La confesión de Claude

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Fragmento en castellano de la primera novela del gran escritor francés y maestro del naturalismo Émile Zola. (Funambulista, 2013)

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  • La confesin de Claude

  • mile Zola

    La confesin de Claude

    Traduccin y postfaciode Sergio Torremocha

  • Primera edicin: octubre de 2013

    Ttulo original: La Confession de Claude (1865)

    de la traduccin y del postfacio: Sergio Torremocha, 2013 de la presente edicin: Editorial Funambulista, 2013

    c/ Flamenco, 26 - 28231 (Las Rozas) Madrid

    www.funambulista.net

    Esta obra ha sido publicada con una subvencin del Ministeriode Educacin, Cultura y Deporte, para su prstamo pblico

    en Bibliotecas Pblicas, de acuerdo con lo previsto en el artculo 37.2de la Ley de Propiedad Intelectual

    IBIC: FCISBN: 978-84-941475-2-4

    Depsito Legal: M-27455-2013

    Maquetacin de interiores y cubierta: Gian Luca Luisi

    Motivo de la cubierta: Intrieur, Edgar Degas, 1869

    Impresin y produccin grfica: AFANIAS Industrias Grficas

    Impreso en Espaa

    Cualquier forma de reproduccin, distribucin, comunicacin pblica o transformacinde esta obra solo puede ser realizada con la autorizacin de sus titulares, salvo excepcin prevista por la ley. Dirjase a CEDRO (Centro Espaol de Derechos Reprogrficos) si necesita fotocopiar o escanear algn fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;

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    sea el medio empleado electrnico, mecnico, fotocopia, grabacin, etc. sin el permiso previo por escrito de los titulares del copyright.

  • 7Dedicado a mis amigosP. Czanne y J-B. Baille

    Conocisteis, amigos mos, al nio miserable que fui antao, aquel cuyas cartas hoy hago pbli-cas. Ese nio desapareci. Quiso hacerse mayor en la muerte y en el olvido de su juventud.

    Dud largamente antes de entregar al pblico las siguientes pginas. Dudaba de mi derecho a mos-trar un cuerpo y un corazn en completa desnudez y me interrogaba sobre si me sera permitido divulgar el secreto de una confesin. Despus, mientras re-lea estas cartas desalentadas y febriles desprovistas de hechos y que a duras penas enlazaban entre s, sent que el desnimo se apoderaba de m y me deca que los lectores acogeran bastante mal semejante publicacin, tan difusa, tan enloquecida e impulsi-va. El dolor es un nico grito; la obra es un lamento reiterado, que se escucha una y otra vez. Dudaba como hombre y como escritor.

  • 8Pero un da so que nuestro tiempo requiere de lecciones y yo tal vez tuviera entre las manos la sanacin de algunos corazones dolientes. Quiere el mundo que nosotros, novelistas y poetas, morali-cemos. No sabra sentar ctedra, pero conozco las penurias y las lgrimas de una pobre alma; y tal vez yo pudiera instruir y consolar. Las confesiones de Claude contenan las enseanzas supremas de los sollozos, la moral elevada y pura de la cada y la redencin.

    Entonces comprend que aquellas cartas eran tal como debieran ser. Ignoro todava hoy cmo las aceptar el pblico, pero esperar su franqueza in-cluso en su indignacin. Son humanas.

    Me he decidido pues a editar este libro. He de-cidido hacerlo en nombre de la verdad y por el bien de todos. Despus, multitudes aparte, pens en vo-sotros, pues me apeteca contar de nuevo la terrible historia que ya os hizo llorar.

    Esta historia es desnuda y verdadera hasta la crudeza. Los delicados se sentirn indignados. Ni siquiera contempl la posibilidad de recortar una sola lnea, convencido de que estas pginas son la expresin completa de un corazn donde hay ms luces que sombras. Fueron escritas por un nio ner-vioso y entregado que se entreg por completo, con los escalofros de su carne y con los impulsos de su alma. Son la manifestacin enfermiza de un tempe-

  • 9ramento particular que speramente reclama tanto la cruda realidad como las dulces y falsas esperanzas del sueo. Todo este libro est dedicado a ese mis-mo tema, la lucha entre el sueo y la realidad. Si los amores vergonzosos de Claude le cuestan ser seve-ramente juzgado, que sea perdonado con el desen-lace, cuando se nos revela ms joven y ms fuerte, hasta llegar a ver a Dios.

    Hay algo de sacerdote en este nio. Tal vez al-gn da llegue a arrodillarse. Busca en su desespera-cin inmensa una esperanza que lo sostenga. Hoy nos narra su desoladora juventud, nos muestra sus llagas, y grita lo mucho que ha sufrido para evitar a sus hermanos tener que pasar por sufrimientos se-mejantes. Corren malos tiempos para los corazones parecidos al suyo.

    Podra, con slo una frase, caracterizar su obra, concederle el mayor elogio que le deseo como artista y contestar simultneamente a todas las ob-jeciones que le fueren sealadas:

    Claude vivi con la cabeza bien alta.

    mile Zola15 de octubre 1865

  • La confesin de Claude

  • 13

    I

    Ya est aqu el invierno; el aire de la maana es ms fresco y Pars se pone su abrigo de brumas. Ha llegado la estacin de las veladas ntimas. Los labios buscan febriles los besos de los amantes; los de aquellos amantes que, exiliados del campo, se refugian en las buhardillas y se acurrucan ante la lumbre para disfrutar de su eterna primavera bajo el ruido de la lluvia.

    Yo, hermanos mos, vivo el invierno con tris-teza; sin primavera, sin amada. Mi desvn est en lo alto de una escalera hmeda; es grande e irre-gular; los ngulos se pierden en las sombras y las paredes desnudas y oblicuas convierten el cuarto en una especie de pasillo que se estira en forma de atad. Muebles pobres de planchas finas mal ajustadas, pintadas de un color rojo espantoso, que crujen con ruido fnebre en cuanto las tocas.

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    Jirones de damasco desteido colgando por en-cima del lecho y una ventana sin cortinas que se abre a una gran muralla negra, sempiternamente erguida y severa.

    Al atardecer, cuando el viento retumba contra la puerta y las paredes vacilan con la llama de mi lm-para, siento pesar sobre m un hasto mortecino y helado. Me detengo ante la lumbre moribunda, ante los feos rosetones marrones del papel pintado, ante los jarrones de loza donde se marchitaron las ltimas flores y me parece or algo lamentndose de soledad y de pobreza. Este lamento es descorazonador. Toda la buhardilla me reclama las risas, las riquezas de sus hermanas. El hogar pide los fuegos ms vivos; los ja-rrones, olvidando la nieve, desean rosas frescas y el lecho suspira y me habla de cabelleras rubias y de hombros de blanca palidez.

    Escucho y no puedo ms que sentirme desola-do. No tengo lmpara alguna para colgar del techo, ni siquiera una alfombra para ocultar las baldosas desiguales y fracturadas. Y cuando mi habitacin tan slo me pide la sonrisa de la tela blanca, de los muebles sencillos y brillantes, mi desolacin va en aumento por no poder satisfacerla. Me parece en-tonces ms desierta y ms miserable; el viento que la penetra es ms fro y la sombra que flota en ella ms espesa; el polvo se acumula sobre las planchas de madera: la tapicera se desgarra descubriendo el

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    enyesado. Todo calla; escucho en el silencio los so-llozos de mi corazn.

    Hermanos, os acordis de aquellos das en los que la vida era para nosotros ensoacin? Tenamos la amistad, sobamos con el amor y con la gloria. Recordis aquellas veladas en Provenza, cuando al nacer las estrellas bamos a sentarnos en el surco humeante an por los ardores del sol? El grillo can-taba, el aura de las noches de esto acunaba nues-tra charla y dejbamos que nuestros labios dijeran lo que sentan nuestros corazones: cndidamente, ambamos a reinas, nos coronbamos de laureles; me contabais vuestros sueos y yo os deca los mos. Luego nos dignbamos descender de nuevo a tierra firme. Os confiaba mi regla de vida, completamen-te dedicada al trabajo y al esfuerzo; os deca que tuvierais valor y, sintiendo la riqueza en mi alma, incluso me complaca la idea de la pobreza. Ascen-dais como yo por las escaleras de las buhardillas, esperabais alimentaros de grandes pensamientos y, gracias a nuestra ignorancia de la realidad, parecais creer que el artista, en el insomnio de su vigilia, se ganara el pan del maana.

    Algunas veces, cuando las flores eran ms suaves y las estrellas ms radiantes, acaricibamos amorosas visiones. Cada uno de nosotros tena a su bienamada. Las vuestras, las recordis?, eran mu-chachas morenas y risueas, reinas de las cosechas

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    y las vendimias, que se adornaban de espigas y de racimos, y corran por los senderos, llevadas en un vuelo por su turbulenta juventud. La ma, plida y rubia, tena la majestuosidad de los lagos y las nu-bes, caminando lnguidamente, coronada de verbe-na, pareca estar, a cada paso que daba, a punto de abandonar la tierra.

    Os acordis, hermanos mos? El ltimo mes fuimos as a soar en medio de los campos y a ex-traer de la esperanza santa del nio el valor del hom-bre. Me cans de la ensoacin y cre sentir en m la fuerza de la realidad. Hace ya cinco semanas que dej atrs nuestros amplios horizontes que fecunda el soplo ardiente del Medioda. Estrech vuestras manos, dije adis a nuestro campo favorito y quise ser el primero en partir en busca de la corona y de la amante que Dios reserva a nuestros veinte aos.

    Claude me dijisteis al partir, ests en la lucha. Maana no estaremos aqu como ayer para darte esperanza y valor. Te vers solo y pobre, sin ms compaa que tus recuerdos para poblar y do-rar tu soledad. Dicen que es ardua tarea. Ve, puesto que sientes sed de vida. Recuerda tus proyectos, s firme y leal en la accin como lo fuiste en la ensoa-cin, vive en los desvanes, come pan duro, sonre a la miseria. Que el hombre no parodie en ti la igno-rancia del nio; que acepte tan spera labor del bien y de lo bello. El sufrimiento hace hombres a los

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    hombres, las lgrimas se secarn algn da, cuando mucho se ha amado. Ten valor y espranos. Te con-solaremos, te reiremos desde la distancia. No po-demos seguirte hoy dado que an no nos sentimos tan fuertes como t; nuestras ensoaciones son an demasiado seductoras como para cambiarlas por la realidad.

    Reidme, hermanos, consoladme, pues ape-nas empec a vivir y estoy ya muy triste. Qu blanca era aquella buhardilla de nuestros sueos, como la ventana que saboreaba el sol! Qu estu-diosa y apacible era la vida que nos ofrecan la mi-seria y la soledad! La miseria tena para nosotros el lujo de la luz y la sonrisa. Pero sabis lo fea que es en realidad una buhardilla? Conocis el fro que se siente cuando se est solo, sin flores ni cortinas blancas donde reposar los ojos? El da y la alegra pasan sin atreverse a entrar en esta sombra y en este silencio.

    Dnde estn hoy mis praderas y mis riachue-los? Dnde mis soles del atardecer cuando dora-ban las cimas de los lamos y trocaban las rocas del horizonte en palacios deslumbrantes? Me equivo-qu, hermanos. No soy ms que un nio que quiso ser hombre antes de tiempo. Confi demasiado en mi fuerza, mi lugar tal vez an est a vuestro lado.

    Ahora amanece un nuevo da. He pasado la noche delante del hogar apagado mirando mis

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    pobres paredes para contaros mis primeros sufri-mientos. Un plido fulgor ilumina los tejados; algunos copos de nieve caen lentamente del cielo plido y triste. El despertar de las grandes ciudades es inquieto. Escucho los murmullos de la calle lle-gar hasta m como un sollozo.

    No: esta ventana me niega el sol, este entari-mado est hmedo, esta buhardilla, desierta; no puedo amar, no puedo trabajar aqu.

    Cubierta_ClaudeZola_I cap