76699608 Katz Claudio Las Disyuntivas de La Izquierda en America Latina

of 250/250
1 LAS DISYUNTIVAS DE LA IZQUIERDA EN AMÉRICA LATINA CLAUDIO KATZ ÍNDICE 00. Introducción 01. Las nuevas rebeliones latinoamericanas 02. Gobiernos y regímenes en América Latina 03. Las encrucijadas del nacionalismo radical 04. Estrategias socialistas en América Latina 05. Socialismo o neodesarrollismo 06. Centroizquierda, nacionalismo y socialismo 07. Los problemas del autonomismo 08. Pasado y presente del reformismo 09. Los efectos del dogmatismo a. Catastrofismo b. Esquematismos 10. Interpretaciones de la democracia en América Latina 11. La democracia socialista del siglo XXI 12. Controversias sobre la revolución 13. Hipótesis revolucionarias [recopilación de artículos publicados en Internet que posteriormente formarían parte ―reducidos― del libro Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, abril de 2008]
  • date post

    23-Oct-2015
  • Category

    Documents

  • view

    62
  • download

    6

Embed Size (px)

Transcript of 76699608 Katz Claudio Las Disyuntivas de La Izquierda en America Latina

  • 1

    LAS DISYUNTIVAS DE LA IZQUIERDA

    EN AMRICA LATINA

    CLAUDIO KATZ

    NDICE

    00. Introduccin 01. Las nuevas rebeliones latinoamericanas 02. Gobiernos y regmenes en Amrica Latina 03. Las encrucijadas del nacionalismo radical 04. Estrategias socialistas en Amrica Latina 05. Socialismo o neodesarrollismo 06. Centroizquierda, nacionalismo y socialismo 07. Los problemas del autonomismo 08. Pasado y presente del reformismo 09. Los efectos del dogmatismo

    a. Catastrofismo b. Esquematismos

    10. Interpretaciones de la democracia en Amrica Latina 11. La democracia socialista del siglo XXI 12. Controversias sobre la revolucin 13. Hiptesis revolucionarias

    [recopilacin de artculos publicados en Internet que posteriormente formaran parte

    reducidos del libro Las disyuntivas de la izquierda en Amrica Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, abril de 2008]

  • 2

    INTRODUCCIN

    01. LAS NUEVAS REBELIONES LATINOAMERICANOS

    Amrica Latina se ha convertido en un foco de resistencia al imperialismo y al

    neoliberalismo a partir de los levantamientos en Bolivia, Ecuador, Venezuela y Argen-

    tina. Estas rebeliones enarbolaron reclamos coincidentes de anulacin de las privatiza-

    ciones, nacionalizacin de los recursos naturales y democratizacin de la vida poltica.

    Las luchas rurales se expandieron, pero la reforma agraria ya no es la nica peti-

    cin y ha decrecido el rol protagnico del campesinado. Las demandas poltico-

    culturales de los indgenas han recobrado actualidad luego de siglos de avasallamientos,

    confirmando que los oprimidos pueden asumir varias identidades. Pero esta reivindica-

    cin no debe dividir a los explotados.

    Una gran variedad de sujetos populares lider las rebeliones recientes. La reor-

    ganizacin neoliberal del trabajo y el rol de las burocracias sindicales redujeron la gra-

    vitacin de los obreros industriales, pero no impidieron la activa intervencin de los

    asalariados. Slo una ptica clasista permite entender la dinmica de confluencia entre

    oprimidos y explotados que se observ en las sublevaciones.

    Las rebeliones contribuyeron a revertir la secuencia de derrotas populares en que

    se asienta el neoliberalismo y expresaron una slida herencia de nacionalismo antiimpe-

    rialista, conquistas democrticas y experiencias anticapitalistas. Amrica Latina ha sa-

    cado provecho de los reveses que soporta el Pentgono en Irak y su protagonismo en la

    periferia obedece a tradiciones de autonoma post-colonial de larga data.

    Los levantamientos recientes fueron rebeliones radicales que superaron los esta-

    dios bsicos de la protesta social. Pero no incluyeron los desafos al estado, las formas

    de poder popular y los desenlaces militares, que caracterizaron a las revoluciones de

    Mxico, Bolivia, Cuba y Nicaragua.

    El trmino revolucin es utilizado actualmente para realzar conquistas sociales y

    esperanzas de emancipacin, pero tambin debe servir para evaluar la intensidad de una

    lucha social. Conviene distinguir ambos sentidos y reconocer las diferencias que sepa-

    ran la actual oleada de sublevaciones de una situacin revolucionaria continental.

    Las rebeliones actualizan viejas reivindicaciones sociales y nacionales y han me-

    jorado las condiciones para obtener conquistas populares. Pero las principales demandas

    continan pendientes y su logro exige desplazar del poder a las clases dominantes.

    02. GOBIERNOS Y REGMENES EN AMRICA LATINA

    La unanimidad derechista ha quedado reemplazada por tres tipos de gobiernos.

    Los conservadores son neoliberales, pro-norteamericanos, represivos y opuestos a cual-

    quier mejora social. Los centroizquierdistas mantienen una relacin ambigua con Esta-

    dos Unidos, arbitran entre el empresariado, toleran las conquistas democrticas y blo-

    quean las mejoras populares. Los nacionalistas radicales son ms estatistas, chocan con

    el imperialismo y la burguesa local, pero oscilan entre el neo-desarrollismo y la redis-

    tribucin del ingreso.

    Las libertades pblicas superan la norma histrica, pero en el polo derechista

    imperan formas de terrorismo estatal y un gran incumplimiento de las reglas constitu-

    cionales. En lugar de la crisis del 90 predomina un contexto econmico de recuperacin.

    Las transiciones postdictatoriales fueron muy diferentes a los casos comprables de Eu-

    ropa y legaron un alto grado de inestabilidad.

  • 3

    El presidencialismo es un efecto general de la vulnerabilidad perifrica. Pero

    Uribe, Lula y Chvez acaparan facultades con finalidades muy opuestas. En ciertos ca-

    sos el acceso de mujeres, indgenas y ex obreros a la presidencia expresa el ascenso de

    sectores plebeyos y en otros disfraza la permanencia de las elites en el poder.

    La derecha refuerza las plutocracias que la centroizquierda intenta disimular y

    los nacionalistas pretenden eliminar. Los tres tipos de gobiernos se asientan en meca-

    nismos formales e informales. La mayor gravitacin de los partidos o del clientelismo

    no es una peculiaridad de gobiernos progresistas o reaccionarios y la actual contraposi-

    cin entre republicanos y populistas es una falsa disyuntiva. Este contraste no sustituye

    la distincin entre izquierda y derecha, ni esclarece los intereses sociales en juego.

    La repblica que elogia el establishment es la anttesis de la democracia. Pro-

    mueve la divisin de poderes para estabilizar los negocios y zanjar los conflictos entre

    los capitalistas. El sistema republicano arrastra una historia de fragilidad perifrica,

    proscripciones oligrquicas y carencia de cohesin por arriba o legitimidad por abajo.

    La derecha y el socio-liberalismo utilizan un doble patrn de legalidad republi-

    cana para evaluar a sus aliados y a sus adversarios. Presentan al populismo como un

    virus regional, pero no aclaran el significado de este fenmeno.

    Por otra parte, los tericos que elogian al populismo encubren su funcin regi-

    mentadora y diluyen la tensin que opone a la centroizquierda con el nacionalismo radi-

    cal. Mantienen la vaguedad del concepto y oscurecen con indefinidas referencias al

    pueblo el sentido de la lucha de los oprimidos. Es vital caracterizar en la actual coyuntu-

    ra regional el papel de cada clase social.

    03. LAS ENCRUCIJADAS DEL NACIONALISMO RADICAL

    Una comparacin con varias experiencias del siglo XX esclarece los dilemas que

    afrontan los gobiernos nacionalistas radicales de Sudamrica. El antecedente de Salva-

    dor Allende recuerda que la reaccin siempre tiene en carpeta un golpe. Pero la derecha

    intenta actualmente reinstaurar la hegemona constitucional de los conservadores sin

    recrear las viejas dictaduras.

    Los capitalistas mantienen el dominio de la economa en Venezuela, Bolivia y

    Ecuador, tal como ocurri en Chile en esa poca. Si en lugar de avanzar hacia la cons-

    truccin de un poder popular se aceptan los condicionamientos del establishment, reapa-

    recer el desconcierto que ahog la experiencia chilena. Hay que afrontar en forma con-

    secuente las resistencias que oponen los dominadores mediante un curso anticapitalista.

    Tambin el debut del Sandinismo ilustr la necesidad de drsticas medidas con-

    tra los opresores. Pero la derecha logr un retorno electoral con el auxilio de los gobier-

    nos latinoamericanos, aprovechando la incapacidad del FSLN para proyectar sus xitos

    militares al plano poltico. Esa restauracin no era inevitable, ni obedeci slo a las ad-

    versidades externas. Se apoy en una involucin socialdemcrata de los dirigentes que

    desmoraliz a la poblacin. Los procesos nacionalistas actuales cuentan con mrgenes

    temporales y recursos econmicos mayores que los vigentes en Nicaragua, pero las en-

    crucijadas polticas son semejantes.

    La revolucin mexicana ilustr cmo puede gestarse una clase capitalista desde

    la cspide del estado. La repeticin de este precedente es el principal peligro que afron-

    tan los nuevos gobiernos radicales. El PRI utiliz la legitimidad de una revolucin para

    estabilizar durante dcadas la acumulacin privada y evitar los inconvenientes de las

    dictaduras. Este modelo es alentado en Venezuela por los sectores que se enriquecen en

    el cuadro actual y por quienes resisten cambios significativos en Ecuador y Bolivia. En

  • 4

    los tres casos la poltica exterior independiente puede pavimentar una ruptura con el

    imperialismo o facilitar el curso diplomtico burgus que promueve el MERCOSUR.

    El proceso venezolano tiene mayor proximidad con el nacionalismo militar que

    sus equivalentes de Bolivia o Ecuador. Durante el siglo XX predominaron en Amrica

    Latina las acciones del ejrcito al servicio de las clases dominantes, pero tambin se

    registraron varias experiencias radicales, El mayor problema radica en distinguir el ca-

    rcter progresivo o regresivo de esas intervenciones. La ceguera frente al primer caso y

    las ingenuidades frente al segundo tienen consecuencias nefastas. Es tan errneo jerar-

    quizar indiscriminadamente a los civiles frente a los militares, como olvidar que el na-

    cionalismo militar no puede desenvolver por s mismo un proceso de emancipacin.

    La revolucin cubana demostr que es factible derrotar al imperialismo e iniciar

    una transicin socialista. Es importante recordar esta leccin, frente a los cuestiona-

    mientos que existen a la adopcin de medidas anticapitalistas en Venezuela, Bolivia o

    Ecuador. Si reaparece la audacia de los aos 60, el anterior sostn de la URSS podra ser

    compensado con otras alianzas externas. Los ritmos actuales difieren del pasado, pero

    una prolongacin del status quo impedir avanzar hacia el socialismo.

    Resuelta imposible predecir si una direccin jacobina volver a franquear las

    fronteras. Pero existen tendencias potenciales hacia esta radicalizacin, en un contexto

    de luchas sociales ms regionalizado.

    04. ESTRATEGIAS SOCIALISTAS EN AMRICA LATINA

    Los caminos al socialismo vuelven a discutirse en la izquierda latinoamericana.

    La correlacin de fuerzas ha cambiado por la accin popular, la crisis del neoliberalismo

    y la prdida de capacidad ofensiva del imperialismo norteamericano. Ya no es vlido

    oponer un perodo poltico revolucionario del pasado con otro conservador de la actua-

    lidad. La debilidad social de la clase obrera industrial no impide un avance anticapitalis-

    ta, que depende de la confluencia de los explotados con los oprimidos en una lucha co-

    mn.

    Lo esencial es el nivel de conciencia popular. Se han forjado nuevas conviccio-

    nes antiliberales y antiimperialistas, pero falta un eslabn anticapitalista que podra nu-

    trirse del debate abierto en torno al socialismo del siglo XXI.

    El marco constitucional que sustituy a las dictaduras no impide el desarrollo de

    la izquierda, pero debe evitarse la adaptacin institucional sin dar la espalda a la inter-

    vencin electoral. Se puede compatibilizar esta participacin con la promocin del po-

    der popular.

    Los movimientos y los partidos cumplen una funcin complementaria, ya que la

    lucha social no es autosuficiente y la organizacin partidaria es necesaria. Pero resulta

    indispensable evitar la autoproclamacin sectaria e inscribir la obtencin de mejoras

    inmediatas en un horizonte revolucionario. Este norte ordena toda la estrategia socialis-

    ta.

    05. SOCIALISMO O NEODESARROLLISMO

    Dos estrategias se enfrentan en la discusin del socialismo del siglo XXI. La pro-

    puesta de promover crecientes transformaciones radicales choca con la postura de apun-

    talar previamente una etapa capitalista de neo-desarrollismo regional. El debate gira en

    torno al comienzo y no a la construccin plena del socialismo. En la regin existen re-

    cursos para iniciar este giro y el dilema inmediato es quin usufructuar de la bonanza

    actual.

  • 5

    La tesis pro-desarrollista elude discutir la conveniencia de un empresariado lati-

    noamericano. Subvalora, adems, las dificultades para erigirlo y los obstculos para

    superar el carcter perifrico del capitalismo regional. Esta visin omite los costos so-

    ciales de semejante modelo y sobredimensiona las desavenencias entre banqueros e in-

    dustriales.

    Este enfoque por etapas debilita la lucha de los oprimidos, desdibuja el proyecto

    popular y reduce las disyuntivas polticas actuales a una oposicin entre centro-

    izquierda y centro-derecha. Esta polarizacin obstruye los reclamos sociales y tiende a

    neutralizar el antiimperialismo de los gobiernos nacionalistas.

    Los dos planteos en pugna se expresan en Venezuela en iniciativas de radicali-

    zacin o congelamiento del proceso bolivariano. Esta misma divergencia induce en Bo-

    livia al uso de la nueva renta petrolera para mejoras populares o para subsidios al capi-

    tal. El resultado de esta puja a escala regional favorecer la renovacin del socialismo o

    la restauracin del capitalismo en Cuba.

    La definicin de alianzas y prioridades polticas constituye el principal problema

    de la izquierda. Los distintos planteos en debate se nutren de races locales y forneas,

    pero recogen tradiciones opuestas de subordinacin o resistencia a las clases dominantes

    latinoamericanas.

    La ausencia de planteos socialistas es ms perniciosa que los errores de diagns-

    tico sobre el capitalismo contemporneo. El socialismo es un concepto tan manoseado e

    irreemplazable como la democracia. Renovar su contenido es el desafo de la poca.

    06. CENTROIZQUIERDA, NACIONALISMO Y SOCIALISMO

    El ascenso de varios gobiernos de centroizquierda refleja el fracaso econmico,

    el retroceso poltico y el rechazo popular al neoliberalismo. Pero cada proceso expresa

    realidades distintas. Lula asumi sin fisuras institucionales en un marco de recesin y

    desmovilizacin social. Kirchner arrib al concluir el descalabro poltico creado por una

    depresin rodeada de sublevaciones. Tabar sigue el modelo poltico del PT en un cua-

    dro econmico semejante a la Argentina y ensayos similares enfrentan en Bolivia con la

    amenaza de balcanizacin.

    El nacionalismo de Chvez es sustancialmente distinto porque se apoya en la

    ventaja petrolera para desplazar a los viejos partidos, hacer reformas y confrontar con la

    derecha. Adems, estrecha relaciones con Cuba y encabeza una fuerte polarizacin pol-

    tico-social. Su proyecto del ALBA no es compartido por la centroizquierda, porque las

    clases dominantes de cada pas tienen mayores negocios con las metrpolis que con sus

    vecinos. La constitucin de Petrosur choca con la privatizacin del petrleo en el Cono

    Sur y al Bansur le falta un club de deudores. Es incorrecto considerar que Lula y Kirch-

    ner encabezan gobiernos en disputa. Arbitran entre grupos capitalistas con modelos

    de ortodoxia socio-liberal o heterodoxia excluyente en desmedro de los intereses popu-

    lares. Tanto el PT como el peronismo han perdido su originalidad contestataria. En Ve-

    nezuela la disyuntiva es radicalizar o congelar el proceso bolivariano.

    Ciertos enfoques sugieren que el imperialismo norteamericano es invencible e

    ignoran que su hegemona no es un dato nuevo para la regin. Tampoco registran los

    efectos contradictorios de la desaparicin de la URSS y tienden a evaluar la correlacin

    de fuerzas considerando ms las relaciones entre los gobiernos que la lucha social.

    La izquierda puede retomar el legado de los 70 si reconstituye su proyecto socia-

    lista. Las dificultades no derivan de la adversidad externa sino de las polticas imple-

    mentadas en cada pas. Es vital comprender por qu los proyectos de capitalismo regio-

  • 6

    nal autnomo son menos viables que en el pasado. La batalla por conquistas a escala

    local debe formar parte de una propuesta antiimperialista radical.

    Los nuevos gobiernos de Sudamrica comparten la crtica al neoliberalismo,

    cuestionan las privatizaciones descontroladas, la apertura excesiva y la desigualdad so-

    cial. Tambin proponen erigir formas de capitalismo ms productivas y autnomas con

    mayores regulaciones del estado. Pero su llegada ha creado dos interrogantes: Confor-

    man un bloque comn? Facilitarn el acceso del pueblo al poder?

    07. LOS PROBLEMAS DEL AUTONOMISMO

    El ascenso de nuevos gobiernos de centroizquierda en Sudamrica confirma las

    dificultades de los movimientos sociales para proyectarse al plano poltico. El autono-

    mismo desconoce estas limitaciones porque idealiza la resistencia popular espontnea.

    No registra que las asambleas y los piquetes en Argentina fueron insuficientes para im-

    pedir la reconstitucin del poder de las clases dominantes. Tampoco nota que los agru-

    pamientos de lucha expresan peculiaridades nacionales y plantean demandas antiimpe-

    rialistas.

    El autonomismo desvaloriza la estrategia, la conciencia y la organizacin que

    necesitan los oprimidos para triunfar. Descalifica la confrontacin con los opresores en

    el terreno electoral e ignora las restricciones de la democracia directa. No percibe que

    los precarizados forman parte de la clase trabajadora, ni toma en cuenta las tradiciones

    comunes que asocian a los excluidos con los incluidos.

    Renunciar a tomar el poder condujo en el pasado a muchos fracasos. El estado es

    un referente de las demandas populares y solo podra extinguirse al cabo de un larga

    transicin socialista. Pero este proyecto requiere el manejo y la transformacin previa

    de esa institucin. La multiplicacin de contrapoderes no evitar la negociacin con el

    estado para obtener conquistas populares.

    El autonomismo pierde de vista que las cooperativas no pueden prosperar como

    islotes colectivistas porque son erosionadas por la competencia. La ilusin de gestar una

    economa paralela al capitalismo se basa en ciertos casos en un diagnstico estancacio-

    nista y en otras vertientes alienta un programa de autoproduccin que conducira al

    afianzamiento del subdesarrollo.

    Los autonomistas eluden un balance de sus antecesores anarquistas. Desconocen

    la centralidad del estado porque imaginan que el poder se encuentra disperso. Al postu-

    lar que el capital depende del trabajo no captan la preeminencia de la ofensiva neolibe-

    ral y a veces recurren al uso excluyente de categoras abstractas que obstaculizan la

    comprensin de las funciones del estado.

    El anlisis del capitalismo contemporneo exige apelar a los criterios objetivos

    de investigacin que el radicalismo subjetivo rechaza. Celebrar la negatividad, cuestio-

    nar las definiciones y formular preguntas sin respuestas obstruye esta indagacin. La

    crtica a la dominacin es compatible con la formulacin de alternativas y reconocer

    ciertas certezas es indispensable para avanzar en un proyecto socialista.

    08. PASADO Y PRESENTE DEL REFORMISMO

    La lucha por reformas sociales ocupa el centro de la agenda popular con proyec-

    tos redistributivos y propuestas que presentan una indita dimensin regional y global.

    Pero esta batalla ya no es mayoritariamente concebida como un eslabn hacia el socia-

    lismo. Predomina el reformismo conservador, la desercin socio-liberal y la moderacin

    de los viejos socialdemcratas.

  • 7

    El igualitarismo liberal resalta los fundamentos ticos de las reformas sin regis-

    trar que el capitalismo impide la extensin de la igualdad poltica a la esfera econmica.

    Desconoce que la desigualdad es generada por el propio sistema e ignora las tensiones

    que oponen a la dinmica mercantil con las conquistas sociales.

    Las reformas son factibles pero no se acumulan, ni son irreversibles. El neolibe-

    ralismo demuestra que traspasada cierta frontera las clases dominantes resisten drsti-

    camente su implementacin.

    Los trabajadores no pueden repetir el camino burgus de hegemona integral

    previa al control del poder. Por eso la batalla por reivindicaciones mnimas debe enla-

    zarse con metas anticapitalistas. Este horizonte permitira la profundizacin de las re-

    formas conquistadas desde abajo.

    La tesis revolucionaria no propone la conspiracin, ni el autoritarismo. Propugna

    transformaciones sociales mayoritarias y el ejercicio de una autoridad legitimada por la

    poblacin.

    El reformismo radical lucha por mejoras sin adoptar una perspectiva anticapita-

    lista. Pero enfrenta el dilema de la consecuencia en los momentos crticos de choque

    con las clases dominantes. En estas disyuntivas converge con su contraparte conserva-

    dora o empalma con el socialismo.

    La reforma y la revolucin constituyen dos momentos de un mismo proceso de

    transformacin social. La accin por logros inmediatos puede integrarse a una estrategia

    de ruptura anticapitalista superando falsas dicotomas. Hay que enfatizar la consecuen-

    cia en la lucha y el contenido de un proyecto liberador, permitiendo que la experiencia

    dilucide cuales son las reformas posibles y cules son inviables bajo el capitalismo con-

    temporneo.

    Los programas de transicin contribuyen a combinar reivindicaciones inmedia-

    tas con propuestas socialistas. Pero su aplicacin requiere valorar las conquistas mni-

    mas y reconocer la gran variedad de situaciones nacionales. Las visiones catastrofistas

    no logran esta sntesis porque descartan errneamente la posibilidad de reformas signi-

    ficativas. El alcance universal que actualmente presenta la lucha por reformas refuerza

    la importancia de postular un proyecto socialista.

    09. LOS EFECTOS DEL DOGMATISMO

    CATASTROFISMO

    El dogmatismo ha decado en la izquierda pero persiste en algunas corrientes de

    la ortodoxia trotskista. Reivindican el catastrofismo, sin registrar el contenido puramen-

    te valorativo que hacen de esa nocin. Simplifican la crisis identificndola con la explo-

    sin y extrapolan las peculiaridades de la entre-guerra a cualquier situacin. Asocian la

    tesis del derrumbe con la revolucin, olvidando que fue la doctrina oficial de la social-

    democracia y del stalinismo. Postulan una visin estancacionista que sustituye el anli-

    sis concreto del capitalismo contemporneo por denuncias obvias de su carcter destruc-

    tivo.

    La rgida contraposicin catastrofista entre progreso del siglo XIX y decadencia

    posterior embellece los padecimientos del pasado y supone que desde 1914 no ocurri

    nada relevante. Esta simplificacin ignora la perdurabilidad de las reglas del capitalismo

    y desconoce la importancia de las conquistas de post-guerra que atropellada el neolibe-

    ralismo. Por otra parte, la presentacin de una crisis mundial sin localizacin, ni tem-

    poralidad contradice el carcter necesariamente episdico de esas disrupciones.

  • 8

    Los catastrofistas no explican los mecanismos de la crisis. Mencionan la paupe-

    rizacin absoluta, sin notar que la reproduccin del capital exige la expansin del con-

    sumo y que la conversin de asalariados en mendigos imposibilitara el socialismo. Se

    encandilan con la hipertrofia de las finanzas, olvidando que la interpretacin marxista

    jerarquiza la gravitacin de la explotacin en la esfera productiva. Realzan la sobrepro-

    duccin sin definir sus causas y hablan de la tendencia decreciente de la tasa de ganan-

    cia, desconociendo que esa disminucin opera a travs de ciclos peridicos. Presentan,

    adems, una visin naturalista de las leyes del capital, que recuerda el viejo objetivismo

    positivista e ignora la especificidad de las ciencias sociales.

    El catastrofismo es cuestionado por una vertiente moderada que comparte mu-

    chas conclusiones del dogmatismo. Esa visin postula una teora del capitalismo deca-

    dente, que atribuye solo a esta etapa contradicciones que son propias de cualquier pero-

    do. Buscan un punto intermedio entre la aceptacin y el rechazo de la teora del colapso

    que les impide avanzar en la comprensin del capitalismo actual.

    Los catastrofistas establecen una relacin directa entre el derrumbe y la revolu-

    cin social, desvalorizando la importancia de las condiciones propicias o adversas para

    esta accin. Su enfoque torna superfluas las tcticas y las estrategias socialistas. Igno-

    ran, adems, la llamativa autonoma del colapso econmico que demostraron las victo-

    rias socialistas del siglo XX.

    Los catastrofistas presentan escenarios polticos apocalpticos al aplicar indis-

    criminadamente categoras de la revolucin, que fueron concebidas para situaciones

    muy especficas. Su expectativa en revoluciones inminentes precipitadas por catstrofes

    financieras es incompatible con el reconocimiento de las reformas sociales.

    Los dogmticos participan en la obtencin de estos logros pero descalifican la

    posibilidad de sostenerlos, al estimar errneamente que la era de esos avances est ce-

    rrada. Esta contradiccin conduce a un divorcio entre discursos de derrumbe y prcticas

    sindical-reivindicativas.

    ESQUEMATISMOS

    En el plano poltico el dogmatismo es sinnimo de esquematismo. Sus promoto-

    res propugnan los Estados Unidos Socialistas de Amrica Latina sin explicar como se

    llegara a esa meta. Cuestionan una mediacin eventual a travs del ALBA, pero no

    postulan otro puente y contraponen el uso de la fuerza con la diplomacia, como si la

    lucha antiimperialista no exigiera ambos recursos. Reducen los proyectos de integracin

    a rivalidades comerciales y no observan las confrontaciones poltico-sociales en juego.

    Al concebir el socialismo regional como un acto simultneo desconocen las disyuntivas

    que enfrenta Cuba. Es falso que la imposibilidad de construir el socialismo en un solo

    pas implique la inviabilidad de iniciar esa tarea.

    Los doctrinarios alientan la repeticin del modelo bolchevique en cualquier es-

    cenario, olvidando la singular incidencia de la primera guerra mundial sobre ese proce-

    so. Mistifican lo ocurrido en Rusia e ignoran el curso diferenciado que siguieron las

    revoluciones posteriores. Suelen resaltar todos los episodios de 1917, sin prestar mucha

    atencin a la estrategia seguida por Lenin durante dcadas.

    Tampoco logran explicar como fueron consumadas las revoluciones ajenas al

    precedente bolchevique. Es falso atribuirlas al imperio de leyes histricas, a la invaria-

    ble presin de las masas o a cursos excepcionales, desconociendo el rol jugado por

    las direcciones de esos procesos.

    El dogmtico repite que el proletario lidera la revolucin sin aclarar el signifi-

    cado actual de esa mxima. No toma en cuenta los cambios operados en la clase obrera

  • 9

    industrial y tampoco registra la variedad de oprimidos y explotados que encabez las

    rebeliones ms recientes. Evala estos acontecimientos en cdigo sociolgico, supo-

    niendo que la estructura clasista se mantiene invariable desde hace dos siglos. Desarro-

    lla caracterizaciones sociales viciadas por su auto-visualizacin como exponente de la

    clase obrera y se equivoca al definir a la revolucin por los sujetos y no por los conteni-

    dos anticapitalistas.

    En su defensa de la dictadura del proletariado suele criticar a quienes prescinden

    de un concepto que l mismo desecha en su actividad pblica. El dogmtico cuestiona la

    democracia socialista, suponiendo errneamente que el primer trmino es equivalente y

    no incompatible con el capitalismo. Espera el surgimiento de los soviets, pero no detec-

    ta los embriones de poder popular. Descarta, adems, la posibilidad de cursos interme-

    dios, a pesar de los antecedentes de gobiernos obrero-campesinos.

    En sus caracterizaciones de Amrica Latina desconoce la singularidad del neoli-

    beralismo, ignora los triunfos populares y no observa diferencias entre los gobiernos

    centroizquierdistas y nacionalistas radicales. Desvaloriza las nacionalizaciones en curso

    y no compara los diagnsticos que emite, con la viabilidad de su propia propuesta.

    La simplificacin dogmtica proviene de una atadura a temporalidades cortas.

    Interpretan con ese criterio de inmediatez la teora de la revolucin permanente y no

    ajustan su aplicacin a los pases avanzados y a las transformaciones de la periferia.

    Los doctrinarios incentivan la creacin de partidos que se auto-asumen como

    vanguardia sin que los oprimidos reconozcan ese status. Diluyen la diferencia entre es-

    tadios de gestacin y existencia de un partido y recrean el verticalismo monoltico. Su

    defensa de un modelo universal de organizacin poltica dificulta la unidad de los revo-

    lucionarios y obstruye la recreacin de la conciencia socialista.

    El dogmatismo trasmite mensajes mesinicos y adopta actitudes profticas, que

    desvirtan el sentido experimental de la accin militante. Incentiva la condicin minori-

    taria y despilfarra esfuerzos en escaramuzas con el resto de la izquierda. Olvida que

    remar contra la corriente debera constituir una circunstancia y no una norma. Elude

    explicaciones pblicas de sus propias dificultades, exhibe un gusto por la diferenciacin

    y utiliza un lenguaje inadmisible dentro de la izquierda. Esta actitud no permite desen-

    volver un proyecto socialista y obliga a revisar el sentido actual de la identidad trotskis-

    ta.

    10. INTERPRETACIONES DE LA DEMOCRACIA EN AMRICA LATINA

    Las concepciones institucionalistas, elitistas y participativas de la democracia

    han prevalecido en la regin en distintos momentos de las ltimas dcadas. La primera

    visin defiende un modelo de mejoras cvicas, polticas y sociales paulatinas, ignorando

    las tendencias regresivas del capitalismo. Olvida que el intento de consumar estos avan-

    ces en tres estadios diferenciados fracas reiteradamente y ha resultado particularmente

    inviable en la periferia.

    El aumento de la miseria ha coexistido en los regmenes pos-dictatoriales con los

    sufragios peridicos. Esta compatibilidad confirma la validez de la distincin entre de-

    mocracia formal y sustancial que el institucionalismo objeta. Este enfoque explica err-

    neamente la crisis de los gobiernos constitucionales por su juventud o su recepcin de

    excesivas demandas y omite el servicio que prestaron a los acaudalados. Adems, idea-

    liza el dilogo y minimiza los efectos de la desigualdad.

    La decepcin provocada por estos regmenes incentiv un viraje elitista, en sin-

    tona con la expansin del neoliberalismo. Los promotores de este giro justifican la apa-

    ta ciudadana y responsabilizan a la poblacin por el vaciamiento poltico que impuso el

  • 10

    establishment. Disuelven el anlisis concreto de esta regresin en consideraciones abs-

    tractas sobre la condicin humana y resucitan las teoras que niegan a las masas capaci-

    dad de auto-gobierno. Adems, identifican a la democracia plena con el ptimo del

    mercado desconociendo la naturaleza contrapuesta de ambos sistemas.

    Por el contrario, los autores progresistas asocian las metas democrticas con la

    participacin ciudadana y consideran que esta intervencin permite inclinar el funcio-

    namiento del sistema constitucional a favor de los intereses populares. Pero ignoran las

    barreras que interponen los capitalistas a la presencia de las masas cuando perciben

    amenazas sus privilegios. Tanto el republicanismo social como el liberalismo igualita-

    rista no toman en cuenta estas restricciones. Proponen una rehabilitacin genrica de la

    poltica, que solo resultara beneficiosa si fortalece un proyecto de los oprimidos.

    La intervencin popular choca con el sostn del estado a la acumulacin capita-

    lista. Este conflicto es ignorado por muchos autores que proponen fortalecer y democra-

    tizar a esa institucin. Un error simtrico genera el deslumbramiento con la sociedad

    civil. Una esfera que alberga el centro de la explotacin no puede ser espontneamente

    favorable a la democracia real. La lucha consecuente por esta meta exige analizar el

    capitalismo como totalidad, sin divorciar el mbito privado de la actividad estatal.

    11. LA DEMOCRACIA SOCIALISTA DEL SIGLO XXI

    Una democracia sustancial solo puede construirse erradicando la dominacin ca-

    pitalista, eliminando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en

    todas las reas de la vida social. Estas metas podrn alcanzarse con una democracia so-

    cialista diferenciada del fracasado totalitarismo burocrtico, que actualice los viejos

    ideales e implemente nuevas formas de participacin popular.

    Este proyecto exige gestar otra democracia y no radicalizar la existente. Requie-

    re partir de caracterizaciones de clase para comprender el constitucionalismo contempo-

    rneo e introducir transformaciones radicales, que no se reducen a expandir un imagina-

    rio de igualdad. Tambin presupone retomar la tradicin que opuso a las revoluciones

    democrticas con las revoluciones burguesas.

    La regulacin de los mercados, el ensanchamiento del espacio pblico y la ac-

    cin municipal son temas de controversia con la democracia participativa. En ausencia

    de perspectivas socialistas, las iniciativas democratizadoras en estos campos no modifi-

    can el orden vigente. El presupuesto participativo de Porto Alegre brinda un ejemplo de

    estas limitaciones, pero en Venezuela tiende a verificarse otro camino, en la medida que

    contine la radicalizacin del proceso bolivariano.

    Es un error maysculo desconocer la relevancia actual de la democracia para un

    proyecto socialista. Este desacierto se comprueba en los planteos favorables a la dicta-

    dura del proletariado, que eluden caracterizar el futuro rgimen poltico. Tambin es

    incorrecto identificar la transicin post-capitalista con el liderazgo de un partido nico,

    ya que esta organizacin no puede procesar la heterogeneidad poltica de las clases po-

    pulares. Estas conclusiones son importantes para una renovacin socialista en Cuba que

    impida la restauracin capitalista. Tambin son relevantes para la discusin que ha sus-

    citado en Venezuela la conformacin del nuevo partido socialista.

    A diferencia del planteo consejista, la democracia socialista no equipara los or-

    ganismos surgidos de una sublevacin popular con las instituciones post-capitalistas.

    Reconoce las peculiaridades de la experiencia sovitica y promueve la representacin

    indirecta. Tambin recupera el realismo que exhibieron los marxistas clsicos para con-

    cebir un sistema poltico emancipador. Las tensiones entre participacin colectiva y

  • 11

    desarrollo personal no desaparecern en una transicin socialista, pero se desenvolvern

    en un marco de principios igualitarios.

    12. CONTROVERSIAS SOBRE LA REVOLUCIN

    Al cabo de varios aos de exclusiva atencin en la democracia y el neoliberalis-

    mo, comienzan a reaparecer las discusiones sobre la revolucin en Amrica Latina. Los

    presagios derechistas sobre el fin de estas convulsiones han quedado opacados por la

    nueva oleada de rebeliones sociales, el retroceso poltico de los conservadores y las difi-

    cultades de intervencin del imperialismo. El conformismo de los 90 choca con el mpe-

    tu transformador que se verifica en varios pases.

    Las viejas presentaciones de la revolucin como un acto conspirativo han sido

    reflotadas por la derecha, junto a las interpretaciones psicolgicas de la insubordinacin

    popular. Ambos enfoques omiten las motivaciones polticas de estos levantamientos. La

    simplificada identificacin con el vandalismo o la frustracin personal no explica el

    protagonismo de los sectores oprimidos ms organizados, ni la vinculacin de las gran-

    des convulsiones con las crisis.

    Las tesis gradualistas que asemejan la revolucin con fiebres o tormentas desco-

    nocen el carcter social de este acontecimiento. Estiman que el capitalismo constituye la

    forma normal y eterna de funcionamiento de la sociedad e ignoran el sustento histrico

    de los mitos que generan las revoluciones.

    La concepcin marxista resalta el origen de las revoluciones contemporneas en

    contradicciones objetivas del capitalismo y realza el papel de los sujetos sociales en su

    desarrollo. En cambio el estructuralismo presta escasa atencin a ambos determinantes y

    focaliza su indagacin en las rivalidades entre las elites nacionales. El primer enfoque

    distingue las revoluciones burguesas que alumbraron el capitalismo de las gestas socialistas, que buscan superar este sistema. Estudia los niveles de conciencia y radios

    geogrficos diferenciados que caracterizan a ambos procesos. Al rechazar esta tipologa,

    la segunda visin no logra esclarecer el sentido especfico de cada levantamiento y le-

    vanta una barrera artificial entre las revoluciones clsicas y contemporneas.

    La aplicacin del concepto revolucin burguesa a Amrica Latina permite com-

    prender las razones de una dinmica histrica inconclusa. Esclarece las causas de un

    proceso fallido, luego de un xito anticolonial temprano que fue sucedido por triunfos

    de las oligarquas y procesos de recolonizacin imperialista. La consolidacin del capi-

    talismo y el giro conservador de las clases dominantes agotaron la vigencia a la revolu-

    cin burguesa desde principio del siglo XX.

    Todas las revoluciones contemporneas han sido nacionales, polticas, democr-

    ticas, agrarias o sociales. El cumplimiento pleno de estas metas induce a un curso anti-

    capitalista, que las clases dominantes tienden a sofocar para desenvolver distintos mode-

    los de acumulacin. De esta frustracin popular emergen diversas variantes de renova-

    cin de la opresin capitalista.

    Un curso opuesto de radicalizacin socialista permitira saldar las cuentas pen-

    dientes del pasado junto a una nueva construccin pos-capitalista. Es mucho ms impor-

    tante discutir estos senderos de emancipacin que dirimir las eventuales opciones de

    desenvolvimiento burgus.

    13. HIPTESIS REVOLUCIONARIAS

    La construccin de una sociedad igualitaria en Amrica Latina requiere despla-

    zar a las clases dominantes del poder. Pero en la actual etapa de sustitucin de las viejas

  • 12

    dictaduras por regmenes constitucionales, esa revolucin transitar por caminos dife-

    rentes a la insurreccin sovitica o al sendero guerrillero. La preparacin, los tiempos y

    las formas de este desenlace son ms complejos. Exigen un nuevo tipo de poder popular

    surgido de la cohesin social, el protagonismo y la radicalizacin ideolgica de los

    oprimidos.

    Las conquistas populares dentro de las trincheras institucionales pueden consti-

    tuir un eslabn de avance hacia el poder, mediante reformas que complementen la ac-

    cin revolucionaria. Pero la expectativa socialdemcrata en la permeabilidad del capita-

    lismo impide comprender que la dominacin capitalista ser erosionada por medio de la

    accin directa, traspasando los lmites del constitucionalismo.

    La contraposicin de la revolucin con las elecciones forma parte de la mitolo-

    ga republicana. Oculta que el sufragio surgi y ha sido reiteradamente modificado por

    esas eclosiones. Pero la arena electoral tiene una gravitacin central para la accin de la

    izquierda y la participacin en los comicios es importante para evitar la marginalidad. Si

    se proyecta la lucha social al terreno electoral esta concurrencia no implica adaptacin

    al orden vigente.

    La violencia no se origina en la lucha revolucionaria, sino en la coercin econ-

    mico-social que ejercen las clases dominantes y sostienen a travs del estado. Esta opre-

    sin impide gestionar las tensiones sociales en forma pacfica. Quienes igualan el uso de

    la fuerza con la insubordinacin popular exculpan a los responsables de la represin

    cotidiana y condenan a sus vctimas. Con el socialismo se busca erradicar toda forma de

    violencia, pero los capitalistas no resignarn pacficamente sus privilegios. El uso ma-

    yoritario de la fuerza es necesario y legtimo, aunque no se deben ocultar los peligros de

    degeneracin hacia el terror que entraa esa utilizacin.

    Para avanzar en el proyecto socialista es necesario superar las divisiones entre

    los oprimidos y rechazar la bsqueda de consensos con sectores capitalistas. Esta polti-

    ca exige considerar varias hiptesis y recurrir a numerosas tcticas.

    Las dificultades contemporneas del proyecto socialista derivan del desconcierto

    poltico creado por el ascenso neoliberal, luego del desplome de la URSS. No son pro-

    ducto de una opcin por el capitalismo como un mal menor.

    La estrategia revolucionaria brinda un criterio de evaluacin de distintas iniciati-

    vas e incluye un componente ofensivo de seleccin de condiciones y oportunidades para

    el momento de la revolucin. La renuncia a discutir esta perspectiva conduce a la auto-

    inmolacin de la izquierda.

    No se deben confundir las rupturas que introducen los quebrantamientos del or-

    den vigente con las revoluciones que plantean desafos al estado y abren la posibilidad

    de forjar un nuevo poder popular. Para experimentar nuevos caminos hacia la emanci-

    pacin social es indispensable combinar racionalidad, audacia y originalidad.

  • 13

    CAPTULO 1

    LAS NUEVAS REBELIONES LATINOAMERICANAS

    Amrica Latina se ha convertido en un significativo foco de resistencia al impe-

    rialismo y al neoliberalismo. Grandes sublevaciones populares afianzaron la presencia

    de los movimientos sociales y condujeron a la cada de varios presidentes neoliberales.

    Pero cul es el alcance de esta oleada de luchas? Qu programas, sujetos y proyectos

    se delinean en la regin?

    CUATRO GRANDES LEVANTAMIENTOS

    La tnica de estas movilizaciones ha estado signada desde principio de la dcada

    por las sublevaciones registradas en Bolivia, Ecuador, Venezuela y Argentina. En estos

    cuatro pases la protesta social desemboc en levantamientos masivos y generalizados.

    Esta misma tendencia a la irrupcin popular se verifica tambin, entre los pobla-

    dores de Oaxaca (Mxico), los estudiantes en Chile, los trabajadores de Colombia y los

    campesinos de Per. La intensidad de las protestas es muy desigual en la regin y co-

    existe con situaciones de reflujo en pases claves como Brasil. Pero uno tras otro, los

    distintos modelos de estabilidad neoliberal han quedado sobrepasados por el ascenso

    popular. Chile es el ejemplo ms reciente y emblemtico de este giro.

    La oleada de los ltimos aos tuvo mayor gravitacin en las naciones andinas,

    fuerte impacto en el Cono Sur y menor influencia en Amrica Central. Pero tambin

    este mapa tiende a modificarse, a medida que las movilizaciones recobran fuerza en

    Mxico e irrumpen en Costa Rica. Los cuatro grandes levantamientos de Amrica del

    Sur constituyen el patrn de referencia de un proceso regional de resistencias entrelaza-

    das, que interactan entre s1.

    La rebelin ms profunda se consum en Bolivia, en oposicin al feroz atropello

    neoliberal que desde 1985 empobreci al Altiplano. La accin popular dobleg la repre-

    sin de los presidentes derechistas, en tres mareas de grandes combates. Con la guerra

    del agua se fren la privatizacin de este recurso (2000), con la guerra del gas se

    defendieron los hidrocarburos contra la depredacin exportadora (2003) y con la escala-

    da final (2005) fue arrollado el presidente Lozada y su sucesor Mesa. A travs de una

    insurreccin con 80 muertos y 200 heridos, la poblacin quebr el ciclo derechista e

    inaugur el actual proceso presidencial de Evo Morales.

    Tambin en Ecuador los programas neoliberales fueron sacudidos por varias su-

    blevaciones. Primero los indgenas provocaron la cada del presidente Bucaram (1997) y

    luego impusieron el derrocamiento de Mahuad (2000), al cabo de seis das de intensos

    combates callejeros. Las elites consiguieron una breve distensin con el auxilio de un

    militar (Gutirrez en el 2003), que enmascar con retrica nacionalista la continuidad de

    la agresin patronal. Pero una nueva rebelin de los forajidos con mayor presencia de

    la clase media urbana (2005) demoli este ensayo y abri la secuencia de fulminantes

    derrotas electorales de la derecha (2006-07), que condujeron al actual gobierno de Ra-

    fael Correa.

    En Venezuela la irrupcin popular debut con el Caracazo (1989). Este alza-

    miento fue una respuesta al incremento del precio de la gasolina que implement un

    gobierno de los petroleros y banqueros (Carlos A. Prez). En medio de fulminantes cri-

    1 Una detallada radiografa de la evolucin de las luchas populares exponen peridicamente los estudios

    del Observatorio Social de Amrica Latina (Revistas de OSAL - CLACSO).

  • 14

    sis financieras y protestas con centenares de muertos, los intentos continuistas quedaron

    opacados por un levantamiento militar (1992), que inaugur el proceso bolivariano.

    El fracaso de un golpe empresarial sostenido por Estados Unidos (2002) y la

    gran secuencia de victorias electorales, permitieron a Chvez sepultar el tradicional bi-

    partidismo de las elites. Estas victorias han generado la actual polarizacin entre la de-

    recha y el gobierno nacionalista. Esta confrontacin se expresa cotidianamente en las

    calles y en los medios de comunicacin.

    La cuarta rebelin significativa se verific en diciembre del 2001 en Argentina.

    Condujo a la cada del presidente neoliberal De la Ra, que intent mantener la poltica

    de privatizaciones y desregulaciones instaurada en los aos 90 por Menem. Esta suble-

    vacin coron la resistencia de los desocupados, que expandieron su mtodo de lucha

    piquetero a todos los movimientos sociales y confluyeron en un gran levantamiento con

    la clase media expropiada por los bancos.

    La protesta alcanz un nuevo pico frente a nuevas provocaciones represivas

    (Puente Pueyrredn a mediados del 2002) que reactivaron la lucha popular. Esta resis-

    tencia perdi intensidad posteriormente, pero ha impuesto un serio lmite a las agresio-

    nes capitalistas. Las clases dominantes lograron restaurar la autoridad del estado y con-

    tuvieron la ira de los oprimidos a travs del gobierno de Kirchner. Pero en un marco de

    recuperacin econmica, debieron otorgar significativas concesiones sociales y demo-

    crticas.

    TRES EJES COMUNES

    Todas las rebeliones sudamericanas han enarbolado reclamos coincidentes con-

    tra el neoliberalismo, el imperialismo y el autoritarismo. Estas exigencias se tradujeron

    en planteos de anulacin de las privatizaciones, nacionalizacin de los recursos natura-

    les y democratizacin de la vida poltica.

    La reaccin popular se apoy en la erosin de la dominacin burguesa que gene-

    r el neoliberalismo perifrico. Este programa derechista no solo precariz el trabajo y

    masific la pobreza, sino que tambin condujo a un deterioro significativo de la autori-

    dad de las clases opresoras. La reorganizacin econmica en que embarcaron los grupos

    dominantes gener grandes crisis, que deterioraron la capacidad de las elites para ges-

    tionar del estado. Este resquebrajamiento incentiv la irrupcin por abajo.

    En un marco de quiebra de la estabilidad poltica y prdida de la hegemona de

    los partidos tradicionales, los manifestantes exigieron en Bolivia la re-estatizacin del

    agua y la nacionalizacin de los hidrocarburos. Reclamaron el fin de la regresin social

    provocada por privatizaciones y cierre de minas, que desgarraron el tejido social, masi-

    ficaron el trabajo precario y alentaron el narcotrfico.

    La misma motivacin antiliberal tuvo la sublevacin en Ecuador, donde la po-

    breza afecta al 62% de la poblacin. Los oprimidos se insurreccionaron contra un es-

    quema de economa dolarizada, primarizada y privatizada, que gener terribles colapsos

    inflacionarios, financieros y cambiarios. En Venezuela el primer estallido popular en-

    frent la caresta provocada por los ajustes el FMI. Esta reaccin se afianz, cuando el

    desmoronamiento del sistema bancario precipit la fuga de capitales, en un marco de

    inflacin y devaluacin descontroladas. La reaccin popular fue una protesta contun-

    dente contra la privatizacin petrolera y la turbia privatizacin de los bancos.

    Tambin en Argentina la rebelin estall frente a dos nefastos efectos del neoli-

    beralismo: la confiscacin de ahorros de la clase media para solventar la deuda pblica

    y la masificacin del desempleo generada por la flexibilizacin laboral. Los oprimidos

  • 15

    exigieron en la calle la reversin de una poltica econmica, que produjo una depresin

    sin precedente desde los aos 30.

    Estas mismas demandas han predominado en las movilizaciones de otros pases.

    La mayora popular rechaza los acuerdos de libre comercio (Colombia, Per, Centroa-

    mrica), las secuelas de las privatizaciones (Chile, Uruguay), la desregulacin laboral

    (Brasil) y el encarecimiento de los alimentos (Mxico).

    Pero este cuestionamiento al neoliberalismo adopta tambin un perfil antiimpe-

    rialista, ya que la liquidacin de empresas pblicas y la apertura comercial beneficiaron

    a muchas corporaciones norteamericanas y europeas. La recuperacin de la soberana

    nacional mediante la re-estatizacin de los recursos naturales ha sido un reclamo de

    todas las rebeliones.

    Esta exigencia desemboc en Bolivia en la nacionalizacin de los hidrocarburos.

    El alcance de esta medida se encuentra actualmente en disputa, en los contratos que el

    gobierno negocia con las multinacionales. En estas pujas se juega el monto de la renta

    que absorber el estado y el uso asignado a ese excedente. La movilizacin social impu-

    so tambin la extensin de las nacionalizaciones a otros sectores (agua, ferrocarriles,

    telfonos), aunque es evidente que el futuro del pas se define el manejo estatal del pe-

    trleo y el gas2.

    La misma conexin entre nacionalizaciones y movilizacin popular se comprue-

    ba en Venezuela. Tambin all se registra una expansin de la propiedad estatal tanto en

    la rbita petrolera, como en los servicios pblicos de agua, telefona y electricidad. Este

    curso revierte el rumbo neoliberal y coincide con la tendencia a la nacionalizacin que

    se verifica en todos los pases exportadores de crudo. Pero tambin se enmarca en una

    lucha particular contra la corrupta burocracia transnacional que manejaba la empresa

    estatal PDEVESA.

    Un conflicto semejante ha comenzado a verificarse en Ecuador luego de la anu-

    lacin de un fraudulento contrato petrolero (Oxy), que ha reintroducido el debate sobre

    la nacionalizacin. Hasta ahora, el nuevo gobierno slo propone destinar los fondos

    excedentes que genera la exportacin de combustible, al desarrollo de programas socia-

    les.

    A diferencia de estos tres cursos en Argentina las privatizaciones se han mante-

    nido sin grandes cambios. El gobierno neutraliz el reclamo popular de recuperar las

    empresas pblicas y se limit a regular las tarifas de estas compaas. Pero las tensiones

    no estn zanjadas, porque en toda la regin crecen las demandas de estatizacin. Son

    reclamos contra la depredacin minera (Per, Chile) o la destruccin del medio ambien-

    te (Brasil), que estn invariablemente enlazadas con el rechazo de las bases militares

    norteamericanas (Ecuador, Puerto Rico) y los ensayos de intervencin yanqui (Cen-

    troamrica, Colombia). Las banderas antiimperialistas han recuperado centralidad, fren-

    te al dramtico proceso de recolonizacin poltica que sufri la regin en las ltimas dos

    dcadas.

    En todas las rebeliones emergi tambin una exigencia de democracia real. Por

    primera en la historia regional una oleada de revueltas no enfrenta a dictadores, sino a

    presidentes constitucionales. Esta novedad demuestra que las luchas latinoamericanas

    no se restringen a una batalla contra regmenes totalitarios. Existe una percepcin ya

    2 Hasta el momento la nacionalizacin ha quedado a mitad de camino. El gobierno cancel los juicios

    penales contra las compaas y la gestin de los nuevos entes estatales es muy permeable a las presiones

    de las empresas. Esta opinin expone el ex ministro: Soliz Rada, Andrs. La nacionalizacin ha quedado

    a medio camino, Pgina 12, 15/10/07. Tampoco se est utilizando adecuadamente los nuevos ingresos

    que el fisco obtiene del repunte de las exportaciones. Ver: Stefanoni, Pablo. Empate catastrfico en

    Bolivia, Le Monde diplomatique, octubre de 2007.

  • 16

    generalizada que la vigencia de sistemas constitucionales no resuelve los dramas socia-

    les. Se nota que estas estructuras polticas son utilizadas por las clases dominantes para

    implementar atropellos contra los trabajadores.

    Las sublevaciones contra presidentes autoritarios o corruptos comenzaron en Pe-

    r fines de los 80, siguieron en Brasil en 1992 y posteriormente en Paraguay 1999. Pero

    actualmente esta batalla incluye exigencias de refundacin poltica integral. Por esta

    razn ha prevalecido la peticin de Asambleas Constituyentes en varias revueltas, a

    pesar del uso negativo que tuvieron ltimamente estos mecanismos. Sirvieron para ma-

    quillar la continuidad del orden vigente (Brasil) y para facilitar reelecciones de presi-

    dentes neoliberales (Argentina).

    La Asamblea que emergi en 1999 en Venezuela condujo al logro de importan-

    tes conquistas populares. Ahora se debate otra reforma constitucional que consagrara

    nuevos avances (fondo de estabilidad social, reduccin de jornada de trabajo, supresin

    de autonoma banco central). La derecha resiste estos logros, mediante inconsistentes

    cuestionamientos a la extensin del mandato presidencial.

    Una lucha ms encarnizada se est librando tambin en Bolivia con los conser-

    vadores, que buscan detener cualquier iniciativa que afecte sus privilegios. Bloquean

    sistemticamente el funcionamiento de la Asamblea Constituyente, exigiendo una ma-

    yora de dos tercios para aprobar las principales leyes. Este mismo tipo de sabotajes

    sern ms difciles en Ecuador, luego de la demoledora derrota que sufrieron los parti-

    dos tradicionales. Pero en estas Asambleas se discutirn no solo los reclamos antilibera-

    les, antiimperialistas y democrticos, sino tambin viejos problemas que han recobrado

    relevancia.

    TRANSFORMACIONES EN EL AGRO

    El neoliberalismo agrav sustancialmente el drama de los pobres rurales. Las

    agresiones capitalistas contra los pequeos agricultores acentuaron durante la ltima

    dcada los violentos conflictos por la tierra, que acosaron a Colombia, precipitaron el

    levantamiento de Chiapas, multiplicaron las masacres en Per y provocaron ms 300

    muertos en Brasil.

    En situaciones agrarias nacionales muy diferentes, estos atropellos generaron re-

    sultados semejantes de polarizacin social, miseria campesina y enriquecimiento de los

    grandes propietarios o contratistas. La fractura entre el sector moderno de exportacin y

    la agricultura de subsistencia se agrav de manera uniforme, acentuando el desamparo

    rural y la emigracin a las ciudades.

    Esta redoblada opresin incentiv nuevas resistencias agrarias, organizadas en

    torno a movimientos muy diversos (CONAIE en Ecuador, Zapatismo en Mxico, Coca-

    leros en Bolivia, MST en Brasil), cuyos programas desbordan las demandas tradiciona-

    les de los campesinos. Estas plataformas no se limitan como en el pasado al reclamo de

    una reforma agraria, ya que existe una importante asimilacin de las frustraciones lega-

    das por esos procesos.

    Durante el siglo XX se consumaron dos grandes revoluciones agrarias (Mxico,

    Bolivia) y varias reformas significativas de la propiedad (Guatemala, Chile, Per, Nica-

    ragua, El Salvador). Las transformaciones fueron en cambio superficiales, en los pases

    que fue preservada la concentracin de la tierra (Brasil, Venezuela, Ecuador, Colombia,

    Honduras, Repblica Dominicana y Paraguay). Solo en dos naciones (Argentina y Uru-

    guay) no se registr ningn tipo de modificaciones. Pero de esta gran variedad de cursos

    emergi un escenario comn de polarizacin, entre prsperas empresas de exportacin y

  • 17

    estancadas explotaciones de subsistencia. La pobreza y las desigualdades se han acen-

    tuado y en muy pocas regiones floreci un segmento intermedio de burguesa agraria3.

    Este resultado indujo a los nuevos movimientos sociales a proponer soluciones

    ms integrales que la vieja reforma agraria. Algunas propuestas prestan mucha atencin

    a la proteccin del medio ambiente y plantean sustituir el agro-negocio por modelos de

    produccin alimenticia prioritariamente destinada al mercado interno. Se ha tornado

    evidente, la escasa utilidad en materia de eficiencia y productividad de las transforma-

    ciones agrarias que mantienen en pie la estructura del capitalismo perifrico4.

    En este nuevo contexto el campesinado no ha jugado el papel protagnico que

    exhiba a principios del siglo XX. No repiti el rol que tuvo en Mxico, como agente

    dinmico de la primera revolucin contempornea de la regin. Esa intervencin condu-

    jo a una guerra civil que desbord todos los compromisos ensayados por las jefaturas

    burguesas. Este rol volvi a notarse en otros levantamientos posteriores como la insu-

    rreccin salvadorea de 1932, pero no ha persistido al comienzo del nuevo siglo5.

    Si bien la desaparicin del campesinado no es un proceso abrupto e inexorable,

    es visible la prdida de cohesin social de este sector. La proletarizacin desplaz hacia

    los centros urbanos el eje de la lucha social, incluso en pases como Bolivia que recrea-

    ron la pequea propiedad luego de una importante reforma agraria. El campesinado per-

    siste como fuerza de peso, pero sin el liderazgo que exhibi en varios momentos de la

    centuria precedente.

    LAS DEMANDAS INDGENAS

    La gravitacin de la cuestin indgena constituye una novedad significativa. Las

    revueltas pusieron de relieve la actualidad de un problema que afecta a casi 50 millones

    de oprimidos, pertenecientes a 485 grupos tnicos distintos. Sus derechos fueron repeti-

    damente desconocidos por una doctrina que restringi los derechos nacionales solo a las

    repblicas postcoloniales. Estos estados emergieron de un proceso de balcanizacin,

    bajo el control de elites criollas que atropellaron las configuraciones territoriales origi-

    narias. Durante este proceso, muchos sectores indgenas (y toda la poblacin negra in-

    troducida con la esclavitud) perdieron la lengua, la tierra y su cultura. Pero otros seg-

    mentos mantuvieron una identidad cuyo reconocimiento exigen en la actualidad6.

    En cada uno de los cinco pases que concentran el 90% de esta poblacin (Per,

    Mxico, Guatemala, Bolivia y Ecuador), las demandas indgenas presentan caractersti-

    cas distintas. En Ecuador todas las comunidades han confluido en una organizacin co-

    mn, que exige la formacin de un estado plurinacional y multi-lingstico. En Bolivia,

    los reclamos han sido canalizados por agrupamientos sindicales y polticos, que en al-

    gunos casos reclaman este mismo reconocimiento (Evo Morales) y en otras variantes

    alientan el reestablecimiento de formas polticas afines al antiguo estado incaico (Quis-

    pe). En Per la reivindicacin indgena no alcanz hasta ahora la misma intensidad que

    en los pases vecinos. Algunos analistas atribuyen esta peculiaridad al impacto de la

    3 Un balance de estas transformaciones presenta: Sampaio Plinio, Arruda. La reforma agraria en Amri-

    ca Latina: una revolucin frustrada, OSAL, nmero 16, enero-abril de 2005. 4 Un modelo alternativo ha sido elaborado por el MST de Brasil: Stedile, Joao. A reforma agraria j est

    esgotada, Epoca, 02/07/07. 5 El papel potencialmente revolucionario del campesinado fue tempranamente advertido por algunos

    tericos como Maritegui, que rechazaron la dogmtica caracterizacin de este sector como un segmento

    conservador: Lwy, Michael. Introduccin, en Lwy, M. (comp.). O marxismo na Amrica Latina,

    Fundacao Perseo Abramo, Sao Paulo, 2006. 6 Esta caracterizacin plantea: Vitale, Luis. Introduccin a una teora de la historia para Amrica Latina,

    Planeta, Buenos Aires, 1992 (captulos 4 y 9).

  • 18

    urbanizacin sobre las viejas culturas gamonal-andina y seorial-criolla y al efecto de la

    guerra sucia de 1980 y 2000, que sembr el terror en las regiones menos aculturadas7.

    El indigenismo ha renacido particularmente en Bolivia, como una cultura plebe-

    ya forjada por los oprimidos urbanos y precarizados. Mantiene viva la memoria antico-

    lonial de una poblacin poco mestizada, que ha sufrido la dominacin racial blanca y el

    fracaso de varios procesos de integracin trunca y castellanizacin forzosa.

    La demanda indgena coexiste con la lucha antiimperialista y anticapitalista, ya

    que los oprimidos frecuentemente mantienen varias identidades (indio-precarizado de

    Bolivia o indiocampesino de Ecuador). Las rebeliones recientes pusieron de relieve la

    legitimidad de las reivindicaciones de los pueblos originarios y demostraron que la

    cuestin nacional presenta en Amrica Latina tres dimensiones: el aspecto anticolonial

    (gestado en la lucha contra Espaa-Portugal y luego contra Estados Unidos), la resisten-

    cia antiimperialista (que involucra a toda la regin desde la ltima centuria) y la opre-

    sin interna de los indgenas, en distintas zonas del continente.

    Tal como ocurre con todas las formas del nacionalismo, las connotaciones de es-

    ta demanda dependen de los portavoces y propuestas en juego. La derecha descalifica el

    etnofundamentalismo del programa indgena, para disimular la continuidad de la

    opresin racista con discursos de embellecimiento del mestizaje. Los sublevados de la

    regin andina han desenmascarado este mensaje dual, demostrando que la lucha secular

    por la tierra est directamente asociada en varios pases con la defensa de una identidad

    poltico-cultural.

    En Bolivia este sentimiento de auto-afirmacin incentiv varios levantamientos

    e incorpor un derecho de auto-determinacin nacional, que es valedero en la medida

    que converja (y no discrimine) al resto de los oprimidos. Esta demanda que se plasma en la propuesta de remodelar el estado en un sentido plurinacional difiere sustancial-mente de la romntica utopa de reconstruir el imperio incaico. Este proyecto tiende a

    recrear formas obsoletas de economa de subsistencia y segrega a los explotados no in-

    dgenas. Adems, puede generar guetos atomizados, que las multinacionales del petr-

    leo aprovecharan para reapropiarse de los hidrocarburos. Por esta razn es vital que los

    recursos estratgicos sean centralizados y queden en manos de los estados nacionales8.

    La identidad indgena es mutable y asume significados cambiantes en cada mo-

    mento histrico. Lo que se puso de manifiesto en los ltimos aos es el carcter arbitra-

    rio de todos los criterios para definir a priori la relevancia especfica de este problema.

    La cuestin indgena existe en cada pas, desde el momento que es asumida por una

    masa significativa de la poblacin.

    Lo esencial es registrar esta demanda y no forzar clasificaciones inflexibles a

    partir de parmetros objetivos (lengua, territorio, historia, cultura comn) o la mera

    exaltacin de un sentimiento de pertenencia. Los derechos nacionales simplemente son

    legtimos cuando una masa representativa los reclama, al cabo de un proceso de cons-

    truccin de identidades propias. Estos fenmenos nunca expresan la vigencia de una

    7 Las diferencias entre Quispe y Morales en Bolivia estn expuestas en: Stefanoni, Pablo. Siete pregun-

    tas y siete respuestas sobre Bolivia de Evo Morales, Nueva Sociedad, nmero 209, mayo-junio de 2007,

    Buenos Aires; Quispe, Felipe. Entrevista, Corporacin Chile Ahora - La Haine - Boletn informativo -

    Red solidaria de la izquierda radical, 25/09/06. Quijano analiza las peculiaridades de Per en: Quijano,

    Anbal. Estado-nacin y movimientos indgenas en la regin Andina: cuestiones abiertas, OSAL, nme-

    ro 19, enero-abril de 2006. Petras describe la reorganizacin de los indgenas en Ecuador: Petras, James,

    Veltmeyer, Henry. Movimientos sociales y poder estatal, Lumen, Mxico, 2005 (captulo 4). 8 Un interesante anlisis sobre estos temas plantea: Senz, Roberto. Crtica al romanticismo anticapitalis-

    ta, Socialismo o Barbarie, nmero 16, abril de 2004, Buenos Aires.

  • 19

    entidad previa, primaria e invariable. Si se comprende esta variabilidad histrica resulta

    posible abordar sin esquematismos, los nuevos problemas de los pueblos originarios9.

    MULTIPLICIDAD DE SUJETOS

    Las rebeliones recientes han corroborado la existencia de una gran variedad de

    protagonistas populares. Las revueltas de Bolivia fueron encabezadas por trabajadores

    precarizados, campesinos e indgenas, que retomaron el acervo de lucha sindical de los

    mineros. La ciruga neoliberal destruy el viejo tejido social, pero no sepult las tradi-

    ciones que han recogido los nuevos resistentes. Los mineros ya no ejercieron su viejo

    liderazgo, pero su herencia fue visible entre los trabajadores precarios. La vieja central

    sindical (COB) tampoco jug el rol del pasado, pero sus mtodos huelgusticos domina-

    ron el levantamiento y se expandieron a sectores de la clase media afectados por la an-

    danada derechista.

    Las dos primeras sublevaciones de Ecuador fueron encabezadas por los indge-

    nas, mientras que en la tercera rebelin predominaron los sectores urbanos. La masa de

    trabajadores informales y pobladores humildes lider en Venezuela, todas las moviliza-

    ciones que doblegaron a la derecha. Pero en los momentos definitorios fue decisiva la

    accin de los trabajadores petroleros, que derrotaron el ensayo golpista del 2002 junto a

    sectores significativos del ejrcito.

    En el argentinazo del 2001 a diferencia de los saqueos de 1989 conver-gieron los desempleados que cortaban rutas (piquetes) con la clase media expropiada

    por los bancos (cacerolas). Posteriormente se afianz el protagonismo de los asalaria-

    dos, aunque ya no bajo el tradicional liderazgo de la clase obrera industrial. Pero la fuer-

    te tradicin de organizacin sindical se expres en huelgas masivas, que han sido im-

    plementadas por todos los segmentos combativos.

    Este variado universo de la protesta social se verifica tambin en el resto de

    Amrica Latina. Los asalariados urbanos gravitan ms en el Cono Sur que en la regin

    Andina, pero los empleados pblicos y especialmente los docentes afectados por el ajuste neoliberal ocupan un lugar destacado en todos los pases. La juventud estudiantil, o precarizada o desocupada aparece siempre en la primera fila del combate callejero.

    En toda la regin se comprueban los efectos de las transformaciones neolibera-

    les, que han reestructurado el universo de los asalariados. La fuerza laboral actual es

    ms heterognea y se encuentra segmentada entre un polo de actividades calificadas y

    un rea de precarizacin. Esta reorganizacin capitalista ha diversificado los sujetos de

    la lucha popular.

    Pero la resistencia latinoamericana ha demostrado, adems, que la remodelacin

    laboral no erradica, ni impide la respuesta de los oprimidos. Las sublevaciones eviden-

    ciaron que los trabajadores no se resignan, ni han quedado sustituidos por una inerme

    masa de excluidos. En todas las revueltas actuaron no solo los oprimidos expulsados del

    mercado, sino tambin explotados ubicados en los centros neurlgicos de la vida eco-

    nmica. La conjuncin de ambos sectores permiti el triunfo de los levantamientos, en

    los lugares donde la economa fue paralizada por las protestas masivas.

    Como la destruccin de puestos de trabajo ha sido acompaada por la creacin

    de nuevas formas de empleo, el peso de los asalariados no decreci en Amrica Latina.

    Tampoco se extinguieron el trabajo y la clase obrera. El decisivo papel que han jugado

    9 Este enfoque se basa en la caracterizacin que propone: Hobsbawm, Eric. Introduccin, Naciones y

    nacionalismo desde 1780, Crtica, Barcelona, 1991.

  • 20

    los asalariados en varios levantamientos confirma que la batalla contra el neoliberalis-

    mo, forma parte de una resistencia perdurable contra la explotacin capitalista.

    Registrar este dato es importante para notar el basamento clasista que subyace en

    la oleada reciente de revueltas. Cuando se omite esta determinacin social, las rebelio-

    nes tienden a ser vistas como articulaciones contingentes de movimientos sectoriales,

    que pueden adoptar cualquier direccin y empalmar (o distanciarse) en forma fortuita.

    Al borrar la dinmica objetiva que impulsa la lucha social, se tornan inexplicables las

    causas que inducen a los oprimidos a converger. Todo el sentido de esta lucha se vuelve

    indescifrable10

    .

    Reconocer el sustento de clase de los levantamientos no implica ignorar las

    transformaciones que afectan a los asalariados. Estas modificaciones son muy significa-

    tivas, tanto a nivel objetivo (ampliacin del peso general de los trabajadores y menor

    gravitacin del segmento industrial), como subjetivo (declinacin de los viejos sindica-

    tos y sustitucin parcial por nuevas organizaciones). Estos cambios incluyen tambin

    una prdida simblica de visibilidad, identidad y auto-confianza de los viejos segmentos

    fabriles. Pero las rebeliones han demostrado que la pasividad y la desmoralizacin gene-

    radas inicialmente por el neoliberalismo pueden ser neutralizadas, si los explotados y

    los oprimidos encuentran cauces para la accin comn.

    Los excluidos no pueden doblegar al capital sin el auxilio de los incluidos y a su

    vez, los trabajadores formales solo pueden imponer sus reivindicaciones si cuentan con

    un gran acompaamiento popular. Como el capitalismo se nutre simultneamente de la

    opresin y de la explotacin, la confluencia por abajo contrarresta siempre la suprema-

    ca que ejercen los de arriba.

    El variado espectro de sujetos oprimidos que encabez los levantamientos re-

    cientes difiere del contundente liderazgo obrero, que caracteriz la revolucin boliviana

    de 1952, las luchas fabriles de Argentina en 1960-70 o de Brasil en los aos 80. Este

    cambio no es solo consecuencia de la desregulacin neoliberal del mercado de trabajo.

    Tambin obedece al elevado grado la integracin estatal de burocracias sindicales, que

    atemperan la resistencia, desorganizan la lucha y aslan corporativamente a los trabaja-

    dores sindicalizados.

    Inicialmente la contrapartida burguesa de esta accin era la generalizacin de

    importantes conquistas sociales. La clase dominante convalidaba estos logros

    especialmente en Mxico o Argentina para garantizar la estabilidad de los nego-cios. Pero la arremetida neoliberal contra las conquistas sociales socav ese pacto, difi-

    cultando al mismo tiempo la reorganizacin desde debajo de la clase obrera.

    La burocracia acentu su asociacin con el capital hasta convertirse ella misma

    en empresaria en muchos pases. Pero los sindicatos alternativos no maduraron lo sufi-

    ciente, para transformarse en una opcin de liderazgo de las sublevaciones. Tambin

    este resultado explica la diversidad de sujetos oprimidos que ha predominado en las

    rebeliones recientes.

    XITOS Y SINGULARIDADES

    Las rebeliones latinoamericanas irrumpen en coincidencia con grandes resisten-

    cias antiimperialistas en el mundo rabe y suceden a la oleada de levantamientos, que

    sacudi a Europa Oriental a principios de los 90. Los tres acontecimientos conforman

    procesos regionales, con objetivos, programas y formas de lucha singulares. El anhelo

    10

    Esta desorientacin es muy evidente en: Laclau, Ernesto. Hegemona y estrategia socialista: hacia una

    radicalizacin de la democracia, Fondo de Cultura Econmica, 1987, Buenos Aires.

  • 21

    de democracia poltica frente a las dictaduras burocrticas unific las movilizaciones en

    Europa del Este, el rechazo a la agresin norteamericana impulsa la lucha en Medio

    Oriente y las consecuencias sociales del neoliberalismo perifrico determinaron la reac-

    cin popular en Amrica Latina.

    Durante la ltima dcada la accin de los oprimidos de esta ltima regin perdi

    sincrona con Europa Occidental o Estados Unidos. Las clases dominantes de las eco-

    nomas centrales pudieron recurrir a mecanismos de atenuacin de las tensiones socia-

    les, que no estn disponibles en el Tercer Mundo. En esta etapa volvi a emerger la lo-

    calizacin perifrica de las contradicciones ms explosivas del capitalismo.

    Pero lo ms significativo de las rebeliones latinoamericanas han sido sus resulta-

    dos. Estas sublevaciones lograron quebrar la secuencia acumulativa de derrotas popula-

    res en que se asienta el neoliberalismo. Es cierto que ningn levantamiento alcanz ple-

    namente sus objetivos, pero el establishment perdi mayoritariamente la partida y se

    inaugur un contexto poltico impensable durante el anterior apogeo de la derecha.

    Este logro tiene gran relevancia en un perodo signado por agresiones patronales

    y frustraciones populares. La marea de sublevaciones desemboc en Europa Oriental en

    restauraciones capitalistas, que atropellaron las conquistas laborales y acentuaron la

    polarizacin social. Y si bien el imperialismo ha sufrido serias derrotas en Palestina e

    Irak, la atroz sangra que generan las tensiones tnicas en Medio Orientes han bloquea-

    do, hasta el momento, la gestacin de una alternativa liberadora en esa zona. Por el con-

    trario en Amrica Latina las protestas antiliberales asumieron una tnica antiimperialis-

    ta, ntidamente democrtica y carente de los componentes religiosos, que obstruyen el

    desarrollo de un proyecto popular en el mundo rabe.

    Es muy difcil evaluar como incidir este resultado latinoamericano sobre el ba-

    lance internacional de fuerzas que estableci el neoliberalismo. Pero sin lugar a dudas

    contribuirn a revertir la espiral de derrotas populares, que inaugur el thatcherismo a

    principios de los 80. Como los movimientos sociales de la regin mantienen estrechos

    vnculos con los distintos foros alter-globales que desde hace aos funcionan en todo el mundo existe una fluida transmisin de la experiencia regional al resto del planeta.

    En Amrica Latina se pudo reconstituir con relativa celeridad el tejido de solida-

    ridad requerido para frenar la ofensiva del capital. Esta recomposicin explica el lugar

    privilegiado que ocupa la regin en el escenario mundial de luchas sociales. El neolibe-

    ralismo no logr sepultar las tradiciones polticas y sindicales combativas de la zona, ni

    siquiera en el cenit de su agresin. Confront con tres singularidades de la zona: una

    herencia viva de nacionalismo antiimperialista, importantes avances en el terreno de las

    libertades democrticas y la supervivencia de la experiencia socialista en Cuba.

    Ninguno de estos rasgos se ha verificado en otras zonas perifricas. El fracaso de

    los ensayos nacionalistas de 1950-70 en el mundo rabe fue maysculo, las avances

    democrticos de 1980-90 en esa regin fueron irrelevantes y los procesos que intentaron

    algn perfil socialista (como Argelia en los 60) quedaron prematuramente bloqueados.

    En cambio Amrica Latina ha podido usufructuar de los lmites que actualmente enfren-

    ta el imperialismo norteamericano, para imponer sus prioridades a escala global. La

    regin ha sacado paradjicamente mayor provecho que el propio Medio Oriente de los

    reveses que soporta el Pentgono en Irak.

    Pero tambin pesan ciertas ventajas histricas que diferencian a la zona del resto

    del Tercer Mundo. Amrica Latina acumula una mayor tradicin de autonoma poltica

    postcolonial que el grueso de frica y Asia. Concentra una herencia de luchas por la

    independencia de vieja data, que le permiti constituir repblicas en los albores de la

    revolucin burguesa. Por esta razn mantuvo un liderazgo de avances en la periferia en

    el campo de la ciudadana, la integracin nacional y la convivencia tnica.

  • 22

    Estos logros colocaron a la regin en una situacin peculiar en comparacin al

    resto de las zonas dependientes, que comenzaron a soportar la opresin colonial cuando

    Amrica Latina se liberaba de esa sujecin. Este avance permiti forjar tempranamente

    una conciencia nacional, que aliment dos siglos de accin liberadora.

    Es igualmente cierto que las compuertas abiertas por la independencia solo crea-

    ron durante el siglo XIX posibilidades de desarrollo, que no lograron consumarse. Por

    esta razn la revolucin burguesa tuvo un carcter incompleto, en comparacin a Euro-

    pa y Estados Unidos. Pero este malogrado desenvolvimiento precoz permiti la gesta-

    cin de tradiciones polticas ciudadanas ms avanzadas que en cualquier otro rincn del

    Tercer Mundo. Estas ventajas histricas influyen en el perfil contemporneo que asume

    la lucha social en toda la regin.

    REBELIONES BSICAS Y REBELIONES RADICALES

    La oleada latinoamericana reciente ha sido caracterizada con mltiples denomi-

    naciones que invariablemente aluden a la rebelin. Los sinnimos ms comunes son

    revuelta, levantamiento, alzamiento o sublevacin. Estos trminos denotan la existencia

    de acciones populares contundentes y masivas de rechazo al orden vigente, pero tam-

    bin indican las limitaciones de las propuestas alternativas.

    Las irrupciones campesinas de Europa Medieval (jacqueries) conforman el mo-

    delo tpico de la rebelin. Implicaban furiosas reacciones de los oprimidos, sin correla-

    tos positivos para la construccin de un orden social diferente. Varios historiadores han

    utilizado este sentido el concepto de la rebelin, para caracterizar distintas luchas popu-

    lares de Amrica Latina11

    .

    Lo que diferencia la rebelin de un motn o de una conspiracin es la participa-

    cin masiva. Por esta razn no guardan ningn parentesco con los golpes de estado que

    han signado la historia de Amrica Latina. Las revueltas son movimientos por abajo,

    que se ubican en las antpodas de los 115 golpes militares registrados durante el siglo

    XIX.

    Las rebeliones latinoamericanas bsicas siempre irrumpieron como reacciones

    espontneas y repentinas de la poblacin frente a los atropellos capitalistas o las agre-

    siones dictatoriales. Incluyeron formas muy variadas de resistencia a la represin, pero

    no lograron inmediatamente desenvolver formas de organizacin alternativas o proyec-

    tos polticos autnomos de los oprimidos. Desde el Bogotazo colombiano de 1948

    hasta los saqueos argentinos frente la hiperinflacin de 1989, los episodios de este tipo

    han sido innumerables. Forman parte de una larga tradicin de lucha social, que los

    opresores siempre han temido y descalificado.

    Sus voceros identifican estas reacciones con la delincuencia ya que al criminali-

    zar las protestas oscurecen su contenido social. Actualmente las elites encubren esta

    distorsin con campaas contra el narcotrfico y presentan la ocupacin militar de los

    barrios populares como actos contra el delito. En las grandes ciudades de la regin se

    libra una guerra civil encubierta contra los desamparados y algunos estudios incluso

    denuncian el adiestramiento del ejrcito para enfrentar las resistencias urbanas contra

    los humildes12

    .

    Las sublevaciones latinoamericanas de los ltimos aos se ubicaron en un esca-

    ln superior a cualquier rebelin social bsica. Los alzamientos de Venezuela, Bolivia,

    Ecuador y Argentina no fueron solo reacciones contra los gobiernos derechistas, sino

    11

    Mires, Fernando. La rebelin permanente: las revoluciones sociales en Amrica Latina, Siglo XXI,

    Mxico, 1988 (captulo 1). 12

    Boff, Leonardo. El verdadero choque de civilizaciones, Pgina 12, 11/09/07.

  • 23

    que tambin incluyeron demandas positivas de carcter antiliberal, democrtico y anti-

    imperialista. Pero estas exigencias no estuvieron acompaadas por la gestacin de orga-

    nismos de poder popular. Aqu radica la diferencia con las revoluciones sociales, que

    incluyen la presencia de ese tipo de instituciones.

    En las revoluciones sociales tienden a emerger modalidades de poder de los

    oprimidos, en pugna con el sistema de dominacin vigente. Desafan esta estructura con

    alguna forma de soberana alternativa. El doble poder de los soviets en la revolucin

    rusa es el ejemplo clsico de esta disputa, que algunos autores contemporneos identifi-

    can con la presencia de soberanas mltiples. En estas situaciones se verifica la existen-

    cia de dos o ms epicentros que reclaman la legitimidad exclusiva del poder13

    .

    Las rebeliones se distinguen de las revoluciones por la visibilidad de estos orga-

    nismos y su potencial confrontacin con el estado. No son las formas de lucha, los gra-

    dos de violencia o la existencia de insurrecciones lo que diferencia a ambas modalida-

    des. Este tipo de acciones ha estado presente tanto en las grandes rebeliones (Bogotazo),

    como en el inicio (Portugal en 1975) o la culminacin (Nicaragua en 1979) de un proce-

    so revolucionario. Lo que se verifica en las revoluciones y no se observa en las rebelio-

    nes es la existencia de formas organizadas en asambleas, consejos, movimientos o ejrcitos de un nuevo poder, que desafa a las autoridades del estado. Por esta razn las revoluciones introducen puntos de ruptura histrica ms significativos que otro tipo

    de sublevaciones.

    Tomando en cuenta estos criterios se puede caracterizar a los levantamientos la-

    tinoamericanos recientes como rebeliones radicales. Superaron el alcance tradicional de

    estos alzamientos, sin llegar a ubicarse en el campo estricto de las revoluciones. Una

    mirada retrospectiva confirma esta evaluacin.

    COMPARACIN CON GRANDES REVOLUCIONES

    Durante el siglo XX se registraron cuatro grandes revoluciones sociales en Am-

    rica Latina: Mxico en 1910, Bolivia en 1952, Cuba en 1959 y Nicaragua en 1979. El

    contraste con estas gestas permite dimensionar el alcance de las rebeliones recientes.

    La revolucin mexicana fue una reaccin masiva de campesinos agobiados por

    la modernizacin capitalista que implement un rgimen semi-dictatorial. Al cabo de un

    encarnizado ciclo de sangrientas confrontaciones e importantes concesiones a los suble-

    vados se abri un perodo de precaria estabilidad, que desemboc en renovadas movili-

    zaciones en los aos 30. Durante este perodo un gobierno nacionalista (Crdenas)

    reinici la reforma agraria y las nacionalizaciones inconclusas.

    La revolucin boliviana fue un alzamiento popular liderado por batallones sindi-

    cales de los mineros, que sepultaron la dominacin tradicional de la oligarqua. El go-

    bierno surgido de esta irrupcin (Paz Estensoro) nacionaliz el estao, instaur la re-

    forma agraria e introdujo el sufragio universal. Pero esta misma administracin recons-

    truy al poco tiempo el maltrecho estado al servicio de las clases dominantes, mediante

    un giro derechista negociado con el FMI.

    A diferencia de estos dos antecedentes la revolucin cubana no se detuvo en la

    implantacin de reformas. Respondi a las agresiones norteamericanas con un acelerado

    proceso de nacionalizaciones y transformaciones anticapitalistas. Esta revolucin trasto-

    c el escenario regional, al asumir un carcter socialista y demostrar la factibilidad de

    este curso en Amrica Latina.

    13

    Tilly desarroll este concepto a partir de teora del doble poder que expuso Trotsky en: Trotsky, Len.

    Historia revolucin rusa, tomo I, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1972; Tilly, Charles. Conflicto, re-

    vuelta y revolucin, en Las revoluciones europeas, 1492-1992, Crtica, Barcelona.

  • 24

    La revolucin nicaragense pareci repetir este nuevo patrn. Pero bajo el acoso

    permanente de bandas financiadas por el Pentgono, los sandinistas detuvieron las

    transformaciones sociales, pactaron con sus viejos adversarios y antes de perder el go-

    bierno por va electoral ya se perfilaban como una nueva elite dominante.

    En Mxico, Bolivia, Cuba y Nicaragua se consum el desmoronamiento de los

    viejos sistemas polticos y se implementaron cambios econmico-sociales, que respecti-

    vamente se estancaron, revirtieron, consolidaron y neutralizaron. Pero en los cuatro pa-

    ses se verificaron las formas de poder paralelo y los organismos desafiantes del estado,

    que distinguen a las revoluciones sociales de las rebeliones.

    En otros levantamientos estos rasgos aparecieron en forma solo espordica o

    conformaron inmaduros embriones. Algunas revoluciones no triunfaron (El Salvador en

    los aos 80) o fueron incipientemente aplastadas (Guatemala en 1954, Chile en 1970).

    De todas estas experiencias surgieron las tradiciones que nutren la lucha popular. Pero

    en forma estricta, el trmino revolucin social es solo aplicable en el siglo XX a cuatro

    grandes eventos de la historia latinoamericana.

    A diferencia de muchas rebeliones, los levantamientos de Mxico, Bolivia, Cuba

    y Nicaragua tuvieron un ntido desemboque militar. Esta confrontacin ilustr la pecu-

    liar intensidad de estas convulsiones. En los cuatro casos se registr una pugna directa

    de las milicias populares armadas con el ejrcito convencional.

    En Mxico los campesinos despojados de sus tierras aplastaron a las tropas fede-

    rale