BRADBURY - Fahrenheit 451

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Fuego Brillante (Prólogo) Cinco pequeños brincos y luego un gran salto. Cinco petardos y luego una explosión. Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451. Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.
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Fuego Brillante

(Prlogo)

Cinco pequeos brincos y luego un gran salto.

Cinco petardos y luego una explosin.

Eso describe poco ms o menos la gnesis de Fahrenheit 451.

Cinco cuentos cortos, escritos durante un perodo de dos o tres aos, hicieron que invirtiera nueve dlares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una mquina de escribir en el stano de una biblioteca, y acabara la novela corta en slo nueve das.

Cmo es eso?

Primero, los saltitos, los petardos:

En un cuento corto, Bonfire, que nunca vend a ninguna revista, imagin los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escrib unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco aos, no como una prediccin, sino corno una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En Bonfire, mi hroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen as:

Lo que ms molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platn y Aristteles y Jonathan Swift y William. Faulkner, y los poemas de, bueno, Robert Frost, quiz, y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Despus imagin las cenizas (porque en eso se convertiran). Pens en las esculturas colosales de Michelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Maana estaran todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante comn propietario ...

No mucho despus de Bonfire escrib un cuento ms imaginativo, pienso, sobre el futuro prximo, Bright Phoenix: el patriota fantico local amenaza al bibliotecario del pueblo a propsito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que detrs de los ojos y entre las orejas de todos hay ms de lo que podra imaginarse. Mientras quema los libros en el csped del jardn de la biblioteca, el Censor Jefe toma caf con el bibliotecario del pueblo y habla con un camarero del bar de enfrente, que viene trayendo una jarra de humeante caf.

-Hola, Keats -dije.

-Tiempo de brumas y frustracin madura -dijo el camarero.

-Keats? -dijo el Censor jefe -. No se llama Keats!

-Estpido -dije -. ste es un restaurante griego. No es as, Platn?

El camarero volvi a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algn campen, a quien enaltece por encima de todo... sta y no otra es la raz de la que nace un tirano; al principio es un protector.

Y ms tarde, al salir del restaurante, Barnes tropez con un anciano que casi cay al suelo. Lo agarr del brazo.

-Profesor Einstein -dije yo.

-Seor Shakespeare -dijo l.

Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de all, digo: -Buenas noches, seor Lincoln ...

Y l contesta: -Cuatro docenas y siete aos ...

El fantico incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizndolos. Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.

Para ser seguida por otras historias similares: The Exiles, que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzn y Alicia, y de los personajes de los extraos cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los ltimos libros.

En Usher H mi hroe rene en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasa es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.

Ahora el quinto brinco antes del gran salto.

Hace unos cuarenta y dos aos, ao ms o ao menos, un escritor amigo mo y yo bamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de polica se detuvo y un agente sali y nos pregunt qu estbamos haciendo.

-Poniendo un pie delante del otro -le contest, sabihondo.

sa no era la respuesta apropiada.

El polica repiti la pregunta.

Engredo, respond: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.

El oficial frunci el ceo. Me expliqu.

-Es lgico que nos haya abordado. Si hubiramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habramos conducido hasta aqu, habramos asaltado o robado, y nos habramos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche, slo nuestros pies.

-Paseando, eh? -dijo el oficial -. Slo paseando?

Asent y esper a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.

-Bien -dijo el oficial -. Pero, qu no se repita!

Y el coche patrulla se alej.

Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el Pas de las Maravillas, corr a casa a escribir El peatn que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue rechazado por todas las revistas del pas y acab en el Reporter la esplndida revista poltica de Max Ascoli.

Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis respuestas estpidas, porque si no hubiera escrito El peatn no habra podido sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses ms tarde.

Cuando lo hice, lo que empez como una prueba de asociacin de palabras o ideas se convirti en una no vela de 25.000 palabras titulada The Fireman, que me cost mucho vender, pues era la poca del Comit de Investigaciones de Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas pesquisas.

En la sala de mecanografa, en el stano de la biblioteca, gast la fortuna de nueve dlares y medio en monedas de diez centavos; compr tiempo y espacio junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas mquinas de escribir.

Era relativamente pobre en 1950 y no poda permitirme una oficina. Un medioda, vagabundeando por el campus de la UCLA, me lleg el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegra descubr que, en efecto, haba una sala de mecanografa con mquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno poda sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.

Me sent y tres horas despus advert que me haba atrapado una idea, pequea al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difcil salir del stano de la biblioteca y tomar el autobs de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequea hija.

No puedo explicarles qu excitante aventura fue, un da tras otro, atacar la mquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar ms monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriar pginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aqu, otra all, que metera o embutira en mi mito en gestacin. Yo estaba, como el hroe de Melville, enloquecido por la locura. No poda detenerme. Yo no escrib Fahrenheit 451, l me escribi a m. Haba una circulacin continua de energa que sala de la pgina y me entraba por los ojos y recorra mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La mquina de escribir y yo ramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.

Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los doce aos, en el colegio y despus, pensando siempre que quiz nunca me atrevera a saltar al abismo de una novela. Aqu, pues, estaba mi primer intento de salto, sin paracadas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las tintas, pronto descubr, como he explicado antes, que nadie quera The Fireman. Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era ms valiente que la mayora en aquellos tiempos.

Qu despert mi inspiracin? Fue necesario todo un sistema de races de influencia, s, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la mquina de escribir y a salir chorreando de hiprboles, metforas y smiles sobre fuego, imprentas y papiros?

Por supuesto: Hitler haba quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y adems, mucho antes, hubo una caza de brujas en Salem en 1680, en la que mi diez veces tatarabuela Mary Bradbury fue condenada pero escap a la hoguera. Y sobre todo fue mi formacin romntica en la mitologa romana, griega y egipcia, que empez cuando yo tena tres aos. S, cuando yo tena tres aos, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los peridicos envuelto en toda una panoplia de oro, y me pregunt qu sera aquello y se lo pregunt a mis padres!

De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios de la biblioteca de Alejandra; dos accidentales, y el otro intencionado. Tena nueve aos cuando me enter y me ech a llorar. Porque, como nio extrao, yo ya era habitante de los altos ticos y los stanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

Puesto que he empezado, continuar. A los ocho, nueve, doce y catorce aos, no haba nada ms emocionante para m que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niez) sopesaba el peso de los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (ms libros que chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lama y pasaba las pginas.

Mi locura persisti cuando mi familia cruz el pas en coche en 1932 y 1934 por la carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detena, yo sala del coche y caminaba hacia la biblioteca ms cercana, donde tenan que vivir otros Tarzanes, otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conoca.

Cuando sal de la escuela secundaria, no tena dinero para ir a la universidad. Vend peridicos en una esquina durante tres aos y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro das a la semana, y a menudo escrib cuentos cortos en docenas de esos pequeos tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores. Emerg de la biblioteca a los veintiocho aos. Aos ms tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo odo de mi total inmersin en la literatura, el decano de la facultad me obsequi con birrete, toga y un diploma, como graduado de la biblioteca.

Con la certeza de que estara solo y necesitando ampliar mi formacin, incorpor a mi vida a mi profesor de poesa y a mi profesora de narrativa breve de la escuela secundaria de Los Angeles. Esta ltima, Jermet Johnson, muri a los noventa aos hace slo unos aos, no mucho despus de informarse sobre mis hbitos de lectura.

En los ltimos cuarenta aos es posible que haya escrito ms poemas, ensayos, cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You? Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando a Emily y el seor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a medianoche entre el Bien y el Mal. La seora Halloway y el seor Dark. Todas las mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conoc a mi mujer, Maggie, en una librera en la primavera de 1946.

Pero volvamos a El peatn y el destino que corri despus de ser publicado en una revista de poca categora. Cmo creci hasta ser dos veces ms extenso y salir al mundo?

En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarc en una aventura arriesgada, una coleccin en la que se publicaran las novelas en tapa dura y rstica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una novela decente si yo aada otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.

Poda hacerse? Al recordar mi inversin en monedas de diez centavos y mi galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de mecanografa, tem volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes tienen que adelantarse a m para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales.

La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso asegurara, pens, que este libro Lzaro se levantara de entre los muertos. Eso adems de las conversaciones que mantena en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo levantarse y exponer su filosofa, aunque fuera cruel o luntica, saba que el libro saldra del sueo y seguira a Beatty.

Volv a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatindose sobre m desde el cielo, termin de revisar la ltima pgina a mediados de agosto. Estaba entusiasmado, y Stan me anim con su propio entusiasmo.

En medio de todo lo cual recib una llamada telefnica que nos dej estupefactos a todos. Era John Houston, que me invit a ir a su hotel y me pregunt si me gustara pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guin de Moby Dick.

Qu ao, qu mes, qu semana.

Acept el trabajo, claro est, y part unas pocas semanas ms tarde, con mi esposa y mis dos hijas, para pasar la mayor parte del ao siguiente en ultramar. Lo que signific que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de mi brigada de bomberos.

En ese momento ya estbamos en pleno perodo macartista- McCarthy haba obligado al ejrcito a retirar algunos libros corruptos de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel ao, orden que devolvieran los libros a los estantes.

Mientras tanto, nuestra bsqueda de una revista que publicara partes de Fahrenheit 451 lleg a un punto muerto. Nadie quera arriesgarse con una novela que tratara de la censura, futura, presente o pasada.

Fue entonces cuando ocurri la segunda gran novedad. Un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compr por cuatrocientos cincuenta dlares, que era todo lo que tena. Lo publicara en los nmero dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.

El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que lleg durante el invierno de 1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de ese modesto principio, un valiente editor en una nacin atemorizada sobrevivi y prosper. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguracin de sus nuevas oficinas en California, me estrech la mano y dijo: Gracias por estar all. Slo yo supe a qu se refera.

Slo resta mencionar una prediccin que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refera a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el ftbol inundan el mundo a travs de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseanza primaria se disuelve y desaparece a travs de las grietas y de la ventilacin de la clase, quin, despus de un tiempo, lo sabr, o a quin le importar?

No todo est perdido, por supuesto. Todava estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis aos cualquier nio en cualquier pas puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirn casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imgenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la pgina.

Pues bien, al final lo que ustedes tienen aqu es la relacin amorosa de un escritor con las bibliotecas; o la relacin amorosa de un hombre triste, Montag, no con la chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. Menudo romance! El hacedor de listas de Bonfire se convierte en el bibliotecario de Bright Phoenix que memoriza a Lincoln y Scrates, se transforma en El peatn que pasea de noche y termina siendo Montag, el hombre que ola a kerosene y encontr a Clarisse. La muchacha le oli el uniforme y le revel la espantosa misin de un bombero, revelacin que llev a Montag a aparecer en mi mquina de escribir un da hace cuarenta aos y a suplicar que le permitiera nacer.

-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la mquina -, y vive tu vida, cambindola mientras vives. Yo te seguir.

Montag corri. Yo fui detrs.

sta es la novela de Montag.

Le agradezco que la escribiera para m.

Prefacio de Ray Bradbury,Febrero de 1993

Era estupendo quemarConstitua un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puos, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petrleo venenoso sobre el mundo, la sangre le lata en la cabeza y sus manos eran las de un fantstico director tocando todas las sinfonas del fuego y de las llamas para destruir los guiapos y ruinas de la Historia. Con su casco simblico en que apareca grabado el nmero 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendi el deflagrador y la casa qued rodeada por un fuego devorador que inflam el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanz entre un enjambre de lucirnagas. Quera, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, moran en el porche y el jardn de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegreca.Montag mostr la fiera sonrisa que hubiera mostrado cualquier hombre burlado y rechazado por las llamas.Saba que, cuando regresase al cuartel de bomberos, se mirara pestaeando en el espejo: su rostro sera el de un negro de opereta, tiznado con corcho ahumado. Luego, al irse a dormir, sentira la fiera sonrisa retenida an en la oscuridad por sus msculos faciales. Esa sonrisa nunca desapareca, nunca haba desaparecido hasta donde l poda recordar.Colg su casco negro y lo limpi, dej con cuidado su chaqueta a prueba de llamas; se duch generosamente y, luego, silbando, con las manos en los bolsillos, atraves la planta superior del cuartel de bomberos y se desliz por el agujero. En el ltimo momento, cuando el desastre pareca seguro, sac las manos de los bolsillos y cort su cada aferrndose a la barra dorada. Se desliz hasta detenerse, con los tacones a un par de centmetros del piso de cemento de la planta baja.Sali del cuartel de bomberos y ech a andar por la calle en direccin al Metro donde el silencioso tren, propulsado por aire, se deslizaba por su conducto lubrificado bajo tierra y lo soltaba con un gran puf! de aire caliente en la escalera mecnica que lo suba hasta el suburbio.Silbando, Montag dej que la escalera le llevara hasta el exterior, en el tranquilo aire de la medianoche, Anduvo hacia la esquina, sin pensar en nada en particular lar. Antes de alcanzarla, sin embargo, aminor el paso como si de la nada hubiese surgido un viento, como s alguien hubiese pronunciado su nombre.En las ltimas noches, haba tenido sensaciones in ciertas respecto a la acera que quedaba al otro lado aquella esquina, movindose a la luz de las estrellas hacia su casa. Le haba parecido que, un momento antes de doblarla, all haba habido alguien. El aire pareca lleno de un sosiego especial, como si alguien hubiese aguardado all, silenciosamente, y slo un momento antes de llegar a l se haba limitado a confundirse en una sombra para dejarle pasar. Quiz su olfato detectase dbil perfume, tal vez la piel del dorso de sus manos y de su rostro sintiese la elevacin de temperatura en aquel punto concreto donde la presencia de una persona poda haber elevado por un instante, en diez grados, la temperatura de la atmsfera inmediata. No haba modo de entenderlo. Cada vez que doblaba la esquina, slo vea la cera blanca, pulida, con tal vez, una noche, alguien desapareciendo rpidamente al otro lado de un jardn antes de que l pudiera enfocarlo con la mirada o hablar.Pero esa noche, Montag aminor el paso casi hasta detenerse. Su subconsciente, adelantndosele a doblar la esquina, haba odo un debilsimo susurro. De respiracin? 0 era la atmsfera, comprimida nicamente por alguien que estuviese all muy quieto, esperando?Montag dobl la esquina.Las hojas otoales se arrastraban sobre el pavimento iluminado por el claro de luna. Y hacan que la muchacha que se mova all pareciese estar andando sin desplazarse, dejando que el impulso del viento y de las hojas la empujara hacia delante. Su cabeza estaba medio inclinada para observar cmo sus zapatos removan las hojas arremolinadas. Su rostro era delgado y blanco como la leche, y reflejando una especie de suave ansiedad que resbalaba por encima de todo con insaciable curiosidad. Era una mirada, casi, de plida sorpresa; los ojos oscuros estaban tan fijos en el mundo que ningn movimiento se les escapaba. El vestido de la joven era blanco, y susurraba. A Montag casi le pareci or el movimiento de las manos de ella al andar y, luego, el sonido infinitamente pequeo, el blanco rumor de su rostro volvindose cuando descubri que estaba a pocos pasos de un hombre inmvil en mitad de la acera, esperando.Los rboles, sobre sus cabezas, susurraban al soltar su lluvia seca. La muchacha se detuvo y dio la impresin de que iba a retroceder, sorprendida; pero, en lugar de ello, se qued mirando a Montag con ojos tan oscuros, brillantes y vivos, que l sinti que haba dicho algo verdaderamente maravilloso. Pero saba que su boca slo se haba movido para decir adis, y cuando ella pareci quedar hipnotizada por la salamandra bordada en la manga de l y el disco de fnix en su pecho, volvi a hablar.-Claro est -djo-, usted es la nueva vecina, verdad?-Y usted debe de ser -ella apart la mirada de los smbolos profesionales- el bombero.La voz de la muchacha fue apagndose.-De qu modo tan extrao lo dice!-Lo... Lo hubiese adivinado con los ojos cerrados -prosigui ella, lentamente-.-Por qu? Por el olor a petrleo? Mi esposa siempre se queja -replic l, riendo-. Nunca se consigue eliminarlo por completo.-No, en efecto -repiti ella, atemorizada-.Montag sinti que ella andaba en crculo a su alrededor, le examinaba de extremo a extremo, sacudindolo silenciosamente y vacindole los bolsillos, aunque, en realidad, no se moviera en absoluto.-El petrleo -dijo Montag, porque el silencio se prolongaba- es como un perfume para m.-De veras le parece eso?-Desde luego. Por qu no?Ella tard en pensar.-No lo s. -Volvi el rostro hacia la acera que conduca hacia sus hogares-. Le importa que regrese con usted? Me llamo Clarisse McClellan.-Clarisse. Guy Montag. Vamos, Por qu anda tan sola a esas horas de la noche por ah? Cuntos aos tiene?Anduvieron en la noche llena de viento, por la plateada acera. Se perciba un debilsimo aroma a albaricoques y frambuesas; Montag mir a su alrededor y se dio cuenta de que era imposible que pudiera percibirse aquel olor en aquella poca tan avanzada del ao.Slo haba la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendi que estaba meditando las preguntas que l le haba formulado, buscando las mejores respuestas.-Bueno -le dijo ella por fin-, tengo diecisiete aos y estoy loca. Mi to dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete aos y loca. Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo:-Sabe? No me causa usted ningn temor.l se sorprendi.-Por qu habra de causrselo?-Les ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es ms que un hombre...Montag se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las lneas alrededor de su boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de mbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia l, era un frgil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histrica de la electricidad, sino... Qu? Sino la agradable, extraa y parpadeante luz de una vela. Una vez, cuando l era nio, en un corte de energa, su madre haba encontrado y encendido una ltima vela, y se haba producido una breve hora de redescubrimiento, de una iluminacin tal que el espacio perdi sus vastas dimensiones Y se cerr confortablemente alrededor de s, transformados, esperando ellos, madre e hijo, solitario que la energa no volviese quiz demasiado Pronto...En aquel momento, Clarisse MeClellan dijo:-No le importa que le haga preguntas? Cunto tiempo lleva trabajando de bombero?-Desde que tena veinte aos, ahora hace ya diez aos.-Lee alguna vez alguno de los libros que quema?l se ech a reir.-Est prohibido por la ley'_Oh! Claro...-Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el mircoles a Whitman, el viernes a Faulkner, convirtelos en ceniza y, luego, quema las cenizas. Este es nuestro lema oficial.Siguieron caminando y la muchacha pregunt:-Es verdad que, hace mucho tiempo, los bomberos apagaban incendios, en vez de provocarlos?-No. Las casas han sido siempre a prueba de incendios. Puedes creerme. Te lo digo yo.-Es extrao! Una vez, o decir que hace muchsimo tiempo las casas se quemaban por accidente y hacan falta bomberos para apagar las llamas.Montag se ech a rer.Ella le lanz una rpida mirada.-Por qu se re?-No lo s. -Volvi a rerse y se detuvo-, Por qu?-Re sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.Montag se detuvo.-Eres muy extraa -dijo, mirndola-. Ignoras qu es el respeto?-No me propona ser grosera. Lo que me ocurre es que me gusta demasiado observar a la gente.-Bueno, Y esto no significa algo para ti?Y Montag se toc el nmero 451 bordado en su manga.-S -susurr ella. Aceler el paso-. Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?-Ests cambiando de tema!-A veces, pienso que sus conductores no saben cmo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento -dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos chferes una borrosa mancha verde, dira: Oh, s, es hierba? Una mancha borrosa de color rosado? Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi to condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilmetros por hora y lo, encarcelaron por dos das. No es curioso, y triste tambin?-Piensas demasiado -dijo Montag, incmodo-.-Casi nunca veo la televisin mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. As, pues, dispongo de muchsimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? Saba que hubo una poca en que los carteles slo tenan seis metros de largo? Pero los automviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco ms.-Lo ignoraba!-Apuesto a que s algo ms que usted desconoce. Por las maanas, la hierba est cubierta de roco.De pronto, Montag no pudo recordar si saba aquello o no, lo que le irrit bastante.-Y s se fija -prosigui ella, sealando con la barbilla hacia el cielo- hay un hombre en la luna.Haca mucho tiempo que l no miraba el satlite.Recorrieron en silencio el resto del camino. El de ella, pensativo, el de l, irritado e incmodo, acusando-Bueno, y esto no significa algo para ti?Y Montag se toc el nmero 451 bordado en su manga.-S -susurr ella. Aceler el paso-. Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?-Ests cambiando de tema!-A veces, pienso que sus conductores no saben cmo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento -dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos chferes una borrosa mancha verde, dira: Oh, s, es hierba! Una mancha borrosa de color rosado? Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi to condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilmetros por hora y lo encarcelaron por dos das. No es curioso, y triste tambin?-Piensas demasiado -dijo Montag, incmodo.-Casi nunca veo la televisin mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. As, pues, dispongo de muchsimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? Saba que hubo una poca en que los carteles slo tenan seis metros de largo? Pero los automviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco ms.-Lo ignoraba!-Apuesto a que s algo ms que usted desconoce. Por las maanas, la hierba est cubierta de roco.De pronto, Montag no pudo recordar si saba aquello o no, lo que le irrit bastante.-Y si se fija -prosigui ella, sealando con la barbilla hacia el cielo- hay un hombre en la luna.Haca mucho tiempo que l no miraba el satlite.Recorrieron en silencio el resto del camino. El de ella, pensativo, el de l, irritado e incmodo, acusando el impacto de las miradas inquisitivas de la muchacha. Cuando llegaron a la casa de ella, todas sus luces estaban encendidas.-Qu sucede?Montag nunca haba visto tantas luces en una casa.-Oh! Son mis padres y mi to que estn sentados, charlando! Es como ir a pie, aunque ms extrao an. A mi to, le detuvieron una vez por ir a pie. Se lo haba contado ya? Oh! Somos una familia muy extraa.-Pero, de qu charlis?Al or esta pregunta, la muchacha se ech a rer.-Buenas noches!Empez a andar por el pasillo que conduca hacia su casa. Despus, pareci recordar algo y regres para mirar a Montag con expresin intrigrada y curiosa.-Es usted feliz? -pregunt-.-Que si soy qu? -replic l-.Pero ella se haba marchado, corriendo bajo el claro de luna. La puerta de la casa se cerr con suavidad.-Feliz! Menuda tontera!Montag dej de rer.Meti la mano en el agujero en forma de guante de su puerta principal y le dej percibir su tacto. La puerta, se desliz hasta quedar abierta.Claro que soy feliz. Qu cree esa muchacha? Qu no lo soy?, pregunt a las silenciosas habitaciones.inmoviliz con la mirada levantada hacia la reja del ventilador del vestbulo, y, de pronto, record que algo estaba oculto tras aquella reja, algo que pareca estar espindole en aquel momento. Montag se apresur, a desviar su mirada.Qu extrao encuentro en una extraa noche! recordaba nada igual, excepto una tarde, un ao atrs, en que se encontr con un viejo en el parque y ambos hablaron...Montag mene la cabeza. Mir una pared desnuda. ,rostro de la muchacha estaba all, verdaderamente hermoso por lo que poda recordar; o mejor dicho, sorprelidente. Tena un rostro muy delgado, como la esfera de un pequeo reloj entrevisto en una habitacin oscura a medianoche, cuando uno se despierta para ver la hora y descubre el reloj que le dice la hora, el minuto y el segundo, con un silencio blanco y un resplandor, lleno de seguridad y sabiendo lo que debe decir de la noche que discurre velozmente hacia ulteriores tinieblas, pero que tambin se mueve hacia un nuevo sol.-Qu? -pregunt Montag a su otra mitad, aquel imbcil subconsciente que a veces andaba balbuceando, completamente desligado de su voluntad, su costumbre y su conciencia-.Volvi a mirar la pared. El rostro de ella tambin se pareca mucho a un espejo. Imposible, cunta gente haba que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era -Montag busc un smil, lo encontr en su trabajo- como antorchas, que ardan hasta consumirse. Cun pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvan tu propia expresin, tus pensamientos ms ntimos! Aquella muchacha tena un increble poder de identificacin; era como el vido espectador de una funcin de marionetas, previendo cada parpadeo, cada movimiento de una mano, cada estremecimiento de un dedo, un momento antes de que sucediese. Cunto rato haban caminado juntos? Tres minutos? Cinco? Sin embargo, ahora le pareca un rato interminable. Qu inmensa figura tena ella en el escenario que se extenda ante sus ojos! Qu sombra produca en la pared con su esbelto cuerpo! Montag se dio cuenta de que, si le picasen los ojos, ella Pestaeara. Y de que si los msculos de sus mandbulas se tensaran imperceptiblemente, ella bostezara mucho antes de que lo hiciera l.Pero -pens Montag-, ahora que caigo en ello, la chica pareca estar esperndome all, en la calle, tan avanzada hora de la noche ... Montag abri la puerta del dormitorio.Era como entrar en la fra sala de un mausoleo des, pus de haberse puesto la luna. Oscuridad completa, ni un atisbo del plateado mundo exterior; las ventanas hermticamente cerradas convertan la habitacin en un mundo de ultratumba en el que no poda penetrar ningn ruido de la gran ciudad. La habitacin no estaba vaca.Montag escuch.El delicado zumbido en el aire, semejante al de un mosquito, el murmullo elctrico de una avispa oculta en su clido nido. La msica era casi lo bastante fuerte para que l pudiese seguir la tonada.Montag sinti que su sonrisa desapareca, se funda, era absorbida por su cuerpo como una corteza de sebo, como el material de una vela fantstica que hubiese ardido demasiado tiempo para acabar derrumbndose y apagndose. Oscuridad. No se senta feliz. No era feliz. Pronunci las palabras para s mismo. Reconoca que ste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una mscara, y la muchacha se haba marchado con su careta y no haba medio de ir hasta su puerta y pedir que se la devolviera.Sin encender la luz, Montag imagin qu aspecto tendra la habitacin. Su esposa tendida en la cama, descubierta y fra, como un cuerpo expuesto en el borde de la tumba, su mirada fija en el techo mediante invisibles hilos de acero, inamovibles. Y en sus orejas las diminutas conchas, las radios como dedales fuertemente apretadas, y un ocano electrnico de sonido, de msica y palabras, afluyendo sin cesar a las playas de su cerebro despierto. Desde luego la habitacin estaba vaca noche, las olas llegaban y se la llevaban con 51 gran marea de sonido, flotando, ojiabierta hacia la maana en que Mildred no hubiese navegado por aquel mar, no se hubiese adentrado espontneamente por ter-cera vezLa habitacin era fresca; sin embargo, Montag sin- que no poda respirar. No quera correr las cortinas y abrir los ventanales, porque no deseaba que la luna penetrara en el cuarto.por lo tanto, con la sensacin de un hombre que ha de morir en menos de una hora, por falta de aire que respirar, se dirigi a tientas hacia su cama abierta, separada y, en consecuencia fra.Un momento antes de que su pie tropezara con el objeto que haba en el suelo, advirti lo que iba a ocurrir. Se asemejaba a la sensacin que haba experimentado antes de doblar la esquina y atropellar casi a la muchacha. Su pie, al enviar vibraciones hacia delante, haba recibido los ecos de la pequea barrera que se cruzaba en su camino antes de que llegara a alcanzarlo. El objeto produjo un tintineo sordo y se desliz en la oscuridad.Montag permaneci muy erguido, atento a cualquier sonido de la persona que ocupaba la oscura cama en la oscuridad totalmente impenetrable. La respiracin que surga por la nariz era tan dbil que slo afectaba a las formas ms superficiales de vida, una diminuta hoja, una pluma negra, una fibra de cabello.Montag segua sin desear una luz exterior. Sac su encendedor, oy que la salamandra rascaba en el disco de plata, produjo un chasquido...Dos pequeas lunas le miraron a la luz de la llamita; dos lunas plidas, hundidas en un arroyo de agua clara, sobre las que pasaba la vida del mundo, sin alcanzarlas.-Mildred!El rostro de ella era como una isla cubierta de nieve sobre la que poda caer la lluvia sin causar ningn efecto; sobre la que podan pasar las movibles sombras de las nubes, sin causarle ningn efecto. Slo haba el canto de las diminutas radios en sus orejas hermticamente taponadas, y su mirada vidriosa, y su respiracin suave, dbil, y su indiferencia hacia los movimientos de Montag.El objeto que l haba enviado a rodar con el resplandeci bajo el borde de su propia cama. La botellita de cristal previamente llena con treinta pldoras para dormir y que, ahora, apareca destapada y vaca a la luz de su encendedor.Mientras permaneca inmvil, el cielo que se extenda sobre la casa empez a aullar. Se produjo un sonido desgarrador, como si dos manos gigantes hubiesen desgarrado por la costura veinte mil kilmetros de tela negra. Montag se sinti partido en dos. Le pareci que su pecho se hunda y se desgarraba. -Las bombas cohetes siguieron pasando, pasando, una, dos, una dos, seis de ellas, nueve de ellas, doce de ellas, una y una y otra y otra lanzaron sus aullidos por l. Montag abri la boca y dej que el chillido penetrara y volviera a salir entre sus dientes descubiertos. La casa se estremeci El encendedor se apag en sus manos. Las dos pequeas lunas desaparecieron. Montag sinti que su mano se precipitaba hacia el telfono.Los cohetes haban desaparecido. Montag sinti que sus labios se movan, rozaban el micrfono del aparato telefnico.-Hospital de urgencia.Un susurro terrible.Montag sinti que las estrellas haban sido pulverizadas por el sonido de los negros reactores, y que, la maana, la tierra estara cubierta con su polvo, como si se tratara de una extraa nieve. Aqul fue el absurdo pensamiento que se le ocurri mientras se estremeca. la oscuridad, mientras sus labios seguan movindose.Tenan aquella mquina. En realidad, tenan dos. Una de ellas se deslizaba hasta el estmago como una cobra negra que bajara por un pozo en busca de agua antigua y del tiempo antiguo reunidos all. Beba la sustancia verduzca que suba a la superficie en un lento hervir. Beba de la oscuridad? Absorba todos los venenos acumulados por los aos? Se alimentaba en silencio, con un ocasional sonido de asfixia interna y ciega bsqueda. Aquello tena un Ojo. El impasible operario de la mquina poda, ponindose un casco ptico especial, atisbar en el alma de la persona a quien estaba analizando. Qu vea el Ojo? No lo deca. Montag vea, aunque sin ver, lo que el Ojo estaba viendo. Toda la operacin guardaba cierta semejanza con la excavacin de una zanja en el patio de su propia casa. La mujer que yaca en la cama no era ms que un duro estrato de mrmol al que haban llegado. De todos modos, adelante, hundamos ms el taladro, extraigamos el vaco, si es que poda sacarse el vaco mediante la succin de la serpiente.El operario fumaba un cigarrillo. La otra mquina funcionaba tambin.La manejaba un individuo igualmente impasible, vestido con un mono de color pardo rojizo. Esta mquina extraa toda la sangre del cuerpo y la sustitua por sangre nueva y suero.-Hemos de limpiamos de ambas maneras -dijo el operario, inclinndose sobre la silenciosa mujer-. Es intil lavar el estmago si no se lava la sangre. Si se deja esa sustancia en la sangre, sta golpea el cerebro con la fuerza de un mazo, mil, dos mil veces, hasta que el cerebro ya no puede ms y se apaga.-Detnganse! -exclam Montag-.-Es lo que iba a decir -dijo el operario-.-Han terminado?Los hombres empaquetaron las mquinas.-Estamos listos..La clera de Montag ni siquiera les afect. Permanecieron con el cigarrillo en los labios, sin que el humo que penetraba en su nariz y sus ojos les hiciera parpadear.-Sern cincuenta dlares.-Ante todo, por qu no me dicen si sanar?-Claro que se curar! Nos llevamos todo el ve; no en esa maleta y, ahora, ya no puede afectarle. como he dicho, se saca lo viejo, se pone lo nuevo y que dan mejor que nunca.-Ninguno de ustedes es mdico. Por qu no han enviado uno? -Diablo! -El cigarrillo del operario se movi, sus labios-. Tenemos nueve o diez casos como se cada noche. Tantos que hace unos cuantos aos tuvimos que construir estas mquinas especiales. Con lente ptica, claro est, resultan una novedad, el re es viejo. En un caso as no hace falta doctor; lo nico que se requiere son dos operarios hbiles y liquidar e1 problema en media hora. Bueno -se dirigi hacia! puerta-, hemos de irnos. Acabamos de recibir otra llamada en nuestra radio auricular. A diez manzanas aqu. Alguien se ha zampado una caja de pldoras, si vuelve a necesitamos, llmenos. Procure que su es permanezca quieta. Le hemos inyectado un antisedante, Se levantar bastante hambrienta. Hasta la vista.Y los hombres cogieron la mquina y el tubo, caja de melancola lquida y traspasaron la puerta.Montag se dej caer en una silla y contempl mujer. Ahora tena los ojos cerrados, apaciblemente l alarg una mano para sentir en la palma la tibieza la respiracin.-Mildred -dijo por fin-.Somos demasiados -pens---. Somos miles de millones, es excesivo. Nadie conoce a nadie. Llegan u desconocidos y te violan, llegan unos desconocidos desgarran el corazn. Llegan unos desconocidos y llevan la sangre. Vlgame Dios! Quines son hombres? Jams les haba visto!Transcurri media hora.El torrente sanguneo de aquella mujer era nuevo y pareca haberla cambiado. Sus mejillas estaban muy sonrojadas Y sus labios aparecan frescos y llenos de color, suaves y tranquilos. All haba la sangre de otra persona. Si hubiera tambin la carne, el cerebro y la memoria de otro... Si hubiesen podido llevarse su cerebro a la lavandera, para vaciarle los bolsillos y limpiarlo a fondo, devolvindolo como nuevo a la maana siguiente... Si...Montag se levant, descorri las cortinas y abri las ventanas de par en par para dejar entrar el aire nocturno. Eran las dos de la madrugada. Era posible que slo hubiera transcurrido una hora desde que encontr a Clarisse McCIellan en la calle, que l haba entrado para encontrar la habitacin oscura, desde que su pie haba golpeado la botellita de cristal? Slo una hora, pero el mundo se haba derrumbado y vuelto a constituirse con una forma nueva e incolora.De la casa de Clarisse, por encima M csped iluminado por el claro de luna, lleg el eco de unas risas; la de Clarisse, la de sus padres y la del to que sonrea tan sosegado y vidamente. Por encima de todo, sus risas eran tranquilas y vehementes, jams forzadas, y procedan de aquella casa tan brillantemente iluminada a avanzada hora de la noche, en tanto que todas las dems estaban cerradas en s mismas, rodeadas de oscuridad. Montag oy las voces que hablaban, hablaban, tejiendo y volviendo a tejer su hipntica tela.Montag sali por el ventana y atraves el csped, sin darse cuenta de lo que haca. Permaneci en la sombra, frente a la casa iluminada, pensando que poda llamar a la puerta y susurrar:Dejadrne pasar. No dir nada. Slo deseo escuchar. De qu estis hablando?Pero, en vez de ello, permaneci inmvil, muy fro Con e1 rostro convertido en una mscara de hielo, escuchando una voz de hombre -la del to?- que hablaba con tono sosegado:-Bueno, al fin y al cabo, sta es la era del tejido disponible. Dale un bufido a una persona, atcala, ahuyntala, localiza otra, bufa, ataca, ahuyenta. Todo el mundo utiliza las faldas de todo el mundo. Cmo puede esperarse que uno se encarie por el equipo de casa cuando ni siquiera se tiene un programa o se conocen los nombres? Por cierto, qu colores de camiseta llevan cuando salen al campo?Montag regres a su casa, dej abierta la venta comprob el estado de Mildred, la arrop cuidadosamente y, despus, se tumb bajo el claro de luna, que formaba una cascada de plata en cada uno de sus ojos.Una gota de lluvia. Clarisse. Otra gota. Mildred. Una tercera. El to. Una cuarta. El fuego esta noche. Una, Clarisse. Dos, Mildred. Tres, to. Cuatro, fuego. Una, Mildred, dos Clarisse. Una, dos, tres, cuatro, cinco, Clarisse, Mildred, to, fuego, tabletas soporferas, hombres, tejido disponible, faldas, bufido, ataque, rechazo, Clarisse, Mildred, to, fuego, tabletas, tejidos, bufido, ataques, rechace. Una, dos, tres, una, dos, tres! Lluvia. La tormenta. El to riendo. El trueno descendiendo desde lo alto. Todo el mundo cayendo convertido en lluvia. El fuego ascendiendo en el volcn. Todo mezclado en un estrpito ensordecedor y en un torrente, que se encaminaba hacia el amanecer.-Ya no entiendo nada de nadie -dijo Montag-Y dej que una pastilla soporfera se disolviera en su lengua.A las nueve de la maana, la cama de Mildred estaba vaca.Montag se levant apresuradamente. Su corazn lata rpidamente, corri vestbulo abajo y se detuvo la puerta de la cocina.una tostada asom por el tostador plateado, y fue -da por una mano metlica que la embadurn de mantequilla derretida.Mildred contempl cmo la tostada pasaba a su plato. Tena las orejas cubiertas con abejas electrnicas que, con su susurro, ayudaban a pasar el tiempo. De pronto, la mujer levant la mirada, vio a Montag, le salud con la cabeza.-Ests bien? -pregunt Montag-.Mildred era experta en leer el movimiento de los labios, a consecuencia de diez aos de aprendizaje con las pequeas radios auriculares. Volvi a asentir. Introdujo otro pedazo de pan en la tostadora.Montag se sent.Su esposa dijo:-No entiendo por qu estoy tan hambrienta.-Es que...-Estoy hambrienta.-Anoche... -empez a decir l-.-No he dormido bien. Me siento fatal. Caramba! Qu hambre tengo! No lo entiendo.-Anoche -volvi a decir l-.Ella observ distradamente sus labios.-Qu ocurri anoche?-No lo recuerdas?_Qu? Celebramos una juerga o algo por el estilo? Siento como una especie de jaqueca. Dios, qu hambre tengo! Quin estuvo aqu?-Varias personas.-Es lo que me figuraba. -Mildred mordi su tostada-- Me duele el estmago, pero tengo un hambre canina. Supongo que no comet ninguna tontera durante la fiesta.-No -respondi l con voz queda-.La tostadora le ofreci una rebanada untada con mantequilla. Montag alarg la mano, sintindose agradecido.-Tampoco t pareces estar demasiado en forma -dijo su esposa-.A ltima hora de la tarde llovi, y todo el mundo adquiri un color grisceo oscuro. En el vestbulo casa, Montag se estaba poniendo la insignia con la salamandra anaranjada. Levant la mirada hacia la rejilla del aire acondicionado que haba en el vestbulo. Su esposa, examinando un guin en la salita, apart la mirada el tiempo suficiente para observarle,-Eh! -dijo-. El hombre est pensando!-S -dijo l-. Quera hablarte. -Hizo una pausa-. Anoche, te tomaste todas las pldoras de tu botellita de somnferos.-Oh, jams hara eso! -replic ella, sorprendida-El frasquito estaba vaco.-Yo no hara una cosa como sa, Por qu tedra que haberlo hecho?-Quiz te tomaste dos pldoras, lo olvidaste, volviste a tomar otras dos, y as sucesivamente hasta quedar tan aturdida que seguiste tomndolas mecnicamente hasta tragar treinta o cuarenta de ellas.-Cuentos -dijo ella-. Por qu podra haber querido hacer semejante tontera?-No lo s.Era evidente que Mildred estaba esperando a que Montag se marchase.-No lo he hecho -insisti la mujer-. No lo hara ni en un milln de aos.-Muy bien. Puesto que t lo dices...-Eso es lo que dice la seora.Ella se concentr de nuevo en el guin.-Qu dan esta tarde? -pregunt Montag con tono aburrido-.Mildred volvi a mirarle.-Bueno, se trata de una obra que transmitirn en circuito moral dentro de diez minutos. Esta maana me han enviado mi papel por correo. Yo les haba enviado varias tapas de cajas. Ellos escriben el guin con un papel en blanco. Se trata de una nueva idea. La concursante, o sea yo, ha de recitar ese papel. Cuando llega el momento de decir las lneas que faltan, todos me miran desde las tres paredes, y yo les digo. Aqu, por ejemplo, el hombre dice: Qu te parece esta idea, Helen? Y me mira mientras yo estoy sentada aqu en el centro del escenario, comprendes? Y yo replico, replico... Hizo una pausa y, con el dedo, busc una lnea del guin-.Creo que es estupenda! Y as continan con la obra hasta que l dice: Est de acuerdo con esto, Helen?,y yo Claro que s! Verdad que es divertido, Guy?El permaneci en el vestbulo, mirndola.-Desde luego, lo es -prosigui ella-.-De qu trata la obra?-Acabo de decrtelo. Estn esas personas llamadas Bob, Ruth y Helen.-Oh!-Es muy distrada. Y an lo ser ms cuando podamos instalar televisin en la cuarta pared. Cunto crees que tardaremos ahora para poder sustituir esa pared por otra con televisin? Slo cuesta dos mil dlares.-Eso es un tercio de mi sueldo anual.-Slo cuesta dos mil dlares -repiti ella-. Y creo que alguna vez deberas tenerme cierta consideracin. Si tuvisemos la cuarta pared... Oh! Sera como si esta sala ya no fuera nuestra en absoluto, sino que perteneciera a toda clase de gente extica. Podramos pasarnos de algunas cosas.-Ya nos estamos pasando de algunas para pagar la tercera pared. Slo hace dos meses que la instalamos. Recuerdas?-Tan poco tiempo hace? -se lo qued mirando durante un buen rato-. Bueno, adis.-Adis -dijo l. Se detuvo y se volvi hacia su mujer-. Tiene un final feliz?

-An no he terminado de leerla.Montag se acerc, ley la ltima pgina, asinti, dobl el guin y se lo devolvi a Mildred. Sali de casa y se adentr en la lluvia.El aguacero iba amainando, y la muchacha andaba por el centro de la acera, con la cabeza echada hacia atrs para que las gotas le cayeran en el rostro. Cuando vio a Montag, sonri.-Hola!l contest al saludo y despus, dijo:-Qu haces ahora?-Sigo loca. La lluvia es agradable. Me encanta caminar bajo la lluvia.-No creo que a m me gustase.-Quiz s, si lo probara.-Nunca lo he hecho.Ella se lami los labios.-La lluvia incluso tiene buen sabor.-A qu te dedicas? A andar por ah probn todo una vez? -inquiri Montag-.-A veces, dos.La muchacha contempl algo que tena en una mano-Qu llevas ah?-Creo que es el ltimo diente de len de este Me pareca imposible encontrar uno en el csped, avanzada la temporada. No ha odo decir eso de ftotarselo contra la barbilla? Mire.Clarisse se toc la barbilla con la flor, riendo.-Para qu?-Si deja seal, significa que estoy enamorada, ha ensuciado?l slo fue capaz de mirar.-Qu? -pregunt ella-Te has manchado de amarillo.-Estupendo! Probemos ahora con usted.Conmigo no dar resultado.-Venga. -Antes de que Montag hubiese podido moverse la muchacha le puso el diente de len bajo la barbilla. l se ech hacia atrs y ella ri-. Estse quieto!Atisb bajo la barbilla de l y frunci el ceo.-Qu? -dijo Montag-.-Qu vergenza! No est enamorado de nadie.-S que lo estoy!-Pues no aparece ninguna seal.-Estoy muy enamorado! -Montag trat de evocar un rostro que encajara con sus palabras, pero no lo encontr-. S que lo estoy!-Oh, por favor, no me mire de esta manera!-Es el diente de len -replic l-. Lo has gastado todo contigo. Por eso no ha dado resultado en m.-Claro, debe de ser esto. Oh! Ahora, le he enojado. Ya lo veo. Lo siento, de verdad.La muchacha le toc en un codo.-No, no -se apresur a decir l-. No me ocurre absolutamente nada.-He de marcharme. Diga que me perdona. No quiero que est enojado conmigo.-No estoy enojado. Alterado, s.-Ahora he de ir a ver a mi psiquiatra. Me obligan a ir. Invento cosas que decirle. Ignoro lo que pensar de m Dice que soy una cebolla muy original! Le tengo ocupado pelando capa tras capa.-Me siento inclinado a creer que necesitas a ese psiquiatra -dijo Montag-.-No lo piensa en serio.l inspir profundamente, solt el aire y, por ltimo dijo:-No, no lo pienso en serio.

-El psiquiatra quiere saber por qu salgo a pasear por el bosque, a observar a los pjaros y a coleccionar mariposas. Un da, le ensear mi coleccin.-Bueno.-Quieren saber lo que hago a cada momento. les digo que a veces me limito a estar sentada y a pensar. Pero no quiero decirles sobre qu. Echaran a correr. Y, a veces, les digo, me gusta echar la cabeza hacia atrs, as, y dejar que la lluvia caiga en mi boca. Sabe a vino. Lo ha probado alguna vez?-No, yo...,-Me ha perdonado usted, verdad?-S -Montag medit sobre aquello-. Si, te perdonado. Dios sabr por qu. Eres extraa, eres irritante y, sin embargo, es fcil perdonarte. Dices que tienes diecisiete aos?-Bueno, los cumplir el mes prximo.-Es curioso. Mi esposa tiene treinta y, sin embargo, hay momentos en que pareces mucho mayor ella. No acabo de entenderlo.-Tambin usted es extrao, Mr. Montag. A veces, hasta olvido que es bombero. Ahora, puedo encolerizarle de nuevo?-Adelante.-Cmo empez eso? Cmo intervino usted? Cmo escogi su trabajo y cmo se le ocurri buscar empleo que tiene? Usted no es como los dems. He visto a unos cuantos. Lo s. Cuando hablo, usted me mira Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la mir. Los otros nunca haran eso. Los otros se alejaran, dejndome con la palabra en la boca. 0 me amenazaran. Nadie tiene ya tiempo para nadie. Usted es uno de pocos que congenian conmigo. Por eso pienso que tan extrao que sea usted bombero. Porque la verdad que no parece un trabajo indicado para usted.Montag sinti que su cuerpo se divida en calor y frialdad, en suavidad y dureza, en temblor y firmeza ambas mitades se fundan la una contra la otra.-Ser mejor que acudas a tu cita -dijo, por fin-.Y ella se alej corriendo y le dej plantado all, bajo lluvia. Montag tard un buen rato en moverse.Y luego, muy lentamente, sin dejar de andar, levant el rostro hacia la lluvia, slo por un momento, y abri la boca...El Sabueso Mecnico dorma sin dormir, viva sin y ivir en el suave zumbido, en la suave vibracin de la perrera dbilmente iluminada, en un rincn oscuro de la parte trasera del cuartel de bomberos. La dbil luz de la una de la madrugada, el claro de luna enmarcado en el gran ventanal tocaba algunos puntos del latn, el cobre y el acero de la bestia levemente temblorosa. La luz se reflejaba en porciones de vidrio color rub y en sensibles pelos capilares, del hocico de la criatura, que temblaba suave, suavemente, con sus ocho patas de pezuas de goma recogidas bajo el cuerpo.Montag se desliz por la barra de latn abajo. Se asom a observar la ciudad, y las nubes haban desaparecido por completo; encendi un cigarrillo, retrocedi para inclinarse y mirar al Sabueso. Era como una gigantesca abeja que regresaba a la colmena desde algn campo donde la miel est llena de salvaje veneno, de insania o de pesadilla, con el cuerpo atiborrado de aquel nctar excesivamente rico, y, ahora, estaba durmiendo para eliminar de s los humores malignos.-Hola -susurr Montag, fascinado como siempre, Por la bestia muerta, la bestia viviente-.De noche, cuando se aburra, lo que ocurra a diario los hombres se dejaban resbalar por las barras de latn y Ponan en marcha las combinaciones del sistema olfativo del Sabueso, y soltaban ratas en el rea del cuartel de bomberos; otras veces, pollos, y otras, gatos que , de todos modos, hubiesen tenido que ser ahogados, Y se hacan apuestas acerca qu presa el Sabueso cogera primero. Los animales eran soltados. Tres segundos ms tarde, el fuego haba terminado, la rata, el gato pollo atrapado en mitad del patio, sujeto por las suaves pezuas, mientras una aguja hueca de diez centmetros surga del morro del Sabueso para inyectar una dosis masiva de morfina o de procana. La presa era arrojada luego al incinerador. Empezaba otra partida.Cuando ocurra esto, Montag sola quedarse arriba. Hubo una vez, dos aos atrs, en que hizo una apuesta y perdi el salario de una semana, debiendo enfrentarse con la furia insana de Mildred, que apareca en sus venas y sus manchas rojizas. Pero, ahora, durante la noche, permaneca tumbado en su litera, con el rostro vuelto hacia la pared, escuchando las carcajadas de abajo y el rumor de las patas de los roedores, seguidos del rpido y silencioso movimiento del Sabueso que saltaba bajo la cruda luz, encontrando, sujetando a su victima, insertando la aguja y regresando a su perrera para morir como si se hubiese dado vueltas a un conmutador.Montag toc el hocico. El Sabueso gru.Montag dio un salto hacia atrs.El Sabueso se levant a medias en su perrera mir con ojos verdeazulados de nen que parpadea, en sus globos repentinamente activados. Volvi a gruir, una extraa combinacin de siseo elctrico, de pitar y de chirrido de metal, un girar de engranajes parecan oxidados y llenos de recelo.-No, no, muchacho -dijo Montag-.

El corazn le lati fuertemente. Vio que la aguja plateada asomaba un par de centmetros, volva a ocultarse, asomaba un par de centmetros, volva a ocultarse, asomaba, se ocultaba. El gruido se acentu, la bestia mir a Montag.ste retrocedi. El Sabueso adelant un paso en su perrera. Montag cogi la barra de metal con una mano. La barra, reaccionando, se desliz hacia arriba y silenciosamente, le llev ms arriba del techo, dbilmente iluminada. Estaba tembloroso y su rostro tena un color blanco verdoso. Abajo, el Sabueso haba vuelto a agazaparse sobre sus increbles ocho patas de insecto y volva a ronronear para s mismo, con sus ojos de mltiples facetas en paz.Montag esper junto al agujero a que se calmaran sus temores. Detrs de l, cuatro hombres jugaban a los naipes bajo una luz con pantalla verde, situada en una esquina. Los jugadores lanzaron una breve mirada a Montag, pero no dijeron nada. Slo el hombre que llevaba el casco de capitn y el signo del cenit en el mismo, habl por ltimo, con curiosidad, sosteniendo las cartas en una de sus manos, desde el otro lado de la larga habitacin.-Montag...-No le gusto a se -dijo Montag-.-Quin, al Sabueso? -El capitn estudi sus naipes-. Olvdate de ello. se no quiere ni odia. Simplemente, funciona. Es como una leccin de balstica. Tiene una trayectoria que nosotros determinamos. l la sigue rigurosamente. Persigue el blanco, lo alcanza, y nada ms. Slo es alambre de cobre, bateras de carga y electricidad.Montag trag saliva.-Sus calculadoras pueden ser dispuestas para cualquier combinacin, tantos aminocidos, tanto azufre, tanta grasa, tantos lcalis. No es as?-Todos sabemos que s.-Las combinaciones qumicas y porcentajes de cada uno de nosotros estn registrados en el archivo general del cuartel, abajo. Resultara fcil para alguien introducir en la memoria del Sabueso una combinacin parcial, quiz un toque de aminocido. Eso explicara lo que el animal acaba de hacer. Ha reaccionado contra m.-Diablos! -exclam el capitn-.-Irritado, pero no completamente furioso. Slo con la suficiente memoria para gruirme al tocarlo.-Quin podra haber hecho algo as? -pregunt el capitn-. T no tienes enemigos aqu, Guy.-Que yo sepa, no. -Quin podra haber hecho algo as? -pregu el capitn-. T no tienes enemigos aqu, Guy.-Que yo sepa, no. J,-Maana haremos que nuestros tcnicos verifique el Sabueso.-No es la primera vez que me ha amenaz -dijo Montag-. El mes pasado ocurri dos veces. j-Arreglaremos esto, no te preocupes.Pero Montag no se movi y sigui pensando en reja de ventilador del vestbulo de su casa, y en lo que haba oculto detrs de la misma. Si alguien del cuartd de bomberos estuviese enterado de lo del ventilado; no podra ser que se lo contara al Sabueso ... ?El capitn se acerc al agujero de la sala y lan una inquisitiva mirada a Montag.-Estaba pensando -dijo Montag- en qu es pensando el Sabueso Mecnico ah abajo, toda la che. Est vivo de veras? Me produce escalofros.-l no piensa nada que no deseemos que piense.-Es una pena -dijo Montag con voz queda-, porque lo nico que ponemos en su cerebro es cacera, bsqueda y matanza. Qu vergenza que solamente haya de conocer eso!Beatty resopl amablemente.-Diablos! Es una magnfica pieza de artesana,'J proyectil que busca su propio objetivo y garantiza blanco cada vez.-Por eso no quisiera ser su prxima vctima plic Montag-.-Por qu? Te remuerde la conciencia acercOC algo?Montag levant la mirada con rapidez.Beatty permaneca all, mirndole fijamente a ojos, en tanto que su boca se abra y empezaba a con suavidad.-Maana haremos que nuestros tcnicos verifiquen el Sabueso.-No es la primera vez que me ha amenazado -dijo Montag-. El mes pasado ocurri dos veces. -Arreglaremos esto, no te preocupes.Pero Montag no se movi y sigui pensando en reja del ventilador del vestbulo de su casa, y en lo que haba oculto detrs de la misma. Si alguien del cuartel de bomberos estuviese enterado de lo del ventilador; no podra ser que se lo contara al Sabueso...?El capitn se acerc al agujero de la sala y lanz una inquisitiva mirada a Montag.-Estaba pensando -dijo Montag- en qu est pensando el Sabueso Mecnico ah abajo, toda la noche. Est vivo de veras? Me produce escalofros.-l no piensa nada que no deseemos que piense.-Es una pena -dijo Montag con voz queda-, porque lo nico que ponemos en su cerebro es cacera, bsqueda y matanza. Qu vergenza que solamente haya de conocer eso!Beatty resopl amablemente.-Diablos! Es una magnfica pieza de artesana, un proyectil que busca su propio objetivo y garantiza blanco cada vez.-Por eso no quisiera ser su prxima vctima -replic Montag-.-Por qu? Te remuerde la conciencia acerca de algo?Montag levant la mirada con rapidez.Beatty permaneca all, mirndole fijamente a ojos, en tanto que su boca se abra y empezaba a con suavidad.Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete das. Y cada vez que l sala de la casa. Clarisse estaba por all, en algn jugar del mundo. Una vez, Montag la vio sacudiendo un nogal; otra, sentada en el csped, tejiendo un jersey azul; en tres o cuatro ocasiones, encontr un ramillete de flores tardas en el porche de su casa, o un puado de nueces en un pequeo saquito, o varias hojas otoales pulcramente clavadas en una cuartilla de papel blanco, sujeta en su puerta. Clarisse le acompaaba cada da hasta la esquina. Un da, llova; el siguiente, estaba despejado; el otro, soplaba un fuerte viento, y el de ms all, todo estaba tranquilo y en calma; el da siguiente a ese da en calma fue semejante a un horno veraniego y Clarisse apareci con el rostro quemado por el sol.-Por qu ser -dijo l una vez, en la entrada del Metro- que tengo la sensacin de conocerte desde hace muchos aos?-Porque le aprecio a usted -replic ella-, y no deseo nada suyo. Y porque nos conocemos mutuamente.-Me haces sentir muy viejo y parecido a un padre.-Puede explicarme por qu no tiene ninguna hija como yo, si le gustan tanto los nios?-Lo ignoro.-Bromea usted!-Quiero decir... -Montag call y mene la cabeza- . Bueno, es que mi esposa... Ella nunca ha deseado tener nios.La muchacha dej de sonrer.-Lo siento. Me haba parecido que se estaba burlando de m. Soy una tonta.-No, no -replic Montag-. Ha sido una buena pregunta. Haca mucho tiempo que nadie se interesaba por m para hacrmela. Una buena pregunta.-Hablemos de otra cosa. Ha olido alguna vez unas hojas viejas? Verdad que huelen a cinamomo? Tome. huela.-Caramba, s, en cierto modo, parece cinamomo. Clarisse le mir con sus transparentes ojos oscuros -Siempre parece ofendido. -Es que no he tenido tiempo... -Se fij en los carteles alargados, tal como le dije?-Creo que s. S. Montag tuvo que rerse. -Su risa parece mucho ms simptica que antes. -De veras? -Mucho ms tranquila. Montag se sinti a gusto y cmodo, -Por qu no ests en la escuela? Cada da te encuentro vagabundeando por ah. -Oh, no me echan en falta! -contest ella-. creen que soy insociable. No me adapto. Es muy extrao. En el fondo, soy muy sociable. Todo depende de lo se entienda por ser sociable, no? Para m, representa hablar de cosas como stas. -Hizo sonar unas nueces que haban cado del rbol del patio-. 0 comentar lo extrao que es el mundo. Estar con la gente es agradable. Pero no considero que sea sociable reunir a un grupo de gente y, despus, no dejar que hable. Una hora de clase TV, una hora de baloncesto, de pelota base o de carreras, otra hora de transcripcin o de reproduccin de imgenes, y ms deportes. Pero ha de saber que nunca hacemos preguntas, o por lo menos, la mayora no las hace; no hacen ms que lanzarte las respuestas izas!, izas!, y nosotros sentados all durante otras cuatro horas de clase cinematogrfica. Esto no tiene nada que ver con la sociabilidad. Hay muchas chimeneas y mucha agua que mana por ellas, y todos nos decimos es vino, cuando no lo es. Nos fatigan tanto que al terminar el da, slo somos capaces de acostarnos, ir a un Parque de Atracciones para empujar a la gente, romper cristales en el Rompedor de Ventanas o triturar automviles en el Aplastacoches; con la gran bola de acero. Al salir en automvil y recorrer las calles, intentando comprobar cun cerca de los faroles es posible detenerte, o quien es el ltimo que salta del vehculo antes de que se estrelle. Supongo que soy todo lo que dicen de m, desde luego. No tengo ningn amigo. Esto debe demostrar que soy anormal. Pero todos aquellos a quienes conozco andan gritando o bailando por ah como locos, o golpendose mutuamente. Se ha dado cuenta de cmo, en la actualidad, la gente se zahiere entre s?-Hablas como una vieja.-A veces, lo soy. Temo a los jvenes de mi edad. Se matan mutuamente. Siempre ha sido as? Mi to dice que no. Slo en el ltimo ao, seis de mis compaeros han muerto por disparo. Otros diez han muerto en accidente de automvil. Les temo, y ellos no me quieren por este motivo. Mi to dice que su abuelo recordaba cuando los nios no se mataban entre s. Pero de eso hace mucho, cuando todo era distinto. Mi to dice que crean en la responsabilidad. Ha de saber que yo soy responsable. Aos atrs, cuando lo mereca, me azotaban. Y hago a mano todas las compras de la casa, y tambin la limpieza. Pero por encima de todo -prosigui diciendo Clarisse-, me gusta observar a la gente. A veces, me paso el da entero en el Metro, y los contemplo y los escucho. Slo deseo saber qu son, qu desean y adnde van. A veces, incluso voy a los parques de atracciones y monto en los coches cohetes cuando recorren los arrabales de la ciudad a medianoche y la Polica no se mete con ellos con tal de que estn asegurados. Con tal de que todos tengan un seguro de diez mil, todos contentos. A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el Metro. 0 en las cafeteras. Y, sabe qu?_Qu?-La gente no habla de nada.-Oh, de algo hablarn!-No, de nada. Citan una serie de automviles, de ropa o de piscinas, y dicen que es estupendo. Pero todos dicen lo mismo y nadie tiene una idea original. los cafs, la mayora de las veces funcionan las mquinas de chistes, siempre los mismos, o la pared musical encendida y todas las combinaciones coloreadas y bajan, pero slo se trata de colores y de dibujo abstracto. Y en los museos... Ha estado en ellos? Todo es abstracto. Es lo nico que hay ahora. Mi to dice antes era distinto. Mucho tiempo atrs, los cuadros algunas veces, decan algo o incluso representaban personas.-Tu to dice, tu to dice... Tu to debe de ser un hombre notable.-Lo es. S que lo es. Bueno, he de marcharme. Adios, Mr. Montag.-Adis.-Adis...Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete das: el cuartel de bomberos.-Montag, ests puliendo esa barra como un pjaro encaramado en un rbol.Tercer da.-Montag, he visto que entrabas por la puerta posterior. Te preocupa el Sabueso?-No, no.Cuatro das.-Qu curioso, Montag! Esta maana lo he odo contar. Un bombero de Seattle sintoniz adrede un sabueso mecnico con su propio complejo qumico y, despus, lo solt. Qu clase de suicidio llamaras a esto?Cinco, seis, siete das.Y, luego, Clarisse desapareci. Montag advirti lo que ocurra aquella tarde, peor era no verla por all. El csped estaba vaco, los rboles vacos, la calle tambin, y si bien al principio Montag ni siquiera comprendi que la echaba en falta o que la estaba buscando, la realidad era que cuando lleg al Metro senta en su interior dbiles impulsos de intranquilidad.Algo ocurra, algo haba alterado su rutina. Una rutina sencilla, es cierto, establecida en unos cuantos das, y, sin embargo...Estuvo a punto de volver atrs para rehacer el camino, para dar tiempo a que la muchacha apareciese. Estaba seguro de que si segua la misma ruta todo saldra bien. Pero era tarde, y la llegada del convoy puso punto final a sus planes.El revoloteo de los naipes, el movimiento de las manos, de los prpados, el zumbido de la voz que anunciaba la hora en el techo del cuartel de bomberos: ... una treinta y cinco. Jueves maana, 4 noviembre ... Una treinta y seis... Una treinta y siete de la maana ... El rumor de los naipes en la grasienta mesa... Todos los sonidos llegaban a Montag tras sus ojos cerrados, tras la barrera que haba erigido momentneamente. Perciba el cuartel lleno de centelleos y de silencio, de colores de latn, de colores de las monedas, de oro, de plata. Los hombres, invisibles, al otro lado de la mesa, suspiraban ante sus naipes, esperando. ... Una cuarenta y cinco... El reloj oral pronunci lgubremente la fra hora de una fra maana de un ao an ms fro.-Qu te ocurre, Montag?El aludido abr los ojos.Una radio susurraba en algn sitio: ... la guerra puede ser declarada en cualquier momento. El pas est listo para defender sus...El cuartel se estremeci cuando una numerosa escuadrilla de reactores lanz su nota aguda en el oscuro cielo matutinoMontag parpade. Beatty le miraba como si fuese una estatua en un museo. En cualquier momento, Beatty poda levantarse y acercrsele, tocar, explorar su culpabilidad. Culpabilidad? Qu culpabilidad era aqulla?-T juegas, Montag.Mir a aquellos hombres, cuyos rostros estaban tostados por un millar de incendios autnticos y otros millones de imaginarios, cuyo trabajo les enrojeca mejillas y pona una mirada febril en sus ojos. Aquellos hombres que contemplaban con fijeza las llamas de encendedores de platino cuando encendan sus boquillas que ardan eternamente. Ellos y su cabello cubierto de carbn, sus cejas sucias de holln y sus mejillas manchadas de ceniza cuando estaban recin afeitados; pero pareca su herencia. Montag dio un respingo y abri la boca. Haba visto, alguna vez, a un bombero que no tuviese el cabello negro, las cejas negras, un rostro fiero y un aspecto hirsuto, incluso recin afeitado? Aquellos hombres eran reflejos de s mismo! As, pues se escoga a los bomberos tanto por su aspecto como por sus inclinaciones? El color de las brasas y la ceniza en ellos, y el ininterrumpido olor a quemado de sus pipas. Delante de l, el capitn Beatty lanzaba nubes de humo de tabaco. Beatty abra un nuevo paquete de picadura, produciendo al arrugar el celofn ruido de crepitar de llamas.Montag examin los naipes que tena en manos.-Es ... estaba, pensando sobre el fuego de la semana pasada. Sobre el hombre cuya biblioteca liquidamos. Qu le sucedi?

-Se lo llevaron, chillando, al manicomio.-Pero no estaba loco.Beatty arregl sus naipes en silencio.-Cualquier hombre que crea que puede engaar al Gobierno y a nosotros est loco.-Trataba de imaginar -dijo Montag- qu sensacin produca ver que los bomberos quemaban nuestras casas y nuestros libros.-Nosotros no tenemos libros.-Si los tuvisemos...

-Tienes alguno?Beatty parpade lentamente.-No.Montag mir hacia la pared, ms all de ellos, en la que haba las listas mecanografiadas de un milln de libros prohibidos. Sus nombres se consuman en el fuego, destruyendo los aos bajo su hacha y su manguera, que arrojaba petrleo en vez de agua.-No.Pero, procedente de las rejas de ventilacin de su casa, un fresco viento empez a soplar helndole suavemente el rostro. Y, una vez ms, se vio en el parque hablando con un viejo, un hombre muy viejo, y tambin el viento del parque era froMontag vacil:-Siempre..., siempre ha sido as? El cuartel de bomberos, nuestro trabajo? Bueno, quiero decir que hubo una poca...-Hubo una poca! -repiti Beatty-. Qu manera de hablar es sa?Tonto -pens Montag-, te has delatado. En el ltimo fuego, un libro de cuentos de hadas, del que casualmente ley una lnea...-Quiero decir -aclaro-, que en los viejos das, antes de que las casas estuviesen totalmente a prueba de incendios... -De pronto, pareci que una voz mucho ms joven hablaba por l. Montag abri la boca y fue Ciarisse MacCiellan la que preguntaba-: No se dedicaban los bomberos a apagar incendios en lugar de provocarlos y atizarlos?-Es el colmo! Stoneman y Black sacaron su libro gua, que tambin contena breves relatos sobre los bomberos de Amrica Y los dejaron de modo que Montag, aunque familiarizado con ellos desde haca mucho tiempo, pudiese leerEstablecidos en 1790 para quemar los libros influencia inglesa de las colonias. Primer bombe Benjamn Franklin.REGLA 1. Responder rpidamente a la alarma.2. Iniciar el fuego rpidamente.3. Quemarlo todo.4. Regresar inmediatamente al cuartel.5. Permanecer alerta para otras alarmas.Todos observaban a Montag. ste no se mova.Son la alarma.La campana del techo toc doscientas veces. De pronto hubo cuatro sillas vacas. Los naipes cayeron como copos de nieve. La barra de latn se estremeci. Los hombres se haban marchado.Montag estaba sentado en su silla. Abajo, el dragn anaranjado tosi y cobr vida.Montag se desliz por la barra, como un hombre que suea.El Sabueso Mecnico daba saltos en su guerrera con los ojos convertidos en una llamarada verde.-Montag, te olvidas del casco!El aludido lo cogi de la pared que quedaba a su espalda, corri, salt, y se pusieron en marcha, con el viento nocturno martilleado por el alarido de su sirena y su poderoso retumbar metlico.Era una casa de tres plantas, de aspecto ruinoso, en la parte antigua de la ciudad, que contara, por lo menos, un siglo de edad; pero, al igual que todas las casas, haba sido recubierta muchos aos atrs por una delgada capa de plstico, ignfuga, y aquella concha protectora pareca ser lo que la mantuviera erguida en el aire.-Aqu estn!El vehculo se detuvo. Beatty, Stoneman y Black atravesaron corriendo la acera, repentinamente odiosos y gigantescos en sus gruesos trajes a prueba de llamas.Montag les sigui.Destrozaron la puerta principal y aferraron a una mujer, aunque sta no corra, no intentaba escapar. Se limitaba a permanecer quieta, balancendose de uno a otro pie, con la mirada fija en el vaco de la pared, como si hubiese recibido un terrible golpe en la cabeza. Mova la boca, y sus ojos parecan tratar de recordar algo. y, luego, lo recordaron y su lengua volvi a moverse:-Prtate como un hombre, joven Ridley. Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confo en que nunca se apagar. -Basta de eso! -dijo Beatty-. Dnde estn.Abofete a la mujer con sorprendente impasibilidad, y repiti la pregunta. La mirada de la vieja se fij en Beatty.-Usted ya sabe dnde estn, o, de lo contrario, no habra venido -dijo-.Stoneman alarg la tarjeta de alarma telefnica, con la denuncia firmada por duplicado, en el dorso:Tengo motivos para sospechar del tico. Elm, nmero 11 ciudad.E. B.-Debe de ser Mrs. Blake, mi vecina -dijo la mujer, leyendo las iniciales-.-Bueno, muchachos, a por ellos!Al instante, iniciaron el ascenso en la oscuridad, golpeando con sus hachuelas plateadas puertas que, sin embargo, no estaban cerradas, tropezando los unos con los otros, como chiquillos, gritando y alborotando.Eh!Una catarata de libros cay sobre Montag mientras ste ascenda vacilantemente la empinada escalera. Qu inconveniencia! Antes, siempre haba sido tan sencillo como apagar una vela. La Polica llegaba primero, amordazaba y ataba a la vctima y se la llevaba en sus resplandecientes vehculos, de modo que cuando llegaban los bomberos encontraban la casa vaca. No se daaba a nadie, nicamente a objetos. Y puesto que los objetos no podan sufrir, puesto que los objetos no sentan nada ni chillaban o geman, como aquella mujer poda empezar a hacerlo en cualquier momento, no haba razn para sentirse, despus, una conciencia culpable. Era tan slo una operacin de limpieza. Cada cosa en su sitio. Rpido con el petrleo! Quin tiene una cerilla?Pero aquella noche, alguien se haba equivocado. Aquella mujer estropeaba el ritual. Los hombres armaban demasiado ruido, riendo, bromeando, para disimular el terrible silencio acusador de la mujer. Ella haca que las habitaciones vacas clamaran acusadoras y desprendieran un fino polvillo de culpabilidad que era sorbido por ellos al moverse por la casa. Montag sinti una irritacin tremenda. Por encima de todo, ella no debera estar all!Los libros bombardearon sus hombros, sus brazos, su rostro levantado. Un libro aterriz, casi obedientemente como una paloma blanca, en sus manos, agitando las alas. A la dbil e incierta luz, una pgina desgajada asom, y era como un copo de nieve, con las palabras delicadamente impresas en ella. Con toda su prisa Y su celo, Montag slo tuvo un instante para leer una lnea sta ardi en su cerebro durante el minuto siguiente como si se la hubiesen grabado con un acero. El tiempo se ha dormido a la luz del sol del atardecer. Montag dej caer el libro. Inmediatamente cay entre sus brazos.-Montag, sube!La mano de Montag se cerr como una boca, aplast el libro con fiera devocin, con fiera inconsciencia, contra su pecho. Los hombres, desde arriba, arrojaban al aire polvoriento montones de revistas que caan como pjaros asesinados, y la mujer permaneca abajo, como una nia, entre los cadveres.Montag no hizo nada. Fue su mano la que actu; su mano, con un cerebro propio, con una conciencia y una curiosidad en cada dedo tembloroso, se haba convertido en ladrona. En aquel momento meti el libro bajo su brazo, lo apret con fuerza contra la sudorosa axila; sali vaca, con agilidad de prestidigitador. Mira aqu! inocente! Mira!Montag contempl, alterado, aquella mano blanca. La mantuvo a distancia, como si padeciese presbicia. La acerc al rostro, como si fuese miope.-Montag!El aludido se volvi con sobresalto.-No te quedes ah parado, estpido!Los libros yacan como grandes montones de peces puestos a secar. Los hombres bailaban, resbalaban y caan sobre ellos. Los ttulos hacan brillar sus ojos dorados, caan, desaparecan.-Petrleo!Bombearon el fro fluido desde los tanques con el nmero 451 que llevaban sujetos a sus hombros. Cubrieron cada libro, inundaron las habitaciones.Corrieron escaleras abajo; Montag avanz en pos de ellos, entre los vapores del petrleo.-Vamos, mujer!sta se arrodill entre los libros, acarici la empapada piel, el impregnado cartn, ley los ttulos dorados con los dedos mientras su mirada acusaba a Montag.-No Pueden quedarse con mis libros -dijo-.Ya conoce la ley -replic Beatty-. Dnde est su sentido comn? Ninguno de esos libros est de acuerdo con el otro. Usted lleva aqu encerrada aos con una condenada torre de Babel. Olvdese de ellos! La gente de esos libros nunca ha existido. Vamos!Ella mene la cabeza. -Toda la casa va a arder -advirti Beatty-.Con torpes movimientos, los hombres traspusieron la puerta. Volvieron la cabeza hacia Montag, quien permaneca cerca de la mujer.

-No iris a dejarla aqu! -protest l-.-No quiere salir.-Entonces, obligadla!Beatty levant una mano, en la que llevaba oculto el deflagrador.-Hemos de regresar al cuartel. Adems, esos fanticos siempre tratan de suicidarse. Es la reaccin familiar.Montag apoy una de sus manos en el codo mujer.-Puede venir conmigo.-No -contest ella-. Gracias, de todos modos.-Vamos a contar hasta diez -dijo Beatty-. Uno, Dos.-Por favor -dijo Montag-.-Mrchese -replic la mujer-. Tres. Cuatro.-Vamos.Montag tir de la mujer.-Quiero quedarme aqu -contest ella con serenidad-.-Cinco. Seis.-Puedes dejar de contar -dijo ella-.Abri ligeramente los dedos de una mano; en la palma de la misma haba un objeto delgado.Una vulgar cerilla de cocina.Esta visin hizo que los hombres se precipitaran fuera y se alejaran de la casa a todo correr. Para mantener su dignidad, el capitn Beatty retrocedi lentamente a travs de la puerta principal, con el rostro quemado, brillante gracias a un millar de incendios y de emociones nocturnas. Dios -pens Montag-, cun cierto es! La alarma siempre llega de noche. Nunca durante el da Se debe a que el fuego es ms bonito por la noche?Ms espectacular, ms llamativo? El rostro sonrojado de Beatty mostraba, ahora, una leve expresin depnico. Los dedos de la mujer se engarfiaron sobre la cerilla. Los vapores del petrleo la rodeaban. Montag sinti que el libro oculto lata como un corazn contra su pecho.- Vyase -dijo la mujer-.y Montag, mecnicamente, atraves el vestbulo, salt por la puerta en pos de Beatty, descendi los escalones, cruz el jardn, donde las huellas del petrleo formaban un rastro semejante al de un caracol maligno.En el porche frontal, a donde ella se haba asomado para calibrarlos silenciosamente con la mirada, y haba una condena en aquel silencio, la mujer permaneci inmvil.Beatty agit los dedos para encender el petrleo.Era demasiado tarde. Montag se qued boquiabierto.La mujer, en el porche, con una mirada de desprecio hacia todos, alarg el brazo y encendi la cerilla, frotndola contra la barandilla.La gente sali corriendo de las casas a todo lo largo de la calle.No hablaron durante el camino de regreso al cuartel, Rehuan mirarse entre s. Montag iba sentado en el banco delantero con Beatty y con Black. Ni siquiera fumaron sus pipas. Permanecan quietos, mirando por la parte frontal de la gran salamandra mientras doblaban una esquina y proseguan avanzando silenciosamente.-Joven Ridley -dijo Montag por ltimo-.-Qu? -Pregunt Beatty-.-Ella ha dicho joven Ridley- . Cuando hemos llegado a la puerta, ha dicho algo absurdo. Prtate como un hombre, joven Ridley, dijo. Y no s qu ms.-Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confo en que nunca se apagar -dijo Beatty-.Stoneman lanz una mirada al capitn, lo mismo que Montag, atnitos ambos.Beatty se frot la barbilla.-Un hombre llamado Latimer dijo esto a otro, llamado Ridley mientras eran quemados vivos en Oxford por hereja, el 16 de octubre de 1555.Montag y Stoneman volvieron a contemplar la que pareca moverse bajo las ruedas del vehculo.-Conozco muchsimas sentencias -dijo Beatley-. Es algo necesario para la mayora de los capitanes de bomberos. A veces, me sorprendo a m mismo. Cuidado, Stoneman!Stoneman fren el vehculo.-Diantre! -exclam Beatty-. Has dejado, la esquina por la que doblamos para ir al cuartel.-Quin es?-Quin podra ser? -dijo Montag, apoyndose en la oscuridad contra la puerta cerrada-.Su mujer dijo, por fin:-Bueno, enciende la luz.-No quiero luz.-Acustate.Montag oy cmo ella se mova impaciente; los resortes de la cama chirriaron.-Ests borracho?De modo que era la mano que lo haba empezado. todo. Sinti una mano y, luego, la otra que desabrochaba su chaqueta y la dejaba caer en el suelo. Sostuvo sus pantalones sobre un abismo y los dej caer en la oscuridad. Sus manos estaban hambrientas. Y sus ojos empezaban a estarlo tambin, como si tuviera necesidad de ver algo, cualquier cosa, todas las cosas.-Qu ests haciendo? -pregunt su esposa-.Montag se balance en el espacio con el libro entre sus dedos sudorosos y fros.Al cabo de un minuto, ella insisti:-Bueno, no te quedes plantado en medio de la habitacin.l produjo un leve sonido.-Qu? -pregunt Mildred-.Montag produjo ms sonidos suaves. Avanz dando traspis hacia la cama y meti, torpemente, el libro bajo la fra almohada. Se dej caer en la cama y su mujer lanz una exclamacin, asustada. l yaca lejos de ella, al otro lado del dormitorio, en una isla invernal separada por un mar vaco. Ella le habl desde lo que pareca una gran distancia, y se refiri a esto y aquello, y no eran ms que palabras, como las que haba escuchado en el cuarto de los nios de un amigo, de boca de un pequeo de dos aos que articulaba sonidos al aire. Pero Montag no contest y, al cabo de mucho rato, cuando slo l produca los leves sonidos, sinti que ella se mova en la habitacin, se acercaba a su cama, se inclinaba sobre l y le tocaba una mejilla con la mano. Montag estaba seguro de que cuando ella retirara la mano de su rostro, la encontrara mojada.Ms avanzada la noche, Montag mir a Mildred. Estaba despierta. Una dbil meloda flotaba en el aire, Y su radio auricular volva a estar enchufada en su oreja, mientras escuchaba a gente lejana de lugares remotos, con unos ojos muy abiertos que contemplaban las negras profundidades que haba sobre ella, en el techo.No haba un viejo chiste acerca de la mujer que hablaba tanto por telfono que su esposo, desesperado, tuvo que correr a la tienda ms prxima para telefonearle y preguntar qu haba para la cena? Bueno, entonces, Por qu no se compraba l una emisora para radio auricular y hablaba con su esposa ya avanzada noche, murmurando, susurrando, gritando, vociferando? Pero, qu le susurrara, qu le chillara? Qu hubiese podido decirle?Y, de repente, le result tan extraa que Montag no pudo creer que la conociese. Estaba en otra casa, esos chistes que contaba la gente acerca del caballero embriagado que llegaba a casa ya entrada la noche, abra una puerta que no era la suya, se meta en la habitacin que no era la suya, se acostaba con un desconocida, se levantaba temprano y se marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada-Millie... -susurr-.-Qu?-No me propona asustarte. Lo que s quiero saber es...-Di.-Cundo nos encontramos. Y dnde.-Cundo nos encontramos para qu? -pregunt ella-.-Quiero decir... por primera vez.Montag comprendi que ella estara frunciendo el ceo en la oscuridad.Aclar conceptos:-Dnde y cundo nos conocimos?-Oh! Pues fue en...La mujer call.-No lo s -reconoci al fin-.Montag sinti fro.-No puedes recordarlo?-Hace mucho tiempo.-Slo diez aos, eso es todo, slo diez!-No te excites, estoy tratando de pensar.-Mildred emiti una extraa risita que fue hacindose ms y ms aguda-. Qu curioso! Qu curioso no acordarse de dnde o cundo se conoci al marido o a la mujer!Montag se frotaba los ojos, las cejas y la nuca, con lentos movimientos. Apoy ambas manos sobre sus ojos y apret con firmeza, como para incrustar la memoria en su sitio. De pronto, resultaba ms importante que cualquier otra cosa en su vida saber dnde haba conocido a Mildred._No importa.Ella estaba ahora en el cuarto de bao, y Montag oy correr el agua y el ruido que hizo Mildred al beberla.-No, supongo que no -dijo-.Trat de contar cuntas veces tragaba, y pens en la visita de los dos operarios con los cigarrillos en sus bocas rectilneas y la serpiente de ojo electrnico descendiendo a travs de capas y capas de noche y de piedra y de agua remansada de primavera, y dese gritar a su mujer: Cuntas te has tomado esta noche? Las cpsulas! Cuntas te tomars despus sin saberlo? Y seguir as hora tras hora! Y quiz no esta noche, sino maana! Y yo sin dormir esta noche, ni maana, ni ninguna otra durante mucho tiempo, ahora que esto ha empezado! Y Montag se la imagin tendida en la cama, con los dos operarios erguidos a su lado, no inclinados con preocupacin, sino erguidos, con los brazos cruzados' Y record haber pensado entonces, que si ella mora, estaba seguro que no haba de llorar. Porque sera la muerte de una desconocida, un rostro visto en la calle, una imagen del peridico; y, de repente, le result todo tan triste que haba empezado a llorar, no por la muerte, sino el pensar que no llorara cuando Mildred muriera, un absurdo hombre vaco junto a una absurda mujer vaca, en tanto que la hambrienta serpiente la dejaba an ms vaca.Cmo se consigue quedar tan vaco? -se pregunt Montag-. Quin te vaca? Y aquella horrible flor del otro da, el diente de len! Lo haba comprendido todo verdad? "Qu vergenza! No est enamorado de nadie!" y por qu no? Bueno, no exista una muralla entre l y Mildred pensndolo bien? Literalmente, no slo un muro,. tres, en realidad. Y, adems, muy caros. Y los tos, las tas, los primos, las sobrinas, los sobrinos que vivan en aquellas paredes, la farfullante pandilla de simios que no decan nada, nada, y lo decan a voz en grito. Desde el principio, Montag se haba acostumbrado a llamarlos parientes. Cmo est hoy, to Louis? Quin? ta Maude? En realidad, el recuerdo ms significativo que tena de Mildred era el de una niita en un bosque sin rboles (qu extrao) o, ms bien, de una niita perdida en una meseta donde sola haber rboles (poda percibirse el recuerdo de sus formas por doquier), sentada en el centro de la sala de estar. La sala de estar Qu nombre ms bien escogido! Llegara cuando llegara, all estaba Mildred, escuchando cmo las paredes le hablaban.-Hay que hacer algo!-S, hay que hacer algo.-Bueno, no nos quedemos aqu hablando!-Hagmoslo!-Estoy tan furioso que sera capaz de escupir!A qu vena aquello? Mildred no hubiese sabido decirlo. Quin estaba furioso contra quin? Mildred lo saba bien. Qu hara? Bueno -se dijo Mildred esperemos y veamos.l haba esperado para ver.Una gran tempestad de sonidos surgi de las des. La msica le bombarde con un volumen tan intenso, que sus huesos casi se desprendieron de los tendones; sinti que le vibraba la mandbula, que los ojos retemblaban en su cabeza. Era vctima de una conmocin. Cuando todo hubo pasado, se sinti como un hombre que haba sido arrojado desde un acantilado, sacudido en una centrifugadora y lanzado a una catarata que caa y caa hacia el. vaco sin llegar nunca a tocar el fondo, nunca, no del todo; y se caa tan aprisa que se tocaban los lados, nunca, nunca jams se tocaba nada.El estrpito fue apagndose. La msica ces.- Ya est -dijo Mildred-.y, desde luego, era notable. Algo haba ocurrido. Aunque en las paredes de la habitacin apenas nada se haba movido y nada se haba resuelto en realidad, se tena la impresin de que alguien haba puesto en m