LCDE025 - Curtis Garland - Ballet Cosmico

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LCDE025 - Curtis Garland - Ballet Cosmico

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ULTIMAS OBRAS PUBLICADASEN ESTA COLECCIN20 Nunca se muere, Lucky Marty. 21 La piel de la serpiente, Glenn Parrish.

22 Yo, Lzaro, Curtis Garland.

23 Las lunas de Yac, Peter Debry.

24 El agujero en el universo, Glenn Parrish.

CURTIS GARLANDBALLET CSMICOColeccinLA CONQUISTA DEL ESPACIO n. 25Publicacin semanalAparece los VIERNES

EDITORIAL BRUGUERA, S. A.BARCELONA BOGOT BUENOS AIRES CARACAS MXICOISBN 84-02-02525-0

Depsito legal: B. 47.973 - 1970

Impreso en Espaa - Printed in Spain.

1 edicin: febrero, 1971 Curtis Garland - 1971Sobre la parte literaria Miguel Garca - 1971

Sobre la cubierta

Concedidos derechos exclusivos a favorde EDITORIAL BRUGUERA, S. A. Mora la Nueva, 2. Barcelona (Espaa)Todos los personajes y entidades privadas que aparecen en esta novela, as como las situaciones de la misma, son fruto exclusivamente de la imaginacin del autor, por lo que cualquier semejanza con personajes, entidades o hechos pasados o actuales, ser simple coincidencia.Impreso en los Talleres Grficos de Editorial Bruguera, S. A.Parets del Valls (N-152, Km 21,650) Barcelona 1971Primer Libro

LA NAVE

CAPITULO PRIMERO

El pueblo contaminado mir hacia lo alto.

El pueblo contaminado vio partir la nave.

La nave.

Era como una simple estela de luz, perdindose hacia el infinito. Hacia un mar negro, hecho de centurias de tiempo, y de remotas estrellas de luz, de materia y de energa.

Primero, haba sido un centelleo, un ramalazo fugaz de esplendor, all en el firmamento. Luego, una chispa lejana, evasiva y huidiza.

Los contaminados se miraron en silencio. El patriarca se persign, incluso. Algunos le imitaron. Otros, se encogieron de hombros. La mayora no hizo nada. Slo mirar. Mirar a la luz. Mirar a la nave...

La nave lejana, difusa, perdida ya en la distancia, entre miradas de parpadeos luminiscentes, en el ocano inmenso de la oscuridad eterna, sin lmites ni forma.

Ellos se van dijo uno.

S. Tuvieron suerte opin otro.

Suerte... Quin sabe dnde est la suerte? dud ste.

S, quin lo sabe? apoy aqul.

Hubo un silencio. Uno ms. La vida, su vida, estaba hecha de silencios. El mundo, su mundo, tambin era silencio. Haca dcadas de ello. Silencio. Siempre silencio. Alrededor del pueblo. Y en el pueblo. Y en las chozas. Y en ellos... Sobre todo en ellos.

Ellos...

Ellos, los contaminados. Los olvidados. Los condenados.

Quedaba poco. Poco para el fin. Muy poco. Ya no haba nacimientos. Las mujeres no alumbraban criaturas. Los animales haban ido desapareciendo. Tampoco ellos eran capaces de parir. La hembra de la especie era yerma, estril. El hombre agonizaba en su pasiva impotencia.

Y arriba, luces. Estrellas. Manchas luminiscentes, que eran galaxias, nebulosas, mundos perdidos en la eternidad de lmites ignotos.

Y una luz. Una sola, seguida por todos. Mitad estrella, mitad cometa. Como una chispa azul fundindose en distancias inaccesibles.

Uno alz sus manos al cielo; otro, llor apagadamente. Este musit una oracin entre dientes; aqul se limit a inclinar la cabeza y mirar a la tierra calcinada. El patriarca les mir, comprensivo. Ni un reproche, ni una censura. Para qu? Por qu?

Eran arranques patticos. Eran momentos de debilidad. El hombre era dbil. Siempre lo haba sido. Ahora ms que nunca.

Despus, la luz se extingui. O lo pareci. Dej de ser visible al menos para ellos. La chispa remota se hizo sombra. La claridad se hizo tiniebla. La nave se perdi en el espacio y en el tiempo, en la distancia y en el infinito.

Lentamente, muy lentamente, iniciaron el regreso a sus casas. Como fantasmas. Como espectros trmulos y vacilantes. Como simples sombras humanas, sobreviviendo por un prodigio inexplicable en el mundo silente, negro, carbonizado y ttrico.

Regresaron a sus chozas rudimentarias, all entre ruinas negras, ptreas, alucinantes.

El silencio volvi a caer, a pesar.

El silencio. Siempre el silencio...

Tengo sueo dijo uno.

Y yo hambre suspir otro.

Estoy cansado coment ste.

Tengo miedo concluy estremecindose aqul.

Los dems se volvieron. El patriarca tembl. Sus ojos brillaron con humedad de lgrimas cuajadas y luz de fiebre. Mujeres de pelo gris y lacio, de rostros ascticos y tristes, giraron sus facciones enjutas y sumidas hacia el que se atreviera a pronunciar la palabra. Aquella palabra dolorosa, hiriente, temible, estremecedora...

Miedo.

Miedo... la voz del patriarca no tembl, sin embargo. Era ahogada y profunda, era serena y cida a la vez. Era autoritaria y humilde a un mismo tiempo. Repiti, entre dientes, irguiendo su noble, solemne figura de nuevo Moiss o de renovado Abraham: Miedo...

Y su mirada era como un reproche, su sonrisa como una queja, su gesto como un lamento nunca pronunciado.

Perdn... Aqul baj la cabeza. Respir hondo. No deb decirlo...

No. No debiste decirlo sentenci el patriarca.

Otro de aquellos silencios. Lento arrastrar de pies sobre la tierra negra, la ceniza y los brotes negruzcos, el suelo que una vez fue hierba y verdor, y fruto de la tierra. El suelo que ya no era nada ni nunca sera nada. El suelo maldito, aplastado y yermo como ellos mismos.

De todos modos, es cierto dijo la voz de otro. Tenemos miedo, seor.

Era como un grito, como una protesta o un lamento. Una rebelin en suma. Pero el patriarca no se inmut. Agit su canosa cabeza de largos cabellos. Afirm despacio.

Es cierto admiti. Tenemos miedo. Siempre se tiene miedo. Cuando se nace a la vida, cuando se tiene conciencia, se teme el futuro, la vida misma. Cuando se va a morir, se siente ese mismo miedo.

Y nosotros vamos a morir jade ste.

Vamos a morir, seor se lament uno. Y no podemos evitarlo...

Nadie puede evitar la muerte. Nunca se pudo hacer nada por evitarlo sonri tristemente el patriarca. Est escrito en el libro del destino de cada hombre; se nace, se vive y se muere, como todo lo que la Naturaleza produjo.

No quiero morir! solloz uno. Soy muy joven an, seor! Apenas conoc la vida...

Eso es verdad, hijo le mir paternalmente. Pero yo nada puedo hacer. Slo te llevo la ventaja de mis aos. No ped vivirlos, pero as ocurri. T debiste vivir ms tiempo, hijo. Todo el mundo debera vivir lo justo, al menos, para saber lo que es la vida para empezar a preguntarse por qu vive, aunque nunca encuentre respuesta.

Y yo he de limitarme a preguntar al silencio, al vaco, a la noche, a la nada, por qu muero... gimi uno. Sin que jams encuentre respuesta tampoco.

Se apoy en unas rocas negras como basalto, tersas como nix. Alguna vez haban sido algo: monumentos grandiosos, monolitos, smbolos de poder, de gloria humana, de grandes polticos, dirigentes, figuras supranacionales, acaso benefactores de la Humanidad doliente. Ahora no eran nada. O casi nada. Slo rocas negras, de atormentado perfil.

No es justo solloz otro. No es justo! Nosotros no pedimos esto, seor. Por qu sucedi as? Cmo empez?

El patriarca escuchaba. Escuchaba sin alterar su gesto asctico, de esfinge o de figura bblica. Dio unos pasos. Un seco, helado viento del gran desierto que era el planeta aniquilado por el hombre, agit sus ropas, puros jirones grises y desvados en torno a un cuerpo enjuto, estirado y altivo.

Cmo empez... su voz era amarga, su perplejidad manifiesta. Si lo supiera, Dios mo... Si lo supiera... Supongo que comenz como comienzan siempre todas las cosas. Estpidamente. S, estpidamente. Nunca el hombre fue ms estpido y ciego en toda su vida... Ni siquiera supo lo que haca. No fue ste o aqul, no fueron unos u otros. No. Fueron todos. Todos tuvieron la culpa. Todos tuvimos la culpa. Unos por hacerlo. Otros, por consentirlo pasivamente.

Y ahora...

Y ahora este es el resultado. Este es el fin... seal a su alrededor con ademanes sobrios, pausados, severos. Nuestro fin, hijos. Pero eso ya lo sabemos. Lo supimos siempre, desde el mismo principio del fin. No debemos quejamos. No hay por qu llorar, ni por qu jurar, lamentarse, maldecir... Slo hay que pedir a Dios que todo termine as; plcidamente, casi sin darse uno cuenta...

Dios... mascull aqul. Habr sobrevivido el propio Dios a semejante horror, a todo este holocausto?

Dios siempre sobrevive sentenci el patriarca. No digas locuras, hijo. Dios forma siempre parte de lo que queda, de lo que pervive... Vamos ya. Es tarde. Hay que descansar.

Haban llegado al pueblo. Se diseminaban hacia sus chozas. Solamente uno se qued ante el patriarca. Y mir al cielo. Mir a los astros lejanos, sobre el pramo eterno del planeta oscuro.

Y... y la nave, seor? indag, inseguro.

La nave... suspir el patriarca, escudriando en vano la distancia, los lmites insondables de la bveda celeste. Dios querr que llegue a alguna parte en el universo, a algn punto en el cosmos. Tengo fe en ello. Como la tendran ellos al elevarse al subir hacia los astros...

Servir de algo?

Espero que sirva. Alguna vez, el hombre aprender la gran leccin. Este puede ser ese momento. Ahora o nunca, hijo. Ellos son la esperanza, el futuro de la especie. Pero depende todo de s mismos. Hay que confiar en que no vuelvan a empezar, en que lo que se inici con Adn y Eva, con Can y Abel, no se repita una vez ms hasta sus ltimas consecuencias.

S, yo espero que ellos consigan alguna cosa por la que todo esto haya valido la pena musit uno. Luego, mene la cabeza lentamente. Pero, por qu ellos? Por qu precisamente ellos... y no nosotros? Por qu nosotros hemos tenido que ser... los contaminados?

El patriarca se encogi de hombros. El viento juguete de nuevo con sus jirones grises de viejas ropas, las ltimas ropas de la Humanidad, encima de los ltimos cuerpos humanos que sobreviviran al caos. Viento seco, fro, pero a veces singularmente ardiente en su caricia spera y cruel sobre la piel humana cubierta de llagas, de llagas que siempre progresaban, en implacable avance victorioso hacia las tinieblas de la muerte, con aquel puado de mseras criaturas perdidas en el planeta sin luz, sin vegetacin, sin agua, sin vida...

Siempre fue as suspir el patriarca. Siempre hubo unos que se quedaron, otros que partieron... Unos mueren, otros sobreviven... Slo hay que esperar que ello sirva de algo, que conduzca a algo. Y la fe, hijo, es lo nico que nos queda ya. Ni siquiera la fe en nosotros mismos, sino en los dems. Vamos ya. Hablamos demasiado esta noche. La nave ha partido. La nave est ya camino de otro lugar en el espacio. Nosotros tenemos que dormir.

Dormir... Acaso para siempre?

Acaso la sonrisa del patriarca no fue triste, sino resignada, casi dulce. Un da dejaremos de despertar y sobrevivir, esperando lo que tenga que llegar. Ese da es que todo habr pasado para nosotros. Pero la nave estar all en lo alto. La nave estar en alguna parte, buscando algo, encontrndolo quiz... Vamos, hijo. Vamos ya...

Asinti su interlocutor. Las dos ltimas, tristes, cansadas figuras, se movieron perezosamente hacia sus respectivas viviendas oscuras, mseras, rudimentarias, perdidas en el amasijo de parecidas chozas diseminadas en la triste llanura negruzca y rida.

Solamente aquel hombre alto, majestuoso, de cabellos largos y blancos, de rostro macilento y cansado, padre y gua de todos ellos, de los pocos, de los contaminados, permaneci todava unos instantes en el umbral de su msera vivienda, elev sus febriles ojos al firmamento, que desparramaba sobre ellos astros y luminarias celestes, y se pregunt a s mismo, o acaso pregunt al propio cielo csmico en voz alta, cuajada de interrogantes, de esperanzas y tambin de dudas y temores:

Seor, Seor... La nave... Llegar alguna vez a alguna parte? Habr valido la pena todo esto?...

Y como el cielo csmico no daba ninguna respuesta, el patriarca del pueblo contaminado se adentr en la oscuridad miserable de su choza a dormir y esperar.

A esperar un sueo ms duradero y tranquilo, sin llagas ni torturas, sin hambre ni sed, sin miedo ni angustia.

El sueo del mundo. El sueo de todos.

De todos..., menos unos pocos. Aquellos pocos sin contaminar. Aquellos pocos que iban en la nave, perdindose como una chispa ms de luz, entre billones de luces estelares...

CAPITULO II

La nave.

La nave y ellos trece.

Trece. Justamente trece. Tres mujeres. Diez hombres. Trece, cifra total.

Siempre haba sido una cifra de mal augurio. Las remotas supersticiones del hombre, eterno asustado de su propio destino, condenaban aquella cifra maldita, como smbolo de infortunio y de adversos influjos.

Ahora pareca distinto. Al menos para ellos. Para cada uno de los trece cosmonautas, la cifra era perfecta. Ideal. De haber sido doce... posiblemente l o ella no ira en aquella nave. Estara abajo. Con los otros. Con los olvidados, los condenados. Con el pueblo contaminado.

La nave...

Haba sido todo tan fcil, que les hubiera hecho felices de haberlo podido advertir plenamente. Pero no. No era sa la circunstancia. No eran sas las normas de a bordo.

Slo el comandante de la nave lo supo. Slo l. Y todo fue muy rpido. Apenas salieron de la rbita terrestre, a la supervelocidad de la energa inica, la droga surti su efecto, y el sistema de hibernacin automtico le encerr en su cpsula individual para el sueo en suspensin, que poda durar das, meses, aos o siglos.

Hctor supo que lo haban logrado. Lo supo y sonri feliz, radiante, lleno de esperanzas, de fe.

Luego, le invadi el sopor. Se durmi. La urna plastificada, hermtica, descendi, movida por el sistema electrnico de las computadoras, programadas minuciosamente antes de la partida.

Se qued dormido. Dormido por tiempo indefinido. La nave estaba ya fuera de la rbita planetaria de su mundo. Se alejaban hacia el espacio sin lmites, hacia las estrellas. Los otros doce dorman su sueo artificial, en el clima glido y aislante de sus respectivas cmaras de suspensin.

Si algo fallaba en el viaje, jams despertaran. Jams. La muerte llegara en sueos. Y sera un sueo de eternidades.

Si todo iba bien, un da, en el futuro inmediato o remoto, el programador sealara el momento adecuado, la computadora emitira las rdenes pertinentes desde sus nervios y clulas electrnicas, y en la nave, trece seres humanos despertaran a una vida nueva y diferente, muy lejos de su suelo nativo. Muy lejos de todo y de todos...

La nave segua, segua su rumbo fijado. Los delicados, complejos aparatos de a bordo, el mecanismo de control y direccin actuaban por s solos. El hombre no era necesario ya, en tanto no fallara algo de lo cibernticamente calculado y medido de manera rigurosa. Todo estaba previsto en aquel viaje. Absolutamente todo. Slo una catstrofe insospechada poda romper el equilibrio tcnico y cientfico de la nave.

En cuanto al elemento humano..., su misin era a ms largo plazo. Cuando el viaje estelar tuviera su destino, su conclusin definitiva. Entonces empezara su propia responsabilidad.

Por ahora todo iba bien. La nave se mova por el sistema solar. Su destino distaba mucho de ser Marte, Venus, Saturno o cualquier otro cercano planeta. Posiblemente era preciso abandonar el sistema solar en busca de un cuerpo celeste ideal.

Y sa era la misin exacta de la nave y sus trece tripulantes.

Ese era el objetivo de la gran expedicin csmica: hallar un mundo idneo para la especie humana. Un lugar donde sobrevivir, sencillamente.

No pedan ms que eso. Nada menos que eso...

La nave, accionada por el gran computador, segua adelante, siempre adelante.

La ruta estaba programada, los incidentes o dificultades previstos, y los sistemas de emergencia y seguridad de a bordo, movidos en todo momento por delicados y mltiples impulsos electrnicos, no podan fallar en modo alguno, conforme al clculo de probabilidades de los diseadores del sistema de navegacin del vehculo espacial. La tecnologa era lo bastante perfecta como para asegurarlo as.

Sin embargo, el riesgo, aunque mnimo, exista siempre.

Y ese riesgo, de presentarse, poda no slo extinguir el viaje de la nave, sino trece vidas humanas con l.

Trece vidas particularmente importantes para el futuro de la especie humana.

Trece vidas que eran las ltimas.

Las ltimas no contaminadas. Las ltimas capaces de iniciar una nueva Humanidad en cualquier rincn asequible del universo.

* * *

La nave segua su rumbo, inmutable como la marcha misma de los astros que la rodeaban, convertida al parecer en un elemento ms dentro del inmenso conjunto armnico del cosmos.

La nave sobrepasaba cinturones magnticos, franjas de asteroides, planetas y satlites...

Marte, Jpiter, Saturno, Urano, Neptuno, Plutn incluso...

Los lmites del sistema solar estaban ya ante la forma plateada y brillante de la esbelta estilizada nave...

Y segua adelante. Segua, hendiendo el ocano negro del infinito sideral. En su singladura hacia los remotos confines donde sus sistemas detectores captasen el mnimo de espacio vital, de suelo productivo, de agua y de air respirable, capaces de darles el nuevo paraso terrenal, tras su xodo, en una extraa y alucinante transposicin de momentos bblicos que eran como la confusa repeticin de las escrituras en otro tiempo y espacio...

La nave avanzaba, avanzaba siempre, perdida aparentemente en la inmensidad del cosmos. Con sus trece pioneros a bordo. Con sus trece sobrevivientes al gran caos terrestre. Con tres mujeres y diez hombres, en un letargo helado e insensible, que los arrancaba al tiempo y espacio de su humana condicin perecedera.

La relatividad del tiempo en el universo, se una as a un inexistente tiempo para los humanos iniciadores de una gesta suprema por la supervivencia de la criatura humana en el mbito de la creacin.

Si ello iba a servir de algo, estaba an por ver. Pero all, a bordo de la asptica y poderosa nave csmica, los trece seres dorman su sueo de esperanza en el futuro. Un futuro que poda estar en cualquier lugar, en cualquier instante. Vecino a la Tierra, o cercano a las estrellas. Prximo en el tiempo, o perdido en la noche infinita de los siglos.

La nave segua. Segua siempre...

A bordo slo haba un sonido constante: el zumbido de los sistemas electrnicos, de los circuitos en funcionamiento sin reposo. Y slo una forma de vida: la tecnolgica del gran computador, en cuyas manos estaban las trece ltimas vidas humanas.

Mientras tanto, all abajo, en el tiempo terrestre, haban pasado aos, lustros, dcadas.

Y ya no quedaba nadie. Ni nada.

Solamente suelo yermo extensiones calcinadas, viento helado y silencio.

Y cuerpos. Cuerpos devorados por las llagas de la contaminacin. Cuerpos sin vida, resecndose en los pramos sin lmites, momificados en un horror final, sin siquiera gusanos o podredumbre capaz de sobrevivir para el gran festn final...

La nave, solamente la nave, quedaba ya del planeta tierra y del orgulloso ser llamado hombre, que un da se crey amo de la creacin.

* * *

Galaxy acus el fallo.

En seguida. Inmediatamente de producirse. Galaxy estaba programado minuciosamente, y su tarea era compleja y variada. Desde controlar la nave, dirigirla, conservar la atmsfera, gravitacin y temperatura interiores, hasta mantener el perfecto sistema hermtico de las trece cpsulas que acogan a otros tantos cosmonautas a bordo, pasando por aquella especial y delicada labor de acusar cualquier fallo, cualquier imprevisto.

Por eso Galaxy cumpli su misin. En el acto.

Su sistema de emergencia funcion con matemtica precisin. Una voz electrnica de alarma, moviliz sus recursos programados. Pero ninguno de stos era vlido para aquella situacin.

No se trataba de enmendar el rumbo, de disminuir o aumentar la velocidad, de resolver una avera mecnica o de enmendar un fallo humano que pusiera en peligro la suerte de la nave.

No. Era ms que eso. Mucho ms. Era diferente a eso. Muy diferente.

Galaxy, dcilmente, apel a sus programadores especiales de suprema urgencia. Y descubri que la nica posibilidad estaba all archivada, en su poderoso y amplio cerebro electrnico.

Con la fra serenidad de la mquina, ley esa posibilidad, perdida entre millones de reacciones y procedimientos registrados en sus archivos de programacin:Despertar a los cosmonautas

Despertar a los cosmonautas. Era la nica salida. Galaxy no pensaba. A una mquina, por perfecta que fuese, no le estaba permitido pensar por s misma. La programacin ciberntica no llegaba a tanto.

De modo que no dud ni se pregunt si aquello era prudente o no. Sencillamente, lo hizo.

Y para hacerlo era preciso reactivar el calor natural en las cpsulas individuales de hibernacin. Era necesario inyectar aire respirable normal en ellas, y hacer funcionar de nuevo el tiempo para los trece seres de a bordo.

Eso... o dejar que la nave fuera al desastre.

Galaxy no sinti remordimientos por interrumpir un sueo que poda ser de siglos. Un computador no tiene sentimientos tampoco. Slo circuitos, cables, mecanismos complejos y diversos. Sin otro cerebro que el creado por el hombre. Sin corazn ni sensibilidad.

Su programacin pas automticamente a los sistemas de accin sobre el personal de a bordo. Sensibles ondas magnticas activaron nuevamente los cerebros dormidos. Los cuerpos humanos volvieron lentamente de su letargo. Muy lentamente. Las tapas de sus cpsulas respectivas se deslizaron suavemente, la glida temperatura se fue modificando de modo paulatino.

Al final despertaron. Uno a uno. Por orden rigurosamente establecido en la programacin electrnica.

El primero tena que ser el comandante. El hombre encargado de dirigir la nave hacia su destino: Hctor.

Hctor despert. Su primera impresin fue de estupor y desorientacin. La segunda, de esperanza. La tercera, de inquietud.

Esperanza en haber llegado a alguna parte. Algn rincn planetario donde los sistemas de anlisis situados en la superficie externa de la nave hubieran detectado atmsfera respirable y suelo adecuado a la supervivencia humana, datos que, pasados a los computadores interiores, determinaran que stos pusieran en funcionamiento, no slo el sistema de despertarles de su helado sueo, sino tambin de posar suavemente la nave en el planeta designado, o hacerle girar en rbita adecuada en tomo a l.

Pero nada de eso suceda. Hctor lo supo inmediatamente. Le bast mirar a una de las numerosas pantallas en crculo, situadas frente a su cpsula de hibernacin, y descubrir en ella datos negativos por completo, indicaciones de marcha de los motores inicos, velocidades y dems informes tcnicos de la marcha del viaje.

Seguan viaje, eso era indudable. El detector de averas mostraba su pantalla fluorescente en blanco. Qu suceda entonces para ser despertados bruscamente?

Preocupado, mir a los dems compaeros, alineados en tres filas de cpsulas transparentes y horizontales, suspendidas en las curvas paredes blancas, plsticas, del interior del vehculo espacial.

Todos iban despertando, uno a uno; Nadia, Perth, Coplan, Alexis, Alpha...

Todos. Por el riguroso orden establecido. Era el retomo a la vida.

Hctor frunci el ceo. Pens lo peor.

Galaxy... musit. Acaso una avera...

Cruz hacia los controles de emergencia. Puls una serie de botones de diversos colores y formas. Aparecieron letras rpidas, luminosas, en una pantalla de informacin automtica del computador:

Sin averas mecnicas. Galaxy funciona perfectamente. No hay fallos tcnicos a bordo.

Escueto y preciso. No caba error. Los programa-dores no se equivocaban. No hasta ese punto.

Pero si todo iba bien...

Entonces, por qu? mascull Hctor. Por qu despertarnos a todos?

S, por qu? son a su espalda la voz de Alpha.

Se volvi Hctor. La rubia y majestuosa belleza femenina de Alpha, destacaba en su brillante y funcional atavo espacial, liviano y estilizado, color magenta. Los colores eran diferentes en todos los casos. Podan evitar errores de identificacin, siempre que existiera luz all adonde fueran. El tejido era luminiscente en la oscuridad, y hara el resto si carecan de iluminacin adecuada.

No s lo que sucede suspir el comandante. Puls otras teclas, rpido y seguro, en tanto los dems cosmonautas se aproximaban, formando cerco en torno suyo, a la expectativa.

En la pantalla aparecieron nuevas palabras informativas:

:Situacin de emergencia imposible de controlar por medios tcnicos.

Imprescindible despertar a la dotacin.

Se miraron todos, perplejos. Galaxy informaba minuciosa, framente. No pareca haber fallo alguno en los elementos mecnicos del computador. Pero, por qu acabar con su hibernacin?

Ser preciso preguntar qu ocurre exactamente seal con voz grave Alexis, acercndose a Hctor e inclinando su cabeza sobre la pantalla visual de los mandos.

S, ser preciso afirm Hctor secamente. Se volvi a Perth. Ampla la pantalla de observacin exterior, por favor.

S, seor afirm Perth, pulsando unos mandos.

En el muro frontal se ilumin una pantalla de televisin exterior. El color negro y azul del espacio infinito, apareci ante ellos. Nebulosas y estrellas formaban una pasmosa sinfona impresionante, sobre el vidrio fluorescente.

Hctor solt una imprecacin de extraeza. Seal al fondo de la pantalla.

Aquello parece el sistema solar dijo roncamente. Pero no es posible.

No, no era posible. Aquella mancha remota de luz, en la distancia inverosmil, no poda ser su sistema solar. No poda ser.

Tenemos que estar ms cerca de la Tierra y de los dems planetas solares, Hctor seal suavemente Nadia. Le mostr una tabla de clculos matemticos hechos por la computadora y revisados velozmente por ella, con su fra eficiencia de experta en la materia. Llevamos solamente diez aos de vida terrestre en ruta. Ao y medio exactamente tard la nave en sobrepasar la rbita de Plutn, conforme a los datos previstos.

De modo que ahora, siguiendo a un mismo ritmo de marcha, tendramos que estar en un punto situado, aproximadamente, a cinco veces la distancia de Plutn a la Tierra, con respecto a los lmites de nuestro sistema solar seal Hctor, pensativo. Esto es, treinta mil millones de kilmetros en cifras redondas.

Ms o menos sonri Nadia, como divertida por los clculos a grosso modo de su jefe y comandante. Lo cierto, Hctor, es que en esa pantalla la imagen que se ve de nuestro sistema solar, dista mucho de ser la que debera de verse desde un punto situado a esa distancia.

Hctor no contest. Estaba pulsando teclas para obtener informacin del computador de a bordo. Entretanto, Alexis se haba aproximado, con aire excitado, a la gran pantalla visual, y contemplaba todo aquello, como intrigado. Especial atencin le mereca la nebulosa luminiscente, la vaporosa nube de brillo blancuzco, lechoso, que formaba el fondo de la imagen sideral en el televisor externo.

Luego, de repente, lanz la revelacin asombrosa:

Esperad jade. Eso... eso no es nuestro sistema solar.

Los dems le miraron con sorpresa. Hctor ni siquiera se volvi para hacerlo. Ni hizo comentario alguno, salvo una afirmacin con voz ronca, fija su vista en la pantallita de informacin electrnica:

Alexis tiene razn. No es nuestro sistema solar, sino toda nuestra galaxia. Y aquella doble mancha a la derecha, son las nubes de Magallanes. Vean esto...

Hubo exclamaciones de estupor, voces vivas y excitadas. Todos los rostros se inclinaron sobre la pantalla informadora.

Leyeron los fros datos del computador, como si hubieran recibido un mazazo demoledor e inslito:Aunque los datos de velocidad y coordinacin son normales, sucede algo errneo.

Estamos a cuatrocientos mil aos-luz del sistema solar. Y avanzamos a velocidades superlumnicas, no detectadas por los sistemas de control y regulacin de ruta hacia la nebulosa M-31.

En suma, amigos mos... jade Hctor, muy plido. Estamos siguiendo viaje hacia Andrmeda, a dos millones de aos-luz de la Tierra... y parece que pronto vamos a llegar, aunque eso sea cientfica, material e incluso hipotticamente imposible.

CAPITULO III

Hacia Andrmeda!

Era exactamente la ruta. Acababan de confirmarlo los instrumentos ms precisos de a bordo. La carta celeste luminosa, haba aparecido en la pantalla gigante de situacin, sealando el puntito luminiscente en movimiento que era ahora su nave.

Andrmeda.

Una galaxia a dos millones de aos-luz del sistema solar de donde ellos trece procedan...

Se miraron en silencio. La cmara de reuniones se utilizaba por vez primera. La mesa oval reuna en su tomo a los trece astronautas, a los trece supervivientes de algo que se llam Humanidad.

Los sistemas automticos de a bordo funcionaban normalmente. Todo funcionaba bien en apariencia. Slo en apariencia, claro. Lo que la nave nunca podra hacer era viajar a ms velocidad que la luz. Nada poda superar esa velocidad. Era fsicamente imposible. Una carga de energa infinita era algo fuera de las posibilidades limitadsimas de los humanos. Una distensin infinita de la forma y de la materia, no entraba en cabeza humana alguna. Es ms, la nave segua su ruta normal. Lo decan los computadores de a bordo, el delicado y minucioso instrumental.

Pero algo iba mal. Algo estaba equivocado. Por eso Galaxy haba despertado a los cosmonautas. Era imposible. Galaxy saba que era imposible, porque los datos no coincidan con sus archivos electrnicos, y haba hecho lo nico que un computador poda hacer: despertar a las criaturas que lo confeccionaron, con la esperanza de que ellos resolvieran sus problemas all donde su programacin era incapaz de hacerlo.

Lo malo es que el problema segua siendo el mismo. Ellos tampoco podan hacer nada. Nada de nada, excepto hablar, cambiar impresiones, tratar de ver claro, de explicarse el fenmeno de alguna manera. Slo eso.

La presidencia de la reunin estaba formada por el comandante Hctor y sus dos lugartenientes con cargo de suboficiales a bordo: Alexis y Chang. El ruso y el oriental parecan tan perplejos como l. Lo mismo que las tres mujeres, Marin, Alpha y la platinada Ingrid. Lo mismo que los otros siete hombres, Doc Barrow, mdico y cirujano de a bordo, Perth, Maddox, Dentn, Martn, bano y Coplan.

Eran trece personas en busca de una verdad. De una verdad imposible.

Imposible, s fue el primero en hablar Doc Barrow, puesto en pie. Todos sabemos que es fsicamente imposible. No hay ningn instrumento averiado a bordo. Los sistemas de control de velocidad y de tiempo funcionan a la perfeccin. Llevamos diez aos aqu dentro desde que partimos del planeta Tierra antes de sufrir la contaminacin. En diez aos es imposible recorrer una distancia equivalente a cuatrocientos mil aos-luz.

Pero la hemos recorrido seal secamente Perth.

En apariencia, s suspir el mdico. Puede haber un error en alguna parte.

En cul, doctor? indag Alexis, irnico. El rostro eslavo del moscovita revel un cierto sarcasmo. Si no hemos recorrido esa distancia, se equivoca la imagen que vemos en la pantalla por los objetivos de televisin exterior, y se equivoca el computador en su informe de datos.

Dos errores que coincidan, sera demasiado convino Hctor, sereno. Por tanto, hemos de aceptar en principio que estamos justamente donde parece que estamos. Esto es, en una zona inmediata a Escultor y Homo, a distancia aproximadamente igual de las nubes de Magallanes y de nuestra galaxia en su totalidad.

Lo cual resulta absurdo remach sombramente Coplan, sacudiendo su pelirroja cabeza.

Cientfica y humanamente absurdo rectific, fro, el segundo oficial de la nave, el apacible y cerebral Chang. Pero, dnde terminan la ciencia y lo humano, una vez inmersos en lmites insospechados e inexplorados del cosmos, seores?

Todo en el universo tiene una armona y unas reglas inmutables rechaz vivamente Doc Barrow. Se ha comprobado en viajes espaciales anteriores.

Por favor, doctor, no me haga rer suspir Chang. Qu clase de viajes? A Marte, a Venus, incluso a Jpiter o Saturno. Nunca se pas de ah. Nunca. Estbamos dentro de un mbito relativamente familiar, dentro del equilibrio planetario de nuestro sistema. Qu sabamos del ms all csmico? Nada en absoluto, o muy poco. Lo que la ms elemental astronoma o los satlites-observatorio o los cohetes-sonda nos revelaron parcial y defectuosamente.

Eso es cierto aprob vivamente bano, con una expresin inteligente y excitada en su rostro negro, lustroso, joven y enrgico. Chang dijo algo positivo al fin. No sabamos nada del universo. Hemos sido siempre como nios presuntuosos, convencidos soberbiamente de una sabidura ridcula e inexistente. Ahora, cuando sobrepasamos los lmites de nuestra galaxia, descubrimos que podemos ser ms rpidos que la misma luz, no s por qu, ni creo que importe a la postre.

Cmo no va a importarnos la causa de este salto gigantesco en el cosmos, bano? protest el latino Martn, con enfado. Es vital saber qu nos sucede. Todo parece normal. Velocidad de crucero, rumbo, funcionamiento de la nave, estado fsico y mental... Como si esta nave, ideada, diseada y construida por nosotros, en el planeta Tierra, y por medios perfectamente terrenos, e incluso limitados por las tremendas circunstancias del caos planetario que sufrimos, fuese movida por fuerzas csmicas inconmensurables... y nosotros no sintiramos nada de nada. Igual que en un sueo.

Un sueo... Hctor inclin su arrogante cabeza rubia, de largo cabello, de noble rostro inteligente, sensible y viril. Los ojos verdes centelleaban, cuajados de dudas, de interrogantes, de incertidumbres sin lmites. Dios mo, la vida humana se dijo a veces que era como un sueo fugaz. Ser ste de ahora un sueo infinito y fabuloso ms all de todas las normas fsicas conocidas, ms all de cuanto nosotros hemos concebido y aceptado como natural y plausible?

Hubo un profundo silencio tras hablar el comandante. La nave, en teora, continuaba su vuelo normal. Normal... La palabra inspiraba risa. Y, sin embargo, bastaba oprimir una tecla del gigantesco computador para que la pantalla diera un rutinario informe:

Curso, velocidad y situacin a bordo, normales.

No importaba que Galaxy, trastornado por algo que su complejo cerebro electrnico no acababa de entender, los hubiera arrancado a su sueo helado de aos, para afrontar una situacin extraa, incongruente. Algo iba mal, por supuesto. Haba mi error en alguna parte. Pero no en los instrumentos de a bordo, no en sus motores inicos, no en su ruta fijada previamente, que la velocidad inaudita e inconcebible de ahora, haban alterado de modo alucinante, dirigindolos a... a Andrmeda, all en los confines nunca soados por el hombre en su afn eterno de conquista tecnolgica.

Si est sucediendo, no es un sueo, comandante rechaz Alexis, categrico. No lo que entendimos siempre por un sueo, al menos. Est sucediendo. No hay fuerza motriz ni la hubo jams, que proyecte al hombre y a sus mquinas a velocidad cercana a la luz, cuando menos ms all de ese lmite imposible de alcanzar. Algo ocurri, es evidente. Estoy conforme en que hemos traspasado una barrera, no s cul. Pero no es un sueo. Nos est sucediendo a nosotros. Aparentemente, por la causa que sea, nos vemos de modo normal, vivimos en nuestro ambiente normal, limitado y rudimentario. Ese puede ser un fenmeno psquico, o una simple ilusin. Es como el que va a velocidad de vrtigo dentro de un vehculo. Lo que est dentro de ese vehculo parece inmvil para l, porque no mira al exterior. Si lo hace, descubre que todo es una mancha borrosa, un vertiginoso desfile de imgenes que van quedndose atrs. Digamos que algo, en ese fenmeno, nos permite sentirnos como siempre hemos sido. Y eso es, supongo, porque todo se mueve a igual velocidad, y ello nos impide advertir a qu velocidad nos desplazamos por el universo.

Es una teora muy razonable admiti Maddox. Pero el universo exterior, visible por nuestros televisores, s debe moverse, alejndose de nosotros a velocidad fabulosa. Y sin embargo, no lo advertimos tampoco.

La expansin constante del universo no explicara ese fenmeno, comandante convino gravemente Nadia, clavando sus ojos grises en Hctor. Qu puede ser en suma?

No lo s confes el comandante, encogindose de hombros. Es el punto ms inslito de todo este misterio. Estoy conforme en que en el espacio todo cuerpo en movimiento parece estar inmvil al carecer de puntos de referencia. Pero cuando se sobrepasa la velocidad de la luz y se recorren millones de kilmetros por hora, admito que tendra que advertirse movimiento, distancia constante en los astros, galaxias y dems cuerpos celestes que vamos dejando atrs, o aquellos que vemos ante nosotros a distancias inconmensurables. Pero no sucede eso. Y no tengo respuesta para ello.

Yo la he buscado coment el experto en ciberntica, Perth, ingeniero electrnico de profesin. No di con ella. Los sistemas de televisin en circuito cerrado funcionan normalmente, los objetivos exteriores no sufren ninguna alteracin, y todo marcha normal en apariencia dentro de esta nave e incluso en su fuselaje exterior. S que no es ello posible, pero los datos tcnicos que poseo as lo confirman, seores. De modo que la imagen televisada que tenemos ante nosotros es real y fiel.

Tambin lo es la carta celeste y nuestra referencia en el tablero seal Maddox al punto luminoso, movindose a velocidad escalofriante en el enjambre de mundos luminiscentes, entre millares de coordenadas y de cuadrantes que formaban una tupida telaraa sobre el tablero de luz. Y vean cmo nos movemos a velocidades inauditas...

Era cierto. Hctor manipul unos botones de sus controles en la presidencia de la amplia, lustrosa, reluciente mesa oval. En unas pantallas receptoras de televisin apareci el firmamento en diversos encuadres, segn los objetivos de televisin que los captaban.

Vean la mano de Hctor seal las diversas parcelas csmicas, visibles a todos ellos, aparentemente inmviles. Sin embargo, en esas vistas parciales del cosmos, podemos advertir que, en slo una hora, nuestra situacin ha cambiado decisivamente.

Es aterrador jade Chang, enjugando la transpiracin de su rostro aceitunado, de rasgos orientales. Nos movemos a velocidades imposibles para cualquier materia... Todo se altera en breve tiempo, aunque aparentemente siga inmvil. Estamos dirigindonos a velocidad creciente hacia Andrmeda. Yo dira que cuadruplicamos ya la velocidad misma de la luz... y esa supervelocidad se multiplica por s misma en progresin creciente, hasta lmites de pura fantasa...

Pero todo eso, por qu no lo acusan los instrumentos de a bordo? casi grit, exasperado, Perth. Por qu?

Hubo una pausa, un silencio profundo. Al final, plido pero sereno, dueo todava de s y de sus bien templados nervios, Hctor, comandante de la nave, hombre en cuyas manos estaba, acaso, el destino de aquel puado de seres sobrecogidos por la grandiosidad suprema de las circunstancias, se expres con lentitud, casi con fatiga o cansancio en su tono y en su voz:

Seores, creo que todo tiene una explicacin tan sencilla como indescifrable para todos nosotros dijo. Hemos sobrepasado todas las fronteras de lo conocido. Algo ha sucedido, algo que no entiendo, pero que nos proyecta fuera de lo racional y de lo material. Estamos como presos en una increble trampa csmica que nos conduce a alguna parte remota del universo. Y aqu, donde ahora nos encontramos, sea ello lo que fuere..., nuestros limitados y pobres aparatos, orgullo de la ciencia humana, se estrellan, impotentes, incapaces de adaptarse y de traducir sus enormes consecuencias...

Luego nadie dijo nada. Tal vez Hctor haba dado con la frase feliz y exacta que defina su situacin.

Presos en una trampa csmica. Presos en un mbito sideral donde la velocidad superlumnica era lo natural y lo admisible. .

Presos de un fenmeno galctico inconcebible para la mente humana. Ms all de todo lo conocido. Ms all de todo lo previsto y ambicionado. Ms all de cuanto el hombre so desde el principio del tiempo.

Haban roto las barreras. Todas las barreras.

A partir de all, su destino era un enigma, su trayectoria una incgnita, su singladura una fbula inconmensurable.

Un delirio. Una locura. Un imposible.

Y lo peor es que no saban siquiera cmo detenerlo. O cmo afrontarlo.

* * *

Qu va a ser de nosotros, cario?

No lo s. No s nada de nada, mi vida...

Se besaron. Buscaron calor mutuo, cobijo comn en sus brazos. Uno contra el otro, boca con boca. Sus ojos se buscaron. Incluso se encontraron, acongojados y trmulos. Temblaron, estremecidos.

Tengo miedo, Hctor.

T? Miedo t? se sorprendi l.

S. Por qu no he de tener miedo? Soy un ser humano. Soy mujer...

Eres Nadia, una mujer con carrera. Matemtica, clculos... Una mujer fra y cerebral se supone.

Se supone, Hctor. T sabes que no es as. Quisiera que lo fuese ahora, pero...

No te disculpes sonri l, acariciando sus cabellos, suavemente rubios, como oro viejo e hilado. Me gustas as, Nadia. Eres mujer antes que matemtica. Eres una criatura humana y no una supermujer. Ninguno aqu somos superhombres. Slo hombres que intentamos lo nico posible para escapar a nuestro propio fin.

Y ha tenido que ocurrimos esto...

El riesgo est en todas partes, Nadia. No se poda uno quedar en la Tierra, con el refugio erosionado y las radiaciones comenzando a entrar ya peligrosamente en nuestra rea subterrnea. Haba que hacer algo. Y lo hicimos. Esta nave, esta energa inica... La ltima carta.

El xodo... sonri ella. Recuerdas que lo dijiste, Hctor? El xodo de una moderna era bblica que empezaba en nosotros, con diez Adanes y tres Evas solamente...

El Creador tuvo mucho menos en el paraso. Slo uno de cada sexo. Y ya ves adonde llegamos. Espero que esta vez sea mejor el final de la especie...

Pero, dnde, Hctor? En Andrmeda? A millones de aos-luz de lo conocido por nosotros durante centurias?

En cualquier parte. Todo esto es cielo, estrellas, galaxias. Cualquier cuerpo celeste puede ser un mundo. Nuestro mundo.

Quin podr detener la nave en el lugar preciso? Funcionarn los sistemas de captacin de datos atmosfricos y planetarios? Existir un planeta ideal, con un sol, un calor, un da y una noche, una temperatura razonable y un aire que nos permita sobrevivir? Existir en Andrmeda?

En Andrmeda o ms all de Andrmeda, Nadia. En cualquier sitio puede existir ese mundo ideal donde reconstruir lo destruido, donde renacer lo deshecho. ..

Si fuera tan sencillo, Hctor...

No. No ser sencillo. Pero tiene que existir. Existir, no hay duda.

Y entonces, sers capaz de frenar la marcha de esta nave?

Espero que s suspir l. Mene luego la cabeza, pensativo, preocupado. Lo espero, Nadia. No afirmo cosa alguna. Confo en los sistemas electrnicos, en las computadoras y en los controles. Confo tambin en nosotros mismos. Y en Dios. Es todo lo que puedo hacer dadas las circunstancias.

Supongo que es todo lo que podemos hacer cada uno de nosotros asinti ella. Pero t eres el comandante. El jefe. Tienes una responsabilidad ante todos. Ante nosotros, ante ti mismo, ante el futuro de la Humanidad.

La Humanidad... l repiti amargamente la palabra. Sus ojos se entornaron, soadores y ensombrecidos a la vez. Nosotros somos ahora la Humanidad, Nadia.

Lo s. Solamente nosotros trece.

S. Solamente trece. Como Cristo y sus apstoles. Trece nada ms. El principio... o el fin. Los que quedaron abajo ya no cuentan consult su reloj-calendario. Suspir, inclinando la cabeza. Ya no. Han transcurrido once aos para la Tierra. Para nosotros a bordo de la nave, solamente das. Pero son aos terrestres. Demasiados para los infelices contaminados. Ya no quedar ninguno con vida.

Dios mo... Nadia se estremeci con gesto de horror. Un mundo vaco, desierto, desolado para siempre...

S, para siempre. El aire se contamin, igual que la superficie terrestre. Tardara milenios en reproducirse las plantas ms necesarias para la supervivencia humana e incluso animal. Peces flotando en los mares, millones y millones de peces en plateadas masas inertes, pudrindose bajo un cielo cargado de nubes de contaminacin letal... Ciudades extinguidas, ruinas, muerte, silencio, viento helado o abrasador, selvas calcinadas, bosques carbonizados, llanuras ennegrecidas, ni un solo soplo vital en parte alguna. La vida vegetal o animal reducidas a cero en todo el globo... Eso ser ahora la Tierra. Eso ser, por siglos y siglos, acaso hasta que el Sol, nuestro Sol, sea una estrella nueva, y todo reviente para siempre...

Por qu nosotros, Hctor? Por qu sobrevivir nosotros precisamente entre miles de millones de un mundo superpoblado? la angustiada pregunta de ella flot en el silencio de la asptica nave de muros plastificados.

No lo s. Esa es una de las cosas que nadie sabe nunca. Ocurre as, y eso es todo. No sabemos siquiera si habr valido para algo, o slo para alargar nuestra agona un poco ms y encontrar una muerte ms heroica entre estrellas y galaxias..., pero muerte al fin y al cabo, porque morir es lo mismo en todas partes.

Habr valido la pena entonces? Qu habremos ganado con este intento desesperado de sobrevivir?

Nada. Pero s habr valido la pena, Nadia. Siempre vale la pena luchar, esforzarse por eludir el destino adverso. Por nosotros y por el futuro mismo del hombre. Ya que providencialmente estbamos en nuestro refugio hermtico subterrneo cuando sucedi aquello, y la estupidez humana termin con su propia especie y su civilizacin, en la ms absurda y feroz de las guerras, utilizando armas letales inconcebibles, era preciso buscar una evasin, un camino de esperanzas. Lo encontramos y lo seguimos. Lo que ahora suceda ya no importar demasiado, porque no est en nuestras manos evitarlo o rehuirlo.

Eso quiere decir que estamos a merced de los acontecimientos...

S, Nadia. Eso quiere decir que nos encontramos en manos de algo que nos dirige en este momento, que controla nuestra nave y la impulsa a velocidades disparatadas, cientficamente imposibles.

Ese algo, supones que sea un fenmeno csmico?

Tiene que serlo, s.

Pero, y si no lo fuese?

Entonces... Hctor se encogi de hombros con expresin de profunda inquietud. Entonces, Nadia, estaramos ante algo desconocido y terrible. Algo que una mente humana no puede imaginar en modo alguno, sea ello lo que fuere.

CAPITULO IV

Perth cambi una mirada perpleja con Alexis. El ruso se enjug el sudor de la frente y desvi la mirada hacia los datos computados por el cerebro electrnico de a bordo.

Es imposible mascull. Imposible, Perth.

Lo s admiti el ingeniero electrnico. Pero los sistemas del computador estn en orden. No hay error posible.

Tiene que haberlo en alguna parte se lament Alexis. No podemos viajar a esa velocidad. La materia no est capacitada para desplazarse as. No existe energa capaz de movernos con semejante celeridad. Estaramos convertidos en radiaciones, en algo ms all de la propia luz... No s, no cabe en mente alguna una cosa as.

Pero est sucediendo, Alexis insisti Perth. El ingeniero experto en ciberntica se inclin sobre un computador anexo e hizo una serie de rpidas operaciones, tecleando con rapidez en un tablero de cifras. Obtuvo irnos datos en una pequea y alargada pantalla luminosa rectangular. Se pas una mano por la frente y la retir hmeda de transpiracin. Recit con voz sorda: Vea lo que dice el ordenador de distancias y coordenadas de vuelo. Estamos llegando ya a Dragn y la constelacin de la Osa Menor. Eso significa que nos hallamos a milln y medio de aos-luz de la Tierra.

Muy plido, Alexis traz unas lneas en un mapa celeste iluminado. Sacudi enfticamente la cabeza, tras un rpido clculo en su reloj-calendario.

No puede ser... gimi. Eso indicara que hemos recorrido una distancia que la luz tarda milln y medio de aos en atravesar..., slo en doce aos terrestres^ que son doce das para nuestra nave y para nosotros!

S suspir Perth, sombro. Exactamente. Eso es, Alexis.

Dgame qu energa puede mover algo a esa velocidad, y qu materia puede salvar una distancia as en tan breve tiempo. Por muy relativas que sean las medidas cronolgicas, tal como las entiende el hombre..., nosotros somos hombres, y esta nave est hecha por nuestros propios medios. De modo que, cmo pudo suceder?

No lo s. Aparentemente, los motores funcionan bien, los datos de ruta son correctos... Slo falla nuestra velocidad. A este paso y si seguimos en progresin creciente, pasaremos incluso Andrmeda para sumergirnos en distancias inverosmiles, adonde apenas si llegaban nuestros radiotelescopios.

Alexis afirm, pensativo. Su mirada vag por aquella panormica, indita para los ojos humanos, de mundos, galaxias y constelaciones jams presenciadas a aquella distancia breve e inaudita.

Perseo, Hrcules, Pegaso, Len, Gminis... Eso significara llegar a casi mil millones de aos-luz de la Tierra... Y nuestro universo conocido slo alcanza los lmites de... de tres mil quinientos millones de aos-luz en el cmulo de galaxias del Boyero, el ltimo que fue posible fotografiar en nuestra poca... Cierto que hay an un ms all hecho de oscuridad, de formas desconocidas, de millones y millones de otras galaxias... Pero un da, en alguna parte, el universo terminar. Pese a su constante expansin a velocidades crecientes, un momento ser decisivo, ser el ltimo de la materia que compone nuestro cosmos. Yo me pregunto, Perth, si no estamos ahora avanzando como algo a merced de un poder superior e infinito, hacia los confines mismos del universo conocido e imaginable.

Los confines... Perth se encogi de hombros. Eso es todo tan relativo, Alexis... Tenemos que, segn los astrnomos, nunca se podr fotografiar un objeto, un cuerpo celeste, a ms all de diez mil millones de aos-luz de distancia del lugar de observacin. Y que el universo, en su totalidad, debe alcanzar unas dimensiones equivalentes a veinticinco mil millones de aos-luz de distancia. Pongamos que en vez de eso son cincuenta o cien mil millones de aos-luz, que es elevar esa distancia a inconmensurables mbitos celestes. Aun as, habr siempre un ms all, a no ser que la terica curvatura del espacio d a ste dimensiones finitas y, por ello, delimitadas.

Ambos hombres guardaron silencio durante unos momentos. Alocadamente, los nmeros y cifras cambiaban ahora en los contadores de a bordo. Aparentemente, todo estaba bien, todo en orden, regular y normal. No haba alteraciones en el sistema de marcha de la nave. Pero estaban superando la velocidad de la luz en proporciones ingentes, imposibles de imaginar por la ms delirante imaginacin.

Lo que no poda suceder estaba sucediendo.

Y cuando la gran nebulosa M-31 qued atrs, para su estupor, supieron que haban sobrepasado a Andrmeda y seguan adelante en una expansin fabulosa, movidos por una fuerza ingente, que converta a la nave y sus tripulantes en algo ms que luz, en algo ms que puras radiaciones o vaco informe e inmaterial.

Nuevos ngulos, nuevas perspectivas csmicas se abran ante ellos, como puerta alucinante de singladuras remotas, jams presentidas ni soadas por el hombre. El computador no sealaba el origen del error, no posea datos para descifrar el enigma, pero cuando por fin reaccion Perth, con cierta lgica y frialdad y se acord de hacer una pregunta concreta a Galaxy, el computador, la respuesta fue contundente y aterradora.

Perth pregunt al computador, nervioso y malhumorado :

Qu es lo que nos mueve ahora? Qu nos desplaza por el universo al margen de nuestro propio sistema motriz?

La pregunta, tecleada en una de las bandas magnticas del computador, fue engullida por la mquina. Esta trabaj sobre el tema. Y su pantalla luminosa devolvi la respuesta que ya muchos de ellos teman:

Estamos siendo atrados por algo desconocido. Imposible salir de su fuerza de absorcin.

Nadia haba entrado con Hctor a tiempo de ver esa respuesta. Plida, temblorosa, se precipit a su propia mesa de trabajo y empez a trazar una serie de clculos matemticos.

Cuando hubo obtenido ciertos resultados, volvi al computador y los registr en uno de sus cuerpos de sistemas matemticos. La respuesta no tard en producirse:Clculo acertado. Cifras exactas. Consecuencias lgicas.

Nadia pestae, apoyndose asustada en los tableros de mando. Hctor y Alexis corrieron hacia ella, preocupados.

Qu le sucede, Nadia? se interes el ruso. Se encuentra bien?

S, s afirm ella. No es nada. Slo la impresin...

Impresin? demand Hctor. De qu?

Nadia le mir fijamente. Declar con lentitud:

Segn mis clculos, a la velocidad que nos desplazamos en el espacio no podemos ser visibles para nadie que est fuera de esta nave.

Eso no puede ser rechaz vivamente Doc Barrow, acercndose a ellos. Nos vemos, no es cierto? Aparentemente todo es normal aqu...

Aparentemente, s afirm Nadia. Nosotros nos vemos, podemos ver los contornos y lmites de nuestra nave. Existimos, en suma, slo para nosotros. Pero exteriormente para cualquier observador posible, somos simple vaco, puro espritu en movimiento, distorsionados por la propia velocidad, hasta desaparecer, hasta no ser ni siquiera luz, fluido, radiacin o cosa alguna. En suma, somos lo ms parecido a trece almas ingrvidas, incorpreas, trece espritus movindose en la nada, en el vaco total, invisibles, informes, sin posibilidad de ser captados por nadie, trece seres y un cuerpo envolvente, que es nuestra nave, que matemticamente han dejado de ser materia para pasar a ser simple espritu, puro fluido inaprensible, en marcha hacia alguna parte jams imaginada, por encima de todas las velocidades hasta ahora concebidas por la mente humana. Eso somos, amigos mos. Y eso seguiremos siendo en tanto contine este viaje en la nada, hacia ninguna parte...

* * *

Alpha y Alexis hablaban en voz baja, all en el puente, ante la galera visual al exterior intergalctico, que pareca no moverse, pero cuyo desplazamiento era constante en torno suyo, transformndose y alterndose sustancialmente a cada momento.

Ingrid, la platinada Ingrid, alta, majestuosa, rubia y nrdica, como una hermosa valkiria escapada de una pgina wagneriana, se dej acariciar sus blancas manos plidas por los fuertes dedos oscuros de bano.

A veces parece una tontera tan grande... sonri ella, pensativa.

Qu, Ingrid? demand l, sonrientes tambin sus gruesos labios en el noble y joven rostro oscuro.

Eso de que, matemticamente, se nos tenga que considerar como inexistentes... Ingrid movi la cabeza, y sus guedejas de plata hilada se agitaron suaves. Yo noto el roce, el contacto de tus manos. Y t notas la proximidad de mi cuerpo, no es cierto, Moiss?

Moiss, ms conocido entre sus amigos por bano, asinti risueo. Para probrselo a Ingrid, tal vez la oprimi contra s, y el cuerpo rubio y esbelto, de formas agresivas, se fundi en un abrazo con la musculosa naturaleza del muchacho de color.

S, es cierto afirm l con simplicidad. Nos sentimos mutuamente. Existimos, Ingrid, no hay duda. La matemtica es ciencia. Nosotros somos seres vivos, tangibles. Nunca fue lo mismo lo puramente matemtico que lo slido y efectivo, digan ellos lo que digan.

Se besaron. Tiempo atrs, en el planeta Tierra, hubiera parecido casi un crimen, un atentado a las leyes, en muchas partes del desdichado mundo ya extinto, que un hombre de piel oscura y una mujer de plida epidermis se fundieran en un afecto carnal. Eso era entonces, cuando los hombres concedan importancia a cosas as. Ahora ellos conocan la gran leccin. Eran solamente criaturas de una especie aniquilada. Criaturas de una orgullosa y soberbia fauna inteligente, que se crey ms, mucho ms de lo que nunca fue, hasta que su propia arrogancia y sus propios engendros los destruy. Ingrid y bano saban I bien cun necio fue todo lo que el hombre dispuso I antes del fin. Ahora, despus del fin, el pasado era borrn y cuenta nueva. El pasado no exista. No mereca la pena recordarlo siquiera. Ahora ellos trece implantaban su propia ley. Y era buena. Era la mejor de todas.

Era la ley de la supervivencia, de la dignidad mutua, del respeto y de la honestidad para todos y para s mismos. Era la ley de la esperanza y del esfuerzo comn por un maana prometedor y difcil. Era el olvido de todo lo que nunca debi de ser. Y entre esas cosas estaban conceptos horribles, oscuros, caducos y vergonzosos: poltica, racismo, odio, guerras, temor, ambicin, codicia, intolerancia, crueldad, mala fe, morbosidad, violencia, crimen, dinero, placer, lujo, fraude, mentira, servilismo, sometimiento, tirana, milicia, armas blicas, matanzas, uniformes, banderas, smbolos falsos, falta de fe, falta de amor y de caridad...

bano pretenda olvidar ancestrales humillaciones y dolores; Chang, esclavitudes y desprecios cobardes; y as todos. Yugos de siglos, cadenas de centurias. Todo lo que hizo del planeta Tierra lo que ahora sera: una esfera cenicienta y yerma, perdida en un sistema solar donde no haba otros seres inteligentes para sacar enseanzas de ese caos.

S. Ingrid y bano estaban ya muy por encima de todos esos viejos conceptos criminales y ruines. Por encima de segregaciones e intolerancias. Como Martn, el latino de pueblos esclavizados por el oro extranjero y el poder de ms all de sus fronteras. Como Alexis el eslavo, nico superviviente de un pueblo amplio, que conoci una larga historia de guerras, de invasiones y de sangre. Como todos los elementos humanos, los pocos elementos vivos de la nave proyectada hacia alguna parte. O hacia ninguna parte...

Alpha, morena de epidermis, sensual y ardiente, de larga melena negro-azul, contempl a bano y a Ingrid, uno en brazos del otro. Suspir, mirando a Alexis sus grises ojos inteligentes y vivos, muy de cerca. Sus manos se oprimieron en fuerte contacto.

Alex, mientras quede en nosotros algo de amor an podemos salvarnos, no crees?

S afirm l, despacio. Lo creo. Confo en nuestro futuro, sea donde fuere. Confo en Hctor como jefe de nuestra nave. Confo, tal vez, en el Creador y en su obra. No puede sernos negado un resquicio de esperanza, Alpha.

Nadia dijo que ya apenas somos nada. Y ella es matemtica. Sabe lo que dice. La computadora le confirm su descubrimiento.

Nadia habla como una computadora ms sonri Alexis. Es una gran chica, pero su mente es un encerado lleno de datos, cifras y clculos. Quiz tericamente est en lo cierto. Es posible que nadie nos vea, fuera de nosotros mismos. Y qu? Eso no es tan malo. Yo dira incluso que es buena cosa. Si nos cruzamos con algn ser inteligente, con naves de civilizaciones csmicas en gran nivel de desarrollo, no seremos siquiera vistos o detectados.

Pero el peligro es infinitamente mayor as, Alex protest Alpha. Cundo y dnde terminar nuestro viaje? Qu clase de fuerza increble nos maneja a su antojo, y nos atrae a algn lugar que desconocemos?

Eso slo Dios lo sabe, Alpha. Hemos rebasado todo espacio conocido, todo mbito explorado o imaginado. Hemos salvado fronteras que nunca antes traspas el ser humano. Ahora estamos a merced de esa fuerza absorbente, esa fuente invisible de energa, ante cuyo poder fabuloso, la velocidad de la luz o el equilibrio mismo de los cuerpos celestes, es pura pequeez insignificante. Ya que hemos tenido la posibilidad de entrar de lleno en la ms ingente y aterradora experiencia de todos los tiempos, Alpha, confiemos y esperemos.

Ella le mir, sorprendida. Algo en su tensin sufri un gradual relajamiento. Por fin ella musit en voz baja:

Sabes una cosa, Alex? le rode el cuello con sus brazos, amorosamente. Has logrado el milagro de convencerme. Casi estoy de acuerdo contigo, aunque tenga miedo. Mucho miedo a lo que nos espera all en alguna parte de ese cosmos que tanto desconocemos...

El sonri. La atrajo hacia s. Se unieron sus labios. Eran hombre y mujer. Solamente eso. Aunque ya no fuesen materia en concepto puramente matemtico, seguan sindolo para s mismos. Y eso, de momento, pareca suficiente. Al menos dentro de la nave.

* * *Hctor se apart de las pantallas visoras del exterior. Su gesto era preocupado, su ceo estaba fruncido. Chang y Martn le miraron, pensativos.

Algo nuevo, comandante? indag el oriental. Nada suspir l. Slo que la velocidad aumenta gradualmente. Estamos ya a dos millones y medio de aos-luz de nuestra galaxia. Pero hemos recorrido esa distancia casi inconmensurable en slo catorce aos terrestres. Unos pocos das para nuestro tiempo en la nave y en el espacio.

Es aterrador musit Martn, estremecindose. No ve nada claro an?

No, nada rechaz Hctor. Esto puede seguir indefinidamente. Ya no funcionan siquiera los motores inicos. Los hice detener antes, y todo sigui igual. He cortado la gravitacin artificial e incluso hice suspender momentneamente la temperatura de a bordo. No advertimos nada. El computador seala una temperatura bajo cero, estamos a cero de gravedad, y no flotamos en el aire. Seguramente suprimira el fluido elctrico, y todo seguira igual. Cortaramos la distribucin de aire respirable en la nave, y nada se alterara, amigos mos.

Cientficamente, qu explicacin tiene eso? demand Chang, ceudo.

Slo una; que Nadia tuvo razn. No existimos, Chang.

Fsicamente todo sigue igual aqu. Quiere decir que somos espectros y ni siquiera nos es dado saberlo?

Ms o menos se estremeci Hctor, sombro. Somos un atad flotante, con trece seres fantasmales a bordo de una nave invisible. Estamos por encima de los conceptos de espacio, tiempo, materia y hasta de sensaciones fsicas o mentales. Somos un cero colosal, sumergido en la nada ms absoluta, viajando hacia ninguna parte.

Eso no tiene lgica, comandante rechaz Martn.

No, no la tiene. Pero est sucediendo. Y eso s que es tremendamente lgico.

De modo que todo el viaje es ahora una larga, pasiva espera de la nada total.

S, Chang. Eso creo.

Terminaremos por salimos del universo si esto contina.

O de ir a sumergimos en la oculta fuente de energa que nos atrae convino Hctor. De cualquier modo creo que es un viaje hacia el fin total.

Tengo curiosidad por saber cmo ser aventur Martn. No miedo, comandante, sino curiosidad.

El fin no es nada. Y la nada es el fin resopl Hctor. Al menos en nuestro concepto.

Pero usted dijo que habamos rebasado todo concepto humano y consciente cort el oriental, con lcida expresin.

Cierto Hctor le mir, grave. Tiene alguna esperanza acaso, Chang?

Nunca la pierdo, comandante sonri su segundo, entornando los ojos oblicuos con aire irnico. Y, como Martn, espero tambin el final con viva curiosidad. No podr decirse, al menos, que tuvimos un fin vulgar.

Admiro su serenidad, amigos mos musit Hctor. Y espero que todos seamos capaces de conservarla hasta el lmite de nuestras fuerzas estemos donde estemos.

Luego, sbitamente, hubo un grito terrible en alguna parte de la nave.

Galaxy pareci volverse loco. Sus pantallas visoras cambiaron vertiginosamente de colores en una caleidoscpica sucesin de centelleos para terminar estallando entre aludes de chispazos azules.

Y lleg el caos a bordo.

Todo se inund de una luz radiante, cegadora. La nave se agit con un crujido formidable, y los cuerpos de los astronautas flotaron en su interior, repentinamente helado y oscuro.

Fugazmente, antes de hundirse en la oscuridad, en la nada, Hctor supo que haban llegado al final del viaje.

Que todo haba terminado para ellos.

Segundo Libro

MAS ALLA DE LAS ESTRELLAS

CAPITULO PRIMERO

Dice un milenario refrn que ms all de los mundos y estrellas, y de soles y cielos, hay una eterna oscuridad sin dimensiones ni lmites. Una tiniebla eterna, cementerio de dioses y mitologas, tumba dantesca de seres fabulosos.

Dicen que all donde la vida no existe, ni los astros alumbran, ni los sonidos pueden llegar, ni los colores son nada, la muerte no reina, la luz no tiene sentido, el cromatismo es cero, y el silencio nunca se quebr desde el principio del tiempo, ni ser quebrado hasta el fin del tiempo.

Dicen y dicen muchas cosas. Dicen tambin que el universo es curvo, diablico y complicadamente curvo, en dimensiones que la mente humana no puede imaginar, ni el ojo del ser viviente concebir. Dicen que no tiene principio ni final, porque enlaza sus lmites en una espiral continuada y matemticamente absurda.

Dicen...

Dicen y dijeron; dicen y seguirn diciendo por los siglos de los siglos. Pero nadie nunca pudo saber qu haba ms all. Ms all de lo conocido, de lo conmensurable, de lo visible y lo imaginado. Ms all de todo lo que nos rodea.

Nadie lo supo jams. Nadie... hasta entonces.

Entonces, todo lo que se dijo durante miles de aos cobr sentido. Para trece nicas criaturas, el gran enigma de todos los tiempos, dej de serlo sbitamente. Para trece supervivientes de la especie humana, el ms all pas a ser all. O aqu, ms concretamente.

Entraron en lo desconocido. En lo oscuro. En lo eterno. En el ultrauniverso. En algo que no era nada.

La nada total. Absoluta. Suprema. Inaccesible.

Haban roto la barrera. La gran barrera. La que nadie hasta entonces salv.

Estaban... al otro lado.

Al otro lado de los astros, soles, galaxias, ncleos planetarios, nebulosas, mundos y asteroides, vaco y silencio, luz y sombra. Al otro lado del espejo mismo de la creacin.

Quiz, quiz en el ncleo central de la creacin misma.

En el origen. En la fuente suprema de energa. En el principio. En el fin. En donde nada tena forma ni color, dimensin ni cuerpo. Donde ellos mismos, roto todo eslabn con la vida y la consciencia, haban pasado tambin a no ser nada. O casi nada...

Quiz, quiz haban llegado a Dios. O muy cerca de El...

* * *

Desnudo. Estoy desnudo!...

Hctor supo que estaba desnudo. Como lo estaba Nadia. Y Alpha. Y tambin Ingrid. Y como lo estaba Alexis. Y Perth. Y Maddox, y Dentn, y Coplan. Y Doc Barrow, y Martn. Y el oscuro cuerpo de bano. Y el aceitunado de Chang.

Desnudos todos. Desnudos frente a s mismos. Mseros, tristes, extraamente asustados y como empequeecidos.

Jams la desnudez haba sido as. No se experimentaba vergenza ni lascivia, ni deseos ni humillacin. Slo humildad. Slo la conviccin de que la ausencia de ropas sobre sus cuerpos erguidos, sin fro ni calor, era una desnudez que iba ms all de s mismos y de sus fsicos.

Como si tambin sus mentes, sus almas, sus sentimientos, flotaran desnudos en aquella atmsfera amorfa, densa, oscura. Atmsfera o lo que fuese.

Bajo sus pies descalzos, el suelo era terso, cristalino, fro y sin rugosidades. No pareca tener fin. Nada tena fin all. Como en el sueo surrealista de un pintor demente. Como en la escenografa delirante de un artista imaginativo.

Negro el suelo, negro el vaco sobre sus cabezas, todo enlazaba en un horizonte invisible y rectilneo, donde extraos y como sicodlicos destellos de luz y color lvido, de estructuras y de sinuosidades fugaces, hacan dibujos alucinantes, pronto borrados en la sombra eterna.

Dnde..., dnde estamos? gimi tras l la voz de Nadia, estremecida de pavor.

La sinti contra s. La rode con su brazo fuerte, nervudo. La desnudez temblorosa de Nadia no encerraba ningn signo ertico en s. Era como acoger a un pajarillo aterido, como defender una estatua de mrmol de un imaginario peligro de desastre.

Los dems, hacinados, formando un grupo amedrentado y triste, eran como un amasijo humano, plido y rosado, con la nica nota intensa de la piel oscura de bano o la aceitunada de Chang.

Todos mirando a ninguna parte. Todos temiendo algo que no saban lo que era.

La nave... susurr roncamente Alexis. Mire, comandante. Est ah...

Hctor mir. Asinti despacio con la cabeza.

S dijo pensativo. Est ah...

No dijo ms. Alpha busc calor en Alexis. Ingrid en bano. Doc Barrow sacudi su cabeza canosa, contemplando la forma bruida, color aluminio plateado, inmvil sobre el terso suelo oscuro que pisaban.

Qu ha ocurrido? jade. Dnde estamos?

Nadie le respondi. Nadie lo saba. La misma pregunta flotaba en todas las mentes, y no haba respuesta alguna para aclararla.

Creo que hemos rebasado todas las barreras conocidas dijo, despacio, Hctor, eligiendo con cuidado las palabras.

Eso qu quiere decir? indag, curioso, Perth.

Justamente lo que he dicho. Todas las barreras. Conocidas y desconocidas.

No es una aclaracin, seor rechaz Coplan, irritado.

Yo no tengo aclaracin ninguna a lo que ocurre objet Hctor. Estoy tan desorientado como todos ustedes. Ninguno de nosotros es un superhombre para saber lo que ocurre. Slo podemos utilizar nuestro mediocre cerebro para deducir algo. Y yo hice mis deducciones.

Me gustara conocerlas, seor habl calmoso bano, dando un paso adelante sin soltar a la platinada Ingrid.

No creo que les sirvan de nada a ninguno de ustedes suspir Hctor, encogindose de hombros resignadamente. Pero ah van: yo sospecho que hemos ido tan velozmente, hemos progresado en nuestra marcha csmica a tan enorme ritmo, que en realidad, por un fenmeno que no he logrado entender, bamos elevando al cuadrado nuestra velocidad progresivamente. Todos sabemos lo que sucede cuando se va elevando cada cifra a su potencia. Llega un momento en que la cifra obtenida es aterradora. De ese modo, rompimos todo freno fsico y mecnico, toda velocidad matemtica, para saltar a... adonde ahora estamos.

Y que, segn usted, sera...

Sera lo que todos estn imaginando ya Hctor les mir gravemente, uno por uno. Ms all del universo. En otro espacio, dimensin, materia o como quieran llamarlo. No s dnde sea, pero miren al cielo que nos rodea. Es negro. Sin astros ni luces. Sin galaxias ni mundos. En realidad, sospecho que aqu no hay nada... excepto nosotros trece.

Hubo un silencio sepulcral. Ni aire, ni viento, ni ruidos, ni vegetacin, ni luz, ni seres. Slo aquel resplandor inexplicable y remoto, que resaltaba su extraa desnudez en la llanura negra e infinita.

Nosotros trece... ante la nada jade Martn. Ante la eternidad, seor...

S afirm Hctor, sobrio el tono, endurecido el gesto. Ms o menos... eso.

* * *

Ms o menos... eso. Hctor, eres realmente humano?

Se volvi. La mir.

Qu quieres decir? indag, casi dolorido.

Nadia se tendi en la tersa superficie negra. Su desnudo liviano, plido, casi espiritual, desprovisto de toda camal influencia morbosa, flot como en el vaco sin fin. Igual que si vivieran en un mundo de fantasa, sin formas ni estructuras lgicas.

Slo lo que dije, Hctor. Es un trance terrible.

Terrible? Hctor se encogi de hombros. Yo no dira eso.

Qu diras t?

Que es un trance asombroso. Impresionante. Demoledor, incluso. Pero terrible... no. No, Nadia, no es como dices.

Para m sigue siendo terrible.

Admito que lo que nos rodea cause pavor o respeto, Nadia Hctor mir en torno al mbito que no hubiera sabido decir si era aire libre, recinto cerrado, mundo o abismo, cima o espacio. Pero no s... Es como sentirse ms cerca de algo. De algo... inmaterial y superior.

Ms cerca de Dios, Hctor.

S la mir, sorprendido. Eso es. Ms cerca de Dios, de la creacin, del centro de la fuerza suprema que todo lo cre. As definira mis sentimientos.

He pensado en ello, Hctor. Si ms all del universo conocido est el gran misterio de la vida, de los seres, de los planetas, del equilibrio universal, de su principio, no podemos estar ahora justamente en las inmediaciones de ese punto omega, que mencion alguien una vez? El punto omega... S. Es muy posible...

Permanecieron callados, pensativos, sencillos y humildes, perdidos en la propia grandeza de aquel mundo sin lmites, o de aquel antimundo, antiuniverso o lo que ello fuese. Perdidos en su misma pequeez, insignificante y demolida.

No sentan dolor, ni fro, ni calor ni sensacin fsica alguna. Era como si flotaran, como si fuesen alados en un cosmos de ter y de vaco, livianos en un mbito sin gravitacin. No sentan nada en sus cuerpos. Sus mentes estaban despejadas, lcidas, sus sensaciones espirituales limpias y claras como espejos difanos. Slo eso. Eso y la sensacin liviana, flotante, etrea casi.

Nuevos Adanes y Evas en un paraso sin formas, sin creacin cierta, acaso en el albor de una nueva materia. O en el crepsculo final de toda materia conocida, quin poda saberlo?

Cuerpos rosados, desvestidos, almas y seres desnudos, insignificantes y pequeos en la grandeza ignota de lo desconocido. Acaso en aquel naturaleza convergente de las teoras de Teilhard. Acaso ms, mucho menos. Y distinto. Muy distinto a cuanto el ms agudo y sensible filsofo, telogo o investigador pudo imaginar.

Aterrador? Tal vez. Decepcionante? Acaso. Oscuro, enigmtico, posiblemente slo un prtico tenebroso de un ms all inimaginable? S. Posiblemente s.

Pero el prtico, el umbral, la frontera, de qu? De qu y en qu dimensin supracsmica?

* * *

El ataque de demencia asalt a Maddox antes que a nadie.

Empez con un terrible, largo alarido cuajado de horror. Luego ech a correr, como un poseso. Manote, desesperado, y cuando Coplan trat de frenarle con fuerte mano, Maddox le descarg un golpe brutal en el rostro, lanzndole atrs con violencia. Se alej a grandes zancadas, jadeante, descompuesta la expresin, como alucinado, muy abiertos sus ojos, fijos desorbitadamente en alguna parte, en algn punto remoto y quiz inexistente de la negra atmsfera en que se debatan.

Sus gritos se repetan, agudos, perdindose en una distancia sin formas ni puntos de referencia, slo perceptible por la reduccin de la mancha rosada que era el desnudismo fsico de Maddox, idntico al de sus doce compaeros de csmica odisea.

Qu le sucede? mascull Coplan, frotndose su mentn con gesto de dolor, agitado su rojo cabello tras el impacto que le arrojara al suelo negro y terso, de indefinible composicin. Es como si le hubiera picado algn bicho raro, maldito sea...

Esperen cort Hctor, deteniendo a bano y a Alexis, que pretendan ir en pos del fugitivo. Acaso Maddox vio algo que a nosotros nos est vedado an.

El qu, comandante? rechaz el ruso. No se ve nada, no se descubre nada alrededor nuestro.

Tal vez la desesperacin, el vaco, la sensacin de soledad, el silencio que nos envuelve... sugiri Perth, acercndose al grupo, sombra la expresin.

No neg bano, reflexivo. Yo soy nervioso. Muy nervioso. Me enerva la soledad, me crispa el silencio, y odio la oscuridad. Fueron siempre sentimientos natos en m desde pequeo. No supe dominarlos fcilmente. Y ahora no siento nada. No tengo irritacin, ni sensacin alguna de claustrofobia, ni me enerva este silencio, esta oscuridad, esta calma. Es suave, sedante, casi amable. Y se lo dice un tipo excitable en sumo grado, amigos.

Creo que bano tiene razn asinti Nadia. Este es un mbito que proporciona una benigna placidez, un remanso de paz sorprendente... No es posible que Maddox haya enloquecido de repente por esa causa...

Recuerden algo seal con voz grave Doc Barrow. Maddox es extrasensorial.

Hubo un silencio repentino. Todos se miraron con inquietud.

Extrasensorial... repiti Alexis. Es cierto. Capaz de presentir ciertas cosas. Capaz de ver acontecimientos antes de tiempo, o de ir ms lejos que cualquier otro, en la percepcin de hechos y personas... Pero, puede tener algn sentido tal cosa? Me pregunto si aqu los conceptos de tiempo-espacio son vlidos, comandante.

No lo sern. Pero Maddox se enfrent a algo que nosotros no hemos sido capaces de captar, Alex. Y no es un hombre particularmente nervioso ni irritable.

Miraron hacia donde Maddox se marchara. Barrow, pensativo, camin hacia all, calmoso y firme. Todos contemplaron al mdico de la expedicin que, resueltamente, se alejaba del grupo, parsimonioso y sin prisas.

Adnde va, Doc? quiso saber Hctor.

Adonde haya ido Maddox habl Barrow, sereno. Y creo que si no queremos perderlo, todos debemos seguirle adonde quiera que sea.

Miraron atrs, a la nave que pareca flotar, como algo intil, como el cuerpo de un cetceo de plata en un raro cementerio de ballenas sin agua ni algas marinas.

Pero abandonar la nave... objet vivamente Chan. Ser prudente?

Qudense aqu la mitad de nosotros seal vivamente Hctor. Por ejemplo, usted, Chang, con cinco personas ms. Otros seis iremos en busca de Maddox. Sea cual fuere nuestra suerte, que no sea igual para todos. Buena o mala, que haya supervivientes si ello es posible.

Conforme Chang mir al grupo. Elijo a Martn, Coplan, bano, Ingrid y Dentn.

Bien asinti Hctor. Yo me llevo a Nadia, Alpha, Alexis, Perth y Doc. Espero que nos reunamos en alguna parte.

Llevaremos cpsulas de hidratos y de alimentos habl Doc, parndose. Atraque personalmente, no tengo sed ni apetito.

Tampoco yo respondi Hctor. Creo que todos pasamos igual fenmeno. No tenemos sensacin fsica alguna. Llevaba una bolsa de emergencia de cpsulas hidratantes y alimenticias para seis personas, capaz de durar hasta un mes. Pero no llevo ropas ahora. Ni nada encima. Entrar a recoger una provisin de la nave.

Camin hacia el vehculo. Era el primero de ellos que intentaba volver al interior de la nave. Era como saltar de la nada a la materia. Pronto supo que eso no era posible.

Algo le fren. Se golpe con algo. Pero no haba nada. Retrocedi, sorprendido. Mir ante s. Extendi las manos. Se las rechazaron. El propio aire negro, o lo que ello fuese, le hizo recular, perplejo. Sus manos hormigueaban, como si hubieran sufrido un trallazo de alta tensin.

No puedo jade. No puedo llegar a la nave. Es como un muro magntico. Impide avanzar hasta ella.

No creo que sea un muro magntico rechaz Perth, asombrado-. Se distorsion usted al tocar ese algo invisible, comandante. Espere que pruebe algo...

Perth arranc de la nariz del doctor Barrow sus gafas. Este protest vivamente, pero el ingeniero en ciberntica arroj los lentes contra la nave.

Ocurri algo extrao. Las gafas desaparecieron. Se perdieron en el camino entre la mano de Perth y la nave. Hctor respir hondo. Perth sonri, sardnico.

Teora confirmada, no, Perth? quiso saber el comandante.

Totalmente afirm el ingeniero. Ninguna barrera magntica absorbe alguna. Eso es una frontera.

Una... frontera? dud Barrow, frotndose sus ojos, furioso. De qu?

Materia y nada. O materia y antimateria coment sordamente Perth. Engull el cuerpo inerte. Y hubiera absorbido igual al comandante, de haber seguido todo su normal cauce.

Qu quiso decir con eso? terci Hctor.

Que alguna fuerza impidi que usted desapareciera en esa especie de pasillo o espejo encarado al mundo de las formas materiales. Creo que nos vemos por simple imaginacin nuestra, como en el viaje superlumnico. O por un fenmeno ptico inexplicable, pero eso es todo. Estamos en un universo inmaterial. La nica materia que lleg fuimos nosotros.

Y la nave. La tenemos ah, en el umbral. Pero al otro lado. No pas la barrera. Nosotros, s. Y por qu? Usted, comandante, tendr la respuesta. Es relativamente fcil.

Le entiendo, Perth asinti el comandante de la expedicin sideral, la ltima que surgira del planeta Tierra, por los siglos de los siglos. Espritu. Alma. Como queramos llamarlo. Lo inmaterial. Poseemos algo que no tiene el metal, que no poseen los cuerpos creados por nosotros. En nuestros seres est lo que ha pasado la frontera. Nuestra alma desnuda, que vemos en su envoltura fsica, por simple inercia mental acaso, por falta de imaginacin o de hipersensibilidad.

Ms o menos admiti Perth, cansado. Emprendi la marcha-. Vamos, comandante. No ser necesario llevar alimentos. No tendremos sed. Ni apetito. No hay peligro fsico alguno. No existimos. No somos materia, sino espritu puro, en un cosmos espiritual y sin formas. Maddox, el extrasensorial, el pre-monitor, tiene facultades superiores en ese terreno. Y ha ido antes al lugar que sea, lo ha podido ver antes que nosotros.

Pero su grito era de horror, su gesto de locura seal Chang, sombro. Es mal indicio, amigos. No ser bueno lo que nos espere a todos all, al fondo de esa oscuridad insondable...

Bueno o malo ha de venir a nosotros. O nosotros hemos de ir a ello. De modo que... adelante, amigos invit Hctor, ms que ordenar. Sigamos a Maddox adonde l est. Y que sea lo que Dios quiera.

Asintieron los dems. Le siguieron en su marcha lenta y segura. Se quedaron los otros seis cerca de la nave inaccesible, pese a su proximidad.

En la distancia, muy lejos o muy cerca, porque sonidos y espacios no eran nada, son de nuevo el grito agudo, estridente, lacerante, de Maddox.

Despus, al dar el siguiente paso sin vacilar, la oscuridad revent.

Y engull a todos ellos en un abismo de luz radiante y cegadora.

Ahora fueron diez seres los que gritaron al unsono y pusieron gesto de terror y de colectiva demencia.

Luego, slo qued la luz. Mucha luz. Ms luz de la que jams nadie imagin. Luz absorbente, demoledora, sobrenatural tal vez.

Luz eterna, insondable, infinita. Luz, luz, luz...

CAPITULO II

Luz.

Luz primero. Y ahora...

Ahora, formas. Colores, Imgenes.

Un calidoscopio fabuloso, inaudito, delirante. Un carrusel de alucinante esplendor, telrico cromatismo, imposibles armonas de matices, colores nunca vistos, formas que no lo eran, curvas y espirales, crculos concntricos, evasivos serpenteos...

Luz, siempre luz. Color, siempre color.

Y lo dems, nada. Ni formas, ni cuerpos, ni seres. Nada, salvo abismos de luz, simas delirantes de centelleos policromados, rampas cambiantes hechas de luminosidad, de fuego colorista.

Y en medio de ese apocalipsis cromtico, ellos perdidos. Ellos flotando, vagando, precipitndose hacia abismales fondos de vaco luminoso, de fulgores caticos...

Y msica.

Extraa msica, melodas incompletas, discordantes y a la vez melosas, armnicas y al mismo tiempo crispadas de acordes inesperados.

Luego, el tnel de luz.

Crculos concntricos, interminables, anillas de color y claridad, hasta el infinito, sobre un trasfondo blanco, rabioso, deslumbrador, crudo y cegador.

Y al final del tnel...

Al final del tnel, el fin de su viaje. Al final del largo sendero circular y anillado, un repentino estallido cromtico, un centelleo envolvente, una repentina oscuridad que se converta en rojas, llameantes, infernales tonalidades de un Averno imposible.

El trmino de todo. El fin de aquel traslado irreal. La meta definitiva.

Burbujas escarlata, borbotones rojos, globos flotantes de inauditos destellos anaranjados. Todo ello sobre un fondo de pesadilla, angustiado y atroz. Sobre tormentosos perfiles negros, sobre mares de lava hirviente, sobre estallidos de miradas de burbujas de fuego, de lodo candente, acaso de lava flotante y abrasadora.

En medio de todo ello, luz. Un rayo de luz finsima, fulgurante, taladrando sus mentes, haciendo translcidos sus cuerpos desnudos y flotantes, como si fuesen de vidrio, hasta dejarlos en simples y puros perfiles cromticos.

La luz.

Sin saber por qu, Hctor pens. Pens ntida, clarividente, lcidamente.

Pens que estaba ante el principio y el fin de todo. Ante la fuente de energa, ante el centro mismo del universo.

Acaso en la antesala misma de lo prohibido. En los umbrales de Dios y su trono supremo.

Acaso. No hubiera podido afirmarlo. Ni negarlo tampoco. Dudaba, como dudara siempre el hombre ante la grandeza que no concibe ni puede medir, que no explica ni puede entender.

Fuese como fuere, aquello era diferente a todo lo imaginado. Era superior. Era lo que poda denominarse centro vital, eje creador, punto omega o como quisieran llamarlo. Un nombre no era nada. Slo la expresin verbal o escrita de una idea. Y haba ideas demasiado ingentes, demasiado magnas para traducirlas en palabras.

Esta era una de ellas. Fuese lo que fuere, estaba por encima de lo sospechado, por encima de su humano cerebro y de su limitada percepcin. Ante aquello, nada poda ser grande ni importante. Todo era inmensamente pequeo, infinitamente lleno de insignificancia...

Dios... jade. Dios mo...

Quiso cerrar sus ojos y no pudo. Quiso dejar de pensar y no le fue posible. La luz le atrajo, le absorbi. No supo si suceda igual con todos los dems. No poda verlos. Ya no. Slo luz alrededor. Luz... y el dantesco marco rojo, llameante, cuajado de burbujas, como una hirviente, imposible catarata en ebullicin radiante.

Luego, de pronto, todo eso se detuvo, ces como en un estallido formidable de luz, colores y esplendor, para no quedar nada. Para enfrentarle al fin consigo mismo. Y con su destino de hombre, smbolo viviente de una futura y problemtica humanidad nueva.

* * *

El viejo y la doncella estaban all.

Frente a l. Sentados apaciblemente en las rocas esfricas, color mbar, en el suelo prpura, junto al manantial de aguas de oro. El cielo crdeno no tena astros, ni soles. Nada. Slo color.

Le miraron. El les mir a ellos. Hubo un silencio. Un largo, prolongado silencio.

Alrededor no haba sonidos. Ni el soplo de una leve brisa, ni el canto de un pjaro. Observ que el agua caa sin producir rumor alguno, sin ruido de ninguna especie. Era como estar sordo.

Habl y no se oy a s mismo. Supo que abra la boca, que pretenda pronunciar palabras, que incluso mova sus labios y se expresaba con sus medios habituales. Pero nadie le poda or. Ni l oa nada. Era un mundo sordo, silente, acaso eternamente libre de sonidos.

Pero el viejo y la doncella le observaban. El vesta blanca tnica. Alto y majestuoso. Como un patriarca. Ella era pequea y esbelta. Virginal. Ni un leve atractivo fsico. Como una estatua clsica. Pelo dorado, casi blanco, cayendo en guedejas. Ojos incoloros. Acaso verdes, acaso azules o acaso...

Bien venido, hombre.

Haban hablado. Le haban saludado.

Hctor pestae. No pens ms en lo que le rodeaba, en la asombrosa y buclica escena imposible, de un lugar donde las cosas tenan diferente color y ningn sonido.

No. No era posible. Ellos no haban movido los labios. Ninguno lo haba hecho. Ahora tampoco, aunque le miraban sonrientes, apacibles, invitadores casi.

Bien venido repiti una voz varonil, profunda y cansada. S, hablamos nosotros, hombre. No te extraes.

Senta la voz all dentro. No en sus odos, sino en su mente. Entendi. El viejo no haba movido los labios ni una sola vez. Pero l perciba las palabras en su cerebro.

Telepata. Transmisin mental. Era eso.

S, es eso el viejo sonri, con su boca cerrada. Transmisin a tu mente, hombre. No hay sonidos aqu. No son precisos. Tampoco hay luz, ni color, ni formas. No hay nada. Nada, entiendes?

Pero vosotros... Vosotros... trat de explicarse en vano. Estaba confuso, asustado. No entenda nada.

Nosotros existimos para ti. Este paisaje existe. Imitacin. Pura imitacin, hombre. Tus pensamientos denuncian lo que t ves y entiendes. Se crea a medida de tu entendimiento tan slo. Como nosotros.

Vosotros exists.

No. Te parece vemos as. Existimos, pero no cmo crees. T y tus compaeros habis pasado una serie de duras experiencias. Eran necesarias para comprenderos bien. Hay tantas criaturas en el universo... Muchas a semejanza vuestra. Con diversa mentalidad, con entendimiento distinto. Hay que adaptar a cada uno, estudiar su mente, sus reacciones, sus limitaciones y conceptos.

Debis reros de nosotros. Somos tan elementales...

No nos remos de nadie, hombre. Ninguna criatura es digna de burla. Desarrolla sus facultades en la medida de su circunstancia.

Dnde estoy?

Estar? En ninguna parte. Y en todas partes. Eso te explica algo?

Puede que s mir pensativo al viejo. Luego, a la doncella. Y mi gente?

Tus amigos viajan.

Viajan?

Su recorrido es ms largo dijo la voz dulcsima, suave, melosa, de la muchacha. Pero Hctor saba ahora que no haba tal voz. El la imaginaba, traducido en su mente el mensaje teleptico, de acuerdo con sus posibilidades cerebrales y su idea de las cosas.

Adonde fueron?

Al principio de las cosas.

Qu lugar es se?

El que buscabais todos. No querais empezar otro mundo, otra humanidad?

Es nuestro propsito. Pero algo sucedi en nuestra nave...

S afirm el viejo. Algo sucedi. Siempre puede suceder algo. Llegasteis lejos. Muy lejos. Una alteracin inesperada... y rompisteis la barrera establecida. Es un accidente. Pero no definitivo. No an.

Quisiera entender y no puedo sacudi Ia cabeza, asustado. Adnde nos trajo el accidente?

Te lo dije antes, hombre. A ninguna parte. 0 a todas partes a la vez.

En suma, estoy en el centro.

El centro? el viejo pareci sorprendido.

S. La energa. El origen del cosmos. Donde todo empieza y termina. Eternidad e infinito. Todo y nada. Creacin y vaco. El punto vital.

Qu sera todo eso para ti? sonri de nuevo el viejo.

Dios.

Hubo un silencio. Mental, claro. Pero un silencio. La transmisin se haba detenido. Hctor no saba si exista otra vez fsica, corporalmente. Pero crea sentir el hielo hmedo de su transpiracin, mojando su epidermis. Poda ser simple alucinacin.

Es cierto? jade. He llegado..., he llegado hasta... Dios? susurr Hctor, sintiendo que su cabello se erizaba al esperar una respuesta.

Qu tontera! suspir la voz de la doncella. Dios es todo. No somos lo que supones. Vas demasiado lejos.

Pero habis dicho que estoy...

Lo has dicho t, hombre rectific dulcemente el vie