LOS REINOS PERDIDOS DE ÁFRICA - · PDF fileLOS REINOS PERDIDOS DE ÁFRICA VIAJE...

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  • ALHENA LITERARIA

    L O S R EI N O S P ER D I D O S D E F R I CA

  • JEFFREY TAYLER

    LOS REINOS PERDIDOS

    DE FRICA

    VIAJE POR EL FRICA MUSULMANA EN CAMIN, AUTOBS, BARCO Y CAMELLO

    TRADUCCIN DE MARTA PINO MORENO

  • Ttulo original: The Lost Kingdoms of Africa

    2005 by Jeffrey Tayler de la traduccin, 2008 by Marta Pino Moreno

    de la ilustracin de cubierta, 2008 by Carlos R. Rosillo de esta edicin, 2008 by Alhena Media

    Director editorial: Francisco BargielaDirector de la coleccin: Juan de Sola Llovet

    Diseo: Juan BonamusaComposicin: Juan Ignacio Garca

    Impresin y encuadernacin: Grfi cas Viking, S.A.

    ISBN: 978-84-96434-05-9Depsito legal: B-3878-2008

    Publicado por:ALHENA MEDIA

    Balmes, 123, 4. 2. A08008 BarcelonaTel.: 934 518 437

    [email protected]

    Primera edicin: febrero de 2008

    Reservados todos los derechos. Ningn contenido de este libro podr ser reproducido,

    ni total ni parcialmente, sin la autorizacin previa y por escrito de los titulares del copyright.

  • A mi esposa, Tatiana

  • Harmatn (del tui haramata, derivacin del rabe haram, prohibido, maligno, maldito):

    viento seco del este que se origina en los yermos del Saha-ra y sopla durante das en frica central y occidental. Lle-na el cielo de un polvo marrn rojizo, reduce el sol a una esfera plida. Exacerba la sequa, resquebraja los troncos de los rboles, defolia la vegetacin, provoca que la aca-cia rezume goma arbiga. En los humanos, el harmatn puede agravar las enfermedades respiratorias, abrir fi suras en la piel y resecar los ojos y los labios. En determinadas condiciones, el harmatn contribuye a la propagacin de enfermedades que se transmiten a travs del polvo, como es el caso de algunas cepas letales de meningitis.

  • CONTENIDO

    PRLOGO: El desafo del Sahel . . . . . . . . . . . . . 13

    Mahamat de Yamena . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26Pari-vente . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 44La pista de Uadai . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53Abch . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75Desierto de dagas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 96Las armas de Faya Largeau . . . . . . . . . . . . . . . 117El sultn de Kanem . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145Los antagonistas del sultn . . . . . . . . . . . . . . . 157Miedo y fe en Maiduguri . . . . . . . . . . . . . . . . 175Regreso a Cano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 198El muyahid de Sokoto . . . . . . . . . . . . . . . . . . 213Tortura en Zinder . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225Grilletes de bronce en Ayoru . . . . . . . . . . . . . . 249Gao . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 261Navegando por el Nger hasta Tombuct . . . . . . . . 279La danza del desierto . . . . . . . . . . . . . . . . . . 298Los vientos amargos de Yen . . . . . . . . . . . . . . 316Muerte al sol . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 337Misre! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 344La costa de los esclavos . . . . . . . . . . . . . . . . . 352

    AGRADECIMIENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 365

  • 13

    PRLOGO

    EL DESAFO DEL SAHEL

    ERA JULIO DE 1997. Jadeante y aturdido por el calor, trep a la trrida cima de arenisca del monte Dala y vislumbr la ciudad nigeriana de Cano al resplandor de medioda. Desde el pie de la colina se extenda un laberinto de senderos zigzagueantes y chabolas de barro ilegales. Ms al sur se alzaba el minarete verde esmeralda de una gran mezquita amurallada; y detrs, a lo lejos, sobre los tejados de las casas de tierra, emergan almenas punzantes del tamao de un hombre, que semejaban dientes de tiburones descomunales, curvos y mortferos, aun-que estaban moldeadas en arcilla.

    Sarki, mi gua hausa, sealaba con los brazos la tierra que haba detrs de las casas: pardas llanuras ridas, moteadas de matorrales espinescentes y rboles nudosos, en una extensin de calima radiante sin sombras; un terreno tan seco y adusto como el desierto, pero sin el encanto de ste.

    El Sahel! declar Sarki. Al este est Chad, al norte Nger, y al oeste Mali.

    Chad, Nger, Mali tierras de hambruna y sequa, islam y guerrillas; en suma, reinos brbaros decolorados por el sol, don-de fl orecieron durante siglos reinos exticos que cayeron ante los sables de los rabes invasores y la artillera de los coloniza-dores europeos. Al llegar a la cumbre del monte Dala eso era cuanto saba, o crea saber, de aquellos pases, pero sus nombres, que evocaban pueblos forneos y vagos peligros, me conmovan e intrigaban. Hasta me planteaban cierta clase de desafo.

  • 14

    Sarki, cuyo nombre signifi ca rey en hausa, tena un aire majestuoso. A sus poco ms de cuarenta aos, ataviado con una larga tnica blanca y un turbante blanco crestado, con la piel tersa en las magras mejillas y la nariz aguilea reluciente como caoba aceitada, posea el semblante seorial de una au-toridad islmica. Al mirarlo, irrumpa en mi mente un torren-te de palabras poco comunes: jedive, dey, nabab, emir, ttulos legendarios de potentados rabes que slo conoca por los li-bros. Aunque musulmn, Sarki era negro, hablaba una lengua africana salpicada de prstamos rabes y era miembro de los hausas, pueblo del que apenas saba nada, excepto que se haba resistido a la infl uencia occidental durante el perodo colonial y postcolonial de Nigeria, y sus miembros se contaban entre los ms fervientes fundamentalistas islmicos, partidarios de la imposicin de la sharia, o ley islmica, en los estados sep-tentrionales del pas.

    El sudor me goteaba en los ojos mientras segua a Sarki desde la colina hacia el laberinto de la antigua Cano. El em-bate sobre mis sentidos ofuscados por el calor fue inmediato e implacable. Los leprosos con llagas purulentas y ojos amarillos se arremolinaban a mi alrededor, clavndome los muones en la cara y pidiendo limosna con voz quejumbrosa. Hordas de ni-os descalzos con delantales venan corriendo a tirarme de la camisa y gritaban Masta! Masta!, haciendo ruido con unas latas. Me estremec al ver a un hombre andrajoso que deambu-laba boquiabierto, con las mejillas horadadas por dientes que sobresalan en sentido horizontal. Desde las oscuras entraas de los talleres, a ambos lados del sendero, se oan martillazos estentreos y el estridente chirrido de los telares. Por las puer-tas abiertas de las escuelas islmicas resonaban cantos corni-cos tan ensordecedores como montonos. Mientras me abra paso entre la multitud, pegndome a Sarki sin comprender una

  • 15

    palabra de lo que me deca a gritos, inhalaba el aire denso de sudor y el hedor empalagoso de la arcilla hmeda y las cloacas; a menudo trastrabillaba, pues no consegua adaptar la vista a la alternancia de balsas ardientes de sol blanco y columnas de negra sombra proyectadas por las vigas que se extendan sobre los senderos. Tan slo quera escapar.

    Al salir de los senderos y dejar atrs a los mendigos, Sar-ki, que caminaba a sus anchas, departa en su grave ingls de fl exin rudimentaria sobre la historia de Cano, o, mejor dicho, sobre la leyenda del origen de Cano. El pueblo de Cano, como el resto de los hausas que residan en la zona norte de Ni-geria, mayoritariamente musulmana, no era africano en reali-dad, sostena l, sino que su linaje se remontaba a un renegado prncipe rabe de Bagdad, Bayayida, que vino aqu, mat una temible serpiente, se cas con la reina y engendr a los hijos que fundaran siete ciudades-estado hausas, de las cuales Cano sera la ms prominente. Esta leyenda conceda a los hausas un linaje emparentado con los progenitores del islam, religin que los hausas slo aceptaron a partir del siglo XV, despus de la conversin de su rey. Lo que es seguro es que la conversin del rey estrech vnculos con Arabia y los rabes norteafricanos que controlaban el comercio transahariano en el que prospera-ran Cano y los dems estados hausas. Tambin trajo el rabe, lengua en la que los hausas redactaron las crnicas histricas de sus ciudades y cuyo alfabeto adoptaron posteriormente para plasmar por escrito su propia lengua.

    Hablando con Sarki nunca habra adivinado que la Cano islmica perteneca al mismo pas que la ciudad de la que aca-baba de llegar, Lagos, un tugurio de chabolas de trece millones de habitantes, festivo pero violento, en su mayora cristiano, y notoriamente africano, construido en las cinagas paldicas y lagunas selvticas del Golfo de Guinea, a mil cien kilme-

  • 16

    tros hacia el suroeste. Dentro de las murallas de la antigua Cano el alcohol estaba prohibido y la delincuencia era poco comn. Los habitantes hausas de Cano, distantes y atavia-dos con tnicas verdes, blancas y azules, intercambiaban los protocolarios saludos rabes y se cruzaban con los nigerianos de tnicas ailes y con los comerciantes libios que estaban de paso. Prevaleca un espritu mercantil: los trabajadores cristia-nos (yorubas e igbos del sur) cargaban carros tirados por burros para intimidar a los dirigentes musulmanes, y haba gran bulli-cio comercial por todas partes. El barullo slo se interrumpa cuando el emir de Cano, o el dirigente islmico tradicional, apareca a caballo para pronunciar su sermn de los viernes en la mezquita central.

    La palabra del emir es nuestra ley deca Sarki. El gobierno federal debe obtener su aprobacin antes de inter-venir en Cano.

    Deambulamos por los caminos polvorientos en busca del aceite de len para cur