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  • OTROS MUNDOS POSIBLES? CRISIS, GOBIERNOS PROGRESISTAS,

    ALTERNATIVAS DE SOCIEDAD

  • OTROS MUNDOS POSIBLES?CRISIS, GOBIERNOS PROGRESISTAS,

    ALTERNATIVAS DE SOCIEDAD

    Luisa Lpez; Martn MoLina; DanieL parDo; Jonathan pieDrahita; Laura roJas; nataLia teJaDa; rauL zeLik

    (CoMpiLaDores)

    Fundacin Rosa Luxemburg Universidad Nacional de Colombia, Sede Medelln

    Facultad de Ciencias Humanas y Econmicas

  • 303.484 O77 Otros mundos posibles? : crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad / compiladores Daniel Pardo [et al.]. Berln, Ger. : Fundacin Rosa Luxemburgo : Medelln : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas y Econmicas, 2012. 174 p. ISBN : 978-958-761-136-6 1. MOVIMIENTOS SOCIALES AMRICA LATINA. 2. DEMOCRACIA - AMERICA LATINA 3. DESARROLLO ECONMICO Y SOCIAL - AMERICA. LATINA. 4. ECONOMA POLTICA - AMRICA LATINA. I. Zelik, Raul (compilador)

    Universidad Nacional de Colombia- Sede Medelln

    Facultad de Ciencias Humanas y Econmicas Grupo Interdisciplinario de investigacin Trabajo. Desarrollo. Mundializacin Luisa Lpez / Martn Molina / Daniel Pardo / Jonathan Piedrahita / Laura Rojas;

    Natalia Tejada / Raul Zelik, compiladores

    Imagen Caratula: Navid Thrauf

    Primera edicin, enero de 2012 ISBN: 978-958-761-136-6

    Impreso por: Todogrficas Ltda.

    [email protected]

    Medelln, Colombia, 2012

    Impreso en Medelln, Colombia Printed in Colombia

    Se autoriza la reproduccin parcial o total de esta publicacin con fines acadmicos e investigativos

  • Contenido

    introDuCCin ............................................................................................... 7

    i. Crisis De representaCin, estataLiDaD y nuevas subJetiviDaDes DeMoCrtiCas De La DeMoCraCia De La CaLLe a Los ConseJos CoMunaLes: La DeMoCraCia DesDe abaJo en venezueLa

    anDrs antiLLano (venezueLa) ................................................................................. 15

    repensar La DeMoCraCia. eL Debate entorno De La DeMoCraCia ConseJista De Los aos 1920 y su reLevanCia en La aCtuaLiDaD

    kLaus MesChkat (aLeMania) ........................................................................................ 31

    MoviMientos soCiaLes en aMriCa Latina: entre La forMa-CoMuniDaD y La forMa-estaDo

    LeopoLDo Mnera ruiz (CoLoMbia)........................................................................... 45

    eL proCeso poLtiCo boLiviano: DiLeMas y tensiones entre estaDo y MoviMientos soCiaLes

    patriCia Chvez (boLivia) ............................................................................................ 59

    De ConsteLaCiones y hegeMonas. sobre La neCesiDaD De DiferenCiar entre gobiernos aLternativos y poLtiCas De eManCipaCin

    rauL zeLik (aLeMania) .................................................................................................. 73

  • ii. aLternativas aL DesarroLLo, eConoMa soLiDaria y propieDaD CoMn

    CreCiMiento, MoDeLo energtiCo y La aCuMuLaCin De CapitaL Despus De fukushiMa

    eLMar aLtvater (aLeMania) ......................................................................................... 93

    proMesas teMporaLes. CaMbio DeL rgiMen De aCuMuLaCin en eCuaDor, propuestas y reaLizaCiones De La revoLuCin CiuDaDana

    pabLo ospina peraLta (eCuaDor) ............................................................................. 113

    eLeMentos De eConoMa poLtiCa De La poLtiCa soCiaL en aMriCa Latina.refLexiones a propsito De Los gobiernos progresistas

    Jairo estraDa Lvarez (CoLoMbia) ........................................................................... 131

    Peer Production y commonism: ConstruyenDo La Libre asoCiaCin De proDuCtores DesDe eL MoviMiento De software Libre

    Christian siefkes (aLeMania) .................................................................................... 147

    argentinas reCuperateD workpLaCes: the eManCipatory potentiaL anD the LiMitations of workers ControL

    aaron tauss (austria) ................................................................................................ 157

    nDiCe De personas .......................................................................................................171

    nDiCe anaLtiCo ...........................................................................................................173

    Datos biogrfiCos ........................................................................................................175

  • 7Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    Introduccin

    El filsofo esloveno Slavoj Zizek afirm hace unos aos que ms facilmente nos imagi-namos el fin del mundo que el fin del capitalismo, como si ste se mantuviera intacto incluso si toda la vida en el planeta desapareciera (Zizek 1999). De hecho, disponemos de un rico imaginario apocalptico alimentado por incontables producciones de Hollywood: Da de Independencia, 2012, La Guerra de los Mundos, Armageddon. En cambio, ni siquiera nos atrevemos a pensar en un escenario mucho ms realista: el capitalismo podra colapsar. En la crisis financiera de 2008 faltaba poco para que los sistemas monetarios y, con ellos, los mercados globales se desplomaran. Sin embargo, desde entonces, muy pocos se han arries-gado a reflexionar sobre la organizacin social que podra suceder al dominio absoluto de los mercados y de la ley de acumulacin de capitales.

    Es cierto que en las ciencias sociales crticas ligadas al marxismo, ha habido una tra-dicin milenaria bastante problemtica. Para los sucesores de Marx, el capitalismo desde hace dcadas se encuentra en un estado de agona. No obstante, hay que constatar que el capitalismo realmente existente hasta ahora ha sobrevivido a todos estos profetas socia-listas que desde hace 150 aos pronostican el fin inminente de la sociedad burguesa. Una publicacin crtica se debe cuidar, por tanto, de caer en los discursos lgubres de juicio final tan caractersticos para cierta tradicin marxista.

    Sin embargo, hay razones bien fundamentadas para afirmar que la situacin actual se diferencia de otros momentos histricos. En la actualidad se sobreponen diferentes

  • 8Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    dinmicas de crisis: de ndole econmica, social, ambiental y poltica. Las causas de la cri-sis financiera (la desregulacin de los mercados y la existencia de burbujas especulativas) siguen pendiendo como una espada de Damocles sobre la economa global, los sistemas cambiarios internacionales son acuados por una creciente inseguridad de los inversores, y los grandes Estados occidentales sufren de una crisis de sobre-endeudamiento que impide su intervencin en el caso (bastante probable) de un nuevo colapso financiero.

    Las crisis sociales no son menos preocupantes. Segn las Naciones Unidas, la pobreza en el mundo, a pesar de una leve reduccin relativa, sigue creciendo en trminos absolu-tos. Mientras una sptima parte de la poblacin mundial, es decir unas mil millones de personas, sufre de hambre, las tierras cultivables se convierten en objetos de especulacin inmobiliaria o en terrenos para la produccin de agrocombustibles. Al mismo tiempo, la concentracin de riquezas alcanza niveles absurdos y la migracin masiva, desde las zonas globales de miseria, es respondida por los Estados occidentales con una militarizacin vergonzante de las fronteras.

    A todo esto se suma la gran paradoja ambiental: vivimos en un mundo finito pero la economa global se fundamenta en la necesidad de una valorizacin infinita, lo que implica tambin un crecimiento fsico a costo del desgaste de recursos. Pese a que el sentido co-mn nos indica la inviabilidad de este modelo, los gobiernos y expertos econmicos com-piten en todo el mundo por presentar nuevos programas de aceleracin del crecimiento. El entrelazamiento entre dinmicas ambientales y econmicas, sin embargo, sigue mani-festndose cada vez con ms claridad. El fosilismo que serva de fundamento energtico al capitalismo se agota, y el desastre de la central nuclear de Fukushima muestra que la simple sustitucin del fosilismo por un modelo energtico similar, tampoco es viable.

    Y como si todo ello no fuera suficiente, globalmente se hace notar una seria crisis pol-tica. No slo en los pases rabes azotados por dictaduras dinsticas de larga duracin, sino tambin, en las democracias burguesas occidentales se palpa una profunda crisis de legiti-midad. Cada vez ms personas opinan que las instituciones polticas han sido tomadas por las lites y que el papel de los sistemas democrtico-representativos se reduce a la cons-truccin de una mnima legitimidad de lo decidido ya en otras instancias. El Movimiento 15M en el Estado espaol o las continuas protestas en Grecia, son indicios de que algunas democracias europeas han entrado en una crisis similar a la de las sociedades rabes.

    Ante este panorama es ms que razonable plantearse alternativas de sociedad. En Sura-mrica, donde la crisis de representacin articulada por insurrecciones como el Caracazo venezolano de 1989 o el levantamiento argentino en 2001 se desenvuelve desde hace rato, algunas propuestas de cambio ya se han empezado a materializar. En el transcurso de la ltima dcada, casi todos los gobiernos del subcontinente se han desmarcado del neolibe-ralismo y de sus recetas de austeridad y desregulacin. Adems, en Venezuela, Ecuador y Bolivia, se han gestado procesos constituyentes que replantearon el modelo de democracia imperante, abriendo horizontes de transformacin estructural.

  • 9Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    Sin embargo, estos procesos tambin evidencian los lmites de las transformaciones lideradas por gobiernos. Si bien algunos pases han vivido una redistribucin de las rique-zas, los discursos de la transformacin socioeconmica y de la horizontalizacin de poder, apenas se percatan en la realidad. Cada vez es ms evidente que las emancipaciones socia-les nunca nacen primordialmente del poder administrativo o de las dirigencias polticas y estatales, sino de las prcticas y movilizaciones de las mayoras.

    Esta tesis fue el punto de partida para el seminario internacional Otros mundos posibles? Construccin de polticas alternativas desde gobiernos y movimientos sociales en Amrica Latina, que nuestro grupo de investigacin Alternativas de Sociedad realiz en mayo de 2011 con el apo-yo de la Facultad de Ciencias Humanas y Econmicas de la Universidad Nacional, Sede Medelln y la Fundacin Rosa Luxemburg de Alemania. Las preguntas fundamentales eran: Qu retos de transformacin econmica y poltica se plantean en vista de las crisis actua-les? Qu lectura hacemos, en trminos de logros y fracasos, de los gobiernos alternativos y cmo explicamos sus tensiones con movimientos populares y demandas ambientalistas? Cules son las subjetividades polticas alternativas si consideramos que el Estado no pue-de ser el protagonista principal de un proceso de emancipacin?

    Este libro es una recopilacin de las exposiciones realizadas en el marco del semina-rio, que segn nuestro modo de ver ms aportaron a este debate. Hemos mantenido la estructura del seminario. En un primer bloque temtico se debate el complejo Crisis de representacin, estatalidad y nuevas subjetividades democrticas, examinando las perspectivas de una democratizacin social y de una horizontalizacin del poder, ms all del concepto de re-presentacin, defendido tanto por el Estado burgus como por las izquierdas tradicionales.

    En este marco, Andrs Antillano psiclogo venezolano y militante del movimiento de pobladores esboza en su artculo De la democracia de la calle y los Consejos Comunales: la democracia desde abajo en Venezuela, el surgimiento de un sujeto popular no representado por las fuerzas polticas y debate las perspectivas de transformacin abiertas por ste. El autor insiste en la compleja relacin entre el sujeto popular-plebeyo emergente y el gobierno bolivariano, y resalta contradicciones pero tambin espacios de interlocucin sorprenden-temente productivos entre ambos.

    Repensar la democracia, el artculo de Klaus Meschkat, profesor emrito de la Universidad Leibniz de Hannover, indaga en la nocin de la democracia consejista en el debate socia-lista del siglo XX y visibiliza el funcionamiento de los consejos durante las revoluciones de 1917-1920. Segn el autor, el concepto de la democracia consejista presenta vacos y pro-blemas por aclarar; no obstante, aporta elementos interesantes para un proyecto que busca superar las limitaciones y contradicciones de la democracia liberal, basada en la desigualdad de riquezas materiales y de poder.

    En Movimientos Sociales en Amrica Latina: Entre la forma-comunidad y la forma-Estado, Leopoldo Mnera, profesor de Ciencias Polticas de la Universidad Nacional de Colombia, explora diferentes aportes al debate sobre la subjetividad en los procesos de transforma-

  • 10Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    cin latinoamericanos. Mnera recalca dos posiciones contrarias: una, representada por autores como Ral Zibechi, que construye su discurso con base en el sujeto comunidad y otra sostenida, por ejemplo, por el intelectual y actual vicepresidente de Bolivia, lvaro Garca Linera, que deduce su proyecto de la forma-Estado.

    Patricia Chvez, investigadora indgena boliviana, muestra en El proceso poltico boliviano: dilemas y tensiones entre Estado y movimientos sociales, el nivel de resistencia que la estructura estatal presta a un proyecto de emancipacin. Chvez visibiliza las prcticas de exclusin inscritas al sistema de representacin poltica y al Estado poscolonial, lo que la lleva a cuestionar la viabilidad del proyecto de cambio planteado por el gobierno boliviano de Evo Morales.

    Raul Zelik, politlogo y escritor alemn, finalmente, discute en De constelaciones y hege-monas, los efectos contradictorios de los gobiernos progresistas electos que en el pasado, si bien siempre han nacido de movilizaciones sociales, muy pocas veces han contribuido a procesos de emancipacin como lo muestra la reciente historia europea-. Para una comprensin ms elstica y fundamentada del Estado, Zelik propone recurrir a los aportes tericos de Nico Poulantzas y de Gilles Deleuze / Flix Guattari, que permitiran entender al Estado como una condensacin mvil de una correlacin de fuerzas y nos acercaran a una lectura ms cartogrfica (y ms alejada de las estructuras estatales) de las situaciones polticas.

    El segundo bloque temtico del presente trabajo torna alrededor de Alternativas al desa-rrollo, economa solidaria y propiedad comn.

    El economista y politlogo Elmar Altvater abre, con Capitalismo, modelo energtico y orden global, el debate ms general sobre la correlacin entre fosilismo, crecimiento y acumula-cin. Altvater arguye que, con el modelo energtico basado en la explotacin de hidro-carburos, todo el sistema de produccin y consumo entrar en una crisis severa. El autor manifiesta que es ingenuo sostener que un capitalismo verde, sustentado en fuentes de energas renovables, pueda mantener el ritmo de crecimiento tan acelerado de las ltimas dcadas. Con menos o ningn crecimiento de la economa, sin embargo, tambin habra que replantearse el principio de la acumulacin de capital, que sirve como ley oculta de las sociedades contemporneas.

    En el segundo captulo, titulado Cambio de modelo de acumulacin en Ecuador? Propuestas y realizaciones en la revolucin ciudadana, el historiador y antroplogo Pablo Ospina escudria los logros de las polticas de cambio en Ecuador, resaltando las contradicciones entre el discurso del Buen Vivir, planteado por la Constitucin como alternativa al modelo de acumulacin capitalista, y las polticas desarrollistas del gobierno de Rafael Correa. Ospi-na, expone cmo el proceso ecuatoriano se caracteriza ms por una profundizacin del modelo extractivista, que por transformaciones estructurales dirigidas a la superacin del legado colonial.

  • 11Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    Jairo Estrada, economista colombiano, aporta Elementos de economa poltica de la poltica so-cial en Amrica Latina, texto en el cual reflexiona sobre las polticas sociales de los gobiernos progresistas latinoamericanos. El autor afirma que estos gobiernos, ms que perseguir una transformacin socio-econmica en sus pases, estaran desarrollando nuevas prcticas de asistencialismo social lo que definitivamente sera compatible con las polticas neoliberales impuestas a partir de los aos 1980. De este modo, el autor plantea la posibilidad que, en lugar de un cambio, estemos presenciando la reacomodacin de polticas de acumulacin tradicionales.

    El artculo Peer production y commonism: Construyendo la libre asociacin de productores desde el movimiento de software libre proviene del informtico y programador de sistemas Christian Siefkes. El autor examina las prcticas basadas en la cooperacin no-remunerada y de la coordinacin horizontal del trabajo, propias del movimiento de software libre, y pregunta si tales prcticas podran servir como principios de organizacin para una alternativa de sociedad basada en bienes comunes (commons).

    El politlogo y filsofo austriaco Aaron Tauss, finalmente, indaga en Argentinas recupe-rated workplaces: The emancipatory potential and the limitations of workers control las prcticas de autogestin desarrolladas por trabajadores argentinos tras la crisis de 2002 y discute las potencialidades y limitiaciones de semejantes polticas de apropiacin democrtica de la produccin. (Una traduccin del artculo al espaol se encuentra en: http://www.rosalux.org.ec/es/analisis/regional/item/220-control-obrero-argentina).

    AgradecimientosEsperamos que este libro sirva como un aporte a la difcil tarea de la transformacin

    social emancipadora y, en este sentido, reclame la vigencia de una misin histrica de la universidad pblica: aportar al anlisis de la sociedad, visibilizar sus crisis y contradicciones y proponer alternativas ms all de los discursos tecnicistas de la construccin de gober-nabilidad.

    Queremos expresar nuestros agradecimientos a la Fundacin Rosa Luxemburg y a la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medelln, por el apoyo financiero y moral dado para la publicacin de este libro; en particular, al decano de la Facultad de Ciencias Hu-manas y Econmicas, Renzo Ramrez Bacca y a la representante de la Fundacin Rosa Luxemburg para el rea andina, Miriam Lang.

  • I. Crisis de representacin, estatalidad y nuevas subjetividades democrticas

  • 15Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    De la democracia de la calle a los consejos comunales: la democracia desde abajo en Venezuela

    anDrs antiLLano

    Nos proponemos en este trabajo discutir sobre las formas de democracia desde abajo, ensayadas por los sectores populares venezolanos durante los ltimos aos, en un marco que se extiende desde la crisis de la democracia representativa, a fines de los aos ochenta, hasta la actualidad. Resear, de modo general y sin pretensiones de exhaustividad, las prcticas colectivas en que incuban nuevas formas de accin poltica y de democratiza-cin, que desestructuran las viejas figuras de la dominacin y amplan los contextos y las formas de ejercicio de soberana popular. Preguntarnos por las condiciones en que emer-gen y los sujetos que las hacen posibles, las caractersticas que adoptan su distancia con las anteriores tcticas obreras y populares sus modos de socializacin y sus escenarios. Si bien nos referiremos a las prcticas y sujetos populares urbanos en Venezuela, probable-mente mucho de lo que se diga sea comn a otros contextos y procesos: los piqueteros ar-gentinos, las luchas urbanas de las periferias bolivianas, las revueltas de los barrios pobres en todo el continente. Otras consideraciones, en cambio, slo tendran sentido para el caso de Venezuela: la relacin con el Estado y el significado de la autonoma en un contexto como el venezolano, en donde el Estado se convierte en el principal propietario de los medios de produccin y regulador de la vida social, tema que adquiere mayor relevancia y complejidad en las relaciones entre las luchas populares y el gobierno chavista.

    Insertamos dos excursos que nos ayudan a realizar precisiones conceptuales (en un ensayo que, por cierto, no las pretende ni las ofrece): uno sobre los movimientos sociales y otro sobre la comunidad como sujeto de las polticas gubernamentales. Son las nociones

  • 16Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    de movimientos sociales, por un lado, y de comunidad, por el otro, tan en boga en la literatura sociolgica como en el discurso poltico, sensibles y polticamente eficaces para dar cuenta de la naturaleza de los procesos en cuestin, o para prescribir un programa que incorpore sus demandas y la naturaleza del desafo que proponen? Son ambas categoras tiles para comprender y contribuir a los procesos de lucha y emancipacin que las nuevas formas de ejercicio de poder, por parte de las muchedumbres venezolanas, se plantean?

    Debemos advertir, finalmente, que no es ste un ensayo acadmico, ms bien adopta-mos una prosa militante, que es a fin de cuenta nuestro lugar en este debate. Por ello nos tomamos la licencia de esquivar ciertos rigores argumentativos, pues nuestra pretensin es contribuir desde nuestra prctica, ms que de la discusin terica o del refinamiento de claves analticas, a una discusin que creemos pendiente.

    La crisis de la representatividad y la insurgencia de la democracia de la calle

    A fines de febrero de 1989, habitantes de los barrios pobres que rodean Caracas, prota-gonizaron un masivo levantamiento que se prolong durante das, para slo cesar a costa de una brutal represin que dej un nmero incontable de muertos. sta, que fue proba-blemente la primera rebelin popular contra el neoliberalismo en el continente, tambin divide las aguas de la historia de Venezuela. El segundo gobierno de Carlos Andrs Prez, quien poco antes haba ascendido al poder prometiendo reeditar la oferta populista de su primer mandato para, en cambio, imponer un draconiano paquete de medidas econmicas neoliberales, cay en una crisis de legitimidad que desemboc en su expulsin del poder pocos aos despus. A la par, se inicia un ciclo de protestas populares cada vez ms po-litizadas y confrontativas, lo cual determin los acontecimientos posteriores. Finalmente, un grupo de militares, que tienen en el llamado Caracazo su bautismo de sangre, deciden no poner nunca ms sus armas contra el pueblo, gestndose al interior del ejrcito, una corriente de descontento que dara lugar a los levantamientos militares del ao 92. Febrero de 1989 cambi la historia del pas.

    Pero adems, el Caracazo supone la emergencia, violenta y definitiva, de un nuevo sujeto popular. Si los episodios de luchas de masas haban sido protagonizados hasta en-tonces por estudiantes y movimientos sindicales, el 27 de febrero de 1989 fue testigo de la insurgencia de un sujeto marcado por la prdida de la condicin laboral, esencialmente desempleados o trabajadores precarios excluidos del mundo del trabajo, del consumo y en tanto habitantes de las periferias urbanas empobrecidas de la ciudad como trama de inscripcin social.

    Se trata entonces de un sujeto excluido y precarizado que no tiene a la fbrica como espacio de socializacin y organizacin, pues son el barrio y las relaciones de convivencia y solidaridad las que le dan forma; ya no es la lucha por el rescate del trabajo o la plusvala la que lo moviliza, pues la vida toda est ahora en disputa; la ciudad, y especialmente los su-

  • 17Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    burbios, es la superficie de su irrupcin. No es casual que las protestas de ese da se hayan desencadenado en las ciudades satlites de los pobres en contra del alza del pasaje, para luego extenderse a toda la ciudad y diversificar sus objetivos, enfrentndose a la polica, saqueando comercios o destruyendo vehculos e inmuebles.

    Este sujeto, que tiene sus precedentes en luchas de marcado carcter urbano como las protestas por el agua, contra el alza del pasaje o contra intentos de desalojos de viviendas en barrios pobres, desarrolladas en los aos previos, se convertir en el actor central de los procesos histricos que vivir Venezuela, desde entonces y hasta la fecha. Su gestacin es inseparable de las nuevas formas que adquiere el capital, es decir, del cambio del capital productivo en capital especulativo que parasita todas las esferas de la vida, sustituye la ganancia, producida en la explotacin directa del trabajo, por la renta extrada de todas las actividades y necesidades colectivas. No se trata ya de luchas laborales. El ataque masivo a la vida supone que la vida toda, las condiciones para su reproduccin (vivienda, servicio, consumo, recreacin y afirmacin simblica), se vuelve materia de lucha.

    Sus formas de lucha son propias de su naturaleza y de la naturaleza de sus demandas: la recuperacin de espacios y bienes expropiados por la lgica del capital, privatizados o excluyentes, la toma de terrenos, de fbricas, de espacios pblicos, la apropiacin violenta de bienes y servicios, la accin directa y explosiva. La calle es su escenario. Se abandonan las formas tradicionales de organizacin: el tumulto, la auto-convocatoria y la asamblea, sustituyen a estructuras formales y rgidas de pertenencia.

    Tanto sus demandas como sus mtodos y sus formas de organizacin, implican, de ma-nera inmediata y directa, una transgresin de los lmites de las formas democrticas tradi-cionales, encorsetadas en la representacin de intereses y en los canales institucionales por los que discurrira esa representacin. Se trata en cambio de la puesta en escena de formas de democracia plebeya, de calle, en las que por la va de la accin directa de las masas, se deses-tructuran las formas de dominacin y se apropian colectivamente de espacios y procesos.

    Esta accin poltica de las masas supone la crisis de la representacin. Partidos, sindi-catos y otras formas de intermediacin, conocen un acelerado proceso de deslegitimacin, al igual que los medios convencionales de participacin poltica (por ejemplo, la vertigi-nosa cada de la participacin electoral, tradicionalmente alta en Venezuela, desde fines de los ochenta). Toda forma de representacin e intermediacin ser, desde entonces, violentamente recusada. Slo quedarn, uno frente al otro, el sujeto popular, tumultuario e ingobernable, y el Estado, que desnuda su rostro ms cruel y autoritario. La violencia de Estado y la represin sustituirn desde entonces a las desgastadas formas de cooptacin. La masiva y cruenta represin con que el Estado enfrenta las protestas de febrero estable-cer el estado de excepcin como dispositivo permanente para el gobierno de los pobres.

  • 18Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    Es el concepto de movimientos sociales til para dar cuenta de este nuevo sujeto?

    No hay duda de que el concepto de movimientos sociales nace frente a la crisis de la representacin y el trabajo como relato de la participacin poltica. Acuado para com-prender los movimientos que sitan sus luchas y demandas en terrenos distintos a las demandas laborales o a la participacin electoral, ha contado con suerte tanto en la litera-tura sociolgica como en la retrica militante. Sin embargo, y sin pretender despachar la discusin, en el caso de lo que ocurre en Venezuela en trminos de movilizacin popular, la expresin parece insensible para comprender la naturaleza de la confrontacin que copa las ltimas dcadas.

    Por un lado, el concepto enfatiza en las organizaciones formales y estables en el tiempo, con determinado grado de estructuracin. En cambio, en Venezuela ms que un sujeto organizado, se trata de un sujeto movilizado. Es en la movilizacin de calle y no a travs de la organizacin formal en la cual el sujeto popular se manifiesta. De hecho, desde me-diados de los aos ochenta, se produce una mengua en la organizacin popular (articula-da en juntas de vecinos, grupos culturales o religiosos, sindicatos), probablemente como resultado de los efectos de la flexibilizacin laboral y la exclusin social sobre los modos de sociabilidad, a la vez que se incrementan exponencialmente las protestas populares. Si para comprender la respuesta popular alguien buscara movimientos sociales relevantes, durante las dos ltimas dcadas, concluira que en los aos de mayor conflictividad social cunda la desmovilizacin por falta de organizaciones. Las nicas organizaciones formales que pueden ser detectadas durante este perodo son Organizaciones No Gubernamentales que, animadas desde el Estado, florecieron en la dcada de los noventa, como parte de la transferencia de responsabilidades en la gestin social de este ltimo a la sociedad civil.

    En segundo lugar, el concepto parece definir los movimientos sociales por su exclusin del Estado, reeditando la vieja distincin entre sociedad civil y sociedad poltica. En el caso de Venezuela, esta distincin tajante es incapaz de dar cuenta de la relacin compleja que se establece histricamente entre Estado y sectores populares, por el peso de aquel (dueo de la renta petrolera y con alta capacidad redistributiva) en las distintas esferas de la vida colectiva. La apropiacin de la renta, en trmino de contenciosos exigiendo derechos o de sujecin por medio de mecanismos clientelares, ha sido un objetivo constante de la movi-lizacin popular. En otros trminos, en Venezuela la accin poltica popular puede estar contra el Estado, establecer relaciones de igualdad o supeditarse a ste, pero difcilmente se puede actuar sin el Estado. Esto condujo a que, mientras en otros pases del continente, la hegemona neoliberal produjese un repliegue de las organizaciones y sectores populares de la bsqueda de cambios en el Estado, adoptando tcticas de acumulacin y construccin al margen de ste, en Venezuela la contestacin al neoliberalismo desemboc rpidamente en la lucha contra el gobierno y por la transformacin del Estado, como se expresara en las demandas de salida del gobierno, la consigna de una Asamblea Constituyente y, poste-riormente, en el apoyo popular al gobierno de Chvez.

  • 19Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    De la misma forma, durante el gobierno chavista, el apoyo de las masas populares al Presidente, no necesariamente ha supuesto una mengua de la autonoma e incluso, de la conflictividad frente al Estado, como podra preverse de acuerdo a la tradicional oposicin entre movimientos sociales y esfera estatal.

    En tercer lugar, en la manera en que generalmente se describen los movimientos socia-les, estos se entienden a partir de su carencia, se definen como sujetos deficitarios. Esto da lugar, por una parte, a una suerte de victimismo (hacer patente y lograr el reconocimiento de un sufrimiento) y a una poltica de las necesidades para su gestin. La accin del sujeto popular en Venezuela estar marcada, en cambio, por un proceso de autoafirmacin y au-tovaloracin popular, refractaria a su traduccin a necesidades, y por ello ingobernable. Es exceso, no carencia, lo que lo define. De ah tambin su pronta politizacin, pues no son demandas especficas, no son necesidades lo que lo movilizan, sino justamente la insur-gencia contra un orden que lo reduce a puro dficit. De hecho, uno de los riesgos actuales, expresin quizs de un intento de reducir la potencia de este sujeto dscolo y subversivo, est en los intentos de sustituir su beligerancia por la plcida relacin clientelar, recluyn-dolo en el orden de las necesidades que el Estado satisface a cambio de sujecin.

    En ntima relacin con lo anterior, los movimientos sociales se caracterizaran por expresar demandas sectoriales, fragmentarias. El sujeto popular es, en oposicin, mltiple y molar, capaz de contener en s las distintas demandas, mezclar exigencias y superarlas al politizar su movilizacin. Se brinca las separaciones sobre las que se reconstruye un nuevo corporativismo que tiende a despolitizar y aislar las luchas. Ms bien, su accin lo conduce a ampliar permanentemente sus demandas. Siempre quiere ms.

    Un tratamiento habitual en la discusin acadmica sobre el tema, enfatiza en los aspec-tos subjetivos, las prcticas y demandas culturales de los llamados nuevos movimientos sociales: se juegan su existencia en la bsqueda de reconocimiento para grupos relegados, en la produccin de nuevas subjetividades y mundos de vida, etctera. Ms que la igual-dad, pretenden la produccin y reconocimiento de diferencias. En el caso de la movilizacin popular, que aparece durante estos aos en Venezuela, si bien pone de manifiesto formas y subjetividades propias y diferenciadas (el barrio, el malandro, y sus expresiones culturales, estticas, discursivas) y producen o actualizan a su interior, nuevas formas de relacin (la asamblea, la fiesta, la calle como espacio de encuentro), estas condiciones nacen justamente de la desigualdad, de la brutal exclusin, y son sus heraldos, no su programa. Sin duda, la contestacin de las nuevas formas de racismo y exclusin simblica que se han fraguado a la par de la segregacin social de los ltimos aos, es un elemento fundamental de su accin, casi en forma de desafo (la turba, los monos, los malandros, los desdentados estamos aqu!), pero no se agotan en eso. Lo cultural es pura forma, pues lo central es el desafo al poder y a las lites, a las desigualdades que dan lugar a tales diferencias, no su afirmacin estetizante ni su reconocimiento simblico. Ello conduce a la principal distincin.

    Los movimientos sociales, tal como los abordan la literatura sociolgica y el discurso poltico, ya no remiten a la composicin de clases de la sociedad, al conflicto entre trabajo y

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    capital, al enfrentamiento de los pobres contra los poderosos. Diluye estas contradicciones y coloca otros diferendos en el centro del conflicto: las diferencias sexuales y de gnero, las luchas ambientales y las reivindicaciones culturales. La desigualdad se vaca de toda densi-dad poltica, se la desnuda de su anclaje estructural, deja de impugnar la existencia misma del orden establecido, para convertirse en un simple trmite tcnico que se resolvera con la expansin de la democracia liberal y del mercado. Sus demandas no impugnan, sino que legitiman el orden, ahora sensible a estas nuevas diferencias que pueden ser metaboli-zadas sin cambiar las injustas relaciones de explotacin y exclusin. En cambio, las luchas populares de estos ltimos aos en Venezuela tienen un claro carcter de clase, su blanco no es la esfera de la reproduccin cultural ni demandas parciales, sino que se enfrentan de manera directa con las desiguales relaciones econmicas y sociales y con sus titulares, las lites econmicas y sus gobiernos. Ello no niega las otras luchas, sino que es capaz de englobarlas en el campo de los explotados y su emancipacin. El papel de las mujeres en las protestas de calle y la organizacin popular de los barrios pobres, las reivindicaciones de los derechos de los pueblos indgenas, la movilizacin de grupos sexodiversos y las demandas ecolgicas, se hacen cada vez ms polticas y antisistmicas, en tanto que son capaces de insertarse en la movilizacin general de los pobres y excluidos.

    Finalmente, y sin pretender exhaustividad, los movimientos sociales se contentaran con la participacin, entendida como la gestin por parte de sectores organizados de in-tereses particulares frente al viejo Estado socialdemcrata, considerado incompetente y paternalista. La participacin, frmula frecuentemente hermanada a la de movimientos so-ciales, relega la transformacin social por prcticas de gestin de intereses particulares en mbitos locales, lo que frecuentemente opera como medio de des-responsabilizacin del Estado de sus competencias, y sustituye la accin poltica por una lgica de la adminis-tracin tcnica de problemas sociales. De manera distinta, la movilizacin popular no se deja atrapar por mecanismos institucionales y prcticas de gestin sino para languidecer. Su forma es la recuperacin, la interrupcin, la apropiacin, no la participacin. Sustraerle al poder y al negocio espacios y procesos, restablecer la poltica expandindola, agregando nuevos mbitos y demandas: la ocupacin de tierra e inmuebles, el saqueo de bienes nega-dos, el bloqueo en la calle, no el lobby institucional, de la medida injusta.

    Los movimientos sociales, al menos en su recepcin en los discursos hegemnicos, sustituyen la contradiccin capital-trabajo, o la lucha entre lo popular y lo oligrquico, por la tensin entre sociedad civil y Estado, pero entendiendo aquella no en trminos de emancipacin y construccin de prcticas de democracia directa, sino como oposicin entre poltica y administracin. El papel que ha tenido el Estado como instrumento cen-tral de dominacin de clase y comando de la economa (en tal sentido, el Estado rentista venezolano, al transferir la renta a manos de los capitales privados y garantizar el control de los sectores subalternos por la va de estrategias clientelares, cumple una funcin anloga al Estado de Bienestar en las sociedades industriales), implica un alto grado de politizacin de las demandas sociales, que cobra forma en la organizacin poltica para controlar el Es-tado por parte de las distintas clases o en la lucha contra ste para lograr reivindicaciones

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    colectivas o propugnar cambios sociales. El programa neoliberal, en cambio, reduce el pa-pel del Estado a pura maquinaria represiva (el estado policial y las tcticas militarizadas que sustituyen las polticas clientelares y redistributivas en el control de los sectores excluidos), mientras que las esferas antes de su competencia se trastocan en problemas sociales, desvinculados de sus condicionantes estructurales y vaciados de cualquier antagonismo de clase, cuya solucin discurre por la va de la administracin de intereses particulares y la gestin tcnica.

    La nocin de movimientos sociales parece adecuarse mejor, en el caso de Venezuela, a los procesos de organizacin que proceden de sectores medios y altos y en reas residencia-les de las grandes ciudades, que ocurren simultneamente a la irrupcin del nuevo sujeto popular. Asociaciones de Vecinos y Juntas de Condminos, y algunas organizaciones no gubernamentales que primero nacieron para acompaar a stas y luego fueron promovidas a travs de planes de gobierno para gestionar polticas sociales focalizadas en grupos socia-les excluidos, aparecen con fuerza desde finales de los 80, tambin como consecuencia del derrumbe de la representacin poltica como medio de gobierno, pero oponiendo como alternativa un nuevo corporativismo que agrupa y gestiona intereses particulares, contando con la organizacin formal como mecanismo para movilizar recursos en esta direccin. Se articula en torno a este sector un discurso que, a travs de la oposicin entre un Estado intervencionista e ineficiente y una sociedad civil emprendedora y enrgica, servir como legitimador del programa neoliberal durante la dcada de los noventa y, luego, a partir del descalabro de los partidos polticos despus de las elecciones de 1998, como pivote funda-mental de la oposicin al proceso bolivariano. Si bien tambin contesta a las viejas formas de representacin poltica, su propsito es su sustitucin por la participacin en tanto ges-tin de intereses particulares y de mbitos transferidos por el Estado.

    La democracia de la calle y la revolucin bolivarianaLa insurgencia, violenta e ingobernable, de este nuevo sujeto popular, da al traste con

    la democracia representativa. Pero, quizs por su propia naturaleza, no instala un modelo alternativo, no pasa del rechazo masivo y global. La movilizacin popular acorrala, una y otra vez, los intentos de reacomodo del bloque dominante: se paralizan las privatizaciones de los servicios pblicos y de las empresas estatales, se revierte el aumento del precio de la gasolina, la reforma laboral tarda casi una dcada en completarse, el gobierno no puede realizar los recortes del gasto social que se haba propuesto frente a la generalizacin de los conflictos y las demandas, entre otros. Pero a la vez, la movilizacin popular no hace prosperar una alternativa viable que permita superar el agotamiento del modelo por un camino distinto a la receta neoliberal. Su respuesta es la resistencia, el bloqueo, la invencin de espacios efmeramente liberados y prcticas que desafan la dominacin, pero no un nuevo orden.

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    Se produce desde principio de la dcada de los noventa, un equilibrio inestable en el cual, ante la doble crisis del modelo rentista y de la democracia representativa, ni los de arriba pueden imponer su solucin, ni los de abajo tienen una alternativa ms all de des-hacer los intentos de las lites. Es en este contexto en que primero se levantan, en 1992, los militares progresistas, y seis aos despus, triunfa en las elecciones presidenciales su principal dirigente, el Teniente Coronel Hugo Chvez Fras, aquellos terminan resolviendo a favor del bloque popular la situacin de estancamiento.

    El proyecto que enarbolan estos nuevos actores se reduce a una consigna tan simple como potente: la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente que echara las bases de una nueva repblica (La Quinta Repblica, segn una periodizacin que incluye los tres intentos republicanos durante la guerra de independencia, y la cuarta repblica, que habra traicionado el programa de Bolvar e instalado un gobierno de las oligarquas). El llamado a una Asamblea Constituyente nace a partir del primer levantamiento militar, en febrero de 1992, orquestado tanto por intelectuales de izquierda como por sectores del movimiento popular. Rpidamente es asumido por los militares insurgentes, y luego como elemento central del programa del candidato Chvez.

    Puede causar sorpresa que en un pas con altas tasas de desempleo, exclusin, pobre-za y desigualdad, los pobres hayan sido movilizados por una oferta tan abstracta como una Constituyente para elaborar una Constitucin, pero esto justamente, da cuenta de la naturaleza de la movilizacin popular. Por un lado, su carcter centralmente poltico. Sus demandas no se reducen a mejoras particulares o reformas parciales, sino que busca una transformacin radical del orden de cosas, y esto era lo que la Constituyente ofreca. Por el otro, sta se propone como un proceso popular y desde abajo, que reconozca e incorpore a todos los actores populares, abrindose como un gran espacio de debate y movilizacin para refundar el pas e interpelar al poder. En realidad, la oferta electoral y el programa de Chvez no es ni redistribucionista ni justiciero, es de movilizacin, inclusin y reconoci-miento poltico del sujeto popular que haba irrumpido desde una dcada antes.

    Desde su instalacin, la Asamblea Constituyente es capaz de generar una amplia di-nmica de participacin popular, de debate poltico en las bases, e instala ms all de su funcionamiento formal, que culmina en diciembre de 1999- una nueva codificacin de la oposicin entre lites polticas y movilizacin popular, ahora en trminos del antagonismo entre poder constituido y poder constituyente.

    El perodo que se abre con la llegada de Chvez al gobierno, en febrero de 1999, y que se prolonga al menos hasta el ao 2005, luego de su victoria en el referndum revocatorio, estar marcado por una intensa movilizacin popular, que interpela permanentemente toda forma de representacin y delegacin del poder (incluso las propias instancias de direccin y de gobierno). Chvez es visto justamente, y de manera paradjica, como una negacin de esta delegacin: el comandante para no tener jefe alguno, el caudillo como condicin para la autodeterminacin. Con Chvez gobierna el pueblo, reza una consigna de ese entonces.

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    Durante este tiempo, la accin poltica de masas tendr un carcter claramente contra-institucional, contestatario, y su programa parece ser el de la auto-afirmacin. Junto con un vivo debate poltico de calle, que llega a su cenit durante la Asamblea Constituyente que sesiona en 1999, se privilegia la accin directa, a travs de protestas callejeras, copamiento de instituciones, tomas de fbricas, de tierras y edificios, o acciones contra intentos deses-tabilizadores. La inesperada movilizacin del 12 y 13 de abril de 2002, que dio al traste en menos de 48 horas, con un intento de golpe de Estado reaccionario, o las movilizaciones auto-convocadas que lograron derrotar el paro patronal de diciembre de ese mismo ao, son una muestra tanto del podero de la movilizacin popular, pues en cada ocasin se bast a s misma para desarticular los intentos desestabilizadores, como de su autonoma frente a las instancias que se pretendan como direccin poltica del proceso popular, que haban perdido toda iniciativa o jugaban explcitamente a la desmovilizacin durante estas jornadas.

    A partir de 2002 se impulsan, desde el gobierno, distintos mecanismos para regularizar la participacin popular, que hasta entonces discurra por cauces ms bien aluvionales y tumultuosos. Las instancias ms relevantes de participacin popular, que surgen en los momentos de aguda confrontacin poltica o luego de conjurados, pueden ser entendidas como resultado de los avances populares. A toda situacin de crisis, sorteada por la mo-vilizacin popular, le sigue el reconocimiento de formas de participacin y transferencia de poder. As, las Mesas Tcnicas de Agua (mecanismo de cogestin del servicio de agua entre el gobierno y las comunidades populares que no cuentan con ste de manera regular) y las cooperativas, como medio de participacin en la produccin y la actividad econmica, surgen durante los dos primeros aos de gobierno. Luego de la primera huelga patronal, a fines del 2001, aparecen los Crculos Bolivarianos, y a principios de 2002, los Comits de Tierra Urbana (organizacin de barrios populares para la regularizacin integral de los mismos). Luego del golpe de Estado y el paro patronal de 2002, se desarrollan la Misin Barrio Adentro (Atencin Primaria en Salud) y las Misiones Educativas. Las Misiones son mecanismos de participacin que, partiendo de la organizacin de los sectores excluidos y en articulacin con las polticas de Estado, se proponen superar el bloqueo de acceso de las mayoras a condiciones bsicas de vida, como salud y educacin.

    Pero, adems de implicar reconocimiento y transferencia de poder a los sectores de base, estas propuestas tambin son utilizadas como medios para el encuadramiento de la movilizacin popular, que haba resultado tan ingobernable como eficaz en la lucha pol-tica. El mismo impulso avasallante de la muchedumbre movilizada, que haba desbaratado golpes y conspiraciones, resulta para las nuevas lites polticas una fuerza incmoda que deba ser domesticada. Pero estos intentos de encuadramiento resultan infructuosos, en parte, probablemente, por la experiencia de poder experimentada por las masas moviliza-das, que las hacan refractarias a cualquier intento de sujecin, y en parte por las paradojas del propio discurso gubernamental, en particular el del presidente Chvez, que por un lado llama al orden y a la disciplina, mientras exhorta al mismo tiempo a la insumisin y a la

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    rebelda. Esta tensin entre un poder popular impetuoso e indcil pero que siempre tiene a Chvez como su ensea, nacido de las luchas callejeras de febrero de 1989, y una parti-cipacin finalmente funcional a la nueva burocracia estatal, entre el impulso revolucionario y su posible Termidor, atraviesa estos ltimos aos del proceso bolivariano.

    De la turba a los Consejos ComunalesEn 2003 se crearon los Consejos Locales de Planificacin Pblica, figura prevista en

    la Constitucin de 1999. Aunque su impacto en la vida poltica popular fue reducido, y el inters que en un principio despert se desvaneci rpidamente, su mencin es importante para entender los cambios de tcticas en la relacin entre gobierno y sujeto popular.

    Esta modalidad es una versin del presupuesto participativo, instrumento que luego de experiencias locales en Brasil, se ha extendido a gobiernos de todo signo ideolgico. Sin embargo, en el contexto poltico venezolano, supuso un cambio significativo en las mo-dalidades de participacin popular. Si las anteriores figuras de participacin implicaban, al menos retricamente, el reconocimiento de poder de definicin sobre la gestin por parte de las bases populares, no excluan necesariamente el conflicto. Por el contrario, lo poten-ciaban dentro del terreno institucional. Aquella comportaba una prdida de poder para alguna de las partes involucradas, y esto signific con frecuencia, lgidos conflictos entre las instancias gubernamentales y los actores populares a los que se les abran espacios. Eran habituales las protestas de las cooperativas contra los organismos que las contrata-ban, exigiendo mejoras o enfrentando intentos de tercerizacin encubiertos. En el caso de los Comits de Tierra, podan estar un da sentados con los responsables de las polticas de vivienda, y al otro manifestndose en la calle contra estas mismas polticas, sin que tal contraste supusiera una contradiccin.

    Pero con los Consejos Locales de Planificacin Pblica1 esta tensin se resuelve a favor de la institucionalizacin de la misma. Adems del hecho de que los participantes fueron electos por un nmero pequeo de activistas (un requisito era formar parte de una orga-nizacin formal, dejando de lado la prctica de asamblea abierta que hasta ahora haba prevalecido), la actividad en los CLPP se redujo a presentar proyectos para su aprobacin en el presupuesto ordinario del municipio, lo que estimul el conflicto entre comunidades que competan por los recursos y las prcticas clientelares y burocrticas para lograr el favoritismo de los decisores institucionales.

    Una de las principales limitaciones de los CLPP, advertida tempranamente, era la par-ticipacin de segundo grado, que concentraba el poder en delegados cuya comunicacin con las bases populares era escasa. A la vez, su competencia reducida a la elaboracin del presupuesto local, cuando la cultura institucional venezolana es prolfica en manejos dis-crecionales de recursos extraordinarios, le restaron significacin y eficacia poltica.

    1 En lo sucesivo, CLPP.

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    Dos aos ms tarde se crean, por va de Ley, los Consejos Comunales, como un intento de superar las limitaciones de los Consejos Locales de Planificacin Pblica a travs de la creacin de instancias territoriales de base, que formulan y ejecutan planes y proyectos locales. Pero su calado es an ms relevante. Los Consejos Comunales, cuyo nacimiento coincide con la declaracin del carcter socialista de la revolucin bolivariana, se entienden como un esfuerzo por construir una democracia consejista y una nueva arquitectura estatal que descanse en rganos del poder popular. La propuesta prende rpidamente y se crean decenas de miles de aquellos por todo el pas.

    Como ya hemos sugerido, desde la convocatoria a una Asamblea Constituyente o la definicin constitucional del rgimen poltico como una democracia participativa y prota-gnica, hasta las distintas figuras de cogestin y participacin, la construccin de formas de democracias que superen el esquema de la representacin y promuevan el autogobierno y la participacin popular en el ejercicio del gobierno, ha sido parte del programa boliva-riano desde los inicios del gobierno chavista, por lo cual la institucin de un mecanismo de participacin y poder popular, como los Consejos Comunales, sera una consecuencia necesaria y esperada.

    En efecto, stos pueden ser entendidos como resultado de un proceso de acumulacin y ampliacin de prcticas y contenidos de democracia desde abajo, as como de radicali-zacin democrtica del proceso poltico venezolano, desde la contestacin anti-neoliberal hasta la asuncin del horizonte socialista. En tal sentido, suponen un salto, en calidad y cantidad, de los procesos de participacin popular. Pero, por otra parte, en tanto que su g-nesis se encuentra en una iniciativa estatal, en un momento en que se culmina la recompo-sicin de la capacidad de comando del Estado como consecuencia de la derrota poltica de la derecha y del aumento de las arcas fiscales, ms que en un proceso de auto-organizacin popular, han potenciado tambin el riesgo de institucionalizacin y administracin de la movilizacin popular.

    Algunos rasgos que han sido acentuados en la implementacin de los Consejos Co-munales -tanto en algunas de sus definiciones, como en la forma en que se constituyen muchos de ellos, digitados por distintas instituciones frecuentemente con el claro inters en mantener un control sobre los mismos, tambin en el tipo de relaciones que se han favorecido desde el Estado-, contribuyen a este ltimo efecto. Por una parte, se enfatiza en su papel en la gestin local, comunal, con poca o ninguna- participacin en la defini-cin de polticas pblicas o asuntos que trasciendan de su mbito cercano. Aun, en este contexto, la tarea que fundamentalmente han cumplido los Consejos Comunales ha sido la de formular y ejecutar, por va de transferencia de recursos estatales, proyectos para mejoras locales. Esto ha implicado la reduccin del mbito de participacin al reducido espacio social de la comunidad, desvinculndose de procesos ms globales y estructura-les, y a una labor de gestin, intermediando entre el Estado, que aprueba los proyectos y transfiere los recursos, y la comunidad. Pero, adicionalmente, la bsqueda de recursos para mejorar condiciones de vida local contribuye a la competencia y al aislamiento entre los

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    distintos consejos, que pugnan entre s por la aprobacin de sus proyectos, favoreciendo una relacin clientelar con el Estado y de desagregacin de las demandas en iniciativas estrictamente locales.

    Por otra parte, a diferencia de otras experiencias consejistas en la historia, que nacen con un marcado carcter de clase, bien porque su lugar de desarrollo es la fbrica, o por contar en su direccin a los trabajadores organizados, los Consejos Comunales privilegian como contexto el territorio y como sujeto a la comunidad, muchas veces velando el carcter clasista de las contradicciones y, en consecuencia, de la lucha por el poder. Las experiencias consejistas que se desarrollan dentro de las empresas, o que tienen a la clase obrera como sujeto fundamental, responderan a una comprensin histrica de que es la disputa por las relaciones de produccin la base del poder poltico. Si bien podramos conceder que la produccin, al menos la produccin fabril, ya no sera el centro ni de la dominacin ni de la lucha de clases, y as lo indicara el hecho de que el sujeto de los cambios recientes en Venezuela no sea el obrero industrial, habra que preguntarse si este papel lo juega ahora la comunidad, y si las relaciones de dominacin, y la posibilidad de sustituirlas por relaciones democrticas y de poder desde abajo, se expresan principalmente en territorios acotados. En otras palabras, s, son la comunidad, desagregada en demandas locales, y sus relaciones, la fuente objetiva de una forma de poder que le otorgue a los de abajo la soberana y direc-cin de la sociedad en su conjunto.

    En la prctica, un nmero significativo de experiencias de Consejos Comunales mues-tran cmo su actividad est limitada a la gestin frente al Estado y la administracin de recursos frente a sus bases. Por supuesto, no es posible negar los avances significativos que an tan restringida labor implica en el mejoramiento de las condiciones de vida, es-pecialmente en comunidades tradicionalmente excluidas, as como en el desarrollo de aprendizaje y capacidades locales, en una suerte de efecto propedutico que permite la acumulacin de experiencias que cualifican a los actores locales para plantearse desafos de otra naturaleza. Pero, en general, sin desconocer numerosas e importantes excepcio-nes, se ha impuesto un proceso de apaciguamiento, desmovilizacin y despolitizacin del ejercicio del poder popular, en tanto que se le desvincula de los intereses de clase y de su articulacin en proyectos generales, condicin de la politizacin. Se pasa de la movilizacin a la gestin, del conflicto con el Estado al asistencialismo, del protagonismo popular a la subordinacin.

    Es una especie comn de la oposicin y de sus medios, demonizar a los Consejos Comunales por su supuesto control e instrumentalizacin por parte del gobierno y sus afines, implicando en consecuencia, una amenaza para el pluralismo y la democracia. Este tipo de afirmaciones no slo son falsas (por su propia naturaleza los Consejos Comuna-les convocan a distintos actores de la comunidad, incluyendo a opositores, y en reas de clases medias y altas son hegemonizados por sectores antichavistas), sino que encubren el verdadero riesgo para la democracia aunque en un sentido completamente opuesto al que pretende la oposicin que por el predominio de determinado tipo de relacin con los

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    Consejos Comunales y, en general, con las distintas expresiones y formas de participacin popular, se juega en estos momentos en Venezuela. Ms que el peligro de su instrumen-talizacin poltica, sera en buena medida lo contrario: su despolitizacin, el vaciamiento de su valor revolucionario y transformador, el dominio de un tipo de relacin entre pue-blo y Estado en que prima el asistencialismo y las prcticas gestoras. Paradjicamente, lo realmente amenazado, y esto estara relacionado con los magros resultados en las ltimas citas electorales, es el propio proyecto chavista, fundado y sostenido por la permanente movilizacin popular.2

    La comunidad como sujeto del poder popularEs la comunidad una categora que potencie la democracia desde abajo, tal como se ha

    instalado en el discurso poltico en los ltimos aos?

    La nocin de comunidad tiene un amplio eco en el debate sociolgico occidental. Tan-to en el socialismo utpico como en las tempranas elaboraciones de las ciencias sociales, la comunidad es vista de manera nostlgica o como crtica al individualismo de la sociedad moderna. Por otro lado, en Amrica Latina, la comunidad se convierte en un constructo poltico de primer orden de importancia en el desafo de la construccin del Estado-nacin homogeneizante y racista, en las tradiciones campesinas e indgenas y en los programas polticos que beben de estas tradiciones, como el katarismo en el altiplano boliviano y el zapatismo en los pueblos indgenas de Chiapas (Mxico).

    Sin embargo, la recepcin reciente de la comunidad en Amrica Latina no proviene de estas fuentes, sino del influjo de los discursos conservadores que nacieron de gobiernos neoliberales en los pases centrales. En ellos, el nuevo comunitarismo ofrece una alternativa ideolgica eficaz tanto a los discursos universales centrados en la ciudadana, propios de las posturas socialdemcratas recin desalojadas del poder, como al discurso de las clases so-ciales de las posturas ms a la izquierda. La comunidad se opone a cualquier universalismo, para despolitizar y restar legitimidad a las demandas universales propias del Estado de Bien-estar, o a programas polticos que pretendieran la transformacin de la estructura social.

    En tal sentido, la nocin de comunidad como sujeto, al menos como se tramita en los programas polticos tanto neoliberales como progresistas dominantes en el continente, es insensible a las diferencias de clases. No hay ninguna diferencia entre una comunidad excluida, que lucha por acceder a bienes y servicios bsicos negados, y una comunidad de clase me-

    2 Un rasgo distintivo del proceso bolivariano, posiblemente comn a las experiencias de los otros pases en que han llegado gobiernos populares por la va electoral, es su permanente prueba en las urnas electorales, que le otorga un carcter plebiscitario continuado, que slo puede ser sostenido en una intensa movilizacin popular. A la vez hace que las eleccio-nes se conviertan en un momento de alta politizacin y movilizacin popular, a diferencia de otros pases, en que tradicionalmente las elecciones serviran para desmovilizar y despolitizar.

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    dia que se organiza para, por ejemplo, defenderse de los extraos y mejorar la seguridad. La nocin de comunidad despolitiza, disolviendo las demandas polticas, universales por naturaleza, en demandas particulares, susceptibles de gestin sin alterar las relaciones de poder y dominio. La comunidad desmoviliza: en comunidades excluidas y empobrecidas, el nfasis en lo local encubre las determinantes de su condicin, de naturaleza sistmica, y por ello extra-local. Finalmente, la centralidad de comunidad en la gestin poltica pro-mueve prcticas y valores conservadores, pues la primaca de los intereses del grupo local conduce a mirar con recelo a los extraos, as sean de la misma clase social.

    No se trata de desconocer la importancia de los procesos comunitarios en el continen-te, ni la potencia transformadora de la forma comunidad,3 en tanto mbito en que se incuban nuevas relaciones sociales basadas en la solidaridad y la equidad, sino de advertir de los riesgos que una recepcin acrtica del concepto para el ejercicio poltico puede acarrear. No es casual que la retrica de la comunidad est presente por igual en procesos como el venezolano y el discurso oficial del gobierno colombiano.

    El protagonismo popular en Venezuela: desafos y amenazasA partir de la derrota poltica del bloque reaccionario, en el referndum de 2004, y de

    la recuperacin del papel del Estado en la economa, con la renacionalizacin de la indus-tria petrolera en 2003 y el incremento de los ingresos fiscales en los aos subsiguientes, se culmina la derrota del proyecto neoliberal que se haba iniciado en 1989. El resultado es el fortalecimiento de la capacidad reguladora, productiva y redistributiva del Estado. Sin embargo, una vez derrotado el neoliberalismo, el riesgo pasa a ser el remozamiento del capitalismo de Estado, frmula vigente en Venezuela al menos desde 1958 hasta los aos ochenta, soportado en el papel del Estado en la apropiacin y distribucin de la renta pe-trolera. Esto implica el surgimiento de nuevas lites econmicas al amparo de la inversin estatal, pero tambin, el reconducir y refrenar la movilizacin popular, evitando as que ponga en peligro el cuadro emergente de dominacin.

    As, la recomposicin del Estado y el reacomodo del bloque dominante con la emer-gencia de nuevas lites, ha sido correlativo a los esfuerzos por reducir el protagonismo po-pular, sustituyendo la movilizacin por el encuadramiento institucional de la participacin, y el ejercicio del poder desde abajo, por prcticas clientelares y asistencialistas. Se tratara de sustituir la redistribucin del poder por la redistribucin de la renta. Vaciar la participacin popular de cualquier signo inquietante, de cualquier potencia transformadora, reducirla a la pura gestin despolitizada que no interpele al Estado, ni a los nuevos grupos de poder.

    El socialismo no es slo redistribucin. Implica soberana popular, el control efectivo por parte del pueblo, del proceso de produccin social. Si el poder popular no es poder para transformar las relaciones que excluyen del ejercicio de la soberana, si se reduce

    3 Garca Linera, lvaro (s.f.). La Potencia Plebeya. Accin colectiva e identidades indgenas, obreras y populares en Bolivia, La Paz: Instituto Internacional de Integracin del Convenio Andrs Bello

  • 29Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    nicamente a la negociacin de prebendas, a la gestin de recursos, y no deviene prctica transformadora, capaz de subvertir las relaciones de dominacin y de apropiacin privada de la produccin social, sea en sus modalidades pasadas o en sus nuevas expresiones, en-tonces, no es verdaderamente poder popular, acaso administracin ms o menos benvola.

    Por supuesto, sta no es una situacin definida y clausurada. A la par de las tendencias dirigidas a la cooptacin, reconduccin y administracin del ejercicio del poder popular, cobran fuerza prcticas de signo contrario. La aparicin de experiencias an incipientes de control obrero en empresas estatales, en donde el problema del poder se juega en la confrontacin entre los trabajadores y el patrn aqu bajo la figura del Estado-patrn, los signos de desgaste del esquema asistencialista y la subsecuente movilizacin de Con-sejos Comunales y otros sectores antes desmovilizados, son evidencias de que se trata de un campo abierto lleno de tensiones y conflictos, y no de una situacin irreversible. Los procesos recientes de construccin de comunas, a partir de la agregacin de Consejos Comunales y mbitos territoriales, a las que se les atribuyen competencias legislativas, eco-nmicas y ejecutivas, abre un espacio para superar los riesgos del localismo y la gestin. Los distintos esfuerzos unitarios que actualmente florecen, permiten la articulacin de sectores y demandas sociales antes dispersos, a la vez que incrementan su capacidad de movilizacin, o la intensificacin en los ltimos meses de luchas sectoriales pero con un intenso carcter poltico y de clases, como las movilizaciones campesinas, las luchas urba-nas, las tomas de tierra e inmuebles, las protestas obreras, hablan de la vitalidad del prota-gonismo popular y de su potencialidad para ejercer, a travs de distintas tcticas, formas de soberana y autogobierno. El propio Presidente Chvez ha insistido, recientemente, en la necesidad de repolitizar y removilizar a las bases populares, exhortando a la interpelacin popular de las instancias de gobierno, para evitar su burocratizacin.

    Cmo evitar los riesgos de un Termidor que aniquile las fuerzas populares desatadas por la revolucin bolivariana? La tensin entre la potencia constituyente que da lugar a la revolucin, y la tentacin de su institucionalizacin, reducindola y gobernndola, quizs sea una deriva de todo cambio revolucionario, slo conjurado por la reactivacin perma-nente de la capacidad creadora y subversiva del pueblo.

    No creemos en respuestas ensayadas lejos de las prcticas en que se producen las pre-guntas, y mucho ms cuando se trata de procesos inditos como el nuestro. Es al fragor de las luchas populares, del enfrentamiento a la burocracia y a la cooptacin, en que se irn trillando los caminos. En todo caso, se tratara de impulsar un proceso sostenido que permita la ampliacin de la democracia y del poder desde abajo, desafiando los lmites que intenten imponrsele. Esto pasa, al menos en el caso venezolano, por saber alternar la negociacin y el conflicto con las instituciones del Estado, con la acumulacin de expe-riencias y capacidades autogestionarias.

    Al mismo tiempo, exige construir intereses generales, organizacin colectiva del poder, prescindiendo de la representacin y de cualquier forma que expropie al pueblo de su so-berana. Esto requiere la repolitizacin de los procesos y la lucha, asumiendo la perspectiva

  • de clases. La sociedad venezolana sigue siendo una sociedad capitalista, ahora con el riesgo de revestirse de la forma de capitalismo de Estado. El fortalecimiento de la democracia, desde abajo, pasa entonces por adoptar, por parte de las luchas y las prcticas populares, el punto de vista de las clases explotadas, tanto en los intereses que se enarbolen, como en los procesos de unidad que se construyan y en la accin poltica que sea capaz de apuntar a las condiciones que permiten la reproduccin de este carcter capitalista y que definen, a fin de cuentas, quin detenta el poder real.

  • 31Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad

    Repensar la democraciaEl debate entorno de la democracia consejista

    de los aos 1920 y su relevancia en la actualidad

    kLaus MesChkat(traDuCCin: birte peDersen)

    Nuestro punto de partida son las manifestaciones recientes de la revolucin bolivaria-na. Hace cinco aos, Hugo Chvez, animado por sus victorias electorales, proclam una reorganizacin del Estado venezolano a pesar de haber sufrido su nica derrota elec-toral justamente en un plebiscito sobre la reforma constitucional. Ahora, las instituciones de la democracia representativa deben ser complementadas en un inicio sin modificacio-nes de la Constitucin escrita por nuevas formas de organizacin poltica de base. stas son los llamados consejos comunales que disponen de amplias facultades para organizar la vida comunitaria en unidades territoriales ms pequeas, sobre todo con respecto al empleo de los recursos asignados desde fondos centrales. Los consejos deben poner en marcha una democracia de base, que vaya mucho ms all de la tradicional autogestin municipal. Se piensa en una asociacin de varios de estos consejos en una comuna que tambin debe desempear un rol activo en la organizacin de la vida econmica regional. De esta manera se quiere generar una nueva estructura poltica, inicialmente paralela al Estado existente, que est dotada del potencial de volverlo superfluo y sustituirlo a la larga.

    Independientemente de que Hugo Chvez se refiera o no de manera explcita a los ejemplos de los movimientos revolucionarios de los siglos XIX y XX, la terminologa es-cogida hace de por s pensar en experiencias histricas: miremos en los consejos, en ruso soviets, que surgieron por primera vez en la Revolucin rusa de 1905 para luego cuan-do Lenin emiti la consigna todo el poder para los soviets convertirse en el vehculo de la Revolucin de Octubre de 1917; o en el debate sobre la democracia consejista despus

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    de la revolucin alemana truncada de 1918. Quisiera hacer referencia a este debate ejem-plar y revisar su alcance; pero tambin hay que hablar del desarrollo real de los consejos en la Rusia sovitica, su sumisin por el aparato todopoderoso del partido ya en tiempos de Lenin y ms an bajo Stalin y sus sucesores. Y cuando se habla de comuna no es por eurocentrismo que uno piensa inmediatamente en la Comuna de Pars del ao 1871, a cuyo ejemplo Karl Marx remiti para mostrar caminos por las cuales el proletariado puede superar al Estado burgus.

    La mayora de los textos escritos sobre la democracia de consejos comienzan con la Comuna de Pars y quiero comenzar con la interpretacin de la Comuna por Marx. El levantamiento en Pars se dio hace 140 aos y no dur ms de 72 das, del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871. Lo que impresiona ms que su duracin, es el nmero de vctimas: en las sangrientas luchas callejeras del mes de mayo y las consiguientes ejecuciones masivas unos 30.000 luchadores de la Comuna perdieron su vida, miles y miles fueron encarcelados por largo tiempo o desterrados a las colonias penitenciarias de ultramar. Entre las vctimas contaron varios miembros de la Primera Internacional por cuyo encargo Marx formul su famosa alocucin sobre la Guerra Civil en Francia. Con anticipacin haba advertido a sus camaradas de la capital de Francia, de un levantamiento armado, pero en el momento dado decididamente tom partido a favor de la Comuna. No lo hizo nicamente para quitarle va a su gran rival Michael Bakunin, quien se apoder, con cierto derecho, de la Comuna para hacer valer su doctrina del anarquismo. A diferencia de muchos autodenominados marxistas posteriores, Marx opinaba que las formas de la futura emancipacin no po-dan ser deducidas simplemente de su teora del capital, es decir, su crtica de la economa poltica. Consideraba que en su confrontacin con el enemigo de clase, el proletariado mismo tena que descubrir y desarrollar los elementos de un nuevo orden poltico y social.

    En vista de que la Revolucin Industrial an se encontraba en sus inicios en los pases de Europa continental, y de que inclusive, en los centros urbanos como Pars, el proletaria-do mantena un carcter artesanal, en tiempos de Marx este desarrollo de un nuevo orden slo poda darse en una situacin excepcional. En el transcurso de la guerra franco-prusia-na, tras la derrota de Napolen III, Pars qued acorralada por los prusianos. Por miedo al movimiento popular parisino, el gobierno burgus se haba retirado, con el Parlamento y la burocracia estatal, de la capital para instalarse en Versalles: el Ejrcito regular, vencido en Sedan, era prisionero de los prusianos. De esta manera, la relativa debilidad del prole-tariado qued temporalmente compensada por la ausencia de aquella fuerza antagonista en la capital aislada, una fuerza que segn Marx deba ser destruida sin falta en una futura revolucin proletaria: los parsitos de la sociedad burguesa, el Estado burgus.

    En su lugar se estableci entonces, como expresin del poder del proletariado, un orden poltico que ya no era un Estado en el sentido tradicional. Su independencia que, segn Marx, lleg a su mxima expresin en el Bonapartismo, se revoc primero con el pueblo armado, organizado en milicias que sustituan al Ejrcito regular. Sin embargo, el nuevo poder tena que legitimarse democrticamente. Segn Marx, no hay nada ms ajeno al espritu de la Comuna que reemplazar el sufragio universal por una investidura jerrquica

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    (MEW 17: 340). En Pars se realizaron tales elecciones despus de que la Guardia Nacio-nal, integrada sobre todo por obreros, se haba resistido al desarme y de que su Comit Central haba funcionado como una especie de contra-gobierno provisional. Pero lo que haba cambiado, ms que todo, fue el modo de representacin: los representantes tenan que rendir cuentas a sus electores, podan ser revocados en cada momento y no sobresalan del pueblo en materia de ingresos. Al igual que todos los dems funcionarios pblicos no reciban ms que el salario promedio de un obrero. Estos principios no iban a quedarse limitados a la autogestin municipal de una ciudad, sino que se extenderan a todo el pas:

    Las comunidades rurales de cada distrito administraran sus asuntos colectivos a travs de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asam-bleas, a su vez, enviaran diputados a la Asamblea Nacional de delegados de Pars; todos los delegados seran revocables en todo momento y se hallaran obligados por el mandato imperativo de sus electores. (MEW 17: 340).

    Obviamente, en los breves 72 das que dur la Comuna, no pudo comprobar cmo se desarrollara la liberacin econmica del trabajo bajo su rgimen. Sus medidas espe-ciales slo pudieron indicar la direccin en la cual se mueve un gobierno del pueblo por el pueblo (MEW 17: 347). Entre estas medidas figuran la abolicin del trabajo nocturno de los oficiales panaderos, la prohibicin de recortes salariales y la entrega de los talleres y fbricas abandonados por sus dueos a las cooperativas de obreros. El socialismo de la Comuna no pudo ir ms all de su expresin fragmentaria pero an as, prolongando sus tendencias, Marx se atrevi a pronosticar que el sistema capitalista puede ser desplazado si la totalidad de las cooperativas regulara la produccin nacional de acuerdo a un plan conjunto (MEW 17: 343).

    La cercana de la interpretacin de la Comuna por Marx con el anarquismo se mani-fiesta en muchas formulaciones. En su primer borrador sobre la Guerra Civil en Francia dice, por ejemplo: La Comuna era una revolucin contra el Estado mismo, este aborto sobre-naturalista de la sociedad; una reasuncin por el pueblo y para el pueblo de su pro-pia vida social. No era una revolucin para transferir el poder del Estado de un grupo de la clase dominante a otro, sino una revolucin para romper esta abominable mquina de dominio de clases misma. (MEW 17: 541). En su introduccin de 1891, al texto de Marx sobre la Comuna, Engels resume la interpretacin de ste y argumenta en el sentido de Marx: que esta clase obrera, para no volver a perder el poder recin conquistado, debe, por un lado, eliminar toda la mquina de opresin hasta la fecha usada contra ella, y, por otro lado, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios declarndoles sin excep-cin alguna revocables en cualquier momento. (MEW 17: 623).

    Estos principios de la Comuna de Pars elaborados por Marx y Engels caracterizan un orden poltico ms all del Estado burgus que se manifest ms tarde en los procesos revolucionarios del siglo XX en forma de la democracia de consejos, primero, en los consejos rusos (soviets) de la revolucin de 1905. A diferencia de Trotsky, que por esas

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    fechas ya actuaba en la cumbre del soviet de Petersburgo, Lenin slo pudo observar esta primera revolucin con consejos de trabajadores y soldados desde el exilio, pero cuando volvi a Rusia, en 1917, despus de la Revolucin de febrero, proclam en sus tesis de abril la consigna Todo el poder para los soviets!. Exigi el derrocamiento del Gobierno provisional que segua en guerra con Alemania. Luego tuvo que huir nuevamente al ex-tranjero, a la vecina Finlandia, ante el riesgo de ser detenido. All redact en unas pocas semanas, entre agosto y septiembre de 1917, su famoso texto Estado y Revolucin un tratado terico redactado bajo la presin y precipitacin de los eventos revolucionarios-, aceptado tambin por los crticos de Lenin como una reconstruccin esmerada de la teora del Estado de Marx.

    Sin embargo, hay que preguntarse si en la estrategia poltica real de Lenin estrategia que llev a la Revolucin de Octubre los soviets, tomando el ejemplo de la Comuna, ju-garon ms que un papel instrumental. En la Comuna histrica se dio una interaccin entre representantes de diferentes corrientes que haban encontrado eco entre los obreros: slo pocos comuneros estuvieron influenciados por Marx, el mayor grupo estaba conformado por seguidores de Proudhon, criticado y combatido por Marx como idelogo pequeo-burgus. Sus opositores fueron a su vez los seguidores de Blanqui, siempre listos para la accin, y algunos del ala izquierdista de la Comuna optaban ms bien por su rival Bakunin que por Marx. No exista un partido lder y tampoco un lder carismtico indispensable; la Comuna no fue representada por una persona individual. Este tipo de pluralismo, expresado en la interaccin de diferentes tendencias, le result ajeno al pensamiento de Lenin. ste dirigi un partido marcado por l, que se haba configurado y consolidado por la delimitacin de diferentes desvos. Segn Lenin, el poder deba pasar a manos de los so-viets porque los bolcheviques, arraigados en el proletariado de las grandes empresas, eran capaces de conquistar mayoras en ellas, paso por paso.

    Esta toma de poder, glorificada como Gran Revolucin Socialista de Octubre y de-gradada hoy por algunos historiadores como golpe de octubre, pronto plante el proble-ma de la relacin entre los soviets y la representacin popular en general. Mientras que el Segundo Congreso Sovitico, realizado a fines de octubre de 1917, legitim el nuevo poder como poder sovitico, las elecciones casi simultneas de la Asamblea Constituyente die-ron una clara mayora al Partido Social Revolucionario (los llamados SRs). stos, seguan gozando de buena reputacin entre la poblacin campesina, quizs porque sta an no se haba enterado de que el partido socialrevolucionario, estando en el gobierno provisional, haba apoyado la continuacin de la guerra y la renuncia a la reforma agraria. Cuando la mayora de la Asamblea Constituyente se neg a reconocer la mxima autoridad de los soviets, as como su programa, esta representacin de todo el pueblo ruso simplemente fue disuelta. Como es sabido, Rosa Luxemburg critic duramente este procedimiento de los bolcheviques.4

    4 La Fundacin Rosa Luxemburg ha difundido su texto sobre la Revolucin rusa tambin en portugus y espaol en Amrica Latina (vea: http://www.rosalux.org.ec/es/mediateca/

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    Con la eliminacin de una asamblea popular representativa, elegida por listas de parti-dos polticos, se haba despejado el camino hacia una democracia basada exclusivamente en los consejos. Sin embargo, Lenin y sus seguidores ya haban dejado entrever, antes de la Revolucin de Octubre, que para ellos los consejos slo seran aceptables mientras si-guieran dominados por los bolcheviques y funcionaran como herramienta de su poltica. Numerosos comentarios de Lenin comprueban que, en caso de duda, estaba dispuesto a sacrificar tambin las instituciones de la democracia consejista si llegaran a amenazar el predominio del partido. La polarizacin extrema formaba parte de la lgica de la poltica de Lenin: lleg al punto de oponerse a los intentos de algunos de sus amigos del Partido, de integrar a mencheviques y miembros del Partido Social Revolucionario de Izquierda a una alianza global socialista y, excepto una breve participacin de los SRs de izquierda en un gobierno de coalicin (diciembre de 1917 a marzo de 1918), los bolcheviques mantuvieron el sistema del partido nico.

    Esta tendencia se reforz an con la inminente guerra civil. Poco a poco los dems partidos fueron excluidos, prohibidos y perseguidos como enemigos de guerra contra-revolucionarios reales o potenciales. Tambin entre los bolcheviques, que en un inicio an podan presentar las diferentes plataformas de sus respectivos grupos polticos, se reduje-ron las posibilidades de una discusin abierta. La imposibilidad de discutir al interior del Partido culmin en la famosa prohibicin de las fracciones, decretada en el X Congreso del Partido de 1921, y justificada como medida de emergencia temporal necesaria.

    El marco de este trabajo, no permite describir el destino de los consejos en los prime-ros aos de la Rusia sovitica, marcados por el comunismo de guerra. En vista de la ca-tastrfica situacin econmica, surgieron tambin protestas contra las medidas arbitrarias de una dictadura de partido nico. Culminaron en el levantamiento de Kronstadt, en el cual los marineros de la flota bltica, antao fuerza pionera de la Revolucin de Octubre, estacionados en la fortaleza ubicada delante de Petersburgo, se opusieron a la eliminacin del poder de los consejos y exigieron soviets sin bolcheviques. Unidades regulares del Ejrcito Rojo comandadas por Trotsky aplastaron sangrientamente al levantamiento, lo que marc el fin de los consejos independientes y dio el triunfo final a un partido nico monopolizado que perdur hasta el fin de la Unin Sovitica un Estado que sin legiti-midad reclam para s, en referencia a la democracia de consejos, el nombre de Unin de Repblicas Soviticas Socialistas.

    La democracia de consejos sucumbi en Rusia tambin por el hecho de que despus de la Revolucin de Octubre no se logr, en los pases desarrollados de Europa occidental y central, el xito de las revoluciones sostenidas por la mayora de los obreros es decir, trasladar el centro de la revolucin mundial de Mosc a Berln como haban deseado los

    documentos/253-rosa-luxemburg-o-el-precio-de-la-libertad). Por ello no es necesario que se comente en detalle la crtica formulada por Luxemburg a propsito de las posiciones de Lenin y Trotsky, cuya iniciativa histrica s fue admirada por ella.

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    lderes de los bolcheviques. Sin embargo, a fines de la Gran Guerra, se haban formado, tambin en Alemania, fuerzas socialistas radicales quienes, inspiradas por el ejemplo ruso, pretendan pasar directamente del Imperio a una repblica de consejos. En el ala izquierda del Partido Socialdemcrata Independiente (USPD), escindida de la socialdemocracia ma-yoritaria debido a su oposicin a la guerra, actu el Grupo Espartacus liderado por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg que en 1917, haba llamado a la formacin de consejos.

    Paralelamente existan los delegados revolucionarios en las grandes empresas de la industria armamentista los cuales proclamaban la meta de un sistema puro de consejos sin presencia de un Parlamento. En la Revolucin de Noviembre de Alemania de 1918, los consejos de obreros y soldados jugaron un papel decisivo en la cada del Emperador, y una asamblea general de los consejos de Berln, incluso, lleg a proclamar la Repblica Socialista. Pero los socialdemcratas mayoritarios no queran este tipo de transformacin y ya en el Primer Congreso de los Consejos de Obreros y Soldados de Alemania, realizado en diciembre de 1918, lograron una decisin a favor de una Asamblea Nacional y, por lo tanto, en contra del sistema de consejos. Esto fue la diferencia decisiva con respecto al desarrollo observado en Rusia: en Alemania fue el mismo Congreso mximo de los Consejos, que legitim el derrocamiento de los consejos a favor de una asamblea popular elegida en elecciones generales. El Consejo de los Delegados Populares, originalmente legitimado como nuevo Gobierno por el Consejo Ejecutivo de los Consejos de Obreros y Soldados de Berln, se convirti tras la salida de la Socialdemocracia Independiente, USPD, y bajo la direccin de Friedrich Ebert, en un instrumento de los socialdemcratas mayoritarios, opuestos a la revolucin. En enero de 1919 se produjo el levantamiento es-partaquista sofocado sangrientamente por el Ejrcito derechista. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg fueron asesinados, con conocimiento o inclusive por orden del Gobierno de los socialdemcratas mayoritarios.

    La idea de los consejos perdur tambin despus de la eleccin de la Asamblea Na-cional, el 19 de enero de 1919, la cual llev a una mayora burguesa al Parlamento. En abril se reuni el Segundo Congreso de Consejos para discutir la relacin de los consejos frente al orden parlamentario. No hubo controversia sobre la futura existencia de con-sejos empresariales; la socialdemocracia mayoritaria (SPD) y la independiente (USPD), tambin presentaron propuestas para que este tipo de representacin de los trabajadores, en sus lugares de trabajo, se expandiera de manera gradual y ascendiente hasta los nive-les distrital, regional y nacional. Sin embargo, los socialdemcratas mayoritarios queran tambin incluir a los patronos: los consejos de obreros y representantes empresariales deberan conjuntamente integrar unas llamadas Cmaras de trabajo y se prevea una cmara econmica nacional con competencias claramente definidas como entidad paralela a la Asamblea Nacional. Richard Mller de los delegados revolucionarios tena otro modelo: segn l, los consejos de obreros, elegidos exclusivamente por los trabajadores manuales e intelectuales, deberan ser la base desde la cual, aplicando el modelo de conse-jos, se elegira una representacin gradual de consejos econmicos distritales y, ms all de ello, un consejo econmico nacional, responsable de la garanta y del mantenimiento de

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    toda la vida econmica, y facultado para presentar leyes y reglamentos correspondientes a la Asamblea Nacional, que a su vez, estara obligada a presentar sus leyes econmicas al Consejo Econmico Nacional. Sera, entonces, una coexistencia equitativa y no una mera subordinacin de los consejos de obreros a la democracia representativa.

    Ms radical fue el concepto del sistema puro de consejos, defendido por Ernst Du-mig como portavoz de los mismos delegados revolucionarios. Su nico actor deba ser el proletariado y en vista de que el proletariado, seguidor de la idea consejista, persigue objetivos claramente anticapitalistas, no puede permitir la presencia de representantes ca-pitalistas en sus organizaciones de consejos. (Ernst Dumig en Bermbach, 1973: 80). Significaba tambin quitar el derecho al voto a los no proletarios, a pesar de que haba algunos seguidores del sistema puro de consejos que no consideraban necesario, sino ms bien contraproducente limitar el derecho de voto. En todo caso, los rganos de los conse-jos no deban obtener poderes de larga duracin, sino estar siempre sometidos al control de sus electores con posibilidad de ser revocados en todo momento. En su calidad de instrumentos de liberacin del proletariado, los consejos jams deberan convertirse en dominio de un solo partido.

    Tambin Ka