Bourdieu Espíritus de Estado Génesis y Estructura del Campo Burocrático

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4. ESPRITUS DE ESTADO. GNESIS Y ESTRUCTURA DEL CAMPO BUROCRTICO1

Proponerse pensar el Estado significa exponerse a retomar por cuenta propia un pensamiento de Estado, a aplicar al Estado unas categoras de pensamiento producidas y avaladas por el Estado, por lo tanto a no reconocer la verdad ms fundamental de ste. Esta afirmacin, que puede parecer a la vez abstracta y perentoria, acabar imponindose con mayor naturalidad si, al llegar a la conclusin de la demostracin, se acepta volver a este punto de partida, pero armado con el conocimiento de uno de los poderes ms importantes del Estado, el de producir y de imponer (en particular mediante la escuela) las categoras de pensamiento que aplicamos a todo lo que en el mundo hay, y al propio Estado. Pero, para facilitar una primera traduccin ms intuitiva de este anlisis, y hacer perceptible el peligro que siempre corremos de ser pensados por un Estado que creemos pensar, quisiera citar un fragmento de Maestros antiguos de Thomas Bernhard: La escuela es la escuela del Estado, donde se convierte a los jvenes en criaturas del Estado, es decir nica y exclusivamente en secuaces del Estado. Cuando ingres en la escuela, ingres en el Estado, y como el Estado destruye a los seres, ingres en el centro de destruccin de los seres. [...] El Estado me ha obligado a ingresar en l por la fuerza, como a1. Este texto es la transcripcin de una conferencia pronunciada en Amsterdam en junio de 1991.

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todos los dems por otra parte, y me ha vuelto dcil ante l, el Estado, y me ha convertido en un hombre estatizado, en un hombre reglamentado y registrado y domado y diplomado, y pervertido y deprimido, como a todos los dems. Cuando contemplamos a los hombres, slo vemos a hombres estatizados, a servidores del Estado, que, durante todas sus vidas, sirven al Estado y, por ende, durante todas sus vidas sirven a la contranatura.1 La retrica tan particular de Thomas Bernhard, la del exceso, la de la hiprbole en el anatema, conviene a mi intencin de aplicar una especie de duda hiperblica al Estado y al pensamiento de Estado. Tratndose del Estado, nunca se desconfa lo suficiente. Pero la exageracin literaria corre siempre el riesgo de aniquilarse a s misma anulndose por su propio exceso. Y sin embargo hay que tomarse en serio lo que dice Thomas Bernhard: para tener alguna oportunidad de pensar un Estado que se piensa aun a travs de aquellos que se esfuerzan en pensarlo (como por ejemplo Hegel o Durkheim), hay que procurar poner en cuestin todos los presupuestos y todas las preconstrucciones inscritas en la realidad que se trata de analizar, y en el pensamiento mismo de los analistas. Tengo que abrir aqu un parntesis para tratar de arrojar alguna luz sobre un punto de mtodo absolutamente esencial. El trabajo, difcil, y tal vez interminable, que es necesario para romper con las prenociones y los presupuestos, es decir con todas las tesis que jams han sido planteadas como tales porque estn inscritas en las evidencias de la experiencia corriente, con todo el sustrato de impensable en el que se asienta el pensamiento ms alerta, suele ser mal comprendido, y no slo por aquellos que se sienten zarandeados en su conservadurismo. Hay en efecto una tendencia a reducir a un cuestionamiento poltico, inspirado por prejuicios o pulsiones polticas (disposiciones anarquistas, en el caso particular del1. T. Bernhard, Maestros antiguos (Alte Meister Komodie), Madrid, Alianza Editorial, 1991.

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Estado, arrebatos iconoclastas de beocio relativista, en el caso del arte, inclinaciones antidemocrticas, en el caso de la opinin y de la poltica), lo que es y pretende ser un cuestionamiento epistemolgico. Es del todo probable que, como Didier ribon bien puso de manifiesto a propsito del caso de Michel Foucault, este radicalismo epistmico hunda sus races en unas pulsiones y unas disposiciones subversivas, pero que sublima y trasciende. Lo que est por encima de toda duda, en cualquier caso, es que, en la medida en que lleva a un cuestionamiemto no slo del conformismo moral sino del conformismo lgico, es decir de las estructuras fundamentales del pensamiento, choca tanto a aquellos que, no teniendo nada que objetar al mundo tal como es, lo consideran una especie de propsito deliberado decisorio y socialmente irresponsable, como a aquellos que lo reducen a un radicalismo poltico tal como ellos lo conciben, es decir a una denuncia que, en ms de un caso, es una manera particularmente perversa de precaverse contra cualquier cuestionamiento epistemolgico verdadero (podra ir multiplicando los ejemplos al infinito y mostrar cmo la crtica radical de las categoras del INSEE [Instituto Nacional de Estadstica] en nombre de la teora marxista de las clases permita obviar una crtica epistemolgica de esas categoras y el acto de categorizacin o de clasificacin o tambin cmo la enunciacin de la complicidad del filsofo de Estado con el orden burocrtico o con la burguesa permita que incidieran plenamente los efectos de todas las distorsiones epistmicas inscritas en el punto de vista escolstico). Las autnticas revoluciones simblicas son sin duda aquellas que, ms que al conformismo moral, ofenden al conformismo lgico, desencadenando la despiadada represin que suscita semejante atentado contra la integridad mental. Para mostrar hasta qu punto resulta necesaria y difcil la ruptura con el pensamiento de Estado que est presente hasta en lo ms ntimo de nuestro pensamiento habra que analizar la batalla que estall recientemente en Francia, en plena guerra del Golfo, a propsito de un objeto a primera vista tan93

irrisorio como es la ortografa: la grafa correcta, designada y avalada como normal por el derecho, es decir por el Estado, es un artefacto social, muy imperfectamente fundado en razn lgica e incluso lingstica, que es el producto de una labor de normalizacin y de codificacin en todo anloga a la que tambin lleva a cabo el Estado en mucho otros mbitos. Pero cuando, en un momento determinado del tiempo, el Estado, o uno de sus representantes, se pone (como ya sucedi, con los mismos efectos, hace un siglo) a reformar la ortografa, es decir a deshacer por decreto lo que el Estado haba hecho por decreto, suscita de inmediato el alzamiento indignado de una gran proporcin de quienes tienen que ver con la escritura, en el sentido ms corriente, pero tambin en el sentido que suelen darle los escritores. Y, cosa destacable, todos esos defensores de la ortodoxia ortogrfica se movilizan en nombre de lo natural de la grafa en vigor y de la satisfaccin, experimentada como intrnsecamente esttica, que proporciona el acuerdo perfecto entre las estructuras mentales y las estructuras objetivas, entre la forma mental socialmente instituida en los cerebros por el aprendizaje de la grafa correcta y la realidad misma de las cosas designadas por los trminos correctamente granados: para quienes poseen la ortografa hasta el punto de estar posedos por ella, la ph absolutamente arbitraria de nnuphar se ha vuelto tan evidentemente indisociable de la flor, que pueden invocar, con toda la buena fe del mundo, la naturaleza y lo natural para denunciar una intervencin del Estado con el propsito de reducir lo arbitrario de una ortografa que es a todas luces fruto de una intervencin arbitraria del Estado. Se podra multiplicar los ejemplos de casos semejantes en los que los efectos de las elecciones adoptadas por el Estado han acabado imponindose tan rotundamente en la realidad y en las mentes que las posibilidades inicialmente descartadas (por ejemplo un sistema de produccin domstica de electricidad anlogo al que prevalece para la calefaccin) parecen absolutamente inconcebibles. As por ejemplo, si cualquier intento por mnimo que sea de modificar los programas escolares94

y sobre todo los horarios impartidos en las diferentes disciplinas tropieza, ms o menos siempre y en todas partes, con enormes resistencias, no es slo porque hay unos intereses corporativos muy poderosos vinculados al orden escolar establecido (particularmente los de los profesores concernidos), sino tambin porque los asuntos de cultura, y en especial las divisiones y las jerarquas sociales que van asociadas a ellos, estn constituidos como naturales por la accin del Estado, el cual, al instituirlos a la vez en las cosas y en las mentes, confiere a un arbitrario cultural todas las apariencias de lo natural.

LA DUDA RADICAL El dominio del Estado se nota especialmente en el mbito de la produccin simblica: las administraciones pblicas y sus representantes son grandes productores de problemas sociales que la ciencia social con frecuencia se limita a ratificar, asumindolos como propios en tanto que problemas sociolgicos (bastara, para demostrarlo, con calibrar la magnitud, sin duda variable segn los pases y las pocas, de las investigaciones que se ocupan de problemas de Estado, ms o, menos presentados cientficamente). Pero la mejor prueba de que el pensamiento del pensador funcionario est completamente dominado por la representacin oficial de lo oficial estriba sin duda en la seduccin que ejercen las representaciones del Estado que, como en Hegel, transforman la burocracia en un grupo universal dotado de la intuicin y la voluntad del inters universal o, como en Durkheim, sin embargo muy prudente al respecto, en un rgano de reflexin y en un instrumento racional encargado de llevar a cabo el inters general. Y la dificultad absolutamente particular de la cuestin de Estado estriba en el hecho de que, aparentando pensarlo, la mayora de los escritos dedicados a este objeto, sobre todo en la fase de construccin y de consolidacin, participan, de95

forma ms o menos eficaz y ms o menos directa en su construccin, y por lo tanto en su existencia misma. Y eso es lo que ocurre especialmente con todos los escritos de los juristas de los siglos XVI y XVII, cuyo sentido no se desvela del todo si no se los considera no como contribuciones algo intemporales a la filosofa