El capote gogol_nikolai

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    27-Jan-2017
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  • Aunque por su corta extensin esta obra sea difcil considerarla una novela, es tan completaen su trama y tan rica en metforas y significado que merece consideracin especial. Desdemi punto de vista es uno de los mejores cuentos de todos los tiempos.

    El capote, publicado en 1842, es un cuento clsico para disfrutar y, sobretodo, para quienesse reconozcan como aspirantes a cuentistas. Tiene el mrito de haber sido destacado por elmismo Dostoievski, como un cuento cannico, en su conocida frase: Todos crecimos bajo elcapote de Ggol. Es una historia dramtica, la adquisicin y prdida de un abrigo nuevo porun funcionario con recursos escasos, pero uno puede crearle mltiples lecturas; una,considerarla como una metfora.

    Akakiy Akakievich logra en un momento de su vida apasionarse por algo. Encuentra el deseo,logra esa fiebre magnfica de desear algo. Es condicin que ese algo sea contingente, unanada enmascarada que desaparecer. Finalmente la pasin por su nuevo capote le dar unsentido a esa vida gris e imposibilitada y el lector podr solidarizarse con el protagonista. Lahumanidad y la ternura de esta historia son de carcter universal. Hay quienes puedenreinventarse capotes por los que apasionarse en cada tramo de su vida, quienes renuevan sucapote insistentemente, y sin haberlo previsto, dejan por herencia el puro afn de procurarseabrigos. Eso de lo incesante de la vida es el deseo, la herencia estructurante y mayor.

  • Nikoli Ggol

    El capoteePUB r1.2

    Carlos. 31.12.13

  • Ttulo original: Nikoli Ggol, 1842Traduccin: Vctor Gallego BallesteroIlustraciones: Noem Villamuza

    Editor digital: Carlos., sobre el trabajo de MayenCMCorreccin de erratas: Carlos. (r1.0 y r1.1) y DervishD (r1.2).ePub base r1.0

  • En el departamento ministerial de **F; pero creo que ser preferible no nombrarlo, porque no haygente ms susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, loscancilleres, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto,muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en supersona se haca una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitnde Polica no recuerdo en qu ciudad present un informe, en el que manifestaba claramente quese burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable ttulo de capitn de Polica se llegaba apronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novelaromntica, en la que, a cada diez pginas, apareca un capitn de Polica, y a veces, y esto es lo grave,en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremossencillamente un departamento al departamento de que hablemos aqu.

    Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si sepuede decir que tena algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tantopelirrojo y tambin algo corto de vista, con una pequea calvicie en la frente, las mejillas llenas dearrugas y el rostro plido, como el de las personas que padecen de hemorroides Qu se le va ahacer! La culpa la tena el clima petersburgus.

    En cuanto al grado ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colacin, nuestrohombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado ychanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no puedendefenderse. El apellido del funcionario en cuestin era Bachmachkin, y ya por el mismo se veclaramente que deriva de la palabra zapato; pero cmo, cundo y de qu forma, nadie lo sabe. Elpadre, el abuelo y hasta el cuado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siemprebotas, a las que mandaban poner suelas slo tres veces al ao. Nuestro hombre se llamaba AkakiyAkakievich. Quiz al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarleque no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues elhecho ocurri como sigue:

    Akakiy Akakievich naci, si mal no se recuerda, en la noche del veintids al veintitrs de marzo.Su difunta madre, buena mujer y esposa tambin de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, comoera natural, para que el nio fuera bautizado. La madre guardaba an cama, la cual estaba situadaenfrente de la puerta, y a la derecha se hallaban el padrino, Ivn Ivanovich Erochkin, hombreexcelente, jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un

  • oficial de la Polica y mujer de virtudes extraordinarias.Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mrtir Josdasat. No

    dijo para s la enferma. Vaya unos nombres! No!. Para complacerla, pasaron la hoja delalmanaque, en la que se lean otros tres nombres, Trifiliy, Dula y Varajasiy.

    Pero todo esto parece un verdadero castigo! exclam la madre. Qu nombres! Jams heodo cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero Trifiliy o Varajasiy!

    Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de Pavsikajiy y Vajticiy.Bueno; ya veo dijo la anciana madre que ste ha de ser su destino. Pues bien: entonces, ser

    mejor que se llame como su padre. Akakiy se llama el padre; que el hijo se llame tambin Akakiy.Y as se form el nombre de Akakiy Akakievich. El nio fue bautizado. Durante el acto

    sacramental llor e hizo tales muecas, cual si presintiera que haba de ser consejero titular. Y as fuecomo sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con objeto de que el lector se convenza de quetodo tena que suceder as y que habra sido imposible darle otro nombre.

    Cundo y en qu poca entr en el departamento ministerial y quin le coloc all, nadie podradecirlo. Cuantos directores y jefes pasaron le haban visto siempre en el mismo sitio, en idnticapostura, con la misma categora de copista; de modo que se poda creer que haba nacido as en estemundo, completamente formado con uniforme y la serie de calvas sobre la frente.

    En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas no slo no se movan desu sitio cuando l pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se tratara slo de una mosca quepasara volando por la sala de espera. Sus superiores le trataban con cierta frialdad desptica. Losayudantes del jefe de oficina le ponan los montones de papeles debajo de las narices, sin decirlesiquiera: Copie esto, o Aqu tiene un asunto bonito e interesante, o algo por el estilo comocorresponde a empleados con buenos modales. Y l los coga, mirando tan slo a los papeles, sinfijarse en quin los pona delante de l, ni si tena derecho a ello. Los tomaba y se pona en el acto acopiarlos.

    Los empleados jvenes se mofaban y chanceaban de l con todo el ingenio de que es capaz uncancillerista si es que al referirse a ellos se puede hablar de ingenio, contando en su presenciatoda clase de historias inventadas sobre l y su patrona, una anciana de setenta aos. Decan que stale pegaba y preguntaban cundo iba a casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos,dicindole que se trataba de copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy Akakievich no replicaba nada,como si se encontrara all solo. Ni siquiera ejerca influencia en su ocupacin, y a pesar de que ledaban la lata de esta manera, no cometa ni un solo error en su escritura. Slo cuando la bromaresultaba demasiado insoportable, cuando le daban algn golpe en el brazo, impidindole seguirtrabajando, pronunciaba estas palabras:

    Dejadme! Por qu me ofendis?Haba algo extrao en estas palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba. En ellas apareca

    algo que inclinaba a la compasin. Y as sucedi en cierta ocasin: un joven que acababa de conseguirempleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de los dems, iba a burlarse de Akakiy, se quedcortado, cual si le hubieran dado una pualada en el corazn, y desde entonces pareci que todo habacambiado ante l y lo vio todo bajo otro aspecto. Una fuerza sobrenatural le impuls a separarse de suscompaeros, a quienes haba tomado por personas educadas y como es debido. Y aun mucho ms

  • tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le apareca la figura de aquel diminuto empleado con lacalva sobre la frente, y oa sus palabras insinuantes.

    Dejadme! Por qu me ofendis?.Y simultneamente con estas palabras resonaban otras: Soy tu hermano!. El pobre infeliz se

    tapaba la cara con las manos, y ms de una vez, en el curso de su vida, se estremeci al ver cuntainhumanidad hay en el hombre y cunta dureza y grosera encubren los modales de una supuestaeducacin, selecta y esmerada. Y, Dios mo!, hasta en las personas que pasaban por nobles yhonradas

    Difcilmente se encontrara un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con sus deberesy, es poco decir!, que trabajara con tanta aficin y esmero. All, copiando documentos, se abra antel un mundo ms pintoresco y placentero. En su cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunasletras eran sus favoritas, y cuando daba con ellas estaba como fuera de s: sonrea, parpadeaba y seayudaba con los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que trazabasu pluma.

    Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran asombro por su parte, hubieraconseguido ser ya consejero de Estado. Pero, como decan sus compaeros bromistas, en vez de unacondecoracin de ojal, tena hemorroides en los riones. Por otra parte, no se puede afirmar que no sele hiciera ningn caso. En cierta ocasin, un director, hombre bondadoso, deseando recompensarle porsus largos servicios, orden que le diesen un trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistaen copiar simples documentos. Se le encarg que redactara, a base de un expediente, un informe quehaba de ser elevado a otro departamento. Su trabajo consista slo en cambiar el ttulo y sustituir elpronomb