Bradbury Ocampo Silvina

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“Marionetas S.A.”, de Ray Bradbury. En El hombre ilustrado (1950) Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios. -Pero ¿por qué tan temprano? -dijo Smith. -Porque sí -dijo Braling. -Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez. -Nervios, supongo. -Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida. -No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling. -Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer? -No. Eso sería inmoral. Ya verás. Doblaron la esquina. -De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella. Tu matrimonio ha sido terrible. -Yo no diría eso. -Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río. -Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir. -Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la policía si no te casabas con ella. -Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo. -Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así? -En eso siempre fui muy firme. -Pero sin embargo te casaste. -Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese terminado con ellos. -Y han pasado diez años. -Sí -dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a cambiar. Mira. Braling sacó un largo billete azul. -¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves! -Sí, al fin voy a hacer mi viaje. -¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará una escena? Braling sonrió nerviosamente. -No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá notado mi ausencia, excepto tú. Smith suspiró. -Me gustaría ir contigo. -Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh? -No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.
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Marionetas S.A., de Ray Bradbury. En El hombre ilustrado (1950)

Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad. No tenan ms de treinta y cinco aos. Estaban muy serios.-Pero por qu tan temprano? -dijo Smith.-Porque s -dijo Braling.-Tu primera salida en todos estos aos y te vuelves a casa a las diez.-Nervios, supongo.-Me pregunto cmo te las habrs ingeniado. Durante diez aos he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.-No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling.-Pero, qu has hecho? Le has dado un somnfero a tu mujer?-No. Eso sera inmoral. Ya vers.Doblaron la esquina.-De veras, Braling, odio tener que decrtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella.Tu matrimonio ha sido terrible.-Yo no dira eso.-Nadie ignora cmo consigui casarse contigo. All, en 1979, cuando ibas a salir para Ro.-Querido Ro. Tantos proyectos y nunca llegu a ir.-Y cmo ella se desgarr la ropa, y se desorden el cabello, y te amenaz con llamar a la polica si no te casabas con ella.-Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entindelo.-Haba algo ms. T no la queras. Se lo dijiste, no es as?-En eso siempre fui muy firme.-Pero sin embargo te casaste.-Tena que pensar en mi empleo, y tambin en mi madre, y en mi padre. Una cosa as hubiese terminado con ellos.-Y han pasado diez aos.-S -dijo Braling, mirndolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a cambiar. Mira.Braling sac un largo billete azul.-Cmo! Un billete para Ro! El cohete del jueves!-S, al fin voy a hacer mi viaje.-Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, y tu mujer, no se opondr? No te har una escena?Braling sonri nerviosamente.-No sabe que me voy. Volver de Ro de Janeiro dentro de un mes y nadie habr notado mi ausencia, excepto t.Smith suspir.-Me gustara ir contigo.-Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, eh?-No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, despus de diez aos de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al da, ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este ltimo mes se hubiese puesto todava peor. Me pregunto si no ser una simple.-Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. Quieres conocer mi secreto? Cmo pude salir esta noche?-Me gustara saberlo.-Mira all arriba -dijo Braling.

Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro.En una ventana del segundo piso apareci una sombra. Un hombre de treinta y cinco aos, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minsculo se asom y mir hacia abajo.-Pero, cmo, eres t! -grit Smith.-Chist! No tan alto!Braling agit una mano.El hombre respondi con un ademn y desapareci.-Me he vuelto loco -dijo Smith.-Espera un momento.Los hombres esperaron.Se abri la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes sali cortsmente a recibirlos.-Hola, Braling -dijo.-Hola, Braling Dos-dijo Braling.Eran idnticos.Smith abra los ojos.-Es tu hermano gemelo? No saba que-No, no -dijo Braling serenamente-. Inclnate. Pon el odo en el pecho de Braling Dos.Smith titube un instante y al fin se inclin y apoy la cabeza en las impasibles costillas.Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.-Oh, no! No puede ser!-Es.-Djame escuchar de nuevo.Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.Smith dio un paso atrs y parpade, asombrado. Extendi una mano y toc los brazos tibios y las mejillas del mueco.-Dnde lo conseguiste?-No est bien hecho?-Es increble. Dnde?-Dale al seor tu tarjeta, Braling Dos.Braling Dos movi los dedos como un prestidigitador y sac una tarjeta blanca. MARIONETAS, SOCIEDAD ANNIMANuevos Modelos de Humanoides Elsticos.De funcionamiento garantizado.Desde 7.600 a 15.000 dlares.Todo de litio.

-No -dijo Smith.-S -dijo Braling.-Claro que s -dijo Braling Dos.-Desde cundo lo tienes?-Desde hace un mes. Lo guardo en el stano, en el cajn de las herramientas. Mi mujer nunca baja, y slo yo tengo la llave del cajn. Esta noche dije que sala a comprar unos cigarros. Baj al stano, saqu a Braling Dos de su encierro, y lo mand arriba, para que acompaara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.-Maravilloso! Hasta huele como t! Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!-Quizs me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al cabo mi mujer me necesita a m. Y esta marioneta es igual a m, hasta el ltimo detalle.He estado en casa toda la noche. Estar en casa con ella todo el mes prximo. Mientras tanto otro caballero pasear al fin por Ro. Diez aos esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Ro, Braling Dos volver a su cajn.Smith reflexion un minuto o dos.-Y seguir marchando solo durante todo ese mes? -pregunt al fin.-Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa -comer, dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidars muy bien a mi mujer, no es cierto, Braling Dos?-Su mujer es encantadora -dijo Braling Dos-. Estoy tomndole cario.Smith se estremeci.-Y desde cundo funciona Marionetas, S. A.?-Secretamente, desde hace dos aos.-Podra yo quiero decir, sera posible -Smith tom a su amigo por el codo-. Me diras dnde puedo conseguir un robot, una marioneta, para m? Me dars la direccin, no es cierto?-Aqu la tienes.Smith tom la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.-Gracias -dijo-. No sabes lo que esto significa. Un pequeo respiro. Una noche, una vez al mes Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo tambin la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: El amor volar si lo dejas; el amor volar si lo atas. Slo deseo que ella afloje un poco su abrazo.-Tienes suerte, despus de todo. Tu mujer te quiere. La ma me odia. No es tan sencillo.-Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistir en que me quiera cmodamente.-Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Ro. Mi mujer se extraar si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aqu presente, lo mismo que a m.-Tienes razn. Adis. Y gracias.Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la casa.Ya en el mnibus, Smith examin la tarjeta silbando suavemente.

Se ruega al seor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido presentado al Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena an el uso de los robots.

-Bueno -dijo Smith.

Se le sacar al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios, cabellos, piel, etc. El cliente deber esperar dos meses a que su modelo est terminado.No es tanto, pens Smith. De aqu a dos meses mis costillas podrn descansar al fin de los apretujones diarios. De aqu a dos meses mi mano se curar de esta presin incesante. De aqu a dos meses mi aplastado labio inferior recobrar su tamao normal. No quiero parecer ingrato, pero Smith dio vuelta la tarjeta.

Marionetas, S. A. funciona desde hace dos aos. Se enorgullece de poseer una larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es Nada de ataduras. Direccin: 43 South Wesley.

El mnibus se detuvo. Smith descendi, y camin hasta su casa dicindose a s mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dlares en el banco. Podra sacar unos ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolver el dinero, y con intereses. Nettie nunca lo sabr.Abri la puerta de su casa y poco despus entraba en el dormitorio. All estaba Nettie, plida, gorda, y serenamente dormida.-Querida Nettie. -Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sinti aplastado, casi, por los remordimientos-. Si estuvieses despierta me asfixiaras con tus besos y me hablaras al odo. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una esposa tan cariosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este ltimo mes has estado todava ms enamorada que antes.Los ojos se le llenaron de lgrimas. Sinti de pronto deseos de besarla, de confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse hacia Nettie sinti que la mano le dola y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvi la cabeza. Sali de la alcoba y atraves las habitaciones oscuras.Entr canturreando en la biblioteca, abri uno de los cajones del escritorio, y sac la libreta de cheques.-Slo ocho mil dlares -dijo-. No ms. -Se detuvo-. Un momento.Hoje febrilmente la libreta.-Pero cmo! -grit-. Faltan diez mil dlares! -Se incorpor de un salto-. Slo quedan cinco mil!Qu ha hecho Nettie? Qu ha hecho con ese dinero? Ms sombreros, ms vestidos, ms perfumes? Ya s! Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la que ha estado hablando durante tantos meses!Se precipit hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. Qu era eso de disponer as del dinero? Se inclin sobre su mujer.-Nettie! -grit-. Nettie, despierta!Nettie no se movi.-Qu has hecho con mi dinero! -rugi Smith.Nettie se agit, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas.A Nettie le pasaba algo. El corazn de Smith lata con violencia. Se le sec la boca. Se estremeci. Se le aflojaron las rodillas.-Nettie, Nettie! -dijo-. Qu has hecho con mi dinero?Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la desilusin. Smith se inclin hacia ella, ms y ms, hasta que su oreja febril descans, firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.-Nettie! -grit.Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-ticMientras Smith se alejaba por la avenida, internndose en la noche, Braling y BralingDos se volvieron hacia la puerta de la casa.-Me alegra que l tambin pueda ser feliz -dijo Braling.-S -dijo Braling Dos distradamente.-Bueno, ha llegado la hora del cajn, Braling Dos.-Precisamente quera hablarle de eso -dijo el otro Braling mientras entraban en la casa-.El stano. No me gusta. No me gusta ese cajn.-Tratar de hacerlo un poco ms cmodo.-Las marionetas estn hechas para andar, no para quedarse quietas. Le gustara pasarse las horas metido en un cajn?-Bueno-No le gustara nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente vivo y tengo sentimientos.-Esta vez slo ser por unos das. Saldr para Ro y entonces podrs salir del cajn. Podrs vivir arriba.Braling Dos se mostr irritado.-Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volver al cajn.-No me dijeron que iba a vrmelas con un modelo difcil.-Nos conocen poco -dijo Braling Dos-. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gustanada imaginarlo al sol, rindose, mientras yo me quedo aqu pasando fro.-Pero he deseado ese viaje toda mi vida -dijo Braling serenamente.Cerr los ojos y vio el mar y las montaas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnfico.-Yo nunca podr ir a Ro -dijo el otro-. Ha pensado en eso?-No, yo-Y algo ms. Su esposa.-Qu pasa con ella? -pregunt Braling alejndose hacia la puerta del stano.-La aprecio mucho.Braling se pas nerviosamente la lengua por los labios.-Me alegra que te guste.-Parece que usted no me entiende. Creo que estoy enamorado de ella.Braling dio un paso adelante y se detuvo.-Ests qu?-Y he estado pensando -dijo Braling Dos- qu hermoso sera ir a Ro, y yo que nunca podr irY he pensado en su esposa y creo que podramos ser muy felices, los dos, yo y ella.-M-m-muy bien.-Braling camin hacindose el distrado hacia la puerta del stano-.Espera un momento, quieres? tengo que llamar por telfono.Braling Dos frunci el ceo.-A quin?-Nada importante.-A Marionetas, Sociedad Annima? Para decirles que vengan a buscarme?-No, no Nada de eso!Braling corri hacia la puerta. Unas manos dc hierro lo tomaron por los brazos.-No se escape!-Sultame!-No.-Te aconsej mi mujer hacer esto?-No.-Sospech algo? Habl contigo? Est enterada?Braling se puso a gritar. Una mano le tap la boca.-No lo sabr nunca, me entiende? No lo sabr nunca.Braling se debati.-Ella tiene que haber sospechado. Tiene que haber influido en t!-Voy a encerrarlo en el cajn. Luego perder la llave y comprar otro billete para Ro, para su esposa.-Un momento, un momento! Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.-Adis, Braling.Braling se endureci.-Qu quieres decir con adis?Diez minutos ms tarde, la seora Braling abri los ojos. Se llev la mano a la mejilla.Alguien la haba besado. Se estremeci y alz la vista.-Cmo No lo hacas desde hace aos -murmur.-Ya arreglaremos eso -dijo alguien.ROBOTMASA, Sebastin Szab en Veinte Jvenes Cuentistas Argentinos II. Editorial Colihue.

Somos unos pocos los que conservamos nuestro aspecto humano. Los que somos de carne y hueso. Todos los dems se plegaron a la moda, todos son de metal. Todos son robots humanos.Desde que el Rectorado aprob la robotizacin, hace ya trescientos aos, todos se fueron operando y adoptaron el cuerpo de metal. De humanos slo conservan el cerebro y el corazn que ahora bombea un lquido neutro.Es fcil, es una operacin de rutina, no duele nada, me dicen los robots.-Tens que probarlo. Unite al mundo.Desde que la robotizacin apareci, se modific el mundo. Todo se rige por ella. Nadie puede ser dirigente si no es robot. Los lderes, los artistas... todos son robots.Somos unos pocos los que no nos robotizamos. Nos miran raro, nos ridiculizan.Hace tres das que no veo a Urla. La extrao. Es la primera vez que desaparece.Cuando salgo a la calle, siento que se clavan en m las miradas de las viejas robots. Viejas conventilleras que no perdieron su "capacidad de chisme y odio", a pesar de su operacin. No entiendo cmo se enamoran, si no se distinguen los hombres de las mujeres. Cmo pueden obtener satisfaccin de sus cuerpos de metal.La presin de los medios, de la sociedad, del Rectorado del planeta, para que nos roboticemos es terrible. No nos dejan en paz. Nos apedrean en la calle. Nos arrestan por subversivos. Nos condenan por el slo hecho de no querer cambiar. Con Urla, mi novia, juramos que no cambiaramos, que seramos humanos, de carne y hueso, hasta la muerte.Hace tres meses que no veo a Urla, ya comienzo a olvidarla. La ciudad sigue igual. Todos son robots. Hace mucho que no veo a un humano. Tal vez sea el ltimo de los de carne y hueso.Tengo que vivir escondido, slo salgo de noche. Recorro los bares humanos, donde solamos reunirnos los ltimos, y no encuentro a nadie. Todos han desaparecido.-Hola me dice. Soy yo, Urla. Te acords de m?No le contesto, la miro. No puedo creer que sea un robot. Ella se ha operado, es una mquina ms.Hace horas que corro. Trato de alejarme de la ciudad, de esa horrible imagen de Urla. Ella me traicion. No le guardo rencor.Pobre, la presin era muy fuerte. No la pudo soportar. Me detengo y giro. Vuelvo a la ciudad.Estoy acostado en la camilla. Dos robots me conducen al quirfano."Extra, extra!!! El ltimo de los humanos ya es robot" pregonan los robots canillitas en toda la ciudad.

El lazo, Silvina Ocampo. En

Era anciana, haba que respetarla por su edad; era distinguida, de facciones regulares, haba que admirar la belleza que haba conservado; coma mucho, haba que alabar la lozana de su salud; se interesaba por la vida de los otros, saba vida y milagros de todas las personas que apenas conoca, haba que creer en su alma caritativa; era rica, haba que servirla y aprovechar de las ventajas de su situacin econmica; era trabajadora, haba que reconocer las virtudes de su espritu, ya que no obligada por la necesidad trabajaba. Se llamaba Valentina Shelder.En este relato, porque soy honesta, resaltarn mis defectos y las virtudes de Valentina Shelder. Todo esto forma parte del vasto plan agresivo de Valentina Shelder. Haber aniquilado, tambin, la parte simptica o generosa de mi ser, haberme transformado en un monstruo, y haberse ella salvado ante la opinin pblica, que en suma era lo nico que le preocupaba, dependa de su habilidad. Tard en advertir sus intenciones, porque era astuta y disimulaba todos sus sentimientos. Pareca feliz, sobre todo cuando hablaba de temas indecentes, escatolgicos o crueles. Conoca la biografa de todas las personas que frecuentaban el dispensario donde trabajbamos, las casas vecinas con sus porteros, la plaza a donde bamos a tomar sol a veces, las tiendas donde comprbamos nuestra ropa de trabajo, el t y el caf. Cuando Valentina acababa de contar una historia de adulterio o de amor libertino, que terminaba mal, su risa estridente llenaba la sala. Me odiaba; su odio por m era slo comparable a mi odio por ella. Odio que se alimentaba de reyertas diarias, de palabras groseras, de miradas penetrantes como cuchillos que nos hendan el alma. Los das de atmsfera limpia, cuando se aproximaba un aguacero, en el dispensario se oan los rugidos de las fieras del Jardn Zoolgico. No s por qu me serenaba orlas. Tal vez pensaba en lo que yo hubiera hecho con Valentina Shelder si yo hubiera sido una fiera suelta o si por algn milagro Valentina Shelder se hubiera encontrado encerrada conmigo en una jaula.Valentina Shelder gozaba de un rudimentario placer: inspirar me sentimientos criminales que contrariaban mis ideas religiosas; por eso, adivinando el motivo inquietante de mi serenidad, tambin ella sonrea cuando rugan las fieras.Ella saba que se acercaba el da de su venganza: era la parte primordial de nuestra vida, y el resto una puerilidad.Si ahora tuviera que enumerar los pormenores de nuestras peleas, tal vez no podra. Muchos versaban sobre remedios, muchos sobre alimentos, muchos sobre animales domsticos, insecticidas, y vestimentas adecuadas al tiempo y a las edades, muchos al modo de clavar la aguja de inyecciones (si directamente con la aguja o con el mbolo ajustado a la aguja); muchos sobre higiene mental y moral. A veces me quedaba ronca sin haberle hablado, a fuerza de gritar mentalmente, otras veces quedaba con un brazo lastimado por los golpes imaginarios que yo le asestaba en medio de una discusin acalorada. Yo me desfiguraba. Ella naturalmente envejeca con esa falsa distincin que la caracterizaba.Cada nuevo insulto que yo le propinaba proyectaba en ella una luz que resplandeca en su semblante.Lengua larga. Mula. Yegua. Cretina. Degenerada. Infeliz no despreciaba ninguna palabra vulgar para lanzrsela a la cara, como una piedra. Ella reciba todo con sonrisas. Luego, para vituperarme, para calumniarme, el veneno de los chismes como el roco caa de sus labios. A veces, ante cualquiera que la escuchara despotricar contra m, pareca una enamorada. Para aguzar mi deseo de venganza, ella no desdeaba ninguna traicin. Ante quien quisiera orla me acusaba de inmoralidad, de perversin, de latrocinio, de mendacidad, de crueldad. Si, por orden mdica, yo abrigaba a un enfermo, ella lo desabrigaba aunque lo matara. Si yo le daba jugos de frutas, deca que eran un veneno. Si yo hablaba a un moribundo, tratando de reconfortarlo con palabras de esperanza, deca que eso le suba la fiebre. Los mdicos la escuchaban y llegaron, sin decrmelo abiertamente, a mirarme con desconfianza.Yo sola era el blanco de su agresividad, y esto suceda casi todo el tiempo; se colocaba en lugares estratgicos, por ejemplo en el borde de una ventana sin baranda, que daba al patio interior del establecimiento, o subida sobre una escalera de mano, alta y enclenque, para cambiar la bombilla de una araa o dando la espalda a un calentador Primus, a punto de estallar, o trepada a una mesa frgil, que apenas la sostena, para acomodar una cortina de lona, que pesaba un quintal. De un empujn yo hubiera podido en un instante ultimarla o dejarla tullida para el resto de su existencia.Le gustaban los espectculos crueles, le gustaba mi cara de espanto.Un da salimos solas a comprar ropa blanca para el personal del dispensario. A corta distancia de la tienda vimos un automvil deshecho, que haba chocado contra una pared. Valentina quiso mirarlo de cerca. Tuve que acompaarla. Abri la puerta del automvil, busc manchas de sangre. Cuando las encontr qued satisfecha. Otro da quiso ver el departamento donde una pareja de amantes haba muerto asfixiada por un escape de gas del calefn. Para verlo, pedimos permiso al portero, que nos crey locas. Como un gua, nos mostr el lugar, contndonos la historia macabra.El mdico, Samuel Sical, el jefe de nuestra sala, nos apreciaba tanto a una como a otra, pero Valentina Shelder no lo admita.Samuel Sical cuidaba a sus enfermos con ejemplar devocin. Los auscultaba con minuciosidad. Salv vidas, pero en una oportunidad no tuvo suerte. El enfermo, que no tena una enfermedad del otro mundo, se quejaba por dems. Samuel Sical pens que estaba grave y un da lo auscult ms minuciosamente que de costumbre. Anunci a sus colegas, que rodeaban la cama, que el enfermo estaba fuera de peligro. El hombre pareca restablecido porque no se quejaba; pero estaba muerto. Samuel Sical, desprestigiado desde aquel da, pareca un alma en pena.Por l nos peleamos con Valentina Shelder. Acabbamos de tomar el desayuno. Los instrumentos de ciruga estaban cerca. El bistur brillaba cuando me dijo que yo defenda a Samuel Sical, porque era mi amante. Agreg, "Por mirarte, dej morir al enfermo". Tom el bistur, al or su risa estridente, y me abalanc sobre ella, apuntando a su cuello. Cay y mientras corra la sangre, que salpicaba mi delantal, su risa persista. Muerta, su voz furiosamente alegre continuaba resonando por las salas y corredores del dispensario.

Malva, Silvina Ocampo. En Los das de la noche (19 ).

Malva Era preciosa, pero de improviso se volva fea. Sus enormes ojos, sin perder el brillo afiebrado, podan achicarse; su boca sin labios tambin. La recuerdo en un casamiento rodeada de flores el da que la conoc. Pobre Malva Lpez!. Como en las cabinas de transmisiones, en las paredes de su dormitorio haba corcho; como en las ciudades muy fras, gneros rellenos de guata; como en los cuartos de juguetes para nios, colores celestes por todas partes. De igual modo los picaflores instintivamente hacen sus nidos con el algodn del palo borracho, que asla los ruidos, con flores de tilo que son sedantes, con ptalos de jazmines del cielo que son celestes. Yo s que tomaba en lugar de t agua de azahar y en lugar de aspirina, Sedobrol, que ya pas de moda. No pareca sin embargo nerviosa. Cuando pienso en esta historia creo que so, pero la prueba de que no sueo est en los comentarios y chismes que o a mi alrededor. La primera vez que Malva mostr su desmedido grado de impaciencia fue en la escuela, cuando tuvo que hacer un trmite para su hija. Media hora esper que la atendieran en el patio de la escuela, luego otra media hora en la secretara. Or canciones folklricas y zapateos en los pisos altos del establecimiento no bast para tranquilizarla. Durante ese lapso su impaciencia creci y la desfigur. En el momento en que rompi con los dientes uno de sus guantes, se le cort la respiracin. Lo s por una de las maestras de tercer grado que la vio. Cuando qued sola que esperara ese momento prueba que se dominaba un poco se comi el dedo meique de la mano izquierda. Por qu el meique y no el pulgar o el ndice?. Por qu el meique?. Deba de ser tan incmodo!. Felizmente los guantes no estaban del todo rotos y pudo esconder aquel da adentro del guante la mano ignominiosa. Dicen que Malva no saba contenerse. Nada ms falso. No fue acaso por obra de su voluntad que contuvo la sangre de la herida que naturalmente hubiera corrido a borbotones revelando su oprobio?. Los yoguis, los espiritistas, slo ellos pueden hacer estas cosas. El segundo episodio ocurri en un taxmetro, que la conduca a Villa Urquiza, a visitar a una seora enferma. En el paso a nivel de Belgrano R. bajaron las barreras en el preciso momento en que iba a pasar. La demora fue interminable. Primero pas un tren que cambi de va, despus una locomotora que retrocediendo y adelantando maniobr como un juguete, durante ms de un cuarto de hora; despus un tren de carga con fardos de avena y animales; despus un raudo y vano tren elctrico. En el nterin Malva trataba de distraerse con unas plantas que vendan en un vivero, emplazado en los bordes de las vas. Reconoci los nombres de algunas flores y de algunas enredaderas. En un carrito estacionado junto al automvil quiso comprar unas naranjas; se las pusieron en una bolsita de papel agujereado y, sin darle tiempo a subir al automvil, cayeron y rodaron. Comenz a crecer su impaciencia de manera alarmante. Recogi sin embargo las naranjas, una por una, para distraerse, pero no tuvo tiempo de llegar al automvil; agachada, recogiendo la ltima naranja, se comi la rodilla hasta el hueso. Como la vez anterior no brot sangre, como lo requera el caso. Subi al automvil con la naranja en la mano. La falda felizmente le cubra la rodilla y de ese modo ocult la herida, que era horrible. El tercer episodio fue en la fbrica de alpargatas de la calle Moreno. Como las alpargatas iban a subir de precio, le convena llevar por lo menos una docena. Despus de elegir las del color y la forma que le gustaban, las pag para apurar el trmite. El vendedor sali en busca de los doce pares de alpargatas. Cada vez que volva era para treparse a una escalera de mano y hurgar en las estanteras. Malva crea que ya le entregaban las alpargatas restantes, pero el hombre con rapidez desapareca de nuevo. Malva empez a impacientarse. Ella misma, por su cuenta, empez a probarse las alpargatas que sacaba de las cajas y que no correspondan al nmero que buscaba. De tanto ponrselas y quitrselas se le corri un punto de la media Circe, el ltimo par que le quedaba de un precioso color de zanahoria. En cuclillas sigui probndose, hasta que la portera del local, armada de una escoba, la barri creyendo que era una sombra un poco ms abultada que las otras. En ese momento Malva se mordi el hombro; era difcil pero en ciertos momentos, cualquiera hace una cosa difcil. El mordisco lleg, como en las ocasiones anteriores, hasta el hueso, y atraves los tendones con suma facilidad. A partir de ese da la gente comenz a comentar malignamente la mano estropeada de Malva. Nadie pudo ver ni la rodilla, ni el hombro, ni otras partes magulladas, siempre cubiertas; pero la mano, aun con el guante, no lograba disimular la falta del dedo. Dijeron que en pocas anteriores a su casamiento, Malva, con serias dificultades econmicas, haba trabajado en una fbrica de embutidos y que ah las mquinas le haban amputado un dedo. Mentiras todas, pues Malva jams haba carecido de medios para vivir holgadamente. Tambin dijeron que en un picnic, a la hora de la siesta, un mono le haba comido el dedo, creyendo que era un ejemplar de la bananita llamada dedito de oro. Malva nunca prob una banana, jams fue a un picnic y menos en Brasil, donde hay tantos insectos. El mundo es perverso, pero Malva ignoraba lo que decan de ella. Esto fue una suerte, pues bastante desdichada era ya con lo que le suceda. Sin poderlo remediar, fue destruyendo, en sucesivos momentos de locura, las partes ms difciles de alcanzar, de su carne. Por un ascensor demorado en algn piso, por un telfono pblico que se tragaba las monedas, por un trmite demasiado largo en el Departamento Central de Polica, por una cola interminable formada en queseras, donde se encaprichaba en comprar personalmente queso Parmesano, por la conversacin de una mujer charlatana, por la incompetencia de una vendedora que se equivocaba de mercadera y explicaba por qu se equivocaba, sin traer nunca la mercadera, quedaban pocas partes del cuerpo de Malva sin mordiscos que llegaran al hueso. Ella, tan aficionada a vestirse con trajes de bao o de baile, rehua los veraneos y los bailes, porque no poda exhibir su piel. En los ltimos tiempos en que mis amigos la vieron no necesitaba de casi nada para impacientarse. La ltima vez fue por un pucho encendido, que el marido tir sobre la alfombra, recin trada de la tintorera. El espectculo result sorprendente. Yo no saba que Malva tuviera tanta elasticidad en el cuerpo. Hubiera podido trabajar de contorsionista en un circo. Se arque como una vbora, y echando la cabeza hacia atrs, se mordi el taln, hasta arrancrselo. Felizmente llevaba puesta una culotte negra, de otro modo el espectculo hubiera sido indecoroso. Haba gente: el ministro de educacin y una pianista italiana, a la elegante luz de las velas. Algunas personas estpidas aplaudieron. El marido de Malva la arrastr, no s dnde, fuera de la sala. Una hora despus apareci solo y anunci que su mujer se haba sentido mal y que se haba acostado. Al alejarse, ponindose bufandas, sombreros y abrigos, las visitas murmuraron algunos lugares comunes: "Hay que nacer acrbata", "Hay que empezar desde la infancia", "No se pueden hacer esas cosas de un da para el otro", "Hay que dar tiempo al tiempo", "Se acuerdan de Claudia, cuando se desnud?", "Y Roberto que perdi el brazo izquierdo", "Caramba, caramba". Al da siguiente me anunciaron la muerte de Malva. Fui al velorio. Le haban cubierto la cara con un velo espeso. Supe que no haban tocado ningn objeto de su cuarto, para que yo eligiera, en memoria de ella, el que ms me gustaba. Me hicieron pasar. En el suelo quedaban an las marcas de pasos mojados, sobre la madera del piso, que comunicaba con el cuarto de bao. Las mir atentamente. No eran improntas de pies humanos. Pareca que un perro o un lobo hubiera rondado por ah. Sobre su mesa de vestir mir el peine y el cepillo con restos de cabellos. Pero, qu digo. No eran cabellos; nada de humanos tenan esos pelos cortos, duros, negros, con las puntas rojizas. Al pie de su cama encontr tres huesos, realmente preciosos, de forma caprichosa. Reconoc el buen gusto de Malva, que descubra la belleza en todas partes. Pregunt a su marido para qu Malva coleccionaba esos huesos, aunque bien saba que eran adornos. Me respondi que los usaba para afilar sus dientes. "Era tan excntrica" agreg con risa de lobo. Entonces record la risa contagiosa de Malva. Una risa extraa, aguda, intempestiva, tal vez contagiosa. A veces yo misma me sorprendo riendo as. No creo que nadie la quisiera mucho; a m se me cayeron las lgrimas. Acaso uno quiere a las personas por sus cualidades morales?. El cario es un misterio. Volv junto al cajn, que haban dejado solo, y arranqu el velo que la cubra, para verla por ltima vez. Debajo del velo, que temblaba a la luz de los cirios, no hall nada, sino el horrible encaje tieso y blanco, destinado a adornar a los muertos. Nunca sabr si Malva muri, si se destruy ntegramente a mordiscos, si est encerrada en algn lugar de la ciudad o en selvas de Brasil, donde a veces sueo que se ha perdido, despus de huir en un barco. Esta ciudad no era para ella. Que terminara tan pronto de comer su propio cuerpo era humanamente imposible. Yo creo que an le quedaban muchos dedos, una rodilla, un hombro, la nuca, las pantorrillas, todos sitios alcanzables para la boca de una contorsionista como ella. No ha muerto, pens, y esta sospecha me pareci ms horrible que la certidumbre de su muerte.

La cabeza pegada al vidrio Desde haca quince aos Mlle. Dargre tena a su cargo una colonia de nios dbiles que haba sido fundada por una de sus abuelas. La casa estaba situada a la orilla del mar y ella desde su juventud haba vivido en la parte lateral del asilo, en el ltimo piso de la torre. En los primeros tiempos viva en el primer piso, pero de noche en los vidrios de la ventana se le apareca la cabeza de un hombre en llamas. Una cabeza espantosamente roja, pegada al vidrio como las pinturas de los vitraux. Se mud al segundo piso: la misma cabeza la persegua. Se mud al tercer piso: la misma cabeza la persegua; se mud de todos los cuartos de la casa con el mismo resultado. Mlle. Dargre era extremadamente bonita y los chicos la queran, pero una preocupacin constante se le instal en el entrecejo en forma de arrugas verticales que estropeaban un poco su belleza. Sus noches se llenaban de insomnios y en sus desvelos oa los coros de los sueos de los nios subir, con blancura de camisn, de los dormitorios de veinte camas en donde depositaba besos cotidianos. Las maanas eran difanas a la orilla del mar; los chicos salan todos vestidos con trajes de bao demasiado largos que se enredaban en las olas. No era la culpa de los trajes, pensaba Mlle. Dargre apoyada contra la balaustrada de la terraza; los chicos no podan usar sino trajes hechos a medida, para no quedar ridculos. Tenan un baero negro que los mortificaba diariamente con una zambullida dolorosa, que lo resguardaba a l slo, cuidadosamente, de las olas. Pero ella no poda or llorar a los chicos y se acordaba del suplicio de los baos con baeros en su infancia, que haban llenado su vida de sueos eternos de maremotos. Se baaba de tarde con el agua a la altura de las rodillas, cuando la playa estaba desierta; entonces llevaba a veces un libro que no lea y se acostaba sobre la arena despus del bao; era el nico momento del da en que descansaba. Era la madre de ciento cincuenta chicos plidos a pesar del sol, flacos a pesar de la alimentacin estudiada por los mdicos, histricos a pesar de la vida sana que llevaban. Mlle. Dargre derramaba su prestigio de belleza sobre ellos. Su proximidad los serenaba un poco y los engordaba ms que los alimentos estudiados por los mejores mdicos, pero la cabeza del hombre en llamas segua de noche en la ventana hasta que lleg a ser una horrible cosa necesaria que se busca detrs de las cortinas. Una noche no durmi un solo minuto; la cabeza estaba ausente, la busc detrs de las cortinas, y la desvel esta vez la posibilidad de poder dormir tranquila: la cabeza pareca haberse perdido para siempre. A la maana siguiente, en los dormitorios, una extraa exasperacin retena a los chicos al borde de las lgrimas. Llantos contenidos se amontonaban en las bocas. Mlle. Dargre crey ver un asilo de ancianos en traje de bao azul marino desfilando hacia la playa. Carolina, su preferida, la nica que tena un cuerpo capaz de rellenar el traje de bao, se escap de entre sus brazos. La playa esa maana se llen de llantos obscuros y atorados dentro de las olas. Mlle. Dargre, despus de apoyar su melancola sobre la balaustrada, que fue como una despedida a la belleza, subi corriendo hasta el espejo de su cuarto. La cabeza del hombre en llamas se le apareci del otro lado; vista de tan cerca era una cabeza picada de viruela y tena la misma emotividad de los flanes bien hechos. Mlle. Dargre atribuy el arrebato de su cara a las quemaduras del sol que se derraman en lquidos hirvientes sobre las pieles finas. Se puso compresas de leo calcreo, pero la imagen de la cabeza en llamas se haba radicado en el espejo.

IceraCuando vio Icera en el escaparate de aquella enorme juguetera del Bazar Coln el juego de muebles para muecas lo codici. No lo quiso para las muecas (no tena ninguna) sino para ella misma, pues deseaba dormir en esa exigua cama de madera, con molduras que formaban guirnaldas, cestos de flores, mirarse en el espejo del armario, que tena diminutos cajoncitos, puerta con cerradura y llave, sentarse en la sillita con el asiento de esterilla y los barrotes torneados, frente a la mesa de vestir, en cuyo mrmol haba una palangana y una jarra, con un jaboncito de yapa, y un peine, que servira para peinar las cabelleras ms rebeldes.El jefe de la seccin muecas, Daro Cuerda, tom simpata a la nia.Es tan fecha sola decir para disculparse ante los otros empleados de las atenciones que le prodigaba.Icera consideraba las muecas como rivales; no las aceptaba ni de regalo; slo quera ocupar el lugar que ellas ocupaban; como era testaruda, se mantuvo firme en sus gustos. Esta particularidad de su carcter, a ms de su estatura, que era muy por debajo de la normal, llamaba la atencin. La nia iba siempre con su madre a mirar, porque eran pobres, y no a comprar juguetes. El jefe de la seccin muecas, Daro Cuerda, permita que Icera se acostara en la diminuta cama, se mirara en el diminuto espejo del armario y se sentara en la silla, frente a la mesa de vestir, para peinarse el pelo, como lo haca una seora que viva frente a su casa.Nadie regalaba juguetes a Icera, pero Daro Cuerda, para el da de Navidad, le regal un vestido, un sombrerito, guantes y zapatitos de muecas, averiados, que se vendan como saldos. Icera, delirando de felicidad, sali a pasear con las prendas puestas. Todava las conserva. Con sus visitas, la nia creaba complicaciones a Cuerda, pues si le daba a elegir algn regalo, la nia siempre elega el de ms precio.Este Cuerda, tan generoso decan sus compaeros de trabajo a los clientes que frecuentaban la casa.La fama de generoso le costaba algunos pesos. A la nia le agradaban los juguetes prcticos: mquinas de coser, de lavar, un piano de cola, una caja de costura con todos los implementos y ese bal con un ajuar, que costaban una fortuna. Daro Cuerda le dio una guitarra y un rastrillo; luego, como los juguetes baratos no abundaban, opt por regalarle jaboncitos, perchitas, peinecitos que dejaban satisfecha a la nia, porque le eran de alguna utilidad.Los nios crecen deca la madre de Icera con sincera tristeza. Qu madre no deplora secretamente el crecimiento de su hija, aunque la quiera ms alta y ms robusta que las dems! La madre de Icera era como todas las madres, un poco ms pobre y ms apasionada, tal vez.Un da, este vestidito no te servir prosegua, ensendole el vestidito de la mueca.Qu pena! Yo tambin fui chiquita, y aqu me ve. Icera miraba a su madre que era desconsoladamente alta. Los nios crecan, era cierto. Pocas cosas en el mundo eran tan ciertas. Ferdinando llevaba pantaln largo, Prspera no encontraba zapatos a su medida, Marina no se trepaba a los rboles porque todos eran pequeos para su altura de jirafa. Una angustia diminuta carcomi por unos das el corazn de Icera, pero se le antoj que una frase que repetira incesantemente dentro de s misma "no debo crecer, no debo crecer", detendra su ilusorio crecimiento. Adems, si diariamente se calzaba los zapatitos, si se pona el vestido, los guantes y el sombrero de mueca, forzosamente siempre seguira siendo del mismo tamao. Su fe obr un milagro. Icera no creci.Cay enferma y durante cuatro semanas no pudo vestirse. Cuando se levant meda diez centmetros ms. Sinti una gran pena, como si ese aumento de centmetros hubiera sido una prdida. Y lo fue en verdad. No slo pararse sobre la mesa le fue prohibido; el bao en la palangana de lavar la ropa no volvi a repetirse, el vino bebido en el dedal de la madre se suspendi; ni las uvas que le dieron, ni los macachines que juntaba en el campo ocuparon tanto lugar en el hueco de su mano. El vestido, los guantes y los zapatos ya no le servan. El sombrero le quedaba en la punta de la cabeza. Fcil le sera a cualquiera imaginar el disgusto que senta la nia si recuerda el disgusto que l mismo siente cuando engorda, cuando el pie o la cabeza se hinchan, cuando los dedos de los guantes se arrugan como salchichas crudas. Pero se encuentra solucin a un problema, a fuerza de buscarla: el vestido le sirvi de blusa; los guantes, reformndolos, de mitones; los zapatos, recortando los talones, de chinelas.Icera vivi feliz, de nuevo, hasta que un mal intencionado le record su infortunio.Cmo has crecido! le dijo el malhadado vecino.Para demostrar que no era cierto, Icera trat de esconderse de bajo del helecho del patio, pero la descubrieron en el acto tres otros malhadados vecinos, para seguir hablando de su estatura anormal.Icera acudi a la juguetera, que era su blsamo de lgrimas. Con el corazn henchido de amargura, se detuvo en la puerta. En el escaparate, aquel da, se exhiban slo muecas. Las detestadas muecas, con ese olor rgido a pelo y a vestido nuevo que tienen, brillaban sobre el vidrio entre los reflejados admiradores que pasan a toda hora por la calle Florida! Algunas estaban vestidas de primera comunin, otras de esquiadores, otras de Caperucita Roja, otras de colegiala; una sola, de novia. La mueca vestida de novia era un poco diferente de la que estaba vestida de primera comunin: llevaba un ramito de azahares en la mano y estaba metida adentro de una caja de cartn celeste, cuyos bordes tenan un festn de encaje, de papel, como lo tienen las cajas de bombones.Icera, olvidando su natural timidez, entr en la juguetera en busca de Daro Cuerda. Pregunt por l a otros dependientes de la casa, pues no lo encontr en su puesto habitual.El seor Daro Cuerda? (La tan callada Icera olvidaba su timidez.) No podra llamarlo? dijo a uno de los dependientes ms temidos.Aqu est dijo el cajero, sealando a un viejito que pareca Daro Cuerda disfrazado de viejito.Daro Cuerda estaba tan cubierto de arrugas que Icera no lo reconoci. En cambio l, en su vaga memoria, la record a ella por su estatura.Su mamita vena a mirar los juguetes. Cmo le gustaban los juegos de dormitorio y las maquinitas de coser! dijo con deferencia Daro Cuerda, adelantndose con maternal dulzura. Advirti que la nia tena bigotes, barba y dentadura postizas.Estas criaturas modernas exclam son como adultos para los odontlogos.Qu arrugados estamos todos! pens Daro Cuerda. Luego imagin que todo aquello era un sueo, nacido de su cansancio. Tantas caras viejas, tantas caras nuevas, tantos juguetes elegidos, tantas boletas de venta escritas sobre papel carbnico, mientras el cliente se impacienta! Tantos nios que se hacen los viejos y viejos que se hacen los nios!Tengo que decirle un secreto dijo Icera. Para que la boca de Icera llegara a alcanzar la oreja largusima de Daro Cuerda, fue menester subir a la nia al mostrador.Soy Icera susurr Icera.Tambin te llamas Icera? Es natural. Los hijos se llaman como los padres dijo el jefe de la seccin muecas pensando me obsesiona la vejez: hasta los nios parecen viejos. (Aprovechando pronunciar mal las palabras mientras pensaba.)Seor Cuerda, quisiera que me regale la caja donde est la mueca vestida de novia susurr Icera, hacindole intolerables cosquillas en la oreja.Nunca Icera haba dicho una frase tan larga ni tan bien pronunciada. Aquella caja asegurara segn sus convicciones la dicha del porvenir. Conseguirla era cuestin de vida o muerte.Todo se hereda exclam Cuerda, especialmente los gustos. Existe poca diferencia entre esta nia y su madre. sta habla mejor pero parece una viejita agreg, dirigindose a la que crea ser la abuela de Icera, que era como un fantasma.Icera pens que al introducirse en esa caja no seguira creciendo, pero tambin pens que se vengaba un poco de todas las muecas del mundo, quitndole a la ms importante esa caja con puntilla de papel.Daro Cuerda, maltratando su cansancio, pues no era poco trabajo retirar cualquier objeto del escaparate, desanud las cintas que ataban la mueca al cartn, y regal a Icera la caja.Fue en ese momento cuando un inesperado fotgrafo pas con sus herramientas de trabajo: al ver gente agolpada en el Bazar Coln, se enter de que Icera, a quien buscaba desde haca tiempo, estaba en la juguetera. El fotgrafo pidi permiso para sacar una fotografa, mientras Icera se acomodaba adentro de la caja y Cuerda le ataba cintas. Hinc una rodilla, blandi la cmara, se alej, volvi a acercarse como un verdadero mueco. Tal vez esa escena formaba parte de la propaganda de la casa, pens Cuerda con orgullo y, mientras sonrea, olvid sus arrugas y las de la niita, deslumbrado por la luz de relmpago que los ilumin.El fotgrafo, que era un cronista del diario, por frmula pues conoca nombre, domicilio, edad, vida y milagros de la nia, comenz a tomar notas consultando a la viejita que acompaaba a Icera.Cundo cumpli cuarenta aos su hija? pregunt.El mes pasado respondi la madre de Icera.Entonces Daro Cuerda advirti que todo lo que ocurra no era obra de su cansancio. Haban transcurrido treinta y cinco aos desde la anterior visita de Icera al Bazar Coln y pens, acaso confusamente (porque en verdad estaba cansadsimo), que Icera no haba crecido ms de diez centmetros en ese nterin por estar destinada a dormir noches futuras en aquella caja, que impedira su crecimiento en el pasado.

La pelucaA Elva y SammyPara engaarme me decas siempre la verdad; para decirte la verdad yo siempre te menta. ramos novios. Estudibamos juntos; trabajbamos en la misma oficina. Queramos aprender alemn. Vimos el nombre de Herminia Langster en el diario: ella quera aprender castellano (con nosotros) y ensear en cambio alemn. Era rubia, alta y delgada.Conversbamos en los jardines pblicos, en las confiteras, en las casas cuando llova.Sera intil negarlo: te enamoraste de ella por la peluca. Admiraste su cabellera postiza, creyendo que era natural, pero el da que se le lade, ocupndole parte de la frente, o que la puso en la punta del respaldo de la silla, para alisar su verdadero pelo, porque crea estar sola, sin que la espiramos, y que volvi a colocrsela con elegancia, la amaste an ms. Aparentemente era una peluca parecida a todas las pelucas: ni rojiza para llamar la atencin, ni platinada para parecerse a las ms atrayentes, ni negra para ser repugnante; era rubia, discreta e impersonal, con una raya perfecta en el centro, y algunos rulos que armonizaban con las ondas suaves del conjunto.Creo que Herminia tambin te amaba. Por qu voy a dudarlo? Por lo menos te prefera. Era tan buena que estaba dispuesta a sacrificar todo por ti, pero t no le pedas sacrificio alguno, salvo ser amado, lo que implica de todos modos un sacrificio de ambas partes, porque amar es sacrificarse, uno lo aprende a lo largo del tiempo.Cundo y por qu Herminia comenz a cambiar de modales? No lo s. Ni s tampoco si lo hara para parecer graciosa o para asombrarnos.Un da que pasebamos por el bosque de Palermo me dej pasmada. Mir en las ramas de un rbol, con insistencia, una torcaza. No poda seguir nuestra conversacin. Sin decir agua va, como un relmpago, trep el rbol y trajo la torcaza entre sus manos. Desplum y mordi bestialmente al pobre pajarito.Fingiste no advertirlo, para no escandalizarme, probablemente.Coma como los perros, pasando la lengua por el plato; beba el agua de los grifos o de un tazn, nunca de los vasos. Fue absurdo que un da se nos ocurriera invitarla a cenar con nosotros!Cuando empez a caminar en cuatro patas, a romper los libros, nos fastidi mucho; y cuando nos mordi la mano y la mejilla a m me dio asco y a ti te perturb.En noches de verano, clandestinamente, saliste con ella y sospecho que no era para aprender alemn sino un idioma ms complicado: el amor. Volvas maltrecho, con el pelo revuelto y cubierto de rasguos. Estuve a punto de romper mi compromiso para no verte ms, por lo menos hasta tranquilizar mis nervios, pero no fue necesario.Sin comunicrmelo te fuiste con ella a la provincia de Tucumn. Supe que haban alquilado una casa en las sierras. Durante das vagu por los jardines donde habamos paseado juntos.Al poco tiempo, en las noticias policiales, me enter de un caso de canibalismo en las sierras. Una mujer mat con un cuchillo a un nio, un panaderito, y lo dio de comer a sus hijos. Simultneamente recib un telegrama tuyo, para que fuera a tu encuentro, en las sierras. Relacion las dos noticias y part en el primer tren. Tucumn me deslumbr. Me qued a dormir una noche en un hotel de la ciudad. El lugar donde vivas, en las sierras, quedaba bastante retirado. Tuve que tomar otro tren.Tu casa estaba en un valle encantador y salvaje. Cuando te vi solo, te pregunt:Y Herminia? Te libraste de ella?Abrazndome, contestaste:Me la com. Si ella era un animal, es natural que yo la comiera.Herminia no volvi a aparecer. Vivimos en un mundo extrao. Me cas contigo, pero a medida que pasa el tiempo me das miedo, sobre todo desde que dijiste que debo engordar, pues me sienta mejor, y porque insistes en vivir en un lugar retirado, en plena sierra, sin un criado siquiera.Esta carta es para que sepas que no soy tonta y que no me engaas. Los hombres se comen los unos a los otros, como los animales: que lo hagas de un modo fsico y real, no te volver ms culpable ante mis ojos, pero s ante el mundo, que registrar el hecho en los diarios como un nuevo caso de canibalismo.

Azabache

Soy argentino. Me enganch en un barco. Consegu en Marsella que un mdico firmara un documento certificando que yo estaba loco. No le cost nada porque l estaba tal vez loco. De ese modo pude abandonar el barco, pero me encerraron en un manicomio y no tengo esperanza de que ningn ser humano pueda sacarme de aqu.sta fue mi historia: por huir de mi tierra me enganch en un barco, y por huir del barco me encerraron en un manicomio. Al huir de mi tierra y al huir del barco pens que hua de mis recuerdos, pero cada da revivo la historia de mi amor, que es mi crcel. Dicen que por odio a las mujeres elegantes, me enamor de Aurelia, pero no es cierto. La am como no am a ninguna otra mujer en mi vida. Aurelia era una sirvienta; apenas saba escribir, apenas saba leer. Sus ojos eran negros, su pelo negro y lacio como las crines de los caballos. En cuanto terminaba de limpiar las cacerolas o los pisos tomaba un lpiz y un papel y se iba a un rincn para dibujar caballos. Era lo nico que saba dibujar: caballos al galope, saltando, sentados, acostados; a veces eran rosillos, otras veces zainos, colorados, bayos, negros, azulejos, blancos; a veces los pintaba con tiza (cuando encontraba tiza), otras veces con lpices de colores, cuando alguien le regalaba lpices; otras veces con tinta y otras veces con tintura. Todos tenan un nombre: el preferido era Azabache, porque era negro y arisco.Cuando por las maanas me traa el desayuno, durante unos instantes oa su risa, como un relincho, antes que entrara en mi dormitorio, dando una patada nerviosa contra la puerta. No pude educarla, no quise educarla. Me enamor de ella.Tuve que irme de la casa de mis padres y me fui a vivir con ella a Chascoms, en las afueras del pueblo. Pens que las paredes multiplicadas de una ciudad labran nuestra desdicha. Con alegra vend todas mis cosas, mi automvil y mis muebles, para arrendar aquel pequesimo campo donde viv pobremente, ilusionado por aquel amor imposible. En un remate compr algunas vacas y una tropilla de caballos que me eran necesarios para trabajar el campo.Al principio fui feliz. Qu importaba no tener bao, ni luz elctrica, ni heladera, ni ropa limpia de cama! El amor lo reemplaza todo. Aurelia me haba hechizado. Qu importaba que las plantas de sus pies fuesen speras, que sus manos estuvieran siempre rojas y que sus modales no fuesen finos: yo era su esclavo!Le gustaba comer azcar. En la palma de mi mano, yo colocaba terrones de azcar, que ella tomaba con su boca. Le gustaba que le acariciaran la cabeza: durante horas yo se la acariciaba.A veces la buscaba todo el da, sin encontrarla en ninguna parte. Cmo poda en aquel campo tan llano y sin rboles encontrar un escondite? Volva descalza y con el pelo tan enmaraado, que ningn peine poda desenredarlo. Le advert que a lo largo de la costa, no muy lejos, se extendan los cangrejales. Algunas veces la hallaba conversando con los caballos. Ella, que era tan silenciosa, hablaba incesantemente con ellos. La rodeaban, la queran. Su preferido se llamaba Azabache.Algunas personas hablaron de m como de un degenerado: otros, me compadecan, pero fueron los menos. Me vendan carne mala, y en el almacn trataban de cobrarme dos veces las mismas cuentas, creyendo que yo era un distrado. Vivir en aquella soledad enemiga me haca dao.Me cas con Aurelia para que en la carnicera me dieran mejor carne; as lo dijeron mis enemigos, pero yo podra asegurarles que lo hice para vivir respetablemente. Aurelia se diverta besando la nariz de los caballos; trenzaba su pelo a las crines de los caballos. Estos juegos denotaban su corta edad y la ternura de su corazn. Era ma, como no haba sido aquella horrible mujer elegante, con las uas pintadas, de la cual me haba enamorado aos atrs. Una tarde encontr a Aurelia con un vagabundo, hablando de caballos. No entend nada de lo que hablaban. Tom a Aurelia del brazo y la llev a casa, sin decirle una palabra. Aquel da cocin de mala gana y rompi una puerta a patadas. La encerr con llave y le dije que era la penitencia que le infliga por hablar con extraos. Pareci no entenderme. Durmi hasta que la perdon.Para que no volviera a aventurarse lejos de la casa le cont cmo moran la gente y los animales, que se hundan devorados por los cangrejos. No me oy. La tom del brazo y le grit al odo. Se puso de pie y sali de la casa con la cabeza erguida, encaminndose hacia la costa.Adnde vas? le pregunt.Sigui caminando sin mirarme. La retuve del vestido, forceje hasta que se rompi. La volti, la lastim en mi desesperacin. Se puso de pie y sigui caminando. Yo la segu. Cuando llegamos a la proximidad del ro, le supliqu que no siguiera adelante porque all se extendan los cangrejales, con un inmundo olor a barro. Sigui caminando. Tom un camino angosto, entre los cangrejales. La segu. Nuestros pies se hundan en el barro y oamos el grito innumerable de los pjaros. No se vea ningn rbol y los juncos tapaban el horizonte. Llegamos a un lugar donde el camino se desviaba y vimos a Azabache, el caballo negro, hundido hasta la panza en el cangrejal. Aurelia se detuvo un instante sin asombro. Rpida, de un salto, entr en el cangrejal y comenz a hundirse.Mientras ella trataba de acercarse al caballo, yo trataba de acercarme a ella para salvarla. Me acost, me deslic, como un reptil, en el cangrejal. La tom del brazo y comenc a hundirme con ella. Durante algunos momentos cre que yo iba a morir. Le mir los ojos y vi esa luz extraa que tienen los ojos agonizantes: vi el caballo reflejado en ellos. Le solt el brazo. Esper hasta el alba, deslizndome como un gusano sobre la superficie asquerosa del cangrejal, el final, sin fin para m, de Aurelia y de Azabache, que se hundieron.

El vestido de terciopelo, Silvina Ocampo. En La furia y otros cuentos (19 )

Sudando, secndonos la frente con pauelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardn, de la calle Ayacucho. Qu risa!Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quera salir, pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre: nos abrieron la puerta y entramos, Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidi un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cay al suelo con vaso y monedero. Qu risa! Subimos una escalera alfombrada (ola a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la seora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y haba espejos con marcos dorados. Entr su perfume y despus de unos instantes, ella con otro perfume. Quejndose, nos salud:Qu suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! All no hay holln, por lo menos. Habr perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un ampo de nieve me tom del mentn y agreg: No te preocupan estas cosas. Qu edad feliz! Ocho aos tienes, verdad? y dirigindose a Casilda; agreg: Por qu no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud. Todo el mundo crea que mi amiga Casilda era mi mam. Qu risa!Seora, quiere probarse? dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Probarse! Es mi tortura! Si alguien se probara los vestidos por m, qu feliz sera! Me cansa tanto.La seora se desvisti y Casilda trat de ponerle el vestido de terciopelo.Para cundo el viaje, seora? le dijo para distraerla.La seora no poda contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detena en el cuello. Qu risa!El terciopelo se pega mucho, seora, y hoy hace calor. Pongmosle un poquito de talco.Squemelo, que me asfixio exclam la seora.Casilda le quit el vestido y la seora se sent sobre el silln, a punto de desvanecerse.Para cundo ser el viaje, seora? volvi a preguntar Casilda para distraerla.Me ir en cualquier momento. Hoy da, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendr que estar listo. Pensar que all hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante.Se va a Pars, no?Ir tambin a Italia.Vuelve a probarse el vestido, seora? En seguida terminamos.La seora asinti dando un suspiro.Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas dijo Casilda, tomando el vestido y ponindoselo de nuevo.Durante algunos segundos Casilda trat intilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la seora. Yo la ayudaba lo mejor que poda. Finalmente consigui ponerle el vestido. Durante unos instantes la seora descans extenuada, sobre el silln; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. El vestido era precioso y complicado! Un dragn bordado de lentejuelas negras, brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodill, mirndola en el espejo, y le redonde el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenz a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era spero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa haca rechinar mis dientes. Los alfileres caan sobre el piso de madera y yo los recoga religiosamente uno por uno. Qu risa!Qu vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tena entre sus dientes. No le agrada, seora?Muchsimo. El terciopelo es el gnero que ms me gusta. Los gneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.Le gusta el nardo? Es tan triste protest Casilda.El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace dao. Cuando aspiro su olor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para m no hay en el mundo otro gnero comparable. Sentir su suavidad en mi mano, me atrae aunque a veces me repugne. Qu mujer est mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estara de ms. El terciopelo se basta a s mismo. Es suntuoso y es sobrio.Cuando termin de hablar, la seora respiraba con dificultad. El dragn tambin. Casilda tom un diario que estaba sobre una mesa y la abanic, pero la seora la detuvo, pidindole que no le echara aire, porque el aire le haca mal. Qu risa! No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragn de lentejuelas. La seora volvi a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragn de lentejuelas tambin tambale. El vestido ya no tena casi ningn defecto, slo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos.Casilda volvi a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de gnero sobrenatural, que sobraban.Cuando seas grande me dijo la seora te gustar llevar un vestido de terciopelo, no es cierto?S respond, y sent que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas. Qu risa!Ahora me quitar el vestido dijo la seora.Casilda la ayud a quitrselo tomndolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forceje intilmente durante algunos segundos, hasta que volvi a acomodarle el vestido.Tendr que dormir con l dijo la seora, frente al espejo, mirando su rostro plido y el dragn que temblaba sobre los latidos de su corazn. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa llev la mano a la frente. Es una crcel. Cmo salir? Deberan hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.Yo le aconsej la seda natural protest Casilda.La seora cay al suelo y el dragn se retorci. Casilda se inclin sobre su cuerpo hasta que el dragn qued inmvil. Acarici de nuevo el terciopelo que pareca un animal. Casilda dijo melanclicamente:Ha muerto. Me cost tanto hacer este vestido! Me cost tanto, tanto!Qu risa!