La Demanda de Felicidad y La Promesa Analítica - Clse 22 -Seminario 7_J. Lacan

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    LA DEMANDA DE FELICIDAD Y LA PROMESA ANALITICA

    El deseo y l Juicio Final.La segunda muerte.Aplogo de los zapatones.Hades y Dioniso.El deseo del analista.

    El informe que present en Royaumont hace dos aos acerca de La direccin de la cura, debe aparecer en el prximo nmero de nuestra revista. Es un texto un poco apurado, pues lo compuse entre dos seminarios. Conservar su forma improvisada, ensayando a la vez completar y rectificar algunas de las cosas que estn contenidas en l.

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    Digo en alguna parte que el analista tiene que pagar algo para sostener su funcin.

    Paga con palabras sus interpretaciones. Paga con su persona, en la medida en que, por la transferencia, es literalmente desposedo ik* ella. Toda la evolucin presente del anlisis es su desconocimiento, piense lo que piense al respecto y aunque su recurso ante el pnico s i m the counter-transference, es necesario que pase por all. No est solo el ah, frente a aquel con el que asumi cierto compromiso.

    Finalmente, es necesario que pague con un juicio en lo concvmicni- .1 su accin. Esta es una exigencia mnima. El anlisis es 1 1 1 1 juicio l s i-\i gible siempre en otros lados, pero si puede parecer esc.md.iloMi .iv.m

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    zar esto aqu, probablemente hay alguna razn para ello. La razn es que desde cierto ngulo, el analista tiene altamente conciencia de que no puede saber qu hace en psicoanlisis. Una parte de esa accin permanece, velada para l mismo.

    Esto justifica el punto al que los llev este ao, quiero decir adonde les propuse que me sigan, y donde se abre la pregunta de saber cules son las consecuencias ticas generales que entraa la relacin con el inconsciente tal como lo descubri Freud.

    Concedo que el aspecto de rodeo de nuestro camino era para acercarlos a nuestra tica de analistas. Algunos recordatorios eran necesarios antes de volverlos a llevar de manera ms prxima a la prctica del anlisis y a sus problemas tcnicos. En el estado actual de las cosas, no podran ser resueltos sin estos recordatorios.

    Primeramente, el final del anlisis es lo que se nos demanda? Lo que se nos demanda debemos llamarlo con una palabra simple, es la felicidad. Nada nuevo les traigo aqu una demanda de felicidad, de happiness como escriben los autores ingleses en su lengua, efectivamente, de eso se trata.

    En el informe que mencionaba recin y cuya redaccin me pareci ahora, al publicarlo, un poquito demasiado aforstica por eso intento hoy aceitar un poco los goznes aludo al hecho sin dar ms explicaciones. El asunto tampoco se ve facilitado debido al hecho de que la felicidad devino un factor de la poltica. No digo ms al respecto pero esto es, efectivamente, lo que me hizo terminar la conferencia, intitulada Psicoanlisis, dialctica, con la cual clausur cierta era de mi actividad en un grupo del que luego nos separamos, con el siguiente comentario No podra haber satisfaccin para nadie fuera de la satisfaccin de todos.

    Recentrar el anlisis en la dialctica presentifica para nosotros que la meta aparece indefinidamente aplazada. No es culpa del anlisis si la cuestin de la felicidad no puede articularse de otro modo en la hora actual. Dira que en la medida en que, como dice Saint-Just, la felicidad se transform en un factor de la poltica, la cuestin de la felicidad no tiene para nosotros solucin aristotlica posible y la etapa previa se sita a nivel de la satisfaccin de las necesidades para todos los hombres. Mientras que Aristteles elige entre los bienes que le ofrece al amo y le dice que slo algunos de esos bienes son dignos de su devocin, a saber, la contemplacin, la dialctica del amo est desvalorizada para nosotros, insisto en ello, por razones histricas, que se

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    deben al momento histrico que vivimos y que se expresan en l.i poltica mediante la siguiente frmula No podra haber satisfar citt para nadie sin a satisfaccin de todos.

    El anlisis aparece en este contexto sin que podamos saber exactamente qu justifica que sea en este contexto, y el analista se ofrece a recibir, es un hecho, la demanda de la felicidad.

    Lo que articul este ao consisti en mostrarles, eligiendo los trminos entre los ms destacados, la distancia recorrida, digamos, despus de Aristteles y hacerles sentir hasta qu punto tomamos las cosas en un nivel diferente, cun lejos estamos de toda formulacin de una disciplina de la felicidad.

    Hay en Aristteles una disciplina de la felicidad. Muestra los caminos por los que piensa conducir a cualquiera que lo siga en su problemtica y que, en cada una de las vertientes de la actividad posible del hombre, realizan una funcin de la virtud. Esta virtud se obtiene por una mests, que est lejos de ser tan slo un justo medio, un proceso ligado al principio de la evitacin de todo exceso, sino que debe permitir al hombre elegir aquello que razonablemente puede hacerlo realizarse en su bien propio.

    Observen bien que no hay nada semejante en el anlisis. Pretendemos por vas que, para alguien llegado del Liceo pareceran sorprendentes, permitir al sujeto ubicarse en una posicin tal que las cosas, misteriosa y casi milagrosamente, le vayan bien, que las tome del lado adecuado. Sabe dios qu oscuridades permanecen en una pretensin como el advenimiento de la objetalidad genital y, se agrega, con sabe Dios qu imprudencia, el acuerdo con la realidad.

    Una sola cosa alude a una posibilidad feliz de satisfaccin de la tendencia, la nocin de sublimacin. Pero es claro que al tomar su for miulacin ms esotrica en Freud, cuando nos la representa como realizada eminentemente por la actividad del artista, esto quiere decir literalmente la posibilidad para el hombre de transformar sus deseos en comerciables, en vendibles, bajo la forma de productos. La franqueza e incluso el cinismo de una tal formulacin conserva a mis ojos un inorilo inmenso, aunque no agote el fondo de la cuestin, que es cmo es v.t< posible entonces?

    La otra formulacin consiste en decimos que la sublimacin es l.i r..i tisfaccin de la tendencia en el cambio de su objeto, sin represin Ir finicin ms profunda pero que abre, me parece, una problematica m.n espinosa, si lo que les enseo no les permitiese ver dnde osl.i la lirlur

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    En efecto, el conejo que hay que sacar de la galera ya est en la tendencia. Ese conejo no es un nuevo objeto, es el cambio de objeto en s mismo. Si la tendencia permite el cambio de objeto, es porque ella ya est marcada profundamente por la articulacin del significante. En el gra- fo que les di del deseo, la tendencia, situada a nivel de la articulacin inconsciente de una sucesin significante, est constituida por este hecho en una alienacin fundamental. Tambin por este hecho, en retorno, cada uno de los significantes que componen esa sucesin tpica est ligado por un factor comn.

    En la definicin de la sublimacin como satisfaccin sin represin hay, implcito o explcito, paso del no-saber al saber, reconocimiento de lo siguiente: que el deseo no es ms que la metonimia del discurso de la demanda. Es el cambio como tal. Insisto en ello esa relacin propiamente metonmica de un significante con el otro que llamamos el deseo, no es el nuevo objeto, ni el objeto anterior, es el cambio de objeto en s mismo.

    Tomar un ejemplo que se me pas por la cabeza en el momento en que preparaba para ustedes estos comentarios, a fin de ilustrar lo que quiero decir en lo concerniente a la sublimacin. Pensemos en el paso, digamos, de un verbo a lo que la gramtica llama su complemento, o una gramtica ms filosfica, su determinativo. Tomemos el verbo ms radical en la evolucin de las fases de la tendencia, el verbo comer. Hay de comer [du matiger]. De este modo se propone primero, en muchas lenguas, con franqueza y decisin, el verbo, la accin, antes de que se determine de qu se trata. Se ve bien aqu el carcter secundario del sujeto, puesto que ni siquiera tenemos sujeto, es algo que bien puede tener para comer.

    Hay de comer [du manger] qu? El libro.Cuando leemos en el Apocalipsis esa imagen potente, comer el li

    bro, qu quiere decir? si no que el libro adquiere en s mismo el valor de una incorporacin y la incorporacin del significante mismo, el soporte de la creacin propiamente apocalptica. En esta ocasin el significante deviene Dios, el objeto de la incorporacin misma.

    Osando formular una satisfaccin que no se paga con una represin, el tema colocado en el centro, promovido en su primareidad, es qu es el deseo? Y, al respecto, slo puedo recordarles lo que articul en su poca realizar su deseo se plantea siempre necesariamente desde una perspectiva de condicin absoluta. En la medida en que la demanda est a la vez ms ac y ms all de ella misma, articulndose con

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    el significante, ella demanda siempre otra cosa, en toda satisl.nvion de la necesidad exige otra cosa, que la satisfaccin formulada si* ex tienda y se encuadre en esa hiancia, que el deseo se forme como lo que sostiene esa metonimia, a saber qu quiere decir la demanda ms .ill.i de lo que formula. Por eso la cuestin de la realizacin del deseo se lot mua necesariamente desde una perspectiva de Juicio Final.

    Intenten preguntarse qu puede querer decir haber realizado su tic seo si no es el haberlo realizado, si se puede decir, al final. Esta in trusin de la muerte sobre la vida da su dinamismo a toda pregunt.i cuando ella intenta formularse sobre el sujeto de la realizacin del do seo. Para ilustrar lo que decimos, si planteamos directamente la pregunta del deseo a partir del absolutismo parmendeo, en tanto que anula todo lo que no es el ser, diremos nada es de lo que no naci y todo lo que existe slo vive en la falla en ser.

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    Tiene la vida algo que ver con la muerte? Puede decirse que la re lacin con la muerte soporta, subtiende, como la cuerda el arco, el seno del ascenso y el descenso de la vida? Para retomar la pregunta nos bas ta con que Freud haya credo poder formularla desde su exponen cia y todo prueba que ella es formulada efectivamente por nuestra experiencia.

    En lo que les dir en un instante, no se trata de esta muerte. Se trata de la segunda muerte, aquella a la cual se puede an apuntar cuando la muerte ya ha sido lograda, como se los mostr concretamente en el texto de Sade.

    Despus de todo, la tradicin humana nunca dej de conservar pro sente esa segunda muerte, viendo en ella el trmino de los sufrimientos, as como nunca dej de imaginar un segundo sufrimiento, sufrimiento del ms all de la muerte, indefinidamente sostenido en la posibili dad de franquear el lmite de la segunda muerte.Y por eso la tradicin de los infiernos permaneci siempre muy viva y est an presento m Sade, con su idea de hacer que se perpetuasen los sufrimientos inMi>*,t dos a la vctima. Este refinamiento es atribuido a uno de sus hroo\ do novela, sdico que se asegura de la condena de quien hace p.is.n do l.i vida al bito.

    Cualquiera sea pues el alcance de esa imaginacin inot.ipsii nl

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    de Freud que es el instinto de muerte, que el haberlo forjado est fundado o no, la pregunta, por el solo hecho de que haya sido planteada, se articula de la siguiente forma cmo el hombre, es decir, un ser vivo, puede llegar a acceder, a conocer ese instinto de muerte, su propia relacin con la muerte?

    Repuesta por la virtud del significante y bajo su forma ms radical. En el significante, y en la medida en que el sujeto articula una cadena significante, palpa que l puede faltar en la cadena de lo que l es.

    A decir verdad, es tan tonto como una col. No reconocerlo, no promoverlo como siendo la articulacin esencial del no-saber como valor dinmico, no reconocer que ste es el descubrimiento del inconsciente, literalmente, bajo la forma de esa palabra ltima, quiere decir solamente que no saben qu hacen. No recordar este punto fundamental acarrea la pululacin que se puede constatar en la teora analtica, esa jungla, esa lluvia llueve a baldazos de referencias, en la que resuena una nota de desorientacin que no puede dejar de impresionar.

    Le, sin duda un poco rpidamente, la traduccin que se nos dio de la ltima obra de Bergler. Todo lo que nos aporta no est desprovisto de originalidad ni de inters, haciendo la salvedad de que se tiene la impresin de un desencadenamiento delirante de nociones no dominadas.

    Quise mostrarles que la funcin del significante en el acceso del sujeto a su relacin con la muerte poda volvrseles ms tangible que mediante una referencia connotadora. Por eso intent hacerles reconocerla en estos ltimos encuentros bajo una forma esttica, es decir sensible, la de lo bello la funcin de lo bello es, precisamente, indicamos el lugar de la relacin del hombre con su propia muerte y de indicrnoslo solamente en un deslumbramiento.

    Habindole pedido al Sr. Kaufmann la ltima vez que les recordara los trminos en los que, en los albores de esta etapa en que estamos de las relaciones del hombre con la felicidad, Kant se crey obligado a definir la relacin de lo bello, pude escuchar cierta queja que la cosa no haba sido animada por un ejemplo. Pues bien, intentar darles uno.

    Recuerden los cuatro momentos de lo bello tal como han sido articulados. Intentar, por un proceso graduado, ilustrarlos. Tomar el primer escaln de un hecho de mi experiencia ms familiar.

    Mi experiencia no es inmensa y muy a menudo me digo que quiz nunca tuve por la experiencia el gusto adecuado las cosas no siempre me parecen suficientemente amenas.

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    Pero, de todos modos, en cada caso puede encontrarse algn recurso para ilustrar ese camino del entre-dos al que intento llevarlos.

    Digamos que, a diferencia del Sr. Teste, si la necedad no es mi fuerte, esto no es algo que aumente mi orgullo.

    Les relatar pues un hecho muy pequeito.Estaba un da en Londres, en una suerte de Home, como se dice all,

    destinado a recibirme a ttulo de invitado de un Instituto que difunde la cultura francesa. Era uno de esos encantadores pequeos barrios ale jados de Londres, donde el tiempo, hacia fines de octubre, es a menudo radiante. De este modo, recib hospitalidad en un encantador pequeo edificio, marcado por el estilo de un convento Victoriano. Un agradable olor a tostadas y la sombra de esas jaleas incomibles que es habitual merendar ah, daban su estilo a esa casa.

    No estaba solo all, sino con alguien que tiene a bien acompaarme en la vida y una de cuyas caractersticas es una extrema sensibilidad a la unicidad. Por la maana, esa persona, mi esposa, me dice de repente El profesor D* est aqu se trata de uno de mis maestros, que fue mi profesor en la Escuela de Lenguas Orientales. Era muy temprano por la maana. Cmo lo sabe?, pregunt, pues puedo decirles que el profesor D* no es un ntimo. Se me respondi Vi sus zapatos.

    Debo decir que no dej de experimentar cierto escalofro y tambin una sombra de escepticismo ante esta respuesta el carcter altamente caracterstico de una individualidad en un par de zapatones dejados all en una puerta no me pareca tener el carcter de evidencia suficiente y nada, por otra parte, me haba dejado presentir que el profesor D* pudiese estar en Londres. La cosa me result ms bien humorstica y no le di ms importancia.

    A esa hora temprana, sin pensar ms en ello, me intern a lo largo de los corredores y, entonces, ante mi estupor, vi deslizarse en bata, dejando ver en el intervalo de sus faldones un calzoncillo largo marcadamente universitario, al profesor D* en persona, que sala efectivamente de su habitacin.

    Esta experiencia me parece altamente instructiva y es a travs de ella que pienso llevarlos a la nocin de qu es lo bello.

    Era necesario nada menos que una experiencia en la que se conjugase tan intensamente la universalidad que entraa lo propio de los zapa tones del universitario, con lo que poda presentar de absolutamente particular la persona del profesor D*, para que pudiese invitarles sin plemente a pensar ahora en los viejos zapatos de Van Gogh, con los pie

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    Heidegger nos brind una imagen maravillosa de qu es una obra de belleza.

    Es necesario que imaginen los zapatones del profesor D* ohne Be- griff, sin la concepcin universitaria, sin relacin alguna con su personalidad tan atractiva, para que comiencen a ver vivir los zapatones de Van Gogh en su incomensurable cualidad de bello.

    Estn ah, nos hacen un signo de inteligencia, situado muy precisamente a igual distancia de la potencia de la imaginacin y de la del significante. Ese significante ni siquiera es ya el significante de la marcha, de la fatiga, de todo lo que quieran, de la pasin, del calor humano, es solamente significante de lo que significa un par de zapatones abandonados, es decir, al mismo tiempo una presencia y una ausencia pura-cosa, si se puede decir, inerte, hecha para todos, pero cosa que, por ciertos aspectos, por muy muda que sea, habla impronta que emerge de la funcin de lo orgnico y, en suma, del desecho, evocando el comienzo de una generacin espontnea.

    Aquello que, por una magia, hace de esos zapatones una suerte de revs y de anlogo de un par de capullos, muestra que no se trata aqu de imitacin esto es lo que siempre enga acerca del par de zapatones a los autores sino de la captacin de aquello gracias a lo cual, debido a su posicin en cierta relacin temporal, ellos mismos son la manifestacin visible de lo bello.

    Si este ejemplo no les parece convincente, busquen otros. Se trata de mostrar aqu que lo bello nada tiene que ver con lo que se llama lo bello ideal. Solamente a partir de la aprehensin de lo bello en la puntualidad de la transicin de la vida a la muerte, podemos intentar restituir lo bello ideal, a saber, la funcin que en ocasiones puede adquirir lo que se nos presenta como la forma ideal de lo bello y, en un primer plano, la famosa imagen humana. Si leen el Laocoonte de Lessing, lectura preciosa y rica en toda suerte de presentimientos, lo ven, empero, detenerse al inicio ante la concepcin de la dignidad del objeto. No es que esa famosa dignidad del objeto haya sido abandonada, a Dios gracias, por efecto de un progreso histrico, pues siempre lo estuvo, todo lo deja ver. La actividad de los griegos no se limitaba a hacer imgenes de los dioses y se compraban muy caros los cuadros que representaban cebollas, tenemos al respecto los textos de Aristfanes. No es pues a partir de los pintores holandeses que se percibi que cualquier objeto puede ser el significante por el cual llega a vibrar ese reflejo, ese espejismo, ese brillo ms o menos insostenible, que se llama lo bello.

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  • LA DEMANDA DE FELICIDAD Y LA PROMESA ANALITICA

    Pero, ya que evoqu a los holandeses, tomen la naturaleza muerta. Encontrarn en ella, en sentido contrario a los zapatones de hace un rato, comenzando a florecer, el mismo cruce de la lnea. Como lo demostr admirablemente Claudel, en su estudio sobre la pintura holandesa, en la medida en que la naturaleza muerta a la vez nos muestra y nos oculta lo que en ella es amenaza, desenlace, despliegue, descomposicin, ella presentifica para nosotros lo bello como funcin de una relacin temporal.

    Asimismo, la cuestin de lo bello, en tanto que hace entrar en funcin el ideal, slo puede encontrarse a ese nivel en funcin de un paso al lmite. Aun en tiempos de Kant, lo que se nos presenta como el lmite de las posibilidades de lo bello, como el ideale Erscheinen, es la forma del cuerpo humano. Ella fue, porque ya no lo es ms, forma divina. lis la envoltura de todos los fantasmas posibles del deseo humano. Las flores del deseo estn contenidas en ese florero cuyas paredes intentamos fijar.

    Esto lleva a plantear la forma del cuerpo y, muy precisamente la imagen, tal como ya lo articul aqu en la funcin del narcisismo, como lo representa, en cierta relacin, la relacin del hombre con su segunda muerte, el significante de su deseo, de su deseo visible.

    Hmeros enarges, se es el espejismo central, que a la vez indica el lugar del deseo en tanto que deseo de nada, relacin del hombre con su falla en ser, e impide verlo.

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    Podemos aqu redoblar la pregunta. Es acaso esa misma sombra, que la forma del cuerpo representa, es acaso esa misma imagen la que forma una barrera o la Otra-cosa que est ms all?

    Ms all no est solamente la relacin con la segunda muerto, es decir con el hombre en tanto que el lenguaje le exige dar cuenta de lo si guente: de que no es. Est tambin la libido, a saber, aquello que, en instantes fugaces, nos impulsa ms all de ese enfrentamiento que no-, hace olvidar. Y Freud es el primero en articular con audacia y polem i. que el nico momento de goce que conoce el hombre est en el I i i j> , . i i mh mo donde se producen los fantasmas, que representan para iusolm*i h barrera misma en lo tocante al acceso a ese goce, la barrera en l.i qui todo es olvidado.

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  • I.A DIMENSION TRAGICA DE LA EXPERIENCIA ANALITICA

    Quisiera introducir aqu, en paralelo con la funcin de lo bello, otra funcin que ya nombr aqu en varias oportunidades sin insistir demasiado en ella, pero que me parece esencial producir sin embargo y que llamaremos, si estn de acuerdo, Aids , en otros trminos el pudor. La omisin de esa barrera, que custodia la aprehensin directa de lo que hay en el centro de la conjuncin sexual, me parece la fuente de toda suerte de cuestiones sin salida, principalmente en lo concerniente a la sexualidad femenina, tema introducido en el orden del da de nuestras investigaciones cosa de la cual soy bastante responsable.

    El fin de Antgona nos presenta la sustitucin de no s qu imagen sangrienta de sacrificio que realiza el suicidio mstico. Ciertamente, a partir de cierto momento, ya no sabemos qu pasa en la tumba de Antgona. Todo nos indica que lo que acaba de suceder se realiza en una crisis de mana, habiendo llegado Antgona a ese nivel en que perecen igualmente yax y Hrcules dejo de lado el fin de Edipo.

    No encontr al respecto mejor referencia que los aforismos hera- clteos que debemos a la referencia persecutoria de san Clemente de Alejandra, que ve en ellos el signo de las abominaciones paganas. Conservamos un pequeo trozo que dice Ei me gr Dionysoi pompen cpoionto kat hymneon aisma..., si ciertamente no hiciesen cortejos y fiestas a Dioniso cantando sus himnos y aqu comienza la ambigedad ... aidoosin anaidstata ergast' n* qu haran?: los homenajes ms deshonrosos a lo que es vergonzoso. As, puede lerselo en un sentido. Y, contina Herclito, son lo mismo Hades y Dioniso, en la medida en que ambos, manontai, deliran y se libran a las manifestaciones de las hienas se trata de los cortejos bquicos vinculados con la aparicin de toda suerte de formas de trances.

    Saben que Herclito no senta inclinacin alguna por las manifestaciones religiosas radicales, ante el xtasis se distanciaba distancia miento que nada tiene que ver con el distanciamiento cristiano o racionalista. Y vemos que nos lleva a esta conjuncin al decir que si no se tratase de una referencia al Hades, de una manifestacin de xtasis, no sera ms que una odiosa manifestacin flica, objeto de asco.

    Sih embargo, no es seguro que uno pueda atenerse a esta traduccin.

    * I.n Interpretacin generalmente admitida es: "Pues si no (fuera en homenaje) a Dio- nlxo (

  • LA DEMANDA DE FELICIDAD Y LA PROMESA ANALITICA

    Hay un juego de palabras evidente entre aidotosin anaidstata y Haids que tambin quiere decir invisible. Aidoia quiere decir las partes pudendas, pero puede tambin querer decir cosa respetable y venerable. El trmino de canto no est ausente. Finalmente, cantando con gran pompa las alabanzas de Dioniso, sus sectarios no saben verdaderamente qu hacen Hades y Dioniso no son acaso una sola y nica cosa?

    Justo aqu, en efecto, tambin se nos plantea a nosotros la pregunta Acaso el fantasma del falo y la belleza de la imagen humana tiene su lugar legtimo al mismo nivel? O hay, en cambio, una imperceptible distincin, una diferencia irreductible, entre ambos? Toda la empresa freudiana trastabill aqu. Freud, al final de uno de sus ltimos artculos, Anlisis finito e infinito, nos dice que, en ltimo trmino, la aspiracin del paciente se quiebra en una nostalgia irreductible en torno al hecho de que en modo alguno podra ser el falo y que, por no serlo, slo podra tenerlo, en el caso de la mujer, con la condicin de la Penis- neid, y en el del hombre, de la castracin.

    Esto es lo que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra en posicin de responder a quien le demanda la felicidad. La cuestin del Soberano Bien se plantea ancestralmente para el hombre, pero l, el analista, sabe que esta cuestin es una cuestin cerrada. No solamente lo que se le demanda, el Soberano Bien, l no lo tiene, sin duda, sino que adems sabe que no existe. Haber llevado a su trmino un anlisis no es ms que haber encontrado ese lmite en el que se plantea toda la problemtica del deseo.

    La novedad del anlisis es que est problemtica sea central para todo acceso a una realizacin cualquiera de s mismo. Sin duda, en el camino de esta gravitacin el sujeto encontrar muchos bienes, todo el bien que l puede hacer, pero no olvidemos lo que sabemos muy bien porque lo decimos todos los das del modo ms claro slo lo encontrar extrayendo a cada instante de su querer los falsos bienes, al agotar no solamente la vanidad de sus demandas, en la medida en que todas siempre son para nosotros demandas regresivas, sino tambin la vanidad de sus dones.

    El psicoanlisis hace girar todo el logro de la felicidad alrededor del acto genital. Conviene igualmente sacar de ello todas sus consecuencias. Sin duda en ese acto, en un nico momento, puede alcanzar algo por lo cual un ser para otro est en el lugar, a la vez viviente y muerto, de la Cosa. En ese acto, y en ese nico momento, puede simular con su

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  • LA DIMENSION TRAGICA DE LA EXPERIENCIA ANALITICA

    carne el logro de lo que no est en ningn lado. Pero la posibilidad de ese logro, aunque es polarizante, aunque es central, no podra ser considerada puntual.

    Lo que el sujeto conquista en el anlisis, no es solamente este acceso, incluso, una vez repetido, siempre abierto en la transferencia a algo de otro que da a todo lo que vive su forma es su propia ley cuyo escrutinio verifica el sujeto, si me permiten la expresin. Esa ley es en primer trmino algo que comenz a articularse antes que l, en las generaciones precedentes y que es hablando estrictamente la At. Esa At, aunque no siempre alcance lo trgico de la At de Antgona, no por ello deja de ser pariente de la infelicidad.

    Lo que el analista tiene para dar, contrariamente a la pareja del a- mor, es lo que la novia ms bella del mundo no puede superar, a saber lo que tiene. Y lo que tiene no es ms que su deseo, al igual que el analizado, haciendo la salvedad de que es un deseo advertido.

    Qu puede ser un deseo tal, el deseo del analista principalmente? A partir de ahora, podemos de todos modos decir lo que no puede ser. No puede desear lo imposible.

    Voy a darles un ejemplo de l en la definicin, muy densa, que un autor logr dar antes de desaparecer, de una funcin que le parece esencial en la relacin dual del analista, relacin que existe en la medida en que respondemos a la demanda de felicidad, pero que no agota el anlisis. Esa funcin, llamada de la distancia, es definida en estos trminos la hiancia que separa el modo en que un sujeto expresa sus drives instintivos del modo en que podra expresarlos si el proceso de ordenar y arreglar sus expresiones no interviniese.

    El carcter verdaderamente aberrante, en im passe, de semejante formulacin es sensible de acuerdo a lo que yo les enseo. Si la tendencia es el efecto de la marca del significante sobre las necesidades, su transformacin por efecto del significante en ese algo fragmentado y enloquecido que es la pulsin, qu puede querer decir esa definicin de la distancia?

    Asimismo, es imposible para el psicoanalista, si su deseo est advertido, consentir en detenerse en el seuelo que constituye una aspiracin a una reduccin a la nada de esa distancia. La funcin del analista sera esencialmente un acercar en las palabras en que se expresa el terico mismo. Siempre interviene el mismo fantasma en esta ocasin, a saber, el de la incorporacin o el de la manducacin, de la imagen flica en tanto que se hace presente en una relacin enteramente orien

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  • LA DEMANDA DE FELICIDAD Y LA PROMESA ANAUTICA

    tada en lo imaginario. El sujeto all no puede hacer otra cosa sino im.i forma cualquiera, por atenuada que sea, de psicosis o de perversin, pues el trmino acercar, colocado por ese autor en el centro de la cli.iUV tica analtica, slo refleja un deseo del analista, cuya verdadera nal ti raleza ste desconoce debido a una elaboracin insuficiente de su posi cin el de acercarse, hasta confundirse, con aquel a quien tiene a su cargo.

    Slo puede decirse de esta aspiracin que es pattica en su ingenuidad, y que uno se sorprende de que haya podido ser formulada de otro modo ms que como n callejn sin salida que se debe rechazar.

    Esto es lo que hoy quera recordarles, para darles el sentido de nuestra bsqueda en lo concerniente a la naturaleza de lo bello y, agrega ra, de lo sublime. Pues no hemos an sacado toda la sustancia acerca de lo sublime que podemos obtener de las definiciones kantianas. I .a conjuncin de este trmino con el de sublimacin no es probablemente tan slo un azar ni simplemente homonmica.

    Volveremos fructferamente la vez prxima sobre esta satisfaccin, la nica permitida por la promesa analtica.

    22 DE JUNIO DE 1960

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