Los Que Aman Odian Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo

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    El doctor Huberman llega al apartado hotel de Bosque de Mar en busca de una

    deleitable y fecunda soledad. Poco imagina que pronto se ver envuelto en las complejas relaciones que los curiosos habitantes del hotel han ido tejiendo. Una maana, uno de ellos aparece muerto y otro ha desaparecido. Bajo la amenaza de los cangrejales y del mar, aislados por una tormenta de viento y arena, las ya frgiles relaciones entre los personajes se tensan. Cualquier detalle es acusador, cualquier persona puede ser el asesino. Llegados a este punto, la novela se convierte en un fascinante viaje a travs de las pasiones humanas,

    desde el amor hasta la envidia, la venganza, incluso el odio. Es aqu donde el carcter de los personajes cobra mxima importancia: los fantasmas y los deseos de cada uno, esos mundos imaginarios tan recnditos y secretos, forman parte del misterio que ir desvelndose a lo largo de la obra.

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    Adolfo Bioy Casares & Silvina Ocampo

    Los que aman, odian

    Ttulo original: Los que aman, odian Adolfo Bioy Casares & Silvina Ocampo, 1946

    Diseo de cubierta: Jos Bonomi Editor digital: Titivillus ePub base r1.2

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    I

    Se disuelven en mi boca, inspidamente, reconfortantemente, los ltimos glbulos de arsnico (arsenicum lbum). A mi izquierda, en la mesa de trabajo, tengo un ejemplar; en hermoso Bodoni, del Satyricn, de Cayo Petronio. A mi derecha, la fragante bandeja del

    t, con sus delicadas porcelanas y sus frascos nutritivos. Dirase que las pginas del libro estn gastadas por lecturas innumerables; el t es de China; las tostadas son quebradizas y tenues; la miel es de abejas que han libado flores de acacias, de favoritas y de lilas. As, en este limitado paraso, empezar a escribirla historia del asesinato de Bosque del Mar. Desde mi punto de vista, el primer captulo transcurre en un saln comedor, en el tren nocturno a Salinas. Compartan mi mesa un matrimonio amigo diletantes en literatura y afortunados en ganadera y una innominada seorita. Estimulado por et consomm, les detall mis propsitos: en busca de una deleitable y fecunda soledad es decir, en busca de m mismo yo me diriga a ese nuevo balneario que habamos descubierto los ms refinados entusiastas de la vida junto a la naturaleza: Bosque del Mar. Desde hada tiempo acariciaba yo ese proyecto, pero las exigencias del consultorio pertenezco, debo confesarlo, a la cofrada de Hipcrates postergaban mis vacaciones. El matrimonio asimil con inters mi franca declaracin: aunque yo era un mdico respetable sigo invariablemente los pasos de Hahnemann escriba con variada fortuna argumentos para el cinematgrafo. Ahora la Gaucho Film Inc., me encarga la adaptacin, a la poca actual y a la escena argentina, del tumultuoso libro de Petronio. Una reclusin en la playa era imprescindible. Nos retiramos a nuestros compartimientos. Un rato despus, envuelto en las espesas

    frazadas ferroviarias, todava entonaba mi espritu la grata sensacin de haber sido comprendido. Una sbita inquietud atemper esa dicha: no haba obrado temerariamente? No haba puesto yo mismo en manos de esa pareja inexperta los elementos necesarios para que me arrebataran mis ideas? Comprend que era intil cavilar. Mi espritu, siempre dcil, busc un asilo en la anticipada contemplacin de los rboles junto al ocano. Vano esfuerzo. Todava estaba en la vspera de esos pinares Como Betteredgecon Robinson Crusoe, recurr a mi Petronio. Con renovada admiracin le el prrafo. Creo que nuestros muchachos son tan tontos porque en las escuelas no les hablan de hechos reales, sino de piratas emboscados, con cadenas, en la ribera; de tiranos preparando edictos que condenan a los hijos a decapitar a sus propios padres, de orculos, consultados en tiempos de epidemias, que ordenan la inmolacin de tres o ms vrgenes El consejo es, todava hoy, oportuno. Cundo renunciaremos a la novela policial, a la novela fantstica y a todo ese fecundo, variado y ambicioso campo de la literatura que se alimenta de irrealidades? Cundo volveremos nuestros pasos a la picaresca saludable y al ameno cuadro de costumbres? Ya el aire de mar penetraba por la ventanilla. La cerr. Me dorm.

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    II

    Cumpliendo estrictamente mis rdenes, el camarero me despert a las seis de la maana. Ejecut unas breves abluciones con el resto de la media Villavicencio que haba pedido antes de acostarme, tom diez glbulos de arsnico, me vest y pase al comedor. Mi

    desayuno consisti en una fuente de frutas y dos tazas de caf con leche (no hay que olvidarlo: en los trenes el t es de Ceyln). Lamente no poder explicar a la pareja que me haba acompaado durante la cena de la vspera algunos detalles de la ley de propiedad intelectual; iban mucho ms all de Salinas (hoy Coronel Faustino Tambussi), y sin duda intoxicados por los productos de la farmacopea aloptica, dedicaban al sueo esas horas liminares de la maana que son, por nuestra incuria, la propiedad exclusiva del hombre de

    campo Con diecinueve minutos de atraso a las siete y dos el tren lleg a Salinas. Nadie me ayud a bajar las maletas. El jefe de la estacin por lo que pude apreciar la nica persona despierta en el pueblo estaba demasiado interesado en un canje de pueriles aros de mimbre con el maquinista para socorrer a un viajero solitario, apremiado por el tiempo y los equipajes. Acab por fin el hombre sus natos con el maquinista y se encamin hacia

    donde yo estaba. No soy rencoroso, y ya se abra mi boca en una sonrisa cordial y la mano buscaba el sombrero, cuando el jefe se encar, como un demente, con la puerta del furgn. La abri, se precipit adentro, y vi caer, amontonadas en el andn, cinco estrepitosas jaulas de aves. Me ahog la indignacin. Para salvarlas de tanta violencia de buena gana me hubiera ofrecido a cargar con las gallinas. Me consol pensando que manos mis piadosas haban lidiado con mis maletas.

    Velozmente me dirig al patio trasero, para averiguar si el automvil del hotel haba llegado. No haba llegado. Sin dilaciones decid interrogar al jefe. Despus de buscarlo un rato, lo encontr sentado en la sala desespera. Busca algo? me pregunt. No disimul mi impaciencia. Lo busco a usted. Aqu me tiene, entonces. Estoy esperando el automvil del Hotel Central, de Bosque del Mar. Si no le molesta la compaa, le aconsejo que tome asiento. Aqu, siquiera corre aire consult su reloj. Son las siete y catorce, y mire que hace calor. Le soy verdadero: esto va a acabar en una tormenta. Sac del bolsillo un pequeo cortaplumas de ncar y empez a limpiarse las uas.

    Le pregunt si tardara mucho en llegar el automvil del hotel. Me respondi: Mis pronsticos no cubren ese punto. Sigui absorto en su tarea con el cortaplumas. Dnde est la oficina de correos? interrogu. Vaya hasta la bomba de agua, mis all de los vagones que estn en la va muerta. Deje a su derecha el rbol, doble en ngulo recto, cruc frente a la casa de Zudeida y no se detenga hasta llegar a la panadera. La casilla de chapas es el correo. En el aire mi informante segua con las manos el minucioso trayecto. Despus agreg: Si encuentra despierto al jefe, le doy un premio. Le indiqu dnde quedaban mis equipajes, le rogu que no dejara partir sin m al

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    automvil del hotel y avanc por ese ddalo abierto, bajo un sol absoluto.

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    III

    Aliviado por las instrucciones precisas que haba impartido toda correspondencia a mi nombre deba remitirse al hotel, emprend el regreso. Me detuve junto a la bomba y, despus de enrgicos esfuerzos, logr engaar la sed y mojarme la cabeza con dos o tres

    chorros de agua tibia. Con paso vacilante llegu a la estacin. En el patio haba un viejo Rickenbacker cargado con las jaulas de las gallinas. Hasta cundo tendra yo que esperar en ese infierno el automvil del hotel? En la sala de espera encontr al jefe conversando con un hombre abrigado con una gruesa campera. ste me pregunt: El doctor Humberto Huberman? Asent. El jefe me dijo: Ya cargamos su equipaje. Es increble la felicidad que estas palabras me produjeron. Sin mayor dificultad logr intercalarme entre las jaulas. Iniciamos el viaje hacia Bosque del Mar. El camino, durante Las primeras cinco leguas, consisti en una sucesin de pantanos; el progreso del meritorio Rickenbacker fue lento y azaroso. Yo buscaba el mar

    como un griego del Anabasis, ninguna pureza en el aire pareca anunciarlo. En tomo a un bebedero, una majada inmvil crea guarecerse en las endebles rayas de sombra que proyectaba un molino. Mis compaeros de viaje se agitaban en sus jaulas. Cuando el automvil se detena en las tranqueras, dirase que un polvillo de plumas, como un polen de flores, se propagaba en el ambiente, y una efmera sensacin olfativa traa a mi memoria un feliz episodio de la infancia, con mis padres, en los gallineros de mi to en Buruco.

    Confesar que durante algunos minutos logr refugiarme, en medio de los sacudones y del calor, en la prstina visin de un huevo pasado por agua, en una taza de porcelana blanca? Llegamos, por fin, a una cadena de mdanos. Divis a la distancia una franja cristalina. Salud al mar: Thalasa Thalasa. Se trataba de un espejismo. Cuarenta minutos despus divis una mancha violeta. Grit para mis adentros: Epi oinopa pontn! Me dirig al chauffeur.

    Esta vez no me equivoco. Ah est el mar. Es flor morada contest el hombre. Al rato sent que los baches haban cesado. El chauffeur me dijo: Tenemos que andar ligero. La marea sube dentro de unas horas. Mir a mi alrededor. Avanzbamos lentamente por unos tablones, en medio de una extensin de arena. Entre los mdanos de la derecha apareca, lejano, el mar. Pregunt:

    Entonces, por qu anda tan despacio? Si una rueda se desva de los tablones, nos enterramos en la arena. No quise pensar en lo que pasara si nos encontrbamos con otro automvil. Estaba demasiado cansado para preocuparme. Ni siquiera advert la frescura martima. Logr articular la pregunta: Falta mucho? No contest. Ocho leguas.

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    IV

    Me despert en la penumbra. No saba dnde estaba ni siquiera qu hora era. Hice un esfuerzo, como quien trata de orientarse. Record: estaba en mi cuarto, en el Hotel Central. Entonces o l mar.

    Encend la luz. Vi en mi crongrafo que yaca junto a los volmenes de Chirn, de Kent, de Jahr, de Alien y de Hering, sobre la mesita de pino que eran las cinco de la tarde. Pesadamente empec a vestirme: Qu descanso verme libre de la rigurosa indumentaria que nos imponen los convencionalismos de la vida urbana! Como un evadido de la ropa, me enfund en mi camisa escocesa, en mi pantaln de franela, en mi saco de brin crudo, en el plegadizo panam, en los viejos zapatones amarillos y en el bastn con

    empuadura en cabeza de perro. Agach la cabeza, con no disimulada satisfaccin examin en el espejo mi abultada frente de pensador, y otra vez convine con tanto observador imparcial: la similitud entre mis facciones y las de Goethe es autntica. Por lo dems, no soy un hombre alto; para decirlo con un vocablo sugestivo, soy menudo mis humores, mis reacciones y mis pensamientos no se extenan ni se embotan a lo largo de una dilatada geografa. Me precio de tener una cabellera agradable a la vista y al tacto, de poseer unas manos pequeas y hermosas, de ser breve en las muecas, en los tobillos, en la cintura. Mis pies, frvolos viajeros, ni cuando duermo descansan. La piel es blanca y rosada; el apetito, perfecto. Me apresur. Quera aprovechar el primer da de playa. Como esos recuerdos de viaje que se borran de la memoria y que luego encontramos en el lbum de fotografas en el momento de aflojar las correas de mi maleta vi por primera vez? las escenas de mi llegada al hotel. El edificio, blanco y moderno, me pareci pintorescamente enclavado en la arena: como un buque en l mar, o un oasis en el desierto. La falta de rboles estaba compensada por unas manchas verdes caprichosamente distribuidas ^dientes de len, que parecan avanzar como un reptil mltiple, y rumorosas estacas de tamarisco. Hacia el fondo del paisaje haba dos o tres casas y alguna choza. Ya no estaba cansado. Sent como un xtasis de jbilo. Yo, el doctor Humberto

    Hubernun, haba descubierto el paraso del hombre de letras. En dos meses de trabajo en esta soledad terminara mi adaptacin de Petronio. Y entonces Un nuevo corazn, un hombre nuevo. Habra por fin, sonado la hora de buscar otros autores, de renovar el espritu. Furtivamente avanc por oscuros pasadizos. Quera evitar un posible dilogo con los dueos del hotel lejanos parientes mos que hubiera demorado mi encuentro con el mar. La suerte, favorable, me permiti salir sin ser visto e iniciar mi pasco por la arena. ste fue una dura peregrinacin. La vida en la ciudad nos debilita y nos enerva de tal modo que, en el shock del primer momento los sencillos placeres del campo nos abruman como torturas. La naturaleza no tard en persuadirme de lo inadecuada que era mi indumentaria. Con una mano yo me hunda el sombrero en la cabeza para que no me lo arrebatara el viento, y con la otra hunda en la arena el bastn, buscando intilmente el apoyo de unos tablones que afloraban de trecho en trecho, jalonando el camino. Los zapatones, rellenos de

    arena, eran otras tantas rmoras en mi marcha. Finalmente entr en una zona de arena mis firme. A unos ochenta menos, hacia la derecha, un velero gris yaca volcado en la playa; vi que una escalera de cuerdas penda de

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    la cubierta y me dije que en uno de mis prximos paseos la escalara y visitara el barco. Ya

    ce fe ca del mar, junto a un grupo de tamariscos, tremolaban dos sombrillas anaranjadas. Contra un fondo de resplandores inverosmiles, hecho de mar y cielo surgieron, ntidas como a travs de un lente, las figuras de dos muchachas en traje de bao y de un hombre de azul con gorra de capitn y pantalones remangados. No haba otro sitio donde resguardarse del viento. Decid acercarme, por detrs de las sombrillas los tamariscos.

    Me saqu los zapatones, las medias y me arroj en la arena. La sensacin de placer fue perfecta. Casi perfecta: la moderaba la previsin inevitable del regreso al hotel. Para evitar cualquier intromisin de los vecinos adems de los mencionados haba un hombre oculto por una sombrilla apel a mi Petronio y fing engolfarme en la lectura. Pero mi nica lectura en esos momentos de irremisible abandono fue, como la de los augures, el blanco vuelo de unas gaviotas contra el cielo plomizo.

    Lo que yo no haba previsto cuando me acerqu a las sombrillas era que sus ocupantes hablaran. Hablaban sin ninguna consideracin hacia la belleza de la tarde ni hacia el fatigado vecino que procuraba en vano abstraerse en la lectura. Las voces, que hasta entonces se confundan con el coro del mar y el grito de tas gaviotas, se preciaron con desagradable energa. Me pareci reconocer por lo menos a una de las voces femeninas. Movido por una natural curiosidad, me volv hacia el grupo. No vi en seguida a la

    muchacha cuya voz cre reconocer; la upaba una sombrilla. Su compaera estaba de pie; era alta, rubia, me atrever a decirlo?, muy hermosa, con una piel de impresionante blancura, con manchas rosadas (color de salmn crudo, segn dictaminara despus el doctor Manning). Su cuerpo era demasiado atltico para mi gusto y en ella se adverta, como una tcita presencia, una animalidad que atrae a ciertos hombres sobre cuyas aficiones prefiero no opinar.

    Despus de escuchar unos minutos la conversacin, reun los siguientes datos: la muchacha rubia, una peligrosa melmana, se llamaba Emilia. La otra. Mary. traduca o correga novelas policiales para una editorial de prestigio. Las acompaaban dos hombres. Uno de ellos el de gorra azul era un doctor Cornejo; me impresion por sus rasgos bondadosos y por su intimo conocimiento del mar y de la meteorologa. Tendra unos cincuenta artos; su cabello gris y sus ojos pensadores le conferan una expresin romntica,

    no desprovista de vigor. El otro era un hombre mis joven, amulatado. A despecho de cierta vulgaridad en el hablar y de una apariencia que recordaba los canelones del tango en Pars pelo negro, lacio, ojos vivos, nariz aguilea me pareci que ejerca sobre sus compaeros nada brillantes, por lo dems alguna superioridad intelectual. Descubr que se llamaba Enrique Alud y que era el novio de Emilia. Mary, ya es tarde para que se bae dijo Atuel, con una voz cadenciosa. Adems, el mar est bravo y usted no descuella en la resistencia. Alegremente reson la voz que me era familiar: Yo soy una nia que va a entrar en el agua! Sos una malcriada replic Emilia, afectuosamente. Quers suicidarte o quers matarnos de miedo? El novio de Emilia insisti: Con esa corriente no se bae. Mary. Sea un disparate. Cornejo consult su reloj de pulsera. La marea est subiendo sentenci. No hay ningn peligro. Si promete no alejarse, tiene mi consentimiento.

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    Atuel se dirigi a la muchacha:

    Si no puede volver, de poco le valdr su consentimiento. Hagame caso y no se bae. Al agua! grit Mary jovialmente. Saltaba, se ajustaba la gorra de bao y repeta: Soy una nia con alas! Soy una nia con alas! Entonces estoy de ms dijo Atuel. Me retiro. No seas necio le dijo Emilia. Atuel se alejaba sin escucharla. Pero antes de irse descubri mi presencia y me mir con severidad. Por mi parte, confieso que la grcil figura de Mary reclamaba mi atencin. En verdad, era una nia con alas, Al encuentro de cada ola agitaba los brazos en alto como jugando con el cielo. Mary? La seorita Mara Gutirrez?, me pregunt. Es tan difcil reconocer a las personas en traje de bao La muchacha que me visit este ao en el consultorio y a quien le recomend vacaciones en Bosque del Mar? Si, estaba seguro. La muchacha

    delicadamente perdida en el abrigo de pieles. Ah estaban los ojos renegridos, ora picaros, ora soadores. Ah estaba el accroche coeur sobre la frente. Record que yo le haba dicho, bondadoso: Somos almas hermanas. Era, como yo, un caso de arsnico. Ah estaba, saltando junto al mar la enferma que este infierno yaca inerte en los cmodos sillones de mi consultorio. Otra cura maravillosa del doctor Huberman! Unas inquietas exclamaciones me despertaron de este ensueo. En efecto, la eximia

    nadadora se haba alejado con prodigiosa facilidad. Se ha alejado nadando en gran estilo protestaba, tranquilizador. Cornejo. No corre peligro. Volver. Se alej porque la llev la corriente declar Emilia. Unos gritos me hicieron mirar hacia otro lado. No puede volver! Era Atuel. que llegaba gesticulando. Se encar con el doctor Cornejo y le arrostr: Consigui lo que quera? No puede volver. Juzgu que haba llegado la hora de intervenir. Se presentaba en efecto, una ocasin favorable para practicar las enseanzas de crawl stroke salvamento tan susceptibles de olvido que el profesor Chimmara de Obras Sanitarias me haba inculcado. Seores dije resueltamente, si alguien me presta un traje de bao la rescatar. Es un honor que me reservo declar Cornejo. Pero tal vez podramos indicarle a esta nia que avance en sesgo, en direccin noreste-suroeste Atuel lo interrumpi: Qu sesgo ni qu pavadas! La muchacha se est ahogando. Un movimiento instintivo, o el deseo de no presenciar una disputa, me desvi la

    mirada en direccin al barco. Vi a un nio que bajaba por la escalera de cuerdas, que corra hacia nosotros. Atuel se desvesta. Cornejo y yo nos disputbamos un pantaln de bao. El nio gritaba: Emilia! Emilia! Ante nuestros ojos atnitos. Emilia corra por la playa, nadaba hacia Mary, regresaba con Mary.

    Rodeamos, jubilosos, a los nadadoras. Ligeramente plida, Mary me pareci mis bella an. Dijo con forzada naturalidad: Son unos alarmistas. Es lo que son: unos alarmistas.

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    El doctor Cornejo intent persuadirla:

    Usted debi evitar que el agua levantada por el viento le golpeara en la cara. El nio segua llorando. Mary, para consolarlo, lo estrech entre sus hermosos brazos mojados. Le deca tiernamente: Creste que me ahogaba, Miguel? Yo soy la nia del mar y tengo un secreto con las olas. Mary demostraba, como siempre, su gracia exquisita, pero demostraba tambin en

    oscura vanidad y esa fatal ingratitud de los nadadores, que nunca reconocen haber estado en peligro y que reniegan de quienes los salvan. Entre los personajes de ese episodio hubo uno que me impresion vivamente. Fue el nio, un hijo de una hermana de Andrea, la duea del hotel. Pareca tener once o doce aos. Su expresin era tan noble; las lineas de su rostro eran regulares y definidas; sin embargo, haba en l una mezcla de madurez y de inocencia que me disgust.

    El doctor Huberman! exclam, sorprendida. Mary. Me haba reconocido. Conversando amistosamente emprendimos nuestro regreso. Mir hacia el hotel. Era un pequeo cubo blanco contra un cielo de nubes grises, desgarradas y retorcidas. Record una estampa del catecismo de mi niez, titulada La ira divina.

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    V

    Con qu admirable docilidad reacciona un organismo no violado por la medicina aloptica! Un simple vaso de cacao fro disip mi cansancio. Me sent reconfortado, dispuesto a hacer frente a todas, las vicisitudes que pusiera en mi camino la vida. Tuve un

    momento de vacilacin. No convendra tomar de aliada a la rutina y empezar, ah mismo, mis tareas literarias? O poda consagrar ntegramente esa primera tarde de vacaciones al ocio reparador? Mis manos respetuosas acariciaron unos instantes el libro de Petronio; lo mir con nostalgia y lo deposit en la mesa de luz. Antes de salir quise abrirla ventana para que entrara a raudales, en mi cuarto, el aire de la tarde. Empu resueltamente el picaporte, lo hice girar y di el tirn necesario Me fui contra la ventana. Abrirla era imposible. Este gracioso incidente evoc en mi memoria las consabidas excentricidades de mi ta Carlota. Ella tambin tena una propiedad al borde del mar, en Necochea, y tema tanto el efecto del aire marino sobre los metales, que haba hecho construir la casa con ventanas falsas y, cuando no haba huspedes, todo lo envolva en espirales de papel, desde la manija del fongrafo hasta la cadena del water closet. Por lo visto se trataba de una mana de

    familia, que se haba extendido hasta las ramas ms lejanas y desacreditadas, Pero yo estaba resuelto a que abrieran la ventana con tiles de carpintera, si era indispensable y a que se renovara ese aire viciado. Ya senda un principio de cefalalgia. Tena que hablar con los dueos del hotel. Avanc a tientas por la oscuridad de los corredores, donde el aire era tan denso como en mi habitacin, y llegu a una escalera de cemento gris. Dud entre bajar o subir. Segu mi primer impulso: baj. El aire se hizo an

    ms irrespirable. Me encontr en un stano asombroso: haba una especie de hall, con un mostrador y un fichero para llaves; haba, ms all de una puerta vidriera, una sala en la que se acumulaban comestibles, botellas de vino y enseres de limpieza; en una de las paredes, un enorme fresco representaba una escena misteriosamente pattica: en una habitacin decorada con palmas, frente a un ancho ventanal, abierto de par en par, por donde el sol derramaba torrentes de esplendor, un nio que pareca un pequeo paje, se inclinaba

    levemente sobre un lecho donde yaca una nia muerta. Me pregunt quin sera el pintor annimo: en el rostro de la nia resplandeca una belleza angelical y en el del nio, convocados por facultades que parecan ajenas al arte plstica, haba mucha inteligencia y mucho dolor. Pero tal vez me equivoque; no soy un crtico de pintura (aunque todo lo cultural, cuando no sofoca la vida, es de mi incumbencia). Quise abrir la puerta vidriera; estaba cerrada con llave En ese momento o unos gritos. Me pareci que venan del otro piso. Movido por una incontrolable curiosidad, sub corriendo. Me detuve, anhelante, en el descanso de la escalera; volv a or los gritos, hacia la izquierda, hacia el fondo del corredor. Me deslic cautelosamente. Algo amorfo y veloz sali a mi encuentro y me roz un brazo. Temblando (tea la impresin de haber sido embestido por un gato fantasmagrico), segu con los ojos la sombra que se alejaba; la incierta luz del vano de la escalera me reservaba una revelacin: el pequeo curioso era Miguel, el nio que haba conocido a la tarde en la playa! En la primera oportunidad lo

    reprendera. Me encamin hacia mi habitacin en el extremo opuesto del corredor, pero ya era imposible no or las voces. Involuntariamente me esforc en reconocerlas. Eran las voces de la playa. Emilia y Mary se insultaban con una violencia que me anonad! O

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    apenas. Me alej con un profundo desagrado en el alma.

    Volv a mi cuarto (todava cerrado), abr mi botiqun, resplandeciente de etiquetas blancas y de tubos pardos y de tubos verdes, puse en una pulcra hoja de papel los diez glbulos de arsnico y los dej caer sobre la lengua. Faltaba, exactamente, un cuarto de hora para la cena.

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    VI

    Mi apetito era plenamente satisfactorio. Cinco minutos antes de la cena juzgu oportuno acercarme a la zona del comedor, para que el toque del gong no me tomara desprevenido. Atareados en la distribucin de las servilletas y de las canastas de los panes,

    encontr a mis parientes, los dueos. Decid encarar sin ms trmite el asunto de la ventana. Yo no pagaba en el hotel mis parientes me deban, desde tiempos inmemoriales, una suma de dinero, pero no estaba dispuesto a ser tratado como quien recibe favores. Mi primo, un hombre prematuramente canoso, nada sanguneo, de grandes ojos absortos y de expresin cansada, oa con ecuanimidad, casi con dulzura, mis rdenes de desclavar en el acto la ventana. Un solcito silencio fue su nica reaccin. Andrea, su mujer, lo interpel:

    Ya te deca, Esteban; aqu nos sepultamos en la arena. Para donde uno vaya hay arena, una cosa infinita. Un sbito entusiasmo se apoder de Esteban. No es cierto, Andrea. Al sur estn los cangrejos. El 23 de octubre del ao pasado, no, fue el 24, el caballo del farmacutico se meti en el pajonal; ante nuestros propios ojos desapareci en el barro.

    A m me gustaba ese lote en Claromec prosigui Andrea, con srdido resentimiento. Pero Esteban no quera ni que le hablara. Y aqu nos tienes, con deudas, en este hotel que slo da gastos. Andrea era joven, sana, de ojos movedizos y facciones regulares, pero no agraciada. Tena un interminable resentimiento que se manifestaba en una laboriosa y agresiva amabilidad.

    Esteban dijo: Cuando nosotros llegamos no haba nada; una casilla de chapas, el mar y la arena. Ahora est nuestro hotel, el Hotel Nuevo Ostende, la farmacia. Las estacas de tamarisco han prendido por fin. Reconozco que esta temporada es pobre, pero el ao pasado todos los cuartos estaban ocupados. El lugar progresa. Tal vez no me he expresado claramente dije con irona. Lo que yo quiero es que abran mi ventana. Imposible respondi Andrea con irritante tranquilidad. Pregntale a Esteban. Cules el progreso? Hace dos aos tenamos la recepcin en la planta baja; ahora tenemos all el stano. La arena sube todo el tiempo. Si abriramos tu ventana se nos inundara la casa de arena. El asunto de la ventana estaba perdido. Soy por lo menos en apariencia un buen perdedor. Para cambiar de conversacin rogu a mis primos que me contaran lo que supiesen de ese velero encallado en la arena, que yo haba visto en mi paseo de la tard. Esteban respondi: Es el Joseph K. Lo trajo la marea una noche. Cuando nosotros nos establecimos haba otro barco en la costa, pero sobrevino una tormenta y de la noche a la maana el mar se lo llev. Mi sobrino afirm Andrea se pasa las horas jugando en ese barco. Para m es un misterio qu no se aburra. Qu har all, solo, todo el da? Para m no es un misterio respondi Esteban. Ese barco me da ganas de ser chico.

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    El gong interrumpi nuestra conversacin. Lo golpeaba afanosamente una anciana

    obesa, que sonrea con puerilidad. Me dijeron que era la dactilgrafa. La gente no tard en llegar. Nos sentamos arrinconados en el extremo de una mesa excesivamente larga. Me presentaron a la nica persona que todava yo no conoca: el doctor Manning. Era pequeo, rosado, arrugado, incomunicado. Estaba vestido de pescador y tena permanentemente una pipa en la boca, que lo cubra de ceniza. Una silla estaba vaca: faltaba Emilia.

    Andrea, ayudada por una criada, serva la mesa. Esteban coma desganadamente. Habamos tomado la sopa de arvejas cuando se levant con extremada suavidad, fue hacia la radio, se puso los lentes, movi los diales y nos ensordeci con un programa de boleros. Yo, con alguna insistencia, diriga miradas de admonicin y de reproche al nio Miguel. ste me rehua los ojos y miraba, con simulado inters, a Mary. El doctor Cornejo tambin la miraba.

    Qu anillos ms hermosos! exclam Cornejo, tomando con ademn seguro la mano de la muchacha. El brazalete es de oro catorce y los rubes son perfectos: S, no son malas estas joyas contest Mary. Las hered. Mi madre pona todo su dinero en alhajas. Confieso que en el primer momento las joyas de Mary me parecieron ms fastuosas que genuinas. Hay, por cierto, entre las fantasas modernas y las mejores joyas antiguas una

    analoga el color de las piedras, la complejidad de los engarces, el simbolismo del diseo que desorienta al observador casual. Mi prima, la hotelera, no pareca compartir esas dudas. La codicia brillaba en sus ojos. Subiendo excesivamente el registro de mi voz el aparato de radio nos aturda pregunt a Mary qu libros interesantes haba ledo en este ltimo tiempo. Ay! respondi. Los nicos libros que leo son los que traduzco. Le prevengo que forman una biblioteca respetable. No la crea tan trabajadora coment. Si no me cree, vaya a mi cuarto dijo en un tono sarcstico. Ah tengo todos los libros que he traducido. Porqu ser que no puedo separarme de mis cosas? Las quiero tanto! Guardo tambin los manuscritos de las traducciones y los borradores de los manuscritos!

    Ya estbamos comiendo el segundo plato unas aves un poco tiernas para mi gusto cuando lleg Emilia. Tena los ojos brillantes y enrojecidos, como si acabara de llorar. Tena ese frgil y solemne aislamiento de las personas que han llorado. Hubo un malestar general, no disminuido por los esfuerzos que hada cada uno de nosotros para disimularlo. Mary nos interrog:

    No los molesto si apago la radio? Se lo agradeceremos dije, cortsmente. El silencio fue un alivio, pero no un alivio duradero. Callada la msica, ya no tenamos donde ocultarnos y cada uno era un impdico testigo de la incomodidad de los dems y de la tragedia de Emilia. Qu secreta enemistad arda en el corazn de esta muchacha? Hay todava un tratado por escribir sobre el llanto de las mujeres; lo que uno cree una expresin de ternura es a veces una expresin de odio, y las ms sinceras lgrimas

    suelen ser derramadas por mujeres que slo se conmueven ante s mismas. Con excelente nimo, el doctor Cornejo trat de reanimar la conversacin. Ayudndose con diagramas que trazaba con el tenedor en el mantel, nos explic el sistema

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    completo de las mareas en la costa sudatlntica. Luego, ante la creciente alarma de mis

    primos, procedi a proyectar dos improbables espigones para nuestra playa. A continuacin habl de los cangrejales y con todo realismo adopt las posturas que los circunstantes deban ensayar en caso de caer en un cangrejal. Empezbamos, por fin, a olvidarnos de Emilia. Mary intervino: Ay, yo tengo las preocupaciones de Santa Luca! La arena le ha puesto a Emilia los ojos como si hubiera llorado. Se dirigi a su hermana: Pasa luego por mi cuarto y te prestar unas gotas. Era admirable la delicadeza con que Mary quera disimular el llanto de su hermana. sta ni siquiera contest. Pero Mary pensaba en todo. A diferencia de media humanidad, record que recetar ante un mdico aun recetar unas gotas de Aqua fontis era ofensivo. Exclam con su gracia habitual: Qu torpeza la ma, con un doctor adelante! Por qu no la atiende un poco a mi hermana, que buena falta le hace? Me puse las gafas y mir a Emilia fijamente. Le pregunt con deferencia: Despus de leer, tiene dolores de cabeza? Siente que sus bellos ojitos le queman, como dos globos de fuego? Ve moscas que no existen? Ve en torno a la luz, de noche, un halo verde? Expuesto al aire, su lagrimal se dilata?

    Interpret el silencio de Emilia como una respuesta afirmativa. Dictamin en el acto: Ruta foetida mil. Diez glbulos al despertarse. Tengo en mi botiqun algunos frasquitos. Le dar uno, si me permite. Gracias, doctor. No me hace falta respondi Emilia. Pareca no advertir mi atencin. Continu:

    No es la arena lo que me hizo llorar. Estas palabras no contribuyeron a consolidar la animacin de los circunstantes. Ese esforzado voluntario, el doctor Cornejo, intervino: Hace veinte aos que verane junto al mar, de los cuales ocho, sucesivos, en Quequn. Y bien, seores, puedo asegurarles que ninguna playa ofrece tantos atractivos como sta para el estudioso de los desplazamientos de la arena.

    A continuacin levant los planos, en el mantel, de una futura plantacin destinada a fijar los mdanos. Ante los resueltos trazos del tenedor, mi prima se estremeca. Con las ltimas uvas, el doctor Manning se retir a una mesa apartada. Lo vi sacar del bolsillo diminutas barajas y jugar solitario tras solitario. No puedo pasar un da sin or msica dijo Mary. Y mir extraamente a su hermana.

    Quiere que ponga la radio? inquiri Atuel. Cmo? Con una concertista? exclam Mary, dando nuevas pruebas de su exquisita sensibilidad. Despus se acerc a su hermana y, tomndola del brazo, le rog con un carioso mohn. Toca algo de tu repertorio, Emilia. sta replic: No tengo ganas. No seas as, Emilia la alent su novio. Los seores quieren orte. Juzgu oportuno mediar. Estoy seguro dije pausadamente que la seorita no nos privar del honor de escucharla.

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    Finalmente Emilia tuvo que acceder. Con mal disimulada contrariedad se acercaba

    al piano, cuando Mary la detuvo. Emilia dijo, vas a tocarnos el Vals olvidado, de Liszt. La pianista se qued mirando rgidamente a Mary. Cre descubrir en sus ojos, celestes y difanos, la frialdad del odio. Luego, sbitamente, sus facciones se tranquilizaron. No estoy con nimo de ejecutar piezas tan alegres respondi con indiferencia. Preferira el Claro de luna de Debussy. El Claro de luna no conviene a tu sensibilidad. Tus manos lo tocan, pero el alma est ausente. El vals, Emilia, el vals. El vals! exclam con galantera. No me considero experto en cuestiones musicales, pero comprend que era de buen tono apoyar la mocin de Mary.

    Atuel intervino: Pobre Emilia! No la dejan tocar lo que quiere. Esta frase era una injustificada agresin contra m. La dej pasar. Vi que Emilia miraba a Atuel con lgrimas en los ojos. Mary insisti en su pedido. Emilia se encogi de hombros, se sent al piano, recapacit durante algunos instantes y empez a tocar. El fallo de Mary haba sido justo: en

    Emilia la tcnica era ms notable que el alma. La ejecucin fue, parcialmente, correcta; pero se advertan penosas vacilaciones, como si la pianista hubiera olvidado, o conociera poco, la obra que nos ofreca. Todos aplaudimos. Con una ternura que me conmovi, Mary bes a su hermana. En seguida exclam: Cmo interpretaba este vals Adriana Sucre! Tal vez con el propsito de borrar la mala impresin causada, Emilia acometi con

    lcido entusiasmo los cristalinos acordes del Vals melanclico. Pero slo la anciana dactilgrafa la escuchaba. Nosotros preferamos seguir las deliciosas ancdotas de niez que venturosamente la msica inspiraba en Mary. Puedo jurar que las dos pequeas biografas orales que Mary nos deline la suya, consentida y adorable; la de Emilia, ms irnica, pero igualmente cariosa eran obras de arte comparables, en su gnero, a las de Liszt. Emilia acab de tocar: Mary le grit:

    Les hablaba a estos seores de la predileccin que siempre mostraba por ti nuestra madre! Cuando llegaba alguno de tus novios le peda a la profesora que tocara el piano; despus les haca creer que eras t la que haba tocado. Hoy, para el Vals olvidado, te hubiera convenido la estratagema. Tens razn contest Emilia, pero no te olvides que yo no quera tocarlo. Adems, no s por qu ests tan agresiva conmigo.

    Mary grit patticamente: Mala! Eso es lo que eres: una mala! Ech a llorar. Atuel se dirigi a Emilia: Es cierto. No tenes corazn le dijo. Todos rodeamos a Mary (salvo el doctor Manning, que segua, montono y preocupado, perdiendo solitarios). Mary lloraba como una nia, como una princesita (segn observ Cornejo). Verla tan apenada y tan hermosa me sirvi lo digo con egosmo para comprobar que yo s tena corazn. Estbamos muy ocupados con Mary; nadie advirti que Emilia se retiraba, o tal vez lo advirtiera el pequeo Miguel, que nos miraba subyugado, como si representramos una escena de gran guiol.

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    El doctor Cornejo, en quien empec a notar una marcada inclinacin a entrometerse

    en asuntos ajenos, propuso que alguno de nosotros fuera en busca de Emilia. No dijo Atuel con inslito buen sentido. A las mujeres histricas hay que dejarlas solas. No es verdad, doctor? Le conced mi aprobacin. Afuera aullaban alternadamente los perros. La anciana que haca las veces de dactilgrafa se acerc a una ventana. Sonriendo inexpresivamente exclam:

    Qu noche! Qu perros! Ladraban as cuando falleci abuelito. Estbamos como ahora en un hermoso balneario. Segua moviendo la cabeza, como si todava oyera msica. De pronto, el aullido de los perros se perdi en un aullido inmenso; era como si un perro gigantesco y sobrenatural gimiera por las desiertas playas todo el dolor de la tierra. El viento se haba levantado.

    Una tormenta de viento. Hay que cerrar las puertas y las ventanas declar mi primo. Un golpeteo como de lluvia azotaba las paredes. Aqu las lluvias son de arena observ mi prisma. Despus agreg: Con tal que no quedemos enterrados. gilmente la obesa dactilgrafa cerraba las ventanas. Nos miraba sonriendo y

    repeta: Esta noche va a ocurrir algo! Esta noche va a ocurrir algo! Sin duda estas palabras inconsultas conmovieron el alma impresionable de Mary. Dnde estar Emilia? dijo olvidando todo resentimiento. Exijo que alguien vaya a buscarla. Paso por alto la exigencia, para que no digan que soy delicado concedi Atuel. Tal vez el doctor Cornejo quiera acompaarme Haba un contraste entre el urgente ulular del viento, afuera, y el aire inmvil y escaso de ese interior donde nos sofocbamos en torno de una lmpara impvida. La espera nos pareci interminable. Finalmente, los hombres regresaron. La hemos buscado por todas partes afirm Cornejo. Ha desaparecido. Mary tuvo un nuevo ataque de llanto. Decidimos aprestarnos para una expedicin de rescate. Cada uno corri a su habitacin, en busca de abrigos. Yo me inclu en un gorro de lana, en un sacn a cuadros y en unos guantes peludos. Enrosqu alrededor de mi cuello una bufanda escocesa. No olvid la linterna sorda. Ya sala, cuando repar en mi botiqun. Tom un frasquito de Ruta foetida. Fue una inspiracin de hombre de mundo.

    Tome le dije a Mary, cuando volv al saln. Maana se lo da a su hermana. El efecto que esta sedante declaracin oper sobre Mary fue radical. Demasiado radical, en mi opinin: minutos despus, cuando me diriga hacia la salida del hote l, vi, contra la blancura del muro, dos sombras que se besaban. Eran Atuel y Mary. Pero quiero aclararlo: Atuel se resista; Mary lo asediaba apasionadamente. Qu somos, murmur, sino osamentas besadas por los dioses?. Con el alma apesadumbrada, segu mi camino. Algo aull en la penumbra. Era el nio. Yo haba

    tropezado con l. Me mir un instante qu haba en su expresin: desprecio, odio, terror?; despus huy. Cuatro hombres, forcejeando, apenas pudieron abrir la puerta. Nos encontramos en

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    la noche de afuera. El viento quera derribarnos y la arena nos golpeaba en el rostro y nos

    cegaba. Esto va a durar vaticin mi primo. Partimos en busca de la muchacha extraviada.

  • 22

    VII

    A la maana siguiente Mary estaba muerta. Poco antes: de las ocho me haban despertado unos ruidos desapacibles: era Andrea que me llamaba, pidiendo auxilio. Encend la luz, rpidamente salt de la cama, con pulso firme deposit los diez glbulos de

    arsnico sobre el papel y de ah los pas a mi lengua, me envolv en mi robe de chambre morada, abr la puerta. Andrea me mir con ojos de llanto, como disponindose a echarse en mis brazos. Resueltamente deje las manos en los bolsillos. Muy pronto supe lo ocurrido. Mientras la segua por los corredores del hotel, mi prima me dijo que Emilia acababa de encontrar muerta a su hermana. De una espesa trama de sollozos y gemidos entresaqu la informacin.

    Tuve un presentimiento melanclico. Record mis prometidas vacaciones, la tarea literaria, Musit: Adis, Petronio, y penetr en el aposento de la tragedia. La primera impresin que tuve fue de dulzura. La lmpara iluminaba la cabeza de Emilia contra una fila de libros. Emilia lloraba silenciosamente, y me pareci descubrir en la hermosura de su rostro una placidez que antes no haba advertido. Sobre la mesa vi un alto de manuscritos y de pruebas de imprenta; un tibio impulso de simpata palpit en mi

    pecho. La muerta estaba en la cama y, a primera vista, pareca tranquila y dormida. La mir con alguna detencin: presentaba los signos de envenenamiento por estricnina. Con una voz en que pareca sollozar la esperanza, Emilia pregunt: No ser un ataque de epilepsia? Hubiera querido contestar afirmativamente. Dej que el silencio contestara por m. Un sncope? interrog Andrea. Atuel entr en la habitacin. Los dems desde mi primo Esteban hasta la dactilgrafa, incluidos Manning y Cornejo, se agolpaban junto a la puerta. Juzgu que el deceso haba ocurrido dentro de las ltimas dos horas. Contest a la pregunta de Andrea: Muri envenenada. Yo me fijo en la comida que les doy replic Andrea, ofendida. Si fuera por algn alimento, estaramos todos No digo que haya ingerido un alimento en mal estado. Ingiri veneno. El doctor Cornejo entr en la habitacin, abri los brazos y me dijo impetuosamente: Pero, seor doctor, qu insina? Cmo se atreve, delante de la seorita Emilia? Me ajust los anteojos y mir al doctor Cornejo con impasible desdn. Su afectada cortesa, que era slo un pretexto para entrometerse, empezaba a impacientar^ me. Adems, con su exaltacin y sus ademanes, respiraba como un gimnasta. Faltaba aire en el cuarto. Respond secamente: El dilema es claro: suicidio o asesinato. La impresin que produjeron mis palabras fue profunda. Continu:

    Pero, en definitiva, no soy yo el mdico que extender la partida de defuncin Es a otro a quien debern convencer de que se trata de un suicidio. Probablemente yo me hubiera dejado convencer muy pronto. Pero mis palabras eran

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    hijas de la pasin: me diverta molestar a Cornejo. Adems, con ese plural debern convencer pona bajo la sospecha de asesinato a todos los presentes. Eso tambin me diverta. Temo que el doctor Huberman tenga razn afirm Atuel, y yo record su sombra y la de Mary. Continu: Aqu est el frasco de los glbulos que tomaba todas las maanas; el corcho est en el suelo Si el veneno estaba escondido ah, nos encontramos ante un crimen.

    Era el ltimo toque, ya no podramos librarnos de la polica. Pens que, en lo futuro, deba dominar mis impulsos. El doctor Cornejo declar: No olviden que estamos entre caballeros. Me niego a aceptar sus conclusiones. Un grito desgarrador, elemental, interrumpi mi cavilacin. Despus o unos pasos precipitados que se alejaban.

    Qu es eso? pregunt. Miguel contestaron. Sent que esa destemplada intervencin era como un reproche a todos nosotros por haber condescendido a pequeeces y mezquindades ante el definitivo milagro de la muerte.

  • 24

    VIII

    La tormenta haba amainado. Mandamos el Rickenbacker a Salinas. Durante la maana Emilia y Atuel acompaaron a la muerta. Los dems pensionistas nos turnbamos, con discrecin, en ese triste deber. Andrea casi no apareci

    por el cuarto. Que una persona hubiera fallecido en el hotel la contrariaba; recibir ahora a la polica, y afrontar una investigacin, era algo que exceda su comprensin y su tolerancia. En el trato con Atuel y con Emilia se permita desatenciones. Cuando hablaba de la muerta no disimulaba su rencor. A las once en punto me allegu a la cocina y le ped a Andrea que me preparara mi inveterado caldo con tostadas. Tuve una desagradable impresin: Andrea estaba plida y un

    temblor en la mandbula anunciaba la inminencia del llanto. Dominando apenas mi impaciencia, consider que una demora en la llegada del caldo era casi inevitable. Me pareci prudente no hablar hasta que lo sirvieran. Estoy dispuesto a reconocer muchos defectos en mi prima, pero afirmo que es una excelente cocinera. El caldo que me trajo era superior, tal vez, al que me preparan en el consultorio mis dos enanos correntinos.

    Sentado a horcajadas en el banquito de carpintero, con la bandeja delante, me resign a escuchar a Andrea. Estoy preocupada con Miguel me asegur en un tono que pareca monopolizar para nosotros dos el buen sentido y la ecuanimidad. Esas mujeres no recuerdan que es un chico y no se esconden para pelearse ni para estar con el novio. La anciana dactilgrafa pas gilmente con un matamoscas en la mano.

    Retrospectivamente o los montonos golpes que la cazadora vena descargando contra las paredes y los muebles. Como la tormenta impeda abrirlas ventanas, el hotel estaba lleno de moscas. El ambiente estaba pesado. Te olvidas que una de esas mujeres ha muerto dijo prosiguiendo la conversacin con Andrea. No solamente el caldo mereca elogios. Las tostadas eran eximias.

    Con eso acabaron de enloquecerlo. Estoy preocupada, Humberto. Miguel ha tenido una infancia triste. Es anmico, est mal desarrollado. Es muy chico para su edad. Cavila todo el tiempo. Mi hermano crea que el mar poda fortalecerlo Est en su cuarto llorando. Me gustara que lo vieras. La crueldad de mi prima con la muerta no deba ofuscarme; lo que haba dicho sobre el nio era atinado. Las primeras impresiones dejan en el alma un eco que resuena a

    lo largo de la vida. Incumbe a la responsabilidad de todos los hombres que ese eco no sea ominoso. No deba olvidar, sin embargo, la fea actitud de Miguel, escuchando las ntimas discusiones de Emilia y de Mary. Segu a Andrea hasta las profundidades de la casa, hasta el cuarto de bales, donde le haban puesto la cama a Miguel. Mientras vanamente palpaba las paredes en busca de la llave de la luz, Andrea encendi un fsforo. Despus prendi un resto de vela en un candelero celeste, sobre un bal.

    El nio no estaba. Clavada en la pared haba una pgina recortada de El Grfico: el equipo de primera divisin de Ferrocarril Oeste. Sobre un diario extendido, como una carpeta, sobre un bal,

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    haba un frasco de gomina vaco, un peine, un cepillo de dientes y un atado de cigarrillos

    Barrilete. La cama estaba revuelta.

  • 26

    IX

    Andrea pretenda que la ayudara en la busca de Miguel; consegu librarme de ella. Entr en el cuarto de Mary a tiempo para evitar que la dactilgrafa esa atareada encarnacin de Muscarius, el dios que alejaba las moscas de los altares cometiera un error irreparable. En efecto, ya haba arreglado los papeles que haba sobre la mesa; ahora Se dispona a ordenar la mesa de luz. No toque nada! grit. Va a confundir las impresiones digitales. Mir severamente a Cornejo y a Atuel. Me pareci que este ltimo sonrea con velada malicia Mis palabras no perturbaron a la dactilgrafa. Empu el matamoscas; un brillo

    alegre y sibilino apareci en su mirada; exclam: Ya les deca que iba a ocurrir algo; y dando golpes en las paredes se alej velozmente. Cuando son el gong del almuerzo, Emilia dijo que no iba a subir. Con ms impertinencia que galantera, Cornejo se empe en reemplazarla. Simpatizo con usted, Emilia. Pero crame, nosotros tambin nos sentimos responsables ante una tragedia tan horrible Sus nervios estn destrozados. Debe alimentarse. Aqu todos formamos una pequea familia. Yo soy el ms viejo, y reclamo el honor de acompaar a su hermana. Ejemplo tpico de falsa cortesa: importunar a todas las personas para ser amable con una. A m me haba consultado? Sin embargo, me pona en el trance de ofrecerme de plaidera y quedar sin almuerzo. Adems, l mismo haba sugerido que Emilia deba sentirse responsable de la muerte de su hermana. Era natural que quisiera pasar un rato a

    solas con ella antes de que llegaran los funcionarios y la polica. Atuel se acerc a Emilia y le habl paternalmente: Vos hars lo que quieras, Emilia le acarici un brazos. Si vas a almorzar me quedar yo, naturalmente. Si no, decime si quers que te acompae o si quers quedarte sola. Hac lo que vos quieras. El estilo es el hombre, pens. El estilo del Alma que canta empezaba a

    exasperarme. Emilia insisti en quedarse. La mir con una mezcla de admiracin y de gratitud que sentimos los hombres hijos de mujeres, al fin ante los ms altos ejemplos del alma femenina. Cuando me retiraba advert, sin embargo, que Emilia haba encontrado, en medi de su dolor, nimo para mudarse de ropa y aderezar su coquetera. Durante el almuerzo, el ruido de los cubiertos y el zumbido de los moscardones

    predominaban extraamente. Apenas hablbamos, Manning casi pareci locuaz Es horrible decirlo, pero la pequea familia se miraba con desconfianza. Nadie se acord de Miguel. Salvo Andrea. Cuando nos levantamos, me llev aparte. No lo hemos encontrado me anunci. Estar llorando en el barco. O en la arena. O en los cangrejales. Seguiremos la busca. Cuando tenga noticias te avisar. Por qu me avisara a m? Me irritaba que me tomara de cmplice en esas preocupaciones seudomaternales.

  • 27

    X

    Sent un inesperado bienestar en la compaa de Emilia, y me aventuro a creer que mi presencia no le desagradaba. Estbamos en ese casern cerrado como en un barco en el fondo del mar, o, ms

    exactamente, como en un submarino que se ha ido a pique. Yo tena la impresin de que el aire disminua angustiosamente. En todas partes me encontraba incmodo y no lo estara ms en el cuarto de la muerta. Acompaar a Emilia era un acto de piedad. En esa casa hasta la conducta del tiempo era anmala. Haba horas fugaces y horas lentas, y cuando mir el reloj, poco antes de entrar en el cuarto de Mary, eran las dos de la tarde; yo haba imaginado que seran las cinco.

    Estbamos solos en el cuarto. Emilia me pregunt si yo conoca mucho a su hermana. No le dije. En mi calidad de mdico solamente. Estuvo dos o tres veces en el consultorio. Aad una mentira benvola: Creo que en alguna ocasin me habl d usted. Nos queramos mucho coment Emilia. Mary me trataba con tanta dulzura Cuando muri mi madre tom su lugar en la casa. Ahora me deja sola. Lo tiene a Atuel suger con hipocresa. A pesar mo vi la escena de la noche anterior, vi a Mary besndolo. El pobre la sentir casi tanto como yo declar Emilia, y un fulgor de nobleza ilumin su rostro. ramos muy compaeros los tres. Me invadi una profunda desazn.

    Pero se van a casar pronto? pregunt por mera curiosidad. Creo que s. Pero esto ha sido tan inesperado Por ahora quiero solamente pensar en Mary, refugiarme con ella en los recuerdos de la infancia, en Tres Arroyos. La experiencia me ha enseado que personas sin ninguna cultura y normalmente incapaces de construir una frase, urgidas por el dolor dicen frases patticas. Me pregunt cmo se desempeara Humberto Huberman, con toda su erudicin, en circunstancias

    anlogas. Emilia continu: Y ahora viene la polica. Lo peor es que no quiero saber la verdad. Las lgrimas le corran por la cara. Despus de lo ocurrido slo tengo una profunda ternura hacia Mary. No puedo resignarme a que la martiricen con la autopsia Esto no me pareci razonable. Se lo dije con toda franqueza.

    Tarde o temprano hara lo mismo el proceso de la disolucin. Pero la verdad nos interesa a todos, Emilia. Adems, ahora Mary vive en su recuerdo. De ah no se la podrn sacar. La dactilgrafa entr con un ramo de viejas margaritas de gnero. Lo deposit a los pies d la cama. Son todas las flores que haba en el hotel dijo. La vimos irse. Emilia tal vez murmur gracias. Ya no podamos hablar.

    Para romper el silencio pregunt: Dnde estuvo anoche, cuando sali? Muy cerca respondi con nerviosidad. Precipitadamente, continu:

  • 28

    Recostada contra una de las paredes de la casa. El viento no me dejaba alejarme. Volv muy

    pronto. Me abri Andrea. Ustedes haban salido. Las sillas crujan al menor movimiento. stos eran indispensables y continuos. Nuestra fisiologa adquira una sbita preponderancia. Suspirbamos, estornudbamos, tosamos. Por primera vez en su biografa, Andrea fue oportuna. Apareci en el marco de la puerta y me llam.

    Miguel haba regresado.

  • 29

    XI

    En la vacilante luz de la vela el cutis ceroso, la mirada intensa y la cara de laucha de Miguel me impresionaron. Vertiginosamente registr una sensacin inslita en mi experiencia y por dems desagradable: yo perda el aplomo. En efecto, agazapado en la

    penumbra del cuarto de bales, Miguel pareca resuelto a defender su misterio. Mi nerviosa imaginacin evoc imgenes de pequeos y feroces animales acorralados. El nio me miraba en los ojos. Espontneamente elud esa obstinada expresin y, con ostensible tranquilidad, me dediqu a mirar los bales, la mesa de luz, el desvencijado catre, las paredes. Repar en la fotografa del equipo de football. Tuve una inspiracin genial.

    Veo, mi amiguito, que usted tambin es un entusiasta de Ferrocarril Oeste. Ninguna luz de simpata ilumin el rostro de Miguel. Ha estado en el Club Atltico de Quilmes? aad. Vio el trozo de valla rota por un pelotazo de Elseo Brown? Ahora Miguel sonrea. Pero mis conocimientos de los historiales del football haban llegado a su trmino. Mi prxima intervencin en el dilogo combinara astutamente

    los caracteres de la retirada y del ataque. Dnde pas la tarde? pregunt con un tono distrado. A usted no le asusta la tormenta. Record el velero abandonado, cre que hablaramos de temas navales, consult mis recuerdos de Conrad. Bruscamente Miguel contest: Fui a casa de Paulino Rocha. Quin es Paulino Rocha? Miguel estaba sorprendido. El boticario explic. Yo haba recuperado el aplomo. Continu el interrogatorio. Y qu hacas en casa del boticario? Fui a pedirle que me enseara a conservar las algas. Sac de abajo del catre una lata de nafta, con los bordes mal recortados; la inclin; flotaban en el agua, unas tiras rojas y verdes. Vi claramente en el alma de mi pequeo interlocutor. Son los nios un haz de variadas posibilidades. Miguel participaba del pescador del filatlico, del naturalista. De una trama de circunstancias dependa tal vez de m dependa que siguiera los fciles meandros del coleccionista o del sportsman o que se aventurara por las desaforadas

    avenidas de la ciencia. Pero no deba permitirme esas consideraciones, por fecundas y oportunas que fueran; deba proseguir, incansable, mi actividad policial. La queras mucho a la seorita Mary? Comprend en seguida que al formular esa pregunta haba cometido un error. Miguel miraba intensamente la lata de nafta, el agua oscura, las algas. Estaba de nuevo defendiendo su misterio.

    Era tarde para retroceder. Trat de averiguar qu saba el chico de las relaciones de la difunta, de Atuel y de Emilia. En ese sentido, nada lograron mis investigaciones. Tampoco su contribucin a mi conocimiento de Esteban y de Andrea fue generosa.

  • 30

    Baj los ojos. De pronto me qued mirando unas manchas de sangre en el suelo.

    Apart un poco dos bales. Reson un grito ahogado. Sent un vivo dolor en el rostro las uas de ese chico deban de estar envenenadas; todava llevo las marcas. Me qued solo. En el suelo, entre los dos bales, haba un enorme pjaro blanco, ensangrentado.

  • 31

    XII

    Yo abrigaba serios temores. Mir hacia afuera, a travs de la ventana del hall. La tormenta haba recrudecido. Mis planes eran precisos: tomar el t; visitar a Emilia antes de la llegada de la

    polica; recibir a la polica. La intil demora de mi prima en preparar, receta en mano, unos scones que aspiraban a remedar los justamente, famosos de la ta Carlota, significara, tal vez, el derrumbe de ese razonable proyecto. Mir de nuevo por la ventana. Me sent reconfortado. Como oleadas de agua negra azotaban los vidrios; era la arena. Despus, en relmpagos de claridad, poda entreverse un paisaje infernal; el suelo en disgregado y raudo movimiento, levantndose en remolinos iracundos y en trombas.

    Por fin reson el gong. La dactilgrafa lo golpeaba acompandose con blandos vaivenes de cabeza. Todos, salvo Emilia, nos congregamos en el comedor, en torno a la bandeja del t. Mientras saboreaba un scone juiciosamente dorado consider que los hechos cardinales los nacimientos, las despedidas, las conspiraciones, los diplomas, las bodas, las muertes nos convocan alrededor del lino planchado y de la vajilla inmemorial; record tambin que para los persas un paisaje hermoso era un estmulo para el apetito, y,

    ampliando la idea, juzgu que para un hombre perfecto todos los accidentes de la vida deban servir de estmulo. Desde los profundos veneros de la meditacin el dilogo de los dems se confunda en mi odo con el zumbar de las moscas. No me hubiera asombrado no me hubiera contrariado or de pronto el golpe seco de la pantalla de la dactilgrafa (nuestro amigo Muscarius). Como quien reconstruye, fragmento por fragmento, un rompecabezas, juntando

    esos fragmentos de conversacin descubr un grupo de personas temerosas, disimulando su temor, secretamente arrepentidas de haber llamado a la polica, confesadamente esperanzadas en la muralla de arena que la tormenta levantaba en torno del hotel. Baj a confortar a Emilia. La encontr con el hermoso y apacible rostro recordaba, tal vez, al de la Proserpina de Dante Gabriel Rossetti reclinado sobre una mano que sostena un pauelo lila, la misma postura en que yo la haba dejado horas antes. Nuestra conversacin no fue sustancial. Me declar, eso s, que el doctor Cornejo haba insistido en pasar un rato a solas con la muerta. Emilia no haba consentido. Volv al hall. Cornejo, rgidamente sentado en una silla moderna, estudiaba, con anteojos, papel y lpiz, un copioso volumen. Cuando encuentro a alguien leyendo, mi primer impulso es arrebatarle el libro de las manos. Propongo al curioso el examen de este

    sentimiento: atraccin por los libros o impaciencia de verme desplazado del foco de la atencin? Me resign a preguntarle qu lea. Un libro de verdad contest. Una gua de ferrocarriles. Llevo estructurado en la mente un plano del pas (limitado a la red ferroviaria, por supuesto) que aspira a englobar las localidades ms insignificantes, con sus distancias respectivas y las horas de viaje A usted le interesa la cuarta dimensin. El espacio-tiempo declar. Manning observ enigmticamente:

    La literatura de evasin, dira yo. Atuel miraba por la ventana. Nos llam. Entre un lvido cicln de arena vimos llegar al Rickenbacker. Por primera vez en el da me re. Lo confieso: la comicidad de la escena

  • 32

    que se desarroll con cinematogrfica diligencia era apremiante. Del automvil bajaron

    una, dos, tres, cuatro, hasta seis personas. Se agolparon contra una de las portezuelas traseras. Laboriosamente extrajeron un objeto largo y oscuro. Luchando y zarandendose en el viento, deformes, por efecto del vidrio sobre nuestras miradas oblicuas, a tientas, como en la noche, tropezando en la arena, los vi empaados los ojos por el llanto de la risa acercarse al hotel. Traan el atad.

  • 33

    XIII

    Con un bitter, bocadillos de queso y aceitunas, dimos la bienvenida al comisario Raimundo Aubry y al doctor Cecilio Montes, mdico de la polica. Mientras tanto, Esteban, el chauffeur, dos gendarmes y un hombre de traje claro y brazal negro el dueo de las pompas, segn me explicaron bajaban el atad al stano. Muy pronto iba a arrepentirme de esa copa de bitter que yo mismo haba servido al doctor Montes. Yo no haba descubierto an que una copa de ms nunca podra alterar el estado de mi joven colega. El doctor estaba ebrio; haba llegado ebrio. Cecilio Montes era de estatura mediana y frgil de cuerpo. Tena el cabello oscuro y ondulado, los ojos grandes, su tez era muy blanca, muy plida, el rostro fino y la nariz

    recta; Vesta un traje de cazador, bien cortado, en un cheviot verdoso, que haba sido de muy buena calidad. La camisa, de seda, estaba sucia. Los signos generales de su aspecto eran el desaseo, la negligencia, la ruina una ruina que dejaba entrever esplendores pretritos. Me pregunt cmo este personaje, escapado de una novela rusa, apareca en nuestra campaa; encontr inesperadas analogas entre el campo argentino y el ruso, y entre las almas de su gente; imagin la llegada del joven facultativo a Salinas, su fe en las causas

    nobles y en la civilizacin, y su paulatino deterioro entre la mezquindad y la penuria esenciales de la vida del pueblo. Javais calais mon Oblomov. Lo mir con toda simpata. En cambio, l pareca carecer hasta de aquella simpata, rudimentaria y mnima, que en la soledad invenciblemente nos rene a quienes pertenecemos a un mismo gremio o a una misma profesin. Apenas contestaba a mis palabras, y si las contestaba lo haca con indiferencia o con agresividad. Record, con xito, que Montes estaba borracho y que, en

    ocasiones anteriores, cuando sa misma espontnea simpata me haba acercado a mis colegas, slo encontr espritus marchitos por las supersticiones del positivismo cientfico del siglo XIX. El comisario Aubry era un hombre alto, rubicundo, con la piel tostada por el sol y con una perpetua expresin de asombro en los ojos celestes. Sobre stos quiero detenerme, porque eran el rasgo principal del hombre. No eran excesivamente grandes, ni de los

    llamados magnticos, agudos o penetrantes; pero se dira que en ellos vibraba la vida entera del comisario y que a travs de ellos escuchaba y pensaba. El interlocutor empezaba a hablar, y ya los ojos del comisario lo miraban con tal intensidad de atencin y de expectativa, que las ideas se malograban y las palabras moran en balbuceos. No lo duden; es un caso de envenenamiento por estricnina afirm con gravedad.

    Habr que verlo, estimado colega; habr que verlo dijo Montes; me dio la espalda y se dirigi al comisario. Tome nota: sospechoso intento de imponer un diagnstico. Caballero repliqu eligiendo involuntariamente un trmino tan falso como la situacin, si usted no estuviera borracho no le permitira esas palabras insensatas. Hay quienes para decir palabras insensatas no necesitan estar borrachos contest Montes. Yo me dispona a formular una respuesta que exterminara al alcoholista, cuando el comisario intervino. Seores dijo, buscndome con sus ojos inevitables, podran conducirnos

  • 34

    hasta la pieza de la difunta?

    Con perfecta compostura los conduje hacia abajo. Cuando llegaron frente a la puerta del dormitorio de Mary, la abr y me hice a un lado para que entrara el comisario. Entr el doctor Montes, empuando su pequea valija de fibra. Tal vez por las asociaciones que me trajo esta valija, murmur: El alma de Mary ya no necesita de parteras.

  • 35

    XIV

    Contrariando sus ms ntimas esperanzas, el doctor Montes debi coincidir conmigo en el diagnstico. Mary haba muerto por envenenamiento de estricnina. Reposado y autoritario, el comisario orden a los gendarmes que lo siguieran.

    Con su permiso nos dijo, vamos a proceder al registro de las habitaciones de todos ustedes. Aprob la medida. El comisario se dirigi hacia m: Empezaremos por la suya, doctor. A menos que alguno de los presentes declare la posesin de la estricnina. Nadie respondi. Ni siquiera yo mismo. Las palabras del comisario me haban

    anonadado. Jams imagin que mi habitacin sera registrada. No me compliquen en esto articul por fin. Soy un mdico Exijo que se me respete. Lo siento respondi el comisario. Para todos la misma vara. Cre que su intencin era sugerir que esa vara no era metafrica. A pesar mo los conduje, o mejor dicho, los segu hasta mi cuarto. All me esperaba

    un calvario, y tambin la satisfaccin de comprobar el dominio perfecto que tengo sobre mis nervios. Impotente, como si me hubieran inyectado curare en el organismo, deb tolerar que esas manos groseras profanaran los interiores de mi valija y lo que es inaudito, que abrieran uno por uno los tubos del botiqun, sensibles y delicados como vrgenes. Cuidado, seores! exclam sin poder contenerme. Se trata de dosis infinitesimales; entienden? Cuidado! Todo olor, todo contacto puede malograr las

    virtudes de estos medicamentos. Logr lo que me propona. Con saa renovada, los hombres se dedicaron al botiqun. Me deslic entre los profanadores y la mesa de luz. La mano derecha, casualmente apoyada en el mrmol, rescat el tubo de arsnico. Yo estaba dispuesto a padecer todo vejamen; no a que me estropearan esos glbulos que eran el pilar de mi salud. Cuando los policas acabaron finalmente la inspeccin del botiqun, dej caer entre

    los otros tubos el de arsnico. Me crea salvado, pero el destino me reservaba nuevas zozobras. Con fro en el alma, o esta afirmacin del comisario: Procederemos despus al anlisis de las pldoras. Penetr sus palabras ignaras: se refera a mis glbulos. Supuse, como era natural, que los requisara en el acto. Pero el comisario Aubry, con una falta de lgica slo comparable a su falta de cortesa, pas a la habitacin de Cornejo, dejndome plena libertad

    de tomar las precauciones que la prudencia me recomendaba.

  • 36

    XV

    No vacilo en afirmar que las habitaciones de los dems pensionistas no merecieron del comisario Aubry la prolongada minuciosidad que dedic a las del doctor Humberto Huberman.

    Mientras la comitiva policial continuaba la inspeccin del hotel, yo no estaba inactivo. Despus de poner en orden mi cuarto inici, por mi cuenta, la investigacin Sal l corredor. Cul no sera mi sorpresa al descubrir que ningn gendarme vigilaba el lugar del crimen! Me apost en la sombra, en el mismo sitio en que, la tarde anterior, Miguel haba escuchado las disputas de Emilia y de Mary. Inmediatamente record cmo yo haba sorprendido a Miguel y, con sbito pavor, pens que a m tambin podan sorprenderme.

    Me dispona a huir, cuando unos pasos me contuvieron. Eran los de la dactilgrafa. Yo empezaba a reconocer, uno a uno, los elementos de esa casa hermtica, de ese mundo limitado (como el presidiario reconoce las ratas de la crcel y el enfermo los diseos del empapelado o las molduras del cielo raso). Blandiendo su pantalla, la cazadora apareci en la penumbra. Rond peligrosamente, siguiendo el vuelo de las moscas. Luego se perdi en la oscuridad de los corredores.

    Esper un poco ms. No era grave que me sorprendiera la dactilgrafa; convena, sin embargo, que nadie supiera que yo haba estado escondido en las inmediaciones del cuarto de Mary. Esper demasiado. Atuel bajaba lentamente la escalera. Avanzaba con una mezcla de cautela y de firmeza que me paraliz, como la brusca revelacin de un poder criminal en un hombre que hasta entonces yo haba mirado con indiferencia. Entr en el cuarto de Mary. Sac una valija que haba debajo de la cama; la abri, hurg un rato en

    ella. Revis, despus, los papeles que haba sobre la mesa. Pareca buscar algo. Su extraordinaria compostura no era natural; record a los buenos actores, que saben que tienen pblico y lo desdean Un sudor fro me perlaba la frente. Atuel dej los papeles; tom del estante un libro rojo (lo reconoc: era una novela en ingls, con un emblema en la tapa, con mscaras y pistolas superpuestas); guard el libro en el bolsillo; camin hasta la puerta; mir hacia uno y otro lado; dio unos pasos largos y silenciosos; de nuevo se detuvo;

    lo vi subir los escalones, de cuatro en cuatro. Sal por fin. Si me quedo unos minutos ms, me sorprende la polica. Le orden a mi prima que me preparara un candial.

  • 37

    XVI

    El comisario nos reuni en l comedor. Seores exclam con estentrea gravedad, espero que estn dispuestos a declarar. Me instalar en el despacho del patrn y ustedes pasarn en turno, como ovejas

    por el baadero. Le falta el sentido del humor? Por qu no se re? me pregunt Montes. Me dispona a replicar debidamente, pero las vaharadas alcohlicas me hicieron retroceder. Empez el interrogatorio. Fui llamado entre los primeros. Aunque no me presionaron, dije cuanto saba, sin omitir ningn rayo de luz que pudiera orientar la

    investigacin. Como un benvolo novelista policial, me limit a distribuir los nfasis. Confiaba que bajo mi frula aun la modesta mentalidad de Aubry llegara a descubrir el misterio. Al salir del escritorio advert que un olvido esencial malograba mi exposicin. Quise volver. No me admitieron. Deb esperar que los otros testigos depusieran sus prolijos balbuceos. El purgatorio nunca es breve.

    No ser ocioso, tal vez, registrar en esta crnica un detalle que Aubry me comunic en conversaciones ulteriores de la declaracin de Andrea. Parece que esa noche mi prima, como de costumbre, haba puesto una taza de chocolate en la mesa de luz de Mary. Ahora faltaba la taza. Andrea afirmaba no haber advertido inmediatamente esa falta y aduca, a manera de explicacin, el estado de sus nervios. Lleg, por fin, el candial que yo haba pedido. Mi espritu se reanim.

    Cuando me llamaron, no me levant como quien obedece una orden, sino como quien persigue un desquite. Al entrar en el escritorio murmur la tradicional estrofa: Un pjaro, al fin, cruz. De entre la niebla sali. Lo salud con la mano como si fuera un cristiano.

    Mir en silencio al comisario. Despus anunci dramticamente: En el cuarto de un nio, en el stano de esta casa, escondido entr bales, hay un pjaro muerto. Un albatros. Lo encontr hoy a la tarde, con el pecho abierto, sin vsceras. Hice una pausa. Continu: Quizs unas horas despus, cuando el doctor Montes examinaba el cadver de la muchacha, en el stano unas manos solitarias embalsamaban el

    albatros. Qu pensar de estas situaciones simtricas? El veneno que mata a la muchacha, en el pjaro conserva el simulacro de la vida.

  • 38

    XVII

    Esa misma noche mi revelacin dio sus primeros frutos. Sin encontrar resistencia, con la silenciosa naturalidad de lo necesario, pas del grupo de los sospechosos al grupo de los investigadores. En efecto, en un aparte confidencial, prolongamos con el comisario

    Aubry y con el doctor Montes unas tazas de caf y unos guindados, hasta que la madrugada clare entre los arenales. Mi colega quera hablar de mujeres; el comisario gratific nuestro espritu hablando de libros. Era un asiduo del Conde Kostia, admita a Fabiola y desaprobaba a Ben Hur; pero su libro favorito era El hombre que re. Sus ojos azules me miraron con intensa gravedad.

    No cree me pregunt que el momento ms enorme de la literatura es aqul en que Hugo nos habla de ese lord ingls aficionado a las rias de gallos y que en un club hace bailar sobre las manos a dos mujeres? A una, que era soltera, le dio una dote y al marido de la otro lo nombr capelln. Yo estaba agradablemente perplejo ante el fervor literario de Aubry, incmodamente perplejo ante su pregunta. Por una generosidad del destino, la frase que me

    permiti sortear la situacin era, a su vez, un consejo til. Le recomend obras modernas: trat de que leyera La Montaa mgica, de Thomas Mann, novela de lectura oportuna en nuestras circunstancias y de la que no tenamos en el hotel ni un solo ejemplar. Me escuch con reverencia y avidez. Pareca que sus ojos celestes se clavaban en mis palabras. Quiz los clavaba en su memoria. Mis labios todava pronunciaban Thomas Mann, cuando l dijo laboriosamente, como quien se afana por la oscura regin del

    olvido en busca de unos versos: Hardquanonne dice: existe una probidad en el infierno. Frases como sta revelan al gran receptor; destacan, entre los talentos, al genio. Toda mi vida es un encontrarme con estos amigos frustrados: mientras piensan abstractamente nos entendemos; dan un ejemplo y surge la incompatibilidad. Con un clido impulso de simpata, cuya autenticidad no examinbamos, seguimos hablando de literatura

    hasta que el doctor Montes interrumpi su hosco silencio para preguntar. A qu conclusiones ha llegado en la investigacin? Sus ojos, curvos y atentos, se fijaron primero en Montes, despus en m; su boca, movindose como la de un rumiante, palade el guindado. Ya dispuesto a reprocharme deficiencias de cordialidad, me pregunt hasta dnde haba progresado en la confianza del hombre. No tena una fe ilimitada en la explicacin del misterio que dara Aubry. Quera

    orla.

  • 39

    XVIII

    Desde el principio comprend quin era culpable afirm el comisario, inclinando confidencialmente el busto y escudrindonos como si estuviramos en el horizonte. La ulterior investigacin y los interrogatorios confirmaron mi sospecha. Me sent dispuesto a creerle. Los crmenes complicados eran propios de la literatura; la realidad era ms pobre (record a Petronio y a sus piratas encadenados en la playa). Adems, presumiblemente Aubry tendra cierta experiencia en la materia. En las novelas (para volver a la literatura) los funcionarios policiales son personas infaliblemente equivocadas. En la realidad son algo mucho peor, pero suelen no fracasar, porque el delito, como la locura, es un fruto de la simplificacin y de la deficiencia.

    Seores articul confusamente el doctor Montes, me permiten un brindis? En honor de qu? pregunt el comisario. De las verdades maravillosas que vamos a or. Secretamente me alegr la respuesta. Qu poda esperarse de un investigador que escuchaba los desatinos de un borracho? El comisario prosigui:

    Empecemos por los motivos. A lo que sabemos, hay dos personas con motivos permanentes para cometer el crimen. Si dice a lo que sabemos interrumpi el borracho, con menos oportunidad que lgica, reconoce que hay algo que no sabe y toda la solucin se derrumba. En cuanto a los motivos, repito, hay dos personas que merecen nuestra atencin continu el comisario, como si no hubiera odo la impertinencia de Montes; la seorita hermana de la vctima y el seor Atuel. Me sent consternado. Desde ese instante, lo confieso, deb esforzarme para seguir las explicaciones de Aubry. Mi imaginacin se desviaba hacia una suerte de espectculo cinematogrfico; las escenas ocurran en orden inverso primero, mis ltimas conversaciones ton Emilia; finalmente, el episodio de la playa y la interpretacin tambin haba cambiado; ahora, al revisar las disputas entre las hermanas, la muchacha buena era

    Emilia. Pens en Mary y me dije que la conducta de los hombres tiene un curso, con fluctuaciones y cambios, ms all de la muerte. Pens en Emilia y me pregunt si no empezaba a quererla. Hubo en la explicacin de Aubry algn alarde tcnico; tratar de repetirla con sus mismas palabras. Clasifiquemos los motivos en permanentes y ocasionales dijo con expresin adusta. En el presente caso, los primeros son de orden econmico y de orden pasional. Esta muerte beneficia a la seorita Emilia Gutirrez y al seor Atuel. La seorita Emilia heredar a su hermana. Recibir unas alhajas que no creo exagerado calificar de valiosas. Y, a estar en mis informes, los novios postergaban el matrimonio en razn de dificultades econmicas. En cuanto al seor Atuel, por ese matrimonio llega a beneficiarse con la muerte. Los motivos pasionales apuntan a las mismas personas. Parece un hecho comprobado que la difunta andaba en amores con el novio de la seorita Emilia. As

    tenemos los celos, el catalizador de la tragedia. Este factor es netamente femenino, malo para Emilia! Pero el enredo entre el novio y la vctima debe considerarse como un fermentario de pasiones violentas, que seala tambin al primero de los nombrados.

  • 40

    Pasemos, ahora, a los motivos ocasionales. Las ltimas peleas ocurren entre las seoritas,

    con la exclusin parcial del novio. Mal asunto para la seorita Emilia! Finalmente pasemos de los motivos a la ocasin. Al llegar a esta frase, Atuel queda descartado, cuando ocurri la defuncin no estaba en la casa. Vive en el Hotel Nuevo Ostende. Las dos hermanas se alojan en cuartos contiguos. Como ustedes recordarn, en la noche de la tragedia la seorita Emilia baja sola a su cuarto. Despus echa la estricnina en el chocolate; espera que el veneno obre; hace desaparecer la taza (tal vez arrojndola por una ventana; cuando pase la

    tormenta habr que remover la arena). Conclusin: si el diablo no la ayuda, dnde encontrar salida la seorita? Sospech que en la trama lgica de estos argumentos haba imperfecciones, pero estaba demasiado confuso y demasiado apesadumbrado para descubrirlas. Atin a protestar: Su explicacin es psicolgicamente imposible. Usted me recuerda a esos novelistas que se concentran en la accin y descuidan los personajes. No olvide que sin el

    factor humano no hay obra duradera. Ha pensado en Emilia? Me niego a aceptar que una muchacha tan sana un poco pelirroja, concedo haya cometido este crimen. Yo pretenda demasiado: que una mera improvisacin emotiva reemplazara a una crtica lgica. El comisario dijo: Victor Hugo le responder: La ansiedad convierte en tenazas los dedos de una mujer; una nia que tiene miedo clavara sus rosadas uas en una barra de hierro.

    El doctor Montes pareci despertar de su letargo. Si yo no estuviera tan borracho, le dira que todo su caso est fundado en presunciones le explic afectuosamente al comisario. Usted no tiene una sola prueba. Eso no me alarma contest Aubry. Tendr todas las pruebas que quiera cuando la hagamos hablar en la comisara. Mir con incomprensin a ese hombre que razonaba con vulgaridad, pero con

    eficacia, que senta una ardorosa aficin por la literatura, que se conmova con Hugo, y que sin vacilaciones se dispona a torturar a una muchacha y a condenarla, tal vez, injustamente. Me sorprend mirando a Montes con simpata. Haba mucho que perdonarle, pero tal vez dos mdicos formramos un buen abogado. Y qu significaba este misterioso poder de Emilia? Yo, que soy esencialmente vindicativo, por ella me inclinaba a fraternizar con un colega que me haba insultado. En

    ese momento encontr la respuesta a una pregunta que me haba planteado un rato antes. No era amor lo que senta: era un ambiguo sentimiento de culpabilidad. Yo era, en ese limitado mundo de Bosque del Mar, la inteligencia dominante, y mis declaraciones haban orientado la investigacin. Repetirme que haba cumplido con mi deber era insuficiente, aun como consuelo. Una medida elemental opin Montes sera vincular el veneno con alguien; averiguar, por ejemplo, quin compr estricnina en la farmacia No he omitido esa providencia respondi con autoridad Aubry. Mand uno de mis hombres con instrucciones precisas: preguntarle al farmacutico a quin o a quines haba vendido estricnina en los ltimos meses. La respuesta fue terminante: a nadie. Con fingida naturalidad interrogu: Cul es su plan, comisario? Mi plan? No decirle una palabra a la muchacha hasta que pase la tormenta. Despus la detengo y me la llevo. Les pido que no se inquieten. No podr huir. Tampoco destruir las pruebas: mis pruebas, como ustedes saben, aparecen en el interrogatorio. Nuestra misin, ahora, es quedarnos quietos; esperar que pase la tormenta.

  • 41

    Me levant impaciente. Mir por la ventana. Una aurora parda, arenosa, se

    insinuaba entre el vendaval. El mundo pareca los restos de un incendio amarillo. Sobre oscuros postes cados se levantaba en espirales la arena, como un humo furioso. Me pregunt, sin embargo, si el mpetu de la tormenta continuaba con igual intensidad y, con miedo en el corazn, busqu los signos de una prxima calma. Apoy una mano, despus la otra, despus la frente, en el vidrio. Sent su frescura, como si tuviera fiebre.

  • 42

    XIX

    El sueo es nuestra cotidiana prctica de locura. En el momento de enloquecer diremos: Este mundo me es familiar. Lo he visitado en casi todas las noches de mi vida. Por eso, cuando creemos soar y estamos despiertos, sentimos un vrtigo en la razn.

    Yo oa en un piano el Vals olvidado, de Liszt, el mismo vals que Emilia haba tocado la noche anterior Estbamos todava encerrados en el hotel, en medio de la tormenta de arena, con la muchacha muerta en su cuarto? O inexplicablemente yo me haba perdido y desandaba camino en el tiempo? Esa maana me despert con el ahogo y la ciega y angustiada necesidad de salir que algunos enfermos experimentan en el sueo de la anestesia. No poda abrir la ventana, pero con un frenes de esperanza me dispona a salir

    del cuarto. Abr la puerta: ningn alivio; la misma pesadez y la mente absorta oyendo el Vals olvidado. Lentamente sub las escaleras. Ahora, como al despertar de un sueo, las cosas reales me asombraban y la msica persista como una ltima reliquia de la locura. Yo iba a su encuentro, receloso de perderla, con nostalgias, ya, del milagro. Entr en el comedor. Junto al aparato de radio, que transmita el Vals olvidado,

    Manning jugaba solitarios. No le parece que en esta ocasin no es oportuna la msica? le pregunt. Me mir como si fuera l quien despertara. Msica? Perdn No la oa. Puse la radio para or las noticias. Empec a jugar y me olvid. Cerr el contacto.

    Usted es el tigre de los solitarios le dije. No lo crea respondi. Un amigo afirm que de mil partidas se ganan setenta y cinco. Me pareci exagerado. Haciendo la prueba? Advert que en mi trato con Manning yo empleaba un desacostumbrado tono de proteccin. Manning era inusitadamente pequeo.

    Mientras l trataba de explicarme algo sobre el clculo de probabilidades, me acerqu a la ventana. Pareca increble que detrs de nuestro cielo opaco hubiera otros cielos con sol. Sent asco por esos interminables vientos de arena. En un ngulo de la ventana haba una araa. A esta hora traen mala suerte declar. Tom un diario para aplastarla. No la mate me rog Manning. Sali porque haba msica. La puse en ese rincn hace dos o tres das y mir la tela que ha tejido. Mir. Haba una suciedad de telas y una mosca hueca. Huberman reson una voz. Lo necesitamos. Era Cornejo. Estaba vestido con un pantaln blanco, de franela, y una camisa sport. Haba en su tono algo que haca pensar en el capitn de un barco, tomando las ltimas providencias en medio de un naufragio. Venga al escritorio prosigui. Van a cerrar el cajn. Acompela a Emilia. Reconforta siempre encontrar personas capaces de valorar las cualidades de conductor espiritual que hay en m. En el escritorio, Atuel Montes y el comisario acompaaban a Emilia.

  • 43

    Voy a bajar declar Cornejo; y parti con perfecta compostura. Con un clido sentimiento de responsabilidad trat de acercarme a Emilia. Atuel y Montes conversaban con ella. Mientras yo discuta con el comisario sobre las probabilidades del tiempo, los miraba; los hombres, naturales y borrosos; Emilia, incmoda en la silla, rgida, con esa actitud de actor en el escenario, que tienen las personas que sufren. Imprevisiblemente me pregunt si Cornejo me haba llevado al escritorio porque Emilia me necesitaba o porque l necesitaba que yo no estuviera en otra parte.

    Un vecino rumor de porcelanas y de cubiertos anunci la proximidad del desayuno. No pude menos que desechar las ideas ingratas. En efecto, en la diaria ceremonia del primer alimento veo los caracteres de la emocin potica, que inviolable y Prstina renace a travs de las repeticiones. Extraje del bolsillo el tubo del arsnico y deposit en la palma de la mano izquierda los diez glbulos necesarios. Cuando los llev a mi boca entrev un brillo de sorpresa en los honestos ojos del comisario Aubry. Me ruboric como un nio.

    Cornejo apareci en el marco de la puerta. Estaba plido, terrosamente plido, como si una sbita vejez lo hubiera abrumado. Se apoy sobre la mesa. Tengo que hablarle, comisario dijo con una voz cansada. El comisario y yo nos acercamos. Atuel pareci interesarse en el impenetrable paisaje de la ventana. Emilia se retir, indiscretamente seguida por Montes.

  • 44

    XX

    En l cuadro de Alonso Cano la muerte deposita un beso helado en los labios de un nio dormido. Al salir del escritorio, Cornejo se haba dirigido al cuarto de Mary. Quera que

    alguien adems del hombre de las pompas fnebres y de algn previsible gendarme despidiera a la muchacha muerta en el momento de ser encerrada en el atad. En el trayecto se encontr con el hombre; ste le dijo que iba al piso bajo, a buscar unas herramientas. Al pasar por el corredor, Cornejo arranc tres hojas del calendario de las alpargatas marca Langosta para ponerlo al da (enumero minuciosamente estos detalles, como si tuvieran importancia para el relato; quiz la tuvieran para el relator o, simplemente, le sirvieran para

    no distraerse, como los planos que la otra noche haba trazado en el mantel), Despus^entr en el cuarto de Mary. Al llegar a este punto Cornejo se call, tuvo un estremecimiento, se enjug la frente con un pauelo y cremos que iba a desvanecerse. Lo que haba presenciado era atroz, y las experiencias que tenemos a solas, cuando por vez primera las comunicamos, alcanzan el apogeo de intensidad. Lo que vio (asegur Cornejo) fue tan horrible, que desde entonces la puerta de ese cuarto sera para l, en los recuerdos y en los

    sueos, un lugar terrorfico. En la soledad central de ese cuarto, en el corazn del silencio y de la quietud de esa casa enterrada en la arena, vio en la vacilante luz de los cirios, que pareca proyectar la sombra de un follaje invisible, al nio Miguel besar en los labios a la muerta. El comisario pregunt: Cuando lo vio a usted, qu hizo el chico? Huy respondi Cornejo, despus de una pausa. Quin se qued en el cuarto de la difunta? Cuando yo sal entr la dactilgrafa. Habra que interrogar en seguida a ese chico. No me parece conveniente opin Aubry. Tendramos un disgusto con la ta. Aprob. Los nios son muy sensibles dije. Podramos impresionarlo, dejarlo marcado para el resto de la vida. El doctor Cornejo me mir como si no comprendiera el castellano. Si le hablamos tan pronto observ el comisario, podemos obligarlo a mentir. Y usted lo sabe muy bien, una vez que se empieza con las mentiras Yo iba a decir algo. El comisario me contuvo. No hable me pidi. No agregue nada a lo que ha dicho. Lo que ha dicho es admirable. Me recuerda aquella frase en que Hugo afirma que las experiencias duras, cuando llegan demasiado pronto, levantan en el alma de los nios una especie de formidable balanza en la que stos pesan a Dios.

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    XXI

    Sin duda en la mente del comisario Emilia tena, todava, importancia. Los otros pensaban nicamente en Miguel; tal vez en Miguel y en Cornejo. Pareca que los dems personajes quedbamos excluidos del drama.

    Sent una urgente necesidad de hablar, de comunicar las confidencias de Aubry. Yo saba que Emilia estaba en peligro de ser detenida y tal vez torturada. Yo confiaba en su inocencia. Yo estaba convencido de que alguna tctica defensiva era imprescindible. Si no aprovechbamos, en el acto, mis conocimientos, despus quiz fuera tarde. Me abrumaba la responsabilidad. Una grave incertidumbre postergaba mi resolucin. Primero haba pensado hablar

    con Emilia. En general, me entiendo mejor con las mujeres que con los hombres (es verdad que Emilia era una mujer joven y la sociedad que yo prefiero es la de mujeres maduras). Por otra parte, mis noticias podan asustarla. Consider que no era prudente confiar en una persona perturbada por el terror secretos cuya revelacin me perjudicara. Me decid por Atuel. La entrevista sera menos agradable, pero la prestigiaban los mritos de la seguridad y de la cordura, tan gratos a quienes pretendemos que un austero equilibrio informe

    nuestras vidas. Juzgu que los vnculos de Atuel con Emilia excluan, para m, todo riesgo ulterior. Lo busqu en el cuarto de Mary, en el de Emilia, en el comedor, en el escritorio, en el stano. Metdicamente emprend una gira por las habitaciones del hotel. Aubry me dijo que no lo haba visto; Andrea me mir con desconfianza; Montes me ech de su cuarto y me amenaz con un pleito por violacin de domicilio; la dactilgrafa, abstrada y

    apresurada, me respondi: Est en la pieza del doctor Manning. Los encontr apoltronados en sillones, imperdonablemente hundidos en la ms inconcebible frivolidad. Manning lea la novela inglesa que Atuel haba tomado del cuarto de Mary. Atuel lea una de esas novelas de tapa arlequinesca, que Ma