacuerdo con esta explicación, no evocaban a losauténticos espíritus, sino a los falsos... sombras art i-ficiales que se elevaban de las sales del cuerpo h u-mano. Seguramente era el truco al que apelabantodos, desde la Bruja de Endor al último adivino deferia.

¡Lástima grande que la teoría científica fuera porlo menos tan absurda como la superstición a la quese proponía combatir!

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IX

LOCURA ERÓTICA

1.

En todos los tiempos hubo pensadores prest i-giosos y, hasta cierto punto, moderadamente m i-sántropos, que afirmaron con la mayor seriedad queel amor es una enfermedad- por lo menos, una fo r-ma de locura temporaria- y que las personas que lapadecen deben ser tratadas como enfermos. El temaha dado materia para millones de buenos y de maloschistes; ha sido veta inagotable de escritores y dib u-jantes, actores cómicos y psicoanalistas un tantofrívolos.

Los amantes poco se han preocupado de todaesta agitación, y por supuesto han tenido razón en

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proceder así. Pero la noble pasión, el poderoso i m-pulso; la inspiración y la excelsitud del amor a m e-nudo se mezclan con lo risible, y desde el principiode los tiempos la estupidez ha repre sentado ciertopapel en las relaciones de los sexos. Aquí no nosocuparemos del desequilibrio del amor, de la locuraque aguijoneó a Orlando en sus años sombríos, delprístino Trieb de los pueblos germánicos, sino másbien de las más superficiales tonterías del amor, esdecir, de lo que los franceses llaman la folie erot i-que.

2.

En esta esfera no hay motivo para retornar almundo antiguo, a las crónicas griegas y romanas.Sabemos que el amor, en el sentido que se le atribu-ye modernamente, era casi completamente desc o-nocido en el período precristiano. En su carácter demadre de la familia, la mujer era objeto de gran re s-peto; se la colocaba sobre un pedestal, donde se ladejaba en paz. Y, ciertamente, jamás se la perseguía.En el seno del matrimonio, poco se hablaba deamor. Si el hombre deseaba diversión y estímulo, se

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volvía hacia la hetaira... y, salvo escasas y brillantesexcepciones (una Aspasia, por ejemplo) jamás bu s-caba ni hallaba en ellas alguna forma de realizaciónespiritual.

El amor según lo entendemos hoy (suponiendoque realmente entendamos de qué se trata) se des a-rrolló en el período de la caballería. Ello se debió enparte a la in fluencia alemana, pues en el Norte lasmujeres gozaban de mayor libertad, y en parte alculto de la Virgen, que abrió los ojos de los ho m-bres a las posibilidades femeninas, más allá de loque era la simple reproductora o la meretriz. Antetodo, debemos definir el carácter del amor en laépoca de la caballería. Nada mejor, con ese fin, quecitar a Karl Wienhold, cuya obra Die deutschen Frauenin dem Mittelalter (Las mujeres alemanas en la EdadMedia), aunque publicada hace cerca de cien años,todavía constituye el principal trabajo sobre el tema:

“La época de la caballería creó la institución delFrauendienst (servicio o culto de las mujeres). Re-gulaban la vida del caballero normas diferentes delas que eran propias de la vida normal y comunal;distintos eran su código de honor, sus tradiciones ysus costumbres. La meta de la vida del caballero erademostrar su virilidad y su valor mediante actos de

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audacia. Esta actitud fomentaba el espíritu de aven-tura, y una de las leyes supremas a que se ajustaba elcaballero: la protección al débil, y particularmente alas mujeres. Lo cual, a su vez, se desarrolló final-mente hasta convertirse en el servicio a una solamujer... Cristalizó en una costumbre convencional, amenudo carente de auténtica pasión, y se convirtióen tradición superficial, la cual, sin embargo, influyósobre todos los aspectos de la vida... Este serviciocaballeresco se cumplía siempre en beneficio demujeres casadas, pues ellas detentaban el más elev a-do rango de la alta sociedad. El propósito era si m-plemente desarrollar un juego entr etenido de laspasiones intelectuales y amorosas. El caballero el e-gía una dama (frouwe) y le ofrecía sus servicios. P a-ra él era una necesidad casi esencial encontrar a ladama y convertirse en su caballero (frouwenritter) .Si la dama aceptaba al oferente, éste realizaba todassus hazañas en nombre de la elegida. Por otra parte,de acuerdo con las leyes de la caballería, la dama nopodía aceptar los servicios de otro caballero. Comosímbolo de su aceptación, otorgaba al caballero unacinta, un velo o una corona, que él llevaba en el cas-co o en la punta de la lanza... para que el recuerdode la dama lo acompañara constantemente en sus

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aventuras caballerescas y le inspirara grandes haz a-ñas.”

(Más adelante hablamos del papel peculiar e i n-diferente que el esposo desempeñaba en todo esto.)

Las tradiciones de la caballería francesa tambiénmerecen ser mencionadas. Las obras de los trovado-res provenzales demuestran que el servicio del c a-ballero tenía varios grados. En el primero de ellos,el caballero alimentaba sus sentimientos en su pr o-pio corazón y no se atrevía a confesar su secretoamor (Feignaire). Si había revelado el secreto a ladama en cuestión, pasaba al segundo grado, que erael de peticionante (Pregaire). Si la dama aceptaba elofrecimiento de servicio caballeresco, el caballero seconvertía en “el que había sido escuchado” (Ente n-deire). Pero antes de alcanzar este grado, debía s o-meterse a un período de prueba, que duraba muchotiempo... a veces hasta cinco años. Una vez conclu i-do el servicio de prueba, la dama recibía al caballero,transformado ahora en serviteur. No se trataba deun asunto privado, ni de un acuerdo íntimo, mu r-murado al oído: por el contrario, adoptaba la formade una ceremonia pública. Y esta ceremonia se ajus-taba exactamente a las mismas formalidades que laque establecía un vinculo entre el señor feudal y su

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vasallo. La dama se sentaba en un sillón, el caballerose arrodillaba frente a ella, y pronunciaba su voto decaballería con la cabeza descubierta, las manos ju n-tas, como en el acto de orar. Para demostrar su con-formidad, la dama tomaba entre sus manos las delcaballero, y finalmente sellaba el vasallaje con unbeso feudal. El caballero se comprometía a serv i-dumbre; la mujer, en cambio, no tenía ninguna obli-gación.

“Todo lo que el caballero hacía, ya se tratase departicipar en un torneo o de intervenir en una cr u-zada, lo hacía en nombre de su dama, y por su gloriay bajo sus órdenes. Cuando Hartmann von Aue s a-lió a luchar contra los sarracenos, cantó: “Nadie mepregunte por qué voy a la guerra; pues les diré pormi propia voluntad que lo hago obedeciendo la o r-den del amor. Nada puede cambiarlo; nadie puedequebrar votos y juramentos. Muchos se vanagloriande lo que hacen por el amor, pero son vanas pal a-bras. ¿Dónde están los hechos? Verdadero amor esel que impulsa a un hombre a abandonar la tierranatal y a marchar a países distantes. Ved cómo elamor me arranca del hogar, aunque ni siquiera t o-dos los ejércitos del sultán Saladino habrían podidotentarme a partir de Franconia...

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Es verdad que en todos sus actos el caballeroabrigaba la esperanza de una recompensa. Esta p o-día revestir di versas formas. Era considerada unarecompensa en sí misma el hecho de que, gracias asu Frauendienst, el ca ballero se elevara sobre el t e-dio de la vida cotidiana y alcanzara cierto exaltadoestado de ánimo (hóchgemuoutsin).

Albrecht von Johannsdorf, un Minnesänger delsiglo XII, en una de sus canciones pide una reco m-pensa a su dama.

¿Acaso las canciones que te he dedicado y lashazañas que realicé no merecen recompensa?”

“Tranquilízate”, replica la dama. “Recibirás turecompensa y serás feliz”.

“¿Cuál será mi premio, noble dama?”“Tu creciente fama y la mayor exaltación de tu

espíritu son recompensa suficiente”. Y eso era todo.Así se acostumbraba despedir al caballero; sin

embargo, durante siglos no advirtió que este “esp í-ritu más exaltado” era indicio de una pasión másbien unilateral. El hombre se consagraba, soportabaduras pruebas, recibía heridas en los torneos, iba enperegrinación a Tierra Santa... y mientras tanto ladama se contentaba con aceptarlo todo gracios a-mente, sin dar absolutamente nada en cambio. Los

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historiadores alemanes archivaron estos amoresunilaterales bajo el rubro de “amor romántico”, y secomplacieron particularmente en la palabra Minne,que era tan delicado rótulo de este inocente y e n-cantador sentimiento. Pero aparentemente todosolvidaban que el ro mance florecía sólo en el ho m-bre; en todo el asunto, el papel femenino era incolo-ro e insípido... absolutamente pasivo.

Pero, ¿para qué querían las damas esa ador a-ción? Quizás por la sencilla razón de que se tratabade un galanteo... en lo que a ellas respecta, un g a-lanteo carente de pasión y de sentimiento.

Así como el caballero necesitaba a la dama, ellanecesitaba esta excitación de las emociones y de lossentidos, para llevar un poco de color a su vida m o-nótona. Sabemos que durante la Edad Media elfundamento del matrimonio era, en la abrumadoramayoría de los casos, el interés familiar y no elamor. En la elección de esposo, los padres no co n-sultaban a las hijas. A veces, ella encontraba paz yserenidad en esa unión sin amor; pero más a men u-do era presa de mortal hastío. Y tampoco podía e s-tar segura de la paz y de la serenidad, pues en sucírculo íntimo el esposo medieval a menudo revel a-ba modales bastante toscos.

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Considérese la noble pasión que la Canción delos Nibelungos atribuye a Sigfrido con respecto aKriemhild. Sin embargo, véase lo que ocurrió de s-pués del conocido inci dente en que Kriemhild i n-sulta a Brunilda (hecho que perturbóconsiderablemente la paz de la corte de Worm). Lapropia Kriemhild relata a Hagen lo que Sigfrido lehizo:

“Mucho sufrí por ello”, dice la dama real“Pues en castigo el cuerpo me llenó de carden a-

les.”En los “altos círculos” estos castigos no eran de

ningún modo raros. Ni siquiera una princesa podíaestar segura de que el esposo no le daría una azota i-na; hallamos incidentes de este tipo en las crónicasde diferentes siglos. Schweinichen, “recto y noblecaballero”, relata en su inte resante diario un epis o-dio muy edificante de la vida conyu gal del duque yla duquesa de Legnitz. El duque ofrecía un granbanquete, y al mismo había sido invitada cierta m a-dame K., a la que la duquesa no podía soportar. Porconsiguiente, esta última se negó a asistir al ba n-quete. El duque “hirvió de cólera”, y fue a las hab i-taciones de la duquesa para tener una explicación.Schweinichen, que era chambelán del duque, relata

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el caso con cierta reserva:“Su Gracia usó palabras extremadamente duras

contra la duquesa, y le dijo que, como había invit a-do a gran número de cortesanos, deseaba que la du-quesa se reuniera con ellos inmediatamente.Después de muchas excusas, la duquesa exclamóque no deseaba sentarse al lado de una perra comomadame K. Ante lo cual la cólera de Su Gracia s u-bió de punto, y empezó a tutoyer (tutear) a la d u-quesa, y dijo: “Tú sabes que madame K. no es unaperra”. Y luego abofeteó tan fuertemente a la d u-quesa, que ella trastabilló, y yo alcancé a tomarla enmis brazos. Su Gracia estaba a punto de golpearmás severamente a la duquesa, pero yo cerré ráp i-damente la puerta. Debido a esta actitud Su Graciase enojó muchísimo conmigo, pues dijo que nadietenía derecho a interferir cuando un marido castig a-ba a su mujer.”

De lo que siguió baste decir que, después deprolongadas negociaciones, y de la estipulación dediferentes condiciones, la duquesa se mostró di s-puesta a perdonar y participar en el banquete, “apesar de que tenía un ojo de color muy morado,debido al golpe que había recibido”.

Sin duda, fue un golpe aplicado con mucha

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fuerza. Pero se trata de un exceso de menor impo r-tancia, comparado con el puntapié que el caballeroLa Tour-Landry menciona en el poema didácticodirigido a sus hijas. El manuscrito data del sigloXIV, contiene noventa y ocho capítulos de prece p-tos para una conducta moral y civilizada, e ilustraestas normas con ejemplos y breves anéc dotas. Elbuen caballero hace gran hincapié en la obedien cia,y relata el caso de una mujer que siempre contrad e-cía a su marido. Finalmente, el esposo se enfureció,la derribé de un golpe y, cuando yacía en el suelo, leaplicó un punta pié en el rostro, rompiéndole elpuente de la nariz. Y ésta es la moraleja que el gentilpadre extrae de la historia: “Y así la mujer quedódesfigurada para siempre, a causa de su malvadanaturaleza. Mejor habría estado si se hu biese com-portado discretamente, obedeciendo al esposo, puesa éste le incumbe mandar, y es virtud de la mujer laobediencia y el silencio.” El caballero no tiene unapalabra de censura para el esposo.

Quizás el pasaje citado baste para caracterizar lavida doméstica en la época de la caballería. Las m u-jeres, encadenadas a maridos borrachos y brutales,gozaban de cierto amos y señores salían de caza, orespiro sólo cuando sus marchaban a la guerra, o

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visitaban la corte real. Por otra parte, durante estasausencias se sentían oprimidas por las tediosas yestrechas limitaciones de castillos y man siones. Es-tablecer una relación amorosa ilegal era asunto depeligro; en cambio, el inofensivo Frauendienst eraprecisamente lo que más convenía al entreten i-miento y diversión de las nobles damas. Por lo ta n-to, mostraron la mayor inclinación a popularizaresta peculiar institución, que en si misma no era otracosa que un juego de amor... es decir, un galanteoprolongado.

¡Era tanto lo que el caballero aceptado podía ha-cer para honor y entretenimiento de su dama!

Si sabía escribir versos, elogiaba los encantos ylas virtudes de su ideal... los ponía por las nubes, yaún más alto. He aquí un breve muestrario de, lasencantadoras comparaciones que los caballeros delamor utilizaban para dirigirse a la dama elegida:

“Oh, Estrella de la Mañana, Capullo de Mayo,Rocío de las Lilas, Hierba del Paraíso, Racimo deOtoño, Jardín de Especias, Atalaya de Alegrías, D e-licia Estival, Fuente de Felicidad, Foresta Florida,Nido de Amor del corazón, Valle de Placeres, Repa-radora Fuente de Amor, Canción del Ruiseñor, A r-pa del Alma, Pascua Florida, Perfume de Miel,

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Consolación Eterna, Peso de la Bienaventuranza,Prado Florido, Dulce Limosna, Cielo de los Ojos...etc... etc...

Arnaut de Marueil, un trovador provenzal, est a-ba tan intoxicado de amor que, deseoso de inventarnuevas formas de elogio, glorificó a su dama en lossiguientes términos: “Oh, Espejo de Amor, Llave deGloria, Sol de Marzo, Lluvia de Abril, Rosa de M a-yo, Sombra Estival...”

Sea cual fuere nuestra opinión sobre estos exa l-tados elogios, lo cierto es que se les atribuía sentidoliteral. Rambaut, conde de Orange, cantó así: “Lasonrisa de mi graciosa dama me hace más feliz quesi cuatrocientos ángeles me sonrieran desde los ci e-los. Tanta alegría siento, que podría reconfortar a unmillar de entristecidos, y todos mis parientes p o-drían vivir de ese sentimiento, sin más alimento...

Palabra inflamadas, pero no vacías, pues el tr o-vador era ciertamente muy capaz de este entusiasmoultraterreno. Es bien conocida la historia de JaufreRudel y la condesa de Trípolis. Ha sido utilizadamuchas veces en varias versiones románticas (entreellas, el poema de Heine es quizás la más conocida),por lo que el lector de espíritu concreto y escépticobien puede negarse a creer una pa labra. Sin embar-

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go, la sustancia del relato es absoluta mente real.Friedrich Diez descubrió la fuente original, que r e-lata la historia con la tersura de las viejas crónicas:

“Jaufre Rudel, duque de Blaya, se enamoró de lacondesa de Trípolis, sin haberla visto jamás, nadamás que de oír los relatos de su caridad y de otrasvirtudes, que difundían los peregrinos que regres a-ban de Antioquía. Comenzó a componer magníf i-cos poemas dedicados a la condesa; y luego,consumido de anhelo, tomó la Cruz y embarcó paraOriente. En camino lo abatió grave dolencia. Cua n-do llegaron a Trípolis, sus compañeros, creyéndolemuerto, depositaron su cuerpo en un rin cón. Lacondesa, que todo lo supo, acudió presurosa, sesentó en el lecho y tomó entre sus brazos al duque.El noble caballero revivió, vio a la condesa y agr a-deció a Dios porque había prolongado su vida hastaese feliz momento. Y luego murió en brazos de lacondesa. Ella lo enterró con grande honores en laIglesia de Trípolis, y, postrada por el dolor, esemismo día se retiró a un convento.”

Diez reunió otros datos contemporáneos sobreel duque de Blaya, comparó la versión de la crónicacon los poemas de Rudel que aún se conservaban, yllegó a la conclusión final de que la historia era real.

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Esta extática pasión explica los innumerablesabsurdos que caracterizan el amor caballeresco. Nose trataba, sin embargo, de un fenómeno debido adesequilibrio o a una concepción quijotesca delamor. Estas actitudes se fundaban en sentimientosauténticos, y el mundo conside raba muy seriamentelos relatos de tan grotescas hazañas. En la mayoríade los casos la dama se mostraba un tanto renuente,y debía ser cortejada y asediada de acuerdo con lasreglas del juego, hasta que finalmente aceptaba alenamorado caballero, dejando librado al criterio deeste último qué hazañas debía realizar para demo s-trar su amor. Pero había casos en que, con sádicacrueldad, la dama fijaba personalmente muy durascondiciones, y su rendido admirador se sometía aellas sin la menor protesta.

Anthony Méray relata la historia de los tres c a-balleros y de la “prueba de la camisa”. Tres noblespaladines competían por los favores de una dama.Finalmente, ella decidió inclinarse por el que vistierala camisa de la dama en el torneo. Puede creerse quese trataba de una prueba sencilla... salvo que el c a-ballero no debía vestir la camisa encima ni debajode la armadura, sino en lugar de ella, sobre el cuerpodesnudo. Era una muerte segura o, en las más fav o-

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rables condiciones, implicaba sufrir terrible cas tigode espada y de lanza. Dos de los tres caballeros t u-vieron el buen sentido de rechazar la prueba, y seretiraron. Ocurrió lo inevitable: al fin del torneo elcaballero fue llevado medio muerto a presencia desu dama, y en los ojos del herido aún brillaba la p a-sión. Como era costumbre, la dama ofreció un granbanquete y sirvió a sus huéspedes, en honor del h é-roe. En esta ocasión, ella se deslizó la camisa ma n-chada de sangre sobre su propio vestido, y con esteextraño tocado desempeño el papel de anfitriona.

En los torneos caballerescos era frecuente vestirla camisa de una dama; naturalmente, casi siemprese la llevaba sobre la armadura. Era una especie detalismán que protegía al caballero y le infundía nu e-vas fuerzas. Hoy daríamos a esta práctica el nombremenos grato de feti chismo. Wolfram von Esche n-bach habla del heroico Gamuret, que vestía la cami-sa de su bien amada Eerzeloyde, no sólo durante lostorneos sino en batalla. Uno de los De Couroy e n-vió su propia camisa ala amada, pidiéndole quedurmiera en ella. Mucho después, Brantome descr i-be, en un capítulo consagrado a las bellas piernas,una costumbre bastante extraña. Dice haber con o-cido nobles que, antes de ponerse un par de medias

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de seda nuevas, las enviaban a la dama de sus su e-ños, solicitándoles que usaran la prenda duranteocho o diez días. “Y entonces”, escribe el más cel e-brado chismoso de todos los tiempos, “comenz a-ban a usarlas, con gran placer de sus cuerpos yalmas”.

El fuego del amor caballeresco tenía muchas va-riaciones. Está el caso del señor Guillen de Balauni,que eligió por amada a la señora de Javiac. La damaconsideró con benevolencia los ruegos del caball e-ro, y lo aceptó como servidor regular. Durantecierto tiempo este amor platónico continuó deacuerdo con los cánones establecidos, pero un día elseñor de Balauni se enteró del caso de una pareja deenamorados que habían disputado, para reconcilia r-se después. Y el protagonista de la historia sumini s-tró algunos detalles íntimos... entre otras cosas,explicó cuán dulce era hacer las paces con la dama,después de un período de amorosa disputa.

Tanto agradó la idea al señor de Balaun, quequiso probar con su propia dama el sabor agridulcede la disputa y la reconciliación. Naturalmente, antetodo debía pelear con ella, y lo logró torpemente,pues no se le ocurrió nada mejor que expulsar a unmensajero que le traía una carta de la señora de J a-

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viac. A poco la dama lo visitó perso nalmente, paraaveriguar por qué estaba resentido. El ca ballero selas dio de ofendido, y también la sacó con cajasdestempladas. Este debió haber sido el primer actode la juguetona disputa. Pero aquí la comedia seconvirtió en drama, pues la dama se negó a tenernuevo trato con su descortés enamorado, y cuandoéste apareció en el castillo de la señora de Javiac, lanoble dama ordenó que lo arrojaran al foso.

Habiendo fracasado, el pobre Balaun apeló a unintermediario. Pidió a uno de sus amigos que expl i-cara a la enojada dama el verdadero motivo de suconducta, con el fin de dar por terminada la disputa.El amigo regresó con la siguiente respuesta: “Muybien, la señora de Javiac os perdona, pero comopenitencia exige que os arranquéis la uña del dedomeñique, y que se la enviéis con un poema en el quecondenaréis vuestra propia locura”. No hay mejorejemplo del estúpido romanticismo de la época de lacaballería que el resto del relato. El señor de Balaunmandó buscar al cirujano, se hizo arrancar la uña, ycon lágrimas de dolor y felicidad compuso los ve r-sos que se le pedían. Luego se dirigió al castillo desu amada, acompañado por el amigo. La dama loesperaba en la entrada; el caballero cayó de rodillas,

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y le presentó la uña arrancada y el poema; ella, b a-ñada en lágrimas, aceptó ambos presentes, y el s e-ñor de Balaun recibió como recompensa el beso delperdón.

Después de lo cual, quizás es más fácil co m-prender la famosa balada de Schiller, sobre el guanteque la dama arroja a los leones. El caballero aceptarescatarlo, pero con él cruza la cara de la cruel m u-jer. La anécdota aparece por vez primera en Bra n-tóme, que asegura su autenticidad. Para demostrar laverosimilitud del caso, Brantóme cita otro caso delque fue testigo presencial. Una dama exigió a suenamorado que, como prueba de la profundidad desus sentimientos, se atravesara el brazo con una d a-ga. El caballero estaba muy dispuesto a satisfacer elpedido, y Brantóme se vio obligado a emplear todasu fuerza para evitar tan absurda automutilación.

(Este tipo de belle dame sans merci existe aúnen nuestro siglo. En el proceso realizado en, Ven e-cia contra la condesa Tarnowska- acusada de ases i-nar al esposo- el fiscal utilizó con bastante éxito losanteriores asuntos amorosos de la dama. Así, sedescubrió que había tenido un admirador, el condeBergowski, a quien exigió, como prueba de amor,que en su presencia se atravesara la mano con una

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bala. El enamorado desenfundó inmediatamente unarma y disparó sobre su propia mano.)

Brantóme también cita el caso del caballero deGenlís, que paseaba con su amada sobre un puentedel Sena, cuando de pronto la dama se sintió pose í-da por el demonio del galanteo sádico. Dejó caer alrío su precioso pañuelo de encaje y urgió a de Ge n-lís a que se arrojara al río para rescatarlo. El caball e-ro protestó en vano que no sabía nadar; la dama localificó de cobarde, y Genlís se zam bulló. Feliz-mente, en las cercanías se hallaban algunos boteros,que recogieron a de Genlís cuando poco faltaba p a-ra que se ahogara. El relato no aclara si la experie n-cia enfrió el ardor del caballero.

Las expansiones de los trovadores eran para ladama secreta fuente de goce; pero en general la et i-queta de la época no permitía que se nombrara a lanoble señora. No se prohibía describirla, para quefuera posible reconocerla; pero era preciso acatar lasreglas del juego.

De modo que todo esto equivalía más o menosa probar unas gotas del licor erótico en las bodegasdel amor. La relación se expresaba cabal y públic a-mente sólo cuando el caballero combatía en un to r-neo por el honor de su dama.

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Todavía resulta difícil comprender la instituciónde las justas... o por lo menos esta parte de ella. Ma-rido y mujer se sentaban en el palco, y contempl a-ban serenamente al caballero que entraba en batallaen representación de una mujer casada. A vecesocurría que el propio esposo participaba en el to r-neo... y luchaba por la gloria de otra dama, que bienpodía ser la esposa del admirador de la mujer delprimero. (Esto parecerá un poco compli cado, perono podemos evitarlo.) Esta tontería puede ser co m-prendida sólo si conocemos los elementos delFrauendienst, y recordamos que la mayoría de lostorneos se celebraban en honor de las damas. Másenorgullecía a un caballero el título de serviteurd’amour que cualquier hazaña heroica en la guerra.

Tan en serio tomaban esta servidumbre, que amenudo la dama conducía a la arena al caballero,sosteniendo una cadena delicadamente forjada, ouna cinta de seda, como símbolo de la adhesiónmasculina.

En 1468 se celebró una gran justa en la corte deBorgoña, en honor de la esposa de Carlos el Tem e-rario. Los caballeros desfilaron uno tras otro, y depronto apareció una extraña procesión. Al frentecabalgaba un enano sobre un minúsculo caballo

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blanco, detrás, varios escuderos arrastraban unenorme castillo de utilería. La imitación de maderatenía cuatro torres y toscas almenas. Los muros ll e-gaban al suelo, y ocultaban lo que habla en su int e-rior. El enano se detuvo frente a la tribuna de lasdemás y leyó la siguiente proclama:

“¡Grandes y graciosas princesas y damas! ¡El c a-ballero que es prisionero de su dama os saluda conla mayor humildad! Está preso en este castillo, ysólo la gracia y el perdón de su dama pueden lib e-rarlo. Por lo tanto, os conjura, muy nobles princesasy damas, a que os reunáis en consejo... quizás la queno debe oponerse a la liberación del caballero estépresente en vuestras deliberaciones. El caballeroabriga la esperanza de que el juicio de las damas lolibertará de su dolorosa cautividad, pues de lo co n-trario no podrá participar en el torneo de hoy...etc...”

Las princesas y nobles damas resolvieron que elcaballero debía salir de su prisión. Después de locual, el enano abrió la puerta del castillo de madera(utilizando para ello una enorme llave) y, con agr a-dable sorpresa de las damas, apareció un caballerollamado Roussy, con su armadura completa y sucaballo bellamente enjaezado.

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En estos torneos, el caballero llevaba invari a-blemente el voto o favor de su dama en el casco oen la lanza. Era siempre algún accesorio de la vest i-menta femenina: una cinta, un velo, una pluma, unguante, un collar o algún objeto semejante. Eran losfamosos talismanes, llamados en esa época faveurso emprises damour. A veces, en el calor de la bat a-lla, dicho faveur caía al suelo; en tales ocasiones,desde la tribuna la dama arrojaba otro a su caball e-ro. Y a veces (como puede verse en el romance c a-balleresco llamado Perceforest) en medio de los vio-lentos encuentros los objetos caían en gran número;entonces, las damas, presas de gran excitación,arrojaban más y más objetos, arrancándolos decualquier parte; de modo que cuando concluía eltorneo, advertían horrorizadas que prácticamente sehabían desnudado en medio de la multitud, la cualreía de buena gana.

Era obligación del marido mostrarse complacidosi el caballero o campeón de su esposa triunfaba...aún si el derrotado era el propio marido. Esa era lacostumbre, y nada se podía contra ella. Era más queuna costumbre: era la moda y la moda es peor tir a-no que cualquiera de los maestros de la estupidez.Es muy capaz de alargar una pollera, hasta conve r-

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tirla en una pieza de género de doce yardas de lo n-gitud; o de hinchar la misma prenda con una crin o-lina o un miriñaque.

Del mismo modo, la moda del Frauendienst ll e-gó a verdaderos extremos. Excelente cosa era que elcaballero se consagrase a la tarea de proteger a lasmujeres, y lo mismo puede decirse de la instituciónde los caballeros andantes, que salían a defenderviudas y huérfanos; pero bajo los dictados de lamoda, el magnífico principio pronto se deterioró.La pauta uniforme de los torneos no satisfizo a losespíritus más inquietos. Era preciso inventar algonuevo para conquistar el favor de las damas.

La innovación consistió en que el caballero pr o-curó- en honor de su dama- aumentar las dificult a-des que debía afrontar en el curso del torneo.Algunos caballeros se negaron a llevar armadura enlas manos, en los brazos o en las piernas, procura n-do demostrar de ese modo que sus respectivos á n-geles guardianes los protegerían mejor que el hierroo el acero.

El duque de Santré habla de la llegada a París deun caballero extranjero, que llevaba brazaletes deoro alrededor del codo derecho y del tobillo der e-cho; ambos brazaletes estaban unidos por una larga

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cadena, también de oro. Se cometían tonterías s e-mejantes aún cuando se tratara de una verdaderabatalla. En las Chronicles de Froissart se menciona elcaso de unos jóvenes caballeros ingleses, que en1336 desembarcaron en Francia para luchar por surey. Llevaban parches sobre uno de los ojos, pueshabían jurado a sus respectivas damas que hasta quehubieran demostrado su coraje en algún hecho h e-roico, sólo utilizarían un ojo.

Cuando el caballero andante se cubría con la ar-madura verde y salía a buscar aventuras, cometíamuchas idioteces... el tipo de hazaña temeraria tanmaravillosamente caricaturizada en Don Quijote. Lamás brillante sátira de todos los tiempos nos lleva aolvidar que estas cosas ocurrieron realmente, y queeran tomadas absolutamente en serio.

Poco a poco, la situación de las mujeres desa m-paradas pasó a segundo plano. El caballero andantedeseaba exaltar la gloria de su propia señora. Cua n-do llegaba al dominio de un señor feudal, formulabaun desafío, llamando a todos los caballeros a e n-frentarlo en combate pour l’amour de sa dame. E s-tas invitaciones venían acuñadas en los más cortesestérminos. El desafiante pedía a su adversario que lorecomendara al favor de su propia dama, y le dese a-

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ba al mismo tiempo que gozara de todos los plac e-res del amor con la elegida de su corazón. Despuésde intercambiar estas corteses fórmulas, se arroj a-ban el uno sobre el otro, y procuraban rompersemutuamente la cabeza... pour l’amour de sa dame.

El vencedor no se satisfacía con la mera gloria.Las costumbres de la caballería incluían la extrañacondición de que el caballero vencido debía ofrecer-se como esclavo a la dama del vencedor. Desafiaresta convención implicaba el ostracismo, la expu l-sión de las filas de la caballería. En un baile de lacorte, Juana, reina de Nápoles, honró a un caballerode Mantua bailando con él. El noble caballero sesintió abrumado por el honor, y allí mismo juró quepartiría inmediatamente y que no regresaría hastahaber conquistado dos caballeros para el servicio dela reina. Logró su propósito, pero la reina (deacuerdo con la costumbre) recibió bondadosamentea los caballeros y les devolvió la libertad.

Vulson de la Colombiére relata un caso másfantástico aún. El caballero del cuento se compr o-metió a obtener para su amada los retratos detreinta damas... natural mente, después de vencer alos correspondientes serviteurs. El valeroso pred e-cesor de Don Quijote llevaba pintada sobre su pr o-

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pio escudo la imagen de su dama, y así salió a cu m-plir su propósito. Cuando se topaba con un caball e-ro que no estaba dispuesto a reconocer que el rostropintado sobre el escudo era más bello que el de supropio dama, lo desafiaba a combate singular. Elcaballero vencido debía someterse, y entonces sepintaba el rostro de su dama bajo el retrato de ladama del caballero andante. La crónica afirma queel heroico caballero logró alcanzar su objetivo alcabo de un año.

La responsabilidad de esta colección de estup i-deces no incumbe solamente a los caballeros. Au n-que intoxicados por estas oleadas de romanticismomal digerido, sin duda se velan alentados por lasmujeres. Complacía a las damas esa admiración quemitigaba un poco tanto hastío, y además su vanidadse sentía halagada. La dama de un castillo vecinopodía ser de más elevado rango; en cambio, el caba-llero de esta dama había coleccionado mayor núm e-ro de retratos, había llevado a más países los coloresde su amada, y cometido más descabelladas tont e-rías.

Es posible que todo esto no fuera auténticoamor; pues el verdadero afecto habría provocado unsentimiento de ansiedad por el hombre que salía a

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luchar; una mujer de corazón no habría aumentadoel peligro alentando aven turas y hazañas tontas yfútiles. En lugar de auténtico sentimiento, se tratabade vanidad mezclada con estupidez.

Un manuscrito único, escrito en el siglo XIII,contiene la historia de Ulrich von Lichtenstein. Nofue escrito por él mismo, pues aunque el noble c a-ballero compuso algunos hermosos poemas deamor, y fue uno de lo más destacados Minnesangerde su época, murió sin saber leer ni escribir. Dictósus canciones y su propia biografía a un escribiente.

La historia oficial ha demostrado cierto despr e-cio por las memorias del noble Ulrich, y ha prestadopoca atención a su contenido. No es difícil co m-prender la razón de esa actitud. Von Lichtensteinfue quizás el peor de todos los tontos que se en a-moraron de las mujeres y las sirvieron. Fue la im a-gen viviente del imaginario Don Quijote. Natu-ralmente, los historiadores serios se sienten un tantoembarazados ante este estúpido héroe de tantasaventuras amorosas. Sin e mbargo, creo que estánequivocados, pues si el apasionado caballero llegó alos peores extremos, lo hizo impulsado por la modade su tiempo, y no es posible pintar el cuadro deuna época si se omiten esas corrientes que periód i-

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camente la recorren y que configuran la moda.El manuscrito original se hallaba en Munich, en

la Biblioteca Estatal bávara, aunque ignoro si hasobrevivido a los azares de la guerra. Su título esFrauendienst. Aquí he utilizado la edición de Tieck,publicada en 1812 en la ciudad de Stuttgart, bajo eltítulo: Frauendienst oder Geschichte und Liebe des Rittersund Sdngers UIrich von Lichtenstein von ihm selbst beschrie-ben (“Servicio de las mujeres, o historia del caballeroy cantor U.v.L., relatada por él mismo”).

Ulrich von Lichtenstein fue un rico noble deEstiria. Murió en 1276. Su tumba se conserva aúnhoy; y es notable porque en ella se conserva la másantigua inscripción alemana que hoy se conoce.

Los autores de biografías a veces apelan al cliséque consiste en comenzar la descripción del carácterde su héroe con las siguientes palabras. “Ya en sutemprana juventud reveló las características que mástarde determinarían su carrera...” Este gastado lugarcomún muy bien podría aplicarse a Ulrich. Era unjovenzuelo cuando se enamoró de una dama de a l-curnia, cuya compañía buscaba cons tantemente. Ensu condición de paje de noble cuna tenía acceso alas habitaciones de las damas, donde a veces se b e-bía el agua en que su adorada se había lavado las

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manos.Es difícil establecer quién fue esa dama. De

acuerdo con los datos de la autobiografía, puededarse por seguro que era mujer de muy elevado ran-go. Algunos indicios parecen apuntar a la esposa delpríncipe Leopoldo de Austria.

Cuando el joven UIrich fue armado caballero enViena, consideró llegado el momento de ofrecerformalmente sus servicios a la dama. Pero un cab a-llero no tenía tan fácil acceso a una dama como unpaje, de modo que debió buscar un intermediario.Afrontó la tarea una de las tías de Ulrich, íntimaamiga de la dama elegida por el caballero.

Aquí comienza una larga relación. Ulrich enviósus canciones a la dama; ella las aceptó, y aun laselogió, pero contestó que no necesitaba un caball e-ro, y que Ulrich no debía soñar siquiera con que susservicios fueran aceptados. Con esta actitud la nobledama se atenla a las antiguas normas del galanteo:actitud de rechazo y palabras de aliento, mantenie n-do así al desgraciado amante en cons tante tormentode duda.

En cierta ocasión la dama dijo al tío de Ulrich:“Aunque vuestro sobrino fuera de mi mismo rango,no lo querría, porque el labio superior le forma una

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fea protuberancia.” Según, parece, el enamoradocaballero tenía el característico labio de los Hab s-burgo... sólo que en su caso se trataba del labio s u-perior y no del inferior.

Apenas la tía entregó el mensaje, UIrich se dir i-gió a Graz, llamó al más hábil cirujano de esa ciudadde Estiria, y le ofreció una gran suma de dinero paraque le operara el labio. El cirujano acometió la tareay la realizó con éxito... ¡y seguramente fue el primercaso que la historia registra de cirugía plástica! Claroestá, entonces no se co nocían anestésicos ni drogascalmantes, de modo que el cirujano propuso m a-niatar al caballero; temía que el dolor lo impulsara arealizar un movimiento brusco; el cuchillo podíadeslizarse, y la operación fracasaría. Evidentemente,el buen doctor no sabía mucho de las virtudes caba-llerescas ni de la esencia del Frauendienst. Un a u-téntico caballero no podía perderse la oportunidadde soportar la tortura sin un solo quejido, en hom e-naje a su dama. Von Lichten stein rehusó dejarsemaniatar; se sentó en un banco, y no hizo un gestoni emitió un solo grito mientras el cirujano reducíael labio a proporciones más normales.

La operación tuvo éxito, pero el infeliz pacientedebió pasar seis meses en Graz, inmovilizado en su

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lecho, hasta que la herida curó completamente. E n-tretanto, perdió muchísimo peso, y prácticamente seconvirtió en un esqueleto.

No podía comer ni beber; tenía los labios c u-biertos por un horrible ungüento, y no lograba ret e-ner nada en el estómago. “Mi cuerpo sufría”,escribe el incorregible enamorado, “pero mi cor a-zón estaba feliz”.

La dama se enteró de la intervención quirúrgica,y poco después escribió una carta a la tía de Ulrich,informándole que abandon aba su residencia y queviajaría acierta ciudad, donde con mucho gusto veríaa la tía. “Y puede traer a su sobrino... pero sóloporque deseo ver su labio corregido; por ningunaotra razón”.

Al fin llegó el gran momento en que el noblecaballero pudo expresar sus sentimientos, cara acara con su adorada belleza, a la que siempre, en suspoemas, había llamado la Pura, la Dulce, la Bond a-dosa. Llegó el día, y apareció la dama; a caballo ysola, mientras la escolta quedaba muy rezagada. U I-rich espoleó su caballo y se puso a la par de la dama;pero ella, naturalmente, se apartó rápidamente, c o-mo si el encuentro le desagradara. El infortunadojoven no sospechó que esta actitud se ajustaba a las

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normas del juego amoroso. Ulrich estaba tan terr i-blemente embarazado, que sintió que la lengua se lepegaba al paladar, y no fue capaz de pronunciar unasola palabra. Profundamente avergonzado, se retra-só, y luego trató nuevamente de aproxi marse, perocontinuaba mudo. Cinco veces repitió la manio bra,y siempre con los mismos resultados negativos.Acabó la cabalgata, y se perdió la oportunidad. Yade regreso, Ulrich sólo se atrevió a aproximarse a ladama para ayudarla a desmontar.

Y entonces ocurrió algo inesperado.La Pura, la Dulce, la Bondadosa aceptó la ayuda

del caballero y desmontó, mientras Ulrich sosteníael estribo; pero antes de poner el pie en el sueloarrancó un mechón de cabellos de la cabeza de U l-rich y le murmuró al oído: “¡Esto, por vuestra c o-bardía!”

Mientras se frotaba el cuero cabelludo, el ine x-perto enamorado reflexionó sobre la misteriosa (?)observación y como ya no confiaba en la palabrahablada, nuevamente apeló al escribiente. En unextenso poema explicó sus sentimientos, y la buenatía se encargó de llevarlo a la dama. Aquí surgió otrasituación inesperada. Ulrich recibió una respuesta,pero la mala suerte seguía encarnizándose en su per-

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sona. No sabía leer, y su escribiente se hallaba a u-sente. Durante diez días guardó contra su pecho lacarta que no podía leer, durante diez días enterospadeció en el umbral de la bienaventuranza, hastaque el escribiente (la única persona en quien confi a-ba) regresó al lado del caballero. Ulrich sufrió terr i-ble desilusión. La carta con tenía un poema, muybreve, en el que cada sílaba era una gota de veneno.Era evidente que los versos habían sido compuestospor la propia dama, y en ellos se expresaba la ideade que quien deseaba algo prohibido a sí mismoestaba negándose:

Wer wünscht, was er nicht soll,Der hat sich selbst versaget wohl.Y para que no cupiera ninguna duda, la poetisa

de elevada alcurnia repetía tres veces las dos líneas.Pero esto no podía desalentar al obstinado

amante. Era parte de todo este absurdo sistema elque, si provenía de la Pura, la Dulce, la Bondadosa,aún la maldad debía ser aceptada humildemente. Suamor no flaqueó, pero como las palabras no dabanningún resultado, intentó demostrar con hechos quemerecía el favor de la dama.

Ulrich comenzó a aparecer en todos los torneosdel país, y a luchar valerosamente por el honor de

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su señora.Rompió cien lanzas contra sus adversarios, y

siempre triunfó. Ya se le conocía como uno de losmejores caballeros. Pero continuaba persiguiéndolosu mala estrella: cierto día recibió fuerte golpe en lamano derecha, y perdió el dedo meñique. Salió deltorneo, se dirigió a la ciudad, y una vez allí el ciruj a-no descubrió que el dedo seguía adherido a la manopor una o dos pulgadas de piel, y que quizás fueraposible salvarlo. Se necesitaron varios meses detratamiento, pero al fin el dedo curó, aunque quedódefinitivamente deformado.

Y aquí comienza el verdadero relato, cuyo eje eseste meñique.

Entretanto, von Lichtenstein había hallado unnuevo intermediario, en lugar de su tía, la cual ev i-dentemente no era muy eficaz. Un caballero de suamistad tenía acceso a la corte ducal, y aceptó d e-sempeñar el papel de mensajero. El amigo informóa la dama cuán heroicas hazañas ejecutaba Ulrichpara demostrar su amor; hacía poco tiempo, agregóel caballero, que aun su dedo meñique había sufridolas consecuencias de tan hondo sentimiento. “No esverdad, son todas mentiras”, replicó la dama. “Heoído de personas que me merecen confianza que

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todavía conserva dicho dedo”.Esta despectiva observación entristeció a Ulrich

von Lichtenstein; nuevamente montó a caballo, p e-ro se dirigió, no a la casa del cirujano, sino a la deun íntimo amigo. Invocó su amistad, ¡y le pidió quele cortara el dedo! Al principio, el otro caballero senegó, y entonces el propio Ulrich apretó el cuchillosobre el dedo y amenazó cortár selo. De modo queel amigo tomó un martillo, asestó un golpe al cuch i-llo, y el dedo voló por aire. La herida fue vendada y,de acuerdo con el relato del propio Ulrich, el cab a-llero comenzó a componer un poema. Cuando con-cluyó su extensa obra maestra, hizo preparar unabuena copia y la encuadernó en terciopelo verde;luego, encargó a un orfebre que fabricara un cierrepara el libro, el cual debía tener la forma de un dedode oro. ¡Y en esa envoltura de oro guardó el meñ i-que que se había cortado!

El intermediante entregó el libro a la dama, yesperó los resultados. La reacción fue inmediata.Cuando vio el horrible regalo, la dama exclamó:“¡Dios mío, jamás creí que un hombre sensato p u-diese cometer semejante tontería!

Pero el incidente la movió a enviar un mensaje:“Decid al noble caballero que guardaré el libro en

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mi cajón, y que diariamente contemplaré su dedomeñique; pero que no crea que se ha acercado a sumeta ni siquiera el grosor de un cabello; ¡pues au n-que me sirviera durante mil años sería tiempo pe r-dido!”

A pesar de estas últimas palabras, el tenaz cab a-llero se sintió transportado de alegría, pues consid e-raba que su dedo meñique estaba mucho mejor enel gabinete de la dama que adherido a su propiamano. Poseído de entusiasmo, concibió una empre-sa que sería la culminación de sus hazañas caball e-rescas en honor de la dama.

De todas las locuras registrada y documentadasen la época de la caballería, ésta fue la más absurda,y hoy nos resulta casi imposible comprender tanpervertida y deformada interpretación de los deb e-res y derechos del caballero. Pues Ulrich vonLichtenstein no era loco ni masoquista; el suyo fueun caso evidente de estupidez temporaria pero ag u-da.

Cierto día abandonó su castillo de Estiria, con elpropósito ostensible de acudir a Roma en peregr i-nación. Pero pasó el invierno en Venecia, dondevivió de incógnito, ocupado en visitar las tiendas delos sastres locales y encargar ropas. Entiéndase bien:

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no ropas masculinas, sino femeninas. Y tampoco lascompró para su bien amada, sino para sí mismo.Compró un guardarropa entero: doce polleras,treinta corpiños, tres capas de terciopelo blanco, einnumerables accesorios y prendas de diverso tipo.Finalmente, ordenó dos largas trenzas adornadascon perlas.

Cuando concluyó sus aprestos, y llegó la prim a-vera, Ulrich preparó un detallado plan de viaje. Seproponía partir de Mestre, atravesar el norte de It a-lia, Carintia, Estiria y Viena, para llegar a Bohemia.El viaje debía llevarle veintinueve días, de acuerdocon un itinerario cui dadosamente calculado, en elque se preveían la hora de llegada a cada ciudad, ylas posadas en que se hospedaría. Un mensajeromontado llevaba consigo este plan a cada uno de lospuntos de la ruta, y en cada sitio leía una pro clama,en la que se afirmaba que el noble caballero se pr o-ponía viajar de incógnito y sostener un torneo en lasdiferentes etapas del trayecto. No viajaba en sucondición de Señor de Lichtenstein, sino como i n-nominado caballero... pero vestido con ropas demujer, como la Diosa Venus en persona. La pr o-clama decía:

“La Reina Venus, Diosa del Amor... saluda a t o-

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dos los caballeros, a quienes aquí informa que sepropone visitarlos personalmente, para instruir a to-dos y a cada uno en el modo de servir a las damas yde conquistar su amor. Se propone partir de la ci u-dad de Mestre con destino a Bohemia, y lo hará eldía de San Jorge, y al caballero que con Ella rompalanzas durante el camino, lo recompensará con unanillo de oro. Que el caballero envíe el anillo a ladama de su corazón; pues dicho anillo posee el m á-gico poder de engendrar en el corazón de los dest i-natarios auténtico amor por los remitentes. Pero sien el torneo la Diosa Venus venciera al caballero,será obligación de éste inclinarse hacia los cuatrorincones de la tierra en honor de cierta dama. Elrostro de la Diosa permanecerá velado durante todoel torneo. Y el caballero que, informado de la lleg a-da de la Diosa, se negara a enfrentarse con Ella, seráconsiderado por Ella ajeno al ámbito del amor, yentregado al desprecio de todas las damas nobles.”

Es característico de la época que el pobre Ulrichno fuera metido en una camisa de fuerza o llevadoal manicomio; por el contrario, la nueva aventurafue recibida con general aclamación. Cuando leemosla descripción de la “gira de Venus”, sólo hallamosuniversal aprobación. La “Diosa” fue recibida s o-

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lemnemente a lo largo de la ruta, y ni un solo cab a-llero esquivó el enfrentamiento. El resul tado finalfue por demás impresionante: Ulrich, en su atuendovenusiano, rompió tre scientas siete lanzas, y dis-tribuyó entre sus adversarios doscientos setenta an i-llos de oro. En el curso de estos encuentros no s u-frió el menor daño; y en cierta ocasión realizó lahazaña de desmontar a cuatro caballeros en una solajusta.

Esta extraña empresa no convirtió a vonLichtenstein en una figura cómica. La más antiguacolección de Minne sanger alemanes es el códiceManasse, de Zurich, que data de fines del siglo XIII;los propios cantores aparecen en una serie de bellosretratos en miniatura. Allí Ulrich está en muy buenacompañía: se lo ha colocado entre Hartmann vonAue y Wolfran von Eschenbach, ambos muy dest a-cados poetas. Cabalga con su armadura completa,en un caballo de hermosos arreos. En el casco, cuyavisera está cerrada, se ha pintado la imagen de V e-nus arrodillada. Por consiguiente, la época no creíade ningún modo que su actitud fuera particula r-mente ridícula.

Como ejemplo de la pompa y circunstancia querodearon el viaje, véase la entrada en Mestre:

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Formaban la vanguardia cinco escuderos, segu i-dos por un portaestandarte que llevaba una banderade color blanco nieve. Lo acompañaban dos tro m-peteros. Luego, venían tres caballos con armadura, ytres sin ella; más atrás, varios pajes, que transport a-ban el casco plateado y el escudo del caballero. Lue-go, otro trompetero con cuatro escuderos, queportaban plateados manojos de lanzas, dos much a-chas vestidas de blanco, a caballo, y dos violinistas,también a caballo. Finalmente, la Diosa Venus enpersona, cubierta por un manto de terciopelo bla n-co que le llegaba hasta los ojos; bajo el manto, unvestido de mujer, de seda y linón, y la cabeza c u-bierta por un sombrero recamado de perlas. Bajo elsombrero, dos largas trenzas adornadas tambiéncon perlas.

Así ataviada, Venus recorría la ruta elegida. Loscaballeros competían por el honor de romper lanzascon “ella”. Llegado el momento de la justa, Venusse calzaba la armadura bajo el vestido, y en lugar delsombrero se tocaba con el yelmo... pero debajo deeste último continuaban colgando las trenzas. Seríafútil describir los torneos, a pesar de que el nobleUIrich relata escrupulosa mente cada uno de ellos.En cierta ocasión se topó con un estúpido de su

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mismo calibre: un rey, vestido de mujer en honor desu dama, con peluca y trenzas. Y los dos idiotas dis-frazados se arrojaron el uno sobre el otro, y al brutalchoque los escudos volaron en pedazos.

A lo largo de la ruta, las damas recibían al ca m-peón con expresiones de ilimitado entusiasmo. EnTarvis, doscientas mujeres se reunieron por la m a-ñana frente a su alojamiento para acompañarlo a laiglesia. Estas misas y procesiones fueron quizás elaspecto más característico de toda la gira venusiana.Hoy diríamos que es blasfemia; pero en esa época anadie conmovía que un hombre, dis frazado de mu-jer, entrara en la iglesia acompañado por una proc e-sión, ocupara un asiento en el sector reservado a lasmujeres, y aún tomara la comunión con el mismogrupo.

El aventurero del amor impresionó mucho a loscorazones femeninos, pero siempre permaneció fiela su propio amor, aunque debió sufrir grandes te n-taciones. En un caso los servidores de una damadesconocida invadieron el dor mitorio de Ulrich,cubrieron de rosas la persona del ca ballero, y le en-tregaron un precioso anillo de rubí, regalo de la n o-ble dama, que deseaba permanecer en el anonimato.

Pero el más extraño episodio de este extraño

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viaje es tan peculiar, que quizás lo mejor sea citar alpropio Ulrich von Lichtenstein. En una aldea deEstiria, no lejos de su propio castillo, después deltorneo se encerró en sus habita ciones; pero luegoescapó por otra puerta. La Diosa Venus recuperó sucondición masculina. He aquí el relato de UIrich:

“Entonces, en compañía de un servidor de co n-fianza, salí al campo y visité a mi querida esposa,que me recibió muy amablemente y se sintió muycomplacida de mi visita. Allí pasé dos días magníf i-cos, fui a misa el tercero, y rogué a Dios que prese r-vara mi honor, como lo había hecho siempre. Medespedí afectuosamente de mi esposa, y con el c o-razón fortalecido regresé a reunirme con mis co m-pañeros.”

Estas pocas líneas revelan que, entretanto, U l-rich von Lichtenstein había contraído matrimonio;su autobiografía nos informe después que ya erapadre de cuatro hijos. Ni esta magnifica familia ni suamante esposa impedían sus actividades amatoriasen otras direcciones. De tiempo en tiempo, sobretodo durante el invierno, regresaba a su castillo yreanudaba la vida conyugal; pero con la llegada de laprimavera, abandonaba otra vez el cálido nido paraperseguir sus románticos ensueños. Aparentemente,

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la esposa no veía nada objetable en estas activid a-des. Y aun es posible que su esposa se sintiera hal a-gada por la fama conquistada por el esposo durantesu Frauendienst. También es muy posible que ellatuviera su propio serviteur.

Naturalmente, el “incógnito” de la gira de V e-nus era mera formalidad; todos sabían que bajo elcorpiño de seda latía el viril corazón de Ulrich vonLichtenstein. También lo sabía la elegida de su cora-zón. Cierto día, el mensajero confidencial llegó alalojamiento de Ulrich, portador de una inesperadacomunicación. Traía un anillo de la amada del tenazcaballero. “Ella comparte la alegría de vuestra gl o-ria”, decía el mensaje, “y ahora acepta vuestros ser-vicios, y como voto os envía el anillo”. El “loco delamor” recibió arrodillado el presente.

¡Pobre hombre! Si hubiera conocidos las reglas ynormas del juego de amor medieval, hubiera antic i-pado con matemática precisión el siguiente mov i-miento de su dama. Pasaron algunos días, y apareciónuevamente el intermediario, pero ahora su expr e-sión era sombría y desalentada. “Vuestra dama hadescubierto que os entretenéis con otras mujeres;esta fuera de sí de cólera, y reclama la devolucióndel anillo, pues os considera indigno de llevarlo”.

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Cuando oyó estos reproches, Ulrich vonLichtenstein, caballero sin miedo y sin reproche,rompió a llorar amargamente. Lloró como un niño,se frotó nerviosamente las manos, quiso morir. Elmayordomo del castillo, un caballero barbudo y an-ciano, oyó los sollozos y los gritos y acudió presuro-so; y al ver el estado en que se hallaba UIrich,“mezcló sus lágrimas con las del noble caballero”.Los dos afligidos campeones hicieron tal escena degemidos y de llantos, que al cabo apareció el cuñadode Ulrich, les reprochó su afeminada conducta, ydespués de prolongada discusión logró contener untanto el flujo lacrimoso.

El tenaz amador pasó días amargos. En su d o-lor, se volvió hacia la poesía, y envió sus versos a la“cruel belleza”. Y luego, dice en su relato: “Me s e-paré dolorido de mi mensajero; y visité a mi queridaesposa, a quien amo más que a nadie en el mundo, apesar de que elegí por señora a otra dama. Y conella pasé diez días felices, antes de continuar viajebajo mi carga de aflicción”.

Quizás sea difícil, a siete siglos de distancia,comprender este “sistema rotativo”; p ero lo ciertoes que formaba parte de la época de la caballería.

El romance de Ulrich llegó a su culminación de-

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finitiva. Los poemas ablandaron el corazón de lacruel belleza; días después llegó otro mensaje en elque la dama perdonaba al caballero, y le concedíauna entrevista personal. Pero para evitar toda publ i-cidad indeseable, invitaba al caballe ro a disfrazarsede mendigo y a mezclarse con los leprosos que e s-peraban limosna a la entrada del castillo. Allí se ledaría la señal secreta para la cita.

Ni siquiera entonces el Don Quijote del amorcomprendió el juego. Vistió los harapos de mend i-go, y pasó varios días errando entre los leprosos,enfermo de asco y de náuseas. Varias veces la lluviaempapó sus ropas, y el frío de la noche mordió suscarnes ateridas. Finalmente, llegó una doncella conel anhelado mensaje: a tal y cual hora de la nochedebía apostarse al pie de la ventana, con una luz enla mano. UIrich se despojó de las ropas de mendigo,y esperó, cubierto solamente por una camisa, bajo laventana. A la hora señalada descendió una especiede plataforma de sábanas, el caballero puso el pie enella y se sintió elevado hasta la ventana por gentilespero firmes manos femeninas. Apenas entró en lacámara le echaron sobre los hombros una capa deseda recamada de oro, y lo llevaron a presencia de ladama. Después de tantos años de fatigas, estaban al

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fin en el umbral de la bienaventuranza.La dama lo recibió amablemente, elogió su lea l-

tad, y le dijo muchas frases halagadoras. Pero lasemociones reprimidas derribaron todas las barrerasy Ulrich comenzó a exigir pruebas tangibles delamor de la dama. Naturalmente, era imposible satis-facer el pedido; alrededor de la dama había ochoservidores; pero UIrich se negó a escu char razones,y se mostró cada vez más atrevido. Finalmente, juróque no se movería de allí hasta no recibir la reco m-pensa del Beiliegen.

Se trataba de otra institución peculiar de la ép o-ca de caballería. Su nombre completo era Beiliegenauf Glauben. En esencia, consistía en lo siguiente:se permitía al ca ballero acostarse junto a su damadurante una noche entera... pero sólo “dentro de loslímites de la virtud y del honor”. Debía jurar que nointentaría lesionar la castidad de la dama, y genera l-mente se cumplía el jura mento. Era quizá l a formamás retorcida de galanteo.

El único modo de calmar a Ulrich fue prom e-terle su recompensa... pero con una condición. Ladama dijo que accedería al pedido del caballero, siéste demostraba primero su lealtad, para ello, debíasubir nuevamente a la plataforma de sábanas, y ésta

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descendería un poco; y una vez que UIrich hubierademostrado su constancia, se le permitiría entrar enla cámara de su amada. Esta vez Ulrich decidió pro-ceder sobre seguro; aceptó la prueba... pero únic a-mente si, mientras tanto, podía retener la mano dela dama. Se aceptó la condición, el caballero subió ala plataforma y, mientras ésta descendía lentamente,la Dulce, la Pura, la Bondadosa señora dijo a UIrich:“Veo que merecéis mi favor... besadme ahora...”

Casi desvanecido de felicidad, UIrich elevó suslabios sedientos pero cometió el error de soltar lablanca mano. En ese mismo instante fue arrojado,con plataforma y todo, al patio del castillo. Y porcierto que no fue casualidad... cuando sus doloridaspiernas le permitieron incorporarse, la plataformahabía desaparecido.

¡Y ni siquiera esta experiencia enfrió su ardor!La dama inventó una explicación, y Ulrich continuóescribiendo versos, hasta que llegó el desastre final.El diario no explica qué hizo la dama, consumadamaestra en torturas amorosas, pero sin duda fuealgo terrible, pues el propio UIrich afirma que le fueimposible perdonarla. Y así acabó su Frauendienst,pues (según propias palabras de Ulrich), sólo unloco podía servir indefinidamente sin ninguna esp e-

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ranza de recompensa”.Lo cual, en todo caso, demuestra que este idiota

del amor se creía hombre discreto.

3.

La adoración abstracta, ultraterrena de las muj e-res en la época de la caballería fue sin duda cosabuena y noble; pero los enamorados aplicaron exce-siva tensión a la cuerda vibrante del romance, hastaque al fin se rompió. Estos adolescentes barbados,revestidos de armadura, y aficionados al laúd, e m-pezaron a crecer, y a comprender que las damas, alas que habían puesto sobre tan elevado pedestal,eran, después de todo, nada más que mujeres... yque a veces no merecerían tantos sacrificios.

Tannhäuser (no el Tannhäuser de las leyendas,sino el auténtico, que vivió entre 1240 y 1270) serebeló contra el “yugo de las mujeres” y en suspoemas satirizó audazmente los ideales de la cab a-llería:

Treuer Díenst der ist gut,Den man schónen Frauen thut...Buena cosa era el servicio leal prestado a las

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mujeres bellas... pero luego enumera las exigenciasque es preciso satisfacer antes de que la mujer ad o-rada conceda ninguna recompensa. El amante ha delevantarle un palacio de marfil puro; le llevará desdeGalilea la montaña que otrora fue asiento de Adán,conseguirá el Santo Grial, y la man zana que Parisdio a Venus... y entonces recibirá el más grato de lospresentes. Por otra parte, ella es muy capaz de nodirigirle nunca la palabra, a menos que él le lleve elArca de Noé. La Pura, la Amable, la Bondadosa S e-ñora tenía muy diferente aspecto a los ojos de Ta n-nhäuser:

“Ja Dank sei ihr, ihr Nam’ist Gute.Hei hei! es blieb zu fern ihr einst die scharfe

Rute.”(“Sí, gracias a ella, su propio nombre es Bondad.¡Eh, eh! ¡Demasiado lejos de ella estuvo antaño

el látigo duro!”)En otras palabras, se malcrió a la dama por ev i-

tarle castigos en la infancia.Tannhäuser fue el único, de todos los poetas de

la época, que comprendió claramente la situación.No le pasó inadvertido que la mayoría de las eleg i-das no veían en la profunda pasión del caballerootra cosa que mero galanteo.

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“Sprech’ich ein Ja, sie saget Nein,So stimmen stets wir überein”.(“Cuando yo digo Sí, ella dice No,Y de ese modo siempre coincidimos.”)Gradualmente se acercó el fin inevitable de la

época del amor caballeresco. El hombre del Ren a-cimiento, más sensual, se reía de las exangües la n-guideces de sus ante pasados, y buscaba en el amoralegrías más concretas. La palabra Minne tambiénperdió su antiguo significado. Una erudita obra al e-mana señala con dolor: “Desde el siglo XV, la e x-presión Minne, otrora de noble significado, sevulgariza cada vez más, y al c abo se la utiliza sólopara describir innobles placeres corporales”.

Hasta qué punto estos placeres eran “innobles”es asunto discutible; pero no cabe duda de queabrieron brecha en el castillo medieval de la folieerotique. La actividad práctica del hombre del R e-nacimiento prevaleció en todos los terrenos, y sibien la estupidez floreció en muchas otras esferas,los locos por amor fueron mucho más raros. Porsupuesto, no desaparecieron completamente; mie n-tras hubo mujeres incapaces de experimentar a u-téntica pasión y de entregarse generosamente, hubohombres atormentados por el galanteo irrespons a-

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ble, por el juego cruel del regateo sexual. En estesentido, ya he citado algunos pasajes de Brantóme,que vivió en el siglo XVI; pero en realidad se tratabade los últimos restos de la época de la caballería.

En el siglo XVII redescubrimos nuestro tema.Pero ahora el Minne se ha afrancesado... su nombrees galanterie (de acuerdo con Montesquieu, superf i-cial y delicada pretensión de amor).

Quizás su escenario más apropiado fue el Pal a-cio Rambouillet, en París. Las precieuses son lospersonajes de este complicado y vaporoso espect á-culo. La adoración de la mujer, extinguida desde laépoca de la caballería, revivió en la perfumada a t-mósfera de los grandes salones. De nuevo la mujersubió a su pedestal, aunque ahora trepó por propiainiciativa. Pero tan pronto ocupó ese lugar, exigió elservicio de sus admiradores tan imperiosamentecomo sus antepasadas. Naturalmente, ya no se tr a-taba de romper lanzas ni de salir a campo abierto;las armas eran las del intelecto y del esprit. La co n-versación ingeniosa, los cum plimientos bien pensa-dos, los versos pulidos... he ahí los mediosnecesarios para conquistar los favores de una dama.

Los efectos literarios y los excesos de la precieu-se han sido cabalmente explorados por la brillante y

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devastadora sátira de Moliere. La galanterie de losexclusivos salones no era otra cosa que un galanteointerminable llevado a los extremos de la estupidez,adornado y desarrollado por la moda de la época.

De acuerdo con las precieuses, “las mujeres eranlos adornos de la Naturaleza, creadas para recibiradoración y para vivir rodeadas de hondos sent i-mientos, a cambio de lo cual ofrecían amistad y re s-peto”. Y los caballeros- por lo menos en los salonesde las damas de Ram bouillet- se consideraban co n-tentos de recibir dicha com pensación. Estas damaseran tan frágiles y sensibles que Julie d’Angennes,por ejemplo, se desmayaba cuando en su presenciase decía alguna expresión vulgar. Sabemos que desus conversaciones se excluían las palabras comunesy corrientes, y se las reemplazaba por expresionesnuevas y más refinadas... Un extraño era incapaz decomprender la conversación, y Claude de Saumaise,el erudito clásico francés, compiló un diccionarioseparado de este lenguaje ( Dictionnaire des Precieuses).Por ejemplo, la palabra mano era considerada muyvulgar, pues la gente común la utilizaba para el tr a-bajo manual. Por consiguiente, fue rebautizada conel nombre de la belle mouvante (la bella móvil). Lapalabra espejo fue reemplazada por la expresión le

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conseiller des Graces (el consejero de las Gracias).Sillón era demasiado común... y se lo llamócommodité de la conversation (conveniencia de laconversación).

En estos salones sólo se hablaba de la excelenciade las damas, de sus magníficas virtudes y perfe c-ciones; y de la total satisfacción que impregnaba elalma del varón cuando éste podía vivir adorando lospies de su dama. He aquí la carta que Guez de Ba l-zac, uno de los más respetados escritores de la épo-ca, dirigió a Madame Rambouillet, con motivo dehaber recibido de la dama el grato regalo de unosfrascos de perfumes:

“Los poetas romanos cantaron la gloria de losperfumes de Venus. Pero mi regalo viene de unamano más excelsa que la de esta diosa común: vienede la diosa del amor, auténticamente celestial, virtudque ahora se ha manifestado a la humanidad de s-cendiendo desde las alturas sublimes del cielo. Y nopuedo dejar de vanagloriarme ante todos y cada unode la gracia que ahora he recibido. Todas las cosashumanas, todos los tesoros de la tierra están a sudisposición. Y así como no puede haber mayor gl o-ria que la creada por vuestro regalo, en el mundo nohay gratitud comparable a la mía. En mis palabras

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sólo se expresa pequeña fracción de mis sent i-mientos, y la mayor parte de ellos queda guardadaen lo profundo de mi corazón.”

Las damas de los salones desarrollaban un fríojuego de amor: sentimental, etéreo y fantástico, concierto matiz platónico, y todo ello diluido en liter a-tura y expresado en hipérboles vacías y alambicadas.Pero lograron que muchos jóvenes románticos yinexpertos aceptaran las reglas del juego. Bussy-Rabutin, que en su madurez ya estaba muy lejos deestas tonterías platónicas, describió su juvenil p a-sión por una bella viuda:

“Alentaba yo tan ridícula concepción del respetodebido a las mujeres, que mi bella viuda podría h a-berse muerto de angustia a mi lado, si no hubieracomprendido mi tontería y no me hubiese alentado.Y durante mucho tiempo ni siquiera me atreví atomar nota de su benevolencia. Creía firmemente enla imposibilidad de conquistar el amor de una damasi no había consagrado cierto tiempo a suspiros,llorosas lamentaciones, ruegos y cartas de amor.Mientras no hubiera cumplido estas obligaciones,no me consideraba con derecho a esperar el menorfavor.”

Como se advierte en esta cita, la hermosa viuda

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no se negaba a hacer ciertas concesiones ocasion a-les, difícilmente compatibles con la “sensibilidad”de los seres etéreos que habían “descendido de loscielos”.

El juego de la galanterie no era en el fondo otracosa que la forma primitiva de un galanteo cruel yridículo.

4.

Debido a los siglos de influencia árabe, las muje-res españolas vivían en una atmósfera muy parecidaa la de un harén. No sólo la opinión pública seoponía a las relaciones entre hombres y mujeres; losfuriosos celos del esposo también imposibilitabancompletamente el contacto con los presuntosamantes. Cuando el marido se hallaba impedido devigilar personalmente a la mujer, lo reempla zaba ladueña, que con ojos de Argos cumplía su misión. Escierto que la astucia femenina siempre hallaba m e-dio de burlar la guardia más estricta; pero estos c a-sos nada tienen que ver con la historia de laestupidez humana. Muy al contrario.

Y sin embargo, en España, que carecía práct i-

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camente de vida social, también hallamos una ve r-sión algo más atenuada del juego de amor desarr o-llado con tanta pasión en la época de la caballería, yen el lugar que se hubiera creído menos apropiado:la corte real. La vida social de la corte española s u-fría el influjo de una de las más extrañas invenci o-nes del espíritu humano: la etiqueta española. Fueideada por Felipe II, que la transmitió a sus suces o-res, junto con un imperio que ya empezaba a agri e-tarse por todos los costados.

La etiqueta española convirtió en divinidades laspersonas del rey y de la reina. Y los dioses no so n-ríen. La risa y la diversión fueron desterradas de lacorte. De Felipe IV se afirma que en toda su vidasólo rió tres veces.

La reina tenía una dama de compañía de ciertaedad, la Camarera Mayor. Su tarea consistía enmantenerse constantemente al lado de la reina, y enobservar con férrea severidad el cumplimiento de laetiqueta. “¡La reina de España no debe reír!” advi r-tió una vez en que la joven reina estalló en carcaj a-das, ante las piruetas de un payaso de la corte. “¡Lareina de España no debe asomarse a la ventana!”aunque la ventana daba al solitario jardín de un mo-nasterio. En otra ocasión, como la reina hallara m u-

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cho placer en la charla ociosa de sus loros, la Cama-rera Mayor con sus propias manos retorció el cuellode las infortunadas aves.

Esta Camarera Mayor era la duquesa de Terr a-nova, una mujer de cierta edad. Gozaba de co m-pleta autoridad en todos los asuntos de etiqueta;pero cuando la reina quedó embarazada, la duquesapasó un mal rato. La cos tumbre española permitíaque durante los primeros meses del embarazo lafutura madre satisficiera cualquier capri cho o ap e-tito. La reina aprovechó la ocasión, y cuando laodiada bruja apareció para el saludo matutino, leaplicó dos fuertes bofetadas. “No pude resistir latentación”, se apresuró a decir la reina, y la vener a-ble Camarera Mayor no pudo decir una palabra.

En esa atmósfera, las damas de compañía semorían de hastío. También tenían una supervisora,la Guardadama, la cual, con la ayuda de varias col a-boradoras, vigilaba la moral de las cortesanas. Lasmujeres casadas no podían servir a la reina; sólo seaceptaban vírgenes o viudas. Debían vivir en el p a-lacio; pero para que la vida que lleva ban fuese mássoportable, las reglas de la corte les per mitían teneruno o más “admiradores oficiales”. Y éstos teníansu propio título : galanteos de palacio. El caballero

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podía ser casado o soltero, viejo o joven... para elcaso era lo mismo, pues no existía la menor posib i-lidad de que sus servicios obtuvieran alguna reco m-pensa concreta. Sólo gozaba del derecho de adorar yde servir a su dama.

La sátira de Cervantes no produjo ninguna i m-presión en El Escorial; simplemente, se dieron porno enterados. El caballero de la corte tenía íntimaafinidad espiritual con Don Quijote y sus predec e-sores. En todo el año sólo disponía de unos pocosdías, durante los cuales se le per mitía gozar de lacompañía de su adorada. En raras ocasiones se veíaen público a las damas de compañía: en las grandesrecepciones de la corte, durante las procesiones y lasfiestas, quizás en ocasión de un auto de fe, cuandorefrescaban sus ojos y sus oídos con el espectáculode las llamas y los gritos de los herejes y de las br u-jas que ardían. En esas circunstancias el caballeropodía estar de pie al lado de su dama y cortejarla...claro está que sólo dentro de los límites del más e s-tricto decoro. Esta actividad gozaba de cierto part i-cular carácter oficial debido al pri vilegio de losgalanteos de conservar puesto el sombrero en pr e-sencia del monarca (derecho que compartían conlos grandes de España). Se les concedía dicho pr i-

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vilegio porque de acuerdo con la teoría oficial, elcaballero estaba tan des concertado en presencia desu dama, y tan embriagado de amor que no podíacontrolarse, de modo que si hubiese sostenido elSombrero en la mano, seguramente lo habría dejadocaer.

El resto del año, el galanteo podía rondar el p a-lacio y esperar hasta que su dama apareciera duranteun instante en la ventana. Entonces le declaraba suamor... pero sólo por señas. Este lenguaje por señasconsistía (de acuerdo con la tradición española) enque el enamorado se llevaba el pañuelo a los labios,luego a la frente, y final mente al corazón. Según lasmemorias de la condesa d’Aulnoy, en tales ocasi o-nes el caballero enamorado suspi raba y gemía tanruidosamente que podía oírselo a bastante distancia.Con el fin de obtener por lo menos alguna satisfa c-ción física de carácter sustitutivo, los caballeros s o-bornaban al cirujano que sangraba regularmente alas damas de compañía, para que les entregara su b-repticiamente alguna venda o servilleta empapadaen la sangre de la bien amada.

A pesar de todo, ese galanteo oficial era cons i-derado gran distinción y honor. Viejos y jóvenespor igual intri gaban y luchaban por el privilegio; y

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los elegidos ofrecían hermosos regalos a sus damas.La condesa d’Aulnoy afirma que durante su visita aEspaña comprobó que más de un galanteo se arru i-nó completamente debido a esta manía de los reg a-los.

5.

A principios del siglo XVIII arraigó en Génovala institución de los cicisbeos. En esencia, se tratabadel derecho de la dama noble a tener no uno sinovarios galanes, que le prodigaban las indispensablesatenciones personales. Si la dama tenía varios cab a-lleros, éstos se dividían celosamente las responsab i-lidades. Uno la asistía en el tocado matutino, otro laacompañaba a la iglesia, el tercero la sacaba a p a-sear, el cuarto la escoltaba en las fiestas, el quintoaseguraba los placeres de la mesa, el sexto manejabalas finanzas de la señora. Se consideraba que estosdeberes constituían los más dulces privilegios.Tanto se difundió la moda, que al cabo de ciertotiempo se estimó verdadera desgracia que una damano tuviera un cicisbeo, o que un hombre de ciertorango no consagrara la mayor parte de su tiempo a

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esas tareas.La posición del esposo se parecía bastante a la

que tuvo durante la época de la caballería; estabaobligado a aceptar al admirador de su esposa... yhacerlo de acuerdo con ciertas formalidades sole m-nes y públicas. La diferencia consistía sólo en que elcaballero medieval rara vez veía a su señora, mie n-tras que el cicisbeo rara vez se apartaba del objetode su amor. En circunstancias ordinarias, el esposono formulaba objeciones a esta compañía perma-nente; pues los cicisbeos se mostraban más celososunos de otros que lo que podía estar el marido de sumujer. Eran guardianes muy eficaces. Podían pr e-sentarse inconvenientes sólo cuando había un solocicisbeo; pero después de todo lo mismo ocurre encualquier época cuando el ga lanteo pasa a mayores.Y a menudo sucedía lo mismo que en el Fraue n-dienst medieval: el propio esposo se convertía encicisbeo de otra dama casada.

La institución del cicisbeo se distinguía de lasrelaciones comunes, más o menos públicas, más omenos toleradas, en que estaba organizada y legal i-zada; pues cuando se discutían los contratos matr i-moniales, uno de los aspec tos importantes delacuerdo era el número de cicisbeos que podría

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aceptar la futura esposa. Desafiar la tradición h u-biera sido fatal... tan fatal como oponerse a los di c-tados de la moda. En toda la historia de Génovasólo se conoce el caso de un hombre valeroso quese atrevió a adoptar esa actitud: el marqués Spinola,a quien la muy vulgar pasión que experimentaba porsu prometida le movió a insistir que se incluyera enel contrato una cláusula contraria a la venerablecostumbre. Exigió franca y des vergonzadamenteque, mientras durara el matrimonio, la esposa noaceptara ningún cicisbeo; por su parte, se com-prometía a no asumir ese papel en el servicio deninguna mujer.

La estúpida moda se extendió de Génova a otrasciudades italianas. Los autores contemporáneos sesintieron un tanto desconcertados ante la difusiónde esta manía, y al fin no se les ocurrió otra excusaque la idea de que toda la institución representabarealmente un progreso general de las costumbres,pues impedía que los jóvenes nobles se dedicaran aplaceres y a ocupaciones más viciosos.

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6.

Los más sombríos capítulos de la folie erotiquecorresponden a la combinación del sexo con la rel i-gión. No es éste el lugar apropiado para escribir unahistoria de las diversas sectas y religiones, desde losJumpers (Saltarines) a los anabaptistas, de los “Con-vulsionistas” a los “Tembladores” o Holly Rollers...para no referirnos sino a un tipo especial de cismaque sigue el principio fundamental de “servir a Diosmediante la danza”. Cuando la folie erotique secombinó con la manía religiosa, el resultado fue unarevuelta contra el ascetismo de las iglesias establec i-das, o la aplicación más extremada aún de esosmismos principios ascéticos.

Las protestas francas contra los dogmas ascét i-cos tienen diferentes explicaciones. La motivaciónes a menudo de carácter sofístico. Pero, con exce p-ciones relativamente poco numerosas, todas coinc i-den en un punto: la impor tancia de la satisfacciónsexual. Aunque parezca extraño, esta opinión noexcluye la idea de que sexo y pecado son términosidénticos. Pero los sectarios agravaban la cosa con laafirmación de que el pecado estaba permitido, y aunera necesario y deseable, en interés de la salvación.

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El fundador de una de las más horribles sectasrusas, los Chisleniki , afirmaba lo siguiente: “Loshombres deben ser salvados del pecado. Pero si nopecan, no pueden ser salvados. Por consiguiente, elpecado es el primer paso en el camino de la salv a-ción”. Taxas Maxim, el campesino de Shemenovque estableció este curioso principio, lo trans formóen uno de los principales dogmas teológicos de susecta. Otro apóstol ruso, el misterioso monje Ser a-fín, declaró en 1872: “Sólo en el pecado es posiblehallar la verdadera salvación del alma. Cuanto másse peca, más glo rioso es el mérito del Salvador”.Con toda franqueza estos sectarios llamaban al p e-cado la “puerta de acceso a la gloria del Otro Mu n-do”.

Otras sectas fueron tal vez menos radicales, p e-ro los principios esenciales eran los mismos. Está elcaso de los “rusos errantes”, que afirmaban que elmundo estaba en poder del demonio; por lo tanto,carecía de importancia evitar el pecado. Por el co n-trario, todo estaba permitido... incluso el crimen, elrobo o el asesinato. Una primitiva secta cristiana,fundada por Carpócrates de Alejandría, declaró quelos seres humanos de este mundo se hallaban pe r-manentemente en poder de demonios malignos. De

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modo que mucho mejor era conciliarlos viviendo enla disipación... y, por supuesto, las mujeres debíanceder francamente a las exigencias masculinas. Lasecta de Car pócrates fue una de las primeras enabolir el matrimonio; por principio, todas las muj e-res eran compartidas por todos los hombres de lacomunidad.

Durante los siglos posteriores no faltaron imit a-dores que profesaron las mismas creencias y sigui e-ron las mis mas prácticas. Los Paterniani oVenustiani afirmaban que Dios y Satán compartíanla responsabilidad de la creación de la humanidad.Dios era responsable de la parte superior de nuestrocuerpo; y el diablo, de la parte inferior. De ello sededucía naturalmente que los “órganos satánicos”del hombre debían ser aplicados al “trabajo delDiablo”.

En el siglo XIV, los Lothardi concibieron undogma más particular aún. Afirmaron que los ho m-bres debían llevar una vida moral... mientras est u-vieran al nivel del suelo. Pero a la profundidad detres elles (un elle equivalía a siete décimos de yarda)las normas morales perdían va lidez. Por cons i-guiente, se reunían en recintos subterrá neos, donderealizaban terribles orgías: salvajes flagela ciones,

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toda clase de perversiones sexuales, asesinatos y sui-cidios.

Los Lothardi se caracterizaron por lo extremadode sus puntos de vista y por sus retorcidos razon a-mientos. Pero muchas sectas aceptaron y aprobaronel pecado y la perversión por otras razones de c a-rácter general. Argüían que, al hombre santificadopor la fe, el mal no podía ha cerle ningún daño; nin-guna aberración de la carne podía manchar el ropajedel alma purificada por la fe auténtica. Hace sietesiglos, los Beghardi representaron este punto devista en Alemania; en nuestro propio siglo, fue ta m-bién el concepto afirmado por los Shakury y losPryguny de Rusia.

Uno de los profetas de la lujuria, Dulcinius, quevivió en el siglo XIV, dividió la historia en tres p e-ríodos. Durante el primero- hasta el nacimiento deCristo-, Dios gobernó el mundo. En el segundo-desde Cristo hasta el año 1300-, Jesús fue el amoespiritual de la humanidad. Pero después, el EspírituSanto siguió al Padre y al hijo; y el Espíritu Santo sehallaba representado por Dulcinius. En su reino, ladisipación sexual no era un pecado. El profeta, quehabía reunido seis mil adeptos, tuvo mal fin; el PapaClemente IV lo excomulgó, fue detenido junto con

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su esposa, y ambos fueron muertos en la rueda yquemados luego.

Algunas sectas- por ejemplo, los Euquitas- co n-virtieron al acto sexual en parte de su ritual religio-so. Los Euquitas asesinaban a los niñosengendrados en estas orgías, recogían la sangre delos infantes y quemaban los cuerpos en una hogu e-ra; luego, se mezclaban las cenizas con la sangre r e-cogida, y se preparaba un horrible brebaje. (Osellus,que relata la ceremonia, agrega que el propósito delasesinato de los inocentes era “destruir el sello a d-herido fuertemente al alma humana y evitada porlos demonios del mal, para que dichos demoniospudieran entrar sin inconveniente en los cuerpos, yconcertarse libremente con ellos.”)

Los Bogomils, muy activos en Francia, perm i-tían también la relación promiscua de los sexos.Afirmase que los Fraticelli practicaban orgías simila-res. Bozovius afirma que “los niños nacidos de esasrelaciones eran arrojados de unos a otros, en el cí r-culo de los sectarios, hasta que perecían”.

En 1723 la policía de Montpellier cayó sobre elrefugio de una secta consagrada casi exclusivamentea los pla ceres sexuales. Se llamaban los “multipl i-cantes”, y sus orgías solían prolongarse desde el s á-

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bado por la noche hasta el lunes por la mañana.Esta secta reconocía por lo menos la institución delmatrimonio... pero sujeta a ciertas modificaciones.Dichos matrimonios, bendecidos por el profeta dela secta, unían a los cónyuges por el término deveinticuatro horas, y debían ser consumados en unlecho especial, bajo la mirada vigilante de tres test i-gos. Los “multiplicantes” fueron tratados dur a-mente por las autoridades. Los jefes fueronahorcados, los hombres sen tenciados a galera per-petua, y a las mujeres se les afeitó la cabeza y se lasencerró en conventos.

Los profetas y las profetisas de estas extrañassectas tuvieron innumerables predecesores y suc e-sores. Veinte años antes de la exterminación de losmultiplicantes, existió una secta llamada ButtlarscheRotte (la banda Buttlar), encabezada por Eva Ma r-garita von Buttlar, mujer de buena familia, que a laedad de quince años contrajo matrimonio con Jeande Vesias, maestro de pajes en la corte de los d u-ques de Sajonia. En colaboración con un confusoteólogo, llamado Justus Gottfried Winter, y con unpoetastro de nombre Appenzeller-Leander, inventóuna nueva religión, cuyo objetivo era la creación (omás bien recreación) de un ser primigenio, bisexual

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e inmaculado. La secta sólo tení a un objetivo real:satisfacer los apetitos sexuales de los fundadores.Tal era el propósito franco o secreto de tan extr a-ñaos mesías como Rosenfeld, de Berlín (1718-1781), que organizó un harén de siete muchachas,con el fin de “romper los siete sellos del Libro de laVida”; del inglés Henry James Prince y Pigott, quefundó la “Secta del Amor”, y el “Refugio de Amor”;del arzobispo Kowalski, cuya extraña fe floreció enPolonia hasta que, en 1928, fue encarcelado. Hubomuchos otros... y algunos de ellos desarrollan susactividades en nuestros días. La folie erotique quelos aquejaba aprovechó la pro funda estupidez desus adeptos y víctimas masculinos y femeninos.

Los adamitas duraron mucho tiempo. La sectaoriginal estaba encabezada por cierto Prodicus; susmiembros asistían desnudos al servicio divino. E x-plicaban esa actitud diciendo que la virtud era realsólo cuando no faltaban las tentaciones. Se declar a-ban contra todos los placeres de los sentidos, peroaparentemente el dogma era puramente teórico,pues cedían con frecuencia a las tentaciones de queestaban rodeados. Rudolf Quanter, en su obra Lamujer en las religiones de las naciones, declara que el cultode esta secta “no era mucho mejor que las orgías en

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los templos de Astarté”. La secta desapareci ópronto, pero los principios sobrevivieron durantesiglos. Bajo diferentes formas, aparecieron en otrasépocas y lugares. A veces sus adeptos se denomin a-ban “Hermanos y Hermanas del Espíritu Libre”, oPicards, Marocanes, Tirelupins, o Nico laites. A me-diados del siglo XIX fue preciso llamar a las tropaspara que intervinieran en el distrito de Chrudim, enBohemia, contra un grupo de sectarios adamitas,dirigidos por un intrépido tejedor ambulante, llam a-do Pelzmann. Durante la primera década del sigloXX apareció en los Estados Unidos un matrimonioSharp; ambos cón yuges representaron los papelesde Adán y de Eva, en un sincero esfuerzo por re s-tablecer el Paraíso en la tierra de acuerdo con la tr a-dición legada por sus predecesores adamitas.

El culto de la desnudez a veces adoptaba formasmás refinadas y más astutas. La secta Mucker deKoenisberg, fue organizada por dos hombres ll a-mados Ebels y Diestel, a principios del siglo pasado.Esta extraña organización alcanzó gran éxito en loscírculos aristocráticos del nordeste de Alemania. Lateoría de sus dogmas fue tomada de los escritos delpoeta místico Johann Heinrich Schónherr, pero enrealidad se trataba de una estúpida mezcla de inse n-

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sateces disfrazadas de profunda sabiduría (Tiefsinn).De todos modos, esa dosis de tontería no fue ob s-táculo para el desarrollo del grupo. Ebels era ho m-bre de gran prestancia física; la forma de su religiónresultaba tentadora y atractiva, y de gran poder s u-gestivo sobre los espíritus inclinados a la piedad s o-ñadora; la mayoría de sus adeptos eran individuosque secretamente habían estado repri miendo susdeseos sexuales. Ebels, en quien los miembros de lasecta veían al “Hijo del Hombre” (es decir, una re-encarnación de Jesús) tenía tres mujeres. La primera(la menos respetada y la de menor jerarquía) era suesposa legal. En la compleja terminología de la se c-ta, se la llamaba la “Envoltura”. La seguía Emilievon Schroetter, la “Naturaleza de las Sombras”; y lade mayor jerarquía era su “primera esposa en el e s-píritu”, Ida von Groeben, que llevaba el bello no m-bre de “Naturaleza de la Luz”. De tiempo entiempo cada uno de los miembros de la secta debíaconfesar sus pecados a estas mujeres, arrodillándosehumildemente a los pies de la dama confesora (n a-turalmente, la mayoría de los pecados era de cará c-ter sexual).

“Cuanto más se hablaba de todas estas cosas”,escribió el doctor Sachs, de Koenigsberg, que había

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pertenecido al núcleo principal, pero que abandonóla secta y fue uno de los testigos de la acusación enel proceso que se siguió a los Mucker, “y cuantomás groseras eran las expresiones utilizadas, másexaltados elogios se recibían, y más rápi damente seavanzaba por el camino de la santificación. Pero sila confesión no era importante; es decir, si los pec a-dos no eran muy graves, se recibían severos repr o-ches, y se acusaba al sujeto de «aferrarse a suspecados», de traficar con el demonio, de no ser niblanco ni negro... Si se obtenía la confesión, se dabagracias a Dios, que se sentía complacido”.

Más importantes que las confesiones eran los“ejercicios de santidad”. El primero de ellos, el “Be-so del Serafín”, era relativamente inocente: los cr e-yentes de sexos opuestos debían saludarse con lapunta de la lengua. La principal etapa de santific a-ción consistía en una prueba sistemática, destinada adeterminar si los sectarios eran realmente indif e-rentes al espectáculo de bellas mujeres desnudas.Sin embargo, en este aspecto era evidente la maliciade los métodos refinados: no se desnudaba todo elcuerpo. Aquellas que eran consideradas dignas departicipar en el juego, debían desnudar alguna partede su anatomía habi tualmente no visible a los ojos

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masculinos. Esta primitiva forma de strip-tease ocu-rría generalmente durante el “servicio divino”. Deese modo, cada reunión aportaba una nueva sens a-ción... lo cual era probablemente el propósito de losfundadores. Este despliegue de desnudeces llegabaaparentemente a extremos, y el acto sexual sólo seinterrumpía, por lo general, en el momento de laconcepción. Nunca participaban mujeres de edad, yaún se les negaba información, porque “no podíancomprender”.

Los “ejercicios de santificación” desarrolladospor los Mucker tuvieron muchos imitadores. Porejemplo, los Bdenje (“Vigilias”) instituidos por elnotorio Rasputín, olas llamadas “pruebas” ideadaspor Daria Smirnova, que fundó una secta en SanPetersburgo. Esta “santa” o “Divina Madre” sedesnudaba en compañía de sus adeptos mas culinos,para “poner a prueba el vigor de su fe”; pero laspruebas” eran tan escandalosas, que cuando laSmirnova fue procesada en 1914, las audiencias sedesarrollaron en recintos privados.

Häusser fue uno de los últimos “grandes Salv a-dores” que turbaron la paz de Alemania durantecasi diez años. Este extraño profeta, que murió en1927, había quedado impotente después de una vida

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de frenética disipación, y por lo tanto se dio a predi-car la supresión de los placeres de la carne... peropersonalmente se esforzaba en obtener por lo m e-nos satisfacciones sustitutivas, reviviendo las práct i-cas de la sunamita. Sus discípulos creían firmementeque “el gran Lou” había logrado la “teleprocre a-ción”, y este absurdo fue discutido solemnementepor el rebaño de fieles.

La estupidez, en sus formas sexuales y religiosas,ha creado muchas otras sectas y originado dogmaspervertidos. Por ejemplo, los “purificantes”, cuyocentro estaba en Siberia, y cuyas enseñanzas se d i-fundieron hasta Fin landia y el sur de Rusia. Sudogma principal era la supre macía de las mujeres.Afirmaban que, como el pecado había llegado almundo a través de Eva, por sus hijas se obtendría lasalvación. Fue una secta de matices acentua damentemasoquistas; y fue descrita en detalle por el propioSacher Masoch, el hombre que dio su denomin a-ción a esta aberración sexual.

Los moravios, o Herrnhuter, también crearonuna religión con muchos oscuros elementos de pe r-versión sexual. (No me refiero aquí a los Hermanosde Plymouth, ni a los actuales Herrnhuter, cuyosnúcleos se encuentran en di versos lugares de Al e-

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mania, Gran Bretaña y los Estados Unidos, sinomás bien a la historia primitiva de esta secta, en lasdécadas del cuarenta y cincuenta del siglo XVIII.)El conde Zinzendorf, su fundador, vivía aún, y susparticulares inclinaciones fueron casi exclusiv a-mente responsables de la fantástica interpretaciónque los moravios hicieron de ciertos hechos bíbl i-cos. Identificaban comple tamente el sexo con lareligión, y todo el culto se fundaba en la herida quela lanza del legionario abrió en el costado de Cristo,cuando los verdugos quisieron comprobar si el Sa l-vador estaba muerto. Sólo una profunda neurosissexual puede explicar el hecho de que Zinzendorftransformara en acto sexual la penetración de la lan-za del legionario. Zinzendorf creó “vice-esposos”, o“procuradores matrimoniales”, que eran represe n-tantes de Cristo, en su carácter de auténtico esposode todas las almas humanas. Algunos de los primit i-vos himnos moravios constituyen sorpren dentesexpresiones de obscenidad enfermizamente senti-mental.

Los skoptsi fueron una de las más horriblessectas que el mundo conoció. Representan quizás elúltimo grado de la locura humana. Como casi todaslas sectas modernas, los skoptsi también tuvieron

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sus antecesores en los prime ros tiempos del cristi a-nismo. Por lo que sabemos, Orígenes y Leoncio deAntioquía fueron los primeros cristianos que secastraron; el árabe Valerio reivindicó la dudosa dis-tinción de haber organizado una secta sobre la ideade la castración. Estos sectarios se convirtieron enpeligro público; no se contentaban con castrar a suspropios fieles, y hacían víctimas por doquier, entreindividuos completamente ajenos a tales ideas rel i-giosas. En un año de cosecha particularmente “rica”castraron a 690 hombres. La idea de que la extirp a-ción del órgano sexual pecaminoso era grata a Dios(idea conocida ya en los tiempos precris tianos),nunca desapareció totalmente de la vida de las se c-tas. Pero aparte de la horrible institución de la ca s-tración con “fines musicales” (durante muchotiempo los eunucos representaron sobre la escenapapeles femeninos, y los niños castrados formabanlos coros de la iglesia) esta idea sólo halló expresiónen una serie de tragedias individuales. Después de ladesaparición de los valerienses, no volvió a const i-tuir el fundamento de una comunidad sec taria.Hasta el siglo XVIII no hallamos grandes grupos decastrados en Rusia. En 1715 se arrestó a cierto n ú-mero de estos desequilibrados en el distrito de

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Uglitch, de la pro vincia de Jaroslav. Dos años de s-pués se realizó gran núme ro de arrestos en Moscú,donde la secta estaba dirigida por un hombre llam a-do Lupkin. Después de su muerte, su nombre y sutumba se convirtieron en bandera y lugar de per e-grinación de sus adeptos. En 1738 la zarina AnaIvánovna ordenó que el cuerpo fuera exhumado yquemado.

Pero la epidemia de autocastración se difundíacada vez más. Los procesos posteriores revelaronhechos horribles: canibalismo, asesinato de niños,etc. De todos modos, las medidas represivas resulta-ron inútiles. En 1771 apareció el Mesías de losskoptsi. Era Kondradtij Sseli vanov, un o riginalaventurero que se hacía pasar por el zar Pedro III.Los skoptsi todavía adoran en él al Hijo de Dios, yconsideran que su misión fue más importante que lade su “hermano” Jesucristo.

No es necesario seguir detalladamente la historiaposterior de l os skoptsi. Fueron particularmentenumerosos durante la segunda mitad del siglo XIX.El más elevado porcentaje correspondía a las pr o-vincias rusas de Orel y Petersburgo, en las que habíaocho skoptsi por cada cien mil habitantes. Algunosdistritos estaban libres de esta pla ga religiosa, pero

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Galitzia, y sobre todo Rumania, estaban infestadas.Bernhard Stern, estimó su número en las tres pri n-cipales ciudades rumanas (Bucarest, Galatz y Jassy)en no menos de veinte mil. Un hecho curioso, o b-servado por Hechetorn: en Jassy todos los condu c-tores de los coches de plaza eran skoptsi.

De acuerdo con esta secta, tanto Cristo como su“hermano”, Sselivanov, eran eunucos; Cristo habíapredicado el dogma de la castración, pero en el cu r-so de siglos el texto del Nuevo Testamento habíasido deformado y falsificado, de modo que no eraposible reconocer esta idea central. Sólo unas pocasfrases dejaban entrever el gran secreto. Así, la e x-presión “bautismo de fuego” aludía a la castración.

Los iniciados de esta secta absurda pasaban pordos grados: el primero, o pequeño sello, llamadotambién “primer blanqueo” o “montar el caballopío”, y el sello imperial, “segundo blanqueo” o “c a-ballo imperial”. Los cirujanos de la secta eran tanhábiles, que rara vez se presentaban complicaciones.En las grandes ciudades como Moscú y Petersbu r-go, a menudo se sujetaba a las víctimas a un ing e-nioso artefacto en forma de cruz (Mantegazza: Rela-ciones sexuales de los humanos). Pero independient e-mente de los métodos y etapas, el objetivo final era

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el mismo: destruir los órganos sexuales tanto de loshombres como de las mujeres. Aunque parezca e x-traño, la capacidad para el goce sexual, y aun la deconcebir no siempre eran des truidas por estas op e-raciones. Y se sabe de algunas mujeres skoptsi quese dieron a la prostitución.

Las reuniones de los skoptsi eran una nause a-bunda mezcla de éxtasis religioso, sadismo y práct i-cas sexuales pervertidas, que a menudodesembocaban en el crimen. Los skoptsi represe n-tan la más horrible y repugnante forma del asceti s-mo. Hubo otras formas más benignas, pero todas sefundaban en la folie erotique deformada o desviada,todas eran efecto de la estupidez sexual. Las sectasde flagelantes han durado casi dos mil años. LosChlystes de Rusia en nada cedían a las sectas flag e-lantes de la Edad Media, y eran tan capaces comoestas últimas de combinar la lujuria y el desequil i-brio con la tortura; poco antes de la Primera GuerraMundial, los Devil Hunters de Estados Unidos go l-pearon a un niño hasta matarlo, en su esfuerzo porexpulsar al diablo del cuerpo del infeliz infante. A lamisma categoría pertenecen las extrañas escenas deflagelación de la secta de la “Sagrada Madre”, MaríaMesmín, que fue procesada en Burdeos el año 1926.

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En muchos casos no corresponde tomar muy enserio estos excesos: se trata de simples aberracionesdel gusto. En todo ello hay más ridículo que trag e-dia. Pero el caso de los Devil Hunters demuestraque, en circunstancias especiales, esta manía puedeprovocar graves perturbaciones en la comunidad. Yaún si el asesinato del infortunado niño fue acc i-dental, el ascetismo a veces impulsa a los fanáticos aquitarse la vida, o a matar a sus compañeros de c o-fradía. En este sentido, la historia cultural ofreceabundantes pruebas. A menudo ocurre que los se c-tarios se suicidan, en la estúpida creencia de queDios exige de ellos un sacrificio especial... y aun elsupremo sacrificio.

El ascetismo no se detiene ni siquiera ante lasmás horribles formas de la muerte. Porque Cristofue crucificado, este modo de termin ar con la vidaocupa un lugar de cierto privilegio en el pens a-miento sectario de autodes trucción. Los “convu l-sionistas”, que se reunían en la tumba del abadParís, se limitaban a jugar con la crucifixión de unmodo que armonizaba con sus restantes locuras. Aúltimo momento, cuando el juego amenazaba a d-quirir contornos graves, aflojaban las cuerdas y ret i-raban los clavos, y revivían a tiempo a las mujeres

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torturadas. Pero en muchos otros casos este juegoreligioso sexual acababa en desastre. El zapateroitaliano Mateo de Casale se colgó de una cruz frentea su casa; poco faltaba para que muriese, cuandoalgunos transeúntes se apiadaron de él y lo bajaron.Acabó sus días en un manicomio, víctima de insaníaascética.

En 1823 la “sagrada Margarita”, fundadora deuna extraña secta en Wildisbuch, Suiza, fue tortur a-da bestialmente por sus adeptos. Estos la mataronporque les había prometido que resucitaría al tercerdía después de su muerte. Fue crucificada, y le cl a-varon clavos de hierro en los pies, en las manos y enel pecho. Y como no demostró dolor, y “solamentealegría en su muerte de mártir”, cum plieron el últ i-mo pedido de la mujer, y le hundieron en la cabezauna cuña de hierro, de las que se usan para partirmadera. Los asesinos nunca fueron castigados.

El efecto de sugestión de estos actos puede sernotable, y la manía sectaria se extiende en círculoscada vez más amplios. Fue dudoso privilegio de Ru-sia haber producido una variada gana de sectas, t o-das fundadas en los princi pios del asesinato y elsuicidio en masa. En todos los casos existían ocu l-tos motivos o causas de carácter sexual. Cierta secta

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rusa predicaba la bienaventuranza de la muerte me-diante la estrangulación; en otra, los miembros eranquemados vivos; otros preferían morir enterrados.A menudo los habitantes de aldeas enteras perecíanpor el fuego. En el distrito de Olonetz murieron deeste modo tres mil sectarios. En 1896-97 ciertoFeodor Kovalev enterró vivos a veintiuno de susfieles... pero olvidó incluirse. En 1917 un predicadorllamado Chadkin condujo a sus fieles al bosque,donde todos debían morir de hambre. Vistió de h a-rapos a las mujeres, y les prohibió llevar alimento obebida. Comenzaron a agravarse los padecimientosdel grupo, y uno de aquellos infortunados huyó.Chadkin temió que la policía pudiera hallarlos, yresolvió que todos debían morir inmediatamente.Primero se asesinó a los niños, luego a las mujeres, yfinalmente a los hombres. Cuando llegó la policía,sólo encontró con vida a Chadkin y a dos de susapóstoles”

No es fácil determinar hasta qué punto estassectas perduran y se mantienen activas. Hace treintaaños todavía se filtraron noticias de algunas extrañasy temibles comu nidades, activas en la región deMoscú. En ellas la folie erotique halló su forma finaly más frenética, demostrando que la estupidez pu e-

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de impregnar todos los campos de la actividad h u-mana, todas las formas del pensamiento y de la fe.

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X

EL FIN DE LA ESTUPIDEZ

1.

Este libro no pretende ser una historia compl e-ta, y ni siquiera un análisis sistemático de la estup i-dez. El tema es tan vasto como la humanidadmisma, con toda su historia escrita y no escrita. A losumo, he procurado esbozar el tema, como lo hicie-ron otros antes que yo. Por otra parte, creo quenunca se escribirán demasiados libros sobre la est u-pidez, la cual ha causado a los hombres más perju i-cios que la sífilis o que la peste.

He tratado de cubrir los principales aspectos delproblema; pero aunque algunos de los capítulos ti e-nen exceso de material, apenas he rozado la superfi-

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cie de la enorme documentación existente.No he examinado la estupidez de quienes qui e-

ren descifrar las leyes invariables del tiempo y adiv i-nar el futuro. No es fácil calcular cuánto gasta lagente en astrólogos, adivinadores de la fortuna yotros especialistas por el estilo... pero bastaría que seinvirtiera la cuarta parte de esa suma en escuelas,hospitales o institutos de inves tigación científicapara que el mundo fuera un lugar mucho más grato.

Una sola firma alemana solía imprimir un millónde ejemplares anuales de su Gran Libro de los Sueños,que pretendía interpretar y explicar todos los su e-ños, por muy variados que fuesen. Freud nos ens e-ñó que los sueños reflejan lo que ha ocurrido y loque está ocurriendo en nuestro subconsciente (paradecirlo de un modo muy sim plificado); pero niFreud ni sus sucesores han sugerido jamás que loshombres deban elaborar sus planes, modi ficar susvidas o aceptar presagios del futuro porque así lodiga un libro absurdo. Un economista hindú calculaque en su país se gasta en astrólogos y en brujos porlo menos una vez y media la suma que se destina aeducación y aten ción médica. A juzgar por losanuncios que llenan las pá ginas de los diarios de laIndia (y de muchos otros países) no se trata de un

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cálculo fantástico.He aquí una breve lista de títulos publicados en

los Estados Unidos y relacionados todos con cue s-tiones de astrología:

Astrología y accidentes.Su futuro y las estrellas.Astrología y matrimonio.El zodíaco, y el alma humana.Libro de astrología del estudiante.Astrología familiar.Astrología y carreras de caballos.La influencia de las estrellas sobre las cotizaciones de

bolsa.Cómo y cuándo jugar bridge, en relación con las estrellas.No es de extrañar que con frecuencia se lean en

los diarios anuncios de este tipo:“Dama de buena posición y educación, nacida

Escorpión, busca relacionarse con caballeros nac i-dos en Tauro. Objeto: matrimonio.”

Se ha calculado que la población de los EstadosUnidos gasta ciento cincuenta millones de dólaresanuales en astrólogos, adivinos y otros charlatanes.Esta maravillosa presunción de los hombres, loscuales empiezan por aplicar nombres arbitrarios alas estrellas del cielo, y luego extraen trascendentales

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conclusiones de esa nomenclatura arbitraria, con s-tituye una de las más notables pruebas de la inmo r-talidad de la estupidez.

Pero la astrología es sólo uno de los variadosmétodos con los que se procura penetrar los mist e-rios del futuro. En la antigüedad y durante el m e-dioevo se cono cieron cien distintas formas deadivinación, veintenas de métodos aplicados a lapredicación del futuro. Sólo tenían una característicacomún: jamás daban resultado. Cuando acertaban,lo debían a mera coincidencia, o gracias al tipo deprofecía estilo Macbeth, en la que ciertas cosas oc u-rren gracias a la deformación voluntaria de los h e-chos. He aquí una lista parcial:

Dafnomancia- adivinación por medio del laurel.Cleromancia- adivinación mediante dados, hu e-

sos, etc. o echando suertes.Botanomancia- adivinación por medio de las

plantas.Pegomancia- adivinación por medio de las

fuentes.Sicomancia- adivinación mediante hojas de sico-

moro.Xi1omancia- adivinación por medio de hojas

caídas.

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Espodomancia- adivinación mediante cenizas.Geomancia- adivinación por medio de arena.Commiomancia- adivinación mediante cebollas.Alectriomancia- adivinación por medio de p e-

leas de gallos.En realidad, cualquier cosa podía servir de fu n-

damento al arte adivinatorio: el pan, los dados, lasllaves, las lámparas, los pájaros, los nombres, lasflechas, las ratas, las hojas de zanahoria, el queso, lasal, los números, los ojos, el dinero, los espejos, elfuego, el incienso, los huevos, los accidentes, la c e-ra, el agua (con agua se prac ticaban diez clases dif e-rentes de adivinación), la poesía, los topos... Comose ve, era posible elegir. Y muchos métodos sobr e-viven aún en nuestros días.

Estúdiese cualquier publicación ocultista o esp i-ritista y se hallarán veintenas de anuncios, cada unode los cuales ofrece consejos detallados sobre elfuturo, la salud o los problemas sexuales y financi e-ros del lector. No es éste el lugar adecuado paratratar la estupidez que sirve de caldo de cultivo a losfalsos médium, a los clarividentes, a los fotógrafosdel espíritu y a los restantes charlatanes cuyos m é-todos fueron denunciados por Harry Price, el barónSchrenck-Notzing, Houdini y muchos otros. Ta m-

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poco aludimos aquí a quienes creen honestamenteen la vida futura y en la comunicación espiritual.Quizás sólo persiguen un bello sueño; y quizás esposible también que posean par ticular capacidadpara autoengañarse... por lo menos la mayoría deellos viven consagrados a una auténtica búsqueda deconocimientos y de iluminación. Pero el delito y elocultamiento siempre tuvieron cierta natural rel a-ción, y quienes explotan la credulidad de los auté n-ticos creyentes pueden hacerlo sólo porque existeun fértil suelo de estu pidez en el que madura la c o-secha de la superstición y del engaño.

2.

Consideremos ahora el caso de los coleccioni s-tas. No el de quienes consagran tiempo y dinero,conocimiento y amor a reunir obras de arte o aformar una buena biblioteca. Me refiero a los ho m-bres y a las mujeres en quienes coleccionar es unamanía devoradora. Han existido coleccionistas decerraduras, de llaves, de llamadores; de bas tones, depipas, de tarjetas de visita, de programas, de avisosfúnebres, de billetes de ferrocarril. En París existió

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una famosa colección de escarbadientes. Un coronelde húsares vienés llegó a reunir doscientos mil so l-daditos de plomo. Otro savant formó, al cabo detreinta años, la colección de naipes más completadel mundo.

Y luego, existen los coleccionistas de modas yde accesorios del vestir. Sombreros, cuellos, pelucas,peines, guantes, pañuelos, abanicos, hebillas, tira n-tes, ligas, corsés, zapatos... cada uno de estos art í-culos halló sus admira dores. Algunas de estascolecciones poseen real valor para los historiadoresy diseñadores, para los artistas o los investigadores.

Pero, ¿qué decir del caballero del Gante que seespecializó en coleccionar botones? R eunió por lomenos treinta y dos mil unidades, de todas las ép o-cas y países, de todas las clases y ocupaciones. Lacolección constituía un autén tico microcosmos dehistoria cultural... y de estupidez humana. Los boto-nes identificaban no sólo la chaqueta a la cual pe r-tenecían, sino también toda la casa, la ciudad mismaen que el propietario de la chaqueta vivía y se m o-vía. Tomemos un ejemplo de fines del siglo XVIII:los petimetres usaban botones del tamaño de undólar de plata, sobre los que se habían esmaltadoartísticas miniaturas. Al año siguiente piedras pr e-

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ciosas y valiosos camafeos ocuparon el lugar de losbotones. En 1786 las personas de categoría llevabanlas iniciales de la amada grabadas en los botones, dearriba a abajo, de modo que una ojeada al estómagodel sujeto permitía enterarse del nombre de la eleg i-da. En 1787 la moda decretó que sobre los botonesdebían pintarse flores, pájaros, mariposas y diversossímbolos. En 1788 era obligado exhibir en los b o-tones diversos edificios: el Louvre, Notre Dame, lasTullerías, el Arco de St. Denis, etc. Durante la R e-volución, los temas fueron, naturalmente, el gorrofrigio, la Bastilla, o el retrato de Marat; y algunosllegaron a utilizar la guillotina como motivo deadorno.

Pasemos de los botones a las cajas de fósforos.¿Recuerda el lector a Silvestre Bonnard, el alter egode Anatole France, y el príncipe ruso a quien con o-ció? El príncipe era un gran coleccionista; visitabaSicilia con el propósito de comprar a los campes i-nos- a cien liras la pieza- las cajas de fósforos dec o-radas con los retratos de Garibaldi y de Mazzini,que aquellos habían ocultado. Le interesaban lascubiertas, no las cajas mismas... ¡y había reunidonada menos que 5.714 cubiertas diferentes! Un pe r-sonaje creado por la ficción, que está muy por d e-

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bajo de los que ofrece la realidad. En la exposiciónrealizada en Estocolmo el año 1935 se exhibieron16.000 piezas... y se trataba nada más que de unaselección. Una caja de fósforos casi le costó la vidaal rey Chulalongkorn, de Siam; caminaba por unacalle de Londres, y estuvo a un paso de ser atrop e-llado por un ómnibus cuando cruzó la calzada pararecoger una caja de fósforos que buscaba desde h a-cía mucho tiempo.

Los apasionados coleccionistas de envases decigarrillos están estrechamente relacionados con losanteriores. Uno de ellos, ¡llegó a reunir sesenta m i-llones de ejemplares!

En todo caso, estas colecciones parecen poseercierto mínimo sentido. Pero ¿qué decir del parisie n-se que coleccionaba las gastadas zapatillas de bailede las coristas de la Opera? ¿O de Sir Edward Man-vill con sus setenta mil cigarros? ¿O del doctorJackson, cuya pasión eran los naipes, aunque pers o-nalmente jamás jugó? La lista no sería completa sinel nombre del doctor Chardon, de París, que cole c-cionaba corchos... pero únicamente los corchos delas botellas cuyo contenido había saboreado. Cadacorcho tenía su correspondiente rótulo de identif i-cación; y el buen doctor pasó los últimos años de su

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vida oliéndolos y recordando los tiempos y los pl a-ceres idos.

Antonin Louis Clapisson, el compositor francés,coleccionaba los silbatos que el público de Parísutilizaba para expresar desagrado con los actores olas obras. Otro hombre de teatro se especializaba encoleccionar obras que nunca habían sido publicadaso representadas. Un corrector de pruebas alemáncoleccionaba erratas, y consagró treinta años a esatarea. Cuando descubría un error en el manus critode alguna celebridad literaria, lo robaba. Cuandomurió, sus herederos comenzaron a arrojar al cajónde desperdicios la enorme pila de papel, hasta queuno de ellos echó una ojeada a uno de los papeles.La colección fue rematada a buen precio. En estecaso la monomanía resultó por lo menos provech o-sa.

Hay un grupo de coleccionistas que podrían d e-nominarse maníacos de las reliquias. Hace algunosaños uno de ellos robó uno de los tubos del órganode Haendel. Camilo Schwarz, el famoso artista demusic-hall, se especializaba en coleccionar floresque habían crecido sobre la tumba de personajesfamosos. Otro aficionado a las reliquias com pró aldentista del general Pershing una de las muelas del

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famoso militar, y pagó por ella una gran suma. Elcomandante en jefe de la Fuerza ExpedicionariaNorteamericana en la Primera Guerra Mundial seencolerizó mucho al enterarse del caso, de modoque algunos de sus oficiales acometieron la tarea derecuperar la muela. A decir verdad, realizaron unamagnífica tarea: al cabo de algunas semanas habíanconseguido trescientas diecisiete muelas “autén-ticas” del general Pershing.

Si se coleccionan muelas, ¿por qué no hacer lomismo con cráneos enteros? Este tipo de colecciónfue moda en París a mediados del siglo XVIII; lasdamas de la aristocracia solían tener alguno sobre eltocador. Lo adornaban con cintas, y a menudo fij a-ban encima una vela de cera cuya luz utilizaban paradecir las oraciones nocturnas.

Una afición apenas menos siniestra que la deldoctor F. W. Davidson, de Nueva York, en nuestropropio siglo. Coleccionaba (y quizás todavía lo h a-ga) ejecuciones. A principios de la década de 1930ya había acumulado dos mil fotografías... según d e-cía, por razones puramente científicas. Credat j u-daeus Apollo, para citar a Horacio.

El inquisitivo médico tuvo un notable antecesoren Lord Selwyn, que siempre andaba rondando por

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las cercanías de Tyburn, con el fin de contemplar alas víctimas del patíbulo. Y para completar el trío,podríamos citar a Sir Thomas Thyrwitt, que vivió aprincipios del siglo XIX, y que coleccionaba cuerdasque habían sido utilizadas en ahorcamientos. Su másantiguo “tesoro” databa del siglo XIV: la cuerda conque Sir Thomas Blunt fue ahor cado por alta tra i-ción. En su estudio había reunido una variada c o-lección: cuerdas que habían acabado con la vida devíctimas políticas, criminales comunes y suicidas.Quizás su mayor orgullo eran las cuerdas que h a-bían servido para ahorcar perros, de acuerdo con laextraña costumbre medieval a la que ya nos hemosreferido. Había lazos toscamente trenzados con r a-mas de sauce, empleados para ahorcar a los rebeldesirlandeses, y también tenía la cuerda de seda conque Lord Ferrers había sido ejecu tado... como c o-rrespondía al privilegio de Su Señoría.

Y para completar esta breve reseña, nada mejorque mencionar la colección más inútil del mundo.La organizó un hombre llamado Frank Damek, r e-sidente en Chicago. Comenzó su colección en 1870.Se trataba de formar un juego completo de naipes...pero cada naipe debía ser hallado por él en la calle.Es difícil establecer cómo concibió tan absurda

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idea, pero lo cierto es que mostró notable tenacidad.Al principio fue bastante fácil. Al cabo de diez añossólo le faltaban quince figuras del mazo. Pero e n-tonces la empresa se tornó más difícil. La suertepareció abandonarlo. Algunos años halló en las c a-lles de Chicago hasta tres de los naipes que le falt a-ban; luego pasaban los años y no encontraba unasola. Al fin, sólo le faltaban tres cartas: la sota debastos, el tres de espadas y el dos de oros. Un díacreyó que el propio Satán le estaba haciendo unabroma, y que el mazo de cartas que alguien habíadejado sobre el borde de un muro era nada más queun espejismo. Pero eran cartas absolutamente reales.Allí estaban la sota de bastos y el tres de espadas,pero... sí, era una broma del demonio: la única cartaque faltaba era el dos de oros. Pasaron los años;Damek encaneció. Al fin, veinte años después decomenzar la colección, un día inolvidable del año1890, la suerte le sonrió. ¡A sus pies estaba el dos deoros, y el espectáculo le pareció más bello que lamás hermosa muchacha del mundo!

Nadie negará que el hombre de Chicago formóla colección más inútil del mundo. De todos modos,¿cómo clasificar la colección de Río Caselli, el b i-bliófilo italiano? Dedicó veinticinco años a crear

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una biblioteca con los libros más aburridos delmundo. Con este fin revisó y seleccionó la literaturamundial, hasta que halló 8600 volúmenes dignos deser incluidos. Muchos de ellos eran obras muy apre-ciadas por los críticos y recomendadas por universi-dades y casas de altos estudios. La colección teníacarácter privado, pero cuando se filtró el rumor deque las obras de un celebrado autor contemporáneose hallaban entre las elegidas, el quisquilloso escritordesafió inmediatamente a Caselli a sostener unduelo. La disputa pudo arreglarse sin derram a-miento de sangre, pero después del incidente no seadmitieron más visitas a la extraña biblioteca. Loslibros más aburridos del mundo sólo podían distraera su propie tario, si éste deseaba distraerse de esemodo.

3.

Después de ofrecer al lector un muestrario de laestupidez humana a través de las épocas, las prof e-siones y los países, sólo resta abordar un problema.Un problema desagradable, pertinaz, y sin embargoesencial. Abrigo la esperanza de haber demostrado

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el elevado costo, los peligros y los males de la est u-pidez. Naturalmente, se plantea el siguiente probl e-ma: ¿Es posible curar la estupidez?

El mejor modo de determinar la naturaleza s e-cundaria, derivada, no congénita de la estupidezconsiste en observar su desarrollo en los niños. Unniño inteligente se idiotiza gradualmente, durante suprimera pubertad (es decir, en el tercer o cuarto añode su vida). Caracteriza a este período el persistentey vigoroso deseo de conocimien to sexual. Si dichodeseo es objeto de grosera y arbitraria represión(como es el caso muy a menudo), y si se le aplicanuna serie de calificativos injuriosos, el niño repri-mirá su instinto y su deseo de conocimiento. Secomportará como si nadie supiera de todo ello... yaún lo fingirá en su fuero interno. Pues para todoslos niños es muy importante estar seguros del amory del apoyo de sus padres y del medio. Este no qu e-rer saber (que incluye cierto ele mento de venganzainfantil) fácilmente puede ser trans puesto a otroscampos. Una vez que el niño advierte que no esconveniente saber, no tarda en alimentar verdaderotemor al conocimiento... y finalmente se convierteen auténtico estúpido. Existe, como sabemos, sóloun tipo de auténtico conocimiento... y es el que se

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relaciona con la humanidad. Si no permitimos sulibre desarrollo o, mejor dicho, si no sabemosorientarlo, ni le permitimos hallar formas compe n-satorias adecuadas, fomentaremos artificialmente laestupidez de niños y de adultos. Creare mos inváli-dos sociales. Esta condición ps icológica general-mente acompaña al niño a medida que se transfo r-ma en adulto, y su expresión en el hombre o en lamujer es también la estupidez.

¿Cuán a menudo hallamos personas incapacesde juzgar con independencia, de tomar sus propiasdecisiones, con prescindencia de lo que otros h a-gan? Si tienen alguna iniciativa, si conciben un pe n-samiento original, sienten que no pueden estar en locierto. Pero apenas oyen o comprueban que otrosdicen o hacen lo que ellos habían pensado, se so r-prenden o amargan, porque hubieran podido deciro hacer lo mismo. La estupidez es el resorte tantode las actitudes antisociales como de los casos e x-tremos de con formismo... engendra tanto a losanarquistas como a las masas gregarias de los paísestotalitarios.

Es indicio del oculto temor al conocimiento elhecho de que la gente introduzca constantementeen su conversa ción las expresiones: “No lo sé”, o

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“¿No le parece?” Cuando desean decir algo profu n-do o importante, empiezan por disculparse, porqueno se sienten seguros de sí mismos.

Otra fuente de estupidez, como ya hemos visto,es la duda. Se expresa bajo la forma de una aparenteparálisis cerebral. Ocurre a menudo que el dudosoencara los problemas con claridad y sensatez; el i n-conveniente reside en que duda de su propio con o-cimiento, en que no confía en su propio saber.También puede considerar que todos los problemastienen dos aspectos, y que cada problema admitedos soluciones... y debido a las dudas que lo aqu e-jan, teme expresar cualquiera de ellas. Muchos pr o-curan superar esas dudas mediante la burla y elcinismo. Lo consiguen... pero sólo superficialmente,pues en lo más hondo de la personalidad persiste elsentimiento de inseguridad.

El origen de la estupidez puede hallarse en la in-fancia, en la duda y también en la vida de los in s-tintos. O la víctima es ignorante, y está insegura deque sus deseos sean ética y socialmente correctos, osus emociones y sus deseos chocan entre sí, y esteconflicto provoca la duda que influye todas las fu n-ciones mentales, domina los procesos del pens a-miento y por lo tanto engendra estupidez.

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Es el fenómeno que denominamos “ambivale n-cia”.

Tiene muchas formas: odio y amor, actividad ypasividad, características masculinas y femeninasque luchan unas con otras. Estas fuerzas opuestaspero de igual intensidad convierten al espíritu enpermanente campo de batalla. La estupidez libera alhombre de este doloroso estado; y aunque la est u-pidez es esencialmente una condición dolo, rosa, elsufrimiento es en ella menor que cuando se padecenlos tormentos de la duda. Por consiguiente, a la fr í-vola pregunta: “¿Hace bien ser estúpido?”, a vecespodemos responder afirmativamente.

Sin embargo, el hombre psicológicamente sanono puede ser estúpido. Créase o no en el psicoanál i-sis y terapias semejantes, no es exageración afirmarque uno de los más importantes y de los más felicesdescubrimientos de nuestro siglo es el siguienteconcepto, rara vez bien comprendido: Sabemos ahoraque la estupidez es un problema de carácter médico... y porconsiguiente, la estupidez es curable.

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Suponiendo, naturalmente, que alguien quieraser curado.

FIN... pero

LA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN