Patria, adoro tu silencio

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Cuento que da el título al Libro resaltado como participante destacado en El Concurso Nacional de Cuento Inédito 2009 del Ministerio de Cultura. Bogotá, Colombia

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  • Patria,

    adoro tu silencio

    LIBARDO ACELAS MEJA

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    Patria, adoro tu silencio

    Kabir ladr a todo pulmn, sin cesar. Jacinto despert y aguz el odo tratando de

    identificar algn ruido conocido, como el del fara, que persegua de cuando en

    cuando a sus gallinas pero aparte de los ladridos ininterrumpidos del perro no

    escuch nada ms. Sin embargo, se levant no sin antes tranquilizar a su mujer.

    Los nios dorman plcidamente en la alcoba de al lado.

    Haca casi diez aos habitaba la pequea casa que haba construido en el centro

    del predio con ayuda de sus vecinos. La propiedad, de escasas seis hectreas y

    media, era de una belleza buclica inigualable y mucho ms frtil que bella. Se

    reclinaba sobre la cordillera en una pendiente suave que le permita cultivar caf,

    maz, pltano, frutales y en la parte baja criar algunas vacas y novillos que lo

    provean de leche y de dinero en efectivo para satisfacer las necesidades

    familiares o darle un gusto a su esposa e hijos. Uno de los cuales, lo constituy el

    paseo a la capital. Sus ojos asombrados les duraron, fuera de las rbitas, una

    semana despus de regresar. Visitaron el Santuario de Monserrate desde donde

    divisaron ese enorme reguero de edificios y casas, esquivaron vehculos locos que

    amenazaban con barrerlos de la faz de las avenidas, se rieron de las pintas de

    algunos habitantes de la gran ciudad quienes a la vez se burlaban de ellos.

    Jacinto oy el ladrido de otros perros en la distancia y se pregunt si le

    contestaban a Kabir o por el contrario este haca eco a los ladridos ms lejanos.

  • PARTICIPANTE DESTACADO PREMIO NACIONAL DE LITERATURA CUENTO INDITO 2.009

    Libardo Acelas Meja

    Una mano invisible le apret el pecho, contuvo la respiracin que empezaba a

    desbocarse y pens en los letreros aparecidos desde haca un par de semanas en

    las paredes de las casas del pueblo en los cuales amenazaban a sus habitantes con

    desaparecerlos por colaboradores y sapos. Sigilosamente sali de la casa al

    corredor, pas al establo en donde Caramelo, el caballo, resoplaba inquieto dando

    a la vez golpes con su casco en el piso como queriendo sealar algo; el fro de la

    noche lo despabil y el miedo le alert los sentidos. Escuch muy lejos los

    primeros disparos y no le cupo la menor duda de que los avisos en las paredes de

    las casas del pueblo eran en serio y las amenazas all expresadas se estaban

    cumpliendo. Corri hasta la casa, despert a los nios y los instruy para que

    echaran entre un talego las mejores prendas de vestir y lo esperaran detrs de la

    casa en el patio de secar el caf. Su mujer que ya tena listas algunas provisiones y

    ropa de ambos, con los ojos anegados murmuraba una oracin.

    Un escalofro recorri el cuerpo del hombre al recordar la forma como conoci a

    su mujer, Mara Antonia, a la salida de una misa de aguinaldos doce diciembres

    atrs: durante la ceremonia la vio cantando villancicos y se enamor, de una, de

    sus ojos color miel, su piel blanca y sus cabellos ondulados de un color parecido a

    sus ojos. Su corazn enamorado elabor el plan perfecto que su cerebro valid sin

    el menor anlisis. As, en el tropel de la salida se hizo el tropezado, se excus, se

    present y la invit a tomar tinto, todo en un solo acto y en una sola frase. Mara

    Antonia abrumada por ese alud de simpata y de palabras, recobr la conciencia

    al sorber y quemarse con el tinto humeante. Vio frente a ella a un mozalbete flaco

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    y curtido por el sol y cuyos ojos negros dejaban ver un alma transparente y

    honrada. No cay rendida a los pies del galn, pero dijo para sus adentros, que

    vala la pena conocerlo ms profundamente. Para la Nochebuena ya eran novios y

    para abril del siguiente ao se casaban junto con otras dos parejas en la iglesia de

    pueblo. Al ao naci Jmerson, a los dos Estver y a los tres Desir copia fiel de

    su madre. La eleccin de sus nombres casi destruye la unidad de la familia pero

    ellos impusieron su voluntad, aunque no tenan ni idea qu significaban, si era que

    esas palabrejas tuvieran alguna interpretacin. Solamente queran que esos

    apelativos tan exticos, exorcizaran a su descendencia, de la pobreza que haba

    acompaado a sus padres, abuelos y tatarabuelos.

    Bes a Mara Antonia, le dio las mismas instrucciones que a sus hijos y cuando se

    dispona a seguirlos para huir alcanz a or los gritos de los facinerosos en la finca

    vecina, distante unos ochocientos metros de su casa. Fue al patio y le orden a su

    mujer e hijos que huyeran por el cafetal, que no se detuvieran por nada, les

    entreg unos billetes y algunas monedas, que conservaba en la relojera del

    pantaln, para el pasaje a algn sitio lo ms lejano posible y un sobre grande de

    color amarillo que contena los registros civiles de su matrimonio y del

    nacimiento de sus hijos. l, les dijo, los buscara y los encontrara. Les dio la

    bendicin y volvi a la casa, busc la carabina y las municiones, se amarr al

    cinturn el machete y se dirigi al establo. Desde all esperaba repeler el ataque y,

    sobre todo, demorar a los asesinos para que su familia pusiera distancia. Kabir,

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    Libardo Acelas Meja

    que en principio corri detrs de Mara Antonia y los nios, regres y se par en

    el lindero a ladrar como endemoniado. En vano trat Jacinto de traerlo a su lado.

    En la lechosa claridad nocturna vio las sombras ominosas de los asaltantes

    recortadas contra el horizonte amarillo rojizo de las llamas de la casa de la finca

    vecina. Alcanz a contar seis o siete bandidos armados de fusiles. As que eran

    por lo menos seis hombres sedientos de sangre y bien armados contra su

    carabina, su machete y su valenta y arrojo. Su resistencia se limitara, tal como

    pensara inicialmente, a causarles la mayor cantidad de bajas posible y a

    demorarlos para que su familia pusiera de por medio suficiente distancia. Sec

    con la manga de la camisa un par de lgrimas que, involuntariamente, acudieron a

    sus ojos. En pocos minutos estara frente a su trinchera el grupo de facinerosos.

    Kabir, ahora a su lado, temblaba de ira pero obedeca a la firmeza con que Jacinto

    sujetaba su collar. Con pasmosa tranquilidad revis la carga de la carabina, sac

    las balas de la caja y las cont: doce, para otras seis cargas. Si sus pertrechos eran

    escasos, sus posibilidades lo eran an ms. Suspir, tens la espalda y

    sigilosamente se ubic al otro lado del establo pues desde all mejoraba la

    visibilidad y la movilidad. Podra moverse de un lado a otro del muro en un

    espacio de algo as como seis metros, despistara a sus atacantes si poda dar la

    impresin de que eran dos los defensores. Para el efecto, dispuso balas en cada

    extremo. Estaba preparado para recibir con la cortesa debida a sus enemigos.

    Enemigos, enemigos la palabra resonaba en su cerebro y, a pesar de la terrible

    amenaza, pareca no reconocer su significado. Enemigos, cules y por qu? No

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    tena enemigos, estos los fabrica uno con su conducta y consideraba cada uno de

    sus actos motivados por la generosidad y la buena intencin. Desde la escuela

    primaria no se peleaba con nadie y esa pelea era absolutamente necesaria puesto

    que un compaerito de primero ofendi a la seorita Concha, su maestra y no

    poda permitir que dijeran algo feo de su amada profesora. Record la pequea

    escuela del pueblo con su patio de tierra, la gruta de la Virgen de Ftima, los

    pupitres dobles en los cuales acomodaban hasta cuatro nios, las enormes

    ventanas por donde se meta el azul del cielo y las nubes y los trinos de las

    pajaritos, y a veces, hasta un azulejo despistado, que indefectiblemente acababa

    con la clase. Su cerebro se inund del aroma de la albahaca de castilla, que pagaba

    los golpes recibidos con una fragante oleada, as era su alma pens: como la

    albahaca. Al fondo, ocupando casi toda la pared, un enorme tablero de color verde

    oscuro, y frente al grupo, la seorita Concha: delgada, pequea, con cuerpo y

    rostro de nia. Rostro de facciones finas, iluminado por dos enormes y bellos ojos

    verdes. Esa noche comprendi que su recuerdos de la niez no eran los paseos al

    ro ni las tablas de multiplicar, ni el catecismo todo se circunscriba a dos

    enormes, bellos y brillantes ojos verdes y a una voz suave que solo hablaba para

    l. Enemigos bah! Los enemigos se fabrican y l estaba seguro de no haber

    fabricado ninguno. Sin embargo ah a escasos metros estaban unos enemigos

    ajenos, fabricados por manos siniestras que no eran las suyas y cargados de las

    peores intenciones. Desde su atalaya y trinchera improvisadas, alcanzaba a divisar

    unos cincuenta metros, suficiente distancia para su arma y puntera. Vendera

    cara su vida y defendera a su familia hasta el ltimo cartucho.

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    Libardo Acelas Meja

    El comandante de los asaltantes, hombre curtido en los avatares de la guerra como

    que haba servido durante aos en las filas del ejrcito regular, estaba impaciente

    por terminar el trabajo de esa noche. La orden era ext