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1 GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER EL MONTE DE LAS ÁNIMAS (leyenda soriana) a noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche. Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas. I -Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas. -¡Tan pronto! -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte. -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme? -No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia. Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia: -Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron. L

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    GUSTAVO ADOLFO BCQUERGUSTAVO ADOLFO BCQUERGUSTAVO ADOLFO BCQUERGUSTAVO ADOLFO BCQUER

    EL MONTE DE LAS NIMAS

    (leyenda soriana)

    a noche de difuntos me despert a no s qu hora el doble de las campanas; su taido montono y eterno me trajo a las mientes esta tradicin que o hace poco en Soria.

    Intent dormir de nuevo; imposible! Una vez aguijoneada, la imaginacin es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decid a escribirla, como en efecto lo hice.

    Yo la o en el mismo lugar en que acaeci, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando senta crujir los cristales de mi balcn, estremecidos por el aire fro de la noche.

    Sea de ello lo que quiera, ah va, como el caballo de copas.

    I

    -Atad los perros; haced la seal con las trompas para que se renan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es da de Todos los Santos y estamos en el Monte de las nimas.

    -Tan pronto!

    -A ser otro da, no dejara yo de concluir con ese rebao de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonar la oracin en los Templarios, y las nimas de los difuntos comenzarn a taer su campana en la capilla del monte.

    -En esa capilla ruinosa! Bah! Quieres asustarme?

    -No, hermosa prima; t ignoras cuanto sucede en este pas, porque an no hace un ao que has venido a l desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo tambin pondr la ma al paso, y mientras dure el camino te contar esa historia.

    Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magnficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedan la comitiva a bastante distancia.

    Mientras duraba el camino, Alonso narr en estos trminos la prometida historia:

    -Ese monte que hoy llaman de las nimas, perteneca a los Templarios, cuyo convento ves all, a la margen del ro. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los rabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que as hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

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    Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad ferment por algunos aos, y estall al fin, un odio profundo. Los primeros tenan acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clrigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

    Cundi la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su mana de cazar y a los otros en su empeo de estorbarlo. La proyectada expedicin se llev a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendran presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacera, fue una batalla espantosa: el monte qued sembrado de cadveres, los lobos a quienes se quiso exterminar

    tuvieron un sangriento festn. Por ltimo, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasin de tantas desgracias, se declar abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenz a arruinarse.

    Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las nimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacera fantstica por entre las breas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos allan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro da se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las nimas, y por eso he querido salir de l antes que cierre la noche.

    La relacin de Alonso concluy justamente cuando los dos jvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. All esperaron al resto de la comitiva, la cual, despus de incorporrseles los dos jinetes, se perdi por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

    II

    Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gtica del palacio de los condes de Alcudiel despeda un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del saln.

    Solas dos personas parecan ajenas a la conversacin general: Beatriz y Alonso: Beatriz segua con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

    Ambos guardaban haca rato un profundo silencio.

    Las dueas referan, a propsito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un taido montono y triste.

  • 3

    -Hermosa prima -exclam al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las ridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hbitos sencillos y patriarcales s que no te gustan; te he odo suspirar varias veces, acaso por algn galn de tu lejano seoro.

    Beatriz hizo un gesto de fra indiferencia; todo un carcter de mujer se revel en aquella desdeosa contraccin de sus delgados labios.

    -Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aqu has vivido -se apresur a aadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardar en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria ma... Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautiv tu atencin. Qu hermoso estara sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regal a la que me dio el ser, y ella lo llev al altar... Lo quieres?

    -No s en el tuyo -contest la hermosa-, pero en mi pas una prenda recibida compromete una voluntad. Slo en un da de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que an puede ir a Roma sin volver con las manos vacas.

    El acento helado con que Beatriz pronunci estas palabras turb un momento al joven, que despus de serenarse dijo con tristeza:

    -Lo s prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es da de ceremonias y presentes. Quieres aceptar el mo?

    Beatriz se mordi ligeramente los labios y extendi la mano para tomar la joya, sin aadir una palabra.

    Los dos jvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a or la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que haca crujir los vidrios de las ojivas, y el triste montono doblar de las campanas.

    Al cabo de algunos minutos, el interrumpido dilogo torn a anudarse de este modo:

    -Y antes de que concluya el da de Todos los Santos, en que as como el tuyo se celebra el mo, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, no lo hars? -dijo l clavando una mirada en la de su prima, que brill como un relmpago, iluminada por un pensamiento diablico.

    -Por qu no? -exclam sta llevndose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Despus, con una infantil expresin de sentimiento, aadi:

    -Te acuerdas de la banda azul que llev hoy a la cacera, y que por no s qu emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

    -S.

    -Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejrtela como un recuerdo.

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    -Se ha perdido!, y dnde? -pregunt Alonso incorporndose de su asiento y con una indescriptible expresin de temor y esperanza.

    -No s.... en el monte acaso.

    -En el Monte de las nimas -murmur palideciendo y dejndose caer sobre el sitial-; en el Monte de las nimas!

    Luego prosigui con voz entrecortada y sorda:

    -T lo sabes, porque lo habrs odo mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo an podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversin, imagen de la guerra, todos los bros de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de da y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dir que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasin. Otra noche volara por esa banda, y volara gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. A qu ocultrtelo?, tengo miedo. Oyes? Las campanas doblan, la oracin ha sonado en San Juan del Duero, las nimas del monte comenzarn ahora a levantar sus amarillentos crneos de entre las malezas que cubren sus fosas... las nimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del ms valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantstica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adnde.

    Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibuj en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclam con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y cruja la lea, arrojando chispas de mil colores:

    -Oh! Eso de ningn modo. Qu locura! Ir ahora al monte por semejante friolera! Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

    Al decir esta ltima frase, la recarg de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga irona, movido como por un resorte se puso de pie, se pas la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazn, y con voz firme exclam, dirigindose a la hermosa, que estaba an inclinada sobre el hogar entretenindose en revolver el fuego:

    -Adis Beatriz, adis... Hasta pronto.

    -Alonso! Alonso! -dijo sta, volvindose con rapidez; pero cuando quiso o aparent querer detenerle, el joven haba desaparecido.

    A los pocos minutos se oy el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresin de orgullo satisfecho que colore sus mejillas, prest atento odo a aquel rumor que se debilitaba, que se perda, que se desvaneci por ltimo.

  • 5

    Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de nimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcn y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

    III

    Haba pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retir a su oratorio. Alonso no volva, no volva, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

    -Habr tenido miedo! -exclam la joven cerrando su libro de oraciones y encaminndose a su lecho, despus de haber intentado intilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el da de difuntos a los que ya no existen.

    Despus de haber apagado la lmpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmi; se durmi con un sueo inquieto, ligero, nervioso.

    Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oy entre sueos las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristsimas, y entreabri los ojos. Crea haber odo a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gema en los vidrios de la ventana.

    -Ser el viento -dijo; y ponindose la mano sobre el corazn, procur tranquilizarse. Pero su corazn lata cada vez con ms violencia. Las puertas de alerce del oratorio haban crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

    Primero unas y luego las otras ms cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitacin iban sonando por su orden, stas con un ruido sordo y grave, aqullas con un lamento largo y crispador. Despus silencio, un silencio lleno de rumores extraos, el silencio de la media noche, con un murmullo montono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximacin se nota no obstante en la oscuridad.

    Beatriz, inmvil, temblorosa, adelant la cabeza fuera de las cortinillas y escuch un momento. Oa mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

    Vea, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movan en todas direcciones; y cuando dilatndolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

    -Bah! -exclam, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazn palpita de terror bajo una armadura, al or una conseja de aparecidos?

    Y cerrando los ojos intent dormir...; pero en vano haba hecho un esfuerzo sobre s misma. Pronto volvi a incorporarse ms plida, ms inquieta, ms aterrada. Ya no era una ilusin: las colgaduras de brocado de la puerta haban rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su comps se oa crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se

  • 6

    acercaban, y se movi el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanz un grito agudo, y arrebujndose en la ropa que la cubra, escondi la cabeza y contuvo el aliento.

    El aire azotaba los vidrios del balcn; el agua de la fuente lejana caa y caa con un rumor eterno y montono; los ladridos de los perros se dilataban en las rfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las nimas de los difuntos.

    As pas una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareci eterna a Beatriz. Al fin despunt la aurora: vuelta de su temor, entreabri los ojos a los primeros rayos de la luz. Despus de una noche de insomnio y de terrores, es tan hermosa la luz clara y blanca del da! Separ las cortinas de seda del lecho, y ya se dispona a rerse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor fro cubri su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descolor sus mejillas: sobre el reclinatorio haba visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

    Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primognito de Alcudiel, que a la maana haba aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las nimas, la encontraron inmvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de bano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rgidos los miembros, muerta; muerta de horror!

    IV

    Dicen que despus de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pas la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las nimas, y que al otro da, antes de morir, pudo contar lo que viera, refiri cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oracin con un estrpito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, plida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

  • 7

    RIMAS

    RIMA VII

    Del saln en el ngulo oscuro,

    de su duea tal vez olvidada,

    silenciosa y cubierta de polvo,

    vease el arpa.

    Cunta nota dorma en sus cuerdas,

    como el pjaro duerme en las ramas,

    esperando la mano de nieve

    que sabe arrancarlas!

    Ay!, pens; cuntas veces el genio

    as duerme en el fondo del alma,

    y una voz como Lzaro espera

    que le diga Levntate y anda!

    RIMA IV

    No digis que agotado su tesoro,

    de asuntos falta, enmudeci la lira;

    podr no haber poetas; pero siempre

    habr poesa.

    Mientras las ondas de la luz al beso

    palpiten encendidas,

    mientras el sol las desgarradas nubes

    de fuego y oro vista,

    mientras el aire en su regazo lleve

    perfumes y armonas,

    mientras haya en el mundo primavera,

    habr poesa!

    Mientras la humana ciencia no descubra

    las fuentes de la vida,

    y en el mar o en el cielo haya un abismo

    que al clculo resista,

    mientras la humanidad siempre avanzando

    no sepa a do camina,

    mientras haya un misterio para el hombre,

    habr poesa!

    Mientras se sienta que se re el alma,

    sin que los labios ran;

    mientras llore, sin que el llanto acuda

    a nublar la pupila;

    mientras el corazn y la cabeza

    batallando prosigan,

    mientras haya esperanzas y recuerdos,

    habr poesa!

    Mientras haya unos ojos que reflejen

    los ojos que los miran,

    mientras responda el labio suspirando

    al labio que suspira,

    mientras sentirse puedan en un beso

    dos almas confundidas,

    mientras exista una mujer hermosa

    habr poesa!

    RIMA XXI

    Qu es poesa?, dices mientras clavas

    en mi pupila tu pupila azul;

    Qu es poesa! Y t me lo preguntas?

    Poesa eres t.

    RIMA XXIII

    Por una mirada, un mundo;

    por una sonrisa, un cielo;

    por un beso yo no s

    qu te diera por un beso!

    RIMA XXIV

    Dos rojas lenguas de fuego

    que a un mismo tronco enlazadas

    se aproximan, y al besarse

    forman una sola llama.

    Dos notas que del lad

    a un tiempo la mano arranca,

    y en el espacio se encuentran

    y armonosas se abrazan.

    Dos olas que vienen juntas

    a morir sobre una playa

    y que al romper se coronan

    con un penacho de plata.

    Dos jirones de vapor

    que del lago se levantan,

    y al juntarse all en el cielo

    forman una nube blanca.

    Dos ideas que al par brotan,

    dos besos que a un tiempo estallan,

    dos ecos que se confunden,

    eso son nuestras dos almas.

  • 8

    RIMA XXXVIII

    Los suspiros son aire y van al aire!

    Las lgrimas son agua y van al mar!

    Dime, mujer, cuando el amor se olvida,

    sabes t adnde va?

    RIMA LII

    Olas gigantes que os rompis bramando

    en las playas desiertas y remotas,

    envuelto entre la sbana de espumas,

    llevadme con vosotras!

    Rfagas de huracn que arrebatis

    del alto bosque las marchitas hojas,

    arrastrado en el ciego torbellino,

    llevadme con vosotras!

    Nubes de tempestad que rompe el rayo

    y en fuego ornis las desprendidas orlas,

    arrebatado entre la niebla oscura,

    llevadme con vosotras!

    Llevadme por piedad a donde el vrtigo

    con la razn me arranque la memoria.

    Por piedad! Tengo miedo de quedarme

    con mi dolor a solas!

    RIMA LIII

    Volvern las oscuras golondrinas

    en tu balcn sus nidos a colgar,

    y otra vez con el ala a sus cristales

    jugando llamarn.

    Pero aqullas que el vuelo refrenaban

    tu hermosura y mi dicha a contemplar,

    aqullas que aprendieron nuestros nombres..

    sas no volvern!

    Volvern las tupidas madreselvas

    de tu jardn las tapias a escalar

    y otra vez a la tarde an ms hermosas

    sus flores abrirn.

    Pero aquellas cuajadas de roco

    cuyas gotas mirbamos temblar

    y caer como lgrimas del da

    sas no volvern!

    Volvern del amor en tus odos

    las palabras ardientes a sonar,

    tu corazn de su profundo sueo

    tal vez despertar.

    Pero mudo y absorto y de rodillas

    como se adora a Dios ante su altar,

    como yo te he querido desengate,

    as no te querrn!

    RIMA XLI

    T eras el huracn y yo la alta

    torre que desafa su poder:

    tenas que estrellarte o que abatirme!

    No pudo ser!

    T eras el ocano y yo la enhiesta

    roca que firme aguarda su vaivn:

    tenas que romperte o que arrancarme!

    No pudo ser!

    Hermosa t, yo altivo: acostumbrados

    uno a arrollar, el otro a no ceder:

    la senda estrecha, inevitable el choque

    No pudo ser!

    RIMA XLVIII

    Como se arranca el hierro de una herida

    su amor de las entraas me arranqu,

    aunque sent al hacerlo que la vida

    me arrancaba con l.

    Del altar que le alc en el alma ma

    la Voluntad su imagen arroj,

    y la luz de la fe que en ella arda

    ante el ara desierta se apag.

    Aun para combatir mi firme empeo

    viene a mi mente su visin tenaz

    Cundo podr dormir con ese sueo

    en que acaba el soar!

    Clasifica estas rimas de Bcquer por su temtica en cuatro grupos: a) reflexiones

    sobre la poesa, b) elogio de la amada, c)

    desengao amoroso, d) soledad y pesimis-

    mo vital.

    Localiza ejemplos en las distintas rimas de los siguientes recursos de estilo caracte-

    rsticos de Bcquer: a) metforas (smbo-

    los), b) paralelismos, c) estribillos, d)

    anttesis, e) hiprbaton, f) mtrica breve,

    asonante y polimtrica.

  • 9

    JOS DE ESPRONCEDAJOS DE ESPRONCEDAJOS DE ESPRONCEDAJOS DE ESPRONCEDA

    Cancin del pirata

    Con diez caones por banda,

    viento en popa, a toda vela,

    no corta el mar, sino vuela

    un velero bergantn.

    Bajel pirata que llaman,

    por su bravura, el Temido,

    en todo mar conocido

    del uno al otro confn.

    La luna en el mar rela,

    en la lona gime el viento,

    y alza en blando movimiento

    olas de plata y azul;

    y ve el capitn pirata,

    cantando alegre en la popa,

    Asia a un lado, al otro Europa,

    y all a su frente Estambul:

    Navega, velero mo,

    sin temor,

    que ni enemigo navo

    ni tormenta, ni bonanza

    tu rumbo a torcer alcanza,

    ni a sujetar tu valor.

    Veinte presas

    hemos hecho

    a despecho

    del ingls,

    y han rendido

    sus pendones

    cien naciones a mis pies.

    Que es mi barco mi tesoro,

    que es mi dios la libertad,

    mi ley, la fuerza y el viento,

    mi nica patria, la mar.

    All muevan feroz guerra ciegos reyes

    por un palmo ms de tierra;

    que yo tengo aqu por mo

    cuanto abarca el mar bravo,

    a quien nadie impuso leyes.

    []

    El estudiante de Salamanca

    [Presentacin de don Flix de Montemar]

    Segundo don Juan Tenorio Corazn gastado, mofa

    alma fiera e insolente de la mujer que corteja,

    irreligioso y valiente y hoy desprecindola deja

    altanero y reidor, la que ayer se le rindi.

    siempre el insulto en los ojos, Ni el porvenir temi nunca,

    en los labios la irona, ni recuerda en lo pasado

    nada teme y todo fa la mujer que ha abandonado

    de su espada y su valor. ni el dinero que perdi. [Elvira, la herona romntica]

    Una mujer! Es acaso ora suspira y se para,

    blanca silfa solitaria una lgrima sus ojos

    que entre el rayo de la luna brotan acaso y abrasa

    tal vez misteriosa vaga? su mejilla; es una ola

    Blanco es su vestido, ondea del mar que en fiera borrasca

    suelto el cabello a la espalda; el viento de las pasiones

    hoja tras hoja las flores ha alborotado en su alma

    que lleva en su mano arranca Ah!, llora, s, pobre Elvira!,

    Ora, vedla, mira al cielo, triste amante abandonada! [La boda macabra]

    Y entonces la visin del blanco velo

    al fiero Montemar tendi una mano,

    y era su tacto de crispante hielo,

    y resistirlo audaz intent en vano;

    galvnica, cruel, nerviosa y fra,

    histrica y horrible sensacin,

    toda la sangre coagulada enva

    agolpada y helada al corazn! ...

    Y a su despecho y maldiciendo al cielo

    de ella apart su mano Montemar,

    y temerario alzndola a su velo,

    tirando de l le descubri la faz.

    Es su esposo!, los ecos retumbaron,

    La esposa al fin que su consorte hall!

    Los espectros con jbilo gritaron:

    Es el esposo de su eterno amor!

    Y ella entonces grit: Mi esposo!. Y era

    -desengao fatal!, triste verdad!-

    una srdida, horrible calavera,

    la blanca dama del gallardo andar!

  • 10

    ROSALA DE CASTROROSALA DE CASTROROSALA DE CASTROROSALA DE CASTRO EN LAS ORILLAS DEL SAR

    Poema 108

    Hora tras hora, da tras da,

    entre el cielo y la tierra que quedan

    eternos vigas,

    como torrente que se despea

    pasa la vida.

    Devolvedle a la flor su perfume

    despus de marchita;

    de las ondas que besan la playa

    y que una tras otra besndola expiran

    recoged los rumores, las quejas,

    y en planchas de bronce grabad su armona.

    Tiempos que fueron, llantos y risas,

    negros tormentos, dulces mentiras,

    ay!, en dnde su rastro dejaron,

    en dnde, alma ma?

    Poema 33

    En sus ojos rasgados y azules,

    donde brilla el candor de los ngeles,

    ver crea la sombra siniestra

    de todos los males.

    En sus anchas y negras pupilas,

    donde luz y tinieblas combaten,

    ver crea el sereno y hermoso

    resplandor de la dicha inefable.

    Del amor espejismos traidores,

    risueos, fugaces,

    cuando vuestro fulgor sobrehumano

    se disipa qu densas, qu grandes

    son las sombras que envuelven las almas

    a quienes con vuestros reflejos cegasteis!

    Qu sentimientos o ideas pretende transmitir Rosala en cada uno de estos

    dos poemas?

    Con qu expresin latina se conoce el tema o tpico literario que se desarrolla

    en el poema 108 (el cual fue empleado

    magistralmente por Jorge Manrique en

    sus Coplas)?

    Busca en ambos poemas ejemplos de recursos lingsticos y literarios basados

    en la repeticin y el contraste de

    elementos.

    Describe cmo es el pirata de la Cancin y relaciona su carcter con la mentalidad romntica. Identifica en el poema las metforas que resumen la ideologa del personaje.

    La Cancin del pirata es un poema plenamente lrico o incluye algn elemento de carcter narrativo? Analiza la mtrica de la Cancin y explica, a partir de dicho anlisis, por qu podemos afirmar que se

    trata de un poema de ritmo marcado y con polimetra.

    Por qu llama el autor a don Flix segundo don Juan Tenorio? Qu le sucede a doa Elvira y cmo es descrita en el texto? Qu recursos lingsticos utiliza Espronceda para crear sensacin de misterio y horror en el

    fragmento La boda macabra?