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DEPENDENCIA TECNOLOGICA E INVOLUCION PROFESIONAL: LA INDUSTRIA Y LA INGENIERIA QUIMICA EN MEXICO.* Ingrid R osenblueth Universidad Autónoma Metropolitana (Izta'pala'pa) Una carrera universitaria y su práctica profesional son fenómenos sociales: tienen un significado dentro de la sociedad en la que surgen y se desarrollan. La forma particular que adoptan está cincelada por las característi- cas socioeconómicas del contexto social mayor (Hughes, 1967). En el presente trabajo se tratará de descifrar la relación entre la ingeniería química y el contexto socio- económico en que ha operado. En toda profesión existen conocimientos universales acerca del mundo físico, biológico o social, que definen su área particular de acción. Además existen prácticas ca- * Este trabajo es parte de una investigación más amplia sobre las profesiones en México, organizada por el Departamento de An- tropología de la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapala- pa) y parcialmente auspiciada, por la Secretaría de Educación Pú- blica. Se contó' con la asesoría .académica de Guillermo de la Pe- ña, Bryan Roberto y Pablo Latapí, y la colaboración de Moisés Guevara, Manuel Loria, Jorge Aceves, Sofía Pérez, Elin Emilsson y Enrique Fonte. El artículo aquíi presentado se basa en una in- vestigación de gabinete sobre la literatura existente, y en entre- vistas realizadas durante 1978: a 2 ex-directores de la Facultad de Química de la UNAM, a 23 maestros y 18 alumnos de la misma, y a 9 profesionales no docentes. Se encuentran en proceso otros datos sobre la carrera en la UAM y sobre la práctica profesio- nal en provincia. Una versión preliminar fue presentada como ponencia en el Seminario sobre Crisis en la Educación Superior (UAM-Xochimilco, junio de 1979).

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DEPENDENCIA TECNOLOGICA E INVOLUCION PROFESIONAL: LA INDUSTRIA Y LA INGENIERIA QUIMICA EN MEXICO.*

In g r id R o s e n b l u e t h

Universidad Autónoma Metropolitana(Izta'pala'pa)

Una carrera universitaria y su práctica profesional son fenómenos sociales: tienen un significado dentro de la sociedad en la que surgen y se desarrollan. La forma particular que adoptan está cincelada por las característi­cas socioeconómicas del contexto social mayor (Hughes, 1967). En el presente trabajo se tratará de descifrar la relación entre la ingeniería química y el contexto socio­económico en que ha operado.

En toda profesión existen conocimientos universales acerca del mundo físico, biológico o social, que definen su área particular de acción. Además existen prácticas ca-

* Este trabajo es parte de una investigación más amplia sobre las profesiones en México, organizada por el Departamento de An­tropología de la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapala- pa) y parcialmente auspiciada, por la Secretaría de Educación Pú­blica. Se contó' con la asesoría .académica de Guillermo de la Pe­ña, Bryan Roberto y Pablo Latapí, y la colaboración de Moisés Guevara, Manuel Loria, Jorge Aceves, Sofía Pérez, Elin Emilsson y Enrique Fonte. El artículo aquíi presentado se basa en una in­vestigación de gabinete sobre la literatura existente, y en entre­vistas realizadas durante 1978: a 2 ex-directores de la Facultad de Química de la UNAM, a 23 maestros y 18 alumnos de la misma, y a 9 profesionales no docentes. Se encuentran en proceso otros datos sobre la carrera en la UAM y sobre la práctica profesio­nal en provincia. Una versión preliminar fue presentada como ponencia en el Seminario sobre Crisis en la Educación Superior (UAM-Xochimilco, junio de 1979).

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racterísticas del ejercicio profesional en cada sociedad. En Inglaterra, por ejemplo, el ingeniero químico no desempe­ña cargos administrativos dentro de la industria, mientras que en México la meta de todo ingeniero químico es lle­gar a ocuparlos. En base a los conocimientos universales de la ingeniería química, ésta se define como una discipli­na que 'comprende todas aquellas actividades cuya fina­lidad es la aplicación de la ciencia a la resolución de pro­blemas relacionados con la producción económica de bie­nes por medio de procesos donde interviene un cambio químico, físico, fisicoquímico y/o energético” (Stivallet y Valiente, 1975: 14-15), para lo cual la ingeniería quími­ca 'comprende el diseño, construcción, operación y con­trol de plantas industriales, y el desarrollo de fundamen­tos científicos que conduzcan a un mejor aprovechamiento de los recursos disponibles, y a nuevos y mejores produc­tos" (Bazbaz et. ah, 1970:270). Sin embargo, la ingenie­ría química mexicana no se asemeja mucho a estas defini­ciones formales. Para entender su realidad sui generis, conviene examinar el proceso histórico-social del que sur­gió. Una breve revisión de la historia de la industria quí­mica mexicana mostrará que la profesión —o sus equiva­lentes— surge y se desarrolla en nuestro país en ciertos pe­ríodos: cuando el Estado asume la responsabilidad de pro­mover la creación y adaptación de tecnología para activi­dades económicas clave (plata en el virreinato, sustitución de importaciones y petroquímica en el siglo XX). Sin em­bargo, este dinamismo se limita y condiciona por la posi­ción de México en el contexto del mercado internacional y por las relaciones de subordinación respecto a otros paí­ses productores de tecnología. Tales condicionamientos se reflejan en la conformación del mercado de trabajo, en las expectativas de los empleadores, en la práctica profe­sional de la ingeniería química, en el desarrollo de la in­geniería química como carrera universitaria y como cam­

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po <le investigación científica, y en la configuración de las actitudes de quienes la enseñan, aprenden y ejercen.

La industria química mexicana: 'perspectiva histórica.

De la resina a la plata. Nuestras culturas prehispá- nicas avanzadas no llegaron a la Edad de Hierro. Sin em­bargo, en las zonas lacustres sabían separar el cloruro de sodio del carbonato de calcio y del carbonato de sodio y lo utilizaban como condimento y como armadura gue­rrera. Las técnicas de obtención de colorantes minerales eran asimismo avanzadas: lo atestiguan los frescos mayas. Usaban diferentes plantas como colorantes biológicos y, dada la dificultad de teñir fibras vegetales, utilizaban las saponinas del maguey para que las tintas penetraran en los tejidos. Dichas saponinas también hacían las veces de jabón. Los metales que conocían: oro y plata, cobre y estaño, eran obtenidos por medios mecánicos; lo mismo obtenían una resina, el ‘tzácuhtli’ (Martínez Cortés,1974), que les servía de pegamento, además de ser adere­zo del papel amate.

La historia de los procesos de materiales durante la Colonia estuvo dictada por la necesidad de producir bie­nes que no se obtenían en España: plata y oro, coloran­tes vegetales, cueros, azúcar, vainilla, tabaco y cacao. De particular importancia resulta el procesamiento de la pla­ta. Al principio de la Colonia se extraía disolviéndola en plomo fundido y separando posteriormente el plomo y la plata por oxidación del aire. En el siglo XVI, Bartolomé de Medina inventó en Pachuca el método de patio (amal- gamiento con mercurio de la plata previamente tratada con cloruro de sodio). Este procedimiento, más barato y perfecto, se difundió rápidamente. Dos siglos después, Juan Capellán, en Taxco, perfeccionó el método de patio:

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lo hizo más económico mediante la recuperación del mer­curio y evitó la toxicidad de sus vapores.

Debido a la importancia que la minería novohispana tenía para España, Carlos II envió a Don Fausto de El- huyar —descubridor del tungsteno, con su hermano José— como director del Real Cuerpo de Minería en 1788. El- huyar fundó el Real Seminario de Minería en México en 1792 donde se enseñaba química, física, geognosia y mi­neralogía (Bravo Ligarte, 1967). En dicho Seminario, Humboldt dio un curso en 1802. Otro destacado perso­naje de la institución fue Andrés Manuel del Río, el ver­dadero descubridor del vanadio (Sandoval Vallarta, 1966). También bajo el consejo de Elhuyar se construyó el Pa­lacio de Minería, diseñado por Tolsá. Y, como en la Universidad Pontificia de la ciudad de México no exis­tían materias de química, cuando se fundó el Colegio de Minas, los estudiantes de medicina y farmacia acudían a él. Ahí se impartían desde entonces los principios de la química moderna (Tamayo, 1958).

La política económica española detuvo en las colonias durante casi todo el siglo XVIII el desarrollo de las indus­trias que existían en la península. Así, aunque la indus­tria de ferrería era muy necesaria, no fue sino hasta prin­cipios del siglo XIX cuando el Real Tribunal encomendó a Andrés Manuel del Río el proyecto e instalación de di­cha industria en Michoacán. A partir de la época bor­bónica, las industrias que podían competir con la españo­la fueron prohibidas; sin embargo, el 22% de la produc­ción manufacturera novohispana —al filo de la Indepen­dencia— pertenecía a industrias químicas: velas de sebo, jabones, pólvora y aceites vegetales (Rosenzweig, 1963; Arcila Farías, 1974).

La industria decimonónica. La primera mitad del si­glo XIX fue crítica para el país. La guerra de independen-

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cía aceleró el abandono de casi todas las minas. Sólo una pequeñísima parte continuó produciendo el metal para acuñar moneda una vez decretada la independencia. (Los famosos pesos “del gorro frigio” datan de entonces). Al iniciarse la cuarta década del XIX, el gobierno instituyó el Banco de Avío para promover el desarrollo industrial. Durante los doce años que Lucas Alamán dirigió dicha institución se dio impulso a 37 empresas. Empero, en 1842, Santa Anna clausuró el Banco. Por su parte, don Lucas, incoforme con el decreto presidencial, impulsó la creación de la Dirección General de Industria Nacional con la finalidad, entre otras cosas, de promover asociacio­nes entre industriales. En 1853 surgió la Secretaría de Fomento Industrial (Solís, 1970). Por esas fechas, exis­tían fábricas de azúcar, piloncillo y aguardiente; de acei­tes de olivo, ajonjolí, cacahuate y linaza; de cerillos, sosa, ácido nítrico, sulfato de magnesio y otros productos indis­pensables para la explotación minera. Cuando Juárez re­gresó al poder, en 1867, la industria química constituía la cuarta parte del sector industrial con un crecimiento anual del 1% (Flores Caballero, 1976).

En 1843, se proyecta la carrera de Farmacia adscrita sal Colegio de Ciencias Médicas que Gómez Farías había fundado diez años atrás. Por primera vez en nuestro país se impartían materias de farmacia y análisis químico. Dos personajes, Donaciano Morales y Leopoldo Río de la Lo­za, destacan de entre los profesionistas químicos de la épo­ca. El primero por fundar el primer laboratorio químico y el segundo por su estatura académica y por abrir la pri­mera fábrica de fármacos del país.

A grandes rasgos, en el siglo XIX, se distinguen dos tipos de etapas industriales. La primera, hasta el Porfi- riato, se basa en mercados regionales pequeños y usa tec­nología sencilla. La segunda, a partir de la existencia

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del ferrocarril, implicó la formación de un mercado nacio­nal; las industrias regionales fueron desplazadas frecuen­temente por otras más grandes, con tecnología más com­plicada (De la Peña, 1977). En ambas etapas notamos una total ausencia de profesionistas mexicanos de procesos de materiales. Estos venían del extranjero a ocupar pues­tos específicos, sin conceder mayor importancia a la explo­tación de los recursos naturales del país o al desarrollo or­gánico de la industria. Por otro lado, desde el retorno de Juárez en 1867 se inicia un período de prosperidad. La nacionalización de los bienes y la gestión de Matías Ro- meio en Hacienda sanearon la economía. Se legisló la eco­nomía de mercado para impulsar la formación de capital. Aunque las industrias pequeñas entraron en crisis, todas estas medidas fomentaron la industria mayor y aumenta­ron los mercados, sobre todo por la exención de impues­tos al comercio interior y por las obras ferroviarias, que crearon una infraestructura importante. Aumentaron las industrias del papel, textil, vidrio y azúcar, que a su vez generaron más procesos y productos químicos, con lo que se incrementó la demanda de los mismos.

Revolución y sustitución de importaciones. En el pri­mer tercio de nuestro siglo, hasta 1940, el crecimiento eco­nómico del país fue lento. La Revolución y la consoli­dación del nuevo régimen, junto con la depresión del 29 fueron causas de un letargo económico. Por otra parte, la Primera Guerra Mundial fue importante para la indus­tria química mexicana: a) porque escasearon gran canti­dad de productos elaborados que venían del extranjero, y b) por la escasez de los profesionistas químicos europeos quienes por motivos bélicos retornaron a Europa. Esto lle­vó a los industriales a solicitar del gobierno revoluciona­rio, en manos de Venustiano Carranza, la fundación de una escuela dedicada a la química industrial.

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El 23 de septiembre de 1916, siendo Secretario de Instrucción Pública Félix F. Palavicini, se iniciaron las labores de la Escuela Nacional de Industrias Químicas. En el lapso comprendido entre las dos guerras mundiales, el país vivió una serie de acontecimientos que sentaron las bases para el crecimiento y auge que tuvieron tanto la in­dustria química como la profesión de ingeniería química. En primer lugar es de destacar la fundación de la Escuela, que durante ese período formó los profesionistas necesa­rios para la industria establecida. Además, algunos de sus egresados pronto emprendieron por sí mismos nuevas industrias químicas. Por otra parte, se crearon a nivel nacional una serie de instituciones que establecieron una infraestructura conveniente para el desarrollo de la profe­sión que nos ocupa. Entre las instituciones que permi­ten el crecimiento de la industria química cabe mencionar las siguientes: 1) la Comisión Nacional de Caminos; 2) la Comisión de Irrigación (1926); 3) el Banco de México (1925); 4) Nacional Financiera (1935); 5) la Comisión Federal de Electricidad (1937); 6) PEMEX (1938) y 7) otras escuelas de química (en 1936 se funda el Insti­tuto Politécnico Nacional que alberga la segunda escuela química del país). Durante los años treinta, el gobier­no, por su parte, inició políticas de protección y fomento industrial, modificando los impuestos de importación, que pasaron de ser solamente una forma de recaudación tri­butaria a conceder un amplio margen de protección in­dustrial. Posteriormente, los permisos de importación co­laborarían aún más con dicha política (Villa, 1976).1

En 1924, la Compañía Petrolera “El Aguila” inició la producción de ácidos sulfúricos en Minatidán, para consumo propio. En la década del treinta, se establecie­ron industrias de productos químicos básicos, como Pro­ductos Químicos de México en 1938. Sin embargo, el

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acontecimiento de mayor relevancia para la industria quí­mica mexicana y el desarrollo de la profesión fue la expro­piación petrolera. En primer lugaT, al nacionalizarse el petróleo en 1938, las empresas extranjeras se negaron a venderle a México tetraetilo de plomo (producto indispen­sable para las gasolinas). El gobierno de inmediato cons­truyó una planta para obtenerlo y contrató los servicios de numerosos ingenieros químicos para producir gasolina. Fi­nalmente, las empresas extranjeras reanudaron sus ventas de tetraetilo al quedar demostrada la capacidad técnica del profesional mexicano. Anteriormente, se había produci­do un incremento de las industrias farmacéuticas, de pin­turas y tintas. Sin embargo, en números globales, la in­dustria química no aumentó sino hasta la quinta década de este siglo cuando el país sufrió las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial: la producción extranjera de productos químicos se hizo escasa y el país tuvo así la opor­tunidad de exportar materia prima procesada químicamen­te. Las ganancias de dichas exportaciones se reinvirtie- ron en la importación de equipos y se produjo un “'círcu­lo virtuoso de la riqueza”.

Los años cuarenta permitieron, asimismo, no sólo un incremento cuantitativo de las industrias sino, además, un desarrollo cualitativo. Surgieron nuevas ramas industria­les de productos intermedios: insecticidas, fertilizantes y fibras químicas. Es de notarse que durante estos años el personal ocupado en la industria química se incrementó a un ritmo de 25.7% anual, mientras que globalmente la industria de transformación sólo lo hizo en un 10.5%.

La mayoría de las empresas químicas medianas o pe­queñas creadas entre los cuarenta y los sesenta fueron em­presas privadas de los mismos profesionales químicos. La meta de muchos de los egresados de la Escuela Nacional de Ciencias Químicas era ser propietario de alguna planta

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industrial. El gobierno, por su parte, estimuló la forma­ción de dichas empresas mediante la exención de impues­tos, control de permisos de importación y créditos de Na­cional Financiera; además, se dieron muchas facilidades de investigación industrial. Ahora bien, hay un cambio en­tre las industrias químicas que se crean en los cuarenta y las de los cincuenta. Las primeras son eminentemente de productos químicos intermedios, en tanto que las se­gundas se especializan más en productos químicos básicos (colorantes, gases, sales, ácidos, petroquímicos).2 Así, pa­ra 1960, la mitad del capital de la industria química se ha­llaba invertido en industrias de productos básicos e inter­medios. En los países altamente industrializados estas ci­fras son superiores al 70%.

La petroquímica. En 1959, PEMEX inicia la indus­tria petroquímica al producir dodecilbenceno, elemento bá­sico para la elaboración de detergentes. (Los proveedo­res extranjeros habían denegado la venta de la tecnología a México, para proteger a las compañías extranjeras de detergentes, pero los profesionistas mexicanos consiguieron fabricarlo). El gobierno nacional mostró gran interés por la industria petoquímica desde sus inicios y legisló su pro­ducción. La iniciativa privada sólo podía elaborar petro­química secundaria y, aun esto, únicamente si el 60% de su capital era mexicano. PEMEX, por su parte, se hizo cargo de toda la producción básica. Además, se creó la Comisión Petroquímica para que analizara todos los pro­yectos de la industria y concediera el permiso de ejecución sólo a aquellos proyectos que dicha Comisión considerara benéficos para el país. Ninguna industria del ramo po­día funcionar sin el permiso de la Comisión. En los úl­timos años, la demanda de petroquímica se ha disparado de tal modo que la oferta se ha visto desbordada; no se

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espera lograr un equilibrio entre ambas antes de los años ochenta.

Hasta 1976, se habían concedido 367 permisos de pe­troquímica secundaria a 132 empresas, distribuidas en 60 sitios distintos del territorio nacional. Ya para 1970, la petroquímica básica representaba el 37% del valor de los productos químicos básicos; y para 1975 el 41%.

Durante los sesenta, la petroquímica tuvo un efecto dinamizador sobre la industria química nacional: al produ­cirse internamente materias primas básicas, las empresas incrementaron su producción, aumentaron la demanda y disminuyeron los precios. Se dio un incremento mayor de las industrias de productos de consumo finales. Otra industria en la que se observó un incremento de perso­nal fue en la de producción de plásticos (derivados petro- químicos) que no se incluye en los censos industriales con las industrias químicas sino con el grupo de industrias de productos de hule y de plástico. En los sesenta también, la producción de ácido fosfórico y su exportación fue im­portante, gracias a los depósitos de azufre en el Istmo de Tehuantepec y a otras circunstancias favorables.

Los últimos sexenios. Desde principios del régimen echeverrista (1970-1976), el gobierno tomó medidas para reducir el déficit externo y para lograr un desarrollo in­dustrial mayor; la nueva política gubernamental decía bus­car la independencia tecnológica y el desarrollo de la tec­nología nacional. A fines de 1970, se creó (X)'NACYT y en 1972 se promulgó la Ley de Transferencia de Tec­nología. En 1973 vio la luz pública una ley para promo­ver la inversión mexicana y regular la extranjera. En 1976, se publicó el Plan Nacional Indicativo de Ciencia y Tecnología, en el que se hacían recomendaciones para el sexenio 1976-1982. Hubo, además, mayor investigación sobre los recursos naturales, que arrojó un mejor conoci-

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miento de la disponibilidad de mayores recursos petrole­ros y mineros. A este respecto ha sido fundamental la colaboración del Instituto Mexicano del Petróleo no sólo por la investigación acerca de los recursos naturales sino también por la investigación tecnológica que realiza. Con todo, hay que decir que la tasa de crecimiento anual de la industria química disminuyó, y que los beneficios que podrían haberse esperado de la flotación monetaria en 1976 se vieron restringidos por falta de pronósticos finan­cieros y de estudios de mercadotecnia internacional.

Por otro lado, la actual administración parece haber aumentado las expectativas de la industria química pues “de la inversión programada por Petróleos Mexicanos para el presente sexenio, que asciende a 310000 millones de pesos, el 8% (55 000 millones) se destinará a la petro­química básica. Esto permitirá duplicar el número de plantas, de 59 a 115, y aumentar la capacidad de produc­ción en un 258%, de 5.2 millones de toneladas con que cuenta actualmente a 18.6 millones de toneladas en 1982” (Giral et. al., 1977: 32), lo que significará un gran im­pulso para la industria química: la petroquímica básica da lugar a la secundaria y ésta a una buena parte de la in­dustria química y paraquímica.

Hay grandes esperanzas en que el programa de Pe­tróleos Mexicanos se pueda cumplir ya que las exportacio­nes básicas duplicarán en un sexenio lo que en 1976 fue el total de la exportación de productos químicos. Por otra parte, disminuirían las importaciones básicas, se cancela­ría el déficit comercial externo de petroquímicas y dismi­nuiría el de productos químicos. Ahora bien, el hecho de que hasta muy recientemente los Estados Unidos no hubieran ofrecido a México el precio esperado frenó nu­merosas expectativas que se tenían acerca del petróleo.

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La cuadratura del triángulo. Los ejemplos anterio­res nos señalan la estrecha relación entre el Estado, la in­dustria y el capital privado, a la vez que la subordinación de éstos ante la fuerza de los procesos internacionales. Por una parte, se observa un crecimiento industrial, impulsa­do por las políticas gubernamentales y, por otra, existe igualmente un impulso procedente de las necesidades del capital privado que echa a andar políticas estatales, como sucedió cuando fue creada la Escuela Nacional de Cien­cias Químicas. Sin embargo, existe un factor que reba­sa y, hasta cierto punto, modela la forma del triángulo Es­tado-industria-capital privado: el mercado internacional, que define a México como un país dependiente. Así, aunque gran cantidad de circunstancias se muestren favo­rables para el desarrollo industrial, hay muchas otras que están fuera del alcance del mismo gobierno. Este punto quedará más claro al analizar en forma de estudio de ca­so el desarrollo de la industria de las hormonas esteroides, con el que se pretende ilustrar la forma del diálogo inter­no entre Estado, industria y capital privado y la manera como el mercado internacional modula y sintoniza sus vo­ces.

El caso de la industria de hormonas esferoides4

Se inició en Alemania durante las décadas de los vein­te y los treinta. Las hormonas, en un primer momento, eran de origen animal, lo que las hacía costosas de proce­sar. Entre 1934 y 1940, químicos europeos se abocaron a desarrollar formas sintéticas a partir del colesterol animal. Tres compañías europeas (Schering AG de Alemania, Ci- ba de Suiza y Organon de Holanda) obtuvieron el control y patente de producto y uso de esteroides sexuales proce­sados del colesterol. El precio continuaba siendo eleva­do, lo que no impidió el éxito económico de dichas empre-

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sas. Estados Unidos no se quiso quedar atrás, sin poder participar en un mercado importante, y comenzaron una serie de costosas investigaciones para encontrar una mate­ria prima diferente del colesterol que liberase la tecnolo­gía aprisionada por el oligopolio europeo. Los laborato­rios Parke-Davis realizaron investigaciones, a cargo del químico Rusell Marker, quien comenzó a buscar fuentes botánicas de hormonas esteroides que fueran abundantes y, por consiguiente, baratas. Marker pudo sintetizar pro- gesterona de la diosgenina y descubrió que ésta se podría obtener de una raíz que crece en el sudeste mexicano. Sin embargo, no pudo persuadir a las empresas norteamerica­nas de que México era el sitio ideal para el establecimien­to de la industria de esteroides, por lo que dimitió de su cargo y estableció aquí un pequeño laboratorio en el que podía trabajar con sus propios métodos.

En 1943, Marker se presentó en una compañía me­xicana, Laboratorios Hormona, S.A., cuyo negocio era la venta de fármacos y hormonas naturales de origen animal. Marker había procesado 2 Kgs. de progesterona, a partir de la raíz de una enredadera salvaje que crece en las sel­vas del sudeste de México, conocida como cabeza de ne­gro. Esta cantidad de progesterona equivalía a un alto porcentaje de la producción anual del producto y valía por aquel entonces unos 160000 dólares. Los dueños de Hormona S.A., E. Somlo y F. Lehmann, le invitaron a asociarse con ellos en la creación de una compañía para industrializar la producción de la hormona. En enero de 1944, dicha compañía se estableció en la ciudad de Mé­xico bajo el nombre de Syntex, S.A.

Durante el primer año del funcionamiento de Syntex, Marker obtuvo la suficiente progesterona como para inci­dir en el mercado mundial y hacer que el precio de ésta descendiera un poco más del 75%. Marker, sin embar-

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go, pronto tuvo discrepancias con Somlo y Lehmann y de­jó la empresa, llevándose las fórmulas de su proceso. Tras de buscar afanosamente a alguien que lo sustituyera, Som­lo dio con un prestigiado químico húngaro, George Ro- senkranz, quien de inmediato obtuvo progesterona por me­dio de un proceso diferente al de Marker y, a partir del mismo, prosiguió con las otras hormonas esteroides. Para 1950, Rosenkranz era director de operaciones científicas y técnicas de Syntex. Antes de 1949, el mercado de hor­monas sintéticas era reducido, porque se temía que las existencias de cabeza de negro no fueran suficientes y, además, la demanda mundial no era suficientemente fuer­te como para violar la patente de producto y uso’ que per­tenecía a las compañías europeas. Poor ello el cartel inter­nacional de hormonas no bajó sus precios hasta 1949. Es­te año fue importante para la industria mexicana de hor­monas esteroides gracias a tres descubrimientos, enlazados entre sí, que permitieron a esta industria dominar el mer­cado mundial :

1) Se descubre el barbasco, otra variedad botánica de la misma familia a la que pertenece la cabeza de negro, con las ventajas de ser más abundante, de tener el ciclo biológico más corto y de contener más diosgenina.

2) Se descubren y difunden las propiedades antiin­flamatorias de la cortisona por lo que aumenta enormemente su demanda.

3) En los Laboratorios Upjohn de E.U., el doctor D. H. Peterson descubre la forma de convertir la progesterona en cortisona.

Para la industria mexicana, lo importante de los des­cubrimientos anteriores, fue que los esteroides obtenidos de la diosgenina se empleaban como materias irntermedias

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para la elaboración de cortisona y sus derivados. A par­tir de 1949, los laboratorios Upjohn solicitaron de Syntex miles de toneladas de progesterona, para hacer frente a la demanda mundial de corticoesteroides.

De momento, los laboratorios europeos que habían tenido el oligopolio de la producción hormonal, a partir de productos animales, contraatacaron bajando los precios de sus especialidades. Syntex se quedó con la exclusiva de progesterona, y, en un momento dado, fue tan grande el pedido por parte de Upjohn que la compañía mexicana bajó aún más los precios de esteroide/gramo. Los com­petidores internacionales se vieron, así, obligados a utili­zar la materia prima mexicana pues sus procesos ya no eran costeables. Es importante tener en cuenta que, a partir de la diosgenina, es posible por medios químicos avanzar hacia casi todos los esteroides, y, a fines de los años cincuenta, “entre el ochenta y noventa por ciento de la producción mundial de hormonas esteroides provenían de México. De esta manera, la sede del control indus­trial cambió: el oligopolio europeo fue reemplazado por un monopolio mexicano. Asimismo, varió el instrumento que mantenía el control: pasó de la tecnología a las materias primas” (Gereffi, 1977:501).

A principios de los años cincuenta, Syntex no era el único productor de hormonas en el país, pero sí el más importante; y optó por tomar medidas protectoras a su cre­ciente inversión, que aseguraran su consolidación. Logró que el gobierno mexicano legislara a su favor y en contra de sus competidores mexicanos que no podían producir más que hormonas poco avanzadas. Por decretos presi­denciales, publicados en el Diario Oficial (7-V-1951 y 13-V-1955), se impusieron impuestos prohibitivos a la ex­portación de la materia prima y a los productos interme­dios claves que se podían derivar mediante simples proce­

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sos químicos. Además, se les negaba a los competidores de Syntex el permiso forestal necesario para recolectar y transportar barbasco. Syntex era la única empresa que po­día derivar productos más avanzados gracias a su mayor inversión en investigación y tecnología. Poco después, los demás productores lograron derivar productos más avanzados y llegar al paso fijado por los decretos presiden­ciales anteriores. Syntex, nuevamente, pidió que se ex­tendieran los impuestos prohibitivos a tres fases siguientes del proceso. Esta última petición le fue denegada pues los compradores norteamericanos y, luego, el mismo go­bierno de los Estados Unidos protestaron por los esfuerzos que México realizaba por aniquilar a los competidores de Syntex.

A fines de 1954, había seis firmas que competían con Syntex: tres mexicanas y tres norteamericanas. Estas últimas llegaron a comparecer ante el Senado de su país, alegando que sus esfuerzos para realizar operaciones en México eran bloqueados, pues el gobierno mexicano no les concedía permisos para recolectar la materia prima ni para exportarla, acusaron a Syntex de ser el causante del problema. Syntex propuso entonces al gobierno mexica­no una solución para seguir manteniendo su hegemonía. En dicha propuesta se imponían más condiciones a los pro­ductores extranjeros que a los proveedores nacionales. Es­to suscitó una reacción inmediata: durante el segundo se­mestre de 1955, seis compañías farmacéuticas norteameri­canas enviaron cartas de protesta al Consejero de Asuntos Americanos de la Embajada de los Estados Unidos en Mé­xico v al Secretario de Economía en México, arguyendo que dichas medidas iban contra todos los principios del li­bre intercambio y competencia. Y, además, presentaron el caso ante el gobierno de su país, el cual consideró que le era lícito tener jurisdicción en el asunto.

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Por otra parte, Syntex había comprado al gobierno de los Estados Unidos las patentes de tres productos hormo­nales que dicho gobierno había obtenido al serle entrega­da la filial norteamericana de Schering AG de Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial, en calidad de in­demnización. Una cláusula especificaba que nadie a quien se le otorgue una licencia puede formar monopo­lios y/o tratar de controlar la industria. Se consideró que Syntex había intentado restringir las actividades de otras empresas, y, por tanto, fue acusada en los Estados Unidos ante un Comité del Senado (julio de 1956), por supuesta violación de patentes.

Tres meses antes de comparecer ante el Senado, Syn­tex fue vendida a la Ogden Corporation, un consorcio in­dustrial norteamericano.5 Somlo abandonó la empresa y la nueva administración se mostró la más ferviente parti­daria de la libre empresa y competencia. Posteriormente, Syntex firmó un acuerdo de consentimiento con el Depar­tamento de Justicia norteamericano en el cual la compa­ñía negaba haber restringido las actividades de las otras empresas, pero prometía, simultáneamente, ¡no volverlo a hacer! A la vez, pidió a la Secretaría de Agricultura me­xicana que no se le otorgara ningún favoritismo, lo que abrió las puertas para que cualquier producto de esteroi­des entrara a México.

Al año siguiente, otras 9 empresas formaban parte de la industria mexicana de esteroides, todas ellas filiales de transnacionales. Para 1963, las 6 empresas originales ha­bían desaparecido —incluyendo a las norteamericanas— to­mando su lugar subsidiarias de empresas transnacionales, cuyo objetivo era el de surtir las necesidades de sus em­presas en el extranjero. Su meta ya no era conquistar la mayor parte del mercado mundial, al mejor precio, sino sa-

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tisfacer las necesidades de la empresa matriz al menor cos­to posible para la misma.

/inora bien, sería erróneo suponer que la dependen­cia de una industria del control extranjero estribe única­mente en la extranjería de su capital. En realidad, el control es un fenómeno de varios niveles, en el que el ca­pital, la tecnología, la red de comercialización y las habi­lidades administrativas indispensables pueden o no ser ex­tranjeras. El proceso de internacionalización de la indus­tria de esteroides mexicana comenzó con la dependencia de la tecnología extranjera y se remató con la creación de mercados de consumo fuera de México. La tecnología que se había logrado en el país era de proceso' y no de producto', es decir, los productos de las hormonas esteroi­des se desarrollaban, probaban, patentaban y comercializa­ban fuera del país. Los científicos en México sólo deter­minaban el proceso por medio del cual estos productos po­dían desarrollarse a partir de la diosgenina. Dicha tecno­logía permitió exclusivamente que la industria de esteroi­des nacional sobreviviera; en cambio, la tecnología de 'pro­ducto', llevada a cabo en el extranjero, hizo que prospe­raran infinidad de productos transnacionales.

Las compañías transnacionales vinieron a México, a partir de 1955, a incrementar su control en dos áreas in- terrelacionadas: a) materias primas, y b) precios. En lo que respecta a materias primas, hubo dos tendencias. La primera, de quienes establecieron filiales productoras en el país, trató de disminuir su dependencia aumentando el control de la fuente de abastecimiento. Esto lo llevaron a cabo estableciendo subsidiarias propias integradas verti­calmente. La segunda, de quienes no invirtieron en M é­xico de inmediato, buscó fuentes alternativas de abasteci­miento. Lina y otra tendencia contribuyeron a que la diosgenina del barbasco mexicano perdiera terreno respec-

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to a las otras materias primas empleadas para la obtención de esteroides. En 1955, la diosgenina obtenida del bar- basco mexicano representaba entre 80 y 90% de la pro­ducción mundial de esteroides, y, en cambio, a principios de los años sesenta, este porcentaje había descendido a la mitad (Gereffi 1977: 527).

A las razones anteriores, hay que añadir la participa­ción del gobierno mexicano que, por una falta de planea- ción y visión global de los procesos, ha terminado de re­matar y reducir el terreno de la diosgenina mexicana en el mercado mundial. Proquivemex (Productos Químicos Vegetales Mexicanos, S.A. de C.V.) fue creada por el go­bierno, en 1975, para controlar todas las transacciones re­lativas a la recolección, procesamiento y venta del barbas- co. Dicha compañía compraba directamente la raíz al campesino, la deshidrataba y la vendía a las compañías transnacionales al precio fijado por la misma compañía. Sin embargo, las políticas de la empresa no tenían en men­te un mercado mundial en el cual se maximizan beneficios y se minimizan costos. De esta suerte, Proquivemex que supuestamente protege al campesino elevó el precio del barbasco de 20 a 70 pesos el kilo, además de pedir a las empresas transnacionales subsidiarias que dedicaran el 20% de su capacidad instalada a maquilar productos de Proquivemex. Esta última medida iba encaminada a pro­teger los recursos naturales de México, promoviendo el crecimiento de una economía local. (Hay que recordar que para el campesino la recolección del barbasco consti­tuye una fuente de ingresos suplementarios, ya que su principal fuente de ingresos proviene del cultivo tradicio­nal de maíz, frijol, arroz, café y fruta). Por su parte, las empresas transnacionales se defendieron dejando de com­prar a Proquivemex (las víctimas son los recolectores) y, a la larga, la empresa estatal fue reemplazada, como nego-

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dador central con las transnacionales, por miembros de la burocracia federal.

En suma, el desarrollo nacional de la industria mexi­cana de hormonas esteroides se enfrenta a un dilema: ha­ce 20 años, cuando México podía tener una posición de fuerza para exigir a las transnacionales ganancias para el país, no lo hizo; actualmente, el Estado mantiene una po­lítica de demandas a las empresas transnacionales para que contribuyan a los objetivos nacionales mayores; pero, en cambio, ha perdido gran parte de su poder de negocia­ción. En otras palabras: propició, directa o indirecta­mente, la creación de fuentes alternativas que han venido a sustituir la necesidad internacional de la diosgenina me­xicana. Dicha diosgenina era atractiva internacionalmen­te al tener un precio levemente menor que las fuentes al­ternativas de aprovisionamiento; una vez que dicho precio aumentó más del 300% no hubo quien quisiera perder comprando nuestro barbasco.

La industrialización y la 'práctica profesional del ingeniero.

Existen cuatro factores, interrelacionados entre sí, que caracterizan la industria química nacional y, a la vez, le han dado matices a la práctica de la profesión del ingenie­ro químico en nuestro país.

1) Un desequilibrio entre la capacidad comercial de la planta química y el tamaño del mercado mexicano. A fines de los cuarenta, cuando el país se encontraba en buena posición crediticia, se planteó la necesidad de esta­blecer una industria nacional para no seguir importando productos químicos. Sus promotores sabían que tendría un mercado reducido y, por tanto, los costos de operación serían elevados. Por ello, el gobierno estableció una po­lítica proteccionista durante un cuarto de siglo (1950-

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1975), contribuyendo así a crear una industria química de escala reducida.

En cuanto a la práctica profesional, lo anterior influ­yó en un descuido del nivel tecnológico y en un mayor énfasis en el nivel administrativo. Para que exista un de­sarrollo en la tecnología tiene que existir un mercado ex­pasivo para el cual las empresas tengan no sólo que am­pliar su producción sino innovar métodos y productos que sean más costeables tanto para el productor oferente como el público demantante. En cambio, en industrias de es­cala reducida, la administración es prioritaria en aquellas situaciones en las que, por una falta de crecimiento, es más costeable una constante redefinición distributiva. Y el ingeniero químico, dada su visión global del proceso pro­ductivo, ha resultado ser un buen administrador por cono­cer las diferentes etapas de la producción, distribuyendo los insumos pertinentes a cada una de ellas.

Por lo anterior, se puede decir que el contexto mayor —nacional— en el que la industria química se encuentra enclavada, y la interacción de ésta con el mismo, le han dotado, más que de una lógica expansiva e inventiva, de una lógica conservadora. Sin embargo, a lo largo de la historia de la industria química, vemos que cuando una industria se vuelve expansiva a escala internacional alrede­dor de dicha industria se generan tecnologías y se realizan investigaciones: la plata en la Colonia, las hormonas este­roides en los años cincuenta y, posiblemente, el petróleo para un futuro. El caso de las hormonas esteroides mues­tra claramente el proceso por medio del cual investigación y tecnología se multiplican en derredor de las industrias expansivas a escala internacional. Dentro de Syntex se realizaban las investigaciones necesarias para encontrar los procesos adecuados para su industria. Por ello, la empre­sa trajo a científicos como Rosenkranz, Djerassi y Kauf-

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mann quienes “solicitaron la cooperación de la Universi­dad para que, en el Instituto de Química, se realizaran in­vestigaciones puras en el campo de los esteroides. Al aceptarse esta solicitud, los laboratorios Syntex 'proporcio­naron elementos como nufica se habían tenido antes en el Instituto: sobresueldos que permitieron que algunos in­vestigadores dedicáramos nuestro tiempo completo al Ins­tituto; aparatos y sustancias; microanálisis y partidas para gastos de emergencia y, sobre todo, la dirección técnica en un campo no cultivado hasta la fecha.. (Sandoval, 1965: 85). Todo esto terminó al perderse la independen­cia de Syntex.

2) La localización de las plantas industriales consti­tuye, asimismo, otro factor importante. Existe una gran tendencia a la centralización en el D.F., Guadalajara, Monterrey, debido a que la industria prefiere ahorrarse los gastos de distribución situándose cerca de sus merca­dos. El Estado promueve la descentralización pero se ha topado con una gran renuencia pues en la provincia la infraestructura básica necesaria (comunicaciones, trans­portes, agua, drenajes, habitación, escuelas) es deficiente. Los gobiernos de los estados, por su parte, esperan que la industria colabore a establecer dicha infraestructura. Pe­ro la industria se rige por una lógica económica y no so­cial, lo que ha llevado a verdaderos diálogos de sordos y a una centralización cada vez mayor.

Por otra parte, existen algunas industrias que prefie­ren la cercanía a las fuentes de abastecimiento de mate­ria prima. Sin embargo se encuentran con el problema de que sus profesionistas trabajan sólo por períodos redu­cidos de tiempo, ya que la vida en dichas zonas es difícil: no hay casi ninguno de los servicios de la vida moderna para sus familias, además de que ellos mismos se encuen­tran recluidos en un ambiente que ofrece pocas oportuni­

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dades para un mayor desarrollo personal (al menos esta es la ideología prevaleciente). De esta suerte, los profesio­nistas que laboran en dichos centros son aquellos que, re­cién egresados de la carrera, no pudieron conseguir traba­jo en las industrias centrales. Y, en cuanto pueden, de­jan estas plantas para acercarse más a los centros urbanos: algunas veces incluso a costa de un menor salario o de te­ner que realizar actividades que no pueden considerarse,

estrictamente, como ingeniería química (administrativas, ventas, etc.).

3) La subordinación tecnológica. Durante los cin­cuenta y los sesenta, el gobierno dio una gran protección a los primeros industriales que, dentro de una rama, sus­tituían alguna importación. Esto colocó en una posición privilegiada a plantas que no se caracterizaban por la pro­ducción de los mejores artículos, ni por el uso de la mejor tecnología, ni por la competencia de sus productos a esca­la internacional. Lo importante era la sustitución de las importaciones, haciendo caso omiso del tipo de tecnología

«usada. No se trataba de crear procesos para la elabora­ción de un producto, y, consecuentemente, dichos proce­sos fueron en su mayoría importados. Ahora bien, la tec­nología química es de por sí compleja: difícilmente se pue­de desglosar en sus componentes o adaptar a los factores locales. Por ejemplo: en la industria paraquímica (tex­til, hulera, de forma farmacéutica, empaque de alimentos, conversión de plásticos y películas), el desarrollo de la tec­nología original es llevado a cabo por el fabricante del equipo y/o de la materia prima (generalmente la compra es global). Los mecanismos de transferencia de esa tec­nología son mediante instructivos de uso de los equipos.Y la adaptabilidad de la tecnología a factores locales se lo­gra mediante: a) el uso directo del equipo, b) la simplifi­cación de controles, c) la sustitución de operaciones au­

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tomáticas a manuales, d) el diseño de nuevos productos (mejores para el mercado nacional).

Existen rasgos característicos de la tecnología dentro de los diferentes sub-sectores de la industria. Pero, en general, las ramas que se han desarrollado más son aque­llas en las que las dificultades paira su adaptación a las condiciones locales son menores. Esta es la razón por la que la industria petroquímica, por ejemplo, se empieza a desarrollar tan tarde en un país petrolero como el nuestro, pues su tecnología es altamente compleja y requiere de procesos continuos y condiciones físicas difíciles y estables.

El desarrollo de una tecnología innovadora es, ade­más de costoso, arriesgado (véase Apéndice). Por esto, en México, la industria química es de las que más pagan por regalías y tecnología y por servicios técnicos y soporte de operaciones (véase Tabla 1).

T A B L A 1 PAGO DE LA INDUSTRIA QUIMICA MEXICANA

AL EXTERIOR EN CONCEPTO DE REGALIASY ASISTENCIA TECNICA.

AÑO PAGO(en millones de pesos)

19671968196919701971197219731974

150.0172.6202.0182.4205.2242.7316.4394.3

Fuente: Valiente, 1977.

5$

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La dependencia tecnológica ha impedido que el in­geniero químico pueda hacer uso completo de sus conoci­mientos dentro de la industria. Desde el punto de vista del desarrollo de ésta, en el país se deben formar profesio­nistas capaces de desarrollar ingeniería básica que garan­tice la independencia tecnológica, así como los cuadros necesarios para realizar la ingeniería de detalle de los nue­vos proyectos que se esperan promover. Como ha seña­lado Valiente, en cuanto el país posee una industria de in­terés a escala internacional, como lo es el petróleo, se co­mienzan a desarrollar investigación y tecnologías propias. Pero, también a escala internacional, se pierde fácilmente el control de los diferentes factores que permiten la ex­pansión industrial.

4) El papel del gobierno. Este, con las medidas pro­teccionistas, impidió una competencia del producto quí­mico nacional a escala internacional. Por otra parte, sus políticas de descentralización no han logrado cambiar la localización de la industria química. Pero en un terreno importante el gobierno ha contribuido a la industrializa­ción: su apoyo a la educación.6 En los últimos años, di­cho apoyo ha producido más técnicos que los requeridos por la más optimista demanda. El énfasis en la educación universitaria tal vez ha descuidado la preparación de ma­no de obra especializada a nivel medio. Parece existir, en materia educativa y en general, una ausencia casi to­tal de planeación de políticas e inversiones.

Hemos mencionado en apartados anteriores la in­fluencia del proteccionismo estatal a la industria, y el cam­bio de énfasis de la acción gubernamental hacia políticas más ‘nacionales’ y sociales' en los setenta. Entre estos extremos existen dos lógicas diferentes de acción que tie­nen consecuencias disímiles para la profesión. La prime­ra marginó de sus actividades al ingeniero químico. La

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segunda, uno de cuyos ejemplos sería Proquivemex, obs­taculizó aún más el ejercicio de una profesión cuya razón de ser es el desarrollo industrial y la costeabilidad econó­mica en el procesamiento de los productos naturales para el beneficio del hombre. El beneficio social mayor que puede acarrear la ingeniería química es el desarrollo eco­nómico. Si el gobierno opta por políticas de lógica con­servadora el ingeniero químico pasará a ser un técnico in­flado cuya preparación resulta demasiado costosa para el país.

La enseñanza de la ingeniería química en México.

Arranque. Los técnicos de la industria química me­xicana, antes de 1914, eran extranjeros (ingleses, alema­nes, franceses) en su mayoría. La Primera Guerra M un­dial provocó el regreso de los mismos a sus países de ori­gen y la necesidad imperiosa de crear en México una es­cuela que formara técnicos nacionales. Por petición de los industriales al presidente Carranza, el 23 de septiem­bre de 1916 se inauguró en Tacuba la Escuela de Indus­trias Químicas con el fin de capacitar a personal mexica­no en los avances técnicos de la época. La escuela em­pezó a enseñar química industrial aplicada en los campos de perfumería, curtiduría y cerámica.

Formaba parte del Departamento Técnico de la Se­cretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, pero no na­ció dentro del marco nacional de las profesiones universi­tarias “liberales” (Medicina, Leyes, Ingeniería, Arquitec­tura): se limitaba a ser una escuela de oficios a la que se podía ingresar después de haber concluido la primaria.

El plan original —que había sido encargado a Rober­to Medellín, farmacéutico y a Juan Salvador Agraz, quí­mico graduado en Francia— incluía las carreras de Químí-

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co Técnico y Ensayador Metalurgista. Se inscribieron aproximadamente 40 alumnos y 30 alumnas, que contaban apenas con los laboratorios y salones de clase suficientes, instalados en forma por demás rudimentaria, en un edifi­cio de dos plantas casi en ruinas. Había dos tipos de pro­fesores: personas de oficio a cargo de los talleres y acadé­micos que pertenecían al sector ingenieril y al químico.

A Agraz —el primer director— le preocupaban dos co­sas: 1) la falta de recursos y las condiciones precarias de Ja escuela, que se traducían en una escasez de laboratorios (sin ellos era imposible efectuar el adiestramiento de una carrera supuestamente basada en prácticas); 2) elevar la escuela a la categoría de facultad universitaria y conver­tir así la carrera en profesión.

El 25 de diciembre de 1917, el Congreso de la Unión expidió una ley que otorgaba a la escuela el rango de fa­cultad. El 17 de enero de 1922, José Vasconcelos, Se­cretario de Educación Pública, firmó un acuerdo con el rector de la Universidad Nacional por medio del cual la Escuela de Ciencias e Industrias Químicas pasaba a ser una facultad dependiente de la Universidad Nacional.7 Además, se introducían otras dos carreras: una clásica, la de químico farmacéutico, y otra totalmente nueva, la de ingeniero químico.8 La Escuela de Farmacia, que basta entonces había sido anexa de la Facultad de Medicina, se incorporó a la Facultad de Ciencias e Industrias Químicas por su estrecha vinculación con la química.

La carrera de Ingeniería Química pretendía ser una respuesta a las necesidades de la industria química. En Europa, existía la carrera de químico industrial, que fa­cultaba para aplicar los conocimientos de la química a los procesos industriales. Así, el químico industrial podía es­pecializarse en un proceso particular sin poseer los fun-

í !

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damentos de los procesos químicos en general. La indus tria química hasta entonces —especialmente en su rama pesada— era coto de los ingenieros civiles y mecánicos: to­dos los avances de manufactura de los productos químicos se debían a cambios en las estructuras de las máquinas. Había que aplicar racionalmente conocimientos de quími­ca y física y por ello se pensó en otro tipo de ingeniería. Sin embargo, en 1918, cuando apareció el primer Plan de Estudios de la Carrera de Ingeniería Química y Doctor en Química, ninguna de sus materias versaba sobre la in­geniería química. Más bien, dichas materias coincidían con la idea europea decimonónica del químico industrial, debido, principalmente, a la formación europea del pro­fesorado.

Durante los primeros años de la escuela, y mientras se transformaba en facultad universitaria, algunos alum­nos ingresaron sin estudios de preparatoria o con ellos in­completos. Agraz, que tenía en mente transformar el ofi­cio en profesión, les brindó la oportunidad de asistir a cur­sos vespertinos o nocturnos en la Escuela de Altos Estu­dios que dirigía Antonio Caso.

Al inaugurarse la escuela se inscribieron sólo 10 alumnos en la carrera de químico técnico. En marzo del siguiente año (1917), llegaron 30 más. Cuando, en di­ciembre de 1917, se inauguró la carrera de ingeniería quí­mica, la mayor parte de los alumnos decidieron seguir en su carrera inicial de químico técnico, y sólo unos cuantos optaron por la más larga de ingeniería química.

En 1920, por acuerdo del Presidente Alvaro Obre gón, 10 estudiantes fueron enviados a Alemania a termi­nar sus carreras.9 La elección de Alemania se hizo por tres razones: a) por “desafrancesar” la cultura nacional, demasiado embebida de influencias galas; b) porque Mé­

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xico fue un país germanófilo durante la Primera Guerra Mundial; c) porque, en química, Alemania era un país importante: allá se realizaron las grandes creaciones de síntesis orgánicas que, en el siglo XIX, revolucionaron el comercio de materias primas. De este modo, ya fuera por deserción de algunos, por retraso en sus estudios de otros, y por haberse ido a Alemania otros más, no fue sino hasta 1925 que se titularon los cinco primeros ingenieros químicos egresados de la Facultad.

Cuando la facultad expidió estos 5 primeros títulos, se acordó convalidar a los titulados químicos técnicos con los ingenieros químicos para que todos egresaran con la mis­ma categoría. Así, con 16 químicos técnicos (aparte de otros 17 químicos farmacéuticos), se alcanzó un total de 21 egresados. A fines de 1925, los primeros 10 becarios retornaron a Alemania. (Existía cierto resentimiento de los que se habían quedado contra los que se habían ido, e incluso dieron en llamarlos “los importados”).

Los primeros empleos. La situación laboral —tanto para los recién egresados de la facultad como para “los importados”— era bastante desalentadora. De una parte, la Primera Guerra Mundial había concluido y los técni­cos extranjeros habían retomado a ocupar sus puestos. Además, la industria química nacional aún era muy pe­queña y en casi su totalidad se encontraba dirigida por europeos y norteamericanos. (Al terminar la guerra mu­chos más europeos migraron a América de los que retor­naron). De esta suerte, los jóvenes ingenieros químicos sólo encontraron plazas disponibles en el gobierno: cier­tas dependencias estatales como el Consejo Superior de Salubridad, la Secretaría de Industria, la Secretaría de Ha­cienda y la Secretaría de Guerra y Marina, les ofrecieron trabajo en los campos de análisis químicos, normas, con­trol de la producción petrolera y fabricación de azúcar y

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alcoholes, y en el control de los artículos producidos en sus establecimientos fabriles. Los sueldos que obtenían eran aproximadamente 400 pesos mensuales de promedio.

Paulatinamente, la industria privada los fue contra­tando en jabonerías, refinerías, ingenios y fábricas de pa­pel; pero, los puestos que obtenían siempre eran de se­gundo orden, subordinados a los de los técnicos extranje­ros (en las refinerías estaban los ingleses y en los ingenios los cubanos).

Su situación la describe el maestro LIrbina, que salió de la facultad en 1923 en los siguientes términos:

Cuando salimos a trabajar nadie entendía qué era un ingeniero químico. Las industrias esta­ban en un período predominantemente artesanal, por lo que la única oportunidad de progresar era la de saber un poco de todo, de ingeniería civil, de mecánica, de electricidad. El colmo era que también la hacíamos de curanderos. Gomo en las fábricas no había médicos ni enfermeras, al per­sonal que sufría un accidente lo curábamos y re­mendábamos como podíamos en el laboratorio.

El laboratorio era el destino de todos los ti­tulados de ingeniero químico. Como nos decían en aquel entonces: ingeniero o no ingeniero, ese va al laboratorio. Pero lo triste del caso era que nos mandaban ahí a buscar nada menos que la piedra filosofal: — Busque usted, señor ingeniero, un sustituto, que no sean los aceites, para que sal­ga más barato hacer jabón (en Amores, 1972: 26).

Todos “los importados” y muchos de los egresados fueron llamados a impartir clases en la facultad, ya que, al menos en un principio, todos permanecieron en la ciu­dad de México. Con ello podían aumentar sus ingresos con otros 100 o 150 pesos mensuales, por unas nueve ho­ras de clase a la semana.

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Evolución de la enseñanza. La escuela continuaba con un presupuesto exiguo. Faltaban maestros. La idea de los departamentos prácticos o fábricas piloto, consagra­dos a enseñar la fabricación de vidrio, hule, cerámica, per­fumería y jabonería había fracasado. Esa organización, como sistema de enseñanza, era demasiado cara. Además, quienes hacían funcionar los talleres eran personas de ofi­cio que no sabían enseñar. El único taller que duró un poco más fue el de perfumería, en el que algunos estudia­ban el oficio, pero cuya actividad era ajena a la composi­ción académica de la escuela. Algunos maestros que tra­bajaban en alguna industria trataban de que sus alumnos pudieran “aunque sea ver cómo” se fabricaban los pro­ductos químicos y organizaban visitas a fábricas (refine­rías, ingenios, plantas de sosa caústica y tintorerías). Por el contrario, el plan de estudios académicos parece que ha­da el año 1925 era “sensato y bueno” (Amores, 1972: 10): ya existía el curso de operaciones unitarias, impar­tido por Estanislao Ramírez, que utilizaba un libro que acabó siendo un clásico en la materia (Walker, Lewis, Gi- lliland and Mac Adams, Principies of Chemical Engine- ering).

El programa de 1926-1927 muestra que la carrera de ingeniería química era una mezcla de materias de la ca­rrera de químico a la que se habían sumado distintas ma­terias ingeníenles. Sin embargo, según muchos ingenie­ros químicos, era un plan acertado que contenía suficien­tes cursos básicos como matemáticas, física, físico-química, v química y lo que llamaban entonces “física industrial” (operaciones unitarias), impartida por Ramírez, a quien puede considerarse el introductor en México del estudio de las operaciones unitarias, esencia de la carrera.10

Existían grandes rivalidades entre el profesorado de la carrera, sobre todo, entre los químicos y los ingenieros.

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Un ejemplo de dicha pugna: los químicos no estaban de acuerdo con que la materia 'física industriar se llamara 'ingeniería química’, que era el nombre de la carrera. Es­ta querella hizo que, en 1932 ó 1933, cuando Ramírez dejó la Escuela de Ciencias Químicas, porque un grupo de alumnos se quejaron de sus métodos estrictos, se deja­ra de impartir el curso de física industrial. Así, durante dos años hubo una especie de interregno en la escuela y el maestro Lisci, tercer director de la Facultad de Ciencias Químicas, borró de la carrera todo lo que sonara a inge­niería química (Amores, 1972: 27).

Cuando Cárdenas fundó el IPN, se le encomendó a Ramírez el diseño de los planes de estudio para la Nueva Escuela Superior de Ingeniería Química e Industrias Ex­tractivas. Este puso los cimientos para una carrera con metas bien definidas, pero en un principio inviables por la falta de un profesorado que entendiera realmente el significado de la ingeniería química en el país. Sin em­bargo, al correr de los años, a medida que egresaron alum­nos que llevaron los cursos de física industrial, dicha ca­rencia dejó de constituir un problema.

Consolidación y auge. La Escuela de Ciencias Quí­micas se estancó desde la salida de Ramírez. En 1935, el Dr. Fernando Orozco11 y otros profesores fueron convo­cados por el Secretario General de la Universidad en nom­bre del Rector Ocaranza para elaborar un informe de la situación y un proyecto "para componer las cosas”. Po­co después de entregar su informe y proyecto Orozco fue nombrado director de la Escuela de Ciencias Químicas. El período 1935-1942 fue no sólo una de las épocas más brillantes de la escuela sino que marcó definitivamente el éxito de la ingeniería química como carrera. Se elabo­ró un nuevo plan de estudios "cuya característica funda­mental consistió en que se suprimió la Geometría Des­

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criptiva y las Nociones de Ingeniería Civil; se aumentó el número de cursos de Química Orgánica para sustituir­las por cursos optativos de tecnologías especializadas; se es­tableció que los alumnos hicieran prácticas formales y, so­bre todo, se sustituyó el curso de Física Industrial por tres cursos de Ingeniería Química” (Guerrero Torres, 1978:7).

Hacia 1940, la importancia que había tenido la es­cuela en el desarrollo industrial y el progreso de México se manifestaba por el crecido número de químicos que, para entonces, desempeñaban sus servicios en empresas. Antes de la Primera Guerra Mundial, la casi totalidad de los químicos empleados por la industria del país eran ex­tranjeros y su número no excedía de unos cien. Al ter­minar la Segunda Guerra Mundial, la cifra de extranje­ros se había reducido visiblemente y en cambio pasaban de un millar los químicos profesionales (Orozco, 1961: 812).

Por otra parte, a partir de los años cuarenta, la inge­niería química cobra un auge enorme en toda la repúbli- ac y se comienza a impartir en numerosos centros de estu­dios superiores. Esta proliferación es aún más notoria en la década de los sesenta: en 1970, el 33.5% de los titula­dos de las carreras de química, eran ingenieros químicos (González et al.y 1971: 94). Este impulso se explica princi­palmente por el auge de la industria química en México durante los 30 años que han dado en llamarse “el milagro mexicano”. De los profesionistas químicos titulados que trabajan en ella, el 49.47% son ingenieros químicos, y, si contamos aquellos con estudios incompletos, el porcentaje asciende al 67.77% (Orozco, 1961: 812). Se puede no­tar asimismo que a partir del año 1973, cuando la indus­tria química entró en crisis, la tasa de crecimiento del nú­mero de matriculados descendió.

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El traslado a la Ciudad Universitaria y los estudios de grado. En abril de 1957, se inició el traslado de la Es­cuela de Ciencias Químicas del local de Tacuba, y en 1963, la Escuela quedó totalmente integrada en la Ciu­dad Univeristaria. Desaparecieron los viejos talleres y la­boratorios para ser sustituidos por otros modernos y fun­cionales, capaces de llenar las necesidades del estudianta­do de aquel entonces. El 20 de junio de 1965, la Escue­la Nacional de Ciencias Químicas se convirtió en la ac­tual Facultad de Química, con la inclusión de la División de Estudios Superiores por acuerdo del Consejo Univer­sitario. Este último hecho fue de fundamental importan­cia para la profesión, no sólo porque los estudiantes po­dían realizar sus estudios de grado en México, sino por­que un nuevo espíritu profesional comenzaba a- surgir. En el Instituto de Química se realizaba investigación pu­ra. (La ingeniería química requiere de una investiga­ción enfocada a la solución de problemas pragmáticos y utilitarios ya que su fin es la industria). La División de Estudios Superiores está orientada a la resolución de pro­blemas de interés nacional. Sus investigadores, lejos de dedicarse a la ciencia pura, están interesados en la aplica- bilidad y en el desarrollo de una tecnología propia. Se puede afirmar que la División de Estudios Superiores es casi el único lugar de la República en el que se lleva a ca­bo investigación de Ingeniería Química y se realiza Inge­niería de Proyecto.

Sin embargo, aún entre dichos investigadores, el for­zoso espíritu mercantil ha de prevalecer. Su racionalidad y manera de abordar los problemas ha de ser pragmática y por ende los proyectos que realizan actualmente se en­cuentran subsidiados por la industria. Los investigado­res, además de su salario universitario, esperan una retri­bución de las industrias para las cuales realizan proyectos,

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Existe un acuerdo uníveisitario que permite al departa­mento de ingeniería química de la División ofrecer ser­vicios por contrato. Las utilidades de dicho contrato se reparten entre los investigadores que participan en el pro­yecto, más la División y la Facultad.

La investigación de ingeniería química y la ingenie­ría de proyecto es sumamente cara; sólo instituciones co­mo la UNAM pueden realizarlas. Existen en México sólo otros dos casos en que se ha llevado a cabo: el Gru­po Monterrey desarrolló el hierro poroso, al cual deben en buena medida el éxito de sus industrias. La otra institu­ción que lleva a cabo investigación de este tipo es PEMEX y su Instituto Mexicano del Petróleo.

Los investigadores y maestros de la División de Estu­dios Superiores no sólo dan clases a los alumnos de grado. Parte de su tiempo se dedica a la licenciatura y con ello pretenden dar una continuidad a los diferentes niveles, y, también, seleccionar y guiar a los alumnos que consideren idóneos para seguir estudios superiores. Contrariamente a los maestros por horas, los investigadores infunden un espíritu de mayor estudio y apego a los conocimientos. En general, consideran que en ingeniería química no es tan importante el tipo de materias que se imparten sino la forma en la que éstas son impartidas. Se preocupan más porque el alumno aprenda a identificar problemas y en­contrarles solución, utilizando la teoría adecuada.

El estudiante de grado, además de poseer más cono­cimientos, tiene acceso a grupos de investigadores que tra­bajan en los campos de mayor importancia dentro de la ingeniería química en Méxiro. Sin embargo, hay que hacer una distinción: el estudiante de maestría, por lo ge­neral, tiende a laborar en la industria privada, no así el de doctorado que, definitivamente, se halla más orientado hacia la investigación pura.

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Planes de estudio y socialización.

El contenido de los programas y de los planes de es­tudio de ingeniería química en la UNAM, de donde han egresado el 52.21% de los profesionistas titulados en inge­niería química (González et ah, 1971: 104), reflejan un constante “ajuste a las necesidades del campo profesional” (Stivallet, 1978). Los primeros ajustes consistieron en la inclusión de cursos de operaciones unitarias, además de una organización curricular coherente. A nivel de infor­mación técnica y teórica, dichos programas se han actua­lizado, como lo muestra la inclusión de los fenómenos de transporte, a fines de la década de los cincuenta y princi­pios de los sesenta, y la incorporación del manejo de com­putadoras para dotar a la profesión de una herramienta más poderosa a raíz de los trabajos de Bucay. (Es impor­tante aclarar que ambos cursos aparecen como materias optativas).

Los profesores entrevistados (2 de c^da 3) coincidie­ron en que, básicamente, los programas y planes de estu­dio de la licenciatura de la UNAM eran los mismos des­de hace cuarenta años. La mayoría de los intentos de transformación han concluido en la adición de una mate­ria más a las muchas optativas que ofrece la Facultad. Lo grave de esto es que muchos alumnos egresan de la carre­ra sin haber cursado materias fundamentales para la eje­cución y desarrollo de actividades que, supuestamente, de­sempeñan los ingenieros químicos.

A partir de los cambios introducidos por el Dr. Fer­nando Oirozco, no hubo ninguna modificación hasta el año 1966, cuando la Escuela se encontraba bajo la direc­ción del Dr. Madrazo Garamendi. Las modificaciones fundamentales, en esta ocasión, consistieron en la reduc­ción y división de la carrera de 5 años a nueve semestres, la disminución del número de cursos de análisis químico

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y dibujo, y la duplicación del número de materias optati­vas. Sin embargo, según los profesores, dichos cambios "fueron más formales que sustanciales” y en esencia el cu­rriculum continuó siendo el mismo. El alumno no sólo adquiere una serie de conocimientos formales sino que más fundamentalmente aprende una serie de valores y jerar­quías. Básicamente, dichas actitudes son las mismas des­de los años cuarenta, y constituyen el ‘ingrediente’ del in­geniero químico en todo el mundo: versatilidad y senti­do práctico, pues "la ingeniería química es una carrera uti­litaria, por eso el estudiante (y el profesionista) tiende a considerarla, y por ende a todos los conocimientos que ella implica, como un medio, no como un fin” (Bazbaz, et. al, 1970: 311).

Lo importante para el ingeniero químico es resolver los problemas que se presentan con un criterio económi­co: maximizando beneficios y minimizando costos. Se le enseñan los procesos esenciales de la transformación de la materia y se le induce a desarrollar una enorme versatili­dad para 'ingeniárselas’ en el logro de soluciones. Este tipo de actitudes son ciertamente contrarias a las que va­loran la búsqueda del conocimiento y la realización de ser­vicios y se encuentran proyectadas en la conducta del es­tudiante.

Es muy interesante observar la conducta de los estudiantes de carreras cuya demanda comercial es baja o nula y compararla con el comportamien­to de los estudiantes de Ingeniería Química. Pa­ra el alumno de ciencias puras es un orgullo ha­ber resuelto todos los problemas de tal o cual li­bro, saber algo que el profesor o el compañero no sabía, o comentar orgullosamente hajber leído un artículo de actualidad de alguna revista cien­tífica. Y es, por otra parte, altamente vergonzo­so copiar en un examen o tener un promedio ba­jo de calificaciones.Para muchos estudiantes de Ingeniería Química,

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en cambio, es motivo de orgullo servirse de for­mas ‘ilegales5 para no trabajar. Consideran mal a quien tiene un promjedio de calificaciones alto, a quien hace todos los problemas y todas las prác­ticas. Son muchos los que sólo tienen interés en aprobar las asignaturas: vencer todos los obstácu­los para empezar a trabajar y ganar dinero. Es corriente sentirse satisfecho de haber aprobado un examen sin tener idea de la materia (Bazbaz et. al., 1970: 311-312).

Si se observan detenidamente los planes de estudios y el supuesto contenido de las materias, se puede ver que la licenciatura capacita al ingeniero químico para utilizar procesos y lograr una meta única: la producción directa (Conacyt, 1976: 7-8). El sinnúmero de materias de ciencias básicas (física, matemáticas, físico-química, termo­dinámica) constituyen cursos de información exhaustiva de las áreas de conocimiento correspondientes. Pero no hay un intento de capacitación en el uso de dichos cono­cimientos, en elaboraciones sintéticas innovadoras. En pri­mer lugar, el alumno no está expuesto a ninguna área de conocimiento que le enseñe a definir problemas, a gene­rar objetivos de un proceso, a considerar limitaciones de tiempo, materiales y costos; en resumen, a diseñar y de­sarrollar una planta de proceso. Encuentra una serie de conocimientos fragmentarios, que sólo adquieren coheren­cia al ilustrar procesos ya establecidos. Sin embargo, al no exponérsele a realidades que susciten en su mente la concientización de problemas que él pueda solucionar con los conocimientos adquiridos, sólo puede relacionarlos a la explicación de procesos familiares. Además, los conoci­mientos adquiridos nunca llegan a ser suficientemente pro­fundos como para vislumbrar su relación con problemas no establecidos. En suma, la enseñanza de la ingeniería química y el contexto social mayor (características de la industria química, políticas gubernamentales, etc.), al uní­

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sono, condicionan a los profesionistas al tipo de activida­des que desempeñan, restándoles la posibilidad de reali­zar técnicas innovadoras que independizarían la tecnolo­gía nacional. El alumno, por el contrario, es enseñado a peípetuar el sistema ya existente.

Por otra parte, existe la muy difundida idea de que, si bien al licenciado en ingeniería química le está vedada la innovación tecnológica, ésta será “el pan de cada día” de los alumnos con estudios de grado (maestrías y docto­rados), pues “mientras que los ingenieros en general uti­lizan procesos o técnicas ya bien establecidas y su meta es esencialmente la producción directa, los graduados pueden desarrollar la capacidad para innovar dichos procesos o téc­nicas, en lo que concierne a sus aspectos fundamentales y aplicados (Conacyt, 1976). Esta idea demasiado difun­dida sirve de autojustificación a los ingenieros químicos quienes, aunque quisieran dedicarse a proyectar tecnolo­gías, se encuentran incapacitados por las circunstancias económico-políticas que mencionamos en el apartado de la industria química. Además, este aplazamiento aparente del desarrollo de actividades innovadoras que ofrece el sis­tema, mediante una prolongación del período de estudios, forma parte del creciente síndrome de 'credencialización' que ha surgido en México, al igual que en muchos otros países. En general, el fenómeno de credencialización de­fine la situación por medio de la cual las bases selectivas para el reclutamiento laboral tienden hacia una demanda creciente de escolaridad. Pero, en el caso concreto que nos ocupa, este fenómeno ampara asimismo a un reducido grupo ‘credencializado’ por sus estudios de post-grado pa­ra poder desarrollar las actividades que se supone son las fundamentales del ingeniero químico.

La educación del ingeniero químico se encuentra conducida por dos tipos de maestros que socializan al alum-

7J

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no de dos formas distintas y, hasta cierto punto, antagóni­cas. En primer lugar, tenemos al profesionista que sólo imparte unas cuantas horas de clase y cuya principal acti­vidad se desarrolla en la industria. En segundo lugar, es­tán los investigadores de tiempo completo que, como par­te de sus actividades, se dedican a la docencia. Unos y otros infunden diferentes tipos de actitudes a los alumnos y diferentes jerarquías de valores. Los primeros más mer­cantiles, los segundos más comprometidos con el conoci­miento, la investigación y la resolución de problemas a largo alcance. Existe una fuerte pugna entre ambos gru­pos de maestros sobre la orientación de la carrera; esta pug­na ha resultado en una orientación más utilitarista a ni­vel de licenciatura y en una inclinación hacia el conoci­miento y la innovación en la División de Estudios Supe­riores de la Facultad de Química. Ambos tipos de maes­tros reclutan hacia sus áreas de trabajo a los que, a su jui­cio, son los mejores alumnos. De esta manera, van lo­grando reproducir a los miembros de la tendencia laboral a la que pertenecen. Además, cada uno de ellos les in­funde al alumnado las actitudes propias del desarrollo de sus labores. Dado que en la licenciatura predomina el maestro de horas, la mayoría de los estudiantes reciben una socialización mercantilizante por parte de sus profe­sores.

La actitud mercantil del profesionista de la ingenie­ría química se puede ejemplificar con los resultados de una encuesta que se realizó en 1966 por la Facultad de Química de la UNAM, con la que colaboró el Instituto Mexicano de Ingeniería Química (IM IQ ) en la que se logran delinear las deficiencias que, al juicio del profe­sionista, existen en los conocimientos del ingeniero quími­co a nivel de licenciatura. De acuerdo a los entrevistados, eran fundamentales para una mejor práctica profesional,

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en orden decreciente: costos, hablar en público, píanea- ción, pronóstico de ventas, selección del personal, presu­puestos, organización, administración del personal, eva­luación de puestos, dirección de mesas redondas, control de producción, camino crítico, planeación financiera, eva­luaciones de proyectos, políticas de ventas, productividad y análisis de ventas (Oria y Horcasitas y Rojo y de Re­gil, 1968).

Estudios posteriores también sugieren una expansión de la carrera hacia terrenos de 'relaciones humanas' por encontrar esta materia de suma utilidad en la práctica pro­fesional (Bazbaz et. al., 1970): proporciona al ingeniero químico instrumentos para manipular, por ejemplo, al per­sonal obrero de las plantas. El contenido de la materia comprende temas como liderazgo, teoría de grupos, psico­logía industrial y control: un instrumento utilitarista más para un proceso mercantil.

Ambas investigaciones, pues, indican un claro sesgo utilitarista y mercantil de los profesionales. A pocos pa­reció preocupar la casi total ausencia de investigación y la carencia de una ingeniería de proyectos mexicana. Esta inquietud existía sólo entre las personas con estadios de doctorado (la mayoría de las maestrías son de administra­ción industrial y muy pocas de ingeniería química avan­zada) (Bazbaz et. al., 1970: 94).

El estudiante de grado, además de poseer más cono­cimientos, tiene acceso a grupos de investigadores que tra­bajan en los campos de mayor importancia dentro de la ingeniería química de México. Sin embargo, hay que hacer una distinción: el estudiante de maestría, por lo general, tiende a laborar en la industria privada, no así el doctorado que, definitivamente, se halla más orientado hacia la investigación pura.

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Mercado de trabajo y práctica profesional

La oferta y la demanda. Según el Censo Industrial de 1975, 125 000 personas trabajan en la industria quími­ca. De ellas, un 6% eran profesionistas químicos y la mi­tad de éstos eran ingenieros químicos. (Si se cuentan los ingenieros químicos que laboran en las industrias de procesos químicos se duplica el número de ingenieros quí­micos). En estudios realizados en la UNAM (Bazbaz, et. ah, 1970), se hacen cálculos de la probable demanda y oferta de profesionistas químicos hasta 1980. Según los autores, en 1972, había 5045 ingenieros químicos ocupados en la industria y se esperaba una demanda de 6000 más para 1980. Pero, entre 1976 y 1980, habrá 9 500 ingenieros químicos egresados de los centros de es­tudios superiores del país. Esta última cifra rebasa la de­manda en un 58%. En opinión de varios ingenieros quí­micos, esta cifra no es alarmante por las expectativas de trabajo que promete la petroquímica, tanto básica como secundaria, en el actual sexenio. Pero según otros, las perspectivas no son tan optimistas:

En apariencia, la demanda de personal que re­quiere la industria queda cubierta con los egre­sados de los centros de estudios existentes. En el caso de la carrera de ingeniero químico, en 1976 se impartió en 32 centros de enseñanza superior, en los cuales se tuvo una matrícula de 14 332 es­tudiantes en dicha carrera.. .Es más, se puede decir que la oferta de ingenie­ros es mayor que la demanda de los mismos. En un estudio que se realiza actualmente se encon­tró que se emplea uno de cada diez solicitantes de empleo, esto en la carrera de ingeniero quími­co. Visto de otra forma, se rechaza a nueve de cada diez solicitantes de empleo (Stivallet, 1978).

El fenómeno anterior es consecuencia, en gran me­dida, de que en la UNAM, a raíz del movimiento estu­

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diantil de 1968, hay una política de admisión a cantida­des de alumnos que está muy por encima de la capaci­dad de absorción tanto de la universidad como del merca­do laboral. Esto, además de llevar a una sobreproduc­ción de profesionistas, implica una creciente deficiencia en su preparación. Según el Ing. Bucay, entre los técni­cos egresados de las escuelas profesionales del país.

Sólo un 10% tiene todas las cualidades y carac­terísticas de preparación y habilidad que se tra­ducen en máximos resultados en su actividad pro­fesional. Alrededor del 30% puede considerar­se ‘capaz o capad table5 ( . . . ) : con guía adecua­da puede alcanzar niveles muy satisfactorios de desempeño. El resto, un 60%, representa un es­trato deficiente, de poca iniciativa, con limitado potencial de desarrollo (en Stiivallet, 1977: 5).

Por otra parte, es real que la creciente magnitud y automatización de las plantas industriales ha planteado una demanda de personal más capacitado. Según los in­dustriales, hay una proporción creciente de profesionistas entre su personal. Pero a este aumento de profesionistas no siempre corresponde un incremento proporcional de ca­pacitación. En las industrias más pequeñas y tradiciona­les, por otra parte, no se da un aumento de profesionistas: se sigue prefiriendo la experiencia en el trabajo.

¿Técnicos o administradores? La estructura de las actividades de los ingenieros químicos en las industrias más modernas y prósperas, según investigaciones realiza­das en la UNAM, entre más de 900 ingenieros químicos, es reveladora (véase Tabla 2). Otros estudios de la UNAM parecen coincidir más en sus estimaciones sobre las actividades del ingeniero químico (véase Tabla 3), y otros autores precisan aún más las cifras de las tablas an­teriores (véase Tabla 4).

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ESTRUCTURA DE LAS ACTIVIDADES DE LOS INGENIEROS QUIMICOS

EN LAS INDUSTRIAS M ODERNAS12 TABLA 2

Producción .............................................. 54%Promoción, planeación y desarrollo . . . . 40.2%Investigación .......................................... 39.9%Diseño ..................................................... 33.3%Servicios técnicos y comerciales........... 29.3%Dócemcia ................................................ 22.8%Gerencia General .................................. 3.5%

Fuente: Bazbaz, et. al., (1970).

TABLA 3

Dirección de empresas........................... 32.3%Producción ............................................... 18.2%Ventas ...............,..................................... 17.4%Proyectos y Diseños ............................. 16.4%Investigación y enseñanza ................... 10.5%Compras .......................................... .. 2.8%Análisis de laboratorio........................... 2.5%

Fuente: Oria y Orcasitas y Rojo y de Regil (1968).

TABLA 4

Producción y operación de plantas . . . . 27%Ventas y servicio técn ico ....................... 22%Proyectos y diseños ................................ 8%Compras ................................................ 3%Administración y gerencia ................... 26%Investigación y enseñanza ................... 11%O tro s ......................................................... 3%

Fuente: Giral y Montaño (1977; 92).

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La mayoría de los ingenieros químicos están ocupados ^n administración, operación de plantas y ventas. En cambio, muy pocos se dedican a proyectos y diseños y, menos aún, a investigación. Lo anterior se pudo compro­bar al examinar las actividades realizadas por todos los in­genieros químicos de la generación de 1960. Por ejem­plo, entre ellos sólo un individuo se dedicó a la investiga­ción (éste había sido el alumno más brillante de la gene­ración y no había permanecido en México, sino que ha­bía emigrado a Estados Unidos; en México no encontró dónde ni cómo ejercer su carrera, según sus compañeros).

En general parece haber un consenso entre los inge­nieros químicos de que en México: a) hay una subutili- zación de sus conocimientos y b) se emplea a dichos pro­fesionistas en puestos que fácilmente podrían ocupar téc­nicos u obreros calificados cuya preparación sería mucho menos cara. (Esta última opinión está más extendida en­tre los empleados y los obreros que están bajo el mando de los ingenieros químicos).

En casi todas las investigaciones citadas, prevalece la opinión de que los ingenieros químicos con estudios de grado no sólo ocupan puestos más altos, sino que ganan más dinero. Además, llegan más rápidamente a los pues­tos más altos dentro de las empresas (Bazbaz et. al., 1970: 82 y 94). Este fenómeno se puede atribuir tanto a la creciente credencialización que sucede en México para el reclutamiento laboral, como a la marcada preferencia que tienen las grandes empresas por reclutar a un personal que comulgue con el concepto que ellas tienen de la produc­tividad social. La especialización de la mayoría de los ingenieros químicos con grados de maestría es en 'admi­nistración industriar y, muy pocos, en cambio, estudia­ron ingeniería química avanzada (Giral et. al., 1977: 92- 93). El empresario que contrata a personas socializadas

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dentro de la mentalidad económica empresarial puede te­ner la certeza de que sus empleados de confianza serán quienes se polaricen contra los sindicatos, y carguen con la batalla y bandera del empresario.

Ritos de pasaje. Todas las investigaciones sobre la ingeniería química señalan que la carrera ocupacional tí­pica del ingeniero químico parece tener una secuela den­tro de la industria que le proporciona experiencia en los varios terrenos del proceso industrial. Dicha secuela se manifiesta en las siguientes áreas y orden:

1) Producción y operación de plantas;2) Ventas;3) Puestos técnicos directivos dentro de la empresa;4) Altos puestos administrativos o técnicos.Normalmente, el profesionista recién egresado co­

mienza su trabajo en producción y operación de plantas. Los conocimientos recién adquiridos en ciencias básicas (fisicoquímica, operaciones unitarias, matemáticas) y otras ramas ingeníenles se aplican con éxito. Sin embargo, du­rante esta fase los ingenieros químicos suelen notar defi­ciencias en su preparación de diseño de experimentos, ins­trumentación y control, programación y organización de proyectos. Dichas deficiencias son suplidas, generalmen­te, por medio de la abundante literatura sobre estos temas. Además, existen otras áreas en las que el nuevo profesio­nista tiene dificultades, tales como relaciones laborales, Ley Federal del Trabajo, medidas de seguridad laboral, prevención de contaminación, etc. Estos conocimientos, por lo general, son impartidos por la empresa como parte del entrenamiento del nuevo ingeniero. Los puestos en producción generalmente exigen mucho de parte del pro­fesionista: disciplina, horarios rígidos y en diferentes tur­nos laborales en plantas lejanas a los centros urbanos, don­de las condiciones de vida soji difíciles

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El segundo paso en la carrera del ingeniero químico es el período dedicado a “ventas”. Normalmente, el ven­dedor común no conoce suficiente física, química, físico- química, matemáticas, operaciones unitarias y otros aspec­tos de la ingeniería química, “que son indispensables para una inteligente relación entre productor y comprador, cuando se trata de productos complejos con usos diversos y para los que depende del modo de manejarlos, el grado en que su utilización resulte satisfactoria para el cliente” (Oria y Horcasitas y Rojo y de Regil, 1968: 14). (Este concepto del vendedor es similar al del agente de los laboratorios farmacéuticos que visitan a los médicos y que son contratados por saber manejar el lenguaje médico).13 Ahora bien, el ingeniero químico dedica par­te de su tiempo, cuando trabaja en ventas industriales, a actividades como el estudio del mercado potencial de su producto y de las posibles necesidades de cada cliente. Además, tiene que estudiar lo que ofrece la competencia y recomendar a su empresa diferentes alternativas de ven­tas. Por ello, el ingeniero químico no se considera un simple agente vendedor; pero ha dejado de ejercer la pro­fesión para la cual fue preparado y subutiliza sus conoci­mientos. Sin embargo, casi todos los ingenieros pasan por departamentos de venta con tal de dejar los puestos de pro­ducción; en aquéllos generalmente tienen salarios más ele­vados, pueden volver a los centros urbanos, trabajar duran­te el turno diurno, etc. Todas estas Ventajas’ coinciden muchas veces con las demandas que el ingeniero tiene en su vida familiar (necesidad de escuelas para sus hijos, ma­yores ingresos, etc.).

Por lo que toca a proyectar y diseñar, existe una fuer­te contradicción entre lo que los alumnos de una carrera de ingeniería química aprenden durante los años de estu­dio y lo que desarrollan durante la práctica de su profe­

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sión. La ingeniería de proyectos (véase Apéndice) ha cobrado mayor importancia durante los últimos años; in­cluso existen ya despachos de ingenieros que se dedican a ella, pero se limita al área de la ingeniería de detalle. Es­to se debe a que en México se facilitó la importación de tecnología durante los años en los que se fomentó un de­sarrollo industrial que sustituyera importaciones. De es­ta suerte, la ingeniería de detalle —que adapta la tecnolo­gía al medio mexicano— es la que más ha florecido. En cambio, la ingeniería de diseño y la adaptación de proce­sos se han visto descuidadas. En la actualidad, cuando en México han cesado las políticas desarrollistas, es más di­fícil aún que alguna industria esté dispuesta a pagar el diseño y ejecución de la innovación tecnológica. Sólo las universidades —subsidiadas por el Estado— pueden pro­porcionar este tipo de ingeniería al país, por lo que es im­portante que exista una buena relación universidad/indus­tria, e incluso subsidios económicos de la segunda a la pri­mera, si se desea que en México se cree tecnología. Pero ello muchas veces implica un costo político demasiado se­vero. A corto plazo, la dependencia tecnológica presenta más ventajas.

Un gran porcentaje de ingenieros químicos termina sus carreras en altos puestos administrativos. Este no sue­le ser el destino del ingeniero químico en países industria­lizados. Sin embargo, en México se ha dado dicho fenó­meno porque, de alguna manera, las circunstancias favo­rables para la creación de industrias requerían más de bue­nos técnicos y diseñadores. Además, no pocos ingenieros químicos iniciaron sus propias industrias. Y, como exis­tían medidas proteccionistas por parte del gobierno, y per- misibilidad de importación tecnológica, sus esfuerzos tu­vieron que concentrarse más en administrar las plantas. El ingeniero químico que llega a puestos administrativos ha

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pasado normalmente por los otros terrenos de producción, ventas y dirección en las industrias. Por ello, tiene un acervo de conocimientos del proceso industrial completo, conoce la industria química y ha aprendido a comunicar­se con el personal técnico. Cuando llega a los puestos administrativos altos puede echarse a la bolsa' la indus­tria y realizarlos fácilmente. Ahora bien, la preparación del ingeniero químico como administrador es deficiente tanto en la licenciatura como dentro de las mismas maes­trías en administración. No se les proporcionan suficien­tes conocimientos de relaciones laborales, comunicación, relaciones humanas, supervisión. Por ello, como ya he­mos señalado, en todas las investigaciones realizadas en la UNAM sobre las materias que los ingenieros químicos su­rgieren para la licenciatura, aparecen dichas materias en los primeros lugares. Todos aspiran a puestos administra­tivos altos, saben cuáles son lo pasos usuales a seguir en su carrera, y, por ende, desean ser preparados para ellos.

Académicos y subempleadgs. Otras actividades a las que los ingenieros químicos se dedican son la investiga­ción y la docencia. Aunque ya hemos hablado amplia­mente de éstas, haremos aquí mención de algunos de sus aspectos. La docencia ha sido una actividad auxiliar. La industria creció con mayor rapidez que las escuelas y ab­sorbió a todos los ingenieros egresados de ellas. Sin em­bargo, hacia fines de la década de los setenta, las univer­sidades y tecnológicos comenzaron a reclutar investigado­res y profesores de tiempo entre los ingenieros químicos. Esto se debió a) el abrirse paso en el mundo industrial comenzó a ser una tarea más difícil y b) las universida­des mejoraron sus retribuciones.

Por otra parte, existen numerosos ingenieros quími­cos que realizan actividades que podrían ser llevadas a ca~

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bo por operadores técnicos; por ejemplo, los manejadores de plantas que regulan el funcionamiento del equipo, los que aplican medidas de control y los que se encargan del mantenimiento, siguiendo proyectos diseñados por otros. En general, se considera que sin que estos profesionistas tengan un nivel inferior en la escala jerárquica de la plan­ta, sí están subempleados, o sea, no utilizan, en el desem­peño de sus labores, los conocimientos que han adquirido en su preparación profesional. Nuevamente encontramos que las industrias más modernas prefieren contratar a profesionales para realizar estas labores en lugar de dej ar­las en manos de obreros porque las empresas procuran mi­nimizar el número de plazas ocupadas por el personal sin- dicalizado con el cual suelen tener mayores problemas. (El ingeniero suele aceptar estos empleos por la falta de oportunidades en otros terrenos).

¿Perspectivas? Podríamos decir a manera de conclu­siones que la ingeniería química mexicana se enfrenta a un dilema: hace 40 años pudo haber proyectado la tecno­logía para el crecimiento y desarrollo que tuvo la industria química y no lo hizo. Una de las condiciones para desa­rrollar una industria fue precisamente la protección del Estado que creó industrias de escala reducida, con altos costos de operación y, por consiguiente, poco margen pa­ra íealizar investigación y crear tecnología. Actualmen­te, el Estado ha formulado una política explícita de inde­pendencia tecnológica, pero, en cambio, la industria quí­mica y de procesos ha dejado su fase expansiva y es bási­camente conservadora. Para que se desarrollen la inves­tigación y la innovación tecnológica las industrias han de expandirse hacia el mercado internacional. Pero la de­pendencia tecnológica de México se traduce, con mucho, en nuestra falta de experiencia en mercadotecnia inter­nacional y en nuestra falta de control sobre los factores que

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condicionan el crecimiento industrial. Hasta que el país logre el control sobre la demanda de sus productos y sea capaz de crearla, podrá dejar de amoldar técnicas extran­jeras para satisfacer las necesidades nacionales. Enton­ces, tal vez sería posible una industria propia e indepen­diente en donde el ingeniero químico podría comenzar a ejercer plenamente su profesión, y los administradores y vendedores las suyas.

A P E N D I C E

I n g e n ie r ía b a s ic a y d e p r o y e c t o

Uno de los aspectos fundamentales dentro de la pla- neación y desarrollo de las obras e instalaciones de plantas de procesos es el desarrollo de la ingeniería básica y de proyec­to necesario para su implemjentación.

El desarrollo de la ingeniería básica para las nuevas ins­talaciones de plantas industriales se lleva a cabo iniciaimen- te en forma experimental a nivel de laboratorio y posterior­mente en una planta piloto. La información obtenida en planta piloto es extrapolada a escala industrial por los inge­nieros de proceso mediante modelos matemáticos y fisicoquí- micos, haciendo uso cada vez más extenso de las computa­doras, hasta obtener la información básica del proceso en la que se fundamenta el desarrollo posterior del proyecto cons­tructivo.

Este paquete de información que constituye la ingenie­ría básica pasa al grupo de ingeniería de proyectos en don­de especialistas de varias disciplinas, como ingeniería quími­ca civil, eléctrica, mecánica y otras, desarrollan planos, ma­quetas, normas y especificaciones, que se aplican en la cons­trucción de las instalaciones. De tal trascendencia es el buen desempeño de estas actividades, que los países alta­

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mente industrializados han puesto una gran atención en crear y desarrollar grupos técnicos especializados que resuelvan las necesidades internas de ingeniería y a la vez presten asisten­cia a países de menor desarrollo, creando una dependencia tecnológica importante de éstos con respecto a aquéllos.

Esta dependencia se agrava cuando tales servicios se ofrecen en forma de “paquetes35, ya que obligan al usuario a disponer de técnicas básicas solamente en conjunción con ios servicios de ingeniería de proyectos y construcción, y difi­cultan a la parte receptora a contratar localmente o de otras fuentes del exterior aquellos servicios que así le convengan.

En México todavía no se ha logrado desarrollar una ba­se suficientemente sólida para generar la ingeniería básica que se necesita. Una excepción importante la representa el Instituto Mexicano dei Petróleo, donde se han desarrollado ya varios procesos comercializados por PEMEX, y algunas in­dustrias privadas que han formado grupos de ingeniería de procesos que están desarrollando nuevas tecnologías.

En cuanto al aspecto de ingeniería de proyectos, Méxi­co ha salido de la etapa de adquisición de plantas paquetes y se utilizan cada vez en proporción mayor firmas me­xicanas, tanto privadas como el propio IMP, para desarro­llar la ingeniería de detalle de los nuevos proyectos industria­les. Así, PEMEX 'ha pasado de contratar más del 85% de la ingeniería en el extranjero en 1965, a contratar únicamen­te el 30% en 1975. El IMP ha efectuado por encargo de PEMEX proyectos de plantas de refinación y petroquímica que están en operación en diversas partes de la República y que representan una inversión de 1 200 millones de pesos; y se están efectuando proyectos para 37 plantas mayores en­tre las que sobresalen las necesidades para tres nuevas refi- nierías y dos nuevos centros petroquímicos, que en conjunto representan una inversión superior a 11 000 millones de pe­sos. La capacidad total al presente en México eje las firmas de ingeniería de proyectos en el área industrial es de 4 mi­llones de horas-hombre. Sin embargo, se estima que en los próximos seis años se invertirán, solamente para el sector energéticos, 80 000 millones de pesos, que comprenden 5 000 millones en ingeniería y representan más de 7 millones de horas-hombre por año.

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1 La información de los párrafos siguientes está mayoritariamente sacada de la obra de Giral et. al., 1977.

2 Entre las industrias de productos básicos creadas en los años cin­cuenta están: fertilizantes (Guanos y Fertilizantes, que produce amoníaco sintético a partir de gas natural), fibras químicas (Ce­lulosa y Derivados), coque y derivados (Compañía Mexicana de Coque y derivados) y viscosa y derivados de la madera (Viscosa de Chihuahua y Montrose Mexicana).

3 Empresas tales como Guanos y Fertilizantes, Adhesivos Resistol, Negromex, y Química General obtuvieron los primeros premios (Diario Oficial, 1961) para producir fertilizantes complejos, brea, ácido sulfúrico y nítrico, fertilizantes granulados, detergentes no tóxicos, negro de humo, cetonas y fenol, lo que representó una

'inversión de 300 000 000 de pesos.4: Me he basado en los datos de Gereffi (1977) y en entrevistas con

algunos de los actores de la historia.5 Exiten diferentes versiones acerca de las causias por las que Som-

lo decidió vender Syntex: a) fue aconsejado por sus abogados a hacerlo; éstos eran, unos, norteamericanos y, otros, mexicanos que tenían acciones en Syntex y continuaron teniéndolas después de que Somlo vendió; b) la empresa había adquirido dimensio­nes difícilmente operables por un sólo hombre (era Somlo y no Lehmann, quien se encargaba de todas las decisiones, debido a un porcentaje mucho mayoir de acciones del primero); y, c) fue notificado que no podía contar con el apoyo del gobierno me­xicano ya que éste último tenía que evitarse problemas con el vecino del norte. Según parece hubo ciertas quejas de funcio­narios mexicanos del papel tomado por el gobierno mexicano en apoyo a Somlo. Sin embargo, no se sabe a ciencia cierta cuál fue la causa directa que ocasionó la venta. Probablemente, fue una combinación de factores.

6 De alguna manera se puede afirmar que el apoyo a la educa­ción incrementa la industrialización: los egresados de la carrera de ingeniería química pujaron por crear la industria mediana y pequeña que era inexistente en México en la rama de la quími­ca. Estos tuvieron éxito porque las circunstancias sociales, polí­ticas y económicas del país se lo permitieron. Pero también es cierto que, de no haber estudiado la carrera de ingeniería quk mioa, hubieran canalizado sus esfuerzos a otrais áreas de la eco­nomía.

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7 Existe desacuerdo en cuanto a la fecha en que la Facultad co­mienza a formar parte de la Universidad Nacional. La mayoría de los documentos sitúan este hecho el 17 de diciembre de 1917, cuando la Escuela se convirtió en Facultad. Sin embargo, en el Código Universitario del año 1922 se estipula que dicha Facultad pasa a formar paTte de la Universidad el primero de enero de 1922 (Código Universitario, Año 1922: 15).

8 El concepto de Ingeniería Química apareció en Inglaterra y en Estados Unidos, casi simultáneamente, hace menos de 100 años. La carrera de Ingeniería Química se impartió por primera vez en 1905 en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (Stiva- llet, 1975). En cambio, en Inglaterra la carrera se impartió mucho más tarde: hasta 1929 no se recibió el primer ingeniero qiuímico inglés (Stivallet y Valiente, 1975).

9 Los estudiantes que partieron de Veracruz en febrero de 1921 fueron: Luis de la Borbolla, Marcelino García Junco, Teófilo García Sancho, Fernando Orozco, Práxedis de la Peña, Alfonso Romero, Alberto Sellerier, Agustín Silache, Angel Soladle y En­rique Sosa Granados.

10 Estanislao Ramírez había estudiado ingeniería industrial en la Escuela Militar. Después obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Central de París. Cuando regresó, debido a su amistad con Vasconcelos, se le encomendó un estudio para la enseñanza de química industrial. Ramírez vislumbró que el futuro de la química industrial estaba en la ingeniería química como se cur­saba en Estados Unidos y por ello implantó en México el estu­dio de las operaciones unitarias.

11 (El Dr. Fernando Orozco entró a la Escuela Nacional de Indus­trias Químicas en marzo de 1917. Fue uno de los diez alumnos elegidos para estudiair en Alemania en 1920. Después de regre­sar de Marburgo fue contratado para trabajar en los Estableci­mientos Fabriles de la antigua Secretairía de Guerra y Marina, en donde formó el laboratorio de control para los productos de dicho establecimiento. Desde 1926 impartió el curso de análisis cuantitativo a sus mismos alumnos del año anterior. Fue Di­rector de la Escuela Nacional de Ciencias Químicas (1935-1942). Como director de la Escuela se movió para fundar el Instituto de Química del que fue su primer director. En 1950, dejó su cá­tedra de análisis cuantitativo, tras haberla impartido durante 23 años; también entonces renunció a la dirección del Instituto de

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Química. £n 1968, fue nombrado Profesor Emérito de la Fa­cultad de Química.

12 Las cifras constituyen un sesgo de la muestra: para delinear el perfil del ingeniero químico, los autores consideraron solamente a los profesionistas que laboraban en indutrias grandes. Ade­más, como ellos mismos admiten, las cifras no indican del todo la realidad ya que, por ejemplo, se indica que un 39.9% se de­dica a la investigación lo cual dista mucho de expresar la ver­dad, “probablemente se deba a un sesgo de la muestra... muy pocas personas (en realidad) hacen investigación pura” (Baz- baz et. al.: 114).

13 En países como Alemania, existen carreras universitarias en ven­tas especializadas.

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