Periódico Kerygma Septiembre 2014

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La bienaventuranza de conocerle

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  • Buenas noticias para la familia catlica

    Calle 10 N 2-58 Tel: 2636918 - 2611680

    www.arquidiocesisdeibague.orgkerigma@arquidiocesisdeibague.org

    Consejo DirectivoMons. Flavio Calle Zapata

    Mons. Orlando Roa BarbosaMons.Gustavo Vsquez Montoya

    DirectorP. Jairo Yate Ramirez

    Diseo EditorialAndrea C. Hernndez S.

    ImpresinCasa Editorial El Tiempo

    Septiembre 2014

    Al hablar de la Biblia, es necesario enmarcar el tema en otro ms am-plio, la divina Revela-cin. Las verdades re-

    veladas se encierran en la Sagrada Escritura y en la Tradicin. Dios quiso que lo que haba revelado para salvacin de todos los pue-blos, se conservara ntegro y fuera trasmitido a todas las edades (DV 7).

    El Mes de la Biblia

    La Tradicin con la Escritura de ambos Testamentos son el es-pejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el da que llegue a verlo cara a cara, como l es (cf. I Jn 3,2) La Tradicin y la Escri-tura estn estrechamente unidas y compenetradas; manan de la mis-ma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin (DV 9). El Magisterio de la Igle-sia, que no est por encima de la Palabra de Dios sino que la sirve, interpreta autnticamente el men-saje de Dios oral y escrito.

    La Palabra de Dios nos trasmi-te la divina Revelacin para que todo el mundo la escuche, crea y practique. Es un deber compartir el gran tesoro, antes escondido, que en la plenitud de los tiempos se ha manifestado en la persona de Jesucristo, Dios hecho hombre, plenitud de la Revelacin. Dios envi a su hijo Jesucristo, la Pa-labra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la in-timidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18) para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacer-nos resucitar a una vida eterna (DV 4).

    Los Libros Sagrados ensean slidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar

    en dichos Libros para la salvacin nuestra Toda la Escritura ins-pirada por Dios, es til para ense-ar, reprender, corregir, instruir en la justicia; para que el hombre de Dios est en forma, equipado para toda obra buena (II Tim 3, 16-17) (DV 11).

    El fin principal del Antiguo Testamento era preparar la veni-da de Cristo, Redentor universal, y de su reino mesinico (DV.15) Cristo estableci en la tierra el reino de Dios, se manifest a s mismo y a su Padre con obras y palabras, llev a cabo su obra mu-riendo, resucitando y enviando al Espritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos hacia s (cf. Jn 12, 32 ss) pues es el nico que po-see palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68) (DV 17). Los Cuatro Evange-lios sobresalen entre todos los es-critos bblicos por ser el testimo-nio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador (DV 18).

    La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el cuerpo de Cristo ha considerado siempre como supre-ma norma de fe la Escritura unida a la Tradicin en las Palabras de los Apstoles y los Profetas hace resonar la voz del Espritu Santo (DV 21).

    La Sagrada Escritura ser fuente y alma de la evangelizacin, alimento de los fieles hambrientos del Pan de la Palabra. La pastoral bblica debe ocuparse en llevar a cabo una apropiada hermenu-tica que actualice el mensaje de los textos escritos hace aos, para que den su luz a las situaciones y problemas del tiempo presente. (Plan Pastoral 2014 2020 pag. 38).

    Cada uno de nosotros es desti-natario de la Palabra de Dios, pero debe convertirse a su vez en un misionero y apstol del mensaje divino.

    Flavio Calle ZapataArzobispo de Ibagu

    Aprendamos a decirle no al demonio, a quien pretende robarnos el buen espritu

    Por: Mons. Ricardo Tobn Restrepo

    Con frecuencia nos la-mentamos por la insegu-ridad y los robos, procura-mos cuidar nuestras casas y pertenencias, denuncia-mos los atropellos a la propiedad ajena. En su primera Exhortacin Apostlica, Evan-gelii Gaudium, hablando de los desafos que enfrentamos en la actual cultura globa-lizada, el papa Francisco nos advierte a los catlicos y especialmente a los agentes pas-torales que debemos estar vigilantes para que no nos quiten bienes esenciales. Nos ensea a decirle no al demonio, al mun-do, a la visin egosta de la vida, que nos quieren robar los dones de Dios.

    Tenemos que aprender a defender bie-nes fundamentales que nos mantienen en relacin directa y constante con Dios; que han sido recibidos para que los comparta-mos con los dems y, por lo mismo, son un bien comn; que constituyen nuestra mis-ma vida de discpulos y misioneros de Jess. El Papa nos despierta para que nos manten-gamos en una lucha espiritual y superemos la superficialidad y la indolencia que nos hacen insensibles frente a la vocacin y a la misin que hemos recibido.

    No nos dejemos robar el entusiasmo misionero! Nos puede pasar cuando, aun teniendo slidas convicciones doctrinales y espirituales, se cae en un estilo de vida que se aferra a seguridades econmicas, al poder y a la gloria humana, en lugar de dar la vida por los dems en la misin (EG 80). No nos dejemos robar la alegra evangeli-zadora! Ocurre cuando la vida se llena de oscuridad y de cansancio interior; cuando caemos en la insatisfaccin y en la acedia pastoral producidas por el egosmo que nos cierra al misterio de la Cruz y que apolilla el dinamismo apostlico (EG 83).

    No nos dejemos robar la esperanza! Estamos en peligro si nos convertimos en pesimistas quejosos y desencantados, si de-jamos avanzar la desertificacin espiritual fruto del proyecto de sociedades sin Dios y que destruyen sus races cristianas, En me-dio de tantos desiertos estamos llamados a ser fuente de agua viva (EG 86).

    No nos dejemos robar la comunidad! Hay que estar atentos a que lo religioso no d lugar al aislamiento o a un individua-lismo enfermizo; la relacin con Dios nos compromete con los otros. Los discpulos del Seor estamos llamados a ser luz y sal del mundo en comunidad (EG 92). No nos dejemos robar el Evangelio! Estamos prote-gidos si evitamos construir una Iglesia mun-dana bajo ropajes espirituales o pastorales. Esta mundanidad asfixiante se sana tomn-dole el gusto al aire puro del Espritu Santo, que nos libera de estar centrados en noso-tros mismos y escondidos en una apariencia religiosa vaca de Dios (EG 97).

  • Septiembre 2014

    Hubo al principio del mundo un paraso terrenal? - Parte 2

    Padre Ariel Valds

    Nace el paraso

    Esta lista de males le sirvi, pues, al escritor sagrado para elaborar un elenco de lo que seran los castigos de Dios a los primeros hombres (ver G-nesis 3, 14-19). Ella reflejara la situa-cin en la que toda la humanidad vive actualmente.

    Pero an le faltaba resolver otro problema. Si el mundo, tal como es-taba, no era querido por Dios, enton-ces l no poda seguir consintiendo un mundo as. No era el plan originario de Dios. Y cul era la voluntad de Dios para el mundo? Quera saberlo exacta-mente, pues de lo contrario, no sabra cmo actuar.

    Y ah estaba el problema: el autor no lo saba. Ignoraba cmo deba ser un mundo funcionando segn la voluntad de Dios. l slo conoca este mundo equivocado, y ningn otro. Entonces, qu hizo, para responder a semejan-te interrogante? Inspirado por Dios, tom la lista de males que haba com-puesto (ver Gnesis 14-19) e imagin una situacin inversa, de bienestar,

    en la que no se daba ninguno de ellos. se sera el mundo ideal, querido por Dios, y que nos estbamos perdiendo por culpa de nuestros pecados. El re-sultado de esta elaboracin imaginaria fue: el Paraso.

    En efecto, el Paraso del Gnesis no es, sino la descripcin de un estado de vida exactamente opuesto a lo que el autor conoca y experimentaba todos los das en su vida.

    El mundo como Dios mandaSi ahora analizamos, parte por par-

    te, ese Paraso descrito en Gnesis 2, 4-25, veremos que corresponde exac-tamente a lo contrario del mundo que apareci luego del pecado original, y que est contado en Gnesis 3, 4-24.

    En primer lugar, en el Paraso la mujer ya no es dominada por el mari-do, sino que es su compaera, su ayuda adecuada (ver 2, 18), en igualdad con el varn. El mismo hombre lo recono-ce, y por eso exclama: Esta s que es hueso de mis huesos y carne de mi car-ne (2, 23). Y es el hombre el que aqu se siente atrado por ella, y forma con la mujer una sola carne (ver 2, 24), sin

    que haya dominio de uno sobre el otro.No existe la muerte. El hombre po-

    da continuar viviendo para siempre porque Dios, respondiendo al pro-fundo deseo del hombre, haba hecho brotar, en medio del jardn, el rbol de la Vida (ver 2,9). Y le bastaba con extender su mano y comer de su fruto, para vivir para siempre (ver 3, 22). La muerte, all, ya no entristeca la vida.

    Tampoco en el Paraso hay dolo-res de parto, pues ni siquiera existe el parto. Como el hombre ya no muere, tampoco tiene necesidad de engendrar hijos para prolongar la vida ms all de la muerte. No es que el autor piense que existira una sola pareja. En Adn y Eva estaban simbolizados y represen-tados, en realidad, todos los hombres y las mujeres que nuestro autor conoca, y a los que no quera ver morir.

    La propuesta atrapabaLa Tierra ya no est maldita. Es

    frtil y produce toda clase de rboles frutales, exquisitos y llamativos (ver 2, 9). Ya no hay sequa, pues el riego est garantizado por un inmenso ro que baa el jardn, y que se divide en cua-tro grandes brazos (ver 2, 10). Nun-ca un israelita haba imaginado tanta agua junta!

    El trabajo ya no es ms motivo de fatigas y frustracin. En el Paraso la tarea es liviana: cultivar el jardn y cui-darlo (ver 2, 15). Teniendo en cuenta la abundancia de agua que haba a mano, resulta un trabajo placentero.

    Ya no hay enemistad entre el hom-bre y los animales. Al contrario, stos existen para acompaar al hombre, y son aquello que el hombre quiere que sean. Por