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  • La vida en el cementerio

    La antroploga Mercedes Fernndez-Martorell, comienza sus colaboraciones en Adis-Cultural Pginas 3 y 4

    a is cultural revista de empresa

    n 101 ao XVII julio - agosto 2013

    d

    WESTERVELD Pginas 7 a 9

  • EL ACONTECIMIENTO Desde la Antropologa

    nmero 101 adis 3

    Nmero 101Julio Agosto 2013EDITA: Funespaa, S.ADIRECTOR:Jess Pozo jepozo@telefonica.net

    REDACTORA JEFE: Nieves ConcostrinaCOORDINADOR DE PUBLICIDAD: Manuel Sanz MulasDISEO : Romn SnchezFOTOGRAFA: J. CasaresCOLABORAN EN ESTE NMERO:Mercedes Fernndez-Martorell, Javier del Hoyo, Ana Valtierra, Javier Gil

    Martn, Alicia Misrahi, Yolanda Cruz, y Gins Garca Agera.

    REDACCIN, ADMINISTRACIN Y PUBLICIDAD: C/ Doctor Esquerdo 138. 5 Planta 28007 Madrid. TELF.: 917003020 INTERNET: www.revistaadios.esE Mail: prensa@funespana.es

    IMPRIME: JOMAGRAFPRODUCCIN: Jos Luis Martn

    DEPSITO LEGAL: M-32863-1996La opinin de los artculos publicados no es compartida necesariamente por la revista y/o los editores, y la responsabilidad de la misma recae exclusivamente sobre sus autores

    Candela Comunicacin

    Funespaa, S.A.Madrid, 2013

    Todos los derechos reservadosAdis es una publicacin de Candela Comunicacin s.l.Publicidad en Adis: Siluro Concept: Telf: 91 366 47 79

    INSISTO, escojo cmo morir

    No;djenme morir de mi propia muerte.

    No quiero la muerte de los mdicos.Rainer Mara Rilke

    aunque sin demasia-da defi nicin, como a pliegues, de manera silenciada, s del saber-poder mdico y de la muer-te por mi hermana, cuando

    yo tena seis aos y ella ao y dos meses. Mi hermana se llev la barriga abrasada por una bolsa de agua tan caliente, la que impuso el mdico, que al contacto con su delicada piel la nia berre brava, desesperada, indefensa. Cuando al fi n l se fue, se le retir la bolsa de goma color crema exhibiendo la inmensa ampolla que cubra su vientre y barriga. Ya no lloraba. Sin curarse de la repentina enfermedad

    que padeca por una epidemia, muri tras doce horas de enfermedad.

    A continuacin la familia ejerci las activi-dades previstas para una muerte de mediados del siglo XX. En la portera de la casa se dej abierta media hoja de la puerta todo el da. Se organizaron turnos para la vela nocturna casera con familiares y amigos y se plant comida en bandejas para que se alimentaran durante la vigilia. Se acudi con el cuerpecito metido en caja blanca a la iglesia y al cementerio catlico donde se realizaron las ceremonias previstas. Ese mismo da padre insert un brazalete negro en su traje y madre instal el mismo color en su vestimenta diaria.

    Durante el Antiguo Rgimen ( forma de es-tado anterior a 1789) el poder soberano dispo-na de la potestad de hacer morir, o dejar vivir, a sus sbditos. En verdad el poder del soberano en aquellos siglos se situ del lado de la muer-te puesto que tena la posibilidad y el poder de hacer matar aunque no el mismo para hacer la vida. As que su potestad afectaba al derecho de hacer morir o dejar vivir.

    Entonces se mora con ritos y en pblico ya que el derecho soberano de muerte era abso-luto, manifi esto, claro, contundente. La rituali-zacin popular de la muerte formaba parte de ese poder soberano ya que alcanzaba as, p-blicamente, su verdadera afi rmacin y alcance.

    Con el rito lo que se propone es cumplir la tarea de producir un efecto. Ejerciendo cier-

    adis

    Texto: Mercedes Fernndez-Martorell

    sspt

    Lunes 29 de abril. Muere esta peona.Foto: Jess Pozo

  • EL ACONTECIMIENTO Desde la Antropologa

    4 adis nmero 101

    tas prcticas o actividades se logra capturar el pensamiento de sus protagonistas llevndoles a creer, ms que a analizar, el sentido de sus actividades rituales. En aquel tiempo se trataba de ritualizar la muerte con el destino de obtener y reproducir la sumisin al soberano y al orden divino.

    Por esta razn en el Antiguo Rgimen el suicidio era percibido como un crimen. Aquel que se suicidaba se auto otorgaba un derecho que no le perteneca. El derecho de muerte slo lo podan ejercer el soberano terrenal y el divino.

    Hacia fi nales del siglo XVIII (la fecha que nos interesa, de nuevo, es la de la revolucin francesa 1789) y principios del siglo XIX se produjo mudanza en el ejercicio del poder. Co-mo un incesante proceso, el poder comenz a ejercerse no tanto para hacer morir o dejar vivir, como para hacer vivir y dejar morir. Desde en-tonces hasta hoy se trata de un poder que tiene como objetivo primero gestionar la vida, tanto la de cada individuo como la del conjunto de la poblacin.

    El derecho de inmiscuirse para hacer vivir a los individuos inspeccionando sobre la vida de cada uno hasta en los ms insignifi cantes deta-

    lles ha ido propiciando el abandono del derecho de matar desde el poder. A partir del siglo XIX el objetivo principal del poder ha sido el hacerse cargo de la vida y as lo biolgico de la vida se ha convertido en objeto del saber y en planifi -cacin del poder. Desde entonces la natalidad, la mortalidad, los ndices de morbilidad, la lon-gevidad, la salud pblica, todas las actividades implicadas en la vida son materia de control y actividades del poder.

    El objetivo es conocer, dirigir, negociar, en-cargarse y reglamentar la vida de los individuos. En aras de mejorar las condiciones de vida de cada uno y del conjunto de la poblacin se han impuesto controles sobre los riesgos, se han multiplicado leyes, reglas, vigilancias sobre cualquier descarro, defi ciencia, accidentes o cualquier prctica que quiz afecte, o se esta-blezca que daa, el transcurso del vivir.

    Lo cierto, sin embargo, es que la vida es-capa sin cesar a las tcnicas que pretenden dominarla, porque donde hay poder hay posibi-lidades de resistencia.

    En ese control sobre la vida, la muerte se convierte en tab dice Michel Foucault. Cuando la vida deviene en objetivo principal del poder, la muerte pasa a ser un mbito incomodo en tanto fi n de la vida. La muerte queda fuera del poder, es el lmite de ste y su control se deshace, no puede actuar sobre ella y queda as al descu-bierto una de las debilidades del poder o lneas de fuga, como dira el fi lsofo Gilles Deleuze. Esto es lo que sucede ahora en occidente, sobre

    todo en Europa. De ah que la muerte se silen-cie, pase al mbito de lo ntimo, de lo familiar, de lo privado, de lo casi invisible e inexistente.

    En este contexto la muerte da lugar a prc-ticas de celebracin que an teniendo carga simblica, la celebracin no cumple la tarea de capturar el pensamiento de la mayora para en-carcelarlos en una creencia, como suceda con el rito en el Antiguo Rgimen.

    El suicidio en este contexto se convierte en objeto de anlisis de la sociologa y posterior-mente de la psicologa ya que en sociedades donde el poder tiene como objetivo principal el control de la vida, le resulta difcil aceptar el de-recho individual y privado de morir. Ahora hablar sobre la muerte es tab, es algo que no es lcito mencionar.

    Sucede actualmente que las intervenciones que se realizan sobre la vida del moribundo for-man parte de las actuaciones del poder sobre el alargar la vida. Son actuaciones que no se realizan sobre la muerte en s, sino sobre lo que an resta de vida al agnico. Actualmente el poder sobre la vida se expande desde el prin-cipio al fi n del vivir. Desde el momento mismo de la gestacin que, como es evidente, en la

    actualidad est generosamente vigilada, hasta el ltimo suspiro de vida. Y con tal control sobre la vida, al dirigirla hasta en lo ms imprevisible, se propicia que la muerte pase a ser tab ya que al no poder dominarla se la abandona, se la silencia, se la reduce a la vida privada.

    A mediados del siglo XX la nia de catorce meses, mi hermana, estaba condenada a muer-te an antes de que llegara el mdico a visitarla, sin embargo, l pudo imponer su poder sobre el resto de vida que le quedaba aplicndole una terapia, o mejor, una ocurrencia, la de una bolsa

    de agua caliente hirviendo. Porque el poder no est ni estaba del lado de la muerte sino del la-do de la vida. No hay nada de qu hablar sobre la muerte, todo est previsto, organizado, regla-mentado. Existe un modelo de muerte.

    Sin embargo, junto a Michel Foucault y Gi-lles Deleuze muchos tantean sobre el poder ele-gir el morir. El poder planifi car, preveer, mimar, acariciar el acontecimiento. Se nos propone un fi nal asptico, tecnifi cado, y dirigido por proto-colos sanitarios a los que no existe otra opcin que someterse a ellos. Cabe interrogarse si es posible experienciar de otra manera los ltimos segundos de la vida, ms all de la uniformiza-cin de la sociedad.

    Es en la muerte donde se puede ensayar otras formas de dejar la vida. Pero en nuestra sociedad est vedado hablar sobre la muerte, sobre cmo se la imagina o cmo quisiera que se produjera. Resulta escandaloso que un in-dividuo pretenda organizar su muerte y hablar de los preparativos de la misma. S podemos hablar sobre el cadver. Las agencias funerarias ofrecen muestras de vestimenta, de maquilla-jes, de atades, detalles sobre la ceremonia, todo esteriotipado y superfi cial, sin imaginacin.

    Por qu no existen consultores a los que acudir para discutir y planear sobre la propia muerte? Las decisiones sobre el momento de muerte podran ser el resultado de largas medi-taciones, de atencin notable y competente. Sin embargo, el cuidado por el acontecimiento nos es negado. Sera bueno convertirse en hacedor del acontecimiento de la muerte. Cabe hacer de ella algo que est bien, abrazarla. No es resis-tible que hoy, aqu, se nos prive del sentido y el valor del acontecimiento que clausura nuestra vida.

    Mercedes Fernndez-Martorell (Barcelona, 25 de noviembre de 1948) se incorpora como colaboradora desde este nmero a la revista Adis-Cultural. Desde este nmero aportar la visin de la antropologa, campo