Pjaros de Fuego

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de Luis Alberto Zovich

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  • de FUEGOPJAROS

    triloga ntegra

    LUIS ALBERTO ZOVICH

    Las lneas paralelas se juntan en el infinito, igual que los

    universos, en algn lugar del espacio tiempo, en este multi-

    verso paralelo que nos contiene. El tiempo es una construc-

    cin impuesta, nada ms, no es lineal por ms que creamos

    que s lo es. Si viajramos en lnea recta por nuestro univer-

    so en algn momento volveramos al punto de partida, a pe-

    sar de que las lneas rectas y los universos se tocan y se cru-

    zan en algn lugar.

    De eso se trata este libro, esta triloga, universos multidi-

    mensionales que se cruzan, el nuestro oficialmente tiene

    once (segn prestigiosos estudios cientficos), pero cuntas

    tiene en realidad?, cuntas lneas temporales cruzamos? So-

    mos un instante en la eternidad, pero cuntas son las eter-

    nidades?

  • triloga

    PJAROS DE FUEGO

    saga

    ARROYO DE LOS AMANTES

  • Del mismo autor

    en la misma saga

    NECROERRANTES

    en poesa

    TEORA DEL AMOR

    EL LIBRO DE LOS MUERTOS DE AMOR

    otros

    MITOLOGA GUARAN

  • .

    PJAROS DE FUEGO

    LUIS ALBERTO ZOVICH

    Clan Destino

  • Luis Alberto Zovich

    Pjaros de fuego. Triloga ntegra

    Literatura argentina

    Ciento setenta y cuatro pginas

    Diecinueve por catorce centmetros

    Contacto con el autor | luiszovich@hotmail.com

    Contacto editorial | ed.clan.de@gmail.com

    www.editorialclandestino.blogspot.com

    Primera edicin | 2014

    Mil ejemplares

    Edicin independiente

    Impreso en Argentina

    Cdigo de registro en Safe Creative | 1503243612096

    Esta obra es publicada bajo licencia Creative Commons

    AtribucinNoComercialCompartirIgual 4.0 Internacional

    Zovich, Luis Alberto

    Pjaros de Fuego.

    1a ed. Posadas: el autor, 2014.

    174 p. ; 19x14 cm.

    ISBN 9789873355943

    1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Ttulo

    CDD A863

  • PJAROS DE

    FUEGO

  • SECTA DEL OLVIDO

    La venganza

    Los peregrinos

    El muro

    La escena del crimen

    Secta del olvido

    TIGRES BAJO LA LLUVIA

    Tigres bajo la lluvia

    De hombres y de bestias

    Un da en la vida de...

    Tigres bajo la lluvia

    Aura negra

    Teora de la incertidumbre

    PJAROS DE FUEGO

    Arroyo de los Amantes

    Binarias

    Diez muertos

    El vrtice

    Amasijndonos

    Deshistoria

    La huida de Zenn

    Mi pueblo blanco

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    NDICE

    15

    21

    29

    37

    41

    61

    69

    77

    99

    103

    107

    121

    131

    135

    143

    153

    157

    161

    165

    9

  • SECTA DEL OLVIDO

  • Dedicado a

    mis hijas Natalia y Abigail,

    y mis nietas Mora y Azul.

  • LA VENGANZA

    Eran ms de las dos de la tarde y ella zigzagueaba en sole-

    dad por los senderos, esquivando la maraa de troncos,

    helechos y ramas, recorra la selva con la parsimonia de

    un anciano, con el andar cansino, pero exacerbada por el

    malhumor.

    Desemboc en un claro del monte; el olor a madera

    recin cortada, flotaba pesadamente en el aire, que que-

    maba las flores de enero.

    Retrocedi instintivamente, como jalada por mil coli-

    bres que la arrastraban al corazn de la selva, no se atre-

    vi a cruzar. El sol era una inmensa hoguera que cubra la

    picada con lenguas ardientes.

    Prefiri seguir por el caminito paralelo que enfilaba

    loma arriba y estaba cubierto de rboles y lianas que se ce-

    rraban, como las fauces de un jaguar.

    15

  • A su derecha la picada recin abierta era un desierto

    infinito, calcinante, surcado por dunas de hojas marchi-

    tas. All las brjulas enloquecan derretidas al sol, y perde-

    ra el rumbo y la vida quien se atreviera a cruzar.

    Como si fuese una tormenta de arena, espinas y abro-

    jos que se metan en la piel y la carne. Una bandada des-

    bandada de jotes asechaba con sangrientos picos desde

    los brazos infinitamente altos de un palo rosado, como

    grgolas en la catedral, a la espera del prximo mrtir que

    se atreva a cruzar la boca del infierno recin abierto.

    A su izquierda la selva se alzaba profunda, hmeda,

    espesa y oscura. Sobre la loma el aire ms fresco era un bl-

    samo, un alivio. Ella saba que cerca de all, en el barran-

    co, estaba el manantial; que luego convertido en arroyo se

    bifurcaba como la lengua de un ofidio y corra en dos di-

    recciones, uno al oeste conflua con el Paran, el otro al

    suroeste se precipitaba como una pequea cascada en el

    Arroyo de los Amantes.

    El caminito doblaba abruptamente, obligado por

    una vieja raz. Tal vez por eso, por su cuasi ceguera, o su

    mal humor, se distrajo y choc con los pies desnudos de

    Arturo, el caballero de la motosierra, que dorma su etli-

    ca siesta junto a su amada espada a motor.

    16

  • Arturo era un gringo de unos cincuenta aos, que ha-

    ba llegado de los Balcanes muchos aos atrs. Sus ojos

    verdosos estaban entreabiertos, a pesar de que, en reali-

    dad, dorma profundamente.

    A un lado las alpargatas bigotudas y sucias acompaa-

    ban y hacan juego con el viejo morral de lona. Ms all,

    una petaca vaca, delataba que su contenido se encontra-

    ba en la sangre del moderno hachero.

    El gringo soaba sueos densos y pesados como el

    calor de la siesta. Pesadillas extraas en las que caminaba

    por un sendero blanco, casi plateado, a ambos lados la os-

    curidad tallaba abismos infinitos.

    Detrs suyo una extraa luz envolvente lo empujaba

    por el camino hacia delante.

    Mientras se preguntaba entre asombrado y asustado

    Quin est detrs mo? Creo que es Jess, no, no. Es

    Dios!, no, tampoco...

    Un ruido de cadenas lo sac de sus pensamientos, de

    pronto se encontr arrastrando con ellas un esqueleto

    color madera, mir ms all y vio en la misma y larga cade-

    na otro ms, y otro, y otro, y otro. Todos los esqueletos

    eran de madera.

    De pronto el camino se llen de atades hechos de

    17

  • carne humana. Arturo entr en pnico, jams haba teni-

    do una pesadilla tan fea. Arroj las cadenas con fuerza a

    un costado, pero inmediatamente se encontr con ms

    cadenas en sus manos y su cuello.

    Ahora arrastraba varios fretros hechos de carne hu-

    mana, en la parte delantera se poda distinguir cuero ca-

    belludo y piel, las asas estaban hechas con las falanges de

    los dedos.

    Ya no caminaba, estaba paralizado por el miedo mi-

    rando los atades abiertos; esqueletos de madera ensan-

    grentados descansaban en su interior con las manos en-

    trelazadas sobre el pecho.

    Arturo, alias el Loco de la Motosierra, segua boquia-

    bierto, con el rostro desencajado, temblando de miedo y

    en profundo estado de shock.

    La luz detrs de l dijo:

    No deberas sentir miedo, este es el resultado del

    mundo que tu mismo creaste con tu machete y tu moto-

    sierra, no tiembles como un cobarde. Este es tu propio

    fin, el que te forjaste, tu elegiste los medios. Esta es la ven-

    ganza del monte.

    No s de qu me habla contest con las manos cris-

    padas.

    18

  • La sangre le bulla en el cuerpo, quemando sus venas,

    las arterias latan con fuerza inusitada, ms rpido aun

    que su acelerado corazn.

    Entre chuchos de fro cerr los ojos y vio una cascada

    de colores vivos y gotas de sangre que caan como lluvia so-

    bre sus pupilas.

    Un torbellino de hojas, tierra colorada y fuego lo sa-

    cudi, sus pelos se erizaron, crey ver borrosamente seis

    hombres grises. Es la Secta del Olvido, alcanz a pensar.

    Su cabeza era un hormiguero lleno de hormigas corta-

    doras, que con filosas tenazas cortaban las conexiones de

    sus neuronas, y dejaban ambos hemisferios inconexos, a la

    deriva en un ro furioso y precipitado en un oscuro abis-

    mo.

    Su pecho convertido en caja de resonancia, donde vi-

    braban sus vsceras como las cuerdas desafinadas de un

    viejo lad.

    Tengo un zumbido fuertsimo en los odos dijo.

    Siento que no puedo mover las manos ni los brazos. No

    puedo respirar! No puedo respirar!, me hice encima. Ten-

    go las piernas dormidas, hinchadas. Siento un fuego inso-

    portable en el tobillo derecho. Qu me pasa? pregunt.

    La luz a sus espaldas reflexion:

    19

  • Es tan largo el camino, cruzas tantas vboras que

    inevitablemente alguna siem