Jorge luis Borges y Adolfo Bioy - Cronicas

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  • Un poco a la manera de Carlyle, cuyo Sartor Resartus (Sastre zurcido) expone ladoctrina de un filsofo imaginario y la ilustra con ejemplos apcrifos, H. Bustos Domecqdedica este volumen a la discusin imparcial de literatos, de escultores, de arquitectos,de gastrnomos y de pintores que, por el momento, no existen, pero que sonpeligrosamente posibles, dadas las propensiones de la poca. El tono es humorstico,segn lo impone todo examen severo de las manifestaciones ms novedosas del arte yde las letras durante los ltimos sesenta aos. Veinte crnicas, casi todas de ndolenarrativa, integran este libro amensimo, que satiriza lo universalmente consagrado,respetado, adulado y temido: es decir, lo moderno. En el desorientado siglo que corre,la ignorancia y la inepcia son infatigablemente inventivas; nos consta que H. BustosDomecq ha debido espolear a su Pegaso para que la realidad no lo deje atrs. Segnlo seala el prlogo que avalora Gervasio Montenegro, estas impares Crnicasconstituyen el vademcum indispensable para el curioso que quiera echar una ojeadasobre el conjunto panormico de la esttica en boga. Su redaccin jocosa, apuntaagudamente ex cathedra el profesor adjunto Longino, no excluye el pensamiento serio.

    Encarnados en la figura de un egosta, trnsfuga, mentiroso, fanfarrn y casanovabarato, segn la descripcin de sus ilustres padres, Borges y Bioy Casares crean enestas pginas un fascinante juego de ficciones y espejos que lleva la parodia hasta susltimas consecuencias.

  • Jorge Luis Borges - Adolfo Bioy Casares

    Crnicas de Bustos DomecqH. Bustos Domecq - 3

    ePub r1.0jugaor 17.05.13

  • Ttulo original: Crnicas de Bustos DomecqJorge Luis Borges - Adolfo Bioy Casares, 1967Ilustracin: Sir John Tenniel (1820-1914), para Alicia en el pas de las maravillasDiseo de portada: Viruscat

    Editor digital: jugaorePub base r1.0

  • Every absurdity has now a champion.

    OLIVER GOLDSMITH, 1764

    Every dream is a prophesy: every jest is an earnest in the womb of Time.

    FATHER KEEGAN, 1904

  • A esos tres grandes olvidados.Picasso, Joyce, Le Corbusier.

  • PrlogoAbordo una vez ms, a instancias del amigo inveterado y del escritor estimable, los inherentes

    riesgos y sinsabores que acechan, pertinaces, al prologuista. stos no eluden a mi lupa, por cierto.Nos toca navegar, como el homrida, entre dos escollos contrarios. Caribdis: fustigar la atencin delectores ablicos y remisos con la Fata Morgana de atracciones que presto disipar el corpus dellibrejo. Escila: sofrenar nuestro brillo, para no oscurecer y aun anantir el material subsiguiente.Ineluctablemente las reglas del juego se imponen. Como el vistoso tigre real de Bengala que retiene lagarra para no borrar de un zarpazo las facciones de su trmulo domador, acataremos, sin deponer deltodo el escalpelo crtico, las exigencias que de suyo comporta el gnero. Seremos buenos amigos de laverdad, pero ms de Platn.

    Tales escrpulos, interpondr sin duda el lector, resultarn quimricos. Nadie soar en compararla sobria elegancia, la estocada a fondo, la cosmovisin panormica del escritor de fuste, con la prosabonachona, desabrochada, un tanto en pantoufles, del buen hombre a carta cabal que entre siesta ysiesta despacha, densos de polvo y tedio provinciano, sus meritorios cronicones.

    Ha bastado el rumor de que un ateniense, un porteo cuyo aclamado nombre el buen gusto meveda revelar consolidara ya el anteproyecto de una novela que se intitular, si no cambio de idea,Los Montenegro, para que nuestro popular Bicho Feo[1], que otrora ensay el gnero narrativo, secorriese, ni lerdo ni perezoso, a la crtica. Reconozcamos que esta lcida accin de darse su lugar hatenido su premio. Descontado ms de un lunar inevitable, la obrilla expositiva que nos toca hoyprologar ostenta suficientes quilates. La materia bruta suministra al curioso lector el inters que no leinsuflara nunca el estilo.

    En la hora catica que vivimos, la crtica negativa es a todas luces carente de vigencia; trtase conpreponderancia de afirmar, allende nuestro gusto, o disgusto, los valores nacionales, autctonos, quemarcan, siquiera de manera fugaz, la pauta del minuto. En el caso presente, por otra parte, el prlogoal que presto mi firma ha sido impetrado[2] por uno de tales camaradas a quien nos ata la costumbre.Enfoquemos, pues, los aportes. Desde la perspectiva que le brinda su Weimar litoral, nuestro Goethede ropavejera[3] ha puesto en marcha un registro realmente enciclopdico, donde toda nota modernahalla su vibracin. Quien anhelase bucear en profundidad la novelstica, la lrica, la temtica, laarquitectura, la escultura, el teatro y los ms diversos medios audiovisuales, que signan el da de hoy,tendr mal de su grado que apechugar con este vademcum indispensable, verdadero hilo de Ariadnaque lo llevar de la mano hasta el Minotauro.

    Levantarase acaso un coro de voces denunciando la ausencia de alguna figura cimera, que conjugaen sntesis elegante el escptico y el sportsman, el sumo sacerdote de las letras y el garan dealcoba, pero imputamos la omisin a la natural modestia del artesano que conoce sus lmites, no a lams justificada de las envidias.

    Al recorrer con displicencia las pginas de este opsculo meritorio, sacude, momentnea, nuestramodorra una mencin ocasional: la de Lambkin Formento. Un inspirado recelo nos acribilla. Existe,concretado en carne y hueso, tal personaje? No tratarase acaso de un familiar, o siquiera de un eco,de aquel Lambkin, fantoche de fantasa, que dio su augusto nombre a una stira de Belloc?Fumisteras como sta merman los posibles quilates de un repertorio informativo, que no puede

  • aspirar a otro aval entindase bien que el de la probidad, lisa y llana.No menos imperdonable es la ligereza que consagra el autor al concepto de gremialismo, al

    estudiar cierta bagatela en seis abrumadores volmenes que manaron del incontenible teclado deldoctor Baralt. Se demora, juguete de las sirenas de ese abogado, en meras utopas combinatorias yneglige el autntico gremialismo, que es robusto pilar del orden presente y del porvenir ms seguro.

    En resumen, una entrega no indigna de nuestro espaldarazo indulgente.

    GERVASIO MONTENEGROBuenos Aires, 4 de julio de 1966

  • Homenaje a Csar PaladinAlabar lo mltiple de la obra de Csar Paladin, ponderar la infatigable hospitalidad de su

    espritu, es, quin lo duda, uno de los lugares comunes de la crtica contempornea; pero no convieneolvidar que los lugares comunes llevan siempre su carga de verdad. Asimismo resulta inevitable lareferencia a Goethe, y no ha faltado quien sugiera que tal referencia proviene del parecido fsico delos dos grandes escritores y de la circunstancia ms o menos fortuita de que comparten, por decirloas, un Egmont. Goethe dijo que su espritu estaba abierto a todos los vientos; Paladin prescindi deesta afirmacin, ya que la misma no figura en su Egmont, pero los once proteicos volmenes que hadejado prueban que pudo prohijarla con pleno derecho. Ambos, Goethe y nuestro Paladin,exhibieron la salud y la robustez que son la mejor base para la ereccin de la obra genial. Gallardoslabradores del arte, sus manos rigen el arado y rubrican la melga!

    El pincel, el buril, el esfumino y la cmara fotogrfica han propagado la efigie de Paladin; quieneslo conocimos personalmente quiz menospreciemos con injusticia tan profusa iconografa, que nosiempre transmite la autoridad, la hombra de bien que el maestro irradiaba como una luz constante ytranquila, que no enceguece.

    En 1909, Csar Paladin ejerca en Ginebra el cargo de cnsul de la Repblica Argentina; allpublic su primer libro, Los parques abandonados. La edicin, que hoy se disputan los biblifilos,fue celosamente corregida por el autor; la afean, sin embargo, las ms desaforadas erratas, ya que eltipgrafo calvinista era un ignoramus cabal en lo que concierne a la lengua de Sancho. Los golosos dela petite histoire agradecern la mencin de un episodio asaz ingrato, que ya nadie recuerda, y cuyonico mrito es el de patentizar de modo palmario la casi escandalosa originalidad del conceptoestilstico paladionano. En el otoo de 1910, un crtico de considerable fuste cotej Los parquesabandonados con la obra de igual ttulo de Julio Herrera y Reissig, para llegar a la conclusin de quePaladin cometiera risum teneatis un plagio. Largos extractos de ambas obras, publicados encolumnas paralelas, justificaban, segn l, la inslita acusacin. La misma, por lo dems, cay en elvaco; ni los lectores la tomaron en cuenta ni Paladin se dign contestar. El panfletario, de cuyonombre no quiero acordarme, no tard en comprender su error y se llam a perpetuo silencio. Supasmosa ceguera crtica haba quedado en evidencia!

    El periodo 1911-19 corresponde, ya, a una fecundidad casi sobrehumana: en rauda sucesinaparecen: El libro extrao, la novela pedaggica Emilio, Egmont, Thebussianas (segunda serie), Elsabueso de los Baskerville, De los Apeninos a los Andes, La cabaa del To Tom , La provincia deBuenos Aires hasta la definicin de la cuestin Capital de la Repblica, Fabiola, Las gergicas(traduccin de Ochoa), y el De divinatione (en latn). La muerte lo sorprende en plena labor; segn eltestimonio de sus ntimos, tena en avanzada preparacin el Evangelio segn San Lucas, obra decorte bblico, de la que no ha quedado borrador y cuya lectura hubiera sido interesantsima[4].

    La metodologa de Paladin ha sido objeto de tantas monografas crticas y tesis doctorales queresulta casi superfluo un nuevo resumen. Bstenos bosquejarla a grandes rasgos. La clave ha sidodada, una vez por todas, en el tratado La lnea Paladin-Pound-Eliot (Viuda de Ch. Bouret, Pars,1937) de Farrel du Bosc. Se trata, como definitivamente ha declarado Farrel du Bosc, citando aMyriam Allen de Ford, de una ampliacin de unidades. Antes y despus de nuestro Paladin, launidad literaria que los autores recogan del acervo comn era la palabra o,