El Capitan Blood - Rafael Sabatini

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    18-Jul-2016
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  • EL CAPITN

    BLOOD

    RAFAEL SABATINI

    TRADUCCIN DEL INGLS PORLAURA LECOCQ

  • NDICE Captulo 1 - El mensajeroCaptulo 2 - Los dragones de KirkeCaptulo 3 - El presidente del Tribunal

    SupremoCaptulo 4 - Mercanca humanaCaptulo 5 - Arabella BishopCaptulo 6 - Planes de fugaCaptulo 7 - PiratasCaptulo 8 - EspaolesCaptulo 9 - Los rebeldes convictosCaptulo 10 - Don DiegoCaptulo 11 - Devocin filialCaptulo 12 - Don Pedro SangreCaptulo 13 - TortugaCaptulo 14 - El herosmo de LevasseurCaptulo 15 - El rescateCaptulo 16 - La trampaCaptulo 17 - Los embaucadosCaptulo 18 - La MilagrosaCaptulo 19 - El encuentroCaptulo 20 - Ladrn y pirata

  • Captulo 21 - A las rdenes del Rey JamesCaptulo 22 - HostilidadesCaptulo 23 - RehenesCaptulo 24 - GuerraCaptulo 25 - A las rdenes del Rey LuisCaptulo 26 - M. de RivarolCaptulo 27 - CartagenaCaptulo 28 - El honor de M. de RivarolCaptulo 29 - A las rdenes del Rey GuillermoCaptulo 30 - La ltima batalla del ArabellaCaptulo 31 - Su excelencia el gobernador

  • CAPTULO 1 - EL MENSAJERO Peter Blood, bachiller en medicina y muchas

    otras cosas ms, fumaba una pipa y cuidaba losgeranios en la jardinera del antepecho de suventana sobre Water Lane en la ciudad deBridgewater.

    Unos ojos severos y con desaprobacin lo

    consideraban desde la ventana opuesta, peropasaban desapercibidos. La atencin del Sr. Bloodestaba dividida entre su tarea y la corriente dehumanidad en la angosta calle abajo; una corrienteque se derramaba por segunda vez en ese da haciaCastle Field, donde ms temprano en la tardeFerguson, el capelln del Duque, haba predicadoun sermn conteniendo ms traicin que divinidad.

    Estos grupos extraviados y excitados estaban

    compuestos mayormente por hombres con ramasverdes en sus sombreros y las ms ridculas armasen sus manos. Algunos, es cierto, llevaban piezasde caza, y aqu y all resplandeca una espada;

  • pero muchos estaban armados con garrotes, y lamayora arrastraban las picas hechas con lasguadaas, tan formidables a la vista como torpesen la mano. Haba tejedores, cerveceros,carpinteros, herreros, albailes, canteros, yrepresentantes de todas las ocupaciones de la pazentre estos improvisados hombres de guerra.Bridgewater, como Taunton, haba proporcionadotan generosamente a sus hombres para el serviciodel Duque bastardo que cualquiera con edad yfuerza suficiente que se abstuviera de llevar armas,era inmediatamente considerado cobarde opapista.

    Peter Blood, quien no solamente era apto para

    empuar armas, sino entrenado y hbil en su uso,quien ciertamente no era un cobarde, y un papistacuando le convena, cuidaba sus geranios y fumabasu pipa en ese clido atardecer de Julio,indiferente como si nada pasara. Una cosa s hizo.Lanz a esos enfervorizados con la guerra unalnea de Horacio _ un poeta por cuyos trabajoshaba ltimamente concebido una afeccin inusual:

  • "Quo, quo, scelesti, ruitis?" Y ahora tal vez adivinaris por qu la caliente,

    intrpida sangre heredada de los aventurerosantepasados de su madre de Somersetshire semantena fra en medio de todo este fantico fervorde rebelin, por qu el turbulento espritu que unavez lo haba sacado del tranquilo mundoacadmico que su padre le haba impuesto, semantena ahora quieto en la verdadera mitad de laturbulencia. Os daris cuenta cmo miraba a estohombres que se reunan bajo los estandartes de lalibertad - los estandartes tejidos por las vrgenesde Taunton, las nias de los seminarios de MissBlake y Mrs. Musgrove, quienes - segn dice labalada - haban desgarrado sus enaguas de sedapara hacer colores para el ejrcito del ReyMonmouth. El verso latino, desdeosamentelanzado tras ellos mientras alborotadamentebajaban por la calle empedrada, revela su mente.Para l eran tontos abalanzndose con locura a suruina.

  • Vern, saba demasiado sobre este sujeto

    Monmouth y la bonita mujerzuela oscura que lohaba dado la vida, para ser engaado por laleyenda de legitimidad, sobre cuya fuerza selevantaba esta rebelin. Haba ledo la absurdaproclamacin en el cartel colocado en la Cruz deBridgewater - como haba sido colocado tambinen Taunton y otros lugares - estableciendo que"ante la muerte de nuestro Soberano Lord CharlesSegundo, el derecho de sucesin a la corona deInglaterra, Escocia, Francia e Irlanda, con losdominios y territorios que les perteneces,legalmente descenda y recaa en el muy ilustre yaltamente nacido Prncipe James, Duque deMonmouth, hijo y heredero del mencionado ReyCharles II".

    Lo haba movido a la risa, al igual que el

    posterior anuncio de que "James, Duque de Yorkprimero caus que el mencionado Rey fueraenvenenado, e inmediatamente usurp en invadila Corona."

  • No saba cul era mayor mentira. Porque el Sr.

    Blood haba pasado la tercera parte de su vida enlos Pases Bajos, donde el mismo James Scott -que ahora se proclamaba a s mismo James II porla gracia de Dios, Rey, etctera - vio la luz hacaunos treinta y seis aos, y conoca la historia queall se contaba sobre su real paternidad. Lejos deser legtimo - por virtud de un pretendidocasamiento secreto entre Carlos Estuardo y LucyWalter - era posible que este Monmouth que ahorase proclamaba Rey de Inglaterra no fuera nisiquiera el hijo ilegtimo del difunto soberano.Qu sino ruina y desastre podra ser el fin de estagrotesca pretensin? Cmo se podra esperar queInglaterra alguna vez se tragara esta mentira? Yera en su nombre, para sostener su fantsticoreclamo, que estas muchedumbres del Oeste,dirigidos por unos pocos escuderos Whigs, habansido seducidos para la rebelin!

    "Quo, quo, scelesti, ruitis?"

  • Ri y suspir a la vez; pero la risa domin elsuspiro, porque el Sr. Blodd no era dado a lacompasin, como la mayora de los hombresautosuficientes; y era muy autosuficiente; laadversidad le haba enseado a serlo. Un hombrede corazn ms tierno, teniendo su visin y suconocimiento, hubiera encontrado causa para laslgrimas en la contemplacin de estas ardientes,simples, inconformistas ovejas yendo haciaadelante con paso vacilante - escoltados al campode batalla de Castle Field por esposas e hijas,novias y madres, apoyados en la ilusin de queiban a tomar el campo en defensa del Derecho, laLibertad y la Religin. Porque saba, como todoBridgewater saba desde haca unas horas, que erala intencin de Monmouth presentar batalla esamisma noche. El Duque iba a liderar un ataquesorpresa contra el ejrcito real bajo las rdenes de Feversham quien acampaba en Sedgemoor. El Sr.Blood supona que Lord Feversham estaraigualmente bien informado, y si su suposicinestaba equivocada, por lo menos estabajustificada. No iba a suponer que el comandante

  • realista fuera tan poco hbil en su trabajo. El Sr. Blood sacudi las cenizas de su pipa y

    se tir para atrs para cerrar su ventana. Alhacerlo, su mirada viajando derecho a travs de lacalle encontr finalmente la mirada de esos ojoshostiles que lo observaban. Haba dos pares, ypertenecan a las seoritas Pitt, dos amigables,sentimentales solteronas que superaban acualquiera en Bridgewater con su adoracin alapuesto Monmouth.

    El Sr. Blood sonri e inclin su cabeza, porque

    estaba en trminos amigables con estas damas, unade las cuales incluso haba sido por un pequeotiempo su paciente. Pero no hubo respuesta a susaludo. Por el contrario, los ojos le devolvieronuna mirada de fro desdn. La sonrisa en sus finoslabios se volvi un poco ms ancha, un pocomenos agradable. Entendi la razn para estahostilidad, que haba crecido diariamente en lapasada semana desde que Monmouth haba dadovuelta el cerebro de las mujeres de todas edades.

  • Las Srtas. Pitt, entendi, le reprochaban que l, unhombre joven y vigoroso, con entrenamientomilitar que sera muy valioso para la Causa, semantuviera aparte; que fumara plcidamente supipa y cuidara sus geranios en este atardecer detodos los atardeceres, cuando hombres de esprituse dirigan al Campen Protestante, ofreciendo susangre para colocarlo en el trono adonde perteneca.

    Si el Sr. Blood hubiera condescendido a

    debatir esta materia con las damas, les habraexplicado que, habiendo tenido su cuota devagabundeo y aventuras, ahora estaba embarcadoen la carrera para la que originalmente se habapreparado y para la que haba estudiado; que eraun hombre de medicina y no de guerra; un curador,no un asesino. Pero ellas le hubieran contestado, losaba, que por esta causa era obligacin para todohombre que se llamara tal tomar las armas. Lehubieran indicado que su propio sobrino Jeremy,quien era un marinero, el principal de un barco - elque para la mala suerte de este joven haba

  • anclado en este momento en la Baha deBridgewater - haba dejado el timn para tomar unmosquete en defensa del Derecho. Pero el Sr.Blood no era de los que argumentaba. Como yadije, era un hombre autosuficiente.

    Cerr la ventana, corri las cortinas, y se

    dirigi a la agradable habitacin iluminada porvelas, y a la mesa en la que la Sra. Barlow, su amade llaves, estaba sirviendo la cena. A ella, sinembargo, le revel en voz alta sus pensamientos

    "Estoy fuera de favor con las vrgenes

    avinagradas de enfrente." Tena una voz vibrante y agradable, cuyo

    sonido metlico era suavizado y disminuido por elacento irlands que en sus andanzas nunca habaperdido. Era una voz que poda ser seductora yacariciadora, o comandar en tal forma queobligaba a la obediencia. Ciertamente, toda lanaturaleza de este hombre estaba en su voz. Por elresto, era alto y delgado, moreno de piel como un

  • gitano, con ojos asombrosamente azules en esacara oscura y bajo esas cejas negras. En la mirada,esos ojos, a los costados de una intrpida nariz dealto caballete, eran de una singular penetracin yuna firme arrogancia que combinaba con los firmeslabios. Aunque vestido de negro, comocorresponda a su profesin, lo haca con laelegancia derivada del gus