QUE ES EL PECADO - · PDF file Debemos tratar el problema del pecado por una sola...

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    ¿QUE ES EL PECADO?

    Martyn Lloyd-Jones

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    “Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a David: También

    Jehová ha remitido tu pecado; no morirás.” —2 Samuel 12:13

    Llamo tu atención sobre esta historia, que representa semejante mancha oscura y

    terrible en la historia del rey David, a fin de que podamos considerar juntos la

    profunda naturaleza de todo el problema del pecado. La razón para hacerlo no es que

    de pronto me haya vuelto un iconoclasta o un devoto del método biográfico moderno

    que cree en «desacreditar» a los héroes del pasado y concentrarse tan solo en la parte

    desfavorable de la historia de los hombres. Ni tampoco me embarco en el examen de

    esta historia porque desee recalcar los detalles exactos del relato como tal y así ceder

    al interés moderno en la literatura pornográfica y al deseo de esta. Ni tampoco lo hago

    porque me deleite en ser singular e inusual al elegir un tema que no suele

    considerarse y que, por principio, la mayoría de las personas prefiere no considerar.

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    Puedo decir sinceramente que me disgusta considerar esta cuestión del pecado y que

    desearía con todas mis fuerzas que no fuera necesario considerarla en absoluto. ¡Ojalá

    pudiéramos hablar nada más que del amor de Dios y de otras cuestiones agradables

    y placenteras! ¡Qué bueno sería que no hubiera ninguna otra cuestión ni ningún otro

    aspecto que considerar. Pero, por desgracia, ese no es el caso. Ciertamente, uno

    puede ir más lejos y decir que no tiene mucho sentido intentar considerar la cuestión

    del amor de Dios hasta haber considerado antes que nada la cuestión del pecado.

    Debemos tratar el problema del pecado por una sola razón: porque es una realidad.

    Pero es de vital importancia que comprendamos la naturaleza exacta de esta realidad.

    Y por ese motivo tengo intención de considerar esta historia que arroja tanta luz sobre

    la profunda naturaleza del pecado. Los detalles de este caso en particular no nos

    importan de por sí: su valor y su importancia residen en los principios que ilustran.

    Las dificultades que parecen experimentar los hombres en la actualidad con la

    doctrina bíblica de la salvación deben atribuirse, en mi opinión, a dos causas

    principales. La primera es que el enfoque tiende a ser demasiado distanciado y

    teórico, casi divorciado por completo de la experiencia y de los hechos de la vida. Uno

    de los más grandes enemigos de la verdadera religión es el hecho de que la religión

    sea tan interesante. Me refiero a interesante desde el punto de vista del pensamiento

    y la filosofía; interesante, pues, como un mero objeto de conjetura y como tema de

    debate y coloquio. Los debates religiosos siempre han sido populares y lo siguen

    siendo. A los hombres les encanta expresar sus ideas acerca de Dios y de lo que es y

    debería hacer. De la misma forma, disfrutan uniéndose a los diferentes bandos y

    adoptando puntos de vista con respecto a las grandes doctrinas que ha ido

    enunciando esporádicamente la Iglesia. ¡Pero qué indiferentes son estos debates en

    general! Las cuestiones se debaten como si fueran tan abstractas como los problemas

    de Euclides. Y esto es cierto no solo de aquellos que adoptan puntos de vista

    heterodoxos, sino también muy a menudo de aquellos que defienden las

    declaraciones ortodoxas de la Iglesia. La doctrina es esencial por razones que no

    podemos considerar esta noche, pero hay ocasiones en que deseo con todas mis

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    fuerzas que pudiera abolirse por completo. Sus formulaciones y definiciones son muy

    susceptibles de instruirnos de forma puramente filosófica e intelectual y de ese modo

    ocultar la gran y terrible verdad que hay tras ellas. Olvidamos que, sin importar cuál

    de los lados sea el correcto, es una cuestión de vital importancia para nosotros: que

    puede suponer una diferencia eterna para nosotros. ¡Ojalá al principio de cada uno

    de los debates y discusiones alguien se levantara y dijera: «Señores, recordemos que,

    aunque no podemos verle, Dios puede vernos; y aunque no podemos escucharle con

    nuestro oído natural, él puede oírnos y de hecho lo hace. Recordemos, además, que

    sus ojos están sobre nosotros aquí y ahora y que su oído está abierto a nuestras

    palabras. Y recordemos luego que no somos sino criaturas del tiempo y que él es

    eterno. Por encima de todo, tengamos en mente al hablar su regreso y el hecho de

    que en cualquier momento podemos encontrarnos ante él como nuestro juez. Ya

    pueden comenzar»! ¡Solo con que alguien dijera eso, menuda diferencia supondría!

    O si, en ausencia de eso, alguien nos recordara siempre lo que somos y qué vidas

    hemos vivido, como a David en esta ocasión, ¡creo que tendríamos algo más de

    cuidado al expresar nuestras opiniones! Recordemos, en otras palabras, que en todos

    estos debates sobre religión, aparentemente tan teóricos y abstractos, estamos en

    realidad debatiendo acerca de nosotros mismos como lo hizo David con Natán.

    La segunda dificultad esencial se deriva en un sentido de la primera y es, al mismo

    tiempo, algo más particular. Es la completa incapacidad para entender la verdadera

    naturaleza del problema que concierne a la religión o, en una palabra, la completa

    incapacidad para entender la verdadera y profunda naturaleza del pecado. No

    pretendo considerar en esta ocasión las distintas ideas modernas acerca del pecado.

    Nos basta decir, a efectos de nuestro propósito inmediato, que todas lo consideran,

    de una forma u otra, poco profundamente. Todas lo consideran a la ligera y muestran

    así gran optimismo en lo que a su tratamiento respecta. Al verlo, como hacen, como

    una mera debilidad o algo que se puede explicar por completo en términos de cultura

    o falta de cultura, su erradicación es para ellos naturalmente una cuestión de tiempo

    y aprendizaje. No ven, pues, necesidad alguna del tipo de salvación que se enseña en

    la Biblia: una salvación que exige un sacrificio expiatorio y que es tan pesimista con

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    respecto al hombre como para utilizar un término como regeneración en lo

    concerniente a su naturaleza.

    Si el problema es sencillo, también la solución será sencilla; y hay un sentido en que,

    para un hombre que no ha entendido la naturaleza del pecado, es completamente

    imposible aceptar el ofrecimiento de salvación del evangelio. Para él, esto último

    parece extravagante. El hombre moderno no solo no ve el pecado desde el punto de

    vista de Dios, tampoco lo ve tal como es desde el punto de vista del hombre. No solo

    no conoce a Dios, ni siquiera se conoce a sí mismo. El problema es que por naturaleza,

    todos rechazamos afrontar con honradez nuestro problema y el de nuestra naturaleza

    interior. Discutimos acerca de nuestro yo ideal y no de nuestro yo presente.

    Rechazamos afrontar la pura verdad de nuestros corazones tal como son. Si tan solo

    afrontáramos la verdad acerca de nosotros mismos, pronto estaríamos en lo correcto

    en cuanto a la cuestión del pecado, pronto entenderíamos su terrible y horrenda

    naturaleza y, por encima de todo, su terrible fuerza y poder. Y llamo tu atención sobre

    este incidente a fin de que nos sirva de ayuda para hacerlo.

    El rey David destaca como uno de los más grandes hombres del Antiguo Testamento,

    si no el más grande. Podemos encontrar en él todas las señales de la verdadera

    grandeza. No solo eso, es uno de esos personajes entrañables a quien no solo

    admiramos sino también amamos. Era, por encima de todo, un buen hombre, un

    hombre religioso, un hombre devoto. Pero quizá el aspecto más destacado de su

    carácter fue su nobleza esencial. Probablemente no hay nada más grandioso en la

    literatura que la lealtad y fidelidad de David al rey Saúl. A