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Paul Jankowski verdún 1916 Crónica de la batalla más célebre de la Primera Guerra Mundial Traducción del inglés Teresa Martín Lorenzo La Esfera de los Libros

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Crónica de la batalla más célebre de la Primera Guerra Mundial

Traducción del inglésTeresa Martín Lorenzo

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INTRODUCCIÓN

El 21 de febrero de 1916, dieciocho meses después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, las fuerzas alemanas atacaron las

posiciones francesas situadas al norte y noreste de Verdún, el antiguo bastión junto al río Mosa, en el este de Francia, inaugurando lo que el novelista y veterano de guerra Maurice Genevoix denominó «el sím-bolo bélico de toda la guerra de 1914-1918». La batalla de posiciones de diez meses de duración que llegó a ser conocida como «la batalla de Verdún» confirió grandeza al lugar y, aun antes de que hubiera con-cluido, la ciudad en ruinas y sus alrededores ya dejaban adivinar su fama póstuma. En tiempos de guerra, algunas ciudades transcienden su ver-dadera importancia estratégica, sea esta mayor o menor, y adquieren la condición de leyenda. Tanto Zaragoza en 1808 como Stalingrado en 1942-1943 envolvieron a sus defensores en el aura de salvadores de la nación. Así sucedió también en Verdún, un lugar en el que fallecie-ron tantos franceses y alemanes —un total de 300.000—, que el in-menso osario que se construyó allí al finalizar la guerra solo pudo albergar una fracción de sus destrozados y dispersos restos. Genevoix no tuvo necesidad de explicar qué había querido decir. Nadie deseaba romper el halo de consenso que rodeaba la martirizada ciudad.1

A primera vista, la fama de Verdún entre los franceses parece irre-prochable. Fue la más larga de todas las batallas libradas en la guerra, durando al menos hasta diciembre de 1916, cuando los franceses re-cuperaron la mayor parte del terreno que habían perdido en febrero. Y aun entonces, la lucha no cesó: la batalla era un reflejo de la inter-minable y monótona sangría que representaba la propia guerra. En segundo lugar, fue una batalla defensiva, una batalla que los franceses La E

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no habían iniciado, que parecía representar su posición en una guerra que tampoco habían empezado ellos. Y tercero, fue una batalla solita-ria, librada por los franceses sin la ayuda de ningún aliado. Los britá-nicos estaban preparando sus propias ofensivas en un sector distinto del Frente Occidental, los rusos y los italianos estaban combatiendo en frentes distantes, mientras que los estadounidenses no entraron en la guerra hasta meses después de que la batalla de Verdún hubiera ter-minado. Eso la distingue de la mayoría de las demás grandes batallas y encarnó otra realidad de la Primera Guerra Mundial: durante su de-sarrollo, los franceses perdieron muchos más hombres que sus aliados en el Frente Occidental, casi el doble que los británicos y doce veces más que los estadounidenses. Verdún, sin duda, supuso un hito emble-mático en la experiencia francesa de la guerra.

Completamente integrada en la historia francesa, su propia fama la trasciende. «Verdún pasará a la historia como el matadero del mun-do», escribió un conductor de ambulancia estadounidense al llegar allí en agosto de 1917, la última vez que los franceses reconquistaron las crestas de la Cota 304 y Le Mort-Homme. Sin embargo, una mirada más desapasionada hace que su celebridad resulte un poco sorpren-dente, incluso desde el punto de vista de los franceses. Verdún no fue una batalla decisiva, no fue como Waterloo, Sedán o Kursk, cada una de las cuales representa el momento en que uno de los bandos perdió la iniciativa para no recuperarla jamás. La batalla del Marne, anterior a Verdún, fue más decisiva y había salvado al país de forma más dramá-tica: había frenado en seco a los ejércitos invasores alemanes e incluso los había hecho retroceder. Lo mismo sucedió con las contraofensivas de 1918, que fueron el gérmen de las doctrinas militares de posguerra francesas que vaticinaban una guerra larga y batallas metódicas —algo que Verdún nunca fue—. Para algunos de sus defensores, la importan-cia estratégica moderna del lugar era dudosa incluso durante los meses que estuvieron defendiéndolo.

Ni los franceses ni los alemanes llegaron a recuperarse nunca de las pérdidas que sufrieron en Verdún. Aun así, en la guerra todo es relativo: ¿Había debilitado la batalla a un bando más que al otro? La respuesta, que supuestamente llegó ese mismo año, más tarde, en el La

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Somme, resultó no ser demasiado obvia. Tampoco fue el episodio más sangriento de la guerra, aunque fue elevado por encima de otros a causa de la magnitud de la matanza. Muchos más hombres murieron en la guerra de movimientos en torno a las Ardenas y a la frontera belga en agosto y septiembre de 1914. El porcentaje de bajas francesas de sus anteriores ofensivas —en Champagne en 1915 y después en el Aisne en 1917— superaron en ocasiones las de Verdún. En palabras del propio Jules Romains: «Por razones que no es difícil dilucidar», el es-critor había situado Verdún en el centro narrativo de Los hombres de buena voluntad, su inmensa novela de épica histórica. No obstante, cuanto más se detiene uno a reflexionar al respecto, más difícil resulta situar esas razones, y la preeminencia de Verdún puede parecer todo menos evidente.2

Verdún no tuvo ningún impacto político drástico. No salvó ni supuso el fin de ningún régimen; no fue Bouvines en 1214, que forta-leció a un rey francés, Felipe II, llamado Augusto; ni Rossbach en 1757, que contribuyó a debilitar a otro monarca, Luis XV; ni Waterloo en 1815 ni Sedán en 1870, que destronaron a otros dos, a Napoleón primero y luego a su sobrino. Como régimen, la Tercera República se mantuvo prácticamente igual después de la batalla de Verdún. El primer ministro (o président du conseil, como se le denominaba entonces), Aristide Briand, siguió en su puesto, así como también el jefe de Es-tado, Raymond Poincaré. Es cierto que la batalla debilitó la posición del general Joseph Joffre, jefe de Estado Mayor, acusado por sus detrac-tores en la Cámara de diputados de haber dejado Verdún mal defendi-da. Sin embargo, al final, la decepcionante ofensiva franco-británica en el Somme, en verano y otoño del mismo año, influyó más en el hun-dimiento de la carrera de Joffre que Verdún. La batalla de Verdún, por un breve periodo, hizo avanzar la carrera del general Robert Nivelle, que sucedió a Joffre, pero que permaneció al timón solo hasta su de-sastrosa ofensiva en el Chemin des Dames en la primavera de 1917. Desde el punto de vista político, la larga batalla fue intrascendente.

Si se puede afirmar que Verdún «construyó» Francia, no fue a través de ningún efecto militar o político inmediato, como una capi-tulación o una dimisión, una crisis o una revolución de la que emer-La E

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giera un país nuevo y diferente. Lo que sucedió, sucedió lentamente, con la acumulación de los significados que las sucesivas generaciones fueron depositando sobre la batalla. Su importancia en la conciencia nacional fue desarrollándose con el tiempo porque solo de forma gradual llegó a nacer la idea de que Verdún sería la última gran victo-ria en batalla de los ejércitos franceses. Nada semejante volvería a re-petirse nunca, ni en 1917 o 1918, ni entre 1939 y 1945, y, desde luego, no durante las caóticas guerras de descolonización que se produjeron a continuación. Ese prestigio la elevó incluso por encima de la propia Gran Guerra. Los mensajeros que transmiten o actúan de intermedia-rios respecto a lo que se denomina, en sentido amplio, la memoria colectiva —o más precisamente, la historia pública—transfiguraron Verdún de manera sistemática, extrayéndola de su contexto temporal. Los libros de texto, los discursos políticos, los informes de la prensa y audiovisuales, las conmemoraciones, las historias populares, las películas, las novelas y las canciones, los vehículos que transmiten el sentido de un acontecimiento a los millones de personas que apenas poseen in-formación al respecto, hablaron de «unión», de «pueblo», de «patria», de «resistencia», de «suelo», como si hablaran de un momento de re-generación. La batalla de Verdún se convirtió en un punto de referen-cia clave para cualquiera que pretendiera argumentar, como muchos hicieron en los años y décadas posteriores a 1918, que el país estaba perdiendo el rumbo. Ninguna otra batalla, reciente o remota, sirvió jamás para ese propósito. En ese sentido, preguntarse de qué modo la batalla de Verdún «hizo» Francia equivale a preguntarse qué hizo Fran-cia con la batalla de Verdún. Una segunda pregunta sería: ¿Hasta qué punto esa construcción surgió de la propia batalla?

Los alemanes también piensan mucho en Verdún, casi se podría decir que les obsesiona, más que la batalla del Somme, cuyo desenlace les fue más beneficioso. En el Somme sufrieron casi tantas bajas como los franceses, bajo condiciones igualmente terribles, si no más: sus soldados, a diferencia de los franceses, contaban con escasos fuertes en los que refugiarse del fuego de artillería, de la metralla y del clima. En igual medida que los franceses, los alemanes extrajeron una parábola de resolución humana de la matanza. Verdún, a diferencia de la batalla La

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del Somme, no produjo ningún Ernst Jünger, autor de Tempestades de acero, unas celebradas memorias que escribió desde las trincheras. Al otro lado del Rin nunca dio lugar a nada comparable a la literatura y documentación que generó en Francia y, para infortunio del historia-dor, la pobreza de las fuentes se vio empeorada por la destrucción de los archivos del Ejército Imperial alemán en un bombardeo aliado en Potsdam en 1945. Con todo, Verdún inspiró su propio estilo de litera-tura heroica, en la que se mitificó al soldado común que participó en ella. Relatos ficticios y semificticios celebraron su resolución, o su camaradería o la voz interior de la nación resonando por encima del fragor de la batalla. A veces, a diferencia de los franceses, estos relatos no celebraban tanto la unión como castigaban la traición: la traición del soldado común por parte de los altos mandos o de la retaguardia; y, en ocasiones, la retórica oficial—nacionalista, revanchista o, más ominosamente, nacionalsocialista— se concentraba con entusiasmo en ese tipo de temas. En todos ellos había un leitmotiv, lo que sugiere que también para ellos Verdún era un símbolo de toda la guerra: del fraca-so trágico o del fracaso noble.3

Más allá de los protagonistas nacionales, en la prensa y en las histo-rias populares, sobre todo de los escritores británicos y estadounidenses, Verdún vino a ocupar otro nicho simbólico más. A ellos llegó a parecer-les una batalla de una dureza sin par, tal vez la más dura de todas, a través de una obra que alcanzó gran popularidad.4 Otros, en la misma línea, vieron una batalla de material arquetípica, un tecnocrático Moloch de-vorando a sus hijos, «el símbolo casi sin parangón del horror del con-flicto industrial moderno».5 Desde la fábrica a la trinchera, llegaba al estrecho escenario rodeado por cordilleras humeantes o en llamas la abundante producción de armamento, todo cuanto la inventiva nacional era capaz de generar, lo que movió a otro autor británico muchos años más tarde a describir Verdún como «una batalla completamente nueva: la de la aniquilación». Tales representaciones elevan Verdún al limbo nacional e histórico, convirtiéndola en un símbolo de la futilidad de la guerra industrial e incluso, a veces, de la propia guerra.6

«Del símbolo necesitamos extraer la sustancia», escribió una vez un historiador francés, y Verdún no es ninguna excepción. Ninguna La E

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estrategia para aprovechar la batalla por motivos partidistas, para im-poner el consentimiento o silenciar la disidencia, necesita impulsar todas estas transfiguraciones de Verdún ni, por supuesto, de cualquier otra batalla de su magnitud. Ni tampoco estas necesitan reflejar ningún tipo de violencia ejercida por el presente sobre el pasado, como si atribuir significado en retrospectiva fuera indefectiblemente anacró-nico. La leyenda posee su realidad, la batalla la suya propia y la historia de la primera no solo invita a la historia de la segunda: la requiere.7

Ese es el objetivo de este libro. Se ha escrito un sinfín de historias acerca de Verdún. Incluso antes de que concluyera, comenzaron a apa-recer libros o folletos sobre la batalla, y nunca han dejado de publicar-se. Eran historias de naturaleza muy variada: desde narrativas populares a estudios más analíticos que se basaban en los archivos militares, y cada género proporcionó excelentes ejemplares o arquetipos, siendo los más evidentes The Price of Glory de Alistair Horne y Combattre à Verdun de Gérard Canini, respectivamente. Entre 1983 y 1998 más de un cuarto de todas las publicaciones francesas sobre las batallas de la Gran Guerra fueron acerca de Verdún. A partir de la década de 1920, al parecer, esas muestras impresas de consideración coincidieron con los aniversarios decenales de 1916. Tanto una cosa como otra confirman que existía una sed insaciable entre los lectores por obtener detalles de aquel horror. ¿Qué pasó allí?, se preguntaban.8

Sin embargo, en las décadas de 1980 y 1990, las batallas fueron perdiendo terreno como tema de interés entre los historiadores, in-dependientemente de la eminente posición que la batalla de Verdún pudiera ocupar para ellos. Lo mismo le sucedió a las historias militares tradicionales, típicamente interesadas en la descripción de las tácticas, los mandos, la logística y todas las razones, próximas o remotas, que conducían a un determinado resultado en el campo de batalla. Para entonces, la retaguardia y todos sus civiles, las colonias y todos los suyos, las mentes y cuerpos de los soldados, la experiencia de la guerra y, sobre todo, sus consecuencias culturales en la vida tras la guerra fueron llenando las agendas de los estudiosos más jóvenes. En Francia sur-gieron nuevos centros y organizaciones profesionales que reorientaron y renovaron los estudios sobre la guerra, inspirándose en una u otra La

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batalla o combate o sector del frente, pero, no pocas veces, tendían a negarle a la batalla del Marne o a la del Somme o a Verdún su anterior estado de objeto digno de estudio por sí mismo. La «historia de bata-llas», a veces ridiculizada entre los historiadores británicos y estadou-nidenses con el sobrenombre de historia de «tambores y trompetas», comenzó a desaparecer de los estantes de la academia, relegada por sus críticos más despectivos a las mesas bajas del salón de las casas residenciales.

No obstante, la historia de batallas sigue siendo el fundamento de todo, cimentando y posibilitando la aparición de otras consideraciones más depuradas a partir de esa base —la «antropología del soldado» aborda el tema de la «memoria» cultural y el reordenamiento de las relaciones de género—; pero sin el día de la batalla (o, como en Verdún, los meses) y sus hechos y realidades, no habría otras cuestiones para diseccionar. En la actualidad, es habitual que los historiadores planteen esas y otras preguntas acerca de la guerra de forma individual en lugar de en conjunto, pero idealmente todas esas preguntas deberían formu-larse a la vez. ¿Y dónde mejor que en el acontecimiento que las reúne, la batalla? El acontecimiento se presta a las preguntas más nuevas, no hace falta más que situarlas junto a las preguntas más fundamentales sobre el por qué y el cómo. La ambición de este libro es contar la historia de Verdún combinando la antigua historia con la nueva, el frío cálculo del terreno ganado y los proyectiles disparados y las vidas per-didas con las profundidades de la experiencia humana vivida en ambos bandos. Su ambición es transmitir la historia total de una batalla.

Los números pueden ayudar a cuantificar la batalla en términos objetivos, pero son prácticamente inútiles a la hora de rastrear y plasmar estados de ánimo y mentalidades. Los números dejan pistas, lo que, en ocasiones, permite una cierta especulación, por ejemplo, acerca del desencanto que revelan las tasas de deserción, o los altibajos experi-mentados por la memoria de la posguerra que sugieren la mayor o menor frecuencia de visitantes. Pero las dimensiones subjetivas de la batalla solo se ofrecen al historiador a través de distintos episodios personales repartidos aquí y allá por los regimientos y los meses. We-llington, que había llegado a ser un experto en ambos ámbitos, comen-La E

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tó que una batalla era como un baile de salón, lo que sugiere diversidad tanto como repetición, y, en la mayoría de fuentes existentes sobre la batalla de Verdún, se identifican patrones de experiencias semejantes, que los historiadores pueden reconocer, pero rara vez medir. Cuanti-ficar los sentimientos y experiencias de quienes vivieron y murieron en Verdún a ambos lados del río Mosa durante interminables meses, sería una tarea obsesiva y sin sentido. Pero sus palabras sobreviven, y han sido reproducidas aquí casi cien años más tarde en un esfuerzo por acercar al lector lo más posible a todo lo que esos hombres afrontaron en Verdún.

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