PNUD Afro Argentina (1)

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APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA 2011 5

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  • APORTES PARA EL DESARROLLOHUMANOENARGENTINA2011

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  • APORTES PARA ELDESARROLLO HUMANOEN ARGENTINA / 2011AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA

    5Publicado por el

    Programa de las

    Naciones Unidas

    para el Desarrollo

    (PNUD)

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINAvi

    Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2011 Esmeralda 130, 13 piso (C1035ABD) Buenos Aires, Argentina www.pnud.org.ar

    Todos los derechos reservados. Queda prohibido reproducir, transmitiro almacenar en un sistema de recuperacin cualquier parte de esta publicacin, en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrnico,mecnico, fotocopiado, grabado o de otro tipo, sin autorizacin previa.

    El anlisis y las recomendaciones de polticas contenidas en este trabajono reflejan necesariamente las opiniones del Programa de las NacionesUnidas para el Desarrollo, de su Junta Ejecutiva o de sus estadosmiembros. El trabajo es una publicacin independiente encargada porel PNUD y es el fruto del esfuerzo conjunto de un equipo de prestigiososconsultores y asesores y del equipo encargado de los Aportes parael desarrollo humano en Argentina / 2011.

    Hecho el depsito que marca la ley 11723Prohibida su reproduccin total o parcial

    Derechos reservados

    Aportes para el desarrollo humano en Argentina / 2011: Afrodescendientesy africanos en Argentina / coordinado por Ruben Mercado y Gabriela Catterberg. - 1a ed. - Buenos Aires: Programa Naciones Unidas para el Desarrollo - PNUD, 2011.

    104 p. ; 28x21 cm.

    ISBN 978-987-1560-31-8

    1. Historia de la Inmigracin Africana. 2. Desarrollo Humano.I. Mercado, Ruben, coord. II. Catterberg, Gabriela, coord.

    CDD 304.829 82

    Fecha de catalogacin: 16/11/2011

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    Representante Residente del PNUD y Coordinador Residente del Sistema de Naciones Unidas en ArgentinaMartn Santiago Herrero

    Representante Residente AdjuntaCecilia Ugaz

    Investigadores PrincipalesGabriela Catterberg y Ruben Mercado

    Consultores Investigadores PrincipalesLos afroargentinos: formas de comunalizacin, creacin de identidades colectivas y resistencia cultural y polticaAlejandro Frigerio (FLACSO-CONICET)y Eva Lamborghini (UBA-CONICET)

    La migracin subsahariana hacia Argentina: desde los caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXIMarta Maffia (UNLP-CONICET)

    EdicinMariana Enghel

    DiseoTholn Kunst

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    Los trabajos de la presente publicacin, compilados por Gabriela Catterberg (PNUD) y Ruben Mercado (PNUD),estuvieron a cargo de Alejandro Frigerio (FLACSO-CONICET)y Eva Lamborghini (UBA-CONICET), autores de Los afroargentinos:formas de comunalizacin, creacin de identidades colectivasy resistencia cultural y poltica, y de Marta Maffia (UNLP-CONICET),autora de La migracin subsahariana hacia Argentina: desdelos caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXI.Se agradece el asesoramiento de Silvia Garca Savino, Directoradel proyecto Poblacin Afrodescendiente de Amrica Latinadel Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

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    La Asamblea General de las Naciones Unidas proclam el ao 2011 comoao internacional de los afrodescendientes con el objetivo de erradicar sudiscriminacin y promover una mayor conciencia y respeto a su diversidady cultura. Esta publicacin se inspira en dicha iniciativa.

    Como sealan la Declaracin y el Programa de Accin de Durban, losafrodescendientes continan sufriendo en la actualidad racismo y discri-minacin. Al proclamar este ao internacional, el Sistema de Naciones Unidas invita a estudiar la riqueza cultural de los afrodescendientes en lasdiferentes regiones del planeta, y asimismo nos ofrece una oportunidadespecial para redoblar los esfuerzos en la lucha contra la discriminacinracial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia.

    En palabras del Secretario General, Ban Ki-moon, La comunidad inter-nacional no puede aceptar la marginacin de comunidades enteras debido al color de su piel. Como afirma la Declaracin Universal de Derechos Hu-manos, todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos.

    En Amrica Latina, entre las iniciativas del PNUD vinculadas con las poblaciones afrodescendientes, se destaca el proyecto regional Poblacinafrodescendiente de Amrica Latina, cuyas principales metas son el forta-lecimiento de las capacidades de las organizaciones de la poblacin afrodes-cendiente; la sistematizacin y creacin de conocimiento relacionado conla inclusin social y la ampliacin de ciudadana; la creacin de instanciasde dilogo; y la contribucin al reconocimiento de su herencia cultural.Asimismo, durante 2010 la UNESCO implement acciones locales en el marco del proyecto internacional Ruta del Esclavo y los sitios de memo-ria en el Ro de la Plata, un proyecto que busca recuperar la memoria deun pasado comn a Argentina, Paraguay y Uruguay ignorado o negado durante mucho tiempo, y aspira a valorizar y fomentar la diversidad y eldilogo intercultural por medio de la concientizacin de la huella de laesclavitud en estas sociedades.

    El enfoque del desarrollo humano entiende a la identidad como unfenmeno multidimensional, y un elemento fundamental de la libertad de las personas. Bajo este enfoque, es necesario impulsar polticas p-blicas que propicien la inclusin, y que les permitan a las poblaciones afrodescendientes empoderarse y participar en los procesos de toma de decisiones y de fortalecimiento de sus capacidades. Para ello, las polticasque fortalezcan la identidad y valoren la diversidad son especialmente

    PREFACIO

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    relevantes. En tal sentido, el conocimiento de las realidades y desafos queenfrentan los afrodescendientes facilitar la adopcin e implementacinde polticas que promuevan de forma efectiva su bienestar.

    En este marco, la quinta entrega de la serie Aportes para el desarrollo hu-mano propone un estudio riguroso y abarcativo sobre las distintas maneras en que, a lo largo del tiempo en Argentina, los africanos esclavizados y luego sus descendientes afroargentinos crearon y mantuvieron identidadescolectivas y formas de ayuda mutua y de movilizacin poltica y social.

    Esta publicacin se origina en la necesidad de revisar las aproximacionestericas, sociales y polticas acerca de las poblaciones afrodescendientes, detal forma que permitan una mayor y mejor comprensin de los fenmenosque las afectan. Tambin, en la necesidad de repensar la migracin desdenuevas aproximaciones terico-metodolgicas que respondan a los cambiosrecientes del fenmeno migratorio en el nivel tanto internacional comonacional. Asimismo, se basa en la intencin de contribuir con el diseo y laimplementacin de polticas pblicas que afectan directa o indirectamentea minoras muchas veces discriminadas y excluidas.

    En la ltima dcada, el conocimiento sobre los estudios afroargentinosexperiment un salto cualitativo con contribuciones significativas de his-toriadores y antroplogos locales. Sin embargo, an persiste una carenciasignificativa de datos para gran parte del siglo XX. Es recin a partir delsiglo XXI que se comienza a dar un seguimiento etnogrfico a la temtica,en gran medida gracias a los esfuerzos de activistas afroargentinos pordesarrollar un movimiento de reivindicacin social, poltica y cultural. Sinembargo, todava son muy escasos los datos de base acerca de la poblacinafro-argentina actual, sus caractersticas y su situacin social.

    La primera parte de esta publicacin brinda un panorama de las distintasmaneras en que a lo largo de la historia del pas los africanos esclavizadosy luego sus descendientes crearon y mantuvieron identidades colectivas y formas de ayuda mutua y de movilizacin poltica y social. En particular,analiza los distintos procesos de comunalizacin que protagonizaron losafroargentinos, principalmente mediante el desarrollo de distintos gru-pos asociativos (religiosos, tnicos, recreativos y polticos) vitales para latransmisin y actualizacin de pautas culturales propias.

    La segunda parte caracteriza la migracin caboverdiana en Argentina;describe su lugar de origen, sus caractersticas sociodemogrficas, lasasociaciones que constituyeron, sus estrategias adaptativas, y el procesode deconstruccin de la invisibilizacin que hoy protagonizan las nuevasgeneraciones de descendientes. Para ello, analiza algunos aspectos parti-culares, como la caracterizacin sociodemogrfica, las asociaciones quelos inmigrantes constituyeron, sus estrategias adaptativas a la sociedadde recepcin y el proceso de invisibilizacin en relacin con las polticasmigratorias y el acceso a la ciudadana. Estudia tambin la presencia enel pas de los nuevos inmigrantes africanos a travs de algunos datosque permitirn conocer en qu situacin se encuentran tras dos dcadasde presencia en Argentina.

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    La serie Aportes es una iniciativa de gran valor en la promocin y difu-sin del enfoque del desarrollo humano por parte de la Oficina del PNUD Argentina. A travs del estudio de temticas especficas y particularmente sensibles al bienestar de todas y todos los argentinos, contribuye con anlisis metodolgicamente innovadores y empricamente rigurosos. La comprensin y el planteo de las propuestas exploradas se centran, por lo tanto, en la expansin de las oportunidades y capacidades de las y los argentinos como elemento motorizador de su bienestar.

    Martn Santiago HerreroRepresentante Residente del PNUD y Coordinador Residente del Sistemade Naciones Unidas en Argentina

    Martn Santiago HerreroRepresentante Residente del PNUD

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    I. Los afroargentinos: formas de comunalizacin, creacin de identidades colectivas y resistencia cultural y poltica Introduccin

    Parte histrica La trata esclavista. Asociaciones religiosas, tnicas, recreativas y de ayuda mutua

    Situacin social (I): la colonia (1580-1810) La trata esclavista Los esclavizados

    Comunalizacin (I): las cofradas religiosas

    Situacin social (II): independencia y guerras civiles (1810-1852) Aboliciones Los soldados

    Comunalizacin (II): las naciones africanas

    Situacin social (III): organizacin del Estado nacin. La repblica conservadora (1852-1900) La declinacin demogrfica Los afroargentinos y su (no) lugar en la nueva narrativa dominante de la nacin La sociabilidad festiva

    Comunalizacin (III): los peridicos, las asociaciones de ayuda mutua y las asociaciones carnavalescas Los peridicos afroargentinos Las asociaciones de ayuda mutua Las asociaciones carnavalescas

    CONTENIDO

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    La religin

    Situacin social (IV): el siglo XX

    Comunalizacin (IV): el Shimmy Club

    Parte etnogr ca Desarrollo de un movimiento social afrodescendiente

    La constitucin de un campo de actividades culturales afrodescendientes

    Nacimiento de un movimiento social afroargentino (1995-2001)

    Reclamando por los afrodescendientes (2002-2005)

    El INADI y los afrodescendientes. Convocando a la dispora africana y delimitando a los afroargentinos del tronco colonial (2006-2008)

    El foro de afrodescendientes del INADILa dispora africana en/de ArgentinaReetnizacin afroargentina: la Asociacin Misibamba

    Interpelando al Estado (2009-2010)El INADIEl Consejo Consultivo de la Cancillera argentinaEl INDEC y el Censo 2010

    El ao de los afrodescendientes (2011)

    Conclusiones

    Notas

    Bibliografa

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    II. La migracin subsahariana hacia Argentina: desde los caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXI

    Introduccin

    Desde Cabo Verde hacia Argentina Introduccin

    Ubicacin geogrfica y poblamiento

    Principales corrientes emigratorias

    Los caboverdianos en Argentina

    Caracterizacin sociodemogrfica de la poblacin caboverdiana y sus descendientes

    El estado civil/conyugal

    Las parejas caboverdianas

    El tamao de la familia

    El nivel educativo

    La ocupacin

    La lengua

    Las asociaciones de caboverdianos

    El desplazamiento a los centros urbanos

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    Las estrategias adaptativas

    La comunicacin con Cabo Verde

    El presente: desinvisibilizacin y movilizacin de las generaciones de descendientes a partir de la dcada del noventa

    Los nuevos inmigrantes africanos

    Introduccin

    Las migraciones en y desde el continente africano. El caso particular de las migraciones de frica subsahariana

    Algunas consideraciones respecto de las polticas migratorias de la Unin Europea

    Cambios polticos, econmicos y migratorios en Argentina a ser considerados para la comprensin del fenmeno

    Los inmigrantes subsaharianos en Argentina

    Las fuentes estadsticas

    Caracterizacin de la poblacin inmigrante a partir del trabajo de campo etnogrfico

    Los nuevos inmigrantes africanos se organizan

    Conclusiones

    Notas

    Bibliografa

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  • I.

  • LOS AFROARGENTINOS: FORMAS DE COMUNALIZACIN, CREACIN DE IDENTIDADES COLECTIVAS Y RESISTENCIA CULTURAL Y POLTICAAlejandro Frigerioy Eva Lamborghini

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    Introduccin

    Este trabajo pretende brindar un panorama delas distintas maneras en que, a lo largo de nuestrahistoria, los africanos esclavizados y luego susdescendientes afroargentinos crearon y mantu-vieron identidades colectivas y formas de ayudamutua y de movilizacin poltica y social. Se fo-caliza en los distintos procesos de comunalizacinque protagonizaron los afroargentinos, princi-palmente a travs del desarrollo de distintosgrupos asociativos (religiosos, tnicos, recreativos,polticos) vitales para la transmisin y actualiza-cin de pautas culturales propias.

    En su primera parte, el trabajo se proponesintetizar el conocimiento contemporneo so-bre el tema, poniendo especial nfasis en losaportes recientes de historiadores y antroplogosargentinos. En la segunda, se brinda un espacioprivilegiado al actual resurgimiento de un mo-vimiento poltico y en menor medida cultu-ral afroargentino, y a la manera en que este halogrado, crecientemente, interpelar a distintasoficinas gubernamentales.

    Las lneas argumentativas procurarn mostrar laagencia afroargentina, en permanente interaccincon distintas instituciones de control social, tantoreligiosas como estatales. Para la ltima dcada delsiglo XX y comienzos del siglo XXI, se seala su ar-ticulacin con redes continentales de movimientosnegros, dentro de un contexto de mayor valoracinmulticultural incentivado por los tratados internacio-nales y la intervencin de organismos multilaterales.

    Evitaremos en lo posible hablar de una comu-nidad afroargentina, para no homogeneizar unapoblacin bastante heterognea que siempre se vioatravesada por variables (y divisiones) de gnero,color, clase, nacionalidad o condicin social. Aunlos intentos por agruparse y crear distintos tiposde instituciones de ayuda mutua siempre fueronsegmentados y parciales, efectuados por distintosgrupos que exhiban tensiones importantes en suinterior y que tenan relaciones de cooperacin ode conflicto (quizs ms esto ltimo) con otros.Esto resulta evidente en todos los casos mejordocumentados como veremos ms adelante, al

    referirnos a las cofradas y las naciones africanasy se manifiesta de manera ms clara, quiz, enlos peridicos afroporteos de fines del siglo XIX.Cuando la condicin de negro libre o esclavodej de pesar como tambin sucedi luego con lasidentificaciones tnicas y ms eventualmente conlos matices de color, la clase social, las preferen-cias polticas o las discrepancias sobre cul era ellugar apropiado o merecido de los afrodescendien-tes dentro de la nacin, as como sobre cul era elmejor camino para avanzar socialmente, fuerontodos motivos de disenso que comenzaron a cobrarimportancia. Las comunidades, como sabemos, sonms imaginadas que efectivas; por lo tanto, pen-samos que es ms realista tomar la desunin y laheterogeneidad como el punto de partida y procu-rar describir y quizs entender, dentro de lo quenos permite el espacio intentos y consecuenciasde la unin, antes que sorprendernos y evaluarnegativamente su contrario, como ha sucedidomayormente. Tomando tambin como punto departida las teoras contemporneas acerca de losmovimientos sociales, presupondremos que no separte de las identidades colectivas, sino que se llegaa ellas (parcial y esforzadamente) luego de procesosdeliberados en que las mismas son construidas.

    Enfatizaremos analtica y narrativamente losdiversos intentos de comunalizacin (Brow, 1990)que han emprendido a lo largo de nuestra histo-ria; principalmente, la creacin de agrupacionesque nuclearon a esclavizados y negros libres y luego a afroporteos. Si, siguiendo a Brow (1990:1), la comunalizacin entendida como cualquierpatrn de acciones que promueve un sentido depertenencia conjunta es un proceso continuo y ubicuo en la vida social, creemos que ella resultaparticularmente significativa para el caso de losesclavizados y sus descendientes, ya que el gradode desarraigo y separacin del que partieron es-tas poblaciones en nuestro suelo supera al usual.Aun para los aqu nacidos, su subalternidad y su no-pertenencia a la sociedad mayor resultanpatentes durante casi todo el siglo XIX. En unprimer momento, porque muchos continuaronesclavizados; luego, porque no tuvieron los mis-mos derechos que los blancos; y en las ltimasdcadas del siglo, porque aun como ciudadanosocuparon los estratos ms bajos de la sociedad y fueron vctimas del prejuicio y la discriminacin.

    Por lo tanto, resultan vitales las agrupaciones olos espacios sociales que les permitieron recrear

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    un sentido de pertenencia conjunta, ayudarse y ac-ceder a identificaciones ms valiosas que aquellas de las cuales gozaban en la sociedad. Estas no slo ponen de manifiesto con ms claridad la agencia de los esclavizados, de los negros libres y luego de los afroargentinos, sino que tambin evidencian la naturaleza de la interaccin mantenida con las distintas instituciones gubernamentales en cada poca. Creemos que estas diversas asociaciones los vincularon con la estructura de poder, mientras que al mismo tiempo les permitieron continuar o crear prcticas que reflejan un legado de origen (ms o menos remoto) africano, adaptadas al con-texto social y cultural del momento. Especialmen-te, coincidimos con la historiadora norteamericana Elizabeth Kiddy en que la estrategia de estos gru-pos expone las limitaciones del modelo [terico-acadmico que slo visualiza] resistencia/acomo-dacin [integracin], que debera ser reemplazado por el examen de procesos de negociacin, cambio y continuidad (2005: 5). Pretendemos brindar una idea realista de las diferentes maneras en que las autoridades (coloniales, virreinales, provinciales y nacionales) legislaron sobre la poblacin negra y afrodescendiente, enfatizando las frecuentes mar-chas y contramarchas legales que condicionaban o incluso contradecan las medidas favorables a ellos, y que tambin permitan reclamos subalter-nos y otorgaban ciertos derechos individuales o colectivos. Intentaremos as alejarnos de visiones tanto demasiado benvolas como deterministas acerca de la naturaleza del poder(es) con el cual los afroporteos debieron lidiar.

    Es preciso ser conscientes de que los estudios afroargentinos histricos, antropolgicos, sociol-gicos se hallan en un estado (recin algo ms que) embrionario. Pese a que en la ltima dcada nuestro conocimiento del tema ha dado, sin duda, un salto cualitativo con contribuciones notables de histo-riadores y antroplogos locales, tenemos an, por ejemplo, una carencia profunda de datos para gran parte del siglo XX. Recin para esta ltima dcada y media (o sea, principalmente el siglo XXI) existe un seguimiento etnogrfico de los esfuerzos realizados por militantes afroargentinos por desarrollar un movimiento social de reivindicacin social, poltica y cultural. Sin embargo, todava poseemos pocos datos de base acerca de la poblacin afroargentina actual, sus caractersticas y situacin social.

    Parte del problema, no menor, es que no slo contamos con pocos datos, sino que tampoco existe

    un colectivo bien definido para medir. Despusde que los descendientes de las familias tradi-cionales afroargentinas dejaron de encontrarse peridicamente en el Shimmy Club, a comienzos de la dcada de 1970, prcticamente se complet el proceso de invisibilizacin social y cultural iniciado a fines del siglo XIX. El creciente mes-tizaje biolgico y la particular forma que toma el sistema de clasificaciones raciales argentino (Frigerio, 2006) llevaron a que una identificacin colectiva sobre la base de una marcacin raciali-zada (raza) fuera difcil de lograr. Para varios de los jvenes afroargentinos contemporneos, el reconocerse como negro o como afrodescendienteimplica un esfuerzo identitario extra slo posible, de hecho, para quienes conocen bien su historia familiar, ya que, de lo contrario, por su fenotipo y su condicin social, seran ubicados durante buena parte de sus interacciones sociales en la categora subalterna de negros (negros cabe-za, negros villeros). Estos motes, por ms que sealen tcitamente su no-ser-suficientemente-blancos, tampoco implican afrodescendencia (Frigerio, 2006). Por lo poco que sabemos hasta el momento de estos procesos, slo quienes cre-cieron en una familia con muchos miembros (considerados socialmente como) negros son cons-cientes de esta ascendencia y en algunos casos escogen alguna identificacin que la refleja. Un nmero mucho mayor desconoce sus antepasados (an cercanos) africanos o afroargentinos, o si los conoce tampoco tiene algn aliciente para adop-tar una identificacin socialmente estigmatizada.

    En las pginas que siguen, debido a motivos de espacio, a la forma que adquiere nuestro propio conocimiento del tema y al estado general de los estudios afroargentinos, nos focalizaremos principalmente en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Aunque el campo de estudios de los afroargentinos del interior tambin avanza rpidamente, la mayor parte de los trabajos tra-tan sobre el perodo colonial, y slo unos pocos avanzan sobre la segunda mitad del siglo XIX1.

    En la primera parte de este trabajo, la des-cripcin de estos sucesivos intentos de comu-nalizacin (cofradas, naciones, peridicos y asociaciones carnavalescas y de ayuda mutua) se intercalar con breves caracterizaciones de la situacin social de los esclavizados, primero, y de sus descendientes, despus, en distintos mo-mentos de la colonia, el virreinato y la naciente

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    repblica. En esta primera seccin, al no haberrealizado una investigacin propia al respectoy porque debemos abarcar una variedad detemas y pocas, resumiremos parte de la pro-duccin ya clsica del historiador norteamericanoGeorge Reid Andrews (1980) y la ms novedosade estudiosos locales que mucho han aportadoa nuestro conocimiento (principalmente, los/ashistoriadores/as Marta Goldberg, Miguel ngelRosal, Silvia Mallo y Florencia Guzmn y los/asantroplogos/as Lea Geler y Pablo Cirio, a cuyasobras nos referiremos ms adelante)2. La segundaparte del trabajo se concentra en la situacinactual, con especial nfasis en el movimientopoltico y social reivindicatorio afroargentino,y est basada en gran parte en nuestra propiainvestigacin al respecto (Frigerio y Lamborghini,2009a; Lamborghini y Frigerio, 2010).

    Parte histricaLa trata esclavista. Asociaciones religiosas, tnicas, recreativas y de ayuda mutua

    Situacin social (I):la colonia (1580-1810)

    La trata esclavistaLa Ciudad de Buenos Aires fue fundada en dosoportunidades, la primera en 1536 en 1541debi ser abandonada por las hostilidades de losnativos y la segunda en 1580. Los primerosesclavos fueron introducidos en la regin delRo de la Plata en 1534, pero hasta 1595 slocerca de 300 haban sido trados a la ciudad(Andrews, 1980: 23). Ante los pedidos de manode obra esclavizada por parte de los pobladoresde mayores ingresos, la corona espaola fueotorgando asientos (concesiones) a diferentesindividuos portugueses para introducir deter-minadas cantidades de esclavos por ao. Entre1595 y 1680, 22.892 esclavizados haban ingresado

    legalmente al puerto (Andrews, 1980: 24), aunquela cifra real, sin duda, fue mucho ms alta, debidoa la importancia del contrabando en el ingresode esta y otras mercaderas.

    En el siglo XVIII, con permisos de importacinde esclavos dados ya no a individuos sino a com-paas, la introduccin de esclavos se increment.Entre 1700 y 1750, unos 14 mil esclavos llegarona Buenos Aires. Como la ciudad an no tena ne-cesidad de este volumen de mano de obra, granparte de los esclavos eran llevados hacia Cuyo,Crdoba, Tucumn, Chile y Potos. Ms de lastres cuartas partes de los 9.970 esclavos tradosa Buenos Aires por la British South Sea Company entre 1715 y 1752 fueron llevados al interior parasu posterior reventa (Andrews, 1980: 25).

    En 1776 se fund el Virreinato del Ro de la Plata,y Buenos Aires fue nombrada su capital. Insatisfe-cha con el desempeo de las compaas de trata y con la intencin de incentivar la prosperidad eco-nmica de las colonias para lo cual la mano deobra esclava era fundamental, en 1791 la coronaespaola liberaliz el trfico, medida que llev aun incremento de la actividad. Borucki seala queel 86% de los esclavos que ingresaron al Ro de laPlata entre 1777 y 1812 lo hicieron luego de la aper-tura de la trata legal (Borucki, 2009: 4). El mismoautor muestra cmo esta dinmica condujo a unaumento de la poblacin esclava en la Ciudad deBuenos Aires: si desde 1778 a 1810 la poblacin dela ciudad creci un 34%, el aumento de la cantidadde esclavizados triplic esa proporcin (Borucki,2009: 1). Borucki tambin indica que el trfico deesclavos hacia el Ro de la Plata funcion a travsde dos circuitos distintos: uno costero, desde Bra-sil, y otro transatlntico, desde frica, siendo elprimero levemente superior al segundo: el 53% delos esclavos llegaron a Montevideo y Buenos Airesdesde Brasil, y el 71% de los viajes esclavistas en elperodo virreinal tuvieron ese origen. La mitad deesos individuos llegaron desde Ro de Janeiro, uncuarto arrib desde Baha, y el resto provino deotros puertos brasileros (Borucki, 2009: 11).

    Por este motivo, entre otros, resulta difcildeterminar la procedencia y la cantidad de es-clavizados que llegaron a Buenos Aires. Boruckida un total de al menos 60.393 esclavos desem-barcados en el Ro de la Plata durante el perodovirreinal cifra que no incluye, claro, los efectosdel contrabando ni los arribos va terrestre desdeel sur de Brasil (2009: 5).

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    En un trabajo clsico, y an utilizado como referencia, Studer (1958) computa un total de 13.072 esclavizados trados durante el perodo 1742-1806. De estos, 3.979 habran llegado de frica Occidental; 2.742, del Congo; 4.708, des-de frica Oriental; 114, de Sudfrica, y se des-conoce el origen de otros 1.529. A estos habra que agregarles otros 12.473, trados desde Brasil, cuya procedencia se ignora (Andrews, 1980: 27). La mayor parte de los esclavos trados desde Ro de Janeiro (recordemos, la mitad de los llegados desde Brasil) venan de Luanda y Benguela, y los de Baha (un cuarto de los llegados desde Brasil) provenan del Golfo de Benin (Borucki, 2009: 14).

    La Ciudad de Buenos Aires tuvo, durante el si-glo XVIII, al menos tres depsitos importantes de esclavos. El perteneciente a la Compaa Francesa de Guinea estuvo ubicado en lo que hoy es Parque Lezama. Otro, perteneciente a la britnica South Sea Company, se situ en la zona de Retiro. El tercero, cerca de la aduana y los muelles (Andrews, 1980: 28). Los traslados se debieron no slo a que cambiaban los responsables de la trata, sino principalmente a que en la medida en que la ciudad se expanda y las reas ms alejadas se convertan en parte de la misma, creca la preocupacin de las autoridades por las consecuencias sanitarias de tener cerca poblacio-nes en estado de abandono. Por ejemplo, cuando el depsito estaba en Retiro, el Cabildo se quej porque soliendo venir dichos negros medio apestados, llenos de sarna y escorbuto, y despidiendo su cuerpo un ftido y pestilencial olor, pueden con su vecindad inficionar la ciudad (Goldberg, 1995: 533-534).

    Los esclavizadosSin embargo, era necesario exponerse a este peligro, ya que hacia fines del siglo XVIII, Buenos Aires de-penda de la existencia y la continua provisin de mano de obra esclava para su correcto desarrollo. En las estancias de la provincia, los esclavizados realizaban las tareas regulares necesarias para su funcionamiento y los trabajadores libres eran contratados principal-mente para satisfacer necesidades especficas o esta-cionales de trabajo (Amaral, 1987). Resultaban vitales, entonces, para la produccin del principal producto de exportacin, los cueros, que eran, luego de la plata, el medio de pago preferido para costear nuevos esclavos (Borucki, 2009: 4). Tambin lo eran para la agricul-tura, de la que se alimentaba la ciudad.

    En la ciudad, eran principalmente servidores domsticos, pero tambin artesanos, vendedores

    ambulantes y operarios en las fbricas de la poca: se desempeaban en grandes panaderas, carpinteras, curtiembres y herreras (Andrews, 1980: 32-39). Eran mayora en los gremios de los za-pateros y los sastres, aun cuando las posiciones je-rrquicamente ms elevadas (maestros artesanos) eran ocupadas por blancos, europeos o criollos. Las mujeres eran domsticas, o tambin lavanderas, achuradoras y vendedoras ambulantes. Pese a la importancia de su fuerza de trabajo en la vida cotidiana de la ciudad, ocupaban los puestos ms bajos e indeseables. Las ocupaciones de los negros libres no eran muy diferentes: los mejores empleos siempre estaban destinados a los blancos.

    Era muy comn, y econmicamente rendidora para los amos, la costumbre de que el esclavizado arrendara su fuerza de trabajo fuera del hogar, generando as un dinero que era entregado a su dueo. Para las mujeres solas, ya fueran solteras o viudas, tener un esclavo poda ser la nica fuente de ingresos. Esta modalidad cuando no llevaba a su explotacin desmedida tena algunas ventajas para el esclavizado: tena algo ms de autonoma, ya que slo precisaba volver a la casa con cierta cantidad de dinero, sin prerrequisitos de hora-rios. Una vez que se comenz a reglamentar el mximo de dinero que era dable exigirle a un esclavo, este poda destinar el excedente que hu-biere conseguido para comprar su propia libertad.

    El reconocido estudio de Lyman Johnson sobre las manumisiones en Buenos Aires (1776-1810) muestra que el 60% de las mismas se lograban mediante el pago de dinero; otro 10%, por de-terminados aos de trabajo estipulados luego de una venta o herencia, y menos de un 30% se alcanzaba por voluntad graciosa de los amos (1978: 639). El porcentaje de manumisiones (so-bre el total de esclavos) subi de 0,4% en 1776 a 1,3% en 1810 (Johnson, 1978: 644), en la medida en que la creciente prosperidad econmica de la ciudad y la mayor cantidad de esclavos que, como vimos, iban llegando a la ciudad permitan mayo-res oportunidades de comprar la propia libertad.

    Comunalizacin (I): las cofradas religiosas

    Las cofradas religiosas fueron las primeras agru-paciones que nuclearon a los afroporteos. Estas instituciones catlicas, ubicuas en Amrica Latina,

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    tenan como funcin principal sostener los templosen que funcionaban y las devociones particularesa las que suscriban, ocupndose de cuidar sus altaresy de la realizacin de misas. En una sociedad segre-gada como la colonial, las cofradas seguan las lneasde separacin social, ya fuera de manera formal, atravs de lo que establecan sus estatutos respectode quines podan ser sus miembros, o de manerams informal, por el mero desinters de sectoressociales superiores en participar de los espaciosconsiderados socialmente como inferiores.

    Segn Andrews (1980), hubo cuatro cofradasnegras en la Ciudad de Buenos Aires. La primeracofrada fue la de San Baltasar, fundada en 1772,que funcionaba en la iglesia de La Piedad. En lasiguiente dcada aparecieron otras tres: dos deellas, la de San Benito y la de Nuestra Seora delRosario, funcionaban en los conventos de SanFrancisco y Santo Domingo, respectivamente, quecontaban, ambos, con grupos de esclavos propios.Una cuarta cofrada fue la de Santa Mara del Cor-velln, que funcionaba en la iglesia de La Merced.

    Los datos aportados por Miguel ngel Rosal(1981; 2009; 2010), un historiador argentino quetambin estudia el tema, amplan un poco elpanorama. A travs del examen de testamentosdejados por afroporteos, seala que tres cuar-tas partes (74%) de los 234 negros libres que asexpresaron su voluntad pertenecan a una co-frada. Los datos, relativos al perodo 1750-1820,muestran que estos negros libres pertenecan acinco cofradas: la del Santsimo Rosario que,como vimos, estaba en la iglesia y en el conventode Santo Domingo, las de San Benito, SantaRosa de Viterbo y San Francisco Solano todaspertenecientes a la iglesia de San Francisco y lacofrada del Socorro, en La Merced. De acuerdocon los testamentos, la del Santsimo Rosario,la del Socorro y la de San Benito parecan mspopulares entre los negros, y la de Santa Rosay San Francisco Solano aparentemente lo eranentre los pardos. La del Rosario era, segn losdatos testamentarios, la ms popular entre losnacidos en frica. Los distintos nombres quereciba muestran su estrecha asociacin con lagente de color de la poca: Rosario de los hu-mildes, Rosario de los pardos, Rosario de losmorenos, Cofrada de los negros del Conventode Santo Domingo, etc. (Rosal, 1981: 371).

    Adems de estas cinco, Rosal seala que es pro-bable que tambin fuera muy popular la cofrada

    negra de San Baltasar, si bien esta no apareceentre sus datos, ya que la casi totalidad de sumuestra corresponde a negros libres, mientrasque esta cofrada era muy popular entre los escla-vizados. Estos constituan, obviamente, el sectorms pobre de la poblacin negra y raramente de-jaban testamentos, ya fuera por los pocos bienesque posean o porque precisaban la autorizacinde su dueo para testar. La no pertenencia delos negros libres a esta cofrada sugerira unavoluntad de los estratos mejor ubicados de la po-blacin negra de afiliarse a cofradas de mayorrango social. Otro hecho que parece confirmareste deseo de diferenciacin es que hacia 1783 ungrupo de negros de La Piedad fund la Cofradade Animas de La Piedad instituida por los morenoslibres, oficializando lo que parecera ser una t-cita distincin, dentro de la misma iglesia, entreuna cofrada para esclavos (San Baltasar) y otrapara negros libres (Animas) (Rosal, 1981: 372).

    Segn la constitucin de la cofrada de SanBaltasar, sus miembros deban contribuir condinero para sostener un oficio eclesistico y unaclase de doctrina cristiana semanales, y tres mi-sas especiales por ao. El nico beneficio tangibleque reciban era un funeral garantizado, conun nmero de misas determinado para ser cele-brado en su memoria (Andrews, 1980: 138). Losbeneficios intangibles e indirectos eran, comoveremos, bastantes ms.

    Aunque se trat de una importante forma denuclear a los afroporteos, es necesario recordary enfatizar que las cofradas eran organizacionespropuestas por los blancos y controladas por ellos.El sacerdote y capelln de la cofrada tena laltima palabra en todo y era, claro, blanco. Losmiembros no podan hablar en las reuniones sinpedir su permiso y la cofrada no poda gastar di-nero sin su aprobacin. El dinero recolectado porlos cofrades no permaneca en sus manos, sinoen las del sndico, tambin blanco, que era nom-brado por el sacerdote (Andrews, 1980: 141). Losdirectivos de la cofrada s eran negros, pero sucapacidad de decisin sobre los asuntos de la mis-ma se hallaba, por todo lo anterior, restringida.

    Sin embargo, la informacin histrica que po-seemos muestra que la imposicin de la autoridad(blanca) sobre los cofrades (negros, libres o escla-vizados) no era tan fcil ni automtica como po-da suponer el esquema organizativo original. Larelacin entre el sacerdote y la cpula de cofrades

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    negros poda ser buena, como aparentemente lo fue en el caso de la cofrada de San Benito, pero en otros casos poda ser conflictiva. Segn Andrews (1980: 141), el motivo por el cual existe tanta documentacin sobre la cofrada de San Baltasar responde a las frecuentes apelaciones realizadas por los cofrades a las autoridades con el fin de librarse de su sacerdote. Los hermanos lo acusaban de falta de valores cristianos e in-sensibilidad hacia su posicin subordinada de negros y esclavos. El sacerdote, a su vez, los de-nunciaba por borrachos, mentirosos e inservibles para la parroquia. En 1784, los cofrades pidieronautorizacin para construir una pequea capilla para su propio uso, que fue denegada. En 1804 realizaron un segundo pedido, esta vez para tras-ladar la cofrada al Convento de los Padres de Beln, solicitud que tambin les fue denegada. La cofrada de San Baltasar fue disuelta en 1856, pero la de Nuestra Seora del Rosario lleg hasta los aos ochenta de ese siglo, como muestran los peridicos afroporteos de la poca.

    La informacin histrica que nos llega a tra-vs de los distintos autores que se han dedicado al tema muestra cmo los sectores subalternos afroporteos buscaban constantemente probar los lmites de la estructura de poder dentro de la cual estaban encuadrados, o aprovechar al mximo los pocos derechos que esta les otorgaba. Como sugiere Elizabeth Kiddy para la cofrada de Nuestra Seora del Rosario, en Minas Gerais, Brasil: Estas organizaciones simultneamente vinculaban a los africanos y sus descendientes a la estructura de poder europea mientras que les permitan continuar prcticas que servan como la fundacin de su existencia y la persistencia como comunidades (2005: 5).

    Son notables los documentos de la poca que manifiestan cmo los negros aun los nucleados en cofradas, si no es que especialmente estos mantenan bailes y formas de culto que llamaban la atencin de las clases dominantes y concitaban la preocupacin de las autoridades.

    Segn el relato de Rosal (1981: 379), el prroco de La Piedad, donde tena su sede la cofrada de San Baltasar, efectu una denuncia en 1779 por [] los desacatos pblicos que hacen [los morenos] a la Iglesia, como es ponerse en el atrio del templo a danzar los bailes obscenos que acostumbran, como ejecutaron el da de San Baltasar a la tarde y el domingo de Pascua

    de Resurreccin [sin dejarlo] or a los penitentes que estaba confesando, por la bulla que metan con sus alaridos y tambores. Los acusados se defendieron alegando que no haban sido ellos los del baile del domingo de Pascua, sino los hermanos menores del Santsimo Rosario des-pus de su primera misa, discurriendo por los conventos por donde hay hermandades de me-nores hasta llegar a nuestra parroquia, all no entraron sino que en el lado de la calle formaron su baile y [] el portabanderas se bati en el atrio en seal de alegra.

    Segn ellos, estos bailes no se pueden llamar obscenos porque no son con mujeres, ni se hacen en ellos acciones desordenadas y adems eran conscientes de la presencia del Santsimo Sacra-mento y de la efigie de Jesucristo y su Santsima Madre (Rosal, 1981: 379; Cirio, 2000: 197).

    Es muy citado un testimonio de un sndico del Cabildo que en 1788 objet los bailes sealando que En estos bailes olvidan los sentimientos de la Santa Religin Catlica, que profesaron [y] renuevan los ritos de su gentilidad [efectuando] ciertas ceremonias y declaraciones que hacen en su idioma (Rosal, 2010: 257).

    Aunque, como seala Rosal, hubo mayor tole-rancia para las agrupaciones cofradiales (2010: 257), los lmites entre lo prohibido y lo permitido se corran o transgredan continuamente, quizs porque ninguno de los bandos en pugna tena muy en claro las autoridades an menos qu era lo que el otro entenda por prctica devo-cional adecuada.

    As, en 1791 la hermandad de San Baltasar se haba beneficiado con un superior decreto conce-dindoles la danza honesta con msica para que con ella se festejase la solemnidad del octavario de nuestro augusto Patrn, permiso que dur slo una semana, ya que al domingo siguiente, se-gn relatan los cofrades, el sargento de dragones Elas Bayal y el negro Pablo Agero, encargado de cuidar los bailes, nos hicieron pedazos los instrumentos y nos quitaron la superior licencia de V.E. (Rosal, 2010: 257).

    El propio Bentura Patrn, quien haba elevado al virrey el pedido de creacin de la cofrada de San Baltasar, fue apresado junto con un compaero por salir con plumaje, sauble de palos y tambor [] por toda la ciudad y plaza, [junto con] quantos negros que hay en esta ciudad para alborotar [] y dicen que tienen licencia (Cirio, 2000: 198).

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA8

    Estos continuos conf lictos entre las formaspreferidas y adecuadas de manifestar devocinde los negros porteos muestran la tensinfundamental que atravesaba a las cofradas(Andrews, 1980: 141). Por un lado, tenan el pro-psito de satisfacerlas necesidades espiritualesde los cofrades negros y les brindaban un lugarsocialmente permitido donde nuclearse, peroa la vez tenan un propsito educativo y disci-plinador sobre la manera correcta en que estadevocin deba ejercerse. Los episodios resca-tados por los historiadores muestran tanto losintentos de control por parte de las autoridades(civiles o eclesisticas), como las tentativas dedesvo por parte de los subalternos. Coincidi-mos con el historiador norteamericano GeorgeReid Andrews en que las cofradas fueron unvehculo para el desarrollo de una concienciagrupal, un sentimiento de orgullo corporativoe identitario al que difcilmente los afroargen-tinos pudieran acceder por otra va, salvo elservicio en los batallones militares (1980: 140).

    Tambin fueron una forma entre otras,seguramente en la cual al menos una partede la poblacin negra aprenda y ejerca ladevocin por los santos catlicos evidente,como afirma Rosal (2009), en los testamen-tos. Esto no desconoce la segura existenciade sincretismos, demostrada por la tozudapersistencia de bailes, cantos y tambores enmbitos religiosos catlicos. Por otro lado, laconstante preocupacin por las nimas, sucuidado y su devocin es un concepto que,como argumentaremos nuevamente para elcaso de las naciones, figura prominentementetanto en la cosmovisin catlica de la poca,como en las cosmovisiones de los pueblosafricanos que fueron trados esclavizadoshacia esta parte del continente.

    Un estudio ms reciente de Rosal (2010), queanaliza los testamentos dejados por los afropor-teos durante un perodo de tiempo mayor alabarcado por sus primeros trabajos, muestra queantes de 1810 casi el 74% de los individuos quemanifestaban su ltima voluntad eran miembrosde una cofrada; despus de ese ao, slo el 15%lo era (considerando una muestra de 664 indivi-duos). Esta importante disminucin se debe sindudas a la creciente popularidad de otra formade agrupacin, las naciones o asociaciones afri-canas, que trataremos ms adelante.

    Situacin social (II): independencia y guerras civiles (1810-1852)

    AbolicionesHacia fines del siglo XVIII, la poblacin negra deBuenos Aires creca a un ritmo an mayor queel de la poblacin total. Haba pasado de repre-sentar un 16,9% de la poblacin de la ciudad en1744 a constituir un 28,4% en 1778, alcanzandoluego casi un 30% en 1810. Goldberg, a quiendebemos un detallado estudio cuantitativo alrespecto, seala que la cantidad de poblacinnegra y mestiza en esa poca probablemente fueraan mayor, ya que los relatos de viajeros parecencoincidir en que aproximadamente slo una quintaparte de la poblacin de Buenos Aires era blanca(1995: 548). En aos posteriores, aun cuando huboun aumento en nmeros absolutos, la proporcinque esta poblacin representaba dentro de lapoblacin total de la ciudad disminuy. Repre-sentaban un 24,7% en 1822 (aunque en nmerosabsolutos haban aumentado de 9.600 a 13.000personas) y un 26% en 1838 (en nmeros absolutos,casi 15.000 personas, la cifra ms grande censada)(Mallo, 2003: 116; Andrews, 1980: 66).

    En 1810, slo un 23% de la poblacin negra dela ciudad era libre (Andrews, 1980: 44). De estos,la mayor parte (71%) eran pardos. La libertad,de todos modos, de ninguna manera otorgabaigualdad de derechos en la sociedad colonial. Lapoblacin negra, mulata y afroindgena no podaconcurrir a los colegios ni servir en dependenciasgubernamentales. No podan votar o ser elegidosen los gremios. Sus msicas y bailes pblicoseran, como vimos anteriormente, perseguidos(Andrews, 1980: 46).

    Los aires emancipatorios de la Revolucin deMayo de 1810 trajeron, sin embargo, crticas alsistema de esclavitud. Se propusieron diversas me-didas para limitarla que provocaron una serie demarchas y contramarchas legales, pero recin sepudo acabar con ella algunas dcadas ms tarde.

    El 15 de mayo de 1812 el gobierno, invocan-do los derechos de la humanidad y la conductauniforme de las naciones cultas, prohibi nuevasintroducciones de esclavos y estableci la liberacinde los cargamentos que arribaran a Buenos Aires.La Asamblea General Constituyente de 1813 aprobla ley de libertad de vientres, por la cual los niosque nacen en todo el territorio de las Provincias

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    Unidas del Ro de la Plata [deben ser] considerados y tenidos por libres (Goldberg, 1995: 545). Poco ms tarde estableci que Se declaren libres todos los esclavos que se introduzcan en el territorio de la Nacin. Estas medidas no tuvieron, sin embargo, efectos inmediatos. Ante quejas de la corona por-tuguesa, posteriores disposiciones limitaron sus alcances para impedir la fuga de esclavos desde Brasil y para que quienes llegaran con esclavos pro-pios (para uso personal y no para la venta) no los perdieran. El Reglamento del Liberto que regul la ley de libertad de vientres estableci que todos los nios de castas que nacieran libres deberan permanecer en casa de sus patrones hasta la edad de veinte aos (Goldberg, 1995: 546). La edad de emancipacin de los libertos se fij en los 16 aos o antes, si se casaban. Sin embargo, estos lmites no siempre se respetaron, y en la prctica el liberto funcionaba como un esclavo ms y poda ser objeto de diferentes operaciones mercantiles, pudiendo incluso ser separado de la madre despus de los dos aos si esta era vendida (Rosal, 1994: 167). El trfico de esclavos volvi a prohibirse en la Constitucin de 1819, en el tratado con Gran Bretaa de 1825, en la Constitucin de 1836, en fin, demasiadas veces, lo que podra sugerir que el decreto de 1812 no se cumpla estrictamente, como seala Rosal (1994: 167). Recin en 1840 se firm un tratado con Gran Bretaa que logr la absoluta abolicin del trfico de esclavos (Goldberg, 1995: 538). La abolicin de la esclavitud como institucin, sin embargo, no lleg sino en 1853, al promulgarse la Constitucin Nacional, y en Buenos Aires recin se concret en 1862, cuando esta provincia se integr al resto del pas. De todas maneras, Andrews duda de que la abolicin realmente se haya efectivizado. La Constitucin de 1853 que liberaba a los esclavos tambin dispona la formacin de comisiones para compensar econmicamente a los dueos. Como estas comisiones no parecen haberse formado nunca, el autor suscribe a la posicin de Leslie Rout Jr. (1976), quien afirma que la esclavitud en Argentina nunca se aboli, simplemente falleci de edad avanzada (Rout apud Andrews, 1980: 58).

    Los soldadosComo seala la historiadora argentina Marta Goldberg a quien seguiremos al tratar este tema desde 1664 los negros y mulatos de Buenos Aires integraron, oficialmente, unidades de milicias segregadas (2010: 41). Por lo general, las unidades

    eran de blancos, de indios y de negros y mulatos, aunque tambin existieron batallones de castas que integraban a todos los no-blancos. La oficia-lidad, sin embargo, muy frecuentemente era blanca. En 1801 las tropas de castas formaban el 10% de la milicia de Buenos Aires. Durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 los batallones segregados tuvieron una importante actuacin casi una quinta parte de los 5 mil hombres que derrotaron a los ingleses en 1807 eran negros y mulatos. Como recompensa, el Cabildo dispuso la libertad de algunos esclavos, mientras que a otra cantidad se le concedi la libertad mediante sorteo (Goldberg, 1995: 561). A los pardos y negros que haban quedado invlidos se les otorg la libertad y una pensin que era la mitad del monto dado a los blancos que haban quedado en la misma situacin (Goldberg, 2010: 41).

    En 1813 la Asamblea Constituyente emiti la primera de una serie de disposiciones (de alcances crecientes) que obligaba a los dueos de esclavos a vender al Estado una determinada cantidad de ellos. En un principio se estableci que los solda-dos adquirieran el carcter de libertos, debiendo servir por un perodo de cinco aos, luego del cual alcanzaran su libertad. Disposiciones posteriores llevaron la cantidad a dos aos despus del cese de hostilidades, y una ley de 1825 estableci que deban servir dos aos despus de satisfecho su rescate, es decir que se lleva a once aos el tiempo de prestacin de servicios (Goldberg, 2003: 43). Pese a que eran compensados por la entrega, los dueos se quejaban de que no recuperaban el capital invertido y de que perdan la renta que les proporcionaban los jornales de los esclavos.

    Goldberg cita algunos ejemplos muy ilustrati-vos: un dueo seala que con los jornales de los esclavos que he debido entregar al Estado viva yo y mi crecida familia; otro intentaba rescatar al esclavo que haba entregado y reemplazarlo con uno recin comprado para tal efecto, ya que el primero era un experto herrero, hojalatero que ha sido instruido en este oficio al cabo de muchos aos de enseanza y hoy da es mi brazo dere-cho y el que contribuye en gran parte a nuestra subsistencia, y a facilitar el pago de la contribu-cin (1995: 555). De manera contraria, algunas donaciones de esclavos encubran, a veces, con-flictos de ndole domstica y algunos propietarios parecan usar la oportunidad para deshacerse de esclavos que les generaban problemas.

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA10

    Los negros y mulatos fueron parte importantede los ejrcitos de San Martn. Cuando a finesde 1813 se hizo cargo del Ejrcito del Norte, sustropas se componan de 1.200 hombres, de loscuales 800 eran negros libertos (Goldberg, 2010:54). El libertador, quien tena un alto concepto delos soldados africanos, deca en una carta dirigidaa Toms Godoy Cruz en 1816:

    [] No hay remedio mi buen amigo, slo nos puede salvar el poner a todo esclavo sobre lasarmas; por otra parte as como los america-nos son lo mejor para la caballera, as es una verdad que no son los ms aptos para la infantera, mire usted que yo he procuradoconocer a nuestro soldado y slo los negrosson los verdaderamente tiles para esta ltima arma [] (Goldberg, 2010: 51).

    Las gestiones de San Martn llevaron al pueblomendocino a ceder, en septiembre de 1816, lasdos terceras partes de los esclavos de la provincia,ya que consideraba que el esclavo tiene principiosde disciplina que es ms difcil inculcar en losblancos (Goldberg, 2003: 41).

    Ante el aumento de sus fuerzas y la falta decabos y sargentos, San Martn le solicit al secre-tario de Estado que se le permitiera nombrar anegros en estas funciones, algo prohibido hastael momento, ya que entre los esclavos [] habamuchos de ms que regular educacin para suesfera, que saben escribir y poseen un geniocapaz de las mejores instrucciones. Abrindo-se la puerta a sus ascensos, se empearn efi-cazmente a adquirirlos, cumpliendo mejor losdeberes de su clase [] no puedo concebir quela Nacin se perjudique porque la esclavaturapuede ascender ms all del destino de soldado(Goldberg, 2010: 49).

    Respecto de uno de los motivos principales porlos cuales haba resistencia a los oficiales negrosel temor a rebeliones similares a las que habanacontecido en lo que luego sera Hait, sealaba:creo no hay principio para temer un resultadosemejante al de la isla de Santo Domingo.

    Su solicitud fue slo parcialmente autorizada:poda habilitar negros como cabos y sargentossegundos, pero nunca de primera (Goldberg, 2010:50). De todas maneras, como muestra Andrews, noes cierto que no hubiera oficiales negros. Su can-tidad fluctu en el tiempo: no hubo casi ninguno

    en el perodo 1815-1830, pero s existieron antesde ese perodo principalmente, en batallones denegros libres y despus (1980: 134-135). Aunqueninguno lleg a general, al menos 11 consiguieronel grado de coronel o teniente coronel (Goldberg,2003). El ejrcito se haba convertido en uno de lospocos medios en que los varones afroargentinospodan encontrar algo de movilidad social y accesoa identidades socialmente valoradas.

    Cuando San Martn condujo su ejrcito a travsde los Andes en 1816, la mitad de su fuerza deataque estaba compuesta por libertos reclutadosen Buenos Aires y en las provincias de Cuyo. Alvolver en 1823 de las batallas libradas en Chile,Per y Ecuador, de los 2 mil soldados negros quehaban cruzado los Andes, slo quedaban 150(Goldberg, 2010: 54; 2003: 45).

    Sin embargo, contra la arraigada creencia deque buena parte de la poblacin masculina negrafalleci en las guerras, Andrews sostiene, sobrela base de las estadsticas disponibles, que granparte de las bajas se debieron probablemente a ladesercin actividad que emprendan, con cautelapero con entusiasmo, soldados de toda clase y condicin (1980: 124). De todas maneras, sinduda muchos fallecieron en el campo de bata-lla. Otros sucumbieron a las enfermedades queazotaban a todos los ejrcitos decimonnicos, y otros tantos volvieron lisiados.

    Aun cuando no adhiera a la teora del geno-cidio, Andrews s sugiere que el desequilibrioentre hombres y mujeres negras, evidente en elcenso municipal de 1827 (40,5 hombres por cada100 mujeres de entre 15 y 34 aos de edad), sedebe a las bajas y deserciones motivadas por laparticipacin en las guerras (1980: 74).

    Comunalizacin (II): las naciones africanas

    Existen menciones sobre la existencia de algn(os)tipo(s) de asociaciones tnicas africanas, usual-mente denominadas naciones, desde aproxima-damente la dcada de 1770 (Andrews, 1980). Estasantecesoras de lo que luego seran las legalmentereconocidas asociaciones africanas coexistieronde manera an poco comprendida con las cofra-das. Andrews reproduce una queja de los cofradesde San Baltasar en 1785, solicitando que se lesprohibiera a las naciones recolectar limosnas en

  • AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA 11

    las danzas pblicas dominicales realizadas por la comunidad negra, probablemente porque los miembros de la cofrada queran ser los nicos destinatarios de estas acciones caritativas (1980: 142). En 1787, un tal Pablo Agero, natural de Guinea, conocido a travs de los documentos examinados por Rosal por haber sido comisionado por el Seor Gobernador Intendente para prender negros y negras fugitivos de sus amos y para tenerlos sosegados y quietos en sus diversiones y bailes, debi intervenir ya que los negros se es-taban vistiendo de Cambunda el da de San Baltasar en la Capilla de Piedad (Rosal, 2010: 257; las cur-sivas son nuestras). Esto indicara, junto con otros ejemplos que mencionaremos ms adelante, algn tipo de relacin, todava no bien entendida por los historiadores, entre las cofradas y las naciones. En distintas oportunidades, durante las dcadas de 1780 y 1790, los cambund y los congo le so-licitaron al virrey permiso para llevar a cabo bailes pblicos regularmente. En 1789, por ejemplo, los cambund presentaron un memorial solicitando que no se les prohibieran sus bailes pblicos los das de fiesta, en un sitio despoblado, junto a la iglesia de Montserrat, donde perciban limosnas con el objeto de hacer bien por las almas de sus finados paisanos. Sin embargo, el informe sobre la cuestin, efectuado por el cabildo y elevado al virrey, es negativo, por lo obsceno del baile de los tambos (Rosal, 2010: 257).

    Las referencias a los bailes de los negros (es-clavos y libres) como vimos en el apartado an-terior y ahora en este son muy frecuentes en los documentos histricos que han sobrevivido. Evidente tambin es la inquietud que estos cau-saban, ya fueran practicados por miembros de las cofradas o por los de las nacientes naciones (ms o menos organizadas). Hacia fines del siglo XVIII los candombes, tambos o tangos de los negroseran una realidad que se extenda por los su-burbios de la ciudad y de cuyo funcionamiento poco sabemos. El historiador argentino Oscar Chamosa, quien ms y mejor ha estudiado este tema, seala que en 1795 un oficial del Cabildo y un grupo de guardias de la ciudad irrumpieron en una barraca en la parroquia de la Concepcin intentando hace cumplir la prohibicin de bailes de naciones que exista en el momento. Lejos de lograr su objetivo, fueron rechazados por un grupo armado. El oficial report al respecto que Un grupo grande se juntaban a la noche en

    nmero de trescientos para danzar indecente-mente (2003a: 357).

    A medida que avanza el siglo XIX, se pueden apreciar mayores capacidades organizativas de las naciones. En 1809 los congo compraron una casa y se convirtieron en la primera nacin en tener una sede (Andrews, 1980: 143). Segn Chamosa, para comienzos de la dcada de 1820, el gobierno unitario y liberal de la poca no se senta muy cmodo con esta presencia africana en la ciudad y el entonces ministro de gobierno Bernardino intent acotarla, reglamentndola. Siguiendo sus rdenes, el jefe de polica redact un reglamento para el funcionamiento de la nacin conga. Un ao ms tarde, el ministro decret la prohibicin de las naciones que funcionaran sin permiso, y en febrero de 1823, descontento con la proliferacin de estas agrupaciones, orden cerrarlas a todas. La medida, repetida en junio de ese ao, parece no haber tenido ningn efecto, y en agosto el gobierno decidi transformar las naciones exis-tentes en sociedades de ayuda mutua al estilo europeo, bajo la denominacin de asociaciones africanas (Chamosa, 2003a: 358).

    Para ello, a travs de un decreto formal, el go-bierno estableci el procedimiento adecuado para establecer una asociacin africana. Al igual que las cofradas unas dcadas antes, las sociedades deban, desde ese momento, seguir una misma constitucin que pautaba sus objetivos, as como el procedimiento para elecciones, para el ingreso de nuevos miembros y para la administracin de las finanzas. Slo que esta vez la polica reempla-zara a la iglesia como la institucin encargada de supervisarlas y controlarlas. Los oficiales de polica deban estar presentes para supervisar las elecciones, contar los votos y proclamar a los vencedores. De todas maneras, estas nuevas agrupaciones afroporteas tenan ms autono-ma que las cofradas, ya que, al contrario de estas, podan recolectar y gastar los fondos de la manera en que quisieran (Andrews, 1980: 143).

    Las sociedades africanas deban prestar ayuda a sus integrantes (otorgar prstamos para la com-pra de la libertad de los todava esclavizados y para la adquisicin de herramientas para los que eran artesanos, y brindar atencin a los enfermos y educacin a los nios), servir como control de la conducta de los afiliados en bailes y reuniones, e informar a la polica sobre la presencia de posi-bles delincuentes en sus filas (Rosal, 2010: 253).

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA12

    Goldberg (2000) transcribe el Reglamentodado por el Superior Gobierno a las NacionesAfricanas en el ao 1823. Reproducimos aqu losartculos relativos a sus objetivos especficos, omi-tiendo los que se refieren a su funcionamiento:

    Esta Sociedad, tiene por objeto 1. Libertar con sus fondos a todos aquellos

    Socios que se hagan dignos de ello por su moral y su industria los cualesquedarn obligados a reembolsar la canti-dad de su rescate con el mdico intersdel cinco por ciento anual en la formaque se estipule.

    2. Cuidar de la educacin primaria e industrio-sa de todos los jvenes incorporados a ella.

    3. Auxiliar la industria de los Socios dndolesinstrumentos para trabajar, con calidadde retribuir su importe con las condicionesque cada caso exija.

    4. Cuidar que cada Socio tenga una conductamoral y productiva.

    5. Hacer una vez al ao sufragios por losSocios difuntos.

    6. Siendo esta Sociedad autorizada por elSuperior Gobierno no se permitir estable-cer otra que sea compuesta de individuosde la misma Nacin a fin de precaver los males que de otro modo resultaren.

    [] 18. El Presidente cuidar bajo su responsabili-

    dad de que los jvenes incorporados a laSociedad de seis a diez aos que estn enpoder de sus padres asistan a las escuelasen que puedan aprehender gratuitamentelas primeras letras, y cumplidos los diezaos, amonestar a sus padres para quelos dedique a algn arte bajo las contratas que establece la ley, en cuya operacin lo dirigir de acuerdo con el Secretario.

    19. Cuando algn Socio necesite instrumentospara ejercer su industria, el Presidente lo har presente al Consejo el que hallndolo conveniente determinar se les den, fijandolas condiciones al pago de su importe.

    20. Cuando algn Socio no cumpla con losdeberes de tal o se entregue a algn vicio y no cuide de pasar su vida honestamente, el Presidente lo reconvendr y en caso deno tener efecto, dar de ello parte al Jefede Polica y en el caso de incorregibilidad,

    lo har precisamente al Consejo para que determine su expulsinde la Sociedad.

    21. El Presidente cuidar de prestar auxiliosa los Socios que se hallen enfermos, a losque necesiten de valimiento en cualquier negocio, o padezcan algn otro trabajo de esta naturaleza exigiendo compensacin en los casos que sean necesarios y deter-mine el Consejo (Goldberg, 2000: 3).

    En poco tiempo se estableci una decena de so-ciedades africanas. La zona preferida para lainstalacin de estas agrupaciones fue la com-prendida por las calles Chile y Mxico, desde BuenOrden (actual Bernardo de Irigoyen) hacia el oeste(Goldberg, 2000). A las cinco principales (Congo,Cambund, Benguela, Lubolo y Angola) en brevese les aadieron otras: Mina, Quiasma, Tacu y Mozambique. Hacia 1842 haba ms de 40 aso-ciaciones, y durante la dcada de 1850, ms de50 (Andrews, 1980: 145).

    Segn Chamosa (2003a), las naciones nuncafuncionaron como el gobierno esperaba, ya quehicieron un uso selectivo del reglamento. La re-glamentacin oficial, sin embargo, s tuvo con-secuencias importantes para su funcionamiento.El hecho de que los presidentes debieran elegirsecada tres aos por voto masculino y bajo la su-pervisin policial, aadido a que cada nacin slopoda tener una asociacin que la representara,no slo incentiv las divisiones entre linajes in-ternos, sino que, al hacer ilegales los intentosde secesin, promovi que cada grupo disidentedebiera contar con proteccin policial para lograrsus objetivos de fundar un nuevo grupo. De estamanera, las naciones se vieron obligadas a entraren relaciones de clientelismo con los jefes policia-les locales, que en la poca funcionaban ms biencomo jefes polticos locales. Los permisos paracrear nuevas naciones florecan con los gobiernosfederales y se congelaban durante los perodos degobiernos unitarios (Chamosa, 2003a).

    En la medida en que ms miembros de lasnaciones ganaban su libertad por manumisin,podan retener la totalidad de sus ganancias y haba ms dinero disponible para comprar nuevoslotes y casas. Los grupos que conseguan juntardinero precisaban un padrinazgo gubernamen-tal local para instalar sus nuevas asociaciones(Chamosa, 2003a: 360).

  • AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA 13

    Cuando Juan Manuel de Rosas fue nombrado gobernador de Buenos Aires en 1829, varias naciones nuevas ganaron reconocimiento ofi-cial. Sin embargo, la poltica oficial durante su gobierno no fue tan permisiva como se cree. Los protagonistas de disensiones internas o de episodios que no estaban de acuerdo con los re-glamentos fueron castigados. Chamosa sugiere que esto sucedi porque, adems de la poltica de gobierno, inf luan mucho, como vimos, los contactos a nivel local con la polica. La clau-sura de naciones que funcionaban sin permiso y el arresto de sus lderes eran frecuentes. En ocasiones esto suceda dos o tres aos despus de que el juez lo dispusiera, lo cual demuestra, para Chamosa, que la nacin infractora haba estado funcionando bajo proteccin policial local (2003a: 362).

    En 1834 se estableci una Comisin Examina-dora de las Sociedades Africanas para evaluar las posibles medidas a tomar debido a las continuas divisiones de las naciones. La nacin Congo, por ejemplo, haba sufrido seis divisiones (Chamosa, 2003a: 362). El informe seala numerosas irre-gularidades y contravenciones a los reglamentos lderes que permanecan ms tiempo del debido, o que se quedaban con el dinero de la nacin y sugiere la responsabilidad de la permisividad policial. Sin embargo, los lderes de las naciones africanas no slo utilizaban e intentaban aceitar sus contactos con la polica local, sino tambin con facciones internas de los partidos gobernan-tes que necesitaban su apoyo en las hasta fsica-mente reidas contiendas electorales.

    En 1843 varios lderes y miembros de naciones fueron enviados al sitio de la ciudad de Montevi-deo. En algunas naciones, debido a la escasez de hombres, las mujeres que tenan prohibido par-ticipar en los procesos electorales gradualmente tomaron el control, aprovechando que era gracias a sus aportes econmicos que las organizaciones podan continuar funcionando (Chamosa, 2003a). Cuando los miembros sobrevivientes volvieron del ejrcito luego de la cada de Rosas en 1852 (habiendo combatido tanto en su ejrcito como en el de su enemigo y vencedor, Urquiza), las mujeres y los pocos miembros masculinos que haban permanecido all se rehusaron a ceder el control tenemos testimonios de que esto suce-di, al menos, en las naciones Mayomb, Carabar y Malav (Andrews, 1980: 148).

    En la dcada de 1860 parece haber comenzado el declive de estas instituciones. El cese de la trata de esclavos en 1840 haba hecho que la cantidad de africanos en la ciudad comenzara a disminuir. Segn Andrews, varios documentos de la poca sugieren que la membresa de las naciones era ms exigua que antes y estaba ms avejentada. La primera y la segunda generacin de afroargentinos preferan congregarse, como veremos ms adelante, en otras organizaciones (Andrews, 1980: 147-149).

    Al mismo tiempo en que se produjeron se-cesiones continuas dentro las naciones, los documentos histricos tambin muestran que durante aos frecuentemente dos o hasta tres dcadas persistieron facciones internas en pug-na con los lderes, que no llegaban ni a tomar el poder ni tampoco a dividirse en otro grupo. Segn Chamosa, aquello que mantena a una nacin unida pese a las fricciones internas era la prctica constante de los rituales del candombe que all se desarrollaban (2003a: 370).

    Para este autor, que es quien ms llama la atencin sobre los aspectos rituales-religiosos de las naciones, en la base de sus actividades estaba la devocin hacia los ancestros ubicua entre los grupos africanos que fueron afectados por la trata y esclavizados. Aun cuando las prcticas religiosas concretas pudieran variar, la devocin hacia los ancestros es uno de los elementos co-munes a las religiones del oeste africano, desde Senegal hasta Angola. Es en esta popular prcti-ca/creencia africana que se da un acercamiento y un casi seguro o posible sincretismo con las ideas catlicas vigentes en la poca respecto de la muerte y el destino del alma. El hombre comn de la poca dudaba de su capacidad de acceder directamente al paraso y daba casi por sentado su paso previo por el purgatorio. A fin de po-der trascender esta etapa, se crea que las misas y las oraciones en favor del difunto eran muy necesarias. Por ello, probablemente, es que en muchos de los testamentos de afroporteos ana-lizados por Rosal los miembros de las cofradas dejaban dinero e instrucciones para que luego de su deceso se practicaran estos rituales. Rosal (2010) interpreta esta prctica como una prueba de la adhesin de los afroporteos al catolicismo imperante, y en su anlisis les resta nfasis a las similitudes de estas prcticas y creencias con el culto africano a los ancestros. Sin embargo,

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA14

    como seala Chamosa, la idea catlica de unabuena muerte se asemejaba mucho a las con-cepciones africanas (2003a: 372), y la populari-dad de las cofradas y las prcticas testamentalessolicitando servicios fnebres, misas y oracionestambin est en sintona con aquellas. Ya fueraque estuvieran relacionados tnicamente o no,los fundadores y miembros de las naciones seconvertan en figuras ancestrales para quienespermanecan en ellas (Chamosa, 2003a: 372). Alrespecto, Chamosa cita el comunicado enviadoen 1857 por un conocido secretario de la NacinCongo al jefe de polica:

    De este nmero (se refiere a una listade fundadores) solo he quedado yo, Antonio Vega. Los dems han fallecido, mas susdescendientes como dueos reclaman susderechos que les corresponde sostenercomo derechos de sus finados Padres, con-servar esta casa con el nombre Sociedad Congo, para que con sus productos recordarcada ao las cenizas de sus Padres (2003a: 372).

    La importancia del culto a los ancestros se evi-dencia en la centralidad de las obligaciones fu-nerarias en la actividad de las naciones. Exami-nando el balance de gastos de la sociedad Musundpara el ao 1857, Chamosa muestra que el 48%de su activo monetario fue empleado en funeralesy misas, mientras que el 83% de sus ingresosprovinieron de las limosnas recaudadas durantelos funerales de sus socios (2003a: 373). Un tes-tamento del fundador de la nacin Burundi ana-lizado por Rosal (2010: 254) seala que no lequedan ms bienes de la citada sociedad porhaberlos invertido en las enfermedades y entierrosde los socios que han fallecido. En 1847, unafaccin disidente de la nacin Munyola presentun reclamo contra el presidente y tesorero de suagrupacin por no haber utilizado los ingresospara las misas en memoria de los miembros di-funtos (Chamosa, 2003a: 373).

    No obstante, la centralidad de la devocin a losantepasados se evidencia principalmente, paraChamosa, en el hecho de que era muy comn quelas sedes tuvieran un cuarto especial reservadopara el culto de sus antepasados fallecidos: elcuarto de nimas. El autor conjetura que qui-zs en estos cuartos se llevaran a cabo funerales

    como los descriptos por Juana Manzo en una notapublicada en un peridico en 1865:

    Curioso espectculo en un velorio de negrosen su sitio []. Donde el devoto rosariosiguen el canto montono entonado en coropor los dolidos veladores, las danzas fnebres,los llantos, y que es ms cmico, escenasde beberage, peleas, celos y otra porcinde incidentes (La Tribuna, 1865)a 3.

    Concordamos con Chamosa en que la centra-lidad de la devocin a los ancestros en las re-ligiones africanas resulta fundamental paraentender la ubicuidad de creencias, prcticasy recordatorios mortuorios en las cofradas y naciones sin perjuicio de que sin duda exis-tieron sincretismos con creencias catlicas que,por otro lado, segn Thornton, ya se habanproducido en frica (1988). La prctica, muy extendida en frica Occidental y Central, desumar religiones, creencias y prcticas en vezde sustituirlas o reemplazarlas tambin debeser tomada en consideracin al tratar de en-tender aquello que suceda en Buenos Aires enlas cofradas y las naciones.

    Las transacciones de inmuebles realizadaspor los afroporteos analizadas por Rosal (2010:254) muestran, asimismo, la importancia delas nimas en la vida de las naciones. Variasde las compraventas hacen referencia ya sea ala Hermandad de nimas de distintas nacio-nes un fenmeno an no analizado ni biencomprendido o a las nimas o almas delas naciones. No queda clara la relacin entreprctica-agrupacin-propiedad, pero s resultaobvio que, como seala Chamosa (2003a), lasnimas de los miembros fallecidos fueron defundamental importancia para la existencia delas naciones, ya sea que entendamos el trminoen un sentido estrecho, como las nimas delos ex miembros de la asociacin legalmenteconstituida, o en uno ms amplio, como lasde la nacin tnica a la que pertenecan losmiembros, lo cual podra remontarse a un cultoancestral ms lejano.

    Adems de las funciones funerarias, y dealgn tipo de relacin con/devocin por lasnimas, las naciones tambin realizaban susfamosos bailes semanales, los candombes, sinlos cuales estas naciones habran sido apenas

  • AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA 15

    cofradas religiosas (Chamosa, 2003a: 375). Las tres actividades bsicas de las naciones eran en-tonces, para Chamosa, los entierros, las misas recordatorias y los bailes. Por medio de estas actividades creaban un sentido de cohesin y comunidad en una poblacin compuesta por una variedad de individuos de procedencias, intereses y lenguas diferentes. Los rituales permitan forjar nuevas identidades basadas en la memoria de tradiciones africanas, as como en la memoria de los fundadores de esas comunidades. Algunos rituales permitan una conexin con los ances-tros, y los bailes promovan el contacto entre los vivos (Chamosa, 2003a: 376). Finalmente, el autor sugiere y estamos de acuerdo con l, ya que veremos testimonios ms contemporneos en esta direccin que era bien probable que los bailes, o al menos algunos de ellos, tambin tu-vieran funciones religiosas, quizs con episodios de transes de posesin, ya fuera por espritus de ancestros o por deidades de origen africano.

    En su reivindicacin del rol comunalizador y de recreacin y resistencia cultural de las nacio-nes, Chamosa se opone al argumento algo ms tradicional de Andrews (1980), quien sugiere que las continuas divisiones entre naciones para l, fruto de la lgica de divisin tnica llevaron al debilitamiento de la comunidad afroargentina como un todo. Para el historiador argentino, por el contrario, el sistema de naciones fue un meca-nismo que ayud a que personas de distintas pro-veniencias socializaran en comunidades viables, permitiendo la agregacin de un heterogneo conglomerado de individuos de origen africano4.

    Estas interpretaciones estn en sintona con elargumento general de este trabajo, que sugiere que, efectivamente, las identidades colectivas no vienen dadas sino que se construyen mediante largos procesos. Al igual que en la actualidad, los negros de aquella poca, ms que una comuni-dad, eran parte de un conglomerado heterog-neo compuesto por individuos nacidos en fri-ca, esclavizados, negros libres, mulatos, pardos, con posiciones socioeconmicas ya divergentes. O sea, se trataba de una poblacin ya atravesada por lgicas de pertenencia tnica y nacional, de estratificacin social y de gnero, y por diferen-ciaciones fenotpicas, entre otras. Pretender que este colectivo diverso tuviera naturalmente una conciencia comunitaria negra probablemente implique juzgar el pasado desde el presente, es

    decir, exigir una conciencia que ni siquiera se ha logrado en el presente norteamericano, luego de un prolongado desarrollo del movimiento de derechos civiles.

    Desafortunadamente, no tenemos ninguna descripcin fidedigna de los candombes porteos (Frigerio, 1993). Slo sabemos, con certeza, que estos bailes despertaban la preocupacin de la sociedad blanca son numerosas las descripciones peyorati-vas realizadas por plumas de escritores unitarios, es-pecialmente al asocirselos con la poca de Rosas.

    Vicente Fidel Lpez, a comienzos de la dcada de 1880, escribe:

    Los domingos y das de fiesta ejecutaban su baile salvaje hombres y mujeres, la ronda, cantando sus refranes en sus propias lenguas al comps de tamboriles y bombos grotescos. La salvaje algazara que se levanta-ba al aire, de aquella circunvalacin exterior, la oamos (hablo como testigo) como un rumor siniestro y ominoso desde las calles del centro, semejante al de una amenazanteinvasin de tribus africanas, negras y desnu-das (apud Lanuza, 1942: 50).d

    Vctor Glvez, en 1888, describe de la siguiente manera un desfile de las asociaciones negras hacia Plaza de la Victoria:

    [] los golpes [del tambor] eran acompasa-dos y servan de acompaamiento a los corosque todos entonaban en su dialectos, canta-res verdaderamente brbaros; parecan aullidos de animales []. La plaza se llen con aquella poblacin y los tambores atrona-ban el aire. La muchedumbre afluy de todaspartes y en los balcones de la casa de donMiguel Riglos y en la polica estaban seorasy caballeros contemplando este espectculo (apud Lanuza, 1942: 51-52).d

    Sarmiento narra el mismo evento que Glvez, con similar inquina e inquietud:

    Los candombes fueron el terror de Buenos Aires durante la tirana de Rosas [].Un da se pasearon por las calles de Buenos Aires, ebrios de entusiasmo, precedidospor sus candombes y marimbas, aquellos africanos reunidos en Clubs patriticos,

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA16

    tras de banderas rojas []. Da de pavor para los blancos, para los hijos de los espao-les, que prepararon, ejecutaron y llevaron a trmino la Independencia, proscritos ahora,y entregados a los dioses infernales, a losgritos de Mueran los salvajes unitarios! Viva el Ilustre Restaurador! que lanzaban por mil bocas de semblantes negros y brillantes (1883: 40-41).

    Estas descripciones revelan el estigma de la bar-barie impuesto a los afroargentinos y a sus cos-tumbres, que explica, como veremos ms adelante,las dinmicas y estrategias de identificacin grupaly cultural que se implementaran en las ltimasdcadas del siglo XIX, y que tendran consecuen-cias hasta entrado el siglo XX.

    Situacin social (III): organizacin del Estado nacin. La repblica conservadora (1852-1900)

    La declinacin demogrficaSi, como vimos anteriormente, durante buenaparte de la primera mitad del siglo XIX la po-blacin negra de la ciudad oscil entre un 25-30%del total, durante la segunda mitad se produjouna disminucin importante de la misma, tanto

    Ao

    1778

    1806

    1810

    1822

    1827

    1836

    1838

    1887

    Blano

    16.023778

    15.078806

    22.793810

    40.616822

    34.067827

    42.445836

    42.312838

    425.370887

    Indiosncos Mestizos

    1.104023

    347.078

    150.793

    1.115.616

    152067

    445

    .312

    .370

    As Argentinoss

    7.2364

    6.6507

    9.6150

    13.6855

    8.3212

    14.906-

    14.928-

    8.005-

    Sin datosAfro-

    0236

    3.329650

    0615

    0685

    0321

    5.684906

    5.717928

    0005

    Total

    24.363

    25.404

    32.558

    55.416

    42.540

    63.035

    62.957

    433.375

    Porcentaje Afros

    29,7%

    30,10%

    29,5%

    24,7%

    19,5%

    26,0%

    26,1%

    1,8%

    Fuente: Andrews (1980): 66.

    en trminos absolutos como, especialmente, enproporcin al total poblacional. Los datos pre-sentados por Andrews muestran que en el pe-rodo 1838-1887 (casi cincuenta aos) la poblacinnegra se redujo de casi 15 mil personas a 8 mil,y pas de representar un 26% del total de laciudad a constituir slo un 2% a comienzos dela ltima dcada del siglo5.

    Tradicionalmente se consider que fue enesta segunda mitad del siglo XIX cuando se ha-bra producido la desaparicin de la poblacinafroargentina. El declive de la poblacin negrade Buenos Aires fue habitualmente explicado porcuatro factores: la abolicin de la trata, los altosndices de mortalidad y los bajos ndices de fer-tilidad de la poblacin negra, la alta mortalidadde hombres durante las guerras del perodo 1810-1870, y la mezcla racial y el emblanquecimiento(Andrews, 1980: 68). A estos factores tambin sele suele aadir la epidemia de fiebre amarillaque asol determinados barrios de Buenos Airesdurante 1871. El anlisis de Andrews (1980) rela-tiviza varios de estos factores. Resulta claro queel fin de la trata esclavista como vimos, msdemorado de lo que se cree impidi la entradade nuevos contingentes africanos. Por otro lado,como tambin sealamos, ya desde el censo de1827 se puede apreciar un fuerte desequilibrioen la proporcin entre hombres y mujeres en laetapa de adultos jvenes. Si en 1810 los hombresde 15 a 44 aos constituan el 30% de la poblacinafroportea, en 1827 representaban slo un 18%(Andrews, 1980: 52).

    Sin embargo, para Andrews, tanto los efectosde la fiebre amarilla como de las muertes en com-bate fueron sobredimensionados. Las estadsticasque examina el autor no muestran una mayormortandad de individuos negros por aquella en-fermedad y, como fue apuntado anteriormente,considera que las bajas en los ejrcitos respondie-ron ms a deserciones que a mortandad6. Para elautor, la sorprendente vitalidad que muestran losperidicos negros y otras asociaciones comunita-rias particularmente en el perodo 1873-1882 dela que daremos cuenta ms adelante desmientecualquier nocin de desaparicin para la poca.Por otro lado, los propios afroporteos, que ensus diarios se ocupaban de diversos temas queafectaban a la comunidad, se mostraban mspreocupados por su pobreza que por su disminu-cin demogrfica (Andrews, 1980: 92).

    Ciudad de Buenos Aires. Resultado de ocho censos de la ciudad1778-1887

    CUADRO 1

  • AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA 17

    Para dar cuenta de la discordancia entre esta informacin y la censal, Andrews sugiere que aun teniendo en cuenta el creciente aumento de la poblacin europea en la ciudad los afroar-gentinos fueron subrepresentados en el censo de 1887. El historiador norteamericano sostiene que en esa poca se hizo popular el empleo de la cate-gora trigueo, que denotaba a una persona de tez oscura, pero no necesariamente indicaba que tuviera ancestros africanos, como s suceda con las palabras mulato o pardo (1980: 84). Esta ca-tegora permita que los afrodescendientes de piel ms clara fueran socialmente clasificados bajo este rtulo y que luego, en los censos, pudieran ser clasificados oficialmente como blancos, dado que los censos eran dicotmicos: blanco-pardo/moreno (censos municipales de 1836 y 1838) y blanco/de color (censo de 1887) (Andrews, 1980: 87). El hecho de que los individuos ms claros de la poblacin afroargentina fueran clasificados como blancos explicara, entonces, el marcado descenso de la poblacin negra de la ciudad, que cay de 15 mil individuos en 1838 a 8 mil en 1887 (1980: 66). Aunque, como el propio Andrews reconoce, su hiptesis no puede ser documentada fehacientemente, consideramos que esta anticipa desarrollos posteriores en el sistema de clasifi-caciones raciales.

    El proceso de mezcla racial y emblanqueci-miento sin duda fue un factor importante en la disminucin de la proporcin de afroargentinos en la poblacin. Sin embargo, dado que en el mar-co de una visin moderna, constructivista y no biologicista de la raza los procesos de mestizaje biolgico no explican por s solos las percepciones racializadas, habra que tomar en cuenta tam-bin la acelerada y contundente construccin de una narrativa dominante de la nacin blanca que se efectu a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Esta nueva narrativa no le dio cabida a esta poblacin y ayud a cambiar el sistema de clasificacin racial en direccin a una mayor invi-sibilidad de los individuos con rasgos fenotpicos que pudieran indicar ascendencia africana, un proceso que se acentu en las dcadas siguientes (Frigerio, 2006). Resumiendo, los hechos demo-grficos se conjugan con el empleo de polticas censales blanqueadoras y con el trabajo ideol-gico de polticos e intelectuales influyentes, que construyeron la idea de una nacin argentina moderna europea y blanca.

    Los afroargentinos y su (no) lugar en la nueva narrativa dominante de la nacinComo seala Gonzlez B. de Quirz (2001), luego de la derrota de Rosas en 1852 comenz la ins-tauracin de una estructura poltica moderna con prcticas culturales que definen la comu-nidad de pertenencia como sociedad civil y como nacin. Las instituciones de sociabilidad pblica se convirtieron en sustento del poder poltico y apareci una nueva nocin de lo pblico que revela una ruptura con las solidaridades tradi-cionales. La sociabilidad familiar fue reemplazada por las reuniones pblicas, y se hicieron popu-lares los bailes, los teatros, las tertulias, las academias de baile y el carnaval. El principal rgano de opinin fue el periodismo. A partir de la dcada de 1880, aproximadamente, se con-solid la construccin del Estado nacin moderno, se implement un modelo econmico (agroex-portador) que se proyectara a lo largo del tiempo y se construy una narrativa dominante de la nacin argentina como racialmente blanca y culturalmente europea.

    En ese momento los afroporteos todava eran socialmente visibles, pero, a la vez, co-menzaban a desaparecer segn los discursos hegemnicos (Geler, 2010: 19). Los acelerados cambios que se estaban produciendo en el pas no slo afectaron su demografa y sus formas de sociabilidad, sino tambin la(s) manera(s) en que los afroporteos comenzaron a visualizar-se como grupo y a pensar distintas alternati-vas de integracin a la nacin moderna que se consolidaba. En lo que respecta a este crucial momento histrico, tanto para el pas en gene-ral como para los afroporteos en particular, tenemos afortunadamente una indita ventana de entrada a su vida social a travs de materialproducido por ellos mismos y no por la elite que los controlaba. An existen, a disposicin de los investigadores, varios peridicos afroporte-os producidos mayormente en la dcada de 1870 de los cuales daremos cuenta ms ade-lante que brindan una visin privilegiada de la comunidad que era creada e imaginada por quienes en ellos escriban.

    Dentro de este contexto de construccin del aparato estatal argentino y de una narrativa dominante de la nacin blanca y europea que llegar, robustecida y mejor desarrollada, hasta

  • APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA18

    nuestros das, la antroploga argentina Lea Geler(2010) muestra, en su perceptivo anlisis de losperidicos afroporteos, que la poblacin quelos produca detentaba varias formas de iden-tificacin que se superponan entre s. Estas sereferan, segn el argumento de esta autora,a su condicin de grupo corporalmente mar-cado, a su carcter de poblacin nacional y deciudadana plena (ambas caractersticas los di-ferenciaban de los numerosos inmigrantes quearribaban al pas) y a su situacin de pobreza. Eltrmino de color implicaba una marcacin racialrimpuesta y asumida, pero a la vez rechazadapor su carcter estigmatizador en los peridi-cos, esta identificacin aparece generalmentemediatizada con las frases como se nos diceo como se nos llama.

    Si la marcacin racial los particularizaba, laidentificacin como argentinos, de la mano dela reivindicacin de su historia de lucha por elterritorio ahora nacional, los una al resto de lasociedad nacional. Esta identificacin se pona enprctica toda vez que hiciera falta hacer frente asituaciones de discriminacin o en disputas fren-te a inmigrantes. Las variables socioeconmicastambin intervenan en sus autodenominacio-nes. Su condicin de pobres/trabajadores/obreroslos distingua de la aristocracia local, a la vezque los una a otros colectivos que se hallabanen la misma situacin. Las autodenominacionesde obrero y trabajador se registraban en unapoca en que la sociedad pasaba de ser entendidacomo organizada en castas a ser pensada comoorganizada en clases sociales. Segn constabaen los peridicos, la situacin de pobreza erauno de los aspectos sobre el cual haba mayoracuerdo (Geler, 2010).

    No debemos olvidar, sin embargo, que estasson identificaciones propuestas desde o ref leja-das en los peridicos. No tenemos datos hastael momento respecto de cunto xito tenan suspropulsores al intentar plantearlas en la vidacotidiana: seran aceptadas estas diferentes iden-tificaciones, o sera siempre la de negro eufe-msticamente, de color la que prevaleceraen las interacciones? Seran bien recibidos enorganizaciones obreras como miembros deese colectivo? Las frecuentes alusiones en losperidicos a que se los llama de color parecen insinuar que esta continuaba siendo la ms v-lida socialmente. Es cierto, sin embargo, quesu carcter de argentinos tambin era claro

    con reconocimientos a su participacin en lasguerras, etctera.

    Los peridicos muestran tambin, segn elanlisis de Geler, las quizs cada vez mayoresdiferencias socioeconmicas intrac