EL OLVIDADO ULTRAISMO URUGUAYO

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  • EL OLVIDADO ULTRAISMO URUGUAYO

    POR

    EMIR RODRIGUEZ MONEGAL

    Yale University

    J. EL OTRO ULTRAISMO

    Aunque la fortuna critica del ultraismo espaiiol o de la variante ar-gentina no haya sido espectacular (buena parte de la investigaci6n recien-te ha estado confiada al estudio de algunas figuras como Borges, cuyopaso por el ultraismo no fue muy demorado), no cabe duda de que ambosmovimientos cuentan ya no s610o con cronistas, sino hasta con historiado-res y criticos. El libro pionero y arbitrario de Guillermo de Torre, Litera-turas europeas de vanguardia (1925), asi como el mas idiosincratico yoriginal de Ram6n G6mez de la Serna, Ismos (1930), no fueron sino laavanzada critica de incontables estudios que radican en Espafia o Argen-tina, los avatares del movimiento. Menos publicitado y hasta omitido porlos historiadores ha sido el ultraismo uruguayo, que produjo (en 1927)una antologia, hoy totalmente olvidada. Sin inimo de reivindicaci6n na-cionalista (los tiempos del Plata no estin para esas payasadas), quisieraexaminar ahora algunos aspectos de lo que convendria llamar el otroultraismo, el de la orilla izquierda del rio ancho como mar, el ParanaGuazi de los indigenas.

    Pero antes una breve reflexi6n historiogrifica. Aunque es indudablela existencia independiente de una literatura argentina, de una uruguayay hasta de una paraguaya, por c6modas razones politico-culturales sesuele olvidar que esas literaturas no son sino parte de una literatura masgeneral, que habria que ilamar rioplatense. En sus origenes colonialeses imposible dudar de esa unidad. La primera fundaci6n efimera de Bue-nos Aires; el fracaso de Solis, quien lo Pnico que conquist6 fue el est6-mago de los indios charrias (se lo comieron en 1516); el poder centralde Asunci6n del Paraguay y de las misiones jesuiticas determinaron hasta

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    el siglo xvIII una concentraci6n cultural en lo que es hoy Paraguay.El mundo gauchesco, que fue como la alternativa contestataria de esepoder central, o el avance implacable de los bandeirantes paulistas, ha-brian de minar totalmente aquella hegemonia paraguaya. A partir de laindependencia, el mundo gaucho (que inclufa asimismo el sur de Brasil)empieza a justificar una nueva literatura, escrita por hombres de ciudady para hombres de ciudad en el mejor estilo de la pastoral, pero enrique-cedora de la cultura general del area rioplatense'1. Para entender la poesiay la prosa gauchesca hay que salir de la visi6n estrecha de criticos queestudian a Bartolomd Hidalgo (aunque uruguayo, vivi6 y escribi6 en laArgentina), pero se saltean a su compatriota Antonio D. Lussich porquese qued6 en la banda oriental 2; que registran las opiniones hasta deliltimo viajero ingls de la Pampa, pero ignoran s6lidamente la existencia

    de O gaucho, novela singular del brasilefio Jose de Alencar, o del trip-tico hist6rico del uruguayo Eduardo Acevedo Diaz, que fue publicadoen Buenos Aires; es decir, de criticos para los que el pasaporte es masdecisivo que los textos mismos.

    El fen6meno se agudiza con el Modernismo. Es initil que Rod6produzca (entre 1895 y 1913) el estudio mds completo sobre el poetay critico argentino Juan Maria Gutierrez y su tiempo. Para los portefios,Rod6 es irreparablemente uruguayo, y hasta los afios cuarenta de estesiglo no hay edici6n argentina de sus ensayos rioplatenses. Si FlorencioSanchez y Horacio Quiroga son aceptados en la banda occidental esporque vivieron y trabajaron en Buenos Aires y pudieron, por tanto, serasimilados, hasta el punto que se les incluye como nativos en panoramase historias del teatro o la narrativa . Podrian multiplicarselos casos. El uruguayo Herrera y Reissig tuvo un momento p6stumo degloria porque fue releido por los ultraistas, pero cuando este movimien-to pas6, tambidn el olvido se trag6 a Herrera. Mas cerca de nosotros,Juan Carlos Onetti vivi6 y public6 sus novelas mas importantes en Bue-nos Aires, sin lograr otro eco que el de fieles, excelentes y pocos amigos:Julio E. Payr6, Oliverio Girondo.

    Los paraguayos fueron atn mas dominados por la hegemonia argen-

    Aprovecho aqui el concepto de pastoral como poesia escrita por escritorescultos para lectores cultos; enfoque que permite resolver tambien el problema declasificaci6n de la literatura , tal como lo ha expuesto WilliamEmpson en Some Versions of Pastoral (Norfolk, Conn., 1968).

    2 Borges es una excepci6n notable. En sus estudios sobre poesia gauchescanunca omite a Hidalgo y a Lussich. V6ase, por ejemplo, >, que se public6 originariamente en Montevideo, 1950, y esti ahorarecogido en Discusidn (Obras completas, 1974).

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    tina, hasta el punto de que s6lo el boom internacional de la novela lati-noamericana pudo rescatar a Augusto Roa Bastos del semianonimato enque vivi6 durante los aiios cincuenta y sesenta en Buenos Aires, publican-do sus libros con escasa repercusi6n y ganindose la vida con libretosque escribia para el cine argentino.

    Estos ejemplos y otros que podrian invocarse resultan plidos al ladodel desconocimiento casi total del ultraismo uruguayo en las publicacio-nes especializadas de la orilla derecha del Plata. Un caso patdtico (si nofuera tambidn de deliberada ignorancia) es el de un joven historiadorliterario argentino que trabaja en Sao Paulo y que una vez, candida-mente, me pregunt6 si Ildefonso Pereda Valdes y Nicolas Fusco Sansoneeran nombres reales o seud6nimos. Se los habia encontrado en la biblio-teca Mario de Andrade, del Instituto Brasileiro de Cultura, y no sabiac6mo ubicarlos. Le di mi palabra de honor de que eran reales y queconocia personalmente a ambos 3. Ese ultraismo uruguayo no s6lo exis-ti6, sino que funcion6 por algunos aiios como una suerte de reactivoque permiti6 a otros grupos menos radicales desarrollar y perfeccionarsu practica podtica. Aunque todavia es temprano para trazar todos losaspectos de este movimiento, anticipar6 aquf algunas reflexiones de untrabajo mis extenso y complejo sobre las vanguardias de los afios veinte.Espero que este adelanto despierte suficiente curiosidad en otros inves-tigadores para animarlos a examinar en detalle el tema.

    Me refiero a Ral Antelo, que en un articulo,

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    II. CR6NICA DE UN NAUFRAGIO

    Hay que empezar con Ildefonso Pereda Vald6s. Cuando lo conoci,a mediados de los afios treinta, Ildefonso ya era profesor de literaturade Enseiianza Secundaria; habia abandonado el ultraismo hacia tiempoy se dedicaba casi exclusivamente al folklore y a lo que mucho mastarde los franceses bautizarian de negritud. Ildefonso era todavia rubioy algo gordo, con ese aire de distracci6n que comparten poetas y profe-sores. Yo era un muchacho largo y flaco con una incontenible pasi6npor los libros. Mi tio, Pepe Monegal (que mis tarde ganaria notoriedadcomo narrador gauchesco), era entonces un bohemio vanguardista quehabia viajado por Espafia y conocido (d6nde, cuando) a Garcia Lorca.(O por lo menos 6sa era la leyenda familiar.) Mi tio Pepe pintaba, escri-bia obras de teatro que nadie queria representar y que 61 enviaba ma-nuscritas con dibujos a color de los escenarios y trajes. Todavia recuer-do la agresividad primaria de esos dibujos. Decir que yo lo adorabaera poco. Era mi amigo. Compartiamos la misma pasi6n por Los tresmosqueteros. Todavia conservo las cuatro hojas de un block de dibujoen que mi tio Pepe reprodujo para mi la estampa de los protagonistas,alegremente plagiados, de las caritulas colorinches de la Editorial So-pena espaiiola, que 61 habia mejorado con sus acuarelas algo fauves.Leiamos y relefamos la saga de los mosqueteros (inclusive la poco popu-lar iltima novela, El vizconde de Bragelonne, de donde sale

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    vanguardia uruguaya, argentina, brasilefia. Por su origen, Ildefonso teniaraices en el Brasil; su Vald6s era portugu6s y no espaiol. Mientras losgrandes hablaban, yo pasaba y repasaba la mirada sobre tanto libro.Creo que fue alli cuando por primera vez vi obras de Mirio de Andrade,y, sobre todo, Macunaima, que Ilegaria a encontrar unos quince afiosmas tarde en una libreria de viejo de Montevideo, en la entonces tnicaedici6n.

    Por esa fecha, unos meses mis tarde, conoci a Nicolas Fusco Sansone.O mejor: conoci a su mujer. Yo necesitaba una maestra que me prepa-rase para el examen de ingreso a secundaria. Aunque habia estudiadomucho, y hasta sabia franc6s y portugues, a los quince todavia andabaa la deriva. Mi padre era muy andariego, y entre 1928 y 1937 cambi6tantas veces de colegio y de lengua basica, que me encontraba atrasadocon respecto a mis compafieros de generaci6n en el Uruguay. La mujerde Fusco debi6 haber sido un genio, porque en unas semanas de leccionesme permiti6 enfrentar el examen sin mayores dificultades. Al poeta loconoci de pasada. Me impresion6 la intensidad de sus ojos claros y sufigura compacta, electrica, de pajaro de altaneria.

    En aquella 6poca no sabia que Fusco Sansone (por fidelidad a suorigen italiano) era partidario de Mussolini y lo proclamaba hasta en laficha autobiogrifica de una antologia de la que hablar6 luego. Tampocosabia que Ildefonso era simpatizante comunista. Mis nociones de politicaeran todavia vagas. Mi padre era indiferente. Por mi abuelo Monegal melegaba una tradici6n colorada, de visible liberalismo anticlerical y maso-neria discreta. Mama se habia hartado del catolicismo y empezaba a in-teresarse en la literatura de izquierda. Un poco mas tarde, en Rio deJaneiro, descubri Fontamara, de Ignazio Silone, cuyas vividas escenasde la violencia del fascismo contra los campesinos italianos no pudeolvidar f cilmente, y empec6 a leer la novela brasileia del Nordeste,henchida de ret6rica izquierdista y que me conmovi6 muchisimo.

    Pero Nicol6s Fusco Sansone e Ildefonso Pereda Vald6s eran para mis610 los amigos (o tal vez s6lo conocidos) de