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1 Curs: Societat i Medi Ambient. Nau Gran. Universitat de València. Reproducció de l’article de Tom C. Avendaño amb fotografies de Felipe Fittipaldi, publicat en El País, 24/03/2018. Enlace: https://elpais.com/internacional/2018/03/21/america/1521644037_873076.html DENTRO DE LA DESTRUCCIÓN SECRETA DE LA GRAN SABANA DE BRASIL Durante décadas y mientras nadie miraba se ha deforestado la mitad de la sabana más rica del mundo. EL PAÍS viaja a sus esquinas más profundas TOM C. AVENDAÑO / FOTO: FELIPE FITTIPALDI Balsas (Maranhão) / Forquilha (Piauí) / Sussuarana (Tocantins) 24 MAR 2018 - 22:16 CET Balsas (Estado de Maranhão) La cascada de Macapá no está precisamente a mano pero así es como debería ser en opinión de los integrantes de esta comunidad de pequeñas granjas al noreste de Brasil. Para que un extranjero se acerque a ella tiene que llegar al aeropuerto más cercano, el de Imperatriz, al sur del Estado de Maranhão; hacer 400 kilómetros de carretera hasta Balsas, una ciudad de 90.000 habitantes y tres concesionarios de tractores, y allí conseguir transporte para recorrer dos horas de caminos de tierra. En cuanto el paisaje pase de un borrón anaranjado a una serie de árboles desnudos, hay que pasar tres puentes de madera, la escuela que el Gobierno prometió y dejó a medio construir, y, sobre todo, el enorme candado que cierra la finca de doña Raimundinha. Meu Deus do céu, qué sobresalto”, exclama atropelladamente este manojo de nervios de metro y 20, 59 años e incontables arrugas al abrir la verja. E insiste durante el camino a su casa. “A veces viene gente de fuera y no sabemos si son de la hidroeléctrica. Ay, no pueden venir aquí, meu Deus do céu”. Como casi todo el mundo en Macapá, doña Raimundinha vive con su familia y sus animales: los primeros en una casa de paredes de barro y tejado de paja, los otros, libres por el terreno arenoso y despoblado que lleva décadas en manos de su

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Curs: Societat i Medi Ambient. Nau Gran. Universitat de València. Reproducció de l’article de Tom C.

Avendaño amb fotografies de Felipe Fittipaldi, publicat en El País, 24/03/2018.

Enlace: https://elpais.com/internacional/2018/03/21/america/1521644037_873076.html

DENTRO DE LA DESTRUCCIÓN SECRETA

DE LA GRAN SABANA DE BRASIL

Durante décadas y mientras nadie miraba se ha deforestado la mitad de la

sabana más rica del mundo. EL PAÍS viaja a sus esquinas más profundas

TOM C. AVENDAÑO / FOTO: FELIPE FITTIPALDI

Balsas (Maranhão) / Forquilha (Piauí) / Sussuarana (Tocantins)

24 MAR 2018 - 22:16 CET

Balsas (Estado de Maranhão)

La cascada de Macapá no está precisamente a mano pero así es como debería ser

en opinión de los integrantes de esta comunidad de pequeñas granjas al noreste de

Brasil. Para que un extranjero se acerque a ella tiene que llegar al aeropuerto más

cercano, el de Imperatriz, al sur del Estado de Maranhão; hacer 400 kilómetros de

carretera hasta Balsas, una ciudad de 90.000 habitantes y tres concesionarios de

tractores, y allí conseguir transporte para recorrer dos horas de caminos de tierra.

En cuanto el paisaje pase de un borrón anaranjado a una serie de árboles

desnudos, hay que pasar tres puentes de madera, la escuela que el Gobierno

prometió y dejó a medio construir, y, sobre todo, el enorme candado que cierra la

finca de doña Raimundinha.

“Meu Deus do céu, qué sobresalto”, exclama atropelladamente este manojo de

nervios de metro y 20, 59 años e incontables arrugas al abrir la verja. E insiste

durante el camino a su casa. “A veces viene gente de fuera y no sabemos si son de

la hidroeléctrica. Ay, no pueden venir aquí, meu Deus do céu”.

Como casi todo el mundo en Macapá, doña Raimundinha vive con su familia y sus

animales: los primeros en una casa de paredes de barro y tejado de paja, los otros,

libres por el terreno arenoso y despoblado que lleva décadas en manos de su

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familia. Y en ella quiere que siga, según cuenta, aún inquieta, meciéndose en su

salón por el que desfilan unos pollitos con su madre gallina. “Esto era de mi padre,

que murió, y se lo dio a mi hermano, que murió. Yo ya lloré por sus muertes, para

que luego llegue alguien y me eche. Sin dinero ni lugar al que ir, meu Deus do céu”.

Se tapa la cara con las manos.

También como casi todo el mundo en Macapá, Doña Raimundinha vive bajo una

amenaza invisible. Una compañía eléctrica quiere usar la famosa catarata para

generar energía: a cambio, tendrían que expropiar a las 70 familias que viven ahí.

Prácticamente nunca han puesto pie fuera de sus propias tierras. Mudarse sería

más que traumático, sería una pérdida de todo lo que entienden como el mundo. La

clave es no dejar que se acerquen a la cascada a hacer estudios de viabilidad, y el

único camino fácil es el de esta finca. De ahí la importancia del candado de doña

Raimundinha.

Doña Raimundinha en un descanso de vigilar el candado FELIPE FITTIPALDI

Y aquí está ella, como una guardiana de cuento con moño y ansiedad, controlando

el mundo en mitad de la nada, sin más que hacer que saltar cuando oye un coche.

Dice que nunca baja la guardia. Que vive sobresaltada. Que la amenaza de la

hidroeléctrica le consume la vida. “Los de la ciudad viven bastante bien, mientras

nosotros bregamos de una generación a otra, nunca hacemos nada, nos criamos

con el sudor de nuestros brazos, ¿por qué no pueden dejarnos en paz? Meu Deus do

céu”, clama. Vuelve a esconder la cara en las manos.

“Me lo dicen mis vecinos, me lo dice el cura. Que no podemos bajar la guardia, que

tenemos que luchar”, insiste. “Y eso hacemos, eso es todo lo que hacemos. Hasta

que se rindan. O hasta que… Meu Deus do céu...”.

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Brasil suele evocar la imagen de playa o selva pero tiene una sabana de dos

millones de kilómetros cuadrados. El llamado Cerrado [Sertão] es una franja que

atraviesa el mayor país de América Latina por la mitad: empieza en Maranhão, en

el nordeste, y va bajando en diagonal a lo largo de ocho Estados hasta la frontera

con Paraguay el sudeste. Separa el clima tropical y las selvas del norte de los

bosques y las ciudades del sur. Lo que hay en medio es sabana pura. Sol, polvo y

monotonía interrumpida solo por plantaciones industriales gigantescas. Hay tantas

que uno creería estar en las planicies de Misuri; hace tanto calor que parece

Tombuctú. Y sin embargo, en este mundo sepia y áspero está ocurriendo uno de los

atentados a la biodiversidad menos atendidos de nuestros tiempos.

El Cerrado tiene más de 12.500 especies de plantas, de las cuales más de 7.300 solo

se pueden encontrar aquí. Alberga a mil especies de peces y más de 250 de

mamíferos: de ellas, 18 son autóctonas. Es la sabana más rica del mundo. Luego

están las otras cifras, las preocupantes. Desde 1970, se ha deforestado el 47% de

este lugar. Solo en 2015, último año del que se tienen datos, se devastaron 9.483

kilómetros cuadrados: por compararlo con algo, ese mismo año la comunidad

científica se indignó porque la deforestación en el Amazonas se había disparado

hasta unos 6.207 kilómetros cuadrados. El Cerrado es la verdadera tragedia

medioambiental brasileña.

También es la menos conocida: ese dato de 2015 es de los pocos que ha revelado el

Gobierno brasileño. Apareció un día del pasado julio en la web del Ministerio de

Medio Ambiente. Estaba escondido dentro de una serie de gráficos que celebraban

las nuevas formas de monitorear la naturaleza.

João Carlos Coelho Cardoso en una de sus plantaciones FELIPE FITTIPALDI

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¿Cómo es posible mantener un secreto de estas dimensiones? “Creo que es una

cuestión arraigada en la sociedad brasileña”, explica David M. Lapola, investigador

de cambios ambientales en la Universidad de Campinas. “Quizá porque el Cerrado

tiene una vegetación menos exuberante que el Amazonas. Quizá porque los medios

solo cubren asuntos relacionados con el Amazonas o los bosques. Quizá sea porque

no hay grandes mamíferos como en las sabanas africanas. Pero cuando se hizo la

Constitución brasileña [en 1988], el Amazonas y otros biomas se consideraron

patrimonio nacional. El Cerrado no”. Mauricio Voivodic, presidente de WWF Brasil,

recuerda: “El Amazonas tuvo un gran apelo mundial por parte de gobiernos

extranjeros y artistas sobre la importancia de la conversación. El Cerrado, sin

embargo, es un caso de enorme desatención”.

Solo el 3% del Cerrado está protegido, según la revista Nature Ecology and

Evolution. Al ritmo al que se está acabando con él, y con la cantidad de especies que

contiene, en 2050 habrán desaparecido de la faz de la tierra 1.140 de sus plantas

endémicas. Desde 1500, que se empezó a registrar la población de plantas del

mundo, hasta ahora, se han extinguido 139. “De los puntos calientes de la

biodiviersidad del planeta, el Cerrado es el quinto que más especies ha perdido”,

alerta Tim Newbold, que publicó un artículo sobre el tema en Science, en 2016.

Como ocurre con la granja de doña Raimundinha, esta sabana se ha convertido en

un suelo muy goloso para la industria agropecuaria, que ya controla más del 75%

de la tierra cultivable de Brasil. Y a diferencia de doña Raimundinha, los pequeños

granjeros han ido cediendo a las presiones para malvender su 25%. “Pero si vas a

Minas Gerais, o a Goiás [Estados al sur del Cerrado], ves que los que se fueron no

han ido a mejor”, alerta un vecino de Raimundinha, Tancredo, con cierta

despreocupación. 51 años, alto, delgado, sin camiseta y con sombrero de vaquero.

Está sentado bajo un árbol en su finca: 38 hectáreas de polvo, huertos y gallos. Una

casa de barro y un pozo hechos por él mismo. Aquí vive con su mujer y aquí crio a

sus tres hijos. Comen de lo que plantan.

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Tancredo en la casa que él mismo se construyó en la comunidad Macapá (Maranhão) FELIPE FITTIPALDI

“La solución no es irse, es quedarse. Es quedarse y es pelear. Este terreno es

grande pero también es pequeño [en comparación con la industria agropecuaria] y

por eso hay que estar siempre alerta. Hay que seguir a las personas que tiran de las

comunidades”, insiste Tancredo. Señala al granjero serio, recto y callado que tiene

sentado al lado.

El Gobierno brasileño no hace casi nada por el Cerrado, pero existe un grupo de

personas que sí. Son los dueños legales de las tierras fuera de la industria. Los que

llevan toda la vida en estas granjas, hoy lentas, anticuadas e ineficaces. Los que

tienen las escrituras de las tierras. Apenas saben de leyes (muchos no saben ni

escribir) y no son expertos en ecología. Pero su supervivencia es la de miles de

otras especies. Algunos solos, algunos con ayuda de asociaciones, se han

convertido en los últimos guardianes del viejo Cerrado.

Como el hombre sentado al lado de Tancredo. Se llama Paulo Coelho Cardoso.

* * *

La avioneta fue como un pájaro de mal agüero. Casi todos los vecinos de Macapá la

vieron sobrevolar sus fincas, como un anuncio de problemas por venir. Paulo

también. El hombre que acababa de heredar la principal finca de la comunidad (y

con ella, la responsabilidad de protegerlas todas), descifró enseguida su

significado. “Estaba ahí haciendo parte de un estudio topográfico”, recuerda hoy.

“Estaba ahí porque no habían podido entrar persona y no pensaban desistir”.

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“Ellos” son PEC Energía, un holding de empresas hidroeléctricas que desarrolla

proyectos en nueve Estados brasileños, y al que los vecinos de aquí consideran su

archienemigo. Quieren aprovechar la cascada de Macapá para construir una

pequeña central hidroeléctrica que alimentará a las grandes granjas de la región

pero que les obligará a ellos a irse a otro lado. Perderán su casa, o sea, todo, y el

impacto ambiental sería incalculable. “Todo esto solo beneficia al fazendeiro de al

lado”, protesta Paulo. Fazendeiro es todo dueño de un latifundio. “Quiere más luz

para instalar más dispositivos de riego y con ellos dar de comer a más ganado.

Tiene cinco dispositivos ya”. Alza la mano, bien separados los cinco dedos, y pone

cara desafiante, como si el gesto fuese una ofensa. PEC Energía contestó a todas las

llamadas de EL PAÍS diciendo que no tenían nada que comentar de este proyecto.

Paulo Coelho Cardoso en la finca que un día fundó su padre y que él debe defender ahora FELIPE

FITTIPALDI

Paulo es agricultor y vive de vender coco, calabaza, maíz, sandía y judías en Balsas.

Pero su dedicación real es esta causa. En 2008, unos representantes de la empresa

se plantaron en las fincas: los vecinos llamaron esas visitas “intimidatorias”. Con

miedo, empezaron a unirse alrededor de Paulo. Entonces se decidió: PEC Energía

no pondría un pie en estas tierras. Sin visitas no hay estudio y sin estudio no hay

hidroeléctrica que valga.

2011 fue la prueba de fuego. Ante la insistencia de la empresa, los vecinos

quemaron los puentes de madera que dan acceso a sus tierras. Acamparon en

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puntos estratégicos. Dos semanas, 150 hombres. Pareció dar resultado. Pero luego

llegó la avioneta: el mal agüero. PEC Energía no iba desistir. Iba a por todas las

esferas, de la judicial a la política. El líder que defendiese esta comunidad iba a

tener que entregarse en cuerpo y alma.

* * *

Que el peso de la lucha recayera sobre Paulo era inevitable. Porque estaba

dispuesto, porque es hijo de Raimundo Cardoso de Morais, el “hombre importante”

del lugar, y Raimundo ahora está muerto. Cuando esto era la nada, en 1956,

Raimundo había comprado 200 hectáreas y contratado a todo el mundo que

viviera cerca para cultivar las tierras. Aquellas familias prosperaron, pero la suya

más: tuvo 11 hijos, que crecieron viendo la comunidad girar alrededor del

patriarca. Los problemas se comentaban en la entrada de la casa y se resolvían en

la cocina. En 2009, con 75 años, Raimundo ejecutó su testamento. Paulo heredó la

parte con la vivienda, y con ella, el flujo de los problemas de la comunidad. En

2016, el patriarca se cayó del caballo y murió. Tenía 82 años. Colgaron su foto

sobre la silla de la entrada de la casa.

El retrato de Raimundo Cardoso de Morais colgado sobre la silla que ocupaba en el porche; su viuda está

sentada en ella FELIPE FITTIPALDI

“Mi padre era un hombre importante”, recuerda Paulo. Está en su cocina, sentado

en la mesa con capacidad para 20 personas, en un porche de cara a la finca. Antes,

el mundo cambiaba ahí fuera y se solucionaba aquí dentro.

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Paulo señala la finca al otro lado del porche. “Nací y crecí aquí. Ese suelo tiene mi

rastro de donde correteaba cuando era pequeño. No tiene precio algo con un valor

sentimental tan increíble. No tiene precio”. Desde aquí se puede ver a su sobrino de

tres años, David, rubio, con el pelo a tazón y alborotado, subido a bicicleta, dejando

marcas por la tierra. “Tengo tres hijos, de 20, 13, y 7 años y ellos van a heredar esta

tierra, como mi padre me la dio a mí”, promete.

Pero los imperativos no son solo sentimentales. “Todos salimos perdiendo”, avisa

João Carlos, hermano pequeño de Paulo. Él heredó una finca de 40 hectáreas a un

par de kilómetros, donde cultiva azúcar y coco. “Ese dinero nunca va a ser justo.

Para estar donde estoy yo ahora ha hecho falta la vida entera de mi padre y 20

años de la mía. En ese tiempo, he perfeccionado la producción de cachaça

[aguardiente brasileño que se produce con azúcar], y ahora saco 10 veces más que

cuando empecé. El coco también hay que plantarlo cuatro años antes de poder

venderlo. Todo eso se pierde si nos vamos”.

Un detalle de la casa de Tancredo FELIPE FITTIPALDI

Paulo está arropado por una serie de asociaciones que le ayudan a abrirse camino

por los labertinos judiciales y políticos donde se maneja su enemigo. Pero también

hace lo suyo: hay que motivar a los vecinos para que no se rindan y no vendan sus

terrenos. “Solo podemos evitarlo [lo peor] si estamos todos unidos”, repite con

frecuencia, mientras conduce por las fincas, rebotando en el asiento de conductor

mientras la furgoneta se paso sobre los caminos de tierra, envuelta en una

polvareda. Su misión es visita a los vecinos y reavivar su interés en la lucha.

Recordarles que hay una reunión dentro de poco, una nueva estrategia, una nueva

salida. Que sepan que se está haciendo cosas. Tancredo, Doña Raimundinha. Todos.

“Tenemos que estar unidos”, repite.

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Lo cierto es que cada solución que se les ha ocurrido hasta ahora ha sido temporal.

Interpusieron una demanda contra PEC y la perdieron. El juez les obligó a dejar

que los representantes de la hidroeléctrica entrasen a la finca: ellos se negaron. En

febrero de 2017, la PEC comenzó una nueva embestida. Ellos aseguran que aunque

vengan con todos los papeles en regla, se negarán a dejarles pasar. La lucha se

peleará físicamente si hace falta. Por ahora, todo depende de que la Secretaría de

Medio Ambiente de Maranhão le niegue a la empresa la licencia para hacer el

estudio. Nada apunta a que la decisión vaya a ser favorable.

Pero en el fondo nada lo ha apuntado hasta ahora y han llegado hasta aquí. Tienen

el progreso, el dinero y la industria en contra y eso no les detiene. Saben que no

hay solución definitiva. Aquí solo hay lucha. Constante. Como estilo de vida. La vida

del perdedor, en fin. “Nunca he pensado lo que haría si me tuviese que ir. No me lo

planteo”, niega Paulo con la cabeza. “Planteárselo ya es una derrota”.

La cascada de Macapá vista desde lo alto FELIPE FITTIPALDI

Visitar a Dona Raimundinha tiene el lado positivo de que es la ruta a la cascada. Un

camino de polvo que poco a poco se convierte en un paraíso de vegetación

frondosa. Y entonces uno se encuentra ante un precipicio de 70 metros por donde

no para de caer una cantidad enorme de agua. Tan grande que las palmeras de la

orilla parecen minúsculas. Es la caída más alta del Estado. Aqui PEC Energía ve su

hidroeléctrica pero también aquí Raimundo vio una comunidad cuando nadie veía

nada. Y ahora, en el mismo lugar Paulo intenta desesperadamente que esa visión,

que es su vida entera, no pierda sentido.

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“Podría estar haciendo cualquier otra cosa y ganaría más dinero. Viviría de otra

manera”, reflexiona Paulo. “Pero el valor de esta tierra no tiene precio. No puede

ser que todo en esta vida lo mueva el real”.

-La responsabilidad de continuar la lucha, ¿cansa?

-Es difícil a veces y... Bueno. Sí.

Pistolas, fuego y sangre en la tierra de la deforestación silenciosa

Esta es una guerra nueva. Durante siglos y hasta hace relativamente poco, el

consenso era que el Cerrado no valía nada. De aquel suelo ácido y sin nutrientes no

podría nacer algo de valor. Pero en 1973, durante la dictadura militar brasileña, los

generales que dirigían el país fundaron Embrapa, la Empresa Brasileira de

Pesquisa Agropecuária (Empresa Brasileña de Investigaciones Agropecuarias) y le

pusieron como prioridad lograr lo imposible: convertir ese terreno yermo en algo

fértil.

Lo imposible se logró en cuatro pasos. Primero, regaron el suelo con cantidades

ingentes de caliza para reducir la acidez. Segundo, trajeron de África una hierba

llamada brachiaria y la cruzaron hasta obtener brachquiarinha y después

braquiarão, variedades que medraban en el nuevo suelo. De repente, esta tierra de

nadie podía ser pasto de todos. Tercero, cruzaron tipos de soja, un cultivo de

latitudes templadas, hasta obtener una versión que creciese bajo el sol abrasador,

en los suelos ácidos, y en dos cosechas anuales. Y cuarto, popularizaron la idea de

que la soja se recoge cortándola del tallo, no arando la tierra; si el tallo se pudre en

el suelo, este absorbe los nutrientes. El resultado fue impresionante. Donde no

tenía nada, Brasil pasó a tener cientos de miles de kilómetros cuadrados de suelo

fértil esperando a dar beneficios. De la sabana africana había salido un medio oeste

americano, un paraíso para alimentar un mundo superpoblado y enriquecer a

quien se diese prisa. Aun hoy se llama a esto se le llama El Milagro del Cerrado.

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Uno de los vecinos de la comunidad de Forquilha (Piauí) contempla el río que rodea la isla donde vive

FELIPE FITTIPALDI

La industria se disparó. Brasil, que hasta entonces exportaba comida, se convirtió

en un gran exportador. En 1996 la producción agrícola alcanzó los 23.000 millones

de dólares. En 2006 fueron 108.000. Aquel año se entregó el World Food Prize a

los ingenieros que habían trabajado en Embrapa: la organización describió el

Milagro del Cerrado como “uno de los mayores logros del siglo XX en ciencia

agricultural”. En 2017 Brasil fue el segundo exportador de soja del mundo, con una

cosecha récord de 242 millones de toneladas. El país ha visto cómo la agricultura

industrial ocupa el 23% del PIB, su puesto más alto en 13 años: en parte por los 51

millones de toneladas de soja que le vendió a China. Brasil es una economía adicta

a sus cosechas y el Cerrado es una pieza fundamental de la maquinaria.

Hay una pega. El milagro se diseñó pensando a lo grande en una tierra de

habitantes pequeños. “Embrapa no ha adaptado estas prácticas a los granjeros, que

están más preocupados en mantener sus tierras que en aumentar su eficacia”,

alertó en 2010 Joerg Priess, del alemán Centro de Investigaciones Ambientales

Helmhotz. El Ministerio de Agricultura se niega a dar datos exactos, si es que los

tiene, pero se cree que el éxodo de agricultores familiares ha sido dramático. El

último censo, de 2006, muestra que el 90% de las granjas ocupa el 25% de la

tierra. Eso mientras las granjas menores de 10 hectáreas están desapareciendo

desde 1985 (el resto de granjas no para de multiplicarse). Son datos vagos pero es

todo lo oficial que hay en el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística. “Y hay

bastante discusión sobre su fiabilidad”, matiza David M. Lapola, de la Universidad

de Campinas.

La propia extensión de la zona, y su falta de infrasestructuras lo complican todo

aún más. “Estas comunidades pequeñas están en áreas remotas y eso complica el

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unirlos y movilizarlos. Las integran personas pobres, negras, indígenas. Gente

excluida, históricamente”, alerta Gerardo Cerdas, representante de la organización

internacional ActionAid en el comité directivo de la Campaña de Defensa del

Cerrado. “Para poner una denuncia, algunos tienen que viajar mil kilómetros de ida

y otros tantos de vuelta”.

Al transformar el suelo se cambió cambió el carácter de la zona entera. El Cerrado

empezó a ser cada vez menos para quien lo quisiera protegerlo. De esto se dio

cuenta un hombre, Marcone Ramalho, cuando la policía dejó morir a su vecino.

Forquilha (en el Estado de Piauí)

En esta isla, al este del Estado de Piauí, hubo durante décadas una sola una regla:

se hacía lo que decía Renato Miranda Carvalho. Él era el dueño de la tierra, que se

encuentra en el cruce de dos ríos. Las 19 familias que viven en ella desde hace

décadas podían quedarse, en sus casas desvencijadas, sin pagar, pero tenían que

trabajar para él. Él tenía 3.000 hectáreas, ellos 500. Él era respetado; ellos,

pacíficos. Entonces llegó un hombre de fuera, cuestionó la regla, y Renato sacó las

pistolas.

Esta es una historia de violencia en el Cerrado, donde los conflictos territoriales se

resuelven antes con una pistola que con una sentencia judicial. Pero esta es la

historia de la comunidad que resistió. Es más, hoy es casi todo lo que es, aunque

sea por cuánto conviven con el trauma. “¿Ves ella? Aún sufre ataques de ansiedad

cuando ve por aquí una furgoneta que no conoce”, el joven de 29 años señala a una

vecina negra reunida con otras en un porche. Él, Marcone Ramalho, es el contador

de historias no oficial de la comunidad. Su familia lleva dos generaciones en esta

isla.

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Un vecino pasa por una de las casas de Forquilha (Tocantins) FELIPE FITTIPALDI

Si en la finca de Paulo todo estaba a kilómetros de distancia, en Forquilha todas las

casas están cerca la una de la otra, como en un pueblo. Parece una zona de batalla,

marcada por el antes y un después “del conflicto”, como lo llaman aquí. Hay casas

viejas de barro y nuevas, de ladrillo. Hay construcciones a medio hacer; algunas

porque son ruinas, otras porque son proyectos de la nueva era. Entre todas pasean

cabras, perros y gallinas tan sueltos que cuesta saber de quiénes son.

De hecho hay unas cabras escondiéndose de Marcone en una de las casas derruidas

mientras este pasea por los escombros. “Un día de 2010 Renato empezó a plantar

eucalipto”, recuerda. ”Nunca había visto ese árbol antes y no entendía nada. ‘¿Qué

será eso, qué frutos dará?’. Porque siempre hemos comido de lo que sale de la

tierra. Luego entendí que esos árboles eran una plaga, que los había plantado para

que chuparan nuestro agua. El río se secó. Que era por el desarrollo de Brasil,

decían. Al poco llegaron los pistoleros. Empleados suyos que se plantaban en

nuestras casas con armas, pidiendo de comer. Nosotros les dábamos gallina y no se

la cobrábamos. Decían: ‘El patrón ha comprado la tierra, se os ha acabado el vivir

aquí por la gorra’. Derribaron esta casa, del tío de mi mujer”.

Marcone sale de las ruinas y se encamina a otra construcción: “Un hombre se

plantó en mi casa una noche, con la culata de un revólver asomándose bien visible

por el cinturón. ‘Vamos a resolver esto ya, os tenéis que ir hoy’. Y no nos fuimos. Al

día siguiente vimos que se habían llevado el ganado. Lo secuestraron y no le dieron

de comer durante 16 días. Cuando nos los devolvieron, estaban muertos de

hambre. Otro día a las siete de la mañana ya estaban ahí, pegándoles una paliza a

los animales. A una chica que estaba cortando coco en el campo le preguntaron si

no le daban miedo las balas. La policía no venía cuando la llamábamos. Solo

respondía a las llamadas del cacique. Así, un susto tras otro, durante años. Y peor

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era el tiempo entre los sustos, la tensión. Somos personas de campo, no sabemos

cómo lidiar con eso”.

Marcone Ramalho en uno de los campos de eucaliptos que ahora absorben el agua de los ríos de

Forquilha (Piauí)

Se acerca a otra casa desierta. “Aquí vivía Luis de Nerán, uno de nuestros mayores.

Se murió su tía, quién sabe si del estrés del conflicto. Fuimos todos al velatorio,

menos Luis, que se quedó. Fue él quien vio cómo venía alguien y prendía fuego a

los eucaliptos. Murió de un infarto. Le enterramos junto a su tía. Los mayores son

importantes. Saben cosas de plantíos que nosotros no sabemos. Eso también lo

perdimos”.

El camino de vuelta le lleva por una casa grande de ladrillo. Es la del forastero que

se considera el detonante de todo esto.

* * *

Maciel Bento dos Santos -39 años, seco como el suelo en Piauí-, nunca tuvo tierra,

por eso sabe lo que implica trabajar la de otros. Sus padres, del interior del Estado,

iban arrastrando a sus ocho hijos de terreno en terreno, según consiguiesen

trabajo. Él era el menor: a los siete años ya daba muestras de inteligencia y le

mandaron a vivir con su tío a Uruçuí, una ciudad al lado de Forquilha, donde

alcanzó un grado superior. “Yo quería saber cosas, no quería quedarme quieto”,

recuerda hoy. Lo que hizo también fue dejar embarazada a una chica de Forquilha.

Al poco, estaban viviendo juntos.

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El culto a Renato que vio entonces no le sedujo. “Él no era tan bueno. Venía con

documentos sobre la propiedad de la tierra que no tenía validez alguna y obligaba

a todo el mundo a votar al Partido del Movimiento Democrático Brasileño, donde

tenía amigos en el ayuntamiento. Si no ganaba, y una vez no ganó por 14 votos,

abría el arroz para que se lo comiesen los bichos”. Aquella comunidad necesitaba

un guía. Maciel comenzó hablar con todas las familias por separado. Les dijo que

las cosas no tenían que ser así. En unas elecciones les hizo votar a otro partido. Ahí,

explica, comenzaron las tensiones. Primero, Raimundo, el patriarca, le dejó de

hablar, por agitador. Luego llegaron los pistoleros.

Maciel Bento dos Santos sostiene una estatua de la Virgen Aparecida en su casa en Forquilha (Tocantins)

FELIPE FITTIPALDI

“Un día, paseando, mi cuñado me dijo que nos seguía una moto. Fue cuando supe

que había pistoleros pendientes de mí. Estaban en todas partes, en la ciudad, en las

tiendas, en la finca”. No le importó especialmente: era el precio de la lucha. Hasta

que un día de 2015 recibió una llamada en la gasolinera en la que trabajaba.

“Habían entrado unos cuantos en mi casa y no salían. Estaban con mis hijos y mi

mujer. No les dejaban salir. No se iban…”. Aquí no hay sequedad que valga: Maciel

empieza a sollozar de agobio. “Tenía 14 personas con escopetas de gran calibre en

el salón de mi casa, con mis niños. El pueblo había llamado a la policía pero no

venían. Llamé a un agente de la policía de Uruçuí y fuimos corriendo en moto”. Esa

tarde comprendió hasta qué punto estaba metido en el conflicto de Forquilha. Dejó

el trabajo y se dedicó a luchar contra Renato. Todo el día, todos los días.

Su estrategia fue pedir ayuda fuera, a quien le respondiese, lo más lejos de

Forquilha posible. Renato controlaba el municipio pero a diferencia de los demás,

Maciel conocía el mundo fuera de él. Pidió ayuda a Asociaciones religiosas, como la

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Comissão Pastoral da Terra, a organizaciones internacionales como Action Aid, a

sindicatos, a la policía de Uruçuí.. Acabó teniendo un todo lo suficientemente fuerte

para hacer frente a Renato. Hoy, él está desaparecido de la tierra. Y Forquilha se

está reconstruyendo. Hay nuevos proyectos y Maciel ayuda con la construcción

Maciel Bento dos Santos cruza uno de los ríos de Forquilha (Piauí)

Uno de ellos es una casa para trabajar la harina. Y una escuela, para que las

siguientes generaciones estudien, como Maciel, y no vuelvan a caer en manos de un

cacique. Luego vendrá un puesto de salud. El futuro pinta bien. Hasta que llegue

otro hombre grande a esta tierra de pequeños y lo lo arruine.

“Veo que mi hijo va a sufrir por mantener su pedazo de esta tierra”, reflexiona

Marcone en otro de sus paseos. “Ganamos, pero no me siento como un ganador”.

Sussuarana (en el Estado de Tocantins)

Con las historias del Cerrado pasa como con las familias felices: casi todas se

parecen. Son relatos de opresión y a veces solo cambia el nombre de quién hace de

David y quién de Goliat. Se habla obsesivamente de la lucha contra la industria,

como en Cataluña se habla de independencia y en Estados Unidos de Donald

Trump. Es una región del tamaño de un país y, cada vez más, esta es su cultura. Y

como toda cultura, tiene sus artistas. Está Pedro, de 47 años: él sobre el papel no

hace nada, fuera de algún trabajillo puntual para que alguien le pague la gasolina

de la moto de su hijo mayor, que él usa. Con ella se desplaza envuelto en una nube

de polvo por Sussuarana, al este del Estado más central de Brasil, Tocantins. Él

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mismo admite, con un irreductible deje de picaresca aún queriendo sonar serio,

que aunque lleva 30 años en esta comunidad rural no trabaja la tierra. Su mujer,

sentada detrás de él, asiente con gesto severo).

Pedro, el líder de seis familias en Tocantins, sobre la moto de su hijo FELIPE FITTIPALDI

Pero en Sussuarana, a Pedro se le considera fundamental: conoce a todo el mundo

y todo el mundo que le conoce habla de la lucha. “Los demás están trabajando y no

tienen tiempo para pelear y yo quiero dejarle a mis hijos lo que se merecen”, aduce

él. Él es quien va a los tribunales (no sabe leer, pero sabe esgrimir un mapa ante un

juez) y quien mantiene la causa en boca de todos. “Digamos que hago esto por mi

gran corazón”. Y sonríe, como si la idea le hubiese gustado.

Esta comunidad nació cuando se entregaron las tierras a 36 familias de la región,

en un programa de protección oficial. Desde entonces, las condiciones se han

endurecido, los fazendeiros han hecho sus sesiones de persuasiónacompañados de

pistoleros y las expropiaciones se han ido convirtiendo en alternativas cada vez

más apetecibles. Hoy quedan seis familias. Todas tocan al compás de Pedro.

“No es que quiera hacerme el héroe, es que si no lo hago yo, no lo hace nadie.

Nunca imaginé que fuera a tener tanto arrojo”, añade. Su mujer niega con la cabeza.

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La mujer de Pedro, ante la casa en la que vive en Sussuarana (Tocantins) FELIPE FITTIPALDI

Su papel conlleva reunir a sus vecinos en algunas de las casas, donde

supuestamente se discuten estrategias para el futuro. Cuando ese tema se agota, la

conversación vuelve al pasado. Hoy toca en casa de João José. Hay un círculo de

sillas de jardín. Lo ocupan Pedro, João José, su hermano, Alexandre, y otro vecino.

También están sus mujeres, que miran en silencio y sirven limonada.

Comienza el intercambio de historias hasta que todas parecen la misma. Siempre

hay un papel que falta para zanjar un trámite, un fazendeiro que se saltó parte de la

legislación, un ayuntamiento en connivencia con algún empresario. Siempre hay un

detalle. Tan pequeño que ningún tribunal lo admitiría como prueba pero que

aplasta a toda la comunidad. João José y su hermano cuentan cómo heredaron esta

finca de su padre. Pedro está reclinado en su silla, tripa hacia afuera, los brazos tras

la nuca.

Alexandre concluye: “En 2002 me quitaron la tierra de mis padres. Nos dejaron 80

hectáreas para cada uno”.

Interviene Pedro: “¡Cien! Y sin lucha habría menos”.

João José: “Y nos las quitaron diciendo que no había nadie ahí…”.

Alexandre: “Y la madre de mi padre había muerto aquí. Era el año 1968”.

João José: “1963”.

Alexandre: “No, 1965. Y nos las querían quitar igual”.

Una comunidad próspera puede forjar su propia cultura. Una pobre y amenazada

está obligada a mantener una mentalidad concreta, la que le ayude a sobrevivir. En

el caso de Sussuarana, como en casi todo el Cerrado, esa cultura es la lucha. Están

obligados a que invada su tiempo libre, sus conversaciones, sus canciones, y hasta

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su modo de ver la vida. No pueden perder la guardia. Por eso Pedro es un

personaje fundamental. Es quien mantiene esa cultura vigente.Quien alarga la

sombra del enemigo y hace que las historias viejas suenen nuevo otra vez.

Pedro: "El agua está bajando, ¿habéis visto?".

Alexandre: “Si hubiera justicia en Brasil se reconocería que los hijos de la tierra se

quedasen en ella. Pero Brasilia, y el gobierno, y el Estado, y el municipio están en

contra”.

Pedro: "¡Y los medios!".

Alexandre: "Si los jueces trabajasen como nosotros lo entenderían".

João Jose: “Mi sobrina tiene diez años. Ahora nos siguen amenazando porque no

tenemos dinero y solo vale quien tiene dinero”.

El paisaje en Sussuarana (Tocantins) FELIPE FITTIPALDI

Alexandre: “El problema, está bien claro, es que no hay justicia en Brasil”.

João José: “No hay justicia en Brasil”.

La historia sigue, de una boca a otra, rumbo a ninguna parte. Fuera todo está

inmóvil. No hay brisa. El sol abrasa la tierra. El ronquido de un cerdo desde su

charco es lo único que delata el paso del tiempo. Son las cinco de una tarde más en

el Cerrado. Mañana sigue la lucha.

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