Leyendas. Gustavo Adolfo Bécquer

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  • LeyendasGustavo Adolfo Becquer

    Editorial Eras

  • Leyendas

    Gustavo Adolfo Bcquer

    Editorial Eras

  • Leyendas

    Gustavo Adolfo Bcquer

  • Editorial ErasDeposito Legal. MU 100/2013ISBN: 841234123456 Gustavo Adolfo BcquerPrimera Edicin 2013Diseo y Maquetacin: Jos Antonio Banegas Palazn

  • Prlogo

    Introduccin 1

    La creacin 31

    Maese Prez el Organista 39

    Los ojos verdes 49

    La ajorca de oro 55

    El caudillo de las manos rojas 61

    El rayo de luna 93

    Tres flechas 115

    El cristo de la calavera 129

    Al lector

    Sevilla, Gustavo Adolfo Bcquer y la mujer

  • Gustavo Adolfo Bcquer

    Prlogo de la primera edicin

    Confieso que he echado sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edicin est ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiracin unnime, y las pginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente trabaj en su dolorosa vida mi pobre amigo, slo aguardan estos oscuros renglones mos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor har vivir eternamente. Pstuma y nica recompensa que l puede dar al generoso desprendimiento de sus contemporneos y amigos! Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo de mis lgrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generacin entre la cual me agito, generacin que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta!

    Majestades de la tierra, artistas, ingenieros, empleados, polticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista que ante m tengo, habis depositado, desde la cantidad inesperada, por lo magnfica, hasta el bolo mo-desto, recibid por mi conducto un voto de gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no slo habis salvado del olvido las obras de Bcquer, sino que al borde de su tumba habis allegado el pan co-tidiano que libertar de la miseria a seres desvalidos.

  • Los encargados de llevar a cabo tal empresa, hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edicin los nombres de los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su insercin hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el xito de la recaudacin, publicar en tiempo oportuno, y en unin con los dems amigos que han llevado a trmino esta obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfaccin de todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Au-gusto Ferrn, inseparable amigo del malogrado Bcquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresin y dems tareas propias de estos difciles y dolorosos casos, ayudado del Sr. Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal amigo. Hasta aqu, lo que sus admira-dores han hecho para perpetuar la memoria del que se llam en el mundo Gustavo Adolfo Bcquer.

    Hablemos de l.Toda mi vida de poeta, todos los delirios, esperanzas, propsitos y realidades

    de mi juventud han quedado sin dilogo con su ltimo suspiro. Al extender la muer-te su fra mano sobre aquella cabeza juvenil, inteligente y soadora, mat un mundo de magnficas creaciones, de gigantescos planes, cuyo plido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afn era conseguir un ao de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le brind nun-ca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia materia la vigorosa energa de la salud. Cada escrito suyo representa o una necesidad material o el pago de una rece-ta. Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte fueron el crculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospech que a la tumba bajara con l y como l, inerte y sin vida, el magnfico legado de sus imaginaciones y fantasas, y entonces se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo ms deprisa, y slo pudo escribir la introduccin con que van encabe-zados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La Mujer de Piedra, que, adems de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no comn saber en las artes plsticas.

    Naci Bcquer en Sevilla el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el clebre pintor e inspirado intrprete de las costumbres sevillanas. A los cinco aos de edad qued hurfano de ste, empezando sus estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneci hasta los nueve aos, en que entr en el cole-gio de San Telmo para estudiar la carrera de nutica. A los nueve aos y medio viose hurfano de madre, y a los diez sali de dicho colegio por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo, persona regularmente acomo-dada, sin hijos ni parientes, por cuya razn le hubiera dejado sus bienes, a no haber l renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete aos y medio, con el objeto de

  • conquistar gloria y fortuna. Como si en el campo de las letras se hubiera nunca con-quistado en Espaa ambas cosas! Quera su madrina hacer de l un honrado comer-ciante; pero aquel nio, que haba aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida aficin a la lectura le haca encontrar horizontes ms anchos que el de la tenedura de libros, y que jams pudo sumar de memoria, slo encontraba aplausos para sus primeras poesas, lo cual le decidi a vivir de su trabajo, armonizndolo con la independencia de su carcter, y a venir a Madrid, como lo verific el ao 54, sin ms elementos que lo necesario para el viaje. Corra el ao 56, y entonces llegu tambin a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontr en el terreno de las letras. Mi carcter alegre y mi salud robusta fueron acogidos con simpa-ta por el soador enfermizo, y casi nios, se unieron nuestras dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sera enumerar las peripecias de la suya, montona en desdichas. El ao 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hall El Caudillo de las manos rojas, tradicin india, que se public en La Crnica, siendo reproducida, con la singularidad de creerse que el ttulo de tradicin era una errata de imprenta; pues todos los que la insertaron en Espaa o copiaron en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de traduccin india. Tan concienzudamente haba sido hecho el trabajo!

    Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Direccin de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categora de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle, por-que la cesanta de Gustavo en aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carcter soador y distrado.

    Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y el Director quiso por s mismo ave-riguar la idoneidad y el nmero de los empleados, visitando para ello todos los depar-tamentos.

    Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba, o bien lea alguna escena de Shakes-peare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entr en su negociado, hallbase l entregado a sus lucubraciones. Como sus dibujos eran admira-bles, ya se haban hecho casos de atencin para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguan con la vista aquella mano segura y firme, que saba con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas. El Direc-tor se uni al grupo, y despus de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, pregunt a Gustavo, que segua dibujando:

    -Y qu es eso?Gustavo, sin volverse y sealando sus muecos, respondi: -Psch!... sta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este to es un sepulture-

    ro... Ms all...

  • En esto observ Gustavo que todo el mundo se haba puesto de pie y que el silencio era general. Volvi lentamente el rostro, y...

    -Aqu tiene usted uno que sobra! -exclam el Director.Efectivamente Gustavo fue declarado cesante en el mismo da.Excuso decir que l se puso muy alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la

    repugnancia que le inspiraba el destino, lo acept por no hacer un desaire al amigo que se lo haba proporcionado.

    Habase propuesto Gustavo no mezclarse en poltica y vivir slo de sus artculos literarios, cosa imposible en Espaa, por lo escaso de la retribucin y lo raro de la de-manda; as es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos. De este gnero son las pinturas al fresco que deben de existir en el palacio de los seores maqueses de Remisa, cosa que ignorar el propietario, pues encarg la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.

    Fundose despus El Contemporneo, y al brindarme con una plaza en su re-daccin el fundador y mi amigo D. Jos Luis Albareda, consegu que tambin entrase a formar parte de ella el autor de este libro. Entonces escribi la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron admiracin grande en los crculos literarios de Espaa.

    Para Gustavo, que slo hallaba la atmsfera de su alma en medio del arte, no exista la poltica de menudeo, tan del gusto de los modernos espaoles. Su corazn de artista, amamantado en la insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales gticas, calados ajimeces y vidrios de colores, viva a sus anchas en el campo de la tradicin; y encontrndose a gusto en una civilizacin completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas artstico-polticas y su miedo al vulgo ignorante le hacan mirar con predileccin marcada todo lo aristocrtico e histrico, sin que por esto se negara su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la poca en que viva. Indolente, ade-ms, para las cosas pequeas, y siendo los partidos de su pas una de estas cosas, figur en aqul donde tena ms amigos y en que ms le hablaban de cuadros, de poesas, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho ms positivas hubieran sido sus ventajas y ms doradas las cintas de su atad. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carcter noble para la adulacin o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energa. Gustavo no poda hacer gran papel entre las revueltas, dis-tingos, escndalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarsimos ejemplos, forman la mayora de los afortunados en poltica, con relacin a los bienes materiales; y hecho fiscal de novelas, desempe su destino lo mejor que pudo, haciendo dimi-sin tan luego como cay del poder la persona que haba firmado su nombramiento,

  • el excelentsimo Sr. D. Luis Gonzlez Bravo, artista como pocos y apreciador sincero y leal del mrito de Gustavo.

    El ao 62, su hermano Valeriano, clebre ya en Sevilla por sus producciones pic-tricas, vino a reunirse y a vivir con l, como en los aos de su niez trabajosa. Des-pus de graves disgustos domsticos que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensin, que devolva en magnficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenz a prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros pasos de su vida. Volvieron los mprobos traba-jos de los primeros das, el malestar de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tena que habrselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustracin de Madrid, el otro traduca novelas insulsas o es-criba artculos originales, como el de Las hojas secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas concepciones, para verlas realizadas cuando la pe-rentoria necesidad del da no fuese precipitado final de sus ensueos.

    Una de las formas que ms complacen a la Desgracia, entre el sinnmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad. Como el tigre con su presa, parece jugar con sus vctimas; y cuando el golpear de sus fatales hbitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y siempre acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso an en su morada, que los sue-os color de rosa acaricien tmidas fantasas; y cuando ya el mortal, objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su garra certera y pone fin con un tor-mento inesperado e irremediable a todas las agonas, helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida.

    Esto aconteci en la morada de los hermanos Bcquer. Cuando ya haban con-seguido unificando esfuerzos, organizar modesta manera de vivir ; cuando un porvenir artstico e independiente les sonrea; cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitacin del destajista; cuando ya se poda retratar a un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano ti de luto el alma de sus amigos y contamin con su fro el corazn de Gustavo, sindole tanto ms sensible el golpe, cuanto ms refractario era aquel espritu ideal a la seca verdad del no ser.

    Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto haba de destruirse la dbil materia que, a duras penas la haba contenido. El 23 de Septiembre del ao 70 dej de existir Valeriano. El 22 de Diciembre del mismo ao exhal Gustavo su ltimo suspiro.

    Extraa enfermedad y extraa manera de morir fue aqulla! Sin ningn sntoma preciso, lo que se diagnostic pulmona, convirtiose en hepatitis, tornndose a juicio de otros en pericarditis; y entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con

  • su ingnita bondad, segua prestndose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y murindose poco a poco.

    Lleg por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trmulos las palabras TODO MORTAL!... vol a su Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artsticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado tra-to las mayores capacidades literarias de mi poca, no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.

    Aunque, como se ver despus en el rpido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carcter del genio para que se le seale un puesto en-tre nuestros escritores y poetas, los que le conocamos admirbamos a Gustavo, ms por lo que esperbamos de l que por lo que haba hecho. Puede decirse que todo lo que concibi est escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de peridicos o bajo el influjo de pre-miosos instantes. Esto mismo, que ve la luz pblica tal cual lo hemos hallado, no pensa-ba l publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente, porque lo haba escrito deprisa y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecan malos.

    En cada punto de Espaa que haba visitado durante su vida artstica, haba le-vantado su fantasa poderosa, unida a su nada comn saber, un mundo de tradiciones y de historia, slo con ver brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripcin borrosa en oscuro rincn de arruinada abada. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correras por las provincias de vila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivi un ao, y en donde estuvo tres das veinte antes de morir. Para l Toledo era sitio adorado de su inspiracin; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por dems extrao.

    Una magnfica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su queri-da ciudad, baada por la fantstica luz del tibio astro. Armado el pintor de lpices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregronse horas enteras a su charla artstica, que puede el lector apreciar cun in-teresante e instructiva sera leyendo los artculos sobre el Arte rabe en Toledo, La baslica de Santa Leocadia y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnfica obra que con el ttulo de Historia de los Templos de Espaa, comenz a publicarse en Madrid por los aos 57 y 58, bajo su direccin y propiedad; obra gran-diosa, imaginada por l, y que, a haberse continuado, sera la mejor y ms a propsito para hacer la crnica filosfica, artstica y poltica de nuestra patria.

    Hallbanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos das, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos. Algo oyeron de bsides, de pechinas, de ojivas y otros trminos a la cual ms sospecho-sos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el gnero plateresco de Berruguete y

  • Juan Gas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desalio de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomtica seguridad que tiene la polica de Espaa para engaarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos noctur-nos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron stos a continuar sus escarceos artsticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la crcel de Toledo. Tambin el gobernador deba aguardar por aquellas cercanas la visita de te-midos conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra.

    Supimos todo esto en la redaccin de El Contemporneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo; toda llena de dibujos representando los detalles de la pasin y muerte probable de ambos justos. La redaccin en masa escribi a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y salvos los presos parodiando ante nosotros con palabras y lpices las famosas prisiones de Silvio Pellico. Quin en aquellos ojos brillantes, risas estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo que era expresin de cualquier arte, hubiera podido predecir estril e inoportuna muerte?

    Tal fue la vida de Gustavo. Dir algo sobre sus costumbres y carcter antes de hablar del escritor, porque esto que llamar prlogo va hacindose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarn. Parceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosera de lenguaje mos, sus nervios artsticos se crispan y su voz cariosa me rie, como otras veces, por mis innumerables descuidos y mi pri-sa en entregarme a la pereza.

    Gustavo era un ngel. Hay dos escritores a quienes en la vida he odo hablar mal de nadie. El uno era Bcquer, el otro es Miguel de los Santos lvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, l lo defenda con poderosos argumentos; si la crtica era justa, un aluvin de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasi-va y dulce cubra con un manto de espontnea caridad al destrozado ausente. Alguna vez escribi crticas. No hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misin las haca de encargo, a cada lnea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte, y la mansedumbre de su buen corazn. Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, slo hallar en l lo que escribi sin remordimientos de su bondad.

    La fecundidad e inventiva de Gustavo eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudic a la importancia de sus escritos. Su manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metdica y precisa, tanto, que a sus imaginaciones slo faltaba un taqugra-fo; pero encariado con ellas y no querindolas escribir con la precipitacin del oficio, sino con el reposo del artista, balas dejando para cuando pudiera conseguirlo.

  • A fin de poseer el sustento, escribi mucho y en gneros diferentes, como zar-zuelas, traducciones, artculos polticos y de crtica, un tomo sobre Los Templos de Espaa, y tena meditadas y bosquejadas, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos ttulos slo revelan facultades extraordinarias.

    Para el teatro tena concebidas, sin que faltara el ms pequeo detalle, las obras siguientes: El cuarto poder, comedia. -Los hermanos del dolor, drama. -El duelo, come-dia. -El ridculo, drama. -Marta, poema dramtico; -Humo!, dem.

    Entre las novelas encuentro en sus apuntes los ttulos que siguen: Vivir o no vivir. -El ltimo valiente y El ltimo cantador, de costumbres andaluzas. -Herrera. -Creps-culos. -La conquista de Sevilla.

    En fantasas y caprichos, los que siguen: El rapto de Ganimedes, bufonada. -La vida de los muertos, leyenda fantstica. -La Diana india, estudio de la Amrica. -La amante del sol, estudio griego. -La Bayadera, estudio indio. -Luz y nieve, estudio de las regiones polares.

    Tena perfectamente ideadas las siguientes leyendas toledanas: El Cristo de la Vega, pintando un judo. -La fe salva. -La fundadora de conventos. -El hombre de palo, estudio sobre Juanelo. -La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado. -La sal-ve. -Los ngeles msicos. -La locura del genio, estudio sobre el Greco. -La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbn.

    Lo primero que pensaba escribir a conciencia, segn deca, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones.

    Adems tena proyectadas y hasta versos hechos, de las siguientes poesas, que cada una haba de formar un libro, a saber: La oracin de los reyes. -Los mrtires del genio, poemas sobre los dolores de los hombres famosos. -Las tumbas, obra artstica y potica; meditaciones sobre las sepulturas clebres. -Un mundo, poema sobre el des-cubrimiento de las Amricas; y otros ttulos y otros planes que la muerte ha encerrado con l en la tumba y cuya historia se haya escrita brevemente en el magnfico prlogo, original suyo, que a ste mo sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que slo faltaba un poco de actividad sosega-da para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro.

    Todas las obras que contienen estos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse ms tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que haba de describir o ser objeto de su inspiracin; y era de ver los primores de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que sala de su mano sin ir llena de copias de lo que vea o caricaturas admirables sobre lo que narraba.

    Ni de su triste vida, ni de sus dolores fsicos, quejbase nunca ni maldeca jams. Mudo cuando era desgraciado, slo tena voz para expresar un momento de alegra. Cuando refera contrarios sucesos de su vida, lo haca entre burlas o poetizando ale-

  • gre y simpticamente la desgracia. As es que cuando le sus Rimas me afectaron pro-fundamente. La nica vez que exhalaba quejas lo haca en verso, y era que en aquella naturaleza artstica, hasta el grito del dolor haba de escucharse sin vulgaridad, y seme-jante a los gladiadores antiguos que dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, l no dejaba ver su lacerado espritu, sino envuelto entre las elegantes formas del plasti-cismo sevillano, pura y rgida escuela a que slo ha faltado ser ms subjetiva y franca para ser perfecta.

    Tal era el hombre. Ocupmonos por fin del escritor y del poeta.Llegado a este punto, preciso es que abandone el alto criterio que las deslum-

    bradoras facultades de Gustavo y la especialidad de su trato haban engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza, forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno de nuestra literatura.

    Sin entrar todava en el campo de las relaciones, basta abrir esta obra por cual-quiera de sus pginas para sentir en el mismo instante el nimo agradablemente sor-prendido, encontrndole fuera de esa atmsfera de lo vulgar, que tantos se afanan por romper, domeando, sobre todo en Espaa, la dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analtico del sentir moderno. Aunque Gustavo, cuando escriba en reposo, jams olvidaba que su cuna literaria se haba mecido en la patria de Herrera, Rioja, Mrmol y Lista, como quiera que es un escritor eminentemente subjetivo, jams deben desligar-se en el anlisis para su crtica la forma y la idea, duea casi siempre sta de aqulla, la una dictando, obedeciendo la otra. En el fondo de sus escritos hay lo que podra lla-marse realismo ideal, nico realismo posible en artes, si no han de ser mera imitacin de la naturaleza o anacronismo literario y han de llevar el sello de algo, creado por el artista. Sorprende a veces su semejanza con ciertos autores alemanes, a quienes no haba ledo hasta hace muy poco, y a los que se parece, porque sus producciones estn pensadas y escritas con la razn y la imaginacin, que son en aqullos inseparables y como dos buenas hermanas entre las que no hay secretos ni odios, reinando siempre armona inalterable, producto del largo uso de la libertad de conciencia. Vese en Gus-tavo dominar siempre la idea a la forma, por ms que sta sea brillante y riqusima y oculte en apariencia a aqulla primorosamente; pues artista verdadero, es decir, hom-bre de sentimiento que atisba y oye repetirse dentro de su ser en mil ecos cualquier sensacin externa, sabe permanecer siempre dentro del arte, o sease de lo bello, de lo bueno, de lo simptico, de lo sublime que casi todos fantaseamos aunque necesitemos las ms de las veces que alguien, el genio, nos lo ensee y explique para comprender-lo y precisarlo. Como todos los autores de estima, es Gustavo revolucionario, es decir, innovador y creador, amante de la verdad. En sus escritos tiende ms a conmover que a ensear ; porque el tiempo y la razn a l y a aqullos han demostrado que desper-tar los sentimientos que duermen en el fondo del alma es dar a los hombres la mejor

  • enseanza, llevndolos por el camino de lo bello (en cualquier sentimiento fingido no hay belleza), a cuyo trmino est la nica moral, la moral subjetiva, por decirlo as, la que se desprende de todas las sensaciones que han agitado una vida. Todo hombre que siente, esto es, que puede conmoverse profundamente, est en vas de perfeccio-narse y de llegar a la verdadera moral; la moral, que a mi juicio es la vida de la idea, la Oda del cuerpo y del alma que viven en paz y armona.

    S: Gustavo es revolucionario; porque, como los pocos que en las letras se dis-tinguen por su originalidad y verdadero mrito, antes que escritor es artista, y por eso siente lo que dice mucho ms de lo que expresa, sabiendo hacerlo sentir a los dems. Es revolucionario, como los alemanes, pero no por imitacin, sino dentro de la espon-taneidad y del arte cuyos lmites, por muy dilatados que sean, no se pueden traspasar impunemente, aunque s ensancharlos, siempre que la imaginacin y la razn, la idea y la forma vayan unidas, sin separarse un pice una de otra. He aqu por qu se pare-ce a los alemanes, porque llega a esos lmites, y sabe y tiene poder para agrandarlos, lo cual consiguen muy pocos. Sus leyendas, que pueden competir con los cuentos ds Hoffmann y de Grimm, y con las baladas de Rckert y de Uhland, por muy fantsticas que sean, por muy imaginarias que parezcan, entraan siempre un fondo tal de verdad, una idea tan real, que en medio de su forma y contextura extraordinarias, aparece espontneamente un hecho que ha sucedido o puede suceder sin dificultad alguna, a poco que se analicen la situacin de los personajes, el tiempo en que se agitan o las circunstancias que les rodean. No son una idea filosfica que oculta tal o cual cosa y que quiere decir esto o lo otro; no: contienen una realidad que, para grabarse ms profundamente en el corazn, hiere primero la fantasa con deslumbradoras aparien-cias, y, disipadas stas, queda espontnea, fuerte y erguida. De la verdad ha de brotar la filosofa, y no de sta ha de resultar aqulla. Tal sucede en las leyendas, en los artculos y, sobre todo, en sus magnficas Cartas, modelos de buen decir, verdaderas obras maes-tras de fecundia y de lenguaje. El rayo de luna, Los ojos verdes, qu son sino cuadros fantsticos en que tal vez la locura de un hombre hace brillar una idea para todos real y visible? Aquel contorno de mujer que dibuja la luna, al atravesar las inquietas ramas de los rboles; aquel hada de ojos verdes que habita en el fondo del lago qu repre-sentan sino la mujer ideal, pura, que inspira el amor de los amores, el amor que todo corazn noble desea y siente, amor interno, duradero, que jams se encuentra en la tierra? Qu significa aquel Miserere magnfico de las montaas, que va a escuchar un msico extrao, y al que pone notas tan extraas como l, sino ese anhelar del artista, ese luchar sin reposo con la forma, esa desesperacin eterna por hallar digno ropaje, lnea precisa, color verdadero, palabra oportuna y nota adecuada al mundo increado de su alma, a los hijos brillantes de su fantasa? Qu nos ensea aquel viejo rgano de Maese Prez, que nadie puede hacer sonar delante de Dios y del mundo, a no ser su propio espritu, sino la imposibilidad de las escuelas, ese arte de las serviles imitaciones,

  • en que no deben suceder falsos Rafaeles, Ticianos y Velzquez a los que as se llamaron en la tierra, a menos que Dios no haga el milagro de permitir bajar del cielo el nima que le entregaron con el ltimo estertor de la agona?

    Y si, teniendo presente que se publican sus obras despus de muerto el autor y sin la menor enmienda, examinamos el estilo, la propiedad, el profundo conocimiento de pocas lejanas y de costumbres ya idas, no podremos menos de admirar consorcio tan sorprendente entre la espontaneidad y el estudio, entre lo fantstico y lo real.

    Otra de las particularidades de Gustavo, la ms esencial a mi juicio, la que ms claramente revela su genio noble y elevado, es que personalmente siente y manifiesta sus particulares sensaciones, resultando, y as debe de ser, que aqullas son compren-sibles para todos, porque las experimenta ni ms ni menos que como cualquier otro, si bien revela la manera de percibirlas bajo una forma potica, a fin de despertar esos mismos sentimientos en los dems. Sus pasiones, sus alegras, sus aspiraciones, sus do-lores, sus esperanzas sus desengaos, son espontneos, e ingenuos, y semejantes a los que lleva en s todo corazn, por insensible que sea. Esta particularidad se revela en sus poesas con ms fuerza que en sus otros escritos. No finge nunca, dndole propor-ciones estticas que al pronto la hacen parecer grande, una pasin exagerada; atento siempre a la verdad dentro del arte, habla segn siente, y teniendo el don de sentir lo que impresiona a la colectividad, don tan slo concedido al genio, apodrase de todos los corazones, que admranse de ver a otro sorprender sus secretos y decir cuanto les conmueve, impresin que cada cual crea exclusivamente suya.

    Por qu esta poesa subjetiva ha brillado tan poco en Espaa, y cuando tal ha sucedido se ha verificado dentro de una excepcin del sentimiento humano?

    No creo tanto en la influencia de las razas como en la de las religiones, que, ge-nerando las costumbres, preparan una poltica, una literatura, un arte general dados, los cuales llegan a ser medios en que se desarrollan fatalmente las inteligencias.

    Asombra contemplar lo que pudo ser la nacin espaola inmediatamente des-pus de la conquista de Granada y al advenimiento de Carlos V. Era tanto el empuje de la anterior civilizacin, nacida entre la fe y la guerra, entre el amor y el odio, que puede afirmarse la imposibilidad de encontrar, en igual perodo de tiempo y circunstancias, pueblo que hubiese adelantado ms terreno en ciencias y en artes.

    Aparece primero la poesa annima y heroica; inmediatamente la mstica y di-dctica, de Berceo y Alonso el Sabio, con la cual la prosa castellana, abandonando su hermosa cuna del Lacio, declrase libre de la anterior tutela, hermoseada y rejuveneci-da por la literatura provenzal y arbiga. El pueblo que antes que ningn otro de Europa adquira derechos y municipios, cre una forma exclusivamente suya, cantando la gloria de sus hroes, la religin que le animaba y el amor que le enardeca, en un metro que no tiene semejante en otro idioma.

  • El prncipe Juan Manuel burlbase de las pretensiones de los frailes y de la alqui-mia de su to Alonso el Sabio; el arcipreste de Hita dejbase inspirar, ya por Epicuro, ya por Cristo; la Danza de la Muerte rivalizaba con todas las composiciones de su gnero en ttrica fantasa, y Pedro Lpez de Ayala llevaba a la poesa la poltica.

    El arte subjetivo, aunque materialista, de la literatura rabe, encontraba eco en Jorge Manrique; los libros de caballeras no agotaban riqusimas imaginaciones, y las crnicas y los crepsculos del teatro, y la arquitectura y las ciencias, y el ingenio huma-no en todas sus manifestaciones, con un carcter eminentemente nacional, reciban, entre la tolerancia de cultos y las libertades de los pueblos, el influjo de todo lo bello, de todo lo grande y de todo lo til.

    La poesa subjetiva no haba brotado an, porque no era tiempo, pues ocupados los poetas en ensalzar a sus hroes, en adorar a sus santos, aliados fieles en guerras contra agarenos, y en reconquistar para la religin y la patria antiguas el terreno arre-batado, no haban abandonado todava el campo de batalla, la pltica en la asediada tienda de combate, ni el rezo a favor de la victoria entre las arcadas del templo, para sustituir el mundo exterior, que les embargaba, con la contemplacin de s mismos, al contacto de una sociedad tranquila y adecuada a la reflexin y al examen.

    Lleg por fin el momento de reposo; y como si la Providencia, que vela por el equilibrio de las leyes materiales, temiese que tanta fuerza moral acumulada desnive-lase el mundo, abri las playas apartadas, con objeto de librar a Europa de la peligro-sa energa de los espaoles, y sent en su trono un rey, emperador de lejanos pases, precedindole en el gobierno un monje de carcter tan elevado y firme, como hbil y fantico.

    Al mismo tiempo que las Amricas se descubran, la Inquisicin, oponindose a la reforma y consiguiendo brillantemente alejarla de Espaa, comenz a pesar sobre todas las inteligencias, y sin su permiso, ni poda la fantasa crear, ni inquirir el alma hu-mana.

    Sintiose el hombre posesor de un espritu peligroso, y apartando la vista de este enemigo interno, que poda rodear su cuerpo de las horribles llamas del Santo Oficio, suprimi su personalidad en todas las concepciones de su inteligencia, y semejante a tmidas aves que vuelan rastreando o se pierden tras las nubes, la hipocresa de la for-ma ocult los sentimientos, o el misticismo fue el espacio a que se remont sereno el espritu, sin que por ello lograra escapar a persecuciones inesperadas:

    Todos los escritores y poetas subjetivos castellanos, Santa Teresa, Fr. Luis de Len, San Juan de la Cruz, Juan de vila, Fr. Luis de Granada, a pesar de haber sido despus canonizados, tuvieron que humillar sus puras frentes y anublar sus radiantes inteligen-cias ante las negras sotanas de los inquisidores.

  • Si esto pasaba a los que eran poeta-santos, qu suplicio no hubiera encontrado el simple poeta terrenal, exponiendo su alma desnuda a la zarpa de la Inquisicin o al anatema de los conventos?

    Derruida, por otra parte, la estructura nacional poltica en los campos de Villalar, la forma tradicional potica y artstica perturbose tambin con influencias extraas; pero era tal el empuje recibido y tan peculiar y genrico nuestro carcter propio, que no bastaron a destruirle tan instantneos y rpidos contratiempos.

    Desapareci el anlisis de la verdad, es cierto, en todo el territorio de Espaa; pero no la fantasa ni la riqusima vena de los espaoles.

    Perseguido el pensamiento, no muri entre las manos que le apretaban, sino que, amoldndose, como cuerpo fluido e impalpable, a la forma de la materia que le oprima, se escapaba ufano por todas las aberturas.

    El poeta que amaba haca responsables de sus delirios a pastores y hroes de la Mitologa, y los grandes alientos, las dudas del alma, los placeres de la tierra encontra-ron hombres sin existencia real, mundo ficticio en que desarrollarse, dentro de nuestro inmortal teatro, donde parece que sus grandes genios se vengaron de la tirana social que les oprima, encerrando todos los preceptos bajo llave y creando con la anarqua dramtica el moderno romanticismo, que no es ms que la libertad de pensamiento en artes.

    Pero, entretanto, la poesa lrica, esencialmente subjetiva, desarrollbase dentro de los estrechos lmites de la forma, acortando su vuelo a medida que se perfecciona-ba, y manteniendo su existencia, bien invadiendo el teatro, bien ensalzando a las veces triunfos compatibles con la religin y la patria.

    Slo Rioja, ese gran genio de la escuela sevillana, abre su alma a la verdad, y en aquella magnfica turquesa de su estilo funde sus cantares, ya anonadando cortesanos aduladores, ya vertiendo lgrimas ante los estragos del tiempo, ya cantando las flores hermosas, tan puras como su alma, que se transparenta siempre a travs de sus poe-sas.

    Pero no todos tenan la rigidez de su espritu, y ya la forma haba dado de s cuanto pudiera. Los retrucanos, la mitologa, los diferentes metros, los idiomas afines al castellano, todo se haba agotado. No haba ms remedio que lanzarse en el terreno de la idea y de la verdad, cuya puerta vigilaba la Inquisicin, o introducir la anarqua del despecho en el campo de las formas.

    Gngora, Luzbel de nuestra literatura, lanzando por la tradicin del cielo de la libertad y queriendo progresar dentro de lo limitado y finito, introdujo el estilo culte-rano.

    La Inquisicin mat la espontaneidad y el anlisis. El orgullo quebr el cincelado vaso de obligados pensamientos.

  • Qued nicamente la stira, revoloteando ya alegre y licenciosa, ya altiva y so-berbia, sobre la frente del profundo Quevedo, a quien no vali su astucia para pensar libremente en una mazmorra.

    Imper la teocracia, y un idiota fue su ltima vctima y su ejemplar producto. No lleg a Espaa la libertad del pensamiento; pero s, con el nieto de Luis XIV, el principio de autoridad literario, y Moratn reglament de nuevo el arte, severamente conserva-do por la escuela sevillana.

    Tras la revolucin francesa operose la revolucin del mundo, y Quintana levan-t su poderoso astro entre himnos a la libertad y severas justicias de los tiranos. Con la invasin volvi Espaa a pelear para verse independiente, y una vez triunfante, no quiso volver a dormir el narctico sueo de tres siglos. Las artes resucitaron, el teatro volvi a levantarse, y la poesa lrica, tan perfecta en la forma como en otros das, tuvo por sacerdotes de su culto hombres libres.

    Mientras Zorrilla nos refiere imperecederas tradiciones, Espronceda nos habla de s mismo y del alma humana, y con l esa poesa subjetiva, producto de la libertad del pensamiento, toma carcter de naturaleza entre nosotros, demasiado apegados an a la admiracin de tiempos que pasaron, hasta el punto de que hombres casi de-magogos son perfectos reaccionarios en cuanto hablan en verso.

    No quiero por esto decir que la poesa lrica ha de ser poltica. Lbreme Dios de verla por este camino! Pero cuando lo sea, debe representar su tiempo, como las obras que forman el glorioso catlogo de nuestro Parnaso.

    Creo haber probado lo bastante que, lejos de ser la poesa esencialmente subje-tiva imitacin de extranjeros lricos, es resultado natural de la moderna civilizacin, por lo cual comienza hoy a nacer en Espaa, ms atrasada en todo que otros pases.

    A consecuencia de lo apuntado, y volviendo a ocuparme de las poesas de Bcquer, dir que, aunque hay un gran poeta alemn, Enrique Heine, a quien puede creerse ha imitado Gustavo, esto no es cierto, si bien entre ambos existe mucha se-mejanza.

    Heine, ms independiente, es, sin embargo, menos artista que Gustavo, y el de-seo de ser original lo arrastra a veces ms all de lo verdadero, siendo excntrico y es-cptico, no porque l realmente lo sea, sino porque cree singularizarse de este modo, sin notar que abandonando la verdad, huye del arte, que es la unidad, de la que nadie se separa impunemente. En su poema Germania, en su libro de Lzaro, hay pruebas de lo que digo, si bien, por fortuna, estn escondidas entre multitud de bellezas de pri-mer orden. Otro autor a quien Gustavo se asemeja es Alfred de Musset. Nada tiene de extrao, pues como l educose en el clasicismo. Sin embargo, es menos mundano y ardiente que el inspirado poeta de las Cuatro noches.

  • Las rimas de Gustavo, en que a propsito parece huir de la ilusin del conso-nante y del metro, para no herir el nimo del lector ms que con la importancia de la idea, son, a mi ver, de un valor inapreciable en nuestra literatura.

    Generalmente las poesas son cortas, no por mtodo o por imitacin, sino por-que para expresar cualquier pasin o una de sus fases, no se necesitan muchas pa-labras. Una reflexin, un dolor, una alegra, pueden concebirse y sentirse lentamente; pero se han de expresar con rapidez, si se quiere herir en los dems la fibra que res-ponde al mismo efecto. De aqu la explicacin de esas composiciones cortas, que han nacido modernamente en Alemania donde todos los grandes poetas las han cultivado, Gthe, Schiller, Heine y otros han escrito multitud de lieder (lied, cancin), que cons-tituyen la actual poesa lrica alemana.

    En Espaa, aunque inculto, existe hace tiempo ese gnero, como lo prueban la infinidad de nuestros cantares populares, en que no se sabe qu admirar ms, si lo pro-fundo de los sentimientos y reflexiones, o la concisin y naturalidad del estilo.

    Todas las rimas de Gustavo forman, como el Intermezzo de Heine, un poema, ms ancho y completo que aqul, en que se encierra la vida de un poeta. Son, prime-ro las aspiraciones de un corazn ardiente, que busca en el arte la realizacin de sus deseos, dudando de su destino, como cuando exclama:

    Saeta que voladora

    cruza, arrojada al azar,

    sin adivinarse dnde

    temblando se clavar;

    gigante ola que el viento

    riza y empuja en el mar,

    y rueda y pasa y se ignora

    qu playa buscando va.

    Sintese poeta, y dice:

    Espritu sin nombre,

    indefinible esencia,

    yo vivo con la vida

    sin formas de la idea.

  • Yo ondulo con los tomosdel humo que se eleva,y al cielo lento subeen espiral inmensa.Yo, en los dorados hilosque los insectos cuelgan,me mezco entre los rbolesen la ardorosa siesta.

    Yo, en fin, soy ese espritu,desconocida esencia,perfume misteriosode que es vaso el poeta.

    No encontrando realizada su ilusin en la gloria, vulvese espontneamente ha-cia el amor, realismo del arte, y se entrega a l y goza un momento, y sufre y llora, y desespera largos das, porque es condicin humana, indiscutible como un hecho con-sumado, que el goce menor se paga aqu con los sufrimientos ms atroces. Annciase esta nueva fase en la vida del poeta con la magnfica composicin que, no s por qu, me recuerda la atrevida manera de decir del Dante:

    Los invisibles tomos del aireen derredor palpitan y se inflaman...

    mis prpados se cierran... Qu sucede?-Es el amor que pasa!Sigue luego desenvolvindose el tema de una pasin profunda, tan sencilla como

    espontnea.Una mujer hermosa, tan naturalmente hermosa queElla tiene la luz, tiene l perfume,el color y la lnea,a forma, engendradora de deseos,la expresin, fuente eterna de poesa,conmueve y fija el corazn del poeta que se abre al amor, olvidndose de cuan-

    to le rodea. La pasin es desde su principio inmensa, avasalladora y con razn, puesto que se ve correspondida, o al menos, parece satisfecha del objeto que la inspira: una mujer hermosa, aunque sin otra buena cualidad, porque es ingrata y estpida. Tarde lo

  • conoce, cuando ya se siente engaado y descubre, dentro de un pecho tan fino y sua-ve, un corazn nido de sierpes, en el cual no hay una fibra que al amor responda! Aqu, en medio de sus dolores, llega el poeta a la desesperacin; pero cuando sta le lleva ya al punto en que se pierde toda esperanza, l se detiene espontneamente, medita en silencio, y aceptando por ltimo su parte de dolor en el dolor comn, prosigue su camino, triste, profundamente herido, pero resignado; con el corazn hecho pedazos, pero con los ojos fijos en algo que se le revela como reminiscencia del arte, a cuyo impulso brotaron sus sentimientos.

    Piensa antes en lo solos que se quedan los muertos, y siente dentro de la reli-gin de su infancia un nuevo amor, que nicamente pueden sentir los que sufren mu-cho y jams se curan; un amor ideal, puro, que no puede morir ni aun con la muerte, que ms bien la desea, porque es tranquilo como ella, como ella callado y eterno! Se enamora de la estatua de un sepulcro, es decir, del arte, de la belleza ideal, que es el pstumo amor, para siempre duradero, por lo mismo que nunca se ve por completo correspondido. En mi incompetencia, declaro que esta composicin ltima me parece una de las ms perfectas en castellano, no slo por su vaguedad, misterio y dificultad de precisar claramente, sino por lo correcto y acabado de la forma.

    Tal fue Gustavo A. Bcquer, como hombre y como poeta, en lo que puede apre-ciar el pblico.

    Todo lo que atesoraba en su imaginacin est dicho en el siguiente prlogo suyo.

    Leedlo pronto y olvidad el mo, escrito nada ms que por acompaarle siempre. l slo, desde la otra vida, podr apreciarlo.

    Ojal seas eterno, libro que compendias la vida de mi pobre amigo!

    RAMN RODRGUEZ CORREA.

  • Leyendas

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    IntroduccinPor los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen

    los extravagantes hijos de mi fantasa, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.

    Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran ms hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el mis-terioso santuario de la cabeza, poblndola de creaciones sin nmero, a las cuales ni mi actividad ni todos los aos que me restan de vida seran suficientes a dar forma.

    Y aqu dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible con-fusin, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraa, semejante a la de esas miradas de grmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubacin dentro de las entraas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la super-ficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.

    Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueo de la media noche, que a la maana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitndose en formidable, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que slo puede salvar la palabra; y la palabra, tmida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombros e impotentes, despus de la intil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levant el remolino!

  • Gustavo Adolfo Bcquer

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    Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginacin explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abati-mientos. Y as, aunque mal, vengo viviendo hasta aqu, paseando por entre la indiferen-te multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. As vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un trmino, y a stas hay que ponerles punto.

    El insomnio y la fantasa siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquticas plantas de un vivero, pugnan por di-latar su fantstica existencia disputndose los tomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarn por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.

    Andad, pues! Andad y vivid con la nica vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrir lo suficiente para que seis palpables; os vestir, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais en-volver con orgullo, como en un manto de prpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible.

    No obstante, necesito descansar : necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletrico empuje, desaho-gar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.

    Quedad, pues, consignados aqu, como la estela nebulosa que seala el paso de un desconocido cometa, como los tomos dispersos de un mundo en embrin que aventa por el aire la muerte, antes que su creador haya podido pronunciar el flat lux que separa la claridad de las sombras.

    No quiero que en mis noches sin sueo volvis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesin, pidindome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad del limbo en que vivs, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instru-mento, las ignoradas notas que contena. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vaco, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido comn, que es la barrera de los sueos, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qu cosas he soado y cules me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginacin y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nom-bres y fechas de mujeres y das que han muerto o han pasado, con los das y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojndoos de la cabeza de una vez para siempre.

    Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengis a ser mi pesadilla, maldicindome por haberos condenado a la nada antes de

  • Leyendas

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    haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en l como el eco que encontraron, en un alma que pas por la tierra, sus alegras y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.

    Tal vez muy pronto tendr que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espritu de la materia para remontarse a regiones ms puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanco, el tesoro de oropeles y guiapos que ha ido acumulando la fantasa en los desvanes del cerebro.

    Junio de 1868.

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    Leyendas

    La creacin

    Poema indio

    I

    Los areos picos del Himalaya se coronan de nieblas oscuras en cuyo seno hier-ve el rayo, y sobre las llanuras que se extienden a sus pies flotan nubes de palo, que derraman sobre las flores un roco de perlas.

    Sobre la onda pura del Ganges se mece la simblica flor del loto, y en la ribera aguarda su vctima el cocodrilo, verde como las hojas de las plantas acuticas, que lo esconden a los ojos del viajero.

    En las selvas del Indostn hay rboles gigantescos, cuyas ramas ofrecen un pa-belln al cansado peregrino, y otros cuya sombra letal lo llevan desde el sueo a la muerte.

    El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el hombre un abismo de grandeza y pequeez; la vida, en fin, puede compa-rarse a una larga cadena con eslabones de hierro y de oro.

  • Gustavo Adolfo Bcquer

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    II

    El mundo es un absurdo animado que rueda en el vaco para asombro de sus habitantes.

    No busquis su explicacin en los Vedas, testimonios de las locuras de nuestros mayores, ni en los Puranas, donde vestidos con las deslumbradoras galas de la poesa, se acumulan disparates sobre disparates acerca de su origen.

    Od la historia de la creacin tal como fue revelada a un piadoso brahmn, des-pus de pasar tres meses en ayunas, inmvil en la contemplacin de s mismo, y con los ndices levantados hacia el firmamento.

    III

    Brahma es el punto de la circunferencia; de l parte y a l converge todo. No tuvo principio ni tendr fin.

    Cuando no existan ni el espacio ni el tiempo, la Maya flotaba a su alrededor como una niebla confusa, pues absorto en la contemplacin de s mismo, an no la haba fecundado con sus deseos.

    Como todo cansa, Brahma se cans de contemplarse, y levant los ojos de una de sus cuatro caras y se encontr consigo mismo, y abri airado los de otra y torn a verse, porque l lo ocupaba todo, y todo era l.

    La mujer hermosa, cuando pule el acero y contempla su imagen, se deleita en s misma; pero al cabo busca otros ojos donde fijar los suyos, y si no los encuentra, se aburre.

    Brahma no es vano como la mujer, porque es perfecto. Figuraos si se aburrira de hallarse solo, solo en medio de la eternidad y con cuatro pares de ojos para verse.

    IV

    Brahma dese por primera vez, y su deseo, fecundando la creadora Maya que lo envolva, hizo brotar de su seno millones de puntos de luz, semejantes a esos to-mos microscpicos y encendidos que nadan en el rayo de sol que penetra por entre la copa de los rboles.

    Aquel polvo de oro llen el vaco, y al agitarse produjo miradas de seres desti-nados a entonar himnos de gloria a su criador.

    Los gandharvas, o cantores celestes, con sus rostros hermossimos, sus alas de mil colores, sus carcajadas sonoras y sus juegos infantiles, arrancaron a Brahma la pri-mera sonrisa, y de ella brot el Edn. El Edn con sus ocho crculos, las tortugas y los elefantes que los sostienen, y su santuario en la cspide.

  • Leyendas

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    V

    Los chiquillos fueron siempre chiquillos: bulliciosos, traviesos e incorregibles, co-mienzan por hacer gracia, una hora despus aturden, y concluyen por fastidiar. Una cosa muy parecida debi de acontecerle a Brahma, cuando apendose del gigantesco cisne, que como un corcel de nieve lo paseaba por el ciclo, dej aquella turbamulta de gandharvas en los crculos inferiores, y se retir al fondo de su santuario.

    All, donde no llega ni un eco perdido, ni se percibe el rumor ms leve, donde reina el augusto silencio de la soledad, y su profunda calma convida a las meditaciones, Brahma, buscando una distraccin con que matar su eterno fastidio, despus de cerrar la puerta con dos vueltas de llave, entregose a la alquimia.

    VI

    Los sabios de la tierra qu pasan su vida encorvados sobre antiguos pergami-nos, que se rodean de mil objetos misteriosos y conocen las extraas propiedades de las piedras preciosas, los metales y las palabras cabalsticas, hacen por medio de esta ciencia transformaciones increbles. El carbn lo convierten en diamante, la arcilla en oro, descomponen el agua y el aire, analizan la llama, y arrancan al fuego el secreto de la vitalidad y la luz.

    Si todo esto consigue un mortal miserable con el reflejo de su saber, figuraos por un instante lo que hara Brahma, que es el principio de toda ciencia.

    VII

    De un golpe cre los cuatro elementos, y cre tambin a sus guardianes. Agni, que es el espritu de las llamas, Vayu, que alla montado en el huracn; Varuna, que se levuelve en los abismos del Ocano; y Prithivi, que conoce todas las cavernas subterr-neas de los mundos, y vive en el seno de la creacin.

    Despus encerr en redomas transparentes y de una materia nunca vista gr-menes de cosas inmateriales e intangibles, pasiones, deseos, facultades, virtudes, prin-cipios de dolor y de gozo de muerte y de vida, de bien y de mal. Y todo lo subdividi en especies, y lo clasific con diligencia exquisita ponindole un rtulo escrito a cada una de las redomas.

    VIII

    La turba de rapaces que ensordeca en tanto con sus voces y sus ruidosos jue-gos los crculos inferiores del Paraso, ech de ver la falta de su seor. -Dnde estar?

  • Gustavo Adolfo Bcquer

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    -exclamaban los unos-. Qu har? -decan entre s los otros-; y no eran parte a dismi-nuir el afn de los curiosos las columnas de negro humo que vean salir en espirales inmensas del laboratorio de Brahma, ni los globos de fuego que desde el mismo punto se lanzaba volteando al vaco, y all giraban como en una ronda luminosa y magnfica.

    IX

    La imaginacin de los muchachos es un corcel, y la curiosidad la espuela que lo aguijonea y lo arrastra a travs de los proyectos ms imposibles. Movidos por ella los microscpicos cantores, comenzaron a trepar por las piernas de los elefantes que sus-tentan los crculos del ciclo, y de uno en otro se encaramaron hasta el misterioso re-cinto, dnde Brahma permaneca an, absorto en sus especulaciones cientficas.

    Una vez en la cspide, los ms atrevidos se agruparon alrededor de la puerta, y uno por el ojo de la llave, y otros por entre las rendijas y claros de los mal unidos ta-bleros, penetraron con la mirada en el inmenso laboratorio, objeto de su curiosidad.

    El espectculo que se ofreci a sus ojos, no pudo menos de sorprenderles.

    X

    All haba diseminadas, sin orden ni concierto, vasijas y redomas colosales de to-das hechuras y colores. Esqueletos de mundos, embriones de astros y fragmentos de lunas yacan confundidos con hombres a medio modelar, proyectos de animales mons-truosos sin concluir, pergaminos oscuros, libros en folio e instrumentos extraos. Las paredes estaban llenas de figuras geomtricas, signos cabalsticos y frmulas mgicas, y en medio del aposento, en una gigantesca marmita colocada sobre una lumbre inex-tinguible, hervan, con un ruido sordo, mil y mil ingredientes sin nombre, de cuya sabia combinacin haban de resultar las creaciones perfectas.

    XI

    Brahma, a quien apenas bastaban sus ocho brazos y sus diez y seis manos para tapar y destapar vasijas agitar lquidos y remover mixturas, tomaba algunas veces un gran canuto, a manera de cerbatana, y as como los chiquillos hacen pompas de jabn valindose de las caas del trigo seco, lo sumerga en el licor, se inclinaba despus so-bre los abismos del cielo, y soplaba en la una punta, apareciendo en la otra un globo candente que al lanzarse comenzaba a girar sobre s mismo y al comps de los otros que ya flotaban en el espacio.

  • Leyendas

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    XII

    Inclinado sobre el abismo sin fondo, el creador los segua con una mirada satis-fecha, y aquellos mundos luminosos y perfectos, poblados de seres felices y hermossi-mos sobre toda ponderacin, que son esos astros que, semejantes a los soles, vemos an en las noches serenas, entonaban un himno de alegra a su Dios, girando sobre sus ejes de diamante y oro con una cadencia majestuosa y solemne.

    Los pequeuelos gandharvas, sin atreverse ni aun a respirar, se miraban espanta-dos entre s, llenos de estupor y miedo ante aquel espectculo grandioso.

    XIII

    Cansose Brahma de hacer experimentos, y abandonando el laboratorio, no sin haberle echado, al salir, la llave y guardndola en el bolsillo, torn a montar sobre su cisne con el objeto de tomar aire. Pero cul no sera su preocupacin cuando l, que todo lo ve y todo lo sabe, no advirti que, abstrado en sus ideas, haba echado la llave en falso! No le pas lo mismo a la inquieta turba de rapaces, que, notando el descuido, le siguieron a larga distancia con la vista, y cuando se creyeron solos, uno empuja po-quito a poco la puerta, ste asoma la cabeza, aqul adelanta un pie, e invaden todos, por fin, el laboratorio, tardando muy poco en encontrarse en l como en su casa.

    XIV

    Pintar la escena que entonces se verific en aquel recinto sera imposible.Primeramente examinaron todos los objetos con el mayor asombro, luego se

    atrevieron a tocarlos, y al fin terminaron por no dejar ttere con cabeza. Echaron per-gaminos en la lumbre para que sirvieran de pasto a las llamas: destaparon las redomas, no sin quebrar algunas; removieron las vasijas, derramando su contenido, y despus de oler, probar y revolverlo todo, los unos se colgaban de los soles y estrellas an no con-cluidos y pendientes de las bvedas para secarse; los otros se suban por las osamentas de los gigantescos animales, cuyas formas no haban agradado al Seor. Y arrancaron las hojas de los libros para hacer mitras de papel, y se coloraron los compases entre las piernas, a guisa de caballo, y rompieron las varas de virtudes misteriosas, alancen-dose con ellas.

    Por ltimo, cansados de enredar, decidieron hacer un mundo tal y como lo ha-ban visto hacer.

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    XV

    Aqu comenz el gran bullicio, la confusin y las carcajadas. La marmita estaba candente. Lleg el uno, verti un lquido en ella, y se levant una columna de humo. Luego vino otro, arroj sobre aqul un elixir misterioso que contena una redoma, con la que lleg casi sin aliento hasta el borde del receptculo; tan grande era la vasija y tan rapazuelo su conductor. A cada nuevo ingrediente que arrojaban en la marmita, se elevaban en su fondo llamaradas azules y rojas, que saludaba la alegre muchedumbre con gritos de jbilo y risotadas interminables.

    XVI

    All mezclaron y confundieron todos los elementos del bien y del mal, el dolor y la alegra, la fealdad y la hermosura, la abnegacin y el egosmo, los grmenes del hielo destinados a mundos hechos de maner a que el fro causase una fruicin deleitosa en sus habitadores, y los del calor compuestos para globos cuyos seres se haban de gozar en las llamas; y revolvieron los principios de la divinidad, el espritu con la grosera mate-ria, la arcilla y el fango, confundiendo en un mismo brebaje la impotencia y los deseos, la grandeza y la pequeez, la vida y la muerte.

    Aquellos elementos tan contrarios rabiaban al verse juntos en el fondo de la marmita.

    XVII

    Hecha la operacin, uno de ellos se arranc una pluma de las alas, le cort las barbas con los dientes y, mojando lo restante en el lquido, fue a inclinarse sobre el abismo sin fondo, y sopl, y apareci un mundo. Un mundo deforme, raqutico, oscu-ro, aplastado por los polos, que volteaba de medio ganchete, con montaas de nie-ve y arenales encendidos, con fuego en las entraas y ocanos en la superficie, con una humanidad frgil y presuntuosa, con aspiraciones de Dios y flaquezas de barro. El principio de muerte, destruyendo cuanto existe, y el principio de vida con conatos de eternidad, reconstruyndolo con sus mismos despojos; un mundo disparatado, absur-do, inconcebible; nuestro mundo, en fin.

    Los chiquillos que lo haban formado, al mirarle rodar en el vaco de un modo tan grotesco, lo saludaron con una inmensa carcajada, que reson en los ocho crculos del Edn.

  • Leyendas

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    XVIII

    Brahma, al escuchar aquel ruido, volvi en s y vio cuanto pasaba, y lo compren-di todo. La indignacin llame en sus pupilas; su airado acento atron el cielo y ame-drant a la turba de muchachos, que huy sobrecogida y dispersa a puntapis; y ya te-na levantada la mano sobre aquella deforme creacin para destruirla; ya el solo amago haba producido en ella esa gran catstrofe que an recordamos con el nombre del diluvio, ruando uno de los gandharvas, el ms travieso, pero el ms mono, se arroj a sus plantas diciendo entre sollozos: -Seor, Seor, no nos rompas nuestro juguete!

    XIX

    Brahma es grave, porque es Dios, y, sin embargo, tuvo que hacer un gran es-fuerzo al or estas palabras para no dejar reventar la risa que le retozaba en los ojos. Al cabo, reponindose, exclam: -Id, turba desalmada e incorregible, marchaos donde no os vea ms, con vuestra deforme criatura. Ese mundo no debe, no puede existir, porque en l hasta los tomos pelean con los tomos; pero marchad, os respeto; mi esperanza es que en poder vuestro no durar mucho.

    Dijo Brahma, y los chiquillos, dndose empellones y rindose descompasada-mente y arrojando gritos descomunales, se lanzaron en pos de nuestro globo, y ste le da por aqu, el otro le hurga por all... Desde entonces ruedan con l por el ciclo, para asombro de los otros mundos y desesperacin de sus habitantes.

    Por fortuna nuestra, Brahma lo dijo, y suceder, as. Nada hay ms delicado ni ms temible que las manos de los chiquillos: en ellas el juguete no puede durar mu-cho.

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    Maese Prez el Organista

    En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Ins, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, o esta tradicin a una demandadera del convento.

    Como era natural, despus de orla, aguard impaciente que comenzara la cere-monia, ansioso de asistir a un prodigio.

    Nada menos prodigioso, sin embargo, que el rgano de Santa Ins, ni nada ms vulgar que los insulsos motetes que nos regal su organista aquella noche.

    Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:

    -En qu consiste que el rgano de maese Prez suena ahora tan mal?-Toma! -me contest la vieja-, en que ese no es el suyo.-No es el suyo? Pues qu ha sido de l?-Se cay a pedazos de puro viejo, hace una porcin de aos.-Y el alma del organista?-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora les sustituye.Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta, despus

    de leer esta historia, ya sabe el por qu no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros das.

    I

    -Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aqul que baja en este momen-to de su litera para dar la mano a esa otra seora que, despus de dejar la suya, se

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    adelanta hacia aqu, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ese es el Marqus de Moscoso, galn de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama, haba pedido en matrimonio a la hija de un opulento seor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, calle!, en ha-blando del ruin de Roma, ctale aqu que asoma. Veis aqul que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa oscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.

    Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?

    A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creera un lonjista de la calle de Culebras... Pues ese es el padre en cuestin; mirad cmo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.

    Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. El slo tiene ms ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro seor el rey Don Felipe; y con sus galeo-nes podra formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...

    Mirad, mirad ese grupo de seores graves: esos son los caballeros veinticuatros. Hola, hola! Tambin est el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guan-te los seores de la cruz verde, merced a su influjo con los magnates de Madrid... ste, no viene a la iglesia ms que a or msica... No, pues si maese Prez no le arranca con su rgano lgrimas como puos, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino frindose en las calderas de Pero Botero... Ay vecina! Malo... malo... pre-sumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia; pues por lo que veo, aqu van a andar ms de sobra los cintarazos que los Paternster. -Mirad, Mirad; las gentes del duque de Alcal doblan. la esquina de la Plaza de San Pedro, y por el callejn de las Dueas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia. No os lo dije?

    Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se disuelven... los ministriles, a quienes en- estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... hasta el seor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... y luego dicen que hay justicia.

    Para los pobres...Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... Nuestro Seor del Gran

    Poder nos asista! Ya comienzan los golpes...; vecina! vecina!, aqu... antes que cierren las puertas. Pero calle! Qu es eso? An no han comenzado cuando lo dejan. Qu res-plandor es aqul?... Hachas encendidas! Literas! Es el seor obispo.

    La Virgen Santsima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensa-miento, lo trae en mi ayuda... Ay! Si nadie sabe lo que yo debo a esta Seora!... Con cunta usura me paga las candelillas que le enciendo los sbados!... Vedlo, qu hermo-sote est con sus hbitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tan-tos siglos como yo deseo de vida para m. Si no fuera por l, media Sevilla hubiera ya

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    ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cmo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cmo le siguen y le acom-paan, confundindose con sus familiares. Quin dira que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ellos... ellos!... Lbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de s, peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Seor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontraran, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.

    Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote... que algunas noches como sta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... Cundo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades, puedo decir que le han hecho a Maese Prez proposiciones magnficas; verdad que nada tiene de extrao, pues has-ta el seor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero l, nada... Primero dejara la vida que abandonar su rgano favorito... No conocis a maese Prez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varn; pobre, s, pero limosnero cual no otro... Sin ms parientes que su hija ni ms amigo que su r-gano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una: y componer los registros del otro... Cuidado que el rgano es viejo!... Pues nada, l se da tal maa en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como le conoce de tal modo, que a tien-tas... porque no s si os lo he dicho, pero el pobre seor es ciego de nacimiento... Y con qu paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cunto dara por ver, responde: Mucho, pero no tanto como creis, porque tengo esperanzas. -Esperanzas de ver? -S, y muy pronto -aade sonrindose como un ngel-; ya cuento setenta y seis aos; por muy larga que sea mi vida, pronto ver a Dios...

    Pobrecito! Y s lo ver... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es ms que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada; como que ech los dientes en el oficio... Su padre tena la misma profesin que l; yo no le conoc, pero mi seora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al rgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostr tales disposicio-nes que, como era natural, a la muerte de su padre hered el cargo... Y qu manos tiene! Dios se las bendiga. Mereca que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre, pero en semejante noche como sta es un prodigio... l tiene una gran devocin por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Seor Jesucristo... las voces de su rgano son voces de ngeles...

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    En fin, para qu tengo de ponderarle lo que esta noche oir? Baste el ver cmo todo lo dems florido de Sevilla, hasta el mismo seor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle: y no se crea que slo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mrito, sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al comps de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Prez las manos en el rgano... y cuando alzan... cuando alzan no se siente una mosca... de todos los ojos caen lagrimones tamaos, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiracin de los circunstantes, contenida mientras dura la msica... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la Misa, va-mos adentro...

    Para todo el mundo es esta noche Noche-Buena, pero para nadie mejor que para nosotros.

    Esto diciendo, la buena mujer que haba servido de cicerone a su vecina, atraves el atrio del convento de Santa Ins, y codazo en ste, empujn en aqul, se intern en el templo, perdindose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

    II

    La iglesia estaba iluminada con una profusin asombrosa. El torrente de luz que se desprenda de los altares para llenar sus mbitos, chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillndose sobre los cojines de terciopelo que tendan los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueas, vinieron a formar un brillante crculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la otra sobre los bruidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado pual, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecan formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contac-to de la plebe. sta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpi en una aclamacin de jbilo, acompaada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, despus de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, ech por tres veces la bendicin al pueblo.

    Era la hora de que comenzase la Misa.Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese.

    La multitud comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cam-

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    biaban entre s algunas palabras a media voz, y el arzobispo mand a la sacrista a uno de sus familiares a inquirir el por qu no comenzaba la ceremonia.

    -Maese Prez se ha puesto malo, muy malo, y ser imposible que asista esta no-che a la Misa de media noche.

    sta fue la respuesta del familiar.La noticia cundi instantneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto des-

    agradable que caus en todo el mundo, sera cosa imposible; baste decir que comenz a notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso de pie y los alguaciles entra-ron a imponer silencio, confundindose entre las apiadas olas de la multitud.

    En aquel momento, un hombre mal trazado, seco huesudo y bisojo por aadidu-ra, se adelant hasta el sitio que ocupaba el prelado.

    -Maese Prez est enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queris, yo tocar el rgano en su ausencia; que ni maese Prez, es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejar de usarse este instrumento por falta de inteligente.

    El arzobispo hizo una seal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocan a aquel personaje extrao por un organista envidioso, enemigo del de Santa Ins, comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oy en el atrio un ruido espantoso.

    -Maese Prez est aqu!... Maese Prez est aqu!...A estas voces de los que estaban apiados en la puerta, todo el mundo volvi

    la cara.Maese Prez, plido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia, conducido en

    un silln, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.Los preceptos de los doctores, las lgrimas de su hija, nada haba sido bastante

    a detenerle en el lecho.-No -haba dicho-; sta es la ltima, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir

    sin visitar mi rgano, y esta noche sobre todo, la Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.

    Sus deseos se haban cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tri-buna, y comenz la Misa.

    En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.Pas el introito y el Evangelio y el ofertorio, y lleg el instante solemne en que

    el sacerdote, despus de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla.

    Una nube de incienso que se desenvolva en ondas azuladas llen el mbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Prez puso sus cris-padas manos sobre las teclas del rgano.

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    Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y pro-longado, que se perdi poco a poco, como si una rfaga de aire hubiese arrebatado sus ltimos ecos.

    A este primer acorde, que pareca una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondi otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armona.

    Era la voz de los ngeles que atravesando los espacios, llegaba al mundo.Despus comenzaron a orse como unos himnos distantes que entonaban las

    jerarquas de serafines; mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no ms el acompaamiento de una extraa meloda, que pareca flo-tar sobre aquel ocano de misteriosos ecos, como un jirn de niebla sobre las olas del mar.

    Luego fueron perdindose unos cantos, despus otros; la combinacin se simpli-ficaba. Ya no eran ms que dos voces, cuyos ecos se confundan entre s; luego qued una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclin la frente, y por encima de su cabeza cana y como a travs de una gasa azul que finga el humo del incienso, apareci la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Prez sostena trinando, se abri, se abri, y una explosin de armona gi-gante estremeci la iglesia, en cuyos ngulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vi-drios de colores se estremecan en sus angostos ajimeces.

    De cada una de las notas que formaban aquel magnfico acorde, se desarroll un tema; y unos cerca, otros lejos, stos brillantes, aqullos sordos, dirase que las aguas y los pjaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ngeles, la tierra y los cielos, can-taban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.

    La multitud escuchaba atnica y suspendida. En todos los ojos haba una lgrima, en todos los espritus un profundo recogimiento.

    El sacerdote que oficiaba senta temblar sus manos, porque Aqul que levantaba en ellas, Aqul a quien saludaban hombres y arcngeles era su Dios, era su Dios, y le pareca haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.

    El rgano prosegua sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pron-to son un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.

    El rgano exhal un sonido discorde y extrao, semejante a un sollozo, y que-d mudo.

    La multitud se agolp a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su xtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.

    -Qu ha sucedido? Qu pasa? -se decan unos a otros, y nadie saba responder, y todos se empeaban en adivinarlo, y creca la confusin, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

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    -Qu ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que precedido de los ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, plido y con muestras de profundo pesar, se diriga al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.

    -Qu hay?-Que maese Prez acaba de morir.En efecto, cuando los primeros fieles, despus de atropellarse por la escalera,

    llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista cado de boca sobre las teclas de su vie-jo instrumento, que an vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

    III

    -Buenas noches, mi seora doa Baltasara, tambin usarced viene esta noche a la Misa del Gallo? Por mi parte tena hecha intencin de irla a or a la parroquia; pero lo que sucede... Dnde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la ver-dad, desde que muri maese Prez parece que me echan una losa sobre el corazn cuando entro en Santa Ins... Pobrecito! Era un Santo!... Yo de m s decir que con-servo un pedazo de su jubn como una reliquia, y lo merece..., pues, en Dios y en mi nima, que si el seor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos le veran en los altares... Mas cmo ha de ser!... A muertos y a idos, no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... ya me entiende usarced. Qu! No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la igle-sia, y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o djase de decir...; slo que yo, as... al vuelo... una palabra de ac, otra de acull... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.... Pues, s, seor; parece cosa hecha que el organista de San Romn, aquel bisojo, que siempre est echando pestes de los otros organistas; perdulariote, que ms parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Noche-Buena en lugar de Maese Prez. Ya sabr usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pblica en Sevilla, que na-die quera comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y despus de la muerte de su padre entr en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a or aquellas maravillas, cualquiera otra cosa haba de parecernos mala, por ms que qui-sieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad haba decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecera callado el rgano en esta noche, hete aqu que se presenta nuestro hombre, diciendo que l se atreve a tocarlo... No hay nada ms atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanacin...; pero as va el mundo... y digo... no es cosa la gente que acude... cualquiera dira que nada ha cambiado desde un ao

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    a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animacin en el atrio, la misma multitud en el templo... Ay si levantara la cabeza el muerto! Se volva a morir por no or su rgano tocado por manos semejantes. Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algaraba de sonajas, panderos y zambombas que no hay ms que or... Pero, calle!, ya entra en la iglesia el hroe de la funcin. Jess, qu ropilla de colorines, qu gorguera de cautos, qu aire de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que lleg el arzobispo, y va a comenzar la Misa...; vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos das.

    Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus ex abruptos de locuacidad, penetr en Santa Ins, abrindose, segn costumbre un cami-no entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.

    Ya se haba dado principio a la ceremonia.El templo estaba tan brillante como el ao anterior.El nuevo organista, despus de atravesar por en medio de los fieles que ocu-

    paban las naves para ir a besar el anillo del prelado, haba subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del rgano, con una gravedad tan afectada como ridcula.

    Entre la gente menuda que se apiaba a los pies de la iglesia se oa un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tar-dara mucho en dejarse sentir.

    -Es un truhn, que por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decan los unos.

    -Es un ignorantn que, despus de haber puesto el rgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Prez -decan los otros.

    Y mientras ste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aqul aperciba sus sonajas, y todos se disponan a hacer bulla a ms y mejor, slo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extrao personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco haca tan notable contraposicin con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Prez.

    Al fin lleg el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, despus de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tom la Hostia en sus ma-nos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las difanas ondas de incienso, y son el rgano.

    Una estruendoso algaraba lleg los mbitos de la iglesia en aquel instante y aho-g su primer acorde.

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    Zampoas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alza-ron sus discordantes voces a la vez; pero la confusin y el estrpito slo dur algunos segundos. Todos a la vez, como haban comenzado, enmudecieron de pronto.

    El segundo acorde, amplio, valiente, magnfico, se sostena an brotando de los tubos de metal del rgano, como una cascada de armona inagotable y sonora.

    Cantos celestes como los que acarician los odos en los momentos de xtasis; cantos que percibe el espritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una me-loda lejana, que suenan a intervalos tradas en las rfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los rboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alon-dras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota msica del cielo que slo la imaginacin com-prende; himnos alados, que parecan remontarse al trono del Seor como una tromba de luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del rgano, con ms pujanza, con ms misteriosa poesa, con ms fantstico color que lo haban expresado nunca.

    Cuando el organista baj de la tribuna, la muchedumbre que se agolp a la es-calera fue tanta y tanto su afn por verle y admirarle, que el asistente, temiendo, no sin razn, que le ahogaran entre todos, mand a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.

    -Ya veis -le dijo este ltimo cuando le trajeron a su presencia; vengo desde mi palacio aqu slo por escucharos. Seris tan cruel como maese Prez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Noche-Buena en la Misa de la catedral?

    -El ao que viene -respondi el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvera a tocar este rgano.

    -Y por qu? -interrumpi el prelado.-Porque... -aadi el organista, procurando dominar la emocin que se revelaba

    en la palidez de su rostro- porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.

    El arzobispo se retir, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los seores fueron desfilando y perdindose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersndose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se dispona a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divi-saban an dos mujeres que, despus de persignarse y murmurar una oracin ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internndose en el callejn de las Dueas.

    -Qu quiere usarced, mi seora doa Baltasara? -deca la una-, yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo haban de asegurar capuchinos descalzos y no lo creera del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar...

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    Los ojos verdes

    Hace