Horacio Quiroga (Uruguayo. 1879-1937) ."Cuentos de la selva" Horacio Quiroga (Uruguayo. 1879-1937)

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  • "Cuentos de la selva"

    Horacio Quiroga(Uruguayo. 1879-1937)

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  • LA TORTUGA GIGANTE

    Haba una vez un hombre que viva en Buenos Aires y estaba muycontento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un da seenferm, y los mdicos le dijeron que solamente yndose al campopodra curarse. El no quera ir porque tena hermanos chicos a quienesdaba de comer; y se enfermaba cada da ms. Hasta que un amigosuyo, que era director del Zoolgico, le dijo un da:-Usted es amigo mo, y es un hombre bueno y trabajador. Por esoquiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire librepara curarse. Y como usted tiene mucha puntera con la escopeta,cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le dar plataadelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.El hombre enfermo acept, y se fue a vivir al monte, lejos, ms lejosque Misiones todava. Haca all mucho calor, y eso le haca bien.Viva solo en el bosque, y l mismo se cocinaba. Coma pjaros ybichos del monte, que cazaba con la escopeta, y despus coma frutas.Dorma bajo los rboles, y cuando haca mal tiempo construa en cincominutos una ramadal con hojas de palmera, y all pasaba sentado yfumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con elviento y la lluvia.Haba hecho un atado con los cueros de los animales, y los llevaba alhombro. Haba tambin agarrado, vivas, muchas vboras venenosas, ylas llevaba dentro de un gran mate, porque all hay mates tan grandescomo una lata de querosene.El hombre tena otra vez buen color, estaba fuerte y tena apetito.Precisamente un da en que tena mucha hambre, porque haca dosdas que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigreenorme que quera comer una tortuga, y la pona parada de canto parameter dentro una pata y sacar la carne con las uas. Al ver al hombreel tigre lanz un rugido espantoso y se lanz de un salto sobre l. Peroel cazador que tena una gran puntera le apunt entre los dos ojos, y lerompi la cabeza. Despus le sac el cuero, tan grande que l solopodra servir de alfombra para un cuarto.-Ahora-se dijo el hombre-voy a comer tortuga, que es una carne muyrica.Pero cuando se acerc a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tena lacabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o treshilos de carne.A pesar del hambre que senta, el hombre tuvo lstima de la pobretortuga, y la llev arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendla cabeza con tiras de gnero que sac de su camisa, porque no tenams que una sola camisa, y no tena trapos. La haba llevadoarrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y

  • pesaba como un hombre.La tortuga qued arrimada a un rincn, y all pas das y das sinmoverse.El hombre la curaba todos los das, y despus le daba golpecitos con lamano sobre el lomo.La tortuga san por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enferm.Tuvo fiebre y le dola todo el cuerpo.Despus no pudo levantarse ms. La fiebre aumentaba siempre, y lagarganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendi que estabagravemente enfermo, y habl en voz alta, aunque estaba solo, porquetena mucha fiebre.-Voy a morir- dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme ms,y no tengo quin me d agua, siquiera. Voy a morir aqu de hambre yde sed.Y al poco rato la fiebre subi ms aun, y perdi el conocimiento.Pero la tortuga lo haba odo y entendi lo que el cazador deca. Y ellapens entonces:-El hombre no me comi la otra vez, aunque tena mucha hambre, y mecur. Yo lo voy a curar a l ahora.Fue entonces a la laguna, busc una cscara de tortuga chiquita, ydespus de limpiarla bien con arena y ceniza la llen de agua y le diode beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se mora desed. Se puso a buscar en seguida races ricas y yuyitos tiernos, que lellev al hombre para que comiera, El hombre coma sin darse cuentade quin le daba la comida, porque tena delirio con la fiebre y noconoca a nadie.Todas las maanas, la tortuga recorra el monte buscando races cadavez ms ricas para darle al hombre y senta no poder subirse a losrboles para llevarle frutas.El cazador comi as das y das sin saber quin le daba la comida, yun da recobr el conocimiento, Mir a todos lados, y vio que estabasolo pues all no haba ms que l y la tortuga; que era un animal. Ydijo otra vez en voz alta:-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a moriraqu, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme.Pero nunca podr ir, y voy a morir aqu.Y como l lo haba dicho, la fiebre volvi esa tarde, ms fuerte queantes, y perdi de nuevo el conocimiento.Pero tambin esta vez la tortuga lo haba odo, y se dijo:-Si queda aqu en el monte se va a morir, porque no hay remedios, ytengo que llevarlo a Buenos Aires.Dicho esto, cort enredaderas finas y fuertes, que son como piolas,acost con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetbien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas

  • para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con vboras, y alfin consigui lo que quera, sin molestar al cazador, y emprendientonces el viaje.La tortuga, cargada as, camin, camin y camin de da y de noche.Atraves montes, campos, cruz a nado ros de una legua de ancho, yatraves pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con elhombre moribundo encima. Despus de ocho o diez horas de caminarse detena y deshaca los nudos y acostaba al hombre con muchocuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco.Iba entonces a buscar agua y races tiernas, y le daba al hombreenfermo. Ella coma tambin, aunque estaba tan cansada que preferadormir.A veces tena que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenatanta fiebre que deliraba y se mora de sed. Gritaba: agua!, agua! acada rato. Y cada vez la tortuga tena que darle de beber.As anduvo das y das, semana tras semana. Cada vez estaban mscerca de Buenos Aires, pero tambin cada da la tortuga se ibadebilitando, cada da tena menos fuerza, aunque ella no se quejaba. Aveces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombrerecobraba a medias el conocimiento. Y deca, en voz alta:-Voy a morir, estoy cada vez ms enfermo, y slo en Buenos Aires mepodra curar. Pero voy a morir aqu, solo en el monte.El crea que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuentade nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprenda de nuevo elcamino.Pero lleg un da, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo ms.Haba llegado al lmite de sus fuerzas, y no poda ms. No habacomido desde haca una semana para llegar ms pronto. No tena msfuerza para nada.Cuando cay del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, unresplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo qu era. Se sentacada vez ms dbil, y cerr entonces los ojos para morir junto con elcazador, pensando con tristeza que no haba podido salvar al hombreque haba sido bueno con ella.Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo saba. Aquellaluz que vea en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morircuando estaba ya al fin de su heroico viaje.Pero un ratn de la ciudad-posiblemente el ratoncito Prez-encontr alos dos viajeros moribundos.-Qu tortuga!-dijo el ratn-. Nunca he visto una tortuga tan grande. Yeso que llevas en el lomo, que es? Es lea?-No-le respondi con tristeza la tortuga-. Es un hombre.-Y dnde vas con ese hombre?-aadi el curioso ratn.-Voy... voy... Quera ir a Buenos Aires-respondi la pobre tortuga en

  • una voz tan baja que apenas se oa-. Pero vamos a morir aqu porquenunca llegar...-Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. Nunca vi una tortuga mszonza! Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves all esBuenos Aires.Al oir esto, la tortuga se sinti con una fuerza inmensa porque antena tiempo de salvar al cazador, y emprendi la marcha.Y cuando era de madrugada todava, el director del Jardn Zoolgicovio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traaacostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera,a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoci a su amigo,y l mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador secur en seguida.Cuando el cazador supo cmo lo haba salvado la tortuga, cmo habahecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios noquiso separarse ms de ella. Y como l no poda tenerla en su casa,que era muy chica, el director del Zoolgico se comprometi a tenerlaen el Jardn, y a cuidarla como si fuera su propia hija.Y asi pas. La tortuga, feliz y contenta con el cario que le tienen,pasea por todo el jardn, y es la misma gran tortuga que vemos todoslos das comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a suamigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quierenunca que l se vaya sin que le d una palmadita de cario en el lomo.

    LAS MEDIAS DE LOS FLAMENCOS

    Cierta vez las vboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a lossapos, a los flamencos y a los yacars, y a los pescados. Lospescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile ala orilla del ro los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudancon la cola.Los yacars, para adornarse bien, se haban puesto en el pescuezo uncollar de bananas, y fumaban cigarrillos paraguayos. Los sapos sehaban pegado escamas de pescado en todo el cuerpo; y caminabanmenendose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy seriospor la orilla del ro, los pescados les gritaban hacindoles burla.Las ranas se haban perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dospies. Adems, cada una llevaba colgada como un farolito unalucirnaga que se balanceaba.Pero las que estaban hermossimas eran las vboras. Todas, sinexcepcin, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color decada vbora. Las vboras coloradas levaban una pollerita de tul

  • colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo;y las yarars, una pollerita de tul gris pintada con ra