Aguilera Marcotulio

Click here to load reader

  • date post

    21-Jul-2015
  • Category

    Documents

  • view

    124
  • download

    0

Embed Size (px)

Transcript of Aguilera Marcotulio

CINCO CUENTOS ERTICOSMarco Tulio Aguilera Garramuo

Amor contra natura Se trata de una mutacin tan radical como la que dio origen al hombre. Pero en el presente caso hay un salto brutal, una aceleracin tan pasmosa del tiempo, un vaco tan inmenso entre engendradores y engendrado, que el mismo Darwin se vera en aprietos para explicarlo. Los cientficos contemporneos, avergonzados, deben reconocer que slo en la Edad Media, tan llena de fantasmas y bestias onricas, es posible hallar un concepto que se ajusta al presente caso: contra natura. Porque la bestia engendrada es, definitivamente y a pesar de todos, contra natura. Segn se supone fue el resultado de un enamoramiento aberrante entre un rinoceronte y un ente de naturaleza enteramente diversa. Tal paquidermo viva tranquilamente en su selva de rboles enanos, pastizales extensos, verdes en invierno, pajizos en verano, recorra sus dominios sin mayores problemas de conciencia, acosado solamente por la aoranza de una hembra que ahora languidece en un zoolgico de Amsterdam. El recuerdo de la hembra, ltima en los alrededores un poco pasadita de carnes, es cierto, ms de dos veces centenaria y demasiado favorecida por nubes de moscas que la perseguan como un halo sobrenatural de sol a sol lo mantena en un constante deambular sin sentido. Ya ni siquiera el peligro de la selva inhspita poda proporcionarle una emocin pasajera. Carreteras, vas frreas y veredas unan lo que antes fuera territorio nbil y lo transformaba en una especie de paquete bien embalado que tarde o temprano un cartero recogera para enviarlo, por entrega inmediata a algn pas al otro lado del planeta. Entre mil seales de trnsito y obstruccin que instruan al peatn y a los conductores sobre cmo comportarse, que anunciaban los sitios de descanso y los lugares de recreo, figuraba la cabeza de Rino, algo estilizada y sonriente, bajo un letrero que lo proclamaba el ltimo paquidermo de la regin. Adems, distribuidos en el pas, haba cartelones que advertan: Cuidado con el rinoceronte, pero no porque ste fuera agresivo, sino, por el contrario, debido a que su bondad lo expona a ms de un agravio. Los paisanos miraban pasar a Rino indolente al lado de sus casas y los nios se le prendan de la cola, las seoras lo espantaban con varas de esparto cada vez que se echaba a las puertas y terminaban por hacer mal uso de los cuchillos de cocina. Entonces el animal

organizaba todas sus fuerzas para ponerse en pie y suspirando se alejaba en busca de una sombra menos hostil. Una vez al mes, veinte hombres se ponan de acuerdo para baarlo y l, resignado por la costumbre, se dejaba hacer y permaneca inmvil, en medio del hilo del agua, como una gran estatua transportable. Luego, todava oloroso a desinfectante y detergente, iba a revolcarse a su barrial domstico y comenzaba a recopilar su consoladora nube de moscas. Ms tarde, pausadamente, almorzaba, haca la digestin y dorma unas cuatro horas. A continuacin abra los ojos que parecan dos minsculas canicas de bano bajo los prpados como prepucios y suspiraba. Hay que aclarar, de paso, que un suspiro de rinoceronte, especialmente de rinoceronte enamorado, es algo mucho ms esencial y primitivo que el suspiro humano en general, producto de la disnea, ya que, como se sabe, estos mamferos paquidermos carecen de agudeza visual, de tacto y de facultades gustativas, de modo que todas sus emociones son algo exageradas y todos los estmulos que reciben, provienen del odo y el olfato. No hay que repetirlo: las carencias son madre de los excesos. Y por eso es que cuando un rinoceronte suspira, toda su personalidad se pone en juego, y para un observador no precavido, tal suspiro se manifiesta como una especie de pequeo vendaval que inclina el follaje, levanta polvo y sobrecoge el nimo. Quien de verdad conoce la psicologa de los rinocerontes enamorados sabe que (Operari sequitur esse) en tal circunstancia la ingente mole es menos agresiva que un nio de pecho ocupado en el acto de mamar la inmarcesible teta. De ah surgi la leyenda aquella de que las vrgenes sin malos pensamientos pueden, con su sola presencia, calmar las iras de tales monstruos prehistricos extraviados en el tiempo. La verdad es que la leyenda fue tergiversada en aras de la poesa: al rinoceronte se lo llam unicornio y se lo transform en un bello corcel extremadamente masculino y paradjicamente frgil. Decamos que el antedicho rinoceronte deambulaba con una tremenda crisis existencial y ello no solamente porque careca de un huequito donde meter un trozo de carne sobrante, sino porque senta una ominosa ausencia de objetivos vitales, de planes csmicos o por lo menos supraselvticos. Pero diremos que, siendo un rinoceronte altamente cultivado, reconoca las condiciones concretas de existencia, y saba que tarde o temprano y como consecuencia del excesivo desarrollo de sus fuerzas productivas de semen, se llevara a cabo un salto de lo cuantitativo a lo cualitativo hacia nuevas formas de copulacin y, por lo tanto, de existencia. Y efectivamente as fue. Esa tarde, recin baado, cubierto de barro y en busca de moscas, se hallaba dedicado al ocio improductivo cuando lo acometi

una presencia insoslayable. Sin medir las consecuencias y llevado por lo que clasific como un flechazo olfativo comenz a rondar la esquina. Un olor fogoso, desconocido, subyugador, lo asalt. Pero fue tanta su vacilacin de principiante avejentado y tal su deseo de hacer las cosas bien, que prefiri los medios indirectos y fetichistas. En lugar de acometer una lnea recta, se limit a dar vueltas y ms vueltas, a enviar mensajes cifrados, a orinar con la pata levantada, y en su emocin crey adivinar ella que suspiraba. Y en realidad lo haca, y con tal fuerza que no slo hojas, polvo y guijarros se levantaban, sino que las ramas de los rboles enanos se azotaban con furia y el aire se tornaba huracanado y los follajes se inclinaban a lado y lado como vapuleados por un inmenso abanico. En fin, Rino casi frotndose las manos, deca: Eso es pasin no sin atribuirse una dosis de mrito en tal emocin femenina. Si seor, eso es legtima pasin. Pasin de la buena concluy y entonces s decidi dejar a un lado los circunloquios y embisti erguido hasta el delirio. Pero maldicin! Rino, en su uncin sexual, no tom en cuenta un detalle. La hembra haba alcanzado tal grado de excitacin que comenz a elevarse, a elevarse, a elevarse. Y cuando el magnfico paquidermo lleg al sitio donde antes estaba la mujer, slo hall el olor, un olor como de almizcle, chapopote, Hedysarum gyraus y Dionoea muscipula. Eso es lo que yo llamo vitalidad susurr feliz a pesar de la ausencia de su desideratum. Rino mir hacia el cielo y aunque no pudo verla, la adivin flotando, bella y voluminosa, en el espacio dichoso. Inteligente como era, se dijo, que todo cuerpo que sube tiende a caer y que tarde o temprano, cuando se le pasara la excitacin, desfallecera en sus brazos. Entonces? Entonces sera ms diplomtico y aunque no la acometera ipso facto (ni que fuera bestia, sin modales y educacin) tampoco le dara largas al asunto. Las hembras son como las frutas, se dijo Rino filosfico, si las preparas demasiado, se recalientan y entienden las caricias como un ejercicio sin solucin, y al acariciante como un palurdo sin sentido de las proporciones, y si las preparas muy poco, pues se quedan fras, mirndote, mientras t fijas los ojos en el pilago y gimes o supones un amor amor que est lejos de ser compartido. El amor es como el pan: tiene su punto. Eso pensaba Rino al mismo tiempo que guiado por el ritmo acompasado del corazn de la hembra y conmocionado por el amable aroma, la segua, arrasando rboles enanos, vadeando riachuelos y quebradas, trastumbando colinas, contemplado por los nativos, tejiendo en su imaginacin un idilio que se le antojaba digno de la ms lrica epopeya. Fueron varias horas de persecucin en las que Rino no dio tregua.

Toda su juventud olvidada, toda la energa reprimida durante varios aos, lucieron esplndidas en aquella carrera desaforada. A veces el sonido se haca lejano y el olor se disipaba, pero Rino, guiado por esa maravillosa percepcin extrasensorial que proporciona el amor correspondido, siempre lograba recuperar la pista. Cuando la hembra descendi, lo hizo en medio de un amontonamiento de casas nuevas, tras una valla metlica. Rino se detuvo. Desde la espesura observ (escuch y oli) la escena. Hlas, all estaba, inmvil, majestuosa en su volumen de paquidermo areo, refinada. La hora haba llegado. Dej a un lado la cautela, pericia y diplomacia que haba maquinado. Lo que los colonos asombrados vieron fue digno de un pasado selvtico que crean sepultado definitivamente desde los tiempos de la llegada de la Compaa. Un rinoceronte de aproximadamente doce toneladas atraves con limpieza de cirujano la malla metlica, recorri la calle principal, derrumb el dispensario mdico, pas frente a la escuela, atropell un barril de combustible, cada vez ms veloz, enfil hacia la pista y fren bruscamente al lado del helicptero. Los hombres que se ocupaban en poner gasolina al aparato, convencidos de que Rino haba sido afectado en sus facultades mentales, debido quizs a algn suceso traumtico o acaso solamente por senectud, se dieron por muertos, pero ante el pasmo, el animal ni siquiera repar en ellos. Se dedic, por contrario, a olfatear a la recin adquirida Laura alias HK-335. Rino frot su espeso lomo contra el vidrio del fuselaje en busca de las zonas sensibles, pero la hembra no dio seales de conformidad o agrado; le resopl sensualmente al lado de la hlice trasera; le hinc, no sin ternura, el cuerno mayor entre los fierros de la cola; se alej un poco; retorn, se sent en los cuartos traseros hacindose el interesante o el distrado; la mir (husme) de reojo. Fingi de nuevo alejarse y regres contrito. En fin, ella continuaba impvida. Los hombres, recompuestos, instalados en la costumbre de tratar a Rino como a un anciano fantasioso y necio, lo rodearon con palos, escobas y ramas. Ciego a lo que no fuera su pasin o capricho Rino meditaba. As son las hembras sofisticadas. Quin las entiende! Los hombres lo torearon con cobijas, le jalaron la cola, le hurgaron las costillas y otros sitios ms sensibles con punzones. Y mientras se atareaban neciamente tratando de sacar aquel piano por la claraboya, gritaban todas las protestas e insultos acumulados contra esa institucin nacional que durante aos haba obstruido el trnsito, descascarado las casas, asesinado perros y gatos, salindose siempre con la suya. Pero Rino estaba en otra dimensin. El Jardn de las Hesprides

del Amor lo hacia insensato. La terquedad de la dama estaba terminando con su centenaria paciencia. Aqu lo que se necesita es un macho se dijo. Con dos o tres hombres encima, varios colgados de la cola y como un Gulliver de piedra tensado por cien sogas, se dirigi de nuevo hacia Laura dejando a un lado las cortesas. Guiado por el instinto ms que por el olfato hall el orificio de la gasolina, se encaram dificultosamente en el fuselaje y sin ms prembulos le deposit, despus de un sufrimiento atroz, un par de litros de semen tan espeso como goma extrada de las cortezas del mangle. Uf, ya no estoy para estos trotes dijo sintiendo que su espina dorsal se transformaba en un hilo gelatinoso que de romperse dejara sus costillas flotando dentro de una especie de chaleco demasiado almidonado. Dolido por la experiencia un tanto nueva y acaso ms por la manifiesta frigidez de la doncella que no emiti ni el ms leve suspiro, Rino se retir, incluso ms enamorado que antes, totalmente convencido de que por fin haba hallado el amor de su vida. Era virgen se dijo cerrando las patas para calmar el escozor. Segn parece Rino muri de una infeccin venrea. La hembra, por el contrario, sigui hiertica en su campo de aterrizaje, indiferente a las manifestaciones de pena que la rodeaban. Y aunque jams volvi a volar, s goz de un estatus de monumento. Los colonos hicieron uso de todo los artificios de la mecnica e incluso llegaron a solicitar la ayuda de los mdicos brujos, persuadidos de que, como se rumoreaba, el desperfecto era producto de un mal ojo que los del poblado vecino le haban endilgado. Nada surti efecto. Al tiempo prudencial Laura dio a luz un hermoso rinoceroptero que, desgraciadamente, muri de nostalgia. Jams, hasta el trmino de su breve existencia, hall una hembra de su especie.

Clemencia ojos de ciervaNo, no huyas, hermano. No intentes cubrirte la cara con la sombra de tu mano. Seamos sinceros aunque sea una vez y reconozcamos que nos hemos encontrado, despus de tanto tiempo, en un sitio inconveniente. Deja que me siente a tu lado, afloja como yo la corbata, reljate. Saca tu pipa, pide un par de cervezas y enfrenta el humo de tu tabaco aromoso a la fetidez de este antro. Juguemos a las siluetas. Tal vez podamos recordar algo curioso. Por ejemplo, aquella mujer, a quin se parece? A nadie, naturalmente. La memoria esquiva los recuerdos peligrosos. Pero si te cuento una historia es posible que al

final podamos compartir por primera vez un sentimiento que no sea semejante al rencor, el ridculo o el remordimiento. Acaso esos ojos demasiado grandes y tristes enmarcados por un maquillaje de payaso trasnochado te digan algo de nuestros primeros aos. Acurdate de Clemencia, la de los ojos de cierva. Aquella que estudiaba en el liceo nocturno. Te contar lo que nunca supiste, bello hermano. Lo que tampoco supo Fernando, el don Juan de la familia, quien se levantaba pasada la media noche cuando estaba seguro que todos viajbamos por el quinto sueo, atravesaba la cocina sin atreverse a abrir el refrigerador, aunque tena un hambre feroz, como siempre la ha tenido, una ansiedad de ser mejor que todos, ms grande, ms feliz, ms desaforado, y se quedaba escuchando el rumor del sueo pausado tras la cortina hasta que tomaba la decisin. Asomaba la cabeza dentro del cuarto haciendo cruz con el ndice sobre los labios, pues Clemencia, un animalillo apenas en su pubertad, despertaba casi intuitivamente. Y l se deshaca en muecas suplicantes, se finga al borde del llanto, intentando evitar que ella comenzara a gritar y se iba acercando lentamente, logrando su silencio a costa de humillarse, de convertirse en bufn e inventar terrores nocturnos que slo Clemencia poda calmar. Y cuando ya haba logrado el privilegio de sentarse a medias en la cama, comenzaba la lucha por ir avanzando, por apartar a modo de juego las cobijas hasta desnudar, como una fruta, la punta del pie, el tobillo, la rodilla, el inicio carnoso y tan suave de los muslos, para que al llegar a ese punto ella descubriera la malicia en sus ojos y se empecinara en que se fuera a dormir si no quera que armara el alboroto. Y lleg a armarlo. Yo lo escuch una vez. Todava me acuerdo de la carrera de Fernando, no porque lo hubiera visto sino porque nada de lo que suceda en casa, especialmente durante la noche, se me escapaba. En la oscuridad de mi cuarto sent la vibracin del piso bajo sus pies de gato gordo y despus o el estruendo de tarros viejos en el patio. Regres a las cinco de la maana, una vez que estuvo seguro de que mam, siempre tan suspicaz, no se haba dado cuenta del asunto, y de que pap, el muy zorro, roncaba como un oso en invierno. Pobre Fernando. se fue su mayor fracaso. Lo nico que logr en aquel tiempo de colegial fue acaballrsele, teniendo entre su piel y la gloria del cuerpo de Clemen las cobijas, y creer que era pasin aquel vrtigo que para ella no fue ms que la lucha cotidiana por mantener intacta su dignidad provinciana. Ni Fernando, con todo lo presumido que era, ni t, el eterno indeciso, la sombra del primognito, que le ibas a la zaga en todas sus conquistas, cantando sus hazaas y recogiendo sus despojos, se dieron cuenta de lo mo. Y pensar que vivas pendiente de ella, que esperabas todas la noches su regreso abatido, la oas subir las escaleras suspirando de cansancio con los libros embutidos en una bolsa de polietileno, te

quedabas en el zarzo, no lo niegues, tendido entre el polvo, sintiendo correr a tu lado las ratas, aterrorizado por los chillidos de los murcilagos, espiando a travs de las hendiduras del cielo raso el cuarto all abajo vaco, esperando el momento en que ella, despus de llevarle el caf a mam, cerrar las ventanas, hacer las tareas, entrara en su habitacin y comenzara la ceremonia parsimoniosa y cansina de desvestirse, sabiendo que era muy posible que a la inocente se le ocurriera apagar la lmpara y te quedaras en ayunas, apenas comenzado, o que rendida por el cansancio, se tendiera vestida y para colmo de males sin que se levantara un tris la falda o por lo menos no se quitara los blumers, o peor que todo, quiz porque se sospechara vctima de espionaje, se le ocurriera ponerse la bata antes de desvestirse y entonces para ti todo sera imaginar y no ver, levantar polvo respirando fuerte y revolcarte supliendo con fantasas lo que te haba negado la realidad, haciendo crujir el cielo raso e inquietando a Clemencia quien probablemente se calmaba pensando que eran las ratas, tus cmplices al fin y al cabo. Ni t ni Fernando ni el santurrn de pap, se dieron cuenta de que yo, el sentimental de la familia, el que se pasaba las horas leyendo babosadas, era el que acaparaba la atencin de los ojos de cierva. Lo primero que ella haca por las maanas era venir a mi habitacin con el pretexto de recoger la ropa sucia, comenzar a bucear entre las cobijas mientras yo me finga dormido, hasta pescar mis cosquillas al tiempo que yo le ronroneaba mis ojitos de cierva, qu han hecho? y ella me contaba que anoche en el nocturno, el profesor de cvica la haba estado persiguiendo por el pasillo hasta acorralarla en una esquina y forzarle las rodillas con sus piernas y terminarle ensuciando la enagua, la nica de uniforme que ella haba podido comprar. Y yo no entenda bien la naturaleza de aquel juego y tampoco comprenda la insistencia de los grandes por andar magullando a las muchachas. Era absurdo y ella no hallaba palabras para explicarlo. Mucho menos mam, en su mundo, que me trataba a gritos, o pap, siempre escondido tras el humo de su pipa, justificando su inutilidad con una lcera gstrica que haba desaparecido haca diez aos. A veces Clemen estaba alegre por una minucia, pero casi siempre se le escapaban lgrimas de mis ojitos y deca que ella sera feliz si tuviera un pariente, un amigo, que le preguntara cmo te va en el colegio y yo le dije que si quera nos hacamos familiares con todo y anillo, como en las fotos de sociales, que tendramos un final feliz en contra de todos y nos iramos a una casa bonita con jardines y peces de colores, sin paps ni mams ni hermanos ni profesores que la persiguieran o que la arrinconaran de forma tan desagradable para terminar ensucindole la enagua y echndole a perder la vida, porque yo tambin estaba aburrido de esa vida donde slo haba regaos, muy pocas mariposas, apenas murcilagos, ninguna flor en el jardn pisoteado y lleno de

desechos, latas de mil cosas, botellas, peridicos viejos y una cochera llena de figuras mutiladas de los tiempos en que mam quiso ser modista, y todo era tan ttrico, tan morboso, tan lleno de misterios fastidiosos en esa cochera, en ese patio y en esa casa de brujas y comejn, que no hallaba ni una luz, ni una alegra, ni siquiera el consuelo de los veinte pesos que les daban a ustedes los domingos para ir al cine con sus novias y comerse a la salida una hamburguesa embadurnada de colores amarillo, rojo, blanco. Y claro, a m no me importaban las novias, qu me iban a importar si tena a Clemencia, ms hermosa que cualquier ser vivo, con unos ojos como el fondo de un estanque, juguetones, tristes, temblorosos, como de criatura sensible siempre al borde del llanto. Pero ella se rea dicindome bobito, los hijos de los doctores no se casan con las sirvientas y mucho menos si son tan nios como t. No me convenci. Yo segu insistiendo y ella termin por decir que estaba bien, s nos casaramos, pero que estudiara para poder ganarme la vida ms adelante. En ocasiones acabbamos discutiendo pero a m eso no me importaba porque saba cmo contentarla. A ella s le afectaba, trabajaba con rabia, maltratando los trastes, barra a lo loco, responda de mala manera, hasta hacerse regaar por mam, de modo que siempre se pona al borde del despido, si no hubiese sido por pap, ya djala, es una buena nia, deca, mirndola con ternura, dnde vamos a conseguir quin haga todo lo que hace Clemen?, sonrea, acaricindole la esquiva cabeza. Y ella sala corriendo a llorar silenciosamente y murmuraba que iba a irse, pero a dnde, si no tena a nadie, con el pelo cubrindole los ojos y las manos perdidas entre tanto terciopelo. Entraba a su habitacin, apenas una esquinita de escobas en un extremo de la casa, y se meta como en un ovillo, golpeaba con su cabeza la pared y el golpe resonaba en todas las estancias, porque no s si recuerdes aquella construccin, era tan endeble que caminar por el segundo piso impeda toda conversacin a los de la planta baja. Entonces yo me escabulla hacia el patio trasero, me suba a una lata de manteca que tena preparada y golpeaba con los nudillos la ventana. Ella se resista a abandonar su pena, pero terminaba por aceptar un juego que terminara con sus lgrimas y dejara sus ojos nuevos, casi recin llegados al mundo, como los de una cierva mirando un lago al amanecer. Cuando entre sus dedos y la cortina de su pelo tena la cabellera ms esplndida que yo pueda recordar, negra hasta el destello, caa vertical sobre su espalda, bandola, enmarcando su rostro de color aceituna y ponindose en complicidad con sus ojos del azabache ms profundo yo poda vislumbrar el brillo del inters, me empinaba para colocar mi lengua sobre el cristal de la ventana. Ella no poda soportar las ganas de rerse pero luchaba por prolongar una desventura que la haca sentirse bien, volva a refugiarse en su esquina

pero terminaba por apartar con la dos manos las vertientes de su cabellera y por revelar una sonrisa cortada por estras brillantes. Entonces, ya dndose por vencida, se acercaba a la ventana, haca coincidir su gran lengua roja como una fresa limpia con la ma y parecamos dos peces asombrados, uno dentro y otro fuera del acuario. Despus, ojeando a escondidas la enciclopedia, nos descubramos el uno al otro, con los ojos como globos llenos de aire, las mejillas hinchadas, los cuerpos transparentes y luminosos. Pero esto suceda antes. Despus, mucho tiempo despus, cuando ustedes cambiaron de horarios, fue cuando comenc a padecer y disfrutar de una incertidumbre que no poda explicarme a m mismo. En cuanto la casa quedaba vaca, Clemencia abandonaba su oficio, yo mis libros, y nos buscbamos para jugar. A veces ninguno de los dos tena que decirlo, bastaba con que ella hiciera sonar el agua de la ducha contra el adoqun, para que yo abandonara mi Verne, mi Dumas, mi Hugo, viejos libros sin cubiertas y a veces sin principio ni fin, y que me dirigiera hacia el bao donde Clemen, como si yo no existiese, ordenaba su toalla, su ropa, su jabn con aroma a yerbabuena, cerraba la puerta, permitindome permanecer all sentado en un banco colocado por ella misma, se desvesta sin ponerle al asunto ni pizca de picarda y comenzaba a baarse levantando las piernas, exhibiendo con un estremecimiento la curvatura de su espalda, rozndose ligeramente los senos tan hermosos y firmes como una fruta todava en el tallo, recorriendo con sus manos de nia alturas y depresiones para mostrarme, como en las lminas, las partes ms importantes y bellas de La Anatoma y yo permaneca en actitud de reflexin, jugando a ser El Pensador, con una mano sosteniendo la mandbula y un codo en la rodilla, cuidando eso s de no mostrar emocin alguna porque en eso consista nuestra complicidad. Y cuando no era La Anatoma era El pjaro secreto, que apareca cuando nos bamos a la sala, despus del bao y all ella, frente a una familia imaginaria, se despojaba de los blumers y yo me tenda sobre la alfombra para que Clemencia saltase por encima de mi cara sorpresivamente de modo que yo no alcanzara a ver el Pjaro Secreto y si poda verlo, como una pincelada tenue de sombras en el trazo castsimo de su piel, velado por el latigazo de su falda, gritaba, lo vi, lo vi!, y toda la familia aplauda y nosotros hacamos reverencias, ella tomndose con las puntas de los dedos los extremos de su enagua y yo inclinando ligeramente la cabeza y doblando una rodilla. Esto sucedi durante mucho tiempo, al lado de otros juegos apasionantes y febriles, mientras durante mis noches con la familia palpitando en las distintas habitaciones, las cucarachas, los murcilagos y los ratones te asediaban y las angustias insatisfechas hacan de Fernando un neurtico ingobernable, un borracho, un desesperado. Sucedi en un tiempo perfecto que est aqu, en mi

cabeza, y que noche a noche espero revivir para cambiarlo, para borrar todo lo nefasto que vino a continuacin y de lo cual creo no tener culpa alguna. Un sbado, recuerdas?, t y Fernando decidieron que yo ya estaba mayorcito y que era una vergenza que a los trece aos siguiera pensando que aquello slo serva para orinar. Me llevaron al garage abandonado y all, entre bromas y serios, me hicieron una extraa demostracin con un maniqu al que le haban pintado unos grandes ojos mientras yo deca que no quera saber nada porque era pecado, deca mam, todo lo que tena relacin con el cuerpo, y volteaba la cara, me cubra los ojos y t me hiciste una llave de lucha libre para obligarme a mirar, y Fernando, con voz entrecortada, similar a la de Clemencia bandose, deca que pecar era una necesidad ya que uno, como cristiano, tena el deber de arrepentirse de algo y si no, que para qu los curas y la iglesia y la eucarista y esos aburrimientos terribles en la misa donde todos los aos repetan los mismos cuentos idnticos viejos calvos y panzones. Quise protestar. Para m la iglesia encerraba muchos misterios turbadores y quizs felices, los sacerdotes eran hombres buenos y muy inteligentes. No quera ver las locuras que estaban haciendo con el maniqu. A pesar de todo, la curiosidad me gan y lo que repudiaba se meti en lo ms profundo de mi cerebro y habit mis sueos hasta que sucedi lo que iba a suceder, el trastorno de mi equilibrio y la humedad, y a partir de entonces no s por qu me escond de Clemencia y en cuanto escuchaba el rumor de la ducha era imposible concentrarme en la lectura, mi nico refugio, y solamente lograba salvarme de ese malestar increblemente doloroso y lejanamente sospechado como placentero, saliendo a correr hacia los bosques recuerdas aquel pueblo, su ro, su gente primitiva, los bares escandalosos, las montaas que lo rodeaban, sus rboles altsimos? tan diferentes al traspatio, que pareca territorio de desastres. Corra y corra saltando obstculos, aumentando el ritmo cada vez que los temores, las intuiciones, los apremios de la imaginacin, se filtraban a travs del sudor y terminaba all arriba, rodeado por los troncos amistosos y cubierto por ramazones tan densas que apenas dejaban colar unos cuantos rayos de luz. Me tenda sobre las hojas hmedas y el vapor que surga de ellas se confunda con el que parta de mi cuerpo. Era un mundo diferente al cotidiano, placentero, inocente como slo puede serlo un bosque nunca hollado, que sin embargo, como todo en mi vida, se iba tornando ttrico y lleno de augurios inquietantes hacia el anochecer y de nuevo me asaltaba un terror extrao, por qu?, por qu lo agradable, lo plcido, tena que tornarse repulsivo, plagado de presagios? No s. El caso es que siempre terminaba huyendo, como si a partir de la escena en la cochera, el universo entero se hubiese convertido en un desvn colmado de figuras mutiladas y monstruos innombrables. Pero claro, no bastaba huir para evitarlo. No poda

ahuyentar de mi cabeza el pensamiento de que exista un pecado que tarde o temprano tena que cometer, segn ustedes. Y tampoco poda evitar los ojos de Clemencia-mis ojitos que me buscaban a la hora del desayuno casi con reproche desde el da que comenc a cerrar mi puerta con llave. Ms difcil aun era evitar el roce de sus brazos tan suaves y ligeramente olorosos a cobija y a yerbabuena, esas insinuaciones tan directas que los hacan rabiar de envidia a ustedes y a ella no le causaban el ms mnimo rubor: S, lo quiero ms que a ustedes, y qu?. Incluso mam escuch aquella confesin y despus me dijo que la infame tena razn en quererme puesto que parecamos de la misma familia, ramos como animalitos, resentidos y solitarios. Esto no hizo ms que avivar las sospechas, porque aunque jams te lo imaginaras, aunque ninguno de ustedes lo supo, ya desde esos das me sent ajeno a la familia y no me vengas con cuentos de que somos hermanos de sangre porque la sangre no quiere decir nada, es un simple azar, los nicos hermanos son los espritus afines, los que con slo mirarse se comprenden, se perdonan, olvidan las ofensas, dominan el orgullo y las malas tendencias. Claro, en ese entonces todava no estaba seguro de ello, era apenas un presentimiento de los que tienen todos los nios, pero el resquemor se agravaba al escuchar aquella historia segn la cual mam me haba encontrado hecho un puo dentro de un repollo y le dio mucha lstima aquel bichito desamparado y me adopt, esa historia que ella contaba sin asomo de burla cuando las visitas le preguntaban que quin era ese nio tan diferente, y yo escuchando, con las manos refugiadas entre las piernas senta que de verdad en lugar de piel tena una costra verde, hmeda y rugosa y saba que entre ustedes y yo haba una distancia insuperable. O la otra historia, lo que mam llamaba chiste-para-entre-casa, y que relataba mirando de soslayo a pap, segn la cual haba sido sorprendida por un negro espantoso que se desprendi de las ramas de un rbol y a los nueve meses descubri que le haba nacido una criatura atroz que era yo. No, hermano, no es tan simple como t piensas, que yo perteneciera a otra camada o que me hubieran recogido del arroyo me tena sin cuidado. Al fin y al cabo todos nacemos de la nada y volvemos a ella. Nadie tiene casa, slo refugio provisional. Era algo diferente, quiz un sentimiento de impotencia, el saber que terminara siendo igual a ustedes, un pcaro con pretensiones de hroe, una joya familiar, un lindo cretinito de corbatn y cuello duro, y lo peor de todo, que un da me alistara con una cinta grande como de regalo cubrindome el pecho y parte de la cara, el cirio gigantesco con ribetes dorados, los pantalones de inevitable pao negro que haba cosido el seor Rossi, y entrara a la catedral en doble fila cantando con voz artificiosamente conmovida el consabido Te ofrecemos Seor este santo sacrificio. Y yo no quera eso, porque te soy sincero, t y tus fotos pornogrficas

escondidas en el misal, Fernando y sus fanfarronadas, su miseria espiritual, su incapacidad de ver a una mujer sin querer despatarrarla, los gestos dignos de pap tras su pipa, sus disculpas y suspiros de resignacin ante los regaos de mam, las poses de mrtir de nuestra madre, todo el espectculo de sigilos y complicidades y envidias en que se haba convertido la casa, me provocaban nuseas, deseos de poner matarratas en la comida, de irme a refundir en el Alto Amazonas. Y, sin embargo, el pensar que, como t decas constantemente, todos terminamos siendo iguales aunque no queramos era ms cierto que la humedad del agua y la redondez de la Tierra, me estaba llenando de una especie de malestar, de melancola que era imposible quitarme de encima, y adems pesaba sobre mi Clemencia, como un misterio abierto de par en par, aguardando que yo entrara, como una sorpresa agazapada, esperando algo, ofreciendo algo que ustedes buscaban con exasperacin y que no obstante estaba al alcance de mi mano. Y por qu no?, me repeta yo por las noches escuchando, adivinando cada paso, cada movimiento, cada gesto de Clemencia en la cocina, en su rincn, en el pasillo, en el bao, en el patio y a la vez intuyendo que ustedes, no se si estaba loco, tambin pap, incluso mi madre, y Dios me perdone, avanzaban como seres de la noche sobre el cuerpo indefenso de mis ojitos, y por qu no?, si en la iglesia, cuando fuera el momento propicio habra un sacerdote que arreglara todo con unas palabras y un aleteo de la mano derecha. Pero yo soaba con otra Clemencia, no la de ustedes, sino una imagen resplandeciente cubierta por una tnica muy blanca, su cama enmarcada por un halo de luz, las manos extendidas hacia el cielo en una actitud de confianza y serena espera. S, es cierto que me estaba enfermando de la imaginacin y t y Fernando, quiz conscientes de ello, me repetan en sonsonete: todos tienen que hacerlo porque para ser hombre hay que pecar. Y tambin cantaban un estribillo: Somos lindas, somos hermosas/ somos bellas mariposas/ para qu queremos hembras/ siendo todas tan graciosas? Y un da cualquiera mam decidi ella era siempre la duea de las decisiones, pap las comunicaba apenas como una concesin a su papel de hombre de la casa que ya era hora de que yo me convirtiese en un soldado de Cristo, me mand a la doctrina, sac del bal el cirio que ustedes haban usado, me puso tu misal en las manos, me pidi que le repitiera de memoria el catecismo del Padre Astete, hizo que Clemencia planchara minuciosamente los pantalones que me cosi el seor Rossi y que almidonara cuello y puo de mi camisa y all iba yo con la cabeza gacha, cantando Te ofrecemos Seor este santo sacrificio mientras en mi mente sonaban las voces de ustedes, somos lindas, somos hermosas, somos bellas mariposas y fue como si sbitamente la promesa del cielo tan cercano me hubiera abierto las puertas de ese otro paraso menos distante que era

Clemencia, como si al fin comprendiese mi destino, la misin de mi vida, que la familia en pleno, la Sagrada Familia, hubiera dado su venia a un acto temido y deseado, del que poda esperar cualquier dicha y ninguna pena. Y cuando lleg, semanas despus, el da en que todo me fue propicio, acaso porque la familia se haba puesto de acuerdo, cerr puertas y ventanas y supe que no era mariposa porque sent la fuerza, el poder, el dominio, en medio de las piernas, abr la llave de la regadera como quien inicia el juego con el pen cuatro rey de confianza, y ella, feliz, corri a arreglar sus cosas pero yo le dije que no, que el juego sera diferente por culpa de los astros. Ella me mir extraviada. Jams habamos permitido que los astros participaran en nuestro mundo. Al fin sonri. La llev hasta la habitacin de mam, le ped que se desnudara y le dije que bamos a jugar a La Virgen. Es algo que tiene que ver con La Anatoma y El Pjaro Secreto, dije. S. As es. As debe ser. Ya conocas el juego? Ahora escchame: toma esta sbana y cubre tu cuerpo de modo que slo sea posible ver tus-misojitos. En este momento comienzas a llamarte Mara y me arrodillo. Junto las manos. Te acercas muy levemente, como si estuvieras bailando ballet en una lmina de la enciclopedia y a medida que yo canto Te ofrecemos Seor este santo sacrificio, t, Mara, dejas deslizar el manto poco a poco, liberas tus torcazas mientras ocultas los brazos y tus ademanes deben ser muy delicados y sutiles como los de la Juana de Arco del santoral y tienes la cabeza como tronchada sobre un hombro porque eres la mrtir de la fe y la tnica cae suavemente y cuando ests a punto de descubrir El Secreto cambias tu sonrisa resignada por una mueca cruel y maliciosa, aceleras apasionadamente los movimientos, Clemencia, Clemencia, acrcate, busca mis cosquillas sin compasin, no finjas, lo s todo, al fin has encontrado la ropa sucia que andabas buscando, me muerdes, te entierro las uas en la espalda, todo sea por Dios, soy hombre y t eres mujer y cumplimos el mandato de la naturaleza, arranco jirones de piel, no te asustes, es un juego, no te ras, es muy serio. Ahora me dejas entrar. He comenzado a ser igual que ellos. Ya no tengo piel de sapo. T s, porque ests al otro lado y aunque tengas ojos de cierva y cabellera de ngel ya no eres mi Clemencia. Bueno, hermano, eso fue todo. Cuando acab aquella ceremonia supe que por fin haba entendido lo que representaba el santo sacrificio y comprend que Clemencia haba dejado de ser mi nia para convertirse en una sirvienta salida de la montaa que jugaba con los hijos de la sagrada familia y a la cual despidieron poco tiempo porque descubrieron que estaba corrompiendo a los muchachos. Tal vez ahora s, hermano, reconozcas esos ojos de payaso trasnochado que se adormecen sobre aquella mesa y encuentres un poco de nostalgia o arrepentimiento para acompaar unas cervezas y un mal encuentro en

Un sitio

inconveniente.

Un suave olor a sangre Seoras, seoritas, seores, caballero conductor, srvome comunicarles que ha regresado la raza azteca a declarar la guerra y que por lo tanto no vengo ni venimos a vender agitas milagrosas. Como podrn notar si miran con cuidado a lo largo de la extensin de este vehculo automotor hay la cantidad de trece jvenes sonrientes y armados con puales, dagas, macanas, llaves inglesas, picahielos, cuchillos, matamarranos, estiletes y hasta inclusive martillos de emergencia, de modo que lo ms conveniente para la salud y el correcto tejido de la piel es que permanezcan en silencio, inmviles, tranquilos, como en la misa, digo. Al seor autotransportista que con tanta gracia maneja la unidad le recomendamos que se desve de la ruta que le asign el destino y busque las calles menos iluminadas prefiriendo consecuentemente las sombras naturales de la noche. Insisto, antes de pasar a consideraciones mayores y atendiendo a la seguridad de los pasajeros, en que no vayan a gritar o hacer visajes sospechosos ya que puede suceder la infortunada casualidad de que se nos arrime una patrulla y quiera invitacin a la fiesta. Anuncio a la comunidad que la presente no es accin terrorista ni de locos solitarios ni de vinosos o drogadictos, pero como se podr notar, somos jvenes de saliva blanca y saludable, un poco huesudo y con verdor anmico, pero en realidad gente honorable, como quedar demostrado en lo sucesivo. Todo lo anterior encontrar sus razones y justicias a lo largo del viaje, pues obedece a un planzote diablico que yo y mis compaeros tigres y serpientes hemos elaborado con el puro ingenio y talento mexicanos. Somos, spase, reclutas de la raza azteca, discpulos del guerrero Tlacaelel y estamos bajo el amparo del terrible Huitzilopoztli, quien nos ha forjado invencibles, resistentes al dolor, aficionados a la mstica de la flor y el canto. Y para demostrarlo, que suenen flautas y tambores y serpientes, mientras pasamos a suplicar a los seores pasajeros que aflojen cuanto tengan de valor colocndolo en las bolsas que para el efecto mis guerreros colocarn al alcance de sus manos. Hganlo voluntariamente y con alegra, que es para una buena causa. Van a decir ustedes tal vez que somos malvadotes, vampiros vidos de sangre y cosas de esas, porque picamos panzas y abollamos crneos y amenazamos a los honrados ciudadanos que regresan a sus hogares despus de labor patritica y sufriente de engendrar a la nacin y a la familia mediante el trabajo honrado, pero mis seores, pregunto, es que no conocen la Biblia? Si el seor Dios, el ltimo y el nico,

dueo de todas las cosas y del cerca y del lejos, les deca a sus profetas: Maldigo al pueblo de Israelo que ador los falsos dolos; yo har que se coman la carne de sus propios hijos, qu no diremos o haremos nosotros, apenas aprendices de reclutas abandonados de la mano de Dios? Amigos mos, disclpennos, intencin nuestra no es ofender a nadie, culpa no tenemos pues somos, como Holofernes, el feo general de los filisteos, como Nabucodonosor, el magnific rey; instrumentos de la ira del Seor. Y sin embargo pensarn: Somos unos ignorantes, sin padres conocidos, unos pobres diablos que no poseen ni la tierra de sus uas. Negativo, ni lo uno ni lo otro: somos, como quien dice, vengadores con conciencia. Pregunto: Por qu los malvados tienen prosperidad en sus vidas? Por qu el rayo fulmina al ladrn y no al justiciero? Uno aqu chngale y chngale y nada. Ellos all muy despernancados con sus palabrotas y sus cochesotes, todos sonrisas y anteojos oscuros. Digo, es claro que esto es un atraco. Negarlo sera ver clarito en lo oscuro. Pero, un momento: este atraco no es de los alevosos, no es un latrocinio seco sin razones y verdades, paso a paso se irn dando cuenta. Tmese nota: los jvenes que ustedes pueden ver tan bien adornados con sus cortopunzantes, sus plumas y sus conchas rituales no tienen rostros salvajes ni actitudes insolentes sino que, muy por el contrario, y pese a la poca educacin que han tenido por azares y brincos de la vida, se comportan con gentileza y si amagan con golpear lo hacen forzados por el instinto y la disciplina resultado de terribles privaciones y peligros. Atencin all atrs, mi tigre, a la seora del simptico bigote, si, usted, con seguridad viene del banco y trae billetes uno sobre otro, bien planchaditos, y cuando llegue a casa va a contarlos a la luz de la veladora que ilumina a la Virgencita de Guadalupe. Amiga ma, agradezca que le vamos a quitar ese peso de encima, recuerde la historia del camello y el rico, piense que si es oro se rompe, si es jade se estrella, si es plumaje se rasga. Palabras del divino Netzahualcyotl. Y para hacer menos doloroso este trance, mientras la nave avanza vistoriosa sin detenerse en semforos, haremos unas preguntas, digo, para entrar en confianza. Veamos, usted, seor, el que tiene buena y bien plantada la barba, comunquenos su profesin. Periodista, dijo? Lo oyeron, mis reclutas? Aqu tenemos a un corts informador que maana nos va a exaltar con el pincel de su pluma. Ojal nos saque tambin unas fotos en posicin de asalto y con los rostros cubiertos y las fieras pelambres volando al viento. Prometemos que podr conservar el rollo y a cambio slo le pedimos que escriba hermosamente sobre la raza, no vaya a decir que somos maleantes del orden comn ni vinosos o drogadictos y por favor no se fije en los fantasmas morales de Cacamatzin; el pobre no ha conocido dentista en todos los aos de su vida que son catorce bien cumplidos y que pas en una ciudad perdida a seis horas del Centro,

donde no se conoce ms agua que la cada del cielo ni ms alimento que el hallado entre montaas inmensas de basura. Y mucho menos, seor periodista, se le ocurra inventar gestos criminales y crueldades dignas de bestias y si por casualidad se atreve a relatar lo que va a suceder, no lo haga sin antes dar razones. Fjese, digo, y tome nota de que somos una banda bien organizada, un semillero de las futuras hordas aztecas que bajarn a la ciudad como la niebla. Escriba ah que tenemos un plan de ataque y que no abordamos el barco todos en manada, como los piratas de Malasia, sino uno en cada parada y solamente cuando tomamos posiciones, fue que este humilde hablante comenz a desgranar su discurso mientras se prepara lo que ha de venir. Somos nahuatlacas a mucha honra y venimos como quien dice a quitarle un grano de arena al desierto de la injusticia y a refrescar los aromas de un pasado glorioso hoy sepulto bajo los cimientos de los rascacielos tan altos como la torre de Babel y bajo las lneas del Metro que se abren camino hollando los antiguos palacios de nuestros antepasados. Conscientes somos de que en este territorio los de arriba engordan sobre los cadveres de los de abajo, y cuanto ms de roba ms blanquita se pone la piel y todo sucede en una rueda interminable, sin descanso y sin piedad, digo. Usted, joven, por qu tan serio? Miro en su rostro y en su cuerpo la preparacin del salto del felino. Atencin, mi buen Yoyontzin, arrmale el fierro a la vena asitica a ver si se le despierta la sonrisa y queda calmo, no vaya a hacer el viaje sin regreso al sitio de los descarnados. Recuerde, caballero, que ms vale perro vivio que len muerto. A mis alegres tigres y serpientes les pido que se apresuren a buscar entre los ms robustos pasajeros uno de buena cara, lindo cuerpo, sin cicatrices, chichones o piquetes, blanquito como debe ser el enemigo, su cabeza bien formada de acuerdo con la ley, para agasajarlo como se merece, ponerle su guirnalda de flores y darle a beber el agua del olvido, mientras yo sigo mi discurso sobre la mltiple conjugacin del verbo vengar. Digo, aqu segn dicen estamos en una democracia y es necesario extender sus derechos a todas las clases sociales. Los primeros libros son sabios porque aunque fueron escritos con manos de hombres, sobre ellos cay la luz divina. Los primeros libros anunciaron el porvenir: En esta tierra nadie dice la verdad, palabra de los sabios aztecas, y la verdad es que vivimos en una guerra perpetua, una guerra sin hroes autnticos, una guerra deshonrosa, en la que los antiguos valientes han bajado las cabezas. Nosotros, los jvenes tigres y serpientes, hemos reconocido esa verdad y decidimos abandonar las vecindades miserables, el serrucho, los ladrillos, las taqueras a medio arroyo, las esperas intiles, las miradas gachas. S, seoras y seores, tenemos la verdad y vamos a proclamarla y a ponerla en prctica. Regresa el reinado del Antiguo Testamento, aborrecemos de los lloriqueos del Nuevo, no creemos ni en

Cristo ni en la humildad. Retorna con nosotros el imperio de la guerra florida, el suave olor de la sangre. Por un ojo cobramos dos ojos, por un diente dos dientes. Lo dijo el Seor: Va a llegar una desdicha tras otra. El fin ya se acerca, ya llega el fin. Mralo, ya viene all. Se te lleg el turno a ti, morador de la tierra. Seora, dle el pecho al nio, no tenga pena, alimente al joven guerrero. La raza azteca respeta a las madres que son la tierra madura donde nacer la generacin que ver la nueva Tlalocan. El pasajero de all, s, usted: meta el brazo, no vaya a ser que quede sin el gusto de saludar con sus cinco dedos. Al prisionero elegido le damos una cordial felicitacin y le pedimos que beba sin disgusto el licor que el joven guerrero le ofrece, beba, beba a su antojo y si quiere fumar hgalo y deje que su encargado, su servidor, de nombre Temotzin, le adorne la cabellera y el cuerpo con flores y plumas. Que suene msica de flautas y tambores para celebrar la eleccin mientras yo contino explicando a mis amigos que hubo un tiempo mejor en el que nuestros padres andaban desnudos y dichosos por una tierra que en lugar de penas daba frutos, por un paraso en que el agua era ambrosa, licor de dioses, por sendas de mil verdes que iluminaban la pupila, por un campo en flor en el que los antiguos se despertaban con el estrpito de las aves preciosas, las rojas guacamayas, la garza azul, el pjaro cascabel, el colibr como un corazn con alas, el ave quetzal, el pjaro de fuego, el pjaro dardo, el pjaro macana, un mundo en el que haba slo aquello que era esencial, slo lo hermoso, lo indispensable, y en el que no se comerciaba ni con sueos ni con basura, sino con los productos de la tierra, esmeraldas rojas, escudos de turquesas, caracol rojo y conchas de colores, pieles de tigre, cintas para la frente, orejeras de oro y cristal de roca, rasuradoras de obsidiana. Y miren ustedes, dolientes habitantes de esta ciudad, a qu punto hemos llegado: el verdor se ha cubierto de pavimento, el aire antes transparente que haca de la vida una eterna embriaguez, ahora est lleno de gases y transforma la existencia en una nusea constante, los ros ya no transportan el licor sagrado sino fsica mierda escrementicia. Tome nota, seor periodista, digo, que no se le escape una palabra, que la voz de los tigres y serpientes llegue tonante a la nacin mexicana. A Bacuc, cerca de la puerta de salida, le pido que no se me duerma y que mantenga el matamarranos a la vista del pblico para que no haya equivocados o difuntos, que pueden ser la misma cosa: A Coyote Dos le suplico que no se engolosine con la seorita ni le ande hurgando el escote con los ojos, pues no hay tiempo para incontinencias. Recuerda mi tigre lo que pas en mi anterior abordaje, todo por no guardar los principios y la disciplina. A Cantor le encomiendo, por el contrario, que no se ande con decencias, pues si el caballero no quiere cooperar, es muy su problema. Atzale un suavezn tubazo en la base craneana cuidando de no darle en el occipucio, como

se te ha enseado, no vaya a suceder que el amigo se nos escape hacia el valle de los sin regreso. Sopas, compadre! Que sirva esto de experiencia para que sepan que el asunto va en serio y que no estamos en un circo sino en una guerra. As est bien, mi don, qutese el saco y dselo a mi Coyotito que pasa mucho fro en estas noches de diciembre y no nos venga a decir que lo perjudicamos, pues con seguridad en el armario de su casa tiene seis o siete como el presente, adems, digo, fjese cmo le cae de bien ese color meln tierno a mi Coyote Dos y cmo se le ilumina el rostro al sentirse tan elegante. Y usted, el elegido, siga bebiendo, comparta con nosotros y no se apure por tanta amistad de la raza azteca. S, muy bien. El seor conductor nos ha pasado la solicitud de que le ofrezcamos alguito de licor, que no conoce estas calles sin rumbo y teme caer a algn abismo y necesita nimo para seguir adelante sin luces, dice que tener la punta de un picahielos en el cuello y andar por semejantes desoladeros ya le tiene la garganta como el desierto de Sara en el Arabia Inaudita. Faltara ms, cmo no, mi querido piloto, con todo el gusto del mundo le ofrecemos el agua de la vida, sabroso pulque aejado por la sabia Xchi, noventa aos de paciencia al servicio de la frmula secreta, todo para que conduzca con alegra y nos lleve a buen puerto. Digo, que suene la msica, no se pongan nerviosos los pasajeros de este navo, seorita, no llore, no le va a pasar nada, ya le advert al Coyote que no se haga la ilusin de manosearle, ni siquiera con los ojos, el virginal seno. Suelten sus anillo, relojes, pulseras, aretes, collares, billeteros, lo sentimos mucho, no aceptamos tarjetas de crdito, y piensen que lo que aqu pierden lo estn ganando en otra tierra menos triste, la del Tlalocan. Recuerden que toda riqueza es vanidad. Dice el poeta: De aqu nos vamos, tenemos que dejar los cantos, tenemos que dejar las flores. Y nosotros, dganme, qu estamos dejando? Pues basura, basura, el Distrito Federal produce en una semana ms basura que mil aos de babilonios, amorreos, hebefeos, asirios o rabes. Por eso, y para redimir la tierra y la raza, es que el combate debe comenzar, la verdadera guerra que iniciamos los de la Colonia Renovada, Emiliano Zapata, donde hay menos agua que en el mentado Desierto de Sara, y ms basura que en el ltimo estercolero del juicio Final. Das tenebrosos vendrn. El que est en la ciudad buscar el campo y en el campo slo hallar la peste. Regresar a la ciudad y slo encontrar infortunios y calles deshabitadas, los billetes intiles sern azotados por remolinos de vientos negros como la bilis y nadie correr tras ellos porque una tonelada de billetes no alcanzar para un kilo de carne, y adems porque ya no habr nada que comprar, y acaso ni siquiera quien venda o quien compre. De los supermercados quedarn apenas los despojos y toda yerba ser masticada tres veces. Buitres, ratas y la variedad completa de las alimaas tenebrosas y las bestias recorrern libremente

las calles, y de todas las fieras, ser el hombre la ms voraz y terrible. Los poderosos sern humillados y desearn cambiar sus lujos por el abrigo de perros sarnosos y el calor de vacas con muermo bajo los puentes. Toda belleza ser abominable y las mujeres afearn sus rostros y ocultarn sus cuerpos bajo andrajos para no suscutar deseos pecaminosos. Todo verdor se amustiar. Usted, el de la sudadera azul, agrrese del tubo con las dos manos, de pie en el centro del pasillo y con las piernas abiertas y permanezca as hasta que terminemos nuestro mensaje y nuestro rito. Ya el elegido tiene los ojos alegres, de modo que es llegada la hora de que le pongan el chaquetn. Si le parece saco de harina Tres Estrellas, no se preocupe, imagnese que est bordado con hilos de oro y que de sus olanes cuelgan mil campanillas de plata. Yoyontzin, psele su soga en torno al cuerpo, inmovilizndole los brazos a los costados, aprieta bien, cuidando, eso s, que no se le vean afectadas las funciones circulatoria y respiratoria. El seor de la corbata: Abra su maletn y vacelo sobre el asiento, no se preocupe por los documentos, podr conservarlos al igual que el maletn: solamente le encargo la gorrita a cuadros que va a adornar muy bien la pelambre de este servidor. T, Temo, aprtate de la tentacin, recuerda las enseanzas y la mstica de los caballeros guilas y serpientes: manos afuera, que la seorita ya dio lo que tena que dar. Esto dice el seor Dios tocante a los moradores de las ciudades: Comern su pan llenos de ansiedad, bebern su agua con susto, temern que su tierre quede desolada de lo que contiene, todo por la violencia de los que habitan en ella. Al caballero de la camisa con paisaje martimo, ese, el gordito, pquenle con suavidad las costillas, que levante las manos, pues se le notan inquietas, muy bien, eche para arriba las manos y no se moleste si hoy se le olvid restregarse le desodorante, peores pestes hay en este mundo y olores tan asquerosos, que los que viven en el centro de la ciudad no alcanzan a imagunarse. T, revsalo bien, que tiene cara de guardar los billetes en las partes ntimas, fjate en los calcetines, se conoce a ese tipo de avaros por la temblorina que les entra cada vez que tienen que meterse la mano en los bolsillos. No sufra, seora, no llore, guarde sus aguas para tiempos ms negros. Dice que le hemos quitado el dinero con el qu dar de comer a sus hijos? Matzin, devulvele seis mil pesos para que vea que somos humanitarios; con eso podr darles frijoles a sus muchachos durante un mes y si se quedan con hambre, muy bien, para que vayan educando el callo de la barriga. Se acercarn los tiempos de las vacas flacas, y a mayor gordura y opulencia, mayor sufrimiento: pronto vendr al paraso de los flacos la tierra prometida de los miserables. Msica, mis tigres y serpientes. En aquel tiempo descendieron del norte las hordas de los aztecas, un pueblo perseguido por todos, un pueblo sin rostro y al que los habitantes del Valle de Mxico preguntaban: Quines sois

vosotros, de dnde vens? Era un pueblo guerrero, gente desnuda de ropa pero vestida con pieles de animales, feroces en el especto y grandes batalladores que se alimentaban de la caza y habitaban en los lugares cavernosos. Quisieron vivir en paz con los felices poseedores del Valle de Anhuac, pero el rey Coxcoxtli les asign un erial de piedras y serpientes con la intencin de que all murieran de hambre y por las picaduras de las vboras. Mas, oh, irona, los aztecas mucho se alegraron cuando vieron las culebras: a todas las asaron y se las comieron. Los aztecas, nuestros padres, como los hebreos, triunfaron sobre las malas artes del faran y levantaron su ciudad, Tenochtitlan, tan esplndida como Jerusaln. No se fijen, seores y seores, en lo que pasa atrs. Yo quiero evitarles malas interpretaciones. Me permitir contarles que hemos puesto una cobija sobre el asiento del fondo para crear el ambiente necesario y estamos quemando un poco de sndalo, a falta de copal, que por las prisas del operativo no pudimos conseguir, dijo, y esto es para lograr el objetivo de convocar a los espritus de nuestros mayores. Digo: al seor conductor le solicitamos que aminore la velocidad para facilitar la operacin. Al periodista le damos licencia para que observe con sus propios ojos y si quiere tome unas cuantas fotos que harn atractivo su reportaje. No, seorita, aqu no valen argumentos sentimentales: si es argolla de compromiso, dele gracias a Dios que usted la cede para una buena causa, agradezca que le quitamos el metal precioso y la piedra brillante que maana sern lastre en las aguas de la desesperacin. Del naufragio final slo se salvarn los que vayan desnudos y humildes. Y ahora, antes de despedirnos, debo dar una mala noticia al seor que ya est con la luz dentro del cuerpo, con flores en el cabello y aroma en la piel, su chaquetn de lujo en el pecho y su corona de amargo cempasuchil. Buena o mala noticia, segn se la mire y considere: su persona, por razn de las bellas orejas y de la aun ms hermosa apostura y la piel blanquita, ha sido escogida para dejarnos en recuerdo un trofeo que guardaremos con cario y veneracin. Le pedimos al pblico un instante de reconocimiento y al elegido le solicitamos que permanezca absolutamente inmvil, so pena de que se le escape el fierro de carnicero a mi amigo tigre y se le inmiscuya en la panza; que permanezca inmovil, digo, mientras Baltasar le agarra con un par de dedos metlicos la parte superior del rgano auditivo y con un bistur se lo desprenda de un solo tajo indoloro y sorpresivo, y esto, amigos, con dos altas finalidades: primera, que haya efusin de agua florida, tan propicia para la restauracin del Sexto Sol, que es cuando la raza azteca saldr de las profundas cavernas a recuperar lo perdido, y segunda, que se guarde su caracol de carne o pabelln auditivo pegado con un clavo en la pared-archivo del club y asociacin nuestra como testimonio de una nueva y significante accin intrpida de los tigres y serpientes. Se ruega por favor al pblico que no

se deje arrastrar por la curiosidad morbosa y que si en algo quiere cooperar evite escenas lastimosas de gritos desgarradores, desmayos y aguas mayores. Cierre los ojos, amigo, as, no tiemble, y adelante, mi buen hijo de Huitzilopoztli: Son tus flores, oh, dios del Sol, Flores rojas, flores bien olientes que se entretejen perfumadas, Jey, jey, jey, aleluya! Spase que no hacemos esto por crueldad sino a manera de perpetuacin de las costumbres de los aztecas que extraan corazones para que la maquinaria del universo siguiera funcionando, y que si nosotros no repetimos el acto en su totalidad es por material falta de recursos y de tiempo. As como los hebreos rescataban de los cadveres como trofeos mil prepucios de filisteos y de la misma forma en que al abrir la puerta de su casa Eloibeth hall quinientas cabezas de sus enemigos, y todo ello fue del agrado del dios de los ejrcitos, nosotros tambin queremos elevar esta oreja como sacrificio y holocausto para renovar el suave olor de la sangre, agradable a los ojos del seor. Adems sirve este acto mnimo e indoloro, si se le compara con el exterminio de pueblos enteros, como anuncio de las otras ofrendas maysculas que acontecern cuando se revienten los hilos de araa que columpian a esta nueva Babilonia, el da en que los caballos corrern desbocados y los jinetes se llenarn de pnico. El que sea prudente que entienda estas cosas, el que sea cuerdo, conzcalas. Y diciendo estas palabras desaparecen los espantos. Aqu nos bajamos, seores, seoritas, caballeros, tras cumplir con el sagrado deber de nuestro ministerio. Nos despedimos de mano y de corazn. Recuerden: somos el anuncio de lo que ha de venir.

El viejo truco del amor en tres actosPrimer acto: Gracia y las manos Slo recuerdo grandes brochazos, das enteros, un paseo al campo, una bofetada, cuando hicimos el amor con la ventana abierta y un rayo de sol se reflejaba en tus pupilas, recuerdo lo que vamos a hacer maana, dentro de un mes, un ao; recuerdo el futuro: que yo la voy a invitar al cine y usted aceptar inmediatamente; que usted me besar en el cine y a m me dar vergenza; que vivir con usted situaciones increbles y hasta insoportables; que nuestra relacin ser tormentosa como ninguna, pero que llegaremos a la muerte llenos de serenidad, en una casa rodeada de rboles y jardines, con una pequea fuente y una estatua de un angelito meando. El hombre se haba acercado sin dejar de mirarla un instante.

Sonrea con tranquilidad, la observaba con cario, pareca a punto de darle un beso. Pero, por qu?, si ni siquiera lo conoca. Adems a ella nunca le haban gustado ese tipo de hombres, tan deportivos, tan desordenados, con pelos por todas partes, unos tenis deshilachados que pedan a gritos un poco de atencin, una camiseta rota y unos pantalones deportivos abultados en la rodilla derecha. Pareca un mendigo pero obviamente no lo era. Haba un detalle fuera de lugar. No sabra precisar cul. Una extravagancia en su forma de ser. Como si nada le importara verdaderamente. Como si todo el mundo y sus circunstancias fueran cosa de risa. El hombre ya habra pasado por los treinta cojeaba, y al hacerlo daba un brinquito como de jbilo. Pareca un nio descubriendo el placer de ser diferente de los dems. Disculpe, seorita, cmo se llama? Margarita del Camino, Rosa de Castilla, Camelia de Jess? Hortensia Milagros? Flor del Campo? De dnde haba salido? Cmo entr a la oficina? Cmo pudo acercarse sin ser odo? Es que no me acuerdo. S que tiene un nombre compuesto que corresponde a su personalidad y que la primera parte es el apelativo de una flor. Aydeme: Hueledenoche del Valle? No. Es horrible. Parece de novela rosa. Y usted detesta las novelas rosas. Clavel de ...? No, no recuerdo. Aydeme. Flor de Mara? El hombre se mesaba de barba con sus grandes manos. Qu manos! Unas manos maravillosas, como pintadas por Miguel Angel en la Capilla Sixtina. Unas manos que vio en un libro y nunca pudo olvidar. Fui a la playa y me vapulearon las olas contra un arrecife dijo. Es que soy tan descuidado. Me gusta atreverme a hacer tonteras como baarme entre las rocas en plena tormenta o lanzarme cuesta abajo en una bicicleta sin frenos. A usted, por el contrario, le aterroriza salir de su casa, teme a los extraos, viste como monjita porque no soporta las miradas de los hombres. Un tonto, uno de esos que quieren parecer simpticos y que creen saberlo todo. Detestable, definitivamente detestable. Un movimiento ms y le pongo el bolso de sombrero. Mejor, le saco los ojos. Esto es algo que siempre vas a recordar: cmo me conociste; es decir, cmo me ests conociendo; la forma en que vesta, mi cojera y mis manos. Alz las manos, una gloria de manos; pareca ofrecerselas era como si estuviera diciendo: Mralas, son tuyas. Se sonroj. No haba dejado de mirarle las manos ni un segundo. Parecan las de un director de orquesta: teatrales, sutiles, enrgicas, feroces, tiernas, como apaciguando las olas o convocando la furia de los elementos. Como deben ser las manos de Dios, pens casi enojada consigo misma. Ya me acuerdo cmo te llamas: Flor de Gracia. Una obra maestra de nombre.

No la sorprendi ni un pice. Cien veces haba sido abordada por tipos que tenan planeada su estrategia hasta el ltimo detalle y que antes de acercarse conocan no slo su nombre sino hasta su ficha clnica. Se que es extrao lo que te voy a decir. Permteme que te tutee, al fin y al cabo nos vamos a casar y viviremos hasta que la muerte nos separe. T eres, perdn, sers mi mujer, no porque yo te haya escogido en este instante, sino porque esto que estamos viviendo ya lo viv no s cuando. Gracia no sala de su indignacin. A los 18 aos quera seguir siendo una nia y sufra la tendencia a nunca creer lo que le decan. De belleza delicada y algo particular, con sus ojos de pasmo y su piel tal sutil como si a travs de ella pudiera verse directamente el alma, haba visto pasar por su vida a algunos hombres de los cuales no guardaba casi memoria. Recordaba, s, manos, expresiones de manos, antebrazos. Los rostros se hacan borrosos. En general haban sido tan insustanciales y predecibles los hombres que se le haban acercado, que le producan risa. En alguna oportunidad se pregunt si todos seran as: vanidosos, poco gentiles, oportunistas, sin espiritualidad alguna, apresurados, antes de mirar directamente a los ojos queran llevarla a la cama. Pero ste de ahora, este loco hablador, tena algo que le llamaba la atencin: por qu estaba tan seguro de que ella iba a aceptar su historia descabellada? por qu la miraba como si fuera su padre y tomaba sus manos entre las de l de tamao asombroso, huesudas, fuertes y, sin embargo, tan, cmo decirlo, expresivas, manos de pianista? Gracia sinti que un escalofro avanzaba por su cuerpo y se le estacionaba en el pecho, causndole una inquietud que le haca temblar como si estuviera desnuda en la, cima de una montaa nevada. Voy a hacer una llamada y luego hablaremos dijo el hombre. Gracia lo vio avanzar entre los escritorios y sentarse en un bote de basura. Es de los que hacen todo al revs, pens Flor de Gracia. No quiso escuchar la conversacin telefnica. No le importaba. Detestaba meterse en la vida ajena y que la gente se metiera en la suya. Es como si te estuviera leyendo el pensamiento dijo el hombre regresando a su lado. Te lo voy a repetir para que quede bien claro. T vas a ser mi esposa, no porque yo lo haya decidido, sino porque esto que estamos viviendo ya est escrito y lo le en alguna parte o lo viv en sueos o en una vida pasada. No le creo por fin pudo hablar Gracia. Y le pido por favor que me deje en paz. No s cmo pudo entrar a esta oficina y le ordeno que se retire inmediatamente si no quiere que llame a la polica. Soy la veladora de esta dependencia y la responsable de todo lo que hay aqu. Gracia querida. No es cierto que usted no me crea. No finjas. T

me crees. Te voy a dar una prueba de que no miento. Te voy a decir exactamente lo que estabas pensando mientras yo llamaba por telfono. Qu? dijo Gracia casi asustada, porque de pronto haba sentido, sin saber por qu, una especie de cario, de simpata hacia ese hombre. Estabas pensando que yo soy exactamente el tipo de hombre con el que nunca te gustara vivir. Que soy desordenado, peludo e irreverente. No hay que ser muy inteligente para llegar a esa conclusin replic Flor, sintiendo que comenzaba a flaquear. Puedo decirte dnde vives y que tienes dos edades: 18 y 20 aos, porque fuiste registrada dos veces con distintos nombres. Ese dato s era sorprendente. Cmo dudar de un tipo que lee la vida ajena como si estuviera ante un libro. Puedo, si es que sigues dudando, decirte dnde tienes los ms preciosos lunares del mundo, pero no creo conveniente atreverme a tanto. Mira. Gracia, yo tengo que ausentarme de la ciudad durante una semana. Espero que ests tranquila, como si nada hubiera sucedido y que pienses que esto lo soaste o algo as. Cuando regrese, te invitar al cine, veremos una pelcula de Hitchcock y all me besars, mientras unos pjaros atacan a una mujer que se oculta en una cabina telefnica. Est usted completamente loco. Exacto! Eso es lo que debes pensar porque ests viviendo tu tiempo hacia adelante y por primera vez, mientras que yo lo estoy viviendo por segunda vez. Cierto que me crees? No dijo enftica Gracia. El hombre lanz una carcajada de felicidad. Si tuviera alguna duda, ya qued aclarada dijo. Ese no, el tono en que lo dijiste, me recuerda que eres la mujer ms terca, desptica e impositiva que exista. Ya me voy. Espere grit Gracia ya menos agresivamente: si usted sabe que yo soy as de mandona, por qu insiste en que voy a ser su esposa? Por una razn muy sencilla: porque siento que contigo la puerca torci el rabo, es decir, porque la amo como nunca he amado ni amar a mujer alguna. S lo que me espera al lado suyo, pero estoy dispuesto a correr todos los riesgos con tal de amanecer el resto de mis das a su lado. Es usted un demente. Es cierto, estoy loco, y aun as aprenders a amar mi locura, mi desorden, mi forma de ser irresponsable. Hasta luego. Adis casi grit Gracia. Cuando regrese no estar aqu y no

nos volveremos a ver jams. El hombre sonri. Calma, calma, querida, tendremos ms de cuarenta aos para discutir y casi siempre sers t la vencedora de nuestros pleitos. Adems, s estars aqu, porque debes cumplir el horario, de ocho de la maana a dos de la tarde, hasta que terminen las vacaciones. El hombre se alej cojeando mientras silbaba una cancin que ella nunca haba escuchado y que sin embargo le sonaba conocida. Sus manos llevaban el ritmo y eran como plumas flotando en la mejor brisa del atardecer.

Segundo acto: El camino de al lado Gracia dice que no tiene nada de qu arrepentirse. Y tal vez eso sea lo peor de toda esta historia: que no tenga nada de qu arrepentirse. El asunto fue as. Gracia estaba en el parque con Cristbal y los nios. Cristbal lea su peridico (La gran novela del mundo, dice) y Josu estaba friega que friega con su bicicleta. Pasaba una y otra vez, rindose, y no lo dejaba leer en paz. El esposo de Flor de Gracia (suena tan medieval eso de el esposo de Flor de Gracia, parece que soy una esclava encadenada que sigue a su amo, esperando una caricia en el hocico) lea sentado en la base de la estatua de Morelos y Josu dale a pasar, y cada vez que pasaba, un golpe al peridico. Bueno. Mi marido afirma ser paciente, soy un buey de paciencia, dice, soy un monje budista, todo lo soporto, lavo platos cuando es necesario, me levanto a las seis de la maana, preparo el desayuno de los nios, sacrifico las horas de lecturas y las de feliz carrera contra el viento, hago lo que sea con tal de tener un momento de paz. Volvi a pasar Josu y zaz!, golpe al peridico. Cristbal se levant, persigui a Josu, lo agarr del cuello y le retorci la oreja. Y, qu hizo Gracia? Pues tom las llaves, cogi impulso y le atin a su esposo justo en la frente. (Nunca me he sentido tan feliz, tan realizada, tan triunfadora, como en ese instante, en pleno parque! al frente de todo el mundo! la venganza! conocer por fin el sabor de la sangre del enemigo!) Cristbal se limpi la sangre con el pauelo (aclaremos: el pauelo que yo voy a lavar). Perra, ponte en cuatro patas a ladrar! le dijo en voz baja Cristbal, que no soporta hacer el ridculo en pblico, pero que tiene alma de payaso. Imbcil, imbcil, imbcil! le respondi a gritos Gracia, que carece del tino para insultar con compostura y que, aunque no tiene mucha imaginacin, si posee una fuerza dramtica incomparable

(especialmente cuando hay pblico, agrega Cristbal). (Toda alma tiene su macho rabioso escondido y yo no debo ser la excepcin.) Gracia recogi las llaves y lanz un hondo suspiro. Josu chill un rato, mientras lanzaba su mirada oblicua, gozando de esa deliciosa maldad de los nios que los obliga a enemistar a sus padres. Cristbal lo observaba con odio, lo detesto, lo detesto, parecan decir sus ojos, aborrezco esta vida. Su madre lo protege y va a hacer de l un marica de marca. Hay que ver cmo chill cuando le retorc la oreja. Bueno, la verdad es que ni se la retorc. Slo se la agarr. Cuando Gracia supuso que ya todo haba pasado, dijo, vaymonos, dirigindose a Josu, pero implicando indirectamente a Cristbal y a Elena. El marido en lugar de acompaarlos al auto sigui leyendo. Ms tarde se dirigi al coche, empuj a su mujer con poca cortesa y amarr la bici en el bicicletero. Dame las llaves le dijo en el tono suave (hipcrita, aclaremos) de sus tmidas rabias. Hblame con amabilidad respondi Gracia asumiendo la dulzura del que ofrece un cambio de humor. A una verdulera se le habla como verdulera, dame las llaves. Pues no dijo ya implacable, dispuesta a desbarrancarse. Ah, no?, entonces te vas sola con los nios, yo me quedo aqu. Pues no, mhijito. El que se va solo eres t. Yo me quedo en el parque. Toma tus llaves. Y no me esperes esta noche. Cristbal no aguard un segundo. Mont en el auto, encendi la marcha y dej a Gracia de pie, fiera y tremolante. Busqu en el bolso. Doce pesos. Pens en ir al teatro pero costaba veinte. Ech a caminar. A ver qu pasa en esta ciudad de liliputenses. Nunca hay nada qu hacer. Por eso ya llevo casi diez aos sin salir por las noches. Entr al caf que siempre visitaba en mis tiempos de soltera. All planeaba con las amigas las escapatorias. Yo no me caso, decamos. Sobamos con los muchachos italianos, tonteras de vino, caviar y olores fuertes. Muchos mariscos y noches en vela. Slo vi a una conocida. Estaba con su hijo, un adolescente con cara de mongoloide. Igual que su padre, de paso. Me pregunt sobre mi vida. Poco le poda decir que no supiera. Tampoco ella pudo informarme de nada nuevo. El padre, msico, mediocre. El hijo, msico, peor. El colmo: quiere ser obosta. Que quisiera ser trompetista o violinista, pero obosta! Qu puede esperar un obosta de la vida? Es como ser odontlogo o proctlogo. Vivir con la nariz metida en el hocico o en el rabo de sus semejantes, puf. Primero perro con sarna. Me desped. La ciudad, el pueblo, sigue siendo el mismo, pero ya no hay siquiera entusiasmo para ir a los cafs los sbados por las noches. Recuerdo que en el caf se organizaban las fiestas. Qu aos aqullos! Pero si he de ser sincera, ramos ms felices por lo que pensbamos hacer que por lo que

hacamos. Y cuando nos encontramos ahora ponemos cara de velorio. Reconocemos que estamos muertas. En cierta forma. Gracia sali del caf. Camin hasta los cines del IPE, y, maldicin, estaban cerrados por remodelacin. Pens en regresar a casa. No y no, se dijo. Tengo que tardar por lo menos tres horas para que mi dueo se preocupe. (A veces, cuando hacemos el amor y siento la gran verdad lo que no es muy frecuentele grito mi dueo!, mi dueo!) Se acord de aquel otro cine, una porquera la sala, recin acondicionada. Camin hacia ella, y descubri con felicidad que haba pelcula. Cruz los dedos para que no fuera pornogrfica. Francamente no le apeteca ver pellejos sucios. (Maldita sea. Toda desnudez que no sea la de mi marido o la de los adolescentes en la playa me causa asco.) Quera erotismo fino, con protagonistas hermosos y si es posible castos. Ah, me encantan los adolescentes. Siempre me gustaron, pero desde que cumpl los treinta y cinco el gusto se ha vuelto pasin. Los jvenes parecen tan limpios, tan dciles. La pelcula estaba empezada. Gracia entr con desgano. Ningn hombre se ocup de ella. Mujer sola en pelcula nocturna. Qu historia podra sacarla de su conciencia a punto de reventar? Era una pelcula de fantasa, con hombres voladores, nios magos y muchos trucos de maravilla. Qu fastidio!, se dijo, me voy a aburrir como una mula, saldr del cine y llegar a casa justo media hora despus del captulo del enojo. Un da me voy a escapar, s seor. Agarro cuatro trapos y me voy a una ciudad lejana, aunque tenga que vivir de alquilar mi cuerpo. Tal vez no sea tan desagradable como levantarse todos los das a la misma hora y pelear con Josu para que se bae y con Elena que se finge dormida incluso cuando est bajo la ducha. Cuento hasta cien y si la pelcula me sigue aburriendo, me voy. Y no pedir auxilio aunque tenga que caminar cuatro horas por las calles de este pueblo triste. Fue precisamente lo aburrido de la pelcula lo que la hizo fijarse en los vecinos del frente. Escuch una carcajada fresca y vio en la semipenumbra un perfil de medalln romano. Al principio le pareci de 25 aos, pero despus, cuando lo sigui por las calles se dio cuenta que no tendra arriba de 17. El nio luca hoyuelos, una cabellera hermosa y cuidada, y era alto, esbelto, eso se notaba aun estando sentado. Tena la elegancia de un potrillo. Su cuello era una obra de arte. Rea sin escndalo. Disfrutaba de la pelcula y Flor de Gracia comenz a hacerlo tambin. En su felicidad el muchacho volte y vio a aquella mujer que lo miraba con arrobo. A partir de entonces volte a mirarla varias veces. Y cuando prendieron las luces para el intermedio, Gracia pudo ver que el mancebo la miraba con decoro y con inters. Lo vio ponerse de pie. Observ su cuerpo, bellsimo, algo delgado, caminando con la languidez e indiferencia de un gato, con esa deportiva soltura con que caminaba Cristbal, a pesar de la cojera, cuando lo

conoci. La impresion su rostro, un rostro extremadamente agradable, de labios delicadsimos, casi femeninos. Debe ser un chico bueno, se dijo Gracia, no un mal hombre como mi esposo, que cuando se enoja se porta como un carnicero y me abandona a los peligros del mundo y cuando est feliz me abraza y me babea como una bestia. Es un hombrecito reciente, tal vez intacto. No como yo, que estoy gastada, que me he deteriorado con un solo hombre y no s cmo son los dems, que tengo dos o tres averas irremediables en el cuerpo y unas noches en las que no s de m. Se apagaron las luces. El nio avanz con paso elegante, y acaso fingiendo equivocarse, se sent al lado de Gracia. Bueno. No exactamente, sino dejando una silla en medio. Gracia comenz a fantasear. Crey verlo sonrer. Era como si quisiese compartir con ella el placer de la pelcula. Gracia comenz a sufrir (aunque en el fondo me senta un poco aliviada) sabiendo que la pelcula estaba a punto de concluir y que todo se cortara de pronto. No separ sus ojos de su silueta. Sigui la pelcula, ya sin tanto inters. Si me ofreciera una palomita de maz, podramos ser amigos y allanar el camino, me dije. Pero no me ofreci nada. Cuando se prendi la luz sent que comenzaba a perder el aliento. Todo iba a concluir. Antes de ponerse en pie me mir. O quiz ni siquiera me mir sino que sus ojos pasaron por encima de mi cuerpo. Qu pensara de esta mujer que ha vivido sin otras felicidades que las domsticas y sin otros ejercicios que los aerbicos de la televisin? Vesta jeans, tenis, una camiseta o rayas azules, horizontales. As deben de ser los pescadores de las islas griegas, se dijo Gracia. Fue tras l. Se coloc a un metro de su cuerpo. En el apretujamiento de la salida pudo tocarle la nunca con su aliento. Difcilmente podra evitar sentirme a su espalda. Se detuvo en la puerta a conversar con un amigo. Vio a la mujer avanzar de frente, con el rostro inexpresivo. Qu horror: si yo hubiera sonredo y le hubiese dicho estuvo buena la pelcula. Pero no hice eso. Simplemente baj los ojos y segu derecho. El matrimonio nos vuelve cobardes, nos seca la fuente de las fantasas. Apost una carta al azar. Se detuvo veinte metros adelante a ver qu haca el chico. Lo vio hablar con un amigo unos minutos y luego separarse. Camin hacia Gracia, mirndola a los ojos, como si quisiera abordarla. Ella se asust un poco y ech a andar con lentitud. Lo dej pasar. Vio que la miraba de reojo, sin desagrado. Gracia subi las escaleras del Parque Jurez tras l. Lo dej tomar distancia. Demasiada distancia, casi diez metros. Al llegar frente al Palacio Municipal volte a mirarla. Y si le digo algo, si lo alcanzo, si congeniamos y lo invito a tomar una copa y le confieso que estoy casada y nos hacemos novios en secreto, si terminamos como amantes? Sera como abrir un sendero paralelo al de mi vida. Qu habr en ese sendero?

Gracia avanz ms rpido. Lo alcanz, lo pas sin mirarlo. Se dej alcanzar de nuevo. De acuerdo con la expresin de su rostro, me atrever a hablarle. Cuando el muchacho volvi a pasarla, Flor de Gracia crey ver que estaba asustado y eso fue lo que decidi tanto su destino como el mo: al llegar a la esquina yo di vuelta a la izquierda (si l me sigue es que est interesado) y l sigui derecho, rumbo a Los Berros. Desde la parada del autobs, lo segu mirando a ver si volteaba. Se alej, se perdi, desapareci, regres a su vida de siempre, como si no hubiramos vivido una gran historia de amor. Retorno ahora a casa, tengo que decirlo, solamente porque no hubo sonrisa sino un gesto de espanto. Pero si esa criatura antes de doblar la esquina me sonre, lo sigo hasta el ltimo rincn y le enseo lo que puede ser una mujer. Una cosa es caminar dormida y otra caminar despierta. Y hoy, lo juro, he estado despierta como nunca. El coche est en el garage, de modo que Cristbal no abandon a los nios frente la televisin ni fue a refugiarse con sus amigotes. No quiero ni imaginarme lo que habra sucedido si me sonre el cro se. Ah, muchacho, criatura, la belleza de los seres humanos es el esplendor! Las luces estn prendidas. Seguro voy a encontrarlo limpiando la casa como cada vez que me enojo y me pongo en el papel de hembra ofendida. Bueno, voy a entrar. No estoy derrotada. Lo de esta noche fue mi triunfo. Si el nio hubiera sonredo. Pero no. Hizo un gesto de espanto. Tendr la cara de loquita? Habr perdido todo mi atractivo? Recuerdo que en la escuela me decan: Me basta verte caminar para dormir feliz. Bueno, ahora estoy llegando, exactamente a las doce y media de la noche. Nunca haba hecho esto sin justificar mi ausencia. Y no le voy a decir dnde estuve, juro que no le voy a decir. Voy a golpear bien fuerte en el portn para que sepa que sigo enojada, que no llego blandita a lamerle la mano y a contarle mi aventura y todo en paz, a la camita, a hacer a medias lo de siempre y a dormir abrazados hasta el prximo enojo. Josu abri la puerta. Todava despierto? Le dio un beso en la mano y corri a acostarse. Estaba compungido. Se saba culpable del lo. No le dije nada. Pens: marica, tiene razn Cristbal. Entr y me sent en la sala. Prend la televisin. Cul iba a ser el siguiente paso? Quieres tomar caf?, pregunta Cristbal, y en su tono no hay ni la ms leve sombra de resentimiento. Me coloca una mano bajo la barbilla. Por ms esfuerzos que hago no puedo evitar una sonrisa. Siento que lo amo. No hay nada como la familia.

Tercer acto: El viejo truco del amor Mi mujer es caprichosa, terca, una autntica fiera, aunque casi

siempre vive con verdadero entusiasmo y cuando se trata de gozar a fondo es, como dice Carranza, un ro de amor que no termina de pasar. Es de las que aman como si la vida cotidiana fuera una batalla interminable, con escaramuzas, retiradas y avances, centenas de muertos, humo, comida rancia y dichas fugaces, treguas, rendiciones y triunfos. Uno nunca sabe qu esperar de ella. La descompostura ms reciente tuvo que ver con la fiesta de Ao Nuevo, un mes despus de su salida nocturna y su aventurilla de primavera en el cine. Yo, como siempre, me negaba a ir a la casa de sus padres y termin por ir. Llevamos a los nios. Me parece tan absurdo hacer que se desvelen hasta las tres de la maana. El caso es que Gracia lleg a la fiesta y comenz con sus incoherencias. Prendi la televisin y quiso ver Los Intocables, en contra de la opinin de todos los dems, que haban empezado ese ritual de la estupidez que tendra su apoteosis a las doce de la noche. Yo me enoj y me port muy mal el resto del tiempo. Y cuando Gracia comenz a emborracharse y a fumar cigarrillo tras cigarrillo, para demostrar que era independiente, que yo no la mandaba y ella haca lo que se le pegaba la gana (No pienses que te cre la historia sa de que ya habas vivido en otra vida esta existencia miserable, dice cundo quiere ofenderme) comenc mi champaa de intrigas para que nos retirramos. Ella termin por aceptar, porque efectivamente Elena (Tiene cinco aos y una forma de hablar que si no fuera escalofriante sera graciosa: Si no nos vamos me suicido para siempre, dijo) ya estaba de necia que nos furamos. Gracia, en el fondo, se port bien: me atendi, me sirvi de manera humilde frente a sus parientes, se mostr como una buena esposa, quiso que yo bailara (lo que hice a regaadientes y espantosamente mal, con los brazos cados). La pobre de Gracia termin bailando con un sobrino entusiasta, y estaba alegre, graciosa, coqueta, seductora, dispuesta a ser feliz, por lo menos esa noche, a pesar de las miradas incendiarias de su madre y sus hermanas. Pero all estaba yo como un viejo amargado, como un aguafiestas, como un asno, mirndola mientras ella finga ignorarme. La verdad es que detesto las fiestas, las detesto, por lo menos esas fiestas familiares. Me aburre machacar los mismos gestos, la espera, los mismos abrazos, todos los aos, todos los aos. S, creo que la vida se puede repetir una y otra vez, y que estamos de alguna manera condenados a ser como somos, pero s que hay formas de matizar las jugadas. Esa noche me sent absurdo, triste, sin sentido. Especialmente cuando sal a mirar las estrellas despus de que Gracia se puso de terca con lo de la televisin. Que yo deteste las fiestas y el baile, pero sobre todo la posibilidad de la borrachera y el ridculo, es explicable. Y ver a Gracia con un vaso de licor puro en la mano cada cinco minutos, comenz a enfermarme. Claro que detestas esas fiestas, porque odias

a mi familia y porque para ti fiesta quiere decir una cosa: mujeres. Vas a las fiestas y si no hay una hembra dispuesta a dejarse manosear, ya todo carece de encanto. Tal vez tenga razn. Yo soy o era as. Fui cazador de hembras reales durante mi vida de soltero. Pero el matrimonio me soseg, lo juro. Ahora todas mis aventuras las vivo en la imaginacin, como un juego al que no puedo negarme, pero huyo de las hembras como de la posibilidad del infierno. (Soy extremadamente imaginativo, tal vez morboso. Imagino inmensidades a la menor insinuacin de cualquier hembra.) El caso es que hay cinco o seis nombres prohibidos, que causan nuseas a Gracia. Son los nombres de mis antiguas mujeres, todas unas prostitutas despreciables, segn mi duea. De todos modos finalmente cedi y regresamos a casa. Cumpli con lo pertinente, despachndolo con un dulce y artero golpe de pelvis y se durmi sin mucho escndalo. Al da siguiente estuvo hacendosa como nunca. Pint ventanas, lav ropa, limpi el piso, hasta cant. Pero cuando lleg la segunda noche comenz el baile. (Es fijo que el trabajo riguroso desemboque en una explosin.) Se acost a dormir y yo me dije, bueno, por lo menos este fin de ao pas sin tanta alharaca. A la una de la maana comenz a hablar entre sueos. Me insult. Se levant sonmbula (lo del sonambulismo es una especie de vida paralela que lleva mi mujer y que yo sobrellevo con buen nimo y curiosidad) y hall que todas las puertas estaban con llave y las llaves escondidas. Golpe con los puos la puerta de vidrio y tem que la rompiera. Cuando se levanta dormida yo la sigo, a veces a un metro de distancia, para evitar el peligro. En ocasiones camino frente a ella para espiar su rostro y conjeturar su siguiente paso. Estoy convencido de que todas las mujeres estn locas. Pero Gracia se lleva las palmas. (Cuando vi a Gracia en la oficina por primera vez, supe que esa mujer era parte de mi persona, intu o record o imagin que con ella la vida sera una guerra interminable pero supe resignarme a cumplir con las lneas de mi destino.) Adems hay un ingrediente extrao en nuestra relacin: Gracia me gusta, me atrae precisamente por sus particularidades. Me divierto mucho con sus escapatorias de la realidad convencional. Tal vez la actitud sea algo enfermiza o cruel, pero eso a quin le importa. No s que hara si tuviera una mujer de la que supiera siempre lo que puedo esperar. Entre los propsitos que Gracia enumer dormida antes de su caminata nocturna estaba el de matarme. No la tom en serio. Slo conozco una verdad sobre los sonmbulos: ningn sonmbulo har dormido lo que no pueda hacer despierto. Sus otros propsitos eran abandonar la casa, irse lejos sin ceder pista alguna y dejarme solo con los nios. Se levant, intent salir, refunfu y regres a la cama. Se volvi a levantar, no s como pudo abrir la puerta y sali al bao. Cuando volvi, caminando con una naturalidad asombrosa Gracia no

cumple con la caricatura de andar con las manos adelante, avanza rpidamente y slo se nota que est dormida por la maquinalidad de sus movimientos, se meti en la cama y se cubri con las cobijas. Entonces me sent tranquilo y me fui a dormir a la sala. Si segua cuidndola, al da siguiente no podra trabajar. Luego escuch ruidos. Volv a levantarme. Ya no estaba en la cama. Tem que hubiera salido a la calle. Parece increble, pero Gracia puede salir en camisn de dormir, manejar el coche, beber, fumar, cocinar, todo ello dormida. Es una criatura inquietante, difcil, con quien se vive siempre en el filo del peligro. Lo cierto es que no hay posibilidad de aburrirse a su lado. Acaso un da simplemente desaparezca y yo me quede de amo de casa. Te voy a matar, deca, te voy a acabar. Cmo quera matarme? No con un cuchillo, sino con su orgullo, con su tozudez, a fuerza de demostrarme que siempre tiene la razn. Eres bestia, me dice, y cuando me lo dice es como una condena: ese mismo da estrello mi nariz contra el vidrio panormico de la sala, me rebano un dedo, les doy a beber limpiador para estufa en lugar de leche a los nios y choco el auto. A las dos de la maana tuve un sobresalto. Fui a ver si dorma sosegadamente. Hall su cama vaca. La busqu a tientas, luego sal al patio, corr en torno a la cuadra, pero no la hall. Finalmente, sin desesperacin, fui a sentarme en la mecedora de la sala. La costumbre de sus escapatorias me ha hecho tranquilo. S que ella regresar de su viaje y que maana volver a ser la de antes. Tal vez amanezca con dolor de cabeza mortal, pero eso ser todo. No recordar nada de sus tropelas y me preguntar por qu amaneci tan cansada. Cuando me iba a sentar en la mecedora vi que estaba all, con las manos entre las piernas y que el disco de su memoria haba comenzado a girar caticamente. Entiendo la mente de Gracia en tales circunstancias as: la memoria de Gracia es un disco, al que sbitamente y por razones que slo yo conozco y no voy a revelar, se le ilumina una parte y el resto queda a oscuras. Mami, ya soy grande, djame ir por el pan, suplicaba. Por qu todas mis hermanas s salen y a m me tienen encerrada?. Luego se dio cuenta de que un hombre estaba a su lado: Llvame de aqu, yo me voy contigo, puedes darme besos si quieres, pero llvame de aqu. Conjetur por su voz que estaba teniendo 14 o 15 aos. Le pregunt: Quin soy yo?. No me importa, no s quien eres, llvame de aqu. A menudo, cuando cae en esos estados, indago zonas de su pasado que permanecen en la oscuridad. S ms de Gracia que ella misma. Me es muy fcil asistir a sus sueos. Generalmente responde a mis preguntas. Shhh, no hagas ruido porque mi pap se despierta, deca shhh. He aprendido que lo mejor es seguirla en su viaje y traerla poco a poco a su realidad. En ms de una ocasin Gracia no ha reconocido a

nuestros hijos. Me ha preguntado quines son esos nios, quin eres t. Entonces tengo que presentarle a los nios, presentarme a m mismo y actualizarla. Entiendo que Gracia cae en estos estados, no slo por lo que de ella s y nunca voy a decir (Tambin ella sabe de mi vida pasajes inconfesables, y esa carta se la guarda para dar el puntillazo final en las discusiones), sino porque sus deseos no son satisfechos. Supuse que un poco de licor ayudara. Le traje un vaso de Dubonnet. Bebimos T crees que mi marido es un viejo apestoso que no me deja emborracharme, no me deja estudiar, no quiere que tenga amigas, no me deja bailar, quiere que est todo el tiempo en casa? (Adems es injusta, porque le permito todo: la mimo, le doy lo que puedo, hasta le he cedido el poder de mi fla