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¡Gracias por empezar a leer las primeras páginas de este título!
Te doy un trato preferente porque lo mereces, disfruta de esta lectura y no
te pierdas la oportunidad de tener este gran libro en tus manos.
Saludos, Editorial Endira
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El avión se había retrasado más de dos horas y no podía dejar de pensar en lo que vendría para él en
el futuro. Faltaban solo unos cuantos días para cumplir años y su vida estaba por recomenzar.
Se encontraba en la sala de espera del aeropuerto internacional de la Ciudad de México. El viaje estaba planeado con seis meses de anticipación. Su gran ami- go español Tomás se casaba, y lo había invitado como testigo.
Dos semanas atrás terminó de entregar la empresa donde por tantos años trabajó y ahora solo esperaba saber qué pasaría después. El día anterior empacó sus maletas. Mientras lo hacía, revivió aquella vez que hizo sus estudios de postgrado en el extranjero, justo en esa ciudad a donde volvía; miles de pensamientos le llegaban a la mente. En aquella ocasión había empaca- do gran parte de su ropa. Viviría en Barcelona por dos años y parecía que nada de lo que llevara era sufi- ciente. Once años después se encontraba en una situ- ación similar, al menos en sentimiento. Aunque en esta ocasión parecía ser algo muy diferente. Debía planear qué hacer con el resto de su vida.
Después de poco más de dos horas de espera, anunciaron para abordar el vuelo que partía de la Ciu- dad de México a Madrid.
Apenas subió al avión y no paraba de imaginar posi- bles escenarios para los siguientes meses, incluso para los siguientes años. Tenía la fiel idea de que, después de haber trabajado años en aquello que no lo hacía feliz, parecería el tiempo perfecto para ir en busca de lo que realmente le diera satisfacción. Pensaba en cuáles fueron los motivos que lo inclinaron hacia la carrera profesional que escogió. En realidad, su gran fascinación siempre fueron las artes y los deportes; parecería una
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locura esta combinación, pero eran sus debilidades. No era una persona que acostumbrara a dormir en
el avión, por ello tuvo varias horas para pensar durante el viaje, en su futuro y, curiosamente, en su infancia. Empezó a recordar eventos de mucho tiempo atrás y durante el vuelo trató por un momento de escribir su historia, algo que solo hizo en su cabeza.
Trece horas más tarde anunciaron el aterrizaje en Barajas, el Aeropuerto Internacional de la ciudad de Madrid. Después de pasar al área de conexiones con otros vuelos, le pudieron asignar lugar en uno que saldría en la siguiente hora hacia Barcelona. El puente aéreo, como le llaman, permite viajar entre ambas ciu- dades prácticamente cada hora.
Dos horas más tarde aterrizó en la Ciudad Condal, tomó su maleta y salió en busca de un taxi que lo llevara hasta la urbe. Se quedó inmóvil afuera del taxi, respiran- do profundamente, parecía enfocar un punto fijo, sim- plemente se preparaba para lo que habría de ser.
Escogió el hotel Actual para su estancia durante es- tas semanas. El hotel se encontraba en la calle paralela a su antigua casa, justo a espaldas de la Pedrera. Había hecho la reservación varios meses antes y tendría en ese hotel su base por el próximo mes.
Entró al hotel, se registró, subió al cuarto e hizo lo que hacía cada vez que viajaba. Tenía la costumbre de desempacar toda su ropa antes de cualquier otra cosa. Era una especie de ritual que seguía desde que tenía memoria. La lógica decía que la ropa se había arrugado durante casi dieciocho horas y esto no em- peoraría por un par de horas más; sin embargo, por alguna razón era importante sacarla, colgarla y acomo- dar todo. Siempre había sido una persona sumamente ordenada y ni en los momentos más difíciles era capaz
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de cambiar sus hábitos. Eran aproximadamente las ocho de la noche cuan-
do terminó de desempacar, se metió a la ducha, se puso unos pantalones, una camisa y bajó al restaurante del hotel, pidió una mesa cerca del bar y se sentó. Pasa- ron tan solo unos segundos y se acercó el camarero. Solo se encontraban ocupadas otras dos mesas en el lugar, pero aún era muy temprano.
Le ordenó un bocata con jamón, algunas aceitunas y una copa de vino de la casa.
Era, entre otras cosas, un gran amante del vino. Dis- frutaba cada comida que involucrara tomar este. En una ocasión le preguntaron: “¿si pudieras tener algo en la vida, qué sería?”. La respuesta fue casi inmediata: ten- dría un viñedo y, por supuesto, haría el mejor vino del mundo.
Al día siguiente salió del hotel. Se dirigió a la calle de Paseo de Gracia y caminó directamente al café donde pasó horas leyendo en sus ratos libres años atrás. Era el lugar perfecto para ver pasar a la gente. A todas aquel- las personas que trabajaban en esta calle tan impor- tante, a aquellos turistas que tienen como obligación pasar por ella para decir que habían estado ahí; que habían caminado sobre Paseo de Gracia.
La calle tenía además de la Pedrera, la casa Valló, otra de las principales obras de Gaudí. Durante su estancia en Barcelona visitó ambas construcciones más de una decena de veces, era como una ruti- na cada determinado tiempo. La Pedrera, su obra preferida, ofrecía constantemente nuevas exposi- ciones; mientras vivió ahí, había acudido a ver todas y cada una de ellas. Siempre hablaba de su favorita, aquella que había presentado cuarenta y cuatro obras que mostraban el paso del pintor ruso Kan-
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dinsky a la abstracción. Quería arreglar todos los detalles de su viaje an-
tes de empezar a disfrutar. Como aquella persona que come la orilla de un sándwich y deja el centro para el final. La idea era arreglar hotel, vuelos, cuen- tas, etcétera, y después empezar a vivir el momento; ese es el tipo de persona que siempre había sido. Le gustaba controlar cada situación en la que se pudi- era encontrar.
Más tarde se dirigió a la sucursal bancaria del ban- co español donde manejaba sus cuentas en México. Semanas antes había dado la instrucción de hacer una transferencia a la cuenta que tuvo durante su estancia en Barcelona, la cual dejó abierta con el saldo mínimo. En el fondo, siempre tuvo la intención de regresar a vivir a Barcelona, aunque eso nunca se hubiera podido lograr. La nueva empresa, la familia, los amigos y el resto de responsabilidades lo hicier- on imposible. Todo fue un sueño de juventud, don- de los planes y proyectos no prevén los obstáculos para llegar a ese fin. Es muy fácil ver el final de la película: como imaginar que te sacas la lotería… lo único que piensas es en la vida después de cobrar el premio.
Al salir de la sucursal había terminado con una buena parte de sus pendientes, ahora podría prácti- camente empezar el viaje. Se detuvo en la calle y sim- plemente miró. Estaba nuevamente en Barcelona, en la ciudad que lo había enamorado ciegamente unos años atrás. Una ciudad que conocía perfectamente, pues presumía haberla caminado por completo más de una vez.
Durante su anterior estancia en Barcelona consiguió un departamento de escasos cincuenta metros cuad-
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rados; no necesitaba más para vivir y mucho menos estando solo, de estudiante. Por azares del destino fue el primer departamento que le mostró la corredora de bienes raíces. La atracción fue instantánea. La vista era incomparable, tenía La Pedrera justo del otro lado de la calle. Eso fue suficiente para cerrar el trato.
La boda de Tomás sería el sábado, pero desde el jueves anterior al evento ya se había instalado, tenía arreglado todo por el próximo mes. El plan era muy sencillo: iría a la boda, vería a viejos amigos, recordarían todas las vivencias divertidas de ese tiempo… y espe- raría a ver que le preparaba el destino para después. Pensaba que con este tiempo tendría una idea más clara de cómo seguir su vida en México; quizá acabaría viviendo en otro lugar… no había certeza.
Contaba con el tiempo suficiente para pensar en lo que haría. Por algún motivo tenía la seguridad de que todo se alinearía por sí solo, la esperanza de que se le pusiera en el camino aquella oportunidad que fuera el parteaguas de su vida; un trabajo, una mujer o simple- mente un propósito.
Una vez en el café, se sentó, sacó un libro y empezó a leer. Era amante de las novelas históricas. De hecho, entre sus libros favoritos se encontraba el de un es- critor español que descubrió durante su estancia en Barcelona. La historia se llevaba a cabo ahí y tenía una trama que te atrapaba. Cada capítulo era adictivo e incitaba a seguir leyendo. Le fascinaba que la novela de- scribiera esos rincones tan singulares de Barcelona, tan representativos para las personas que han vivido ahí.
Llevaba una hora sentado. Había tomado un par de cafés y sentía una paz interna incomparable. Estaba por salir e ir a su lugar favorito de tapas, cuando apare- ció ella. La vio entrar con sus lentes oscuros, botas de
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gamuza color gris que daban justo arriba de las rodillas, unos jeans ajustados que metía dentro de las botas, una camisa blanca desfajada y encima un saco negro con una pashmina enrollada al cuello. Por algún moti- vo se volvió a sentar y observó. Algo en ella le llamó mucho la atención, como una visión que te hace mirar fijamente y dejar todo lo que en el momento estuvi- eras haciendo.
Pelo castaño, piel blanca y ojos verdes que hacían la combinación perfecta. No era necesariamente alta, pero podría decirse que su metro sesenta y ocho la hacía ver mucho más alta de lo que en re- alidad era.
Anna entró al café y por azares del destino se sentó en la mesa aledaña. Se acomodó lentamente observando a su alrededor, como si esperara en- contrar a alguien. Una vez sentada volteó hacia su mesa y le pidió un cigarrillo. Le contestó amable- mente que no fumaba, pero que en aquella tienda de la esquina seguro podría conseguir unos.
Era española, por su pronunciación así lo parecía. Al tiempo que oyó la respuesta acerca del cigarro, reconoció instantáneamente el acento.
—Muchas gracias, mejicano. Ustedes siempre tan amables.
Le sonreí a la vez que le preguntaba si podía acom- pañarla a tomar el café, respondió que estaba esperan- do a otra persona y que no tardaría en llegar.
A los cinco minutos recibió un mensaje en el celular. Estuvo un par de minutos leyéndolo y quizá volviéndo- lo a leer. Al terminar levantó la cabeza y con una voz dulce me dijo:
—Oye, mejicano, ¿todavía te interesa acompañarme con mi café?
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Rápidamente asentí con un gesto, tomé mis cosas y fui a su mesa. Me pidió que le cuidara su bolso y salió caminando hacia el puesto que le había señalado. Al regresar, se sentó, me dio las gracias y me miró como si estuviera esperando algún tipo de respuesta.
La conversación fue muy extraña… —¡Hola! Yo soy A. Mucho gusto. Ella solo dijo “Hola” y permaneció callada un mo-
mento. Segundos más tarde recibió otro mensaje en su teléfono, dio un sorbo a su café, lo leyó, me miró, y entonces empezó a hablar.
—Mi nombre es Anna. Nací en Londres, pero desde que era pequeña llegué a vivir a España. Te cuento, mejicano, mi padre es un diplomático inglés que fue trasladado a Madrid hace veinticinco años. Yo solo tenía cuatro años cuando llegué a vivir a esa ciudad, así que en realidad mis recuerdos emp- iezan ahí y solo por alguna fotografía puedo tener constancia de mis primeros años en Londres. Pero ya sabes, como dicen por ahí, a esa edad todos somos felices.
Tomó otro sorbo de café, abrió la cajetilla recién comprada, sacó un cigarro, lo encendió y continuó con su charla.
—Por alguna razón, después de haber estado en la embajada de Inglaterra en Madrid durante diez años, nos trasladamos a vivir a las Islas Baleares. Por cierto, A, ¿has estado en ellas? —Antes de recibir respues- ta siguió con el diálogo diciendo que desde entonces había vivido en Mallorca, que era un lugar encantador, pero que siempre había preferido las capitales—. En realidad me siento un poco encerrada en lugares tan pequeños, pero así es esto, ¿no te parece?
No paró de hablar y siguió contando las generali-
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dades de su historia, como si se tratara de una entre- vista de trabajo a fondo.
—Cuando entré a bachillerato —prosiguió—, es- tuve un par de años en París, donde además de la escue- la aprendí idiomas. Cuando tuve que elegir la carrera, opté por políticas públicas; fue ahí cuando regresé a Inglaterra, a la Universidad de Cambridge. Ha sido una etapa increíble —me dijo—, pero aún no me dices nada de ti, mejicano. ¿A qué te dedicas? ¿Qué haces en Barcelona? ¿Eres casado, soltero o simplemente un caminante de la vida que no guarda compromi- sos? Pero bueno, dime, ¿quién eres?
No le hablé de mi vida sentimental para no em- pezar con algo tan serio.
—Soy un simple viajero en busca de inspiración — dije a la vez que sonreí.
Hubo un silencio absoluto por parte de ambos has- ta que ella, con una voz más tierna que antes, comenzó a hablar.
—¿Qué clase de inspiración buscas? ¿Acaso eres un escritor que busca su tema? ¿O eres esa clase de persona que pasa la vida buscando inspiración? Porque hay gente que siempre tiene la gran excusa de buscar inspiración y esto permite alejarte de los compromi- sos y de la realidad. Espero no seas este tipo de per- sona, mejicano… pero bueno, cuéntame. Por cierto, durante mi estancia en Londres, allá en Cambridge, conocí a un par de mexicanas, muy guapas y simpáticas como todas. Una de ellas es la hija de un importante industrial de Monterrey y la otra es una chica brillante, después me fui a enterar que había ganado una beca para hacer estos estudios al escribir un ensayo sobre las incongruencias en el derecho laboral en México. Todavía recuerdo eso, ya que en alguna clase de Cam-
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bridge lo tradujeron y nos lo hicieron leer a todos. En realidad parecía un cuento de hadas, me parece increí- ble que exista un país que tenga esas leyes anticuadas e injustas en un tema de tanta importancia como lo es el laboral. Pero bueno, ¿en qué estábamos?, ah sí, decías que vas en busca de pretextos por la vida, ¿es correcto, mejicano?
—Eres simpática, Anna; además de guapa eres adivi- na. La verdad es que vengo a la boda de un gran amigo. Él es de Barcelona y se casa por segunda vez. Bueno, además de un gran amigo es un buen socio con el que he hecho uno o dos proyectos divertidos en México.
—Muy interesante, pero dime más. En ese momento sonó su teléfono. Ella solo dijo “sí”,
poco después volvió a decir que “sí” ya con la voz más apagada y con una cara diferente, como si le hubieran dado una mala noticia, y sin más dijo “hasta ahora” y colgó.
Pregunté qué quién era, ella contestó que nada im- portante.
—Es simplemente una tarea que tengo que hac- er —dijo.
Ella me preguntó si no me importaba pedir otro café, me dijo que le haría bien platicar un poco más antes de marcharse. Yo simplemente asentí y ella llamó al mesero. Le pidió un cortado, pero cuando este se alejaba lo volvió a llamar.
—Pensándolo bien, quisiera un whiskey en las rocas; si tienes de una sola malta mucho mejor. ¿Y tú, mejica- no, me acompañas con algo?
—Pues en realidad no acostumbro a tomar whis- key, pero tráeme lo mismo que a ella por favor —le dije al mesero.
A los pocos minutos teníamos los dos vasos
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con whiskey en la mesa, quitó los hielos del vaso old fashion de su bebida y tomó todo el whiskey de un jalón. Cuando acabó de tomar, volteó y me hizo un comentario.
—Para matar los nervios. Así volvió a llamar al mesero y pidió otra bebi-
da igual. —Te cuento, mejicano, que yo estoy aquí por ne-
gocios. Tenía una reunión hoy por la noche, pero me la han cambiado para mañana, así que soy toda tuya por el resto del día.
Parecía un poco menos nerviosa que antes, como si nunca hubiera recibido aquella llamada telefónica de hacía escasa una hora. Se estaba haciendo un poco tarde cuando le propuse ir a cenar cerca de la playa. Quería ir a aquel lugar donde estuve un par de veces durante mi estancia en Barcelona.
—Anna, ¿alguna vez has estado en el Aqua? —le pregunté—. Es un restaurante que se encuentra cerca de la playa; ya sabes, uno bastante moderno que está en el Paseo Marítimo.
Anna negó con un gesto y propuso algo más. —Qué tal si vamos por unas tapas y de ahí me
acompañas a buscar un hotel por la zona. ¿Sabes de algún buen lugar por acá?
—Claro que sí, te llevaré a mi lugar favorito de ta- pas en toda Cataluña. Seguramente has oído hablar de él: la Cervecería Catalana.
Ella se quedó pensativa por un minuto. —En realidad he estado pocas veces en Barcelo-
na, no sé por qué no lo había mencionado antes. Así que, como te dije hace unos instantes, soy toda tuya.
Caminamos hacia el restaurante que se encontraba a tan solo unas calles. Eran casi las siete de la tarde
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cuando llegamos a pedir una mesa. Había bastante gente esperando, por lo que fuimos a los únicos dos lugares que quedaban en la barra y tomamos asien- to.
Anna pidió otro whiskey y yo pedí lo mismo. Después ella me pidió que la acompañara a fumar un cigarrillo afuera, así que tomé los vasos y salimos. Afortunadamente se acababa de desocupar una mesa afuera y pudimos sentarnos. En cuanto ella encendió el cigarrillo empezó a hablar como lo había hecho en un inicio, en el café.
—Pues verás, mejicano, después de haber estudia- do la maestría en Londres me quedé a vivir ahí un año. Durante el último semestre del postgrado, conocí al que después fue mi prometido.
—¿Cómo?, ¿estás casada?, ¿en dónde está el anillo? —Al segundo la interrumpí.
Anna sonrió y dijo que solo había durado un año. Que existían muchas diferencias en sus maneras de pensar y que por esa razón habían terminado.
—Además, no le gustaba leer ; ¿lo puedes creer? Sabes, mejicano, no sé qué haría si no existiera la lectura. Mira lo que traigo en la bolsa… desde que me acuerdo traigo este libro. Seguro lo leíste cuan- do eras pequeño.
El libro que me enseñó era una versión miniatura de El principito.
—Claro que lo he leído, Anna, y más de una vez; simplemente no lo he leído en los últimos diez años.
Empezaron a pedir diferentes tapas: solomillo, que- so azul, gambas, etcétera.
—¿Así que no venías seguido a Barcelona? —No, mejicano, he estado en una buena parte de
España, pero no tantas veces entre los catalanes. Sé
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que las Baleares están a tan solo una hora de vuelo, pero nunca he estado más de un par de días en Barce- lona; lo cual es extraño, yo lo sé.
Además de las copas y lo que tomamos en el café por la tarde, estábamos por terminar la segun- da botella de vino tinto. Anna se me quedaba vien- do pensativa.
—Creo que eres una persona de fiar, que sabes guardar secretos; por ello, te voy a contar mi vida am- orosa. Claro, si es que tienes tiempo.
—Por supuesto que tengo tiempo, mi único com- promiso es hasta dentro de dos días. Fuera de eso, estoy para lo que quieras.
Se me quedó mirando un buen rato, sus ojos verdes brillaban más que antes. Tenía una sonrisa encantadora y la seriedad la hacía mucho más gua- pa. Después observó el cielo, como si estuviera de- cidiendo algo, volvió la mirada hacia mí y empezó a hablar.
—Hace cerca de dos meses estuve en Londres por última vez. Mi ex, el tío con el que estuve com- prometida, me llamó para recoger las cosas que había dejado cuando vivimos juntos. En realidad era un pretexto. Sabía que me quería ver, pero no tenía una idea exacta de que era lo que en realidad buscaba con este encuentro. Cuando rompimos el compromiso hablamos poco al respecto. Un buen día solamente pasó y tomé un avión hacia España. La verdad hubo algo que me impulsó a dejarlo lo más pronto posible. Al poco tiempo de haber iniciado la relación con él, empecé a notar algunos detalles dignos de analizar. Este personaje vivía como mag- nate en un piso en la mejor zona de Londres. En realidad nunca me contó lo que hacía, pero estaba
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segura de que no era totalmente legal a lo que se dedicaba. Seguro te estarás preguntando cómo fui a parar con alguien como él, o cómo fue que lo conocí. Pues fue hace poco más de un año en un desfile de modas. Una buena amiga londinense, Gwen, trabaja para una importante marca de ropa y me invitó a un desfile que ahora no recuerdo dónde, pero estoy segura que fue en un hotel.
Siguió adelante diciendo que había una tercera amiga, una persona que ese mismo día le presentó Gwen y fue a través de ella que conoció al individuo.
—Él se llama Antonio, y aunque tiene nombre latino y un aire de árabe, es un europeo, de Ucrania, con una mezcla de nacionalidad americana; al pare- cer su madre era o fue una modelo importante, na- cida en California, mientras que su padre era ucrani- ano, nacido en Kiev cuando aún era parte de Rusia. Así que se puede decir que es ruso o ucraniano, al- guno de esas dos. En realidad este tío es muy guapo y muy simpático, es por ello que terminé atada a él.
Se tomó unos segundos para seguir hablando. —Bueno, como te estaba diciendo, algunos meses
después de iniciar la relación con él ya estaba com- prometida. Todo fue muy rápido y en verdad que yo estaba deslumbrada con todo lo que viví en tan solo unos meses. Viajábamos casi todos los fines de sema- na y siempre a diferentes lugares. París, Moscú, Irlanda, y cuando salíamos de Europa nos quedábamos más tiempo. Me acuerdo que pasamos toda una semana en Nueva York, estábamos hospedados en el Plaza. Para no hacer la historia tan larga, te puedo decir que seis meses después estaba comprometida con él. Me tardé en dar cuenta de lo peligroso que podía ser estar con alguien así.
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Anna dio un largo trago a su copa de vino y continuó. —Me di cuenta más tarde que cada viaje que
hacíamos era por negocios. Normalmente nos re- uníamos con una o varias personas a cenar, incluso parejas, pero siempre era en nuestros viajes. Lo único constante de estas personas es que siempre eran ru- sos o de países del este de Europa.
Tomó más vino y dio un descanso a su relato. —Ahora, cuéntame algo, mejicano. Mientras decía eso le dije que no me podía dejar
así, que su historia aún no tenía ni pies ni cabeza. Que en dónde había estado la trama, que obviamente me faltaba toda la información del mundo. Ella fijaba su mirada en mí y comentaba que mañana terminaría la historia, que la parte interesante estaba por llegar, que tuviera calma. No me quedó más remedio que dejar de preguntar y buscar otro tema.
Ya habíamos terminado de cenar y me pidió que sal- iéramos a caminar un poco. Pagamos la cuenta y al salir del restaurante me tomó del brazo.
—Me estoy quedando en un hotel muy cerca de aquí, si quieres podemos ver si hay más habitaciones y te quedas ahí. ¿Te parece, Anna?
Ella no me contestó y seguimos caminando hasta la entrada del hotel. Eran aproximadamente las once de la noche cuando llegamos.
Cuando le empecé a decir algo sobre el hotel, con la yema del dedo índice tapó mi boca e hizo “shhhh”. En ese momento paré de hablar, me puso en el cuello la pashmina que traía desde que habíamos salido del café y me dio un beso en la boca. Aunque solamente tocó mis labios, fue una sensación incomparable. Sentí que me transmitió, en un solo instante, una parte de cada uno de sus sentimientos… como si me hubiera
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contado una historia con solo tocar su boca. Al día siguiente desperté en mi cama, en el cuarto
del hotel. Estaba solo y todo parecía haber sido un sueño… esa era la explicación más lógica. ¿Por qué no tenía recuerdos después del beso? ¿Qué había pasado?, y lo más importante ¿cómo poder saberlo?
Estuve recostado un rato, mirando al techo, recor- dando todas y cada una de las palabras que habían salido de Anna. Más tarde, abrí la puerta del cuarto y tomé el periódico que regularmente deja el hotel. Para mi sorpresa, la fecha del periódico decía que era sába- do; imposible, apenas ayer había sido jueves. Traté de entender qué pasaba, nada cuadraba. ¿Qué pasó con el día anterior? El último recuerdo que tenía era el beso de Anna el jueves por la noche. ¿Qué era lo que estaba pasando? Nada tenía sentido. Sentí una preocupación inmensa, pero tenía que dejar de pensar en ello; en unas cuantas horas era la boda de Tomás y mi presen- cia era la razón de mi visita a la ciudad, ser su testigo de boda.
Eran aproximadamente las diez de la mañana cuan- do fui a desayunar. Me puse unos jeans y bajé al restau- rante del hotel por un café y algo de comer. Por ob- vias razones no podía dejar de pensar en el viernes… «¿qué había pasado ese día?». No existía una razón lógica para haber dormido casi treinta y seis horas. A quién había visto y qué había hecho. Todo eso además de duda me causaba cierta angustia.
Al terminar de desayunar, subí al cuarto y estuve un buen rato recostado. Empecé a leer el libro que había dejado cuando encontré a Anna en aquel café. Por lo general leer siempre me ha distraído, pues me sumerge en un mundo alterno, el de la novela y fan- tasía. El mundo donde muchas veces quisiéramos vivir ;
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claro, dependiendo el libro. De pronto, volteé a la silla del cuarto y ahí estaba la pashmina de Anna. Lo único que esto me decía era que el jueves fue real… pero el viernes, ¿qué había sido del viernes?
Creo que leí casi una hora cuando al fin había llega- do el momento de estar listo para la boda.
Me metí a bañar y empecé todo el proceso de ar- reglarme. Saqué del closet el traje azul que había es- cogido para la boda, que desde el jueves había manda- do a planchar en el mismo hotel. La camisa era blanca, una corbata roja con azul marino y un poco de gris; quizá difícil de explicar, pero sumamente elegante. El traje iba acompañado de un pañuelo blanco y unas mancuernillas que combinaban perfectamente con el color de la corbata.
Al salir del elevador y entrar directamente al lobby del hotel me topé con Anna. Imaginarán mi sorpresa cuando vi su cara. Aún estaba confundido sobre lo que pasó, incluso llegué a pensar que todo había sido un sueño; pero ahí estaba, parada frente a mí. Me quedé pasmado unos segundos hasta que Anna habló.
—Vamos, mejicano, que no llegamos a la boda de tu amigo.
Cada vez estaba más confundido, pero por un mo- mento dejé de pensar y me perdí en la figura de Anna. Estaba realmente espectacular. Su vestido negro hasta arriba de la rodilla resaltaba completamente su figura. Llevaba el pelo suelto, aretes con una piedra verde, una esmeralda que por el color reflejaba sus ojos a contra luz, eran juego del collar con la misma piedra, la cual por su tamaño parecía ser de algún museo. Sin duda, Anna era la mujer más bella que había visto en mi vida, y estaba frente a mí; esperándome.
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La boda era en una hacienda dentro de un viñedo que se encontraba a unos cuarenta minutos del hotel. Me dirigí a la recepción y confirmé el coche que nos llevaría hasta allá. Había contratado a un chofer desde mi llegada, esto con la intención de llevarme, traerme de vuelta y que estuviera por ahí por si es que se of- recía algo durante el evento. Como testigo no podía dejar que faltara algo en la boda, cualquier contratiem- po podía resolverse.
En cuanto me dijeron que el coche estaba afuera, nos dirigimos hacia él y ambos entramos a la parte trasera. No había platicado más con Anna después de saludarla, pero ahora era el momento de hacerlo. Una vez en el coche, cuando estaba por preguntar sobre el jueves y tal vez averiguar sobre el misterioso viernes, me dio un beso en la mejilla.
—¡Qué gusto verte, mejicano! —dijo mientras tomaba mi mano.
En cuanto apretó un poco mi mano me llegaron miles de imágenes. Todas por separado, como un rompecabezas que hay que armar sin saber cómo termina. Recuerdo que abrí más los ojos, creo que no parpadeé en más de un minuto. La sensación fue impresionante. Un segundo más tarde volteé a ver a Anna, la cual me observaba fijamente pero con una gran tranquilidad. Al pasar la mirada al collar que traía sentí un aire frío en todo el cuerpo. Solo un instante después todo había pasado, todo se organizó en mi ca- beza, todo estaba claro. Sabía exactamente qué había pasado el viernes.
—Espero no estés arrepentido de lo que hicimos… —me dijo mientras me dio un beso.
El jueves por la noche, después del beso, subimos
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a mi habitación por el pasaporte que se encontra- ba en la caja de seguridad. Volvimos a bajar y un chofer nos esperaba en la recepción, lo seguimos al coche y subimos. Estoy seguro de que no sabía a dónde iríamos, pero parecía que yo estaba de acu- erdo en todo, como si yo estuviera organizando los siguientes pasos.
Salimos en el coche y fuimos directamente al aer- opuerto que se encuentra en las afueras de la ciudad. Al bajar, nos dirigimos al mostrador de easyjet y ped- imos dos pasajes para partir a Londres. Eran aprox- imadamente las doce de la noche y el avión partía en cuarenta minutos. Recuerdo que fuimos por un whiskey y lo tomamos de camino a la sala de espera. Diez minutos después estábamos abordando el avión.
Aunque iba repasando la historia en mi cabeza, parecía que Anna sabía perfectamente en donde me encontraba. En qué parte del relato. Era como si estu- viera leyendo braille con mi mano.
No tengo muy claro que pasó en el vuelo hacia Londres, pero tenía la impresión de que estaba feliz en ese momento.
Al llegar al aeropuerto de Gatwick, no tardamos mucho y salimos directamente hacia la estación de tren que nos llevaría hasta el centro de Londres. Ba- jamos del tren, nos dirigimos a la salida donde ya nos esperaba un coche que nos llevó al hotel.
Al llegar, Anna me pidió que esperara en el lobby mientras ella hacía el registro, unos minutos más tarde me llamó y subimos al cuarto. No había dormido des- de el miércoles, así que me recosté un momento. Más tarde, me despertó Anna; dijo que me había quedado dormido un par de horas y que había llegado la hora de actuar. Estaba el desayuno en la mesa del cuarto,
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tan solo pidió café, unos croissants y un omelette que compartimos. Además, había un poco de fruta y jugo de naranja.
Anna ya estaba vestida, aunque aún tenía el pelo húmedo. Estaba tomando un poco de café cuando dijo que era mi turno para bañarme y que debíamos salir en menos de una hora.
Cuando le comenté que cómo me iba a poner la misma ropa de ayer, solo me miró y se dirigió al closet que estaba a un costado de la cama. Abrió la puerta y ahí estaba colgado, entre otras cosas, un traje gris para mí.
Tomé algo de fruta, el jugo y un poco de café, luego me duché. Al salir estaban unos calcetines grises, unos calzones, un cinturón que hacía juego con unos zapa- tos negros, y en una pequeña bolsa de plástico había cosas de baño; justo lo que yo empacaría si tuviera que salir un par de días.
Volví al baño, me puse los calzones y el pantalón del traje. Salí del baño, me puse la camisa blanca y el saco, todo me quedaba como si yo mismo lo hubiera com- prado. Hasta el largo de los pantalones era perfecto. Para este entonces, Anna ya estaba completamente ar- reglada. Tenía un vestido negro, tacones altos y había en la cama una especie de gabardina negra que quedaba perfectamente con el vestido. Unos minutos más tarde estábamos subiendo a un coche que al parecer nos esperaba. Este era un Mercedes negro con un chofer muy alto y corpulento, como si fuera un guardaespal- das.
—Buenos días, señorita Anna. —Simplemente ar- rancó.
Llevábamos solo unos minutos en el coche de
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camino a la boda y cada vez tenía más claras las im- ágenes del día anterior. Anna seguía tomando mi mano y me veía constantemente. Era como si quisiera seguir oyendo la historia dentro de mi cabeza.
El coche negro estuvo en marcha poco más de veinte minutos hasta que por fin se detuvo.
—Ya hemos llegado —le dijo el chofer a Anna. Él bajó para abrir la puerta. Al salir vi que estábamos
a la orilla de un parque, al costado de varios edificios muy elegantes. Pocos segundos después se acercó un señor que traía un sombrero de copa, como los que usan los porteros de los grandes hoteles o edificios muy clásicos. Algo le entregó a Anna, parecía un sobre y, después de ello, simplemente se marchó.
Anna abrió el sobre, asomó la vista, me miró y dijo unas palabras.
—Vamos, aquí está todo. Nos dirigimos al edificio más alto de la calle y tan
solo a unos pasos de la entrada, por alguna razón, me detuve; sabía perfectamente que hacer. Entré al edifi- cio corriendo y empecé a hablar en ruso. En realidad no hablo el idioma, pero las palabras me empezaron a salir, como si siempre lo hubiera hablado. Entendía con claridad lo que estaba diciendo, cómo lo esta- ba diciendo y lo que quería con ello. Dos personas de seguridad me siguieron hasta afuera del edificio y continuaron hablando en ruso, empezamos a discutir. Para entonces apareció el chofer del Mercedes, quien golpeó fuertemente a ambos por detrás en la cabeza con un palo. Con diferencia de unos segundos los dos cayeron estrepitosamente al piso y de inmediato re- gresé al edificio.
Fui rápidamente hacia el elevador en donde en-
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contré a Anna. Subimos al penthouse directamente. En el elevador, Anna había introducido una llave en la rendija del penthouse y había marcado una clave digital en un tablero. Había tomado la llave del sobre y la clave estaba ahí mismo, en un pequeño papel donde solo pude observar números. Una vez que se abrió el elevador, estábamos dentro del depar- tamento.
Ahora solo faltaba el perro, un dóberman que apa- reció en ese instante y que seguramente era la
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