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Cosas imposibles Cuentos fantásticos y de terror

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Cuentos fantasticos y de terror. Literatura. Narrativa

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  • Cosas imposiblesCuentos fantsticos y de terror

  • Cosas imposibles

    Cuentos fantsticos y de terror

  • Presidenta de la Nacin

    Cristina Fernndez de Kirchner

    Vicepresidente de la Nacin

    Amado Boudou

    Ministra de Cultura de la Nacin

    Teresa Parodi

    Jefa de Gabinete

    Vernica Fiorito

    Secretario de Polticas Socioculturales

    Franco Vitali

    Coordinadora Programa Libros y Casas

    Daniela Allerbon

  • Cosas imposiblesCuentos fantsticos y de terror

  • Coordinacin editorialDaniela Allerbon

    EdicinBrbara Talazac, Pilar Amoia, Ariadna Castellarnau

    CorreccinGabriela Laster

    Diseo de la coleccinBernardo + Celis / Trineo

    DiagramacinJimena Celis

    DigitalizacinCentro de Microfilmacin y Digitalizacin de la Biblioteca Nacional (Juan Abate, Mara Argello, Agustina Beyda, Ignacio Gaztaaga y Karina Petroni)

    Gestin de derechos de autorNatalia Silberleib, Mara Nochteff Avendao, Daniela Valeiro

    AgradecimientosFacundo Piperno, Laura Ponce, Patricio Vega, Melania Stucchi, Andrs Fogwill

    Asesoramiento en seleccin de imagen de tapaDireccin de Artes Visuales del Ministerio de Cultura de la Nacin

    Imagen de tapaAgustn Sirai

  • Programa Libros y Casas

    Libros y Casas es un programa que se lleva adelante desde el ao 2007 con el objetivo de democratizar el acceso a los libros y promover la lectura tanto en el mbito privado como en los espacios comunitarios a travs de distintas actividades.

    Hasta el momento ha entregado cien mil bibliotecas un milln ochocientos mil libros a cada una de las fa-milias que recibieron viviendas de los Programas Fede-rales de Construccin de Viviendas a lo largo de todo el pas, y ha llevado adelante ms de mil talleres de lectura. Se estima que el total de beneficiarios del programa al-canza el milln de personas.

    Los textos fueron especialmente editados y seleccio-nados para que las familias cuenten con una biblioteca bsica que incluye libros de ficcin para grandes y chicos, libros ilustrados, de historieta, manuales, libros histri-cos y periodsticos.

    El programa Libros y Casas ha sido tomado como mo-delo y fue replicado en Cuba (Bibliotecas Familiares) y en Chile (Maletn Literario). Su impacto en las prcticas de

  • lectura fue evaluado en el ao 2008 a travs de encues-tas en 13 provincias. De la informacin recolectada se concluy que la llegada de los libros impact de manera positiva en los hogares, adems de que gran parte de las familias contaban con menos de diez libros antes de reci-bir la biblioteca.

    En 2015, de acuerdo con las nuevas prcticas surgidas a partir de los cambios en el acceso a las nuevas tecnolo-gas y a su uso, el programa complementa sus acciones a travs de una plataforma web y libros interactivos explo-rando nuevas herramientas para promocionar la lectura.

    Esperamos que muchos viejos y nuevos lectores y lec-toras disfruten de estos libros.

  • Cosas imposibles

  • 11. Introduccin

    14. El aljibe / Mariana Enrquez Iban de vacaciones a Corrientes, a visitar a los tos maternos, pero eso era solo una parte del gran motivo del viaje, que Josefina no poda adivinar.

    32. El escuerzo / Leopoldo Lugones Con un violento ademn abri de par en par la caja. Lo que sinti fue de tal modo horrible que a los pocos meses muri vctima del espanto que le produjo.

    40. Despus del cine / Amalia Jamilis Los chicos no deben andar solos de noche dictamin la mujer. Recin entonces Misa repar en que eran realmente muy viejos, ms de lo que ella haba visto nunca. Se apret contra la pared y se cubri la cara con las manos.

    48. Cuentos de la Negra Tomasa / Alberto Laiseca Como a los treinta aos de este sucedido se meti a vivir en ese lugar abandonado, que todos tenan por lugar de fantasmas, una mujer joven con un cro de teta. Chiquito.

    52. gata / Patricia Surez Nadie pareca entender que ella no los recordaba; nadie se haba tomado el trabajo de advertirlos.

    74. La soga / Silvina Ocampo Todo un ao, de su vida de siete aos, Antoito haba esperado que le dieran la soga; ahora poda hacer con ella lo que quisiera.

    ndice

  • 78. El herrero Miseria / Ricardo Giraldes San Pedro, que se haba acomodao atrs de Miseria, le sopl: Ped el Paraso. Cayate, viejo le contest por lo bajo Miseria....

    92. Los buques suicidantes / Horacio Quiroga Todos, sin saber lo que hacan, se haban arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque.

    98. El poncho de vicua / Godofredo Daireaux Quin habla? El gaucho, sospechando que algo pasaba que no se poda explicar, les dijo: Pero no me ven ustedes? Y la contestacin, despus de corta vacilacin, fue la disparada rpida del matrimonio, y su desaparicin en el rancho cuya puerta se cerr con estrpito.

    114. El gato cocido / Roberto Arlt Yo viv un tiempo entre esa gente. Todos sus gestos transparentaban brutalidad a pesar de ser suaves. Jams vi pupilas grises tan inmviles y muertas.

    122. Los pasajeros del tren de la noche / Rodolfo Fogwill Claro que nadie le iba a contar a Diego que lo estuvieron dando por muerto y que le haban hecho misas.

  • Introduccin

    Lo fantstico est presente en la literatura de la misma manera que en la vida cotidiana. Se puede manifestar en cualquier tipo de obra y ocurre cuando el lector (o el per-sonaje de una obra) se enfrenta a un hecho imposible de explicar.

    Un hecho casual nos sorprende, nos perturba y nos obliga a preguntarnos hasta dnde llega nuestra percep-cin. Entonces dudamos, nos inquietamos. La duda es la esencia de lo fantstico y nace de la incgnita que cual-quier relato fantstico deja siempre colgando en el aire, como un hilo de seda que jams lograremos atrapar.

    Julio Cortzar sola hablar del sentimiento de lo fan-tstico porque para l la vida estaba llena de intersti-cios, pequeos espacios por los cuales poda infiltrarse cualquier cosa inesperada o un elemento que no poda explicarse segn las leyes de la inteligencia racional. Lo fantstico, por lo tanto, nos pone a prueba y nos sita en esa zona fronteriza de la existencia en la que no todas las explicaciones estn dadas, en la que los misterios no tie-nen solucin y en la que podemos vislumbrar brevemente el abismo de todo lo que no conocemos.

  • 12 Introduccin

    En 1940 Jorge Luis Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo publicaron Antologa de la literatura fantsti-ca que se transform en la plataforma de lanzamiento de una forma de escribir en la literatura argentina. Las ra-ces de este florecimiento tienen que ver en gran parte con la asimilacin en la literatura nacional de autores clsi-cos como Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1949), Villiers de lIsle Adam (Francia, 1838-1889), Prosper Merime (Francia, 1803-1870), Ambrose Bierce (Esta-dos Unidos, 1842-Mxico, 1914?) o Saki, seudnimo de Hctor Hugo Munro (Reino Unido, 1870-1916). Los rela-tos fantsticos no nos permiten huir mentalmente de la realidad, sino todo lo contrario: ponen en duda nuestros conceptos aprendidos y provocan una ruptura, un quie-bre con el pensamiento tradicional. En otras palabras: lo fantstico refleja la incertidumbre de lo real, abre inte-rrogantes donde antes haba certezas.

    La seleccin de autores que proponemos en esta an-tologa abarca una extensa lnea de tiempo y supone una representacin de los mejores ejemplos narrativos del g-nero fantstico en nuestro pas. En El herrero Miseria, de Ricardo Giraldes, nos encontramos con la clsica f-bula de un pobre hombre que pacta con el diablo, trasla-dada a la pampa. Si de finales aterradores se trata, el lector de esta antologa pasar miedo de verdad con Cuentos de la Negra Tomasa, de Alberto Laiseca, y El aljibe, de Mariana Enrquez, dos autores muy distintos entre s pero que encarnan lo mejor del gnero de terror en nuestro pas. La extraa confluencia entre lo real y lo fantstico aparece en los relatos dos autoras argentinas: Amalia Ja-milis, Despus del cine, y Patricia Surez, gata.

  • 13Introduccin

    A la vez universales y locales, todos estos autores gene-ran mundos propios que toman elementos de la realidad para presentarlos en un nuevo orden. As es como logran modificar los lmites de nuestra percepcin y nuestras concepciones estables, arrastrndonos hacia el otro lado del espejo, aquel en el que habita todo lo que no cabe en nuestra breve, endeble y frgil vida cotidiana.

  • Mariana EnrquezBuenos Aires, 1973

    Periodista y narradora argentina. Forma parte del grupo de escritores conocido como nueva narrativa argentina. Se ha desempeado profe-sionalmente como periodista y columnista en medios grficos, como el suplemento Radar del diario Pgina/12 (del que es subeditora). En 1994 public su novela Bajar es lo peor. Su libro Los peligros de fumar en la cama rene doce cuentos de terror.

    El aljibe es un cuento perfecto [...]. No es comn que un relato fantstico sea tambin un retrato social y psicolgico y que ambas vertientes se potencien, desborden tanto el realismo como el gnero y se intercambien resonancias y fantasmas.

    Quintn

  • El aljibe

    Josefina recordaba el calor y el hacinamiento dentro del Renault 12 como si el viaje hubiera sucedi-do apenas unos das atrs y no cuando ella tena seis aos, poco das despus de Navidad, bajo el asfixiante sol de enero. Su padre manejaba, casi sin hablar; su madre iba en el asiento de adelante y, en el de atrs, Josefina ha-ba quedado atrapada entre su hermana y su abuela Rita, que pelaba mandarinas e inundaba el auto con el olor de la fruta recalentada. Iban de vacaciones a Corrientes, a visitar a los tos maternos, pero eso era solo una parte del

    I am terrified by this dark thing That sleeps in me;

    All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.

    Estoy aterrorizada por esta cosa oscura que duerme en m;

    todo el da siento sus giros suaves, como de pluma, su malignidad.

    Sylvia Plath

  • 16 Mariana Enrquez

    gran motivo del viaje, que Josefina no poda adivinar. Re-cordaba que ninguno hablaba mucho; su abuela y su ma-dre llevaban anteojos oscuros y solo abran la boca para alertar sobre algn camin que pasaba demasiado cerca del auto, o para pedirle a su padre que disminuyera la ve-locidad, tensas y alertas a la espera de un accidente.

    Tenan miedo. Siempre tenan miedo. En verano, cuando Josefina y Mariela queran baarse en la Pelo-pincho, la abuela Rita llenaba la pileta con apenas diez centmetros de agua y vigilaba cada chapoteo sentada en una silla bajo la sombra del limonero del patio, para lle-gar a tiempo si sus nietas se ahogaban. Josefina recordaba que su madre lloraba y llamaba a mdicos y ambulancias de madrugada si ella o su hermana tenan unas lneas de fiebre. O las haca faltar a la escuela ante un inofensivo catarro. Nunca les daba permiso para dormir en casa de amigas, y apenas las dejaba jugar en la vereda; si lo ha-ca, podan verla vigilndolas por la ventana, escondida detrs de las cortinas. A veces Mariela lloraba de noche diciendo que algo se mova debajo de su cama, y nunca poda dormir con la luz apagada. Josefina era la nica que nunca tena miedo, como su padre. Hasta aquel viaje a Corrientes.

    Apenas recordaba cuntos das haban pasado en casa de los tos, ni si haban ido a la Costanera o a caminar por la peatonal. Pero se acordaba perfectamente de la visita a la casa de doa Irene. Ese da el cielo estaba nublado, pero el calor era pesado, como siempre en Corrientes antes de una tormenta. Su padre no las haba acompaado; la casa de doa Irene quedaba cerca de la de los tos, y las cuatro haban ido caminando acompaadas de la ta Clarita. No

  • 17El aljibe

    la llamaban bruja, le decan La Seora; su casa tena un patio delantero hermoso, un poco demasiado recarga-do de plantas, y casi en el centro haba un aljibe pintado de blanco; cuando Josefina lo vio se solt de la mano de su abuela y corri ignorando los aullidos de pnico para verlo de cerca y asomarse al pozo. No pudieron detener-la antes de que viera el fondo y el agua estancada en lo profundo.

    Su madre le dio un cachetazo que la habra hecho llo-rar si Josefina no hubiera estado acostumbrada a esos golpes nerviosos que terminaban en llantos y abrazos y mi nenita, mi nenita, mir si te pasa algo. Algo como qu, haba pensado Josefina. Si ella nunca haba pensado en tirarse. Si nadie iba a empujarla. Si ella solo quera ver si el agua reflejaba su cara, como siempre suceda en los aljibes de los cuentos, su cara como una luna con cabello rubio en el agua negra.

    Josefina la haba pasado bien esa tarde en casa de La Seora. Su madre, su abuela y su hermana, sentadas so-bre banquetas, haban dejado que Josefina curioseara las ofrendas y chucheras que se amontonaban frente a un altar; la ta Clarita, respetuosa, esperaba mientras tan-to en el patio, fumando. La Seora hablaba, o rezaba, pero Josefina no poda recordar nada extrao, ni cnti-cos, ni humaredas, ni siquiera que tocara con las manos a su familia. Solamente les susurraba lo suficientemente bajo como para que ella no pudiera escuchar lo que de-ca, pero no le importaba: sobre el altar descubra escar-pines de beb, ramos de flores y ramas secas, fotografas en color y blanco negro, cruces decoradas con lazos ro-jos, estampitas de santos, muchos rosarios de plstico,

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    de madera, de metal plateado y la fea figura del santo al que su abuela le rezaba, San La Muerte, un esqueleto con su guadaa, repetida en diferentes tamaos y materiales, algunas veces tosco, otras tallado al detalle, con los hue-cos de los globos oculares negrsimos y la sonrisa amplia.

    Al rato, Josefina se aburri y La Seora le dijo: Chi-quita, por qu no te acosts en el silln, and. Ella lo hizo y se durmi al instante, sentada. Cuando despert, ya era de noche y la ta Clarita se haba cansado de es-perar. Tuvieron que volver caminando solas. Josefina se acordaba de que, antes de salir, haba tratado de volver a mirar dentro del aljibe, pero no se haba animado. Es-taba oscuro y la pintura blanca brillaba como los huesos de San La Muerte; era la primera vez que senta miedo. Volvieron a Buenos Aires pocos das despus. La primera noche en casa, Josefina no haba podido dormir cuando Mariela apag el velador.

    ***

    Mariela dorma tranquilamente en la camita de enfrente, y ahora el velador estaba en la mesa de luz de Josefina, que recin tena sueo cuando las agujas fosforescentes del reloj de Hello Kitty marcaban las tres o las cuatro de la madrugada. Mariela se abrazaba a un mueco y Jose-fina vea que los ojos de plstico brillaban humanos en la semioscuridad. O escuchaba cantar un gallo en ple-na noche y recordaba pero quin se lo haba dicho? que ese canto, a esa hora, era seal de que alguien iba a morir. Y deba ser ella, as que se tomaba el pulso haba aprendido a hacerlo viendo a su madre, que siempre les

  • 19El aljibe

    controlaba la frecuencia de los latidos cuando tenan fie-bre. Si eran demasiado rpidos, tena tanto miedo que ni siquiera se atreva a llamar a sus padres para que la salvaran. Si eran lentos, se apoyaba la mano en el pecho para controlar que el corazn no se detuviera. A veces se dorma contando, atenta al minutero. Una noche haba descubierto que la mancha de revoque en el techo, justo sobre su cama el arreglo de una gotera tena forma de rostro con cuernos, la cara del diablo. Eso s se lo haba dicho a Mariela; pero su hermana, rindose, dijo que las manchas eran como las nubes, que se podan ver distin-tas formas si uno las miraba demasiado. Y que ella no vea ningn diablo, le pareca un pjaro sobre dos patas. Otra noche haba escuchado el relincho de un caballo o un bu-rro... pero las manos le empezaron a transpirar cuan-do pens que deba ser el Alma Mula, el espritu de una muerta que transformado en mula no poda descansar y sala a trotar de noche. Eso se lo haba contado a su padre; l le bes la cabeza, dijo que eran pavadas y a la tarde lo haba escuchado gritarle a su madre: Que tu vieja deje de contarle pelotudeces a la nena! No quiero que le llene la cabeza, ignorante supersticiosa de mierda!. La abuela negaba haberle contado nada, y no menta. Josefina no tena idea de dnde haba sacado esas cosas, pero senta que las saba, como saba que no poda acercar la mano a una hornalla encendida sin quemarse, o que en otoo tena que ponerse un saquito sobre la remera porque de noche refrescaba.

    Aos despus, sentada frente a uno de sus tantos psi-clogos, haba tratado de explicarse y racionalizar cada miedo: lo que Mariela haba dicho del revoque poda ser

  • 20 Mariana Enrquez

    cierto, a lo mejor le haba escuchado contar esas historias a la abuela porque eran parte de la mitologa correntina, a lo mejor un vecino del barrio tena un gallinero, a lo mejor la mula era de los botelleros que vivan a la vuelta. Pero no crea en las explicaciones. Su madre sola ir a las sesiones y explicaba que ella y su madre eran ansiosas y fbicas, que por cierto podan haberle contagiado esos miedos a Josefina; pero se estaban recuperando, y Marie-la haba dejado de sufrir terrores nocturnos, as que lo de Jose sera cuestin de tiempo.

    Pero el tiempo fueron aos, y Josefina odiaba a su pa-dre porque un da se haba ido dejndola sola con esas mujeres que ahora, despus de aos de encierro, planea-ban vacaciones y salidas de fin de semana mientras ella se mareaba cuando llegaba a la puerta; odiaba haber tenido que dejar la escuela y que su madre la acompaara a ren-dir los exmenes cada fin de ao; odiaba que los nicos chicos que visitaban su casa fueran amigos de Mariela; odiaba que hablaran de lo de Jose en voz baja, y sobre todo odiaba pasarse das en su habitacin leyendo cuen-tos que de noche se transformaban en pesadillas. Haba ledo la historia de Anah y la flor del ceibo, y en sueos se le haba aparecido una mujer envuelta en llamas; haba

    ledo sobre el uruta, y ahora antes de dormirse escuchaba al pjaro, que en realidad era una chi-ca muerta, llorando cerca de su ventana. No po-da ir a La Boca porque le pareca que debajo de la

    superficie del riachuelo negro haba cuerpos sumergidos que seguro intentaran salir cuando ella estuviera cerca de la orilla. Nunca dorma con una pierna destapada por-que esperaba la mano fra que la rozara. Cuando su madre

    UrutaAve

    nocturna.

  • 21El aljibe

    tena que salir, la dejaba con la abuela Rita; y si se re-trasaba ms de media hora, Josefina vomitaba porque la tardanza solo poda significar que se haba muerto en un accidente. Pasaba corriendo frente al retrato del abuelo muerto al que jams haba conocido porque poda sentir cmo la seguan sus ojos negros, y nunca se acercaba al cuarto donde estaba el viejo piano de su madre porque saba que cuando nadie lo tocaba, se ocupaba de hacerlo el diablo.

    ***

    Desde el silln, con el pelo tan grasoso que pareca siem-pre hmedo, vea pasar el mundo que se estaba perdien-do. Ni siquiera haba ido al cumpleaos de quince de su hermana, y saba que Mariela se lo agradeca. Iba de un psiquiatra a otro desde haca tiempo, y ciertas pastillas le haban permitido empezar la secundaria, pero solo hasta tercer ao, cuando haba descubierto que en los pasillos del colegio se escuchaban otras voces bajo el murmullo de los chicos que planeaban fiestas y borracheras; cuando desde adentro del bao, mientras haca pis, haba visto pies descalzos caminando por los azulejos y una compa-era le dijo que deba ser la monja suicida que aos atrs se haba colgado del mstil. Fue intil que su madre y la directora y la psicopedagoga le dijeran que ninguna mon-ja se haba matado jams en el patio; Josefina ya tena pe-sadillas sobre el Sagrado Corazn de Jess, sobre el pecho abierto de Cristo que en sueos sangraba y le empapaba la cara, sobre Lzaro, plido y podrido levantndose de una tumba entre las rocas, sobre ngeles que queran violarla.

  • 22 Mariana Enrquez

    As que se haba quedado en casa, y de vuelta a ren-dir materias cada fin de ao con certificado mdico. Y mientras tanto Mariela volva de madrugada en autos que frenaban en la puerta, y se escuchaban los gritos de los chicos al final de una noche de aventuras que Josefina ni siquiera poda imaginar. Envidiaba a Mariela incluso cuando su madre le gritaba porque la cuenta del telfo-no era impagable; si ella solo hubiera tenido alguien con quien hablar. Porque no le serva el grupo de terapia, to-dos esos chicos con problemas reales, con padres ausen-tes o infancias llenas de violencia que hablaban de drogas y sexo y anorexia y desamor. Y sin embargo segua yen-do, siempre en taxi, de ida y de vuelta, y el taxista tena que ser siempre el mismo, y esperarla en la puerta, por-que se mareaba y los latidos de su corazn no la dejaban respirar si se quedaba sola en la calle. No haba subido a un colectivo desde aquel viaje a Corrientes y la nica vez que haba estado en el subterrneo grit hasta quedarse afnica, y su madre tuvo que bajarse en la estacin si-guiente; esa vez la haba zamarreado y arrastrado por las escaleras, pero a Josefina no le import porque tena que salir de cualquier manera de ese encierro, ese ruido, esa oscuridad serpenteante.

    ***

    Las pastillas nuevas, celestes, casi experimentales, relu-cientes como recin salidas del laboratorio, eran fciles de tragar y en apenas un rato lograban que la vereda no pareciera un campo minado; hasta la hacan dormir sin sueos que pudiera recordar, y cuando apag el velador

  • 23El aljibe

    una noche, no sinti que las sbanas se enfriaban como una tumba. Segua teniendo miedo, pero poda ir al kiosko sola sin la seguridad de morir en el trayecto. Ma-riela pareca ms entusiasmada que ella. Le propuso sa-lir juntas a tomar un caf, y Josefina se atrevi en taxi ida y vuelta, eso s; esa tarde haba podido hablar como nunca con su hermana, y se sorprendi planeando ir al cine (Mariela prometi salir en mitad de la pelcula si haca falta) y hasta confesando que a lo mejor tena ga-nas de ir a la facultad, si en las aulas no haba demasiada gente y las ventanas o puertas le quedaban cerca. Ma-riela la abraz sin vergenza, y al hacerlo tir una de las tazas de caf al piso, que se parti justo a la mitad. El mozo junt los restos sonriente, y cmo no, si Mariela era hermosa con sus mechones de pelo rubio sobre la cara, los labios gruesos siempre hmedos y los ojos ape-nas delineados de negro para que el verde del iris hipno-tizara a los que la miraban.

    Salieron varias veces ms a tomar caf lo del cine nunca pudo concretarse y una de esas tardes, Marie-la le trajo los programas de varias carreras que podan gustarle a Josefina Antropologa, Sociologa, Letras. Pero pareca inquieta, y ya no con el nerviosismo de las primeras salidas, cuando deba estar preparada para lla-mar de urgencia a un taxi o a una ambulancia, en el peor de los casos para llevar a Josefina de vuelta a casa o a la guardia de un hospital. Acomod los mechones de largo pelo rubio detrs de las orejas y encendi un cigarrillo.

    Jose le dijo. Hay una cosa.Qu?

  • 24 Mariana Enrquez

    Te acords cuando viajamos a Corrientes? Vos ten-dras seis aos, yo ocho...

    S.Buen, te acords que fuimos a una bruja? Mam y

    la abuela fueron porque ellas eran como vos, as, tenan miedo todo el tiempo, y se fueron a curar.

    Josefina ahora la escuchaba atentamente. El corazn le lata muy rpido, pero respir hondo, se sec las ma-nos en los pantalones y trat de concentrarse en lo que deca su hermana, como le haba recomendado su psi-quiatra (Cuando viene el miedo, le haba dicho, pres-tale atencin a otra cosa. Cualquier cosa. Fijate qu est leyendo la persona que tens al lado. Le los carteles de las publicidades, o cont cuntos autos rojos pasan por la calle).

    Y yo me acuerdo que la bruja dijo que podan volver si les pasaba otra vez. A lo mejor podras ir. Ahora que ests mejor. Yo s que es una locura, parezco la abuela con sus boludeces de la provincia, pero a ellas se les pas, o no?

    Mariel, yo no puedo viajar. Vos sabs que no puedo.Y si yo te acompao? Me la banco, en serio. Lo pla-

    neamos bien.No me animo. No puedo.Buen. Si te anims, pensalo, qu s yo. Yo te ayudo,

    en serio.

    ***

    La maana que intent salir de la casa para ir a anotar-se en la facultad, Josefina descubri que el trayecto de la puerta al taxi le resultaba infranqueable. Antes de poner

  • 25El aljibe

    un pie en la vereda le temblaban las rodillas, y ya lloraba. Haca varios das que notaba un estancamiento y hasta un retroceso en el efecto de las pastillas; haba vuelto esa imposibilidad de llenar los pulmones, o mejor, esa aten-cin obsesiva que le prestaba a cada inspiracin, como si tuviera que controlar la entrada de aire para que el meca-nismo funcionara, como si se estuviera dando respiracin boca a boca para mantenerse viva. Otra vez se paralizaba ante el menor cambio de lugar de los objetos de su habi-tacin, otra vez tena que encender ya no solo la luz del velador, sino el televisor y la lmpara de techo para dor-mir, porque no soportaba ni una sola sombra. Esperaba cada sntoma, los reconoca; pero por primera vez sen-ta algo por debajo de la resignacin y la desesperacin. Estaba enojada. Tambin estaba agotada, pero no quera volver a la cama a tratar de controlar los temblores y la taquicardia, ni arrastrarse hasta el silln en pijama para pensar en el resto de su vida, en un futuro de hospital psiquitrico o enfermeras privadas, porque no poda re-currir al suicidio, si tena tanto miedo de morirse!

    En cambio, empez a pensar en Corrientes y en La Seora. Y en cmo era la vida en su casa antes del via-je. Record a su abuela llorando en cuclillas al lado de la cama, rezando para que parara la tormenta, porque le tena miedo a los rayos, a los truenos, a los relmpagos, incluso a la lluvia. Record que su madre miraba por la ventana con ojos desorbitados cada vez que se inunda-ba la calle, y cmo gritaba que se iban a ahogar todos si no bajaba el agua. Record que Mariela nunca quera ir a jugar con los hijos de los vecinos, ni siquiera cuando la venan a buscar, y se abrazaba a sus muecos como

  • 26 Mariana Enrquez

    si temiera que se los robaran. Se acord de que su padre llevaba a su madre una vez por semana al psiquiatra, y que ella siempre volva semidormida, directo a la cama. Y hasta se acord de doa Carmen, que se encargaba de hacerle los mandados y cobrarle la jubilacin a su abue-la, que no quera no poda, ahora Josefina lo saba salir de la casa. Doa Carmen llevaba diez aos muerta, dos ms que su abuela, y despus del viaje a Corrientes solo la visitaba para tomar el t, porque todos los encierros y terrores se haban terminado. Para ellas. Porque para Josefina, recin empezaban.

    Qu haba pasado en Corrientes? La Seora se haba olvidado de curarla a ella? Pero, si no tena que curar-la de nada, si Josefina no tena miedo. Pero entonces, si poco despus haba empezado a padecer lo mismo que las otras, por qu no la haban llevado con La Seora? Por-que no la queran? Y si Mariela se equivocaba? Josefina empez a comprender que el enojo era el lmite, que si no se aferraba al enojo y lo dejaba llevarla hasta un micro de larga distancia, hasta La Seora, nunca podra salir de ese encierro, y que vala la pena morir intentndolo.

    Esper a Mariela despierta una madrugada, y le hizo un caf para despejarla.

    Mariel, vamos. Me animo.Adnde?Josefina tuvo miedo de que su hermana retrocediera,

    retirara el ofrecimiento, pero se dio cuenta de que no le entenda solo porque estaba bastante borracha.

    A Corrientes, a ver a la bruja.Mariela la mir completamente lcida de golpe.Ests segura?

  • 27El aljibe

    Ya lo pens, tomo muchas pastillas y duermo todo el camino. Si me pongo mal... me das ms. No hacen nada. Como mucho, dormir un montn.

    ***

    Josefina subi casi dormida al micro; lo esper al lado de su hermana en un banco, roncando con la cabeza apoya-da sobre el bolso. Mariela se haba asustado cuando la vio tomar cinco pastillas con un trago de Seven-Up, pero no le dijo nada. Y funcion, porque Josefina despert recin en la terminal de Corrientes, con la boca llena de sabor cido y dolor de cabeza. Su hermana la abraz durante todo el viaje en taxi hasta la casa de los tos, y Josefina in-tent no partirse los dientes de tanto rechinarlos. Se fue directo a la pieza de la ta Clarita, que las esperaba, y no acept comida ni bebida ni visitas de parientes; apenas poda abrir la boca para tragar las pastillas, le dolan las mandbulas y no poda olvidar la rfaga de odio y pnico en los ojos de su madre cuando le dijo que se iba a buscar a la bruja, ni de cmo le haba dicho: Sabs bien que es al pedo con tono triunfal. Mariela le haba gritado yegua hija de puta, y no quiso escuchar ninguna explicacin; encerrada en la habitacin con Josefina, se qued toda la noche despierta sin hablar, fumando, eligiendo remeras y pantalones frescos para el calor de Corrientes. Cuan-do salieron para la terminal, Josefina ya estaba drogada, pero bastante consciente como para notar que su madre no haba salido de su pieza para despedirlas.

    La ta Clarita les dijo que La Seora segua viviendo en el mismo lugar, pero estaba muy vieja y ya no atenda

  • 28 Mariana Enrquez

    a la gente. Mariela insisti: solo para verla haban venido a Corrientes, y no se iban a ir hasta que las recibiera. En los ojos de Clarita asomaba el mismo miedo que en los de su madre, se dio cuenta Josefina. Y tambin supo que no las iba a acompaar, as que apret el brazo de Mariela para interrumpir sus gritos (Pero qu mierda te pasa, por qu vos tampoco la quers ayudar, no ves cmo est!) y le susurr: Vamos solas. En las tres cuadras hasta la casa de La Seora, que le parecieron kilmetros, Josefi-na pens en ese no ves cmo est! y se enoj con su hermana. Ella tambin podra ser linda si no se le caye-ra el pelo, si no tuviera esas aureolas sobre la frente que dejaban ver el cuero cabelludo; podra tener esas piernas largas y fuertes si fuera capaz de caminar al menos una vuelta manzana; sabra cmo maquillarse si tuviera para qu y para quin; sus manos seran bellas si no se comie-ra las uas hasta la cutcula; su piel sera dorada como la de Mariela si el sol la tocara ms seguido. Y no tendra los ojos siempre enrojecidos y las ojeras si pudiera dormir o distraerse con algo ms que la televisin o Internet.

    Mariela tuvo que aplaudir en el patio de La Seora para que abriera la puerta porque la casa no tena timbre. Josefina mir el jardn, ahora muy descuidado, las rosas muertas de calor, las azucenas exanges, las plantas de ruda por todas partes, crecidas hasta alturas inslitas. La Seora apareci en el umbral cuando Josefina localiz el aljibe, casi oculto entre pastos, la pintura blanca tan des-cascarada que era posible ver los ladrillos rojos debajo.

    La Seora las reconoci enseguida, y las hizo pasar. Como si las esperara. El altar segua en pie, pero tena el triple de ofrendas, y un San La Muerte enorme, del

  • 29El aljibe

    tamao de un crucifijo de iglesia; dentro de los ojos hue-cos brillaban lucecitas intermitentes, seguramente de una guirnalda elctrica navidea. Quiso sentar a Josefi-na en el mismo silln donde se haba dormido casi veinte aos atrs, pero tuvo que correr a buscar un balde, por-que haban empezado las arcadas; Josefina vomit fluidos intestinales y sinti que el corazn le obturaba la gargan-ta, pero La Seora le puso una mano en la frente.

    Respir hondo, criatura, respir.Josefina le hizo caso, y por primera vez en muchos aos

    volvi a sentir el alivio de los pulmones llenos de aire, li-bres, ya no atrapados detrs de las costillas. Tuvo ganas de llorar, de agradecerle; tuvo la seguridad de que La Seora la estaba curando. Pero cuando levant la cabeza para mi-rarla a los ojos, tratando de sonrer con los dientes apreta-dos, vio pena y arrepentimiento en La Seora.

    Nena, no hay nada que hacerle. Cuando te trajeron ac, ya estaba listo. Lo tuve que tirar al aljibe. Yo saba que los santitos no me lo iban a perdonar, que A te iba a traer de vuelta.

    Josefina neg con la cabeza. Se senta bien. Qu quera decirle? Estara de verdad vieja y ya loca, como haba dicho la ta Clarita? Pero La Seora se levant suspirando, se acerc al altar y trajo de vuelta una foto vieja. La reconoci: su madre y su abuela, sentadas en un silln, y entre ellas Mariela a la derecha y un hueco a la izquierda, donde deba estar Josefina.

    Me dieron una pena, una pena. Las tres con malos pensamientos, con carne de gallina, con un dao de mu-chos aos. Yo me sobresaltaba de mirarlas noms, eruc-taba, no les poda sacar de adentro los males.

    AEn la mitologa guaran, genio del mal.

  • 30 Mariana Enrquez

    Qu males?Males viejos, nena, males que no se pueden decir.

    La Seora se santigu. Ni el Cristo de las Dos Luces poda con eso, no. Era viejo. Muy atacadas estaban. Pero vos nena no estabas. No estabas atacada. No s por qu.

    Atacada de qu?Males! No se pueden decir. La Seora se llev un

    dedo a los labios, pidiendo silencio, y cerr los ojos. Yo no poda sacarles lo podrido y meterlo adentro mo porque no tengo esa fuerza, y no la tiene nadie. No po-da fluidar, no poda limpiar. Poda noms pasarlos, y los pas. Te los pas a vos, nena, cuando dormas ac. El San-tito deca que no te iba a atacar tanto porque estabas pura vos. Pero el Santito me minti, o yo no le entend. Ellas te los queran pasar, que te iban a cuidar decan. Pero no te cuidaron. Y yo lo tuve que tirar. A la foto, la tir al aljibe. Pero no se puede sacar. No te los puedo sacar nunca porque los males estn en la foto tuya en el agua, y ya se habr pudrido la foto. Ah quedaron en la foto tuya, pegados a vos.

    La Seora se tap la cara con las manos. Josefina crey ver que Mariela lloraba, pero no le prest atencin por-que trataba de entender.

    Se quisieron salvar ellas, nena. Esta tambin. Y seal a Mariela. Era chica pero era bicha, ya.

    Josefina se levant con el resto de aire que le quedaba en los pulmones, con la nueva fuerza que le endureca las piernas. No iba a durar mucho, estaba segura, pero por favor que fuera suficiente, suficiente para correr hasta el aljibe y arrojarse al agua de lluvia y ojal que no tuviera fondo, ahogarse ah con la foto y la traicin. La Seora

  • 31El aljibe

    y Mariela no la siguieron, y Josefina corri todo lo que pudo pero cuando alcanz los bordes del aljibe las ma-nos hmedas resbalaron, las rodillas se agarrotaron y no pudo, no pudo trepar, y apenas alcanz a ver el reflejo de su cara en el agua antes de caer sentada entre los pastos crecidos, llorando, ahogada, porque tena mucho mucho miedo de saltar.

    Este cuento se public en Los peligros de fumar en la cama.

    Si te gust...Otra vuelta de tuerca, de Henry James; Cementerio de animales, de Stephen King; El resplandor, dirigida por Stanley Kubrick; Los otros, dirigida por Alejandro Amenbar; Los expedientes secretos X, dirigida por Chris Carter;Cuentos asombrosos, dirigida por Steven Spielberg.

  • Leopoldo LugonesCrdoba, 1874-Buenos Aires, 1938

    Escritor, poeta, periodista y poltico argentino. Sus aportes crticos lite-rarios fueron fundamentales para que el personaje de Miguel Hernndez, el gaucho Martn Fierro, fuera el hroe pico de la literatura nacional. En-tre sus obras cabe destacar Lunario sentimental (1909), Historia de Sar-miento (1911), La guerra gaucha (1905) y Las fuerzas extraas (1906). Sus posturas polticas golpistas lo convirtieron en un personaje contro-vertido y polmico. Leopoldo Lugones se suicid en un recreo de Tigre el 18 de febrero de 1938.

    La literatura era uno de los espacios de esa disputa simblica, de la definicin de ese ser; quin entraba, quin quedaba afuera, a quin le correspondan la gloria y las riquezas. A un siglo de Independencia, la Nacin y el Estado requeran un poeta nacional: a eso se aboc Leopoldo Lugones. Y le sali bien. Tram su apellido con la historia de la literatura argentina. Y, ms trgicamente, con la historia argentina a secas.

    Gabriela Cabezn Cmara

  • Un da de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba la familia, di con un pequeo sapo que, en vez de huir como sus congneres ms corpulentos, se hinch ex-traordinariamente bajo mis pedradas. Ho-rrorizbanme los sapos y era mi diversin aplastar cuantos poda. As es que el peque-o y obstinado reptil no tard en sucum-bir a los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la vida semicam-pestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos. Adems, la casa estaba si-tuada cerca de un arroyo que cruza la ciudad, lo cual contribua a aumentar la frecuencia de mis relaciones con tales bichos. Entro en estos detalles para que se comprenda bien cmo me sorprend al notar que el atrabiliario sapito me era enteramente des-conocido. Circunstancia de consulta, pues. Y, tomando a mi vctima con toda la precau-cin del caso, fui a preguntar por ella a la vieja

    El escuerzo

    Congneres Personas, animales o cosas del mismo gnero o clase.

    Atrabiliario De mal carcter.

  • 34 Leopoldo Lugones

    criada, confidente de mis primeras empresas de ca-zador. Tena yo ocho aos y ella sesenta. El asunto haba, pues, de interesarnos a ambos. La buena mu-jer estaba, como de costumbre, sentada a la puerta de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato con la acostumbrada benevolencia; cuando apenas hube empezado, la vi levantarse apresuradamente y arre-batarme de las manos el despanzurrado animalejo.

    Gracias a Dios que no lo hayas dejado! exclam con muestras de la mayor alegra. En este mismo ins-tante vamos a quemarlo.

    Quemarlo? dije yo. Pero qu va a hacer, si ya est muerto?

    No sabes que es un escuerzo replic en tono misterioso mi interlocutora y que este animalito re-sucita si no lo queman? Quin te mand matarlo! Eso habas de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy a contarte lo que le pas al hijo de mi amiga la finada An-tonia, que en paz descanse.

    Mientras hablaba, haba recogido y encendido al-gunas astillas sobre las cuales puso el cadver del escuerzo.

    Un escuerzo!, deca yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso; un escuerzo! Y sacuda los dedos como si el fro del sapo se me hubiera pegado a ellos.

    Un sapo resucitado! Era para enfriarle la mdula a un hombre de barba entera.

    Pero usted piensa contarnos una nueva Batracomiomaquia? interrumpi aqu Julia con el amable desenfado de su coquetera de treinta aos.

    Batracomiomaquia Hace referencia

    a la obra cmica Batalla de las ranas

    y ratones, que se burla de la Ilada.

  • 35El escuerzo

    De ningn modo, seorita. Es una historia que ha pasado.

    Julia sonri.No puede usted figurarse cunto deseo cono-

    cerla Ser usted complacida, tanto ms cuanto que

    tengo la pretensin de vengarme con ella de su sonrisa.

    As pues, mientras se asaba mi fatdica pieza de caza, la vieja criada hilvan su narracin, que es como sigue:

    Antonia, su amiga, viuda de un soldado, viva con el hijo nico que haba tenido de l en una casita muy pobre, distante de toda poblacin. El muchacho trabajaba para am-bos, cortando madera en el vecino bosque, y as pasaba ao tras ao, haciendo a pie la jornada de la vida. Un da volvi, como de costumbre, por la tarde, para tomar su mate, alegre, sano, vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo haca, refiri a su madre que en la raz de cierto rbol muy viejo haba encontrado un escuerzo, al cual no le valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.

    La pobre vieja se llen de afliccin al escucharlo, pi-dindole que por favor la acompaara al sitio para que-mar el cadver del animal.

    Has de saber le dijo que el escuerzo no perdo-na jams al que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no descansa hasta que puede hacer con l otro tanto.

    Fatdica Que pro-nostica el porvenir y, sobre todo, la desgracia.

  • 36 Leopoldo Lugones

    El buen muchacho ri grandemente del cuento, in-tentando convencer a la pobre vieja de que aquello era

    una paparrucha buena para asustar a chicos molestos, pero indigna de preocupar a una persona de cierta reflexin. Ella insisti, sin embargo, en que la acompaara a quemar los restos del animal.

    Intil fue toda broma, toda indicacin sobre lo distante del sitio, sobre el dao que poda causarle, siendo ya tan vieja, el sereno de aquella tarde de no-viembre. A toda costa quiso ir y l tuvo que decidirse a acompaarla.

    No era tan distante; unas seis cuadras a lo ms. F-cilmente dieron con el rbol recin cortado, pero por ms que hurgaron entre las astillas y las ramas des-prendidas, el cadver del escuerzo no apareci.

    No te dije? exclam ella echndose a llorar.Ya se ha ido; ahora ya no tiene remedio esto. Mi padre san Antonio te ampare!

    Pero qu tontera, afligirse as. Se lo habrn llevado las hormigas o lo comera algn zorro hambriento. Ha-brase visto extravagancia, llorar por un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad de los pastos es daosa.

    Regresaron, pues, a la casita, ella siempre llorosa, l procurando distraerla con detalles sobre el maizal que prometa buena cosecha si segua lloviendo, hasta volver de nuevo a las bromas y risas en presencia de su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron. Despus de un registro minucioso por todos los rinco-nes, que excit de nuevo la risa del muchacho, comieron

    Paparrucha Paparrucha-da: tontera,

    sinsentido.

  • 37El escuerzo

    en el patio, silenciosamente, a la luz de la luna, y ya se dispona l a tenderse sobre su montura para dormir, cuando Antonia le suplic que por aquella noche, si-quiera, consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que posea y dormir all.

    La protesta contra semejante peticin fue viva. Es-taba chocha, la pobre, no haba duda. A quin se le ocurra pensar en hacerlo dormir, con aquel calor, dentro de una caja que seguramente estara llena de sabandijas!

    Pero tales fueron las splicas de la anciana que, como el muchacho la quera tanto, decidi acceder a seme-jante capricho. La caja era grande y, aunque un poco encogido, no estara del todo mal. Con gran solicitud fue arreglada en el fondo la cama, metiose l adentro, y la triste viuda tom asiento al lado del mueble, decidida a pasar la noche en vela para cerrarlo apenas hubiera la menor seal de peligro.

    Calculaba ella que sera la medianoche, pues la luna muy baja empezaba a baar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro, casi impercepti-ble, salt sobre el dintel de la puerta que no se haba ce-rrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeci de angustia.

    All estaba, pues, el vengativo animal, sentado so-bre las patas traseras, como meditando un plan. Qu mal haba hecho el joven en rerse! Aquella fi-gurita lgubre, inmvil en la puerta llena de luna, se agrandaba extraordinariamente, to-maba proporciones de monstruo. Pero, si no era ms que uno de los tantos sapos familiares

    Lgubre Triste, funesto, ttrico.

  • 38 Leopoldo Lugones

    que entraban cada noche a la casa en busca de insec-tos? Un momento respir, sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dio de pronto un saltito, despus otro, en direccin a la caja. Su intencin era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de su pre-sa. Antonia mir con indecible expresin de terror a su hijo; dorma, vencido por el sueo, respirando acompasadamente.

    Entonces, con mano inquieta, dej caer sin hacer ruido la tapa del pesado mueble. El animal no se de-tena. Segua saltando. Estaba ya al pie de la caja. Ro-deola pausadamente, se detuvo en uno de los ngulos, y de sbito, con un salto increble en su pequea talla, se plant sobre la tapa.

    Antonia no se atrevi a hacer el menor movimiento. Toda su vida se haba concentrado en sus ojos. La luna baaba ahora enteramente la pieza. Y he aqu lo que sucedi: el sapo comenz a hincharse por grados, au-ment, aument de una manera prodigiosa, hasta tri-plicar su volumen. Permaneci as durante un minuto, en que la pobre mujer sinti pasar por su corazn todos los ahogos de la muerte. Despus fue reducindose, re-ducindose hasta recobrar su primitiva forma, salt a tierra, se dirigi a la puerta y atravesando el patio acab por perderse entre las hierbas.

    Entonces se atrevi Antonia a levantarse, toda temblorosa. Con un violento ademn abri de par en par la caja. Lo que sinti fue de tal modo horrible que a los pocos meses muri vc-tima del espanto que le produjo.Un fro mortal sala del mueble abierto, y el muchacho estaba

    Amortajar Poner la mortaja

    (ropa o ves-tidura) a un

    difunto.

  • 39

    helado y rgido bajo la triste luz en que la luna amorta-jaba aquel despojo sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable bao de escarcha.

    El escuerzo

    Si te gust...El gabinete de un aficionado: historia de un cuadro, de Georges Perec; 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne; Final de juego, de Julio Cortzar; Psicosis, dirigida por Alfred Hitchcock; El cisne negro, dirigida por Darren Aronofsky; Lost, creada por J. J. Abrams y Damon Lindelof.

    Este cuento se public en Las fuerzas extraas.

  • Amalia JamilisBuenos Aires, 1936-Baha Blanca, 1999

    Escritora argentina. Su obra explora en ese espacio de confluencia entre lo real y lo fantstico incorporando elementos de la reciente historia argen-tina. Se inici como artista plstica, pero luego se desarroll en la escritura y gan numerosos premios. Su novela Los das de la suerte gan el premio Emec, en 1968, y el mismo ao gan el Pen Club Internacional por Detrs de las columnas.

    En Despus del cine, Amalia Jamilis se adelanta a su poca. Escrito poco antes de la dictadura militar de 1976, puede leerse hoy como una parbola sobre la sustraccin de nios nacidos en cautiverio.

    Mara Teresa Andruetto

  • El hombre muerto tomaba caf vestido con un pantaln brillante y un saco de alamares. La mujer se levant de la cama y con un dedo enguantado le seal algo que haba adentro de la taza. El hombre mir sonrien-do; mientras sonrea, la mujer abri su car-tera, sac un revlver y lo mat. El hombre se desplom hacia atrs con mucho ruido y estaba muerto, ya no volvera a tomar caf nunca ms. La mujer se puso un tapado de piel, como haca Olimpia en invierno, y un sombrero altsimo, le dio al muerto un beso en la boca y sali a la calle.

    Misa termin de comer el pop choclo y se dio cuenta de que Victoria no estaba; a lo me-jor haba ido hasta el bao, porque siempre que iba al cine con Victoria, ella se levantaba una o dos veces para ir al bao.

    Algunos asientos ms all, un hombre y una mujer viejos abran paquetes de caramelos. A su lado, una ru-bia bajita miraba la pelcula y se coma las uas.

    Despus del cine

    AlamarPresilla con botn que se cose a la orilla del vestido.

    Pop chocloPochoclo.

  • 42 Amalia Jamilis

    Ahora un vigilante con una estrella de plata arrastra-ba a la mujer del tapado de piel, ella se retorca y echaba espuma por la boca. Sonaban los silbatos y se encendan linternas, la mujer consegua escaparse y llegaba hasta una estacin blanca de nieve en el momento en que avan-zaba un tren. La mujer se arrojaba a las vas, haba luces, sombras y ms nieve y el tren la parta en mil pedazos.

    A su lado, la rubia se son fuertemente la nariz. La gente empezaba a levantarse y a ponerse los abrigos. Misa sali ltima y fue al bao, pero Victoria no estaba; tampoco estaba en el vestbulo.

    Al llegar a la esquina se dio cuenta de que era una noche muy oscura. A mitad de cuadra haban quedado las luces del cine y las voces; de pronto se encontraba caminando pegada a la pared, siguiendo a un hombre y a una mujer que ahora, detenidos y dados vuelta hacia ella, eran el hombre y la mujer viejos del cine que co-man caramelos.

    Hola dijo el hombre. Una nena sola.Los chicos no deben andar solos de noche dicta-

    min la mujer.Recin entonces Misa repar en que eran realmen-

    te muy viejos, ms de lo que ella haba visto nunca. Se apret contra la pared y se cubri la cara con las manos.

    No te asustes, nena dijo el hombre, acaricin-dole la cabeza. Solo queremos que vuelvas a casa, es muy tarde para una chica sola.

    Adems hace fro. Augusto, esta nena va desabrigada.Y no solo por el fro sigui diciendo el hombre.

    De noche nunca se sabe con qu cosa va a encontrarse una chica por las esquinas, sin contar a los murcilagos.

  • 43Despus del cine

    Me acuerdo que cuando muchacho los murcilagos me asustaban horriblemente. Y eso que nunca fui lo que se dice un cobarde, Magdalena. Pero esta chica est asus-tada. Sacate las manos de la cara, hijita, y decinos cmo te llams.

    Augusto, basta de decir tonteras. Lo nico que has conseguido es impresionar ms a la pobre criatura.

    Sabs muy bien que los chicos pequeos me inti-midan, Magdalena.

    Bueno, criatura, a ver, dnde vivs?No s dijo Misa, sin sacar sus manos de la cara,

    mirando a la mujer por entre los dedos abiertos.Pero cmo es que llegaste hasta aqu; estabas

    viendo el cine?S dijo Misa.Pobrecita, mandar a una nena tan chica sola al

    cine reflexion el hombre, como hablando consigo mismo. Hay gente desalmada. Cuando todava ejer-ca, conoc a una mujer que mat a su hija porque le ha-ba contado al padre que ella la dejaba todas las tardes en un cine para verse con su amante. Magdalena, si hu-bieses visto a aquella mujer no lo creeras. Pareca toda delicadeza.

    Augusto, no se puede decir que seas oportuno. Va-mos, nena. Quin te trajo al cine?

    Victoria dijo Misa, retirando por fin sus manos de la cara.

    Pero mir, Augusto, qu linda es. Me hace acordar a Tet. Los mismos rulitos castaos, la misma forma de la boca. Si Tet viviera tendra ahora dejame contar.

    Magdalena, no empecemos otra vez.

  • 44 Amalia Jamilis

    Siempre sostuve, Augusto, que en el fondo eras un hombre sin corazn. Cmo puede ser que no me permi-tas recordar a mi propia hija.

    Te hace mal, Magdalena. Despus te dan jaquecas. Acordate las que tuviste el ao pasado. Te dieron segui-do durante seis meses, por lo menos.

    Tet tendra treinta y dos aos dijo la mujer to-mando de la mano a Misa. Me acuerdo de ella como si fuera hoy.

    No quiero contradecirte, Magdalena dijo el hombre, pero no es sano lo que hiciste. Conservar sus cosas, su cuarto, todos estos aos.

    Era una manera de que Tet siguiera entre noso-tros. Y ahora esta chica.

    Magdalena.Podra ser, bueno, no recuerdo la palabra, una re-

    encarnacin. Eso.Magdalena, basta.No, Augusto, no voy a permitir que me grites en la

    calle. Cualquiera puede pasar, y entonces, qu pensar de nosotros?

    Tens razn, Magdalena, disculpame.Bueno, hijita, quin es Victoria?No s dijo Misa con un sbito escalofro.No sabe repiti el hombre. Mi Dios, cunta

    maldad hay en el mundo.Est helada y muerta de miedo dijo la mujer.

    Los dientes le castaetean; quin sabe desde cundo no come. Es bastante flaca. Los vestiditos de Tet le que-daran justos.

    Magdalena, no hables as.

  • 45Despus del cine

    Tendras que alegrarte, Augusto. Siempre dijiste que deba desprenderme de todas las cosas de Tet. De sus vestidos, de sus muebles, de sus fotografas.

    Si dije eso, lo dije por tu bien, Magdalena. A veces me pareci que te estabas por volver loca.

    Qu pods saber, Augusto. Si vamos a hablar cla-ro, nunca te destacaste por tu sensibilidad.

    Mentira. Sabs muy bien que soy fantico por la msica.

    Estamos hablando de cosas distintas, Augusto. Adems no podemos dejar a este pobre ngel aqu, sola y desamparada en mitad de la calle.

    Cierto. Hay que hacer algo. Podramos buscar la seccional de este barrio y dejarla all.

    Pero, qu ests diciendo. No puedo creerlo, esto es demasiado. Y si nadie la va a buscar. Qu quers que hagan con ella en la comisara? Cres que la van a ali-mentar, que le van a dar ropa de abrigo? Adems, sabs muy bien lo que le espera a esta criatura.

    S, el asilo.S, el asilo, s, el asilo se burl la mujer. Misa, en

    tanto, los miraba alternativamente, y su mirada fijaba detalles: el brillo dorado de los anteojos del hombre, el zorro de piel que la mujer llevaba arrollado al cuello.

    Augusto dijo la mujer. Si te opons, no tendr otro remedio que llevrmela a lo de Clotilde. Ella me la dejar tener con gusto.

    Habls como una chiquilina, Magdalena. Como si tuvieras dieciocho aos y estuvieras por fugarte de tu casa. Quiere decir que te quedaras con la chica en lo de Clotilde, en lo de esa chiflada.

  • 46 Amalia Jamilis

    Augusto, no te permito. Es mi hermana.Tens razn, Magdalena, disculpame.Ahora yo me pregunto, Augusto, podramos

    adoptar a una chica a nuestra edad?No intentars decir que penss en serio adoptar a

    la chica.Y por qu no? Despus de todo sera cuestin de

    imaginar que Tet se ha casado y que esta criatura es su hija. Algo tan fcil con sus rulos, con la forma de la boca.

    Es ridculo, Magdalena, a nuestra edad.Si se trata de gastos, no te preocupes, Augus-

    to. Emplear en ella mi propia renta. La mandar a un buen colegio. Los sbados a la tarde la llevar a tomar el t a Gath & Chaves. Cuando sea grande haremos fiestas para que se destaque. Todo lo que no pude darle a la po-bre Tet.

    No se trata de gastos, Magdalena.Entonces vamos yendo dijo la mujer. Se inclin

    sobre Misa y de pronto pareci recordar algo.Pero y tu nombre? Todava no te hemos pregun-

    tado el nombre. Cmo te llams?Se llamaba Mara Luisa, pero nadie la haba llamado

    jams as, de modo que permaneci callada. El zorro de piel la mir con su nico ojo gris que lanzaba destellos. Primero se retrajo, asustada ante aquel ojo luminoso; despus percibi el perfume de la mujer vieja, levan-t la cara y la mir y la cara de esa mujer le devolvi su mirada, y estaba llena de arrugas de risa. Entonces se atrevi; lentamente acarici la piel del zorro y dijo:

    Misa.

  • 47Despus del cine

    El hombre y la mujer la tomaron de las manos y em-pezaron a caminar con ella en el medio. Algunos nom-bres le subieron a los labios mientras caminaba. Sin voz dijo Victoria y dijo Cela, dijo Rogelio y dijo Pampa, dijo Nana y dijo Feroso; dijo algunos nombres ms. Cada paso que daba corresponda a un nombre.

    Se detuvieron junto a un auto; el hombre y la mujer la ayudaron a subir y la sentaron entre los dos; despus el auto se puso en marcha. Para cuando llegaran a des-tino ya ella se habra olvidado de todo.

    Si te gust...Detrs de las columnas, de Amalia Jamilis; Boomerang, de Elvio Gandolfo; El camino de los sueos, dirigida por David Lynch; Carrie, dirigida por Brian de Palma.

    Este cuento se public en Los trabajos nocturnos.

  • Alberto LaisecaRosario, 1941

    Escritor argentino. Trabaj en diferentes oficios en distintas provincias: fue cosechero, empleado telefnico y corrector de pruebas de galera en el diario La Razn. Protagoniz el antolgico programa de TV Cuentos de terror en I-Sat y present pelculas en el ciclo Cine de terror en Retro. Es autor de la monumental novela Los Sorias y de 19 libros ms en gnero novela, poesa y ensayo.

    La vieja pregunta es por qu seguimos leyendo (o pidiendo que nos cuenten) historias terrorficas? En primer lugar, porque nos divierten mucho. [] Pero hay todava una razn ms profunda: los monstruos existen en serio y todos lo sabemos.

    Alberto Laiseca

  • El hambre de los muertos

    La negra tomasa, todas las noches, acostum-braba contarle cuentos espantosos al nio de la casa. El chico se llamaba Virgilito. Era una rela-cin rara la de la negra con Virgilio, porque el pibe se mora de miedo con los cuentos que le contaba la mujer pero al mismo tiempo le gustaban.

    Virgilio te parece que esta noche te parece que esta noche tambin te cuente un cuento?

    S, contame.Pero ests seguro? Mir que este cuento es bas-

    tante espantoso, eh?No importa. Contamel. Me gustan.Bueno si vos mismo lo peds ta bien. Yo te lo

    cuento. Despus no te quejes, eh? No te vas a quejar despus.

    All en el viejo San Telmo, cerca del Bajo, haba una casa en esquina, formando ochava. Creo que toda-va existe esa casita. Estaba habitada por negros. Como

    Cuentos de la Negra Tomasa

  • 50 Alberto Laiseca

    era un lugar muy chiquito los negros estaban apilados uno arriba del otro. Y un da de esos vino la fiebre ama-rilla y los mat a todos. As que la casa qued llena de espritus. Se sentan ruidos raros ah. La gente no se animaba a pasar.

    Alaridos. Gemidos. Me quemo! Me quemo! Ten-go fuego en la cara, en la cabeza! Agua! Agua!. Y no haba nadie. El lugar estaba vaco.

    Como a los treinta aos de este sucedido se meti a vivir en ese lugar abandonado, que todos tenan por lu-gar de fantasmas, una mujer joven con un cro de teta. Chiquito. Todos le haban dicho: Margarita, no te me-tas ah porque es un lugar de muertos sin justicia. Te van a cortar la leche que tens para el cro. Entonces la mujer se enoj: Ah s? Usted habla eso porque tiene lugar, usted tiene casa, eh? Qu hago yo? Adnde voy a ir con el cro, debajo de un rbol?. Y se fue.

    Ahora, ruidos de cadenas la mujer no escuch. Ge-midos, voces, tampoco. (No haba ni una luz, ni un refle-jo). Lo que s, a pesar de que la mujer tena mucha leche, y que el nene tomaba como un desesperado, cada vez se estaba poniendo ms flaquito. Casi se le podan ver los gesos. Ms flaquito y ms flaquito. Entonces la mujer, desesperada, se fue a ver a la bruja de la vuelta. Era una

    mgica buena, que no haca malficos; al con-trario: cuidaba a la gente pobre. No bien lo vio al cro la bruja ya supo. Hiciste bien en venir, mhija. Son los muertos los que te estn sacan-

    do la leche. Como est todo oscuro vos sents que te chu-pan los pezones, y cres que es el nene. Pero no. Son los labios de los muertos los que te estn sacando la leche.

    MalficoMaleficio.

  • 51Cuentos de la Negra Tomasa

    Menos mal que la bruja era buena y los apa en su casa en un rinconcito a la mujer y a su cro hasta que se pudieran conseguir otra comodidad. Y le dijo la mgica: Ome bien, muchacha! dos das ms (dos das, eh?) que vos te hubieras quedado en la casa y el nene se te mora.

    No bien Virgilito comprendi que la negra haba ter-minado este cuento le dijo:

    Ootro! Contame otro!Nooo, qu otro. Te me pons a dormir ya mismo

    sin falta. Despus tu pap va a andar diciendo que no pods dormir porque yo te cuento historias raras. As que ahora te me pons a dormir inmediatamente. Te me taps, si no, van a venir los muertos sin justicia, eh? Te van a venir los muertos sin justicia. As que a dor-mir que hay chinches. A dormir. Ya mismo se me pone a dormir.

    Si te gust...Beber en rojo, de Alberto Laiseca; Los mitos de Cthulhu, de H. P. Lovecraft; A sangre fra, de Truman Capote; El hombre que volvi de la muerte, creada por Narciso Ibez Menta; El Espinazo del Diablo, dirigida por Guillermo del Toro; Terror en Amityville, dirigida por Andrew Douglas.

    Este cuento se public en Cuentos de terror de Alberto Laiseca (comp.).

  • Patricia SurezRosario, 1969

    Escritora y dramaturga argentina. En 2003 gan el Premio Clarn de No-vela por Perdida en el momento. Desde 1997 coordina talleres de narrati-va, literatura infantil y dramaturgia en instituciones educativas y centros culturales. Sus relatos figuran en numerosas antologas nacionales e in-ternacionales. En los ltimos aos se han puesto en escena varias de sus obras de teatro.

    Existen preferencias por algunas obras, cuentos o relatos?

    Siempre las hay: un relato, gata, por ejemplo, sobre una nia amnsica que podra recordar pero prefiere que no.

    Entrevista de Laura Rosso a Patricia Surez

  • Cuando ella baj de la camioneta y los vio a todos temblorosos como una hilera de lamos mecida por el viento, de pronto casi supo por qu los haba olvidado. El hombre flaco que conduca y deca ser pap le abri la puerta y la ayud a bajar. Hizo una sea a los dems, que ella no pudo ver porque el hombre esta-ba detrs de ella. Todos parecieron tranquilizarse al ver la sea. La primera en acercrsele fue la mujer obesa; tena el cuerpo como una pava, y l la abraz llorando y la bes en la boca y la palp como si quisiera reconocer la consis-tencia de su carne: cunto y en qu partes haba adelga-zado. Le caan las lgrimas sin que pudiera impedirlo, a la vez que murmuraba con voz pastosa y desesperada: Mi chiquita, mi chiquita; ola a pan, a blanco de puerros re-cin cortados. Ella no supo qu hacer, respondi al abrazo

    gata

    ... yo viva all tan exitosamente disfrazado ante m mismo de nio.

    James Agee

  • 54 Patricia Surez

    como hubiera respondido a una esquela en que la invita-ban a un casamiento a realizarse en un lugar demasiado lejano. Despus, la mujer gorda, que era mam, se sepa-r un momento de ella y vino lo que pareci una tromba marina levantando peces del lecho: dos muchachas, una que aparentaba ser mayor que ella y la otra, que apenas le llegaba a la otra al hombro, era sin duda la menor; eran la hermana mayor y la hermana menor. La mayor la mir a los ojos profunda y doloridamente; la menor, en cambio, fue reticente con ella: la desesperacin de la madre aca-baba de probar que la recin venida era la hija preferida. Despus se reuni alrededor de ella el grupo de ancianos y personas mayores que la abrazaban y la besaban, a ve-ces llorando o riendo entre los lloros, y aunque ella hizo el esfuerzo de encajar el nombre de cada uno con su rostro, segn cmo la haba adoctrinado el hombre que era pap, se le volvi imposible. Confundi al que deca ser to Jorge con el vecino de al lado, el agrimensor. Nadie pareca en-tender que ella no los recordaba; nadie se haba tomado el trabajo de advertirlos.

    La madre la llev hasta su cuarto, una habitacin pin-tada de rosa plido, con una cama cucheta contra una pa-

    red, un boudoir y un espejo de medio cuerpo para contemplarse contra la pared oeste. Haba una mueca de trapo sobre cada cama; estas muecas tenan el tamao de una chica de seis aos. Mam le explic que ella dorma anteriormente all con

    Nerea, la hermana menor, pero que por esos das Nerea haba mudado sus cosas al dormitorio de la otra herma-na, la mayor, Sofa, porque supusieron que ella querra es-tar sola. Quera ella o no estar sola? Porque si prefera, la

    BoudoirMueble con espejo para arreglarse.

  • 55

    madre misma poda quedarse a pasar las noches con ella hasta que se acostumbrara a su antigua casa. Ella mur-mur que no haca falta, que estara bien. Junto a la mesa de luz haba una fotografa suya en un portarretratos, de unos pocos aos atrs: cabalgaba un rosillo y son-rea. Mam not la intensidad con que ella miraba la fotografa, y le acarici el cabello, le dijo que todo iba a andar bien, que fuera lo que fuera que sintiera por dentro de ella con respecto a los dems se iba a arreglar, que no tuviera miedo, recalc, que ella no deba tener miedo nunca. Ella asinti y entonces mam pregun-t cmo la llamaban all y ella respondi gata. Mam le record que ella en realidad se llamaba Emma. Le pregun-t qu senta al saber que se llamaba Emma, si no le vena algn vago recuerdo, alguna imagen. Ella neg. Cmo, pregunt entonces mam, te llamaron gata cuando lle-vabas un dije colgado al cuello con la letra E?. Ella le dijo que no poda entenderlo tampoco: cuando lleg al pueblo, la gente le pregunt cmo se llamaba y ella dijo que no lo sa-ba, y un tiempo despus decidieron llamarla gata porque a una gata famosa le pas lo que a m, explic y que a ella le gustaba la sonoridad de ese nombre propio. Te gus-tara que te llamramos gata sabiendo que tu nombre es Emma?, la consult mam. Ella temi responder y de-fraudar a esa mujer gorda que era tan cariosa y atenta con ella, de manera que susurr, apenas audible: gata suena bonito. Nunca supo si la mujer obesa que era mam la ha-ba escuchado.

    Us la cama de abajo porque era la que al parecer tena el colchn ms suave y los muelles ms silenciosos, y como no poda conciliar el sueo, trat de contar ovejas: contaba

    gata

    RosilloCaballo de pelo blan-co, negro y castao.

  • 56

    hasta cuarenta o cincuenta imaginndolas tal como las ha-ba visto en el sur y luego perda la cuenta, pero no caa dormida en lo ms mnimo. A la medianoche o poco ms tarde, la hermana menor la que se llamaba Nerea, aunque quiz fuera Sofa, porque a ella an se le confundan en la cabeza sus nombres entr en la habitacin y sac algo de un cajn, unas medias blancas o tal vez fuera un paue-lo; ella cerr los ojos apretndolos muy fuerte, haciendo de cuenta que estaba dormida. La hermana menor, la de ojitos duros de ratn, se acerc y puso su rostro muy cerca del de ella, tanto que se poda olerlo (ola a unas frutas difciles de determinar, algo semejante al durazno o mezclado con el durazno), en voz muy baja, le pregunt: Emma, es-ts fingiendo? Ests fingiendo? No tens que fingir cuan-do ests conmigo. Emma. Emma. Ella abri los ojos y se qued mirndola sin comprender del todo el significado de sus palabras, y esta falta de comprensin puso en su mirada un aire helado, tanto que la hermana pequea se march, desairada. Mam oy los pasos de la hija andando de una habitacin a la otra, se disgust porque tema que algo fun-cionara mal y ella no lo hubiera previsto, y dijo: Quin anda ah?, y la hermana menor tuvo que contener la rabia y hubo de envalentonarse para contestarle: No es nada, mam, soy yo. Me olvid los soquetes. Bueno, dijo mam, no hagas ms ruido. Pero mam ya haba perdido el sue-o para ese entonces, y ella la oa debatirse en la cama por los ruidos que hacan los muelles. Se puso a conversar con

    el hombre flaco, de vientre hundido, que deca ser pap; hablaban en susurros, como si rezaran. A ella le llegaban rfagas de susurros ininteligibles y de cuando en cuando alguna que otra palabra.

    Patricia Surez

    MuelleResorte.

  • 57gata

    Mam pregunt a pap: Cres que la persona con la que estaba la habr...?, y l respondi: No s; era un hombre muy viejo, no creo que se haya atrevido. La mujer obe-sa ahog un sollozo: Y cmo vamos a saber? Nos odia? Volver a ser la misma de antes? Volver...?. La mujer se son la nariz con gran mpetu, y el sonido le hizo un poco de gracia a ella, tendida en su cama y desvelada tambin; un momento despus mam resoplaba: Ay, ya estoy san-grando! y pap la rega: No tens cuidado al sonarte. Prendieron una luz y luego la apagaron, y ella sinti que le llegaba ahora su querida oscuridad al fin y le dio la bienve-nida. En el escenario de su sueo, el viejo pasaba en puntas de pie: una sombra sigilosa.

    Haban sido siete horas las que viaj en un camin has-ta que se qued dormida y es de suponer que el camin avanz muchos kilmetros ms por la ruta, siempre ha-cia el sur, durante su sueo. El camionero la baj de un golpe a kilmetro o kilmetro y medio de un pueblo, ha-ba un cartel verde a la entrada con la leyenda SACRA-MENTO. Era medioda, y decidi quedarse por simpata con el clima seco o porque estaba desolada y su cuerpo no daba para seguir ms adelante, tena ampollas en los pies y le pareca que una o dos costillas estaban quebradas, las flotantes probablemente. Nada estaba en su sitio, segn pudo comprobarlo, ni la sombra, ni la luz, ni siquiera los gorriones chillones, y toda ella se impacientaba. Se qued a un costado de un caminito, bajo un sauce, desde donde vea la plaza principal del pueblo, una capilla y la estafe-ta de correos. De cuando en cuando pasaba un alma y se detena a mirarla, porque no la conocan y no salan de su

  • 58 Patricia Surez

    sorpresa al verla en ese estado, con el cuerpo magullado y la ropa rota. Al cabo de un rato, un grupo de seis o siete personas se reuni junto a ella, y la interrogaron, qu le haba pasado, por qu estaba as, si necesitaba algo, cmo se llamaba. Y ella respondi que no saba nada de s mis-ma y no pudo explicar si es que nunca haba sabido y esta ignorancia recin ahora se le revelaba o si este no saber consista, precisamente, en ser una persona. La llevaron a casa de una solterona, a menos de media cuadra, le dieron de comer y la hicieron tomar un bao; le procuraron ro-pas limpias aunque con olor a naftalina porque eran de la solterona cuando joven y an conservaba sus esperanzas. Discutieron si deban o no dar parte a la polica y ella su-plic que no, como si fuera una rea de la Justicia o como si hubiera cometido una falta que esperaba expiar en ese in-hspito paraje. La solterona se apiad de ella y decidi que era una joven dscola, que deseaba cambiar sus maneras o su conducta y para cambiar es primordial cambiar de aire, que haba huido de su hogar, tal vez enfrentada con los suyos, pero que se notaba a la distancia que era una buena persona. Era una joven robusta y los podra ayudar en las tareas de la casa o del campo; era tan alta y crecida que estimaron que tendra unos dieciocho aos: a nadie se le pas por la cabeza que poda ser una menor, y me-nos an, que tena tan solo catorce aos. Fue la solterona

    quien, animada por las luengas lecturas de no-velas de suspenso, tuvo la ocurrencia de llamarla gata, porque algo por el estilo le haba pasado a una gata famosa de las letras, y todos aprobaron

    la musicalidad del nombre y ella tambin: le gustaba te-ner un nombre ahora que haba dejado atrs todo lo suyo.

    LuengaLarga.

  • 59gata

    Vivi cuatro das con sus noches con la solterona, en un cuarto que la mujer haba preparado en sus aos mozos para los bebs que el destino le deparara; haba cortinas con visillos de encaje y polvo, sobre todo pol-vo, en el aire. La solterona la hizo coser vesti-dos y overoles para la gente del pueblo (haba unas mseras minas de cobre ms al oeste y los mineros siempre andaban necesitados de vesti-menta), pero ella no era hbil con las manos, de manera que la mujer se irritaba con gran facilidad cuan-do comprobaba su torpeza, platos rotos en el intento de lavarlos, y las medias de muselina zurcidas con las pun-tadas con las que se cosera un matambre. Evit cuida-dosamente enojarse con ella, y le pregunt entonces qu cosas le gustara hacer para ganarse la vida; no haba en Sacramento tiendas donde pudieran emplearla, a lo ms podan enviarla a la falda de la sierra, donde poda ser-le til al viejo Csimo, su cuado. Criaba ovejas y ahora estaba muy ocupado porque era el tiempo de las paricio-nes; tal vez poda darle una mano. Ella acept y al da siguiente, apenas despunt el sol, la solterona la mand montaa arriba a lo de su cuado.

    En la maana, mam le llev un florero con fresias al cuar-to donde ella descansaba, para alegrarlo con sus colores, y descorri de un solo impulso las cortinas para que entra-ra el sol, porque, dijo mam, donde entra el sol no entra el mdico. Estaba cantando o tarareando una tonada, una cancin sobre corceles y cascabeles que ella desconoca por completo. Le acerc las flores a la nariz y ella com-prob que solamente las fresias amarillas tenan perfume;

    VisilloCortina peque-a que se colo-ca en la parte interior de las ventanas.

    ParicinParto.

  • 60 Patricia Surez

    las blancas, las rosadas y las lilceas no lo tenan, ya fuera porque se resistan o porque no ponan empeo en dar algo de s mismas. Momentos despus, mam le trajo el desa-yuno a la cama: caf y mermelada de naranja mam dijo que la naranja era su fruta preferida, pero ella tampoco poda recordar esto para untarla sobre gruesas rebanadas de pan de campo. Le explic que ella no deba preocuparse por nada, ni por asistir a la escuela ni por nada, que poda estar en la cama todo el tiempo que quisiera hasta que se sintiera restablecida porque mam la vea muy espaola, expres; ella no supo en ese preciso instante qu signifi-caba la expresin muy espaola, pero infiri que era un modo de mam para decir enferma. Ella temi ofenderla aclarndole que ni estaba enferma ni tena deseos de que-darse quieta, y se call por respeto a esa mujer obesa que deca ser mam y en menos de veinticuatro horas, des-de que la viera llegar, se haba puesto juvenil y cantarina como una quinceaera. Ella permaneci en la cama hasta las once de la maana, aburrida, con el aire que tiene un transatlntico anclado en el puerto y que espera la visa del pas para partir. Vio a sus hermanas pasar cargando dos canastos enormes en los que iban metiendo la ropa negra de la que, al parecer, queran deshacerse: haban guardado luto por ella, dedujo, y ella no supo si deba sentirse o no honrada. Mam volvi como a las once y cuarto, se sen-t en la cama junto a ella, y le acarici la frente con una mano spera, de gente que trabaja muy duro. Traa un l-bum de fotografas, que le dej para que ella contemplara, y segundos despus se retiraba con pasos breves, pcara, sigilosamente: tena un aspecto tal de duende que acaba de cometer una travesura que a ella le suscit una oleada

  • 61

    de algo no exactamente igual pero semejante al cario. El lbum ola a cebollas crudas y a rbanos y estaba forrado con felpilla y a uno no se le iban las ganas de pasar la mano por encima de las tapas a cada ratito. Ella lo abri y con-templ con prisa las fotografas en blanco y negro: las pri-meras no despertaron su inters (mam de trajecito ingls y capelina blanca y pap con traje brilloso, casndose de-lante de un cura; ella y las hermanas de bebs en la pila bautismal), y solamente se detuvo en las ltimas, que eran ya fotografas en color: ella y sus hermanas. De la menor, no poda prcticamente decir nada, era evidente que ha-ba salido a la madre: gorda, con la cara redonda como una luna, la nariz chata, los ojos oscuros; pero la mayor se pa-reca a ella a un punto tal que cuando estaban una al lado de la otra en una fotografa era imposible identificar cul era cul: flacas, con piernas de cigea, el cabello ensorti-jado, y un corte de cara especial, hexagonal, que pareca, segn ella vea en el lbum, una marca de familia por la parte del padre. Haba tenido poca oportunidad de obser-var atentamente a la hermana mayor y sin embargo desde el primer momento recibi el impacto del parecido. Haba una mujer ms con este extrao rostro hexagonal y pelo ensortijado, que apareca en las primeras fotografas, las de blanco y negro, sosteniendo a la hermana menor en una iglesia, probablemente era su madrina; debajo deca: Ta Marta con Nerea, 1977. Estaba segura de que si hurgaba en ms imgenes del pasado familiar, acabara por encontrar ms parecidos fsicos entre los parientes y ella. Ella perte-neca a esta familia, ya no caba duda; no sinti alegra ni tristeza de saber que este era su lugar en el mundo, junto a esta gente por la que no senta ningn tipo de aprecio, ms

    gata

  • 62 Patricia Surez

    bien la embarg en ese momento una especie de timidez, y la creencia de que ella en realidad los estaba estorbando.

    Cenaron muy tarde, pap sentado a la cabecera de la mesa, y las mujeres a los lados. Haba una seora mayor que

    haba cocinado amarillitos fritos y ahora los ser-va, y tena especial atencin cuando se acercaba a ella porque, deca, haba sido su nana y no po-

    dra quererla ms si ella hubiera sido una hija propia. Ella mir inquisitivamente a su hermana mayor y eran lo que vulgarmente se llama dos gotas de agua; se pregunt en-tonces si no habran sido gemelas, y si ella no sera una ge-mela extraviada, pero todos decan que haca cinco meses que faltaba de casa, cinco meses, no toda una vida. Casi no conversaban ni con ella ni siquiera entre ellos mismos y ella no supo dirimir si se deba a que su presencia los inhiba o si era que ellos eran ms bien de carcter seco. Pap comunic que en cuanto ella se adaptara haran una especie de fiesta, l asara un lechn e invitaran a los tos y los primos, a toda la parentela, e incluso a gente del pueblo. El padre pens que ese era el mejor modo de celebrar que ya hubiera pa-sado lo peor: la prdida de Emma para empezar, las peleas continuas con su mujer a causa de Emma, precisamente, la reticencia de sus otras hijas. Se reprochaba a s mismo no tener ms hijos, no haber convencido a su mujer de traer al mundo a otros dos cros ms: tal vez alguno le hubiera salido hombrecito. l mismo perteneca a una casa en que abundaban las mujeres y su madre haba enviudado pronto cuando era un chico, los compaeros de la escuela se bur-laban de l por afeminado de manera que l vena sabien-do que las mujeres eran peores que las mulas o las cabras y no debera haberse asombrado de nada. Por qu se haba

    Amarillitos Pltanos.

  • 63gata

    ido la chiquita? Qu haba pasado? Su mujer lo culp a l, porque l nunca estaba en la casa y las chicas necesitaban un padre y no una figurita en la lontananza montado en un zaino y que hiciera las veces de padre. Tal vez l hu-biera debido pegarle a su mujer de cuando en cuan-do, casi como una prctica, como una purga; haba hombres que lo hacan pero a l le temblaba la mano de solo pensarlo; su mujer, aun cuando le era odiosa, segua teniendo la misma mirada de venado de su juventud, y a la hora del reproche, cuando l se sulfuraba, ella revoleaba los ojos y parecan los de un animal a punto de ser sacrificado; nunca hubiera podido levantarle la mano. El escndalo so-la ser porque su mujer pretenda de l que anduviera entre ellas como un len furioso y se la pasara a los escopetazos ahuyentndoles a la hija mayor y a la del medio los moco-sitos que las rondaban, con quienes andaban ya en amores. Y l prefera el caballo a hacer el ogro, porque de una mu-jer se puede prescindir, ms todava cuando se llega a cierta altura de la vida, pero del caballo, cmo? Haba tratado de inculcarles a las hijas el amor por los caballos y les haba en-seado a montar y a saltar vallas cuando eran nias, pero en cuanto se hicieron seoritas, la madre las apart de l por-que tema que perdieran el virgo cabalgando. Sola-mente la ms chica iba con l de cuando en cuando, mas haba entre ellos una suerte de abra que nin-guno de los dos poda atravesar para comunicarse con el otro. A pesar de los silencios, sin duda su hija menor era la luz de sus ojos; ahora tena once aos y era muy nia todava, pero l nunca iba a permi-tir que su mujer se la arrebatara como haba hecho con las otras; a esta l la iba a defender hasta la muerte.

    AbraCamino abierto entre la maleza.

    LontananzaA lo lejos.

    VirgoVirginidad.

  • 64 Patricia Surez

    La hermana mayor, cuyo nombre era Sofa y ella trataba de no olvidar (un par de veces la haba llamado Mara por error), la invit a dar un paseo hasta el bosquecito. Mam no vio con buenos ojos la idea del paseo y se ofreci a acom-paarlas, pero pap la contuvo sujetndola del brazo, ase-gurndole que la hermana mayor, Sofa, saba cuidarse sola y cuidara de ella, Emma. (Ella no quera llamarse Emma pero no poda impedirlo). Mam se opuso terminantemen-te, las dejaba ir nicamente hasta el senderito ah afuera de la casa y ni un paso ms all; pap no agreg una palabra ms ni la contradijo. Afuera haba una luna larga, que pa-reca un recorte de ua, y Sofa la llevaba del brazo, hacia la zona luminosa del senderito bajo el claro de luna y oan a los grillos machacar su cri-cri como si no hubiera otra cosa mejor para hacer en todo el mundo. De pronto a ella em-pezaron a dolerle los grillos tal como deca el viejo que le dolan las coyunturas de los huesos en los das de humedad: ella se imagin que era la misma clase de dolor. La hermana mayor parloteaba sobre muchachos y sobre un baile al que pensaba ir ahora que ella haba vuelto y no haba que estar escondindose ms de la gente ni haciendo buena letra para evitar las habladuras del pueblo: mam le haba prometido pedir a la abuela Rosita su vestido de seda blanca para re-formarlo, aunque, pregunt: Cmo le sentara en verdad el blanco teniendo las caderas como las tena?. Ella la mir sin comprender del todo la pregunta; qu era exactamen-te la palabra caderas? Estaba la abuela Rosita el da que ella lleg? Cul era? En el pecho de la hermana brillaba un dije de oro con la letra S. Algo de esta incomprensin se trasluci en su rostro porque la hermana mayor se mordi arrepentida los labios hasta dejarlos plidos, y cuando los

  • 65gata

    solt haba quedado sobre el labio inferior la marca de sus dientes. Haba visto a su hermana Emma exactamente cinco meses atrs saltar de la ventana de su cuarto mientras Ne-rea dorma, y la haba visto correr por ese mismo senderito de piedras, descorrer la tranca y salir corriendo, y ella no la haba delatado por dos razones especficas: primero por-que pensaba que su hermana iba a encontrarse con Lucio, el chico que le gustaba y que viva con los lvarez al otro lado de la va; y segundo porque ella misma haba hecho mu-chas veces un recorrido similar para encontrarse con uno u otro chico en el bosquecito, carrera que haba contribuido no poco a acrecentar su mala fama. Sin embargo, cuando transcurrieron los das y su hermana no volva, Sofa hubo de denunciar lo que haba visto y el chico con el que su-puestamente se haba encontrado Emma fue objeto de ar-duos interrogatorios por parte de la familia y de la polica. La madre haba culpado a Sofa por la fuga de Emma: ella, dijo, le haba enseado a andar en malos pasos. De Lucio s te acords?, pregunt su hermana mayor y ella puso una cara que pareca de mosquita muerta y neg con la cabeza. La hermana, ofuscada y alimentando su paciencia, refunfu-: No tens curiosidad por saber quin sos vos misma?.

    Ella, ebria de amargura, respondi: No.

    El viejo estaba en el centro del rebao cuando ella lleg, y le pareci el rey de los zopilotes andando a gran-des zancadas por su reino. Era un total de veinte ovejas aproximadamente y unos cuantos carne-ros, y se oa el cencerro de la madrina sonando como si estuviera llamando a misa. Haba un perro flaco y canelo, el pastor, en cuyos rasgos se evidenciaba el lobo

    ZopiloteAve similar al buitre.

  • 66 Patricia Surez

    como un antiguo ancestro. Ella se present y dijo: Me lla-mo gata; no le cont todo el asunto de que haba per-dido la memoria porque hubiera resultado un engorro, y se invent un apellido, Prez, ya que qu otro apellido es ms comn que Prez en espaol?; tambin le dijo que la mandaba la solterona, que pensaba que ella podra resul-tarle til all arriba. El viejo asinti dos veces con la cabeza como si no se lo creyera del todo o como si se le hubie-se aparecido un ngel y a ella le dio la impresin de que el mentn poda quedrsele pegado en el pecho a fuerza de asentir. La hizo pasar a la casa, que era toda de made-ra y tena dos habitaciones, la cocina y la pieza del viejo: la letrina estaba fuera y para ir all en invierno haba que emponcharse y andar muy rpido, por eso el viejo reco-mendaba no beber nada despus de las cinco de la tarde, para no tener urgencias durante la noche. El viejo busc con los ojos un rincn donde poder acomodarla; armara una cama a un costado de la cocina, muy cerca de la mesa de roble patinada por el tiempo, y de una especie de re-soir que haca las veces de altarcito, donde el viejo pona cada da una vela a la difunta esposa muerta casi cincuen-ta aos atrs, Alma. Para hacer espacio quit a una oveja enclenque que estaba acomodada cerca del fuego, la ech silbando chuz chuufa y la oveja sali, un poco cabizbaja, como un perro. Eran ovejas pampa que los ancestros del viejo, recin venidos de Gales, haban cruzado con las cara negra para que dieran mejor carne y no sufrieran los em-bates del clima ni su sequedad. El viejo quera a sus anima-les pero no era carioso con ellos. No era carioso casi con nadie, segn pudo comprobar ella; desde que haba que-dado viudo solo se haba acercado a una mujer, su cuada,

  • 67gata

    la que ella llamaba la solterona aunque tena un nombre tambin, y era La; acercamiento que no result y luego el viejo se encogi como lana en agua hirviendo y ya no quiso saber nada de compaas. Vena un muchacho, da s, da no, Irineo, corpulento y fuerte, con espaldas anchas como costales de harina y brazos cruzados de venas gruesas que parecan lombrices plidas; llegaba montado en una muli-ta baya. A ella le gustaba ese muchacho pero l no le hablaba directamente y jams la miraba a los ojos. Al comienzo, el viejo la puso a hacer las cosas de la casa, barrer y preparar una especie de guiso graso-so que ella apenas poda tragar. Poco a poco le dio tareas relacionadas con las ovejas, llevarlas a pacer cuando Irineo no estaba, cuidar de las hembras paridas o alimentar un cordero que la madre se negaba a amamantar dndole ma-maderas de leche de vaca muy cocida, con bastante nata y un huevo batido dentro; cuando lleg la esquila, en la pri-mavera, le ense a hacerlo; lo ideal era quitar la lana en unos tres minutos, pero ella tardaba ms, era muy torpe con las manos. Una vez, estando con el rebao en un mon-tecito, vio a lo lejos un guanaco relinchando y con ganas de acercarse. Ella tuvo miedo y pens en salir corriendo con los animales que pudieran seguirla, sin embargo las ovejas permanecieron muy plcidas, balando y contemplando el guanaco a la distancia como a un adorado dios pagano. En las noches, el viejo preparaba una especie de ponche con caa y frutos del bosque, que tomaban los dos, y la ha-ca leerle en voz alta la Biblia, siempre el mismo libro: un fragmento del Eclesiasts que los dos escuchaban y disfru-taban, ella porque nunca haba odo palabras semejantes antes (o no las recordaba). l, extasiado, la miraba leer de

    BayaBlanca amarillenta.

  • 68 Patricia Surez

    una manera tal que ella no poda descifrar si haba deseo o angustia en esa mirada. Los domingos, como el viejo era reacio a bajar al pueblo para ir a misa aunque le daba a ella la libertad de hacerlo asaba una pierna de cordero (de los corderos muertos en octubre, que eran los ms sabrosos), cuidando que no se quemara ni se chamuscara y ella corta-ba papas y cebollas y las cocinaba en una cacerola de hie-rro. Ella siempre disfrutaba de esa comida, aunque cuando pensaba en el animal que haban muerto, el bocado se le quedaba atragantado en la mitad de la garganta y no ha-ba sorbo de vino que pudiera bajrselo. El viejo se le rea en la cara; era l el matarife de sus propios animales y le haba enseado a ella como deba hacerse, pero ella no se atreva. El viejo le dijo que no era necesario que aprendiera a hacerlo en ese momento; sin embargo, alguna vez iba a tener que aprender a matar corderos, hasta lo ms dolo-roso debe uno aprender a hacer en la vida. Ella oraba para que no llegara ese momento. En noviembre, cuando los corderos buenos todava no podan matarse porque no era la poca, el viejo le cambiaba a Irineo alguna oveja o hasta un carnero por una pieza de and que el muchacho caza-ba, aunque el viejo no lo llamaba and cuando comercia-

    ba sino choique, como los indios. La pona a ella a desplumarlo y despus hacan la pechuga o la picanilla en guiso y el viejo asaba la rabadilla y se la coma con la premura de quien se atraca con golosinas. De cuando en cuando, Irineo les traa huevos de choique: con uno solo bastaba para hacer una tortilla babosa que a ella le daba arcadas pero que el viejo y el perro disfrutaban a ms no poder. Detrs del retrato de la difunta

    PicanillaExtremo inferior de la columna de

    las aves de la cual salen las plumas

    de la cola.

    RabadillaCarne de vaca

    de la regin del lomo.

  • 69gata

    estaba pegada la receta de una torta negra tpica de Gales (en la receta deca Teisen ddu) que no lleva le-che, y ella la quiso preparar para sorprender al vie-jo. Estuvo ms de una semana hacindose traer por Irineo pasas de uva y almendras del pueblo; cuando la comenz a batir le qued una ponzoa oscura y sanguinolenta que no se lev y en el horno qued aplastada como una hostia de misas negras. Con el tiempo, el viejo se dio cuenta de que ella no saba nada de su pasado, que su memoria era velada por jaramillos y cuervos, y cierta vez le pregunt si no tena inters en saber quin era y cmo haba llega-do hasta ah; entonces, ella rompi a llorar como nunca lo haba hecho hasta entonces y como nunca lo hara despus y le pidi que no la echara, que a ella le gustaba estar ah y que las ovejas eran para ella el mundo entero, que no le ha-ca falta nada ms mientras tuviera a los animales y al viejo. Entonces el viejo la bes en los labios con sus labios secos y prietos, tal vez haya sido para confortarla. El hombre flaco y de vientre hundido que deca ser pap lleg unos meses despus, ella estaba entablillando a un carnero que acaba de romperse la pata al despearse en la quebrada, y pap la abraz como si ella estuviera muerta y con el abrazo fuera a revivir y ella se qued fra y asustada y empez a gritar: Don Csimo! Don Csimo!. Pero pap tena papeles y ella tena catorce aos y al parecer se llamaba Emma Caste-llanos y la sac de ah y se la llev sin que ella pudiera opi-nar ni decir una sola palabra en favor suyo. Despus pap le pegara, pero a ella no le haban dolido los golpes y aho-ra eso no tena ninguna importancia. En el largo y callado viaje de regreso, una sola certeza la atormentaba: sin duda,

    PonzoaVeneno.

    Teissen ddu Torta ne-gra galesa.

    JaramilloCaramillo. Arbusto con muchas ramas.

  • 70 Patricia Surez

    ella jams volvera a ver al viejo, y l, qu recuerdo guar-dara de ella? Y ella, qu recuerdo ira a guardar de l?

    En la fiesta haba guirnaldas amarillas y rojas de pa-pel colgando del emparrado, haba felicidad, y fue una gran comilona. Pap haba asa