algernon blackwood Confesión y otros cuentos.docx

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ConfesinEl MaletnLa Casa del PasadoLa Locura de Jones: un estudio sobre la reencarnacinLa TransferenciaLa SendaLuces AntiguasManteniendo una promesaTransicin

Confesin.Confession; Algernon Blackwood (1869-1951)

La niebla se arremolinaba a su alrededor, empujada por un fuerte movimiento propio, pues no haba viento. Flotaba formando densas volutas y espirales txicas; suba y bajaba; las luces de las de la calle y los automviles no lograban penetrarla, aunque aqu y all algn escaparate grande formaba manchas de luz tenue sobre su cortina en perpetuo movimiento.

A O'Reilly le dolan los ojos debido al incesante esfuerzo de ver a un pie ms all de su rostro. El nervio ptico se cansaba, y la visin, por consiguiente, era cada vez menos precisa. Al avanzar cautelosamente a travs de la sofocante oscuridad, tosi. Slo el ahogado ruido del lento trfico le persuada de que se encontraba realmente en una ciudad populosa; esto y las vagas sombras de figuras que iban a tientas, enormemente aumentadas, que surgan sbitamente para desaparecer de nuevo, al avanzar a tientas haca destinos inciertos.

Sin embargo, las figuras eran seres humanos; eran reales. Al menos saba eso. Oa sus voces apagadas, cercanas, lejanas, extraamente sofocadas. Tambin oa el golpeteo de numerosos bastones. Estas formas fantasmagricas representaban gente viva. No estaba solo.

Lo que le obsesionaba era el temor a encontrarse completamente solo, pues todava era incapaz de cruzar un espacio abierto sin ayuda. Tena la resistencia fisica, era el cerebro lo que le fallaba. A mitad del camino podra invadirle el pnico, se estremecera completamente, se disolvera su voluntad, gritara pidiendo ayuda, correra furiosamente. Todava no estaba curado, aunque en condiciones normales estaba bastante seguro, tal como le haba confirmado el Dr. Henry.

Cuando una hora antes tom el metro en Regent's Park el aire era claro, el sol de noviembre luca brillante, el cielo azul estaba despejado y la presuncin de que podra cruzar la ciudad de Londres solo estaba justificada. Al da siguiente tena que partir para Brighton a pasar la ltima semana de convalecencia; esta prueba preliminar de su fortaleza en una brillante tarde de noviembre iba a serle beneficiosa. El doctor Henry le dio instrucciones precisas: Cambie en Piccadilly Circus -sin dejar la estacin del metro, recuerde- y salga en South Kensington. Ya tiene la direccin de su amiga del Departamento de Ayuda Voluntaria. Tome su taza de t con ella y luego regrese de la misma manera a Regent's Park. Regrese antes de que oscurezca, lo ms tarde a las seis. Es mejor". Le haba explicado los giros que tena que hacer al abandonar la estacin, tantos a la derecha y tantos a la izquierda; era algo confuso, pero la distancia era corta. Siempre puede preguntar. Es imposible que se equivoque.

Sin embargo, la niebla desdibujaba estas instrucciones, que en su cerebro se convirtieron en un confuso revoltijo. La imposibilidad de ver reaccion en su memoria. Adems, la D. A. V. le haba advertido de que su direccin no era fcil de encontrar. La casa se encontraba en un lugar retirado. Pero con su sentido de la orientacin en zonas poco habitadas probablemente lo conseguira mejor que cualquier londinense! Tampoco ella haba calculado la niebla.

Cuando O'Reilly subi las escaleras de la estacin de South Kensington, emergi a una oscuridad tan tenebrosa que pens que todava estaba bajo tierra. A su alrededor se extenda un mundo impenetrable. Solamente un pequeo claro en la hmeda atmsfera le indic que se encontraba a cielo abierto. Durante algn rato se qued quieto y mirando la horrible niebla de Londres. Con sorpresa y el ms vivo inters disfrut del nuevo espectculo durante unos diez minutos, mirando cmo la gente llegaba y se desvaneca, y preguntndose por qu las luces de la estacin se apagaban completamente en el instante en que tocaban la calle; despus, con sentido de aventura abandon el edificio cubierto y se sumergi en el opaco mar.

Repitindose las instrucciones que haba recibido -primera a la derecha, segunda a la izquierda, otra vez a la izquierda y as sucesivamente- comprobaba cada giro asegurndose de que era imposible equivocarse. Hizo progresos correctos aunque lentos, hasta que alguien choc con l y le hizo una pregunta repentina y sorprendente.

-Sabe usted si voy bien para la estacin de South Kensington?

Fue lo imprevisto lo que le sorprendi; un momento no haba nadie, al siguiente estaban cara a cara, otro momento y el extrao haba desaparecido en la oscuridad tras dar cortsmente las gracias. Pero el pequeo sobresalto de la interrupcin le haba perturbado. Ya haba doblado dos veces hacia la derecha, O no? O'Reilly se dio cuenta repentinamente de que haba olvidado sus instrucciones. Se qued quieto haciendo arduos esfuerzos para recuperarse, pero cada esfuerzo le dejaba ms inseguro que antes. Cinco minutos despus estaba perdido y tan desesperado como un habitante de la ciudad que sale de su tienda en un bosque sin hacer marcas en los rboles para poder encontrar el camino de regreso. Incluso el sentido de la direccin, tan fuerte en l entre los bosques de su tierra, haba desaparecido por completo. No haba estrellas, no haba viento, ni olor, ni ruido de agua que corre. En ningn lado haba nada que pudiera guiarle, nada sino ocasionales contornos confusos, el caminar a tientas, arrastrando los pies, el aparecer y desaparecer en la arremolinada niebla, pero raramente a una distancia para poder hablar ni, mucho menos, tocar. Estaba completamente perdido; ms an, estaba solo.

Pero a pesar de todo no completamente solo. En su inmediata cercana todava haba figuras. Surgan, se desvanecan, reaparecan, se disolvan. No, no estaba completamente solo. Vea esos espesamientos de la niebla, oa sus voces, el sonido de sus cautelosos bastones, y tambin sus pies que se arrastraban. Eran reales. Se movan, pareca, en crculo alrededor de l, sin acercarse demasiado.

-Pero son reales -se dijo en voz alta, traicionando el punto dbil de su coraza-. S, son seres humanos. Estoy seguro de ello.

Nunca haba discutido con el Dr. Henry sobre ningn punto. Pero siempre haba tenido su propia idea acerca de estas figuras, porque entre ellas estaban bastante a menudo sus propios compaeros del horror de Somme, Gallipoli, de Mespot tambin. Y deba conocer a sus compaeros cuando los vea! Al mismo tiempo saba muy bien que haba sufrido un shock, que su ser se haba dislocado, como si se hubiera disuelto a medias y su sistema se hubiera desequilibrado de tal manera que su registro se haba vuelto impreciso. Cierto. Comprenda eso perfectamente. Pero, en ese shock y esa dislocacin, no habra adquirido posiblemente otro mecanismo? No habra huecos y bordes rotos, piezas que ya no encajaban, ajustadas como siempre, intersticios, en una palabra? S, esa era la palabra: intersticios. Fisuras, por decirlo as, entre su percepcin del mundo exterior y su interpretacin interna del mismo? Entre los diversos estados de conciencia, que generalmente encajaban tan perfectamente que las uniones eran normalmente imperceptibles?

Su estado, lo saba bien, era anormal; pero, eran irreales sus sntomas de este relato? No podrian ser utilizados estos intersticios por... otros? Cuando vea sus figuras, sola preguntarse: No son stos los reales y los otros -los seres humanos- los irreales? Ahora esta pregunta reviva en l con una nueva intensidad. Eran reales o irreales estas figuras que vea en la niebla? El hombre que le haba preguntado el camino hacia la estacin, no era, despus de todo, simplemente una sombra?

Utilizando su bastn y sus pies y la poca visin que le quedaba, supo que se encontraba en una isla. A su lado se eriga una farola que proyectaba su dbil mancha de luz. Sin embargo, haba tambin barandas metlicas, y eso le sorprenda, pues su bastn golpeaba las barras metlicas formando claramente una sucesin. Y en una isla no deba de haber barandas. A pesar de todo, estaba completamente seguro de que haba cruzado un terrible espacio abierto para llegar a donde estaba. Su confusin y aturdimiento aumentaban con peligrosa rapidez. El pnico no estaba lejos.

Ya no estaba en un trayecto de autobs. Algn taxi pasaba muy despacio ocasionalmente, como una mancha blanquecina en la ventanilla que mostraba un preocupado rostro humano; de vez en cuando pasaba una camioneta o un carro, con el carretero llevando una linterna para que el caballo no tropezara. Esto le confortaba, por raros que parecieran. Pero eran las figuras lo que ms le llamaba la atencin. Estaba completamente seguro de que eran reales. Eran seres humanos como l. Por todo esto, decidi que en este punto tambin podria ser positivo. Por consiguiente, eligi una, un hombre corpulento que surgi repentinamente de la misma tierra frente a l.

-Puede indicarme el camino hacia Morley Place? -pregunt.

Pero su pregunta fue ahogada por la que le hizo simultneamente el otro con voz mucho ms fuerte que la suya.

-Sabe si voy bien para la estacin del metro? Estoy completamente perdido. Busco South Kent.

Y en el momento en que O'Reilly haba sealado la direccin de la que l proceda, el hombre ya se haba marchado de nuevo, borrado, tragado, ni siquiera sus pasos eran audibles, como si nunca hubiera estado all.

Esto le dej una impresin muy desagradable, un sentido de aturdimiento mayor que antes. Esper cinco minutos sin atreverse a dar un paso y luego lo intent con otra figura, sta una mujer, quien, afortunadamente, conoca perfectamente los alrededores. Le dio instrucciones detalladas de la manera ms amable posible y luego se desvaneci con increble rapidez y facilidad en el mar de oscuridad. La manera instantnea cmo se haba desvanecido era descorazonadora, inquietante: fue misteriosamente abrupta y repentina. Pero sin embargo le confort. Segn la versin de ella, Morley Place estaba a menos de doscientas yardas de donde se encontraba. Empez a avanzar, paso a paso, utilizando su bastn, cruzando un vertiginoso espacio abierto, golpeando el bordillo alternativamente con las dos botas, tosiendo y atragantndose continuamente mientras lo haca.

-De cualquier modo, creo que eran reales -dijo en voz alta-. Las dos eran bastante reales. Y quiz la niebla pronto se levante un poco! -estaba haciendo un gran esfuerzo para seguir caminando. Casi luchaba. Se daba perfecta cuenta. El nico punto era la realidad de las figuras. Se puede levantar en cualquier momento -repiti en voz alta. A pesar del fro, sudaba profusamente.

Pero, naturalmente, la niebla no se levant. Las figuras se hicieron tambin escasas. No se oan carros. Haba seguido cuidadosamente las instrucciones, pero ahora se encontraba, evidentemente, en algn camino poco frecuentado en el que los peatones eran escasos incluso con buen tiempo. A su alrededor haba un sombro silencio. Su pie perdi el bordillo, su bastn barri el aire vaco, sin golpear nada slido, y el pnico se apoder de l, dejndole estremecido y helado. Estaba solo, se saba solo, y peor an... estaba en otro espacio abierto.

Cruzar aquel espacio abierto le llev quince minutos, la mayor parte a gatas, inconsciente del fro lodo que manchaba sus pantalones y congelaba sus dedos, atento solamente a sentir de nuevo un apoyo slido contra su espalda y su espina dorsal. Se acercaba el momento del colapso, el grito ya sala de su garganta, el temblor de todo su cuerpo era ya incontrolable cuando sus dedos dieron con un acogedor bordillo y vio una tenua mancha de luz que se difunda sobre su cabeza. Con un gran y rpido esfuerzo se levant, y un momento despus su bastn golpeaba una baranda. Se inclin contra ella, agotado, jadeando, con su corazn latiendo penosamente mientras la farola le proporcionaba el consuelo adicional de su dbil luminosidad, aunque la llama real era invisible. Mir a uno y otro lado; el pavimento estaba desierto. Estaba engullido en el oscuro silencio de la niebla.

Pero saba que ahora Morley Place deba estar muy cerca. Pens en la pequea y amigable D. A. V. que haba conocido en Francia, en un fuego tibio y luminoso, en una taza de t y un cigarrillo. Un esfuerzo ms, pens, y todo eso sera suyo. Avanz a tientas con resolucin otra vez, arrastrndose lentamente junto a la barandilla. S las cosas fueran otra vez realmente mal, llamaria a un timbre y pedira ayuda, por ms que rechazara la idea. Suponiendo que no tuviera que cruzar ms espacios abiertos, suponiendo que no viera ms figuras emergiendo y desvanecindose como criaturas nacidas de la niebla y viviendo en ella como si fuera su elemento nativo -ahora eran las figuras lo que tema ms que otra cosa, incluso ms que la soledad-, suponiendo que el sentido del pnico...

Un ligero oscurecimiento de la niebla debajo de la farola siguiente llam su atencin. Se detuvo. Esta vez no se trataba de una figura, era la sombra de la columna grotescamente ampliada. No se mova. Se mova hacia l. Por su interior fluy una llama de fuego seguida de hielo. Era una figura, muy cerca de su rostro. Era una mujer.

De repente record el consejo del doctor, el consejo que le haba curado de un centenar de fantasmas:

No las ignore. Trtelas como si fueran reales. Hbleles y vaya con ellas. Pronto probar su irrealidad. Y ellas le dejarn.

Hizo un esfuerzo valiente y tremendo. Estaba temblando. Una mano agarr la hmeda y helada barandilla.

-Se perdi como yo, verdad, seora? -dijo con voz temblorosa-. Sabe usted dnde estamos realmente? Estoy buscando Morley Place...

Se call de repente. La mujer se acercaba ms y por primera vez vio claramente su rostro. Su palidez fantasmagrica, los ojos brillantes y asustados que miraban con una especie de aturdimiento hacia los suyos, su belleza, sobre todo, dejaron sus palabras sin terminar. La mujer era joven, y su alta figura envuelta en un abrigo oscuro de piel.

-Puedo ayudarla? -pregunt irreflexivo, olvidndose de su propio terror momentneo.

Estaba ms que asustado. El aire de angustia y dolor de ella despert en l una afliccin peculiar. Durante un momento ella no contest, acercando su cara plida como si le examinara, tan cerca que apenas pudo controlar su instinto de retroceder un poco.

-Dnde estoy? -pregunt por fin, buscando fijamente sus ojos-. Me he perdido. No puedo encontrar mi camino de regreso.

Su voz era dbil, un curioso gemido que despert extraamente su lstima. Sinti que su propia angustia se funda con otra todava mayor.

-Me pasa lo mismo -contest ms confiado-. Y tambin me aterroriza estar solo. He sufrido neurosis de guerra, ya sabe. Vayamos juntos. Juntos encontraremos un camino.-Quin es usted? -murmur la mujer mirndole todava con sus grandes ojos brillantes, aunque su angustia no haba disminuido ni una pizca. Le miraba como si se hubiera dado cuenta repentinamente de su presencia.

l se lo cont brevemente.

-Y ahora voy a tomar el t con una amiga D. A. V. en Morley Place. Cul es su direccin? Conoce el nombre de la calle?

Daba la impresin de que ella no le oa o no le comprenda por completo; era como si ya no le escuchara.

-Sal tan de repente, tan inesperadamente -escuch la dbil voz con angustia en cada slaba-; no puedo encontrar el camino de mi casa. Precisamente cuando le esperaba, tambin... -miro a su alrededor con una expresin de inquietud que a O'Reilly le hizo desear tomarla en sus brazos inmediatamente para salvarla-. Quiz ya est all ahora... esperndome en este mismo momento... y yo no puedo regresar.

Tan triste era su voz que slo haciendo un esfuerzo O'Reilly evit extender la mano para tocarla. En su deseo de ayudarla se olvidaba cada vez ms de s mismo. Su belleza y la maravilla de sus extraos ojos brillantes en su cara plida tenan un inmenso atractivo. Se calm un poco. Esta mujer era bastante real. Le pregunt de nuevo su direccin, la calle y el nmero, la distancia a la que crea que estaba.

-Tiene usted alguna idea de la direccin, seora, aunque slo sea una idea? Iremos juntos y...

De repente le interrumpi. Gir su cabeza como si escuchara, de manera que vio momentneamente su perfil, la lnea de su delgado cuello, un destello de joyas debajo del abrigo de pieles.

-Escuche! Le oigo llamar! Recuerdo...! -y se apart de su lado y se introdujo en la arremolinada niebla.

Sin dudar un instante, O'Reilly la sigui, no slo porque deseaba ayudarla, sino porque no se atreva a quedarse solo. La presencia de esta mujer extraa y extraviada le haba animado; sucediera lo que sucediera, no deba perderla de vista. Tuvo que correr, tan rpida iba, siempre delante de l, avanzando con confianza y seguridad, doblando a derecha e izquierda, cruzando la calle sin detenerse nunca, sin dudar, con su compaero siempre pisndole los talones jadeando y con un creciente terror a perderla de vista en cualquier momento. El modo cmo encontraba su camino a travs de la densa niebla era bastante sorprendente pero el nico pensamiento de O'Reilly era no perderla de vista para que no volviera a invadirle el pnico con su inevitable colapso en la calle solitaria y oscura. Era una persecucin furiosa y agotadora, y le era difcil mantenerla a la vista, como una fugaz sombra siempre algunas yardas delante de l. Ella no gir la cabeza ni una sola vez, no produca ningn sonido, ningn grito; avanzaba corriendo con instinto firme. Tampoco se le ocurri ni una sola vez que la persecucin fuera extraa; ella era su salvacin, y de esto es de lo nico que se daba cuenta.

Sin embargo, despus record una cosa, aunque en aquel momento solamente registr el detalle sin prestarle atencin: dejaba en la atmsfera un perfume, uno, adems, que conoca, aunque mientras corra no pudo recordar el nombre. Estaba vagamente asociado, para l, con algo desagradable, algo repugnante. Lo relacion con el sufrimiento y el dolor. Le transmiti un sentimiento de desasosiego. En aquel momento no pudo notar ms que eso, ni tampoco pudo recordar dnde haba conocido antes este aroma particular.

Y luego la mujer se detuvo sbitamente, abri una verja y pas a un pequeo jardn privado; tan sbitamente que O'Reilly, que le pisaba los talones, evit por muy poco abalanzarse sobre ella.

-La ha encontrado? -grit l-. Puedo entrar un momento con usted? Me dejar telefonear al doctor?

Ella se gir al instante. Su rostro, muy cerca del suyo, estaba lvido.

-Doctor! -repiti con un horrible susurro.

La palabra le produjo terror. O'Reilly se qued sorprendido. Durante uno o dos segundos ninguno de ellos se movi. La mujer pareca petrificada.

-El Dr. Henry, ya sabe -tartamude, recuperando de nuevo su habla-. Estoy bajo su cuidado. Vive en Harley Street.

Su rostro se ilumin tan sbitamente como se haba oscurecido, aunque en sus grandes ojos todava flotaba la expresin de aturdimiento y dolor. Pero el miedo la abandon, como si de repente hubiera olvidado alguna asociacin que lo haba revivido.

-Mi hogar murmur-. Mi hogar est en alguna parte cerca de aqu. Estoy cerca de l. Debo regresar, a tiempo, para l. Debo hacerlo. l viene hacia m.

Y tras decir estas extraordinarias palabras se volvi, avanz por el estrecho sendero y se detuvo en el porche de una casa de dos pisos antes de que su compaero se hubiera recuperado suficientemente de su asombro para moverse o decir alguna silaba de respuesta. La puerta principal, vio, estaba entornada. Haba sido dejada abierta.

Durante cinco segundos, quiz durante diez, dud; era el miedo a que la puerta se cerrara y le dejara fuera lo que dio decisin a su voluntad y a sus msculos. Subi las escaleras corriendo y sigui a la mujer hasta un vestbulo oscuro en el que ella ya le haba precedido, y en medio de cuya oscuridad finalmente se haba desvanecido. Cerr la puerta sin saber exactamente por qu lo haca, e inmediatamente tuvo el presentimiento de que la casa en la que ahora se encontraba con esta mujer desconocida estaba vaca y desocupada. Sin embargo, en una casa se senta seguro. Su peligro estaba en las calles abiertas. Permaneci esperando y escuchando un momento antes de hablar; y oy a la mujer que se mova por el pasillo de puerta en puerta, repitiendo para s con su dbil voz de desgraciado lamento algunas palabras que no pudo comprender.

-Dnde est? Dnde est? Debo regresar...

Entonces O'Reilly se encontr repentinamente aquejado de mudez, como si, con aquellas extraas palabras, le sobreviniera y le invadiera un terror obsesionante en la oscuridad.

Es ella una figura despus de todo?, pasaba con letras de fuego por su entumecido cerebro."Es irreal o real?

Buscando alivio en la accin de cualquier clase, extendi automticamente una mano y tante a lo largo de la pared en busca de un interruptor elctrico, y aunque lo encontr por alguna milagrosa casualidad, ningn destello respondi a su accionamiento. Y la voz de la mujer surgi de la oscuridad.

-Ah! Ah! Al fin la encontr! Estoy de nuevo en casa, por fin!

Oy que en el piso de arriba se abra y cerraba una puerta. l estaba ahora en la planta baja, solo. Sigui un completo silencio.

En el conflicto entre varias emociones -miedo hacia s mismo para que no volviera a dominarle el pnico, miedo por la mujer que le haba conducido a aquella casa vaca y ahora le abandonaba a causa de alguna misteriosa misin que le hizo pensar en la locura-, en este conflicto que le mantuvo hechizado un momento, haba un ingrediente todava mayor que solicitaba una explicacin inmediata, pero una explicacin que l no poda encontrar. Era real o irreal la mujer? Era un ser humano o una "figura"? El horror de la duda le obsesionaba con una aguda inquietud que se traicionaba a s misma en respuesta a aquel inoportuno temblor interno que saba que era peligroso.

Lo que le salv de una crisis que habra tenido necesariamente resultados ms peligrosos para su cerebro y su sistema nervioso en general parece haber sido el hecho excepcional de que senta ms por la mujer que por l mismo. Su simpata y su lstima haban sufrido una honda impresin; su voz, su belleza, su angustia y aturdimiento, todo poco comn, inexplicable y misterioso, formaban juntos una peticin que situ la suya en segundo trmino. Adems de esto estaba el detalle de que ella le haba dejado, se haba ido a otro piso sin decir una palabra, y ahora, detrs de una puerta cerrada en una habitacin de arriba, se encontraba cara a cara por fin con el objeto desconocido de su frentica busca, con "ello", fuere lo que fuere lo que pudiera ser "ello". Real o irreal, figura o ser humano, el impulso que venca en su ser era que deba ir hacia ella.

Fue este claro impulso lo que le dio la decisin y energa para hacer lo que hizo despus. Encendi una cerilla, encontr un pedazo de vela y avanz con ayuda de la parpadeante luz a lo largo del pasillo y de las escaleras sin alfombrar. Se mova cautelosamente, aunque no saba por qu lo haca de esa manera. La casa estaba ciertamente sin ocupar; los muebles amontonados estaban cubiertos con fundas; a travs de las puertas entreabiertas, vislumbr pinturas colgadas en las paredes y repisas tapadas. Sigui avanzando sin parar, movindose de puntillas como si fuera consciente de que era observado, notando el hueco oscuro del vestbulo y las grotescas sombras que sus movimientos proyectaban en las paredes y el techo. El silencio era desagradable, pero, recordando que la mujer estaba esperando a alguien, no deseaba que se rompiera. Alcanz el rellano y permaneci inmvil. Al apantallar la vela para examinar la escena, su vista dio con un pasillo con puertas cerradas a ambos lados. Detrs de cul de estas puertas, se pregunt, estaba la mujer, figura o ser humano, ahora sola con ello?

No haba nada que le guiara, pero un instinto le envi hacia adelante otra vez hacia lo que bucaba. Prob una puerta de la derecha: una habitacin vaca, con los colchones enrollados sobre la cama. Prob una segunda puerta dejando la primera abierta detrs de l, y se encontr con otro dormitorio vaco. Al salir de nuevo al pasillo se qued un momento esperando y luego grit fuerte con voz grave que, a pesar de todo, levant desagradables ecos en el vestbulo del piso de abajo.

-Dnde est usted? Quiero ayudarla. En qu habitacin est?

No hubo respuesta; casi le alegr no oir ningn sonido, pues saba muy bien que estaba esperando en realidad otro sonido, los pasos de quien era esperado. Y la idea de encontrarse con este desconocido hizo que se estremeciera, como si tuviera relacin con un dilogo que tema con su corazn y que deba evitar a toda costa. Tras esperar unos momentos, not que su vela se estaba apagando y cruz el rellano con un sentimiento de duda y determinacin a la vez hacia una puerta al lado opuesto de donde se encontraba. La abri; no se detuvo en el umbral. Manteniendo la vela con el brazo extendido, entr con decisin.

E instantneamente su olfato le dijo que por fin haba acertado, pues el olor del extrao perfume, aunque esta vez mucho ms fuerte que antes, le dio la bienvenida haciendo que sus nervios volvieran a estremecerse. Ahora saba por qu estaba asociado con algo desagradable, con el dolor, con el sufrimiento, pues lo reconoci: era el olor de un hospital. En esta habitacin se haba utilizado un poderoso anestsico, y haca poco.

Simultneamente con el olor, la vista tambin le envi un mensaje. Sobre la gran cama doble que haba detrs de la puerta, a su derecha, yaca ante su asombro la mujer con su abrigo oscuro de pieles. Vio las joyas en su delgado cuello; pero los ojos no los vio, pues estaban cerrados, se dio cuenta inmediatamente, mortalmente. El cuerpo yaca completamente estirado e inmvil. Se acerc. Una raya delgada y oscura que sala de sus labios abiertos y bajaba hacia el mentn, perdindose dentro del cuello de pieles, era un hilo de sangre. Apenas estaba seco. Brillaba.

Fue extrao quizs que, mientras los miedos imaginarios tenan el poder de paralizarle, mente y cuerpo, esta visin de algo real tuvo el efecto de restaurar su confianza. La visin de la sangre y la muerte en condiciones bastante horribles e incluso monstruosas, no era una cosa nueva para l. Se acerc tranquilamente y toc con mano firme la mejilla de la mujer, con la tibieza de la vida reciente todava en su tersura. El fro final todava no haba invadido esta forma vaca cuya belleza, en su perfecta quietud, haba adquirido la nueva dulzura de una lozana sobrenatural. Plida, silenciosa, vaca, yaca ante l iluminada por el parpadeo de su vela goteante. Levant el abrigo de pieles para sentir el inanimado corazn. Haca dos horas como mximo, juzg, este corazn funcionaba afanosamente, la respiracin pasaba por esos labios abiertos. Los ojos brillaban en su absoluta belleza. Su mano tropez con un botn duro, la cabeza de un largo alfiler de acero clavado en el corazn hasta su extremo.

Entonces supo cul era la figura, cul era la real y cul la irreal. Supo tambin qu haba querido decir ello.

Pero antes de que pudiera pensar o reflexionar, antes de que pudiera incluso incorporarse de su posicin inclinada sobre el cuerpo que estaba sobre la cama, se escuch a travs de la casa vaca el fuerte ruido de la puerta principal que se cerraba. Le invadi aquel otro temor que haba olvidado durante tanto rato, el temor a s mismo. El pnico de sus propios nervios perturbados descenda con irresistible embestida. Se volvi, se le apag la vela debido al violento temblor de su mano y sali precipitadamente de la habitacin.

Los diez minutos siguientes parecieron una pesadilla. De lo nico que se dio cuenta fue de que los pasos ya sonaban en las escaleras, acercndose rpidamente. El parpadeo de una linterna jug en la baranda, cuyas sombras corran con rapidez junto a la pared, mientras la mano que sostena la luz ascenda. En un frentico segundo pens en la polica, en su presencia en la casa, en la mujer asesinada. Era una combinacin siniestra. Pasara lo que pasara, deba huir sin siquiera ser visto. Su corazn lata furiosamente. Se precipit por el rellano hasta la habitacin opuesta, cuya puerta haba dejado afortunadarnente abierta. Y por alguna increble casualidad no fue visto ni odo por el hombre que, un momento ms tarde, lleg al rellano, entr en la habitacin en la que yaca el cuerpo de la mujer y cerr la puerta cuidadosamente detrs de l.

Temblando, sin atreverse apenas a respirar para que no le oyera, O'Reilly, atrapado por su propio terror, residuo de su incurada neurosis de guerra, no pens en qu podria pedirle o no pedirle. Slo pensaba en s mismo. Se dio cuenta de un problema claro: de que deba salir de la casa sin ser visto ni odo. Quin era el recin llegado no lo saba, al margen de una misteriosa seguridad de que no era a l a quien la mujer haba "esperado", sino al propio asesino, y de que era el asesino, a su vez, quien esperaba a esta tercera persona. En aquella habitacin con la muerte a su lado, una muerte que l mismo haba ocasionado una o dos horas antes, el asesino se ocultaba ahora esperando su segunda vctima. Y la puerta estaba cerrada. Sin embargo, a cada minuto podria abrirse de nuevo, cortando la retirada.

O'Reilly sali silenciosamente, cruz rpidamente el rellano, alcanz las escaleras y empez, con la mayor precaucin, el peligroso descenso. Cada vez que las tablas desnudas crujan bajo su peso su corazn se sobresaltaba. Probaba cada escaln antes de pisarlo, distribuyendo todo el peso que poda sobre la baranda. Estaba a ms de medio camino cuando, ante su horror, su pie toc una tachuela de alfombra que sobresala; resbal en la pulida madera y solamente evit caer de cabeza al agarrarse furiosamente al pasamanos, produciendo un alboroto que le pareci como la explosin de una granada de mano en unas apartadas trincheras. Entonces sus nervios le traicionaron y le domin el pnico. En el silencio que sigui al eco que retumb, oy que en el piso de arriba se abra la puerta del dormitorio.

Era intil esconderse. Tambin era imposible. Baj el ltimo tramo de escaleras saltndolas de cuatro en cuatro, lleg al vestbulo, lo cruz rpidamente y abri la puerta principal justo cuando su perseguidor, linterna en mano, cubria la mitad de las escaleras detrs de l. Tras cerrar la puerta de golpe, se sumergi precipitadamente en la oscura niebla exterior.

Ahora la niebla no le produca terror, sino que agradeci su manto protector; ni tampoco importaba en qu direccin corra mientras se alejara de la casa de la muerte. Naturalmente, el perseguidor no le haba seguido hasta la calle. Cruz espacios abiertos sin un solo temblor. Sin embargo, corri en crculo, aunque sin darse cuenta de que lo haca. No haba gente a su alrededor, ni una sola sombra pas a tientas junto a l, ningn ruido de trfico lleg a sus odos cuando se detuvo a respirar por fin apoyado en una baranda. Y luego descubri que no llevaba el sombrero. Ahora lo recordaba. Al examinar el cuerpo, en parte por respeto y en parte quiz inconscientemente, se lo haba quitado y lo haba dejado sobre la misma cama.

Estaba all, como indicio de irrecusable evidencia, en la casa de la muerte. Y por su mente pas como un relmpago una serie de consecuencias. Afortunadamente era un sombrero nuevo; an no haba escrito sus iniciales en l; pero la marca de fabricante estaba all y la polica ira de inmediato a la tienda en que lo haba comprado haca slo dos das. Recordara su apariencia el personal de la tienda? Recordaran su visita, la fecha, la conversacin? Pens que era improbable; se pareca a docenas de hombres; no tena ninguna peculiaridad destacada. Intent pensar, pero su mente estaba confundida y perturbada. Su corazn lata terriblemente, se senta enfermo. Busc alguna excusa que justificara el hecho de que se encontrara en la niebla y lejos de su casa sin sombrero. No se le ocurri ni una sola idea. Se agarr a la helada barandilla, apenas capaz de mantenerse en pie, muy cerca del colapso... cuando se repente surgi de la niebla una figura, se detuvo un momento para mirarle, extendi una mano para sostenerle y a continuacin le habl.

-Mi querido seor, est usted enfermo -dijo una amable voz de hombre-. Puedo serle de alguna ayuda? Venga, deje que le ayude. Venga, tome mi brazo, quiere? Soy mdico. Afortunadamente tambin, est precisamente junto a mi casa. Entre.

Y medio arrastr y medio empuj a O'Reilly, que ahora bordeaba el colapso, escaleras arriba y abri la puerta con su llave.

-Me sent sbitamente perdido en la niebla, pero pronto me recuperar, muchsimas gracias -tartamude, agradecido, sintindose ya mejor.

Se hundi en un silln del vestbulo mientras el otro dejaba un paquete que llevaba y le conduca poco despus a una habitacin; arda un fuego resplandeciente; las lmparas elctricas estaban agradablemente apantalladas; en una pequea mesa junto a un silln haba una jarra de whisky y un sifn; y antes de que O'Reilly pudiera decir nada ms, el otro le sirvi un vaso y le orden que se lo bebiera despacio, y que no se molestara en hablar hasta que estuviera mejor.

-Esto le animar. Bbaselo despacio. Nunca deba haber salido en una noche como sta. Si tiene que ir lejos, ser mejor que me permita hospedarle.-Muy amable, de verdad, muy amable -murmur O'Reilly, recuperndose ante el alivio de la presencia de alguien que ya le agradaba y hacia quien se senta incluso atrado.-No hay ningn problema -respondi el doctor-. He estado en el frente, ya sabe. Conozco cual es su problema, neurosis de guerra, apostara.

Muy impresionado por el rpido diagnstico del otro, observ tambin su tacto y delicadeza. Por ejemplo, no haba hecho referencia a la ausencia de sombrero.

-Es cierto -dijo-. Estoy en manos del Dr. Henry, en Harley Street -y aadi algunas palabras sobre su caso.

El whisky haca su efecto. El otro le tendi un cigarrillo; empezaron a hablar acerca de sus sntomas y de su recuperacin; recobr en gran parte su confianza. Los modos y personalidad del doctor le ayudaron, pues en su rostro haba fortaleza y amabilidad, aunque sus facciones mostraban una determinacin inusual suavizada por una repentina seal de sufrimiento en sus ojos brillantes y convincentes. Era el rostro de un hombre, pens O'Reilly, que haba visto muchas cosas y que probablemente haba conocido el infierno, pero de un hombre que era sencillo, bueno, sincero. Pero a pesar de todo, de un hombre con quien no se poda jugar; detrs de su amabilidad se ocultaba algo muy severo. Este efecto de su carcter y personalidad despert en el otro el respeto adems de la gratitud. Estimulaba su simpata.

-Usted me anima a formular otra suposicin -dijo el hombre desde la acertada interpretacin del estado del improvisado paciente-. La de que usted ha tenido, digamos, un fuerte shock hace muy poco, y que le alivaria desahogarse con alguien que pudiera comprenderle.-Alguien que pudiera comprender -repiti-. Este es precisamente mi problema. Ha dado usted con ello. Es todo tan increble.

El otro sonri.

-Cunto ms increble mayor necesidad de expresarse. Como sabe, la contencin es peligrosa en casos como ste. Usted cree que lo ha ocultado, pero espera el momento adecuado y regresa de nuevo, causando grandes problemas. La confesin, ya sabe -dijo enfatizando la palabra-, la confesin es buena para el alma!-Tiene toda la razn -asinti.

-Ahora, si puede, cobre el nimo suficiente para contrselo a alguien que le escuchar y le creer; a m mismo, por ejemplo. Soy mdico, estoy acostumbrado a estas cosas. Considerar todo lo que diga como secreto profesional, naturalmente; y, como no nos conocemos, el que yo le crea o no le crea no tiene ninguna consecuencia especial. Sin embargo, debo decirle por adelantado, creo que puedo prometrselo, que creer todo lo que tenga que decirme.

O'Reilly cont su historia sin ms, pues la indicacin del hbil mdico haba encontrado un terreno fcil. Durante la narracin, los ojos de su anfitrin no dejaron de mirar los suyos ni un solo instante. No mova ni un msculo de su cuerpo. Su inters pareca intenso.

-Algo increble, verdad? -dijo al acabar su relato-. Y la cuestin es... -continu con una amenaza de locuacidad que el otro cort instantneamente.-Es extrao, s, pero no increble! -interrumpi el doctor-. No veo ninguna razn para no creer un solo detalle de lo que me acaba de contar. Cosas igualmente notables suceden en todas las ciudades grandes, como s por experiencia personal. Podria darle ejemplos -se detuvo un momento, pero su compaero, mirando a sus ojos con inters y curiosidad, no efectu ningn comentario-. De hecho, hace algunos aos -prosigui el otro- conoc un caso muy parecido... extraamente parecido.

-De verdad? Mc interesara enormemente.-Tan parecido que parece casi una coincidencia. Usted puede, a su vez, encontrarlo dificil de creer. S, creo que todos los que tuvieron una relacin con l ya han fallecido. No hay ninguna razn por la que no pueda contrselo, pues una confidencia merece otra, ya sabe. Sucedi durante la Guerra de los Boers, hace ya mucho tiempo de ello. En cierto sentido es realmente una historia muy vulgar, aunque muy terrible por otro, pero un hombre que ha servido en el frente la comprender y, estoy seguro de ello, se compadecer.

-Estoy seguro de ello -repiti el otro rpidamente.-Un colega mio, ya fallecido, un cirujano con mucha prctica, se cas con una muchacha joven y encantadora. Vivieron juntos durante varios aos. La riqueza de l haca que ella se sintiera muy a gusto. Su sala de consulta, debo decrselo, estaba a alguna distancia de su casa, como puede estarlo sta, de modo que a ella no le molestaba. Despus lleg la guerra. Como muchos otros, aunque sobrepasaba bastante la edad, se ofreci voluntario. Abandon su lucrativo trabajo y parti a Sudfrica. Naturalmente, sus ingresos cesaron; la gran casa estaba cerrada; su esposa encontr considerablemente restringida su vida de diversiones. Parece que ella consideraba esto como una gran privacin. Se senta amargada por lo que consideraba un agravio de l. Falta de imaginacin, sin ningn poder de sacrificio, egosta, era todava una mujer hermosa, atractiva y joven. Entr en escena el inevitable amante para consolarla. Planearon huir juntos. l era rico. Creyeron que Japn seria el lugar adecuado. Pero, por verdadera mala suerte, el marido oli algo y lleg a Londres en el momento crtico.

-Y se desembaraz de ella -interrumpi O'Reilly.

El doctor esper un momento. Sorbi su bebida. Despus sus ojos se fijaron algo severamente en el rostro de su compaero.

-Se desembaraz de ella, s -prosigui-, pero determin hacerlo de manera definitiva. Decidi matarla a ella y a su amante. Ya ve, la amaba.

O'Reilly no hizo ningn comentario. En su propio pas no era desconocido este mtodo con una mujer infiel. Su inters estaba muy concentrado, pero tambin estaba pensando mientras escuchaba, pensando mucho.

-Plane el momento y el lugar con mucho cuidado. Saba que se vean en la casa grande, ahora cerrada, la casa en donde l y su joven esposa haban pasado aos tan felices durante su poca de prosperidad. Sin embargo, el plan fracas en un importante detalle: la mujer lleg a la hora prevista, pero sin su amante. Encontr la muerte mientras le esperaba. Fue una muerte sin dolor. Pero su amante, que tena que llegar media hora ms tarde, no lleg nunca. La puerta estaba abierta a propsito para l. La casa estaba a oscuras, sus habitaciones cerradas, desiertas; ni siquiera haba guardin. Era una noche neblinosa... exactamente como la de hoy.

-Y el otro? -pregunt O'Reilly con voz dbil-. El amante...-Entr un hombre -prosigui el doctor con calma-, pero no era el amante. Era un extrao.-Un extrao? -susurr el otro-. Y dnde estuvo el cirujano todo este rato?-Esperando fuera para verle entrar, oculto en la niebla. Vio que el hombre entraba. Cinco minutos ms tarde le sigui, con la intencin de completar su venganza. o su acto de justicia, como quiera llamarlo. Pero el hombre que haba entrado era un extrao: haba entrado por casualidad, como pudo haberlo hecho usted, para protegerse de la niebla...

O'Reilly, aunque con un gran esfuerzo, se levant repentinamente. Tena el horroroso presentimiento de que el hombre que tena enfrente estaba loco. Tena un agudo deseo de salir al exterior, con niebla o sin ella, de dejar esta habitacin, de escapar del tono tranquilo de esta insistente voz. El efecto del whisky todava se notaba en su sangre. No senta falta de confianza, pero las palabras le brotaron con dificultad.

-Pienso que ser mejor que me vaya, doctor -dijo torpemente-. Pero creo que debo agradecerle toda su amabilidad y ayuda. A su amigo -dijo susurrando-, el cirujano, espero que... quiero decir, le llegaron a detener?-No -fue la grave respuesta, mientras el doctor estaba de pie frente a l-, nunca le detuvieron.

O'Reilly esper un momento antes de hacer otra observacin.

-Bueno -dijo por fin, pero en un tono ms fuerte que antes-, creo que... me alegra.

Y avanz hacia la puerta sin darle la mano.

-No tiene sombrero -dijo la voz detrs de l-. Si se espera un momento le dar uno mo. No debe molestarse en devolvrmelo.

Y el doctor se lo dio mientras iban hacia el vestbulo. Se oy un ruido de papel que se rasgaba. O'Reilly sali de la casa un instante despus con un sombrero en su cabeza, pero no fue hasta que lleg a la estacin del metro, media hora despus, cuando se dio cuenta de que era el suyo.Algernon Blackwood (1869-1951)

El Maletn.The kit-bag, Algernon Blackwood (1869-1951)

Cuando la palabra "inocente" reson a lo largo de la concurrida sala de justicia aquella oscura tarde decembrina, Arthur Wilbraham, el notable abogado criminalista y lder de los defensores jurdicos, estaba representado por su subalterno; sin embargo, Johnson, su secretario privado, llev el veredicto a su despacho con la rapidez del rayo.

-Creo que eso era lo que esperbamos -dijo el abogado, sin mostrar emocin-. Y, personalmente, me alegro de que haya terminado el caso.

No haba ninguna seal particular de alegra ante el hecho de que la defensa de John Turk, el asesino que alegaba demencia, resultara exitosa, ya que indudablemente consideraba, como todos los que haban seguido el caso, que ningn hombre haba merecido tanto la horca como Turk.

-Yo tambin me alegro -dijo Johnson, quien haba asistido a la corte durante diez das, observando el rostro del hombre que haba llevado a cabo uno de los asesinatos a sangre fra ms brutales de los aos recientes.

El abogado mir a su secretario. Eran mucho ms que patrn y empleado; debido a relaciones familiares y muchos otros motivos, eran adems muy amigos.

-Ahora que lo recuerdo -dijo, con una bondadosa sonrisa- quieres irte para Navidad? Vas a patinar y a esquiar en los Alpes, no es cierto? Si tuviera tu edad, te acompaara.Johnson sonri. Era un joven de veintisis aos con facciones finas.-Podr tomar el barco de la maana -dijo-, pero esa no es la razn por la cual me alegro de que haya terminado el juicio, sino porque no volver a ver el espantoso rostro de ese hombre. Indudablemente, me persigui. Esa tez blanca, con el cabello negro cepillado bajo la frente, es algo que nunca olvidar, y su descripcin de la forma en que el cadver desmembrado fue empacado con cal en ese...-No pienses en ello, mi querido amigo -interrumpi el abogado, mirndolo con curiosidad a travs de sus penetrantes ojos-, no pienses en ello. Esas imgenes suelen regresar cuando uno menos lo desea -se detuvo un momento-. Ahora vete -aadi-, y disfruta de tus vacaciones. Voy a necesitar toda tu energa para mi trabajo parlamentario cuando regreses. Y ten cuidado, no quiero que te rompas el cuello esquiando.

Johnson le dio la mano y se despidi. Ya en la puerta se volte sbitamente.

-Saba que olvidaba algo... No le importara prestarme una de sus bolsas-maletn? Es demasiado tarde para comprar una esta noche y maana saldr antes de que abran las tiendas.-Por supuesto; en cuanto llegue a casa te la mandar a tu cuarto con Henry.-Le prometo cuidarla -asegur Johnson con gratitud, encantado al pensar que en treinta horas se estara acercando al brillante sol de los elevados Alpes en el invierno. El recuerdo de aquel tribunal de criminales era como una pesadilla para l.

Johnson cen en su club y se dirigi a Bloomsbury, donde ocupaba un piso de una de esas viejas casonas desoladas donde los cuartos son muy amplios y altos. El piso abajo del suyo estaba vaco y sin muebles y debajo de se haba otros inquilinos a quienes no conoca. Era una casa triste, y l ansiaba un cambio con todo el corazn. La noche era ms triste an: el clima era inclemente y haba poca gente en la calle. Una lluvia fra de aguanieve barra las calles ante el viento oriental ms fuerte que l haba sentido. El viento aullaba tristemente entre las enormes casas lgubres de las grandes plazas. Cuando lleg a su habitacin escuch el viento silbando arriba de aquel mundo de techos negros ms all de sus ventanas. En el corredor se encontr con su casera, que tapaba con su delgada mano una vela para protegerla de la corriente.

-Esto lleg con un mensajero de parte del seor Willbraham -le dijo la mujer sealando a lo que evidentemente era la bolsa-maletn, y Johnson le dio las gracias.-Maana saldr al extranjero durante diez das, seora Monks le inform-. Dejar una direccin para las cartas que me lleguen.-Espero que pase una feliz Navidad, seor -le dese la mujer, con una voz ronca y jadeante que sugera que haba estado bebiendo-, y que tenga mejor clima que ste.-Yo tambin as lo espero -contest el inquilino, temblando de fro.

Al subir, escuch el aguanieve golpeando contra las ventanas. Puso la cafetera en la lumbre para prepararse una taza de caf bien caliente y luego empez a poner sus cosas en orden para el viaje.

-Y ahora, debo empacar -se dijo a s mismo, riendo-... para lo mucho que yo empaco.

Le gustaba empacar, ya que al hacerlo recordaba vvidamente las montaas cubiertas de nieve y lograba olvidar las desagradables escenas de los ltimos diez das. Adems, la empacada en s no era complicada. Su amigo le haba prestado precisamente lo que necesitaba: una resistente bolsa-maletn de lona, en forma de saco, con agujeros en el cuello para la barra de latn y el candado. Ciertamente, no tena forma y no era muy bonita, pero su capacidad era ilimitada y no haba necesidad de empacar con cuidado. Meti su impermeable, su sombrero de piel y sus guantes, los patines y las botas de alpinista, los suteres, las botas de nieve y las orejeras. Luego, encima de todo esto, apil sus camisas y ropa interior de lana, los calcetines gruesos, pantalones de vestir y pantalones bombachos. En seguida meti el traje de vestir, en caso de que la gente del hotel se vistiera formalmente para cenar. Luego, pensando en la mejor forma de empacar sus camisas blancas, se detuvo un momento para reflexionar.

-Eso es lo peor de estas bolsas-maletn -pens vagamente, parado en el centro de la sala, adonde haba llegado para buscar un cordn.

Eran ms de las diez de la noche. Una fuerte rfaga de viento movi las ventanas, como para apresurarlo, y Johnson pens con compasin en los pobres londinenses que pasaran la Navidad bajo un clima tan inclemente, mientras que l se encontrara deslizndose por las nevadas pendientes bajo el sol, y bailando en las noches con muchachas de mejillas sonrosadas. Ah! Entonces record que deba llevar sus zapatos de baile y sus calcetines de noche. Atraves la sala para llegar al armario en el descanso de la escalera donde guardaba su ropa. En ese momento escuch a alguien subiendo suavemente la escalera. Se detuvo un momento en el descanso, tratando de escuchar. Pens que eran los pasos de la seora Monks; seguramente estaba subiendo con el ltimo correo. Pero los pasos cesaron sbitamente; consider que estaban cuando menos dos pisos abajo, y Johnson lleg a la conclusin de que eran demasiado pesados para ser los de su casera bebedora. Indudablemente, deban ser los pasos de algn inquilino que llegaba tarde y se haba equivocado de piso. Olvidando el asunto, Johnson entr a su alcoba y empac sus zapatos y camisas de vestir de la mejor manera posible.

Para entonces, la bolsa-maletn estaba llena en dos terceras partes y estaba parada sobre su propia base como un saco de harina. Por primera vez, Johnson not que la bolsa-maletn era vieja y estaba sucia; la lona estaba desgastada y desteida y era evidente que haba sido sometida a un tratamiento bastante rudo. No era una bolsa muy atractiva; ciertamente, no era nueva, ni una bolsa que apreciara su jefe. Johnson pens en ello de una manera pasajera y prosigui empacando. No obstante, en una o dos ocasiones se pregunt quin pudo haber estado caminando abajo, ya que la seora Monks no haba subido con cartas y el piso estaba vaco y sin muebles. Adems, de vez en cuando estaba casi seguro de haber odo una pisada suave de alguien caminando sobre la madera desnuda, cautelosa, furtivamente, de la manera ms silenciosa posible y, adems, que poco a poco aquel ruido se acercaba cada vez ms.

Por primera vez en su vida, Johnson empez a asustarse. Luego, para acentuar esta sensacin, ocurri algo extrao: al salir de la alcoba despus de empacar sus recalcitrantes camisas blancas, not que la parte superior de la bolsa-maletn se inclinaba hacia l, con un extraordinario parecido a un rostro humano. La lona se dobl como una nariz y una frente y los anillos de latn para el candado llenaban justamente la posicin de los ojos. Una sombra... o era una mancha de viaje?... no poda decirlo con exactitud, pero pareca el cabello. Esto impresion a Johnson, ya que se pareca de una manera absurda, intolerante, al rostro de John Turk, el asesino. Repentinamente Johnson solt una carcajada y se dirigi a la sala, donde la luz era ms fuerte.

"Ese horrible caso me tiene loco", pens. "Estar feliz con el cambio de escenario y de aire." Sin embargo, en la sala no le agrad escuchar de nuevo aquella pisada furtiva en la escalera, comprendiendo que cada vez se acercaba ms y que, indudablemente, era real. Y, en esta ocasin, se levant y se asom para ver quin poda estar deslizndose por la escalera de arriba a una hora tan avanzada. Pero el ruido ces: no haba nadie visible en la escalera. Johnson baj un piso con bastante aprensin y encendi la luz elctrica para asegurarse de que no haba nadie escondindose en los cuartos vacos del departamento que no estaba ocupado. No haba un solo mueble que fuera suficientemente grande para ocultar quiz a un perro. Luego, Johnson se asom por la barandilla y llam a la seora Monks, pero no obtuvo respuesta y su voz reson en un eco a travs de la oscura bveda de la casa y se perdi en el aullido de la ventisca en la calle. Todos estaban en cama y dormidos, todos menos l y el causante de aquella pisada suave y furtiva.

"Supongo que se trata de mi ridcula imaginacin", pens. "Despus de todo, debe haber sido el viento, aunque pareci estar muy cerca y muy real". Ya para entonces era cerca de la medianoche. Johnson bebi su caf y encendi otra pipa, la ltima antes de acostarse. Es difcil precisar con exactitud en qu punto comienza el miedo, cundo las causas del temor no son claras. Las impresiones se acumulan en la superficie de la mente, pelcula por pelcula, como el hielo se acumula en la superficie de las aguas quietas, pero a menudo de una forma tan ligera que la conciencia no las reconoce. Luego, se llega a un punto donde las impresiones acumuladas se convierten en una emocin definitiva y la mente comprende que algo ha ocurrido. Saltando un poco, Johnson de pronto reconoci que estaba nervioso, extraamente nervioso; asimismo, reconoci que desde haca un rato las causas de esta sensacin se haban estado acumulando lentamente en su mente, pero que apenas haba llegado al punto donde estaba obligado a reconocerlas.

Era un curioso y singular malestar el que lo dominaba y no pudo comprenderlo. Sinti como si estuviera haciendo algo a lo que otra persona objetaba con vehemencia; ms an, otra persona que tena el derecho de objetar. Era una sensacin molesta y desagradable, parecida a los persistentes avisos de la conciencia: de hecho, como si estuviera haciendo algo que l saba era incorrecto. Sin embargo, aunque Johnson examin su conciencia vigorosa y honestamente, no poda decir, a ciencia cierta, cul era el secreto de su creciente inquietud y esto lo desconcertaba. Ms an, lo afliga y asustaba. "Supongo que slo son mis nervios", dijo Johnson en voz alta con una risita forzada. "El aire de las montaas me curar de todo esto. Ah -aadi, hablando solo an- eso me recuerda mis anteojos para la nieve".

Johnson estaba parado junto a la puerta de la alcoba durante este breve monlogo, y al pasar rpidamente hacia la sala para tomar los lentes del armario, con el rabillo del ojo vio el vago contorno de una figura parada en la escalera a una corta distancia de la parte superior. Era alguien que estaba en posicin agachada, con una mano en la barandilla y el rostro asomndose hacia arriba, hacia el descanso. Y, al mismo tiempo, oy una pisada: La persona que haba estado caminando furtivamente abajo todo este tiempo por fin subi a su piso. Quin poda ser? Y qu querra? Johnson contuvo la respiracin bruscamente y se qued quieto. Luego, tras unos segundos de titubeo, se arm de valor y se volte para investigar. Ante su asombro, observ que la escalera estaba vaca; no haba nadie. Sinti una serie de escalofros y los msculos de sus piernas se debilitaron. Durante un lapso de varios minutos, Johnson se asom con firmeza a las sombras que se congregaban arriba de la escalera donde l haba visto la figura; luego, comenz a caminar aprisa, de hecho, casi corri hasta llegar a la luz de la sala; sin embargo, apenas haba pasado por la puerta cuando escuch a alguien subiendo por la escalera detrs de l rpidamente y entrando a su alcoba. Era una pisada fuerte, pero a la vez furtiva, la pisada de alguien que no quera ser visto. Y, en ese preciso momento, el nerviosismo que Johnson haba sentido antes excedi sus lmites y entr en estado de pnico, de un miedo agudo, irracional. Antes de convertirse en terror, sera necesario cruzar otra frontera y ms all estaba la regin del horror puro. La posicin de Johnson no era nada envidiable.

"Caramba! Entonces s haba alguien en la escalera", murmur, mientras la piel se le erizaba. "Y, quienquiera que haya sido, ahora entr a mi alcoba". El delicado rostro plido de Johnson se torn absolutamente blanco y, durante algunos minutos, no supo qu pensar ni qu hacer. Comprendi intuitivamente que la demora slo agravara el miedo, as que cruz por el descanso con audacia. Entr en la otra habitacin donde haban desaparecido las pisadas apenas unos segundos antes.

-Quin est all? Es usted, seora Monks? -llam en voz alta, mientras caminaba y oy la primera mitad de sus palabras resonar en un eco hacia abajo, por la escalera vaca, mientras que la segunda mitad cay muda contra las cortinas en una habitacin que aparentemente no tena otra figura humana salvo la suya.

"Quin anda ah?", pregunt Johnson una vez ms, con una voz innecesariamente fuerte y apenas firme. "Qu desea aqu?" Las cortinas se movieron un poco y, al verlas, pareci que su corazn dej de latir un momento; no obstante, Johnson fue hacia all y corri las cortinas rpidamente. Una ventana chorreando lluvia fue lo nico que contemplaron sus ojos. Continu buscando, pero todo fue en vano. Los armarios no contenan nada excepto filas de ropa colgando sin movimiento. Debajo de la cama no haba seales de que alguien estuviera ocultndose. Johnson se par en medio de la habitacin y, al hacerlo, algo casi lo hizo tropezar. Gir alarmado y vio la bolsa-maletn.

"Qu raro!", pens. "No la dej all!" Unos momentos antes, la bolsa haba estado a su derecha, entre la cama y el bao; no recordaba haberla movido. Era muy curioso. Qu demonios pasaba? Estaba perdiendo el juicio? Otra terrible rfaga de aire golpe las ventanas, lanzando el aguanieve contra el vidrio con la fuerza del disparo de una pequea pistola. Una sbita imagen del Canal de la Mancha al da siguiente se present ante la mente de Johnson y lo volvi a la realidad. "Es evidente que no hay nadie aqu!", exclam en voz alta. Y, sin embargo, al momento de pronunciar estas palabras, saba perfectamente bien que no eran ciertas y que l mismo no las crea. Sinti que alguien se estaba escondiendo cerca de l, observando todos sus movimientos, tratando de alguna manera de impedir que empacara.

"Y dos de mis sentidos", aadi, tratando de guardar las apariencias, "me han hecho malas jugadas absurdas: las pisadas que escuch y la figura que vi fueron enteramente imaginarias". Johnson regres a la sala, atiz el fuego y se sent a pensar. Lo que ms lo impresionaba era que la bolsa-maletn ya no estaba donde l la haba dejado. Haba sido arrastrada ms cerca de la puerta. Lo que ocurri despus esa noche, sucedi, por supuesto, a un hombre que ya estaba excitado por el miedo y fue percibido por una mente que, en consecuencia, no tena el pleno y apropiado control de sus sentidos. Por fuera, Johnson permaneca tranquilo y dueo de s mismo hasta el final, fingiendo hasta lo ltimo que todo lo que vio tena una explicacin natural, o que fueron simples ilusiones de sus agotados nervios. Pero en el interior, en el fondo de su corazn, Johnson saba que alguien haba estado escondindose en el departamento vaco cuando l entr y que esa persona esper la oportunidad para llegar furtivamente a la alcoba, y que todo lo que vio y escuch despus, desde el momento en que la bolsa-maletn se movi hasta... bueno, hasta todo lo dems que esta historia debe relatar, fue causado directamente por la presencia de esa persona invisible.

Y aqu fue precisamente cuando l deseaba controlar su mente y sus ideas; cuando las imgenes vvidas que haba recibido da tras da sobre las placas mentales expuestas en la corte de Old Bailey salieron a la luz y se desarrollaron en el cuarto oscuro de su visin interior. Los recuerdos desagradables y obsesionantes suelen cobrar vida de nuevo precisamente cuando menos lo desea la mente, en las silenciosas vigilias de la noche, sobre almohadas sin sueo, durante las solitarias horas pasadas al lado de lechos de enfermos y de moribundos. Y ahora, de la misma manera, Johnson slo vio el espantoso rostro de John Turk, el asesino, fruncindole el ceo desde cada rincn de su campo de visin mental; la piel blanca, los ojos malvolos, el fleco de cabello negro sobre la frente. Todas las imgenes de aquellos diez das en la corte volvieron a su mente, de una manera involuntaria, sumamente vvidas.

"Todo esto slo es una tontera y mis nervios", exclam al fin, saltando con sbita energa de la silla. "Terminar de empacar y me ir a la cama. Estoy inquieto, agotado. Indudablemente, si sigo as, escuchar pisadas y otros ruidos toda la noche!" No obstante, su rostro palideci. Recogi sus anteojos y camin hasta la alcoba, tarareando una cancin popular con una voz demasiado fuerte para ser natural. En el instante en que cruz el umbral y se par dentro de la habitacin, su corazn se paraliz y sinti que se le erizaron los cabellos. La bolsa-maletn estaba en el suelo, frente a l, un poco ms cerca de la puerta que antes. Por encima de la arrugada parte superior, Johnson vio una cabeza y un rostro hundindose lentamente y desapareciendo de la vista como si alguien se estuviera agachando detrs para ocultarse. Al mismo tiempo, un sonido como un largo suspiro se escuch claramente en el silencio que lo rodeaba, entre las rfagas de la tormenta que soplaba afuera.

Johnson tena ms valor y determinacin de lo que indicaba la indecisin juvenil de su rostro; sin embargo, al principio lo invadi una ola de terror y durante algunos segundos no pudo hacer nada excepto quedarse parado, mirando fijamente. Un violento temblor lo sacudi a lo largo de la espalda y piernas y se dio cuenta de que senta un impulso absurdo, casi histrico, de gritar. Aquel suspiro pareca encontrarse en sus odos y el aire an temblaba con l. Indudablemente, era un suspiro humano. "Quin anda ah?, pregunt Johnson por fin, al recuperar su voz; sin embargo, aunque su intencin era hablar con determinacin, el tono que sali fue de un dbil murmullo, ya que haba perdido parcialmente el control de su lengua y de sus labios.

Johnson dio un paso hacia adelante para ver a su alrededor y encima de la bolsa-maletn. Por supuesto, no haba nada, excepto la desteida alfombra y el abultado maletn. Extendi las manos y abri la boca del saco donde haba cado, habiendo estado lleno en slo tres cuartas partes, y entonces, por primera vez, vio que en el interior, a unas seis pulgadas de la parte superior, haba una mancha ancha de color rojo opaco. Era una vieja mancha de sangre desteida. Johnson grit y apart las manos, como si se las hubiera quemado. Simultneamente el maletn dio un dbil pero inconfundible salto hacia adelante, hacia la puerta. Johnson se tambale hacia atrs, buscando con las manos el apoyo de algo slido. Como la puerta se encontraba ms retirada de lo que haba credo, sta recibi su peso justo a tiempo para impedir que cayera y se cerr con un fuerte golpe. Al mismo tiempo, su brazo izquierdo toc accidentalmente el interruptor elctrico y la luz del cuarto se apag.

Fue un predicamento incmodo y desagradable, y si Johnson no hubiera tenido tanto valor, habra hecho muchas tonteras. Pero se control y, a tientas, trat de encontrar la perilla de bronce para volver a encender la luz. Pero al cerrarse la puerta, los sacos que se encontraban colgados comenzaron a mecerse y sus dedos se enredaron en las mangas y en las bolsas, de modo que se tard un poco en encontrar el interruptor. Y en esos momentos de confusin y terror ocurrieron dos cosas que lo pusieron irremediablemente en la regin del autntico horror. Claramente escuch al maletn arrastrndose pesadamente por el piso, con saltos y jalones; adems, frente a su rostro escuch una vez ms el suspiro de un ser humano.

En sus angustiados esfuerzos por encontrar la perilla en la pared, casi se rasp las uas; sin embargo, aun en aquellos desesperados momentos (as son de rpidas y alertas las impresiones de una mente excitada por una emocin vvida) tuvo tiempo para comprender que tena miedo del regreso de la luz y que quiz sera mejor permanecer oculto en la misericordiosa proteccin de la oscuridad. No obstante, slo fue el impulso de un momento, y antes de poder aprovecharlo, Johnson cedi automticamente al deseo original y el cuarto se llen de luz nuevamente. Pero el segundo instinto haba sido correcto. Hubiera sido mejor que Johnson permaneciera bajo la proteccin de la oscuridad. All, cerca de l, agachndose sobre el maletn medio empacado, tan claro como la vida bajo el cruel brillo de la luz elctrica, se encontraba la figura de John Turk, el asesino. El hombre estaba a un metro de l y el fleco de su cabello negro se enmarcaba claramente contra la palidez de la frente; ah estaba toda la horrible presencia del canalla, tan vivida como Johnson lo haba visto, da tras da en Old Bailey, donde se paraba en el banquillo de los acusados, cnico e insensible, bajo la misma sombra de la horca.

Como un relmpago, Johnson comprendi lo que aquello significaba: el sucio maletn tantas veces usado, la mancha roja en la parte superior, la espantosa condicin abultada de los lados. Johnson record cmo se haba metido el cuerpo de la vctima en una bolsa de lona para enterrarlo; los atroces fragmentos desmembrados metidos por la fuerza con cal en esa misma bolsa, y la bolsa misma exhibida como evidencia... Johnson record todo esto con claridad. Suavemente, con cautela, la mano de Johnson busc a tientas la manija de la puerta, pero antes de que pudiera darle la vuelta, sucedi lo que ms tema: John Turk levant su rostro de demonio y lo mir. En ese mismo momento se escuch aquel pesado suspiro, de alguna manera formulado en palabras:

-Es mi bolsa. Y yo la quiero.

Johnson slo pudo recordar despus que abri la puerta y cay como un pesado bulto en el piso del descanso de la escalera, mientras intentaba desesperadamente llegar a la sala. Durante largo rato permaneci inconsciente y an estaba oscuro cuando abri los ojos y se dio cuenta de que estaba acostado, tieso y adolorido, sobre el fro piso. Finalmente record lo que haba acontecido e inmediatamente volvi a desmayarse. Cuando despert la segunda vez, la aurora invernal comenzaba a asomar por las ventanas, pintando la escalera de un triste y deprimente color gris; logr arrastrarse hasta la sala y cubrirse con un abrigo en un silln, donde por fin se qued dormido.

Un fuerte clamor lo despert. Reconoci la voz de la seora Monks, potente y voluble.

-Cmo? Todava no se acuesta, seor? Est enfermo o le ha sucedido algo?... Ha venido a visitarlo con urgencia un caballero, a pesar de que an no dan las siete de la maana y...-Quin es? -balbuce Johnson-... Estoy bien, gracias. Supongo que me qued dormido en el silln.-Es alguien de la oficina del seor Wilbraham y dice que necesita verlo pronto antes de que salga usted de viaje, y yo le dije...-Por favor, hgalo pasar de inmediato -indic Johnson, cuya cabeza daba vueltas y su mente estaba llena an de espantosas visiones.

El mensajero del seor Wilbraham entr con miles de disculpas y explic breve y rpidamente que se haba cometido un absurdo error y que se le haba enviado a Johnson una bolsa-maletn equivocada la noche anterior.

-De alguna manera, Henry obtuvo la bolsa-maletn que lleg de la corte y el seor Wilbraham slo lo descubri cuando vio la de l en su habitacin y pregunt por qu no se le haba mandado a usted -inform el mensajero.-Ah! -exclam Johnson estpidamente.-Y seguramente le trajo la bolsa del caso del asesinato, seor -prosigui el hombre, sin mostrar expresin alguna en el rostro-. Me temo que le mandaron la bolsa donde John Turk meti el cadver. El seor Wilbraham est muy molesto, y me dijo que viniera temprano esta maana con el maletn correcto, ya que usted viajara por barco.El hombre seal hacia una bolsa-maletn limpia que haba puesto en el piso.-Y me dijo que deba regresar la otra -aadi de manera casual.

Durante unos momentos Johnson permaneci mudo hasta que por fin seal en direccin de su alcoba.

-Tal vez sera usted tan amable de desempacarla. Por favor, deje las cosas en el piso.

El hombre desapareci en la otra habitacin durante unos cinco minutos. Johnson escuch cmo sacaba las cosas del maletn, y el ruido de los patines y las botas mientras desempacaba.

-Gracias, seor -dijo el hombre, al regresar con la bolsa-maletn doblada sobre su brazo-. Puedo hacer algo ms para ayudarlo?-Como qu? -pregunt Johnson al notar que el hombre deseaba aadir algo ms.El hombre movi los pies y lanz una mirada misteriosa.-Perdone, seor, pero como s que se interes en el caso de Turk, pens que le gustara saber lo que ocurri...-S.-John Turk se suicid anoche, se envenen inmediatamente despus de recibir su sentencia y dej una nota para el seor Wilbraham dicindole que le agradecera mucho que lo enterraran de la misma manera en que enterr a la mujer que asesin, en la vieja bolsa-maletn.-Y... a qu hora lo hizo? -pregunt Johnson.-A las diez de la noche, segn inform el carcelero.Algernon Blackwood (1869-1951)

La Casa del Pasado.Algernon Blackwood.

Cierta noche, una Visin lleg hasta m, trayendo con ella una antigua y oxidada llave. Me llev a travs de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmensa y sombra casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las sombras de la madrugada. Not que las persianas eran de un pesado negro y que la casa pareca revestida por una paz absoluta.

-sta -susurr ella en mi odo-, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y recorreremos sus habitaciones y pasillos; pero date prisa, pues no tendr la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. An as, por ventura, debes recordar!

La llave produjo un ttrico sonido cuando gir en la cerradura, y cuando la puerta se abri sobre un vestbulo vaco, escuch extraos murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente movindose en sueos, a punto de despertar. Entonces, un espritu de gran tristeza vino a m, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y en mi corazn advert una extraa sensacin, como si algo que haba dormido durante aos se despertara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindi inmediatamente al espritu de la melancola ms profunda, y el dolor de mi corazn, mientras las Cosas se movan y despertaban, por un momento se hizo demasiado fuerte para expresarlo en palabras...

Mientras avanzbamos, las dbiles voces y sollozos escaparon delante nuestro hacia el interior de la Casa, supe que el aire estaba lleno de manos suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan tristes y nostlgicos, que las lgrimas -que ya casi desbordaban de los mos-, se retenan por milagro ante la contemplacin de tan intolerable anhelo.

-No permitas que esta tristeza te aplaste -susurr la Visin a mi lado-. No despiertan frecuentemente. Duermen por aos y aos y aos. Los cuartos estn todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jams despertaran por propia voluntad. Pero cuando uno se agita, el sueo de los otros tambin se ve perturbado, y tambin despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una habitacin a otra y as finalmente, a travs de toda la Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta razn, la Memoria les entrega el sueo ms dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequea y herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora -agreg ella, tomndome la mano- no oyes, acaso, el temblor del aire a travs de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua cayendo? Y quiz ahora t... recuerdas?

An antes de que ella hablara, yo ya haba captado dbilmente el inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los stanos bajo nuestros pies, y tambin desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se elevaba como una cuerda taida suavemente de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en algn lugar de las bases de la Casa, y su vibracin corra suavemente por sus paredes y techos. Y supe que haba escuchado el lento despertar de los Espritus del Pasado.

Ay de m!, con qu terrible invasin de amargura me sostena all, con los ojos inundados, escuchando las tenues voces muertas mucho tiempo atrs... Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento lleg hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, con la tinta borrosa y las cintas desteidas; de olorosas trenzas, doradas y castaas, guardadas, oh, tan tiernamente!, entre las flores prensadas que an conservaban la profunda delicadeza de su olvidada fragancia; la aromtica presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazn se contrajo y expandi, mientras me renda sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espritus del Pasado -olvidados en el tumulto de memorias ms recientes- se apretaban alrededor mo, tomaron mis manos y, siempre susurrando lo que yo hace tiempo haba olvidado, siempre suspirando, exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las pocas muertas, me guiaron a travs de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso en piso.

Pero no todos los Espritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos tenan slo la ms dbil vida, y me agitaban tan poco que slo dejaban una impresin indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi con reproche con sus apagados y desteidos ojos, como anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir imperturbados hasta el Da Final, cuando no fallar en reconocerlos.

-Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo -dijo la Visin a mi lado- que despiertan slo a difcilmente. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque t no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado que, mientras t no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cundo los conociste y con qu causas particulares de tu evolucin pasada estn asociados, no podrn mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes cuando sus ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento les sea devuelta por la tuya, estn obligados a regresar a su sueo, silenciosa y desconsoladamente -sus manos sin estrechar, sus voces sin ser odas-, para soar un sueo inmortal y paciente, hasta que...

En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y tom conciencia de un abrumador sentimiento de deleite y alegra. Algo me haba tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipit hacia mi corazn y envi la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso lata locamente, mi piel resplandeca, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue instantneamente disipada, como por arte de magia. Volvindome con una exclamacin de jbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de sollozos y suspiros que me rodeaban, observ... e instintivamente adelant mis brazos en un rapto de felicidad hacia... hacia la visin de un Rostro... cabello, labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume del Este -por las estrellas, cunto hace de ello!- estaba en su aliento.

Sus labios nuevamente estaban en los mos; su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertindose en la ma a travs de unos ojos todava fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la maravilla inenarrable, si slo pudiese recordar!... Aquel aroma, sutil y disipador de brumas, de muchas eras atrs, una vez tan familiar... antes de que las Colinas de la Atlntida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a recordar...

Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo ver ms all. Pero el espantoso elstico de los aos, horrible y siniestro, milenio tras milenio... Mi corazn se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y otra perspectiva, que va ms all que las otras, se hace visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. Y he aqu, que ellas tambin se mueven!, elevndose, iluminndose. Finalmente ver... ya comienzo a recordar la piel morena... la gracia Oriental, los maravillosos ojos que contenan el conocimiento de Buda y la sabidura de Cristo, an antes que aqullos hubieran soado con alcanzarla. Como un sueo dentro de un sueo, me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesin de todo mi ser... la forma esbelta... las estrellas en aquel mgico cielo Oriental... los susurrantes vientos entre las palmeras... el murmullo del ro y la msica de los setos al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena.

Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir nuevamente. Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes... aquellos prpados de venas de encaje. Oh, quin me ayudar a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis labios an se estremecen, y mis brazos se encuentran an extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse cuenta de que no es reconocida.... ella, cuya mera presencia pudo una vez extinguir para m el universo entero... y ella se devuelve, lentamente, tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueo, para soar y soar con el da en que la recordar y que vendr a donde pertenece...

Me observa desde el final de la habitacin, donde las Sombras comienzan a cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueo de siglos en la Casa del Pasado.

Estremecindome, con el extrao perfume an en mi nariz y el fuego en mi corazn, gir y segu a mi Sueo por una amplia escalera, hacia otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores o al viento crujir cantando sobre el tejado. Su msica tom posesin de m hasta que sent como si todo mi cuerpo fuera un solo corazn, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a quebrarse; y todo porque escuch al viento cantar alrededor de la Casa del Pasado.

-Recuerda -murmur la Visin, respondiendo a mi inexpresada pregunta- que ests escuchando la cancin que ha cantado por incontables siglos y para miradas de incontables odos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple salmo, profundo en su terrible monotona, se encuentran las asociaciones y los recuerdos de las alegras, penas y luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas ntima -agreg- y es por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la cancin de las cosas por siempre incompletas, inconclusas, insatisfechas.

Mientras pasbamos por las abovedadas habitaciones, advert que nadie se agitaba. Realmente no haba ningn sonido, slo una impresin general de una respiracin profunda y colectiva, como el vaivn de un mar amortiguado. Mas los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos, fila tras fila... Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras llorosas al retornar a su sueo, instalndose nuevamente en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo... oh, el polvo que flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilizaba el corazn; tan suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente, acumulndose, posndose sobre todo, que el aire lo sostena como una fina bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.

-Y stas son las ms antiguas -dijo mi Sueo- las dormidas hace ms tiempo- apuntando hacia las filas repletas de silenciosos durmientes-. Nadie aqu ha despertado por siglos, demasiados para contarlos; y an si despertaran no podras reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, slo que son los recuerdos de tus etapas ms tempranas a lo largo del gran Camino de Evolucin. Algn da, sin embargo, despertarn, y debers reconocerlos y contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a s mismos a travs de ti, quien les dio la vida.

-Ay de m! -pens, escuchando y entendiendo a medias estas palabras- cuntas madres, padres, hermanos, pueden entonces estar dormidos en este cuarto; cuntas fieles amantes, cuntos amigos de verdad, cuntos antiguos enemigos! Y pensar que un da se levantarn y me confrontarn, y yo deber encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser perdonado... los recuerdos de todo mi Pasado...

Me volte para hablarle al Sueo a mi lado, y toda la Casa se disolvi en el brillo del cielo oriental, y escuch a los pjaros cantando y vi las nubes arriba velando las estrellas en la luz del da que se acercaba.Algernon Blackwood.

La Locura de Jones: un estudio sobre la reencarnacin.The Insanity of Jones: A Study in Reincarnation, Algernon Blackwood (1869-1951)

Las aventuras suceden a los temerarios, y las cosas misteriosas surgen en el camino de aqullos quienes, con curiosidad e imaginacin, aguardan por ellas; pero la mayora de las personas pasan frente a las puertas entreabiertas creyndolas cerradas, y no notan la dbil agitacin de la gran cortina que cae siempre, bajo la forma de apariencias, entre ellos y el mundo de causas detrs. Porque slo los pocos cuyos sentidos internos han sido acelerados, tal vez por extraos sufrimientos en las profundidades, o por un temperamento natural transmitido desde un pasado remoto, llegan al conocimiento, no demasiado bienvenido, de que aquel mundo inmenso yace siempre a su lado, y que en cualquier momento una azarosa combinacin de nimos y fuerzas pueden invitarlos a cruzar las cambiantes fronteras. Algunos, de cualquier manera, nacen con esta horrenda certeza en sus corazones, y no son llamados a iniciacin alguna; y a este selecto grupo perteneca Jones indudablemente.

Toda su vida estuvo consciente de que sus sentidos le brindaban meramente un conjunto de falsas apariencias, interesantes en mayor o menor grado; que el espacio, tal como es medido por los hombres, era absolutamente engaoso; que el tiempo, tal como el reloj le haca resonar en una sucesin de minutos, era una arbitraria tontera y, de hecho, que todas sus percepciones sensoriales no eran ms que torpes representaciones de las cosas reales tras la cortina, cosas que l estaba siempre intentando captar, y que algunas veces lograba captar. Siempre haba estado pavorosamente convencido de que l se encontraba en los linderos de otra regin, una regin donde el tiempo y el espacio eran meras formas del pensamiento, donde antiguas memorias yacan abiertas y a la vista, y donde las fuerzas detrs de cada vida humana se erguan reveladas de una manera llana, y ah l podra ver las fuentes ocultas en el corazn mismo del mundo. Y aun ms, el hecho de que l fuera empleado en una oficina de seguros contra incendios, y realizara su trabajo con estricto cuidado, nunca le haca olvidar ni por un momento que, justo detrs de los sucios ladrillos donde cientos de hombres borroneaban con puntiagudas plumas bajo lmparas elctricas, exista esa gloriosa regin donde la parte importante de s mismo habitaba y actuaba y tena su lugar. Porque en aquella regin l se vea a s mismo como representando el papel del espectador ante su vida ordinaria, vigilando, como un rey, la corriente de sucesos; pero intacto en su propia alma de la suciedad, el ruido y la conmocin vulgar del mundo exterior.

Y esto no era una mera ensoacin potica. Jones no estaba simplemente jugando con este idealismo como un medio de pasar el tiempo. Era una creencia actuante y viviente. Tan convencido estaba l de que el mundo externo era el resultado de un vasto engao practicado sobre los viles sentidos, que cuando, al contemplar una gran construccin como la capilla de St. Paul, no senta una sorpresa mayor al verla temblar sbitamente como una figura de jalea y despus derretirse completamente, dejando en su lugar, de un solo golpe revelada, aquella masa de color, o aquella gran intrincacin de vibraciones, o aquel esplndido sonido, (la idea espiritual), que aqulla representaba bajo formas de piedra.

De una manera parecida a esto era como su mente funcionaba. Sin embargo, bajo toda apariencia, y en satisfaccin de todo lo que la vida laboral exige, Jones era un joven normal, poco original. No senta nada ms que desprecio por la ola de psiquismo moderno. Difcilmente conoca el significado de palabras tales como clarividencia y clariaudiencia. Nunca haba sentido el ms mnimo apremio por unirse a la Sociedad Teosfica, ni por especular sobre las teoras de la vida en el plano astral, o sobre los elementales. No asista a reunin alguna de la Sociedad de Investigacin Psquica, e ignoraba la ansiedad por saber si su aura era negra o azul; no estaba consciente, tampoco, del ms mnimo deseo de mezclarse con el resurgimiento de ocultismo barato que muestra ser tan atractivo para las mentes dbiles dotadas con tendencias msticas y con una imaginacin no controlada.

Haba ciertas cosas que l saba, pero que no le preocupaba discutir con nadie; e, instintivamente, se encoga de hombros ante la empresa de intentar dar nombre a los contenidos de aquella otra regin, sabiendo bien que tales nombres podran solamente definir y limitar cosas que, de acuerdo a cualquier criterio en uso en el mundo ordinario, eran simplemente elusivas e indefinibles. As que, aunque su mente funcionara de la manera descrita, haba an un claro y fuerte poso de sentido comn en Jones. En una palabra, el hombre que el mundo y la oficina conocan como Jones, era Jones. El nombre le resuma y etiquetaba correctamente: John Enderby Jones.

Entre las cosas que l saba, y sobre las que, por lo tanto, nunca se preocupaba por conversar o especular, se encontraba el hecho de que l se vea claramente a s mismo como el heredero de una larga serie de vidas pasadas, la red resultante de una dolorosa evolucin, siempre como l mismo, desde luego, pero en mltiples cuerpos diferentes, cada uno determinado por el comportamiento de del predecesor. El John Jones presente era el ltimo resultado hasta la fecha del pensamiento, sentimiento y actuar pasados de otros John Jones en anteriores cuerpos y en otros siglos. No pretenda dar detalles, ni reclamaba para s mismo una ascendencia distinguida, porque l se daba cuenta de que su pasado deba ser un lugar comn e insignificante por completo para haber producido su presente; pero estaba, as mismo, seguro de que l haba estado en este juego agotador por tantas edades como haba vivido, y nunca se le ocurri discutir, o dudar, o hacer preguntas. Y uno de los resultados de esta creencia era que sus pensamientos moraban ms en el pasado que en el futuro; que lea muchos libros de historia y se senta atrado por ciertos perodos, los cules su espritu comprenda instintivamente como su hubiera vivido en ellos; y que encontraba carentes de inters a todas las religiones porque, casi sin excepcin, comienzan en el presente para despus especular acerca de aquello en lo que el hombre habr de convertirse, en lugar de mirar hacia el pasado y especular porqu los hombre han llegado hasta aqu tal como son.

En la oficina de seguros l realizaba su trabajo notablemente bien, pero sin demasiada ambicin personal. Consideraba a los hombres y las mujeres como los instrumentos impersonales para infligir sobre l el placer o el dolor que l se haba ganado por sus trabajos pasados, porque el azar estaba ausente del todo en su esquema de las cosas; y, mientras que reconoca que el mundo prctico no podra seguir su curso a menos que cada hombre hiciera su trabajo cabalmente y a conciencia, no tena inters alguno en la acumulacin de fama o dinero para s mismo y, por lo tanto, simplemente cumpla con sus obligaciones inmediatas, indiferente a los resultados.Al igual que otros que viven una vida estrictamente impersonal, l posea la cualidad de la valenta absoluta, y estaba siempre listo para enfrentar cualquier combinacin de circunstancias, sin importar cun terribles, porque vea en ellas la simple realizacin de causas pasadas que l mismo haba puesto en movimiento y que no podan ser esquivadas ni modificadas. Y, mientras que la mayora de las personas tenan poca importancia para l, en cuanto a atraccin o repulsin, en el momento en que conoca a alguien con quien senta que su pasado haba estado vitalmente entretejido, su ser interior saltaba inmediatamente y proclamaba directamente el hecho, y regulaba su vida con la mayor habilidad y discrecin, como un centinela en guardia ante un enemigo cuyos pasos ya podan orse aproximar.

Por lo tanto, mientras que la gran mayora de hombres y mujeres lo dejaban imperturbable, dado que los consideraba como otras tantas almas que vagaban junto a l por el gran caudal de la evolucin, haba, aqu y all, individuos con los que l reconoca que hasta el ms mnimo contacto era de la importancia ms grave. stas eran personas con las que l saba, con cada fibra de su ser, que tena cuentas que saldar, agradables o no, surgiendo de pactos de vidas pasadas; y en sus relaciones con estos pocos, por lo tanto, l se concentraba con el esfuerzo que otros prodigan en su contacto un nmero mucho mayor. Slo aquellos iniciados en los sorprendentes procesos de la memoria subconsciente podrn decir de qu manera escoga a estos pocos individuos, pero el punto era que Jones crea que el propsito principal, si no es que todo el propsito de su encarnacin presente yaca en su fiel y total cumplimiento de estas deudas, y que si l llegaba a buscar eludir el ms mnimo detalle de stas, sin importar cun desagradable fuera, habra vivido en vano, y retornara,en una prxima encarnacin, con un deber ms que cumplir. Porque de acuerdo a sus creencias no haban Azar alguno, no podra haber ninguna evasin definitiva, y evitar un problema sera, entonces, desperdiciar tiempo y perder oportunidades para el desarrollo.

Haba un individuo con el que Jones haba comprendido desde hace mucho que tena una cuenta por saldar, y hacia el cumplimiento de esta deuda era que todos las corrientes principales de su ser parecan dirigirse con un propsito inalterable. Porque, cuando ingres en la oficina de seguros como un joven empleado diez aos antes, y, a travs de una puerta de cristal, capt la imagen de este hombre sentado en una habitacin interior, uno de sus sbitos y avasalladores estallidos de memoria intuitiva se haba elevado desde las profundidades, y haba visto, como en una llama de luz cegadora, una imagen simblica del futuro elevndose desde un pasado temible, y haba, sin acto alguno de volicin consciente, sealado a este hombre como un acreedor de las verdaderas cuentas por saldar.

Con ese hombre yo tengo mucho que ver, se dijo a s mismo, al tiempo que notaba a aquel gran rostro alzar la mirada y cruzarse con la suya a travs del vidrio. Hay algo que no puedo evitar, un relacin vital nacida del pasado de ambos de nosotros. Y fue hacia su escritorio temblando un poco y con las rodillas fallndole, como si la memoria de algn terrible dolor hubiera posado sbitamente su mano helada sobre su corazn y tocado la cicatriz de un gran mal. Fue un momento de terror genuino cuando sus ojos se encontraron a travs de la puerta de vidrio, y fue consciente de un encogimiento interno y una repugnancia que le embargaron con violencia y le convencieron en un segundo de que el saldar esta cuenta sera casi, tal vez, algo imposible de manejar.

La visin pas tan rpido como vino, cayendo de nueva hacia la regin sumergida de su consciencia; pero nunca olvid, y la totalidad de su vida desde entonces se convirti en una especie de natural, dura y espontnea preparacin para el cumplimiento de esta gr