Ken Wilber selección del libro Breve Historia de Todas las Cosas

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KEN WILBER: BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS, Ed. Kairós EXTRACTO: LA SELECCIÓN NATURAL Hoy en día nadie cree ya en la resbaladiza explicación neodarwiniana estándar de la selección natural. Evidentemente, la selección natural darwiniana constituye uno de los mecanismos a través de los cuales opera la evolución, pero esta selección sólo tiene lugar entre aquellas transformaciones que ya han ocurrido merced a mecanismos que absolutamente nadie comprende. Tomemos, por ejemplo, la noción de que las alas no son más que una mutación evolutiva de las patas delanteras. La producción de un ala plenamente funcional –porque media ala carecería de todo valor funcional- a partir de una pata exige la presencia de un centenar de mutaciones previas. Media ala no es mejor que una pierna ni tampoco es mejor que un ala completa puesto que con ella no se puede correr ni se puede volar. Una media ala carece, por tanto, de valor adaptativo. En otras palabras, con media ala uno se convierte simplemente en alimento. Pero las alas sólo funcionarán si esas mutaciones intermedias tuvieran lugar al mismo tiempo en un animal y en otro animal del sexo opuesto para que luego puedan encontrarse, comer algo, aparearse y tener descendencia con alas realmente funcionales. Esto es algo tan absurdo, tan infinita, absoluta y completamente disparatado que el concepto de mutación azarosa no puede llegar a explicarlo. La inmensa mayoría de las mutaciones son letales ¿cómo podemos, pues, pensar en cientos de mutaciones no letales –o, aunque sólo se tratase de cuatro o cinco, que para el caso da lo mismo- aconteciendo simultáneamente? Es cierto que, una vez que ha tenido lugar esta extraordinaria transformación, la selección natural se encarga de seleccionar las mejores alas de las alas menos operativas. Pero ¿qué ocurre con las mismas alas? Esta es, ciertamente, una pregunta para la que nadie tiene, hasta el momento, una respuesta satisfactoria. Por el momento todo el mundo esta de acuerdo en hablar de “evolución cuántica”, de “evolución puntuada”, de “evolución emergente” –de holones sumamente complejos y de emergentes radicalmente nuevos que llegan a la existencia en un extraordinario salto cuántico- sin la menor presencia –cualquiera que esta sea- de formas intermedias. Son miles de mutaciones no letales simultáneas las que han tenido que ocurrir al mismo tiempo para que las alas o los globos oculares pongamos por caso, hayan podido sobrevivir. No obstante, nosotros hemos decidido que estas extraordinarias transformaciones ocurren (porque es innegable que lo hacen). Es por ello que muchos teóricos como Eric Jantsh, por ejemplo, califican a la evolución como “autorrealización a través de la autotrascendencia ”. La evolución forma parte de un insólito proceso de autotrascendencia, un proceso que tiene la asombrosa capacidad de ir más allá de donde anteriormente se encontraba. La evolución constituye un proceso trascendente que incorpora lo que era anteriormente y le agrega componentes insólitamente nuevos. Es así como el impulso a la autotrascendencia se halla inmerso en el mismo entramado del Kosmos . Holón: “Arthur Koestler acuñó el término “holón” para referirse a una entidad que es, al mismo tiempo, una totalidad y una parte de otra totalidad. Así, por ejemplo, un átomo forma parte de una molécula, una molécula forma parte de una célula, una célula forma parte de un organismo, etcétera. Cada una de estas entidades no es, pues, una parte ni una totalidad sino una totalidad/parte, un holón. El hecho es que no existe nada que no sea, de un modo u otro, un holón. Desde hace unos dos mil años hay abierto un debate filosófico entre los atomistas y los holistas sobre cuál es la realidad última, si la totalidad o la parte. Mi respuesta, obviamente, es contundente: la realidad última no es totalidad ni parte o, si lo prefiere, es ambas a la vez. Mire hacia donde mire, todo el camino hacia arriba o todo el camino hacia abajo, no verá más que totalidades/partes en todas direcciones. No importa cuán abajo descendamos porque siempre terminaremos descubriendo holones que descansan sobre holones que, a su vez, descansan sobre otros holones. Hasta las mismas partículas subatómicas se desvanecen en una nube virtual de burbujas, de holones dentro de holones, en una infinidad de ondas de probabilidad. Holones todo el camino de descenso. Contertulio : Y también, como usted dice, holones todo el camino de ascenso, sin arribar nunca a una Totalidad última. Wilber : Así es. No existe ninguna totalidad que no sea, al mismo tiempo, parte de otra totalidad. Y así ocurre de manera indefinida e interminable. El tiempo discurre y las totalidades de hoy serán las partes del mañana… Pero advirtamos que una partícula subatómica es, en sí misma, un holón. Y lo mismo ocurre con una célula, con un símbolo, con una imagen o con un concepto. Todas esas entidades son, antes que nada, holones. Así que el mundo no está compuesto de átomos, de símbolos, de células ni de conceptos, el mundo está compuesto de holones. Todos los holones son totalidades/partes y, en consecuencia, su existencia se halla sujeta a varios “impulsos”, el impulso a seguir siendo una totalidad (actividad), el impulso a seguir siendo una parte (comunión), el impulso a ascender (trascendencia) y el impulso a descender (disolución). Todos los holones se hallan sujetos a estos cuatro impulsos”. Kosmos: Fueron los pitagóricos quienes acuñaron el término “Kosmos”, un término que nosotros solemos traducir como cosmos. Pero su significado original no era el que le damos hoy en día cuando hablamos del “cosmos” o del “universo” como universo exclusivamente físico, sino a la naturaleza y al proceso pautado de todos los dominios de la existencia, desde la materia hasta la mente y, desde ésta, hasta Dios. El Kosmos incluye el cosmos (o fisiosfera), la bios (la biosfera), la psique o nous (la noosfera) y la theos (la teosfera o el dominio divino). Podemos darle muchas vueltas al punto exacto en el que la materia se convierte en vida –o el cosmos se convierte en bio-, pero como señala Francisco Varela, la autopoyesis (la capacidad de autorreplicación) no tiene lugar en el cosmos sino en bios, en los sistemas vivos. Se trata de un emergente fundamental y profundo, algo asombrosamente nuevo.

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KEN WILBER: BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS, Ed. Kairós

EXTRACTO: LA SELECCIÓN NATURAL Hoy en día nadie cree ya en la resbaladiza explicación neodarwiniana estándar de la selección natural. Evidentemente, la selección natural darwiniana constituye uno de los mecanismos a través de los cuales opera la evolución, pero esta selección sólo tiene lugar entre aquellas transformaciones que ya han ocurrido merced a mecanismos que absolutamente nadie comprende. Tomemos, por ejemplo, la noción de que las alas no son más que una mutación evolutiva de las patas delanteras. La producción de un ala plenamente funcional –porque media ala carecería de todo valor funcional- a partir de una pata exige la presencia de un centenar de mutaciones previas. Media ala no es mejor que una pierna ni tampoco es mejor que un ala completa puesto que con ella no se puede correr ni se puede volar. Una media ala carece, por tanto, de valor adaptativo. En otras palabras, con media ala uno se convierte simplemente en alimento. Pero las alas sólo funcionarán si esas mutaciones intermedias tuvieran lugar al mismo tiempo en un animal y en otro animal del sexo opuesto para que luego puedan encontrarse, comer algo, aparearse y tener descendencia con alas realmente funcionales. Esto es algo tan absurdo, tan infinita, absoluta y completamente disparatado que el concepto de mutación azarosa no puede llegar a explicarlo. La inmensa mayoría de las mutaciones son letales ¿cómo podemos, pues, pensar en cientos de mutaciones no letales –o, aunque sólo se tratase de cuatro o cinco, que para el caso da lo mismo- aconteciendo simultáneamente? Es cierto que, una vez que ha tenido lugar esta extraordinaria transformación, la selección natural se encarga de seleccionar las mejores alas de las alas menos operativas. Pero ¿qué ocurre con las mismas alas? Esta es, ciertamente, una pregunta para la que nadie tiene, hasta el momento, una respuesta satisfactoria. Por el momento todo el mundo esta de acuerdo en hablar de “evolución cuántica”, de “evolución puntuada”, de “evolución emergente” –de holones sumamente complejos y de emergentes radicalmente nuevos que llegan a la existencia en un extraordinario salto cuántico- sin la menor presencia –cualquiera que esta sea- de formas intermedias. Son miles de mutaciones no letales simultáneas las que han tenido que ocurrir al mismo tiempo para que las alas o los globos oculares pongamos por caso, hayan podido sobrevivir. No obstante, nosotros hemos decidido que estas extraordinarias transformaciones ocurren (porque es innegable que lo hacen). Es por ello que muchos teóricos como Eric Jantsh, por ejemplo, califican a la evolución como “autorrealización a través de la autotrascendencia”. La evolución forma parte de un insólito proceso de autotrascendencia, un proceso que tiene la asombrosa capacidad de ir más allá de donde anteriormente se encontraba. La evolución constituye un proceso trascendente que incorpora lo que era anteriormente y le agrega componentes insólitamente nuevos. Es así como el impulso a la autotrascendencia se halla inmerso en el mismo entramado del Kosmos. Holón: “Arthur Koestler acuñó el término “holón” para referirse a una entidad que es, al mismo tiempo, una totalidad y una parte de otra totalidad. Así, por ejemplo, un átomo forma parte de una molécula, una molécula forma parte de una célula, una célula forma parte de un organismo, etcétera. Cada una de estas entidades no es, pues, una parte ni una totalidad sino una totalidad/parte, un holón. El hecho es que no existe nada que no sea, de un modo u otro, un holón. Desde hace unos dos mil años hay abierto un debate filosófico entre los atomistas y los holistas sobre cuál es la realidad última, si la totalidad o la parte. Mi respuesta, obviamente, es contundente: la realidad última no es totalidad ni parte o, si lo prefiere, es ambas a la vez. Mire hacia donde mire, todo el camino hacia arriba o todo el camino hacia abajo, no verá más que totalidades/partes en todas direcciones. No importa cuán abajo descendamos porque siempre terminaremos descubriendo holones que descansan sobre holones que, a su vez, descansan sobre otros holones. Hasta las mismas partículas subatómicas se desvanecen en una nube virtual de burbujas, de holones dentro de holones, en una infinidad de ondas de probabilidad. Holones todo el camino de descenso. Contertulio: Y también, como usted dice, holones todo el camino de ascenso, sin arribar nunca a una Totalidad última. Wilber: Así es. No existe ninguna totalidad que no sea, al mismo tiempo, parte de otra totalidad. Y así ocurre de manera indefinida e interminable. El tiempo discurre y las totalidades de hoy serán las partes del mañana… Pero advirtamos que una partícula subatómica es, en sí misma, un holón. Y lo mismo ocurre con una célula, con un símbolo, con una imagen o con un concepto. Todas esas entidades son, antes que nada, holones. Así que el mundo no está compuesto de átomos, de símbolos, de células ni de conceptos, el mundo está compuesto de holones. Todos los holones son totalidades/partes y, en consecuencia, su existencia se halla sujeta a varios “impulsos”, el impulso a seguir siendo una totalidad (actividad), el impulso a seguir siendo una parte (comunión), el impulso a ascender (trascendencia) y el impulso a descender (disolución). Todos los holones se hallan sujetos a estos cuatro impulsos”. Kosmos: Fueron los pitagóricos quienes acuñaron el término “Kosmos”, un término que nosotros solemos traducir como cosmos. Pero su significado original no era el que le damos hoy en día cuando hablamos del “cosmos” o del “universo” como universo exclusivamente físico, sino a la naturaleza y al proceso pautado de todos los dominios de la existencia, desde la materia hasta la mente y, desde ésta, hasta Dios. El Kosmos incluye el cosmos (o fisiosfera), la bios (la biosfera), la psique o nous (la noosfera) y la theos (la teosfera o el dominio divino). Podemos darle muchas vueltas al punto exacto en el que la materia se convierte en vida –o el cosmos se convierte en bio-, pero como señala Francisco Varela, la autopoyesis (la capacidad de autorreplicación) no tiene lugar en el cosmos sino en bios, en los sistemas vivos. Se trata de un emergente fundamental y profundo, algo asombrosamente nuevo.

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KEN WILBER: BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS, Ed. Kairós EXTRACTO: LA FRONTERA POSTMODERNA KW: ¿Ha oído usted hablar del “nuevo paradigma” del conocimiento? - Sólo sé que todo el mundo parece esperar la aparición de algún tipo de nuevo paradigma. KW: Sí, nadie parece querer ya el viejo paradigma, el paradigma de la Ilustración, el paradigma moderno, newtoniano, cartesiano, mecanicista, espejo de la naturaleza, reflexivo, nombres todos ellos, que suelen pronunciarse con desprecio y disgusto. Pero, llamémosle como le llamemos, ese paradigma se considera hoy exasperantemente obsoleto o al menos, seriamente limitado y todo el mundo está ansioso por alcanzar el nuevo paradigma postmoderno o postilustrado. Pero si realmente queremos comprender cómo debe ser un paradigma auténticamente postmoderno deberíamos comenzar comprendiendo el paradigma que tan desesperadamente intentamos derrocar. - Debemos comprender el paradigma fundamental de la ilustración. KW: Así es. Y el paradigma fundamental de la Ilustración es conocido como el paradigma de la representación, un paradigma según el cual, por una parte está el yo o sujeto y, por la otra, el mundo sensorial o empírico, y según el cual el único conocimiento válido consiste en trazar mapas del mundo empírico, del simple mundo “predeterminado” objetal. Y, en el caso de que el mapa sea exacto, en el caso de que represente o se corresponda adecuadamente con el mundo empírico, entonces decimos que “es verdad”.

- De ahí que se le llame el paradigma de la representación. KW: Así es. El mapa puede ser un mapa real, una teoría, una hipótesis, una idea, una mesa, un concepto o algún tipo de representación, algún tipo de mapa, en suma, del mundo objetivo. Todos los grandes teóricos de la Ilustración, ya sean holistas o atomistas -o cualquier otra postura intermedia ubicada entre ambos extremos- han suscrito el paradigma de la representación, la creencia en un mundo empírico objetivo que puede ser pacientemente cartografiado utilizando una metodología empírica. En lo que todos ellos están de acuerdo es en el mismo paradigma cartográfico. - ¿Y qué hay de malo en el paradigma de la representación? Si no me equivoco eso es lo que estamos haciendo de continuo. KW: No es que esté equivocado sino que es estrecho y limitado. Pero las dificultades del paradigma de la representación son muy sutiles e hizo falta mucho tiempo -varios siglos, en realidad- para comprender cuáles eran las limitaciones. Hay muchas formas de resumir las limitaciones del paradigma de la representación -la idea de que el conocimiento consiste fundamentalmente en cartografiar al mundo-, pero la forma más sencilla de formular el problema sería decir que los mapas dejan fuera al cartógrafo. ¡El paradigma de la Ilustración ignora por completo el hecho de que el cartógrafo pueda aportar algo a la imagen! - Refleja y cartografía pero deja fuera al cartógrafo. KW: Sí. Y todos los distintos enfoques postmodernos del paradigma ilustrado están de acuerdo en atacar al paradigma de la representación, todos ellos arremeten en contra del paradigma de la reflexión, en contra del paradigma “espejo de la naturaleza”, en contra de la idea de que existe un único mundo empírico, una sola naturaleza empírica, y que el conocimiento sólo consiste en reflejar o cartografiar el único mundo real. Todos los enfoques “postilustrados” o “postmodernos” coinciden en que la idea de “reflejar la naturaleza” es completa, irreversible y definitivamente ingenua. Comenzando especialmente con Kant y siguiendo luego con Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Dilthey, Heidegger, Foucault y Derrida -los grandes teóricos postmodernos-, todos ellos han rechazado al paradigma cartográfico porque ni siquiera tiene en cuenta al yo que está cartografiando el mapa. Porque el yo no sobrevuela la tierra, tiene sus propias características, sus propias estructuras, su propio desarrollo, su propia historia, y todo eso influye y determina lo que puede llegar a ver en el supuesto mundo “único” que le rodea. ¡Esa especie de paracaidista que contempla el mundo desde fuera está hundido hasta el cuello en contextos y sustratos que determinan el alcance de su visión! De modo que el gran descubrimiento postmoderno ha sido que ni el yo ni el mundo son simples datos sino que existen en contextos y sustratos que tienen una historia, un desarrollo. - Que evolucionan. KW: Así es, que evolucionan. El cartógrafo no es una mónada desencarnada, ahistórica, aséptica, aislada y encerrada en sí misma que permanece intocada por el mundo que está cartografiando. El yo no tiene una esencia inmutable sino que tiene una historia y el cartógrafo hará mapas completadamente diferentes en cada uno de los distintos estadios de su propia historia, de su propio proceso de crecimiento y desarrollo. A lo largo de este proceso evolutivo, el sujeto representará el mundo de manera completamente diferente basándose no tanto en lo que realmente está “fuera de aquí” -en alguna especie de mundo prededeterminado- sino en lo que el sujeto mismo aporta a la imagen. - La “revolución copernicana” de Kant, la idea de que no es tanto el mundo el que configura a la mente sino la mente la que configura al mundo. KW: No en todos los casos pero sí en muchos realmente importantes. Y Hegel añadió el punto crucial, el punto que, de una forma u otra, define a todas las teorías postmodernas: la mente, el sujeto, “sólo puede concebirse inmersa en un proceso de desarrollo”. Nietzsche, por ejemplo, convertiría esto en genealogía, el estudio de la historia de una visión del mundo que damos por sentada, que creemos sin más que posee todo el mundo, pero que, de hecho, ha demostrado ser completamente limitada y ubicada históricamente. Y, de una forma u otra, todos los caminos postmodernos conducen hasta Nietzsche. - Así que el punto es… KW: Que el sujeto no es algo separado, aislado y predeterminado, una especie de minúscula entidad completamente formada que caiga, a modo de paracaidista, sobre la tierra y comience entonces a “cartografiar” cándidamente lo que ve en el mundo “real”, en el territorio “real”, en el mundo predeterminado. El sujeto, por el contrario, está ubicado en contextos y corrientes de su propia historia, de su propia evolución, y las “imágenes” que tiene del “mundo” dependen, en gran medida, no tanto “del mundo” como de “su propia historia”.

- Lo comprendo, ¿y cómo se relaciona todo esto con lo que estábamos hablando? KW: Bien. Una de las cosas que quiero hacer es trazar la historia de estas visiones del mundo. La historia de la evolución en el dominio humano, la historia de las diversas formas en las que ha ido desplegándose el Espíritu-en-acción a través de la mente humana. En cada uno de estos estadios, el Kosmos se contempla a sí mismo con nuevos ojos y, en consecuencia, crea nuevos mundos anteriormente inexistentes.

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KEN WILBER: BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS, Ed. Kairós Extracto del prólogo: “...Como pronto advertirán, Wilber ha adoptado, en este libro, un enfoque comprehensivo y global. En las páginas siguientes descubrirán una visión coherente que integra las verdades procedentes de una amplia y dispar diversidad de campos –como la física, la biología, las ciencias sociales, las ciencias sistémicas, el arte, la estética, la psicología evolutiva y el misticismo contemplativo, por ejemplo- y que también incorpora movimientos filosóficos tan opuestos como el neoplatonismo, el modernismo, el idealismo y el postmodernismo. Lo que Wilber afirma es que una determinada formulación de la verdad puede ser válida sin ser completa, puede ser cierta pero sólo en la medida en que funciona y que debe ser considerada como una parte de otras verdades igualmente importantes. Tal vez la herramienta más novedosa y potente que Wilber nos presenta en Breve historia de todas las cosas sea la noción de los cuatro “cuadrantes” del desarrollo. El estudio de los centenares de mapas del desarrollo que han bosquejado los diversos pensadores a lo largo de los años –mapas del desarrollo biológico, del desarrollo psicológico, del desarrollo cognitivo y del desarrollo espiritual, por nombrar sólo a unos pocos- llevó a Wilber al reconocimiento de que, muy a menudo, estos mapas estaban describiendo diferentes versiones de la “verdad”. Las formas exteriores del desarrollo, por ejemplo, pueden ser valoradas de manera objetiva y empírica pero, como afirma explícitamente Wilber, este tipo de verdad no lleva muy lejos. En su opinión, todo desarrollo comprehensivo también posee una dimensión interna, una dimensión subjetiva e interpretativa que está ligada a la conciencia y la introspección. Pero además, el desarrollo interno y el desarrollo externo, según Wilber, no tienen lugar aisladamente y de manera individual sino que acontecen en el seno de un contexto social y cultural. Éstos son los cuatro cuadrantes de los que hablábamos. Ninguna de estas formas de la verdad –sostiene Wilber recurriendo, para ello, a una serie de vívidos ejemplos- puede ser reducida a las demás. Un conductista, por poner solo un ejemplo, jamás podrá llegar a comprender la experiencia interna de otra persona mediante la mera observación de su conducta externa (ni tampoco, por cierto, de sus correlatos fisiológicos). Es cierto que la verdad nos hace libres pero sólo si reconocemos la existencia de más de un tipo de verdad.” Tony Schwartz. LA MENTE Y EL CEREBRO, Extracto pág. 124: “Wilber:...Veamos, mientras tanto, la Figura 6.1, que constituye una pequeña muestra de los teóricos cuyas verdades concretas se han circunscrito a un determinado cuadrante. Será útil, en este sentido, ver algunos ejemplos de cada uno de ellos. Contertuliano: Muy bien, comencemos, pues, por ahí. Usted ha ubicado a la mente -a la experiencia vivida, a las imágenes, los símbolos, los sentimientos y los pensamientos- en el cuadrante superior izquierdo y al cerebro en el cuadrante superior derecho. ¿Con ello quiere decir, acaso, que el cerebro y la mente no son lo mismo? W: Aunque admitamos que se trata de aspectos íntimamente relacionados no cabe la menor duda de que, por el momento al menos, también son diferentes en muchos -y muy importantes- sentidos. Lo único que he hecho ha sido tener en cuenta estas diferencias y tratar de explicarlas. Cuando los neurofisiólogos, por ejemplo, estudian el cerebro humano, se ocupan del estudio de sus distintos componentes objetivos, la estructura neuronal, los diversos tipos de sinapsis, los neurotransmisores (como la serotonina y la dopamina, por ejemplo), las pautas de ondas electroencefalográficas, etcétera. Pero todos ésos son aspectos objetivos, o externos, del ser humano y, aunque el cerebro se halle en el “interior” del organismo humano, el neurofisiólogo sólo puede llegar a conocerlos de un modo objetivo y externo. Pero usted no puede ver su cerebro como un objeto a menos que abra el cráneo y utilice un espejo. Ésa sería la única forma en la que podría verlo. Lo que sí puede hacer es ver y experimentar directamente su mente ahora mismo de un modo íntimo e inmediato. La mente es la apariencia interna de su conciencia mientras que el cerebro, en cambio, constituye su apariencia externa. C: Y ambos aspectos no se parecen en nada. W: Así es. Su cerebro se asemeja a un gran pomelo arrugado, pero su mente no tiene -ni remotamente- ese aspecto, su mente se parece a lo que está experimentando ahora mismo (imágenes, impulsos y pensamientos). Tal vez terminemos concluyendo que la mente y el cerebro son casi idénticos, que son facetas paralelas, dualistas, o lo que fuere, pero no podemos negar que, fenomenológicamente hablando, se trata de dos aspectos completamente distintos. C: ¿Pero qué me dice de la idea de que realmente son lo mismo aunque todavía no hayamos llegado a descubrirlo? W: Un experto del cerebro, un neurofisiólogo, por ejemplo, puede llegar a saberlo todo sobre mi cerebro, puede conectarme a un electroencefalógrafo, puede hacerme un escáner TEP [tomografía de emisión de positrones], puede cartografiar mi fisiología, verificar la tasa de neurotransmisores, puede llegar, en suma, a saber lo que está haciendo cada átomo de mi cerebro y, aun así, ignorar hasta el más sencillo de mis pensamientos. Se trata de algo realmente extraordinario porque, en el caso de que quisiera saber lo que está ocurriendo en mi mente, sólo tendría una forma de saberlo, preguntármelo. No existe absolutamente ninguna otra forma de que alguien pueda saber cuáles son mis pensamientos a no ser que me lo pregunte, que hable y se comunique conmigo. Y si yo no quiero decírselo, jamás llegará a saber el contenido concreto de mis pensamientos. Evidentemente, puede torturarme y forzarme a decírselo pero, aun en ese caso, el hecho seguirá siendo el mismo porque, para ello, deberá obligarme a hablar. Así pues, usted puede llegar a saberlo todo sobre mi cerebro y, sin embargo, ignorarlo todo sobre los contenidos concretos de mi mente porque, para conocer esos contenidos, tendrá que hablar conmigo. En otras palabras, deberá implicarse en un diálogo –no en un monólogo-, deberá comprometerse en un intercambio intersubjetivo y dejar de estudiarme como un objeto de investigación empírica, como un objeto de su mirada empírica. Como veremos claramente más adelante, la mirada empírica, la mirada “monológuica”, la mirada objetivadora, el mapeado empírico, nos permite acceder a todas las dimensiones de la Mano Derecha porque, en tal caso, usted sólo está estudiando el exterior, la superficie, la vertiente de la Mano Derecha de los holones (como ocurre, por ejemplo, en el caso del cerebro). Pero sólo podrá acceder a las dimensiones propias de la Mano Izquierda, a las dimensiones interiores, a través de la comunicación y la interpretación, a través de un “diálogo” y de la aproximación “dialóguica”, que no consiste tanto en contemplar exterioridades como en compartir interioridades. No tanto, pues, objetividad como intersubjetividad, no tanto superficies como profundidades. Ésa es la razón de que, por más tiempo que estudie mi cerebro, jamás podrá llegar a conocer mi mente. El estudio objetivo tal vez le permita conocer mi cerebro pero solo podrá llegar a conocer mi mente hablando conmigo.”

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KEN WILBER: BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS, Ed. Kairós

EXTRACTO: El Big Bang “El Big Bang ha convertido en idealista a todo aquel que piense. Primero no había absolutamente nada, luego tiene lugar el Big Bang y ¡he aquí que aparece algo! Esto es muy extraño. De la vacuidad más completa emerge todo el mundo de lo manifiesto. Para la ciencia tradicional esto ha supuesto un duro golpe porque impone un límite de tiempo al estúpido azar que, según se suponía, explicaba el universo. ¿Recuerda usted aquel ejemplo de los mil monos y Shakespeare, un ejemplo según el cual el azar podía dar lugar al universo ordenado? - ¿El que afirmaba que, disponiendo de suficiente tiempo, un puñado de monos aporreando las teclas de una máquina de escribir terminarían escribiendo una obra de teatro de Shakespeare? ¡Disponiendo de suficiente tiempo! La probabilidad de que, de ese modo, los monos pudieran escribir una obra de Shakespeare sería de 10-40 . Tal vez algo así pudiera ocurrir en un lapso de mil billones de años. Pero el hecho es que el universo no tiene mil billones de años sino sólo doce mil millones de años. Y esto ha cambiado completamente las cosas. Los cálculos efectuados por los científicos, desde Fred Hoyle hasta F.B. Salisbury, muestran de manera contundente que en doce mil millones de años ni siquiera existe la posibilidad de producir una simple enzima. En otras palabras, algo distinto al azar es lo que está empujando al Universo. El azar era la tabla de salvación, el dios de los científicos tradicionales porque servía para explicarlo todo. El azar -y un tiempo infinito- podría llegar incluso a crear el universo. Hoy en día, sin embargo, los científicos saben que no disponen de un tiempo interminable y, en consecuencia, su antiguo dios ha fracasado miserablemente. Ese dios ha muerto, el azar no puede explicar al universo porque, de hecho, es precisamente el azar lo que el universo se está esforzando laboriosamente por superar, es precisamente el azar lo que se ve superado por el impulso autotrascendente del Kosmos.

- Lo cual es otra forma de decir que la autotrascendencia está integrada en el universo o, como usted mismo dice, que la autotrascendencia constituye uno de los cuatro impulsos de todo holón.

Así lo creo yo. El Kosmos tiene un impulso formativo, un telos. El Kosmos tiene una dirección y se dirige hacia algún lugar. Su sustrato es la Vacuidad, su impulso es la organización de la forma en holones cada vez más coherentes. Vacuidad, creatividad, holones.

- Lo cual es aprovechado por los “creacionistas religiosos” porque dicen que concuerda con lo que afirma la Biblia y el Génesis. Bien, ellos se han apoderado de la evidencia creciente de que la explicación científica tradicional ha dejado de ser válida. Es la creatividad, y no el azar, el que construye el Kosmos. Pero ello no significa que usted pueda equiparar a la creatividad con su dios particular favorito. De ello no se sigue que en ese vacío pueda usted postular la existencia de un dios poseedor de las características concretas que a usted más le agraden (como por ejemplo, que dios es el dios exclusivo de los judíos, de los hindúes, de los pueblos indígenas, que dios está cuidando de mí y que es bueno, justo y misericordioso). Debemos de ser muy cautelosos con este tipo de caracterización antropomórfica restrictiva. Ése precisamente es uno de los motivos por los que prefiero utilizar el término “Vacuidad”, otro modo de nombrar a lo ilimitado y lo incalificable. Pero los fundamentalistas, los “creacionistas” se aprovechan de estas vacaciones en el hotel de la ciencia para abarrotar el congreso con sus delegados. Ellos consideran que la apertura –la creatividad- es un absoluto y equiparan a ese absoluto con su dios mítico favorito, atribuyéndole rasgos inspirados en sus propias tendencias egoicas, comenzando con el hecho de que si usted no cree en ese dios particular se freirá para siempre en el infierno lo cual no hace más que reflejar el estado mental exacto de quienes creen en concepciones tan rudimentarias. “Por ese motivo creo que deberíamos ser muy cuidadosos con la forma en que nos referimos a la apertura espiritual del Kosmos. Porque el hecho es que el Espíritu o la Vacuidad es incalificable, pero no es inerte ni inmutable porque su creatividad, en última instancia, es la que da lugar a la emergencia de nuevas formas. Vacuidad, creatividad, holones”.