Amores de Colegio

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  • Amores de Colegio Cuentos seleccionados

  • Amores de Colegio: Cuentos seleccionadosUna publicacin de La Biblioteca Libre, 2014.www.labibliotecalibre.cl

    Edicin:Diego Ramrez

    Diseo y edicin:Nancy Godoy

    Ilustraciones:Romina Lavn Vidal

    Esta publicacin se basa en los resultados del concurso abierto Amores de Colegio convocado por La Biblioteca Libre entre los meses de Septiembre y Octubre del ao 2013.

  • En los baos. Evan

    El chico silencio. Kyara Ortega

    Das de nieve. MAIVO

    Canciones de amor. Ana Ruiz

    Amor histrico. Chie A.A

    Carta a un hombre desagradable. Constanza Tejada

    En una esquina de la vida. Nelo

    Humo de cuarto medio. lvaro Vidal Valenzuela

    Estar donde menos lo esperes. Gabriela Bordagaray

    Jumper y azul marino. Jowa

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    Contenidos

  • Prlogo La Biblioteca Libre es una biblioteca colectiva creada con los aportes de miles de libros de cientos de personas, para que stos sean compartidos entre todos y no se pierdan en los hogares, dn-doles vida a travs de la lectura.

    Pero, cmo surgi la Biblioteca Libre? A partir de Ctedras Li-bres, una red colaborativa de aprendizaje que promueve el libre intercambio de conocimiento a travs de clases gratuitas. Un da se nos ocurri pedir de forma voluntaria que los asistentes a estas clases colaboraran con un libro por asistir a una ctedra. Despus de 3 meses logramos reunir ms de 3.000 libros, y nos pregunta-mos, cmo darles un buen uso de una manera innovadora? La respuesta fue la que ya conocen: devolver los libros reunidos a la comunidad por medio de lo que llamamos Liberaciones, que son, finalmente, el alma de esta Biblioteca. Siempre en la lnea de compartir y, de esta manera, generar co-nocimiento, quisimos ampliar esta Biblioteca de libros e historias ya ledas, para divulgar historias inditas de personas que sientan el impulso, la necesidad o las ganas de compartirlas, a travs de un concurso literario abierto a toda la comunidad. As, Amores de colegio recoge 10 de las ms de 160 historias que recibimos en este, nuestro primer concurso, contando alguna

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  • vivencia memorable de la etapa escolar. Amores, desamores, pro-fesores, amores platnicos, reencuentros, separaciones eternas... El papel dio para todo, y justamente eso buscbamos: despertar tu apetito literario, despojar tu vergenza y explotar tu creatividad.

    En la eleccin de estas historias no participamos nicamente el equipo de la Biblioteca Libre. De la misma manera que nos gus-ta entregar y recibir conocimientos de las ms distintas ramas y tendencias, quisimos invitar a participar como jurado a amigos de la Biblioteca Libre relacionados desde distintos mbitos a la literatura, a los cules agradecemos su disposicin y motivacin para leer cada una de las historias que recibimos y, especialmente, por tener el valor de quedarse con unas pocas. Damos las gracias a Juan Carlos Sez, Gustavo Cofr y Javier Gonzlez por la labor desempaada.

    Finalmente, queremos mencionar que elegimos 10 no para hacer un ranking ni mucho menos. Solo quisimos destacar, dentro del mar de experiencias que lemos, aquellas que al jurado y a nosotros como equipo de la Biblioteca Libre nos llamaron ms la aten-cin, ya sea por lo excntrico/entretenido de la historia como por la manera distintiva de relatar lo ocurrido. Agradecemos de todo corazn a todos los que se atrevieron y participaron, y por cierto felicitamos a los privilegiados cuya historia qued estampada en este libro.

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  • No nos queda ms que saludarte a ti, que lees esto, con toda la alegra y entusiasmo que caracteriza a las Ctedras Libres y su Biblioteca, y desearte que disfrutes estas historias tanto como no-sotros lo hicimos

    Carlos Mancilla y Diego RamrezCoordinadores de La Biblioteca Libre

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  • En los baosEvan

    Me oblig una vez ms a verla entre los baos. No saba cun letal era hasta que llam a uno de los profesores. Yo, semidesnudo la esperaba. l, llegaba por aviso de un depravado en el bao de nias. Cuando me vi en inspectora, siendo suspendido y tratado de pervertido frente a algunas compaeras presentes, mientras ella a travs de los cristales haca divisar su risa, no sent sino un frenes dudoso, supe entonces, que la amaba.

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  • El chico silencioKyara Ortega

    Simplemente no le importaba que le gustara el ms callado del curso, de todas formas, no tena que rendirle cuentas a nadie, solo lo saba ella y probablemente l. Le encantaba la tranquilidad con la que haca cada cosa y esos ojos expresivos que decan todo lo que sus labios callaban, se enfureca cuando los profesores lo regaaban por no contestar o cuando los bravucones del saln lo molestaban en los pasillos. En algn momento, ella pens que era mudo, pero no lo era o por lo menos no del todo, se expresaba con elocuencia en las exposiciones, pero en el recreo, en medio de su soledad, pareca que le hubieran comido la lengua los ratones. Enamorada del chico silencio, decidi comunicarle todo con la mirada, hacerle saber sus sentimientos, as como el irrevocable deseo por ser blanco de una sola de sus palabras. Pero l, ni cuentas se daba, el mundo visual le aburra menos que el sonoro, sin embargo, no le prestaba mucha atencin a nin-guno de los dos, si pudiese ir a las escuela con los ojos vendados o mantenerlos cerrados, lo hara sin pensarlo dos veces. Sin embargo, la chica no se dio por vencida y decidi escribirle, una nota hecha bola de papel fue dejada en la mesa del chico silencio, quien la abri, siendo espiado unos puestos ms atrs, la

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  • ley con rapidez, la contempl unos segundos, la volvi de nuevo una bola de papel y la arroj a la basura antes de que comenzara la clase. Ella vio quiz, vctima del haz de luz que se colaba por entre la ventana, una ligera sonrisa en los labios del chico silencio y cay en su puesto de un suspiro, ahora solo esperaba el momento para enfrentarlo y por fin hablar con el chico de sus sueos. Lo que deca en aquella nota era tan valioso para ella, como insignificante para l, pero ninguno de los dos lo saba. Armada de valor, lo enfrent a la salida, era ahora o nunca, lo mir fijamente con tanta expectativa como esperanza, ese da se haba arreglado el cabello y pintado las uas, solo esperaba la respuesta de su prncipe silencioso. Quien mirndola fijamente, se limit a decirle: Gracias, no me gustas, lo siento. Solo 6 palabras se haba limitado a decir, solo 6, cuando ella haba hecho 6x5 intentos para hablarle, 6x4 detalles para su cum-pleaos, 6x3 historias inventadas para impresionarlo, 6x2 excusas para verlo a escondidas y 6x1 cartas de amor escritas en papel.

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  • Das de nieveMAIVO

    Dese que mi hermana resistiera hasta el prximo otoo, para que viera los ginkgos biloba en todo su amarillo esplendor, y no como los vea ahora desde la ventana de la clnica: desnudos de hojas y cubiertos de nieve. Sabas que son rboles milenarios?me pregunt entusiasta. Le contest con un gesto afirmativo, sin abrir la boca. A quin importaba? Haca un mes exacto, mientras esperbamos el resul-tado de la biopsia, me haba parado en el mismo lugar aferrada a ese buen augurio: un rbol eterno y mgico frente a su ventana. Tonteras. La enfermera le acomod la almohada y retir la bandeja del almuerzo. Mir el resto de gelatina y tem recaer en la anorexia. Llegado el momento, me marchara por un tiempo a una playa centroamericana a tragar muchos soles, necesitaba entibiarme. Mariam se mora en invierno, antes de cumplir los cuarenta aos, y en los ltimos das ningn buen recuerdo acallaba mis recri-minaciones: cunto cario postergado, cunta conversacin pen- diente en espera de una ocasin ms oportuna, intiles discusiones por problemas domsticos o proyectos de vacaciones familiares que nunca concretamos. Y en el fondo, como un zumbido impo-sible de ignorar, mi envidia. Haba envidiado la pareja de turno,

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  • su ascendente carrera de paisajista, sus viajes, su matrimonio con Gastn, su belleza etrea, su natural delgadez, y un sinnmero de situaciones que el cncer relegaba ahora a nimiedades y a una do-lorosa certeza: no ramos muy hermanables, y ya no lo seramos. A Gastn lo entrevistaron por el proyecto del estadio dijo animada. Mi cuado saltando a la fama fing no saber. El artculo incluir una mini biografa, con algo as como y est casado con Mariam Ferrada, talentosa paisajista. Ya veo la cara de envidia de algunos. Camila, no me hagas rer, quin podra envidiar a un futuro viudo? No hables as, Mariam, vas a salir de sta. El prximo verano estaremos en la terraza del Costa Mango tomando unos tragos y todo esto ser historia. El Costa Mango... que Dios o quien sea te escuche... La mir desde la puerta, una bella durmiente entrada en aos. Tena mejor aspecto que la semana pasada, el suero mantena su piel lozana y no pareca agotada como otros das. Nunca la haba visto vociferando al planeta. Esa habra sido yo. Conservaba la va-lenta porfiada de la adolescencia que siempre admir. Me acomo-d la bufanda y abroch los botones de mi chaqueta con una sola mano, mientras la otra acariciaba en la oscuridad del bolsillo el papel doblado con la direccin de Lucio. No tena mucho sentido, aparecer justo ahora despus de tantos aos. Camino al estacio-

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  • namiento comenz a nevar, y aunque el paisaje urbano de Madrid distaba mucho del patio de mi niez, en la Patagonia argentina, me refugi en el recuerdo de aquella maana.

    Mi madre entr al dormitorio a grandes zancadas, descorri la cortina y nos despert a los gritos. Haba nevado durante la noche. Nosotras, que hasta entonces solo conocamos la nieve de mentira del rbol de Navidad, que confeccionbamos escardando motas de algodn con los dedos bajo el calor de diciembre, saltamos de nuestras camas a observar el espectculo. Era nuestro primer in-vierno en la Patagonia y si bien no eran los Alpes, la nieve cubra el patio, la casucha del perro, unos leos arrumbados en perfecto equilibrio, adornaba unos arbustos raquticos y colgaba majestuo-sa del cerco entretejido, haciendo visible los rombos de alambre. Miramos extasiadas. Luego mi madre, recordando nuestras res-ponsabilidades, cerr el teln y la pelea por ocupar el nico bao, la bsqueda de calcetines perdidos y la leche tibia precursora de nuseas, entraron a escena. Todas las maanas repetamos iguales carreras y advertencias maternas, acumulando das en la memoria con la misma indiferencia familiar con la que se apilaban los pe-ridicos en el bao. Nos vestimos, nos abrigaron, desayunamos con ms apuro que hambre y nos fuimos al colegio. Queramos alcanzar la calle, reco-rrer cada palmo y llegar en breve y a la vez no llegar nunca. En el trayecto nuestra relacin con la nieve progres: la pateamos, nos

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  • deslizamos sobre ella, la apretamos con las manos, la miramos a contraluz, nos maravillamos observando las diversas formas de los cristales, la olimos y al final nos echamos un puado en la boca y nos la comimos. Despus de todo tenamos trece y once aos, edades perfectas para atragantarse con nieve. En el colegio tocaron la campana ms tarde de lo habitual y la preocupacin por el atraso colectivo se esfum. Nos dirigimos expectantes a nuestras salas en desordenada formacin, deseando el recreo y la guerra de bolas de nieve que se avecinaba. En el curso de Mariam haban inventado un juego nuevo. Separados en dos equipos, los varones por un lado y las nias por otro, y apostado cada grupo detrs de una improvisada barricada, se apuntaba a la cabeza de quien te gustaba, y si el golpe resultaba certero el nio se acercaba y besaba a la nia delante de todos. Me pas la primera hora de clase mirando por la ventana y pensando en el Tano y en su hijo. El italiano atenda el kiosco del colegio y su hijo Lucio a sus diecisis aos era el ms apuesto de todos los va-rones que yo a mis once aos conoca, y esto inclua los actores de moda, los superhroes de las seriales gringas, y hasta las figuritas del mun- dial del 78 con los rostros de Norberto Alonso y Ta-rantini. Me imagin caminando distrada entre ambas barricadas y como una premonicin de Titanic con una deslumbrante Kate Winslet mirando la inmensidad del ocano, pelcula que vera veinte aos despus, yo levantaba con fingida sorpresa mi rostro, un rayo de sol invernal iluminaba mis ojos claros, una bola de

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  • nieve sala en cmara lenta de las giles manos de Lucio, golpeaba con puntera eficaz mi gorro de lana y por primera vez l se fijaba en m. Se acercaba a paso lento mirndome con dulzura, mientras el colegio peda a los gritos: Qu la bese! Qu la bese! Qu la bese! El timbre retumb en mis odos y despert, era el aviso del recreo largo. Salimos con mis compaeras atropellndonos a los codazos. El curso de mi hermana se encontraba en plena batalla. Nos detuvi-mos a pocos pasos, busqu a Lucio en el tumulto, pero entre tanto grito y desorden no pude dar con l, solo reconoc en medio de ambas barricadas a Mariam llevndose la mano a la cabeza por un tiro certero, y al rehacer la trayectoria, vi a unos metros al hijo del Tano con los brazos en alto solicitando atencin; despus escuch varoniles gritos de jbilo y las risitas histricas de las amigas de mi hermana. Una dolorosa puntada en la barriga me dobl. Mir los gruesos bototos de l sobre la nieve pisoteada, que ya no era ma-jestuosa, ni luminosa, ni pura, sino un sucio y pantanoso barrial. Cont los lentos pasos que dio hasta las botas de Mariam, que de seguro lo esperaba con una sonrisa cnica fingiendo nerviosismo. Levant la mirada y grab el beso con deleite masoquista. La en-vidi desde ese momento. An me veo con la cara crispada insultndola, elevando a pe-cado mortal el beso pblico con lacerantes chillidos y la amenaza de contarle todo a mam, que cmo haba podido!, que era una suelta, que me daba vergenza ser su hermana. bamos camino

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  • a casa, una al lado de la otra, esquivando los charcos de nieve derretida con el hambre feroz del medioda. Ella, indiferente a mi cantinela evanglica de arrepentos hija del pecado, avanzaba con la cabeza en alto y la mirada puesta en ese futuro de besos y caricias que le esperaba. En las ocho cuadras que separaban el colegio de casa, comprend que nunca tendra el desplante de mi hermana mayor, y que ella, a sus resueltos trece aos, simplemente era mucho ms autntica de lo que alguna vez yo llegara a ser. No sospech que esa sensacin de bosquejo me acompaara hasta la adultez. El edificio de Lucio quedaba a unos minutos de la clnica, en una zona madrilea de elegantes construcciones. Toqu el timbre del departamento con ansiedad y reprim mi alegra. Disfrutaba mi nueva actitud penitente y no tena energas para explicaciones psicolgicas, simplemente mi cuerpo obedeca. El dolor de una forma misteriosa nos convierte en animales rastreros con un es-trecho ngulo de visin. Mi mundo perda densidad e importancia como un dibujo estropeado bajo el agua; a ratos mi existencia era una mancha borrosa. No saba muy bien que buscaba yendo a ese encuentro. Despus de todo haca ms de veinte aos que no saba de Lucio. Muchos de esos amigos solo cobraban vida cuando mi-rbamos viejas fotos o nos topbamos con alguien y repasbamos en qu estaba cada uno, ms bien por cumplir un protocolo que porque nos importaran de verdad. Cuando su rostro perfecto asom tras la puerta del departa-

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  • mento, record la foto que envi desde Buenos Aires. Gracias al beso se hicieron noviecitos de colegio, como deca mi madre. El romance dur unos dos aos, tiempo suficiente para perderme en la forma de sus manos, en el sonido final de una carcajada, en el impaciente tamborileo de sus dedos sobre la mesa del comedor, en la dulzura para explicarme un problema de matemticas, en su cara de asombro frente a una noticia, o en su pedantera de saberse bello, atltico, inteligente. Lo am. Pero un da el Tano baj la cortina del kiosco y se march con su hijo a la capital para trabajar de conserje en un edificio. Viven en pleno centro, en un departamento de la planta baja, repeta mi hermana a sus ami-gas dndose importancia. La foto lleg envuelta en una carta que nunca pude leer, como muchas otras, y mostraba a Lucio tan alto como estaba ahora, posando delante de unas cebras en el zool-gico de Palermo. Nunca regresaron al pueblo. Mariam redujo sus cartas a un volcn de pedacitos de papel que ardi desde la base cuando encendi la hornalla de la cocina. Apoyada en el marco de la puerta y a unos metros de la sacrlega fogata, mientras negras virutas revoloteaban como oscuras mariposas, odi su indiferencia y ese olor a papel quemado, que hasta hoy asocio a finales tristes. Al ao siguiente ella fue coronada reina de la primavera y le flore-cieron nuevos candidatos. Lucio segua siendo hermoso. Lo vi como un prncipe que por motivos misteriosos vive oculto entre la plebe. Se vea muy joven. Me sonri mostrando una perfecta dentadura y en un momento

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  • de la conversacin, levant un mechn rubio que le caa sobre la frente, como en su poca de estudiante. Su manzana de Adn, bajaba y suba mientras hablaba. Por unos minutos, las ganas de apropiarme de esa belleza itlica, sin la inocencia de los tiempos escolares, renacieron. Me convenc que era un buen presagio que ambos an estuviramos solteros, viviendo en la misma ciudad, a miles de kilmetros de la Patagonia argentina donde nos haba-mos conocido. Me cont cmo, despus de titularse de bioqumico, consigui trabajo en una multinacional y cumpli su sueo de salir de Ar-gentina. Su padre viva an en Buenos Aires. Le hice una breve lnea de tiempo con los principales hitos de nuestra historia fami- liar, comenzando torpemente por el matrimonio de Mariam y un famoso arquitecto. No habl mucho de m, pero le di indicios so-bre mi soltera y mis clases en un prestigioso colegio, y cuando lle-gu al presente, el tumor de Mariam se abri paso como un beb defectuoso que insiste en nacer. Le relat el da que los mdicos confirmaron el diagnstico, cmo estaban mis padres, Gastn, la propia Mariam y termin con detalles anecdticos, para relajar el denso silencio que sigui a mi relato. Al final le cont que haba cambiado mis novelas histricas por libros de autoayuda en todas sus versiones: psicolgicas, esotricas, mgicas, metafsicas y va-rios especialistas de primera clase; y cmo desde la ducha matinal hasta acostarme, mi cabeza buscaba causalidades y conspiraciones del universo para encontrarle sentido a todo lo que estaba suce-

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  • diendo. Como haba ledo en un libro, una gran orquesta tocaba all afuera una msica que yo no poda descifrar, a menos que me lo propusiera. Y en eso estaba. Es un eficaz mtodo para anestesiar el miedo dijo mirndose las manos. Solo se lo distrae, y a ratos agregu. Y cul es tu mayor miedo, Camila? Mi vida sin Mariam dije sin pensarlo. Me sorprend con mi respuesta. Nos quedamos callados. Supongo que debe ser difcil aadi arrastrando las palabras. No tiene hermanos, pens; nunca sabr cmo se siente. Me reconfort que estuviera a salvo de ese crculo vicioso de dolor y culpa en el que me encontraba, lo haca ms elegante. Y ms lejos de todo. Me imagin con l en varios bares que conoca, enredados en largas conversaciones sobre el misterio de la vida. Me vi colgada de su brazo caminando por un parque. Lo vi yendo a la clnica en una visita de cortesa. Me imagin sus manos rodeando mi cintura. Intil. ramos dos extraos jugando a ser conocidos. Mis divagaciones se interrumpieron con el ruido de una llave en la cerradura. Me lo present como su pareja, sonriendo nervioso. Me confes, cuando el joven moreno entr al dormitorio, que gracias a ese primer noviazgo haba confirmado sus dudas. Que su padre al saberlo opt por huir, cambiar de aires, salir arrancando. Mi locua-cidad, como un celular sin seal, se fue apagando de a poco. Pens

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  • que la solucin del Tano tambin poda ser la ma. Fing mirar un mensaje en mi telfono e invent una buena excusa. Necesitaba abrazar a mi nica hermana. El moreno lleg cambiado de ropa para despedirse, me acompaaron ambos a la puerta y nos dijimos todo eso que dice la gente civilizada: estamos en contacto, orga-nicemos algo con ms tiempo, que estaba feliz de haberme visto y que lamentaba lo de Mariam. Asent a todo, di unos besos apura-dos y apretones de manos. Me pareci que mi visita haba durado aos. Un enorme alivio sobrevino cuando cerraron la puerta tras de m.

    Dos o tres meses como mximo, haba dicho el mdico. Mir la hora. Me imagin contndole todo a Mariam, desde la primera nevada, mi enamoramiento infantil, el pasado contaminando el presente, el miedo a no ser amada, mi admiracin y mi envidia, la homosexualidad de Lucio, el Tano arrancando del pueblo, mis pies en polvorosa Y nos escuch rer de nuevo, a las carcajadas, como esa maana feliz de la niez en que nos atragantamos con nieve. Tal vez era cierto, una gran orquesta tocaba una msica y estbamos aqu para descifrarla. Nada es casual. Llegu al auto y al sacar las llaves del bolsillo me top con el papel con la direccin de Lucio. Lo enroll, y como una pequea bola de nieve, apunt, lo lanc y cay dentro de un contenedor. Me sub y tom por fin el camino para regresar a Mariam. Afuera ya no nevaba y un sol luminoso prometa alargar la tarde.

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  • Canciones de amorAna Ruiz

    Recuerdo que existi el da en el que so con la posibilidad de que algn da hubisemos escuchado todas las canciones del mundo juntos. El nuestro fue un amor de canciones. l tocaba su guitarra en el pasto frente al colegio, mientras la idiota que se creyera sabionda en msica de turno inventaba las letras a la cancin que l tocaba de minuto. Desde lejos yo admiraba al ser glorioso, que llevaba su guitarra como Napolen habr llevado su espada. Me pareca la guitarra un glorioso complemento para la ms exquisita obra de escultura jams creada. Me parecan sus giles dedos que entona-ban canciones de Arjona mariposas iluminadas. Me pill un da cantando desde lejos Ella y l y desde ese da empez el amor de canciones. Su primer regalo fue un disco repleto de canciones de rock, es- cogidas por l. Conoc a los Red Hot Chili Peppers, The White Stripes y The Who. Dejaron las canciones de mi reproductor de seducirme con la voz de Man y Jorge Drexler para despeinarme con guitarras cruzadas por rayos de tormenta elctrica. Yo le re-gal devuelta un beso. Pero l no quera un beso, quera que yo le cantara. Y solo porque era un dios de mrmol hecho carne, le dije que s.

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  • Mi mundo desvaneci alrededor nuestro mientras l afinaba su guitarra. Su perfil atento al tono de cada cuerda era para m el de un genio musical, ms grande que John Lennon y que Mozart. Empez a tocar mi favorita, Bendita tu Luz y no me sali la voz. Se rio y volvi a empezar. Y ah empec yo y comenz nuestro do. l tocara y yo cantara. No podamos estar uno sin el otro. Recuerdo una noche de verano en la que nos tendimos sobre el pasto del jardn de mi casa, uno al lado del otro con solo el contacto de mi cabeza sobre su pecho, mi mano en la de l, y un par de audfonos para unirnos. Escuchamos una cancin de mi reproductor, que por ese tiempo ya se haba paganizado y llenado de todas las msicas que se podan escuchar. Luego escuchamos otra cancin. Se movan los astros sobre nosotros, pero no nuestras bocas; todo lo que tenamos que decir lo decan por nosotros las letras. Sali en una de esas El Muelle de San Blas y la saltamos. Esa fue la noche en la que pens que me gustara poder escuchar todas las canciones del mundo con l. Pens que nada haba mejor que una cancin compartida, que un mundo entero compartido por la meloda, la rtmica la letra. No ramos ms que una cancin compartida; y as se nos fue la noche, en escuchar msica. Pasaba que mientras otras parejas malgastaban su tiempo de recreo en el colegio limpindose mutuamente los dientes con la lengua, nosotros nos sentbamos en el pasto a tocar y cantar. Tal vez alguno quiso callarnos, pero prefiero pensar que hacamos un buen do y, si nadie lo hizo jams, era por algo.

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  • Hubo un da en el que quiso ensearme a tocar la guitarra. Fue un fiasco. Y de ah yo trate de ensearle a cantar. Ah qued mi vergenza. Los dos son dos por algo me dijo. No me gustara que furamos nada ms que yo tocando y t cantando. El uno para el otro contest yo. Una tal noche en su cuarto empastado con caras de metaleros desfigurados por la droga y el maquillaje, tocando Stairway to Heaven de Led Zeppelin, la ropa sobr y los dos descubrimos algo ms de la vida. Otra noche iba a su casa a mostrarle una nueva cancin que ha-ba encontrado. Mira, encontr una cancin geni y ah me qued. Estaba tocando una algo que no me acuerdo, pero me acuerdo de un estribillo lento, repetitivo y triste. Lo encontr llorando de la manera avergonzada y violenta en la que lloran algunos hombres. Me grit que me fuera. Y me fui. Se acercaba el invierno y cubiertos en parkas y sin hablarnos, escuchbamos cancin tras cancin de desamor. Ah supe que no quera escuchar todas las canciones del mundo con l.

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  • Amor histricoChie A.A

    No encontraba las palabras para describir lo que l me hace sentir. Por ms que busqu no las encontr. Cre que nunca podra explicar lo que siento...pero durante la clase de Historia llegaron a m las ideas. Las enfoqu todas en un poema, el cual escribo aqu. l es el tirano Cuyo poder me atrapa No tengo escapatoria Su ejrcito es tan grande Que no me deja salir Oh, tirano Te proclamas gobernante de mis sentimientos Me invades Con tus ojos Me enseas tus verdades Con una sola palabra Ms conflictivo que Ares No dejas de pelear por mis dominios T, tirano Cuyo imperio de amores Se expande Por ms que me rebele

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  • Me atrapas Me sofocas Luchas Contra mi nacionalismo Porque te crees amo De mis sentimientos Por ms que te amo Solo soy uno de tus cientos Territorios conquistados Oh, tirano Me rebelar Luchar Mis sentimientos sern mos No te dejar Llamarme ma As que alejar Tus ejrcitos de m Ma ser mi soberana Oh maldito tirano Escuchars mis himnos Que sofocarn los tuyos No te convertirs en canciller o emperador Porque yo ser ma y siempre ma No otra colonia tuya No otra de las mil

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  • No caer ante ti A pesar que te amo. Con l me siento como una nacin conquistada por un impe-rio. Como una nacin que reclama libertad... porque l solo me desea como otra de las chicas tras l. Porque l es un imperio que quiere sofocarme con sus himnos de dulces palabras. Cree que me tendr... pero no ser as. Por ms que me guste s que solo soy otra ms, y eso me hace odiarlo. Y por lo que ms lo odio es por hacerme amarlo. Creo que al final las clases de Historia sirven para algo.

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  • Carta a un hombre desagradableConstanza Tejada

    He buscado cientos de formas de decirte lo mucho que me desagradas, que me molestas, que te odio y esta carta parece ser la mejor manera, tomando en cuenta que siempre compartimos eso, las letras. An tengo fresco en la memoria el da que nos conocimos, ese da que por casualidad, llegamos al mismo lugar, al mismo tiempo y slo compartamos frases malhumoradas y pesadeces, y lo nico que pens fue que tipo ms desagradable. Y en ese momento lo supe, supe que tendra que estar con tus comentarios mala onda por mucho tiempo ms, y as fue, y ahora, en mi soledad te escribo para que sepas lo mucho que te detesto. Detesto que te ras de mi o de lo que digo, tambin detesto como le bajabas el perfil a las cosas importantes que pasaban; me desagrada de sobremanera que me preguntes el por qu de todo; me carga que me escribas, sobre todo los poemas, me apesta que nunca hayas intentado llevarte bien con mis amigos; odio la forma en que me miras cuando hago algo, esa mirada profunda que me hace preguntarme qu es lo que piensas de mi, y eso me desagrada an ms, no ser capaz de saber qu es lo que pasaba por tu cabeza cuando estabas conmigo, odio cuando me hacas leer poemas en voz alta slo para deleitarte con mi vergenza, detesto que siem-

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  • pre conseguas sacarme de mis casillas, preguntando sobre mis sentimientos sabiendo cuanto odio hablar de eso, odio que en ms de tres aos de ir y venir, nunca me tocaste algo que no fuera la cintura, pero con slo un beso me hacas volar a las estrellas, me desagrada que me hayas hecho creer que ramos una estrella plasmada en el universo, que estara por siempre, inclusive cuando no estuviramos juntos, y ahora cada vez que miro al cielo me es ine- vitable pensar en ti. Pero por sobre todo me desagradas t, tu forma de actuar conmigo, tu misterio, tus miradas desgarradoras, tu forma de hablar, de escribir, inclusive de caminar, la forma en que te ves cuando te fumas un cigarro, o lees un libro, y la forma en que termino encontrndote en todas partes, a cada momento, y cabe decir que no siempre es en la realidad. Quiz pueda atribuirle esto a la desgarradora experiencia que se hace llamar adolescencia, pero la verdad es que t y yo sabemos que nos recordaremos por siempre, como el amor que fue todo y nada a la vez. Lo peor de esto no tiene que ver con cuanto me disgustas, sino que aunque seas un hombre desagradable en todos sus trminos, me enamor de ti y todas tus pesadeces, como una nia pequea, y quizs mientras rehaces tu vida con ella, le termines contando las mismas historias de estrellas y plazas solitarias, de cigarros y libros, y yo me quedar aqu con tu poema escrito en mi pared, con mis recuerdos abandonados y mi cigarro a media noche.

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  • Y s que fue nuestra decisin tomar caminos separados, pero omitimos un pequeo detalle la Tierra es redonda y los destinos nunca dan vuelta atrs.

    Atte. Una conocida

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  • En una esquina de la vidaNelo

    Cuando te vi aparecer en esa esquina, los mejores recuerdos de mi juventud se reunieron en un solo segundo. Todas esas primeras veces que viv junto a ti volvieron una vez ms para golpearme con emociones que no senta hace aos, entregndome al pnico y adrenalina que solo t has logrado provocar en m. Admito que inmediatamente sent el impulso de seguirte y lo hice sin despegar mis ojos de tu cuerpo, te segu por varias cuadras, observando tu cabello y la manera en que ste danzaba al viento, tan catica y sensual al mismo tiempo. Respir fuerte mientras caminaba sobre tu sombra para intentar sentir tu aroma. Tus piernas se mantenan igual de provocadoras y tus curvas, Dios, tus curvas redondeaban mi mirada, atrayndome a un espiral placentero de solo admirarte. Te persegu hasta la librera, fuiste directo a la seccin de Poesa y Filosofa (como asum que lo haras), yo me encontr mirndote de reojo esperando que me reconocieras, y gracias Ganesha!, lo hiciste. An recuerdo los detalles de ese momento, gritaste Gon-zalo! (nunca mi corazn haba latido tanto al escuchar mi nom-bre), yo fing sorpresa y nos abrazamos como si fuese una despe-dida, me prendiste por completo con tu mirada y reemplazaste mi pnico por una calma de domingo en la maana. Yo no era el mismo y t no eras la misma, pero haba algo

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  • en tu mirada que se mantena, se pequeo brillo al final de tus ojos, como si fuese un farol resplandeciendo en medio del ocano, segua ah. Despus de ponernos al da con lo normal, te invite a tomarnos algo. Compraste El Crepsculo de los Dioses y yo Las Flores del Mal (ya lo tena pero quera impresionarte). Fuimos a la terraza de un pub y cada palabra que intercambia-mos desde entonces me llen de una euforia difcil de explicar, algo importante estaba sucediendo, lo poda sentir en mi piel, en la comezn de mi alma, ramos el centro del mundo, todo giraba a nuestro alrededor, estbamos solos en esta sobrepoblada ciudad.

    S que crees que tengo mala memoria pero recuerdo cada se-gundo de ti, cada mirada, cada conversacin, especialmente las de ese da:

    Gonzalo, te acordai cuando ramos chicos? Vivamos el presente sin miedo, dejando siempre el futuro para despus, opinando sobre la vida, ebrios cada momento, embriagados con una libertad que cremos que nunca perderamos, que no cam- biaramos por nada ni nadie, rindonos sin parar, caminando a casa en la madrugada, despertando en la playa, esperando eternamente al amor eterno pero sin decrselo a nadie Y ahora mranos, daados, arrugados (ninguno estaba arrugado pero comprend lo que queras decir), todo suena como a true love waits, no estamos viviendo, solo

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  • estamos matando tiempo (recordabas nuestra cancin). Perdn, estoy siendo demasiada sincera, no es que sea ms pesimista que realista pero bueno, a veces esas dos cosas son lo mismo. En fin, fueron buenos tiempos los que vivimos juntos, cierto?

    Por cada palabra frgil y honesta que sala de tu boca, me enamo-raba no solo de ti, tambin de la vida, del momento y de m por el solo hecho de estar ah. La verdad es que nunca me sent como un escritor hasta se da, tus maneras y toda esa excitante compleji-dad dentro de ti me inspiraron como nada ni nadie lo haba hecho antes, y hasta el da de hoy tengo la urgencia permanente de sentir, de vibrar, de vivir con la misma honestidad que siempre encontr al verte sonrer. Con mi ser ardiendo por dentro, te respond: S, fueron buenos tiempos para estar vivos y no creo que seas pesimista Sofa, mucho menos realista, slo eres sensible, no en el sentido de llorar cuando te caes de la bicicleta, sino en que tienes el don de sentir todo esto, y creme que no todos pueden. Me acuerdo de las conversaciones que tenamos cuando caminbamos juntos a casa, el tiempo era un detalle y podamos hablar de lo que fuese por horas, sin aburrirnos. Yo observaba tu mirada perdida en la nada mientras conversbamos de todo, sintiendo de verdad, preocupndote, dejndote llevar por las emociones. La verdad es que no puedo recordar el colegio sin que mi mente pase por ti, t fuiste mi ramo favorito, no es que quiera conquistarte (s quera),

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  • sabes que soy un romntico y creo ser la reencarnacin de algn desconocido poeta francs, ebrio y pobre, escribiendo de noche en un callejn mientras los gatos pelean y los perros allan, respi-rando tabaco, con un lpiz sangrando en una mano y una copa de vino en la otra. Pero en serio, t fuiste el punto de inflexin de mi juventud, mi musa, t me elevaste como persona y me siento bien con la versin actual de mi mismo, gracias a ti ms que todo (me observaste con ternura, lo s). No has cambiado, sigues siendo un nio inocente. Lo dices como si fuese malo ser un nio. Todos somos nios, queremos rer hasta que no podamos respirar, queremos saltar y escuchar la campana del recreo, todos queremos salir a jugar. O no? S, s, tienes razn. Gracias por darme tu aprobacin, me siento honrado. De nada, te la ganaste. Tambin recuerdo lo que paso despus: Qu quieres hacer ahora? Yo me voy a casa. Te acompao. No, gracias Gonzalo. Me alegra mucho volverte a ver despus de todos estos aos, sabes?, te veo y es como si el tiempo no hu-biese pasado, me siento como una nia otra vez, me siento extraa, alegre pero con miedo. Eres un hombre excepcional, significa que eres diferente al resto, de esas personas que rara vez conoces en tu

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  • vida y que hacen girar tu mundo en diferente direcciones, como si estuvieses rodando en el pasto haca abajo, y si tienes la suerte de enamorarte de una de esas excepciones, me imagino que sera sublime, como dos estrellas explotando en el cielo, iluminndote. Pero ser honesta, no nac para amar, lo he intentado demasiadas veces y creo que ya me rend, recuerdo un tiempo donde hasta sufrir por amor me llenaba, ahora lo menos que quiero es pro-blemas, por fin estoy estable, tengo mi independencia, as que no te enamores de m otra vez porque si lo haces, te volver a hacer dao, te lo aseguro. Al escucharte decir esas palabras y ver cmo los ltimos rayos del sol llegaban lentamente a tu rostro, abrigando tus tmidas pe-cas, me miraste con tus ojos de siempre y con una sonrisa que no pude evitar, te respond: lo s, recuerdas?

    Diez aos han pasado desde ese da y la verdad es que te equivo-caste, no me hiciste dao, al contrario, despus de ese da vivimos aos sumergidos en el amor, en las sbanas de una felicidad que an me envuelve de repente. Muchas veces mi mente se alegra pensando en ti antes de dormir, en la complicidad que disfrutamos, en los platos que cocinamos, en las copas vacas sobre la alfombra, en las fotos sobre la repisa, en las palabras mudas y miradas des-nudas. Siempre estar agradecido por haberte encontrado se da y que nos hayamos reconocido. Mi alma te seguir persiguiendo y te aseguro que te volver a encontrar en alguna esquina de esta

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  • vida o en la siguiente, as que esprame, gurdame en tu corazn porque un da vendr a golpearlo una vez ms para ver si sigo ah. Dicen que somos lo que recordamos y si he de pedirle algo a los dioses es que nunca me dejen olvidar. A veces mi esposa usa el mismo perfume que t, tal vez por eso estoy aqu, escribindote a ti.

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  • Humo de cuarto mediolvaro Vidal Valenzuela

    En el caso hipottico de que nos podamos encontrar un da, por casualidad, al contrario de lo ocurrido todos estos aos, que de ti no he visto ni rastro, creo, muy sabiamente, que debemos prepararnos. Te dir hola Sofa, si es que ese es tu nombre. Te quieres tomar un caf en el Starbucks? Yo invito, y t, tan bella como siempre te imagin, te encogers de hombros, as como solo los personajes de novelas pueden hacer. Bueno, dirs. Y yo, pensando en que somos poesa, lanzar mis tristes redes a tus ojos ocenicos, o quiz, construir un nuevo canal, que comunique por fin, tu mi-rada atlntica con mi natural pacfico. Te hablar de todo lo que hemos vivido separados, dir que anoche so con un restaurante enorme, en donde slo estaba mi madre, mirndose por la ventana como si fuese un espejo, tan leja-na como ma, tan borrosa y tangible, una madre con mirada entre severa y fraternal, una mirada fra, autodirigida y demoledora. O quiz te diga que hoy vi a mi padre hace aos, de joven, caminan-do de vuelta a casa, por qu no eres presidente? le deca en esos aos un nio pequeo, muy parecido a m. Por qu no lo fuiste?, dir entre suspiros, por qu? Entre versos y pasos llegaremos al Starbucks, dos Frappuccinos,

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  • una mirada cmplice. Qu quieres?, dirs. Quiero ver tu nombre junto al mo en una de esas feas tazas, que diga Albaro y Zofia, tan ininteligible como temblorosamente escritos. Quiero que mis das dejen de ser tumores de noches pasadas, o extravagantes mu-taciones de la nostalgia, pensar perdido en tu voz. Un Mocha con soya, dir, y t? Un dulce de leche. Junto al olor a caf, llegar un recuerdo, o dos quiz, sobre una noche entre copas con olor a polvo y alfombras sucias, rindindote culto entre Cerati y La Renga, entre verde y azul, entre whisky y libros. Para un amanecer verdeazulado o azulverdoso, lleno de mareos y nuseas, abrazado a una botella de agua, y en donde ser botella, para m, consista en ser t, y no. Elegir para nosotros los mejores asientos, y con los Frappu- ccinos en la mesa, te preguntar por tu libro favorito, tu cancin favorita, cuntas veces has amado, qu jugo te gusta, si las eleccio-nes fuesen maana, por quin votaras?, qu hars de tu vida, en qu curso vas, cundo es tu cumpleaos, y cmo se llama tu madre. Responders, pero no te escuchar, aprovechar la instancia para mirar tus gestos, para contar cuantas veces pestaeas, para verte todo lo que no te he visto, pues ya me s las respuestas. Juntar todo el valor que pueda entregar un Frappuccino, y te escribir en la servilleta Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos- P.N. Reirs un poco, Qu le hace a los cerezos?, reiremos. Tus ojos se pondrn chinos por la sonrisa, y aprovechar para ver a travs de ellos como si fuesen la rendija de

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  • una puerta. No s cuntas veces se me tiene que repetir tu nombre para pensar que de verdad la vida te dice las cosas a gritos, dir. Y antes de que puedas formular palabra y que nuestra distancia crezca junto al tiempo, te hablar sobre la pequea Sofa que vive en la esquina y le gusta tocar la flauta dulce, siempre con vestido y pantuflas, de la gata del Andrs que tiene ese mismo nombre, aun-que yo sea uno de los que piensan que tiene ms cara de Anastasia que de Sofa, hablar sobre la animita de la annima Sofa en el poste del Lder, donde probablemente fue reventada su pequea cabeza, sobre esas eternas clases de filosofa, con la profe Vero, hablando de los sofistas, de la niita que apadrin en el SENA-ME en segundo medio, y de esas tardes en la biblioteca donde te soaba eterna. Y si pese a todo an no te has ido, an puedo salvarte, an puedo preguntarte sobre la vida, an tengo la posibilidad, por pequea que sea, de que un da nos acostemos, sin dormir, hablando sobre la inmortalidad del cangrejo, mientras el amor nos hace entre un siete y un diecinueve. Si an ests ah, sentada como si todo, o como si nada, callar, o mejor dicho te regalar mi silencio, por un minuto con treintaicuatro segundos, o quiz treintaisis, para luego darle rienda suelta a todas mis palabras, como una rueda de carrito de supermercado que se mueve en direccin opuesta, te hablar sobre el da que termin con la Marcela, y despus me pill un trbol de cuatro hojas, te dir que mi libro favorito an no lo leo, que votar por el que legalice la cultura, que soy ateo, pero

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  • abierto a la imagen de un dios con el pene del porte de una de sus piernas extendidas, o sin uno, que durante los recreos me hundo en ti, y que siempre elijo una nueva forma de volver a casa. As comenzar todo, y un da, en solsticio de verano, pasars tu lengua hmeda y roja por mi pene, palpitante y con olor a tabaco, hars chocar mis testculos con tu pera, lo s. Hablaremos del ayer como si fuese una lmpara potente, del presente como se habla de un perro raqutico, y del futuro como si los versos de Parra nunca se hubiesen escrito. Haremos un nuevo plan para conquistar el mundo cada vez que salga el sol, y al ocul-tarse, planearemos la huida perfecta de nuestros dominios, siem-pre distinta. Slo eso te puedo prometer, y ahora que lo sabes, por favor no te salves, no faltes a nuestro encuentro casual, no te retrases, no reserves del mundo slo un rincn tranquilo, no estudies para la prueba, no te equivoques, deja que el tiempo sea en ti, como en m eres t. Pero te advierto, quiz te raspe con mi barba al darte el primer beso, o quiz me equivoque de persona, y por eso llegue tarde a nuestro encuentro, creo. Por ahora te digo, y de esto estoy seguro, que las postulacio-nes para acompaarme a la gala estn abiertas, ojal te encuentre pronto, pues el tiempo pasa y por cada segundo soy la mitad de lo que fui en el anterior. Te espero, para as concretar lo nuestro, aunque es ms mo que nuestro, porque tuyo no es.

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  • Estar donde menos lo esperesGabriela Bordagaray

    Lunes Era un lunes como cualquiera. Los alumnos llegaban con la misma idea en mente: estaban en su ltimo ao y queran que algo distinto ocurriera. A la clase de Historia vena llegando el profesor Manuel y ms de uno de sus estudiantes se daba cuenta de su no tan llamativo estado. El profesor llevaba la chaqueta y la camisa arrugadas y su cara denotaba que haba pasado mucho tiempo despierto la noche anterior. Mira la cara que trae el profe, cualquiera pensara que le aca- ban de dar una psima noticia dijo rindose uno de los alumnos. No es para la risa, se nota que el profe se siente solo desde hace tiempo explic en voz baja una de sus amigas. Por qu ests tan segura? Yo dira que solo tuvo un mal da dijo otro tambin rindose. Porque, no lo ven? Si el profe Manuel tuviera novia, ella no lo dejara venir con la ropa as, le planchara. Adems se nota en su cara que est solo y amargado. Y me acabo de dar cuenta de algo seal la ltima del grupo de amigos- Vieron su mano? No lleva argolla. El grupito de all atrs, me puede decir cules eran las carac-tersticas del Feudalismo? llam la atencin el profesor, ya que

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  • hace un rato escuchaba rumor de voces y se senta algo observado mientras daba su explicacin. Los amigos dejaron de hablar hasta que termin la clase. Luego del recreo tenan Filosofa con la profesora Amanda. Una de las amigas lleg tarde a la sala y cuando entr not que el humor de la profesora no era el mejor y no era la primera vez en las ltimas semanas. Por intuicin mir directo a su escritorio al acercarse y vio un libro de amor, y no de amor ideal, sino de uno sufrido y mal logrado: Cumbres Borrascosas. Te diste cuenta de lo mismo que yo? le susurr a su amiga al sentarse. De su humor y del libro? S, me llam mucho la atencin. Ya empezaron con lo mismo. Entiendan que solo es una coin-cidencia reclam uno de los chicos. Ya le comenzaba a asustar la actitud de sus amigas. No lo es, mira su mano, tampoco lleva argolla en ese momen-to la profesora sac algo de su bolso: chocolate Miren, siempre come chocolate. Y siempre los viernes va al caf al frente del cole-gio y nunca nadie la acompaa. Debe estar muy sola. En ese momento la profesora Amanda los hizo callar y la ms astuta de ellas escribi en una hoja y se la pas a sus compaeros: Tengo una idea. En el almuerzo deben ayudarnos, quieran o no. Es nuestro ltimo ao! Por qu no hacer algo bueno por alguien? Los chicos lo leyeron y asintieron.

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  • Martes Amanda entra al colegio y marca su tarjeta. Toma el libro de clases y se dirige a su clase. En el camino se cruza con muchos estudiantes y colegas, pero ninguno logra sacarla de sus pensa-mientos. Desea terminar pronto el libro, la conmueve tanto. Cuando llega a su sala no ve a ningn estudiante, viene ade-lantada, como siempre. Pero s nota lo que se luce encima de su escritorio: una hermosa flor roscea, un clavel recin cortado, con un aroma que impregna el ambiente. Sorprendida, no sabe si to-mar el regalo o no. Se decide, y al tomar la flor encuentra una pequea tarjetita, con un mensaje corto y preciso:

    Para Amanda, M.

    Quin le mandara una flor? No tiene novio ni pretendientes, que ella sepa. Pero bueno, despus de todo es un regalo y se sien-te agradecida. Busca un vaso y pone la flor en agua, sin dejar de pensar en el enigmtico sujeto que se esconde tras el clavel. Le encantara agradecerle por aquel presente tan romntico y que la ha dejado en otro mundo.

    Mircoles Tiene sueo, como todas las maanas a esa hora. La noche anterior se ha desvelado nuevamente. El caf del primer recreo logra sacarlo un poco de ese malestar. Camina con su taza a la sala mientras mira su arrugada chaqueta. Siempre piensa que el

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  • fin de semana la planchar, pero el tiempo y las ganas no le alcan-zan. Si al menos no viviera solo Un grupo de nios pequeos corriendo s que lo despiertan y de paso casi le botan su caf. En la sala, comienza a revisar las guas y pruebas que tiene que entregar y revisar, momento en el que se percata que hay un papel de ms entre sus cosas. Una tarjeta, no muy grande, y que solo contiene unas breves palabras:

    Manuel, muchas gracias por la flor, A.

    Desconcertado, reley unas diez veces el mensaje antes de captar la idea. Una flor? l? Que recuerde, no ha regalado nada en los ltimos das, debe ser una equivocacin, piensa. Pero la tar-jeta dice explcitamente su nombre, es para l ese agradecimiento. Piensa que tal vez alguien le juega una broma, pero por algn motivo se siente entusiasmado. Guarda la tarjeta en su mochila y comienza a preguntarse quin puede estar envindole tales sea-les, aunque no est ni cerca de imaginarlo. La profesora Amanda segua en la luna: Haba terminado su libro Cumbres Borrascosas y su amor por la literatura y el ro-mance creca cada da. Era una soadora y no tema demostrarlo. En clases les hablaba de autores reconocidos de Latinoamrica, sobretodo de uno en especial, su favorito: Mario Benedetti. Mezcla lo social con el arte, se expresa tan elegantemente y tiene unos personajes que te identifican tanto. Es realmente un gran escritor y poeta.

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  • Profe, tanto le gusta Benedetti? pregunt un alumno. Por supuesto, es mi autor favorito. Entonces las dos amigas se miraron: acababan de tener una ex- celente idea al escuchar a la profesora y nuevamente necesitaban de la ayuda de sus amigos, quienes ya estaban emocionados con el juego y no les molestaba que sus amigas acudieran a ellos.

    Jueves Despus de clases, Amanda cruza hacia el caf que est frente al colegio. Es un sitio tranquilo donde se sienta a leer. Busca su mesa habitual junto a la ventana. Hay un libro sobre su mesa. Le pre-gunta al joven que atiende, y l le responde que un hombre, joven, ha dejado el libro para ella. Quin? Toma el libro, es pequeo, de bolsillo. Lo primero que ve es el ttulo: Quin de nosotros. Es de Mario Benedetti. Se emociona, es el segundo regalo que recibe en pocos das. Pero este es ms ntimo, ms personal que la flor, por muy hermosa que sta fuera. Una flor podra ser para cualquier mujer, este libro era para ella. Abre el libro y encuentra una dedi-catoria en la primera hoja:

    Para Amanda:Estar donde menos lo esperes, por ejemplo, en un rbol aoso de oscuros cabeceos. Estar en un lejano horizonte sin horas en la

    huella del tacto, en tu sombra y mi sombra. M.

    Mira hacia las dems mesas y hacia la calle. No hay nadie que

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  • parezca observarla. Se siente como una nia, comienza a ilusio- narse con este hombre gentil que le manda flores y libros. Pien-sa que tal vez debera hacer algo para darle las gracias. Sospecha quien puede ser M. Le gustara tener razn. Lo medita por un tiempo mientras toma su caf y finalmente decide esperar un tercer mensaje. De ser as ella lo buscar.

    Viernes Despus de almuerzo, Manuel recibe otra tarjetita agradecin-dole regalos que l no ha dado: debera estar asustado o molesto, pero no lo est. Est asombrado. Reconoce que le gusta esta emo-cin de buscar a quien le manda los mensajes.

    Gracias por el libro, Manuel. Me gustara verte, puede ser hoy en el caf frente al colegio a las 17.00 hrs? Te espero. A.

    Manuel sonre mientras lee la nota. Est casi seguro de quien es A. y tiene muchas ganas de estar en lo cierto. A la misma hora, en otro sitio del colegio, Amanda recibe el tercer mensaje: Quiero conocerte Amanda. Te ver en el caf frente al colegio.

    Nos vemos a las 17.00 hrs. M.

    La tarde les parece eterna. Suena el timbre de la ltima clase. El colegio va quedando vaco. Ambos deciden que quizs ha llegado

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  • el momento de ser felices. Amanda llega al caf 5 minutos antes y se sienta en su mesa de siempre. Pide su taza de caf y saca su nuevo libro de Benedetti. Espera ansiosa mientras pasa la palma de su mano por la cubierta del libro. Manuel est muy nervioso. Son las 17.00 y est junto a la puerta del caf al que lo han citado. Mira a todos lados buscando alguna cara conocida y cuando comienza a desistir, la ve, cabizbaja en una de las mesas del fondo, junto a la ventana. Era ella, como l quera que fuera. Se siente algo avergonzado y piensa si es buena idea entrar. Cuando ha decidido irse antes que ella lo vea, Aman-da se da vuelta hacia la puerta. Era l, como ella quera que fuera. Le sonre. A Manuel le parece realmente hermosa, con su sonrisa de nia y sus ojos francos. l le sonre de vuelta, se arma de valor y avanza hacia su mesa. Se sienta frente a ella, observa el libro y entiende un poco lo sucedido. Ella le toma la mano suavemente, y le agradece con la mirada esa semana llena de sorpresas. En la esquina, semi escondidos detrs de un quiosco de revistas, cuatro estudiantes observan la escena. Vali la pena esta semana de aventuras. Buen trabajo. Se despiden y cada uno toma su rumbo a casa.

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  • Jumper y azul marinoJowa

    Jumper azul marino dos dedos arriba de la rodilla. Hormonas revolucionadas versus amores idealizados. Hombres rockeros y compaeros mateos. Sin maquillaje para ir al colegio, en la casa: ojos delineados. En los tiempos en que el rock sonaba en mi ca-beza y el cabeceo era habitual de todos los fines de semanas. Pelo verde, a la inspectora el da lunes. Pelo negro para el da martes. As sucedan los das, entre lo que uno copiaba, lo que uno era y lo que uno deseaba ser. Mi mam siempre deca: dos dedos arriba de la rodilla. Y yo, siempre cre que el jumper me haca ver como un embutido, recalcando mis cauelas de pollo, para las cuales, usaba tres calcetines minuciosamente arreglados, mientras mis pies se achicharraban. Jockey azul marino, pelo decolorado y piercing en la ceja. Tra- bajo versus universidad, vivir con los padres o vivir en una pensin. Ropa rota, ropa formal. Egresado el 2004, carrera frustrada, mul-tiempleo. Los das trascurran entre vivir la vida como Jim Morri-son y recitar poemas en la azotea de un edificio, o suicidarse a los 27, con estilo, como Kurt Cobain. Su mam siempre le deca que entrara de nuevo a la universidad. l siempre pens que no quera seguir siendo un esclavo. En eso estbamos, mientras comenzaba la historia de un algo.

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  • Porque en estos tiempos uno no tiene pololo, ni novio, uno tie-ne algo. Pero la historia no comienza para los dos por igual. Yo, como digna adolescente idealista, tuve un amor platnico durante dos aos. Desde que lo vi por primera vez andado en bicicleta, con un mechn azul, que rozaba su brazo con ms carnes que mis piernas y yo, caminando con mi jumper y mis cauelas de pollo detrs de 100.000 hebras de hilo. En dos aos, solo haba conseguido recolectar dos datos: le decan Snoopy y a una amiga le gustaba. Las amigas siempre marcaban territorio. Y uno tena que andar fingiendo, por el solo hecho de no andar gritando, a los cuatro vientos, quin te gustaba, -para algo existen los diarios de vida-. Halloween del 2006. Yo, carreteando en la calle con gente que no conoca y tomando Ron barato -el que me costara una caa de 24 horas, en los tiempos en que perder un da, no era tan terrible-. l, con la bicicleta de siempre y con el mismo jockey azul marino, donde ocultaba su rostro. Yo no s cmo uno se puede enamorar de alguien al que nunca le has visto bien el rostro, pero ah en-tra en juego la imaginacin que tanto nos gusta a las idealistas-. Despus descubr que tena pecas y una cara mucho ms dulce de la que yo imaginaba, soando con ese nio rudo con facciones toscas y vida de bohemia. Se llamaba Eduardo y viva a una cuadra de mi casa. En esos entonces yo era pava -al igual que ahora- y no dimensionaba el tiempo y mucho menos el espacio. Cmo! viviendo a una cuadra

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  • de mi casa nunca se me ocurri pasarme por fuera de manera interesante- o dejarle una cartita, con los bordes sin cortar, en la ligustrina de su casa. Eso pensaba mientras el alcohol se suba a mi cabeza y me pas algo como apagar tele. Al otro da despert, me mir al espejo y dos cosas haba perdido: 1- La purificacin de mi hgado virginal 2- La oportunidad de conocer a mi amor platnico.

    No hay adolescencia sin historias desastrosas. Tuvieron que pasar dos meses ms para volver a vernos y que pasara, lo que toda nia quiere que pase: que tomados de la mano, te den un beso en una situacin romntica. Esto fue algo parecido: Un nio me perse-gua, yo arrancaba por todos lados y tem por mi vida. l tom mi mano y dijo: yo te cuidar -con un olor a pucho y algo ms-. Mi estmago se apret y mis manos temblaban como ahora cuando expongo en la universidad-. El me mir, me bes y yo, lo disfrut. Despus miramos la luna rutina que an hago, cada da al volver a casa. Recordando algunas veces, antiguos amores que te producan mariposas en el estmago y sudor en las manos-. Ah descubr que tena pecas y la tez ms blanca de lo imaginado. Despus me confes. Le cont al seor cura-Eduardo, que haba sido mi amor platnico durante dos aos. l me record que nos habamos encontrado en una tocata y que rockeamos juntos. Yo le dije que lo encontraba mino pero que me daba miedo. l me dijo que no me fuera y que yo le gustaba.

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  • Estos, son los momentos en que uno se siente winner y el ego se te sube a nivel mil, dejando atrs, el jumper azul dos dedos arriba de la rodilla. Hasta que te sientes chiquitita y jorobada, cuando l te empieza a hacer insinuaciones de otros niveles, a los que t an no has llegado y no crees estar preparada para llegar-. Los hombres siempre rompen los hechizos con su libido, que es el de un adolescente, hasta que tienen que usar la denigrante pastillita azul. Yo que solo me conformaba con un besito y l hacindome pensar en partes de mi cuerpo, que no s si estaban en las mejores condiciones de ser mostradas y tampoco queran serlo. Yo tem e hice la fuga del hroe romntico. Pero la nica tragedia fue que l se enoj y se busc a otra. De vez en cuando nos encontrbamos caminando entre Reco- leta y Zapadores, el mismo lugar donde lo vi por primera vez. Yo iba con mi pololo y l con la suya. Las miradas eran de un: perdname. La ma, por verme como un embutido con el jumper azul marino. Y la de l, quin sabe. Desde entonces nunca ms me arranqu, pero el arranc de m, sin jumper ni cauelas de pollo, cinco aos despus en un encuentro fugaz tras habernos encon-trado por el Facebook esa pgina web con el logo azul marino-.

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  • La Biblioteca Libre es una biblioteca colectiva creada con los aportes de miles de libros de cientos de personas, para que stos sean compartidos entre todos y no se pierdan en los hogares.

    Siempre en la lnea de compartir y generar conoci-miento, quisimos ampliar esta Biblioteca de libros e historias ya ledas, para divulgar historias inditas de personas que sientan el impulso, la necesidad o las ganas de compartirlas, a travs de un concurso literario abierto a toda la comunidad.

    As, Amores de colegio recoge 10 de las ms de 160 historias que recibimos en nuestro primer concurso, contando alguna vivencia memorable de la etapa escolar. Amores y desamores, celos y desilusiones, declaraciones fallidas, momentos irrepetibles... El papel dio para todo, y justamente eso buscbamos: despertar tu apetito literario, despojar tu vergenza y explotar tu creatividad.

    Amores de ColegioCuentos seleccionados