Jorge Ruiz Dueñas. Contratas de sangre

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“Hace del saber una experiencia deslumbrante” Bernardo Ruiz

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  • CONTRATAS DE SANGRE

    Jorge RUIZ DUEAS (1946). Si bien es fundamentalmente poeta, en sus 22 ttulos ha incursionado en el ensayo, el relato y la novela. Obtuvo en 1980 el

    Premio Nacional de Poesa Ciudad de la Paz; el Premio Nacional de Periodismo

    que otorgaba el gobierno de la Repblica (1992) por la creacin del Programa

    Cultural multimedia Tierra Adentro; y el Premio Xavier Villaurrutia 1997 de

    Escritores para Escritores. Su obra ha sido difundida en Brasil, Chile, Estados

    Unidos y Marruecos, donde se public en edicin bilinge al rabe y al francs Las

    noches de Sal. Ha sido incluido en diversas antologas nacionales y extranjeras.

  • Bernardo Ruiz

    Contratas de sangre

    Cada vez son ms las contratas de

    sangre que pesan sobre nuestras

    cabezas, advierte Jorge Ruiz Dueas a

    los lectores de este recuento de destinos

    poco usuales, retazos de historias y

    ancdotas que se entretejen para

    apuntar hacia verdades mltiples, que a todos conciernen.

    El volumen es, en gran medida, un libro de relatos construidos en

    su mayora con una peculiaridad, como si el autor recuperara, en una

    cuidada evocacin, el estilo de Miguel de Montaigne, el reconocido

    creador de ese gnero literario al que ahora llamamos ensayo, donde una

    reflexin ilustrada con una o varias acciones, o reflexiones en torno a

    acontecimientos histricos conlleva una opinin y una sutil enseanza. Sin

    embargo, algunas de estas historias, son relatos magnficos, pura y

    llanamente, como es el caso de Los nufragos o el de El viejo Pap.

  • Habr quien disfrute de Contratas de sangre por curiosidad o

    por mero placer, lejos de las preocupaciones crticas o estilsticas que

    conciernen a los estudiosos, y estar bien: este libro es una sucesin de

    asuntos y temas sorprendentes, donde Ruiz Dueas hace del saber una

    experiencia deslumbrante; en ocasiones, dichosa; otras veces, juguetona;

    otras, estremecedora.

    El volumen tiene una cualidad adicional: es una obra para lectores

    de cualquier edad, que gozarn con su relectura en cualquier tiempo.

    EL VIEJO PAP

    Nunca pregunt por qu le llaman Pap. Viva en un remolque

    habitable muy antiguo o, como les dicen ahora,

    un trailer camper, ubicado al lado de la casa de mi amigo

    Rufo. Si bien el armatoste pareca no haberse movido

    desde su arribo a aquel aparcadero segmentado con rayas

    blancas sobre el asfalto a partir de una valla donde iniciaba

    la vivienda de los Mariles. En las tablas de forma lanceolada

    se advertan varias capas de pintura desprendida

    como piel del tiempo y se vea el fondo de su material suficientemente

    slido para alejar a los extraos. Tras la pequea

  • cerca se resguardaba el jardn silvestre invadido

    por plantas de ans y sombreado por un albaricoque en

    cuyo follaje lustroso pretendamos ocultarnos del mundo.

    All construimos nuestro universo prximo a la puerta de

    aquella casa siempre cerrada. Pap y los dems ingresaban a

    la morada de Rufo por una entrada lateral perpetuamente

    entreabierta y cercana a su remolque. De hecho, se era

    el acceso usual al hogar de mi amigo. Al entrar, el alto techo

    daba la sensacin de haber penetrado en un galern.

    Un amplio espacio dividido por muebles viejos y rados.

    stos definan la funcin correspondiente a cada sector

    domstico: una mesa laminada con formica y sillas cromadas

    y tapizadas con plstico rojo descolorido donde an se

    vean estrellas estampadas, marcaban el rea del comedor.

    Los sillones y un sof cubierto con una frazada campesina

    sobrepuesta asimtricamente, ms la chirriante silla mecedora,

    algunas lmparas metlicas doradas en forma de

    cono con orificios y un viejo televisor de pantalla verdina

    y redondeada, eran la estancia familiar. La estufa y el trastero

    con alacenas ya sin vidrios ms otros muchos enseres

    entre los que destacaba una nevera con sus vibraciones

    y gemidos, hacan la cocina. Algunas puertas llevaban a

    reducidos cuartos de endebles paredes de madera que no

    llegaban al techo. Otros espacios eran simplemente reas

  • limitadas por cortinas lnguidas de indefinible textura

    donde se ocultaban las literas.

    La luz tambin haca divisiones imaginarias: chorros

    resplandecientes cados sobre objetos sin importancia desde

    ventanas encortinadas con tergales luidos. Claroscuros

    marcando espacios prohibidos, desde donde a veces se escuchaban

    voces misteriosas amortiguadas por los ruidos

    caseros. La maana al inundar la zona haca relucir las naranjas

    y su casi perfecta uniformidad en un frutero y las

    cucharas de superficies esmeriladas por el uso de aos.

    Cmo olvidar el crujir del piso que acompaaba los pasos

    de los moradores de aquella caja de sorpresas? A veces alarmaba

    un tronido del entarimado a punto de desfondarse.

    Ruidos como los de las pelculas de horror seguidos de

    golpes de tacn alejndose de la escena hasta extinguirse

    en el silencio.

    Afuera, alrededor de la vivienda rodante de Pap haba

    todo tipo de desechos: aros de bicicleta torcidos, maderos

    e indescriptibles hierros oxidados, neumticos usados de

    calibres diversos y un extrao equipo de soldadura con

    depsitos como torpedos del submarino donde alguna vez

    naveg el veterano, en la ya lejana guerra del Pacfico. Por

  • una escotilla sala la conexin para la pequea antena del

    televisor y de all otro cable de propsito indeterminado

    sujeto a otra valla alta y extensa con malla metlica clavada

    a maderos encajados en la tierra. Justo en esa lnea iniciaba

    un declive contiguo y pronunciado tapizado de escarchada

    de flores amarillas deslizada hasta unos almacenes de

    lmina donde se resguardaba madera de una negociacin

    vecina. Por la misma escotilla entraba otro cable colgante

    de energa como alambre de tendedero proveniente de la

    acometida elctrica de la casa vecina. Alrededor del carromato

    rondaba un perro vagabundo en busca de restos de

    alimento tirados por Pap a un cuenco olisqueado cada tarde,

    pero no haba ningn automvil para remolcar el triler

    del viajero inmvil. Aquel carromato era tan decadente

    como la casa vecina necesitada de urgentes reparaciones.

    Cuando el sol se ocultaba frente a ella daba la sensacin

    de soledad y, al llegar la oscuridad, de lobreguez.

    Pap era un americano jubilado. Haba decidido establecerse

    de este lado de la frontera para sobrevivir con mayor

    holgura con su pensin, pero no pareca necesitar mucho.

    Coma cereal con leche, pan, atn y carne en conserva

    prensados en latas, con jarras de una sospechosa infusin

    de caf. Algn arreglo tena para anclar su vivienda al lado

  • de la casa del seor Mariles, padre de Rufo, cuya existencia

    la provea un negocio de mnimo esfuerzo: el aparcadero y

    el resguardo nocturno de carretas donde los vendedores

    ambulantes ofrecan durante el da baratijas a los turistas

    en medio del bullicio propio de un fin de semana en la

    frontera, o dudosos alimentos cocinados en mnimas estufas

    de gas en las esquinas ms transitadas de la vida nocturna

    al amparo de una linterna de petrleo difano. Pap

    sola caminar con la cabeza viendo al suelo, siempre buscando

    algo y murmurando incomprensibles palabras en un

    ingls de acento inculto colgado de un cigarrillo a punto

    de quemar la comisura de sus labios. El perfil agudo y la

    piel con pecas dejaban al descubierto surcos antiguos y

    desde unas potentes gafas de miope atisbaban sus ojos azules

    empequeecidos por las lentes. Usualmente vesta la

    camisa suelta y desabotonada sobre ropa interior percudida,

    de donde salan algunos pelos blancos y rojizos como

    su cabello cado sobre la frente que le daba un aire de descuido

    pero tambin de brioso temperamento. Las prendas

    amplias parecan en l pequeas carpas cuando soplaba el

    viento y extenda aquellas pias y palmeras estampadas en

    esa indumentaria que requera de gran valor vestir. As iba

    y vena de la casa al triler ocupado febrilmente en actividades

    aparentemente innecesarias.

  • Siempre llam mi atencin el curioso parecido entre

    Rufo y el viejo Pap. Poda incluso pasar por su abuelo. Pero

    mi amigo, su melliza y un hermano menor eran progenie

    del seor Mariles y una estadounidense radicada en

    Irving, California, a quien prcticamente nunca vean los

    del pequeo clan. Dana, la versin femenina de Rufo, viva

    con su madre. Mas la odiosa nia no pareca tener nada

    en comn con ellos. Apenas les mir sin hablar cuando

    tuvo lugar un obligado encuentro para la firma de ciertos

    documentos. Mariles viva con una mujer del sur del pas,

    delgada y sin muchos atributos, salvo una gran discrecin

    para no reclamarle por su actividad de baja intensidad y su

    extrema aficin a la cerveza de mala calidad, inters compartido

    con el viejo Pap. Ella le haba dado una hija que

    a pesar de su corta edad acompaaba a los hermanos en

    paos mnimos y descalza, en casi todas nuestras correras

    en busca de fauna local para torturar.

    Quiz no sea necesario recordar al seor Mariles y a

    Pap ebrios despus de consumir grandes cantidades de lpulo

    y cebada. Hablaban poco y en voz baja. Podan dejar

    pasar un cuarto de hora antes de verse a los ojos y hacer

    algn comentario muchas veces respondido con guturales

  • monoslabos o movimientos de cabeza. En ocasiones, a instancias

    de la mujer, la familia Mariles sola pasar el da en

    la playa o nadando en las posas de un arroyo. Entonces el

    viejo se sentaba en una silla de lona afuera de su triler a

    esperarles mientras caa la noche. A lo lejos su cigarrillo

    era una seal luminosa de la paciencia. Cuando Pap les

    vea llegar en una ruidosa furgoneta se incorporaba con

    el cuerpo un tanto encorvado, pero su rostro agrio dejaba

    de serlo y una leve sonrisa asomaba a los labios secos y

    blanquecinos iluminados por la luz intensa del vehculo.

    Saludaba con un breve hola! y pasaba sus manos por la

    cabeza de los ms jvenes antes de entrar a su madriguera.

    En aquel tiempo el verano era siempre benvolo para

    elevar cometas. Las construamos con ingenio y materiales

    adquiridos en una papelera cercana, aunque frecuentemente

    la fuerza del viento las arrancaba de la cuerda. Se

    perdan o desmayaban de manera errtica a considerable

    distancia. Entonces buscbamos colores brillantes para cubrir

    otra carcasa con papel traslcido y marcar en lo alto

    nuestro triunfo. Cuando Pap rondaba cerca de nosotros

    nos daba algunos consejos y los resultados eran buenos.

    El viejo saba todo acerca de construir objetos utilitarios o

    hacer reparaciones mecnicas. Pero si tenamos suficientemente

  • elevada la cometa y su cola ondeaba sin corrientes

    encontradas, buscbamos su aprobacin preguntando:

    Pap, qu le falta? Entonces el viejo levantaba la cabeza y la

    mova lentamente recorriendo todo el horizonte. Lo haca

    como quien busca en el firmamento augurios o a la manera

    de un piloto de combate al encuentro de seales hostiles.

    Una leve mueca aprobatoria era nuestra recompensa. Se

    pasaba una mano recogindose el cabello y con la otra se

    rascaba la cabeza, luego, sin volver la mirada hacia nosotros,

    responda en un espaol macarrnico: Para ser perfecta?

    El esplendor de la tarde! Slo le falta el esplendor

    de la tarde!

    Despus me ausent arrollado por un exilio estudiantil

    y terminaron nuestros veranos al aire libre bajo la metralla

    del sol de agosto. Aos ms tarde me enter del destino de

    los Mariles: el padre haba muerto tras cultivar una prolongada

    cirrosis y los acreedores cayeron sobre la viuda, quien

    ignoraba el origen de aquellas deudas. Entonces Pap dej

    de ser el viejo descuidado, mal rasurado y en apariencia

    insolvente, para mostrarse con la dignidad de su penoso

    andar y dueo de una discreta fortuna en valores de bolsa

    adquiridos a lo largo de su ya prolongada vida. Reuni a

    todos despus de hacerse cargo de los gastos funerarios del

  • seor Mariles as como de las cuentas por pagar y les dijo

    que ellos eran la nica familia que haba tenido en su existencia.

    Para ampliar los beneficios de su jubilacin propuso

    casarse con la viuda liberada del ayuntamiento. Sigui viviendo

    en el desvencijado triler y adopt en trminos de la

    legislacin de su pas a los hijos de Mariles al tiempo de

    constituir un fideicomiso a favor de esa familia. Nadie dej

    de llamarle Pap, pero despus de un breve periodo de precarias

    alegras empez a sufrir enfermedades cada vez ms

    alarmantes. Hubo delirios, episodios amargos de deterioro

    corporal, y finalmente se perdi durante varias semanas

    hasta que su cadver apareci flotando cerca de un embarcadero

    en un puerto cercano. Los diarios locales dieron

    cuenta del suceso en pginas interiores y as me enter de

    la situacin: Anciano extranjero hroe de guerra ahogado

    misteriosamente. Los familiares reclamaron el cuerpo.

    Ignoro si mis camaradas colmaron sus deseos de inusuales

    profesiones y si hubieron de viajar al sur o al norte.

    Pocos aos despus la casa fue derruida y en el solar slo

    qued un espacio poblado apenas por mi imaginacin. Nada

    ha prevalecido de aquel terreno llano desde donde se

    vean las colinas y un cielo surcado de gaviotas extraviadas

    y pichones con plumas de turmalina. Pero an al pasar por

  • ah me parece ver en la sempiterna sombra verde del albaricoque,

    nios y frutos inmaduros colgados de sus ramas

    vencidas. No s si Rufo y sus hermanos hayan tenido hijos

    y los iniciaran en el arte de volar cometas. Pero, donde

    estn, al verlas elevarse contra la bveda azul y las nubes

    rasgadas, sabrn como yo, en el viento de los das de verano,

    que para ser perfectas, a esas cometas slo les falta el

    esplendor de la tarde.

    LOS NUFRAGOS

    Un gallo albino volva del sueo sobre las estacas del traspatio.

    A las cuatro de la madrugada Bridgetown cintilaba

    en el litoral. Joseph aduj las amarras de su bote. Activ los

    motores e interrumpi el silencio. Las boyas de salida del

    canal reflejaban el rojo y el verde de sus luces sobre una

    capa aterciopelada de diesel en el agua. Al entrar al mar

    abierto un impulso le hizo volver el rostro hacia el puerto

    dormido. As lo haca en cada jornada para guardar en la

  • memoria el espacio donde an descansaba su familia bajo

    un techo de cinc. Es posible no regresar, repeta a diario

    para conjurar el riesgo de morir. El ocano se abra y tom

    rumbo al este bojeando la isla para desprenderse a la altura

    de Christ Church, donde se dibujaba un hotel pintoresco,

    una mansin de reposo sobre el pequeo acantilado, hasta

    sentir despus la fuerza de la corriente surcada por los

    grandes peces y frecuentes desechos de naufragios lejanos

    flotando como mangle podrido. A lo lejos adivinaba las playas

    de talco lamidas por el oleaje y el vuelo de las golondrinas

    marinas. Sentado con el cuerpo girado y aferrado a

    la mangueta del timn de sus dos motores fuera de borda,

    gobernaba el lanchn mientras su peso escoraba el bote de

    madera pintado de blanco con casco color sangre.

    No hay que resistirse al vaivn del mar, le dijo el to Bill

    antes de lanzarle por la borda de su herrumbroso barco.

    Percibe el movimiento de las aguas como un embeleso.

    Siente el ritmo necesario para sobrevivir, agreg el viejo.

    Djate llevar, repeta, y su cuerpo avanz hacia el pilago

    con la dulzura de un arrullo seguido por el navo y entendi

    que no haba de oponerse a las fuerzas naturales. Luego

    haz de regresar, le insisti a gritos desde su ruinosa embarcacin.

    El mar devuelve lo que no le pertenece, aseguraba

  • aquel hombre de timn y ancla. Joseph pens entonces en

    la fatiga que podra paralizarle y sinti el temor a los escualos

    atrados por sus latidos de alevn. Se sobrepuso a aquella

    riesgosa leccin y decidi primero simular confianza, hasta

    convencerse de que la sabidura del marino le sera concedida

    a la manera de un ensalmo salutfero. Si no ha llegado

    tu hora de morir no adelantes el reloj, insisti el anciano.

    Despus avanz varias leguas sobre las aguas tibias y vio la

    tierra cada vez ms lejos desde la perspectiva del hombre a

    merced de las aguas. No recordara ms tarde cuntas horas

    se mantuvo a flote como una rama intil sobre las crestas

    bajas, con su cuerpo asimtrico de adolescente. Dejarse

    llevar para despus volver, era la consigna. Y ahora tena la

    misma sensacin de liviandad, de orfandad protegida por

    la pertenencia a una casta desterrada. El ocano no deba

    reclamarle hasta no haber trasmitido su legado. No fue as

    con su extrao pariente, desaparecido semanas despus de

    aquella enseanza? Soaba con l. Le haca tambin a su

    lado, sin rumbo cierto, hasta ver cmo se separaba ms all

    de los arrecifes y se perda con su risa y dicharachos en la

    turquesa lquida rumbo al Caribe y la isla de Saint Vincent.

    No supo con certeza cundo dej de darle consejos imaginarios,

    pero ahora le senta justo ah, sentado frente a l y el

    rugido de los motores, oteando el horizonte donde el ocano

  • Atlntico se anunciaba bajo el camino del sol. Vamos

    bien to Bill. Traeremos un gran dorado, dijo entre dientes

    Joseph mientras gobernaba su lanchn.

    Pero en los ltimos tiempos sus asuntos no haban marchado

    de manera ordenada. Sin embargo, este da tena

    esperanza. La verdad es que nunca ha dejado atrs los problemas

    de dinero, si bien finalmente los resuelve y el seo

    de su frente oscura slo es una herida del tiempo y el sol,

    no la navaja de la angustia. Bajo su desabotonada camisa se

    dibujaban con los primeros rayos del alba los msculos del

    abdomen donde ya corran hilos de sudor. No era joven ni

    rijoso, lo saba. Haca ya muchos aos su llegada a la taberna

    del barrio era seguida por saludos y risas en aquel hablar

    recortado de los pescadores de la isla. En tanto, el ritmo del

    reggae mezclado con aroma de ron cimbraba las caderas

    rotundas de las mujeres y los deseos soterrados de hombres

    sin dinero asidos a botellas de cerveza amarga. Como la

    transpiracin de sus cuerpos lubricando la piel, el deseo les

    baaba con un ardor en el bajo vientre apenas controlado

    por el paso frecuente de los gendarmes. Joseph lo senta,

    pero an hinchada la vejiga saba buscar refugio en los brazos

    de la mulata Kate. Llegaba a ella con toda la turgencia

    de sus miembros y el olor crudo del sudor y el cigarrillo.

  • Atrs haban quedado las persecuciones en la arena.

    Dmelo todo, le deca a Kate. Ella se abra como un comps

    y no sentan el fuego de la arena bajo su pareo. Nada se interpona

    a sus deseos. Pero Joseph la quera para siempre

    a su lado. La posea mientras coma los conkies que ella sacaba

    de una canasta y desliaba las hojas de pltano. Luego

    el dulzor de aquella mezcla de harina de maz, coco, pasas

    importadas, patatas, calabaza y especias de la India se mezclaba

    en sus bocas entre mordiscos y saliva. Ms tarde las

    olas les limpiaban de todo pecado en su desnudez arrogante

    y se tendan al sol para dormir como criaturas perfectas.

    No me dejars, aseguraba Kate al despertar. Y l la montaba

    nuevamente bajo el resplandor del domingo de asueto

    tras cumplir con los encuentros parroquiales. All estaba la

    avispada mirada de su madre cuando desde el coro elevaba

    la voz como fanfarria. Todo suceda en aquella iglesia de

    madera donde un da se desposaran, comprometidos por

    las palabras del rey Salomn y juramentos ingenuos en la

    enfermedad y en la pobreza.

    La paga en el mercado de pescados por el rumbo de la

    parroquia de Saint Philip prometa ser mejor en la temporada

    de turismo, y con el doble turno de su mujer como

  • camarera en The Crane surgan indicios de una mnima

    prosperidad temporal. No quera aceptar el ofrecimiento

    para emplearse como asistente de almacenes y abastecer en

    una furgoneta flamante los recaudos frescos de la gerencia

    de alimentos y bebidas. Kate le rea por ello. Sin embargo

    l vea con simpata esa construccin iluminada como una

    fiesta inextinguible. Ms tarde llegara su mujer a limpiar

    habitaciones saturadas de humores y desechos ajenos. Se

    transportaran juntos, le insista ella, y el ritmo de sus vidas

    sera ms justo en aquel paraso reconstruido para visitantes

    ricos y rubios, segn el vehemente comentario de

    aquella voz seductora en medio de la noche que arrasaba

    la fortaleza fsica de ambos. Adems de la paga segura, le

    haba dicho acercando su cuerpo caliente, estaban las pres-

    taciones tan tiles cuando la decrepitud toca a la puerta.

    Pero l gustaba de la independencia de su oficio y la apuesta

    diaria entre la red, el anzuelo y la bscula de la subasta.

    Apreciaba la charla en el muelle y la algaraba matutina

    cuando retornaban con el catch of the day y las finas lonjas

    de los peces eran rematadas para prximo regocijo de otros

    paladares. Volvi el rostro hacia Barbados coronada por el

    monte Hillaby cuando sinti llegar el paso de la corriente

  • norecuatorial que fluye desde Cabo Verde, y el fulgor de la

    aurora le hizo recordar las lecciones del to Bill y las costas

    isleas de arena fina como cuellos de flamenco.

    Este lunes, al terminar abril, se percat de las facturas

    del tiempo adeudadas por su propia carne. El cricket le

    dejaba ahora molestias musculares y ya no poda impunemente

    correr por la antigua plantacin de azcar tras las

    giles piernas de sus dos hijos. Entonces pens en la tristeza

    de morir sin descendientes. Imagin los jardines florecidos

    de las grandes residencias, las palmeras silvestres

    rodeadas de fauna multicolor y tuvo la conviccin de que

    era feliz. se haba sido el legado de su madre. As se lo

    pidi antes de expirar dos aos atrs cuando ocultos a la

    vista de los dems tras el biombo de tela de su pabelln

    hospitalario le hizo una leve sea para acercarle y susurrar

    al odo una orden difcil de cumplir: Joseph, you be happy!

    Saba que esa indmita cantora de himnos anglicanos en la

    iglesia dominical se haba formado en la mxima de la bsqueda

    de la felicidad. Un viejo rescoldo vivo en los libertos

    sobre la cresta de los siglos y las generaciones, haba llegado

    a los labios de la vieja como una gua moral cada vez

    menos asequible. Pero Joseph no se arredraba. Las seas

    de mejores tiempos haban llegado y su magra cuenta de

  • ahorros sin impuestos volvera a crecer para seguridad de

    los cros y la apacible sonrisa de Kate.

    Cuidas de ellos como es debido? No les dejes caer en la

    tentacin, negro necio, le repeta con frecuencia la obesa

    matrona desde el fondo de las tinieblas. Haz de seguir los

    mandatos del Seor y aljate de las hijas de Jezabel y de sus

    culos gordos. Enorgullece mi estirpe, hijo querido. Haz de

    tus vstagos herederos dignos. Come quimbomb y hueva

    de erizo para tener una prole longeva y fuerte, le deca el

    recuerdo inoportuno mientras la brisa enjugaba sus brazos

    y las cuadernas de su embarcacin crdena y blanca.

    Despert de su ensimismamiento por el hervidero de

    un cardumen al huir de manadas de marsopas y vio ms

    all una silueta blanca. Era apenas una raya en el horizonte

    cubierta fugazmente por el vaivn de las aguas. Nunca

    supo por qu se sinti movido a dirigir su chalupa en esa

    direccin. Curiosidad tal vez... Empero, en pocos minutos

    se encontr con una embarcacin menor en lastimosas

    condiciones. Era un yate herrumbroso a la deriva de no

    ms de ocho metros de eslora, del que vena un extrao

    olor cido. No tena nombre ni ondeaba bandera alguna.

    Sobre la cubierta alcanzaba ya a ver bultos dispersos que

    cobraron la forma de muertos conforme se aproximaba en

  • medio del silencio. Una vez a estribor de la embarcacin

    lanz un cabo para amarrar su bote. Lo hizo con doble

    nudo y comprob su firmeza, como si fuese necesario asegurar

    el retorno desde aquel despojo flotante poblado de

    cadveres con pies desnudos y talones redondos y arrugados

    como patatas viejas. Primero avanz hacia la proa

    donde explor sin tocar los primeros cuerpos. Le parecieron

    maniques de cera, enjutos y cetrinos, los dientes al

    aire y las facciones contradas y cubiertas con un brillo

    extrao. No tena duda, eran los restos de personas de su

    raza. Las ropas parecan fundidas con la piel y las camisas

    alguna vez de llamativos colores y diseos eran igual a los

    vestidos de su abuela. Las carnes expuestas tambin le recordaban

    a las momias vistas en un programa de la BBC.

    Varios despojos mostraban las cuencas de los ojos y era

    como si viesen la eternidad, con un gesto extrao por la

    tensin de los msculos del rostro que abra ms las fosas

    nasales y desfloraba la boca en forma de ptalos de un vegetal

    marchito. Despus se acerc a los muertos de popa,

    uno haba cado sobre la escotilla del motor. Entr luego a

    los minsculos camarotes bajo el puente y encontr ms

    cuerpos. One, two..., mascull Joseph, hasta contar once,

    justo al tropezar con el ltimo de su aritmtica macabra

    y percatarse entonces de la pequea alacena con latas de

  • sardina, pan verdino por el moho an multiplicndose, envases

    abiertos de plstico opaco y latas de conservas vacas.

    En un cajn encontr muchos pasaportes de Senegal

    y Mal con papeles oficiales incomprensibles para l, ms

    de los necesarios segn pudo calcular.

    Intent superar la nusea ocasionada por aquel cuadro,

    pero una arcada le invadi y termin cogido de los tensores

    de estribor contra su vientre. Otros espasmos se fueron

    diluyendo hasta dejarle sin vigor con una sensacin de percibir

    todo de manera intensa y a la vez distante, mientras

    se limpiaba el rostro con un pauelo de estampados caprichosos

    colgado de la bolsa trasera de sus pantaloncillos.

    Pasados unos minutos respir hondo y se dirigi al puente

    para intentar arrancar la mquina. La marcha no respondi

    y despus de mover el cuerpo que obstrua el paso a la escotilla

    ayudado por una prtiga para retirarlo, comprob

    la avera y la falta de combustible. Las bateras tambin se

    haban fundido por la evaporacin de los fluidos. Antes

    haba intentado enviar un mayday pero la radio no poda

    funcionar en esas condiciones. El tiempo era benigno. No

    dud en amarrar a su gabarra el yate de los muertos con

    cables de la propia embarcacin. Enderez el timn del navo

    y lo asegur con un lazo para evitar lastrar el remolque

  • y que la trgica embarcacin derivara.

    Cuando enfil hacia Barbados adivinada tras la calima

    de la maana madura, pens en la frustrada pesca. Pens

    en los difuntos mientras sus dos equipos se esforzaban por

    surcar las aguas ailes, escoltado por una parvada de gaviotas

    venidas de ninguna parte trazando crculos sobre

    l y su pesarosa carga. Pens en las ganancias perdidas

    y el tiempo an por dedicar a las autoridades sin que eso

    significase una moratoria para los acreedores. Pens en

    el discurso de Kate ante las circunstancias propicias para

    reforzar los argumentos a favor del trabajo domesticado.

    Quin iba a pagar por todo esto? No slo era el da y el

    combustible, sobre todo se trataba de los peces perdidos,

    del lucro legtimo y el riesgo de no hacer su trabajo al aire

    libre para regatear despus entre la algaraba del mercado.

    Luego volvi el rostro hacia el yate y se pregunt si haba

    tomado la decisin correcta.

    No les ibas a dejar all, muchacho tonto, dira el viejo

    Bill. Y el estragado canto de su madre inund su pecho con

    salmos de amor, pero pareca que resonaban en la bveda

    celeste donde observaban todos los muertos cmo se esforzaba

    por bogar en la direccin del instinto y la memoria.

  • Te dar alguien las gracias? Sern hombres de tu misma

    sangre? Sern hijos de tus antepasados los que se salvaron

    de la cacera de los blancos abominables?

    Igual a los destellos de los camargrafos y las preguntas

    al llegar a la comandancia con los estupefactos policas, las

    imgenes venan a su cabeza como relmpagos a partir del

    momento en que haba subido a la drsena. Joseph no sinti

    deseos de salir de su casa en toda la semana. Era perturbador

    recordar aquellos cadveres. Ms an, la razn de su

    tragedia. Kate posterg la diatriba al ver en su hombre el

    estrago de los hechos. El pescador huy de los periodistas

    y no se asom por la taberna. En la sombra del porche se

    sent a pensar da y noche en la suerte de aquellos desgraciados.

    Se enter del nmero de los viajeros por las noticias

    de la televisin, donde calificaron aquello como un episodio

    gtico en el mar. Originalmente haba treinta y siete

    migrantes, afirm el locutor. Conforme moran fueron lanzados

    al mar. Provenan de frica y parecan dirigirse a las

    costas de Brasil. Quiz, comentaron en los diarios, fueron

    remolcados por un barco de traficantes que cort el cable

    y les dej a la deriva al verse descubiertos. Los nufragos

    sufrieron intensamente, inform un mdico forense al ser

    entrevistado y describir con la precisin de una enciclopedia

  • de torturas las formas ms espeluznantes del dolor al

    espesarse la sangre y la afectacin de los rganos en medio

    de malestares lacerantes y angustia. Mientras, uno a uno,

    eran fulminados. Todo pudo acontecer, decan, durante el

    primero de los tres meses necesarios para cruzar el Atlntico

    a merced del pulso del ocano. Las variaciones de temperatura

    y la salinidad permitieron un proceso extrao de

    saponificacin, dijo el facultativo. Cuando ninguno tuvo

    fuerzas para echar los cuerpos por la borda nadie qued

    disponible para cerrar las puertas del infierno.

    Los hijos de Joseph en medio de su algaraba le preguntan

    esta tarde a su madre qu buscaban esos forasteros,

    mientras beben botellas de mauby. Eran hombres malos?

    Por qu huan? El pescador pareca esperar igualmente la

    respuesta de su mujer para encontrar alguna razn a aquel

    designio. Kate contina haciendo cou-cou para la cena, y

    responde sin titubeos, mientras ve a lo lejos los ojos de su

    compaero y esboza una mueca en sus carnosos labios:

    buscaban trabajo, eso es lo que buscaban. Slo trabajo...

    Ahora Joseph parpadea y se pregunta si en verdad es posible

    ser feliz as y siente unas ganas inmensas de estar solo.

    CONTRATAS DE SANGRE