Ortega Y Gasset - Espana Invertebrada

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ESPAÑA INVERTEBRADA ORTEGA Y GASSET

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En España invertebrada, José Ortega y Gasset (1883-1955) se propuso analizar la crisis política y social de la España de su época. Aplicando el método de la razón histórica, realizó un estudio del proceso general de integración y descomposición de las naciones, así como la explicación de fenómenos característicos de la historia de España. Según Ortega, la desarticulación de España como nación radica en la crisis histórica de su proyecto de vida en común: "era la propia España el problema primero de cualquier política". La acción directa de determinados grupos sociales, los pronunciamientos, los regionalismos y los separatismos (empezando por la propia Castilla), son reflejo de un "proceso de desintegración que avanza en riguroso orden dice el filósofo, desde la periferia al centro, de forma que el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de una dispersión interpeninsular". Todo su planteamiento convierte este libro en un clásico del pensamiento.

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ESPAA INVERTEBRADA ORTEGA Y GASSET

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BOSQUEJO DE ALGUNOS PENSAMIENTOS HISTORICOSREVISTA DE OCCIDENTE EN ALIANZA EDITORIAL

NOTA PRELIMINAR Los dos prlogos que a la segunda y cuarta edicin de este libro antepuso Ortega, y que aqu se reproducen, contienen explicaciones y precisiones suficientes para que resulte ocioso anteponerle ms preliminares. Tan slo me permito subrayar un rasgo. El tema del libro es Espaa, pero analizada en una amplia perspectiva histrica y valindose de principios tericos. A pesar, pues, de lo que la cuestin tiene de domstica y batallona, el libro no es nada fcil ni provinciano, y la validez de sus anlisis excede a las circunstancias concretas que, a veces, sirven de ejemplo. La perspectiva histrica no slo incluye nuestro propio y entero pasado sino, esencialmente, el proceso de la cultura europea y su grave crisis contempornea. Se trata, pues, de unas pginas ejemplares sobre los requisitos indispensables a la efectiva comprensin histrica de la trayectoria de la sociedad espaola. Adems, la segunda parte de este libro anticipa La rebelin de las masas, que resulta anunciado en el prlogo de 1922, y varios conceptos metdicos que en ese gran libro prueban su rendimiento. Por ejemplo, el de masa y el de minora. Si el lector se percata bien del quid pro quo delatado al comienzo del captulo Ejemplaridad y docilidad evitar mal entendidos harto generalizados sobre nociones que quiz hoy ms que nunca requieren clara comprensin. La influencia de estas pginas en nuestra historografia ha sido muy grande, y han sido el punto de partida de ulteriores y resonantes polmicas acerca del singular destino de la nacin espaola. Esta nueva edicin va revisada conforme a los originales, incluye una Conclusin (pg. 74 y ss.) que nunca se haba reproducido, y le agrego como Apndice la serie de artculos sobre El poder social, en que Ortega alude a este libro y desarrolla un tema planteado en el captulo primero de su segunda parte1.1 En la nota de la pgina 74 hago constar las fechas en que se publicaron los artculos de los que, en parte, procede este libro. Por cierto, las referencias bibliogrficas de la primera edicin del libro sealan unas veces la fecha de 1921 y otras la de 1922. Ocurre que en la cubierta figura la segunda, que es la exacta, pero la primera es la que aparece en la portada.

PAULINO GARAGORRI

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION Este libro, llammosle as, que fue remitido a las libreras en mayo, necesita ahora, segn me dicen, nueva edicin. Si yo hubiese podido prever para l tan envidiable fortuna, ni

lo habra publicado, ni tal vez escrito. Porque, como en el texto reiteradamente va dicho, no se trata ms que de un ensayo, de un ndice sumamente concentrado y casi taquigrfico de pensamientos. Ahora bien, los temas a que stos aluden son de tal dimensin y gravedad, que no se les debe tratar ante el gran pblico sino con la plenitud de desarrollo y esmero que les corresponde. Pero al escribir estas pginas nada estaba ms lejos de mis aspiraciones que conquistar la atencin del gran pblico. Obras de ndole ideolgica como la presente suelen tener en nuestro pas un carcter confidencial. Son libros que se publican al odo de unos cuantos. Esta intimidad entre el autor y un breve crculo de lectores afines permite a aquel, sin avilantez, dar a la estampa lo que, en rigor, es slo una anotacin privada, exenta de cuanto constituye la imponente arquitectura de un libro. A este gnero de publicaciones confidenciales pertenece el presente volumen. Las ideas que transmite y que forman un cuerpo de doctrina se haban ido formando en m lentamente. Lleg un momento en que necesitaba libertarme de ellas comunicndolas, y, temeroso de no hallar holgada ocasin para proporcionarles el debido desarrollo, no me pareci ilcito que quedasen sucintamente indicadas en unos cuantos pliegos de papel. Al encontrarse ahora este ensayo con lectores que no estaban previstos, temo que padezca su contenido algunas malas interpretaciones. Pero el caso es sin remedio, ya que otros trabajos me impiden, hoy como ayer, construir el edificio de un libro segn el plano que estas pginas delinean. En tanto que llega mejor coyuntura para intentarlo, me he reducido a revisar la primera edicin, corrigiendo el lenguaje en algunos lugares e introduciendo algunas ampliaciones que aumentan el volumen en unas cuarenta pginas. Mas hay dos cosas sobre que quisiera desde luego prevenir la benevolencia del lector. Se trata en lo que sigue de definir la grave enfermedad que Espaa sufre. Dado este tema, era inevitable que sobre la obra pesase una desapacible atmsfera de hospital. Quiere esto decir que mis pensamientos sobre Espaa sean pesimistas? He odo que algunas personas los califican as y creen al hacerlo dirigirme una censura; pero yo no veo muy claro que el pesimismo sea, sin ms ni ms, censurable. Son las cosas a veces de tal condicin, que juzgarlas con sesgo optimista equivale a no haberse enterado de ellas. Dicho sin ambages, yo creo que en este caso se encuentran casi todos nuestros compatriotas. No es la menor desventura de Espaa la escasez de hombres dotados con talento sinptico suficiente para formarse una visin ntegra de la situacin nacional donde aparezcan los hechos en su verdadera perspectiva, puesto cada cual en el plano de importancia que les es propio. Y hasta tal punto es as, que no puede esperarse ninguna mejora apreciable en nuestros destinos mientras no se corrija previamente ese defecto ocular que impide al espaol medio la percepcin acertada de las realidades colectivas. Tal vez sea yo quien se encuentra perdurablemente en error; pero debo confesar que sufro verdaderas congojas oyendo hablar de Espaa a los espaoles, asistiendo a su infatigable tomar el rbano por las hojas. Apenas hay cosa que sea justamente valorada: se da a lo insignificante una grotesca importancia, y, en cambio, los hechos verdaderamente representativos y esenciales apenas son notados. No debiera olvidarse un momento que en la comprensin de la realidad social lo decisivo es la perspectiva, el valor que a cada elemento se atribuya dentro del conjunto. Ocurre lo mismo que en la psicologa de los caracteres individuales. Poco ms o menos, los mismos contenidos espirituales hay en un hombre que en otro. El repertorio de pasiones, deseos, afectos nos suele ser comn; pero en cada uno de nosotros las mismas cosas estn situadas de distinta manera. Todos somos ambiciosos, ms en tanto que la ambicin del uno se halla instalada en el centro y eje de su personalidad, en el otro ocupa una zona secundaria, cuando no perifrica. La diferencia de los caracteres, dada la homogeneidad de la materia humana, es ante todo una diferencia de localizacin espiritual. Por eso, el talento

psicolgico consiste en una fina percepcin de los lugares que dentro de cada individuo ocupan las pasiones; por lo tanto, en un sentido de la perspectiva. El sentido para lo social, lo poltico, lo histrico, es del mismo linaje. Poco ms o menos, lo que pasa en una nacin pasa en las dems. Cuando se subraya un hecho como especifico de la condicin espaola, no falta nunca algn discreto que cite otro hecho igual acontecido en Francia, en Inglaterra, en Alemania, sin advertir que lo que se subraya no es el hecho mismo, sino su peso y rango dentro de la anatoma nacional. Aun siendo, pues, aparentemente el mismo, su diferente colocacin en el mecanismo colectivo lo modifica por completo. Eadem sed aliter: las mismas cosas, slo que de otra manera; tal es el principio que debe regir las meditaciones sobre sociedad, poltica, historia. La aberracin visual que solemos padecer en las apreciaciones del presente espaol queda multiplicada por las errneas ideas que del pretrito tenemos. Es tan desmesurada nuestra evaluacin del pasado peninsular, que por fuerza ha de deformar nuestros juicios sobre el presente. Por una curiosa inversin de las potencias imaginativas, suele el espaol hacerse ilusiones sobre su pasado en vez de hacrselas sobre el porvenir, que sera ms fecundo. Hay quien se consuela de las derrotas que hoy nos inflingen .Los moros, recordando que el Cid existi, en vez de preferir almacenar en el pasado los desastres y procurar victorias para el presente. En nada aparece tan claro este nocivo influjo del antao como en la produccin intelectual. Cunto no ha estorbado y sigue estorbando para que hagamos ciencia y arte nuevos, por lo menos actuales, la idea de que en el pasado posemos una ejemplar cultura, cuyas tradiciones y matrices deben ser perpetuadas! Ahora bien: no es el peor pesimismo creer, como es usado, que Espaa fue un tiempo la raza ms perfecta, pero que luego declin en pertinaz decadencia? No equivale esto a pensar que nuestro pueblo tuvo ya su hora mejor y se halla en irremediable decrepitud? Frente a ese modo de pensar, que es el admitido, no pueden ser tachadas de pesimismo las pginas de este ensayo. En ellas se insina que la descomposicin del poder poltico logrado por Espaa en el siglo XVI no significa, rigorosamente hablando, una decadencia. El encumbramiento de nuestro pueblo fue ms aparente que real, y, por lo tanto, es ms que real aparente su descenso. Se trata de un espejismo peculiar a la historia de Espaa, espejismo que constituye precisamente el problema especfico propuesto a la atencin de los meditadores nacionales. La otra advertencia que quisiera hacer al lector queda ya iniciada en lo que va dicho. Al analizar el estado de disolucin a que ha venido la sociedad espaola, encontramos algunos sntomas e ingredientes que no son exclusivos de nuestro pas, sino tendencias generales hoy en todas las naciones europeas. Es natural que sea as. Las pocas representan un papel de climas morales, de atmsferas histricas a que son sometidas las naciones. Por grande que sea la diferencia entre las fisonomas de stas, la comunidad de poca les impone ciertos rasgos parecidos. Yo no he querido distraer la atencin del lector distinguiendo en cada caso lo que me parece fenmeno europeo de lo que juzgo genuinamente espaol. Para ello habra tenido que intentar toda una anatoma de la poca en que vivimos, corriendo el riesgo de dejar desenfocada, sobre tan largo paisaje, la silueta de nuestro problema nacional. Ciertamente que el tema -una anatoma de la Europa actual- es demasiado tentador para que un da u otro no me rinda a la voluptuosa faena de tratarlo. Habra entonces de expresar mi conviccin de que las grandes naciones continentales transitan ahora el momento ms grave de toda su historia. En modo alguno me refiero con esto a la pasada guerra y sus consecuencias. La crisis de la vida europea labora en tan hondas capas del alma continental, que no puede llegar a ellas guerra ninguna, y la ms gigantesca o frentica se limita a resbalar tangenteando la profunda vscera enferma. La crisis a que aludo se haba iniciado con anterioridad a la guerra, y no pocas cabezas claras del continente tenan ya noticia de

ella. La conflagracin no ha hecho ms que acelerar el crtico proceso y ponerlo de manifiesto ante los menos avizores. A estas fechas, Europa no ha comenzado an su interna restauracin. Por qu? Cmo es posible que los pueblos capaces de organizar tan prodigiosamente la contienda se muestren ahora tan incapaces para liquidarla y organizar de nuevo la paz? Nada ms natural, se dice: han quedado extenuados por la guerra. Pero esta idea de que las guerras extenan es un error que proviene de otro tan extendido como injustificado. Por una caprichosa decisin de las mentes, se ha dado en pensar que las guerras son un hecho anmalo en la biologa humana, siendo as que la historia lo presenta en todas sus pginas como cosa no menos normal, acaso ms normal que la paz. La guerra fatiga, pero no extena: es una funcin natural del organismo humano, para la cual se halla este prevenido. Los desgastes que ocasiona son pronto compensados mediante el poder de propia regulacin que acta en todos los fenmenos vitales. Cuando el esfuerzo guerrero deja extenuado a quien lo produce, hay motivo para sospechar de la salud de este. Es, en efecto, muy sospechosa la extenuacin en que ha cado Europa. Porque no se trata de que no logre dar cima a la organizacin que se propone. Lo curioso del caso es que no se la propone. No es, pues, que fracase su intento, sino que no intenta. A mi juicio, el sntoma ms elocuente de la hora actual es la ausencia en toda Europa de una ilusin hacia el maana. Si las grandes naciones no se restablecen es porque en ninguna de ellas existe el claro deseo de un tipo de vida mejor que sirva de pauta sugestiva a la recomposicin. Y esto, advirtase bien, no ha pasado nunca en Europa. Sobre las crisis ms violentas o ms tristes ha palpitado siempre la lumbre alentadora de una ilusin, la imagen esquemtica de una existencia ms deseable. Hoy en Europa no se estima el presente: instituciones, ideas, placeres saben a rancio. Qu es lo que, en cambio, se desea? En Europa hoy no se desea. No hay cosecha de apetitos. Falta por completo esa incitadora anticipacin de un porvenir deseable, que es un rgano esencial en la biologa humana. El deseo, secrecin exquisita de todo espritu sano, es lo primero que se agosta cuando la vida declina. Por eso faltan al anciano, y en su hueco vienen a alojarse las reminiscencias. Europa padece una extenuacin en su facultad de desear que no es posible atribuir a la guerra. Cul es su origen? Es que los principios mismos de que ha vivido el alma continental estn ya exhaustos, como canteras desventradas? No he de intentar responder ahora a esas preguntas que tanto preocupan hoy a los espritus selectos. He rozado la cuestin para advertir nada ms que a los males espaoles descritos por m no cabe hallar medicina en los grandes pueblos actuales. No sirven de modelos para una renovacin porque ellos mismos se sienten anticuados y sin un futuro incitante. Tal vez ha llegado la hora en que va a tener ms sentido la vida en los pueblos pequeos y un poco brbaros. Permtaseme que deje ahora inexplicada esta frase de contornos sibilinos. Antes conviene -puesto que se han abierto un camino inesperado hasta el gran pblico- que produzcan todo su efecto las pginas de este libro, llammosle as. Octubre 1922

PROLOGO A LA CUARTA EDICION Hace varios aos se agotaron los ejemplares de esta obra, y he pensado que acaso conviniera su lectura a una nueva generacin de lectores. Estas pginas, en rigor, son ya viejas: comenzaron a publicarse en El Sol, en 1920. Datan, pues, de casi quince aos y, como

Tcito sugiere, quince aos son una etapa decisiva del tiempo humano : per quindecim annos, grande mortalis aevi spatium. Quince aos no es una cifra cualquiera, sino que significa la unidad efectiva que articula el tiempo histrico y lo constituye. Porque historia es la vida humana en cuanto que se halla sometida a cambios de su estructura general. Pues bien: la estructura de la vida se transforma siempre de quince en quince aos. Es cuestin secundaria cuntas cosas continen o desaparezcan en el paso de uno de esos perodos al siguiente; lo decisivo es que cambia la organizacin general, la arquitectura y perspectiva de la existencia. Casi fuera expresin estricta de la verdad decir que la palabra vida humana, referida a 1920 y a 1934, significa cosas muy diferentes; porque, en efecto, la faena de vivir, que es siempre tremebunda, consiste hoy en apuros y afanes muy otros que los de hace quince aosl.1 Las razones de todo ello pueden verse en mi libro El mtodo de las generaciones histricas, que va aparecer en las publicaciones de la Ctedra Valdecilla. [Publicado con el ttulo En torno a Galileo]

Sera, pues, lo ms natural que estas pginas resultasen hoy ilegibles, ya que no son lo bastante arcaicas para acogerse a los beneficios de la arqueologa. Mas tambin puede acaecer lo contrario: que estas pginas fuesen en 1920 extemporneas; que hubiesen representado entonces una anticipacin y slo en la fecha presente encontrasen su hora oportuna. Cuando menos, cabe asegurar que no pocas de las ideas insinuadas por vez primera en estos artculos tardaron aos en brotar fuera de Espaa y desde all refluir hacia nuestra Pennsula. Algunas valen hoy como la ltima palabra, a pesar de que en este volumen, tan viejecito y tan sin pretensiones, estaban ya inclusive con su palabra, con su bautismo terminolgico. Slo les faltaba algo que han recibido fuera: su falsificacin, su desmesuramiento y su petrificacin en tpicos. Debo decir que a m, de todas esas ideas, las que hoy me interesan ms son las que todava siguen siendo anticipaciones y an no se han cumplido ni son hechos palmarios. Por ejemplo: el anuncio de que cuanto hoy acontece en el planeta terminar con el fracaso de las masas en su pretensin de dirigir la vida europea. Es un acontecimiento que veo llegar a grandes zancadas. Ya a estas horas estn haciendo las masas -las masas de toda clase- la experiencia inmediata de su propia inanidad. La angustia, el dolor, el hambre y la sensacin de vital vaco las curarn de la atropellada petulancia que ha sido en estos aos su nico principio animador. Ms all de la petulancia descubrirn en s mismas un nuevo estado de espritu: la resignacin, que es en la mayor parte de los hombres la nica gleba fecunda y la forma ms alta de espiritualidad a que pueden llegar. Sobre ella ser posible iniciar la nueva construccin. Y entonces se ver, con gran sorpresa, que la exaltacin de las masas nacionales y de las masas obreras, llevada al paroxismo en los ltimos treinta aos, era la vuelta que ineludiblemente tena que tomar la realidad histrica para hacer posible el autntico futuro, que es, en una u otra forma, la unidad de Europa. Siempre ha acontecido lo mismo. Lo que va a ser la verdadera y definitiva solucin de una crisis profunda es lo que ms se elude ya lo que mayor resistencia se opone. Se comienza por ensayar todos los dems procedimientos y con predileccin los ms opuestos a aquella nica solucin. Pero el fracaso inevitable de stos deja exenta, luminosa y evidente la efectiva verdad, que entonces se impone de manera automtica, con una sencillez mgica. Cuando este volumen apareci, tuvo mayores consecuencias fuera que dentro de Espaa. Fui solicitado reiteradamente para que consintiese su publicacin en los Estados Unidos, en Alemania y en Francia, pero me opuse a ello de modo terminante. Entonces los grandes pases parecan intactos en su perfeccin, y este libro presentaba demasiado al desnudo las lacras del nuestro. Como puede verse en el prlogo a la segunda edicin, publicada muy pocos meses despus de la primera, yo saba ya que muchas de estas lacras eran

secretamente padecidas por aquellas naciones en apariencia tan ejemplares, pero hubiera sido intil intentar entonces mostrarlo. Hay gentes que sienten una repugnante y hermtica admiracin hacia todo lo que parece en triunfo, y un desdn bellaco hacia lo que por el momento toma un aire de cosa vencida. Hubiera sido vano decir a estos adoradores de todos los Segismundos que Inglaterra, Francia, Alemania sufriran de los mismos males que nosotros. Cuando hace diez aos anunci que en todas partes se pasara por situaciones dictatoriales, que stas eran una irremediable enfermedad de la poca y el castigo condigno de sus vicios, los lectores sintieron gran conmiseracin por el estado de mi caletre. Era, pues, preferible, si quera aclarar un poco lo que ms me importaba y me urga -los problemas de Espaa-, renunciar a complicarlos con los menos patentes del extranjero. Mi obra era para andar por casa y deba quedar como un secreto domstico. Hoy se ha visto que ciertos males profundos son comunes a todo el Occidente, y no me opondra ya a que estas pginas fuesen vertidas a otros idiomas. Mas, con todo esto, no debe el lector creer, que va a entrar en la lectura de un libro, lo que se llama, hablando en serio, un libro. Una vez y otra se hace constar en el texto la intencin puramente pragmtica que lo inspir. Yo necesitaba para mi vida personal orientarme sobre los destinos de mi nacin, a la que me senta radicalmente adscrito. Hay quien sabe vivir como un sonmbulo; yo no he logrado aprender este cmodo estilo de existencia. Necesito vivir de claridades y lo ms despierto posible. Si yo hubiese encontrado libros que me orientasen con suficiente agudeza sobre los secretos del camino que Espaa lleva por la historia, me habra ahorrado el esfuerzo de tener que construirme malamente, con escassimos conocimientos y materiales, a la manera de Robinson, un panorama esquemtico de su evolucin y de su anatoma. Yo s que un da, espero que prximo, habr verdaderos libros sobre historia de Espaa, compuestos por verdaderos historiadores. La generacin que ha seguido a la ma, dirigida por algn maestro, que pertenece a la anterior, ha hecho avanzar considerablemente la madurez de esa futura cosecha. Pero el hombre no puede esperar. La vida es todo lo contrario de las Kalendas griegas. La vida es prisa. Yo necesitaba sin remisin ni demora aclararme un poco el rumbo de mi pas a fin de evitar en mi conducta, por lo menos, las grandes estupideces. Alguien en pleno desierto se siente enfermo, desesperadamente enfermo. Qu har? No sabe medicina, no sabe casi nada de nada. Es sencillamente un pobre hombre a quien la vida se le escapa. Qu har? Escribe estas pginas, que ofrece ahora en cuarta edicin a todo el que tenga la inslita capacidad de sentirse, en plena salud, agonizante y, por lo mismo, dispuesto siempre a renacer. Junio 1934. [Advertencia] No creo que sea completamente intil para contribuir a la solucin de los problemas polticos distanciarse de ellos por algunos momentos, situndolos en una perspectiva histrica. En esta virtual lejana parecen los hechos esclarecerse por s mismos y adoptar espontneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad. En este ensayo de ensayo es, pues, el tema histrico y no poltico. Los juicios sobre grupos y tendencias de la actualidad espaola que en l van insertos no han de tomarse como actitudes de un combatiente. Intentan ms bien expresar mansas contemplaciones del hecho nacional, dirigidas por una aspiracin puramente terica y, en consecuencia, inofensiva.

PRIMERA PARTE

PARTICULARISMO Y ACCION DIRECTA 1 INCORPORACION Y DESINTEGRACION En la Historia Romana de Mommsen hay, sobre todos, un instante solemne. Es aquel en que, tras ciertos captulos preparatorios, toma la pluma el autor para comenzar la narracin de los destinos de Roma. Constituye el pueblo romano un caso nico en el conjunto de los conocimientos histricos: es el nico pueblo que desarrolla entero el ciclo de su vida delante de nuestra contemplacin. Podemos asistir a su nacimiento ya su extincin. De los dems, el espectculo es fragmentario: o no los hemos visto nacer, o no los hemos visto an morir. Roma es, pues, la nica trayectoria completa de organismo nacional que conocemos. Nuestra mirada puede acompaar a la ruda Roma quadrata en su expansin gloriosa por todo el mundo ecumnico, y luego verla contraerse en unas ruinas que no por ser ingentes dejan de ser mseras. Esto explica que hasta ahora slo se haya podido construir una historia en todo el rigor cientfico del vocablo: la de Roma. Mommsen fue el gigantesco arquitecto de tal edificio. Pues bien: hay un instante solemne en que Mommsen va a comenzar la relacin de las vicisitudes de este pueblo ejemplar. La pluma en el aire, frente al blanco papel, Mommsen se reconcentra para elegir la primera frase, el comps inicial de su herclea sinfona. En rauda procesin transcurre ante su mente la fila multicolor de los hechos romanos. Como en la agona suele la ida entera del moribundo desfilar ante su conciencia, Mommsen, que haba vivido mejor que ningn romano la existencia del Imperio latino, ve una vez ms desarrollarse vertiginosa la dramtica pelcula. Todo aquel tesoro de intuiciones da el precipitado de un pensamiento sinttico. La pluma suculenta desciende sobre el papel y escribe estas palabras: La historia de toda nacin, y sobre todo de la nacin latina, es un vasto sistema de incorporacin l.1 En la edicin alemana no se habla de incorporacin, sino de synoikismo. La idea es la misma: synoiquismo es literalmente convivencia, ayuntamiento de moradas. Al revisar la traduccin francesa, prefiri Mommsen una palabra menos tcnica.

Esta frase expresa un principio del mismo valor para la historia que en la fsica tiene este otro: la realidad fsica consiste ltimamente en ecuaciones de movimiento. Calor, luz, resistencia, cuanto en la naturaleza no parece ser movimiento, lo es en realidad. Hemos entendido o explicado un fenmeno cuando hemos descubierto su expresin foronmica, su frmula de movimiento. Si el papel que hace en fsica el movimiento lo hacen en historia los procesos de incorporacin, todo depender de que poseamos una nocin clara de lo que es la incorporacin. Y al punto tropezamos con una propensin errnea, sumamente extendida, que lleva a representarse la formacin de un pueblo como el crecimiento por dilatacin de un ncleo inicial. Procede este error de otro ms elemental que cree hallar el origen de la sociedad poltica, del Estado, en una expansin de la familia. La idea de que la familia es la clula social y el Estado algo as como una familia que ha engordado, es una rmora para el progreso de la ciencia histrica, de la sociologa, de la poltica y de otras muchas cosas2.2 En mi estudio, an no recogido en volumen, El Estado, la juventud y el Carnaval, expongo la situacin actual de las investigaciones etnogrficas sobre el origen de la sociedad civil. Lejos de ser la familia germen del Estado, es, en varios sentidos, todo lo contrario: en primer lugar, representa una formacin posterior al Estado, y

en segundo lugar, tiene el carcter de una reaccin contra el Estado. [Publicado posteriormente, con el ttulo El origen deportivo del Estado, en el tomo VII de El Espectador, 1930.]

No; incorporacin histrica no es dilatacin de un ncleo inicial. Recurdese a este propsito las etapas decisivas de la evolucin romana. Roma es primero una comuna asentada en el monte Palatino y las siete alturas inmediatas: es la Roma Palatina, Septimontiun, o Roma de la montaa. Luego, esta Roma se une con otra comuna frontera asentada sobre la colina del Quirinal, y desde entonces hay dos Romas: la de la montaa y la de la colina. Ya esta primera escena de la incorporacin romana excluye la imagen de dilatacin. La Roma total no es una expansin de la Roma palatina, sino la articulacin de dos colectividades distintas en una unidad superior. Esta Roma palatino-quirinal vive entre otras muchas poblaciones anlogas, de su misma raza latina, con las cuales no posea, sin embargo, conexin poltica alguna. La identidad de raza no trae consigo la incorporacin en un organismo nacional, aunque a veces favorezca y facilite este proceso. Roma tuvo que someter a las comunas del Lacio, sus hermanas de raza, por los mismos procedimientos que siglos ms tarde haba de emplear para integrar en el Imperio a gentes tan distintas de ella tnicamente como celtberos y galos, germanos y griegos, escitas y sirios. Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre, y viceversa. La diferencia racial, lejos de excluir la incorporacin histrica, subraya lo que hay de especfico en la gnesis de todo gran Estado. Ello es que Roma obliga a sus hermanas del Lacio a constituir un cuerpo social, una articulacin unitaria, que fue elfoedus latinun, la federacin latina, segunda etapa de la progresiva incorporacin. El paso inmediato fue dominar a etruscos y samnitas, las dos colectividades de raza distinta limtrofes del territorio latino. Logrado esto, el mundo italiota es ya una unidad histricamente orgnica. Poco despus, en rpido, prodigioso crescendo, todos los dems pueblos conocidos, desde el Cucaso al Atlntico, se agregan al torso italiano, formando la estructura gigante del Imperio. Esta ltima etapa puede denominarse de colonizacin. Los estadios del proceso incorporativo forman, pues, una admirable lnea ascendente: Roma inicial, Roma doble, federacin latina, unidad italiota, Imperio colonial. Este esquema es suficiente para mostramos que la incorporacin histrica no es la dilatacin de un ncleo inicial, sino ms bien la organizacin de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva estructura. El ncleo inicial, ni se traga los pueblos que va sometiendo, ni anula el carcter de unidades vitales propias que antes tenan. Roma somete las Galias; esto no quiere decir que los galos dejen de sentirse como una entidad social distinta de Roma y que se disuelvan en una gigantesca masa homognea llamada Imperio romano. No; la cohesin gala perdura, pero queda articulada como una parte en un todo ms amplio. Roma misma, ncleo inicial de la incorporacin, no es sino otra parte del colosal organismo, que goza de un rango privilegiado por ser el agente de la totalizacin. Entorpece sobremanera la inteligencia de lo histrico suponer que cuando de los ncleos inferiores se ha formado la unidad superior nacional, dejan aqullos de existir como elementos activamente diferenciados. Lleva esta errnea idea a presumir, por ejemplo, que cuando Castilla reduce a unidad espaola a Aragn, Catalua y Vasconia, pierden estos pueblos su carcter de pueblos distintos entre s y del todo que forman. Nada de esto: sometimiento, unificacin, incorporacin, no significan muerte de los grupos como tales grupos; la fuerza de independencia que hay en ellos perdura, bien que sometida; esto es, contenido su poder centrifugo por la energa central que los obliga a vivir como partes de un todo y no como todos aparte. Basta con que la fuerza central, escultora de la nacin -Roma en el Imperio, Castilla en Espaa, la Isla de Francia en Francia-, amenge, para que se vea automticamente reaparecer la energa secesionista de los grupos adheridos.

Pero la frase de Mommsen es incompleta. La historia de una nacin no es slo la de su periodo formativo y ascendente: es tambin la historia de su decadencia. Y si aqulla consista en reconstruir las lneas de una progresiva incorporacin, sta describir el proceso inverso. La historia de la decadencia de una nacin es la historia de una vasta desintegracin. Es preciso, pues, que nos acostumbremos a entender toda unidad nacional, no como una coexistencia interna, sino como un sistema dinmico. Tan esencial es para su mantenimiento la fuerza central como la fuerza de dispersin. El peso de la techumbre gravitando sobre las pilastras no es menos esencial al edificio que el empuje contrario ejercido por las pilastras para sostener la techumbre. La fatiga de un rgano parece a primera vista un mal que ste sufre. Pensamos, acaso, que en un ideal de salud la fatiga no existira. No obstante, la fisiologa ha notado que sin un mnimum de fatiga el rgano se atrofia. Hace falta que su funcin sea excitada, que trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el rgano reciba frecuentemente pequeas heridas que lo mantengan alerta. Estas pequeas heridas han sido llamadas estmulos funcionales; sin ellas, el organismo no funciona, no vive. Del mismo modo, la energa unificadora, central, de totalizacin -llmese como se quiera-, necesita, para no debilitarse, de la fuerza contraria, de la dispersin, del impulso centrfugo perviviente en los grupos. Sin este estimulante, la cohesin se atrofia, la unidad nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen que volver a vivir cada una como un todo independiente. 2. POTENCIA DE NACIONALIZACION El poder creador de naciones es un quid divinum, un genio o talento tan peculiar como la poesa, la msica y la invencin religiosa. Pueblos sobremanera inteligentes han carecido de esa dote, y, en cambio, la han posedo en alto grado pueblos bastante torpes para las faenas cientficas o artsticas. Atenas, a pesar de su infinita perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterrneo; en tanto que Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos ms amplias estructuras nacionales. Sera de gran inters analizar con alguna detencin los ingredientes de ese talento nacionalizador. En la presente coyuntura basta, sin embargo, con que notemos que es un talento de carcter imperativo, no un saber terico, ni una rica fantasa, ni una profunda y contagiosa emotividad de tipo religioso. Es un saber querer y un saber mandar. Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas. La sugestin moral y la imposicin material van ntimamente fundidas en todo acto de imperar. Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo contemporneo en su antipata hacia la fuerza; sin ella no habra habido nada de lo que ms nos importa en el pasado, y si la excluimos del porvenir slo podremos imaginar una humanidad catica. Pero tambin es cierto que con slo la fuerza no se ha hecho nunca cosa que merezca la pena. Solitaria, la violencia fragua'" pseudoincorporaciones que duran breve tiempo y fenecen sin dejar rastro histrico apreciable. No salta a la vista la diferencia entre esos efmeros conglomerados de pueblos y las verdaderas, substanciales incorporaciones? Comprense los formidables imperios monglicos de Genghis-Khan o Timul con la Roma antigua y las modernas naciones de Occidente. En la jerarqua de la violencia, una fuerza como la de Genghis-Khan es insuperable. Qu son Alejandro, Csar o Napolen, emparejados con el terrible genio de Tartaria, el sobrehumano nmada, domador de medio mundo, que lleva su yurta cosida en la estepa desde el Extremo Oriente a los contrafuertes del Cucaso? Frente al Khan tremebundo, que no sabe leer ni escribir, que ignora todas las religiones y desconoce

todas las ideas, Alejandro, Csar, Napolen son propagandistas de la Salvation Army. Mas el Imperio trtaro dura cuanto la vida del herrero que lo la con el hierro de su espada; la obra de Csar, en cambio, dur siglos y repercuti en milenios. En toda autntica incorporacin, la fuerza tiene un carcter adjetivo. La potencia verdaderamente substancial que impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma nacional, un proyecto sugestivo de vida en comn. Repudiemos toda interpretacin esttica de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinmicamente. No viven juntas las gentes sin ms ni ms y porque s; esa cohesin a priori slo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propsitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. Cuando los pueblos que rodean a Roma son sometidos, ms que por las legiones se sienten injertados en el rbol latino por una ilusin. Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital donde todos podan colaborar; Roma era un proyecto de organizacin universal; era una tradicin jurdica superior, una admirable administracin, un tesoro de ideas recibidas de Grecia que prestaban un brillo superior a la vida, un repertorio de nuevas fiestas y mejores placeres 1. El da que Roma dej de ser este proyecto de cosas por hacer maana, el Imperio se desarticul.1 A propsito del edicto de Caracalla de 212 d. de J.C., concediendo a los habitantes del Imperio el derecho de ciudadana, escribe Bloch en un libro reciente: El acto de 212 apareci a la larga en todo su verdadero alcance, considerado no tanto en s mismo como en la serie de hechos de que era resultado y consagracin; apareci como la suprema y definitiva expresin, como el coronamiento de la poltica liberal y generosa proseguida, con una constancia admirable, desde los primeros tiempos de la Repblica. En este sentido habl de l San Agustn, y con la misma intencin escriba el galo Rutlius Namatianus, en el momento en que el Imperio iba a derrumbarse, estos hermosos versos, los ms bellos en que se ha glorificado la misin histrica de Roma: f'ecisti patriam diversis gentibus unam, Urbem fecisti quod prius orbis erat. Bloch. L 'Empire romain, 215 (1922).

No es el ayer, el pretrito, el haber tradicional, lo decisivo para que una nacin exista. Este error nace, como ya he indicado, de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral, en el pasado, en suma, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa para maana. En cuanto a la fuerza, no es difcil determinar su misin. Por muy profunda que sea la necesidad histrica de la unin entre dos pueblos, se oponen a ella intereses particulares, caprichos, vilezas, pasiones y, ms que todo esto, prejuicios colectivos instalados en la superficie del alma popular que va a aparecer como sometida. Vano fuera el intento de vencer tales rmoras con la persuasin que emana de los razonamientos. Contra ellas slo es eficaz el poder de la fuerza, la gran ciruga histrica. Es, pues, la misin de sta resueltamente adjetiva y secundaria, pero en modo alguno desdeable. Desde hace un siglo padece Europa una perniciosa propaganda en desprestigio de la fuerza. Sus races, hondas y sutiles, provienen de aquellas bases de la cultura moderna que tienen un valor ms circunstancial, limitado y digno de superacin. Ello es que se ha conseguido imponer a la opinin pblica europea una idea falsa sobre lo que es la fuerza de las armas. Se la ha presentado como cosa infrahumana y torpe residuo de la animalidad persistente en el hombre. Se ha hecho de la fuerza lo contrapuesto al espritu, o, cuando ms, una manifestacin espiritual de carcter inferior. El buen Heriberto Spencer, expresin tan vulgar como sincera de su nacin y de su poca, opuso al espritu guerrero el espritu industrial, y afirm que era ste un absoluto progreso en comparacin con aqul. Frmula tal halagaba sobremanera los instintos de la burguesa imperante, pero nosotros debiramos someterla a una severa revisin. Nada es, en

efecto, ms remoto de la verdad. La tica industrial, es decir, el conjunto de sentimientos, normas, estimaciones y principios que rigen, inspiran y nutren la actividad industrial, es moral y vitalmente inferior a la tica del guerrero. Gobierna a la industria el principio de la utilidad, en tanto que los ejrcitos nacen del entusiasmo. En la colectividad industrial se asocian los hombres mediante contratos, esto es, compromisos parciales, externos, mecnicos, al paso que en la colectividad guerrera quedan los hombres integralmente solidarizados por el honor y la fidelidad, dos normas sublimes. Dirige el espritu industrial un cauteloso afn de evitar el riesgo, mientras el guerrero brota de un genial apetito de peligro. En fin, aquello que ambos tienen de comn, la disciplina, ha sido primero inventado por el espritu guerrero y merced a su pedagoga injertado en el hombre l.1 Uno de los hombres ms sabios e imparciales de nuestra poca, el gran socilogo y economista Max Weber, escribe: La fuente originaria del concepto actual de la ley fue la disciplina militar romana y el carcter peculiar de su comunidad guerrera. (Wirtschaft und Gesell chaft, pg. 406; 1922.)

Sera injusto comparar las formas presentes de la vida industrial, que en nuestra poca ha alcanzado su plenitud, con las organizaciones militares contemporneas, que representan una decadencia del espritu guerrero. Precisamente lo que hace antipticos y menos estimables a los ejrcitos actuales es que son manejados y organizados por el espritu industrial. En cierto modo, el militar es el guerrero deformado por el industrialismo. Medtese un poco sobre la cantidad de fervores, de altsimas virtudes, de genialidad, de vital energa que es preciso acumular para poner en pie un buen ejrcito. Cmo negarse a ver en ello una de las creaciones ms maravillosas de la espiritualidad humana? La fuerza de las armas no es fuerza bruta, sino fuerza espiritual. Esta es la verdad palmaria, aunque los intereses de uno u otro propagandista les impidan reconocerlo. La fuerza de las armas, ciertamente, no es fuerza de razn, pero la razn no circunscribe la espiritualidad. Ms profundas que sta, fluyen en el espritu otras potencias, y entre ellas las que actan en la blica operacin. As, el influjo de las armas, bien analizado, manifiesta, como todo lo espiritual, su carcter predominantemente persuasivo. En rigor, no es la violencia material con que un ejrcito aplasta en la batalla a su adversario lo que produce efectos histricos. Rara vez el pueblo vencido agota en el combate su posible resistencia. La victoria acta, ms que materialmente, ejemplarmente, poniendo de manifiesto la superior calidad del ejrcito vencedor, en la que, a su vez, aparece simbolizada, significada, la superior calidad histrica del pueblo que forj ese ejrcito l.1 No se oponga a esto la trivial objecin de que un pueblo puede ser ms inteligente, sabio, industrioso, civil, artista que otro, y, sin embargo, blicamente ms dbil. La calidad o rango histrico de un pueblo no se mide exclusivamente por aquellas dotes. El brbaro que aniquila al romano decadente era menos sabio que ste, y, sin embargo, no es dudosa la superior calidad histrica de aqul. De todos modos, la opinin arriba apuntada alude slo a la normalidad histrica que, como toda regla, tiene sus excepciones y su compleja casustica. [Vase el ensayo del autor, titulado La interpretacin blica de la historia, de 1925, incluido en el tomo VI de El Espectador, Madrid, 1927.]

Slo quien tenga de la naturaleza humana una idea arbitraria tachar de paradoja la afirmacin de que las legiones romanas, y como ellas todo gran ejrcito, han impedido ms batallas que las que han dado. El prestigio ganado en un combate evita otros muchos, y no tanto por el miedo a la fsica opresin, como por el respeto a la superioridad vital del vencedor. El estado de perpetua guerra en que viven los pueblos salvajes se debe precisamente a que ninguno de ellos es capaz de formar un ejrcito y con l una respetable, prestigiosa organizacin nacional. En tal sesgo, muy distinto del que suele emplearse, debe un pueblo sentir su honor vinculado a su ejrcito, no por ser el instrumento con que puede castigar las ofensas que otra

nacin le infiera; ste es un honor externo, vano, hacia afuera. Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfeccin de su ejrcito mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se siente ante s misma deshonrada por la incompetencia y desmoralizacin de su organismo guerrero, es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta. Por tanto, aunque la fuerza represente slo un papel secundario y auxiliar en los grandes procesos de incorporacin nacional, es inseparable de ese estro divino que, como arriba he dicho, poseen los pueblos creadores e imperiales. El mismo genio que inventa un programa sugestivo de vida en comn, sabe siempre forjar una hueste ejemplar, que es de ese programa smbolo eficaz y sin par propaganda *.* [Los prrafos situados entre el espacio blanco precedente (pg. 34) y el que sigue proceden de un artculo del autor publicado en el El Sol el 14-11-1922 titulado Nacin y ejrcito. El artculo llevaba una entradilla en la que se deca: Dentro de pocos das se publicar la segunda edicin del ya famoso libro Espaa Invertebrada, rpidamente agotado, de D. Jos Ortega y Gasset. Al entregarlo de nuevo a las prensas, el gran pensador ha credo conveniente hacer importantes adiciones al texto primitivo, que completan su pensamiento. Entre estas adiciones, encontramos una que nos parece de la mayor actualidad en estos momentos en que la nacin contempla, entre atnita y apasionada, la situacin del Ejrcito.]

Desde estos pensamientos, como desde un observatorio, miremos ahora en la lejana de una perspectiva casi astronmica el presente de Espaa. 3. POR QUE HAY SEPARATISMO? Uno de los fenmenos ms caractersticos de la vida poltica espaola en los ltimos veinte aos ha sido la aparicin de regionalismos, nacionalismos, separatismos; esto es, movimientos de secesin tnica y territorial. Son muchos los espaoles que hayan llegado a hacerse cargo de cul es la verdadera realidad histrica de tales movimientos? Me temo que no. Para la mayor parte de la gente, el nacionalismo cataln y vasco es un movimiento artificioso que, extrado de la nada, sin causas ni motivos profundos, empieza de pronto unos cuantos aos hace. Segn esta manera de pensar, Catalua y Vasconia no eran antes de ese movimiento unidades sociales distintas de Castilla o Andaluca. Era Espaa una masa homognea, sin discontinuidades cualitativas, sin confines interiores de unas partes con otras. Hablar ahora de regiones, de pueblos diferentes, de Catalua, de Euzkadi, es cortar con un cuchillo una masa homognea y tajar cuerpos distintos en lo que era un compacto volumen. Unos cuantos hombres, movidos por codicias econmicas, por soberbias personales, por envidias ms o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y su caprichosa labor no existira. Los que tienen de estos movimientos secesionistas pareja idea, piensan con lgica consecuencia que la nica manera de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulacin: persiguiendo sus ideas, sus organizaciones y sus hombres. La forma concreta de hacer esto es, por ejemplo, la siguiente: En Barcelona y Bilbao luchan nacionalistas y unitarios; pues bien: el Poder central deber prestar la incontrastable fuerza de que como Poder total goza, a una de las partes contendientes; naturalmente, la unitaria. Esto es, al menos, lo que piden los centralistas vascos y catalanes, y no es raro or de sus labios frases como stas: Los separatistas no deben ser tratados como espaoles. Todo se arreglar con que el Poder central nos enve un gobernador que se ponga a nuestras rdenes. Yo no sabra decir hasta qu extremado punto discrepan de las referidas mis opiniones sobre el origen, carcter, trascendencia y tratamiento de esas inquietudes secesionistas. Tengo la impresin de que el unitarismo que hasta ahora se ha opuesto a catalanistas y

bizcaitarras, es un producto de cabezas catalanas y vizcanas nativamente incapaces -hablo en general y respeto todas las individualidades- para comprender la historia de Espaa. Porque no se le d vueltas: Espaa es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, slo cabezas castellanas tienen rganos adecuados para percibir el gran problema de la Espaa integral. Ms de una vez me he entretenido imaginando qu habra acontecido si, en lugar de hombres de Castilla, hubieran sido encargados, mil aos hace, los unitarios de ahora, catalanes y vascos, de forjar esta enorme cosa que llamamos Espaa. Yo sospecho que, aplicando sus mtodos y dando con sus testas en el yunque, lejos de arribar a la Espaa una, habran dejado la Pennsula convertida en una pululacin de mil cantones. Porque, como luego veremos, en el fondo, esa manera de entender los nacionalismos y ese sistema de dominarlos es, a su vez, separatismo y particularismo: es catalanismo y bizcaitarrismo, bien que de signo contrario. 4 TANTO MONTA Para quien ha nacido en esta cruda altiplanicie que se despereza del Ebro al Tajo, nada hay tan conmovedor como reconstruir el proceso incorporativo que Castilla impone a la periferia peninsular. Desde un principio se advierte que Castilla sabe mandar. No hay ms que ver la energa con que acierta a mandarse a s misma. Ser emperador de s mismo es la primera condicin para imperar a los dems. Castilla se afana por superar en su propio corazn la tendencia al hermetismo aldeano, a la visin angosta de los intereses inmediatos que reina en los dems pueblos ibricos. Desde luego, se orienta su nimo hacia las grandes empresas, que requieren amplia colaboracin. Es la primera en iniciar largas, complicadas trayectorias de poltica internacional, otro sntoma de genio nacionalizador. Las grandes naciones no se han hecho desde dentro, sino desde fuera; slo una acertada poltica internacional, poltica de magnas empresas, hace posible una fecunda poltica interior, que es siempre, a la postre, poltica de poco calado. Slo en Aragn exista, como en Castilla, sensibilidad internacional, pero contrarrestada por el defecto ms opuesto a esa virtud: una feroz suspicacia rural aquejaba a Aragn, un irreductible apego a sus peculiaridades tnicas y tradicionales. La continuada lucha fronteriza que mantienen los castellanos con la Media Luna, con otra civilizacin, permite a stos descubrir su histrica afinidad con las dems Monarquas ibricas, a despecho de las diferencias sensibles: rostro, acento, humor, paisaje. La Espaa una nace as en la mente de Castilla, no como una intuicin de algo real -Espaa no era, en realidad, una-, sino como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un maana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera que el blanco atrae la flecha y tiende el arco. No de otra suerte, los codos en su mesa de hombre de negocios, inventa Cecil Rhodes la idea de la Rhodesia: un Imperio que poda ser creado en la entraa salvaje del Africa. Cuando la tradicional poltica de Castilla logr conquistar para sus fines el espritu claro, penetrante, de Fernando el Catlico, todo se hizo posible. La genial vulpeja aragonesa comprendi que Castilla tena razn, que era preciso domear la hosquedad de sus paisanos e incorporarse a una Espaa mayor. Sus pensamientos de alto vuelo slo podan ser ejecutados desde Castilla, porque slo en ella encontraban nativa resonancia. Entonces se logra la unidad espaola; mas para qu, con qu fin, bajo qu ideas ondeadas como banderas incitantes? Para vivir juntos, para sentarse en torno al fuego central, a la vera unos de otros, como viejas sibilantes en invierno? Todo lo contrario. La unin se hace para lanzar la energa espaola a los cuatro vientos, para inundar el planeta, para crear un Imperio an ms amplio. La unidad de Espaa se hace para esto y por esto. La vaga imagen de tales empresas es una palpitacin de horizontes que atrae, sugestiona e incita a la unin, que funde los temperamentos antagnicos en un bloque compacto. Para quien tiene buen odo histrico,

no es dudoso que la unidad espaola fue, ante todo y sobre todo, la unificacin de las dos grandes polticas internacionales que a la sazn haba en la pennsula: la de Castilla, hacia Africa y el centro de Europa; la de Aragn, hacia el Mediterrneo. El resultado fue que, por vez primera en la historia, se idea una Weltpolitik: la unidad espaola fue hecha para intentarla. En el captulo anterior he sostenido que la incorporacin nacional, la convivencia de pueblos y grupos sociales exige alguna empresa de colaboracin y un proyecto sugestivo de vida en comn. La historia de Espaa confirma esta opinin, que habamos formado contemplando la historia de Roma. Los espaoles nos juntamos hace cinco siglos para emprender una Weltpolitik y para ensayar otras muchas faenas de gran velamen. Nada de esto es construccin ma; no es orla de mandarn que yo, literato ocioso, pongo al cabo de quinientos aos a esperanzas y dolores de una edad remota. Entre otros mil testimonios, me acojo a dos excepcionales que me ofrecen insuperable garanta y se completan ambos. Uno es de Francesco Guicciardini, que muy joven vino de embajador florentino a nuestra tierra. En su Relazione di Spagna cuenta que un da interrog al rey Fernando: Cmo es posible que un pueblo tan belicoso como el espaol haya sido siempre conquistado, del todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vndalos, moros? A lo que el rey contest: La nacin es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que slo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden. y esto es -aade Guicciardini- lo que, en efecto, hicieron Fernando e Isabel; merced a ello pudieron lanzar a Espaa a las grandes empresas militares 1.1. Opere inedite. vol. VI

Aqu, sin embargo, parece que la unidad es la causa y la condicin para hacer grandes cosas. Quin lo duda? Pero es ms interesante y ms honda, y con verdad de ms quilates, la relacin inversa; la idea de grandes cosas por hacer engendra la unificacin nacional. Guicciardini no era muy inteligente. La mente ms clara del tiempo era Maquiavelo. Nadie en aquella poca pens ms sobre poltica ni conoci mejor el doctrinal ntimo de las cancilleras. Sobre todo, a nadie preocup tanto la obra de Fernando como al sagaz secretario de la Seora. Su Prncipe es, en rigor, una meditacin sobre lo que hicieron Fernando el Catlico y Csar Borgia. Maquiavelismo es principalmente el comentario intelectual de un italiano a los hechos de dos espaoles. Pues bien: existe una carta muy curiosa que Maquiavelo escribe a su amigo Francesco Vettori, otro embajador florentino, a propsito de la tregua inesperada que Fernando el Catlico concedi al rey de Francia en 1513. Vettori no acierta a comprender la poltica del astuto Re; pero Maquiavelo le da una explicacin sutilsima que result proftica. Con este motivo resume la tctica de Fernando de Espaa en estas palabras maravillosamente agudas: Si hubieseis advertido los designios y procedimientos de este catlico rey, no os maravillarais tanto de esta tregua. Este rey, como sabis, desde poca y dbil fortuna, ha llegado a esta grandeza, y ha tenido siempre que combatir con Estados nuevos y sbditos dudosos2, y uno de los modos como los Estados nuevos se sostienen y los nimos vacilantes se afirman o se mantienen suspensos e irresolutos, e dare di se grande spettazione, teniendo siempre a las gentes con el nimo arrebatado por la consideracin del fin que alcanzarn las resoluciones y las empresas. Esta necesidad ha sido conocida y bien usada por este rey: de aqu han nacido los asaltos de Africa, la divisin del Reino3 y todas estas variadas empresas, y sin atender a la finalidad de ellas, perche il fine suo non e tanto quello o questo, o quella vittoria, quanto e darsi reputazione ne'popoli y tenerlos suspensos con la multiplicidad de las hazaas. Y por esto fu sempre animoso datore di principii, fue un gran iniciador de empresas a las cuales da el fin que la suerte le permite y la necesidad le muestra4.

2 Esto es, ensaya la unificacin en un Estado de pueblos por tradicin independientes, de hombres que no son sus vasallos y sbditos de antiguo. 3 Se refiere al de Npoles. 4 Machiavelli, Opere,. vol. VIII. Existe otro texto de esta carta con algunas variantes que subrayan ms el mismo pensamiento. Por ejemplo: Cosi fece il Re nelle imprese di Granata, di Africa e di Napoli; giacche il suo vero scopo non fu mai questa o quella vittoria.

No puede pedirse mayor claridad y precisin en un contemporneo. El suceso posterior hizo patente lo que acert a descubrir el zahor de Florencia. Mientras Espaa tuvo empresas a que dar cima y se cerna un sentido de vida en comn sobre la convivencia peninsular, la incorporacin nacional fue aumentando o no sufri quebranto. Pero hemos quedado en que durante estos aos hay un rumor incesante de nacionalismos, regionalismos, separatismos... Volvamos al comienzo de este artculo5 y preguntmonos: Por qu?5 [Artculo que inclua los captulos 3.0 y 4.0 de esta primera parte. Vase mi nota de la pgina 74.]

PARTICULARISMO Entre las nuevas emociones suscitadas por el cinematgrafo hay una que hubiera entusiasmado a Goethe. Me refiero a esas pelculas que condensan en breves momentos todo el proceso generativo de una planta. Entre la semilla que germina y la flor que se abre sobre el tallo como corona de la perfeccin vegetal, transcurre en la naturaleza demasiado tiempo. No vemos emanar la una de la otra: los estadios del crecimiento se nos presentan como una serie de formas inmviles, encerrada y cristalizada cada cual en s misma y sin hacer la menor referencia a la anterior ni a la subsecuente. No obstante, sospechamos que la verdadera realidad de la vida vegetal no es esa serie de perfiles estticos y rgidos, sino el movimiento latente en que van saliendo unos de otros, transformndose unos en otros. De ordinario, el tempo que la batuta de la naturaleza impone al crecimiento de las plantas es ms lento que el exigido por nuestra retina para fundir dos imgenes quietas en la unidad de un movimiento. En algunos casos, tan raros como favorables, el tempo de la planta y el de nuestra retina coinciden, y entonces el misterio de su vida se hace patente a nuestros ojos. Esto aconteci a Goethe cuando bajaba del Norte a Italia: sus pupilas intensas y avizoras, habituadas al ritmo germinal de la flora germnica, quedan sorprendidas por el allegro de la vegetacin meridional, y al choque de la nueva intuicin descubre la ley botnica de la metamorfosis, genial contribucin de un poeta a la ciencia natural. Para entender bien una cosa es preciso ponerse a su comps. De otra manera, la meloda de su existencia no logra articularse en nuestra percepcin y se desgrana en una secuencia de sonidos inconexos que carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa o demasiado despacio, las slabas no se traban en palabras ni las palabras en frases. Cmo podrn entenderse dos almas de tempo meldico distinto? Si queremos intimar con algo o con alguien, tomemos primero el pulso de su vital meloda y, segn l exija, galopemos un rato a su vera o pongamos al paso nuestro corazn. Ello es que el cinematgrafo empareja nuestra visin con el lento crecer de la planta y consigue que el desarrollo de sta adquiera a nuestros ojos la continuidad de un gesto. Entonces lo entendemos con la evidencia misma que a una persona familiar, y nos parece la eclosin de la flor el trmino claro de un ademn. Pues bien: yo imagino que el cinematgrafo pudiera aplicarse a la historia y, condensados en breves minutos, corriesen ante nosotros los cuatro ltimos siglos de vida espaola.

Apretados unos contra otros los hechos innumerables, fundidos en una curva sin poros ni discontinuidades, la historia de Espaa adquirira la claridad expresiva de un gesto y los sucesos contemporneos en que concluye el vasto ademn se explicaran por s mismos, como unas mejillas que la angustia contrae o una mano que desciende rendida. Entonces veramos que de 1580 hasta el da cuanto en Espaa acontece es decadencia y desintegracin. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II. El ao vigsimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima, la historia de Espaa es ascendente y acumulativa; desde ella hacia nosotros, la historia de Espaa es decadente y dispersiva. El proceso de desintegracin avanza en rigoroso orden de la periferia al centro. Primero se desprenden los Pases Bajos y el Milanesado; luego, Npoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a fines de l, las colonias menores de Amrica y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo espaol ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. Termina con esto la desintegracin? Ser casualidad, pero el desprendimiento de las ltimas posesiones ultramarinas parece ser la seal para el comienzo de la dispersin, intrapeninsular. En 1900 se empieza a or el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos... Es el triste espectculo de un largusimo, multisecular otoo, laborado peridicamente por rfagas adversas que arrancan del invlido ramaje enjambres de hojas caducas. El proceso incorporativo consista en una faena de totalizacin: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegracin es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenmeno de la vida histrica llamo particularismo y si alguien me pregunta cul es el carcter ms profundo y ms grave de la actualidad espaola, yo contestara con esa palabra. Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar el catalanismo y el bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos. Lejos de esto, son ambos no otra cosa que la manifestacin ms acusada del estado de descomposicin en que ha cado nuestro pueblo; en ellos se prolonga el gesto de dispersin que hace tres siglos fue iniciado. Las teoras nacionalistas, los programas polticos del regionalismo, las frases de sus hombres carecen de inters y son en gran parte artificios. Pero en estos movimientos histricos, que son mecnica de masas, lo que se dice es siempre mero pretexto, elaboraciones superficiales, transitorias y ficticias, que tiene slo un valor simblico como expresin convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva. Todo el que en poltica y en historia se rija por lo que se dice, errar lamentablemente. Ni el programa del Tvoli expresa adecuadamente el impulso centrfugo que siente el pueblo cataln, ni la ausencia de esos programas secesionistas prueba que Galicia, Asturias, Aragn, Valencia no sientan exactamente el mismo instinto de particularismo. Lo que la gente piensa y dice -la opinin pblica- es siempre respetable, pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad. El cardaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su vscera cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curamos es el hgado. Medicina y poltica, cuanto mejores son, ms se parecen al mtodo de Ollendorf. La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a s mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los dems. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizar con ellos para auxiliarlos en su afn. Como el vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simptica transmisin a los dems ncleos nacionales, queda ste abandonado a su desventura y debilidad. En cambio, es caracterstica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males. Enojos o dificultades que en tiempos de cohesin son fcilmente soportados, parecen intolerables cuando el alma del grupo se ha des integrado de la convivencia nacionall.

1 Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como or a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos oprimidos}} por. el resto de Espaa. La situacin privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja habr de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa ms notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de sta como un irritante roce de cadenas. As, aquel sentimiento de opresin, injustificado en cuanto pretende reflejar una situacin objetiva, es sntoma verdico del estado subjetivo en que Catalua y Vasconia se hallan.

En este esencial sentido podemos .decir que el particularismo existe hoy en toda Espaa, bien que modulado diversamente segn las condiciones de cada regin. En Bilbao y Barcelona, que se sentan como las fuerzas econmicas mayores de la Pennsula, ha tomado el particularismo un cariz agresivo, expreso y de amplia musculatura retrica. En Galicia, tierra pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza en s mismas, el particularismo ser reentrado, como erupcin que no puede brotar, y adoptar la fisonoma de un sordo y humillado resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena, en que se libra sin protestas el cuerpo para reservar tanto ms la ntima adhesin. No he comprendido nunca por qu preocupa el nacionalismo afirmativo de Catalua y Vasconia y, en cambio, no causa pavor el nihilismo nacional de Galicia o Sevilla. Esto indica que no se ha percibido an toda la profundidad del mal y que los patriotas con cabeza de cartn creen resuelto el formidable problema nacional si son derrotados en unas elecciones los seores Sota o Camb. El propsito de este ensayo es corregir la desviacin en la puntera del pensamiento poltico al uso, que busca el mal radical del catalanismo y bizcaitarrismo en Catalua y en Vizcaya, cuando no es all donde se encuentra. Dnde, pues? Para m esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume vctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha pasado en Espaa. Castilla ha hecho a Espaa y Castilla la ha deshecho. Ncleo inicial de la incorporacin ibrica, Castilla acert a superar su propio particularismo e invit a los dems pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida comn. Inventa Castilla grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas ideas jurdicas, morales, religiosas; dibuja un sugestivo plan de orden social; impone la norma de que todo hombre mejor debe ser preferido a su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil. Todas estas aspiraciones, normas, hbitos, ideas se mantienen durante algn tiempo vivaces. Las gentes alientan influidas eficazmente por ellas, creen en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos asomamos a la Espaa de Felipe III advertimos una terrible mudanza. A primera vista nada ha cambiado, pero todo se ha vuelto de cartn y suena a falso. Las palabras vivaces de antao siguen repitindose, pero ya no influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tomado tpicos. No se emprende nada nuevo, ni en lo poltico, ni en lo cientfico, ni en lo moral. Toda la actividad que resta se emplea precisamente en no hacer nada nuevo, en conservar el pasado -instituciones y dogmas-, en sofocar toda iniciacin, todo fenmeno innovador. Castilla se transforma en lo ms opuesto as misma: se vuelve suspicaz, angosta, srdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas, las abandona a s mismas y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa. Si Catalua o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se imaginan ser, habran dado un terrible tirn de Castilla cuando sta comenz a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente con ellas. La sacudida en la periferia hubiera acaso despertado las antiguas virtudes del centro y no habran, por ventura, cado en la perdurable modorra de idiotez y egosmo que ha sido durante tres siglos nuestra historia.

Analcense las fuerzas diversas que actuaban en la poltica espaola durante todas esas centurias, y se advertir claramente su atroz particularismo. Empezando por la Monarqua y siguiendo por la Iglesia, ningn poder nacional ha pensado ms que en s mismo. Cundo ha latido el corazn, al fin y al cabo extranjero, de un monarca espaol o de la Iglesia espaola por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jams. Han hecho todo lo contrario: Monarqua e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales1; han fomentado, generacin tras generacin, una seleccin inversa en la raza espaola. Sera curioso y cientficamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes espaoles en la eleccin de las personas. Ella mostrara la increble y continuada perversin de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien, el error habitual, inveterado, en la eleccin de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el sntoma ms evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por s mismo. Cuando se tiene el corazn lleno de un alto empeo se acaba siempre por buscar los hombres ms capaces de ejecutarlo.1 El caso de Carlos III constituye a primera vista una excepcin, que a la postre vendra, como toda excepcin, a confirmar la regla. Pero en la estimacin que hace treinta aos sentan los progresistas espaoles por Carlos III, hay una mala inteligencia. Podr una parte de su poltica ser simptica desde el punto de vista de la cultura humana, pero el conjunto es acaso el ms particularista y antiespaol que ofrece la historia de la Monarqua.

En vez de renovar peridicamente el tesoro de ideas vitales, de modos de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder pblico ha ido triturando la convivencia espaola y ha usado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados. Es extrao que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los espaoles, y desde luego la mejor, se pregunte: para qu vivimos juntos? Porque vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso deca Renan que una nacin es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de los corazones se hace todos los das un fatal sufragio que decide si una nacin puede de verdad seguir sindolo. Qu nos invita el Poder pblico a hacer maana en entusiasta colaboracin? Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el poder pblico que los espaoles existamos no ms que para que l se d el gusto de existir. Como el pretexto es excesivamente menguado, Espaa se va deshaciendo, deshaciendo... Hoy ya es, ms bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histrica ha pasado galopando un gran pueblo... As, pues, yo encuentro que lo ms importante en el catalanismo y el bizcaitarrismo es precisamente lo que menos suele advertirse en ellos, a saber: lo que tienen de comn, por una parte, con el largo proceso de secular desintegracin que ha segado los dominios de Espaa; por otra parte, con el particularismo latente o variamente modulado que existe hoy en el resto del pas. Lo dems, la afirmacin de la diferencia tnica, el entusiasmo por sus idiomas, la crtica de la poltica central, me parece que, o no tiene importancia, o si la tiene, podra aprovecharse en sentido favorable. Pero esta interpretacin del secesionismo vasco-cataln como mero caso especfico de un particularismo ms general existente en toda Espaa queda mejor probada si nos fijamos en otro fenmeno agudsimo, caracterstico de la hora presente y que nada tiene que ver con provincias, regiones ni razas: el particularismo de las clases sociales. 6. COMPARTIMIENTOS ESTANCOS

La incorporacin en que se crea un gran pueblo es principalmente una articulacin de grupos tnicos o polticos diversos; pero no es esto slo: a medida que el cuerpo nacional crece y se complican sus necesidades, orignase un movimiento diferenciador en las funciones sociales y, consecuentemente, en los rganos que las ejercen. Dentro de la sociedad unitaria van apareciendo e hinchindose pequeos orbes inclusos, cada cual con su peculiar atmsfera, con sus principios, intereses y hbitos sentimentales e ideolgicos distintos: son el mundo militar, el mundo poltico, el mundo industrial, el mundo cientfico y artstico, el mundo obrero, etc. En suma: el proceso de unificacin en que se organiza una gran sociedad lleva el contrapunto de un proceso diferenciador que divide aqulla en clases, grupos profesionales, oficios, gremios. Los grupos tnicos incorporados, antes de su incorporacin existan ya como todos independientes. Las clases y los grupos profesionales, en cambio, nacen, desde luego, como partes. Aqullos, mejor o peor, pueden volver a vivir solitarios y por s; pero stos, aislados y aparte cada uno, no podran subsistir. Hasta tal punto les es esencial ser partes y slo partes de una estructura que los envuelve y lleva! El industrial necesita del productor de primeras materias, del comprador de sus productos, del gobernante que pone un orden en el trfico, del militar que defiende ese orden. A su vez, el mundo militar, de los defensores -deca don Juan Manuel-, necesita del industrial, del agrcola, del tcnico. Habr, por tanto, salud nacional en la medida que cada una de estas clases y gremios tenga viva conciencia de que es ella meramente un trozo inseparable, un miembro del cuerpo pblico. Todo oficio u ocupacin continuada arrastra consigo un principio de inercia que induce al profesional a irse encerrando cada vez ms en el reducido horizonte de sus preocupaciones y hbitos gremiales. Abandonado a su propia inclinacin, el grupo acabara por perder toda sensibilidad para la interdependencia social, toda nocin de sus propios lmites y aquella disciplina que mutuamente se imponen los gremios al ejercer presin los unos sobre los otros y sentirse vivir juntos. Es preciso, pues, mantener vivaz en cada clase o profesin la conciencia de que existen en torno a ella otras muchas clases y profesiones, de cuya cooperacin necesitan, que son tan respetables como ella y tienen modos y aun manas gremiales que deben ser en parte tolerados o, cuando menos, conocidos. Cmo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad? Vuelvo una vez ms al tema que es leitmotiv de este ensayo: la convivencia nacional es una realidad activa y dinmica, no una coexistencia pasiva y esttica como el montn de piedras al borde de un camino. La nacionalizacin se produce en torno a fuertes empresas incitadoras que exigen de todos un mximum de rendimiento y, en consecuencia, de disciplina y mutuo aprovechamiento. La reaccin primera que en el hombre origina una coyuntura difcil o peligrosa es la concentracin de todo su organismo, un apretar las filas de las energas vitales, que quedan alerta y en pronta disponibilidad para ser lanzadas contra la hostil situacin. Algo semejante acontece en un pueblo cuando necesita o quiere en serio hacer algo. En tiempo de guerra, por ejemplo, cada ciudadano parece quebrar el recinto hermtico de sus preocupaciones exclusivistas, y agudizada su sensibilidad por el todo social, emplea no poco esfuerzo mental en pasar revista, una vez y otra, a lo que puede esperarse de las dems clases y profesiones. Advierte entonces con dramtica evidencia la angostura de su gremio, la escasez de sus posibilidades y la radical dependencia de los restantes en que, sin notarlo, se hallaba. Recibe ansiosamente las noticias que le llegan del estado material y moral de otros oficios, de los hombres que en ellos son eminentes y en cuya capacidad puede confiarse 1.1 Imagnese el entusiasmo con que el pueblo alemn habr visto al gremio glorioso de sus qumicos destacarse de la humilde oscuridad en que sola vivir y dar en proporciones geniales el patritico rendimiento que ha asombrado al mundo. De seguro que en tales momentos habr bendecido la nacin entera el cuidado, en

apariencia superfluo, que en otro tiempo puso en fomentar los estudios qumicos. En cambio, ese mismo pueblo ha maldecido cien veces su torpe desdn hacia la poltica interior y exterior, que le impidi preparar para el da de las urgencias un selecto cuerpo de diplomticos y polticos.

Cada profesin, por decirlo as, vive en tales agudas circunstancias la vida entera de las dems. Nada acontece en un grupo social que no llegue a conocimiento del resto y deje en l su huella. La sociedad se hace ms compacta y vibra integralmente de polo a polo. A esta cualidad, que en los casos blicos se manifiesta superlativamente, pero que en medida bastante es poseda por todo pueblo saludable, llamo elasticidad social. Es en el orden psicolgico la misma condicin que en el fsico permite a la bola de billar transmitir, casi sin prdida, la accin ejercida sobre uno de sus puntos a todos los dems de su esfera. Merced a esta elasticidad social la vida de cada individuo queda en cierta manera multiplicada por la de todos los dems; ninguna energa se despilfarra; todo esfuerzo repercute en amplias ondas de transmisin psicolgica, y de este modo se aprovecha y acumula. Solo una nacin de esta suerte elstica podr en su da y en su hora ser cargada prontamente de la electricidad histrica que proporciona los grandes triunfos y asegura las decisivas y salvadoras reacciones. No es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva, los de las otras. Cuando esto falta, pierde la clase o gremio, como ciertos enfermos de la mdula, la sensibilidad tctil: no siente en su periferia el contacto y la presin de las dems clases y gremios; llega consecuentemente a creer que slo ella existe, que ella es todo, que ella es un todo. Tal es el particularismo de clase, sntoma mucho ms grave de descomposicin que los movimientos de secesin tnica y territorial; porque, segn ya he dicho, las clases y gremios son partes en un sentido ms radical que los ncleos tnicos y polticos. Pues bien: la vida social espaola ofrece en nuestros das un extremado ejemplo de este atroz particularismo. Hoy es Espaa, ms bien .que una nacin, una serie de compartimientos estancos. Se dice que los polticos no se preocupan del resto del pas. Esto, que es verdad, es, sin embargo, injusto, porque parece atribuir exclusivamente a los polticos pareja despreocupacin. La verdad es que si para los polticos no existe el resto del pas, para el resto del pas existen mucho menos los polticos. Y qu acontece dentro de ese resto no poltico de la nacin? Es que el militar se preocupa del industrial, del intelectual, del agricultor, del obrero? y lo mismo debe decirse del aristcrata, del industrial o del obrero respecto alas dems clases sociales. Vive cada gremio hermticamente cerrado dentro de s mismo. No siente la menor curiosidad por lo que acaece en el recinto de los dems. Ruedan los unos sobre los otros como orbes estelares que se ignoran mutuamente. Polarizado cada cual en sus tpicos gremiales, no tiene ni noticia de los que rigen el alma del grupo vecino. Ideas, emociones, valores creados dentro de un ncleo profesional o de una clase, no trascienden lo ms mnimo a las restantes. El esfuerzo titnico que se ejerce en un punto del volumen social no es transmitido, ni obtiene repercusin unos metros ms all, y muere donde nace. Difcil ser imaginar una sociedad menos elstica que la nuestra; es decir, difcil ser imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad. Podemos decir de toda Espaa lo que Caldern deca de Madrid en una de sus comedias: Est una pared aqu de la otra ms distante que Valladolid de Gante. 7 EL CASO DEL GRUPO MILITAR

Para no seguir movindome entre frmulas generales y abstractas, intentar describir someramente un ejemplo concreto de compartimiento estanco: el que ofrece la clase profesional de los militares. Casi todo lo que de stos diga vale, con leves mudanzas, para los dems grupos y gremios. Despus de las guerras colonial e hispano-yanqui qued nuestro ejrcito profundamente deprimido, moralmente desarticulado; por decirlo as, disuelto en la gran masa nacional. Nadie se ocup de l ni siquiera para exigirle, en forma elevada, justiciera y competente, las debidas responsabilidades. Al mismo tiempo, la voluntad colectiva de Espaa, con rara e inconcebible unanimidad, adopt sumariamente, radicalmente, la inquebrantable resolucin de no volver a entrar en blicas empresas. Los militares mismos se sintieron en el fondo de su nima contaminados por esta decisin, y don Joaqun Costa, tomando una vez ms el rbano por las hojas, mand que se sellase el arca del Cid. He aqu un caso preciso en que resplandece la necesidad de interpretar dinmicamente la convivencia nacional, de comprender que slo la accin, la empresa, el proyecto de ejecutar un da grandes cosas son capaces de dar regulacin, estructura y cohesin al cuerpo colectivo. Un ejrcito no puede existir cuando se elimina de su horizonte la posibilidad de una guerra. La imagen, siquiera el fantasma de una contienda posible debe levantarse en los confines de la perspectiva y ejercer su mstica, espiritual gravitacin sobre el presente del ejrcito. La idea de que el til va a ser un da usado es necesaria para cuidarlo y mantenerlo a punto. Sin guerra posible no hay manera de moralizar un ejrcito, de sustentar en l la disciplina y tener alguna garanta de su eficacia. Comprendo las ideas de los antimilitaristas, aunque no las comparto. Enemigos de la guerra, piden la supresin de los ejrcitos. Tal actitud, errnea en su punto de partida, es lgica en sus consecuencias. Pero tener un ejrcito y no admitir la posibilidad de que acte es una contradiccin gravsima que, a despecho de insinceras palabras oficiales, han cometido en el secreto de sus corazones casi todos los espaoles desde 1900. La nica guerra que hubiera parecido concebible, la de independencia, era tan inverosmil, que prcticamente no influa en la conciencia pblica. Una vez resuelto que no habra guerras, era inevitable que las dems clases se desentendieran del Ejrcito, perdiendo toda sensibilidad para el mundo militar. Qued ste aislado, desnacionalizado, sin trabazn con el resto de la sociedad e interiormente disperso. La reciprocidad se haca inevitable; el grupo social que se siente desatendido reacciona automticamente con una secesin sentimental. En los individuos de nuestro Ejrcito germin una funesta suspicacia hacia polticos, intelectuales, obreros (la lista poda seguir y aun elevarse mucho); ferment en el grupo armado el resentimiento y la antipata respecto a las dems clases sociales, y su periferia gremial se fue haciendo cada vez ms hermtica, menos porosa al ambiente de la sociedad circundante. Entonces comienza el Ejrcito a vivir -en ideas, propsitos, sentimientos- del fondo de s mismo, sin recepcin ni canje de influencias ambientes. Se fue obliterando, cerrando sobre su propio corazn, dentro del cual quedaban en cultivo los grmenes particularistas11 Este esquema de la trayectoria psicolgica seguida por el alma del grupo militar espaol es muy posiblemente un puro error. Espero, sin embargo, que se vea en ella el leal ensayo que un extrao hace de entender el espritu de los militares. Permtaseme recordar que en una conferencia dada en abril de 1914, varios meses antes de la guerra mundial, habl ya de la desnacionalizacin del Ejrcito y anticip no poco de lo que, por desgracia, luego ha acontecido. Vase el folleto Vieja y nueva poltica. 1914. [Incluido en el libro Escritos polticos. coleccin El libro de bolsillo, nmero 500, Alianza Editorial, Madrid, 1974.] El sugestivo libro no hace mucho publicado por el conde de Romanones -acaso el ms inteligente de nuestros polticos- confirma con testimonio de mayor excepcin cuanto voy diciendo.

En 1909 una operacin colonial lleva a Marruecos parte de nuestro Ejrcito. El pueblo acude a las estaciones para impedir su partida, movido por la susodicha resolucin de pacifismo. No era lo que se llam operacin de polica empresa de tamao bastante para

templar el nimo de una milicia como la nuestra. Sin embargo, aquel reducido empeo bast para que despertase el espritu gremial de nuestro Ejrcito. Entonces volvi a formarse plenamente su conciencia de grupo, se concentr en s mismo, se uni consigo mismo; mas no por esto se reuni al resto de las clases sociales. Al contrario: la cohesin gremial se produjo en torno a aquellos sentimientos acerbos que antes he mentado. De todas suertes, Marruecos hizo del alma dispersa de nuestro Ejrcito un puo cerrado, moralmente dispuesto para el ataque 2.2 Que material y tcnicamente no estuviese ni est an dispuesto, es punto que nada tiene que ver con esta historia psicolgica que voy haciendo.

Desde aquel momento viene a ser el grupo militar una escopeta cargada que no tiene blanco a que disparar. Desarticulado de las dems clases nacionales -como stas, a su vez lo estn entre s-, sin respeto hacia ellas ni sentir su presin refrenadora, vive el Ejrcito en perpetua inquietud, queriendo gastar la espiritual plvora acumulada y sin hallar empresa congrua en que hacerlo. No era la inevitable consecuencia de todo este proceso que el Ejrcito cayese sobre la nacin misma y aspirase a conquistarla? Cmo evitar que su afn de campaas quedara reprimido y renunciase a tomar algn presidente del Consejo como si fuera una cota? l .1 (No olvide el lector que est leyendo unas pginas escritas y publicadas a principios de 1921!) [Nota agregada en la cuarta edicin, 1934.]

Todo tena que concluir en aquellas jornadas famosas de julio de 1917. En ellas, el Ejrcito perdi un instante por completo la conciencia de que era una parte, y slo una parte, del todo espaol. El particularismo que padece, como los dems gremios y clases, y de que no es ms responsable que lo somos todos los dems, le hizo sufrir el espejismo de creerse solo y todo. He aqu una historia que, mutatis mutandis, puede contarse de casi todos los trozos orgnicos de Espaa. Cada uno ha pasado por cierta hora en que, perdida la fe en la organizacin nacional y embotada su sensibilidad para los dems grupos fraternos, ha credo que su misin consista en imponer directamente su voluntad. Dicho de otra manera: todo particularismo conduce, por fin, inexorablemente, a la accin directa. 8. ACCION DIRECTA La psicologa del particularismo que he intentado delinear podra resumirse diciendo que el particularismo se presenta siempre que en una clase o gremio, por una u otra causa, se produce la ilusin intelectual de creer que las dems clases no existen como plenas realidades sociales o, cuando menos, que no merecen existir. Dicho aun ms simplemente: particularismo es aquel estado de espritu en que creemos no tener por qu contar con los dems. Unas veces por excesiva estimacin de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del prjimo, perdemos la nocin de nuestros propios lmites y comenzamos a sentimos como todos independientes. Contar con los dems supone percibir, si no nuestra subordinacin a ellos, por lo menos la mutua dependencia y coordinacin en que con ellos vivimos. Ahora bien: una nacin es, a la postre, una ingente comunidad de individuos y grupos que cuentan los unos con los otros. Este contar con el prjimo no implica necesariamente simpata hacia l. Luchar con alguien, no es una de las ms claras formas en que demostramos que existe para nosotros? Nada se parece tanto al abrazo como el combate cuerpo a cuerpo.

Pues bien: en estados normales de nacionalizacin, cuando una clase desea algo para s, trata de alcanzarlo buscando previamente un acuerdo con las dems. En lugar de proceder inmediatamente a la satisfaccin de su deseo, se cree obligada a obtenerlo al travs de la voluntad general. Hace, pues, seguir a su privada voluntad una larga ruta que pasa por las dems voluntades integrantes de la nacin y recibe de ellas la consagracin de la legalidad. Tal esfuerzo para convencer a los prjimos y obtener de ellos que acepten nuestra particular aspiracin es la accin legal. Esta funcin de contar con los dems tiene sus rganos peculiares: son las instituciones pblicas que estn tendidas entre individuos y grupos como resortes y muelles de la solidaridad nacional. Pero una clase atacada de particularismo se siente humillada cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a esas instituciones u rganos del contar con los dems. Quines son los dems para el particularista? En fin de cuentas, y tras uno u otro rodeo, nadie. De aqu la ntima repugnancia y humillacin que siente entre nosotros el militar, o el aristcrata, o el industrial, o el obrero cuando tiene que impetrar del Parlamento la satisfaccin de sus aspiraciones y necesidades. Esta repugnancia suele disfrazarse de desprecio hacia los polticos; pero un psiclogo atento no se deja desorientar por esta apariencia. Pica, a la verdad, en historia la unanimidad con que todas las clases espaolas ostentan su repugnancia hacia los polticos. Dirase que los polticos son los nicos espaoles que no cumplen con su deber ni gozan de las cualidades para su menester imprescindibles. Dirase que nuestra aristocracia, nuestra Universidad, nuestra industria, nuestro Ejrcito, nuestra ingeniera, son gremios maravillosamente bien dotados y que encuentran siempre anuladas sus virtudes y talentos por la intervencin fatal de los polticos. Si esto fuera verdad, cmo se explica que Espaa, pueblo de tan perfectos electores, se obstine en no sustituir a esos perversos elegidos? Hay aqu una insinceridad, una hipocresa. Poco ms o menos, ningn gremio nacional puede echar nada en cara a los dems. All se van unos y otros en ineptitud, falta de generosidad, incultura y ambiciones fantsticas. Los polticos actuales son fiel reflejo de los vicios tnicos de Espaa, y aun -a juicio de las personas ms reflexivas y clarividentes que conozco- son un punto menos malos que el resto de nuestra sociedad l. No niego que existan otras muy justificadas, pero la causa decisiva de la repugnancia que las dems clases sienten hacia el gremio poltico me parece ser que ste simboliza la necesidad en que est toda clase de contar con las dems. Por esto se odia al poltico ms que como gobernante como parlamentario. El Parlamento es el rgano de la convivencia nacional demostrativo de trato y acuerdo entre iguales. Ahora bien, esto es lo que en el secreto de las conciencias gremiales y de clase produce hoy irritacin y frenes: tener que contar con los dems, a quienes en el fondo se desprecia o se odia. La nica forma de actividad pblica que al presente, por debajo de palabras convencionales, satisface a cada clase, es la imposicin inmediata de su seera voluntad; en suma, la accin directa.1 Estos das asistimos a la catstrofe sobrevenida en la economa espaola por la torpeza y la inmoralidad de nuestros industriales y financieros. Por grandes que sean la incompetencia y desaprensin de los polticos, quin puede dudar que los banqueros, negociantes y productores les ganan el campeonato?

Este vocablo fue acuado para denominar cierta tctica de la clase obrera; pero, en rigor, habra que llamar as cuanto hoy se hace en asuntos pblicos. La intensidad y desnudez con que este carcter de accin directa se presenta depende slo de la fuerza material con que cada gremio cuente. Los obreros llegaron a la idea de semejante tctica por un lgico desarrollo de su actitud particularista. Insolidarios de la sociedad actual, consideran que las dems clases sociales no tienen derecho a existir por ser parasitarias, esto es, antisociales. Ellos, los obreros, son no una parte de la sociedad, sino el verdadero todo social, el nico que tiene

derecho a una legtima existencia poltica. Dueos de la realidad pblica, nadie puede impedirles que se apoderen directamente de lo que es suyo. La accin indirecta o parlamentarismo equivale a pactar con los usurpadores, es decir, con quienes no tienen legtima existencia social. Qutese a esto cuanto tiene de esquematismo conceptual propio de una teora l; tradzcase al lenguaje dif